El negocio del tráfico de mujeres para su explotación sexual en México
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| Barrio de la Merced, donde se calcula que trabajan unas 3.000 mujeres en el sector de la prostitución.Nuria López Torres |
Un gramo de cocaína se vende, se consume y se acaba. A una mujer se la puede vender veinte, treinta o cuarenta veces al día.
Y
otras cuarenta más al día siguiente. La explotación de personas es una
de las actividades delictivas más jugosas del mundo. Un negocio que
arrebata la condición humana a sus víctimas para convertirlas en meras
mercancías. En México, un país roído por el crimen organizado, los
tratantes campan impunemente y la esclavitud sexual es el destino de
muchas
mujeres desaparecidas.
“Se
habrá ido con el novio”, le dijo la policía a María Soledad Sánchez
cuando fue a denunciar que su hija Aylin, de catorce años, había
desaparecido al bajar a comprar la cena. No importó que una vecina
hubiese visto cómo tres tipos la subían a un coche a la fuerza. El
protocolo de la Fiscalía dice que deben pasar 72 horas para presentar
una denuncia por desaparición. Cuando pasaron esos tres días, le
volvieron a repetir que a lo mejor la adolescente estaba embarazada y
que se había ido por gusto.
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| Muchas mujeres secuestradas y explotadas como
esclavas sexuales no regresan con sus familias, en caso de ser
liberadas, a causa del estigma social.Nuria López Torres |
María Eugenia tampoco sabe qué pasó
con su hija Diana Angélica, desaparecida a su vez a los catorce años.
Los testimonios se repiten: el de las madres de Aylin y Diana Angélica,
el de la madre de Nayeli, el de la hermana de Mónica. Todas ellas son
jóvenes desaparecidas a las que las autoridades no buscan. O en algunos
casos fingen hacerlo, pero sin resultados.
Desde 2007, bajo las últimas dos administraciones, se ha documentado la desaparición de
unas 35.000 personas
en México. Una de cada cuatro desaparecidos es una mujer. A diferencia
de los hombres, en las chicas hay un patrón físico. Son más jóvenes que
la media y generalmente de complexión alta, según el
análisis hecho por la organización Data Cívica.
Aylin, la hija de María Soledad, ya no está en las estadísticas. Su
madre la encontró seis meses después de aquella noche en la que no
regresó. Para ello tuvo que adentrarse en el mundo de las trabajadoras
sexuales, contratar a matones e incluso ir a programas de la televisión a
denunciar la desaparición. Finalmente descubrió que a su hija la había
secuestrado un proxeneta que la torturó hasta conseguir que se
prostituyera para su beneficio. Su madre asegura que Aylin todavía tiene
las huellas de las cadenas en las muñecas. Las otras cicatrices no se
ven, pero le rompen el alma.
“La tenían encadenada a una plancha
donde los clientes la violaban, y él cobraba. La dejaron días enteros
sin comer, sin tomar agua. La obligaron a comer suciedad hasta que
doblegaron su voluntad y aceptó venir a un lugar donde tiene otras
jóvenes: la mayoría son niñas de secundaria”, cuenta María Soledad con
tono enérgico, intentando que el dolor no la resquebraje, mientras le
tiemblan los labios. “Algunas trataron de escapar y terminaron muertas,
algunas desaparecieron, y algunas ya se resignaron. Hubo una que escapó
como testigo protegido de Estados Unidos, porque el proxeneta formaba
parte de una red transnacional de trata que explotaba mujeres latinas
allá”, añade.
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| Rebeca y dos chicas más fueron rescatadas por
un policía federal del edificio donde los explotadores las tuvieron
encerradas durante tres años y medio. Nuria López Torres |
La madre de Aylin habla en un espacio seguro, en la casa de
Brigada Callejera,
una organización que integra a trabajadoras sexuales, supervivientes de
trata y otras mujeres que llaman a la defensa de sus derechos y a la
movilización comunitaria. La habitación es un consultorio precario donde
se hacen revisiones ginecológicas y se reparten condones y apoyo
emocional al por mayor. Abajo está
el mayor prostíbulo al aire libre de América: el barrio de La Merced, en la Ciudad de México.
La Merced es un mercado enorme. Conformaba los antiguos abastos de la
capital y, aunque ahora es para minoristas, agrupa decenas de bloques
donde se venden frutas, verduras, menaje, ropa nueva y usada, zapatos,
remedios médicos, música, comida preparada... y mujeres. Unas 3.000,
según los últimos cálculos de Brigada Callejera. Se ven a simple vista.
Pueblan las aceras día y noche. Entre el griterío de los comerciantes y
el tránsito de los compradores, hay una sucesión de chicas —algunas muy
jóvenes— con tacones y ropa llamativa. Están paradas a pocos metros de
distancia unas de otras, mirando sus celulares u ofreciendo sus
servicios a quienes se acercan. Aquí no hay negociación: es una
explicación rápida, la tarifa está marcada. Pueden ser apenas siete
euros por “un rato”, que suele ser de unos quince minutos. Cerca hay
hoteles en los que ni siquiera se cambian las sábanas o casas
conchabadas. Muchos de los vendedores que las rodean son parte de la
mafia que explota a las mujeres.
EL NEGOCIO DE LA EXPLOTACIÓN Con
la globalización, el mundo se ha convertido en un burdel donde hay
países que exportan víctimas, otros por donde transitan y otros, como
Estados Unidos o muchos países europeos, de destino, donde se encuentran
los “consumidores” de esas víctimas. Ningún país es inmune. La trata
está en el pódium de la lista de negocios ilícitos más lucrativos, junto
al tráfico de drogas y de armas. Según la Organización Internacional
del Trabajo (OIT),
25 millones de personas
son víctimas de las diferentes modalidades de trata en todo el planeta.
En México, el 93% de las víctimas de trata son mujeres y el 26% menores
de edad, según la propia
Comisión Nacional de Derechos Humanos.
A menudo las explotan en otras ciudades diferentes a las suyas, o son
llevadas a Estados Unidos.
México es un país de origen, tránsito y
destino de víctimas de trata. Por sus clubes pasan muchas mujeres de
América Central y del Sur, así como de Europa del Este, Asia y África.
El destino final de algunas es Estados Unidos.
El Gobierno
mexicano ha firmado convenciones para erradicar la violencia contra las
mujeres y la trata con fines de explotación sexual, tiene una Fiscalía
Especial y albergues para víctimas. En noviembre lideró la primera
Cumbre Hemisférica sobre Trata. Sin embargo, “la complicidad de las autoridades sigue siendo un grave problema”, señala un
informe
de Estados Unidos sobre tráfico de personas en México. El documento
reconoce la gravedad de “la corrupción relacionada con la trata de
personas entre funcionarios públicos; en particular, las fuerzas del
orden y las autoridades judiciales y de migración del ámbito local”. La
ONU calcula que cada año alrededor de
21.000 menores mexicanos son captados para la explotación sexual. Eso son más de 57 cada día. Y de esta cifra, 45 de cada 100 son niñas indígenas.
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| Una trabajadora sexual baila en una fiesta organizada por la ONG Brigada Callejera.Nuria López Torres |
Tienen métodos ensayados una y otra vez para captarlas. A Aylin, la
hija de María Soledad, la levantaron, es decir, la raptaron. El crimen
organizado tiene a hombres que controlan determinadas zonas o barrios,
se fijan en una posible víctima —casi siempre muy joven y de complexión
delgada—, la vigilan unos días para conocer su rutina y, cuando pueden,
la suben de forma violenta a una camioneta.
Otra táctica, más
sofisticada, es la del enamoramiento. Hombres que se dedican a cautivar a
niñas hasta que consiguen alejarlas de sus familias —tienen estipulado
un tiempo de tres meses de media para conseguirlo—, y se las llevan a
otro estado. Es allí cuando el novio cambia radicalmente y la obliga a
prostituirse. Tienen toda una red de mujeres trabajando para ellos, y
hay familias enteras que se dedican a embaucar niñas. Una vez caen en la
red de trata, la maternidad es una forma de control sobre las mujeres
explotadas: las víctimas que han logrado escapar explican cómo a las más
jóvenes las embarazan rápido para utilizar luego las amenazas contra
sus hijos como herramienta de presión.
ATRAPADAS Mérida
era una niña indígena cuando conoció a su padrote, como llaman a los
chulos en México. Era la menor de siete hermanos y se crio con su tía
porque su madre no tenía recursos para alimentar a tantos hijos. A su
tía la llama la “mamá mala” porque no recibió de ella más que golpes y
regaños. Vivían en una aldea de maizales, burros y perros hambrientos.
Entonces apareció él. “Muy guapo, guapíiiisimo, se pasaba de guapo y yo
allí en el pueblo, prietita, morenita, trenzuda, chancludita y él
blanco, bien parecido, bien vestido, pues dije: guau”.
No podía
creer que aquel chico tan elegante le hiciera caso. Se enamoró. Se veían
a escondidas. Hasta que a las pocas semanas él propuso que se fueran a
la capital, que allí se casarían, crearían un hogar y una familia. El
sueño duró un par de meses. Un día él llegó llorando: se había metido en
un lío y si no pagaba una deuda podía ir preso. La única solución era
que ella se acostase con un conocido, le dijo.
Ahí empezó una cadena de
esclavitud. Los hombres desfilaban por su casa. Él le pegaba y la
amenazaba. Luego la llevó a la Merced, a ser una más de las cuatro que
él “regentaba” en la calle. Mérida no quería, pero él le amenazaba con
quitarle el hijo que habían tenido o incluso con matarla, explica ahora
en la clínica de Brigada Callejera, ya liberada de él y con años de
dedicarse a la prostitución por cuenta propia.
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| María Eugenia, madre de Diana Angélica, es
entrevistada durante una manifestación de familias con hijos
desaparecidos en México D.F.Nuria López Torres | |
En la misma
clínica, sentada en una camilla, también la joven Rebeca López recuerda
momentos duros. “Me tocó ver cómo mataban a golpes a una muchacha porque
no dio todo el dinero que había ganado un día. Me tocó ver que a otra
la asesinaron porque no quiso salir a trabajar a la calle; a esa sí, a
sangre fría la mataron”. Tiene 26 años y sorprende que, tras todo lo que
ha sufrido, siga viva y cuerda.
Su padrastro abusó de ella entre
los cinco y los siete años. Su abuela, para poner fin a aquello, la
mandó con su padre biológico, un traficante de mujeres que ya había
explotado a su madre. La pequeña tenía once años cuando el padre comenzó
a utilizarla como mercancía: la mandó a Florida, con un socio que
comenzó a prostituirla junto a otras chicas mexicanas y suramericanas.
Ella no hablaba nada de inglés. Un día les cayó un operativo policial y
detuvieron a todas las chicas por formar parte de una red de
prostitución ilegal. Cuando ya pensaban que la policía estadounidense
las iba a mandar a migración —tampoco tenían papeles— y deportarlas, las
entregaron de nuevo a su padre y sus otros dos socios. Los tentáculos
de la corrupción no entienden de nacionalidades.
Con 17 años consiguió escapar y regresar a su país. Llegó a la Ciudad
de México y, desesperada por encontrar un trabajo, llamó a un anuncio
en el que solicitaban chicas jóvenes como trabajadoras domésticas.
Rebeca acudió a la cita con el empleador. Para cuando se dio cuenta,
estaba montada en una camioneta con más de una docena de chicas, rumbo
al Hotel Liverpool, un picadero de mala muerte en la Merced, a menos de
un kilómetro del Congreso de los Diputados.
Las amenazaron, las
amarraron de pies y manos y las dejaron dos días sin comer, explica. Al
tercero, dos señoras las cambiaron, las maquillaron y les dieron
instrucciones: se quedarían en el cuarto sin salir para nada. Por
aquella habitación pasaban veinte hombres al día, a veces hasta
veinticuatro. El horario de la noche era de seis de la tarde a ocho de
la mañana. Si no cumplían, no les daban comida y no les permitían
bañarse. Si un cliente se quejaba de alguna chica, la golpeaban. No
había día de descanso, ni siquiera aquellos en los que estaban con la
menstruación. Cuando tenían la regla, les ponían una esponja en el fondo
de la vagina que fungía de tapón para el sangrado. Cada tanto se la
cambiaban y, sin rechistar, a seguir trabajando. Así pasó Rebeca tres
años y medio, encerrada en el hotel, como un objeto sexual al que
manosear y penetrar sin descanso. Sin que nadie denunciase que tantos
hombres entrando y saliendo del edificio cada media hora era, por lo
menos, raro.
CORRUPCIÓN Y COMPLICIDAD El
informe
del Instituto Belisario Domínguez del Senado de México a propósito del
Día Mundial Contra la Trata no titubea: “La trata es un negocio
constituido por redes de complicidad entre el poder político, económico y
el crimen organizado, y hay nexos entre hombres propietarios de
negocios sexuales metidos en la política”. La Procuraduría General de la
República estima que en México hay 47 grupos de delincuencia organizada
involucrados en la trata de personas para fines sexuales y laborales.
Después de tres años y medio encerrada en aquel hotel Rebeca fue rescatada por un policía federal,
que
durante tres meses había estado investigando el lugar. Cada semana la
visitaba haciéndose pasar por cliente fijo. Ella le facilitó toda la
información que pudo. Una vez lanzada la operación, el agente acogió a
Rebeca y su compañera de habitación en su casa mientras hacían las
declaraciones y el reconocimiento de los detenidos. La esposa del
policía las apoyó con comida y ropa. Un día después, llamaron a casa del
agente para notificar a su mujer que él había sido asesinado.
“La
policía y las autoridades están compinchadas, protegen a los padrotes.
Las denuncias han traído problemas: asesinatos de compañeras,
encarcelamientos, algunas golpeadas, otras desaparecidas…”, explica
Elvira Madrid, fundadora de Brigada Callejera. Ella entró en contacto
con el mundo de la explotación sexual hace 27 años por un trabajo
académico y nunca más abandonó a estas mujeres, pese a haber recibido
múltiples amenazas. “Seguimos denunciando, pero aprendimos que no
podemos ir solas, y que tenemos que darle seguimiento a los casos porque
la policía los abandona. En la calle, los patrulleros extorsionan a las
trabajadoras sexuales, las golpean y las violan”.
Ahora Rebeca,
María Soledad o Mérida la ayudan. Rebeca sigue ejerciendo la
prostitución, pero por cuenta propia. “Es difícil cuando ves que pudiste
tener otro tipo de familia y no es así. Pero aprendes que cuando estás
más abajo es cuando te debes de sentir más arriba. Cuanto más te
pisoteen, más debes salir adelante. Y si sigo aquí es porque tengo algo
que hacer y tengo que superarme”, dice al final de la entrevista, y es
el único momento en que se desmorona: cuando piensa en el futuro. Hasta
entonces había relatado su experiencia con la serenidad de quien ya ha
sufrido demasiado. Si hacemos un promedio a la baja de la tortura que
sufrió encerrada en el hotel, Rebeca fue violada unas 15.000 veces en
tres años y medio. Pero no fueron tres años. Fue, en diversas
modalidades, desde los cinco años. No hay números que expliquen esta
experiencia.
María Soledad Sánchez logró el encarcelamiento del tratante de su
hija. Fue gracias a que un tribunal de Nueva York presionó a México por
delincuencia organizada transnacional. En la actualidad está preso, pero
María Soledad asegura que todavía tiene a más de un centenar de mujeres
explotadas a través de su red. “Las autoridades están coludidas con
este tipo de sujetos, porque ganan tanto dinero, la rebanada de pastel
es tan grande, que las compran. A los que investigaban el caso de mi
hija les dieron 50.000 pesos [unos 2.500 euros], y lo dejaron ir”, narra
la mujer.
En 2016, el Gobierno mexicano rescató a 707 víctimas
de trata sexual, según el informe estadounidense. En comparación, en
2015 había identificado a 1.814 víctimas. No basta. La oficina de la ONU
contra la Droga y el Delito
ha detectado 363 municipios
donde la población vive en condiciones de alta vulnerabilidad a la
trata de personas en México. Existe incluso un corredor de tratantes en
torno a Tenancingo, un municipio a 130 kilómetros de la capital,
conocido por vivir de la explotación sexual y donde ni la prensa ni la
policía son bienvenidas. A aquellos que intentan entrar los sacan con
amenazas, o bien compran su complicidad. Aquí las personas se tratan
como mercancías desechables: lo que impera es la delincuencia organizada
y la violencia, el dinero fácil y un consumo sin escrúpulos.
Fuente:
https://www.revista5w.com/why/hijas-ningun-dios