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lunes, 28 de marzo de 2022

27 de marzo de 1970

Vía @Gabri91MG

  El 27 de marzo de 1970 varios reclutas del Ejército portugués desertaron y huyeron por la frontera española de Vª de Alcántara. Se negaban a combatir en la guerra colonial de Salazar. Antes de cruzar se hicieron una foto. Ayer, aniversario, se reencontraron en el mismo lugar 

 Más información: https://twitter.com/Gabri91MG/status/1508394479119699972

jueves, 11 de abril de 2019

¿En la era del perdón o de la agresión?

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 Las reclamaciones de disculpa y de indemnización por atrocidades cometidas en las relaciones entre pueblos o países fueron frecuentes a lo largo del siglo XX. Son ejemplo de ello las iniciativas de Alemania en el caso del holocausto y de Estados Unidos en el caso de los japoneses estadounidenses presos durante la Segunda Guerra Mundial. El siglo XXI ha sido particularmente insistente en la exigencia (no siempre atendida) de reclamaciones de disculpa por crímenes, atrocidades y violencias cometidas en el pasado más o menos lejano en el contexto del colonialismo europeo.

En ocasiones, las reclamaciones de disculpa se acompañan de la solicitud de reparaciones o indemnizaciones. He aquí algunos ejemplos. En 2004, el Gobierno alemán reconoció la atrocidad cometida contra el pueblo de Namibia, el genocidio de 65.000 personas de etnia herero que se habían rebelado contra el colonizador en 1904. En 2018, el gobierno de Namibia exigía la solicitud formal de disculpas y la reparación financiera por el mal cometido, lo que fue rechazado por el gobierno alemán. En 2008, en visita a Libia, el por entonces primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, pidió formalmente disculpas al pueblo libio por las ” profundas heridas” causadas por los treinta años de la colonización italiana y prometió una inversión de 5000 millones de dólares como compensación. Poco tiempo después, Libia era invadida y destruida por las “fuerzas aliadas” de las que Italia formaba parte. En 2014, la Comunidad del Caribe aprobó una propuesta de la Comisión de Reparaciones a fin de impartir justicia a las víctimas del genocidio, la esclavitud, el tráfico de esclavos y el apartheid racial considerados por la Comisión como crímenes contra la humanidad. La propuesta estaba dirigida a los principales países esclavistas en la región (Holanda, Reino Unido y Francia), pero abarcaba potencialmente a otros países. Se trataba de una propuesta muy amplia que incorporaba un plan de acción con las siguientes dimensiones: perdón formal, repatriación, programa de desarrollo de los pueblos nativos, instituciones culturales, salud pública, erradicación del analfabetismo, programa de promoción de los conocimientos africanos, rehabilitación psicológica, transferencia de tecnología. En 2015, en visita a Jamaica, David Cameron, entonces primer ministro de Reino Unido, excluyó cualquier posibilidad de reparación. Dos años antes, el mismo David Cameron, en visita a la India, reconocía que la masacre en 1919 de 1000 indios desarmados que protestaban contra el colonialismo británico había sido “profundamente vergonzosa”, pero no pidió formalmente disculpas ni accedió a pagar indemnizaciones. Presionado por una acción judicial, en 2013 Reino Unido accedió a pagar 2600 libras a cada uno de los 5.000 kenianos, integrantes del movimiento Mau Mau, presos y torturados en la década de 1950 por su resistencia contra el colonialismo británico y a “lamentar sinceramente” lo sucedido. Sin embargo, cerca de 44.000 kenianos vienen exigiendo la misma indemnización por los malos tratos recibidos en el periodo colonial. En 2017, Emmanuel Macron, entonces candidato a la presidencia de la república de Francia, reconoció que la colonización de Argelia había sido un crimen contra la humanidad.

Más recientemente, al señalar los quinientos años de la colonización de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador solicitó al rey de España y al papa que pidieran formalmente disculpas por las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas durante el periodo colonial, comprometiéndose a hacer lo mismo como descendiente de los colonizadores. La petición fue terminantemente rechazada por el Estado español, pero el Gobierno de Cataluña se apresuró a reconocer los abusos, las muertes de millones de personas y la destrucción de culturas enteras cometidas por el colonialismo español. Más recientemente aún, el pasado 4 de abril, el Gobierno belga pidió disculpas a los “mestizos belgas”, miles de niños hijos de padre belga y madre congoleña, nacidos al final de la colonización belga (entre 1940 y 1950), que fueron sustraídos a las familias e internados compulsivamente en orfanatos y a veces enviados a Bélgica.

¿Cuál es el significado de este movimiento de justicia histórica que, de hecho, se ha ramificado? En la actualidad incluye la reclamación de la devolución de los objetos de arte traídos (¿con qué derecho?) de las colonias europeas y exhibidos en los museos del Norte global. También incluye la devolución de tierras, por ejemplo, en Zimbabue y más recientemente en Sudáfrica con referencia al periodo del apartheid, una forma específica de colonialismo, y también en Australia. Los argumentos jurídicos o éticos en uno u otro sentido no parecen servir de mucho. Obviamente no se trata de encontrar razones para responsabilizar a las generaciones actuales de los países colonizadores por los crímenes que han cometido. El problema es político y emerge como resultado de un conjunto de factores de los cuales el más importante es la coexistencia de la independencia política con la continuidad de la dependencia colonial. Las luchas de liberación colonial en América Latina (siglo XIX) y en África y Asia (siglo XX) tenían por objetivo luchar por la justicia histórica, devolver los territorios a sus pueblos y permitirles construir un futuro propio.

Lo cierto es que nada de esto sucedió, como quedó patente de la manera más dramática en la primera liberación colonial, la de Haití, en 1804. Las condiciones impuestas a los esclavos liberados para superar el aislamiento internacional al que se vieron sometidos fueron brutales (tan brutales como las condiciones del ajuste estructural que el FMI sigue imponiendo impunemente en el Sur global) y el resultado es bien patente en el Haití de hoy. Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, denunció brillantemente la continuidad de la dependencia colonial en 1965 al acuñar el término neocolonialismo, una realidad tan vigente entonces como hoy. El pillaje de los recursos naturales que caracterizó al colonialismo continúa hoy, llevado a cabo por empresas multinacionales del Norte global con la complicidad de las élites locales que, en el caso de América Latina, son descendientes de los colonos. La reclamación de la justicia histórica no es más que una forma adicional de legitimar la lucha contra la injusticia y la desigualdad que siguen caracterizando las relaciones entre los países centrales y los países periféricos. Y cuando la respuesta se traduce en meras reclamaciones de disculpa, sean estas aceptadas o no, no pasan de rituales legitimadores de quien los exige o acepta para que todo siga igual. Es decir, el colonialismo no terminó con las independencias políticas. Terminó solo el colonialismo de ocupación territorial por una potencia extranjera. No obstante, continúa hoy bajo otras formas, algunas más brutales que las del colonialismo histórico. Tal y como la esclavitud continúa hoy bajo la forma vergonzosa del “trabajo análogo al trabajo esclavo”, para usar la terminología de la ONU, el colonialismo continúa hoy no solo en forma de dependencia económica, sino también en forma de racismo, xenofobia, apartheid racial, brutalidad policial contra la juventud negra, islamofobia, “crisis de los refugiados”, “guerra contra el terrorismo”, asesinatos de líderes sociales en lucha por la defensa de sus territorios contra la invasión de las empresas mineras, de extracción de madera o de agricultura industrial, desastres ambientales contra poblaciones desechables, viviendo en lugares asumidos como “zonas de sacrificio”, etc.

En el caso de América latina, en el que las independencias fueron conquistadas por los descendientes de los colonizadores, la continuidad del colonialismo asumió una forma específica, el colonialismo interno al que fueron sometidos los pueblos indígenas y los pueblos de matriz africana, descendientes de esclavizados. Los “modelos de desarrollo” de los últimos 150 años han ignorado sistemáticamente los intereses, las aspiraciones y las culturas de estos pueblos.

Si López Obrador insiste en cualquier variante de estos modelos no puede sorprenderse si, en lugar de disculpas, los pueblos indígenas le exigen respeto efectivo por sus culturas y territorios, así como el abandono de megaproyectos y de políticas neoextractivistas una vez rechazados por las poblaciones después de ser previamente consultadas de manera informada y de buena fe. Al reclamar disculpas al colonizador y al comprometerse su gobierno en el mismo proceso, López Obrador trae algo nuevo a la polémica sobre la justicia histórica. Asume la estatura de una sinceridad política trágica en el sentido de la tragedia griega. Se mueve en el filo de una navaja que lo puede desequilibrar hacia la caída en el propio movimiento de levantarse. Sabe, quizá mejor que nadie, que presenta hoy el máximo de conciencia social posible de un modelo de desarrollo de vocación antisocial destinado a crear rentabilidades que en gran proporción irán a los bolsillos de intereses capitalistas globales. Sabe que el capitalismo de hoy, dominado por el capital financiero, solo acepta negociar los términos del saqueo si el pillaje no se cuestiona. Sabe que, con una u otra variante, este modelo fracasó en otros países de América Latina en tiempos muy recientes (Brasil, Argentina, Ecuador, Venezuela). Tiene al norte un muro imperial, vergonzoso, demasiado sólido para derretirse con la sangre de quien intenta pasar a través de él. En él está depositada la esperanza que queda en un continente desgarrado por el imperialismo estadounidense y europeo con la complicidad de las élites locales que nunca toleraron que las clases populares, los de abajo, soñaran con el fin del colonialismo. En estas condiciones, quien es responsable de la esperanza lo es también de la frustración. La respuesta del rey de España no fue un buen presagio. Pero también es verdad que de un rey de nada no se puede esperar todo.


Fuente: https://blogs.publico.es/espejos-extranos/2019/04/11/en-la-era-del-perdon-o-de-la-agresion/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico

domingo, 11 de noviembre de 2018

La violación colonial: seis siglos de abusos sexuales

La historia de la colonización abre el debate sobre la herencia que ha dejado en las sociedades actuales un sistema de dominación en el que la sexualidad jugó un papel clave

https://estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/7/2/zentauroepp45592878-mas-periodico-tema-colonialismo-sexual-blanco-negro-1907-f181106200308-1541531191327.jpg

 El pasado deja un rastro –y no siempre honorable– en la memoria colectiva de los pueblos. Tarde o temprano reaparece perpetuando patrones que imaginábamos desaparecidos. A veces, lo que creíamos secundario o anecdótico no lo es tanto y la historia revela que ciertos fenómenos han sido esenciales en la creación de estereotipos sobre los que reposan muchos sistemas de dominación. El relato de los imperios coloniales no escapa a ese principio. El terreno conquistado lo era también a través de los cuerpos y la sexualidad, un elemento fundamental de las relaciones de poder que, como la violencia contra las mujeres, está lejos de ser cosa del pasado.

En 'Sexe, race et colonies' ('Sexo, raza y colonias') publicado recientemente en Francia por La Découverte, un grupo de 97 investigadores internacionales –historiadores, antropólogos y sociólogos– analiza un total de 1.200 imágenes –grabados, pinturas, fotografías, carteles, ilustraciones y tarjetas postales– generados en seis siglos de historia colonial, desde 1490 hasta los procesos de descolonización de los años setenta.

Bajo la dirección de Pascal Blanchard, Nicolas Bancel, Gilles Boëtsch, Christelle Taraud y Dominic Thomas, su tesis es que esta vasta iconografía muestra que hubo una suerte de depredación sexual a escala mundial en los territorios colonizados por las potencias imperiales y en las prácticas esclavistas de EEUU.

Pintura de Paul Gauguin titulada 'Nevermore o Taïti'. / EFE
Mirada sesgadaLas huellas de esa historia, a menudo tabú, son hoy reconocibles en las relaciones con las antiguas colonias, los flujos migratorios o los problemas de identidad en las sociedades multiculturales. La voluminosa obra sorprende por la rotundidad con la que aborda la violencia y la fascinación que trasluce la mirada sesgada de Occidente sobre el cuerpo del otro, y reabre el debate sobre la superioridad del mundo occidental 40 años después de que Edward Said denunciara en 'Orientalismo' los clichés ideológicos que alimentan las estrategias del poder.

'Sexe, race et colonies' defiende que la sexualidad en el contexto esclavista o colonial «no se pueden considerar como un asunto privado, individual o grupal, sino como un gran objetivo de la dominación tanto del pasado como del presente». La historia colonial es un acto de virilidad. Las mujeres se poseen, son objetos de intercambio y de rivalidad masculina.

De Gauguin a Man Ray
La literatura, la prensa, las artes, la radio, el cine, el vídeo y la televisión sirvieron para que los imperios coloniales construyeran una idea del otro. Los principales artistas del XIX y principios del XX beben de esta pasión por las colonias, como Paul Gauguin y sus 'Désirs troubles', Auguste Rodin y sus bailarinas camboyanas, Pablo Picasso y sus artes negras o Man Ray y su mítica fotografía 'Negro y blanco'.

Las imágenes alimentaron las fantasías sexuales de la metrópoli y comercializaron un erotismo y una pornografía muy rentables. «Esta inmensa producción se convierte en un auténtico género que irriga Occidente y aproxima a la metrópoli de estos paraísos sexuales que se supone que son los espacios colonizados». Los coordinadores de la obra, Pascal Blanchard y Christelle Taraud, han respondido telefónicamente a las preguntas de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA.

La mítica obra de Man Ray titulada 'Negro y blanco'. / EFE
 ¿Actuaron todos los imperios de la misma manera? 
Pascal Blanchard: No. Cada uno desarrolló una matriz y unas prácticas específicas. En los primeros conquistadores portugueses y españoles en América hay una verdadera fascinación por el cuerpo del otro que se refleja en grabados y pinturas. Los británicos tienen una parte moralista y prohíben a los oficiales casarse con mujeres indias, mientras que italianos o portugueses promueven el mestizaje. Los franceses y los holandeses, por ejemplo, organizaron bien la prostitución. Cuando el Ejército francés llega a Argel en 1830 una de las primeras cosas que crea son los burdeles. Las mujeres jóvenes necesitaban el permiso de los servicios de higiene franceses para ejercer la prostitución. En el caso de los japoneses, su sistema fue el más brutal de todo el sudeste asiático.

¿Cuál fue el papel de la Iglesia?
P. B.: Fue particularmente paradójico, porque, por un lado, tiene un discurso teórico muy moralista de rechazo a la libertad sexual pero, por otro, cierra los ojos ante las prácticas de ultramar, que se conciben como el reposo del guerrero.  Esta doble moral también se da en los imperios coloniales del siglo XIX que prohíben la mezcla interracial mientras paralelamente organizan la prostitución. Se admite el principio de una segunda esposa y se autoriza tácitamente la relación sexual. Esa ambigüedad, ese juego de ida y vuelta entre el discurso oficial y la práctica real es lo que se ve en el libro.

Tarjeta postal en la que aparece un africano bien dotado. /OLIVIER AUGER
 ¿Qué cambia cuando a mediados del siglo XIX la mujer blanca llega a las colonias?
Christelle Taraud: Si antes la sexualidad mixta estaba tolerada e incluso las esposas y los hijos eran reconocidos como tales –por ejemplo, en las primeras fases de la colonización portuguesa los exploradores llevaban a sus hijos mestizos a Lisboa y Oporto–, ese modelo se rompe al fijarse la  llamada 'color line'. Las mujeres blancas defienden sus derechos y exigen la expulsión de las primeras familias, marginándolas. Habrá una esposa legítima para la reproducción y una categoría de mujeres cada vez más próximas de la prostitución. Hay un rechazo social hacia las primeras esposas con el objetivo de estigmatizarlas e impedir que sus hijos se consideran legítimos. Hay una doble sociedad, una doble moral y una doble familia. Los hombres tenían una en la casa colonial y otra en la plantación o en los barrios pobres de la ciudad.

P. B.: Un segundo elemento importante es que tocar a la mujer blanca se convierte en una prohibición absoluta porque está ligado a la superioridad racial. Su cuerpo es puro y no puede ser tocado por el hombre indígena.

Dos atractivas muchachas vietnamitas (en ese momento, de Tonkin), en una tarjeta postal. / OLIVIER AUGER
 ¿En el espacio colonial estaba todo permitido?
P. B.: Los límites a la dominación masculina –y había pocos– no existían. Para quienes iban a las colonias aquello era un paraíso sexual y lo sabían. Había una doble amoralidad. Allí no era condenable ser un pedófilo, como el pintor Gauguin. El concepto de violación no existía porque se consideraba que el hombre blanco tenía derecho a poseer el cuerpo de la mujer, como podía usar el del hombre como fuerza de trabajo. No hubo un sistema organizado de violación, pero sí de prostitución.

Si ves los carteles militares españoles, portugueses, alemanes y franceses para reclutar soldados siempre hay lo mismo: paisaje, aventura, cactus, cocoteros y una mujer con los pechos descubiertos.

Los grandes pintores orientalistas del XIX y los africanistas del principio del XX o el cine colonial ofrecen una visión exótica del cuerpo de la mujer. Hoy empezamos a entender su impacto en el debate sobre la sexualidad y las relaciones interraciales, especialmente en sociedades mestizas.

¿Qué rastro ha dejado la historia colonial en el presente?
C. T.: Hay varios espacios donde se observa la reproducción de estos estereotipos. El primero en el llamado mercado matrimonial globalizado, es decir hombres –y no solo blancos occidentales– de países ricos que buscan mujeres en función de clichés de la época colonial. Por ejemplo, a las magrebís se las representa como lascivas, a las negras con una sexualidad salvaje y a las asiáticas sumisas.

Detalle de la portada del semanario 'Voilà', en la que aparece una sensual odalisca marroquí. /ACHAC
 El segundo es el turismo sexual y el tercero es la industria pornográfica. Pero el árbol no deja ver el bosque porque el estereotipo de la dominación masculina nos influye individual y colectivamente a través del cine, las exposiciones, la publicidad, los libros, el cómic... Es inquietante porque, cuando vemos una imagen violenta nos damos cuenta enseguida de que es violenta, pero cuando se trata de una violencia sistémica no vemos el problema.

P.B.: Todos los mercados actuales del turismo sexual están en los países del sur (Haití, Senegal, Kenia, Marruecos, Tailandia, Filipinas). Con alguna evolución, el mapa es el mismo que el de las antiguas colonias. Países que eran encrucijadas militares, Yibuti, por ejemplo, en el imperio otomano o Kenia para los ingleses y Senegal para Francia. Marruecos era el inmenso burdel del imperio colonial francés, como Tailandia y Filipinas, y Cuba una etapa en el viaje de los marines norteamericanos.

Las construcciones simbólicas del Estado colonial se ven también en la producción pornográfica en la web. La fantasía del hombre negro y la mujer rubia perdura en la cultura capitalista. En Francia, las jóvenes con velo eran las más demandadas en internet y en los países musulmanes, unos de los mayores consumidores de pornografía, la imagen de la mujer blanca tomada por los árabes, asiáticos o africanos.

El libro ha recibido duras críticas. Se le reprocha haber caído en la trampa de la fascinación y se cuestiona el uso de las imágenes.
C. T.: Cuando la dominación pasa masivamente por las imágenes hay que mostrarlas y abrir un debate sobre lo que representan en el pasado y su peso en el presente.  Rechazo la crítica de que estas imágenes pertenecen a una comunidad particular, porque se trata de una historia común, la de los colonizados y la de los colonizadores. La violencia es compartida, así que debemos trabajar juntos para no reproducir los mecanismos que han producido la segregación.
P. B.: Es normal que la gente se haga preguntas. Eso forma parte del debate científico e intelectual porque es un tema contemporáneo que afecta a lo emocional.

 ¿El estudio puede alimentar el debate sobre la relación hombre-mujer como lo ha hecho el movimiento #Me Too?
C. T.: Lo creo firmemente. Además de historiadora, soy militante feminista desde hace 30 años y estoy convencida de que una obra como esta aporta su grano de arena a la crítica sobre la violencia del sistema de dominación en las sociedades patriarcales. Afecta a todas las mujeres, aunque no a todas por igual. Algunas sufren una doble pena porque son pobres, sufren discriminación por su pertenencia a una raza o a una minoría o por su confesión religiosa. En este momento, grandes escándalos como el acoso sexual, la violencia doméstica, el maltrato y la violación están íntimamente relacionados con la dominación sexual. El núcleo de la dominación patriarcal es la sexualidad.

El epílogo
Las 544 páginas que contiene el libro se cierran con una reflexión en el epílogo de la escritora marroquí Leila Slimani, premio Goncourt 2016 por Canción dulce y autora de Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos (2017):  «No se debería hablar del velo, de Trump, del turismo sexual en los países del sur, del gran remplazo, de la violencia policial hacia los negros, de los migrantes o del día de Año Nuevo en Colonia sin haber leído el texto precedente».

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20181110/violacion-colonial-seis-siglos-abusos-sexuales-7132168?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=cm

sábado, 13 de octubre de 2018

Colón, Cortés y otros malditos

Con motivo de la celebración de la llegada de Cristóbal Colón a Guanahani (sin tilde), como cada año, se desatan comentarios al respecto, en los que van desde “no nos descubrieron” (“los puristas”); “debió llamarse Colombia” (el continente); “Colón era un ignorante, no llegó a la India” (los “doctos”); hasta los que reavivan el rencor y resaltan el odio al español “que nos asesinó, violó a nuestras mujeres y robó nuestro oro”.

¿Nos asesinaron los españoles, nos robaron el oro? 
Si los españoles no hubieran llegado a lo que hoy es México, nosotros, simplemente No existiríamos (o tal vez estaríamos odiando a los portugueses, franceses o ingleses, si ellos hubieran llegado antes).La historia de Europa está repleta de crueldades, abusos y crímenes de todo tipo, pero no por ello se odia a los romanos (italianos), anglosajones, franceses o alemanes. Esto no significa justificar ninguna guerra, aunque sea en nombre de Dios.

Con los habitantes primigenios de México no ocurrió como con la España invadida por los moros, por ejemplo, donde la separación de razas se mantuvo fuertemente (hasta cierto punto). Acá hubo una mezcla y es lo que hoy somos: mexicanos.

Así, odiamos lo español, pero, ¿a qué dios adoramos? ¿Qué idioma hablamos y escribimos? ¿De dónde vinieron la música, los instrumentos, el caballo y la vestimenta del charro…?

Es realmente curioso: los que pretenden ser indígenas, aborrecen al español que dicen los “destruyó”, pero se sienten orgullosos de sus costumbres católicas, que los frailes obligaron a seguir a los primeros mexicanos.

Por otro lado, no fueron los españoles quienes vencieron al gran imperio azteca. Eran como medio millar de españoles. Sin la ayuda de otras tribus, no habrían vencido.

No se entiende que tan reducido grupo venciera a tantos miles. Claro, también tuvo participación la “guerra bacteriológica” que, sin querer, trajeron: viruela, peste, tifoidea, sarampión… que mató indios a pasto.

Los azteca eran más o menos como los romanos, dominaban a la mayoría de naciones y les exigían tributos para dejarlos en paz. Este hartazgo se puede leer cuando se quejan los habitantes de Teocalhueyacan: “Motecuzohzoma y los mexicanos nos hacen muy desgraciados, nos atormentan mucho. ¡Hasta las narices nos ha llegado la miseria!” (Códice Florentino. Cap. XXVI). Citado por Tzvetan Todorov en Relatos aztecas de la conquista.

Como los tlaxcalteca eran pobres, “nomás” entregaban unos cinco mil jóvenes para que los del Imperio les sacaran el corazón. Por eso, ellos, los tlaxcalteca, totonaca y otros se aliaron a los europeos para quitarse el yugo azteca (también por eso los purépecha no acudieron al llamado de Cuitláhuac). Cortés solamente utilizó el odio contra los azteca para ganar.

En ese tiempo no existía el concepto de “nacionalidad mexicana”, se habla de eso después de la Independencia.

Por eso no se puede decir que “nos robaron nuestro oro”, ¿cuál? No existíamos como nación. Si hubiera existido un concepto parecido, la gran alianza que se diera hubiera impedido la destrucción de esas culturas… por un tiempo.

Afirma Enrique Krauze en su libro De héroes y mitos:

“[…] una actitud que los ideólogos suelen confundir con el nacionalismo: el patriotismo.

“Agresivo o defensivo, el nacionalismo presupone la afirmación de lo propio a costa de lo ajeno. Es una actitud que pertenece a la esfera de poder.

“El patriotismo, en cambio, es un sentimiento de filiación: pertenece a la esfera del amor. […] La duda metódica y la búsqueda de la verdad deben desplazar a la admiración sentimental. La Historia de Bronce debe someterse a una crítica severa, en varias direcciones”.

Los azteca, odiados y temidos



Una de las tribus nahuas más pobres llega al valle del Anáhuac cuando ya están asentadas varias tribus; por eso les llaman “azteca” (“cuyo rostro nadie conoce”). Ellos se llamaban a sí mismos tenochca y luego mexica (no había plural). Piden permiso a los tepaneca para pasar por sus tierras y se establecen en Chapultepec. Ahí viven tranquilos un tiempo hasta que se les ocurre (como a los romanos con las sabinas) robar mujeres de Tenayuca.

Es la primera vez que otros se unen para atacarlos. Irritados tepaneca, colhua y xochimilca, los vencen y los hacen esclavos, incluido su jefe Huitzílhuitl; una parte escapa a los islotes del lago. A otro núcleo tenochca, el señor de Culhuacán, Cóxcox, le dio permiso (con la idea de que murieran envenenados) para vivir en Tizapán, lugar de serpientes venenosas. Los azteca se las comen.

Los tenochca ganan prestigio luchando al lado de Cóxcox en la guerra contra Xochimilco y le piden a su hija para esposa de su jefe. Cóxcox accede. Los azteca lo invitan a la ceremonia, a la que acude el feliz padre, sólo para ver que los agradecidos tenochca sacrifican y desuellan a su hija, con cuya piel se viste un sacerdote (este ritual de quitar la piel y vestírsela seguirá en honor de Xipe Totec).
Ante el enojo de Culhuacán, los tenochca huyen al lago y se unen a sus hermanos ya establecidos ahí. Pasa el tiempo y convencen de nuevo a los de Culhuacán de que le otorgue un jefe para fundar una dinastía y así llega Acamapichtli.

Más tarde, en época de Itzcóatl (con quien comienza el poderío azteca) y, ante la actitud del jefe de Azcapotzalco, Maxtla,, al asesinar a Chimalpopoca, de Texcoco, y también al señor de Tlatelolco, se unen con los texcocanos y los de Tlacopan y se crea la famosa Triple Alianza.

Los tenochcas resultan más listos. Primero, se reparten el botín mayor entre ellos y los de Texcoco, dejando lo menor para Tlacopan, y luego se alzan como los líderes (en su historia, los triunfos sólo se los anotan ellos; los texcocanos sí le dan el crédito al azteca).

Es desde ésta época que Tlacaelel comienza a ser el poder tras el trono, y aconseja a Itzcóatl de que los códices anteriores a ellos sean quemados; los desaparecen y “rehacen” la historia. Es posible que por esta fechas haya nacido el mito del nopal y la serpiente.

Con Itzcóatl se inicia el avasallamiento de las tribus de Mesoamérica. Se incrementa con Moctezuma I, quien revivió la Guerra Florida (conseguir prisioneros para el sacrificio; sólo los de Tlaxcala proporcionaban más de cinco mil al año). Se entiende el odio tlaxcalteca.

Axayácatl es quien amplía los dominios hasta Oaxaca y Tehuantepec. Pero sufre una gran derrota contra los purépecha. En esta época entran en guerra con sus aliados de Tlatelolco.

Tenochtitlán sigue encumbrándose, los azteca son temidos y odiados. La mayoría de tribus no comparte su gusto por la carne humana. Los mexicas se comen a los prisioneros en rituales a Huitzilopochtli (aunque hay una tesis que apunta en otro sentido. Juan Miralles, autor de Hernán Cortés, inventor de México, ed. Tusquets, afirma que los aztecas, también practicaban el “canibalismo gastronómico”).

Con la subida al trono de Ahuítzotl, el imperio se extiende hasta Guatemala y hasta donde hoy es Tamaulipas. Para la inauguración del Templo Mayor emprende una campaña de dos años por el norte de Oaxaca y alcanza el récord en sacrificios humanos: Más de veinte mil víctimas fueron inmoladas en honor del dios de la guerra en 1487. El mismo Ahuítzotl sacaba los corazones acompañado de su aliado Nezahualpilli, quien no heredó la sensibilidad de su padre Nezahualcóyotl.

Ante esta “hazaña”, que se conoció “en los confines de Mesoamérica, todos temblaron ante la idea de que el rey azteca llegara reclutar prisioneros”. Este pavor, deformó el nombre y durante mucho tiempo en México se llamó “Ahuizote” a quien se le teme constantemente. El “Coco”.

Se entiende también por qué los señoríos zapoteca del valle de Oaxaca y de Tehuantepec, no presentan guerra a los españoles. Como las otras tribus sojuzgadas, los ven como a sus libertadores; porque muy dóciles no eran los zapotecas, como lo demostraron en el sitio de Guiengola:
“[…] de solamente las cabezas de los mexicanos, los naturales desta provincia hicieron una albarrada [muro o barda de piedra] que está en un cerro, que estará [a] dos leguas desta villa, que era antiguamente fuerza desta provincia […]” (Acuña, 1984: II: 114-115).

El último señor que disfrutó el poder fue Moctezuma el Joven, quien todavía pudo ofrecer a su dios de la Guerra “doce mil cautivos de una provincia de Oaxaca”. Lo dicen Tezozómoc, Torquemada y Durán, según Hubert. H. Bancroft.

Finalmente este Moctezuma rompió con lo último que le podría ser de ayuda: Texcoco. Resulta que Nezahulpilli se había casado con una hermana del rey azteca, quien resultó medio ninfómana. Hay que recordar que las leyes eran muy estrictas en este sentido, por lo que, en 1498, al caerle el señor Texcocano en la maroma a su consorte con varios mancebos, hizo uso de su derecho y la asesinó. Los tenochca mucho se enojaron, pero no pudieron hace nada.

Fue más tarde que el rencoroso Moctezuma se vengó al dejar que el ejército texcocano cayera y fuera destruido en una emboscada y, a la muerte de Nezahualpilli en 1516, el azteca nombró al sucesor sin tomar en cuenta al Consejo de Texcoco. El aspirante se levantó en armas y la alianza se rompió, para futuro infortunio de Moctezuma. Sólo faltaba que llegara Cortés.

Mesoamérica, como el resto del continente, estaba constituido por “naciones” o ciudades-Estado más o menos como en la Grecia de Alejandro Magno, como Atenas o Esparta (aunque no era una ciudad), o como los reinos italianos del Renacimiento: el de Nápoles, el de Venecia…

Es decir, no existía una nación como hoy la concebimos. Por eso se entiende la participación de los totonaca, tlaxcalteca o texcocano, en contra de los azteca. Por eso también no podemos decir: “nos robaron, violaron a nuestras mujeres…”, somos producto de españoles e indios. A menos que exista alguno que tenga más de 500 años de edad y sea de sangre pura, puede decir eso.

La Historia de Bronce
El culto a los héroes es casi tan antiguo como la humanidad, pero en México, se lleva a una exaltación tal, que se cree se debe a la sustitución del antiguo orden religioso que se comenzó a desplazar después de la Independencia; así se observa en la devoción que se le muestra a los huesos de nuestros héroes, como a las reliquias de un santo.

Ese encumbramiento o glorificación de los héroes sirvió para consolidar la identidad nacional y legitimaron la creación de la República. Así nació la “Historia de Bronce”, comenzando por Cuauhtémoc, que es héroe aunque haya sido derrotado. La exteriorización está en los versos del gran José Alfredo: “Con dinero y sin dinero […] sigo siendo el rey”.

Estas ideas chovinistas o patrioteras (creencia que lo del país o región o pueblo al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto), alcanzan su máxima expresión con José Vasconcelos al frente de la SEP. Todo lo indio se sublima: en libros, películas, en los murales que pintan nuestros grandes pintores, en poemas y canciones.

Eso se enseña en la escuela, donde se nos dice que los españoles “nos invadieron, nos robaron”… Identificándonos con los indios, con los derrotados…

Aquí sale ganando la Iglesia católica, porque, también por eso, dice Octavio Paz: “El mexicano venera al Cristo sangrante y humillado, golpeado por los soldados, condenado por los jueces, porque ve en él la imagen transfigurada de su propio destino. Y esto mismo lo lleva reconocerse en Cuauhtémoc, el joven emperador azteca destronado, torturado y asesinado por Cortés”.

Subliminalmente, se nos obligó a pensar que somos azteca, cuando hay descendientes de indígenas de lugares donde nunca se paró un mexica. Se nos hizo ver a nuestros héroes como dioses. Y deidades únicas a quienes hay que venerar y reverenciar ciegamente. Por eso sería un delito decir que Benito Juárez no habría podido lograr la gran obra sin colaboración de otros, por ejemplo.

Como se ocultó el pasado sanguinario de los azteca se nos ocultan los datos negativos de los próceres, que, finalmente, son seres humanos. No se habla de los asesinatos de Hidalgo, ni de las violaciones de los “villistas” o se disimula la decidida participación de la Iglesia en contra de la mayoría de las luchas.

O se expulsa del panteón liberal de la patria a quienes la “traicionaron”. Como a Miguel Miramón, que fue uno de los “niños héroes”, pero en la Guerra de Reforma estuvo del lado contrario y apoyó el Segundo Imperio.

O se omiten las acciones desprestigiantes del Ejército mexicano. (Hay qué ver cómo se pusieron los generales cuando se habló del ’68 en los libros de texto).
O se inventan mitos, como el vuelo con bandera de Juan Escutia; la hazaña del “Pípila”…

Nos “conquistaron” y nos cambiaron el color…
Sobre el tema inicial, señala Luis González de Alba en su libro Las mentiras de mis maestros:
“La psicología social mexicana tiene un magnífico tema de investigación en nuestra identificación con los vencidos y no con los vencedores, siendo hijos de ambos. Decimos que ‘ellos’, los españoles, llegaron y ‘nos’ conquistaron. ¿Por qué nos llamamos conquistados si también somos conquistadores? ¿No tenemos ojos de todos los colores y pieles de todas las tonalidades? ¿No nos llamamos Carlos, Miguel, Antonio, María, Carmen? Nos apellidamos González, López, Payán, Cárdenas, Aguilar, Toledo, Segovia, Cortés. La idílica y tonta visión que tenemos del imperio azteca la pensamos en español y cuando insultamos a España la insultamos en español. Un pueblo urgido de psicoanálisis éste, donde, a pesar de tanto indigenismo, los indios no pueden ni levantarse en armas sin que un güerito se lleve los reflectores: fatalidad digna de estudio”.

En El reverso de la Conquista (1963), un gran estudioso de la cultura prehispánica, Miguel León Portilla, ya señalaba que no podemos desligarnos de la otra parte de nuestro origen:
“Estamos persuadidos de que, acercándonos a la historia y a la literatura indígenas, sin hacer supresión anacrónica e imposible de lo Occidental, que es ya también nuestro, acabaremos de comprender en un contexto universal y humano nuestras raíces, nuestra deficiencias y verdadera grandeza para el presente y el porvenir”.

Hace más de ochenta años, Samuel Ramos, publicó El perfil del hombre y la cultura en México (1934), tomando como base las teorías de Adler dijo que el mexicano (de cualquier clase social) sufre un complejo de inferioridad. Debido a su baja autoestima se auto denigra, por eso imita otras formas de vida o de cultura. Octavio Paz hizo lo propio con El laberinto de la soledad en 1950.

Aunque algunos han criticado algunas posiciones de Ramos y de Paz, muchos de sus preceptos están vigentes. Porque la educación ha tenido más tiempo de inducir las ideas nacionalistas, que no patriotas, en los mexicanos. Y la Iglesia católica ha continuado su arduo trabajo de alienación.


Sobre esa Historia de Bronce (sin mencionarla) dice Paz. “Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan prestado atención. El mexicano no quiere ser indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada […]. Es pasmoso que un país […] sólo se conciba como negación de su origen”.

Estamos en un nuevo siglo, hay que estudiar de nuevo la historia. Esa historia que unificaron los gobiernos para fundamentar su proyecto de nación debe quedar a un lado. Eso ha dejado un culto morboso o necrófilo por los huesos de los héroes. Ha impregnado el alma de rencor, no ha permitido cicatrizar las llagas… no nos permite ver claramente el pasado ni entender el presente.

Esa historia también sirve para que los políticos o gobernantes en turno, se “vistan” de patriotas, hagan guardias, inauguren monumentos, presidan ceremonias, entreguen ofrendas y hagan discursos.

lunes, 21 de abril de 2014

Atrocidades coloniales: historia y amnesia

El historiador Paul Doolan (University of Zurich y Zurich International School) escribe un apreciable blog que lleva su nombre donde trata asuntos relativos a su materia, pero también a cuestiones políticas, de arte y literatura. Además, suele incidir muy especialmente en el problema de la memoria y, más en particular, en cómo funciona en las antiguas metrópolis y colonias del Extremo Oriente. Esa mirada le ha llevado a colaborar con el valioso blog Imperial & Global Forum, del Centre for Imperial and Global History del History Department de la University of Exeter, para el que ha redactado una entrada titulada “Dutch Imperial Past Returns to Haunt the Netherlands“. devolkskrantEl texto, a pesar de su brevedad, aborda varios asuntos, todos ellos relacionados con lo anunciado, incluyendo algunos que sonarán al lector español (como el asunto de las fuentes y los archivos; o el papel del gobierno en cuanto al esclarecimiento imparcial del pasado), razón por la cual lo reproducimos: 

En julio de 2012, un periódico holandés, de Volkskrant, publicó dos fotos en su portada que mosraban a soldados holandeses disparando y matando brutalmente a víctimas inermes en una fosa común. Las imágenes impactaron a una nación que se enorgullece de ser recta y humanitaria. No importa que las fotos tuvieran casi 70 años de antigüedad. Encontradas en un vertedero, eran, de hecho, las primeras fotos que se publicaban de soldados holandeses matando a indonesios durante una guerra de descolonización que todavía se conoce eufemísticamente como una “acción policial”. 

¿Por qué este tipo de imágenes tardaron tanto tiempo en llegar al público? 

Sólo un mes antes, el noticiario de la televisión holandesa, así como los periódicos de circulación nacional, habían informado de que tres destacados institutos holandeses de investigación histórica solicitaban al gobierno holandés que asignara fondos para iniciar un proyecto de investigación que permitiera descubrir lo que había sucedido en las Indias Orientales Holandesas durante el período de la descolonización, entre 1945-1949. El gobierno decidió, lo que tal vez no era del todo sorprendente, no hacer tal cosa. En una entrevista en diciembre de 2013, el Ministro de Asuntos Exteriores, Frans Timmermans, tuvo que defender su cambio de rumbo, porque como miembro del Parlamento había apoyado la llamada en pro de una investigación a gran escala sobre las atrocidades holandesas. Sin embargo, una vez nombrado ministro, cambió rápidamente de opinión. Ahora afirmaba que este tipo de investigación supondría”dañar nuestra relación con Indonesia. Y ese no es el interés de los Países Bajos”. En otras palabras, el negocio se antepone a un acuerdo sobre la descolonización holandesa.


Una de las dos fotos publicadas por De Volkskrant en julio de 2012. La imagen parece mostrar a tres indonesios de pie en una fosa común antes de ser ejecutados por los soldados holandeses

 Allí donde los historiadores han fracasado, los defensores de derechos humanos han tenido éxito. La abogada de derechos humanos Profesora Liesbeth Zegveld ha llevados dos veces el Estado holandés ante los tribunales por la masacre de civiles en Indonesia, y en ambas ocasiones ha ganado. En septiembre de 2011 un tribunal holandés reconoció que los soldados holandeses habían masacrado a cientos de civiles en la aldea indonesia de Rawagede, y el tribunal ordenó al Estado holandés a pagar una indemnización de 20.000 euros a los clientes de Zegveld, las viudas de nueve hombres que habían muerto. Luego, Zegveld  representó a 10 viudas de fallecidos en las masacres holandeses de la isla de Sulawesi del Sur, y en 2013 ganó el caso. Esto llevó al gobierno holandés a emitir una disculpa oficial a Indonesia y a anunciar que iba a indemnizar a todas las víctimas. Dicho lo cual, en el momento de escribir esto (marzo de 2014) solo una de las 10 viudas de Sulawesi del Sur ha recibido la indemnización. 
 
Es lamentable aquella situación en la que cualquier aspecto del pasado de una nación, no importa lo sórdido que sea, sigue siendo un misterio. Y lo es aún más cuando un gobierno se demuestra reacio a patrocinar una investigación concertada, dejando así a una parte sustancial de la profesión histórica en una inercia deplorable y haciendo, en cambio, que la tarea de los abogados sea interpretar el pasado. 

Por supuesto, esta activa amnesia no es nada nuevo. A pesar de tener una historia colonial en el sudeste de Asia, que comprende más de 350 años, los años cruciales de la descolonización de las Indias Orientales Holandesas son especialmente notables por su ausencia en la narración cultural de la nación. 

En 1980, más de treinta años después de que el gobierno holandés se viera obligado a reconocer la independencia de la República de Indonesia, el eminente historiador holandés H.L. Wesseling todavía podía escribir sobre “algún tipo de resaca imperial” dentro de la sociedad holandesa, según la cual “la transferencia abrupta del poder dio paso a un silencio atronador”. Casi dos décadas más tarde, el historiador holandés, Vincent J.H. Houben podía repetir la queja de Wesseling: “Lo que se destaca es que el pasado colonial de Holanda, el período de 1945 a 1949 en particular, es hoy un tabú, tanto como lo era antes”. Houben era bastante franco cuando señalaba con el dedo a los responsables de implementar y mantener este régimen de silencio: “los políticos, pero también los historiadores y los periodistas, han fracasado”. Andrew Goss comentó que, si bien en la década de 1950 el mundo académico había pasado de puntillas aobre la experiencia colonial holandesa en las Indias Orientales, en los últimos años se había  producido una avalancha de publicaciones sobre la experiencia colonial, incluyendo memorias, foto-libros, diarios e historias de colonialismo. Goss concluye que “esta resurrección nostálgica del imperio va en detrimento de la capacidad de la nación holandesa para aceptar su responsabilidad por los graves crímenes de guerra  cometidos durante las `acciones policiales´ de 1947 y 1948″.  

De hecho, esta nostalgia por el imperio, que es característica de gran parte de lo que se publica acerca de la experiencia colonial holandesa,   proporciona, en parte al menos, un filtro con el que apartar los recuerdos más desagradables. Las librerías, si tienen algo sobre las Indias Orientales Holandesas, serán principalmente álbumes de fotografías y recuerdos de la vida en los campos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, pero (con algunas notables excepciones  recientes), nada de los años de conflicto con los nacionalistas indonesios. 

Henk van den Doel, profesor de Historia en la Universidad de Leiden, rompió el silencio en 2000 con la publicación de su Afscheid van Indie [Dejando las Indias], un estudio crítico de la guerra y, sí, incluso se atrevió a hacer referencia al asunto consistentemente como una guerra. Y la última década ha sido testigo de un creciente número de publicaciones que se oponen a la visión comúnmente aceptada de la historia del país. Dos publicaciones recientes son el análisis de Louis Zweers sobre el uso de los medios de comunicación por parte del Estado durante el conflicto -De Gecensurerde Oorlog [La Guerra Censurada]-  y las memorias de Hans Goedkoop -De Laatste Man [El último hombre]-  ambos publicados en 2013 y ambos atacando los mitos nacionales. Y este año la televisión nacional holandesa incluso difundió una nueva serie de historia oral, After Liberation, sobre el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Uno de los episodios se dedica por completo a describir la experiencia de los soldados holandeses, así como los proyectos de los resistentes, durante el conflicto descolonizador en Indonesia.
Al impugnar décadas de silencio, los periódicos, la televisión, los tribunales de justicia y una nueva generación de historiadores y escritores están comenzando a poner al público frente a una historia difícil. Los acontecimientos de los últimos años han demostrado la persistencia de la herencia imperial europea; las verdades incómodas relacionadas con ella no deberían írsenos de las manos en silencio. De lo contrario, si lo enterramos muy profundamente, el pasado imperial puede volver a rondarnos.

 Fuente: http://clionauta.hypotheses.org/14208