Con 600 millones de hispanoparlantes y 260 millones de habla portuguesa,
las posibilidades del trans-iberismo son inmensas. Podría ser un
antídoto a la internacional neofascista y contribuir a un nuevo orden
menos imperial y más republicano
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| Una miliciana del movimiento anarquista del CNT y la FAI despliega la bandera rojinegra en Barcelona (1936). |
A pocos días del 90 aniversario del 14 de abril de 1931, emociona leer el reciente ensayo de Ian Gibson,
Hacia la República Federal Ibérica. Reflexión y sueño de un hispanista irredento.
En él, el hispanista irlandés, biógrafo, entre otros, de Federico
García Lorca y de Antonio Machado, recupera la necesidad de conectar el
iberismo a un nuevo republicanismo capaz de estrechar vínculos entre los
pueblos y gentes de toda la Península, pero también más allá de sus
fronteras.
En medio de la espesa niebla pandémica, el Iberismo puede
parecer una empresa lejana a las preocupaciones actuales de la gente. No
obstante, como el propio Gibson muestra, son cada vez más las personas
que tanto en Portugal como en España consideran que un mayor
conocimiento y una cooperación más estrecha entre los pueblos
peninsulares comportaría ventajas innegables. De entrada, contribuiría a
una mayor toma de conciencia de una riqueza lingüística, cultural,
plurinacional, tan formidable como poco aprovechada. Asimismo,
reforzaría el peso de los países del Sur en Europa y ofrecería –como se
ha visto la propia negociación de fondos de recuperación– un saludable
contrapeso a las grandes potencias centrales y nórdicas.
Junto a ello, existe sin embargo otra importante razón para rescatar
la necesidad de un nuevo republicanismo ibérico, o mejor, trans-ibérico,
para utilizar el término acuñado por el escritor José Saramago con el
objetivo de incluir en él tanto a América Latina como a África. Y es que
ese proyecto republicano aparece hoy como un eficaz antídoto al
proyecto reaccionario, también transoceánico, con el que la extrema
derecha pretende ganar influencia política y económica en lo que, de
manera algo críptica, llaman la “iberoesfera”.
Este último objetivo, defendido abiertamente por Santiago Abascal y
sus adláteres, utiliza la vieja retórica imperial, autoritaria y
nacional católica del franquismo. Pero se plantea recrearla, con la
ayuda de fenómenos como el trumpismo, de la mano de personajes como
Steve Bannon y de aliados como Bolsonaro, en Brasil, o como el fugado
exministro golpista de Bolivia Arturo Murillo. Con el objeto de gobernar
la “iberoesfera”, precisamente, la ultraderecha española ha impulsado
iniciativas como la Fundación Disenso, cuyo objetivo sería combatir, a
uno y otro lado del Atlántico, lo que con desdén denominan el “consenso
progre”, un epíteto que en realidad incluye las grandes conquistas
civilizatorias de nuestro tiempo, desde los derechos humanos y la
defensa de la justicia social y ambiental, hasta el feminismo o el
respeto por los derechos de las personas migrantes o LGTBI.
1- Las diferentes declinaciones políticas del iberismo
En un contexto de este tipo, un rescate del republicanismo iberista
como el que plantea Gibson adquiere una importancia de primer orden. Ya
desde la revolución francesa, el republicanismo de ámbito ibérico fue
una pieza central de las iniciativas más modernas y vanguardistas que se
fraguaron a ambos lados del río Tajo.
Fue en 1792, de hecho, cuando el abate sevillano José Marchena lanzó
una primera propuesta de República federal ibérica que todavía hoy
sorprende por su audacia. Y lo mismo puede decirse de las propuestas
iberistas lanzadas durante la llamada Revolución liberal de Oporto de
1820 por progresistas portugueses que estaban en contacto con los
seguidores de Rafael del Riego que luchaban contra el absolutismo de
Fernando VII.
Algunas de estas iniciativas apuntaban a un Iberismo fusionista,
moderado, partidario simplemente de reunir a Portugal y España bajo un
único proyecto, pero siempre monárquico. Este fue el sentido, por
ejemplo, de la iniciativa pionera apoyada por el diplomático catalán
Simbald de Mas, quien en La Iberia, de 1851, defendió las
ventajas económicas, políticas y sociales de la unión de las dos
monarquías en un solo reino multinacional. Junto a estas propuestas, en
todo caso, hubo otras más radicales y democráticas, directamente
republicanas, como la que llegó a plantear la unión federada de siete
repúblicas peninsulares, de las cuales cinco estarían del lado español y
dos del portugués.
En general, cuando las ideas republicanas se abrían paso a ambos
lados del Tajo, los proyectos iberistas, progresistas, cobraban fuerza,
sobre todo porque la monarquía aparecía como un tapón para los avances
científicos y para la democratización y modernización de la Península. Y
a la inversa, cuando la monarquía se restauraba, iba acompañada de
iniciativas anexionistas, como la que intentó impulsar Alfonso XIII de
Borbón, o de alianzas reaccionarias, sin ninguna aspiración
democratizadora, como las que establecieron Franco y Oliveira Salazar en
el contexto de la Guerra Fría.
2- Los orígenes del republicanismo ibérico
A pesar de su escasa visibilidad presente, las iniciativas iberistas,
republicanas, atravesaron la historia peninsular a lo largo de todo el
siglo XIX. En pleno fragor de la revolución francesa de 1848, por
ejemplo, ya había en París centenares de exiliados de toda la Península
debatiendo estrategias comunes y organizando manifestaciones iberistas.
Más tarde, y bajo el influjo aún vivo de la Comuna parisina de 1871, la
Primera República Española de 1873 también dio pábulo a propuestas
iberistas antimonárquicas, de claro contenido social y de inspiración
municipalista, cantonal, federales y confederales.
Uno de los efímeros presidentes de la Primera República española, Francesc Pi i Margall, criticó en su libro Las Nacionalidades,
de 1877, la política prepotente, agresiva y unitarista que la monarquía
española había tenido con Portugal. En su opinión, y partiendo de
ejemplos como el de Suiza, hacía falta un régimen confederal más que
simplemente federal para que el país vecino aceptara algún tipo de unión
ibérica. También el federalista y socialista cartagenero Fernando
Garrido escribió por ese entonces un precioso libro –Los Estados Unidos de Iberia,
de 1881– defendiendo el republicanismo ibérico como la única
alternativa viable a la decadencia del régimen centralista y oligárquico
de la Primera Restauración borbónica. Y algo similar ensayó el
socialista portugués Sebatião de Magalhães Lima, quien en 1893 publicó
en francés La Federación Ibérica, donde entre otras cuestiones
describía un encuentro republicano e iberista realizado en Badajoz, con
representantes políticos y de la sociedad civil de ambos lados de la
frontera hispano-lusa.
Hacia finales de siglo, la idea de un iberismo de los oprimidos, que
incluyera a las clases trabajadoras y no simplemente a las élites, fue
cuajando en círculos socialistas y anarquistas de toda la Península.
Entre los más entusiastas había figuras como las del republicano
federalista Teófilo Braga, quien antes de ser presidente de la República
portuguesa en 1915 había escrito un prólogo para el libro Iberisme,
escrito en catalán por el periodista y poeta Ignasi Ribera i Rovira.
También formaron parte de estas corrientes artistas notables como Eça de
Queirós o Antero de Quental. Este último, influido como muchos de sus
coetáneos por el anarquismo de Proudhon y por el socialismo utópico,
pronunció en 1871, en el Casino de Lisboa, una conferencia titulada Causas da decadência dos povos peninsulares nos últimos três séculos. En
ella, identificaba los factores clave en la explicación del declive. La
expansión ultramarina, que había favorecido el rentismo y el dinero
fácil; la contrarreforma católica, con su carga de intolerancia
inquisitorial; y el absolutismo monárquico, desde el de Felipe II
–“verdugo de las naciones”– hasta el borbónico. A la “monarquía
centralizada, uniforme e impotente”, Antero oponía la “federación
republicana […] de todas las voluntades soberanas, ampliando y renovando
la vida municipal, dándole un carácter radicalmente democrático, porque
solo ella es base e instrumento natural de las reformas prácticas,
populares, niveladoras”.
El vínculo entre ese republicanismo ibérico federal y las nuevas
ideas socialistas y anarquistas no fue algo excepcional. En 1872, el
propio Antero organizó la sección portuguesa de la Asociación
Internacional de Trabajadores y se presentó a las elecciones como
candidato socialista. Al calor de este clima político cultural se
crearían también organizaciones como la Federación Anarquista Ibérica,
de 1927, o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, de 1932.
3- Una Iberia republicana, federal y plurinacional
El propio poeta Fernando Pessoa, tan complejo en sus afinidades
ideológicas, saludó a la República que en 1910 derrocó al rey Manuel II
como un primer paso hacia lo que llamaba “la civilización ibérica”. Ese
ideal, que dibujó en su texto “El problema ibérico”, exigía acometer
algunos cambios inaplazables. De entrada, abolir la monarquía borbónica
española, a la que detestaba. Segundo, impulsar algún tipo de
articulación confederal de la Península en sus tres “nacionalidades
esenciales”: Castilla, Catalunya y el Estado galaico-portugués con sus
tres lenguas respectivas (Pessoa no mencionaba aquí a Euskadi, aunque
también reconocía su especificidad nacional). Tercero, “expiar el crimen
que cometimos al expulsar de la Península a los árabes que la
civilizaron”. Cuarto, conseguir que España abandonara el “vasto
sepulcro” de Marruecos, y Portugal sus colonias, a las que ya no tenía
derecho.
Ideas como las de Pessoa y otros iberistas resonarían en muchas otras
tradiciones republicanas peninsulares. Desde luego, en el
republicanismo andaluz de Blas Infante, para quien era central poner en
valor la herencia árabe “tolerante y de libre civilización”, como la
describía Pessoa. También una parte importante del republicanismo
gallego y catalán recibieron estas propuestas con entusiasmo.
Ramón María del Valle Inclán defendió siempre la idea de una
federación ibérica. De hecho, propuso la división de la península en
cuatro grandes zonas coincidentes con las que plantearon los romanos:
Cantabria, Bética, Tarraconense y Lusitana, y sugirió que Bilbao,
Sevilla, Barcelona y Lisboa fueran como capitales como Madrid. La
primera Asamblea Nacionalista de Lugo, de 1918, proclamó abiertamente la
necesidad de que las diferentes nacionalidades peninsulares fueran
reconocidas “en una Gran Iberia”. La segunda, de 1919, pidió
directamente que se anulara el pasaporte con Portugal. Y Alfonso
Castelao, figura prominente del republicanismo gallego, defendió con
igual entusiasmo el iberismo en sus reflexiones sobre “Hespaña”
incluidas en su obra Sempre en Galiza.
En Cataluña, la idea de un iberismo republicano y plurinacional,
superador del centralismo uniformista de los Borbones, se fue gestando a
partir de escritos como el ya citado de Ribera i Rovira o los del poeta
Joan Maragall, quien acompañó su Adéu a la España humillada en Cuba y Filipinas con un encendido Himne Ibéric que entusiasmó a Miguel de Unamuno, otro iberista convencido, aunque más cultural y “espiritual” que estrictamente político.
Las emociones positivas que el iberismo despertaba en muchos círculos
republicanos eran tales que no sorprende que Francesc Macià, presidente
de la Generalitat por Esquerra Republicana de Catalunya,
proclamara en 1931 “la República catalana dentro de una Federación de
Repúblicas ibéricas”. O que la propia Constitución de la II República
concediera la doble nacionalidad a los lusitanos afincados en España,
así como a los brasileños.
4- La transición a la monarquía parlamentaria y el olvido del iberismo
Tras la caída de la II República, la dictadura franquista recuperó
las veleidades neocoloniales y nacional-católicas que habían
entusiasmado a Alfonso XIII y marginó y reprimió a las tradiciones
ibéricas. Franco y Oliveira Salazar, de hecho, no pasaron de celebrar en
1942 un escueto Pacto Ibérico que renunciaba a cualquier aspiración
iberista, limitándose a resguardar las fronteras y a asegurarse la
pervivencia de los dos regímenes dictatoriales.
Con el movimiento antifranquista, en cambio, las propuestas
republicanas de alcance ibérico reaparecieron, sobre todo bajo el
influjo de la Revolución portuguesa de los Claveles de 1974. Pero
aquello duró poco. La transición de la dictadura a una monarquía
débilmente parlamentarizada no tardó en desdibujar o minimizar estas
iniciativas. Y no solo eso. A partir de los fastos del Quinto Centenario
de 1492 y sobre todo de la llegada al poder de José María Aznar,
comenzó a ganar fuerza un nuevo nacionalismo de Estado, españolista,
neoliberal y dócilmente subordinado al Gobierno de los Estados Unidos,
aunque furiosamente autoritario respecto de su pluralidad nacional
interna y ferozmente neocolonial en su relación con América Latina y
África.
Esta deriva, en todo caso, no se produjo sin resistencias. Hacia
1990, José Saramago decidió profundizar algunas de las ideas de Pessoa
en un texto titulado “Mi iberismo” que incorporó como prólogo al prolijo
libro Sobre el iberismo, y otros escritos de literatura portuguesa de César Antonio Molina. En su introducción, el autor de La balsa de piedra (A janglada de pedra)
reconocía la existencia en Portugal de cierto recelo frente a la
prepotencia española-castellana, mayor incluso que ante los abusos de
Inglaterra o Francia. No obstante, consideraba que era imprescindible
recuperar una perspectiva ibérica que impulsara un diálogo renovado, no
ya solo entre dos Estados, sino entre todas las naciones y gentes
peninsulares, como quería el propio Pessoa. Por otro lado, el futuro
Nobel de Literatura se mostraba convencido de que ni Portugal ni España
podían apuntarse a un europeísmo eurocéntrico y frívolo que acabara
convirtiendo el “ser europeo [en] el toque final de la perfección y la
vía ancha para la felicidad eterna”. Por el contrario, defendía la
necesidad de volver “los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a
pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se
sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano”.
5- Hacia una red republicana fraternal y trans-ibérica
Estas reflexiones de Saramago sobre la necesidad de un iberismo
democrático, transoceánico, continuaron en las décadas siguientes. Junto
a su compañera Pilar del Río, estimuló estos debates no solo en la
Península sino en los Foros Sociales que, a partir de 2001, se
plantearon como contrapunto a los Foros de Davos, haciendo suya la
consigna de que “Otro mundo es posible”. En estos Foros, Saramago
discutió las potencialidades de este iberismo contrahegemónico junto a
activistas y pensadores de izquierdas y anticolonialistas como el
republicano gallego Xosé Manuel Beiras, el sociólogo Boaventura de Sousa
Santos, la líder indígena y activista guatemalteca Rigoberta Menchú o
el escritor Eduardo Galeano. En estos debates, el reconocimiento de una
Iberia plurinacional y plurilingüe se mostró inescindible del
reconocimiento de una América igualmente plural. Esto es, no
exclusivamente hispano-portuguesa sino respetuosa de los pueblos
originarios que antes de la llegada de Colón ya habitaban lo que el
pueblo Kuna en Panamá y Colombia denominó Abya Yala (Tierra Viva o Tierra en florecimiento).
Este debate sobre la pluralidad nacional no sólo de la Península sino
del propio continente americano se plantearía con fuerza, años después,
en países como Bolivia, Ecuador o México. Pero no se agotaría en una
discusión puramente cultural. Vendría acompañada, también, de una
crítica al neocolonialismo económico impuesto por ciertas oligarquías
políticas y económicas del Norte aliadas con otras del Sur. A partir de
este debate y de la aparición de nuevos movimientos sociales que
denunciaron esta realidad, se planteó la necesidad de pensar una
comunidad, una confederación Ibero-afro-americana de repúblicas no solo
con intereses culturales compartidos, sino comprometidas con relaciones
económicas justas, no depredadoras y ecológicamente sostenibles.
Con unos 600 millones de hispanoparlantes en el mundo y unos 260
millones de habla portuguesa, las posibilidades del trans-iberismo son
hoy inmensas. De hecho, no solo podría ser un eficaz antídoto a la
internacional neofascista con la que sueñan los Bolsonaro, los Trump o
los Abascal de turno. También podría contribuir a la construcción de un
nuevo orden global menos imperial, menos colonial, más policéntrico y
más republicano, a la altura de los tiempos.
Como bien recuerda el estimulante ensayo de Gibson, un nuevo
republicanismo transibérico está lejos de ser una causa perdida. No solo
porque sus partidarios crecen en toda la Península, sino porque podría
ser el embrión de una prometedora Matria –más que Patria–
ibero-afro-americana. Esa nueva “terra da fraternidade”, capaz de
conectar el Mediterráneo con el Atlántico del Norte y del Sur,
resultaría –qué duda cabe– tan inspiradora como la evocada por Grândola,
vila morena en los inolvidables días de la revolución de abril de 1974.
Fuente: https://ctxt.es/es/20210401/Firmas/35650/republica-iberismo-trans-iberico-valle-inclan-pessoa-monarquia-pisarello.htm