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domingo, 15 de enero de 2017

Galicia y Julio Camba


Capiteles en la catedral de Santiago de Compostela
...
   A mí, lo que más me gusta de la catedral de Santiago es el Pórtico de la Gloria. Lo construyó el arquitecto Mateu en el siglo XII, y es un tríptico de esculturas de piedra representando el cielo, el infierno y el purgatorio.
  -Lo que me agrada más -dije cuando lo veía- es el infierno, yo insisto en mi opinión. El infierno del maestro Mateu es una maravilla. ¡Una maravilla macabra, siniestra, verdaderamente espantosa, que une a través del tiempo la imaginación del maestro Mateu con la del Dante y supone en el cincel del escultor una ductilidad tan grande como la de la pluma del poeta! El purgatorio es otra maravilla, y lo que produce una impresión de mayor aburrimiento es el paraíso. ¡Pórtico de la Gloria! ¡Concreción del espíritu de una época que no era religiosa porque le sedujera el cielo, sino porque le aterraba el infierno!...
   Dicen que cuando el maestro Mateu terminó su obra hizo su propia escultura y la puso entre los bienaventurados del paraíso. Sus contemporáneos se indignaron y se la hicieron quitar. ¡Siquiera se hubiese colocado en el pugatorio! Pero ¡en el paraíso! ¿Habría orgullo semejante? Se consideró el acto del maestro Mateu como una anticipación herética de los designios divinos, y se le obligó a descender de su localidad del paraíso. Entonces, el artista se colocó de espaldas a su obra, en la columna central del monumento, y allí está todavía, con las manos levantadas en acción de gracias a Dios, la cara lampiña y el cabello rizado.
   El pueblo de Santiago, que de cualquiera hace un santo, no tardó en mirar como santa la efigie del maestro Mateu; alrededor de la efigie fue haciéndose simpática leyenda: la de que el contacto de su cabeza le daba memoria y entendimiento a los chicos. Entonces empezaron a venir de las aldeas madres con sus hijos para golpearles la cabeza contra los pétreos rizos del santo, al que se le llama todavía el santo de los croques, es decir el santo de los testarazos.....


"Todos los santiagueses se han dado alguna vez con la cabeza contra la del santo de los croques"

Galicia
Julio Camba



Más información:http://www.oculta.es/narrativa/julio-camba-galicia/

jueves, 21 de julio de 2016

La isla de Arosa*



CUANDO VINE DE AMÉRICA, expulsado, se me ocurrió un día ir a visitar la isla de Arosa. Hace ya cinco o seis años, y todavía recuerdo, con una leve sonrisa cyranesca, la impresión de terror que produje en la isla. Detrás de mí oía con frecuencia el tímido cuchicheo de las mujeres y de los niños.
    -¡El anarquista! ¡El anarquista!
    El anarquista era yo. Los periódicos habían publicado mi historia en la sección telegráfica, con fecha de Cádiz, el primer punto de la Península en donde hizo escala el vapor que me conducía, y de Barcelona, el punto en que desembarqué. ¡Una historia en la que el protagonista se iba enterando a medida que la leía! Confieso que aquellos episodios, fantásticamente relatados para producir la emoción de toda España, me llenaban de orgullo. Un orgullo que sería tan grande como el de César o el de Napoleón, si las erratas no hubiesen venido a acibararlo. ¡Triste suerte la de mi apellido, en manos de unos cajistas que no lo conocían! El Imparcial me llamaba Julio Canela, y El Heraldo, Canoba. Nada tan ignominioso, sin embargo, como el apellido que me adjudicó El País, de cuyo carácter radical no podía esperar ningún revolucionario una errata tan ofensiva: ¡Julio Caníbal!
    Precedido de la fama que me habían hecho los periódicos, y satisfecho de ella como si fuese exacta y estuviese bien compuesta, llegué un día a la isla de Arosa. El terror que mi presencia produjo en aquellas gentes era perfectamente injusto. Era injusto porque aquellas gentes vivían entonces, y aún siguen viviendo, en una deliciosa y paradisíaca anarquía.
    Lo que los anarquistas de todo el mundo no han logrado jamás: vivir anárquicamente -sin autoridad de ningún género-, lo han conseguido los habitantes de la isla de Arosa. La isla de Arosa es una verdadera colonia anarquista. Allí no hay policías ni jueces. Si se comete un robo o un crimen -que no se comete casi nunca-, el delicuente queda impune hasta que de Villanueva, Villagarcía o Cambados va a la isla alguna autoridad. En el inverno suele haber en la ría fuertes temporales que duran seis o siete días, y mientras se restablece el buen tiempo, la autoridad se queda en tierra, porque es imposible hacer la travesía a la isla. ¡Imagínese el lector las ventajas que tendría un criminal en la isla de Arosa, provisto de un barómetro que le anunciase los cambios atmosféricos!

Las primeras fuerzas del orden de Villagarcía de Arosa
    Tengo el deber de decir, después de todo esto, que la isla de Arosa es uno de los países más pacíficos del mundo. Sus habitantes viven de la pesca y de las industrias que de ella se derivan. La industria de salazón y de conservas está muy desarrollada en la isla, y sostiene a un gran número de obreros. Un día llegó a la isla un obrero portugués, contratado para trabajar en una fábrica. Era socialista, y bien pronto comenzó a propagar entre sus compañeros la buena nueva. Al cabo de algunos días se habían constituido en la isla dos grandes partidos: el de los obreros y el de los burgueses. La nomenclatura de estas dos agrupaciones daba origen a graciosas antinomias. A lo mejor se le preguntaba a un trabajador que iba a su tarea, descalzo y con las ropas desgarradas:
Fábrica Komaira
    -¡Tú eres obrero?
    Y el trabajador, con un tono de enérgica convicción, respondía:
    -No. Yo soy burgués...
    Los obreros se reunían en una taberna, y los burgueses en otra. La de los burgueses era la peor.
    Así las cosas, un día los obreros hicieron una huelga. En la historia del movimiento societario no hay antecedenes de una huelga como aquella. Los huelguistas se impusieron a los esquiroles, y la fábrica donde había surgido el movimiento quedó totalmente paralizada. Llegaron los vapores al muelle, abarrotados de sardina, y no hubo quien los descargase. Esta situación duró varios días. Por fin se pudo avisar a Villanueva desde donde se llamó a la Guardia Civil para que fuese a la isla. La Guardia Civil llegó a Villanueva, pero no pudo embarcar. ¡Nadie quería llevarla!
    La isla de Arosa está casi en el centro de la ría que lleva el mismo nombre. Es un pueblo pintoresco que se alimenta de verduras y pescados cocidos, como los enfermos del plexo solar. Sus habitantes, exentos de toda tutela autoritaria, viven completamente felices a merced de los dioses y de los vientos.



Julio Camba
*El Mundo, 18-V-1908