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martes, 7 de diciembre de 2021

Sultana Khaya, más de un año de asedio y torturas en su casa del Sáhara Occidental

 La familia Khaya permanece retenida sin orden judicial en su domicilio de Bojador, en los territorios ocupados por Marruecos del Sáhara Occidental, desde el 19 de noviembre de 2020. Sultana, su hermana Luara y su madre llevan más de un año sufriendo vigilancia, allanamientos, torturas, robos y agresiones sexuales. 

Sultana Khaya
Sultana Khaya.

Son las 8 de la tarde y conversamos a la luz de dos velas. “Como puedes ver tenemos una en el salón y otra en la cocina”, muestra Sultana. Hace meses que no tienen electricidad ni apenas agua. Cuando algún familiar o compatriota intenta acercarse a la vivienda para llevarles linternas, las decenas de paramilitares marroquíes que las vigilan día y noche se las confiscan. Del grifo salen solo unas gotas de color amarillento. Tienen miedo de que las envenenen por lo que el poco agua del que disponen en botellas lo utilizan para cocinar.

La casa está oscura y desierta. Sultana señala el único cajón de forja que tienen en el salón donde guardan algunas melfas y mantas rociadas de “líquidos malolientes que nos tiran dentro de casa”, reconoce. Hace más de un año que la familia Khaya denuncia en las redes sociales que cuando anochece, varios agentes marroquíes allanan la vivienda, la desvalijan, esparcen basura, las agreden, les roban los teléfonos móviles y empapan sus mantas con líquidos que congestionan sus vías respiratorias. “Ahora utilizan las grúas con las que nos quitaban las banderas saharauis del tejado para entrar en nuestro domicilio de madrugada”, asiente Sultana con frialdad.

¿Quién es Sultana Khaya?

Sultana tiene 41 años. Nació en Bojador, en la costa norte del Sáhara Occidental, y allí es donde vive. Es activista defensora de los Derechos Humanos y como saharaui se ha volcado en la lucha de su pueblo para recuperar su territorio. Como casi todos sus compatriotas, tiene familia repartida entre los campamentos y los territorios ocupados, pero ella decidió quedarse para combatir desde la trinchera.

El 19 de noviembre de 2020 llegó a su casa de Bojador después de pasar una temporada en España. Marruecos había roto el alto el fuego en Guerguerat, al sur del Sáhara Occidental, seis días antes y decidió volver para resistir con su gente. La interceptaron en un control de camino a su domicilio, la asediaron y la obligaron a encerrarse. Desde entonces, su madre y su hermana Luara la acompañan en este martirio.

En 2010 cofundó la Liga Saharaui para la Defensa los DDHH y en Contra del Expolio de los Recursos Naturales y hoy la preside. A sus 27 años estudiaba francés en Marrakech. Allí asistió a una manifestación en apoyo a otros compañeros saharauis reprimidos por las autoridades marroquíes. Durante la movilización se le acercaron dos policías y le propinaron tal golpe en el ojo derecho que terminó perdiéndolo. Por ello, Sultana viaja asiduamente a Barcelona y a Alicante para hacerse reconocimientos.

Anualmente le cambian la prótesis ocular pero desde que se encuentra asediada no ha podido atender sus necesidades médicas. Aparentemente su ojo izquierdo se encuentra sano pero sus verdugos conocen su historia y lo atacan continuamente. “Tengo el ojo bueno hinchado del último golpe”, afirma la activista. El 12 de noviembre, sin ir más lejos, le “dieron con un zapato” y nota que ha perdido vista.

Un año de asedio y resistencia

La conversación se desarrolla con intermitencia porque la conexión a internet es muy inestable. “Lo siento”, se disculpa Sultana, “pero mi hermana Luara me está compartiendo sus datos”. Además de confiscarles los móviles durante los allanamientos nocturnos, cuando las Khaya consiguen terminales y tarjetas sim nuevas, las autoridades marroquíes bloquean la comunicación. “No te sabría decir cuántas veces he cambiado de número en este año”, admite. Es muy probable que cuando se publique este reportaje, Luara Khaya ya no tenga la tarjeta sim que hizo posible esta entrevista.

Por las noches no pueden dormir. “Golpean las ventanas y las puertas de madrugada para no dejarnos descansar”, afirma Sultana. Hasta las 6 o 7 de la mañana no consiguen conciliar el sueño. Y cuando lo hacen no es por mucho tiempo. Las tres saben que esta técnica de tortura la utilizan las autoridades marroquíes desde hace décadas e intentan no examinarse físicamente demasiado, pero la realidad es que están agotadas. Aún así, no entra en sus planes rendirse.

La única persona a la permiten salir de casa para comprar comida es a su progenitora de 84 años. “Luara y yo no tenemos miedo a morir, moriremos algún día, pero nos preocupa la situación de nuestra madre”, admite la activista. Desde que comenzó el asedio, esta mujer octogenaria es agredida diariamente por intentar defender a sus hijas.

“No te puedo describir en una frase las torturas que estamos sufriendo”, asegura Sultana. La madrugada del 8 de noviembre, mientras intentaban dormir, un grupo de hombres encapuchados entraron en la vivienda colándose por el tejado. Las golpearon y a Sultana le inocularon un líquido en el muslo derecho. Piensa que puede ser algún tipo de veneno o cualquier sustancia que provoque una reacción dañina en su cuerpo pero no sabe qué le inyectaron. “No sé qué era pero ese día sentí mareos, náuseas y me faltaba el aire”, admite. A modo de prevención, la activista estuvo unos días tomando medicinas naturales de tradición saharaui destinadas a combatir los envenenamientos. “Sé que su objetivo es matarme pero no tengo miedo”, sentencia Khaya.

Aunque se encuentren encerradas contra su voluntad, Sultana valora que la situación anímica es vital para sentirse libre. Considera que su historia es la misma que están viviendo muchas familias saharauis en los territorios ocupados. Reconoce que los primeros meses de asedio fueron más fáciles de asumir y que desde mayo, el aumento de las torturas de madrugada ha mermado los ánimos. Aún así “la resistencia es continua y sé que se cansarán ellos antes que nosotras”, sostiene.

Violaciones como arma de guerra

“Estos agentes, actuando bajo la dirección del Gobierno de Marruecos, amenazan rutinariamente con matar y violar a las hermanas Khaya”, manifiesta Stephanie Herrmann, una de las representantes internacionales de la familia. “Han utilizado la violencia sexual contra Sultana y Luara tanto para castigarlas por sus opiniones políticas como para obligarlas a guardar silencio”, afirma la jurista.

Herrmann trabaja para Perseus Strategies, un despacho jurídico especializado en Derechos Humanos con sede en Washington. Además, forma parte del equipo de apoyo legal internacional a la familia Khaya, integrado por juristas procedentes de distintos países. En julio presentaron una petición al Grupo de Trabajo sobre Detención Arbitraria de la ONU denunciando el arresto domiciliario de las Khaya. Y más recientemente, en noviembre, registraron un Llamamiento Urgente a los Relatores Especiales de la ONU sobre Tortura, Defensores de Derechos Humanos y Violencia contra las Mujeres. En este último adjuntaron todo tipo de pruebas fehacientes que documentan las agresiones, torturas y violaciones que han sufrido en el último año.

“Los agentes torturaron y violaron a ambas hermanas el 12 de mayo de 2021. Sultana publicó un artículo de opinión en CNN Global explicando valientemente los detalles de esta violencia. Nuevamente, el 22 de agosto, las agredieron, las expusieron al COVID-19 y Sultana contrajo el virus como resultado”, resume Stephanie. “El 15 de noviembre, agentes marroquíes allanaron su casa, violaron a Sultana por segunda vez en este año y agredieron sexualmente a Luara”, añade la jurista con resignación.

Al igual que las torturas son un mecanismo ancestral para debilitar e infligir el mayor dolor a quien las sufre, la violencia sexual ha sido, es y será un arma de guerra eterno contra, especialmente, las mujeres. Su objetivo es anularlas como personas y despojarlas de cualquier poder. Las hermanas Khaya son fuertes, humanas y creen en la fuerza de la resistencia. Por ello, las torturan y las violaciones contra ellas no cesan.

Para Herrmann es muy importante que Sultana y Luara tengan sus teléfonos activos para que puedan contactar con el equipo internacional y documenten los abusos que sufren. “Si los agentes logran robar sus móviles, las hermanas Khaya se enfrentan a un mayor riesgo de tortura, desaparición forzosa o asesinato”, alega Stephanie. “Todos los días protestan contra su arresto domiciliario arbitrario e indefinido ondeando la bandera del Sáhara Occidental en su tejado. Son voces a favor de la resistencia pacífica y es un honor apoyarlas”, reconoce la jurista con honestidad.

Llamamiento de la familia Khaya

“Espero que la población española sea consciente de que el Sáhara Occidental sigue bajo la administración de su estado. España es la única responsable de cualquier acción que se cometa contra el pueblo saharaui”, sentencia Sultana. Lo único que quiere es poder vivir en libertad y que la comunidad internacional proteja su vida, la de su familia y la de todos los presos saharauis de los territorios ocupados. Pide a los funcionarios del gobierno español que velen por la seguridad de su pueblo y que “no sean cómplices del régimen marroquí firmando tratados comerciales que expolian las riquezas del Sáhara Occidental”.

Pese al sufrimiento acumulado en el último año, las hermanas Khaya se han mandado sonrisas a lo largo de toda la entrevista. Son mujeres alegres y firmes que creen en la resistencia pacífica, como decía su representante legal Stephanie Herrmann. Por ello Sultana no entiende que haya personas que tilden a su pueblo de terrorista. “Nuestra lucha es digna desde sus comienzos”, añade, por lo que las tres mujeres seguirán subiendo al tejado a ondear su bandera saharaui todos los días que les queden de asedio. 

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/sahara-occidental/sultana-khaya-mas-de-un-ano-de-asedio-y-torturas-sahara-occidental

jueves, 14 de octubre de 2021

Los porqués de la ruptura Argelia-Marruecos

Un hombre camina por una calle de Argel.J.F.

 El régimen militar argelino busca recuperar influencia en el norte de África y frenar los anhelos expansionistas de su vecino y rival.

El pasado 24 de agosto, en plena vorágine informativa por la apresurada y caótica salida de las tropas estadounidenses de Afganistán, Argelia rompió las relaciones diplomáticas con Marruecos, su vecino y rival, y zamarreó aún más con ello el ya de por sí convulso tablero internacional. Fruto de una decisión meditada —todas las razones y excusas aducidas estaban ya sobre el tapete hacía meses—, dos parecen, a priori, las ambiciones geoestratégicas que desencadenaron el órdago argelino: la primera, recuperar la influencia en el Magreb y en particular en el Sahel, en gran parte perdida durante los años que se prolongó la enfermedad del expresidente Abdelaziz Bouteflika, fallecido a mediados de septiembre; la segunda, aprovechar el cambio geopolítico que se está produciendo en la región para trancar la puerta al anhelo expansionista de Rabat, que ha aprovechado estos años de introspección argelina y de lucha intestina en el seno del régimen militar para atirantar sus tentáculos en una zona trascendental para la política de seguridad y de energía de la Unión Europea. 

Sahel, territorio clave

Histórico cruce de caminos, el Sahel es hoy un territorio sumido en múltiples crisis, víctima de la merma de sus tradicionales modelos de vida —arruinados por la imposición acelerada de la modernidad, la avidez capitalista, el fracaso comunista y el imparable cambio climático—, pero también del neocolonialismo pancista emprendido por los Estados europeos, que en la última década han desplegado miles de tropas y han urdido un lucrativo negocio de venta de armas y equipos de seguridad que mueve miles de millones de euros anuales. Estas condiciones han favorecido tanto el florecimiento de un entramado económico corsario transnacional, sostenido en el contrabando de productos pero también de personas migrantes, como la consolidación de poderosas heterarquías adscritas al wahabismo, la interpretación herética más radical y violenta del islam.

Pugna por el Sáhara Occidental Marruecos pretende anexionarse la excolonia española, mientras que Argelia da protección al Frente Polisario

 

"Estados Unidos y la UE son cada vez más conscientes de la gran importancia que tiene Argelia, único país con acceso directo a regiones conflictivas como el norte de Mali y Níger y del suroeste de Libia", explica un alto funcionario europeo destinado en el norte de África. Y el régimen argelino, necesitado de salvavidas para minimizar la aguda crisis económica y social que padece el país, “entiende que eso le ofrece ventaja estratégica frente a otros actores regionales y, en particular, sobre su rival marroquí", agrega.

Cambio geoestratégico

El momento elegido parece apuntar igualmente en la misma dirección. El anuncio de la ruptura de relaciones se produjo en vísperas de la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los países vecinos de Libia, un nueva iniciativa impulsada por Argelia que ha sido aplaudida tanto por Washington —principal aliado de Rabat— como por Bruselas y la ONU. Según fuentes de Inteligencia, el jefe de la diplomacia argelina, Ramtan Lamamra, informó de la decisión al embajador especial de EE UU para Libia, Richard Nolan, durante el encuentro preparatorio mantenido con su homólogo tunecino 24 horas antes de hacerse pública. Integrado por Túnez, Níger, Chad y Egipto, el foro —que tenía previsto celebrar su primera cumbre en septiembre— excluye hábilmente de la ecuación regional a Rabat y busca construir una alternativa a viejas alianzas como la exangüe Unión del Magreb Árabe (UMA).

“La decisión de colocar a Lamamra (un diplomático sagaz con numerosos contactos) es un mensaje con el que Argelia quiere mostrar que está de vuelta”, subraya el periodista argelino Makhlouf Mehenni. No tanto para acercarse a Washington como para protegerse y debilitar a su rival marroquí, que había multiplicado en el último lustro su presencia diplomática y económica en el Sahel y el África Occidental. Argelia también percibe el evidente reverso de la tendencia que se ha producido en la región tras la salida de la Casa Blanca de Donald Trump, quien apostaba por Marruecos y dejaba manos libres a Rusia en Libia. Y cree que la decisión de su sucesor de ignorar la orden presidencial que reconocía la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental a cambio de la normalización de relaciones con Israel, su inclinación a recuperar el diálogo con el Polisario a través de la ONU y el fracaso del pulso diplomático con España y Alemania son elementos que inducen a pensar en ese supuesto declive de la influencia marroquí.

Yihadismo y migración

La ruptura se anunció, asimismo, dos días después de que el jefe del Ejército argelino, el general Said Chengriha, el hombre más influyente del país, azuzara el miedo ante una posible nueva oleada de atentados en Mali, Níger, Burkina Faso y la propia Libia, con los que Argelia comparte una larga e inestable frontera, que, sin embargo, no controla en su totalidad.  

Desde 2011, fecha del inicio de las marchitadas primaveras árabes, en el sur del Sáhara han surgido nuevas organizaciones transversales de ideología wahabí —como Jama’a al Nusrat ul-Islam wal Muslimin (JNIM)— que no solo han hecho evolucionar el yihadismo global inspirado por la red Al Qaeda, sino que han logrado obliterar las anacrónicas fronteras coloniales y establecer protoestados espurios al estilo del que edificó el Estado Islámico en el norte de Irak y el este de Siria, sostenidos en el contrabando y la economía corsaria.

Es una amenaza a la que se suman organizaciones como Boko Haram, que domina amplias zonas de Nigeria y Camerún, y que con toda probabilidad se extremará a corto plazo aguzada por el ascenso talibán en Afganistán. 

Según la organización internacional Oxfam, en 2017, año de la creación de JNIM, la cifra de "migrantes irregulares” y demandantes de asilo procedentes de África suponía apenas ell 1% de la población europea, cifra que no evitaba que distintos gobiernos los presentarán como una amenaza vital para el viejo continente. Aun así, desde entonces la UE ha destinado miles de millones de euros a frenar esta tragedia —en un negocio que repercute en las empresas europeas— y muy escasos recursos a extirpar sus raíces: desigualdad, crisis climática, autoritarismo, incultura, brecha tecnológica, patriarcado, corrupción y ausencia de futuro,  nutrientes que alimentan el radicalismo sustentan esa economía corsaria, azuzan el miedo y contribuyen a justificar la necesidad de invertir en seguridad.

“El Sahel supone un gran negocio para las empresas de seguridad privadas, pero también para la Unión Europea, que ha creado la suya propia bajo el nombre de Frontex”, explica un diplomático africano. “Argelia no solo quiere su trozo de esa tarta, también quiere sentarse con los que la reparten, con sus propias condiciones y un cuchillo más grande que el de su vecino”, concluye el diplomático, que por seguridad prefiere no ser identificado.

Wahabismo

La interpretación herética más radical y violenta del islam gana terreno en la región del Sahel gracias a protoestados sostenidos por el contrabando e inspirados en Al Qaeda y Estado Islámico

Fuente: https://alternativaseconomicas.coop/articulo/actualidad/los-porques-de-la-ruptura-argelia-marruecos

viernes, 21 de mayo de 2021

Um Draiga. Asuntos sin resolver que llaman a la puerta

"Empezar a contar la historia por Um Draiga nos permite entender quién está en la posición de perpetrador y quién en la de víctima si queremos usar la palabra 'genocidio' en una oración que incluya a Marruecos y al Sáhara Occidental", reflexiona Laura Casielles.

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Un hombre corre por la playa en Ceuta tras llegar a nado desde Marruecos. REUTERS

 El 18 de febrero de 1976 tuvo lugar la masacre de Um Draiga. Um Draiga era el nombre de uno de los asentamientos en los que se fueron encontrando quienes huían de las que hasta entonces habían sido sus ciudades y pueblos cuando el Sáhara Occidental fue ocupado por Marruecos en la Marcha Verde. Situado en el interior del desierto, pero lo bastante cerca de algunos pozos que los beduinos conocían bien, se convirtió en una pequeña ciudad provisional, hecha de jaimas, que llegó a albergar a varios miles de civiles. 

El bombardeo duró unas 48 horas, con algunas repeticiones en días siguientes. Los ataques desde aviones y cazas eran habituales en aquella huida, pero en este se usaron además napalm y fósforo blanco, armas químicas prohibidas por el derecho internacional. El número de muertos se cifra entre 2.000 y 3.000 solo en aquellos días. Por este y otros casos, en 2015 la Audiencia Nacional española admitió a trámite una querella para procesar a 11 altos cargos marroquíes bajo la acusación de genocidio. El procedimiento sigue sin resolverse. Quienes sobrevivieron a la masacre continuaron camino hacia Tinduf, en el sur de Argelia, donde siguen viviendo –con sus descendientes– 45 años más tarde, en campamentos de refugiados.

El pensador estadounidense Walter Mignolo explica que, cuando se cambia el punto por el que empezamos a contar una historia, nos encontramos con una historia diferente. El otro día, al leer la noticia de que esa misma Audiencia Nacional había reabierto una querella por genocidio, pero otra, la que acusa de eso mismo a Brahim Gali –presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y secretario general del Frente Polisario–, pensé en que quizá podríamos empezar a contar la historia por Um Draiga. Más que nada, para no tergiversar los nombres de las cosas.

Empezar por Um Draiga

Empezar a contar la historia por Um Draiga no solo nos permite entender quién está en la posición de perpetrador y quién en la de víctima si queremos usar la palabra “genocidio” en una oración que incluya a Marruecos y al Sáhara Occidental. También nos lleva hasta un punto del tiempo crucial para entender lo que está pasando estos días en la frontera entre España y Marruecos. Veréis. 

Cito a Walter Mignolo no solo porque su reflexión sobre las historias me guste mucho, sino porque la desarrolla para pensar sobre la lógica y las consecuencias de los procesos coloniales. Que es de lo que va este asunto. La descolonización fue el fenómeno histórico más importante de la segunda mitad del siglo XX. El mapa se redibujó con la independencia de ochenta países, pero también con el trazado de todo un entramado de negociaciones, deudas y lealtades que marcarían el tiempo por venir. Algunos otros procesos, no muchos, quedaron sin resolver. 

En las últimas semanas, las noticias del recrudecimiento de los ataques de Israel sobre Palestina pusieron sobre la mesa una vez más uno de los asuntos en los que esos temas irresueltos, o mal resueltos, siguen latiendo. Ahora nos llama a la puerta un problema de la misma familia, pero que nos pilla mucho más cerca: la cuestión del Sáhara. Se trata de dos conflictos que, en el “pack del pensamiento de izquierdas”, suelen emparentarse en una adhesión que va de suyo: apoyamos, claro. Sin embargo, es menos frecuente que nos demos cuenta de que, en el caso de España, si nos toca pensar sobre el Sáhara es también para pensarnos a nosotros mismos.

Un problema propio

Entender el conflicto del Sáhara Occidental es entender que no se trata de un problema ajeno, sino profundamente propio. No solo en términos de responsabilidad, que por supuesto. También en la medida en que su desarrollo está tan ligado al de nuestra propia historia reciente que se puede entender como otro de esos candados que no hay manera de abrir si no se quieren tocar unas cuantas de las cosas que llevan décadas cerradas a cal y canto.

Durante el agitado año de 1975, un territorio en principio no tan importante se convirtió en la bisagra crucial de un tiempo. En el complejo guion que cambió el rumbo de lo que parecía que iba a ser una independencia pactada como las de otros países toman parte algunos de los principales personajes de aquellos últimos meses del franquismo, con especial protagonismo de un Juan Carlos I recién coronado que iba a encontrarse con que la gestión del futuro de aquel territorio resultaba clave para encontrar su lugar en el mundo –literalmente–. 

De algún modo, retirarse ante la Marcha Verde y aceptar las presiones que cristalizarían en los Acuerdos de Madrid –en los que se cedió la soberanía del Sáhara a Marruecos y Mauritania– fue la primera aceptación de un chantaje marroquí por parte de España. Y lo sabemos por todas las películas: cuando se acepta un primer trato mafioso, el rumbo ya es difícil de enderezar

Con aquella traición a las promesas de defender la soberanía del pueblo saharaui, nuestra transición a la democracia quedó marcada por algo mal hecho. La ocupación marroquí del Sáhara Occidental era ilegítima y, por tanto, España seguía y sigue siendo la potencia administradora de facto –como ha reconocido de hecho otro auto de la Audiencia Nacional, que en este tema ya vamos viendo que dice una cosa, su contraria, y todo lo demás también–. Lo era mientras caían las bombas sobre Um Draiga, lo era durante los más de quince años de guerra que siguieron, lo era mientras se incumplían una y otra vez las resoluciones de organismos internacionales como la ONU o el Tribunal de La Haya que establecen el mandato de realizar un referéndum de autodeterminación en este territorio cuyo estatus actual sigue siendo “pendiente de descolonización”


Los negocios

Llamarse andana en el asunto resultaba lucrativo: también en el Sáhara los negocios que se afianzaron en aquellas décadas tuvieron mucho que ver con las puertas giratorias con las que se afianzó y sostuvo el bipartidismo, como muestra el documental Ocupación S. A. Pero, más allá de eso, dejar las cosas quietecitas en aquel frente tenía que ver con no abrir cajas negras de la memoria que tocan muchas de las claves de bóveda del régimen del 78, empezando por el rey

Esto es extensible a toda la cuestión colonial española del siglo XX. Hablar del Protectorado de Marruecos es hablar de cómo se generaron las condiciones de posibilidad para el golpe de Estado de 1936, y hablar de la guerra civil, y hablar de las ambivalencias y contradicciones del propio discurso del franquismo. Hablar de la colonización española en Guinea Ecuatorial es hablar de cómo se dejó a aquel país en herencia una dictadura con la que la España ya democrática no ha sido jamás capaz de romper. 

Y hablar del también muy deficitario papel de España en el proceso de descolonización de Marruecos ayuda a entender que cuando decimos que “Europa ha subarrendado a Marruecos el control de sus fronteras”, nuestro país no es exactamente un beneficiario, sino el siguiente eslabón en la cadena de comerse los marrones. Porque no nos confundamos: esta vez Europa ha intervenido cual primo de Zumosol porque la cosa estaba siendo demasiado llamativa, y no conviene mostrar de manera tan visible los tejemanejes que en lo cotidiano sostienen la maquinaria girando. Pero, en el día a día, es una de las principales artífices y garantes del orden de cosas que al reventar desemboca en lo que estamos viendo. 

Pero esto no iba de echar balones fuera, sino de todo lo contrario. Lo que se juega en el Estrecho no solo tiene que ver con nosotros porque nos llame a la puerta con un sufrimiento ante el que no cabe la indiferencia. Tampoco solo porque sea terreno fértil –como casi siempre en la historia de ese paso de agua, por otro lado– para las peores versiones del nacionalismo patrio. Tiene que ver con nosotros porque se enraíza directamente en la pregunta de cómo ha construido este país lo que es hoy, cómo podría construir de otro modo y con qué herencias está dispuesto a romper para ello.

No es una crisis migratoria

No, no es una “crisis migratoria”. Es otra cosa. Es una operación de Risk de un Estado que demuestra que está dispuesto a ignorar los derechos humanos no ya de sus enemigos, sino de su ciudadanía. Ahora el Estrecho nos grita, pero en los últimos meses ya se habían ido desplegando las señales de que Marruecos sabe qué botón tiene que apretar para que España no remueva las aguas que llevan estancadas hace casi medio siglo

A menudo, la defensa de causas como la del Sáhara o la de la Palestina se denosta diciendo que son temas pequeños, luchas perdidas a las que solo se suma gente ingenua y poco pragmática. Pero lo que está en disputa es algo mucho más grande –¿por qué si no iban a preocupar a los gigantes del mundo?–. Paisitos que no estaban llamados a ser cruciales encarnan en su resistencia el recordatorio del daño sobre el que se funda nuestra tranquilidad. 

De lo que se trata es de un orden global que se apuntaló en el colonialismo y se barnizó en el proceso de descolonización, y que se sostiene en la desigualdad y en la violencia. Y por eso es trampa presentarlos como guerras entre países, llevar a los pueblos a enfrentarse. El conflicto, como siempre, no es entre las sociedades: es entre quienes tienen poder y quienes lo sufren, como muestra con claridad quiénes están jugándose la vida estos días en el espolón de Ceuta. 

El ping pong que vemos estos días en la frontera nos llama a la puerta con la urgencia de las vidas que están en juego. Pero, además, nos recuerda que los problemas que no se resuelven, regresan. Que los problemas que se resuelven mal, cediendo al matonismo y al chantaje, se enquistan. Y que los problemas que son fundantes de un orden criminal tienen mal arreglo. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2021/05/21/um-draiga-asuntos-sin-resolver-que-llaman-a-la-puerta/