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martes, 15 de enero de 2019

“La barbarie moderna ha llegado a niveles inimaginables para Rosa Luxemburgo”

<p>Michael Lowy</p>
Michael Lowy
Adrián Estévez / Wikimedia Commons
Michael Löwy es un filósofo franco-brasileño, profesor en la École des hautes études en sciences sociales de París y director de investigación emérito del Centre national de la recherche scientifique (CNRS) de Francia. Ha escrito libros sobre la obra de Karl Marx, Walter Benjamin, Georg Lukács, Rosa Luxemburgo y el marxismo latinoamericano. Defiende la perspectiva del Ecosocialismo. Con motivo del centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo lo entrevistamos sobre la vigencia de su pensamiento para el siglo XXI.

A cien años del asesinato de Rosa Luxemburgo, ¿qué aportes de su obra son más relevantes en la actualidad?
En primer lugar, su comprensión de que el capitalismo no puede existir sin expansión imperialista, militarismo, guerras de conquista, conflictos interimperialistas por la hegemonía, opresión brutal de los pueblos de la periferia, imposición a todo el planeta de las implacables exigencias de la acumulación del capital. Esto es muy actual, y lo mismo para la necesidad de organización internacional de los explotados y oprimidos: para Rosa Luxemburgo, sin un movimiento internacional, sin la unidad internacionalista de los proletarios –en el sentido amplio, el conjunto de las clases y grupos subalternos– no será posible vencer al sistema imperialista mundial.

Se puede criticar su posición hacia la cuestión nacional –contrariamente a Lenin, rechazaba el derecho a autodeterminación de los pueblos como “ilusión pequeñoburguesa”. Pero su crítica intransigente a la ideología nacionalista burguesa, como instrumento de dominación de las masas, y su rechazo categórico a las guerras imperialistas en nombre de la “defensa nacional” siguen siendo muy actuales.

Polemizando con el reformismo socialdemócrata, Rosa Luxemburgo insistía que los marxistas son favorables a todas las reformas que mejoran la situación de los oprimidos, pero no es posible acabar con el capitalismo por una acumulación gradual de reformas: es necesario el golpe de martillo de la revolución para romper con la dominación de la clase burguesa y establecer una verdadera democracia socialista. Es una discusión que sigue presente hasta hoy en el campo de la izquierda y de los movimientos sociales.

Le faltaba, como a prácticamente todos los marxistas de su época, una percepción de la cuestión ecológica. Pero, por su interés por el “comunismo primitivo” de los pueblos colonizados, como fuente de inspiración de su resistencia al imperialismo, ella nos permite entender mejor la formidable movilización socioecológica (anticapitalista) actual de las comunidades indígenas de las Américas, desde Canadá hasta la Patagonia.

En 1916 Luxemburgo escribió desde la cárcel La crisis de la socialdemocracia alemana, conocido como el Folleto de Junius por el pseudónimo que utilizó. Allí aparece el lema “socialismo o barbarie”. Usted sostiene que este texto representó un giro en la historia del pensamiento socialista…
Hasta la Primera Guerra Mundial, prácticamente todos los marxistas creían en la “inevitabilidad” del triunfo socialista. Karl Kautsky es el más típico representante de una especie de “radicalismo pasivo”, que proponía a los socialistas esperar por la crisis revolucionaria. Pero también Rosa Luxemburgo, en sus primeros escritos, insiste en el inevitable “derrumbe” (Zusammenbruch) del capitalismo. Contrariamente a Kautsky ella no quiere “esperar de brazos cruzados” que maduren las condiciones, sino propone acelerar el proceso histórico, hasta el necesario triunfo del proletariado. La diferencia se refiere solo al ritmo, no a la dirección del proceso.

 La capitulación de la socialdemocracia alemana y europea frente a la guerra imperialista –votación de los créditos militares en 1914– va a producir un profundo cambio en el pensamiento de Luxemburgo. En su folleto redactado en la cárcel en 1915, La crisis de la socialdemocracia, firmado con el seudónimo “Junius” –que denuncia tajantemente esta capitulación– aparece, por primera vez en la literatura marxista, la palabra de orden “socialismo o barbarie”. Ya no se trata de “acelerar” un proceso inevitable, sino de decidir su dirección. El socialismo es solo una de las formas posibles del futuro: la barbarie es una otra posibilidad muy concreta, en una disyuntiva histórica que depende, en gran medida, de la consciencia de clase y de la iniciativa política de los explotados. El “factor subjetivo” gana ahora un peso histórico mucho más importante que en los análisis anteriores que veían al proceso económico objetivo –el derrumbe del capitalismo, víctima de sus contradicciones– como el aspecto decisivo.  Rompiendo con el “fatalismo optimista” de corte economicista de la Segunda Internacional, la fórmula “socialismo o barbarie” del Folleto Junius inaugura una nueva comprensión dialéctica de la historia como proceso abierto, sin garantías, ni resultados inevitables.
Inspirado por las ideas de Rosa Luxemburgo, el pensador marxista heterodoxo Lucien Goldmann veía al futuro socialista de la humanidad no como un hecho inevitable, “científicamente” demostrable, sino como una apuesta (en el sentido que le da Blaise Pascal a este término), implicando el riesgo de derrota, pero también la esperanza de una victoria en contra de la barbarie; una apuesta en nuestra acción colectiva, que implica en cada uno un compromiso permanente.

El concepto de barbarie en Rosa Luxemburgo se refería a una perspectiva futura pero también a una presente en ese momento en el capitalismo: la guerra. ¿Cómo podría pensarse en la actualidad?
A pesar de una referencia equivocada a ejemplos del pasado –la caída del imperio romano, la regresión de la civilización– la barbarie en el Folleto Junius no es una regresión al pasado, sino una forma moderna: la guerra, con su cortejo de destrucciones y masacres.  Su planteamiento fue profético, pero con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, esta barbarie moderna –resultado de la derrota del socialismo en Alemania– ha llegado a niveles inimaginables para Rosa Luxemburgo. Con el espectacular ascenso actual de fuerzas de extrema derecha en todo el planeta, muchas veces con formas semifascistas o fascistas de xenofobia, racismo y autoritarismo, tenemos una amenaza muy concreta de barbarie moderna –si la izquierda antifascista y anticapitalista no logra ganar las masas populares para una alternativa socialista.

Con el cambio climático y la dramática crisis ecológica de nuestra época aparece una nueva disyuntiva histórica, un poco distinta de la planteada por Rosa Luxemburgo:  socialismo –o mejor, ecosocialismo – o destrucción de las condiciones de vida en el planeta.

Ha escrito que Rosa Luxemburgo tenía una visión dialéctica de la praxis que le permitió superar el tradicional dualismo entre “programa mínimo” y “objetivo final”. ¿Cómo se relaciona esto con el debate sobre la huelga de masas?
Para Karl Marx, fundador de la filosofía de la praxis (para retomar la definición propuesta por Antonio Gramsci), el cambio de las condiciones materiales y la autotransformación de la consciencia coinciden en la praxis revolucionaria (Tesis sobre Feuerbach, 1845).  Las ideas de Rosa Luxemburgo participan de esta visión dialéctica.

En cuanto militante del socialismo revolucionario de Polonia, Luxemburgo participó directamente en la experiencia de la huelga de masas en el Imperio zarista en 1905.  En su folleto del 1906 (Huelga de masas, partido y sindicato) analizando este evento, ella va a proponer la huelga de masas como una estrategia de lucha para Rusia, Polonia, Alemania y otros países: una estrategia que tiene por punto de partida reivindicaciones económicas, sociales y políticas concretas –algunas de ellas “mínimas”– pero se transforma en un enfrentamiento global con las clases dominantes y el Estado. Como lo demuestran los sucesos de 1905 en Rusia, la consciencia de clase de las grandes masas proletarias resulta de su propia experiencia directa de lucha, mucho más que de los folletos o discursos de propaganda de la socialdemocracia.

En la Huelga de Masas se supera dialécticamente la rígida separación tradicional entre el “programa mínimo “y el “máximo”, entre lucha económica y política, entre teoría y práctica, entre sindicato y partido.  

Rosa Luxemburgo había señalado que algunos textos de Marx se descubrían o se olvidaban de acuerdo con los diferentes momentos históricos. Usted decía que lo mismo ocurría con los textos de Rosa Luxemburgo. ¿Es hoy un momento propicio para rescatar su obra?
En el 68 surge una nueva generación que se interesa por las tradiciones revolucionarias suprimidas por el estalinismo y la socialdemocracia:  Rosa Luxemburgo, León Trotsky, el anarquismo, Che Guevara, así como por los pensadores marxistas heterodoxos: Georg Lukacs, Ernst Bloch, Herbert Marcuse, Henri Lefebvre, Guy Débord. Algo parecido ocurre hoy. Las obras completas de Rosa Luxemburgo son publicadas no solo en Alemania, sino también, por primera vez, en Francia, Brasil y Estados Unidos (¡pero no en Polonia!).  Sus escritos son leídos y discutidos por jóvenes militantes y por intelectuales, por activistas obreros o campesinos, por estudiantes y académicos, desde Shanghai hasta Buenos Aires, desde Londres hasta São Paulo. 

Entre sus ideas “olvidadas” que habría que “redescubrir” hoy en día se encuentra, como he sugerido antes, su interés por el “comunismo primitivo”, por las tradiciones comunitarias de los pueblos indígenas, fuente inagotable de su resistencia al imperialismo y a la “modernización” capitalista. Es una temática muy actual hoy en día, especialmente en las Américas.

Creo que un comunismo del siglo XXI no puede prescindir de las ideas revolucionarias, democráticas, libertarias e internacionalistas de Rosa Luxemburgo.  Sin transformarlas en dogmas, por supuesto, porque tenemos que enfrentar nuevos desafíos –como la crisis ecológica– que exigen nuevos paradigmas marxistas.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190109/Politica/23901/rosa-luxemburgo-michael-lowy-marxismo-socialismo-o-barbarie-josefina-l-martinez.htm

lunes, 14 de enero de 2019

Rosa Luxemburgo: mujer, marxista, pacifista

Antimilitarista, defensora de la democracia en el seno de la revolución, está considerada como la dirigente marxista más importante de la historia. Se cumple un siglo de su asesinato, pero su vasta producción teórica sigue viva
 
Carteles de Rosa Luxemburgo y Lenin en una manifestación en Berlín contra la guerra de Vietnam, el 18 de febrero de 1968. Getty Images

En el hotel Eden de Berlín, el soldado Runge le destroza el cráneo y la cara a culatazos; otro militar, también al servicio del capitán Pabst, la remata de un tiro en la nuca. Atan su cadáver a unos sacos con piedras para que pese y no flote, y es arrojado a uno de los canales del río Spree, cerca del puente Cornelio. No aparecerá hasta dos semanas después. El Gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert acababa así con la vida de Rosa Luxemburgo (RL), la más importante dirigente marxista de la historia, antigua militante del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), la líder más significativa de la Liga Espartaquista y fundadora del Partido Comunista de Alemania.

Unos minutos antes, los mismos personajes habían asesinado al principal compañero de RL en su larga marcha. Karl Liebknecht, el único parlamentario que en primera instancia (año 1914) votó en el Reichstag (Parlamento) en contra de los créditos de guerra para financiar la presencia de Alemania en la Primera Guerra Mundial, iba a ser trasladado a la cárcel desde el mismo hotel, pero antes de abandonar el local donde había sido interrogado le dan dos culatazos que lo dejan aturdido y se desmaya; arrastrado hasta un automóvil, es trasladado al Tiergarten, el gran parque berlinés, donde es rematado a sangre fría con disparos de pistola y abandonado en el suelo hasta que alguien lo encuentra. “Intento de fuga”, dirá la nota oficial; la de Luxemburgo rezará: “Linchada por las masas”.
Era la noche del 15 de enero de 1919. Este martes se cumplirá el centenario de la detención y asesinato de los principales líderes de la Liga Espartaquista e iconos históricos de la revolución alemana de 1918-1919, que estalla inmediatamente después de que el Ejército germano fuese derrotado y humillado en la Gran Guerra. RL había pasado los cuatro años largos de la guerra en prisión, después de que en un mitin, en Fráncfort, hubiera pedido a los soldados, con su arrolladora oratoria, que se negasen a combatir, hermanos contra hermanos, y a los trabajadores de su país, que iniciasen una huelga general que se debía contagiar a los trabajadores de los otros países en el bando contrario, para que todos confluyesen bajo la misma bandera más allá de las patrias. Sale de la cárcel a principios de noviembre de 1918 y se une a la oleada revolucionaria que inunda las calles de las principales ciudades y, sobre todo, de Berlín. Dos años antes, en otro mitin, el 1 de mayo de 1916, en medio de la conflagración, Liebknecht finaliza su arenga al grito de “¡Abajo la guerra, abajo el Gobierno!”. También es detenido y pasa en prisión dos años y medio. Sale el 23 de octubre de 1918.

A partir de ese momento, a los dos dirigentes espartaquistas les quedaban apenas dos meses de vida, y dedican sus fuerzas a publicar un periódico (La Bandera Roja) y a fundar el Partido Comunista de Alemania (KPD). Se convierten en objeto del desprecio y del odio de sus antiguos compañeros de la socialdemocracia, que gobernaban en Alemania desde unas semanas antes. Odio mortal. El historiador Sebastian Haffner (La revolución alemana de 1918-1919; Historia Iné­dita) escribe que el asesinato de RL y de Liebknecht se planeó, como tarde, a principios de diciembre de 1918 y se ejecutó de forma sistemática. Aparecieron carteles en los postes de las calles que decían: “¡Obreros, ciudadanos! ¡A la patria se le acerca el final! ¡Salvadla! Se encuentra amenazada y no desde fuera, sino desde el interior, por la Liga Espartaquista. ¡Matad a sus líderes! ¡Matad a Liebknecht! ¡Entonces tendréis paz, trabajo y pan!”. Firmado: “Los soldados del frente”. A pesar de las generalizadas amenazas, ninguno de los dos abandonó Berlín ni llevaba guardaespaldas; simplemente cambiaban de domicilio.

¿Quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato? El protagonista material fue el capitán Pabst (quien décadas más tarde, en 1962, protegido por la prescripción del delito, habló abiertamente de lo sucedido) y su escuadrón de la muerte, pero —según el historiador Haffner— no actuaron como simples ejecutores que obedecían con indiferencia una orden, sino como autores voluntarios y convencidos de lo que hacían. La prensa burguesa y socialdemócrata difundió sin pudor sucesivas incitaciones al asesinato, mientras que los responsables socialdemócratas —Ebert, Noske, Scheidemann…— miraban hacia otro lado y permanecían callados.

Cuando RL y ­Liebknecht salen de la cárcel, los frentes alemanes de la guerra se van desmoronando y se extiende la desmoralización en las trincheras. El káiser Guillermo II se refugia en Holanda. El mismo día en que RL es liberada, el socialdemócrata Scheidemann proclama la república alemana desde un balcón del Reichstag. Ebert ocupa la presidencia, forma un Consejo de Ministros socialdemócratas moderados y pide al pueblo que abandone las calles y vuelva a la normalidad. El ala mayoritaria del SPD quería la república y las libertades, mientras que los espartaquistas pretendían la revolución proletaria, como indican las proclamas: “Ha pasado la hora de los manifiestos varios, de las resoluciones platónicas y las palabras tonantes. Para la Internacional ha sonado la hora de la acción”. Ambas facciones, reformistas y revolucionarios, lucharán encarnizadamente en las calles de Berlín, a veces edificio por edificio. El Gobierno de Ebert confía la represión de los insurrectos al socialdemócrata moderado Noske, que organiza una fuerza militar en la que permite la integración de los oficiales del antiguo Ejército monárquico. El 13 de enero había sido sofocada la insurrección espartaquista. Dos días después, acaban violentamente con la vida de sus principales líderes.

RL no llegó a cumplir los 50 años. Nacida en la Polonia rusa en el año 1871 en el seno de una familia judía, pronto se dio cuenta de que la lucha por su ideario marxista sería muy reducida si se quedaba en su país y que para tener influencia debía traspasar la frontera de Alemania, donde existía el Partido Socialdemócrata (SPD) más fuerte del mundo. Para ser ciudadana alemana legal, firmó un matrimonio de conveniencia con un socialista alemán, lo que le dio derecho a la nacionalidad de ese país. A partir de ese momento, Alemania fue su principal campo de acción. En el seno de la socialdemocracia y de la Segunda Internacional, aunó teoría (multitud de artículos y libros muy importantes) y praxis (intervención en congresos, debates con muchos de los popes del marxismo —su amigo Franz Mehring la definió como “la mejor cabeza después de Marx”—, clases en la escuela de formación del partido…). En cambio, no tenía dotes organizativas. Su presencia física era una mezcla de fuerza y de ternura, de decisión y de prudencia, dicen sus biógrafos. Un dirigente judío la describe del siguiente modo: “Rosa era pequeña, con una cabeza grande y rasgos típicamente judíos, con una gran nariz, un andar difícil, a veces irregular debido a una ligera cojera. La primera impresión era poco favorable, pero bastaba pasar un momento con ella para comprobar qué vida y qué energía había en esa mujer, qué gran inteligencia poseía, cuál era su nivel intelectual”.

De su vasta producción teórica destacan los temas que forman parte de su legado y que constituyen lo que, una vez muerta Rosa, se denominó “luxemburguismo”, una escuela marxista de características propias: su pacifismo, su lucha contra el revisionismo y la defensa de la democracia en el seno de la revolución. Sus posiciones, a veces intransigentes, le hicieron polemizar con las figuras más relevantes del socialismo marxista, como Lenin, Trotski, Bernstein, Kautsky…

Reivindicándose del mejor marxismo (aunque también polemizó con algunas de las ideas del Marx economista en el libro La acumulación de capital), argumentó en favor del internacionalismo como forma de pensar y de vivir. El Manifiesto comunista terminaba con la célebre fórmula de “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, y RL y Liebknecht la hicieron suya relacionándola con la Gran Guerra. Los partidos socialdemócratas habían defendido tradicionalmente que en caso de conflicto bélico entre potencias capitalistas, los trabajadores se negarían a combatir y llamarían a la huelga general (la “huelga de masas” en la terminología luxemburguista). Pero en el momento decisivo, el SPD, el partido más grande y más influyente de la Segunda Internacional (más de un millón de afiliados), votó a favor de los empréstitos de guerra, y el resto de los partidos socialistas siguió sus pasos. Cada uno de ellos se puso detrás de sus Gobiernos. Prevaleció la patria sobre la clase social.

Ya a principios del siglo XX, en un congreso de la Internacional en París, RL presentó una ponencia de convicciones profundamente antimilitaristas, las que mantendría hasta el final de sus días. En ella se defendía que los ataques armados entre potencias imperialistas devendrían en formidables coyunturas revolucionarias. Diecisiete años después, la revolución bolchevique fue un testimonio irrefutable de esta tesis. RL recomendaba no solo una crítica abierta al imperialismo, sino que se preparase a las masas con vistas a aprovechar las crisis internacionales y las eventuales crisis nacionales generadas por aquellas para asaltar el poder. Consideraba imprescindible intensificar la acción de todos los partidos socialistas contra el militarismo.

Siete años después, en otro congreso de la Internacional, RL presenta una enmienda firmada conjuntamente con Lenin y Mártov (que luego sería el líder menchevique) que sostiene que, si existe la amenaza de que la guerra estalle, es obligación de la clase trabajadora y de los representantes parlamentarios, con la ayuda de la Internacional como poder coordinador, hacer todos los esfuerzos por evitar los enfrentamientos violentos; en el caso de que a pesar de ello se multiplicase el conflicto armado, era su obligación intervenir a fin de ponerle fin enseguida y aprovechar la crisis creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo para “precipitar la caída de la dominación capitalista”. Estas palabras suponían una llamada a la insurrección, que fue lo que hicieron los espartaquistas en 1919, con la participación de RL.

Esa Rosa Luxemburgo, asesinada por los soldados prusianos, más que posiblemente con la complicidad activa o pasiva de sus antiguos compañeros socialdemócratas, fue despedida en su entierro por su amiga Clara Zetkin (otra espartaquista) con las siguientes palabras: “En Rosa Luxemburgo, la idea socialista fue una pasión dominante y poderosa del corazón y del cerebro; una pasión verdaderamente creativa que ardía incesantemente. (…) Rosa fue la afilada espada, la llama viviente de la revolución”.

Más información: https://elpais.com/cultura/2019/01/11/actualidad/1547209310_525215.html?id_externo_rsoc=TW_CC