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martes, 16 de marzo de 2021

“Estados Unidos cuenta con una sólida base de racismo violento”

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Richard Sennett / Sociólogo

Richard Sennett es incapaz de decir cuándo escuchó hablar por primera vez de la Guerra Civil española. “Simplemente no hay un momento que recuerde en que no supiera de ella. Cuando era niño, en los círculos en que me crié, The Good Fight ya era un mito. Lo que no sabía, sin embargo, era que habían participado en ella miembros de mi propia familia”. 

Sennett (Chicago, 1943) pasó su infancia en Cabrini Green, un barrio pobre de viviendas públicas en Chicago que luego sería muy conocido por su alto nivel de violencia. Vivía solo con su madre, una militante comunista –Sennett se identifica como lo que en Estados Unidos se conoce como “bebé de pañal rojo” o red-diaper baby–, pero tuvieron que pasar casi treinta años para que se enterara de que su progenitor, Maurice, había servido en las Brigadas Internacionales en defensa de la Segunda República, junto con su hermano menor, William. 

“Nunca conocí a mi padre”, dice Sennett en una conversación a principios de marzo. “Nos abandonó cuando yo tenía siete meses y nunca más tuvimos noticias suyas. Eso sí, a principios de los setenta, cuando la New York Review of Books publicó un ensayo mío, me envió una postal que ponía algo así como ‘Es probable que yo sea tu padre’. La tiré a la basura. Pensé que me las había apañado bastante bien sin él”. 

Fue por esa misma época, sin embargo, cuando William, el hermano de su padre, se puso en contacto con su sobrino. Para entonces, Bill rondaba los sesenta; tras regresar de España y servir en el Ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, había trabajado una década como funcionario del Partido Comunista de Estados Unidos. El informe del líder soviético Nikita Jrushchov de 1956 sobre los crímenes de Stalin provocó su ruptura con el Partido. “A Bill sí que le llegué a conocer un poco y de hecho pude preguntarle acerca de su experiencia en España”, recuerda Sennett. “Pero no quiso contarme demasiado. Fue solo después, en 1986, cuando viajó a Barcelona para un homenaje a las Brigadas Internacionales, cuando pudo recuperar esa memoria”.

Richard Sennett, que cumplió 78 años en enero, vive en Londres con Saskia Sassen. Ambos son sociólogos de renombre mundial. La relación de Sennett con su campo es complicada, sin embargo. Siempre ha rehuido lo cuantitativo, aborrece la jerga académica y le gusta pensar en sí mismo como una especie de antropólogo o, incluso mejor, un novelista del XIX (Ha publicado tres obras de ficción). Su método preferido es la entrevista etnográfica. No hace falta pasar más de cinco minutos con él para comprender que le encanta conversar. Cuando le entrevista algún medio, le cuesta no invertir los papeles y ponerse a interrogar al periodista. Fue alumno de Hannah Arendt y amigo de Pierre Bourdieu, Roland Barthes y Michel Foucault. “Un día Foucault me invitó a una cena con el medievalista Philippe Ariès, un hombre muy, muy de derechas. Yo, nervioso, le pregunté a Foucault: ‘Pero ¿de qué vamos a hablar?’ ‘De lo que tú quieras’ –me contestó, tranquilizándome–. ‘Lo importante es que quieras saber de verdad qué es lo que piensa el otro’. Yo era muy joven. Recuerdo pensar para mí: ‘Esto es fantástico. Toda la vida debería ser así’”, cuenta.

Sennett entró en la sociología por puro accidente. Joven violonchelista de gran talento, se independizó a los 15 años para ganarse la vida como músico. Cuatro o cinco años más tarde, acababa de entrar a la prestigiosa Juilliard School of Music, un problema de tendón, agravado por una operación fallida, truncó su carrera musical. Su mundo se vino abajo. El padre de una amiga, David Riesman, enseñaba Sociología en Harvard y le animó a que se matriculara. La cosa funcionó; Sennett no solo se acabaría doctorando por Harvard sino que, en las cinco décadas siguientes, escribiría una veintena de libros, incluidos clásicos como El declive del hombre público o Vida urbana e identidad personal

En sus obras más conocidas, Sennett estudia cómo el capitalismo y la ciudad configuran nuestro sentido del yo y nuestra forma de relacionarnos unos con otros. Sus primeros libros se centran en temas clave como la identidad, el respeto, la cooperación y el espacio público; entre sus obras más recientes hay una trilogía sobre nuestra interacción con el mundo material, centrada en la artesanía, la cooperación y el entorno urbano. Si hay una constante en la obra de Sennett, es su temor de que el capitalismo y las formas de vida que nos impone puedan perjudicar nuestra capacidad de vivir con nosotros mismos y trabajar con los demás. El enfoque obsesivo en la competencia –advierte– está socavando nuestra capacidad de cooperación. De forma similar, la uberización de la economía mina el orgullo de los trabajadores, quitándoles la posibilidad de narrar su propia vida de una forma que le dé sentido. En estos días está escribiendo un libro autobiográfico que explora la conexión entre la música y la sociología.

¿No es extraño que tardara tanto en descubrir que tuvo a dos parientes en las Brigadas Internacionales?

Lo es menos de lo que parece. No hay que olvidar que la mayor parte de mi familia pertenecía al Partido Comunista. Mi madre era una militante muy dedicada; de hecho, la razón por la que crecí en un proyecto de viviendas públicas en Chicago fue su pretensión de organizar políticamente a las mujeres afroamericanas que vivían allí. Ahora bien, si eras comunista en los Estados Unidos de los cincuenta y sesenta, nunca hablabas de política, y mucho menos delante de niños pequeños, por miedo al FBI. A fin de cuentas, el macartismo era una forma de fascismo light. Mi madre estaba aterrorizada de que la acusaran de sedición. Y cuanto menos supiéramos los niños, menos podíamos contar. Por otra parte, si mi padre no se hubiera ausentado, probablemente me habría enterado antes.

¿Cuándo abandonó su madre el Partido?

Nunca. Fue el Partido el que la abandonó a ella. 

Una historia, entonces, como la de Eric Hobsbawm, el historiador británico que mantuvo su carné hasta después de la desaparición del PC de Gran Bretaña.

En efecto. Eric fue un buen amigo y un escritor maravilloso, pero, a decir verdad, su autobiografía me decepcionó. Percibí cierta mala fe cuando trataba su propia relación con el comunismo. El problema no era que no recordara; sus recuerdos de lo que significaba ser comunista eran cristalinos. Pero no quiso interrogar a esos recuerdos en absoluto. Yo habría esperado que fuera un mejor historiador de su propia vida.

¿Es usted mejor sociólogo de la suya?

(Risas.) Como estudiante de música, solo era un red-diaper baby más. Pero, cuando dejé la música por la sociología, tuve que interrogarme sobre eso, porque obviamente hay mucha ingenuidad en el mundo de la música con respecto a temas como la autoridad, la cooperación, etcétera. Esto es precisamente lo que estoy tratando en la autobiografía que estoy escribiendo ahora. Pero para responder a tu pregunta: sí, estoy intentando ser mejor historiador de mí mismo de lo que fue Eric.

El comunismo de su madre representó una ruptura radical con la generación anterior de inmigrantes rusos que habían huido de la Revolución. Aunque usted no rompe con la política de su familia de la misma manera, sí me parece que toma cierta distancia. Por ejemplo, ha defendido que los espacios públicos y la esfera pública sirven para algo más que para la acción política. Son el lugar, escribe, donde llegamos a interactuar, o incluso a conocer y comprender a quienes piensan de forma diferente a la nuestra. Eso está muy lejos de las batallas sectarias que marcaron gran parte de la tradición comunista.

Por supuesto. Pero déjame que te haga una pregunta. ¿Tú crees que la mayoría de los comunistas eran realmente sectarios con relación a sus creencias? ¿No era más que esas creencias estaban tan ligadas a su propio sentido del yo que renunciar a ellas habría supuesto una pérdida psicológica demasiado grande? Lo pregunto porque Edgar Morin, en su libro Autocritique sobre su propio pasado en el Partido, sugiere que a la gente le resulta difícil renunciar a sus convicciones políticas porque significa una enorme desinversión en sí misma. Muy pocas personas, dice, están comprometidas con sus creencias en un sentido ideológico real. Me parece que hay una verdad ahí. Bien mirado, si realmente crees que algo es cierto, no necesitas librar batallas sectarias por ello, porque si alguien no comparte tu creencia, eso no lo hace menos cierto. Pero para contestar a tu pregunta, tienes razón en que mi propio trabajo es una reacción a esa dinámica. Por eso también me interesé tanto por la teoría del conflicto, por la noción de lo público como espacio de disensión y no como espacio de encuentro. En mi trabajo, el espacio público sigue siendo político, pero se trata de un tipo de política diferente. Para mí, la cuestión central es esta: ¿cómo se convive con personas que son profundamente diferentes?

Lo ocurrido en Estados Unidos estos últimos años, ¿ha cambiado su forma de pensar? Un par de días antes de las elecciones de noviembre, usted escribió en The Guardian: “En los años setenta pensé que las heridas ocultas de clase social podrían curarse en parte mediante la interacción local, cara a cara, con personas diferentes. Hoy esa esperanza no tiene sentido. He perdido mi empatía con las complejas motivaciones que animan el miedo y la reacción. El mantra de ‘unir al país’ pierde todo su sentido a medida que la base se endurece y se desplaza hacia la extrema derecha; por el contrario, hay que pedirle cuentas por las tendencias criminales alentadas por su líder. Estados Unidos tardará mucho en curarse”. Su texto me dejó de piedra. Pensé: si hasta Richard Sennett ha perdido la esperanza, es que estamos jodidos de verdad.

(Risas.) Bueno, es cierto que he cambiado mi forma de pensar. El movimiento Black Lives Matter realmente puso el dedo en la llaga. Estados Unidos cuenta con una sólida base de racismo violento. Esa base siempre ha estado ahí. A veces ha sido silenciosa; ahora hace mucho ruido. Este fenómeno es difícil de entender para los europeos, aunque también hay racismo en Europa. Lo que ocurre es que Estados Unidos es un país mucho más derechista. La derecha que yo conozco mejor, que es la británica, se parece más al Partido Demócrata estadounidense.

Siempre he pensado que, en EE.UU., la política está menos ligada a la identidad de las personas que en otros países, como en España por ejemplo, donde a veces parece que la gente se identifica con los partidos políticos como si fueran clubes de fútbol.

No estoy de acuerdo. Este racismo americano que he mencionado está muy ligado a la identidad de la gente. Te doy un ejemplo. Aquí en Gran Bretaña, no sería normal que un tory de derechas solo tuviera amigos que también son tories de derechas. En Estados Unidos, es difícil imaginar que un seguidor de Trump tenga amigos socialistas. Sería casi inconcebible.

¿Qué se puede hacer en un país donde un gran porcentaje de la población es racista?

Tengo que confesar que, en lo que respecta a los racistas, he perdido la fe en la posibilidad de la comprensión empática. La culpa ha sido de Trump. En el último número de la New York Review, Fintan O’Toole escribe que la pretensión de Biden de restaurar la unidad del país está destinada al fracaso. Yo estoy de acuerdo. Sé que me estoy contradiciendo a mí mismo, pero yo creo que este racismo nunca desaparecerá. Tiene que ser reprimido.

¿Reprimido psicológicamente o a través del Estado de derecho?

A través del Estado de derecho. Hay que responsabilizar legalmente a la gente por incitar al odio. Sé que no debería pensar así. Pero tengo la impresión de que, de los 70 millones de seguidores de Trump, 50 o 60 millones son sordos. Lo que quiero decir es que nunca van a tener ningún sentimiento de culpa. Eso significa, para mí, que dejan de formar parte del ámbito público. El ámbito en que están ellos es otro. Esto lo he estado pensando mucho estos días. En Gran Bretaña hay mucho debate sobre la llamada cancel culture, la cultura de la cancelación. Bueno, yo creo que la cultura de la cancelación tiene su utilidad. En este momento, yo no le daría espacio a una persona para debatir si el Holocausto ocurrió o no. Tiene que haber límites de algún tipo cuando ya no hay relación dialéctica alguna con la gente o cuando ya no hay ninguna interacción real.

Pero, ¿la persecución judicial de la ultraderecha no supondría regalarle un papel de mártir? Ya estamos viendo cómo partidos como Vox, o el Foro para la Democracia en Holanda, se ufanan de ser defensores de la libertad de expresión. Aunque no haya dialéctica, ¿no es mejor dejar que la ultraderecha exponga sus ideas abiertamente, aunque sólo fuera para que el público se dé cuenta de sus aberraciones?

No lo sé. Tengo la impresión de que estamos llegando al final de una época, la época dorada del cosmopolitismo liberal. La situación que estamos viviendo no es muy diferente a los años treinta. Y por supuesto, el Partido Comunista de aquella época habría entendido esta discusión inmediatamente.

No se puede negociar con el fascismo.

Exacto. Mi impresión es que muy poca gente que participó en el destrozo del Capitolio ha sentido algún remordimiento. Pero destrozaron la propiedad pública, cometieron un delito. Así que deberían ir a la cárcel. Hacerlos sentir culpables por lo que han hecho no parece estar en las cartas.

Esta es la situación en Estados Unidos. ¿Y Europa?

Creo, honestamente, que Europa se va a reequilibrar. La extrema derecha se va a acabar marchitando. En Gran Bretaña, Alemania y Francia, que son los países que mejor conozco, la gente quiere seguir adelante. Pero me temo que en Estados Unidos, en cambio, va a ser cada vez más fuerte.

¿Cuál es su explicación como sociólogo? Su colega Arlie Hochschild ha argumentado que el auge de la extrema derecha está impulsado por la población blanca desfavorecida que cree que está siendo sobrepasada por otros grupos marginales.

El problema con ese análisis es que, estadísticamente, los blancos pobres no son los principales seguidores de Trump. Algunos lo son, por supuesto, pero la mayoría de la clase trabajadora blanca, por ejemplo, votó a Biden en las últimas elecciones. No me malinterpretes, el trabajo de Arlie Hochschild me gusta mucho. Es una entrevistadora maravillosa, llena de empatía. Pero creo que es un error argumentar que el combustible de todo esto viene de allí. Hubo un famoso libro escrito sobre el tema en Escandinavia a finales del siglo XX. Resulta que la mayoría de los seguidores de la extrema derecha son de clase media-alta. Es la psicología victimista de los que poseen dos coches e invierten en bolsa.

Ya que está escribiendo su autobiografía, ¿cómo valora sus propios cambios políticos a lo largo de su vida? En algún momento, usted pareció moverse hacia la derecha, pero en las últimas dos décadas, se ha vuelto a acercar a la izquierda. 

No me gusta demasiado el espectro izquierda-derecha como herramienta conceptual. Sirve a menudo para ocultar formas mucho más complejas de pensar la política. Ahí tienes los partidos verdes, por ejemplo: como hemos visto en Alemania y en Escandinavia, resultan perfectamente viables las alianzas verdinegras. Hablando por mí, lo que ocurrió hace unos 20 años fue una llamada de atención con respecto al capitalismo. Era un tema sobre el que no había escrito. Pero cuando volví a hacer sociología, después de una década de intentar escribir novelas, me chocaron las versiones neoliberales del capitalismo. Esto fue lo que me llevó a escribir La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Quería entender por qué este nuevo capitalismo es peor para la gente corriente que el tipo de capitalismo corporativo que lo había precedido. No sé si eso significa que me hice más izquierdista. Pero, desde luego, me ha animado políticamente. Y es verdad que en los últimos 20 años me he vuelto más radical en mi crítica al capitalismo.

Se me ocurre que una preocupación central en su obra, desde Las heridas ocultas de la clase hasta su trilogía “Homo Faber”, ha sido la alienación en su acepción marxista. Usted parece querer proteger –o volver a– un mundo en el que la gente se relacione con su trabajo y con las cosas que hace con sus manos de una forma que dé sentido a su vida. No porque hacer cosas con las manos sea algo natural, sino porque, como aprender a tocar música, requiere mucha práctica y disciplina, pero también produce mucha satisfacción y autoestima. En este sentido, me parece que su obra tiene una veta organicista o incluso tradicionalista. ¿Su sociología está impulsada por la idea de la buena vida, no en un sentido hedonista, sino en el sentido de una existencia plena, no alienada?

Creo que este último punto es correcto. Por eso, para mí, el Marx viviente no es el que recogió el Partido Comunista, sino el primer Marx. No sé si es organicista, pero desde luego es una versión más integrada de la vida, una vida que tenga sentido cívico.

Me imagino que es por lo mismo que le preocupa tanto la uberización de la economía o el impacto de la automatización, que puede acabar con el 15 o el 20% de los empleos. ¿Cree que iniciativas como la Renta Básica Universal pueden aportar una solución?

Desde mi punto de vista, la gente necesita un tipo de narrativa que ordene sus vidas. Y esta función la ha cumplido durante mucho tiempo el trabajo remunerado, incluso para la clase trabajadora. Dar con una narrativa así es psicológicamente mucho más difícil si se pasa por muchos trabajos diferentes de forma serial. Es verdad que hay mucho trabajo y mucho servicio que no acaba siendo reconocido como trabajo, y es obvio que sí debería ser reconocido. Y por supuesto, algún tipo de renta básica puede funcionar. Pero dudo que eso pueda sustituir la función psicológica y social que ha desempeñado el trabajo remunerado. Si nadie te necesita, si no eres realmente necesario para nadie fuera de la esfera familiar, sufres una especie de muerte social.

¿No está subestimando la fuerza creativa de la mente humana? ¿No acabaríamos forjándonos una narrativa biográfica, incluso a partir de una serie de experiencias laborales inconexas y en serie? 

Eso puede ser cierto para una pequeña élite. Pero no estoy seguro de que vaya a ser capaz de ello un fontanero o electricista sin sindicato, sin vínculos comunitarios efectivos, y que se limita a hacer un trabajo de fontanería tras otro. Un argumento que se ha esgrimido al respecto es que la comunidad puede llegar a sustituir el lugar de trabajo. Esta sí que es una idea muy interesante. En comunidades muy pobres, como los grupos con los que estoy trabajando estos días a través de las Naciones Unidas, la construcción de una letrina comunitaria, una escuela secundaria o un centro de salud es algo que puede llegar a vertebrar la experiencia de la gente. 

Hablando de las Naciones Unidas, esto me recuerda a mi tío Bill Sennett (Risas). Aunque abandonó el Partido en los años 50, nunca se hizo anticomunista y siguió muy comprometido con el socialismo democrático. Tras su jubilación, por ejemplo, ayudó a financiar la revista radical In These Times. Bueno, yo llevo trabajando con las Naciones Unidas muchísimos años. Cuando se enteró Bill, le despertó su furia de viejo comunista. Para él, la ONU era exactamente el tipo equivocado de internacional. Una verdadera internacional, me decía, se construye a partir de la lucha y de la solidaridad, no como una ingente burocracia.

Fuente: https://ctxt.es/es/20210301/Politica/35322/#.YE-r2YDJy3Q.twitter

martes, 5 de noviembre de 2013

Richard Sennet: “El sistema no ha cambiado, habrá otro colapso económico dentro de tres o cuatro años”

 
 El sociólogo Richard Sennett (Chicago, 1943) reúne méritos profesionales suficientes para ser uno de los galardonados que el pasado viernes recogían los premios “Príncipe de Asturias” en el teatro Campoamor de Oviedo. Sin embargo, en esta ocasión le tocó el papel de acompañante de su mujer, la también socióloga Saskia Sassen, ganadora del premio de Ciencias Sociales. Ambos reparten su tiempo entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Sennett es profesor emérito de Sociología en London School of Economics e imparte clases también en la New York University.
 
Autor de libros como ”La corrosión del carácter” y “El artesano”, es un analista de la forma en que la economía y el trabajo configuran a las personas y las relaciones sociales. Trabaja desde la perspectiva de una corriente netamente anglosajona como es el pragmatismo, ”la búsqueda de los problemas filosóficos insertos en la vida cotidiana”, según su propia definición. Este observador nada complaciente del mundo al que nos ha abocado el capitalismo financiero alerta de la posibilidad de una nueva crisis ante la constatación de que la actual no ha servido para superar los males que socavan el sistema. Con un comedimiento verbal que contrasta con la dureza de su diagnóstico y sus previsiones, Richard Sennett muestra su preocupación por el paro de los jóvenes, algo que, a su juicio, debiera ser prioritario en la agenda política y que, sin embargo, se ha convertido en un asunto secundario mientras los fondos públicos para crear empleo se destinan al rescate de los bancos.

-Usted que indaga sobre cómo el trabajo nos moldea como personas, ¿existe alguna forma de disociar lo que somos de los que hacemos para evitar, por ejemplo, que la pérdida de empleo nos deje sin discurso vital?
 Yo soy muy protestante y creo que eso es cierto. Ahí está la crisis ahora para los jóvenes. Si no encontramos alguna manera de proporcionarles puestos de trabajo, entonces faltará algo, tendrán una carencia a nivel psicológico y esto es algo que no se puede reparar fácilmente. Cuando un país tiene el 50 por ciento de desempleo entre los jóvenes, tiene una generación dañada. Pero esto no es algo que parezca preocuparles mucho a los políticos. Les inquieta, pero no lo suficiente, como si no fuera una circunstancia crítica frente a la que hay que reaccionar, les parece casi normal, como si fuera simplemente una consecuencia de la situación económica y del mercado. Desde mi perspectiva de estudioso del mundo del trabajo, el desempleo juvenil es mucho más importante que pagar las deudas de Goldman y Sachs. Me siento muy frustrado con esta situación, de que se considere el desempleo como una consecuencia de otra cosa que hay arreglar antes. No es así.

-¿Pertenece usted al grupo de los que consideran que esta hecatombe económica era previsible o al de los sorprendidos por la quiebra del sistema?
 Creo que se podía haber predicho esta situación. La avaricia ha cegado a las personas. Mi grupo de investigación publicó algo acerca de esto en el año 2005. Pienso que la gente no quería ver la realidad.

-Hace cinco años, cuando se produce ese colapso, incluso personas nada radicales consideraban necesario cambiar las bases del sistema. Sin embargo, ahora el neoliberalismo parece haber salido fortalecido.
 Efectivamente eso es cierto, pero yo no diría que el neoliberalismo sea más fuerte que nunca. Las condiciones que llevaron al colapso se están reinstalando, restableciéndose de nuevo. Hemos tenido un refuerzo del antiguo régimen, pero se están reconstruyendo sus debilidades. Persiste la financiarización del riesgo de manera muy inestable, que fue lo que dominó la economía desde principios del año 2000. No me gusta utilizar la palabra crisis cuando hablo de esto porque una crisis da por sentado que algo se rompe o deja de funcionar y se arregla. Creo que el hecho de que el neoliberalismo se vea reforzado indica que habrá otro colapso económico dentro de tres o cuatro años. Soy muy pesimista.

-Aunque no le guste el término, pero para entendernos, ésta es una crisis que desborda incluso a quienes debieran considerarla una oportunidad de cambiar las cosas. ¿Echa usted en falta una crítica más radical por parte de la izquierda, por ejemplo?
 Es sorprendente que la izquierda haya sido tan pasiva. En el Reino Unido, por ejemplo, el Partido Laborista ha intentado distanciarse de cualquier reto o desafío radical al capitalismo financiero. Lo mismo ha ocurrido en Alemania, pese a que se trata de los dos partidos más fuertes de la izquierda y los menos corruptos, no como los franceses o los italianos. Lo que pienso que va a ocurrir es que habrá otra crisis y una generación de jóvenes con pocas esperanzas de futuro. Pasará algo decisivo dentro de tres o cuatro años cuando se junten estas dos fuerzas. La segunda vez que ocurra la crisis se verá que existe un mal sistémico y que requiere una intervención radical si no queremos que la gente tenga vidas muy disminuidas durante mucho tiempo. Me entristece que la izquierda no se involucre mucho más con esta crisis, pero creo que lo hará en el futuro. Para ello será necesaria esa confluencia de un nuevo colapso financiero con el malestar de los jóvenes, que con veintimuchos o treinta y pocos años sabrán que no pueden seguir así. Ésa es mi opinión personal.

-¿Cómo encarar un mundo en el que todo se ha hecho más incierto?
 Quizá la de Europa sea una economía mucho más modesta. Habrá como una reconfiguración y la gente empezará a pensar más como lo hacen en Austria o en Suecia, es decir, no ser un centro financiero global, sino algo más local y regional. Pero es muy difícil prever. Sé que se pueden hacer cosas para proporcionarles trabajo a los jóvenes y no estamos haciéndolas. Nos estamos centrando tanto en los problemas financieros que no hay programas públicos cuyo objetivo principal sea la creación de puestos de trabajo. Se ha salvado a los grandes bancos, ése ha sido el objetivo principal hasta la fecha. Pero ése es un fallo ideológico, un fracaso ideológico que ha llevado a considerar como algo secundario la creación de empleo. Mi punto de vista es todo lo contrario: hay que gastar todo el dinero disponible para promover el trabajo, aunque luego haya incumplimiento de deudas nacionales. Por eso soy de los que sostengo que tendrían que haber dejado a Grecia incumplir sus compromisos de pago. Ésa es una opinión muy poco popular.

-¿Qué futuro tiene una sistema que valora tan poco el trabajo bien hecho y la experiencia?
 El buen trabajo tiene futuro. Pero el problema está en crear empleo. Por ejemplo, los holandeses tienen un programa de compartir puestos de trabajo, un empleo para dos o tres personas a tiempo parcial cuyos ingresos se completan con prestaciones del Estado. Poner el trabajo como prioridad es muy caro, pero evita tener toda una generación desesperada. En España, en Grecia o incluso en Italia, el empleo no tiene esa prioridad. Hay algo fundamental en los seres humanos y es que se sienten satisfechos si trabajan y lo hacen bien. La gente quiere empleo, todas las investigaciones que he realizado sugieren eso mismo, no quieren ser vagos, ni estar aburridos o ser mediocres. El trabajo hace que la gente se sienta bien consigo misma.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Riesgo

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Dar importancia a la juventud es una consecuencia de la comprensión de la vida laboral. En el siglo XIX, preferir a la juventud sólo era cuestión de mano de obra barata; "las chicas obreras" de Lowell, Massachusetts,y los "adolescentes mineros" del norte de Inglaterra trabajaban por salarios muchos más bajos que los adultos. En el capitalismo actual, esa relación entre salario bajo y juventud aún existe, muy especialmente en fábricas y talleres de las zonas menos desarrolladas del mundo, donde las condiciones de contratación e higiene son pésimas. Sin embargo, son otros los tributos de la juventud que hoy parecen hacerla atractiva en niveles más altos del mundo laboral, y estos atributos pertenecen más al ámbito de los prejuicios sociales.
  Se intentó explicar los puntos a favor de la juventud y los aspectos negativos de la edad en las organizaciones flexibles. Se argumentaba que los trabajadores mayores tienen modos de pensar inflexibles y son reacios al riesgo, y también carecen de la energía física necesaria para hacer frente a las exigencias de la vida en un trabajo flexible, convicciones que se expresan en imágenes como "personal inútil".
  Estos prejuicios sirven a diversos propósitos. Por ejemplo, encasillar a los trabajadores de más edad en un banco de candidatos fácilmente disponibles para el despido cuando llega la hora de la reconversión empresarial. En los regímenes angloamericanos, en los últimos veinte años la tasa de despido se ha duplicado para los hombres entre los cuarenta y principios de los cincuenta. La asociación edad-rigidez también explica gran parte de la presión que las empresas ejercen hoy sobre sus ejecutivos para que se retiren cuando se acercan a los sesenta, aunque mentalmente puedan estar en su mejor momento.
  Los trabajadores mayores y con más experiencia tienden a ser más críticos con sus superiores que los que están empezando. Su conocimiento acumulado los dota de algo que el economista Albert Hirschamann llama poderes de "voz", lo cual significa que es más probable que los empleados de mayor edad critiquen lo que a su entender sea una mala decisión, aunque casi siempre lo hagan más por lealtad a la institución que por criticar a un directivo en concreto. En general los trabajadores más jóvenes son más tolerantes a la hora de aceptar órdenes desacertadas. Si están descontentos, es muy probable que se marchen antes de pelear dentro de la empresa y por la empresa.
  Para los trabajadores mayores, los prejuicios en contra de la edad envían un mensaje potente: a medida que se acumula la experiencia de una persona, pierde valor. Lo que un trabajador mayor ha aprendido en el curso de los años acerca de una compañía o una profesión particular puede ser un obstáculo para los nuevos cambios dictados por los superiores. Para la estrategia de la institución, la flexibilidad de los jóvenes los hace más maleables en términos de riesgo y de sumisión directa. [...]
  El nuevo orden no tiene en cuenta que el mero paso del tiempo necesario para acumular experiencia le da a una persona posición y derechos; valor en un sentido material[...]
  Si la negación de la experiencia fuera nada más que un prejuicio impuesto, nosotros, las personas de mediana edad, seríamos simplemente las víctimas del culto a la juventud; pero la aprensión al paso del tiempo parece vaciarnos. Nuestra experiencia parece una cita vergonzosa de un trasto pasado de moda. Estas convicciones, más que animarnos a apostar, ponen en peligro la percepción de nuestra propia valoración a través del paso inexorable de los años.
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La corrosión del carácter
Richard Sennet

jueves, 27 de junio de 2013

Dos tipos de carácter

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        La capacidad puede ponerse al servicio de un oficio o bien al servicio del dominio sobre los demás. El oficio tiene que ver con la capacidad de hacer bien algo; el dominio, con la demostración a los demás de lo bien que algo está hecho. El artesano y el maestro representan dos tipos de carácter que concitan respeto de dos maneras muy distintas.
        La distinción entre oficio y dominio es definida con agudeza en un poema de W.H Auden, "Sext". Auden evoca así las habilidades del artesano:

                                                   No hace falta saber lo que alguien hace
                                                   para saber si es su vocación,

                                                   basta observarle los ojos:
                                                   un cocinero preparando una salsa, un cirujano

                                                   practicando una incisión primaria,
                                                   un oficinista extendiendo la factura de un envío,

                                                  tienen la misma expresión arrobada,
                                                  con olvido de sí mismos en una función.

         E inmediatamente en el mismo poema, contrapone a la fuerza del artesano la habilidad para demostrar superioridad:

                                                 No hace falta oír las órdenes que da
                                                 para saber si alguien tiene autoridad,

                                                 basta observarle la boca:
                                                 cuando un general sitiador ve

                                                 la brecha que sus tropas han abierto en la muralla,
                                                 ....cuando

                                               con una mirada de reojo al jurado, sabe
                                               el fiscal que el acusado será ahorcado,

                                               sus labios y las comisuras en torno a ellos
                                               se relajan, no sólo en simple expresión

                                               de placer por el dulce logro obtenido, sino de satisfacción
                                               por tener razón...

         El sentido del oficio requiere la inversión del trabajo personal en el objeto como fin en sí mismo: como dice Auden en su poema, el artesano se olvida de sí mismo en una función. En cambio, en el dominio,el objeto es un medio para otro fin, el de exhibir ante otros lo que se ha hecho, lo que se ha llegado a ser. La exhibición de dominio requiere en parte la aprobación  de los otros, pero también es una satisfacción consciente, "la satisfacción de tener razón"

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El respeto
Richard Sennett

domingo, 16 de junio de 2013

Entrevista con Richard Sennett

Con ocasión del congreso La fragilizaciónde las relaciones sociales el sociólogo norteamericano Richard Sennett visitó elCBA. Profesor de teoría social y cultural en la London School of Economics desde que se afincara en Inglaterra, en 1999, su libroLa corrosión del carácter se ha convertido en pocos años en un clásico del análisis de los procesos de disolución del tejido social y la erosión de las bases morales de las relaciones personales en el capitalismo tardío.


En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respetoforma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo XIX. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásicoWhose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?
Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de unvibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.