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domingo, 27 de marzo de 2022

El informe que predijo hace 50 años el colapso de la sociedad actual

El trabajo publicado por científicos del MIT en el Club de Roma en marzo de 1972 situó el declive del modelo económico y social a partir del 2020

Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens
Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens Club de Roma

 En 1972 El Club de Roma, una institución privada formada por economistas, científicos y políticos de todo el planeta, encargó a un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) un informe que respondiera a la siguiente pregunta: ¿puede el crecimiento económico y material continuar indefinidamente en un planeta finito?.

El grupo de expertos liderados por la doctora y científica ambiental Donella Meadows presentó el informe titulado Los límites del crecimiento cuyos resultados estaban apoyados por un nuevo modelo matemático. El documento ofrecía varios escenarios sobre la evolución de la sociedad en función de una serie de variables como el crecimiento de la población, la contaminación y la disponibilidad de recursos. «Los llamados modelos sobre dinámica de sistemas describen de qué forma interactúan las variables agregadas o conjuntas, que son la suma de muchas. Se parte de un estado inicial, los años 70, y a partir de ahí se introducen diversas situaciones que dan como resultado diferentes futuros», explica Antonio Turiel, físico, investigador del CSIC y experto en recursos energéticos.

Uno de los escenarios que se contempló tomaba como referencia el modelo business as usual o «todo sigue igual». Se daba por hecho que la población crecería con la misma intensidad con la que consume recursos y deteriora el medio ambiente. Sobre este escenario, el texto menciona literalmente que «si la industrialización, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales se alcanzará los límites en cien años».

«La publicación del informe tuvo un gran impacto y recibió críticas muy duras por parte de la comunidad científica, pero sobre todo del ámbito económico ya que ponía en cuestión el paradigma del capitalismo, que no es otro que el crecimiento ilimitado. Hubo una campaña muy potente para desprestigiar los resultados con la clara intención de no hacer ningún cambio», apunta Turiel.

En las décadas posteriores la explotación de nuevos yacimientos de petróleo y la aparición de nuevos recursos lograron enmascarar el problema de raíz. El futuro parecía quitarle la razón a los agoreros. «Lo que la gente nunca ha entendido es que el modelo también tuvo en cuenta que se producirían progresos en cada una de las variables», sostiene el investigador.

  

  La predicción incluye una especie de momento de inflexión, un punto en el que las líneas de las diferentes variables se cruzan. El modelo matemático de los 70 pronosticó que se produciría un declive del modelo social y económico a partir del 2020. «Tal y como apuntaba el informe hace medio siglo las cosas empiezan ahora a ir muy mal. Por desgracia todas las revisiones que se han realizado del trabajo desde su publicación en 1972 reconocen que hemos llegado hasta aquí por medio del peor de los escenarios. En estos momentos nos estamos topando con las contradicciones del sistema», reconoce.

La segunda década del siglo XXI ha comenzado con una pandemia global y continúa con una guerra que está produciendo un encarecimiento de la vida y amenaza con generar un grave problema de abastecimiento de productos básicos. La realidad parece estar reproduciendo la dinámica que conduce al desastre que predijo el informe. «Un colapso no se produce de un día para otro, es un proceso que puede durar décadas, pero todo lo que está pasando nos lleva al escenario que pronosticó el Club de Roma hace justo medio siglo. Quizás la pandemia no entraba en los planes, aunque es una consecuencia más porque estamos chocando contra los límites biofísicos del planeta. La historia nos enseña que un colapso se produce por un daño autoinfligido por las sociedades, por cabezonería. En nuestro caso el culpable es la idea del crecimiento infinito», sostiene.

Además, la crisis sanitaria del covid-19 y el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia introducen nuevos elementos que provocan que las matemáticas pierdan predictibilidad. Es decir, ahora mismo resulta difícil saber qué más puede ocurrir. «Creo que esta guerra forma parte de una lucha por los recursos. Y ha llegado para quedarse. Muchos países están anunciando ya un aumento en el gasto militar. Nos estamos preparando para un futuro en el que seremos agresores de otros países para tratar de conseguir sus recursos», concluye Turiel.

El historiador israelí Yuval Harari, autor de Sapiens, advirtió hace unos días a propósito de la situación actual sobre el riesgo que conllevaría que la comunidad internacional priorice ahora el gasto en defensa. Esta nueva estrategia belicista podría ser la estocada final a la crisis climática, el único problema real con dimensiones existenciales. Ayer mismo, el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, afirmó que las medidas a corto plazo que tomen las grandes economías para satisfacer la escasez con las opciones disponibles suponen el riesgo de crear una dependencia de los combustibles fósiles a largo plazo, cerrando la posibilidad de limitar el aumento de las temperaturas globales a 1,5 grados para fin de siglo con respecto a los niveles preindustriales. «Estamos avanzando como sonámbulos hacia la catástrofe climática», aseguró.

Fuente: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/ciencia/2022/03/21/cumplen-50-anos-informe-predijo-colapso-modelo-actual/00031647872514762315155.htm

viernes, 4 de marzo de 2022

Escribonio Largo, el médico romano del siglo I d.C. que fue el primero en usar la electricidad como tratamiento

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Un médico romano en un cuadro de John William Waterhouse (1877) | foto dominio público en Wikimedia Commons

  Escribonio Largo (en latín Scribonius Largus) fue un médico romano del siglo I d.C. que trabajó en la corte del emperador Claudio (41-54 d.C.) y, al parecer, acompañó al ejército romano en la conquista de Britania. Es famoso por haber escrito una farmacopea (lista de recetas) que se utilizó en Europa hasta el siglo XVII, y también por haber sido el primero que se sabe que utilizó la electricidad como remedio. Sin embargo, su vida es todo un misterio.

Porque todo lo que sabemos de él es a través de sus propios escritos. Las principales fuentes antiguas como Suetonio o Plinio el Viejo ni siquiera le mencionan. Algo especialmente extraño en éste último, pues fueron contemporáneos (Escribonio era 20 años mayor que Plinio) y ambos exponen la utilidad del índice en los libros casi en términos idénticos: para que se encuentre con más facilidad lo que se busca. Muchos historiadores se han preguntado cómo es posible que Plinio no conociese a Escribonio Largo.

 Una de las razones puede ser que el texto de Escribonio, titulado De compositione medicamentorum liber, no hubiera circulado ampliamente en el mundo latino. Sin embargo sí le menciona el médico griego Galeno, que estuvo activo durante la segunda mitad del siglo II d.C. en Pérgamo y luego en Roma a partir de 162 d.C., donde entraría en contacto con su obra, y a través del cual pasaría a compilaciones de época medieval.

 Aunque pertenecía a la gens Escribonia, se cree que era probablemente un liberto o un hijo de liberto que por ello lleva el gentilicio de su antiguo amo, pero que habría alcanzado la condición de ciudadano. Pudo nacer en Sicilia y sus maestros, según él mismo expone, fueron: Apuleyo Celso (uno de los primeros médicos que escribió en latín en lugar de griego), del cual transmitió dos recetas, una para la tos y otra contra la rabia; y Vecio Valente, también alumno de Celso y que llegó a ser el médico personal de Mesalina, la tercera esposa del emperador Claudio.

 Algunos historiadores opinan que en realidad debía ser griego y escribía en este idioma, traduciendo después al latín. De ahi que su prosa sea poco elaborada y muy coloquial. En cualquier caso, Escribonio accedió al entorno del emperador Claudio recomendado por Cayo Julio Calisto, uno de los libertos que más influencia tenía en la corte. Prueba de sus buenas relaciones entre las familia imperial es que habla en sus textos de los medicamentos y remedios empleados por algunos de sus miembros presentes y pasados, como Augusto, Tiberio, Octavia, y Mesalina.

Cuando Claudio decidió invadir Britania en el año 43 d.C., Escribonio participo en la campaña, aunque se desconoce si lo hizo como médico del ejército o como médico privado de alguno de los comandantes de la expedición.

Cuatro años más tarde, en 47 d.C., publica la única de sus obras que ha llegado hasta nosotros, conocida como las Composiciones, en la que recoge una colección de fórmulas farmacéuticas y remedios tradicionales que incluye 271 recetas, la gran mayoría de su propia invención. En el texto, que Escribonio le dedica a Calisto, reconoce además su deuda con sus maestros, amigos y los escritos de importantes médicos anteriores.

 En el prefacio Escribonio se afirma como heredero de la deontología hipocrática, estableciendo una serie de normas éticas en la prescripción farmacéutica que tuvieron gran influencia en el humanismo médico de siglos posteriores. De hecho, la obra de Escribonio es la más antigua referencia documental del juramento hipocrático. La prescripción médica debía regirse, según él, por dos principios o virtudes: humanitas y misericordia, pues la medicina debía ser el arte de curar y no de dañar (scientia sanandi).

Casi nadie lleva a cabo una minuciosa valoración de las credenciales de un médico antes de someterse uno mismo y su familia a sus cuidados. En cambio, nadie encargaría la realización de su retrato a un pintor sin haber evaluado primero su capacidad mediante el estudio de ejemplos de su obra. Todo el mundo posee un juego de pesas y medidas de precisión para asegurarse de que no se produzcan errores en aspectos de la vida que en realidad son bastante triviales. Esto es así porque las personas otorgan más valor a las cosas que a sí mismas. Por consiguiente, los médicos no sienten la necesidad de trabajar duro en el estudio de la medicina. Incluso hay algunos que no solo ignoran los escritos de los médicos del pasado, cuyas obras constituyen los cimientos de la profesión médica, sino que además tienen la temeridad de atribuir opiniones totalmente erróneas a aquellos primeros investigadores.

Escribonio Largo, Composiciones, prefacio

 Las 271 recetas se dividen en tres secciones principales. La primera se compone de 162 recetas y está organizada por enfermedades, desde la cabeza a los pies. La segunda es una lista de 37 antídotos para venenos, mordeduras y picaduras, y la tercera trata de los emplastos, apósitos y bálsamos utilizados por los cirujanos.

Aunque muchas de estas recetas proceden de obras de médicos anteriores, también solía comprar recetas de origen dudoso a cualquiera que pudiera demostrar que funcionaban. Condena los remedios supersticiosos que están fuera de la profesión médica y utiliza sustancias vegetales que tienen propiedades terapéuticas (y que se pueden encontrar en las herboristerías modernas). Muchas de ellas se siguieron utilizando por lo menos hasta 1655.

Pero quizá la receta más famosa es su tratamiento de la gota y los dolores de cabeza con electricidad, el primer uso documentado de la historia. Evidentemente, en aquella época se trataba de electricidad animal. 

Concretamente de la aplicación de un pez torpedo mediterráneo o raya jaspeada (Torpedo marmorata) o de un torpedo del Atlántico (Torpedo nobiliana) sobre la frente del paciente, entre las cejas. De ese modo el pez descargaba su electricidad hasta que los sentidos del paciente se adormecían. De ahí que al estado resultante se le denomine torpor. En el caso de la gota el pez se colocaba bajo los pies.

Hay que atar la raya en la parte del cuerpo donde haya dolor (es decir, en la cabeza), y dejarla allí hasta que cese el dolor y dicha zona quede entumecida

Escribonio Largo, Composiciones 11

 También recomienda tener varias rayas a mano, puesto que en ocasiones dos o tres no son suficientes para que el tratamiento funcione.

Raya jaspeada (Torpedo marmorata) | foto Philippe Guillaume en Wikimedia Commons

 Fuente: https://www.labrujulaverde.com/2022/03/escribonio-largo-el-medico-romano-del-siglo-i-d-c-que-fue-el-primero-en-usar-la-electricidad-como-tratamiento

lunes, 18 de enero de 2021

Recomendación

 



El Bar de los Siete Sabios de Ostia. Aquí el gran pensador "Solón... de Atenas" (su nombre está escrito en griego a ambos lados del personaje) contempla la escena desde su retrete, mientras que sobre su cabeza aparece su consejo acerca de la defecación: "Para cagar bien (ut bene cacaret) Solón se acariciaba el vientre".

viernes, 1 de noviembre de 2019

Una IA intentará leer los papiros calcinados de Pompeya y Herculano

papiro calcinado En el años 79 después de Cristo el volcán Vesubio estalló, provocando una de las erupciones volcánicas más potentes y famosas de la historia. Las ciudades romanas Pompeya y Herculano fueron sepultadas por la lava. Sus casas, sus habitantes, quedaron congelados en el tiempo, ya que la lava se solidificó rápidamente, preservando todo lo que había sepultado. En 1782 se descubrieron 1.800 papiros calcinados provenientes de una biblioteca de Herculano, que se cree que podría pertenecer al suegro de Julio César. Ahora la ciencia va a utilizar la última tecnología en Rayos X y la Inteligencia artificial para leer lo que hay en esos papiros, sin desenrrollarlos.

Herculano era una ciudad mucho más pequeña que Pompeya, pero allí vivían los ciudadanos romanos más ricos. Así que se sospecha que estos papiros podrían contener importantes escritos inéditos de los autores de la época. El años pasado en uno de ellos se descubrió un texto inédito de Séneca el Viejo, un importante orador nacido en Córdoba. Aunque su hijo Séneca el Joven, filósofo, político y escritor, también cordobés, le superó en fama.

El problema de estos 1.800 papiros de hace 2.000 años descubiertos en Herculano, es que están enrollados y completamente calcinados. Aquellos que se han intentando desenrrollar se han roto en pedazos, destruyendo el texto. Aquí es donde la más avanzada tecnología láser y la inteligencia artificial, entran en juego.

Aunque ya se ha conseguido descifrar papiros israelíes enrollados usando Rayos X, ha sido posible porque estos papiros usaban tinta creada mezclando diversos metales. Al aplicar Rayos X, el texto se diferenciaba del papiro. Pero en los textos calcinados de Herculano los romanos usaron tinta basada en el carbón, que al calcinarse por la lava volcánica no se diferencia del papiro ni siquiera con un escáner de Rayos X.

Por eso la Universidad de Kentucky va a utilizar una nueva tecnología, un nuevo tipo de Rayos X llamado Diamond Light Source, que es más brillante que la luz de Sol.

Con este escáner de alta definición se pueden radiografiar los papiros a nivel microscópico, permitiendo diferenciar las partículas que pertenecen al texto, de las que formaban parte del papiro. En este vídeo puedes ver cómo se llevará a cabo el proceso:

Aunque esta nueva tecnología de Rayos X permita desenrrollar virtualmente el papiro e identificar el texto, es una identificación a nivel de partículas. Y aquí es donde entra la Inteligencia Artificial. La Universidad de Kentucky está entrenando a una IA para que pueda separar esos textos del propio papiro, partícula a partícula, pixel a pixel, y recomponerlo para obtener el escrito que guardaba el papiro calcinado.

Decía el escritor Arthur C. Clake que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada, es indistinguible de la magia. Y eso es justamente lo que parece esta proyecto, pura magia capaz de leer un texto de un papiro calcinado hace 2.000 años, sin desenrollarlo y sin tocarlo.
Pero aún queda saber si lo consiguen. De momento el escaneado ya está terminado. Ahora están entrenando a la inteligencia artificial con técnicas de aprendizaje automático para que pueda enfrentarse a la tarea, que se llevará a cabo en los próximos meses.


Los historiadores se frotan las manos imaginando la información que podrían contener los 1.800 papiros de Herculano. Y esto quizá te sorprenda: se espera que la mayoría de los textos sean griegos y no latinos, ya que en aquella época la mayoria de los escritos que se guardaban en las bibliotecas romanas eran de filósofos e historiadores griegos.

 Fuente: https://computerhoy.com/noticias/tecnologia/ia-intentara-leer-papiros-calcinados-pompeya-herculano-507057?fbclid=IwAR2zTbVZquzq2U3nDSQx-bZynKUBZTivW8utuVaiJLfQvUw6sZ6bdL0oiXs

lunes, 4 de febrero de 2019

Estaba Cura cruzando un río

Mosaico De Los Peces Ornamentales. Ciudad del Vaticano


Estaba Cura atravesando un río y al ver abundante arcilla, la cogió meditabunda y empezó a modelar con ella una figura. Mientras reflexiona sobre qué había hecho, se presentó Júpiter; Cura le pidió que le diera un espíritu a aquella forma, cosa que consiguió fácilmente. Al verla animada, Cura quiso ponerle su propio nombre, pero Júpiter aseguró que llevaría el suyo. Mientras discutían, se levantó Telus, la Madre Tierra, y defendió que solo a ella le correspondía dar su nombre al nuevo ser, puesto que ya le había dado el cuerpo. Como no se ponían de acuerdo, llamaron como juez a Saturno, el dios del tiempo, que les dio la siguiente sentencia: "Tú, Júpiter, puesto que le diste el espíritu recibirás su espíritu cuando muera; Telus, puesto que le diste el cuerpo recibirás su cuerpo; pero como Cura fue quien lo modeló, será de ella mientras viva. En cuanto a su nombre, se llamará `homo´ porque ha sido hecho de `humus´. 

Cayo Julio Higino

miércoles, 2 de mayo de 2018

El guardián de la Capilla Sixtina y las 2.797 llaves

Gianni Crea dirige el equipo de claveros que custodian las 2.797 llaves en el búnker de los Museos Vaticanos


En una mano, más de cuatrocientas llaves. En la otra, otro centenar. El repiqueteo que provocan al chocar unas con otras es el único sonido que se escucha de madrugada en uno de los mayores museos del mundo, testigo de la historia de la humanidad a partir de centurias de adquisiciones de los pontífices desde el siglo XVI . Son las cinco de la mañana y todavía no hay ni un alma. Sólo la de Gianni Crea, el custodio de este santuario desde hace veinte años. Él dirige el equipo de once claveros, o amos de llaves, de los Museos Vaticanos.

El guardián de la Capilla Sixtina y las 2.797 llaves
Gianni Crea y Alessio Censoni caminan en el museo Chiaramonti (.)
 “No quiero parecer pretencioso –dice antes de entrar– pero me lo conozco mejor que mi propia casa”. Gianni Crea alguna vez se ha olvidado las llaves de su domicilio en San Giovanni, pero nunca se ha equivocado con las 2.797 que guardan cada día minuciosamente en un pequeño búnker climatizado en el Patio de la Piña, para evitar que las más antiguas se oxiden. Hay una, la 401, que abre la Puerta Clementina, que es de finales del siglo XVII y pesa medio kilo.

 El guardián de la Capilla Sixtina nos convoca en el lado norte del Viale Vaticano. A estas horas no hay ni rastro de los más de 27.000 turistas –seis millones y medio al año– que invaden a diario esta calle. Tampoco de los vendedores ambulantes de souvenirs y palos de selfie. La primera llave en su mano es la número uno, la que abre el portón de Santa Ana hacia el vestíbulo de los museos. Está todo oscuro. No funcionan todavía los sistemas de seguridad que vigilan que nada pueda ocurrirle a las 40.000 obras de los Palacios Pontificios. Doble giro y clic.

(Antonello Nusca)
 Así comienza el trabajo de los cinco claveros que se reparten las cuatro zonas en que se divide el museo. Otros cinco harán la misma ruta por la noche, para evitar que nadie se quede dentro. Recorren cada estancia en una ruta de una hora y media no sólo para abrir las puertas, sino también para vigilar que no haya ningún desperfecto. Una luz que no funciona o un escape de agua es una posible tragedia. “Si todo va bien, hemos ganado el partido”, dice Crea con una sonrisa. Como buen italiano, es un apasionado del fútbol. “Si no, nos toca ir a la prórroga con horas suplementarias”.

El lugar donde echan la primera ojeada es especial: la terraza de Nicchione, cerrada al público, situada sobre los Museos Egipcios. Sólo se puede acceder con un ascensor, para el que también se necesita una llave. Pero vale la pena. Las vistas desde aquí son un verdadero privilegio. “Cada día vemos cómo se despierta Roma”, cuenta Crea con emoción. El sol se empieza a asomar por el casco histórico mientras la cúpula de San Pedro sigue iluminada. Pero el primer plano es el de los Museos Vaticanos, que ocupan gran parte de este microestado de apenas 0,44 kilómetros cuadrados. “¿Mira, ves esas ventanas? Eso es la Capilla Sixtina”.

Los claveros en el Vaticano. Antonello Nusca
Los claveros en el Vaticano. Antonello Nusca (.)
 La terraza de Nicchione es un lugar clave para el trabajo de los claveros. Si hay alguna luz encendida en los pasadizos del museo, saben que algo va mal. Pero también es donde se reúnen en momentos señalados, como en la espera de un nuevo Papa. Cuando se celebra el cónclave, los claveros tienen desde aquí la mejor vista posible hacia la chimenea que el mundo entero espera. “Es un momento de sentimientos contradictorios. Al mismo tiempo lloras un Papa muerto que esperas con alegría el nuevo sucesor de San Pedro”, asegura. Él vivió muy de cerca la larga enfermedad de Juan Pablo II y su muerte le marcó profundamente. Si la fumata es blanca, es un momento que recordarán para siempre. Abrazos, felicitaciones, ¿y quizás algún brindis? “Eso no te lo puedo decir”, concede Crea, siempre muy educado. Alessio Censoni, su acompañante hoy, también sonríe.

El maestro de los claveros tiene 46 años y se tiene que mantener por fuerza en buena forma para recorrer los siete kilómetros y medio que ocupa el museo de largo. Se crió en una familia católica, pero él nunca había imaginado esta profesión. Pese a que nació en Roma, creció en Melito di Porto Salvo, en la provincia de Reggio Calabria. Volvió a la ciudad eterna para estudiar Derecho y cuando estaba terminando, su párroco le propuso ser custodio auxiliar. En esa época, era un trabajo para estudiantes de confianza. Él no se lo pensó.

(Antonello Nusca)
 Con 26 años, el joven Gianni Crea empezó a vigilar la basílica de San Pedro y con el tiempo le ascendieron a clavero de los museos. “Se requiere precisión, puntualidad y amor por este trabajo”, dice. Una persona no religiosa no podría acceder al puesto porque deben firmar una carta en la que se comprometen a respetar los sacramentos y la moralidad de la Iglesia. Cuando Crea empezó, sólo había tres claveros, pero con la ampliación de los museos empezaron a necesitar más manos. Luego, el anterior director, Antonio Paolucci, le nombró jefe del equipo. “Ahora tienes simbólicamente las llaves del paraíso”, le prometió.

El trabajo de Crea y sus compañeros es un recordatorio de que aunque la Ciudad del Vaticano acoge el corazón del cristianismo, también es una administración que funciona como un reloj. Gracias a la meticulosidad de sus trabajadores, el Papa y sus ayudantes pueden ejercer las responsabilidades por las que aparecen en las portadas del mundo. Francisco coincide con ellos a menudo en los pasillos, y les conoce a todos. “Yo le tengo un gran cariño porque bendijo a mi madre antes de morirse en el palacio de Santa Marta. Le hizo el regalo más bello, y no se me olvidará su sonrisa”, recuerda Crea. Asegura que la atracción que despierta Francisco en todo el mundo ha aumentado mucho las visitas en los museos.

(Antonello Nusca)
 La figura del clavero del Vaticano es herencia del mariscal del cónclave, una figura de la nobleza que hasta 1966 sellaba las puertas de la Capilla Sixtina. Ahora en los cónclaves son ellos los que cierran la puerta delantera y entregan las llaves a la gendarmería vaticana para asegurarse de que ningún curioso pueda perturbar a los cardenales en su momento más sagrado.

Las 2.797 llaves en el búnker están todas numeradas excepto una, más pequeña que las demás. “¿Qué numero le pondrías? Es imposible”. Sólo existen tres copias de una de las llaves más valiosas del mundo, y una la custodian los claveros en un sobre cerrado y sellado dentro de una caja fuerte. 

Tienen que anotar en un libro de registros cada vez que la usan y para qué, así como los visitantes que les acompañan. Es la llave de la Sixtina, la principal capilla del palacio apostólico.

(Antonello Nusca)

“Es imposible robarla”, asiente Crea. Cuando entra, se santigua bajo los frescos de Miguel Ángel antes de confirmar que, aunque la visita cada mañana, la Sixtina sigue siendo su lugar favorito. “Me invade una emoción fortísima que me da energías para continuar con el resto del día”, asiente.
De normal los turistas entran a pelotón, y apenas se pueden hacer fotos. Estar a solas con el Juicio universal de Miguel Ángel es otra cosa. Por eso, los Museos Vaticanos inauguran esta semana un tipo de visitas privadas único en el mundo: un tour a las seis de la mañana para descubrir a deshoras los tesoros del Vaticano con el equipo de claveros.

Gianni Crea no estudió historia del arte, pero los veinte años que lleva aquí le han hecho interesarse y aprenderse el cambio de las sombras en las obras de los Palacios Vaticanos. Habla maravillas de su estatua preferida, el Apolo de Belvedere, se para a señalar la Galería de los Mapas, decorada por el papa Gregorio XIII (1572-1585) y restaurada por Urbano VII, le tiene especial cariño a la Pietà de Van Gogh... Lo que empezó como un grupo de esculturas reunidas por el papa Julio II en el Renacimiento se ha convertido en una colección de arte inigualable.

Entre estas paredes han dormido los 120 cardenales durante los cónclaves hasta Benedicto XVI, pero también han pasado la mayoría de jefes de Estado que viajan a ver al Papa, los primeros ministros italianos e incluso futbolistas. Crea, tifoso del Juventus y del Roma, se acuerda de cuando vino la selección argentina a jugar el amistoso con Italia organizado por Francisco. Todos los claveros tenían los ojos puestos en Leo Messi.

(Antonello Nusca)
 No sólo desfilan famosos. Una vez abrieron la Capilla Sixtina muy pronto por la mañana a una pareja de jóvenes. “Ella lloraba y lloraba, y yo pensaba que tenía que ir a ayudarla... hasta que vi que le acababa de pedir matrimonio. Difícil decir que no, ¿verdad?”, sonríe Crea.
“Hacer este camino cada día es el mayor privilegio del mundo”.


domingo, 11 de junio de 2017

"Mors voluntaria"

El suicidio de Séneca (1871), por Manuel Domínguez Sánchez
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El más incisivo entre los cínicos, Diógenes de Sínope, fue el primero en utilizar la capa para dormir sobre ella al raso; detestaba a los atenienses, prefería a los espartanos; se mofaba de los sofistas, menospreciaba las ciencias, decía que para vivir eran necesarias la razón o una soga; no pedía dinero, lo reclamaba, se reía de los nobles; las leyes, como las ciudades, le merecían el menor de los cuidados. Sólo hay una auténtica convivencia, afirmaba:"la del universo". Un día, al visitarle unos amigos lo encontraron cubierto con la capa y le creyeron dormido, pero al destaparlo vieron que estaba muerto. Su procedimiento, se conjeturaba, fue contener la respiración, "mordiéndose el aliento", hasta que consiguió "sustraerse de la vida". Se trataba de un método frecuente, que pervivió entre los romanos y todavía después de la caída del Imperio, cuando resultaron comunes los suicidios por asfixia, para lo cual se requerían trapos y ligaduras. Comas, viendo que nadie le ayudaba a morir, eligió este mismo sistema, de manera semejante a lo que hiciera Casio Licinio, que se ahogó con una servilleta.[...]
  Los epicúreos, en su etapa romana, fueron, si cabe, más proclives a defender la muerte voluntaria en tanto que liberación de los males físicos y anímicos, y no para combatir, como parece que al final era uso de los estoicos, la amargura de los conflictos cotidianos y el tedio causado por la saciedad de vivir.[...]
   Pero fue el estoicismo de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio el que marcó en aquellos días una mayor influencia entre los intelectuales y poetas. Las Cartas morales a Lucilio encierran un auténtico manual de consejos destinados a cobrar el buen ánimo y no reprocharse, en caso de que el dolor amenace, sentir el menosprecio de la muerte, ya que la existencia puede convertirse en un largo y monótono goteo que acaba por minar el espíritu. Aunque nos privemos de la vida de un modo tajante, debemos saber que no sólo habremos muerto aquel día, porque "la muerte no viene toda a la vez". Al fin y al cabo, trata de decirle a Lucilio, la vida, donde quiera que la acabes, si la acabas bien y en su momento, queda culminada. No se trata tanto de vivir como de vivir bien. De no cumplirse así, a qué aferrarse a las penas para salvar una jornada tras otra, sin más. En eso consiste realmente la libertad, esa libertas codiciada por la ciudadanía: empezar el día, pero también saber terminarlo.
   Sin embargo no a todos alcanzaba la posibilidad de un suicidio digno, por emplear una expresión moderna, porque el aristocrático Séneca reconocía que los de más baja condición debían conformarse con lo primero que tenían a mano, la soga, el cuchillo, un hacha. La cicuta no estaba al alcance de todos, porque era cara. Escoger la forma de muerte constituía un privilegio, por extraño que parezca y sobre todo llegar al convencimiento siguiente:"Debemos querer la vida aprobada por los demás; la muerte, empero, aprobada por uno mismo"[..] Ciertamente, tener la potestad de desvincularse del mundo fue un derecho extensamente razonado por aquellos filósofos, y de esta suerte Marco Aurelio defendía que de acrecentarse las desventuras en el cúmulo de una existencia, era lícita la huida, por lo que en "caso de que no te lo permitan, sal de la vida"
   Peregrino Proteo, de la escuela cínica, llegó al límite de este sentimiento, ya que, renegando de la humanidad y declarándose harto de la torpeza de los hombres, preparó su propia pira. Atacó sin tregua a los gobernantes, se mofó de las convenciones sociales, se burló de todo lo instituido e incluso cargó contra el mecenazgo de Herodes Ático. Lo sorprendente era que Peregrino anunció su muerte y por eso hizo público el suceso que iba a protagonizar, nada menos que en plena Olimpiada, en el año 165. Luciano de Samosata refiere en Sobre la muerte de Peregrino que la gente se convocó, curiosa, en el lugar en que debían de producirse los hechos. Había levantado una fogata en un sitio especialmente concurrido y, haciendo ostentación de la muerte, y dando a entender su hastío y absoluto desprecio para con sus semejantes, se abalanzó a las llamas y pereció. Luciano, que mantuvo cierta amistad con él, quizá cimentada en el desdén que ambos sentían hacia creencias e ideas establecidas, criticó, sin embargo la exhibición de este vehemente filósofo, al que muchos tuvieron por un peligroso subversivo.
   Éstas fueron las últimas voces de quienes hablaron abiertamente de la mors voluntaria, porque hasta muchos siglos después no pudo comentarse ni salir a la luz un acto de esta naturaleza que no mereciera ser reprobado con la mayor virulencia. Durante la Edad Media se censuró toda defensa de este acto, en el cual se reconocían las mismas huellas de Caín. Aquellos que decidían quitarse la vida, se decía, eran gentes perversas, marginales y poseídas por el diablo. Pocos fueron los poderosos, en contraste con la Antigüedad, cuya desaparición voluntaria se hacía pública. No tenían la libertad que en su momento se tomó el orador Labieno, el cual, al ser prohibidas sus obras por el Senado romano y ordenar su total quema, se suicidó. Ya que en el mundo grecorromano un hombre sin casa, sin obra, era alguien sin patria, sin lugar.


Semper dolens
Historia del suicidio en Occidente
Ramón Andrés

lunes, 7 de noviembre de 2016

Hic futui: pornografía pompeyana

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).
 
Quisquis amat valeat, pereat qui nescit amare. / Bis tanto pereat quisquis amare vetat.
(Que quien ame prospere, que muera quien no sepa amar / Y que muera dos veces quien prohíba el amor). 
Grafiti pompeyano.

Una tórrida mañana de agosto de 2014, uno de los vigilantes jurados que patrulla las ruinas de Pompeya oye un gemido en las Termas Suburbanas. Tratando de no pensar en historias de fantasmas, aparta la cortina que protege el tepidarium y se topa con tres jóvenes desnudos, dos mujeres y un hombre, a punto de embarcarse en un trío bajo la atenta mirada de los frescos eróticos de las paredes. Si yo hubiera sido el guarda habría preguntado si podía unirme a la fiesta, pero incomprensiblemente la juerga acabó en comisaría.

Es extraña esta fama pompeyana de ciudad del pecado. No hay en realidad tantas pinturas eróticas en Pompeya como se suele creer, aunque sus habitantes no se limitaron a decorar con pornografía los burdeles sino también baños, villas y jardines, con variados propósitos que iremos desentrañando en este artículo. Para ello empezaremos remontándonos al pasado, a otra mañana de agosto mucho más trágica…

Una ciudad congelada en el tiempo

Una estela negra y espesa se nos venía encima, como un torrente vertido sobre la tierra para perseguirnos. 
Plinio el Joven, carta a Tácito.

Amanecer del 24 de agosto, 79 d. C. El joven Cayo Plinio traduce textos griegos en una villa de Miseno, a treinta kilómetros del Vesubio. De repente se oyen dos estampidos prodigiosos y una nube gigantesca con aspecto de árbol llena el cielo. Plinio permanece en su habitación tomando notas; un visitante de Hispania rezuma españolidad echándole la bronca por leer mientras arde el mundo. El almirante y naturalista Plinio el Viejo, su tío, zarpa en un rapto de heroísmo y curiosidad científica al frente de sus barcos de guerra, tratando de rescatar a los habitantes de las villas costeras. Llueve piedra pómez, cenizas, pedruscos ardientes. Los barcos deben refugiarse en la playa cerca de Estabias.

Cae una oscuridad más negra que la noche. Se oyen gemidos, llantos, gritos. Plinio el Joven escribe: «pensé que perecía junto con todas las cosas, y que el inmenso mundo moría al mismo tiempo que yo».  Al amanecer del día siguiente empieza lo peor. Seis corrientes piroclásticas, tsunamis de gases ardientes y ceniza a 300 grados de temperatura, surgen del Vesubio a sesenta metros por segundo. Una de ellas entierra Pompeya, otra Herculano. Plinio el Viejo, corpulento y con dificultades respiratorias, muere mirando fijamente a la nube que se abate sobre Estabias. Mueren unas quince mil personas. La ceniza conserva sus cadáveres abrasados en la misma postura en que la ola volcánica les atrapa. El tiempo se congela.

Hic futui

Arphocras hic cum Drauca bene futuit denario. 
(Aquí Harpócrates folló muy bien con Drauca por un denario). 
Grafiti pompeyano.

En 1599 una cuadrilla de obreros que cavaba un canal topó con un muro repleto de pinturas. Se llamó al arquitecto Domenico Fontana, que desenterró varios frescos y objetos de contenido pornográfico. No está claro qué ocurrió entonces: parece ser que las pinturas le impactaron lo suficiente como para ordenar que se volviera a enterrar el conjunto, sea por haberse escandalizado, sea como acto de preservación de las obras a la espera de tiempos menos conservadores.

Pasaron un par de siglos hasta que otra casualidad permitió redescubrir Pompeya. En el siglo xviii el príncipe Elbeuf mandó cavar un pozo cerca de su casa y encontró ruinas en muy buen estado. Un constructor español medio las hubiera tapado con hormigón antes de que se enterase el Ayuntamiento, pero el príncipe accedió a esperar mientras el descubrimiento era examinado. Se puso a cargo de las excavaciones al coronel del cuerpo de ingenieros de Nápoles, un mentecato que causó un daño incalculable hasta ser sustituido. Nada más llegar descubrió una gran inscripción en relieve, y mandó arrancar las letras del muro sin copiar antes las palabras. Se metieron las letras mezcladas en una cesta y así fueron enviadas al rey de Nápoles… Nadie pudo averiguar qué significaban, aunque durante años estuvieron expuestas y cada cual podía ordenar aquella sopa de letras según su imaginación le dictase.

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).
 En otra decisión lamentable movida por la pacatería, se cubrió con yeso un fresco del dios Príapo con su enorme pene erecto: no fue redescubierto hasta 1998 y gracias a la lluvia. También se clasificaron como pornográficos objetos inofensivos: amuletos protectores en forma de pene o móviles de viento fálicos con campanillas llamados tintinabulum, decoración de buen gusto en la época. En 1819 se agruparon en el Museo Arqueológico de Nápoles ciento dos frescos, esculturas y mosaicos dentro del «Gabinete de objetos obscenos», cambiado poco después a «Gabinete de objetos reservados» hasta que Alejandro Dumas, ya en 1860 y comisionado por Garibaldi, se dejó de eufemismos y lo llamó «Colección pornográfica». Solo se permitía entrar en ese gabinete a hombres «maduros y de costumbres respetables» que se avinieran a pagar una tarifa extra… El último intento de censura lo llevó a cabo el mismísimo Mussolini, por suerte sin éxito, y hoy en día pueden verse todas las piezas sin problemas.

En cualquier caso, Pompeya se había ganado una injusta fama de Sin City del Mediterráneo. Por ejemplo, los primeros arqueólogos clasificaron como burdel todo edificio que contuviera frescos eróticos, con lo que contabilizaron treinta y cinco burdeles para una ciudad con poco más de tres mil hombres adultos. Una locura. Métodos posteriores algo más sensatos usaron parámetros como la presencia de falos grabados en las aceras, que guiaban a los transeúntes al burdel más cercano, o los grafitis en las paredes de algunas casas. Hic ego puellas multas futui («aquí me follé a muchas chicas»), que suena a la típica fardada napolitana; el autoexplicativo Myrtis, bene felas Myrtis, la chupas bien»); o mi favorito: Hic ego, cum veni, futui, deinde redei domum («Aquí llegué, follé y me volví a casa»), una versión porno y casera del veni, vidi vici de César. Incluso con estos criterios más restrictivos aparecen nueve o diez burdeles, más teniendo en cuenta que varias tabernas o incluso particulares alquilaban una habitación (cella meretricia) a prostitutas ocasionales.

A las prostitutas, en su mayoría esclavas griegas, se las llamaba lupas («lobas»), pero solo un edificio de Pompeya acabó siendo conocido como el Lupanar con mayúscula, o Lupanare Grande: un burdel situado en el cruce de dos calles secundarias. Tenía diez habitaciones divididas en dos pisos: una planta baja con incómodas camas de piedra destinadas a clientes pobres; y cinco habitaciones en el primer piso con balcón y entrada independiente. Los precios eran variables, pero sabemos por los grafiti que solían ser baratos: entre dos ases (el coste de dos vasos de vino) hasta varios sestercios, nunca precios exagerados porque los verdaderamente ricos tenían concubinas en sus casas. La prostitución no era exclusivamente femenina: en una pintada leemos Maritimus cunnu linget a(ssibus) quattuor / virgines ammittit, es decir «Maritimus te lame el coño por cuatro ases / se admiten vírgenes»…  Aunque hay arqueólogos que creen que esas pintadas eran más bien insultos a los hombres mencionados, como hacen pensar grafitis ambiguos que suenan a invectiva política cutre, como «Vota Isidoro para edil, es el mejor comiendo coños».

Las paredes del Lupanar están cubiertas de pinturas eróticas, empezando por un Príapo bifálico que sostiene sus dos penes erectos sobre la entrada principal. En las entradas de las habitaciones hallamos varios frescos literalmente pornográficos: pornographía significa «retrato de prostituta».  No está claro cuál era su objetivo, si calentar a los parroquianos o informar del tipo de servicios que llevaba a cabo cada lupa; en cualquier caso, la variedad de posturas representada nos permite asomarnos a la complicada vida sexual romana.

¿Prefieres un more ferarum o una Venus pendula?

Suspirium puellam Celadus thraex.
Celadón hace suspirar de placer a las mujeres.
Grafiti pompeyano, probablemente escrito por Celadón.

Varios frescos eróticos del Lupanar muestran parejas hombre-mujer copulando en la postura del perrito, el actual y un tanto ridículo nombre de la posición a cuatro patas, el coito a tergo o, en denominación romana, more ferarum, «al modo de las bestias». Esta postura en que una parte domina y la otra se deja hacer era muy del gusto romano, cuya moralidad consideraba infame la pasividad sexual. Esa misma postura puede emplearse para la sodomía, y en un fresco aparece representada con una variante en que se levantan más las nalgas. La palabra culibonia significaba experta en sexo anal, una especialidad habitual para evitar embarazos… Aunque las matronas romanas usaban otro anticonceptivo, insinuado por Julia la Mayor: nunquam enim nisi navi plena tollo vectorem («solo acepto pasajeros cuando la bodega está llena»). El verbo para «penetrar analmente» es pedicare, usado frecuentemente con ánimo amenazante o chulesco como en el famoso verso de Catulo: pedicabo ego vos et irrumabo, o en traducción literal, «os sodomizaré y os follaré la boca».

Otros frescos muestran coitos en la postura de la Venus pendula, también llamada mulier equitans o equus eroticus… Vamos, con la mujer encima, la posición favorita de la altísima Andrómaca en Troya, apodada «la jinete de Héctor». Esta postura ha sido interpretada de modos muy diferentes. El historiador Kenneth Dover sostiene que representa una emancipación sexual de las mujeres romanas, al ser una posición que les permite  cierta independencia de movimientos durante el coito. Sin embargo, Pascal Quignard en El sexo y el espanto la interpreta de otra manera: el pater familias se queda tendido en el lecho porque es el amo y no tiene por qué esforzarse, mientras que la matrona se sienta sobre su cuerpo desnudo como en un sillón correspondiente a su rango. A veces incluso una esclava se coloca sobre el hombre, en ningún caso para dominarlo (la sumisión es impúdica para el hombre libre), sino para ofrecerle placer molestándolo lo menos posible. Es fácil considerar la sexualidad romana como machista desde los ojos actuales, aunque nada es tan sencillo: ahí está por ejemplo el Ars amandi de Ovidio dando consejos sobre orgasmos femeninos… Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

Termas, dormitorios y clubes sexuales privados

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).

Apollinaris, medicus Titi imperatoris hic cacavit bene. 
Apolinario, médico del emperador Tito, cagó bien aquí.
Grafiti pompeyano.

Los jóvenes con que abríamos este artículo no intentaron consumar su pasión en el Lupanar, sino en las Termas Suburbanas, cerca de la Puerta Marina. Los frescos sexuales de esas termas no tienen un propósito claro: hay quien cree que informaban de que había prostitutas disponibles en la primera planta, pero los actos mostrados no son realistas como los del Lupanar, sino más bien exagerados o paródicos. Un fresco muestra un trío de dos hombres y una mujer; otro representa un cuarteto en que una mujer le practica un cunnilingus a otra, que a su vez está felando a un hombre que es sodomizado por un cuarto personaje  que mira directamente al espectador con aire triunfante. Un tercer fresco muestra un cunnilingus: una matrona lo recibe complacida, mientras el lamedor tiene una expresión furtiva y asustada. Mi teoría favorita sobre el porqué de estas pinturas es la de la arqueóloga Luciana Jacobelli, según la cual las pinturas son viñetas chocantes para identificar los vestuarios («¿Dónde dejé mi toga? ¡Ah, sí, en la cesta bajo el comecoños!»).

También encontramos frescos eróticos decorando dormitorios de casas particulares, como en la Casa de los Vettii y sus pinturas de mujeres semidesnudas. Pero al menos en una ocasión, en la lujosa residencia llamada Casa del Centenario, los frescos parecen esconder algo más. En esta mansión encontramos piscina, baños privados y hasta un nymphaeum o monumento dedicado a las ninfas. Los frescos de sus paredes son magníficos y detallados: la representación más antigua conservada del Vesubio, por ejemplo… Pero para el propósito de este artículo resultan más significativas otras pinturas más inaccesibles.

Una de las habitaciones se encuentra extrañamente escondida en un rincón de la mansión, y en su interior se han encontrado detallados frescos pornográficos de mayor calidad que los del Lupanar. Ese rincón erótico-festivo fue bautizado como «habitación 43» por poco imaginativos arqueólogos y el misterio sobre su uso aún perdura hoy en día. Se cree que el cuarto era un club sexual privado, un cuarto oscuro en el que los dueños de la casa entretenían a sus invitados con fiestas subidas de tono en que los participantes daban rienda suelta a sus deseos. Una pequeña abertura de la pared podría haberse utilizado para observar desde fuera lo que ocurría en el interior: una invitación al voyeurismo y quién sabe si un proto-glory hole. ¿Para qué aventurarse en el sórdido barrio de los burdeles si puedes traerte el lupanar a casa? Estos clubes privados de lujo no eran infrecuentes en las ciudades romanas. El historiador Valerio Máximo describe así una de esas fiestas: «¡Cuerpos desvergonzados en total sumisión, listos para un juego de sexo borracho! Un banquete no para honrar a cónsules y tribunos, sino para denigrarlos». Claro que otros académicos quizá menos proclives a la fiesta piensan que la habitación 43 era simplemente un dormitorio decorado con pinturas eróticas para diversión de los dueños de la casa. Nada sabemos con seguridad.

¿Qué ocurría en la Villa de los Misterios?

Hay un desorden inexpresable bajo la superficie del orden social. 
Eurípides.

Las pinturas más intrigantes de Pompeya se encuentran en una lujosa villa de las afueras. Sobre un fondo rojo intenso, una pintura en friso muestra un extraño ritual formado por escenas de una iniciación dionisíaca. A la izquierda una matrona se sienta en un sillón. Un niño desnudo lee un antiguo ritual. Varias sacerdotisas llevan cestas con pasteles. Una fauna amamanta a una cabrita. Una mujer de pie, con la cabeza echada hacia atrás, retrocede con el espanto grabado en su cara. El dios Baco, completamente borracho, se apoya en Ariadna. Una mujer arrodillada retira el velo que cubre un objeto que no vemos, probablemente un fascinus, un pene erecto. Un demonio femenino de grandes alas negras azota con un látigo a una joven aterrorizada, apoyada en las rodillas de una nodriza. Una bailarina desnuda vista de espaldas danza girando sobre sí misma mientras entrechoca los címbalos… Es una ménade («mujer loca»), sacerdotisa del dios del extravío.

El culto mistérico de Dionisio siempre fue visto con desconfianza por el poder político, en parte por estar dirigido por un clero femenino fuera del control de la religión oficial. En El sexo y el espanto, Quignard interpreta el fresco de la Villa de los Misterios como un reflejo de las antiguas prácticas paganas del sacrificio humano: la bacchatio original consistía en castrar a un hombre, desmembrarlo (sparagmos) y comérselo crudo (omophagia). Con el tiempo se sustituyó al hombre por una cabra, y más adelante el sacrificio devino rito sexual. Pero bajo el velo de la sociedad civil se escondía la ferocidad de las bacantes descuartizando a Orfeo cuando no quiso bailar con ellas… En el 186 d. C., Livio escribió sobre las bacanales: «Cuando la bebida, las palabras lascivas, la noche y la mezcla de los sexos habían extinguido toda modestia, empezaban los actos de libertinaje. Toda persona encontraba a su alcance el tipo de disfrute al que estuviera dispuesto por la pasión predominante en su naturaleza».

Nunca conoceremos los misterios de Dionisio, los órgia de Eleusis. Aristóteles explicó que los misterios tienen tres partes: tà drómena (lo que hacen los personajes), tà legómena (lo que lee el niño, el fatum) y tà deiknýmena (las revelaciones). Es decir: teatro, literatura, pintura. Sea lo que sea lo oculto en la Villa de los Misterios de Pompeya, está relacionado con todas las artes humanas, y en particular con la muerte y el sexo. 



viernes, 7 de octubre de 2016

Mary Beard: “Ninguno querríamos estar vivos en la Roma antigua”

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Asesinatos, vertederos llenos de recién nacidos, esclavos… La Roma antigua era “tan brutal” que “ninguno querríamos estar vivos” entonces, asegura la historiadora Mary Beard, para quien esa quizá sea una de las razones por las que su ensayo sobre el imperio de los césares, SPQR, va por la tercera edición.

Beard es catedrática en la universidad de Cambridge, divulgadora de historia, editora especializada del Times Literary Supplement, protagonista de la serie documental “Roma, un imperio sin límites”, y último Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, que recibirá el próximo día 21 en Oviedo.

Aún no sabe lo que dirá ese día y le será “difícil” porque dispondrá solo de 5 minutos: “Lo que es seguro es que será sobre los romanos y las mujeres. Tengo 61 años y soy bastante dura. Las mujeres mayores podemos enfrentarnos al mundo y no hace falta teñirse el pelo para ello”, bromea, mientras se toca su largo pelo canoso.

“Una de las cosas que he conseguido hacer es representarme a mí misma, como mujer y como ser resistente. Si pudiese ayudar a otras mujeres a enfrentarse a los idiotas que están ahí fuera y que intentan que no hagan lo que quieren hacer ya me parecería bien”, añade.

Está “simplemente encantada” con la repercusión que está teniendo su ensayo, editado en castellano por Crítica, y asegura riéndose que “se da por satisfecha” si la mitad de la gente que lo ha comprado lo lee “hasta la última página” (la 646, concretamente).

“Quería hacer algo que llegase al público, pero no tratando a los lectores como tontos. Son las mismas ideas que enseño a mis alumnos en Cambridge. No es una versión fácil, desleída, sino académica pero sin tecnicismos”, asegura.

El mundo romano, el que surgió de una pequeña aldea en el siglo IV a.C. y se convirtió en el centro de un imperio que se expandió por todo el mundo conocido, “fascina” en el siglo XXI, como bien muestran los éxitos de taquilla de Gladiator o las ventas de su propio libro, porque, dice, enseña el poder “tal y como es”.

“Era todo bastante brutal, con soluciones expeditivas que asociamos solo a las más terrible dictaduras. Ninguno de nosotros querríamos estar vivos en la Roma antigua, sería terriblemente atroz para nuestra cultura. Son brutales pero ven las cosas tal y como son y actúan en consecuencia, con esa ironía tan astuta que les caracteriza”, argumenta.

La británica se apoya para su relato en mucho de lo que dejó escrito Cicerón (106 a.C.-43 a.C.) y precisa que en los textos que se conservan de él y de otros “hay mucha fantasía romana, muy distinta a la nuestra, en el sentido de que incluyen excesos extravagantemente sádicos que no parecen muy verosímiles aunque se hayan aceptado como buenos”.

“Los romanos tenían mucho interés en las luchas de gladiadores, pero me da la sensación de que nosotros más aún. No quiero privar a los lectores del mito”, se ríe de nuevo.

Le encantó, subraya, Gladiator, “una de las más extravagantes de romanos que se han hecho, pero la propuesta es muy brillante y hay cosas como el tratamiento a los esclavos, como meros objetos, invisibles, que dan muchas lecciones en las que hay que pensar”.

Es una gran ironía, dice, que en la Roma antigua fuera relativamente frecuente que esos “objetos” -los esclavos- fueran “libertados” por sus amos e incluso alcanzaran la ciudadanía, mientras que ahora los refugiados, “que nadie discute que son personas, nunca pueden tener esa consideración de ciudadanos con iguales derechos”.

“En el imperio romano jamás existió el concepto de ‘inmigrante ilegal’, aunque no quiero decir con esto que tengamos que hacer las cosas como los romanos, pero es verdad que somos muy rígidos a la hora de conceder la ciudadanía”, sostiene.

En su libro evidencia que hay muchos personajes históricos tratados injustamente, entre ellos Calígula -que debe su nombre al apodo que le pusieron de niño, “botitas”-: “Era tremendamente popular pero en cada reseña que hay sobre él se le trata de forma muy hostil y se cuentan barbaridades”, entre ellas su relación incestuosa con sus hermanas.

Le ha parecido “muy emocionante” a la vez que “muy aburrido” rodar la serie televisiva, porque “hay que parar y esperar y repetir cosas, pero, la oportunidad de ir, por ejemplo, a la Argelia romana es única”.