En el año 2001, miles de personas se emocionaron con la historia de
Norma, Rafael y Nino Belvedere. Norma regentó durante muchos años un
restaurante junto a su marido, Nino. Ella atendía a los clientes con tal
amabilidad, que, según Nino, el trato al comensal era la especialidad
de la casa. Años después, el restaurante pasó a manos de su hijo,
Rafael, quien lo gestionó con extrema dedicación y eficacia, tanto que
desatendió por completo a su entorno más cercano.
Puede que el argumento de esta historia resuene entre las memorias
del lector. Solo he resumido la parte estructural de la historia, pero
aún falta el componente principal que ha hecho de esta historia una
emotiva y recordada película. Norma, la madre de Rafael y mujer de Nino, padece la enfermedad de Alzheimer. Se trata de parte del argumento de El hijo de la novia,
película de Juan José Campanella, que es, sin duda, una de las obras
que mejor representa la compleja dimensión de la enfermedad del olvido.
Hace poco volví a verla, y quizá por todo lo que está ocurriendo en
este 2020, tuvo en mí un impacto mucho mayor que el que generó cuando la
vi por primera vez. Me produjo una profunda reflexión sobre cómo
afrontamos la vejez y la enfermedad, y las conclusiones que obtuve no
fueron positivas.
Vivimos y crecemos creyendo que nunca envejeceremos. A nivel práctico
tiene cierto sentido, porque diluye el sentimiento existencialista que
de otra forma puede dejar a uno más de una noche sin dormir, pero a la
larga tiene un impacto terrible. Lo hemos visto estos meses, nuestro
sistema de atención y cuidado de las personas mayores es débil, está en
parte regulado por las leyes del mercado y siempre el perjudicado es
aquel que está en los últimos años de la vida. Pero si lo analizamos más
detenidamente, descuidar la atención de nuestros mayores es algo
tremendamente estúpido. Un fallo más en una estructura social dañada.
Y es estúpido por varios motivos. El primero de todos, porque
descuidamos a una parte de la población muy importante, a aquellos que
nos cuidaron y que dieron todo para que vivamos en la cómoda sociedad
actual. Otro motivo, no menos importante, es que nosotros mismos
formaremos parte del sistema que estamos construyendo y cuyas leyes
regulan políticos y burócratas a los que votamos. Nosotros mismos
estamos atacando a nuestro futuro, precisamente cuando vamos a ser más
vulnerables. ¿Por qué, entonces, si sabemos que vamos a envejecer (y por
ende que vamos a morir), no invertimos en los cimientos del sistema que
haga de nuestras últimas décadas unos años con calidad de vida? ¿Tiene
esto sentido? ¿Tiene solución? Sentido, no tiene ninguno, pero sí muchas
posibles soluciones. La principal solución pasa por un cambio del
modelo social, donde se ponga en valor a las personas mayores, un
sistema que garantice unos últimos años (que pueden llegar a representar
más de un cuarto del tiempo sobre la tierra) de calidad y dignos. Otra
medida que se debe poner ya en marcha es fortalecer el sistema de salud
pública que ayude a evitar algunas de las enfermedades que asedian al
ser humano durante el envejecimiento.
Y es en este aspecto donde retomamos la historia de Norma. El drama
real es que casi dos décadas tras el estreno de la película, la
situación de Norma hoy en día no cambiaría mucho. La enfermedad de
Alzheimer progresaría de forma muy similar ¿Se podría haber evitado que
Norma perdiera todos sus recuerdos en sus últimos años de vida?
¿Podríamos haber visto una película totalmente diferente? Para responder
a estas preguntas, debemos profundizar en la causa de todo: el
alzhéimer.
Actualmente, hay más cincuenta millones de personas en el mundo que
sufren algún tipo de demencia, siendo la mayoría de los casos pacientes
con enfermedad de Alzheimer. Se estima que en 2030 esta cifra superará
los ochenta millones y que en 2050 afectará a más de ciento treinta y
dos millones de personas.
Podemos describir a esta enfermedad como un poderoso titán que nos
acechará a todos conforme envejezcamos, ya sea de forma directa o
indirecta. Como si de un ser mitológico se tratara, devora nuestros
recuerdos como preámbulo de nuestra muerte, nos va absorbiendo todo lo
que nos hace más humanos, arranca nuestra personalidad y termina
llevándose hasta nuestras propias emociones. A pesar del esfuerzo de
décadas de investigación, no contamos con tratamientos eficientes contra
esta monstruosa enfermedad. Puede que el problema sea que no hemos
elaborado una buena estrategia para enfrentarnos y blindarnos contra
ella. A día de hoy, desde diferentes puntos del mundo se ataca al titán
con flechas en forma de posibles tratamientos, algunos hacen más daño
que otros, pero ninguno logra vencer a la bestia. El hecho de que no se
haya conseguido un gran avance nos indica claramente que debemos cambiar
nuestra estrategia. Las flechas individuales serán eficaces en algún
momento, estoy completamente seguro, y lo serán cuando una de ellas
encuentre el punto débil del titán, ese talón de Aquiles que abra la
puerta hacia un tratamiento eficaz. Pero, de momento, no hemos
encontrado dicho punto débil. Una esperanza emerge si cambiamos la
estrategia, pasando del ataque a la defensa.
En el año 2020 todos hemos aprendido cómo podemos protegernos de una
enfermedad causada por un patógeno. Desde medidas sencillas, como
mantener cierta distancia, a las medidas más drásticas tomadas hasta la
fecha, que nos encerraron a todos durante meses. Pero ¿cómo podemos
protegernos frente a una enfermedad de la cual desconocemos la causa? La
estrategia que está emergiendo frente al alzhéimer es, en realidad, una
estrategia de gran utilidad para muchas de las enfermedades que nos
afectan durante el envejecimiento: la prevención. En todos estos años de
lucha contra el titán, hemos aprendido muchas cosas sobre él,
información valiosa sobre cómo actúa y a quién ataca. Se han
identificado una serie de factores de riesgo modificables que están
detrás de más del 40% de los casos de demencia y enfermedad de
Alzheimer.
La comisión «Lancet para la prevención de la demencia» estudia cada
año todas las investigaciones sobre prevención y causas de la demencia.
Con toda esta información elabora una lista de factores de riesgo
modificables, que según sus estimaciones podrían prevenir la aparición
de la enfermedad (o retrasar) en millones de personas. En su último
informe incluyeron tres nuevos factores de riesgo modificables, lo que
engrosó la lista hasta los doce actuales, que son los siguientes:
hipertensión, tabaquismo, menor nivel educativo, deterioro en la
audición, depresión, inactividad física, diabetes, poco contacto social,
consumo excesivo de alcohol, daño cerebral severo (como el traumatismo
craneoencefálico) y contaminación del aire (estos tres últimos son los
añadidos en el informe del 2020). Se trata de factores de riesgo que
pueden ser modificados a través de políticas de salud pública y acción
individual.
Pero para entender mejor el impacto que pueden tener estas medidas
debemos viajar en el tiempo y en el espacio. Nos encontramos en el año
2009, en Finlandia, donde se inicia el que será el primer gran estudio
sobre prevención del alzhéimer a través de la modificación de hábitos la
vida diaria. Este estudio se conoce como FINGER, el acrónimo de Finnish Geriatric Intervention Study to Prevent Cognitive Impairment and Disability.
Los investigadores reclutaron a más de mil doscientas personas entre
los sesenta y setenta y siete años, todas ellas con riesgo de padecer
demencia, pero con una capacidad cognitiva adecuada para su edad. Como
marca este tipo de estudios, los pacientes se mezclaron y dividieron en
diferentes grupos. Sobre el grupo principal se realizó una intervención
de dos años, que consistió en ejercicio físico, entrenamiento cognitivo,
actividades sociales, consejos alimenticios y un control de la salud
cardiovascular. Tras la intervención se observó cómo el deterioro
cognitivo se redujo en más de una cuarta parte de los pacientes tratados
con la mejora de los hábitos de vida diaria. Incluso se observó mejora
en los pacientes que tenían predisposición genética a padecer la
enfermedad de Alzheimer.
La demencia y el alzhéimer son unas patología heterogéneas y
multifactoriales causadas por una combinación de factores genéticos,
vasculares, metabólicos, estilo de vida y —sobre todo— un factor de
riesgo principal e inherente a la propia vida, el envejecimiento. Por lo
que es realmente complejo obtener resultados generalizados con
intervenciones de cualquier tipo. Pero estos resultados supusieron una
ventana a la esperanza, ya que arrojaron pistas sobre el potencial
preventivo de este tipo de intervenciones.
En los últimos años, los estudios de este tipo se han multiplicado y
están surgiendo por todo el mundo. En este punto, todo indica que es
posible que, si todos nos protegemos frente al titán, algunos de
nosotros podríamos salvarnos. Pero se requiere de una respuesta
coordinada para entender cómo debe ser esta defensa. Y eso es lo que se
está haciendo. Hace poco más de tres años se creó la iniciativa
World-Wide FINGERS (WW-FINGERS) que busca englobar todos los estudios
sobre prevención de la demencia y alzhéimer a través de intervenciones
sobre factores de riesgo modificables.
Actualmente, la red WW-FINGERS está compuesta por iniciativas que
engloban a más de veinticinco países, que a su vez representan una gran
proporción de la población mundial. Entre ellos varios países europeos,
EE. UU., China, Singapur, India, Canadá, Australia, países de América
Central y Sudamérica, como México, Argentina o Brasil. Además, la red
está trabajando para incorporar otras iniciativas de países como Rusia,
Irán, Israel, Camerún o Sudáfrica, entre otros. Lo cual supone que miles
de personas de todo el mundo están formando parte de una gran
investigación de investigaciones.
Como se ha mencionado, se trata de patologías heterogéneas y
complejas. Hay múltiples factores a tener en cuenta que un solo estudio
no puede abordar. Sin embargo, el trabajo en común por todo el mundo sí
que puede aportar las piezas necesarias para completar el puzle. Los
diferentes FINGER engloban condiciones de todo tipo, con rangos de edad
que en algunos casos comienzan a los cuarenta y cinco años, personas que
viven en ciudades o en el entorno rural, con diferente nivel educativo,
diferente nivel económico, diferentes estilos de vida, desde personas
sedentarias con fuerte riesgo de enfermedad cardiovascular a poblaciones
rurales con un estado físico envidiable para su edad. Personas en
riesgo de padecer la enfermedad o que ya la padecen, con condicionantes
genéticos o sin ellos.
Aún estamos haciendo los planos para defendernos del titán y el
desafío es grande. Se requiere de una gran interacción entre los
proyectos, de un constante intercambio de información y de una
coordinación global que integre todas las casuísticas de cada región y
sociedad. Pero sin duda es una ventana a la esperanza.
El titán siempre vencerá, eso está claro. El envejecimiento y la
muerte forman parte de la vida, y le dan el sentido necesario para que
sepamos disfrutarla. Pero como sociedad, como humanidad, no debemos
olvidarnos de aquellos que nos ayudaron a ser como somos ni a aquellos
que algún día seremos.
Fuente: https://principia.io/2021/01/25/el-futuro-en-nuestras-manos.IjEzNDgi/