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domingo, 5 de septiembre de 2021

Barbacena, la ciudad-manicomio que sobrevivió a la muerte atroz de 60.000 brasileños

Varios internos del manicomio Colonia en una fotografía tomada en 1959.Luis Alfredo / Ayuntamiento de Barbacena

Cuando João Bosco Siqueira cumplió 45 años, sus compañeros del cuerpo militar de bomberos le regalaron algo impagable: localizar a su madre. Aquella desconocida era la llave a los orígenes para este brasileño que nació en un manicomio y creció en un orfanato. Misión cumplida. El abrazo que tanto ansiaban doña Geralda y el hijo arrebatado ocurrió el 11 de noviembre de 2011 en un cuartel ante la mirada emocionada de decenas de uniformados. Un punto y aparte en las vidas de ambos. Solo 15 años tenía Geralda cuando dio a luz en el Hospital Colonia de Barbacena, a 500 kilómetros de São Paulo. Su patrón, un abogado, la llevó hasta allí para evitar el escándalo después de violarla y dejarla embarazada, cuenta Siqueira en una entrevista por videollamada. El dolor de rememorar el drama es tal que varias veces se detiene para contener el llanto y tomar aire antes de proseguir su relato. Antes y después de ella, decenas de miles de brasileños fueron abandonados en instituciones mentales de Barbacena, que pasó a ser conocida como la ciudad de los locos.

João Bosco y su madre, Geralda, que era una adolescente internada en el manicomio cuando dio a luz. Ambos se reencontraron cuatro décadas después.
João Bosco y su madre, Geralda, que era una adolescente internada en el manicomio cuando dio a luz. Ambos se reencontraron cuatro décadas después. Cortesía João Bosco

La mayoría de los internos, como Geralda, estaban cuerdos. Eran alcohólicos, sifilíticos, prostitutas, homosexuales, epilépticos, madres solteras, esposas a las que sustituir por una amante, inconformistas… supuestos desechos sociales a los que sus familias o la policía enviaban en trenes hasta esta ciudad del Estado de Minas Gerais. Unos 60.000 internos murieron de hambre, frío o diarrea durante nueve décadas hasta que cerró en los noventa. Malvivían desnudos forzados a trabajar como supuesta terapia en patios a la intemperie o celdas.

La ansiedad que el confinamiento de la pandemia ha causado a millones de personas en todo el mundo ha reavivado el debate sobre la salud mental y el estigma que aún la rodea. Un secretismo que ídolos como la gimnasta Simone Biles o la tenista Naomi Osaka ayudan a agrietar al hablar de sus problemas mentales.

Esposas que se utilizaban para contener a los internos, la mayoría de los cuales no eran enfermos mentales.
Esposas que se utilizaban para contener a los internos, la mayoría de los cuales no eran enfermos mentales.Flávio Tavares

 Barbacena llama la atención porque, en vez de enterrar la infamia perpetrada en nombre de la psiquiatría, las autoridades acordaron mirarla de frente. Convirtieron uno de los pabellones del Colonia en el Museo de la Locura, que ahora cumple 25 años, un aniversario que junto a una serie ha devuelto el asunto a la actualidad. Y, en sintonía con el movimiento internacional para humanizar la atención a los enfermos mentales, a partir del año 2000 emprendieron un cambio trascendental.

Esta ciudad que vivía de los psiquiátricos y el cultivo de rosas sustituyó esos depósitos de indeseables por residencias terapéuticas. “Hasta entonces no había límite. Entraba todo el que aparecía en la puerta. Empezamos a evaluarlos uno por uno y la mayoría no necesitaba ser internado. Los ingresos cayeron de 130 al mes a 30”, explica Flávia Vasques, coordinadora de la red pública de salud mental de esta ciudad de 140.000 habitantes, durante una entrevista en un ambulatorio.

El museo es un recorrido por las atrocidades sufridas por los miles de pacientes, algunas en consonancia con prácticas internacionales. “Eligieron llamarlo Museo de la Locura para despertar el interés del público y porque no remite solo a una historia local, sino que es una referencia para analizar el pasado, para preservarlo y que no se repita”, explica la directora del museo, Lucimar Pereira, mientras hace de guía.

Aprovechando el clima de montaña, nació como sanatorio para ricos, con teléfono y cubertería de plata, pero en 1903 se convirtió en el primer manicomio de Minas Gerais, que centralizó en Barbacena la atención psiquiátrica de este Estado tan grande como España.

El Colonia era un manicomio con cementerio, evidencia de que sanar no era la misión. Durante décadas, no hubo médicos ni enfermeras, sino meros guardas. El tratamiento era simple: pastillas azules o pastillas rosas en función de los síntomas, además de electrochoques y lobotomía, como mandaba entonces la medicina.

El tratamiento consistía en pastillas rosas o azules dependiendo de los síntomas, lobotomías o electrochoques sin anestesia. Hoy algunos de estos utensilios se exhiben en el museo de la locura.
El tratamiento consistía en pastillas rosas o azules dependiendo de los síntomas, lobotomías o electrochoques sin anestesia. Hoy algunos de estos utensilios se exhiben en el museo de la locura. Flávio Tavares

Cuando faltó espacio para dormir, los burócratas adoptaron una solución bautizada como lecho único que recomendaron extender a otros centros: fuera las camas, eliminadas. Sin ellas, cabían más pacientes. Los internos dormían arremolinados en el suelo para darse calor en las frías noches. Algunos morían asfixiados. A menudo los cuerdos enloquecían. Y ni después de muertos tuvieron piedad con ellos. Los cadáveres de más de 1.800 pacientes fueron vendidos a universidades hasta los años setenta. El resto era llevado en un carrito hasta el cementerio para ser arrojado a fosas comunes. Ahí sigue el camposanto, cerrado, pero una placa promete convertirlo un día en un memorial que combinará rosas y locura. Los alimentaban con purés putrefactos porque desterraron los cubiertos —en nombre de la seguridad—, de manera que tras décadas sin masticar muchos perdieron la dentadura.

“Hoy he estado en un campo de concentración nazi. En ningún lugar vi algo así”, declaró tras visitar el Colonia en 1979 el psiquiatra Franco Basaglia, impulsor de la reforma de los manicomios en Italia. Periodistas locales hicieron las primeras denuncias públicas en los sesenta y los setenta. Sus fotos y relatos causaron espanto, pero pronto cayeron en el olvido. La periodista Daniela Arbex era una adulta cuando tuvo la primera noticia del atroz episodio de la historia local. “Fui a buscar a los supervivientes. Y gracias a ellos conseguí rescatar lo que ocurría tras los muros”, explica al teléfono la autora del libro Holocausto brasileiro, de 2019. Un superventas que contribuyó a divulgar un horror del que muchos brasileños jamás han oído hablar. Ella insiste en que todos fueron cómplices: los médicos, las familias, los vecinos, la sociedad en general…

Bento Marcio da Silva, izquierda, y Zezé durante la fiesta del 60 cumpleaños del segundo en la residencia terapéutica de Barbácena en la que ambos viven. Antes estuvieron ingresados en psiquiátricos durante muchos años.
Bento Marcio da Silva, izquierda, y Zezé durante la fiesta del 60 cumpleaños del segundo en la residencia terapéutica de Barbácena en la que ambos viven. Antes estuvieron ingresados en psiquiátricos durante muchos años.Flávio Tavares

Siqueira cuenta desde la ciudad donde pasa el confinamiento con su familia que su madre, doña Geralda, vive todavía en Barbacena. Se veían cada mes hasta que el coronavirus lo trastocó todo. Al bombero le enerva que algunos vecinos crean que divulgar las atrocidades dañe la reputación local. Para él es el mejor antídoto para evitar que nadie más sea tratado de manera tan inhumana. “Aunque nací en la barbarie, soy fruto de una red de solidaridad”, insiste en referencia a las monjas y otros adultos de los orfanatos, que le guiaron cuando era un adolescente que envidiaba a quienes recibían alguna visita.

Bento Marcio da Silva siempre tuvo familia. Pero ha pasado la mitad de sus 57 años entrando y saliendo de psiquiátricos, incluido el Colonia. Habla con naturalidad de su enfermedad —“soy bipolar”— y de la batalla para que los psiquiatras le cambiaran la medicación que durante 15 años le causó terribles efectos secundarios. Cuenta entre risas que en sus momentos de euforia cantaba, cantaba, cantaba y cantaba sin descanso. ¿La respuesta? “Me ataban en una camilla, me ponían inyecciones aquí, aquí, aquí y aquí, y me tenían allí todo el día. Acababa totalmente empapado en orines y fluidos. ‘Si me dan Aldol voy a perder el juicio’, les decía, pero insistían”, relata. Nadie le escuchaba entonces. Durante años vagó por las carreteras de Brasil para evitar que lo encerraran de nuevo. “Llegué a tener la barba tan larga que me llamaban Bin Laden”, dice. Una imagen que contrasta con su coqueta elegancia actual.

Da Silva vive en una residencia terapéutica que el martes pasado estaba de fiesta porque Zezé, uno de los siete pacientes, cumplía 60 años. Resulta emocionante ver a estos hombres desatendidos y degradados durante tantos años concentrados en sujetar los cubiertos para llevarse a la boca un trozo de tarta o un vaso de coca cola sin cafeína. En el éxtasis del disfrute, Zezé se ríe tan fuerte que se le descoloca la dentadura postiza. Con sus muchas secuelas, parecen inmensamente felices mientras cantan Cumpleaños feliz. Ya no tienen miedo a los desconocidos ni a salir a la calle. Y los vecinos tampoco los temen, explica Leandra Melo Vidal, coordinadora de las 27 residencias repartidas por Barbacena, que conoce en detalle las historias de cada uno. La adoran.

Algunos de los supervivientes son muy dependientes, pero el cambio experimentado por otros es impresionante. “Con rehabilitación, fueron recuperando capacidades humanas como escoger”, decidir cuándo ducharse o qué ropa ponerse. Les costó abandonar las rutinas de los años intramuros o asumir que podían atesorar pertenencias, comer a placer. Al principio, los terapeutas creyeron que algunos eran mudos porque llevaban 50 años sin pronunciar una palabra —“quizá para protegerse”, aventura Vidal— hasta que un día recuperaron el habla.

Habitacion en el Hospital Colonia en 1959.
Habitacion en el Hospital Colonia en 1959.Luis Alfredo / Ayuntamiento de Barbacena

Mediante programas financiados por la sanidad pública, dejaron atrás una vida en psiquiátricos inhumanos para disfrutar juntos y con dignidad de la vejez. Existen legalmente, reciben una pensión. El proceso para vaciar los hospitales prosigue. Los 85 pacientes crónicos que siguen ingresados serán repartidos por municipios vecinos ante la saturación de Barbacena.

Cuando Geralda era una quinceañera que protestaba desconsolada porque le habían robado su bebé, fue tratada con electrochoque. “Llorar y protestar no te servirá de nada, no lo vas a volver a ver”, le advirtieron entonces. El bombero Siqueira, que le ha dado dos nietos, se alegra de que ella no sufra heridas más profundas: “Dios fue generoso con mi madre, que es una mujer simple, porque si fuera consciente de la violencia que sufrió se habría vuelto loca”.

Fuente: https://elpais.com/sociedad/2021-09-04/barbacena-la-ciudad-manicomio-que-sobrevivio-a-la-muerte-atroz-de-60000-brasilenos.html

 

domingo, 3 de enero de 2021

“Bajo los diagnósticos hay una ideología, unos intereses, una economía de mercado capitalista”

Fernando Colina y Manuel Desviat.
 Fernando Colina es a la (anti)psiquiatría lo que Goya a la pintura, zahorí de la sombra, y, aunque jubilado desde hace más de tres años, participa activamente en La Revolución Delirante, un movimiento de profesionales de la salud mental fundado en 2011, emparentado con la línea de acción de la psiquiatría democrática en Italia. Fue director del Hospital psiquiátrico Dr. Villacián y del área de psiquiatría del Hospital Universitario Río Hortega, ambas instituciones vallisoletanas.

Manuel Desviat también es médico psiquiatra; participó en el movimiento de denuncia del Hospital de Alcohete, dirigió la transformación del Hospital Psiquiátrico Nacional de Leganés y los servicios de Salud Mental del Área 9 de la Comunidad de Madrid. Ha coordinado y asesorado procesos de reforma psiquiátrica en España y en América Latina. Consultor temporal de la Organización Panamericana de Salud, pertenece al panel de expertos de la OMS. Dirige la recién creada colección Líneas de fuga, de la editorial Enclave de Libros.

Recién inaugurada esta nueva colección, Líneas de fuga, para pensar de otro modo el malestar y la locura y para instigar una acción colectiva. ¿Por qué es necesario repensarnos a este respecto?

Creemos que hay una necesidad de pensamiento crítico en la salud mental en nuestro país, la sociedad necesita que se la interrogue sobre determinadas cuestiones, por ejemplo de qué manera se produce la salud, cómo se enferma o qué se entiende por “sufrimiento psíquico”, que ayer se denominaba “alienación”, qué piensa frente a etiquetas y diagnósticos como esquizofrenia o trastorno bipolar. Todo ello con la certeza de que la salud mental no se agota en la psiquiatría, psicoanálisis o psicología, sino que precisa de otras disciplinas como economía, antropología o sociología para entenderse. Queremos dinamitar ese pensamiento reduccionista y hegemónico que entiende la salud como una lesión, al margen del sujeto y su deseo. Queremos analizar cuestiones que para nosotros son importantes, como la psiquiatría crítica, la relación entre el covid y el capitalismo, etc.

¿Cómo detectar a un loco? ¿Qué es aquello incurable en alguien, de haberlo?

No te sé contestar. No hay una línea clara y nítida que separe la locura y la cordura, hay una continuidad entre ellas, y por eso es difícil establecer un diagnóstico. Todo el libro está escrito contra el diagnóstico y la búsqueda de transmisión y continuidad. Todos podemos estar locos en algún momento, cada uno tiene su locura y su manera de estar en el mundo, lo que ocurre es que a algunos desgraciadamente se les capta, se les captura y se les encasilla, a veces por el simple hecho de que ellos mismos piden ayuda.

Ustedes defienden que la psiquiatría no debería de obsesionarse con curar sino con la emancipación de la otra persona, del paciente, pero asistimos a un baile de diagnósticos crónicos. ¿Cómo se le puede decir a alguien “esto es así, para siempre”?

Y eso a veces se le dice al loco a las dos horas, o menos, de estar hablando con él. Debajo de esos diagnósticos hay una ideología, unos intereses, una economía de mercado capitalista y una concepción de la vida. Tantas veces la psiquiatría en vez de ayudar se convierte en un centro de reclutamiento, de captación de pacientes… los acoges, les prestas atención, les das un certificado de minusvalía, una ayuda social, les incorporas a los servicios y ya tienes un crónico hecho. Igual puede tener 20 años, pero ya le has metido en el sistema y es dificilísimo salir de él.

¿Cómo opera el diagnóstico en la persona, en la familia, en la comunidad?

Si te diagnostican te afecta a todos los niveles: en el trabajo, en tu relación de pareja, con tus hijos, en tu propia identidad. Un diagnóstico hace que te creas algo, por tanto, que actúes como enfermo toda tu vida. Muchas veces tratamos de evitar a los enfermos episodios psicóticos, y para ello los dopamos, sin pararnos a pensar que es mejor que tengan algún episodio pero puedan vivir sin estar zombis. Entendemos que en la comunicación con la administración hace falta un código, y de ahí el diagnóstico, pero en tu informe tienes que contar qué le pasa al paciente, no lo que tiene. El diagnóstico forma parte del sistema económico mundial, tiene que ver con la medicación, con la clasificación internacional influida por las empresas farmacéuticas. Ese diagnóstico, además, ha de ser universal para corresponderse con una medicación universal, lo cual es un disparate. Esta sociedad construye enfermedades, como el TDAH. Quitamos los síntomas y, en vez de averiguar dónde está el origen, dopamos a la gente, la medicamos, y así convertimos la salud en mercancía. Tienes un problema de salud, vas a psiquiatría, el psiquiatra te da un antidepresivo y así nadie, ni tú mismo, hurga en tu vida. Pero así nada se soluciona.

Disculpe la impertinencia, Colina, ¿cuántas veces le han llamado loco por decir esto?

Bueno, antes tenía mucho pelo y un aspecto más particular, así que cuando terminaba de hacer la entrevista a un nuevo paciente, me preguntaba que cuándo le iba a recibir el doctor. Después, en el manicomio, cuando había algún problema y se pedía que bajara el director, y bajaba yo, se acababa el conflicto porque se multiplicaba por dos. El hecho de que no quede claro si tú eres o no el loco te da facilidad para algunas cosas; prefiero que en una institución no se distinga quién es el médico y quién el paciente, eso me parece que da una muy buena valoración del servicio, no me gustan las jerarquías.

Cuando se habla de locura por defecto uno piensa en sujetos, pero ¿puede hablarse de sociedades locas, enfermas?

La enfermedad en sí, por supuesto el sufrimiento psíquico, el trastorno mental, es una construcción social, así que uno delira con lo que le deja su época, con lo que le deja su grupo, su etnia, su código postal… así como sabemos que la esquizofrenia es el producto de la industrialización, cada época construye sus trastornos y enfermedades y en este momento la situación es que vivimos en una sociedad en la que es muy difícil no estar loco o mantenerse sano. Piénsese en Madrid para analizar hasta qué punto una sociedad puede ser loca e incluso abocar al suicidio a sus habitantes por situaciones caóticas, sus políticas insolidarias… cómo a determinadas administraciones no les importa quiénes pueden ser víctimas del desarrollo económico, quiénes son productos desechables. Pensamos en la enfermedad individual pero el hecho de que un dirigente político a todas luces irracional consiga más votos que otro mucho más razonable, es patológico.

Nerval, Van Gogh, Baudelaire, Panero, Pizarnik, Virginia Woolf, Philip K. Dick, Sylvia Plath… es difícil no idealizar la locura…

Hay locos geniales pero la locura no lo es, supone sufrimiento muchas veces. Al analizar a algunos genios, en realidad habría que estudiar de qué manera ha influido su locura en la producción artística. No se puede olvidar que el arte puede intervenir como terapia, pensemos en el art brut o en tantas personas que han sobrevivido por su capacidad artística, también en aquellos que han sido destruidos por su trastorno o enfermedad. Estamos idealizando muchas veces la locura, que por otro lado no es lo mismo que el sufrimiento en la concepción popular. Parece que a toda persona creativa le falta algo, o guarda algún exceso del que carecemos los adaptados; esa adaptación inhibe de la recreación de un mundo nuevo, distinto, loco. La que acabas de hacer es una pregunta que casi forma parte de la historia del hombre, porque Aristóteles, en su famosa pregunta 30, se interroga a propósito de por qué todas las personas que destacan en las artes, la milicia, en el gobierno de la ciudad eran melancólicos, término que en la antigüedad significaba locura. Acaso les falte, a los locos, un pilar fundamental, acaso su herida sea tan grande que tienen que reconstruirse, acaso tengan una visión del abismo que nosotros no vemos.

Además de cronificar enfermos, ¿qué supone para el individuo y para la sociedad que la salud se haya convertido en mercancía?

Esta sociedad en la que vivimos se empeña en separar la razón de la sinrazón, dejando fuera los mitos, los sueños, todo lo que tiene que ver con lo irracional o con aquello que nos resulta un misterio. Y los locos se mueven por una lógica que no es la de la razón que, por otra parte, cuando solo se dispone de ella, de la razón, uno se vuelve un dogmático. Toda la psiquiatría está recorrida por una herida. Cuando llegaban los médicos nuevos, que estaban aún haciendo el MIR, nos preguntábamos, ¿tienen herida? No sabemos muy bien qué quiere decir esto, tiene que ver con estar roto por dentro, y por tanto con elegir pacientes que estén locos, locos. Hay que estar un poco loco para poder acercarte a uno, para poder escucharle.

¿Quiénes son los “locos, locos”?

Esos que la psiquiatría llama paranoicos o esquizofrénicos, los que se sienten rotos de verdad, los que sienten que el mundo está roto de verdad y necesitan cosmogonías distintas, un significado diferente de la vida, de las cosas, un vínculo distinto entre las cosas, los otros, el mundo y él. Los locos de verdad tienen una fractura o trauma, una identidad fracturada. La psiquiatría biológica aborda esa lesión, no le importan las razones que han causado esa fractura –prescinde de la biografía del sujeto–, sino la falla neurobiológica; en vez de escucha, ofrece fármacos, así que el loco lo va a seguir siendo siempre.

Pero el síntoma, que es lo que extirpa la medicina tradicional, a veces sostiene al sujeto, es el tegumento que evita que nos aniquilemos…

¿El loco sabe que lo está?

Sí. Muchas veces mejor que nosotros. Juntas diez locos y el respeto que se tienen es asombroso. Cuando a uno se le va la cabeza hay que ver cómo el resto lo escucha, cómo no interviene, todo eso te enseña muchísimo. Saben e identifican dónde le está doliendo y el esfuerzo que hace, y ellos le dan respeto y paciencia. Olvidamos que una persona que delira está diciendo su verdad, por tanto hay que callarse y escuchar, no tratar de convencerle de que se le ha ido la cabeza.

Pero hay un miedo cerval a mirar a los ojos a los locos, a escucharlos, a estar cerca de ellos, ¿por qué?

Es por un prejuicio: creemos que son violentos. Pero no lo son, desde luego lo son en mucha menor medida que nosotros, los integrados. También ese miedo que tú dices se debe a la incertidumbre. No sabemos por qué actúan como actúan, y eso nos desconcierta. He visto entrar a funcionarios de prisiones atemorizados en manicomios, cuando ellos están acostumbrados a estar con criminales. Es la incertidumbre, la ignorancia y la falta de costumbre.

“Los locos se convierten fácilmente en un peligro porque nos confrontan con las raíces de nuestra debilidad”. ¿Por eso nunca estamos delante de un loco sin consecuencias?

Es que un loco es alguien que tiene un dolor muy profundo, muy salvaje, muy radical, en tanto que está muy próximo a la raíz última de todo. No, no sé está delante de un loco sin consecuencias, te sientes incómodo, cansado, algo te remueve mucho, porque le estás escuchando, compartes con él una especie de inconsciente, por eso te preguntas dónde te habrá tocado por dentro, experimentas cosas muy diferentes. Ten en cuenta que el loco está en una angustia muy primitiva que nosotros ya hemos sofocado o tapado. Estoy mucho más tranquilo con un depresivo que con alguien que me dice que escucha voces. Quizás por eso la psiquiatría está construida para no hablar con los locos, se impide que establezcas una relación con el paciente. Esto, que parece una irracionalidad, es tan terrible como evidente…

En el encuentro entre médicos se habla de fármacos y diagnósticos, pero no de personas…

Es que hay un desconocimiento del que puedes hablar y dar cuenta, puedes decir no sé qué me pasa, pero me siento mal, y el mero hecho de enunciarlo es un paso enorme. Pero hay otra angustia para la que no se encuentra palabras, una angustia profunda para la que la palabra fracasa. Cuando lo que me duele ni siquiera se puede trasladar a un lenguaje, imagínate la intensidad.

“Los locos se convierten fácilmente en un peligro porque nos confrontan con las raíces de nuestra debilidad”.

Sí, ese es el peligro de estar con los locos, lo peligroso, pero no en el sentido de que se tengan que contener o normalizar o drogar, sino que el peligro es que te llevan a su territorio, con sus verdades radicales y con discursos muy ásperos para enunciarlos. Por otro lado, hay personas, locos, con los que te entiendes o con los que no, a los que les caes mal o no, como en otros órdenes de la vida, y otros parecen estar hechos para ti.

¿Podemos hablar de rasgos masculinos o femeninos en según qué tipos de locura?

He escrito un libro sobre ello, Foucaultiana (La revolución delirante). Si lo hay podría haber alguno natural, pero fruto de condicionantes sociopolíticos existentes. En el siglo XIX se hablaba de la histeria de las mujeres, pero es que no encontraban otra salida para defenderse del oprobio del patriarcado; creo que, dentro de los rasgos de la diferencia de sexos, la capacidad de tener un hijo, que pertenece a la mujer, la inclina a la ayuda y a la presencia del otro, por eso los grandes locos de la historia de la literatura psiquiátrica son hombres, como el caso Wagner. Otra diferencia que no sea de la raíz de la maternidad no se da ni existe, y formaría parte de nuestros prejuicios interpretativos. Y se irá borrando todavía más cuando la sociedad deje de ser binaria, o no lo sea tanto. A eso hay que añadir que los textos psiquiátricos más ricos son los antiguos, pero todos están hechos por psiquiatras que analizan a locos encerrados, presos, nunca han trabajado con locos libres, en plenitud de derechos humanos y civiles.

Fuente: https://ctxt.es/es/20210101/Culturas/34545/psiquiatria-revolucion-delirante-fernando-colina-manuel-desviat-esther-penas.htm

jueves, 8 de octubre de 2020

Los muertos que nos faltan

"Invertir en amortiguar el golpe psicológico de la pandemia debería ser una prioridad para preservar un tejido social fuerte capaz de enfrentarse al ingente crash que se avecina"

https://agqcvcudno.cloudimg.io/v7/https://www.lamarea.com/wp-content/uploads/2020/10/2020-10-05T193911Z_807248646_RC2JCJ95XLNL_RTRMADP_3_HEALTH-CORONAVIRUS-PERU-FLIGHTS-scaled.jpg?w=730&org_if_sml=1
Una trabajadora del aeropuerto de Lima saluda a un viajero. REUTERS / SEBASTIAN CASTANEDA

 Creo que estamos contando mal los muertos. Y eso que la obsesión por las cifras lo ocupa todo: cada día los medios nos ilustran con el número de fallecidos, de hospitalizados, de camas UCI ocupadas, de recuperados y de contagiados, en total, por ciudad, por comunidad o por país y por cada 100.000 habitantes. Hay estadísticas oficiales y datos a los que se suma el exceso de fallecimientos registrados en comparación a años anteriores, hay cifras y cifras hasta desnaturalizar los números y despojarlos de su importancia.

Porque las cifras, sin nombres ni apellidos o imágenes de la tragedia, no calan en nuestra mente ni alimentan nuestros miedos: son solo representaciones abstractas de una cantidad que no podemos ni queremos visualizar, supongo que obedeciendo a un instintivo sentimiento de autoprotección. Nadie puede imaginar lo que ocupa un millón de euros, ni lo que ocupa un millón de muertos.  

Nueve meses después del inicio de la pandemia del siglo XXI, que va camino de superar el coste en vidas de la Gripe de Hong Kong que se extendió entre 1968 y 1970, las previsiones son terribles. El negacionista en jefe, Donald Trump, sigue quitando importancia al coronavirus después de resultar infectado e infectar a parte de la Casa Blanca por su irracional decisión de no usar mascarilla. Lo hace aplaudido por acólitos como Jair Bolsonaro y Boris Johnson, que se curaron, como él, monopolizando a los mejores doctores y los mejores recursos sanitarios de sus países. Resultó que nos equivocamos y el coronavirus sí entendía –y mucho– de clases sociales. Como demuestra la milagrosa recuperación temporal de Trump gracias a un cóctel de fármacos de consecuencias imprevisibles e inaccesible para el común de los mortales, en lugar de homogeneizar, el virus aumentará la desigualdad. 

La mal llamada segunda oleadaese sinsentido dialéctico, dado que nunca salimos de la primera como advirtió la OMS– se cierne sobre el mundo con una virulencia extrema. Países como Australia, Japón o Israel, de comportamiento ejemplar en los primeros meses de pandemia, vuelven a registrar preocupantes cifras de contagios. Y tienen suerte: en otros lugares en los que la enfermedad pasó de puntillas, como Iraq, ahora se ceba sobre unos habitantes abandonados a su suerte, sin un sistema sanitario capaz de afrontar el reto: según Médicos Sin Fronteras, solo en el último mes se han confirmado más de 123.000 casos.

Desde mediados de agosto, se registran 4.500 contagios diarios y 500 muertes por semana. Las cifras comenzaron a subir en junio, cuando en Europa nos desconfinábamos para disfrutar de un verano que ha asfaltado el regreso a los confinamientos. 

Los números de la COVID-19 devoran los espacios informativos ocultando las otras múltiples muertes que arrastra. Todos aquellos enfermos de dolencias que no fueron atendidos en el hospitales durante el confinamiento, todos los fallecidos por ‘causas naturales’ cuyos tratamientos médicos fueron interrumpidos durante lo peor de la pandemia, todos los muertos no registrados –en buena parte del mundo, la administración no llega a todos los rincones–, las víctimas de violencia machista obligadas por el virus a convivir con sus agresores, las personas que se quitan la vida por depresión, por la angustia que genera la incertidumbre sanitaria pero, sobre todo, por la colosal crisis económica que se avecina….

Todos ellos no están siendo tenidos en cuenta. Y las previsiones son espeluznantes. Pongamos el ejemplo de Estados Unidos, a la cabeza de víctimas con más de 200.000 muertos. Una encuesta del Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC) publicada en agosto indicaba que 1 de cada 10 había considerado seriamente quitarse la vida en el mes anterior, el doble de quienes admitían haberlo hecho en 2019. Si solo nos fijamos entre los adultos de entre 18 y 24 años, la cifra se disparaba a uno de cada cuatro.

La revista The Economist recoge datos preliminares que alimentan los peores augurios: en Japón los suicidios aumentaron un 15,3% respecto al año pasado, la policía de Nepal ha reportado cinco veces más suicidios que en 2019 y las autoridades sanitarias tailandesas han expresado su temor a que las seis personas de cada 100.000 que se quitaron la vida el pasado año aumenten a nueve.

Talkspace, una empresa de Nueva York especializada en ayuda psicológica, ha confirmado que sus teleconsultas han aumentado un 250% durante la pandemia, y que la cantidad de pacientes con ansiedad severa ha aumentado en un 40%, un salto sin precedentes, según la revista. Un estudio de la revista médica The Lancet equipara un aumento del 1% en el desempleo con un aumento del 0,79% en el suicidio en Europa y del 0,99% en Estados Unidos. Ahora, extrapolemos los datos a la crisis financiera que no está haciendo más que comenzar.

Por eso es hora de olvidarse de ‘volver a la normalidad’, ese oxímoron con el que nos manipulan los políticos. No volveremos a ser los mismos, no tanto por el virus como por el varapalo económico tan colosal que se avecina. La OMS se ha anticipado al Día Mundial de la Salud Mental para destacar el impacto “devastador” de la epidemia. Según una encuesta realizada en 130 países, “la COVID-19 ha interrumpido o detenido los más importantes servicios de salud mental en el 93% de los países” pese que la desde el inicio de la pandemia, en marzo pasado, la demanda de servicios de salud mental ha ido en aumento.

“El duelo, el aislamiento, la pérdida de ingresos y el miedo desencadenan problemas de salud mental o agravan los existentes”, explicó la OMS en un comunicado, donde también advierte de que “muchas personas pueden estar enfrentando mayores niveles de consumo de alcohol y drogas, insomnio y ansiedad”. La salud mental lastra a las sociedades tanto como los conflictos mismos, de una forma pertinaz e indeleble. Invertir en amortiguar el golpe psicológico de la pandemia debería ser una prioridad para preservar un tejido social fuerte capaz de enfrentarse al ingente crash que se avecina.

 Fuente: https://www.lamarea.com/2020/10/07/los-muertos-que-nos-faltan/

sábado, 9 de mayo de 2020

La proximidad

«Va a ser un parámetro importante en el registro de la convivencia futura. De momento, divide a la gente con un criterio inédito: los convivientes y los sinvivientes»

Fernando Colina
Sucede a veces que, de improviso, algunas palabras corrientes adquieren un protagonismo especial. La de ‘proximidad’ en estos momentos se impone, nos rodea y nos proporciona en su interior una suerte de confinamiento verbal. Desde hace varias semanas todo trascurre en proximidad.

En este ambiente de estrecha cercanía muchos se encuentran como pez en el agua, y disfrutan teniendo a la gente cerca y yendo por la vida en grupo para combatir la amenaza siempre presente de soledad. Otros, en cambio, viven horrorizados bajo la presión y el peligro de sentir a los próximos tan cerca de continuo, como si, bastante antes que lo pueda hacer el virus anóxico, ya les faltara el aire para respirar. Algunos, incluso, seguro que sueñan con infectarse para por fin escapar de casa y cambiar de aires, aunque sea bajo el oxígeno de un hospital. Hasta ese punto lo exige su agobio y ese pellizco autodestructivo que todos guardamos en la faltriquera mental.

La función de proximidad va a ser un parámetro importante en el registro de la convivencia futura. De momento, divide a la gente con un criterio inédito. Unos, los llamados convivientes —palabra también rescatada del desuso—, viven con derecho a contacto y a una métrica corta y epidérmica. El resto, los sinvivientes —palabra desconocida, pero por otra parte exacta—, permanecen a uno o dos metros de distancia. Las consecuencias de este espaciamiento bimétrico, en caso de que se prolongue mucho, no sólo está llamado a modificar nuestros hábitos sociales sino que se proyectará también en la intimidad, en el corazón de cada uno. En el libro de la vida la piel es nuestra página principal, y sin que los demás la tienten será difícil incluirlos en nuestra novela personal. Sin tacto no hay escritura, pues nadie escribe sobre nosotros, y sin escritura no hay intimidad real. Sin tacto no hay amor, suscribieron los antiguos. Qué hayan de ser los amigos a uno o dos metros, eso está por ver. No hay precedentes en que nos podamos apoyar.

Si el nuevo juego de proximidad y distancia ha de tener importancia en el trato con las gentes, también tendrá su reflejo en nuestra relación con la realidad. Las grandes distancias puede que queden reducidas a la realidad virtual, y las cortas a la realidad material. La globalización se desarrollará probablemente con instrumentos digitales, algoritmos y visión empantallada, mientras que los desplazamientos físicos de los individuos, sea por ocio, por trabajo o por simple capricho, lo harán bajo un criterio de proximidad. La movilidad será más contenida y escasa. Volverá a ser absurdo coger el avión para ir a todas partes o dar la vuelta al mundo confinados en el casco de un navío. Amigos de proximidad, comercio de proximidad, viajes de proximidad. Esta es la cantinela que ya nos empiezan a facturar y que pronto despertará nuestras ansias de tener y comprar

Fuente: https://www.laotrapsiquiatria.com/2020/05/fernando-colina-la-proximidad/

jueves, 19 de diciembre de 2019

Diario de una diversa

Psiquiátrico abandonado de Volterra.
 Cuando fui internada en el manicomio por primera vez era poco menos que una niña, tenía eso sí dos hijas y algunas esperanzas a cuestas, mi ánimo había permanecido inocente, limpio, siempre a la espera de que algo hermoso se configurase en mi horizonte; por lo demás, era poeta y el tiempo transcurría entre el cuidado de mis pequeñas hijas y las clases de apoyo a algún alumno. Muchos estudiantes venían de la escuela y alegraban mi casa con su presencia y sus gritos jubilosos. En definitiva, era una esposa y una madre feliz, aunque a veces mostraba signos de cansancio y mi mente se entumecía. Intenté hablar de todo aquello con mi marido, pero él no dio señales de comprensión  y mi agotamiento se agravó. Mi madre, con la que yo contaba tanto, murió y las cosas fueron de mal en peor; tanto que un día desesperada por el inmenso trabajo y la repetida pobreza de entonces, quizá sumida por los humos del mal, me di a la fuga. A mi marido no se le ocurrió otra cosa que llamar a una ambulancia, seguramente sin saber que me llevarían al manicomio. Por aquel entonces las leyes eran muy estrictas y en la práctica, en 1965, la mujer estaba sujeta al hombre, y el hombre podía tomar decisiones en relación a todo lo relativo a su futuro.
   Fui ingresada sin mi consentimiento. Ignoraba la existencia de hospitales psiquiátricos pues nunca los había visto, pero cuando me encontré dentro creo que enloquecí en el mismo momento en que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultades para poder salir.
   De pronto, como en una fábula, todos mis familiares desaparecieron.
   Por la noche se cerraron las rejas de protección y se produjo un caos infernal. De mis vísceras partió un aullido lacerante, una invocación espasmódica dirigida a mis hijas y me puse a gritar y a patalear con todas las fuerzas que tenía en mi interior. Como resultado fui atada y acribillada a inyecciones. Pero, ¿no era quizá la mía una rebelión humana?¿No estaba pidiendo entrar al mundo que me pertenecía?¿ Por qué aquella rebelión fue interpretada como un acto de insubordinación?
   Un poco por el efecto de las medicinas y otro por el grave Shock que había sufrido, permanecí en estado catatónico durante tres días y solo sentía algunas débiles voces, el miedo había desaparecido y me sentía resignada a la muerte.
   Después de algunos días mi marido vino a buscarme, pero no quise acompañarle. Había aprendido a reconocer en él a un enemigo y además estaba tan débil y confusa que en casa no hubiera podido hacer nada. Y aquella, dijeron, fue mi segunda elección; elección que pagué con diez años de castigo...


La otra verdad
Alda Merini

miércoles, 25 de septiembre de 2019

El enfermo demente


Fray Gilbert Jofré amparando a un loco. Joaquín Sorolla Bastida (1863-1923)

El enfermo demente y el enfermo psiquiátrico fueron considerados durante siglos como personas poseídas por el demonio, y por ello internadas en asilos. Por este mismo motivo, pero también por la ignorancia médica y la falta de un tratamiento eficaz, los enfermos epilépticos, con crisis frecuentes, eran recluidos en los asilos.

La palabra asilo procede del griego asylon, y significa "sitio inviolable"; es el lugar o establecimiento benéfico, en que los menesterosos, posesos, o dementes, estaban recogidos, para así protegerlos de la sociedad, y proteger a ésta de sus posibles desmanes. Posteriormente se llamaron manicomios de mania "locura" y komeo,"yo cuido".

Al hablar de la demencia es obligado recordar a Joan Gilabert Jofré nacido en Valencia en 1363. Estudió en la Universidad de Lleida y después profesó en la Orden de la Merced. Fue el fundador del Hospital dels Folls (dels Innocents, Folls e Orats) en Valencia, el año 1409, que es considerado como el primer hospital psiquiátrico europeo, y en el que inició la aplicación de métodos curativos para estos pacientes. Pronto el trabajo de Joan Gilabert Jofré tuvo imitadores en otras ciudades españolas como Zaragoza (1425) o Valladolid (1489); estos hospitales eran conocidos como "Casa de locos". Jofré murió en El Puig en 1417.

Philippe Pinel (1745-1826) fue uno de los primero, después de Jofré, en proporcionar una asistencia más humanizada a los pacientes dementes. Su declaración a favor de los dementes trascendió por toda Europa:"La demencia no es una culpa que el hombre deba castigar, sino más bien una enfermedad que merece toda la consideración, y de la que nosotros, una humanidad enfermiza, somos responsables". Trabajó en París, donde su primera actuación fue la abolición de las cadenas de los alienados.


J.L.Martí i Vilalta.,

jueves, 2 de noviembre de 2017

Sobre la locura


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Gabriel Pacheco


 "Por lo que atañe al mundo actual, la locura ha sido suprimida por razones dogmáticas: en nuestro mundo sólo tiene voz la racionalidad más estricta, por lo que el absurdo irrumpe en él por todos lados, y las demandas de la locura humana, que reclama la parte que le corresponde, se convierten en amarga rebeldía y afán de destrucción."

Nicola Chiaramonte

Noruega pone en marcha el primer hospital psiquiátrico libre de medicamentos

¿Escuchar al paciente y preguntarle qué desea? Este enfoque está revolucionando el tratamiento de las enfermedades mentales en Noruega.

 Quienes coincida tengan algunos conocimientos sobre la salud mental, probablemente no conciban la existencia de ésta sin medicamentos. En la sociedad contemporánea, prácticamente todas las enfermedades mentales son susceptibles de tratarse mediante fármacos, sin importar cuál sea su grado ni mucho menos cuáles sean sus particularidades con respecto a la historia de vida del paciente.

Como resultado de una forma de entender los conceptos de salud, paciente, medicina y bienestar, entre otros, se cree que todos los seres humanos pueden ser tratados de la misma manera, y que, por ejemplo, una depresión es idéntica en una mujer de 50 años que en un adolescente de 16, en un hombre que perdió a su esposa o en una joven que no puede dormir por las noches. Y bajo esa premisa, a todos se les ofrece la misma solución: un fármaco cuya promesa es devolverlos a la normalidad, lo que sea que esto signifique. Asimismo, este entendimiento de la salud mental es tan dominante que pensar en otras alternativas suele ser considerado un exabrupto, un pensamiento descabellado o una charlatanería.

Asgard Hospital Noruega hospital psiquiatrico sin medicamentos
Asgard Hospital, en Tromsø, Noruega

Recientemente, sin embargo, en Noruega se está impulsando un proyecto que busca demostrar la factibilidad de la alternativa, esto es, que es posible desprender la salud mental y psiquiátrica del enfoque farmacológico que la ha dominado en los últimos 50 años.

En la aislada ciudad de Tromsø, en el norte de la península escandinava, se encuentra el Hospital Psiquiátrico de Åsgård, que desde la entrada anuncia su particularidad: “medikamentfritt behandlingstilbud”, “tratamiento libre de medicamentos”, consigna impulsada por el propio ministerio de salud del país y que, entre otros propósitos, busca explorar otras formas de tratar la mente y sus trastornos.

¿En qué consiste la alternativa? Dicho con brevedad y simpleza: en escuchar al paciente. Merete Astrup, directora de la institución, describe así la especificidad de esta perspectiva:
Es una nueva forma de pensar. Antes, cuando las personas buscaban ayuda, se les daba siempre a partir de las necesidades de los hospitales, no de aquello que los pacientes querían. Estábamos habituados a decir a los pacientes: “Esto es lo mejor para ti”. Pero ahora les decimos: “¿Qué quieres en realidad?”. Y ellos pueden decir: “Soy libre. Puedo decidir”.

Asimismo, Magnus Hald, jefe de los servicios psiquiátricos del Hospital Universitario del Norte de Noruega, añade:

Tenemos que considerar que la perspectiva del paciente es tan valiosa como la del médico. Si los pacientes dicen que esto es lo que quieren, por mí está bien. Se trata de ayudar a las personas a que sigan adelante con sus vidas, de la mejor forma posible, y nosotros deberíamos ayudar a las personas a seguir, tomando medicamentos si es lo que quieren, y respaldarlos si quieren intentarlo sin medicamentos. Deberíamos hacer eso posible.

Noruega hospital psiquiatrico sin medicamentos
Investigadores del Departamento de Psiquiatría de Asgard

Estos dos testimonios expresan con sencillez el principal problema de la psiquiatría moderna: el lugar secundario al que relegó la historia no del paciente, sino de la persona.

Por más que el enfoque cientificista parezca inapelable, lo cierto es que en lo que respecta a la mente, sus “enfermedades” no son el resultado exclusivo de desequilibrios neuroquímicos. La locura, la depresión, la ansiedad y otros trastornos son usualmente síntomas en los que se condensan circunstancias de nuestra vida que no entendemos o aún no hemos explorado. Dicho de otro modo: no hay dos personas en el mundo que estén tristes por la misma razón. No obstante, desde un enfoque moderno de la mente humana, en vez de intentar entender esas razones, a ambos individuos se les ofrece la misma solución: un antidepresivo.

Por el momento no es posible saber hasta dónde llegará este proyecto puesto en marcha en Noruega. Sin embargo, el solo gesto de escuchar al paciente psiquiátrico es, para los médicos que los tratan, un gran paso cuya dirección podría ser quizá un entendimiento de la salud y el bienestar como estados que manan directamente de la subjetividad y las circunstancias personales.

Podemos ampliar detalles sobre este fascinante proyecto en este artículo de Mad in America.


Fuente: http://culturainquieta.com/es/inspiring/item/12878-noruega-pone-en-marcha-el-primer-hospital-psiquiatrico-libre-de-medicamentos.html

lunes, 9 de mayo de 2016

“La medicalización es un mecanismo de contención del malestar social”

El académico e investigador del movimiento antipsiquiático, Carlos Pérez Soto, habla en extenso sobre los alcances de la antipsiquiatría, el costo de la medicalización y sobre cómo la denominada "salud mental" opera como un mecanismo de control social.

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Durante los años 60 la antipsiquiatria surgió como una iniciativa terapéutica propuesta por psiquiatras. Hacer terapias humanizadas y reivindicar derechos de los habitantes de los manicomios, fueron las premisas del movimiento que se circunscribió al trabajo médico, con el foco puesto en  la cura o sanación de los denominados “enfermos mentales”.

Durante los años 90 surge una nueva utilización del término, esta vez acuñado por los propios usuarios, autodenominados “víctimas de la psiquiatría”. Sobrevivientes del electroshock y de la drogadicción inducida por drogas legales o terapéuticas realizaron una crítica profunda al discurso psiquiátrico. Esta nueva antipsiquiatría representa un quiebre con el modelo anterior y se amplía sacando de los manicomios la discusión, para otorgarle ribetes que alcanzan a la salud pública.

La antipsiquiatría acusa una psiquiatrización de todos los problemas de la vida cotidiana, alcanzando una masividad y un impacto sobre la sensibilidad pública que no se conocía hasta ese momento. En ese contexto aparecen datos: sólo en Estados Unidos hay cerca de 15 millones de niños consumiendo drogas psiquiátricas.

La nueva antipsquiatría es, entonces, un discurso en contra de la psiquiatrización de la subjetividad, y de la medicalización de los problemas de malestar subjetivo.

El académico e investigador de izquierda, Carlos Pérez Soto, conversó en exclusiva con el Diario Electrónico de Radio Universidad de Chile sobre los alcances de la antipsiquiatría y sobre las estrategias políticas para hacer frente a la medicalización y al discurso terapéutico de la medicina.

El filósofo danés Søren Kierkegaard, decía que había que encontrar una verdad que fuera verdadera para uno, una idea por la que se pudiera vivir o morir. En estos tiempos donde pareciera que esas ideas ya no existen, donde se acusa una pérdida del llamado “sentido en la vida”, se ha dicho que estamos frente a un estado de depresión masivo ¿Es esto efectivamente un problema de tipo psiquiátrico o es más bien un síntoma de las condiciones de vida propiciadas por el capitalismo?
Yo diría que se trata de un síntoma de la crisis capitalista, precisamente porque los grados de consumo, de humanización han subido bastante, actualmente una cuota muy importante del sufrimiento de los explotados es sufrimiento subjetivo. Clásicamente la pobreza era física, actualmente la pobreza física es importante pero está contenida por la capacidad de endeudamiento. Entonces, las dimensiones más específicamente subjetivas de la pobreza han aflorado por decirlo de alguna forma. Siempre han estado presentes, pero estaban ocultas por la urgencia material. Ahora que esa urgencia material esta relativamente desplazada, el sufrimiento subjetivo aflora. Ahora la gente puede darse el lujo de tener sufrimientos realmente humanos, por decirlo de alguna forma.

Este estado es una consecuencia de la sobrexplotación, del sobrenedeudamiento, de la falta de expectativas en la educación, de esta defraudación del horizonte del estado de bienestar. Es curioso que parte de nuestros privilegios consisten en que ahora si podemos sufrir por cuestiones realmente humanas, como el derecho a la cultura, a la recreación, a la tranquilidad, a la esperanza. En 1850 la gente  sufría para que le alcanzara la plata para ir al almacén.

El problema sería entonces, cómo contener esa dimensión subjetiva de un problema social, material.
Efectivamente, la medicalización del sufrimiento subjetivo opera como un mecanismo masivo de contención de la conflictividad social. En Chile eso es particularmente claro. Es curioso, pero los países que están en crisis económica tienen menos problemas subjetivos que los países que aparentemente crecen, y digo aparentemente, porque los que crecen son los ricos, mientras el 80 por ciento de la población lo que ve son expectativas en disminución. La contención política pasa por contener el sentimiento de crisis, por aislar el sentimiento de crisis de una persona, por volverlo algo individual. Cuando las personas se dan cuenta de que sus problemas los tiene el de al lado y el de más allá, esto deja de ser un problema personal y pasa a ser un problema social.

La medicalización contribuye a aislar a cada uno como si el problema fuera suyo, a quitarle la base objetiva, como si el problema fuera psicológico y no la dimensión subjetiva de un problema propiamente material. Lo que tenemos no es depresión o ansiedad, lo que tenemos es sobreexplotación, sobreendeudamiento, expectativas frustradas. La medicalización del sufrimiento subjetivo es hoy día en países como Chile y Estados Unidos uno de los principales mecanismos de contención del malestar social.

Curiosamente en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, donde hay procesos de auge del movimiento popular, la conflictividad que la derecha le pone a esos procesos hace que el malestar de izquierda y de derecha se encauce políticamente. Son países que tienen menos medicalización que en Chile donde se supone que no hay ninguna crisis.

La medicalización psiquiátrica es, entonces, un problema político.
Por supuesto, el problema de la medicalización del sufrimiento subjetivo es un problema  no solo de salud pública, sino que también un problema político en sentido inmediato. Es como decir que la protesta social está obstaculizada en la farmacia: mientras más larga es la cola de la farmacia, menos protestas hay en la calle.

Lo que hay que hacer es mostrar que formar sindicatos y organizarse socialmente es más terapéutico que comprar antidepresivos. Y eso hay que demostrarlo técnicamente y lo digo porque la tentación de la crítica de izquierda es interpretar el problema de manera capitalista, culpando a las farmacéuticas. Mi opinión es que empezar por ahí es un error que conduce a una solución populista y desastrosa. Para que las farmacéuticas no hagan negocios, entonces le pedimos al estado que nos pague los antidepresivos.

Cuando uno empieza criticando el negocio uno no llega a la raíz del problema que es, que el sufrimiento subjetivo no califica bajo ningún estándar en lo que se puede llamar enfermedad. Se llega al problema capitalista del negocio, como consecuencia de una critica médica. La radicalidad de la critica no es criticar el abuso capitalista, la radicalidad es criticar específicamente el modelo médico que hay detrás y meterse en el problema de la validación científica de los saberes médicos, mostrando que los diagnósticos psiquiátricos no tienen la menor valoración científica.

El problema ya no es el que enunciaba Foucault, porque el problema ya no es el encierro y el disciplinamiento, el problema es que actualmente la droga psiquiátrica actúa como una suerte de cárcel cuerpo por cuerpo.

A propósito del sobrediagnostico y el DSM-IV, es posible encontrar hasta en Wikipedia catálogos con categorías diagnosticas para toda clase de patologías. Revisando estos documentos, me sorprende que se mencionen como síntomas de trastornos bipolares o bordeline, por ejemplo, “la sensación de soledad”, o de “vacío” o “inutilidad”, cuando en el fondo estos parecen más síntomas de los tiempos que de una enfermedad.
El trastorno bipolar no existe, el Límite de la personalidad tampoco. La capacidad diagnostica de las categorías psiquiátricas es nula en el sentido técnico, porque no logran distinguir problemas de subjetividad común, de problemas que podrían ser asociados a problemas más graves.

Lo otro es la comorbilidad, que es que los síntomas de una enfermedad supuesta se superponen, transformándose en una cuestión de azar caer en una categoría o en otra, pero por esa misma cuestión de azar ten dan un medicamento u otro. Los test de diagnostico que permiten establecer grados son un chiste, no cumplen con el menor estándar de validación científica.

En ese sentido se ha denunciado por todos los canales, todo el sistema diagnostico psiquiátrico DSM y el CIE 10, en que se refieren a los trastornos psiquiátricos directamente como enfermedades. Todo ese sistema es objetable. No se ha podido establecer nunca una categorización medianamente de lo que se llama esquizofrenia, por ejemplo. Eso pone a la población frente a un problema general de sobre diagnostico. Donde por ejemplo, ahora está ¿de moda el autismo, la bipolaridad y la depresión.

Pero debe haber algún fundamento ¿Cómo podrían nacer ex novo?
Hasta hace 15 años el trastorno de personalidad bipolar era considerado rarísimo, haba muy pocas personas en el planeta, todas confinadas en manicomios, a las que se les consideraba bipolares. La industria farmacéutica fomentó estudios y congresos en bipolaridad. Inundó el mercado académico sobre este tema y empezaron a ver bipolaridad en todas partes. Actualmente se diagnostica bipolaridad en niños de 5 años.
Una cosa que uno puede hacer es sacar el DSM IV, abrirlo en cualquier parte y leer los síntomas. Ahí se puede notar que uno tiene eso, cualquier cosa que aparezca descrita. Después si uno lo abre en otra parte, se da cuenta de que también la tiene. Es la tendencia a identificarse. es exactamente el mismo mecanismo que te hace creer en los horóscopos. Todos los diagnósticos del DSM abundan en palabras inespecíficas como “suele”, o “frecuentemente”, sin especificar la escala.

Hay cosas muy divertidas. En el trastorno esquizoide de personalidad, uno de los indicadores que apoyan los criterios diagnósticos, dice: “las personas que tienen este trastorno no suelen casarse” ¿Se podría decir que una persona de 35 años que no esta casada, no suele casarse? ¿A que edad se podría decir que una persona no suele casarse?. Son categorías escandalosas que no cumplen el mínimo estándar científico.

Esta misma tendencia parece ser reproducida por los medios de comunicación. Como que se propicia esta patologización y parece ser que alcanza incluso a los niños ¿Cómo evalúa este proceso?
Hoy día en la Revista Paula y en la Revista Vanidades encuentras la popularización del Manual y encuentras test que te preguntan ¿Es usted bipolar? Y uno mismo se puede diagnosticar. Existe una enorme tendencia al auto-diagnostico, a una autoconceptualización psiquiátrica de los problemas subjetivos. La gente ha aprendido a referirse a su subjetividad con características psiquiátricas, que son popularizadas por los medios de comunicación.

Desde los años 80 en adelante te das cuenta que es demasiado obvio que tienen psicólogos que asesoran las películas infantiles, que están en lenguaje incluso explícitamente psiquiátrico.

Siempre recuerdo esa película que se llama Chicken Little, que es el viejo mito del pollito que tiene miedo de que el cielo se le caiga encima. Convierten la historia de Chicken Little en una historia de él con su padre y parece una tipología perfecta del caso psiquiátrico: el pobre niño atormentado por su padre que expresa eso con la angustia de que se le va a caer el cielo encima. Hacia el final, hay una escena en que el pollito habla  con el padre y el problema se ve ya está resuelto. Pero sus amigos le hacen un gesto con las manos, el gesto de que cierre la situación. El cierre es en lenguaje psiquiátrico, el momento en que uno se abraza con la persona con la que tiene problemas, por ejemplo. Entonces el lenguaje psiquiátrico está presente en una película de niños: son un grupo de niños que hace recomendaciones terapéuticas a uno de ellos que padece un típico trastorno. Este caso ejemplifica cómo hay una popularización del lenguaje psiquiátrico que sirve para reconocer la propia subjetividad como un conflicto médico.

¿Qué pasa con los psiquiatras?
Los psiquiatras cometen faltas flagrantes a la ética medica y el colegio medico no tiene ninguna facultad jurisdiccional sobre estas faltas. Ademas, en el gremio psiquiatrico hay una complicidad a toda monta para cubrirse las espaldas entre ellos. No hay ningun psiquiatra critico en este pais. He tenido estudiantes de la materia que van a preguntarme cómo dejar los antidepresivos, en ese camino hemos buscado psiquiatras que apoyen el proceso de desmedicalización y no hemos conseguido ninguno en este pais que se ofrezca a apoyar este proceso. Ni siquiera profesionales formados en la tradicion antipsiquiátrica, que puedan asisitir procesos largos y acompañados de desmedicalización. Nadie se atreve, porque le tienen un pánico a algo que deberían aprender a manejar que es la resaca de los antidepresivos.

Cuando la gente deja los antidepresivos se produce un desastre. Actualmente se sabe que la relacion entre depresión y suicidio, tiene que ver con que los depresivos dejas de tomar los medicamentos. En ese proceso de resaca hay gente que se suicida y los psiquiatras en vez de buscar una solucionn medica al problema, simplemente evaden, incluso los psiquiatras más criticos se niegan a prestar asistencia médica a gente que voluntariamente pide la desedicalización. Es una tarea fundamental para las escuelas de medicina.

Respecto a la relación directa entre política y antipsiquiatría, me gustaría rescatar esa lectura de Foucault sobre las formas de resistencia cotidiana. Ese mecanismo que tiene que ver con las formas de todos los días de resisitir a las relación de poder y que no estaría en las formas tradicionales sino, precisamente, en el cuestionamiento e intervención de la vida diaria, de las prácticas de todos los días ¿Cómo piensa usted que es posible hacer frente o resistir a estos discursos de psiquiatrización y medicalización?
El 2011 estaba dando una charla en un liceo. En esa época yo todavía hablaba en términos de “resistencias” y un niño que debe haber ido en segundo medio levanta la mano y dice: “Oiga profe ¿Y por qué en vez de resistir tanto no atacamos mejor? Fue una lección antifoucault fantástica.

Yo creo que lo que hay que hacer no es resistir, es atacar. En el ámbito de la subjetividad atacar significa ponerse las pilas para recomponer vínculos intersubjetivos, redes de apoyo subjetivos. No hay que resistir y menos en el cuerpo porque es individual. Hay que atacar y enseguida en grupo, nunca solo. Y el lugar donde no hay que partir nunca es la familia, porque normalmente los problemas tienen su origen en la descomposición de la institución familiar. Hay que hacer grupos de apoyo.

Cuando la gente se convierte en activista de su problema tiene mas posibilidades de enfrentarse a él. Grupos de pares donde reconocerse. De acuerdo con la gravedad del agobio, hay que encontrar pares en el problema mismo: los deprimidos con los deprimidos y todos los niños víctimas de bullyng y que canalicen su ira objetiva -el bullyng es un problema objetivo, a los niños les están haciendo daño-, a través del activismo de su diferencia. Decir: “Acá estamos bailando cumbia los que decían que éramos deprimidos”, “Aquí estamos diciendo si y al mismo tiempo diciendo no, los que se suponía que éramos bipolares”.

Aquello por lo cual fueron estigmatizados se convierte en un signo de identidad. Que las personas agobiadas se junten entre ellos, porque así uno se da cuenta que el problema no es de uno, sino que le ocurre a un montón de personas más y que depende de un montón de otros factores que no son responsabilidades de ellos. Lo que tienen que hacer los deprimidos es juntarse entre ellos para darse cuenta de que la depresión es una construcción, que ellos son víctimas de haber sido categorizados como deprimidos.

La contención intersubjetiva es una estrategia de defensa política en una sociedad que ha hecho todo lo posible por individualizarnos, por separarnos como individuos. Hace 50 años esto era una cuestión de sentido común, pero como ahora estamos psiquiatrizados hay que recomendarlo. Ahora, por otro lado, no hay que categorizar como estrategias terapéuticas estas prácticas porque precisamente son estrategias antiterapéuticas, destinadas a que el sujeto asumo que su problema no es un problema subjetivo, de que si se siente agobiado tiene razón para estarlo.

jueves, 14 de enero de 2016

Medicalizar la pobreza



 El sociólogo francés Löic Wacquant defiende en su obra ‘Punishing the poor’ que los estados neocapitalistas desarrollan tres grandes formas de gestionar la marginalidad. La vía más dura es la punitiva. Se establecen normas y decretos que sancionan las conductas indeseables. El ‘nómada urbano’ es etiquetado y tratado como un delincuente. ‘La penalización funciona como una técnica para la invisibilización de los problemas sociales que el Estado, como palanca burocrática de la voluntad colectiva, ya no puede o no quiere tratar desde sus causas, y la cárcel actúa como un contenedor judicial donde se arrojan los desechos humanos de la sociedad de mercado”.

Pero hay maneras más amables de conseguir el mismo efecto. Una de las formas de limpiar del paisaje urbano a los ‘sin techo’ es a través de políticas de subempleo que les permita acceder al mercado de las subviviendas subvencionadas y agrupadas en guetos periféricos. Se consigue así reducir la visibilidad de las diferencias de clase y esconder la obscenidad de la pobreza sin ir a las raíces estructurales de los problemas.

La manera más socialmente aceptable de retirar a los descartados sociales del espacio público es considerarlos como enfermos que precisan de ingreso en una institución médica. Asociar indigencia con enfermedades que amenazan la salud pública (como el sida o la tuberculosis), la seguridad pública (como las conductas agresivas de los alcohólicos y drogadictos) o la higiene mental (las etiquetas diagnósticas de depresión y esquizofrenia) es la coartada perfecta para conseguir ese fin.


Fuente:  http://www.nogracias.eu/2016/01/14/medicalizar-la-pobreza/

domingo, 27 de diciembre de 2015

Que el pesimismo sea malo no quiere decir que el optimismo sea bueno


Hay un viejo chiste en el que le preguntan a un rabino con fama de ser muy sabio sobre qué hay que hacer para tener una gran idea, una idea genial. El rabino se queda pensando largo rato y finalmente responde: ¡es muy fácil!. Tan solo hay que pensar una idea muy tonta, muy estúpida….pues lo contrario!

Algo así ocurre con el tema del optimismo: gran parte de la cerrada defensa que se hace hoy en día del optimismo se basa en atacar por tierra, mar, y aire al pesimismo, convertido en algo demoníaco, para tratar de reforzar así la idolatría del optimismo, su contrario. Para exaltar el valor del optimismo, todo vale. Es algo así como si se nos dijera que dado que el que haga mucho frío suele dar lugar a muchos problemas de salud, el que haga mucho calor sería necesariamente bueno. En realidad, los dos extremos suelen resultar bastante problemáticos.

El optimismo ha pasado en pocos años, de ser considerado una actitud que es adaptativa en muchas ocasiones y por lo tanto valiosa, a convertirse en toda una ideología, sospechosamente exaltada, al servicio del modelo del consumismo y la voracidad. Se ha convertido en una especie de nuevo crecepelos mágico, un bálsamo de Fierabrás que todo lo arregla.

El optimismo, tal como se nos presenta habitualmente hoy en día en los medios de comunicación, es la acción por la acción. El lema es: siempre adelante. Pero el problema es que se olvida que, a veces hay otras respuestas que también pueden ser adaptativas ante una situación conflictiva, como por ejemplo, entre otras, postponer la acción, estarse quietecito y esperar a que pase la galerna antes de embarcarnos en alocadas aventuras embriagados por el optimismo. Tal como se ve de forma muy clara en la naturaleza, la inmovilidad, el camaleonismo, etc, hay también otras estrategias muy adaptativas.

Además, se ha de tener en cuenta que toda acción, toda modificación de la realidad, tiene consecuencias. Lo que pensamos es libre y podemos imaginarnos todo lo que nos dé la gana, para eso están el arte, la literatura…. el extraordinario mundo de la fantasía y la libertad humana. Pero cuando movemos un dedo, cuando pasamos a la acción, lo que hacemos tiene consecuencias reales sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre lo que nos rodea. Y si no hemos calculado bien los riesgos, embriagados en el optimismo, estas consecuencias pueden ser muy problemáticas, como ocurre muchas veces (que se lo pregunten por ejemplo a tanta gente a la que engañaron diciendo que fueran optimistas y cogieran una hipoteca).

Como señala el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han, hoy el modelo social nos incita al optimismo, a la acción. Hemos de esforzarnos siempre más: el gimnasio, el consumo en el centro comercial… los referentes de nuestra cultura actual, son centros de excitación. Han sustituido al viejo modelo social abiertamente represivo que planteaba Foucault y que estaba representado por la cárcel, el manicomio y el cuartel. Como señala Byung-Chul Han nuestra época padece “un exceso de positividad” y el optimismo exacerbado constituye un elemento central de este modo de vivir. Por eso hoy es la depresión, el no poder mantener ese nivel de excitación y de competitividad, el trastorno de referencia.

Ser optimista, es una actitud que tiene aspectos positivos, pero es aún mejor aprender a tolerar la incertidumbre, la complejidad a menudo inmanejable de la realidad. Y no tratar de solucionar, refugiándonos en un vacuo e infantil optimismo, la ansiedad que sentimos al constatar las limitaciones que tenemos para controlar la realidad, tal como se nos incita hoy continuamente desde el sistema social dominante

jachoteguil@gmail.com


Fuente:  http://blogs.publico.es/joseba-achotegui/2015/12/26/que-el-pesimismo-sea-malo-no-quiere-decir-que-el-optimismo-sea-bueno/

miércoles, 25 de marzo de 2015

Toxoplasmosis y trastornos psiquiátricos

Ya son numerosos los estudios que han puesto en evidencia la relación existente entre el parásito Toxoplasma gondii y el riesgo a desarrollar ciertas enfermedades mentales, como la esquizofrenia, síndromes ansioso-depresivos, trastornos bipolares, trastornos de personalidad, intentos de suicidio, trastornos de estrés postraumático, trastornos del pánico, etc...

  T. gondii es un parásito intracelular del grupo de los apicomplexa, causante de la parasitosis conocida como "toxoplasmosis". Se trata de un parásito muy prevalente en ciertas culturas, como la francesa, debido a sus costumbres culinarias de consumir carne cruda o poco cocinada (poco hecha). Su ciclo biológico es heteroxeno, es decir que utiliza varios hospedadores, intermedarios y definitivos. Los hospedadores definitivos (dónde el parásito se reproduce y completa su ciclo) son los félidos (gatos, leones, tigres, panteras, etc...). En cuanto a los hospedadores intermediarios, existe una larga lista de animales que pueden funcionar como reservorios y a la vez hospedadores intermediarios del parásito, como: roedores, rumiantes, aves o incluso el ser humano. Esto hace de esta enfermedad una zoonosis, en cuya transmisión participan un gran número de animales, lo cual dificulta el control de dicha parasitosis.


La transmisión ocurre por varias vías:
  1. transmisión horizontal ==> esto puede ocurrir a través de la ingestión de carne cruda o poco cocinada, procedente de animales infectados por el parásito. Otra opción es por transmisión "fecal-oral", de manera que limpiando la caja de la arena de tu gato puedes contaminarte con ooquistes esporulados de T. gondii, de manera que si a continuación te llevas las manos sin lavar a la boca, o manipulas con ellas alimentos (frutas, productos cárnicos, etc...) transmites la enfermedad y/o te infectas con el parásito. Además, puede existir transmisión a través del agua de bebida por contaminación de fuentes hídricas con material fecal de animales infectados (hospedadores definitivos que liberan en heces ooquistes que acaban esporulando en el medio externo, haciéndose infectantes). Por otro lado, también puede haber transmisión por transfusiones sanguíneas con sangre de pacientes infectados, aunque actualmente este medio de transmisión está mucho más vigilado y controlado, de manera que no cualquier persona puede donar sangre y antes de ello se le hacen una serie de pruebas comprobando que no esté parasitado y  que por tanto pueda ser donante. También ocurre lo mismo con transplantes de órganos, pero como ya hemos dicho en el caso de las transfusiones sanguíneas, estos casos son mucho menos frecuentes hoy día debido al gran control existente en torno a ellos. Lo que sí es muy frecuente, por desgracia, es la transmisión del parásito en personas drogodependientes, ya que si comparten jeringas y uno de ellos está parasitado, transmitiría la enfermedad al resto de compañeros. Por último, un tipo de transmisión que puede darse es durante el parto, por contacto del feto con la sangre materna infectada por el parásito.
  2. transmisión vertical ==> se da cuando una mujer embarazada es infectada por el parásito, y éste atraviesa la barrera transplacentaria, pudiendo llegar a infectar al feto. Esto puede llevar a consecuencias fatales para el feto, dependiendo esto del estado de gestación en que se encuentre la mujer cuando es infectada por el parásito. Si la mujer es parasitada por T. gondii en el primer trimestre de embarazo, la probabilidad de que el feto también se infecte por el parásito es mínima, pero de infectarse las consecuencias a este nivel del desarrollo del feto serían prácticamente con total seguridad letales, provocando abortos espontáneos o deformaciones graves junto con retraso mental grave. Sin embargo, si la mujer es parasitada en los últimos meses de embarazo, aunque la probabilidad de que el feto también se infecte es mayor, las consecuencias para el feto son mucho más leves, pudiendo producir retraso mental pero de mayor levedad.
    T. gondii: taquizoitos. Wikipedia
Debo destacar que una vez eres infectado por T. gondii el parásito queda en tu organismo para siempre, no eliminando al parásito de tu cuerpo ninguno de los tratamientos farmacológicos existentes, de forma que una vez pasas la fase aguda de la enfermedad quedas en fase crónica de por vida. Esta fase crónica puede verse alterada y reactivada, volviendo a sufrir una fase aguda en caso de estar inmunodeprimido (sea cual sea el caso). Por ello, la cronicidad de esta parasitosis es una de las condicionantes a que el parásito provoque alteraciones neuronales durante toda tu vida, propiciando el desarrollo de dichos trastornos mentales.

Estrategias del parásito para asegurar su perpetuación
Ya explicado todo esto, el parásito solo está a gusto en un hospedador definitivo (félidos), de manera que ha desarrollado una serie de "mecanismos de manipulación" en caso de estar "encerrado" en un hospedador intermediario, cuyo objetivo final es favorecer su transmisión a un hospedador definitivo.
¿Cuáles son estos "mecanismos de manipulación?, pues numerosos estudios han puesto de manifiesto una infinidad de alteraciones detectadas en organismos (hospedadores intermediarios) parasitados por T. gondii como:
  • ROEDORES:  en estos animales se detectó la ausencia de miedo, de manera que los roedores infectados no escapaban al ver a un gato u otro felino, favoreciendo así que éstos fueran depredados y así que el parásito fuera transmitido al hospedador definitivo (el felino). Esto se asoció con varios factores, aunque no está del todo claro cuál de ellos afecta o si afectan todos: problemas de visión, de olfato y audición, falta de reflejos o enlentecimiento de los mismos, reducción de la liberación de la "hormona de la huída", la adrenalina, etc..., contribuyendo todo ello a que el roedor no escapase de su potencial depredador, un félido.
  • HUMANOS: tras varios estudios se detectaron alteraciones en la conducta de las personas infectadas por T. gondii, detectándose trastornos mentales de todo tipo, problemas cognitivos, falta de reflejos o enlentecimiento de los mismos, etc... Además se demostró que las personas infectadas por el parásito eran más altas, esbeltas y atractivas de cara al sexo opuesto, de manera que éste se sentía más atraído por personas parasitadas que por personas sanas, favoreciendo así que el parásito se transmitiera a otras generaciones, y prevaleciera el estado de parasitación. 
Trastornos psiquiátricos relacionados con la toxoplasmosis
Si entráis en la página de Pubmed y introducís palabras claves en inglés del tema, os sorprenderéis con la de estudios científicos que hay publicados acerca de este tema. 
Numerosos científicos han llevado a cabo estudios para demostrar que existe relación entre la parasitación por T. gondii y el padecimiento (o el riesgo a padecer) de ciertas enfermedades mentales.
El trastorno mental relacionado con la toxoplasmosis más estudiado ha sido la esquizofrenia, detectándose tanto en modelos animales como humanos que T. gondii influía de forma significativa en el riesgo de padecer dicha enfermedad, así como en el empeoramiento de la misma. Wang y colaboradores, realizaron un estudio en roedores con tal de estudiar el efecto de la toxoplasmosis en estos animales, relacionándolo con la esquizofrenia, y obtuvieron como resultado que las capacidades cognitivas de los roedores que estaban parasitados se encontraban mermadas, demostrándose mediante estudios estadísticos que la relación entre la parasitosis y el desarrollo de la esquizofrenia era significativa.
Numerosos estudios han demostrado que existe relación entre estar infectado por T. gondii y el riesgo de padecer enfermedades mentales como:
  • Trastorno de Ansiedad Generalizado (TAG).
  • Trastorno Depresivo Mayor (TDM).
  • Trastorno Bipolar.
  • Trastorno de Personalidad.
  • Depresión.
  • Atentados suicidas (intentos de suicidio).
  • Ansiedad.
  • Trastornos Ansioso-Depresivos.
  • Esquizofrenia.
  • Trastorno de Estrés Postraumático (TEP).
  • Trastornos psicóticos (psicosis).
  • etc...
Y estudios como el de Hsu y colaboradores han logrado explicar el porqué de estos sucesos, ya que observaron en personas infectadas por T. gondii que su sistema inmunitario llevaba a cabo una serie de mecanismos defensivos, que participan en el desarrollo de esas enfermedades mentales, aunque como efecto colateral. Me explico, en esas personas infectadas el sistema inmunitario a través de ala activación del IFN gamma (interferón gamma) intentaba bloquear/impedir el desarrollo del parásito en el organismo. Esto lo conseguía activando el IFN gamma que a su vez inducía la activación de la enzima indolamina -2,3-dioxigenasa (IDO), que conllevaba a su vez a una reducción del aminoácido triptófano, provocando como consecuencia final una menor producción de serotonina a nivel cerebral, siendo ello una de las causas del desarrollo de esas enfermedades mentales, sobre todo en el caso de los trastornos depresivos. 
Otro de los estudios que apoyó estos resultados obtenidos por Hsu y colaboradores, fue el estudio llevado a cabo por Flegr en 2013, ya que llegó exactamente a las mismas conclusiones explicadas en el párrafo anterior, añadiendo que además de los cambios ya citados, el parásito inducía en el hospedador intermediario un incremento en los niveles de dopamina, que junto con las alteraciones ya dichas justificarían y explicarían el desarrollo de los trastornos mentales evidenciados en esos pacientes.

Conclusión final
Por desgracia, una vez más, como supongo que muchos ya sabréis, cuando una persona es diagnosticada de una enfermedad o trastorno mental no suelen hacerle pruebas, simplemente con una serie de preguntas y con unos patrones de conducta se establece el diagnóstico a través de un psiquiatra y/o psicólogo, y a no ser que la situación se complique no suelen hacerte pruebas (TACs cerebrales, RMN, ELISAs, etc...). Con esto, llegamos a la conclusión de que se desconoce casi por completo qué parte de la población presenta o ha desarrollado enfermedades mentales como consecuencia de estar parasitado por T. gondii. Por desgracia, la sociedad o los políticos, o ambos no consideran importante conocer estos datos, lo único que creen práctico e importante es saber si la persona tiene o no una enfermedad mental, tratarla y listo. Sin embargo, no son conscientes de que si se hicieran estudios pormenorizados acerca del tema y se detectara y demostrara que la mayoría de los casos que existen son debidos al parásito (una hipótesis que planteo), quizá podrían establecer medidas de control mucho más estrictas en torno a este parásito, informando debidamente a la población acerca de como prevenir ser infectado por él, y así poder prevenir el desarrollo de estos trastornos psiquiátricos y las consecuencias que ello conlleva e la sociedad (calidad de vida, impacto económico y social, etc...).
Ciclo vital de Toxoplasma.