Un grupo de ocho científicos líderes en economía ecológica publican en
la prestigiosa revista "un marco político estratégico" para que los
gobiernos de los países ricos dejan atrás la era del crecimiento.
El gobierno de Barcelona, liderado por Ada Colau, citado en el artículo de Nature.
Europa Press
La Teoría del Decrecimiento, una corriente de pensamiento económico y
social que cuestiona una de las premisas básicas del capitalismo global
-el anclaje entre el crecimiento del PIB y el bienestar de los países-
empieza a tener cada vez más eco en la agenda científica y política de
Europa.
LPO adelantó
días atrás que la Unión Europea financiará por primera vez
investigaciones científicas sobre la viabilidad del decrecimiento. El
European Research Council (ERC) otorgó una subvención de 10 millones de
euros a un proyecto del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de
la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB) que, básicamente,
estudiará cómo hacer para desterrar la economía del crecimiento de los
países desarrollados.
Este lunes, la prestigiosa revista científica Nature publicó un artículo
titulado "El decrecimiento puede funcionar: así es como la ciencia
puede ayudar" firmado por un grupo de ocho científicos líderes en
economía ecológica.
La publicación explica por qué las economías
más avanzadas deben reducir el uso de energía y materiales para avanzar
en la descarbonización y detener el deterioro ecológico. Ofrece,
además, un marco estratégico para que los gobiernos de los países más
desarrollados puedan plasmar políticas decrecentistas.
"La
economía global está estructurada en torno al crecimiento: la idea de
que las empresas, las industrias y las naciones deben aumentar la
producción cada año, independientemente de si es necesario. Esta
dinámica está impulsando el cambio climático y el colapso ecológico. Las
economías de altos ingresos, y las corporaciones y clases adineradas
que las dominan, son las principales responsables de este problema y
consumen energía y materiales a tasas insostenibles", introduce el
artículo.
Las "economías ricas" -agrega- deben abandonar el
crecimiento del producto interno bruto (PIB) como objetivo, "reducir las
formas de producción destructivas e innecesarias" (los aviones
privados, por ejemplo) para disminuir el uso de energía y materiales, y
centrar la actividad económica en "la satisfacción de las necesidades y
el bienestar humano".
El decrecimiento de las regiones más
desarrollas podría, a juicios de estos investigadores, "liberar energía y
materiales para los países de ingresos bajos y medianos en los que el
crecimiento aún podría ser necesario para el desarrollo".
"El decrecimiento es una estrategia
decidida para estabilizar las economías y lograr objetivos sociales y
ecológicos, a diferencia de la recesión, que es caótica y socialmente
desestabilizadora y ocurre cuando las economías dependientes del
crecimiento no logran crecer", aclara el artículo firmado por Jason
Hickel, Giorgos Kallis, Tim Jackson, Daniel W. O'Neill, Juliet B. Schor,
Julia K. Steinberger, Peter A. Victor y Diana Ürge-Vorsatz.
Las
políticas de decrecimiento, necesarias en "la lucha contra el cambio
climático y la pérdida de biodiversidad", tienen que "reducir la
producción menos necesaria" (reducir sectores destructivos como los
combustibles fósiles, la carne y los productos lácteos producidos en
masa, la moda rápida, la publicidad, los automóviles) y "el tiempo de
trabajo" (reducir la edad de jubilación, fomentar el trabajo a tiempo
parcial o adoptar una semana laboral de cuatro día, por ejemplo), entre
otras estrategias.
Sobre el "cómo", el texto remarca que "se
necesitarán nuevas formas de financiación para financiar los servicios
públicos sin crecimiento": "Los gobiernos deben detener los subsidios
para la extracción de combustibles fósiles. Deberían gravar industrias
ecológicamente dañinas como los viajes aéreos y la producción de carne.
Los impuestos sobre el patrimonio también se pueden utilizar para
aumentar los recursos públicos y reducir la desigualdad".
"Algunos
países, regiones y ciudades ya han introducido elementos de estas
políticas. Muchas naciones europeas garantizan atención médica y
educación gratuitas; Viena y Singapur son famosos por sus viviendas
públicas de alta calidad; y casi 100 ciudades en todo el mundo ofrecen
transporte público gratuito. Muchas naciones han utilizado esquemas de
garantía de empleo en el pasado, y se están realizando experimentos con
ingresos básicos y jornadas laborales más cortas en Finlandia, Suecia y
Nueva Zelanda", aclara la publicación.
"Hay
que estudiar los movimientos y gobiernos municipalistas y comunales en
ciudades progresistas como Barcelona o Zagreb, que promueven políticas
que favorecen la justicia social y los bienes comunes". También se citan
casos latinoamericanos: "Se necesita una mejor comprensión de los
obstáculos que enfrentan los gobiernos que tienen ambiciones ecológicas,
como los elegidos este año en Chile y Colombia".
Los
científicos que firman este ensayo reconocen que "el crecimiento a
menudo se trata como un árbitro del éxito político" y que "pocos líderes
se atreven a desafiar el crecimiento del PIB". Por tal motivo, "la
acción de los gobiernos es crucial".
"Este es
un desafío, porque quienes están en el poder tienen ideologías
arraigadas en la economía neoclásica convencional y tienden a tener una
exposición limitada a los investigadores que exploran la economía desde
otros ángulos. Se necesitará espacio político para debatir y comprender
las alternativas y desarrollar respuestas políticas".
Lograr
economías prósperas "sin crecimiento" requerirá de "movimientos
sociales fuertes" (las tomas de decisiones de pequeña escala y directas,
como las asambleas de ciudadanos, pueden ayudar a resaltar las
opiniones públicas sobre economías más equitativa) y de "una
movilización masiva de investigadores en todas las disciplinas,
incluidos economistas de mente abierta, científicos sociales y
políticos, modeladores y estadísticos".
"La investigación sobre el
decrecimiento y la economía ecológica necesita más financiación para
aumentar la capacidad de abordar las cuestiones necesarias. Y la agenda
necesita atención y debate en los principales foros económicos,
ambientales y climáticos, como las conferencias de las Naciones Unidas",
concluye el artículo.
Inflación galopante. De dos cifras. Guerra. Problemas energéticos
cada vez más graves. Olas de calor más potentes y tempranas. Detenciones
de científicos. Matanzas en las fronteras. Retroceso en los derechos de
la mujer en la –supuesta– cima del Imperio, que nos lleva 50 años
atrás… Justo 50 años. ¿Tiene todo esto alguna relación?
En realidad sí.
Se cumplen 50 años de la publicación de uno de los trabajos más importantes del siglo XX, Los límites del crecimiento.
Aquel informe encargado al MIT (Instituto de Tecnología de
Massachusetts) que ya en 1972 avisaba de que el planeta tenía límites y
poco tiempo para enfrentar el choque contra los mismos.
Por ello, Dennis Meadows (EE.UU, 1942), uno de los dos autores
principales del estudio, ha estado concediendo entrevistas para medios
como Le Monde o el Suddeutsche Zeitung. Fue un honor entrevistarle para CTXT.
En el cincuentenario de la publicación del informe, uno de los escenarios –el standard– de su modelo sigue siendo muy similar y consistente con la realidad; en él adelantaban que el crecimiento se detendría por la fuerza alrededor del 2020. ¿Es esto lo que estamos experimentando ya? ¿Fue una previsión o una predicción?
Nosotros no hicimos predicciones. Ya dijimos que es imposible “predecir” con exactitud nada en lo que el comportamiento humano sea un factor, lo que hicimos fue modelar 12 escenarios consistentes con las reglas físicas y sociales. 12 futuros posibles. Uno de ellos, el standard, como sabes, mostraba que el crecimiento se iba a detener cerca del año 2020. Entonces todas las variables (producción industrial, de alimentos, etc.) tocaban techo y en unos 15 años comenzaban a declinar inexorablemente.
¿Se parece esto a lo que estamos viviendo? Yo diría que sí. El mundo
está mostrando cada vez más consecuencias de un choque contra los
límites.
Lo que sí tuvimos fue mucho cuidado, ya en 1972, dejando claro que
después del pico de cualquier variable todo se vuelve aún más
impredecible, porque entran en juego factores que no podían ser
representados en nuestro modelo. Una vez llegados a este punto es obvio
que vamos a ser dirigidos más por factores psicológicos, sociales y
políticos que por limitaciones físicas.
Le he escuchado denominar al cambio climático como un “síntoma”, ¿de qué exactamente?
Es esencial reconocer que el cambio climático, la inflación, la
escasez de alimentos, a veces son considerados problemas, pero en
realidad son síntomas de un problema mayor.
Así como un dolor de cabeza persistente puede en ocasiones ser un
síntoma de cáncer, muchas dificultades actuales son síntomas de niveles
de consumo de materiales que han crecido más allá de los límites del
planeta. Por supuesto que los síntomas son importantes. Un dolor de
cabeza merece una respuesta. Sin embargo, una aspirina puede hacer que
el paciente se sienta mejor temporalmente, pero no resuelve el problema
de fondo. Para ello hay que tratar el crecimiento incontrolado de las
células cancerosas en el cuerpo.
No se puede sostener el crecimiento, digamos, enfrentándonos a
problemas uno por uno. Aunque solucionásemos el cambio climático, nos
encontraríamos con el siguiente problema al empecinarnos en seguir
creciendo, ya sea escasez de agua, de alimentos o de otros recursos
cruciales. El crecimiento se va a detener, por una razón o por otra.
Llegados a este punto, por el retraso en la acción necesaria, ya no
podemos evitar un cambio climático grave. Hagamos lo que hagamos. Aunque
siempre hay grados.
El mito del progreso, de que la
tecnología vendrá al rescate, es una de las ideas más paralizantes para
hacer frente al problema real: el decrecimiento es inevitable, ya que
esto no se trata de un problema técnico. ¿Quizá lo que necesitamos es un
cambio cultural, moral y ético?
Sí, completamente, ese era uno de los puntos cruciales de nuestra
obra hace ya medio siglo. En condiciones ideales, la tecnología puede
darte más tiempo, pero no va a solucionar el problema. Te puede ampliar
el margen, la oportunidad de hacer los cambios políticos y sociales que
son necesarios. Pero mientras tengas un sistema que se basa en el
crecimiento para solucionar cada problema, la tecnología no podrá evitar
que se sobrepasen muchos límites cruciales, como ya estamos viendo.
Pese a la tremenda utilidad e importancia de su trabajo, a
usted y sus compañeros les criticaron mucho. Esto sigue ocurriéndole a
cualquiera que se sale del discurso dominante: la “happycracia”. ¿Existe
una imposibilidad social para hablar de según qué temas porque te
convierten en el catastrofista, el pesimista que amarga?
Yo era muy ingenuo en los setenta, cuando lanzamos el libro. Fui
formado como científico, y tenía la impresión de que utilizando el
método científico, producíamos datos incuestionables, y si se los
enseñábamos a la gente, entonces esto bastaría para producir un cambio
en la mirada y las acciones de las personas. Eso fue ingenuidad cuanto
menos.
Hay dos maneras de enfrentar estas situaciones: en una recoges datos y
entonces decides qué conclusiones son consistentes con los datos, la
manera científica. En la otra, muy habitual, decides qué conclusiones
son importantes, y buscas datos que cuadren y apoyen tus “conclusiones”.
Esto es lo que ocurre con los negacionistas climáticos, por ejemplo.
No he tratado de ganar esos debates entre pesimistas y optimistas,
con este tipo de personas. Cuando alguien viene enfadado a acusarme de
lo que sea, simplemente les digo: “ojalá tengas razón”, y sigo adelante.
Existe una tendencia en los sistemas, las empresas, las personas hacia la autopreservación,
fundamentándonos muchas veces en miradas cortoplacistas que no nos
dejan avanzar a largo plazo, ¿cómo luchar contra estas inercias y
hábitos?
Sí, la única manera de gestionar esto es ampliar el horizonte
temporal y espacial. Y así ver con perspectiva los posibles costes y
beneficios. Un ejemplo: la pandemia y la gestión en mi país [EE.UU.] ha
sido lamentable, muy corta de miras. Si no extiendes las vacunas a todo
el espacio, al resto del mundo, no son tan útiles.
¿Cómo ampliar ese marco temporal? Con las siguientes generaciones. La
mayoría de la gente tiene preocupaciones legítimas, genuinas, sobre el
futuro de sus hijos, sobrinos, nietos.
En España últimamente estamos teniendo buenas noticias al
respecto del decrecimiento: la primera asamblea ciudadana por el clima
ha elegido entre sus 172 medidas la necesidad de hacer pedagogía con el
decrecimiento, varios políticos –incluyendo al ministro de Consumo– han
hecho declaraciones a favor de abrir este debate ineludible, y el IPCC
cada vez incluye más esta palabra en sus informes.
¿Estamos más cerca de un Tipping Point social –como suele decir Timothy Lenton–, o tendremos que esperar a que las crisis sean aún más patentes para reaccionar?
La respuesta a ambas cuestiones es sí. Estamos más cerca de un punto
de vuelco social positivo, pero por otro lado, me temo que tendremos que
esperar al agravamiento de las crisis para reaccionar. Y es aún peor:
si nos hubieran descrito nuestra actual situación en, digamos, el año
2000, habríamos pensado que eso era ya una crisis catastrófica. Somos la
rana que no salta de la olla, cocida demasiado a fuego lento.
Desgraciadamente creo que esa es nuestra situación.
Según el modelo HANDY–otro
modelo de dinámica de sistemas– un parámetro fundamental para causar
colapsos es la desigualdad, que crece en paralelo a la falta de
confianza entre semejantes, otra de las principales razones de los
colapsos. El diseño de nuestro sistema económico hace que ambas aumenten
cada año. Y hace imposible ajustarse a los límites, porque la élite
–que suele estar alejada de la realidad y por tanto no detecta las
alarmas– es la que sirve de modelo. ¿Cómo desenredar semejante lío?
La verdad no se encuentra en unas pocas ecuaciones, obviamente. Se
encuentra en la historia. Y nuestra historia durante miles de años
muestra que los poderosos buscan más poder, y lo tienen más fácil por su
situación para encontrarlo, es un bucle de retroalimentación positivo.
En dinámica de sistemas esto se llama “éxito para los ya exitosos”. Rara
vez nos desviamos de ese fenómeno.
Nadie puede desenredar este enredo. No creo que exista ninguna acción
o ley que pueda hacer eso. En unas pocas culturas, sin embargo, se han
visto mecanismos evolucionados de redistribución. En el Noroeste de los
Estados Unidos hay algunas tribus que tienen una costumbre llamada
“Potlatch”, es una ceremonia en la que los jefes de la tribu, los más
ricos, regalaban parte de sus posesiones –estoy simplificándolo,
seguro–. En el budismo también hay una tradición de desapego a lo
material en muchos de sus practicantes. Pero son raras excepciones. En
nuestro mundo la tendencia es a acumular poder y, como dices, eso ayuda a
estar desapegado de la realidad. Es entonces cuando se acaba
produciendo un colapso –también del propio poder– y todo vuelve a
empezar de nuevo. Es un proceso que se produce como respuesta a los
límites. Y la desigualdad está creciendo en todos los países.
¿Hasta qué punto están las élites anticipando la necesidad
matemática de reducir la desigualdad? ¿O solo se están preocupando por
su supervivencia?
Bueno, no se puede hablar con propiedad de “élites”. Algunas élites
están preocupadas y hacen todo lo que pueden para reducir la
desigualdad, otras ni siquiera piensan en ello, –probablemente la
mayoría–, y otras, sin duda, están trabajando para hacerla cada vez más
grande. Desde luego no hay una tendencia hacia la reducción de la
desigualdad. Y a veces se dice que el crecimiento ayuda a que llegue
riqueza a todo el mundo, lo cual, viendo cómo han crecido
simultáneamente las tasas de crecimiento y de desigualdad, es
manifiestamente falso.
¿Ve hoy en día más preocupación por el colapso de la
civilización en los círculos de poder, económicos y políticos? ¿O siguen
con los beneficios a corto plazo como siempre?
Yo no estoy en círculos de poder así que no puedo responder a eso. Soy un profesor jubilado de 80 años. Es el 50 aniversario de Los límites del crecimiento y salvo por las entrevistas que se hacen sobre un libro que aún despierta interés, no hay tanta atención como podría parecer.
Teniendo en cuenta la miopía espacial y temporal respecto a
los límites, ¿no cree que la visión moderna del mundo está obsoleta?
¿Podría sugerir algunas ideas filosóficas para una transición hacia una
nueva cosmología?
Gracias por imaginar que puedo tener la capacidad de hacer tales
cosas. Que la actual forma de ver el mundo está obsoleta es obvio solo
con mirar las noticias. Casi nadie puede estar contento con el estado
del mundo.
Sobre una nueva cosmología: hay una diversidad enorme de filosofías,
prácticas espirituales, muchas de ellas consistentes con el
funcionamiento del mundo. Cualquiera que vaya a funcionar tiene que
reconocer la interacción y dependencia que tenemos con el mundo natural.
Ya hemos comentado el extendido mito de que la tecnología nos llevará a
superar cualquier obstáculo. Lo vemos con el reto climático: existe
esta cosa llamada Captura y Secuestro de Carbono (CCS). A pesar del
hecho irrefutable de que es más barato, rápido y fácil reducir el
consumo energético, la tendencia es buscar la solución tecnológica que
nos permita hacer lo que ya no podemos seguir haciendo sin causar graves
daños. Es una fantasía total. Lo mejor que podemos decir del CCS es que
es una idea que va a hacer a unas pocas personas ganar mucho dinero.
Estamos como en una cinta de correr que se acelera rápidamente. Ya
sabes, esas cintas en las que corres pero no vas a ningún sitio. Eso es
lo que estamos haciendo. A medida que vamos tomando malas decisiones,
eso nos aboca a crisis que por obligación acortan nuestra perspectiva
temporal, todo se vuelve reactivo mientras aceleramos. Eso a su vez
ayuda a que tomemos más malas decisiones, porque estrechamos más y más
nuestro horizonte temporal. Es un círculo vicioso.
Creo que vamos a ver más cambios en los próximos 20 años que los que
hemos vivido en los últimos 100. No quiero que pase lo que voy a decir,
pero creo que es lo más probable: habrá desastres significativos debido
al caos climático y al agotamiento de los combustibles fósiles, esto
devolverá a la humanidad a estados más descentralizados y desconectados.
Lentamente, evolucionarán culturas que estén más preparadas para la
situación. Solo así, creo, podrá aparecer una “nueva cosmología”
apropiada.
¿Crees que una coalición de élites dotadas podría cambiar el curso de los acontecimientos?
Son escasas las ocasiones en que un libro cambia realmente el mundo. En el siglo XIX, un libro tal fue El origen de las especies, de Charles Dawin. Para el siglo XX, fue Los límites del crecimiento. Este best-seller
de 1972 no sólo contribuyó al surgimiento del movimiento ecologista,
sino que mostró que la dinámica subyacente al mundo industrial moderno
era insostenible en apenas el tiempo de un par de vidas humanas. Esta
información era de una profunda importancia y se hacía llegar de una
manera creíble y clara, de modo que cualquier persona con
responsabilidades políticas podía comprenderla. Por desgracia, el libro
sufrió el rechazo de gente poderosa con intereses personales en el
modelo económico occidental basado en el crecimiento que estaba
apoderándose del resto del mundo. Hoy en día estamos empezando a ver los
resultados de aquel rechazo.
De los cuatro autores del libro, tan sólo Dennis Meadows y Jørgen
Randers continúan en activo (Donella Meadows murió en 2001). Me puse en
contacto con el Dr. Meadows, a quien he tratado a lo largo de los
últimos años, para proponerle una breve conversación, con motivo del
quincuagésimo aniversario de la publicación de Los límites del crecimiento, a lo cual amablemente accedió.
Richard Heinberg: Dennis, es un honor tener la oportunidad de
entrevistarte. Enhorabuena por haber co-escrito el libro más importante
del siglo pasado. Estoy encantando por tu disposición a responder estas
pocas preguntas. Vamos con la primera: ¿hasta qué punto se está
ajustando la realidad con los escenarios que tú y tus colegas
generasteis hace 50 años?
Dennis L. Meadows:
Ha habido varios intentos, últimamente, de comparar algunos de nuestros
escenarios con el modo en que el sistema global ha evolucionado a lo
largo de los últimos 50 años. Eso es difícil de hacer. Es, en cierto
modo, como intentar confirmar mirando por un microscopio si los datos
que has obtenido por medio de un telescopio son exactos o no. De hecho,
la exactitud no es en realidad el tema aquí. Nuestra misión al hacer el
análisis original era proporcionar un marco conceptual dentro del cual
la gente pudiese pensar sobre sus propias opciones y sobre los
acontecimientos que presenciaban a su alrededor. Cuando evaluamos
modelos, siempre nos preguntamos si son más útiles, no si son más
precisos.
Una vez aclarado eso, también tengo que decir que los esfuerzos que
se han realizado han concluido por lo general que el mundo se está
moviendo por lo que nosotros denominamos, en nuestro informe de 1972, el
escenario estándar. Es una imagen agregada del sistema global,
que muestra crecimiento desde 1972 hasta 2020 más o menos, y luego,
durante la siguiente década o dos décadas, las tendencias principales
llegan a un techo y comienzan a descender. Yo aún considero ese modelo
muy útil para comprender lo que leo en los periódicos y para intentar
pensar en lo que va a venir a continuación.
RH: Por lo general, cuando se trata de debates acerca de los
impactos ecológicos sobre la sociedad, el agotamiento de recursos merece
mucha menos atención que la contaminación. Casi no hay nadie que no
esté hablando del cambio climático a día de hoy, pero la asunción que
hay de fondo es que, si reducimos las emisiones al cero neto,
podemos continuar viviendo básicamente como hacemos ahora, es decir, en
una cultura de consumo, con 8 mil millones de personas y enormes
cruceros de lujo (por supuesto, movidos con hidrógeno). Apenas hay
discusión en el mainstream —incluso entre la mayoría de
científicos, diría yo— acerca del hecho de que una población y un
consumo crecientes nos va a acabar conduciendo a una serie de crisis de
agotamiento incluso si, de algún modo, pudiésemos evitar los peores
impactos climáticos. ¿Cómo ves tú que se van a ir perfilando los
impactos del agotamiento y la contaminación como factores restrictivos
del crecimiento en el futuro?
DLM: Yo diría que ese agotamiento y esa
contaminación ya son restricciones al crecimiento futuro. Fíjate
simplemente en el petróleo, por ejemplo. En los 90, el precio medio era
de unos 30$ el barril. Ahora estamos cerca de los 100$ el barril,
incluso teniendo la inflación en cuenta [N. del T.: la entrevista
original se publicó el día antes de la invasión rusa de Ucrania; a
comienzos de marzo, apenas unos días después de publicarse, el barril de
Brent rozaba los 130$]. Esto está empezando a echar un jarro de
agua fría a las decisiones de inversión. Y hay más: no hay ninguna
posibilidad de evitar el cambio climático, por supuesto, ni siquiera si
reducimos las emisiones al cero neto. La persistencia del CO2
en la atmósfera (su semivida es de unos 120 años) significa que vamos a
tener que vivir lo que queda de siglo con las consecuencias de casi
todo lo que hemos arrojado a la atmósfera hasta ahora.
La
última vez que la concentración de gases de efecto invernadero fue tan
alta fue hace unos 4 millones de años. Entonces no había seres humanos y
el nivel del mar era unos 18 metros más alto que ahora. Esto no es
ciencia-ficción. Sabemos que si la capa de hielo de la Antártida se
derrite totalmente, provocará el aumento del nivel del mar en casi 60
metros. Eso se sumaría, por descontado, a la expansión del agua oceánica
que se está produciendo por las temperaturas más cálidas. También
estamos viendo que el hielo ártico se está derritiendo. Y los efectos
del calentamiento actual van a acelerar ese proceso: no he encontrado
ninguna razón en absoluto para imaginar otra cosa diferente.
De todos modos, es útil imaginar (aunque sea una fantasía) que
podríamos eliminar el cambio climático como problema. Incluso en ese
caso, se necesitarían cambios de gran calado. Si lees las noticias y
miras los datos, ves que los recursos naturales se están deteriorando en
todos y cada uno de los continentes. Estamos muy por encima de los
niveles sostenibles. Incluso en el caso de que pudiésemos evitar el
cambio climático, no hay manera de sostener a 8 mil millones de personas
en niveles de vida que sean remotamente parecidos a los que nos hemos
acostumbrado a esperar. Ha habido algunos ejercicios académicos para
calcular cuánta gente podría soportar la Tierra. La verdad es que es un
ejercicio bastante tonto, porque pasa por alto la mayor parte de los
valores y objetivos que tenemos para hacer que la vida humana en este
planeta merezca la pena: equidad, libertad, prosperidad, salud… Todas
estas cosas están íntimamente afectadas por la superpoblación. Yo no sé
cuál es el nivel de población sostenible ahora, pero probablemente esté
más cerca del millardo de personas o menos, si es que aspiramos a que
tengan el tipo de nivel de vida y las circunstancias políticas de los
que disfrutamos en Occidente.
En el futuro la escasez probablemente se va a manifestar mucho más
directamente por medio de lo que se parece más a fuerzas de tipo
político. A medida que países como los EE. UU. y China se hagan
dependientes de importaciones para sostener sus estándares de vida, como
son ahora con respecto al petróleo, comenzarán a poner en práctica
medidas políticas, militares y económicas para obtener el control de
esos activos en el exterior. Y eso está claro que nos llevará a
conflictos. Destinar cada vez más recursos a los mecanismos de control
reducirá el tipo de crecimiento que es posible en el interior de los
países. Podemos discutir acerca de hasta qué punto la tecnología nos va a
proporcionar nuevos recursos a nosotros, pero lo que es clave recordar
es que, en términos generales, la tecnología hay que entenderla como un
medio de usar energía fósil para asegurar algo. Y a medida que nuestros
recursos de energía fósil empiecen a entrar en declive, la capacidad de
la tecnología de facilitarnos aun más recursos abundantes está claro que
va a disminuir.
RH: En su día Los límites del crecimiento fue
sometido a un escrutinio y una crítica muy duros. Buena parte de la
crítica era injusta y basada en cifras obtenidas del libro pero sacadas
fuera de contexto y tratadas como si fueran predicciones, lo que ya se
explicaba expresamente que no eran. Pero me pregunto, ahora que han
pasado 50 años, si alguna de aquellas críticas os hizo repensar alguna
de vuestras suposiciones iniciales o conclusiones.
DLM: Claro, a menudo me he preguntado qué cosas
haría de manera diferente si supiera entonces, en 1972, lo que sé ahora y
estuviera de nuevo construyendo un equipo y organizando el esfuerzo de
desarrollar y analizar un modelo global. Pero en general creo que
hicimos las elecciones correctas. Luego hablaré de la energía, un tema
en el que creo que podríamos haber hecho algunos cambios importantes.
Una de nuestras asunciones cruciales era mirar el mundo como un todo, y
no intentar diferenciar entre regiones y países. Visto desde ahora, creo
que eso era lo que había que hacer, aunque por supuesto nos dejó
expuestos a las críticas. Si ya es poco lo que sabemos acerca de las
tendencias mundiales a largo plazo, sabemos aun menos de las dinámicas
de los flujos internacionales de personas, finanzas, recursos, energía,
etc. Así pues, intentar hacer un modelo multinacional para el largo
plazo te va a dejar con un conjunto extremadamente complicado de
asunciones, todas las cuales se basan en la ignorancia, y un modelo así
no resulta muy útil.
RH:
Los Informes de Evaluación Integrada del Panel Intergubernamental sobre
el Cambio Climático, el IPCC, no son modelos de sistemas como el World3 (el que usasteis para Los límites del crecimiento)
y no tienen en cuenta la posibilidad del decrecimiento, sólo consideran
el crecimiento. ¿Puedes darnos tu opinión sobre las diferencias entre
enfoques de modelización y qué implicaciones tienen, por ejemplo, para
los escenarios más extremos de emisiones de gases de efecto invernadero?
DLM: Existen profundas diferencias entre lo que
hicimos nosotros y la modelización que ha estado haciéndose como ayuda
al IPCC. Yo respeto muchísimo ese esfuerzo. Conozco a muchas de las
personas implicadas en el intento de modelizar a largo plazo el cambio
climático. Son excelentes científicos y científicas, y están haciendo un
buen trabajo. Han generado mucho conocimiento nuevo. Pero la naturaleza
de su análisis es totalmente diferente del que hicimos nosotros. No
sería muy exagerado decir que el modelo del IPCC toma como punto de
partida lo que es políticamente aceptable, y a partir de ahí intenta
sacar sus consecuencias científicas, mientras que nosotros miramos lo
que se sabía científicamente, y luego intentamos trazar sus
consecuencias políticas.
El modelo del IPCC deja muchas cosas como exógenas. Para usarlo
tienes que especificar asunciones en cuanto al crecimiento de la
población, asunciones sobre el nivel económico del PIB, y así todo.
Nosotros hicimos un esfuerzo enorme para que las determinantes
importantes de nuestro modelo fuesen endógenas. Esto quiere decir que va
evolucionando en el tiempo en respuesta a cambios que suceden dentro
del modelo. Hacer que las variables importantes, como la población, sean
exógenas te evita un montón de críticas. Puedes ofrecer un puñado de
escenarios diferentes, y dentro de ese conjunto, casi cualquier político
encontrará algo que le guste.
El escenario del IPCC nos está contando cosas sobre el cambio
climático y no se mete en otros asuntos. Nosotros, en cambio, intentamos
proporcionar un marco que lo abarcase todo. Así que son ambos esfuerzos
útiles, sólo que completamente diferentes. Es como coger un martillo y
coger un pincel, y preguntar cuál es mejor. Por descontado, la respuesta
es que cada uno tiene su propósito.
RH: El modelo de Los límites del crecimiento tiene precisamente los «recursos» como inputs
de la economía, con la energía incluida como uno de ellos. Yo me
pregunto si ves la energía como algo especial, dado que se requiere
energía para acceder a todos los demás recursos, como son los minerales.
¿Crees que el declive de los recursos seguirá en general al declive
específico de la energía?
DLM: La omisión más seria de nuestro modelo, tal
como yo lo entiendo ahora, fue la energía. Metimos juntas todas las
formas de energía de manera implícita o bien dentro del sector de
recursos no renovables, o bien, de una manera un tanto forzada, en el
sector agrícola. Esto asume implícitamente que la energía es
infinitamente sustituible, una asunción que hacen todo el tiempo los
economistas, pero que, por supuesto, es totalmente errónea.
Aun recuerdo cuando sucedió el embargo de petróleo, creo que fue en 1972 [N. del T.: en realidad sucedió en octubre de 1973, en la llamada Primera Crisis del Petróleo].
Y los economistas salieron diciendo: «Bueno, no hay de qué preocuparse.
El sector energético en los EE. UU. sólo representa el 4 ó el 5% del
PIB. Así que incluso si se detiene completamente, el PIB no va a caer
mucho.» Bueno, por supuesto, eso es una manera increíblemente idiota de
entender la realidad. Si no hay energía, muy poco PIB va a haber. En
cuanto a si el declive de la disponibilidad de energía se va a parecer
estrecha o vagamente a la disponibilidad de recursos es algo que aún
está por ver. La disponibilidad de energía, está claro que no es sólo
cuestión de cantidades físicas, sino también de energía útil. El
concepto de retorno energético sobre la inversión (EROI) [N. del T.: Tasa de Retorno Energético, TRE, en castellano]
es tremendamente importante, y probablemente bien conocido por la gente
que lee vuestro sitio web. Se sabe que su tendencia es a caer. El
trabajo pionero de Charlie Hall es el mejor que yo he visto para
calcular qué EROI se necesita para sostener una economía tan compleja
como la nuestra. Tenemos un duro camino por delante, pero el mayor de
todos los problemas va a ser el declive del retorno energético.
RH:
Al releer vuestro libro me sorprendieron las excelentes recomendaciones
que dabais, a partir de la página 161. ¡Ay, si los políticos a nivel
mundial hubiera adoptado aunque sólo fueran aquellas recomendaciones!
Por desgracia para todos nosotros, no lo hicieron, al menos la mayoría,
aunque ha habido algún éxito en los esfuerzos por ralentizar el
crecimiento de la población. Ahora, 50 años después, ¿crees que serían
apropiadas otras recomendaciones diferentes?
DLM: He revisado las tres ediciones de nuestro
libro, y no he podido encontrar por ningún lado ese conjunto de
recomendaciones, ni excelentes ni de otro tipo. [Nota de R.H.:
Dennis claro que tiene razón en esto, porque no hay «recomendaciones»
como tales, tan sólo condiciones hipotéticas, como la aplicación de
políticas que produzcan la igualación de las tasas de nacimientos y
defunciones desde 1975, que se introdujeron en los escenarios en un
intento de producir una condición mundial estable a lo largo del s.
XXI.] [N. del T.: Yo me permito llevarles la contraria tanto a Heinberg
como a Meadows. En la última edición en castellano, Los límites del crecimiento. 30 años después,
publicada por Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores en 2006, podemos
encontrar que el último cap. se titula precisamente «Instrumentos para
la transición a la sostenibilidad», y en él, sobre todo en las pp.
425-427, se enumeran una serie de características que debería tener una
«sociedad sostenible». Si eso no son «recomendaciones», se le parecen
muchísimo.]
Sin embargo, sea lo que sea lo que recomendamos por aquel entonces
era para tratar de ralentizar las cosas antes de que chocásemos con el
límite. Ahora resulta obvio que la escala de las actividades humanas
está muy pero que muy por encima del límite. Y nuesto objetivo no es
ralentizar, sino volver a bajar por debajo de ese límite: encontrar
maneras de maniobrar el sistema, de una manera pacífica, igualitaria,
que ojalá sea básicamente respetuosa con las libertades [N. del T.: Meadows usa el ambiguo término liberal que podría también traducirse como permisiva, generosa o incluso progresista],
y que rebaje nuestras demandas de vuelta a niveles que puedan ser
soportados por el planeta. Esa es una cuestión completamente distinta de
la que queríamos atender entonces. Requeriría un tipo de modelo
totalmente diferente al que construimos, y un conjunto de libros
totalmente diferentes a los que escribimos. Tuvimos cuidado en nuestros
análisis, cuando describíamos diferentes escenarios, para nunca realizar
afirmaciones acerca de la salida que producía el modelo más allá del
momento en que la primera variable importante llegaba a su techo y
comenzaba a declinar, porque entendíamos que eso traería cambios muy
profundos en el sistema social y político, los cuales harían —casi sin
lugar a dudas— que nuestro modelo se convirtiese en bastante
irrelevante. Así que aún hay un montón de investigaciones interesantes
por hacer. Hay todo un nuevo conjunto de preguntas interesantes. Pero
habrá que mirar en otro lado que no sea nuestro trabajo, para ponerse
con ellas.
RH: ¿Piensas que los responsables políticos son ahora más abiertos de lo que eran entonces?
Edición en castellano de la 3ª revisión del informe. El original en inglés es de 2004.
DLM: No es una cuestión de si los responsables políticos son abiertos o no; la pregunta es si están más dispuestos ahora a tomar medidas constructivas de lo que estaban hace 50 años. Es una cuestión complicada, para la que no tengo respuesta. La acción no requiere tan sólo apertura de mente, sino también disponer de recursos y de una auténtica preocupación. Yo he sido capaz de convencer a gente, por ejemplo, de que estaba llegando el cambio climático. Pero no toman medidas no porque no me crean, sino porque simple y llanamente no les importa. Están centrados en una perspectiva cortoplacista dentro de la cual el sistema actual les está dando el poder y el dinero a los que aspiran. Por tanto, no ven necesidad alguna para cambiar.
Es irónico, pero con el tiempo este tipo de problemas hacen que
aumente la preocupación pero que los recursos discrecionales disminuyan.
Y a menudo resulta que, para cuando los políticos se han llegado a
preocupar lo suficiente acerca de un tema como para comenzar a
plantearse qué hacer, ya no tienen suficientes recursos discrecionales
para poder ser muy efectivos con lo que hagan. Y todo esto se
entremezcla con lo que yo llamo el círculo vicioso del horizonte temporal.
Puesto que no hemos tomado medidas efectivas en el pasado, las crisis
se nos acumulan. Está en la propia naturaleza de la respuesta política
el hecho de que, cuando llegan las crisis, te centras más y más en el
corto plazo, y tu horizonte temporal se reduce. Y como eso te lleva a
hacer cosas que no resuelven el fondo del problema, la crisis empeora.
Así que a medida que la crisis empeora, el horizonte temporal se
estrecha aun más, la toma de decisisiones equivocadas aumenta y la
crisis se agrava más y más. Ahí es donde creo que estamos ahora.
A veces he usado la metáfora de la montaña rusa, como la de la Oktoberfest en Munich [N.
del T.: se debe referir al Olympia Looping, la «montaña rusa
trasportable más grande del mundo», con cinco bucles y más de 1 Km de
recorrido.] Por medio de esta metáfora, podría decirse que la
situación en 1972 era como la de un grupo de personas haciendo cola
frente a la taquilla y preguntándose si deberían subir o no. Aún tienen
la oportunidad de no hacerlo. Pero, siguiendo la analogía, resulta que
se montaron. Se subieron a la vagoneta y disfrutaron de un corto periodo
de crecimiento hasta que llegaron a la primera cima. Ahora están a
punto de empezar a descender y no tienen mucho margen para la acción
constructiva. Todo lo que pueden hacer es agarrarse con la esperanza de
sobrevivir al viaje. Es una manera simplista de explicar nuestra
situación, pero pone la capacidad política en una perspectiva útil.
RH: De todas las recomendaciones que hicisteis entonces, o de
las nuevas que puedas hacer, ¿cuál es la que destacarías como la más
importante? ¿Hay alguna pequeña idea que, como una piedreceita montaña
abajo, pueda provocar una avalancha de cambios?
DLM: Las recomendaciones que pudiéramos haber hecho
en 1972 ya no son relevantes en el momento actual. Por tanto, aunque
podría decir, en teoría, que detener el crecimiento de la población o
aumentar la preocupación de la gente por quienes tuvieran lejos habrían
sido las cosas más importantes que podríamos haber hecho hace 50 años,
ahora lo cierto es que es demasiado tarde para eso. Si estuviéramos
intentando poner en marcha un nuevo impulso para el cambio, debería ser
sobre la base de comprender la naturaleza de la percepción humana. ¿Por
qué es que tenemos tendencia a centrarnos en el corto plazo y en lo
local, cuando de hecho, las soluciones fundamentales a estos problemas
son de largo plazo y de largo alcance geográfico? Y hay un montón de
trabajo de investigación que hacer. Los economistas han predicado sus
recomendaciones basándonse en asumir que el PIB continuará expandiéndose
por siempre jamás. Está claro que no lo hará. Tenemos que comprender lo
que eso implica e intentar imaginar qué tipo de recomendaciones
políticas prácticas podrían ponerse en marcha en respuesta a ese hecho.
Yo suelo reflexionar acerca de esas cosas, pero reconozco que no he
llegado al punto en el que sea capaz de desglosar una serie de
recomendaciones detalladas.
RH: ¿Qué opinas de la perspectiva de que la gente abandone la
idea de maximizar su poder sobre la Naturaleza y de que acepte la idea
de suficiencia como un principio organizador para lograr una
buena vida? ¿Iría algo así en contra de nuestros genes, o simplemente de
nuestro condicionamiento cultural?
DLM: Nuestra especie, el Homo sapiens,
y por tanto también su sociedad mundial, son, hasta un punto en que no
solemos apreciar la mayoría de las veces, el resultado de 300 ó 400 mil
años de evolución, durante los cuales había un valor alto desde el punto
de vista de la supervivencia, en el corto plazo y en la corta
distancia, y en no preocuparse acerca de los largos plazos ni
distancias. Como consecuencia, esa es la dotación mental e institucional
que tenemos para lidiar con cuestiones que, por primera vez, necesitan
algo diferente. El ser humano tiene dos maneras de cambiar: por la vía
social y por la biológica. Cambios genéticos fundamentales en nuestra
especie requerirían 3 mil o 4 mil años. Es más o menos ese el tiempo que
tardaría en suceder una mutación constructiva y en extenderse lo
suficiente. La adaptación social puede, al menos en teoría, ocurrir más
rápido, así que la cuestión aquí es la siguiente: ¿qué perspectiva
tenemos de que nuestro sistema social cambie de tal manera que sea más
congruente con la realidad? En teoría claro que puede hacerlo. En la
práctica, no estoy tan seguro. El tema principal al que nos enfrentamos
es que el sistema actual está al servicio de los intereses de mucha
gente, y les está funcionando muy bien. Hay un montón de gente que
obtiene riqueza y poder político del sistema actual. Y no hay duda de
que cuando alguna otra persona recomienda un cambio, la gente que tiene
ese poder se va a resistir, y de hecho así lo han venido haciendo. La
industria de los combustibles fósiles es un ejemplo, pero hay miles. No
puedes entender el debate nuclear sin darte cuenta de que alguna gente
está sacando millones de dólares de construir los reactores nucleares.
Así pues, no le tienes que preguntar a un científico físico como yo,
sino a una socióloga o a un politólogo acerca de las perspectivas de
cambiar la sociedad. En el pasado ha habido cambios que han ocurrido
rápidamente pero ha sido bajo periodos de crisis, es decir, lo típico no
era que sucedieran durante los periodos de paz y éxito. A medida que
las crisis se multipliquen ya veremos qué cambios se hacen posibles.
RH: Tú has realizado alguna investigación acerca de cómo
cambia el comportamiento de la gente. ¿Has aprendido algunas lecciones
que pudiesen ser valiosas para los y las jóvenes activistas?
DLM: Yo soy un viejo activista, tengo 80 años. No
soy capaz de imaginarme con la capacidad de ponerme a mí mismo en la
cabeza de alguien que está al comienzo de su vida y ve 60 ó 70 años por
delante. Aun así, podría ofrecer al menos unas pocas cosas para que
tuviesen en consideración. Una sería reconocer que la gente está
motivada por muchos factores diferentes: riqueza, afecto, fama, poder… Y
si quieres que alguien cambie, tienes que entender qué le motiva, y
persuadirle de que el cambio que tú recomiendas va a servir a sus
intereses. Esto resultará más fácil si sus intereses se extienden a las
personas que tiene lejos en la distancia o en el futuro. Pero de un modo
u otro, tienen que descubrir que es en su propio interés. Rara vez me
he encontrado a alguien que estuviese dispuesto a renunciar a todo y
hacer las cosas que yo le dijera sólo porque yo pensaba que era una buena idea.
Otra cosa que les diría es que, sin importar lo que pase en las
próximas décadas, siempre y en cada momento hay una oportunidad de hacer
muchas cosas diferentes. Algunas de ellas harán que mejore la
situación, y otras harán que empeore. Y es éticamente satisfactorio —e
incluso puede que de algún modo también acabe siendo efectivo— intentar
descubrir cuáles son las cosas que van a hacer que mejore.
Yo no sé lo que va a venir. Miro esas curvas hacia abajo en mi
escenario y honestamente no sé a qué se va a parecer en el mundo real en
los próximos 40 a 50 años. Pero lo que me parece es que alguna gente
puede que atraviese este periodo sin siquiera darse mucha cuenta del
colapso, mientras que otros, desde luego, ya están sufriendo el declive
en su situación personal, en su cultura, en su comunidad, etc. Sea cual
resulte ser el caso, lo que tengo claro es que la gente que tenga
algunas habilidades prácticas, aspiraciones modestas y una buena red
social alrededor va a estar muchísimo mejor. Así que, si tuviésemos que
concluir con algún tipo de recomendación simplista, creo que podría ser
construir tus redes sociales. Utilízalas como una fuente de nuevas
ideas, de apoyo, de refuerzo y de satisfacción.
RH: Dennis, gracias de nuevo por conversar conmigo y mi
agradecimiento más profundo y sincero por todo lo que has hecho a lo
largo de los años por ayudarnos a comprender el tremendo lío en el que
estamos.
Aunque desde Moncloa y la Unión Europea el coche eléctrico se presenta
como la gran alternativa de movilidad en la llamada ‘Transición verde y
energética’, perpetúa la geopolítica colonialista, supone una gran
huella ecológica y acentuará las desigualdades sociales
Los automóviles de combustión tienen los días contados. El año 2035
es la fecha que ha marcado en rojo la Unión Europea (UE) para conseguir
la “sostenibilidad” en el transporte. A partir de entonces, los coches
nuevos deberán tener cero emisiones de dióxido de carbono. Dicho de otra
manera, sólo podrán ser eléctricos o de pila de combustible de
hidrógeno.
La Comisión Europea (CE) detalla que sus planes
responden a la necesidad de una “transición hacia una movilidad más
verde”. De hecho, la transición energética ya ocupa una posición
determinante en la agenda política europea. Se estima que para el año
2030 la reducción de emisiones incrementará en un 50%. Una agenda que,
lejos de querer cumplir únicamente objetivos para paliar la emergencia
climática, responde a varias causas e intereses.
“El cambio
climático nunca ha importado, no nos engañemos; la verdadera razón por
la cual hablamos de transición energética es la escasez de petróleo”,
afirma Antonio Turiel al otro lado del teléfono. Es científico titular
del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), habla claro y
contundente y no deja títere con cabeza a la hora de apuntar las causas
y falacias de las políticas verdes. Lleva años alertando de ello en su
blog The Oil Crash. Según explica, el peak oil o el ritmo máximo de
producción de petróleo mundial se alcanzó en 2018, momento a partir del
cual la oferta comenzará a caer por debajo de la demanda aumentando el
precio. Prueba de ello, dice, es que las inversiones de las compañías
petroleras en búsqueda de yacimientos se han reducido en un 60% en los
últimos años, en el caso de Repsol hasta en un 90%. “Cada vez queda
menos petróleo barato en el mundo, en los próximos años podemos tener
una reducción de la producción drástica, que ya se está notando en la
falta de abastecimiento y encarecimiento del plástico”, explica Turiel.
En este contexto, la transición energética impregna las decisiones
políticas de las próximas décadas pretendiendo un proceso de sustitución
de la energía fósil por alternativas renovables y “limpias”. Un momento
histórico y clave en el ámbito económico, donde las oportunidades de inversión se multiplican.
La llamada transición energética y ecológica es un caramelo para el
capital en un momento de recesión y crisis sanitaria. “El Pacto Verde
Europeo es la esperanza de Europa de tener un liderazgo global, siendo
la primera en llevar a cabo unas reformas verdes que sirvan para
reforzar su modelo económico”, explica Alfons Pérez, ingeniero técnico,
investigador y activista del Observatori del Deute de la Globalització (ODG) en su estudio Pactos verdes en tiempos de pandemias.
Es el objetivo de los fondos Next Generation; implantar tecnologías
verdes y digitales mediante una gran inyección de dinero público. Fondos
públicos recaudados a base de deuda y que deberán devolverse mediante
reformas dictadas desde Bruselas durante los próximos años.
Dinero público para salvar la automoción
Entre
otros proyectos que están por venir, el Gobierno español acaba de
aprobar el llamado Proyecto Estratégico para la Recuperación y
Transformación Económica (PERTE), con el fin de impulsar el coche
eléctrico y conectado y cumplir así los requerimientos de Bruselas sobre
las emisiones de carbono que también contempla la Ley de Cambio
Climático. Se financiará con 4.300 millones de dinero público de los
fondos europeos Next Generation durante los próximos dos años acompañado de una inversión privada de 19.700 millones de euros.
“El PERTE no es un plan de movilidad sostenible, es un documento en
clave económica” señala Pérez, “más que una transición es una
transacción”. Luis González Reyes es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción.
También lo ve claro: “Moncloa está simulando una especie de transición
ecológica sin tocar en absoluto las empresas responsables de la
situación ambiental”. Paradójicamente, automovilísticas como BMW, Volkswagen, Audi y Porsche han sido sancionadas por Bruselas por oponerse al desarrollo de tecnología para reducir emisiones. Todas apuestan ahora por el coche eléctrico.
El eterno paradigma del crecimiento
No es de extrañar que el
Gobierno de Sánchez esté ansioso por avivar el sector automovilístico:
el Estado español es el segundo país productor de coches de la UE y el
noveno del mundo; el 80% de los vehículos producidos se exportan y
aporta entorno al 11% del PIB. Un vector importante donde están
implicados más de 300.000 trabajadores directos y otros dos millones en
la industria auxiliar. La automoción está en crisis y se espera que
reflote protagonizando el llamado ‘Plan de Recuperación’.
El
objetivo del PERTE es conseguir que en 2023 haya 250.000 vehículos
eléctricos matriculados y entre 80.000 y 11.000 puntos de recarga en
todo el Estado. Además, se quieren impulsar la fabricación de sistemas
de recarga o de microchips para reducir la dependencia en el suministro
de estas piezas esenciales para la electrónica y cuya escasez ha
producido ya paradas notables en las fábricas. Según Pedro Sánchez,
mediante este plan se podría disparar la aportación de la automoción al
PIB hasta un 15% en 2030. En plena pandemia, el baremo de desarrollo se
sigue fijando en el PIB.
Una cuestión estructural que va más
allá de la economía en términos generales y que afecta individualmente a
miles de personas. “Tenemos un sistema que necesita crecer de manera
enloquecida para mantener unos puestos de trabajo que nos permitan
satisfacer las necesidades básicas, necesitamos crear empleos a costa de
lo que sea para tener una vida medianamente digna porque hemos perdido
la capacidad de autonomía”, es la lectura que hace González.
“Nuevamente vemos un desvío cuantioso de fondos públicos para manos
privadas”, critica y añade que el sector del automóvil no se podrá
rescatar por una razón obvia pero que pocos se atreven a señalar: “la
movilidad masiva se ha acabado y no va a poder volver”. La sustitución
del coche de combustión por uno eléctrico, además de ser insostenible en
el contexto de la crisis climática, choca con los límites biofísicos
del planeta; “no va a haber coches eléctricos para todo el mundo porque
es físicamente imposible producirlos”-afirma Turiel con rotundidad- “y
quienes lo proponen saben perfectamente que no es un modelo
generalizable”. González pone la guinda a la previsión del futuro
próximo en consecuencia: “el coche eléctrico estará al alcance de muy
pocas manos y redundará aún más la diferencia de clase”.
Extractivismo “verde”, el oxímoron
“Estamos
hablando de transformar un sector que quiere seguir creciendo sin tener
en cuenta los límites biofísicos del planeta ni el impacto que supondrá
en los territorios” critica Alfons Pérez. Aquí es donde entran en juego
las llamadas tierras raras, materiales como el litio, el cobalto o el
níquel se constituyen como referentes indispensables para la transición
energética. Unos materiales finitos y críticos; la demanda para la
estrategia europea de transición verde y digital para el año 2050
multiplica por niveles imposibles las reservas existentes conocidas.
”Este es el único modelo por el que se ha apostado y es inviable, pero
la naturaleza no negocia”, alerta Turiel. “En un momento dado,
comenzarán a interrumpirse suministros, habrá problemas asociados a la
falta de abastecimiento de materiales, etc”, añade.
No es el
único problema. El interés por el litio y otros minerales para la
fabricación de las baterías de los coches eléctricos y para la
transición digital aumenta de la misma manera que las políticas
extractivistas. Pedro Sánchez presumía en su plan para la España 2050 de
que el Estado tiene “uno de los depósitos de litio más grandes del
continente”, refiriéndose a mina de Cañaveral en Extremadura. Su futura
explotación ya ha sido objeto de debate y polémica, ha suscitado
protestas multitudinarias y se ha comprobado que no será suficiente para cubrir la demanda necesaria.
Esto
se traduce en nuevas políticas neocoloniales de extracción masiva de
minerales en el Sur global con unos costes irreversibles: gasto de
energía para su extracción, altos niveles de emisiones de carbono,
deterioro del territorio, aumento de los conflictos, desplazamientos
forzados, trabajo infantil y otras violaciones de derechos humanos; en
definitiva, seguirán agravando las diferencias entre el Norte y el Sur
global: “¿Quién se va a responsabilizar de todos los impactos
socioambientales? Tenemos que abrir el debate sobre el grado de
responsabilidad que tenemos, no podemos ignorarlo“ apunta Pérez.
Además de los límites materiales y las consecuencias del
extractivismo, la huella ecológica que supondría modificar el parque
automovilístico, no se ajusta al objetivo de conseguir una movilidad
verde y sostenible. González lo aclara: “tendríamos que cambiar toda la
red de gasolineras y convertirla en una red de electrolineras, habría
que aumentar la producción de electricidad”. No sólo eso, recuperar
mediante el reciclaje los cementerios de baterías que supondrá la
transición digital tiene un coste energético tan elevado que
directamente no llega a plantearse; “falta planificación estratégica”
dice Pérez.
Nuevo tablero geopolítico
Las
denominadas tierras raras han entrado en juego en el tablero
geopolítico, suponiendo cambios de poder y liderazgo y nuevas relaciones
internacionales, pero manteniendo la matriz colonial. Al mapa de los
recursos donde Oriente Medio es el núcleo de la extracción de
hidrocarburos se suman nuevas localizaciones de extracción de materias
escasas: el triángulo del litio que se encuentra en América Latina entre
Bolivia, Argentina y Chile; la extracción de níquel es mayoritaria en
Indonesia y Filipinas; y las mayores reservas de cobalto del mundo están
en la República Democrática del Congo, explica Pérez con datos de una
investigación de ODG y MedicusMundi Mediterrània..
En cuanto a las tierras raras se concentran sobre todo en China,
donde el 62% de la producción mundial actual se extrae de una sola mina,
Bayan Obo, que es utilizada como arma geoestratégica. China lidera la
vanguardia industrial; no solo posee tierras raras sino que tiene la
capacidad de procesamiento. Alfons Pérez analiza así este cambio
geoestratégico: “Las regiones clave son el triángulo de extracción en el
Sur global, China emerge como potencia para la manufactura y el
procesamiento y la economía Europea pasa a ser mera consumidora. El
motor alemán deja de ser la base de la exportación y de la construcción
Europea y se impone la importación de baterías de China”.
Hacia el decrecimiento inevitable
“Es increíble que lo primero que se proponga desde Moncloa al hablar de
una transición en la movilidad sea el coche eléctrico”, denuncia Pérez.
Según el investigador de ODG, la jerarquización de las políticas es
necesaria. En lugar de destinar esfuerzos y recursos a fortalecer los
medios colectivos y planificar la reducción del parque automovilístico,
la propuesta de Sánchez responde a intereses privados del sector.
“Hablamos de electrificación del transporte pero no impulsamos el tren,
se están planteando cosas tan estúpidas como trenes de hidrógeno”, comenta. Un proyecto impulsado por Talgo y Repsol que también se beneficiarán de los fondos Next Generation.
Desde los movimientos ecologistas llevan tiempo avisando de la única
salida posible a la crisis socioambiental y económica: el decrecimiento.
“Nunca es tarde para evitar el colapso”, dice Turiel, “pero el primer
paso es asumir que tienes un problema”. Plantea que la situación es
“crítica y urgente”, y que la energía renovable debería canalizarse
“para fines más urgentes que no sea producir electricidad”. Porque
puntualiza: “la energía renovable no es ilimitada”.
Siguiendo
el mismo hilo, González ve necesario “construir economías y vidas más
locales y repensar los modelos de movilidad”. Subraya un concepto: la
justicia social. “La transición ecológica es una transición del conjunto
del orden político, económico y cultural”, explica, “y tiene que venir
directamente ligado a procesos de redistribución de la riqueza”. Reducir
la movilidad sin una redistribución de la riqueza ahondaría aún más en
los patrones desiguales; “podríamos tildarla de transición ecofascista o
autoritaria”, matiza.
Ante un contexto de crisis donde se
destinarán fondos públicos a la colaboración público-privada aumentando
el endeudamiento de la población, Pérez reivindica la necesidad de crear
colaboraciones público-comunitarias para construir alternativas reales
ante los problemas de las próximas décadas: “Es necesario democratizar
estos procesos, hay que disputar esta cuestión en el camino de la
transición energética”.
Esta semana, científicos y políticos se encontrarán en una conferencia clave
que se va a celebrar en Bruselas. El objetivo de este encuentro,
organizado por los miembros de cinco grupos políticos del Parlamento
Europeo, junto con sindicatos y ONG, es el de explorar las posibilidades
para una “economía del post-crecimiento” en Europa.
Durante las últimas siete décadas, el crecimiento del PIB ha sido el
objetivo económico prioritario de las naciones europeas. Sin embargo,
así como nuestras economías han ido creciendo, también lo han hecho los
impactos negativos sobre el medio ambiente. Actualmente estamos
excediendo el espacio de operación segura ( safe operating space en inglés) para la humanidad, y tampoco hay ninguna señal de que la actividad económica se esté desacoplando
respecto del uso de recursos o que la contaminación esté disminuyendo
en la escala requerida. Hoy, la solución de los problemas sociales entre
las naciones europeas no requiere mayor crecimiento. En cambio, se
requiere una distribución de la renta y de la riqueza más justa de la
que tenemos.
El crecimiento se está convirtiendo en un objetivo cada vez más difícil de alcanzar
debido a la caída de las ganancias en productividad, la saturación del
mercado y la degradación ecológica. Si la tendencia actual continúa, puede no haber crecimiento
en Europa en una década. Ahora mismo la respuesta consiste en intentar
activar el crecimiento mediante la expansión de la deuda, el
desmantelamiento de las regulaciones ambientales, la extensión de las
jornadas de trabajo, y los recortes sociales. Esta agresiva persecución
del crecimiento a cualquier coste fragmenta la sociedad, crea
inestabilidad económica, y destruye la democracia.
Quienes están en el poder no han intentado hacer nada sobre estas
cuestiones, al menos hasta ahora. El proyecto de la Comisión Europea Beyond GDP (Más allá del PIB) acabó convirtiéndose GDP and Beyond
(El PIB y Más allá). El mantra oficial sigue siendo el del crecimiento
— revestido con el añadido de “sostenible”, “verde”, o “inclusivo” —,
pero el crecimiento en primer lugar y prioritariamente. Incluso los
nuevos Objetivos del Desarrollo Sostenible
de las Naciones Unidas incluyen el objetivo del crecimiento económico
como meta política para todos los países, a pesar de la contradicción
fundamental entre crecimiento y sostenibilidad.
La buena noticia es que ha emergido un movimiento post-crecimiento
desde la sociedad civil y el mundo académico. Este movimiento ha surgido
bajo diferentes términos en diferentes lugares: décroissance (decrecimiento en francés), Postwachstum (decrecimiento en alemán), steady-state (estado estacionario) o doughnut economics (economía rosquilla), prosperity without growth (prosperidad sin crecimiento), por citar unos pocos. Desde el año 2008 se han celebrado de manera regular conferencias sobre el decrecimiento a las que han asistido miles de participantes. Una nueva iniciativa global, la Wellbeing Economies Alliance (or WE-All) (Alianza de Economías del Bienestar), está realizando conexiones entre estos movimientos, mientras que la red europea de economía post-crecimiento
está trabajando con nuevos ‘”modelos macroeconómicos ecológicos”.
Estos trabajos sugieren que es posible mejorar la calidad de vida,
restaurar la Biosfera reducir la desigualdad, y proveer trabajos
decentes y con sentido –todo ello sin la necesidad de crecimiento
económico, siempre que se lleven a cabo políticas orientadas a superar
nuestra actual dependencia del crecimiento-.
Algunos de los cambios que han sido propuestos
incluyen límites al uso de recursos, fiscalización progresiva para
detener la creciente desigualdad, y la reducción gradual del tiempo de
trabajo. El uso de recursos podría frenarse mediante la introducción de
un impuesto sobre el carbono, y los ingresos podrían retornarse como un
dividendo para todos o utilizarse para financiar programas sociales. La
introducción de una renta básica y máxima permitiría reducir todavía más
la desigualdad, mientras que al mismo tiempo ayudaría a redistribuir el
trabajo de los cuidados y disminuir los desequilibrios del poder que
socavan la democracia. Las nuevas tecnologías podrían emplearse para
reducir el tiempo de trabajo y mejorar la calidad de vida, en lugar de
utilizarse como se hace hoy en día para despedir masas de trabajadores y
aumentar los beneficios de unos pocos privilegiados.
Dada la gravedad de la situación, sería una irresponsabilidad que la
clase política no explorara las posibilidades para un futuro sobre la
base del post-crecimiento. La conferencia que tendrá lugar en Bruselas
es un inicio prometedor. Sin embargo, se necesitan compromisos mucho más
contundentes. Como grupo de científicos sociales y naturales
comprometidos y presentes en toda Europa, hacemos un llamamiento a la
Unión Europea, sus instituciones, y estados miembros para:
1. Constituir una comisión especial sobre el Futuro en Post-Crecimiento en el Parlamento de la UE.
Esta comisión debería debatir activamente sobre el futuro del
crecimiento, concebir políticas alternativas para unos futuros de
post-crecimiento, y reconsiderar la persecución del crecimiento como un
objetivo general de todas las políticas.
2. Incorporar indicadores alternativos en los marcos macroeconómicos de la UE y sus estados miembros.
Las políticas económicas deberían ser evaluadas en relación con su
impacto sobre el bienestar humano, el uso de recursos, la desigualdad, y
la generación de trabajo decente. Estos indicadores deberían tener
mayor importancia en los procesos de decisión que el PIB.
3. Transformar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) en Pacto de Estabilidad y Bienestar (PEB).
El PEC es un conjunto de normas orientadas para limitar los déficits
públicos y la deuda pública. El pacto debería ser revisado para
garantizar que los estados miembros puedan satisfacer las necesidades
básicas de la ciudadanía, al mismo tiempo que se reduce el uso de
recursos y las emisiones contaminantes a unos niveles sostenibles.
4. Crear un Ministerio para la Transición Económica en cada uno de los estados miembros.
Una nueva economía que se centre directamente en el bienestar humano y
ecológico podría ofrecer un futuro mucho mejor que aquel que
estructuralmente depende del crecimiento económico.
ALGUNAS FIRMAS (para ver el listado completo pincha AQUÍ):
Las crisis ecológica, energética, económica y social se potencian
mutuamente. La construcción de una alternativa social y ecológicamente
sostenible, soldada en base a principios de justicia social y ambiental
está todavía pendiente.
Que la humanidad enfrenta una crisis ecológica de implicaciones
profundas no es ninguna novedad. Resulta demasiado familiar oír a los
locutores hablar de Cambio Climático, leer en los periódicos que
emitimos grandes cantidades CO2 a la atmósfera, o ver cómo algunos
ecologistas, cuidadamente presentados como parias por los mass media,
defienden posiciones relacionadas con el fin de los carburantes fósiles o
con el declive de algo que llaman biodiversidad; asuntos, sin duda,
ajenos al interés material inmediato del grueso de la población. La ‘normalización del desastre’
El sociólogo valenciano Josep Vicent Marquès acuñó el término
«naturalización» para definir el proceso que lleva a una determinada
sociedad a enmarcarse en una esfera de normalidad cuyos parámetros han
sido definidos (y condicionados) por ella misma y su contexto
histórico-cultural. En este espacio, las certezas y los actos sociales
vienen determinados por un discurso social hegemónico que establece lo
que es normal y lo que no lo es. De manera similar, en los últimos años se ha generado un proceso
social que denominaremos ‘normalización del desastre’ ambiental, algo
que resulta ciertamente chocante teniendo en cuenta que la hipótesis del
cambio climático, hoy innegable, durante años ha sido apartada
sistemáticamente. Todos nos acordamos del primo de Rajoy. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, parece que la estrategia
ha dado un giro completo con una maniobra loca pero muy hábil. De algún
modo, en la mayor parte de las sociedades, fundamentalmente en las del
llamado norte global, se ha interiorizado la crisis ecológica como una
evidencia que, con todo, ha sufrido una reorientación hacia su
concepción como algún tipo de fenómeno natural que sucede en la otra
punta del globo; como un suceso que, si bien puede resultar más o menos
trágico, en el mejor de los casos nos toca sólo de forma tangencial y no
rompe los estándares de horror habituales.
La industria de Hollywood, que ha colocado en escena los grandes
desastres humanitarios de la historia una vez han sido digeridos por el
gran estómago social, también se atrevió con escenarios ambientalmente
apocalípticos y postapocalípticos: reprodujo un cambio brusco y fatal
del clima global en El día de mañana, creó una raza súper avanzada de
aliens ecologistas que lanzaron su "Ultimátum a la Tierra", y proyectó
una situación de inhabitabilidad del planeta a través de "Wall-E", ese
robot adorable, de la mano del gigante Disney. Desde tal perspectiva, se
hace inevitable caer en la cuenta de que asistimos a algo mucho más
terrible y fatídico que el propio desastre: nos hallamos ante su
normalización social, ante una suerte reemplazo cinematográfico que
observamos desde la butaca mientras comemos palomitas, lo que nos lleva
al razonamiento natural de que todo acabará en cuanto salgamos de la
sala de proyecciones.
Persistiendo en la jerga cinematográfica, la sinopsis de todo esto
vendría a exponer que la lógica capitalista se ha apropiado no sólo de
la propia naturaleza, sino que su maquinaria de espectacularización
también lo ha hecho de la capacidad de aceptación social de su
degradación. Ha logrado trivializar y ‘ficcionar’ el desastre ecológico,
poniéndolo en el mismo plano abstracto en el que ha colocado a
"Superman" o a "Godzilla". “¡Más madera!”
Poco hay que decir sobre la señalada apropiación de la naturaleza que
no haya sido ya objeto de sesudos estudios y debates, fundamentalmente
desde ópticas marxistas y altermundistas. Para exponerlo de manera
sintética, basta con una sola idea central: el modelo económico
capitalista, fundamentado en el crecimiento continuo e ilimitado, choca
frontalmente con la propia naturaleza finita de nuestro planeta. Y es
que si hay algo que podemos dar por rotundamente cierto es que la Tierra tiene unos límites físicos perfectamente definidos.
A partir de este punto, no es osado decir que la forma de orden social y
económico dominante en las cuatro o cinco últimas décadas ha declarado
una guerra sistemática y brutal al planeta y a sus pueblos. No es casual
que lo que hoy se conoce como crisis ecológica se emplace en el mismo
período histórico que la consumación de las prácticas geopolíticas y
económicas neoliberales.
La dimensión internacional-mercantilista del neoliberalismo ha generado
múltiples y profundas contradicciones con la mera idea de justicia
social, aun en su sentido más blando. Ha dotado a los grandes capitales
de una potestad de exigencia sobre los gobiernos para que actúen en su
beneficio bajo el chantaje de trasladar su producción a países que
resulten más amables con sus intereses. Ésta es, probablemente, la
manera más sencilla que encuentra el cuerpo corporativo transnacional de
potenciar rebajas salariales al tiempo que ve reducida su carga
impositiva. Y todo ello sin necesidad de ganar ningunas elecciones. Por
descontado, hay un pretexto muy atractivo que justifica tal desliz: el
crecimiento económico; ya no en un significado monetario, sino más bien
como una construcción social, poetizada desde las altas esferas, que
encarna un papel de superhéroe incorpóreo con el que resulta difícil no
alinearse. Su potencial de seducción se ve, además, acrecentado ante el
actual contexto de crisis económica, erigiéndose como único bálsamo
capaz de bajar la fiebre social.
Pero hay objeciones para nada desdeñables. Resulta importante reiterar que, en
el marco capitalista, el crecimiento económico constituye
necesariamente un motor en continuo funcionamiento con una demanda
crónica de combustible, algo inherentemente contradictorio con
la naturaleza, aun suponiéndola como una simple dispensadora de
recursos. Un antiguo profesor de la facultad solía comparar esta idea
con aquella escena de Los hermanos Marx en el Oeste en la que un Groucho
metido a maquinista bramaba su célebre “¡Es la guerra! ¡Traed madera!
¡Más madera!”, a lo que Harpo y Chico, enfervorecidos, respondían
arrojando maletas, asientos, puertas a la locomotora. El acto concluye
con el tren transitando a toda velocidad pero completamente despedazado. Crisis ecológica y energética, claves en la guerra contra los pobres
El símil es tristemente ilustrativo y extrapolable a buena parte de
los problemas ambientales, si no a todos. Cambio climático, pérdida de
infraestructura verde, pérdida de diversidad biológica, y un largo
etcétera. Todos ellos íntimamente vinculados a la acción del hombre, no
de un modo generalizador, que supondría atribuir responsabilidades
equitativas, sino más bien a una determinada marca histórica en la que
esa ‘acción del hombre’ se ubica. Hablo de esa forma de hacer tan siglo
XX, tan american way of life, que se ha vertebrado en torno a la
energía fósil, fundamentalmente, cuyo cénit rozamos ya con la punta de
los dedos y que, según grandes expertos en la materia, en modo alguno podrá ser sustituida por
fuentes de energía renovables con la actual demanda energética.
Con el agotamiento de los combustibles fósiles no sólo se hunde una
fuente de energía, ni tan siquiera sólo un modelo energético. Se hunde
el mismo esquema organizativo que rige las actuales sociedades,
arrastrando consigo elementos tan esenciales como el propio acceso a los
alimentos. Con un sistema alimentario global absolutamente dependiente de los combustibles fósiles, tanto a
nivel de producción como de transporte, el rumbo apunta hacia un aumento
brusco del precio mundial de los alimentos supeditado al incremento del
precio del combustible. Este escenario invoca un severo impacto social
caracterizado por el ensanchamiento de la brecha económica, no ya entre
el norte y el sur globales, donde la brecha está ya consolidada, sino
también en la esfera interna de países occidentales, donde el porcentaje
de personas en situación de pobreza es cada vez mayor. Además, el
perfil globalizado del modelo estimula un oligopolio de grandes
corporaciones con capacidad competidora en detrimento de pequeñas
empresas y campesinos, que difícilmente pueden asumir los costes
necesarios para entrar en la fiesta tétrica del libre mercado.
Paralelamente, tales megacorporaciones, asentadas sobre la obtención del
máximo beneficio y el cortoplacismo, son las que contribuyen de la
manera más brutal y deliberada al cambio climático mediante el uso de
agroquímicos nocivos, la degradación sistemática del recurso suelo o la
emisión de gases invernadero, cuyos efectos globales (desastres
naturales, alteración de las estaciones y cambios en los estándares
climáticos en general) redundan en la agudización de las desigualdades:
los más afectados por tales efectos son, naturalmente, los países más
empobrecidos y los estratos obreros de las sociedades opulentas.
Tal y como se entrevé, las crisis ecológica, energética, económica y
social se antojan como un agregado indisoluble. No sólo son
inseparables, sino que se potencian mutuamente, componiendo un lienzo
macabro al estilo de Los cuatro jinetes del Apocalipsis que hace
ya tiempo que siembran guerra, hambre y muerte en las capas
poblacionales empobrecidas. Mientras tanto, la comunidad internacional
responde con instrumentos como la reciente Conferencia de París que, por
muy histórica y positiva que haya sido dibujada por los grandes medios,
reviste gran insuficiencia y unos tintes de optimismo que no concuerdan
con la magnitud del problema.
No. Esto no es un film de Hollywood, no va a venir un héroe radiante a
salvar el planeta, y ni por asomo este será encarnado por el
crecimiento económico. Pero claro que existe salida. De hecho, la
solución es forzosa y debe ser sistémica. El modelo capitalista global
está obligado a desaparecer, ciertamente no porque las tesis ecologistas y anticapitalistas gocen de posiciones políticas
hegemónicas, sino por la propia inviabilidad del modelo. En absoluto es
utópico pensarlo; parafraseando al escritor, politólogo y profesor
universitario Carlos Taibo, “lo realmente utópico es creer que es viable vivir cada vez con más y más en un planeta finito”.
Sólo queda pendiente la construcción de una alternativa social y
ecológicamente sostenible, soldada en base a principios de justicia
social y ambiental, con todo lo que esto acarrea. La solución,
efectivamente, será radical o no será, en el sentido de que
necesariamente afectará a los cimientos de la actual sociedad, a su
raíz. Se ha alcanzado un abismo complejo en el que la salida pasa por
desaprender lo aprendido en las últimas décadas, y esto involucra
algunas construcciones socio-culturales fuertemente afianzadas (cultura
del consumo, transporte, cultura de la inmediatez, arquitectura de
ciudades, etc.), y las formas de relación social y de convivencia con la
naturaleza.
El filósofo francés, impulsor del concepto del decrecimiento, critica “la sociedad del desperdicio”.
Para Latouche, la sociedad del
crecimiento reposa sobre la acumulación ilimitada de riquezas, destruye
la naturaleza y es un generador de desigualdades sociales.
Serge Latouche / Niccolò Caranti
El protagonista de hoy elige realizar la
entrevista en Les délices du fournil (las delicias del horno), un
pequeño local que ofrece servicio rápido de bocadillos, croissants y
cafés en pleno corazón del barrio latino de París. Con los videoclips de
éxito del momento de fondo y mientras bebe de su copa de vino tinto,
–experto en filosofía económica y e impulsor de la teoría del
decrecimiento– relata cómo su experiencia de vida con comunidades ajenas
al desarrollismo, primero en Laos y luego en África, le llevó a perder
la fe en la economía, historias que él explica en La sociedad de la
abundancia frugal, uno de sus últimos libros traducidos al español. Para
Latouche, un académico parisino de pelo canoso y sonrisa afable, la
sociedad del crecimiento reposa sobre la acumulación ilimitada de
riquezas, destruye la naturaleza y es un generador de desigualdades
sociales.
El mantra central de quienes actualmente
gobiernan el mundo es el desarrollo económico exponencial y el aumento
de la productividad laboral aunque eso conlleve el recorte de derechos.
Muchos son los que celebran el recién aprobado proyecto del Banco
Central Europeo para inyectar mensualmente 80.000 millones de euros al
mes para reavivar el crecimiento de la economía europea. Sin embargo,
este defensor del decrecimiento económico considera que la solución
reside en vivir de otra forma para vivir mejor. Para Latouche, el
altruismo debería sustituir al egoísmo, el placer del ocio a la obsesión
por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo
desenfrenado y lo razonable a lo racional.
¿Qué le hizo perder la fe en la economía y buscar nuevas alternativas a través de la filosofía económica?
Cuando vivía en Laos estuve con
comunidades que trabajaban unas cinco horas por día y el resto del
tiempo lo dedicaban a divertirse, a plantar, a cazar, a pescar, y ahí me
di cuenta de que el desarrollo iría a acabar con esta forma de vida
feliz y transformaría a estas personas en subdesarrollados. El
desarrollo colonizaría su imaginario, creándoles necesidades externas y
destruyendo el equilibrio de sus sociedades. Cuando hablo de colonizar
el imaginario es porque parto de la idea de que la economía es una forma
de colonizar el imaginario, como ha sido la religión en los momentos en
que los conquistadores invadieron otros países. Esta experiencia me
permitió comprender que la economía es una forma de religión y que el
desarrollo es una forma de occidentalización del mundo que toma el
relevo de la colonización por otros medios.
¿Fue en este momento en el que comenzó a pensar en la necesidad del decrecimiento?
No, yo no utilicé el término
decrecimiento hasta el 2002, cuando organizamos el gran coloquio
Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo (Défaire le développement,
refaire le monde) en la sede de la UNESCO en París. En el 64 yo me fui a
África como un verdadero misionario del desarrollo, aunque estaba
inscrito en el partido comunista y me consideraba marxista, en el 66
llegué a Laos y a mi vuelta a Francia comenzó mi crítica a la economía
política y mi trabajo en la epistemología económica. Ahí nació una
reflexión durante décadas y comenzó mi crítica al desarrollo como una
forma de occidentalización del mundo.
¿Como definiría el decrecimiento?
Yo no lo definiría. Es un eslogan que ha
tenido una función mediática de contradecir otro eslogan. Es realmente
una operación simbólica imaginaria para cuestionar el concepto
mistificador del desarrollo sostenible. El concepto de decrecimiento
llegó por azar y por necesidad.
¿Qué es para usted el desarrollo sostenible?
El desarrollo sostenible es eso, un
eslogan. Es el equivalente del TINA de Margaret Tatcher, There Is No
Alternatives, que viene a decir que no hay alternativas al liberalismo
económico. El desarrollo sostenible fue inventado por criminales de
cuello blanco, entre ellos Stephan Schmidheiny, millonario suizo que
fundó el Consejo Mundial para el Desarrollo Sostenible (World Business
Council for Sustainable Development), el mayor lobby industrial de
empresas contaminantes, y que fue acusado del homicidio de miles de
obreros en una de sus fábricas de amianto. También su amigo Maurice
Frederick Strong, un gran empresario del sector minero y petrolero que,
paradójicamente, fue el secretario general de la Conferencia de Naciones
Unidas para el Medio Humano, donde se abrió la reflexión para que 20
años más tarde, en la Cumbre de la Tierra de Rio 92, se presentase
oficialmente el término desarrollo sostenible. Ellos decidieron vender
el desarrollo sostenible igual que vendemos un jabón, con una campaña
publicitaria extraordinaria, excelentemente sincronizada y con un éxito
fabuloso. Pero no es más que otra vertiente del crecimiento económico.
En algunos momentos afirmó que
la economía es la raíz de todos los males y que es necesario salir de
ella y abandonar la religión del crecimiento, pero, ¿cómo se abandona
una fe cuando se cree en ella?
No existe una receta. Yo me convertí en
decrecentista en Laos y la mayoría de la gente de mi grupo han tenido
experiencias parecidas a las mías de contacto con sociedades no
desarrollistas que les han hecho abrir los ojos. No nacemos
decrecentistas, nos convertimos en. Al igual que no nacemos
productivistas, sin embargo nos convertimos rápidamente porque vivimos
en un ambiente en el que la propaganda productivista es tan tremenda que
la colonización del imaginario se produce al mismo tiempo que
aprendemos la lengua materna. Desintoxicarse después depende de las
experiencias personales. Un crecimiento infinito en un planeta finito no
es sostenible, es evidente incluso para un niño, pero no creemos lo que
ya sabemos, como dice Jean-Pierre Dupuy, un amigo filósofo. El mejor
ejemploes la COP21, donde se hicieron maravillosos discursos pero que no
darán casi ningún fruto, por eso yo creo en lo que yo llamo la
pedagogía de las catástrofes. Creo que es lo único que presiona a salir a
cada uno de su caparazón y pensar.
¿En qué consiste la pedagogía de catástrofes?
La gente que se ve afectada por alguna
catástrofe comienza a tener dudas sobre la propaganda que difunden las
televisiones o los partidos políticos, sean de izquierda o de derechas, y
ante las dudas pueden ir en busca de alternativas y aproximarse al
decrecimiento. Es necesario que haya una articulación entre lo teórico y
lo práctico, entre lo vivido y lo pensado. Aunque tengas la
experiencia, si no creas una reflexión puedes caer en la desesperación,
en el nihilismo o en el fascismo, por ejemplo. Por tanto, son necesarios
esos dos ingredientes, pero no hay receta para combinarlos.
Usted habla que no hay que
crecer por crecer, igual que no hay que decrecer por decrecer, ¿en qué
deberíamos crecer y en qué decrecer?
Hacer crecer la felicidad, mejorar la
calidad del aire, poder beber agua natural potable, comer carne sana,
que la gente pueda alojarse en condiciones aceptables… Vivimos en una
sociedad del desperdicio que genera numerosos desechos, pero donde
muchas de estas necesidades básicas no están satisfechas. Salir de la
ideología del crecimiento supone una reducción del consumo europeo hasta
alcanzar una huella ecológica sostenible, esto supone reducir en un 75%
nuestro consumo de recursos naturales. Pero no somos nosotros los
ciudadanos los que debemos reducir nuestro consumo final, sino el
sistema. Por ejemplo, el 40% de la carne que se vende en los
supermercados va a la basura sin ser consumida. Esto conlleva un
desperdicio enorme y una alta huella ecológica. En un país como España,
hasta el año 70 la huella ecológica era sostenible, y si todos hubiesen
seguido viviendo como los españoles de aquel entonces tendríamos un
mundo sostenible. Sucede que los españoles no han pasado a comer el
triple de cantidad, sino el triple de mal. En la década de los 70 las
vacas todavía se alimentaban de hierba pero ahora comen soja, que se
produce en Brasil, quemando la selva amazónica; después es transportada
10.000 kilómetros, se mezcla con harina animal y se hacen piensos con
los que las vacas se vuelven locas. Por tanto la huella ecológica de un
kilo de ternera hoy supone 6 litros de petróleo, y pasa igual pasa con
la ropa y con el resto de bienes. Vivimos en la sociedad de la
obsolescencia programada, cuando en lugar de tirar deberíamos reparar y
de esta forma podríamos decrecer sin reducir la satisfacción.
Hasta hace poco las llamadas
economías emergentes, como China o la India, crecían con fuerza e
imparables, pero ahora viven un periodo de desaceleración y en algunos
casos hasta de recesión, como es el caso de Brasil, ¿podríamos tener la
esperanza de que surgiesen alternativas de decrecimiento en estos
países?
En teoría sí, la crisis podría ser una
oportunidad para buscar nuevas alternativas porque la crisis es un
decrecimiento forzado, pero la paradoja es que la colonización del
imaginario por la sociedad del crecimiento es tal que la única obsesión
de los gobiernos es volver al crecimiento, cuando en realidad la
herramienta clave debería ser la sabiduría. La preocupación actual tanto
de Brasil como de China es cómo retomar el crecimiento, se han
convertido en toxico-dependientes, drogados por el crecimiento.
¿Cree que las iniciativas del
decrecimiento vendrán de países en situaciones de crisis o de países
menos absorbidos por el desarrollo?
Puede venir de ambos, pero ya que somos
los occidentales los responsables de esta estructura, es de aquí de
donde debería partir la desoccidentalización el mundo. Nosotros lo
intentamos desde el movimiento del decrecimiento pero por el momento no
tenemos un verdadero impacto sobre la realidad, solo a nivel micro, con
iniciativas como las cooperativas de productores locales, que son
pequeñas experiencias de decrecimiento a nivel local, de las cuales
conozco muchas iniciativas interesantes en España.
¿Cree que serán los ciudadanos quienes impulsen el decrecimiento o será una iniciativa de los gobiernos?
Vendrá del pueblo, está claro, de los
gobiernos por supuesto que no. ¿Por qué cree que los nuevos partidos
políticos que están naciendo en Europa no abordan la óptica del
decrecimiento? Por miedo. Tienen miedo a no ganar los votos suficientes
para llegar al poder.
Usted afirma que vivimos en un
mundo dominado por la sociedad del crecimiento que genera profundas
desigualdades ¿de qué forma esto puede afectar a los ciclos migratorios?
La lógica de la sociedad de crecimiento
es destruir todas las identidades. El problema de las migraciones es un
problema muy complejo, ahora hablamos de millones de sirios desplazados
pero antes de que acabe este siglo habrá 500 o 600 millones de
desplazados, cuando ciudades enteras como Bangladesh o millones de
campesinos chinos vean sus tierras inundadas por la subida del nivel del
mar. Al aumentar las catástrofes del planeta, los migrantes ambientales
aumentarán también. Donde yo tengo más experiencia de campo es en
África y allí he observado que no es la pobreza y la miseria material lo
que provocan las migraciones, es la miseria psíquica. Cuando yo comencé
a trabajar en África hace una veintena de años no había existencia
económica, igual que tampoco hay hoy. Toda la riqueza económica africana
representa el 2% del PIB mundial según las estadísticas de la ONU, la
gran mayoría representa la masa de petróleo nigeriano. De esta forma
tenemos 800 millones de africanos que viven fuera de la economía, en el
mercado informal. Al principio, cuando yo iba a África había buen
ambiente, mucho dinamismo, la gente quería transformar sus tierras,
había muchas iniciativas, pero han desaparecido. La última vez que fui
los jóvenes ya no querían luchar más contra el desierto, ahora lo que
quieren es ayuda para encontrar papeles e ir a Europa, ¿por qué? No es
porque ahora sean más pobres que antes, es porque hemos destruido el
sentido de su vida. Los últimos 10 o 20 años de mundialización
tecnológica han representado una colonización del imaginario 100 veces
más importante que los 200 años de colonización militar y misionaria. Se
les crean nuevas necesidades, en la tele se les venden las maravillas
de la vida de aquí y ellos ya no quieren vivir allí.
¿Diría usted que esto representa una crisis antropológica?
Sí, el crecimiento es una guerra contra
lo ancestral. El verdadero crimen de occidente no es haber saqueado el
tercer mundo, si no haber destruido el sentido de la vida de esta gente
que ahora adoran al espejismo del desarrollo.