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jueves, 25 de enero de 2018

Virginia Woolf sobre por qué importa emocionarse

Woolf nos lleva por pensamientos y observaciones, diálogos internos, pero sobre todo nos aligera recordándonos: es normal que sientas, ponle nombre.
George Charles Beresford Virginia Woolf in 1902
Virginia Woolf fotografiada por George Charles Beresford en 1902
  Las vanguardias de inicios del siglo XX impregnaron todas las artes (y las artes se impregnaron mutuamente, todas). En la literatura, personajes como James Joyce o Marcel Proust hicieron eco del monólogo interno, ese al que ya nos había acercado Dostoyevski en Crimen y castigo, aunque en tercera persona.

Como un resurgimiento de la importancia de lo que ocurre allí dentro (como fugaz renacimiento del romanticismo) estos autores reivindicaron el valor de la percepción de cada uno, que confiere un ángulo distinto, y entender parte del mosaico perceptual es imprescindible. En esta tradición literaria, aparece como parte del modernismo de inicios de siglo Virginia Woolf.

Sin ningún tipo de complejo de género por los roles asignados (y parecer sentimental), Woolf irrumpió para decirnos: las emociones importan, mucho, muchísimo, son como el segundo velo en el proceso perceptivo, incluso, muchas veces, antes quizá que la razón. En Al faro y Las olas, dos novelas extremadamente visuales a pesar de no suceder mucho en la trama (siguiendo la tendencia modernista) Woolf nos enseña a darle su lugar a las emociones; independientemente de que las bloqueemos, neguemos o aceptemos, siempre llegarán a presentarse para platicarnos sobre nuestra personalidad en el complejo y hermoso proceso de percepción del mundo.

La extraordinaria habilidad de Woolf para ponerle palabras a eso que el personaje siente es asombrosa, y hace que uno se sienta acompañado y encuentre la sana normalidad en el mundo de las emociones. Es como si uno percibiera, sintiera, y luego pensara, contrario al proceso de percepción donde la información se procesa inmediatamente por medio de la razón.

Woolf nos anima y nos hace entender que las emociones tienen derecho a su lugar y a que luego ahondemos en ellas (quizá escribiendo para nosotros mismos), con el fin de acercarnos a entendernos a nosotros mismos, pues, de cualquier modo, siempre es esto lo que estamos haciendo.

Virginia Woolf fumando mientras lee. Fotografia de Gisele Freund
Virginia Woolf fumando mientras lee. Fotografía de Gisèle Freund
 Ciertamente no hay razón para entregarse a las emociones del todo, ya que siempre hay que volver al presente, pero es cierto que en esta época en que se nos invita (obliga) incansablemente a estar alegres, quizá sea tiempo de dejar de sentirnos anormales por sentir otras emociones (incluso sanas para la psique, por cierto).

Woolf nos invita a verlas de frente, a comprender por qué están ahí, y nos devuelve los colores de cada día pasando por sus luces, sombras, y hermosa variedad cromática:

El señor Ramsey los miraba enfadado. Era una mirada colérica, pero no los veía. Eso los hizo sentirse vagamente incómodos. Habían visto juntos algo que se supone que no deberían haber visto. Habían invadido la intimidad de alguien. Y eso obligó al señor Bankes a decir casi a continuación que estaba sintiendo frío, y le propuso que fueran a dar un paseo, pero Lily pensó que se trataba de una excusa para irse, para alejarse donde no se oyera nadie. Sí, aceptó, pero le costó separar la mirada del cuadro.
(Al Faro)

Veo un anillo suspendido encima de mí–dijo Bernardo. […] Veo un charco amarillo pálido–dijo Susana […] Oigo un ruido–dijo Rhoda, pero el ruido de la aldaba que ha sido quitada a la puerta del servicio los ha hecho volar, dispersados como una flecha de semillas.
(Las olas)

En el intercambio con los otros, ¿no estamos siempre decodificando nuestras emociones y las del receptor? En este mundo que invita a la simulación de la perfección, volvamos al presente, y demos su nombre a las emociones para comprender más la personalidad de uno, inacabable, siempre en formación, y siempre dispuesta a expandirse cuando vuelve al ahora.


 Fuente: http://culturainquieta.com/es/inspiring/item/12533-virginia-woolf-sobre-por-que-importa-emocionarse.html

miércoles, 25 de enero de 2017

Las dos Andalucías de Virginia Woolf

Los apuntes de la escritora retrataron una tierra hostil cuando viajó a España en 1905, pero amable y feliz al volver en 1923

<p>Retrato contemporáneo de Virginia Woolf.</p>
Retrato contemporáneo de Virginia Woolf.
Christiaan Tonnis
 En el siglo XIX, la literatura de viajes se veía como un arte de segundo orden, por lo que a las autoras mujeres esta les venía bien para escribir, de forma camuflada, sobre aquello de lo que entonces solo podían hablar los hombres. Así es, según la filóloga Verónica Pacheco, cómo entonces empezó el fenómeno de las viajeras del sur. Desde la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, esta profesora ha elaborado la investigación La aventura andaluza de Virginia Woolf. 

Enmarcados en ese género literario, el de los viajes, se encuentran los periplos de Woolf a Andalucía. También gracias a los avances sociales y tecnológicos de la época, estos relatos acabaron teniendo “una repercusión enorme en la sociedad y se convirtieron, sin saberlo, en textos subversivos dentro de ese mundo patriarcal en el que las mujeres viven y viajan”. Pero Pacheco también enumera, entre las dificultades que Woolf encontró en su camino, el trastorno bipolar que la autora padecía, y que le llevó a ocupar el último eslabón del sistema médico.

Mientras la académica investigaba sobre el relato de Andalucía en Europa se dio cuenta de que, desde un punto de vista literario, Woolf pisó la tierra andalusí y escribió dos ensayos sobre ella: “Me interesó especialmente cómo Virginia daba una imagen de Andalucía, y me detuve a analizarlos”. Al fin y al cabo, la perspectiva de Woolf resultaba estimulante, especialmente, al tratarse los suyos dos viajes entre los que pasaron 20 años: “Me centré en su texto y cómo describe Andalucía en 1905 y 1923”.

El primer viaje, en 1905, fue la respuesta a un brote depresivo, tras la muerte del padre de Virginia, Leslie Stephen. “Ella viene con su hermano Adrian, a la edad de 23 años, cuando aún era una jovencita victoriana, que no había salido mucho, porque en esa época los que viajaban y estudiaban eran ellos”. Virginia no estudió, pero tuvo la suerte de contar con la gran biblioteca de su padre, en la que “absorbió todo el conocimiento que pudo”. Cuando muere, deciden que el viaje puede ser bueno para “tomar el aire”. Aquella sería una depresión de las muchas que tuvo a lo largo de su vida.
 
Cuando llegan a Sevilla, el 8 de abril, se hospedan en el Hotel Roma, en el que toma una “deprimente cena” según se desprende de su diario. Hay que tener en cuenta, tal y como explica Pacheco, que en ese momento las calles no estaban asfaltadas y Sevilla era un barrizal en cuanto llovía. “Caminar por la calle le parece un suplicio, al ser ella de Londres, todo un ejemplo urbanístico, y se encuentra con las calles embarradas, los vestidos largos. Eso le choca y sufre, porque nunca antes había salido de su realidad”, más allá de los libros en los que viajaba. El diario recoge que “el paisaje no es hermoso, es desarbolado y hace calor”. Sin embargo, cuando la escritora entra en la catedral de Sevilla para cobijarse del calor “se queda entusiasmada por su gran tamaño”.

Algo así le ocurre en la Alhambra, que le apasiona, y menciona: “Empequeñece al más hermoso jardín de Inglaterra y es un precioso palacio árabe rodeado de maltrechas murallas de color ocre”. De nuevo, la magia se queda en el icono. “Cuando llega a un pueblo perdido de Granada lo describe con una ironía mordaz que impacta”, cuenta la investigadora, con un entusiasmo y alegría que calan.

“El tren es horroroso, se para cada cinco minutos. Los trenes se detienen constantemente para respirar”, apuntó Woolf.  “Es una señorita victoriana y cuando se para el tren del pueblo al que se dirigen, se baja y resulta que nadie habla inglés”, comenta Pacheco. Y agrega: “Ella tampoco habla español, ya que llega con su mente colonizadora de la época”.  La profesora comparte con la autora de Al faro (1927) y Un cuarto propio (1936) ciertas hazañas. “Me reconocí en ella en ese tren, un tren que además chirriaba mucho”, comenta entre risas. 

La académica no es andaluza, y confiesa que coincide con algunas de las opiniones que la autora volcó en sus textos, con esa exquisita sensibilidad que le caracterizaba. “Yo no dejo de ser una extraña en Andalucía, y a mí hay cosas que aún me chocan muchísimo, como le pasó a Virginia”, explica, desde un despacho decorado con imágenes de Woolf y Simone de Beauvoir, entre otras grandes escritoras de la época. 

Sueños quijotescos
Virginia y su hermano terminan en una posada andaluza —que inspiraría el título del ensayo sobre su viaje, publicado ese mismo año, An Andalusian Inn— a la que se refiere como un “desierto arenoso coronada con un castillo moro”. La posada no era tal, sino una casita a la que les dirigieron y donde contaron con una habitación y una lona como puerta. Al otro lado del dintel, se encuentra un grupo de hombres, junto al fuego, bebiendo y hablando muy alto. En opinión de Virginia, llevada por la imaginación, no podían ser sino unos bandidos y forajidos, dispuestos a atacarles en cuanto se quedaran dormidos. En una carta, a su amiga Violet Dickinson, le transmite su deseo de volver a casa. Hasta añade que “lo mejor de un viaje es precisamente eso, volver”. En este primer viaje, tal y como explica Pacheco, la escritora se queda en los clichés, y de ahí su decepción.
 
La segunda vez que vuelve a Andalucía, en 1923, lo hace con su marido, Leonard, casi veinte años después, y por lo que se sabe a través de una carta escrita a su hermana Vanessa, supuso “un descanso mental”. Salir de ese Londres gris, golpeado por la Primera Guerra Mundial y llegar a Andalucía le supone paz. Se dirigen a la Alpujarra, a la fonda en la que vive su amigo Gerald Brenan, y ella misma escribe “cuántas cosas han ocurrido desde entonces”, aludiendo a su primer viaje. Así figura en To Spain, su segundo texto sobre España, y publicado ese año.

La escritora ve un cambio en sí misma y en lo que le rodea, hasta el punto de que monta en burro para acceder a la casa de su amigo Brenan y “el propio escritor en su libro Al sur de Granada recuerda a Virginia corretear por el campo feliz y contenta”, afirma Pacheco. Ese año, escribe a Vanessa que está decidida a pasar mucho tiempo fuera de Inglaterra y afirma que “es muy fácil viajar”.  

Esos 20 años encerrada en la biblioteca de su casa le habían hecho ver el mundo con otro prisma, alejado de aquella vieja realidad de la mujer victoriana que no podía viajar sola. “En el segundo viaje, la escritora vino encantada”, sostiene la catedrática. Porque importante de este último periplo es, tal y como comenta Pacheco, una Virginia que se ha encontrado a sí misma, que ya no está “oprimida en esos corsés victorianos, donde apenas podía moverse. 20 años después, es una mujer libre, ve el viaje con una mente más abierta y con otra percepción, y corretea feliz por el campo”, sonríe la profesora. Como si la imaginara entre las higueras y los olivos de la Alpujarra granadina.


lunes, 28 de marzo de 2016

Virginia Woolf, un suicidio melancólico


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Los bolsillos del abrigo de la pequeña Virginia Woolf ya pesaban demasiado desde que su madre se marchó sin despedirse un mayo cualquiera. Allí, a finales del XIX, se inicia una cadena depresiva de cuyo último eslabón se cumplen hoy 75 años. Virginia había decidido acompañar a su madre, pero atrás quedó su obra, magnífica, y el reflejo de una mujer luchadora, capaz de tirar las puertas que el destino se había empeñado en cerrarle.

Tiró abajo la puerta de un recinto literario que no aceptaba a la mujer sin protesta y escándalo, eligiendo para ello ese elegante círculo llamado Bloomsbury; tiró también la puerta del idioma anglosajón, un código muy poco propenso al cambio, renovándolo y enriqueciéndolo; derribó, incluso, la puerta de la sociedad británica, imponiendo su doctrina en asuntos tan hondos como el feminismo o el antisemitismo.

Siglo y medio después, con la comodidad que nos brinda el hecho de haber encontrado parte de ese mundo sin puertas, toca ser consciente de la verdadera trascendencia de Virginia. Pagó de un precio muy alto, sí. Porque el peso del abrigo ya era insoportable el día que Virginia derribó la última puerta: había entrado en el olimpo de la literatura británica para siempre.

LA JUVENTUD Y LA DEPRESIÓN
Ya hemos dicho que la muerte de su madre supone el primer revés para aquella Virginia que todavía no era Woolf. Sin embargo, ya demostraba que de aquella bipolaridad habrían de salir algunos de los párrafos más sublimes de principios de siglo XX. Para entonces ya había tenido tiempo de observar desde la barrera cómo la crema de la intelectualidad victoriana se paseaba por los salones de su casa en Kensington.

Todavía quedaban algunas cicatrices por ocultar antes de refugiarse en su creación literaria. En apenas diez años, Virginia pierde, además de a su madre, a su hermana y a su padre. Es en este punto cuando la idea del suicidio empieza a rondar por su privilegiada cabeza.

En 1904, la depresión ya había cogido la suficiente carrerilla como para arrojar el cuerpo de Virginia por la ventana de su casa en Londres. Salió indemne de aquel episodio, pero los médicos decidieron colgar de su extrañeza una etiqueta de la que ya nunca podría desprenderse. En ella podía leerse claramente su condición de enferma (aún no se había oído hablar del trastorno bipolar). Virginia, tan poco dada a aceptar etiquetas, quiso zanjar el asunto con unos cuantos gramos de Veronal. Este nuevo intento de suicidio tampoco podía evitar que aceptara el papel que se le había asignado dentro del panorama cultural británico.

El libro había acompañado a Virginia durante toda su vida, ejerciendo el papel de cómplice dentro de su atormentada cabeza. En aquella extensa biblioteca heredada de su padre, Virginia jugaba a ser feliz leyendo a La Fayette y a los clásicos ingleses, incluyendo a su queridísimo Shakespeare. Cuando su existencia empezaba a inclinarse, decidió que había llegado la hora de sacar lo que con tanto mimo había cuidado entre aquellas estanterías paternas. Pronto comprendió que habría de pagar un peaje por todo lo que la vida le había quitado. Para pagarlo, eligió imitar a todos aquellos genios que le habían acompañado durante años.
Por si fuera poco, su hermano Adrian le brindó la última llave que necesitaba para abrirse paso dentro de aquella nublada existencia. Se mudó al barrio de Bloomsbury junto a su hermana Vanessa y al propio Adrián, en lo que sería el germen de un movimiento filosófico y literario que abarcaría todo el período de entreguerras europeo. A su alrededor empiezan a pulular personajes como Bertrand Russell, más tarde ganador del Nobel de Literatura, Ludwig Wittgenstein o Leonard Woolf, con el que más tarde contraerá matrimonio.

Ahora Virginia contaba con armas suficientes.
  
OBRA Y FEMINISMO

Sus primeros textos aparecen en el suplemento literario de The Times. Por allí también desfilan T. S. Eliot o Henry James, entre otros. Su relación con la crítica no será fácil (aún hoy sigue sin serlo), por eso sus primeras obras apenas hacen ruido. Sin embargo, ya se aprecian en aquellos textos el influjo renovador de la pluma de Virginia. En una época en la que el género novela sufre un lavado de cara general, con Joyce o Proust como estandartes, Woolf empieza a destacar por su narrativa poética, su innovación lingüística y su capacidad para jugar con el tiempo y el espacio.

Su primer éxito llega con “La señora Dalloway”, cuando relata las peripecias de Clarissa Dalloway durante un día. No sólo en el tiempo de la novela se asemeja al Ulises. Como en “Al Faro”, los pensamientos se suceden sin hilo que los conduzca. Pero, sin lugar a dudas, su mejor novela es “Las olas”, donde seis personajes reflexionan alrededor de ciertas teorías filosóficas. La novedad aquí se basa en el estilo narrativo. Woolf ya no utiliza el soliloquio, tan de moda en la época, sino que se decanta por una especie de plegaria, como si el personaje recitara lo que le viene a la mente. Aquí encontramos la mejor cualidad de Virginia Woolf: esa capacidad para moverse con habilidad por un mundo imaginario entre la narrativa y la poesía. Tampoco debemos olvidarnos de sus cuentos y sus ensayos, justamente ponderados cuando la moda Woolf resurgió allá por la década de los setenta.

Pero, a veces, sus párrafos traspasan el mero interés literario. Virginia expuso algunas teorías feministas que servirían para marcar el camino de un movimiento social que se fortalecería años después. Estas teorías alcanzan su punto más alto en “Una habitación propia”, un ensayo que trata el tema de la mujer en la novela, defendiendo las capacidades de ésta a lo largo de la historia.

Ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas“.

Otro alegato feminista de notable calidad es “Tres guineas”. En 1935, Virginia recibió una carta en la que alguien le pedía que explicara por qué se posicionaba en contra de la guerra. La misiva le golpeó de tal manera que tardó tres años en contestar. Pero la respuesta muestra una profundidad tal que terminó editándose y convirtiéndose en este libro, un análisis de los papeles que el hombre y la mujer juegan en el terreno bélico. Para Virginia, la mujer puede evitar el conflicto si se le da la importancia que merece dentro de la cultura y la enseñanza de un país.

Hoy, esta postura parece fácil de adoptar, pero a Virginia le costó una cierta tirantez con crítica y público. Poco le importaba. Su entereza estaba por encima del éxito parcial.

LOS ÚLTIMOS DÍAS
Con las defensas contra la enfermedad destruídas, con un par de recientes fracasos literarios sobre sus hombros y con la Luftwaffe bombardeando media Europa, el tiempo de Virginia Woolf parece agotarse. Su epitafio ya está escrito, lo ha sacado de “Las olas”, una de sus obras maestras (“Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte”).

Unos días antes ya habían encontrado a Virginia empapada, probablemente al haber fracasado en su penúltimo intento de suicidio. Para entonces, ya confundía la realidad con la ficción sin elegir el lado amable de ambos planos. Aquella mañana del 28 de marzo de 1941, fría pero soleada, Virginia Woolf escribió dos cartas.

Una era para su hermana Vanessa.

No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. […] He luchado contra esto, pero ya no puedo más. Virginia.
La otra, para su marido Leonard Woolf.

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. […] No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. […] No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros. V.

Recorrió el camino que separaba su casa del río apoyada en su bastón, sintiendo el peso de las piedras en su abrigo. Era el mismo peso que llevaba 46 años amenazando su estabilidad. Le plantó cara al río Ouse pero el miedo y la desesperación terminaron por hundir su cuerpo en las profundidades de la enfermedad.
Unos críos encontraron el cadáver de Virginia flotando junto a la orilla del río.

Atrás quedaba una obra extensa y majestuosa, un digno recorrido a través de los dogmas del siglo XX y un nombre que quedará grabado para siempre como sinónimo de fuerza literaria y espiritual.

Virginia sabía que el precio que habría de pagar por derribar aquellos muros resultaría caro. Ella lo había definido mejor que nadie:

“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

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 Fuente: https://lavozdelarra.wordpress.com/author/lavozdelarra/

sábado, 18 de julio de 2015

De cómo Virginia Woolf ayudó a salvar el 'Guernica'

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Virginia Woolf
Virginia Woolf con T. S. Eliot, fotografiados por Lady Ottoline Morrell en 1924.
Foto: National Portrait Gallery, London
  Los hechos transcurren en 1937, el 26 de abril de ese año la Legión Cóndor alemana bombardeaba la población de Guernica en el País Vasco. Por encargo del Gobierno de la República, Pablo Picasso, residente en París, pintaba en tiempo record una de las obras más importantes del siglo XX, su Guernica, que fue por primera vez expuesto en el pabellón español de la Exposición Internacional de París convirtiéndose en un símbolo de la resistencia antifascista. Tras la exposición en Paris, el Guernica volvió a casa del pintor, nadie podía permitir que el cuadro se exhibiese en España bajo la creciente amenaza franquista. Así, el Guernica, otro exiliado más, comenzaría un largo recorrido convertido ya en símbolo de la lucha contra la guerra y el totalitarismo.

Ese mismo año se celebraba una intensa reunión en Bloomsbury aunque el grupo de asistentes era reducido: Virginia y Leonard Woolf, Vanessa Bell, su marido y sus hijos Quentin y Julian Bell. El motivo de esta reunión era persuadir a Julian Bell en su idea de cruzar a España a través de Francia para servir en la lucha antifascista. Demasiado tarde, el sobrino de Virginia Woolf ya se había enrolado como conductor de ambulancia en nuestro país y ningún argumento le haría cambiar de opinión. Julian Bell había editado ese mismo año una recopilación de ensayos titulada We Did Not Fight, un texto pacifista en el que sin embargo admitía en el prólogo que, a veces, la acción y la fuerza son absolutamente necesarias: una idea que creció con fuerza en su interior al inicio de la Guerra Civil Española y la consecuente política de no intervención del gobierno británico. En un intercambio de cartas, Julian Bell acusaba a su tía Virginia Woolf de ser parte de una generación “cuya falta de acción ha desencadenado en el creciente fascismo”, decía también que “era necesario luchar para evitar el desastre”.

Tras la partida de Julian Bell hacia España, la Guerra Civil se convirtió en un asunto de interés tanto político como personal en casa de los Woolf, que aparecería reflejado en el ensayo político de carácter feminista y antifascista Tres Guineas (1938), Virginia Woolf consideraba el fascismo una muestra de la rigidez del patriarcado en la sociedad. La autora escribió Tres Guineas en respuesta a la pregunta de una lectora "¿Cómo las mujeres, con un papel tan limitado en nuestra sociedad, podemos prevenir la guerra?” que ilustró, además, con unas fotografías de un periódico que mostraba a 71 niños muertos en un colegio tras una bomba de Franco.

En 1937, Virginia Woolf y Vanessa Bell participaron activamente con el National Joint Committee for Spanish Relief con la intención de recaudar fondos para los niños vascos refugiados tras el desastre de Guernica, muchos de los cuales quedaron huérfanos tras el bombardeo. Para ello hicieron una subasta benéfica para la que la familia Woolf quería contar con la presencia de Pablo Picasso y aunque el pintor no pudo asistir, donó uno de sus dibujos que fue subastado para la causa.

Ese mismo año Julian Bell fallecía en España. Vanessa Bell, tras recibir la noticia, cayó en una profunda depresión. Fue su hermana Virginia, conocedora de primera mano de la enfermedad, quien estaría a su lado para que la superase. Cartas que han salido a la luz posteriormente demuestran que Virginia Woolf no pudo superar las diferencias de opinión y las peleas que tuvo con su sobrino, que jamás lograron resolverse. Fue quizás por eso que a partir de entonces, su lucha contra los regímenes totalitarios se hizo más fuerte hasta el punto de aparecer en la lista negra del mismísimo Adolf Hitler.

El Guernica seguía, por aquel entonces, siendo un itinerante símbolo de protesta contra la guerra. Fue de nuevo el National Joint Committee for Spanish Relief, entre cuyos patrocinadores se encontraban una vez más los Woolf y los Bell, quienes permitieron que en octubre de 1938 el Guernica y otras 67 piezas firmadas por el pintor español viajaran a Londres para una exposición especial en New Burlington Galleries, aunque la exhibición fue un auténtico fracaso de público considerando la fama del pintor en aquella época (tan sólo unas tres mil personas se dejaron caer por allí), se consideró más un movimiento estratégico teniendo en cuenta los acontecimientos que por aquel entonces estaban sucediendo en nuestro país: había que mover el Guernica, alejarlo no ya sólo de España, sino de cualquier régimen totalitario.

Virginia Woolf, considerada por algunos expertos 'la escritora cubista', tuvo más relación con el movimiento artístico del que podíamos intuir hasta ahora por sus libros y más relación con España que los tres viajes que realizó y que después relató en sus diarios.

Londres también tiene un pedazo de Guernica, se trata de Mujer que llora, en la Tate Modern, inspirada también por el terrible bombardeo y en el que se puede apreciar a Dora Maar, la amante de Picasso en 1937, con la cara desencajada al visualizar, como podemos ver en sus pupilas, los aviones acercándose.


Más iformación:  http://smoda.elpais.com/articulos/de-como-virginia-woolf-ayudo-a-salvar-el-guernica/5158