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domingo, 24 de marzo de 2019

Veinte años de la agresión de la OTAN a Yugoslavia

La campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia comenzó un 24 de marzo, hace 20 años. Se extendieron durante 78 días y causó al menos 1.200 muertos. Se arrojaron 9.160 toneladas de bombas. Entre 10 y 45 de aquellas toneladas contenían uranio empobrecido. Pero el mayor daño fue a largo plazo: cambió para siempre las reglas de juego de un nuevo mundo donde EE UU ya no tenía contrapeso.

En 1999 la OTAN inicia su campaña de bombardeos sobre Yugoslavia. La falta de una autorización previa por parte de la ONU y el uso de uranio empobrecido sobre objetivos civiles y militares será denunciado desde algunos medios como un crimen de guerra.
“Un grupo de aviones enemigos se acerca a Belgrado. Pedimos a todos los ciudadanos que apaguen las luces. Después de haber apagado las luces, les rogamos que desconecten la electricidad. Atención, un grupo de aviones enemigos en dirección Belgrado. Ciudadanos, permaneced en los refugios y esperad a las recomendaciones del centro de información. Fin del comunicado”. El mensaje, escribe Jutta Ditfurth, “no es de 1941, cuando Alemania atacó a Yugoslavia y la destruyó, sino de 1999: 54 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Alemania participaba por primera vez en una guerra”.

La campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia comenzó tal día como hoy hace 20 años. Belgrado, Priština, Novi Sad y Podgorica fueron los primeros objetivos. La operación —en la que además de militares se bombardearon objetivos civiles, como los estudios de la Radio Televisión Serbia, en los que murieron 16 personas— se extendió durante 78 días y causó al menos 1.200 muertos. Se arrojaron 9.160 toneladas de bombas. Entre 10 y 45 de aquellas toneladas contenían uranio empobrecido, cuyos efectos sobre el medio ambiente y la salud de quienes se vieron expuestos son difíciles de evaluar.

El origen declarado de aquella operación sin precedentes era evitar una limpieza étnica en la provincia de Kosovo y Metohija, para la que las autoridades militares yugoslavas supuestamente habían diseñado en un plan llamado ‘herradura’, tras un incidente poco claro que acabó pasando a la historia como ‘la masacre de Račak’.

La existencia de este plan, sin embargo, ha sido repetidamente cuestionada —también la autoría de la propia ‘masacre de Račak’—, como tantos otros argumentos presentados por los Estados de la OTAN para justificar su intervención y recogidos en un documental de la televisión alemana WDR del año 2000 titulado, significativamente Comenzó con una mentira (Es begann mit einer Lüge).

De acuerdo con el relato de la Alianza Atlántica, la negativa del Gobierno yugoslavo a firmar los acuerdos de Rambouillet no dejó otra opción que la intervención, ya que Slobodan Milošević “no entendía otro lenguaje que el de la fuerza”. Hoy sabemos que aquellos acuerdos probablemente estuvieron redactados para ser rechazados por las autoridades yugoslavas, ya que exigían, por ejemplo, la presencia de un contingente de 30.000 soldados de la OTAN en su territorio a los que Belgrado debía garantizar el permiso de tránsito y plena inmunidad. “Fue una provocación, una excusa para comenzar el bombardeo […] fue un documento que nunca tendría que haberse presentado en aquella forma”, declaró años después Henry Kissinger en The Daily Telegraph.

Además de la historia reciente de Yugoslavia, caracterizada por una política internacional autónoma —fue fundadora del Movimiento de países no-alineados— y un modelo económico alternativo al capitalismo existente, “con la guerra, la OTAN siguió también el plan de marginar a Rusia de la competición mundial y enviar a China una señal de advertencia”, explica Ditfurth en Krieg, Atom, Armut. Was sie reden, was sie tun (Rotbuch, 2011), su libro sobre Los Verdes. “Se trataba entonces, y sigue tratándose hoy”, continuaba, “de las diferentes rutas hacia Asia Central, de las rutas hacia las materias primas, también a través de los Balcanes”.

El objetivo, precisaba la autora, “son los ingentes recursos naturales en forma de oro, uranio y hasta 30.000 toneladas de petróleo que se encuentran entre Turquía, el centinela de la OTAN en Oriente Próximo, y China y los territorios en torno al mar Caspio”. “También la guerra contra Yugoslavia puede interpretarse como una medida para complementar la nueva tenaza de la OTAN que se extiende desde los estados bálticos en el norte por Polonia, la República checa y Hungría hasta Grecia y Turquía”, escribía Elmar Altvater. De este modo, seguía, “se rodea a Rusia, creando al mismo tiempo un puente desde Europa occidental a Oriente Próximo y Medio”.

Altvater recordaba que en la antigua Yugoslavia “se instalaron importantes bases militares estadounidenses decisivas para la estrategia mundial de dominio imperialista de las regiones petrolíferas de Asia Central hasta África, pasando por Oriente Medio y Próximo”. Una de esas bases es, como es notorio, Camp Bondsteel en Kosovo, capaz de alojar a 7.000 soldados estadounidenses. Más recientemente, Croacia fue utilizada por la CIA como base para crear un puente aéreo para el transporte de armas procedentes de Arabia Saudí, Jordania y Qatar a los islamistas que luchaban contra el gobierno sirio.

Aquel bombardeo no tuvo solamente importantes consecuencias para la región, sino que los efectos políticos de su onda expansiva se dejan notar hasta el día de hoy. No es ninguna exageración afirmar que, cuando el 23 de marzo el entonces secretario general de la OTAN, el español Javier Solana, dio instrucciones al general estadounidense Wesley Clark para iniciar la operación contra Yugoslavia, el mundo cambió por completo.

El fin del viejo orden mundial
En efecto, aquel día de marzo EE UU y sus aliados dinamitaron los cimientos de la arquitectura mundial de posguerra. La OTAN llevó a cabo el bombardeo sin contar con una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que puede considerarse, en arreglo a la Carta de las Naciones Unidas, como una agresión contra un Estado soberano. En este sentido, cabe recordar que la sentencia del Tribunal de Nuremberg contra la cúpula del nazismo del 30 de septiembre de 1946, que sirvió de base para el derecho internacional posterior, afirma que “iniciar una guerra de agresión, en consecuencia, no sólo es un crimen internacional, sino que es el crimen internacional supremo, que se diferencia de los otros crímenes de guerra en que contiene, en sí mismo, el mal acumulado de todos ellos”.

Tres años después encontramos la sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre el canal de Corfú que enfrentó a Reino Unido con la República Popular de Albania después de que, tras registrarse varios incidentes entre buques de la Royal Navy y la marina albanesa, los británicos llevasen a cabo una operación en aguas territoriales albanesas para dragar minas sin autorización de Tirana. En su sentencia, los magistrados del CIJ rechazaron la línea de defensa británica al considerar “el supuesto derecho de intervención exclusivamente como manifestación de una política de fuerza como las que en el pasado han dado pie a los más graves abusos y, en consecuencia, no puede, cualesquiera sean los defectos actuales en la organización internacional, encontrar lugar en la legislación internacional”.

Según la CIJ, “la intervención es acaso aún menos admisible en la forma particular que asumiría aquí, pues, por la naturaleza de los hechos, quedaría reservada a los estados más poderosos y conduciría fácilmente a la perversión de la justicia internacional misma. El representante de Reino Unido, en su documento de respuesta, ha clasificado la Operación Retail como un método de autoprotección o autodefensa. La Corte no puede aceptar tampoco esta defensa”. La sentencia de la CIJ de 1949 sirvió de base para el juicio que enfrentó a Nicaragua contra EE UU en 1986 tanto por el apoyo estadounidense a la Contra como por haber colocado minas en sus aguas territoriales y haber violado su espacio aéreo.

Lógicamente, la reputación de la ONU quedó gravemente afectada como resultado de aquella acción y pasó a ser vista por muchos como un organismo del que se podía prescindir. En los discursos de los sectores más reaccionarios del Partido Republicano —copiados rápidamente por el resto de la derecha mundial— fue presentada como una organización burocrática, demasiado lenta, ineficaz e incluso comunistizante por sus metas universalistas. ¿Cómo se llegó a esta situación? La respuesta podría resumirse en el antiguo concepto griego de hibris, con el que se describe un comportamiento que mezcla la arrogancia y un exceso de confianza en sí mismo, que lleva a quien lo afecta a desafiar las normas sociales y los dioses, conduciendo en última instancia a su propia desgracia.

La desintegración de la Unión Soviética en 1991, y del orden mundial en gran medida bipolar que existió entre 1948 y 1991, y del sistema de equilibrios que le era propio, convirtió a los Estados Unidos en potencia hegemónica, en solitario y aparentemente sin contrincantes en el horizonte. El ministro de Exteriores francés Hubert Vedrine llegó a calificarla célebremente de “hiperpotencia”. La conciencia de no poseer rivales inmediatos a sus intereses llevó a las elites estadounidenses a adoptar posiciones cada vez más agresivas en política exterior.

En el caso de la operación de la OTAN contra Yugoslavia en 1999, la embajada china fue bombardeada causando la muerte de tres periodistas en su interior, supuestamente por error, según la versión estadounidense, de la que Beijing siempre ha desconfiado. Según una investigación conjunta de los diarios Politiken y The Observer, el bombardeo fue intencionado, ya que los militares estadounidenses sospechaban que la embajada facilitó su sistema de comunicaciones al paramilitar serbio Željko Ražnatović —más conocido como Arkan—, cuyo cuartel general se encontraba en el Hotel Yugoslavia, a 500 metros de la legación.

Rusia, que aún se recuperaba de la crisis financiera de 1998, durante la cual se vio obligada a recurrir a la ayuda financiera internacional, no pudo jugar obviamente el papel que Yugoslavia esperaba de ella. Tras la resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de la ONU que establecía la retirada del ejército yugoslavo y el despliegue de una fuerza internacional en Kosovo, Moscú envió un contingente al aeropuerto de Priština.

El comandante de la OTAN al cargo de la operación, el general Wesley Clark, ordenó al mando sobre el terreno, el general británico Mike Jackson, que impidiese su llegada y recuperase el aeropuerto por la fuerza si era necesario. Jackson se negó a cumplir las órdenes de Clark afirmando que no estaba dispuesto a “comenzar la Tercera Guerra Mundial”. EE UU presionó además a Hungría para que denegase a Rusia los permisos necesarios para sobrevolar el país y transportar tropas. La clase política rusa tomó buena nota de todo ello.

Tras recibir una llamada del vicepresidente estadounidense Al Gore informándole de que la OTAN había iniciado el bombardeo sobre Yugoslavia, el entonces primer ministro ruso, Yevgueni Primakov —cuya defensa como ministro de Exteriores del multilateralismo y búsqueda de alianzas con China fue continuada por sus sucesores—, ordenó célebremente al avión en que viajaba hacia Washington en visita oficial dar media vuelta cuando se encontraba ya sobre la isla de Terranova.

Avances en la “gestión de la percepción”
¿Puede una guerra ser justa? Esta pregunta ha ocupado a estadistas, filósofos y hasta teólogos desde tiempos inmemoriales. Salvo en casos muy contados, como las guerras revolucionarias o las guerras de liberación, cuando los Estados recurren a la fuerza armada lo hacen por motivos poco altruistas, como el control o la apropiación directa de recursos naturales y rutas de transporte, o con fines de expansión territorial.

Como obviamente la población de ningún país aceptará jamás ir a la guerra y acarrear durante años sus consecuencias económicas y sociales bajo semejantes premisas, los gobiernos han de elaborar discursos que justifiquen sus aventuras militares y, como la historia ha demostrado en sobradas ocasiones, no dudan a menudo en recurrir a fabricaciones. Es ahí donde entra la propaganda, o, por utilizar un término más actual, la gestión de la percepción.

“No es nuestro trabajo comprobar la veracidad de las informaciones. Ni siquiera estamos preparados para ello. Nuestra tarea es difundir informaciones de utilidad lo más rápido posible y hacerlas llegar a los grupos de interés más pertinentes… Somos profesionales. Teníamos una tarea y la hicimos”. Quien así hablaba es James Harff, exdirector de la agencia de publicidad y relaciones públicas Ruder Finn Global Public Affair, en una entrevista con el segundo canal de la televisión francesa emitida en abril de 1993. Ruder Finn fue contratada en los 90 para decantar a la opinión pública internacional contra “los serbios” y a favor de Croacia, Bosnia y la oposición albano-kosovar. Con éxito, cabe añadir.

Si el bombardeo de Yugoslavia en 1999 constituía una agresión de acuerdo con el derecho internacional, puesto que Serbia no había atacado a otro Estado ni existía una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que amparase la intervención, ¿cómo se podía convencer al público occidental que lo apoyase? Primero se desplazó el lenguaje. Milošević fue despojado en los medios de comunicación de su título de presidente de la República Federal de Yugoslavia para convertirse en “líder serbio”, un término con connotaciones étnicas claramente despectivas. De igual modo, su gobierno se convirtió en “régimen”, otro término negativamente connotado. Después, el bombardeo se convirtió en una “intervención humanitaria” con el fin de evitar la comisión de un genocidio e, incluso, según la prensa alemana, de “un segundo Auschwitz”.

En el proceso, se banalizó el nazismo y se ofendió a la población de Yugoslavia (de acuerdo con un estudio yugoslavo de 1964, 346.740 serbios y 16.276 montenegrinos perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial). La oposición al bombardeo de la OTAN fue dividida y amedrantada, calificándola de “apoyo a Milošević” e incluso de “alianza rojiparda”. “En vez de plantearse preguntas, se pusieron a aullar con los lobos”, lamentaba por la época el alemán Klaus Hartmann. La táctica, desde luego, no era nueva —como recordaba Seumas Milne en 2003, ya el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser fue calificado de “nuevo Hitler”—, pero como quiera que la movilización psicológica de la “buena guerra” —y con frecuencia, y en paralelo a ésta, de la Segunda República española y su fatídico destino— se había demostrado tan efectiva, fue utilizada de nuevo contra figuras tan dispares como el presidente iraquí Saddam Hussein o el presidente sirio Bashar al-Assad.

La campaña logró, en definitiva, crear la sensación de que una masacre en Kosovo era inminente, por lo que la única manera de detenerla era recurriendo al uso de la fuerza. Una OTAN cuya existencia era cuestionada tras la desaparición del bloque socialista se vio, de repente, imbuida de una nueva misión moral. Todo ello pocos años después después de que Turquía —país miembro de la OTAN— lanzase una gran operación militar contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) que terminó con la destrucción de 3.000 municipios y provocó dos millones de refugiados.

A partir del análisis del caso yugoslavo, Jean Bricmont escribió Imperialismo humanitario, todo un libro dedicado a analizar la instrumentalización de los derechos humanos para “vender” una guerra. En él recuerda que los imperialistas británicos ya describían en el siglo XIX sus intervenciones como “cruzadas morales” para sacar a otros países de su atraso civilizatorio y que hasta “el rey Leopoldo II de Bélgica justificó su conquista del Congo presentándola como una lucha contra los traficantes árabes de esclavos”. “El trato que sus tropas dispensaron a los nativos congoleños difícilmente podría definirse como respetuosa de los derechos humanos”, apostilla Bricmont.

Efecto del bombardeo de la OTAN sobre el Ministerio de Defensa serbio.
Efectos del bombardeo de la OTAN sobre el Ministerio de Defensa serbio. Wikipedia
 La caja de Pandora
“Critiqué entonces duramente las violaciones del derecho internacional y les advertí que con Kosovo abrían ustedes una caja de Pandora, porque si esto se permite en Kosovo, entonces deben permitirlo también en otros lugares. Me insultaron, no me tomaron en serio, y ello porque creían ser los vencedores en la guerra fría y las viejas normas ya no les eran aplicables”. Así se expresaba hace unos años en un debate en el Bundestag el que fuera portavoz de La Izquierda en el parlamento alemán, Gregor Gysi. El año era 2014 y el asunto a debatir, la crisis en la península de Crimea.

En su discurso, Gysi denunció el doble rasero de los Estados Unidos y la Unión Europea tras el reconocimiento de la declaración unilateral de independencia de Kosovo en 2008 que aún hoy divide a la comunidad internacional: “Los vascos se preguntan por qué no pueden llevar a cabo un referendo para decidir si quieren pertenecer a España o no. Los catalanes se preguntan por qué no pueden llevar a cabo un referendo para decidir si quieren pertenecer a España o no. Y también se lo preguntan los habitantes de Crimea. […] En el fondo, lo que hoy aquí se dirime es lo siguiente: cuando los que vulneran el derecho internacional acusan a Rusia, que vulnera el derecho internacional, de vulnerar el derecho internacional, no suena especialmente efectivo ni creíble. Ésa es la cuestión que aquí se trata hoy”.

Los motivos alegados por Rusia en 2014 para la incorporación de Crimea a su territorio —menos controvertidos, por cierto, de lo que la prensa occidental ha presentado todos estos años, a juicio del jurista alemán Reinhard Merkel, que publicó en su día un análisis para el Frankfurter Allgemeine Zeitung— son un ejemplo. Pero ¿qué impide razonablemente, pongamos por caso, que China recurra a los mismos argumentos jurídicos y estrategias políticas con las islas Spratyl o incluso Taiwán? ¿O a cualquier otro estado que dispute un territorio con otro?

En efecto, EE UU, como quedó dicho, fue colocando a lo largo de las últimas dos décadas varias cargas de dinamita en los cimientos de la arquitectura global de posguerra. Muchas de aquellas cargas han estallado ya irremediablemente. Hoy vivimos en ese mundo, mucho más peligroso si cabe que el de la Guerra Fría, ya que no hay dos bloques (tres si contamos al Movimiento de países no-alineados), sino varias potencias que ambicionan el control de unos recursos naturales y energéticos cada vez más escasos, sin que haya normas internacionales fijas y reconocidas que limiten y regulen su comportamiento.

La superpotencia que lideraba uno de aquellos bloques, la URSS, era además un contrapeso ideológico, que, imperfecto como se quiera, hoy ya no existe. “Betrand Russell dijo que hablar de las responsabilidades de la Primera Guerra Mundial era como discutir las responsabildiades de un accidente de coche en un país sin normas de tráfico”, escribe en su libro Bricmont, para quien “la toma de conciencia de que la legislación internacional debe ser respetada y que los conflictos entre estados deberían poder ser controlados por una instancia internacional, es en sí misma un progreso enorme en la historia humana, comparable a la abolición del poder de la monarquía y de la aristocracia, la abolición de la esclavitud, el desarrollo de la libertad de expresión, el reconocimiento de los derechos sindicales y los de las mujeres, o el concepto de seguridad social”.

En esa discusión sin normas de la que hablaba Russell antes o después se acaba imponiendo quien tiene el garrote más grande. Por ahora ese es EE UU, y de ahí, obviamente, su interés por destruir esas normas que lo sujetan. La defensa de las organizaciones multilaterales, y su necesaria reforma, así como de los canales diplomáticos para la prevención, mediación y resolución de conflictos es crucial, puesto que son el único terreno donde pueden defenderse las pequeñas naciones que no poseen un poderoso ejército.

Blowback

Las acciones unilaterales de EE UU no solo generan precedentes que pueden volverse en su contra —el conocido blowback que popularizó en su libro homónimo Chalmers Johnson—, sino también desconfianza. El economista estadounidense Michael Hudson lo ha expuesto de manera clara en un artículo reciente para Counterpunch. “Los neocon a quienes Trump ha nombrado están consiguiendo lo que parecía impensable no hace mucho: acercar a China y Rusia, la gran pesadilla de Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinsk” y “también están empujando a Alemania y otros países europeas a la órbita eurasiática, la pesadilla del 'Heartland' de Halford Mackinder hace un siglo”, valora Hudson.

“La raíz de todo ello es evidente”, continúa, “tras el crescendo de pretensiones y engaños en Iraq, Libia y Siria, junto con nuestra absolución del régimen sin ley de Arabia Saudí, los líderes políticos extranjeros están dándose cuenta de lo que las encuestas sobre la opinión pública mundial informaban mucho antes de que los Iraq / Iran-Contra Boys centrasen su atención en las mayores reservas mundiales de petróleo en Venezuela: los EE UU son la mayor amenaza a la paz en el planeta”.

“He aquí la primera contradicción legal en la diplomacia global estadounidense: los EE UU siempre se han resistido a permitir a cualquier otro país tener una voz en las políticas nacionales de EE UU, su legislación o diplomacia: eso es lo que hace que América sea ‘la nación excepcional’”, afirma Hudson en su artículo. Durante 70 años, “sus diplomáticos han pretendido que su juicio superior promovía un mundo pacífico (como aseguraba hacer el Imperio romano), que permitía a otros países participar en su prosperidad y estándares de vida crecientes”, todo ello mientras “presentaba su nacionalismo como protector de la globalización e internacionalismo, todo lo cual no es más que un eufemismo para lo que realmente era una toma de decisiones unilateral de EE UU”.

En su texto, el economista desgrana la voluntad de Washington por vaciar de contenido organismos internacionales como la ONU, ignorando olímpicamente sus advertencias, y amenazar a otros como la Corte Penal Internacional (CPI) —por un informe sobre los posibles crímenes de guerra cometidos por soldados estadounidenses en Afganistán—, así como por dominar el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial para controlar los principales flujos económicos en beneficio propio.

Un aspecto que trata Hudson en el que resulta interesante detenerse es el económico. EE UU instaló al shah en Irán “después de patrocinar un golpe de Estado en 1953 contra Mohammed Mosaddegh cuando intentó nacionalizar Anglo-Iranian Oil (la actual British Petroleum) o al menos que pagase más impuestos”, relata. “Después de que el shah fuese depuesto, el régimen de Jomeini preguntó a su agente, el banco Chase Manhattan, que utilizase sus depósitos para pagar a sus tenedores de bonos”, pero éste “rechazó hacerlo por orden del gobierno estadounidense”.

“Los tribunales estadounidenses”, sigue, “declararon a Irán en suspensión de pagos y congelaron todos sus activos en EE UU y en cualquier otro lugar del mundo donde pudieron hacerlo”. Este paso “reveló que las finanzas internacionales eran un brazo del Departamento de Estado estadounidense y el Pentágono”. Pero “eso ocurrió hace una generación, y solo recientemente otros países comenzaron a sentirse incómodos con el hecho de tener que dejar sus reservas de oro en EE UU, donde pueden ser requisadas a voluntad para castigar a cualquier país que pueda actuar de un modo que la diplomacia estadounidense encuentre ofensivo”. De este modo, concluye, “Alemania finalmente reunió el coraje para solicitar que parte de su oro fuese repatriado a Alemania”.

“El mundo de la diplomacia está siendo puesto cabeza abajo: un mundo donde no hay ya siquiera la pretensión de que quizá nos adheriremos a las normas internacionales, y no hablemos ya de leyes o tratados”, lamenta Michael Hudson, que remarca que “por la conjunción de estos movimientos estadounidenses en tantos frentes, contra Venezuela, Irán y Europa (por no mencionar China y las amenazas comerciales y medidas contra Huawei), parece que este será un año de fractura global”. Se dice mucho que un mundo muere y otro nace. Pero conviene recordarlo: no hay más partos sin dolor que en los que se administra sedación. Sangre siempre la hay en cualquiera de los casos.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/balcanes/veinte-anos-agresion-otan-estados-unidos-yugoslavia

jueves, 16 de marzo de 2017

Unión Europea: no aprendimos nada de Yugoslavia

Un hombre junto a la bandera europea. (Justin Tallis/AFP/Getty Images)

¿Por qué la desaparición de Yugoslavia debería servir de ejemplo a Bruselas?
Para la cineasta Mila Turajlić, Yugoslavia era una gran ilusión, una película, y Tito, su principal narrador. Una vez el narrador moría, el largometraje acababa. O como ella misma afirma: “colapsó”. Transcurrieron más de diez años entre que el mariscal murió y Eslovenia y Croacia declararon su independencia. Con bastante certeza los 80 explican más sobre la desaparición de Yugoslavia que las guerras que le siguieron a continuación. Aquella década estuvo marcada por lo que se hizo llamar stabilizacija: traducido a nuestro idioma, asimilar las embestidas de una deuda exterior cercana a los 20.000 millones de dólares (cerca de 19.000 millones de euros); o, si lo acotamos cronológicamente, todo iba bien hasta que Madonna sacó su disco “Like a Virgin”, como dice el artista visual Uroš Đurić.

No son pocos los que hablan de Yugoslavia con menosprecio, desde su inviabilidad, tachándola de “artificial”, cercenado por los odios internos y el genotipo violento. La ignorancia está más cerca de la verdad que el prejuicio, dice un grafiti en la ciudad de Mostar. La desaparición de Yugoslavia fue una derrota antropológica, del mismo modo que lo será el fin de la Unión Europea si acontece, por la sencilla razón de que los europeos tendremos nuevamente que asumir que no sabemos vivir en la diferencia y en el desacuerdo sin disgregarnos. Sucedió con Yugoslavia y su desenlace no era inevitable, como tampoco tiene que serlo el “europeo”. No obstante, el Frente Nacional (Francia), Partido de la Libertad (Holanda y Austria) y Alternativa para Alemania son antagonistas de la UE, tan peligrosos o más como lo fue el varapalo sufrido con la crisis del euro o el Brexit.

Ha sido la misma UE la que ha cultivado la semilla que amenaza a su propia autodestrucción: gobernando a base de tecnocracia y burocracia, inoperante ante un sistema financiero descontrolado, imponiendo medidas de austeridad que acrecentaron las desigualdades, irresoluta ante las asimetrías institucionales entre países, privilegiando estabilidad y seguridad frente a la construcción de una sociedad civil europea, actuando con opacidad frente a los grandes retos de la globalización o traicionando su vocación pacífica al no oponerse a las aventuras militaristas occidentales –y según el Estado, directamente liderándolas, apoyándolas o incluso suministrando las armas–, que han contribuido a las migraciones forzadas y desesperadas de millones de refugiados. ¿Por qué el caso de Yugoslavia nos sirve? Porque la Unión Europa como “unitas multiplex” no deja de padecer muchos de los achaques que precipitaron el fin del país suroriental. Las salvedades históricas y temporales están ahí, pero no invalidan a Yugoslavia como modelo de referencia.

En primer lugar, por los fuertes desequilibrios regionales. Si durante los 40 la renta per capita eslovena era tres veces superior a la kosovar, esta cifra aumentaría a ocho veces más durante los 80. Solo Eslovenia y Croacia concentraban el 50% de todas las divisas extranjeras que entraban en el país. Las razones que explican este desajuste son complejas, de hecho nadie niega que sean difíciles de resolver, pero anticipan inevitablemente consecuencias negativas sobre la cohesión del conjunto de la entidad. Las relaciones dentro de la UE entre Norte y Sur debería ser un tema central en la agenda política y asumir que la ausencia de solidaridad tiene mayores costes para toda la Unión si con ello se amplía aún más la brecha económica.

Pese a las experiencias autogestionadas en las fábricas yugoslavas y los espacios de libertad concedidos en el ámbito cultural, el déficit democrático apuntalado por las jerarquías formales e informales en la administración civil y militar deslegitimó al Estado, cuya elección de cuadros dependía en gran medida del capital relacional de cada miembro integrante y, cada vez más, de un sistema de legitimación no determinado meritocráticamente. El nepotismo, el tráfico de influencias o el estatus social de la burocracia fueron socavando la autoridad de las instituciones yugoslavas, situándolas en el foco de las críticas como organismo aislado y privilegiado frente a la sociedad. Este no es el caso de la UE, con una selección de cuadros por lo general estricta y transparente, pero las instituciones europeas se han convertido en una burocracia parapetada en su complejo ecosistema. Capaz de sortear la negativa al Tratado Constitucional en Francia y Holanda y de dictar los designios de la deuda griega, convirtiéndose en adversario y no en un espacio de interacción política, económica y social a nivel continental.

Los yugoslavos en su inmensa mayoría se identificaban según su origen étnico (serbio, croata, macedonio…). En 1991 solo un 3% se declaraban “yugoslavos”. Podrían haber sido identidades compatibles, pero la condición yugoslava se volvió inexistente, expresando un exiguo mestizaje interétnico o asociado a una idea seguidista, partidaria de un Estado viejo y autoritario. La Unión debe buscar con determinación una soberanía europea, basadas en la movilidad y el encuentro de intereses individuales, más que una convivencia de Estados. Con todas las dificultades que eso entraña, y las décadas que llevará lograrlo, cualquier involución empeña el futuro del proyecto europeo. Solo una ciudadanía europea que se reconozca como tal otorgará carta de naturaleza a la UE.

En política muchas veces no es tan importante lo que está sucediendo realmente, sino lo que la gente cree que está ocurriendo, pero no eternamente, solo hasta que se abran las costuras ideológicas debido a las propias contradicciones internas. Los mecanismos de manipulación son funcionales pero pierden credibilidad por la mera acción del paso del tiempo, por disociación entre realidad y mensaje. Entre 1945 y 1990 de las 890 películas que se estrenaron en Yugoslavia, 350 eran partisanas. El régimen se vinculó al lema “hermandad y unidad”, elevándolo a dogma desde la victoria partisana durante la Segunda Guerra Mundial, aunque lo que hubiera en sus entrañas fuera una guerra civil fratricida de proporciones genocidas, que nunca terminó de ventilarse adecuadamente: el eslogan se vació de contenido. Los principios básicos recogidos en el acervo comunitario son principios teleológicos de la UE, pero no deben ser conculcados, no solo por la violación de la ley en sí, sino porque implica la deslegitimación paulatina del sistema si mensaje y realidad no son correlativos. La defensa de los derechos humanos no solo debe ser una declaración de intenciones, sino un documento legal, sujeta a derecho, a su efectivo cumplimiento, de eso depende la credibilidad del modelo en su totalidad.

Cuando Yugoslavia entró en la década de los 80, la crisis económica derivó en un conflicto entre repúblicas, desligadas unas de las otras como sultanatos según lo establecido en la Constitución de 1974. Ese síndrome consistió en vehicular los retos colectivos en clave de conflictos entre “nosotros” y “ellos”: exonerando responsabilidades y renunciando a la autocrítica y la transparencia, aprovechándose de la adhesión irresponsable e interesada al propio grupo. Si las élites políticas no están compelidas a tomar decisiones impopulares en su propio fuero o el mismo sistema no actúa ante las apuestas euroescépticas, entonces los políticos cismáticos encontrarán cómo reformular el desafío a su continuidad en su propio beneficio: salvadores autoproclamados de la patria. Cuando se organizaron las primeras elecciones multipartido en Yugoslavia, que precedieron a los referéndums de independencia, estas se celebraron en cada república, en lugar de hacerse un sufragio único en toda la federación; las campañas electorales se dirigieron contra el poder central (en Eslovenia y Croacia principalmente) una vez se oponían a la centralización política, en aquel momento solución para la reconversión y pervivencia de Yugoslavia. Ante la falta de soluciones y en un escenario de grave crisis, la Unión como tal no puede ser utilizada como chivo expiatorio de los propios desbarajustes internos.

No siempre la movilización social está motivada por los intereses de un líder. En Kosovo, Montenegro, Serbia y la Voivodina la indignación social era preexistente y fue el olfato de Slobodan Milošević el que instrumentalizó y redireccionó un fenómeno político y económico (la despoblación de serbios en Kosovo), un estilo (la superficialidad), un enemigo (el otro), una ideología (victimización), una masa social (descontentos), una solución (supremacismo) y una ilusión (resurgimiento étnico), sin haber articulado su poder político en la disidencia anticomunista, sino siendo él mismo parte de la élite, un apparatchik (especie de funcionario) del titoismo más. Esto mismo ha llevado a Donald Trump a la presidencia de EE UU. Un empresario perteneciente a la élite, que ha tenido el mismo instinto y arrojo para dirigirse a un perfil de votante heterogéneo: intolerante, desprotegido, supremacista o crédulo que cuece en su interior el resentimiento de quienes han sido humillados o se sienten humillados por los poderosos, buscando soluciones sencillas a problemas complejos: fue así contra la jerarquía burocrática en Yugoslavia y es así contra la élite estadounidense. Una estrategia que se repite entre los populismos de extrema derecha en los países de la Unión.

En el “Libro Blanco de la UE”, presentado recientemente, se prevé una Unión con varios escenarios y a varias velocidades, incierta e impredecible. Del texto solo se infiere una voluntad de integración por parte de todos los Estados en lo que a seguridad y defensa se refiere –sobre ello versará la primera conferencia del Consejo Europeo de este año en Praga–. Es una buena noticia que no se detenga el carrusel de reuniones. Yugoslavia llegó a ser la cuarta fuerza militar europea. Era un país seguro ante los enemigos exteriores. La paradoja fue que su principal enemigo estaba dentro de sus propias fronteras. La seguridad implica estabilidad, pero también sensación de amenaza, parálisis e inflexibilidad. Las políticas y los derechos sociales también logran la fidelización del ciudadano y han demostrado ser, pese a sus imperfecciones, las mayores garantías de seguridad; Estado de bienestar ante las incertidumbres que se abren en el horizonte.

A los europeos nos supera el miedo, el carburante que combustiona con ignorancia, manipulación e incertidumbre. Hemos preferido subirnos al cuadrilátero de las disputas con la inmigración y el islam, con las ínfulas nacionalistas típicas de los que están asustados, que orientar nuestras demandas a la mala gestión de los poderes públicos. Probablemente, la URSS, Yugoslavia y la UE hayan sido las tres mayores empresas políticas y sociales del siglo XX, como lo fueron Alemania e Italia en el siglo XIX. Y, sin embargo, se originaron como cualquier Estado: de manera artificial, como esos largometrajes en blanco y negro que se convierten o no en clásicos. Sobre Yugoslavia el analista Vuk Perišić decía que había que reformarla, pero que “los regímenes que la siguieron fueron tan malos que ahora parece mejor de lo que fue”; lo mismo puede que terminemos diciendo de la actual Unión Europa. Es una excelente película que está todavía por filmarse, una gran historia en la que podemos y debemos ser protagonistas; nos falta reescribir el guión, y visto lo que hay al otro lado del Atlántico, y lo que se nos viene encima desde Francia, Alemania y Holanda, también mejores directores, mucho más comprometidos con el buen cine, de calidad, como el que se hacía en Yugoslavia.


Fuente:  https://www.esglobal.org/union-europea-no-aprendimos-nada-yugoslavia/

lunes, 9 de enero de 2017

Excluidos por Europa

Miles de personas atrapadas en el invierno extremo de Grecia y los Balcanes.


Tras haber sido excluidas por las políticas migratorias europeas, miles de migrantes y refugiados están atrapados bajo el frío de Grecia y los Balcanes en refugios mal adaptados para el invierno. La cínica negligencia de las políticas europeas, agravada por las bajas temperaturas y la falta de preparación para el invierno, ha empeorado una situación ya insoportable para miles de hombres, mujeres y niños que buscan protección en Europa.

La situación es especialmente preocupante para los que están atrapados en las islas griegas, que viven en tiendas de campaña en campos hacinados y para los que están varados en edificios abandonados en Belgrado o tratando de cruzar las fronteras de los Balcanes. Médicos Sin Fronteras (MSF) ha solicitado de forma reiterada a las autoridades de Grecia y los Balcanes que mejoren las condiciones de cara al invierno.
 
 Serbia: ayuda humanitaria restringida en medio del frío
A día de hoy más de 7.500 personas están varadas en Serbia, viviendo en campos hacinados y asentamientos improvisados. El país ha acordado con la UE albergar hasta 6.000 personas, de las cuales solo 3.140 viven en instalaciones adaptadas para el invierno. En Belgrado, alrededor de 2.000 jóvenes, principalmente de Afganistán, Pakistán, Irak y Siria, están durmiendo en edificios abandonados en el centro de la ciudad, mientras las temperaturas alcanzan los 20 grados bajo cero. En los últimos meses, las autoridades serbias han restringido severamente  la provisión de ayuda humanitaria a estas personas, permitiendo únicamente a voluntarios hacer una distribución básica de mantas y comida. "Durante meses, la estrategia ha sido bloquear la ayuda humanitaria para empujar a estas personas hacia los campos oficiales. Pero los campos están llenos y ya están por encima de sus capacidades, por lo que los migrantes no tienen otra opción que dormir en edificios abandonados sometidos a bajas temperaturas ", declara Stephane Moissaing, coordinador general de MSF en Serbia.

Marko Drobnjakovic

MSF ha instalado algunos calefactores de emergencia como una medida desesperada para tratar de proteger a la gente y actualmente está negociando con las autoridades aumentar la capacidad de refugio: "Durante meses hemos pedido a las autoridades de Serbia, UE y ACNUR que establezcan soluciones a largo plazo para evitar esta catastrófica situación. El fracaso colectivo de estas instituciones ha dejado al descubierto incluso las necesidades más básicas, exponiendo a personas ya vulnerables a sufrir aún más. Varias personas ya han muerto de hipotermia en las fronteras de Serbia y Bulgaria. No podemos simplemente sentarnos y actualizar el número de personas que mueren en las peligrosas fronteras o son víctimas de violencia desde el cierre de la ruta de los Balcanes.

Grecia: miles de personas bloqueadas en las islas bajo la nieve y la lluvia helada
La situación no es mejor en las islas griegas, donde miles de personas todavía están atrapadas en campos superpoblados, viven en frágiles tiendas de campaña a temperaturas bajo cero. "Estas familias abandonadas bajo la nieve y la lluvia helada, están pagando el precio del cinismo europeo y de su reprochable trato con Turquía", dice Clement Perrin, coordinador general de MSF en Grecia. "Es indignante ver que a pesar de todas las promesas y declaraciones europeas, hombres, mujeres y niños viven en tiendas bajo la fría lluvia. Hacemos un llamamiento a las autoridades griegas y a la UE para que adopten urgentemente medidas para garantizar que todos los refugiados y migrantes de las islas se alojen en condiciones de vida dignas y adecuadas".

El hacinamiento y la grave falta de preparación para el invierno están provocando graves riesgos para la salud y la seguridad de las personas que viven en Grecia. La mayoría de los atendidos por los psicólogos de MSF en las consultas de salud mental en los últimos meses en Samos y Lesbos muestran que las pobres condiciones son la causa o un factor importante en sus dificultades psicológicas. "Las autoridades griegas deben dejar de felicitarse por los logros humanitarios cuando miles de personas sufren en duros elementos de invierno mientras esperan que sus solicitudes de asilo sean procesadas. Ninguna persona que busque protección, que huya de la guerra, la tortura y la violencia extrema debe abandonarse en el frío invierno", concluye Perrin.

Marko Drobnjakovic

 Fuente: https://www.msf.es/actualidad/balcanes/excluidos-europa
 

viernes, 29 de julio de 2016

Fuerte aumento de la violencia contra los refugiados desde el cierre de fronteras en los Balcanes

La nueva política migratoria de Hungría permite devolver en caliente a todas aquellas personas que sean detenidas a menos de 8 kilómetros de la frontera con Serbia. Un alto porcentaje de los casos de violencia atendidos por MSF habrían sido provocados por las autoridades húngaras.
 
Los pies  de una PERSONA que caminó desde Pakistán hasta Grecia/  Fotografía: Gabriel Tizón

El 9 de marzo de 2016, los líderes europeos anunciaron que la llamada "ruta de los Balcanes" se clausuraba, después de que Croacia, Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM) y Eslovenia cerraran por completo sus fronteras a quienes intentaban pasar a través de esos países para buscar asilo en el norte de Europa. Para miles de personas que huyen de la violencia, esta ruta representaba una de las pocas vías para alcanzar la seguridad y la protección que en teoría debería ofrecerles Europa. Los médicos y psicólogos de Médicos Sin Fronteras (MSF) que continúan trabajando en estos países han podido constatar el aumento de la violencia contra los refugiados desde que se "cerrara" la ruta.

Muchos líderes europeos afirman que el problema de la ruta de los Balcanes se ha resuelto tras el cierre de fronteras, pero la dramática situación humanitaria en la región está aún lejos de haber terminado. Hoy en día, cientos de personas vulnerables siguen varadas en Serbia, ARYM y Bulgaria tratando de llegar a sus destinos finales a través de rutas peligrosas que controlan contrabandistas, o atascados en zonas de tránsito entre las fronteras de Serbia, Hungría y Macedonia.

Los equipos de MSF en Serbia han observado que el empeoramiento de la situación humanitaria y médica está directamente relacionado con las restricciones en las fronteras que sufren miles de refugiados y solicitantes de asilo.

"Desde el cierre de fronteras, hemos notado un fuerte incremento en el número de pacientes que presentan señales de haber sufrido abusos, así como traumatismos físicos producto de la violencia ejercida contra ellos. Muchos de estos casos fueron presuntamente cometidos por las autoridades húngaras", explica Simon Burroughs, coordinador general de la misión de MSF en Serbia. "Condenamos sin paliativos el uso de la fuerza excesiva e instamos a las autoridades húngaras a que tomen las acciones necesarias para terminar con estas prácticas".

En los últimos meses, la posibilidad de solicitar asilo en la UE a través de Hungría se ha reducido drásticamente. A principios de julio, la nueva política nacional permite llevar a cabo controles migratorios a mayor distancia de la frontera y devolver en caliente a todas aquellas personas que sean detenidas ya en Hungría, pero que se encuentren dentro de un área que diste menos de 8 kilómetros de la frontera con Serbia. Ante esta perspectiva, decenas de las familias están atrapadas ante el dilema de tener que esperar en una condiciones deplorables o quedar expuestos a más violencia y abusos en las peligrosas rutas dominadas por contrabandistas.

Desde el 1 de abril hasta 30 de junio, los equipos de MSF realizaron 510 consultas de salud mental y, de ellas, 188 fueron a supervivientes de acontecimientos traumáticos como maltratos y torturas, encarcelamientos, secuestros y violencia sexual perpetrados por contrabandistas, la policía o personas de la propia comunidad. La proporción de consultas que ha atendido MSF en relación con tales traumas ha aumentado a más del doble desde marzo, y supuso 1 de cada 10 casos vistos por los médicos de la organización entre abril y junio.

De estas personas, entre las que se incluyen mujeres y niños, el 65 % indican que sufrieron traumatismos físicos por parte de personas uniformadas en territorio húngaro, y el 35 % afirman que esta violencia proviene de otros causantes (ladrones, contrabandistas y otros refugiados).

"Nos preocupa que las nuevas medidas adoptadas por las autoridades húngaras puedan favorecer el aumento de la violencia contra los refugiados, ya que se les está tratando de una manera cada vez más parecida a la que le proporcionan a los criminales", añade Burroughs.

Estas restricciones también han creado una situación especialmente preocupante en las zonas de tránsito en la frontera entre Serbia y Hungría, donde MSF lleva a cabo varias clínicas móviles que permiten prestar atención médica, apoyo psicológico y servicios básicos de saneamiento.

"Las condiciones aquí no son aptas para los seres humanos. Las familias viven en tiendas de campaña inadecuadas, sin duchas, sin agua potable y sin acceso a los servicios básicos", continúa Burroughs. "A pesar de que llevamos meses pidiendo a las autoridades serbias que mejoren estas condiciones, la situación apenas ha cambiado desde entonces: la gente está desesperada y esto está afectando directamente a su salud física y mental".

"MSF ha visto un aumento constante y significativo de los problemas que reflejan el impacto psicológico de las restrictivas condiciones fronterizas, como la depresión, el trastorno por estrés postraumático y la ansiedad".

El número de pacientes diagnosticados de depresión por MSF aumentó a casi uno de cada tres (31,2 %) después de marzo, en comparación con el 26,7 % que se veía en octubre de 2015. La proporción de personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT) también aumentó en el mismo período (del 14 % al 15,9 %), así como la ansiedad (3,8 % a 6,6 %). El aumento de dichas patologías se produjo de forma paralela a la entrada en vigor de las políticas fronterizas restrictivas en marzo.

MSF también ha seguido tratando a cada vez más personas con patologías asociadas directamente a sus condiciones de vida. Más de la mitad de las consultas que lleva a cabo MSF son por infecciones de las vías respiratorias superiores, enfermedades digestivas y enfermedades de la piel".

“Las políticas de la UE han contenido el flujo de personas que buscan protección en Europa a través de los Balcanes; sin embargo, miles de personas han quedado abandonadas a su suerte y sin visibilidad, mucho más expuestas a la violencia, la miseria y la desesperación. Los gobiernos de Europa y los países occidentales de los Balcanes no han sabido responder a las necesidades de miles de personas, y además están promoviendo políticas con consecuencias nefastas para el bienestar de personas que ya son vulnerables. Una vez más, instamos a los líderes europeos a que proporcionen alternativas seguras y legales a quienes buscan protección", concluye Burroughs. "Deben revisarse las políticas restrictivas en la frontera entre Serbia y Hungría, así como las condiciones de vida que están ofreciendo a las personas en tránsito".



 Fuente: https://www.msf.es/actualidad/balcanes/fuerte-aumento-la-violencia-los-refugiados-cierre-fronteras-los-balcanes

martes, 19 de enero de 2016

La deuda de los platos rotos

Otra pregunta que taladraba mi cabeza desde que pisé ese país es ¿Por qué? ¿Por qué no se han escuchado esas voces? ¿Por qué conservan intactas las zonas bombardeadas?
 
 
 

viernes, 28 de agosto de 2015

Refugiados: ¿los Balcanes ha perdido la memoria?

Refugiados cruzan la frontera entre Grecia y Macedonia. (Robert Atanasovski/AFP/Getty Images)













¿Cómo están gestionando los países balcánicos la llegada masiva de refugiados? ¿Cuál es el papel de la Unión Europea?

Natalija Dević tuvo un fin de semana complicado. El jueves publicaba su nueva colaboración en el periódico serbio Danas con el título Stranci u Beogradu (Extranjeros en Belgrado), y el viernes vivía su pico de impopularidad. Entre otros dislates utilizaba el calificativo bula, forma despectiva de referirse a las mujeres que llevan velo. Anteponía su posición de belgradense (luego se supo que era montenegrina) a la imagen indecorosa de los inmigrantes sirios, afganos o libios, derrumbados en los parques de la capital, o se preguntaba si para ellos las mujeres locales irían demasiado “desnudas“. Esta, y otras aseveraciones, reconociendo que venía recién llegada de la playa. Todo de muy mal gusto, incluso para la alta alcurnia capitalina. De ser otra la publicación —las hay donde estos artículos tienen cabida— el asunto hubiera pasado desapercibido, pero Danas tiene una reputación que mantener, como periódico defensor de los derechos humanos que se le presupone. El comité editorial publicaría una rectificación el lunes. Dević anunciaba que cancelaba sus colaboraciones con el diario y pedía disculpas por si había ofendido a alguien.

Dević quiso tratar el tema con frivolidad. Chispear, elegante y sofisticada, como si fuera la protagonista de una sitcom neoyorquina, frente a toda esta chusma de sombras oscuras y medievales. Sin embargo, el tema es mucho más grave que un conflicto estético o clasista. El comisionado de Inmigración, Asuntos Internos y Ciudadanía de la Unión Europea, Dimitris Avramopoulos, dice que es la “peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial”. Solo en julio más de 100.000 personas entraron por la frontera sur de la UE. Desde el 1 de enero, unas 90.000 personas han llegado a Serbia. La media es de unos 2.000 al día. Desde Turquía a Grecia, para luego recorrer Macedonia. Muy pocos lo hacen por Bulgaria, que ha levantado un muro que ocupa de momento más de 50 kilómetros de frontera, y 4 metros de alto frente a Turquía. Van hacia Reino Unido, países escandinavos y Alemania, que este año llegará a las 800.000 peticiones de asilo. La mayoría son sirios, afganos y eritreos. Muy pocos se quedan en los Balcanes, casi todos recorren la región sin intención de quedarse.

En la estación de trenes de Gevgelija, una ciudad macedonia de menos de 16.000 habitantes, se han vivido escenas de tensión. Las peleas entre pasajeros por entrar en un vagón son habituales, con palos y navajas de por medio. Los familiares introducen a sus hijos por las ventanas, y luego buscan cómo entrar en el vagón. Si no lo consiguen, los hijos vuelven a la salir por la ventana. Asfixias, quemaduras, forcejeos y horas interminables de espera. El verano ha sido muy caluroso en los Balcanes, con temperaturas de 40 grados, y las carreteras, que atraviesan el sureste europeo, están siendo recorridas por familias enteras que caminan por los arcenes como fantasmas salidos de los maizales. Viendo las noticias provenientes de las islas griegas de Kos o Lesbos, esta cifra no cesará de crecer durante los próximos meses, hasta que llegue el invierno y el viaje más que una odisea, se convierta en una cruzada imposible.

En Macedonia, los recién llegados tienen 72 horas para salir del país o pedir finalmente asilo, así que muchos dedican este tiempo a subirse al tren que va hacia Belgrado. Hubo un campo para inmigrantes (Gazi Baba), pero fue cerrado en julio al haberse convertido como denunciaron varias ONG en un “centro de detención”. Así que las autoridades locales, ahora, ofrecen la puerta de salida hacia Serbia, que en los últimos dos meses ha visto llegar a más de 40.000 personas, aunque esta cifra aumenta cada día. La última decisión gubernamental ha sido declarar el Estado de emergencia para que el Ejército se haga con el control de la frontera norte y sur del país. De momento, ya ha habido incidentes con las autoridades, que han utilizados gases lacrimógenos para dispersar a una marea que entra en el país como puede e intermitentemente la dejan.

En Macedonia, pero también en Serbia, el comportamiento de estos “viajeros involuntarios”, por lo general, es modélico, teniendo en cuenta las circunstancias. Con efectos balsámicos, para incrédulos y xenófobos, que medran en las redes sociales, lo cierto es que los visitantes permanecen tumbados sobre el césped desecado de algún lugar en Belgrado o Subotica con la ropa tendida en las ramas de los árboles, lavándose la cabeza en cisternas o fuentes compartidas con largas colas, estoicamente, indefensos frente a los que llegado el día puedan cometer cualquier agresión o abuso. Con muy pocas pertenencias, sobre un banco de un parque de Belgrado, una pareja desorientada puede ver a los niños saltar sobre un dragón hinchable gigante, mientras un hombre ojea el móvil y agota la poca batería que logró cargar en algún bar o gasolinera. No están para más conflictos que el que ya viven con su propia existencia. No quieren molestar y no quieren deberle nada a nadie, así se pronuncian en varios medios de comunicación serbios y macedonios, avergonzados y examinados. Solo quieren llegar a Europa occidental, porque saben que en los Balcanes no hay trabajo. Mientras, el Gobierno serbio planea construir un centro habilitado para 3.000 personas antes de que llegue el invierno. Uno disponible, el de Krnjača, para muchos, es una pausa innecesaria, o una trampa burocrática que les dejará allí retenidos. La UE de momento se va a gastar en Serbia más de 3 millones de euros en la recepción de los refugiados, como también se espera la implementación de otros proyectos por valor de 8 millones de euros.

Pese al filón que supone esta llegada masiva de personas de religión musulmana para el periodismo sensacionalista, también es objeto de análisis el pulso de la sociedad ante los inesperados huéspedes, confundida como está todavía, a la espera de saber cómo pronunciarse, observando las reacciones del resto de sus vecinos y compatriotas. Poco a poco descubren que hay voluntarios y organizaciones locales que ayudan a los necesitados, incluso el primer ministro serbio se personó seguido de los medios locales para tranquilizar a los refugiados. Algunos descubren que entre los nuevos visitantes hay los que llevan en la cartera miles de euros, incluso los que se permiten un hostal durante la travesía. Los más reflexivos descubren que sus propios compatriotas están haciendo dinero con estos “turistas ocasionales”, que no piden dinero, pero sí compran comida rápida, botellas de agua, pañales de bebés y no se emborrachan por las noches, para solo quedarse por algunos días con perfil bajo y maneras de hombre tranquilo en los parques de los aledaños de las estaciones de autobuses y trenes, lugares en donde, todo sea dicho de paso, ni los mismos locales han pasado más que un par de horas en sus vidas.

Hungría parece estar menos confundida. Está construyendo una valla de cuatro metros en su frontera con Serbia. Durante el último año ha recibido más de 61.000 peticiones de asilo. Como se analizaba en Lefteast, el partido de Viktor Orban, el Fidesz, ha comenzado una campaña de carteles exigiendo de los recién llegados que respeten la cultura y las leyes húngaras y no le quiten los trabajos a los húngaros. Además del problema moral que genera estos pósters, se encuentra el lingüístico. Están en húngaro, con lo que solo los comprenden los votantes. El país centroeuropeo se ha convertido desde hace tiempo en adalid de la lucha antimigratoria (así se declara casi la mitad de la población húngara). Hungría ha suspendido su adhesión a la regulación de Dublín por “razones técnicas”. Los que ahora llegan reciben la categoría de inmigrantes económicos, no aprobando peticiones de asilo de ningún refugiado llegado de cualquier país de la Unión. No obstante, el partido satírico fundado en 2006, Magyar Kétfarkú Kutya Párt (Partido húngaro doble rabo de perro) ha respondido con sus propios carteles en inglés (¡Vengan a Hungría por todos los medios, nosotros ya estamos trabajando en Londres!).

Sorprende que Natalija Dević defienda que ni en los tiempos de Slobodan Milošević había visto tantos refugiados en las calles de Belgrado —lo cual es cierto porque lo tenían prohibido pero también porque eran forzados a ir a otros lugares de la geografía serbia—. Sorprende porque no hay ciudad serbia o ex yugoslava que no haya cambiado radicalmente su tejido social en las dos últimas décadas. Sorprende, además, porque este verano hace dos décadas que cerca de 250.000 serbios fueron expulsados de Croacia durante la Operación Tormenta, en la que también fue la otra mayor crisis de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La cifra se eleva si contabilizamos los casi 4 millones de desplazados y refugiados que generaron las guerras de secesión de Yugoslavia. Sorprende porque las migraciones forzosas son parte del acervo local, sobre las cuales se ha construido la épica nacional desde hace siglos. Resulta extraño, en definitiva, que haya locales que no entiendan las circunstancias extremas que viven sirios, afganos, libios. Aunque haya quien tenga 10 billetes de 100 euros en los bolsillos para pagarse algunas noches bajo techo… y a la mafia que espera en las fronteras de la UE, lo cual no deja de ser un privilegio respecto a los que no pueden ni emigrar. En los Balcanes todo el mundo se siente víctima de algo, incluso sin saberlo de su absoluta falta de memoria, o lo que es peor, de empatía. Tampoco sorprende que la respuesta a este desafío humanitario, de dimensiones catastróficas, sea fragmentada, como sostenía en su artículo la profesora, Ruth Ferrero Turrión. No sorprende, sin embargo, que la ausencia de ayuda o el rechazo a la llegada de refugiados provenga de algunos de los países que por acción o inacción más tuvieron que ver con las causas que provocaron esta avalancha. Hagamos balance desde el 11S. Digo que no sorprende, al menos, para la mayoría de los balcánicos. Si el mundo es una realidad global, también lo son sus problemas. Parece que no tanto sus soluciones, basadas en muros cada vez más altos.



Fuente: http://www.esglobal.org/refugiados-los-balcanes-ha-perdido-la-memoria/