El sueño europeo: Serbia es un documental de investigación del periodista Jaime Alekos
sobre las torturas de la policía húngara a los refugiados y migrantes
que atrapan intentando cruzar su frontera y las durísimas condiciones en
las que sobreviven en Serbia mientras esperan una oportunidad para
entrar en la Unión Europea.
Cuando los países de la ruta de los Balcanes cerraron
sus fronteras a principios de 2016, miles de migrantes y refugiados
quedaron atrapados en Serbia.
Alrededor de 8.000 viven en los campos oficiales del Gobierno
Serbio, edificios abandonados y campamentos clandestinos, mientras
esperan una oportunidad para cruzar las fronteras fuertemente
custodiadas de la Unión Europea.
El 46% son menores de edad. Uno de cada tres viaja sin la compañía de un adulto.
Aquellos que han intentado cruzar ilegalmente la frontera húngara,
reportan palizas y torturas sistemáticas antes de ser devueltos en
caliente por la policía húngara.
Luka Maksimovic va segundo en las encuestas con su parodia de un
político corrupto que ha entusiasmado a los jóvenes en un país en crisis
cansado de escándalos
Cartel electoral de Beli (LVD)
Los serbios eligirán este domingo a su nuevo presidente en unas elecciones en
las que uno de sus candidatos ha destacado por encima de cualquier
otro, incluso del favorito y actual primer ministro, el populista
Aleksandar Vucic. Se trata de Luka Maksimovic, más conocido por su alias ‘Beli’
(que significa “blanco” en serbio) o como Ljubisa Preletacevic, un
juego de palabras serbio que se usa para referirse a los que cambia de
bando como de camisa, una especialidad política de Serbia.
Este joven de 25 años se presenta como candidato de una plataforma
cívica, cuya visión satírica de los problemas del país balcánico ha
atraído mucho apoyo entre los votantes más jóvenes. Tanto es así que en
estos momentos es el segundo en las encuestas.
Luka Maksimovic durante un acto de campaña
(Antonio Bronic / Reuters)
Beli ha ganado fama presentándose como un político groseramente
exagerado, con traje blanco y joyas de gran tamaño que va por las calles
haciendo promesas electorales extravagantes sin intención de
cumplirlas. Con su parodia de los gerifaltes y políticos corruptos del
país, se ha puesto en el bolsillo a muchos en una Serbia en crisis,
plagada de escándalos de corrupción y ansiosa de caras e ideas nuevas.
Las encuestas de opinión han predicho que Maksimovic podría ganar
alrededor del 11 por ciento de los votos este domingo, sólo por detrás
del poderoso Vucic, pero superando a varios otros candidatos
establecidos. Esto, según los analistas, ya es un gran éxito para un
recién llegado con escasa experiencia política, sin infraestructura y ni
fondos.
”¡Es sólo mi carisma!”, afirma bromeando este estudiante de
comunicación durante una entrevista con la agencia AP. “Los ciudadanos
están tan ansiosos de verme que debo entrar a hurtadillas sin avisar
para evitar que una multitud se me eche encima!”, afirma metido en su
personaje.
Vucic, el favorito, espera obtener el 50% del escrutinio este domingo
para evitar de esta manera una segunda vuelta de las elecciones. Y
puede que el éxito o fracaso de Beli sean los que determinen si se
produce o no esa votación.
No obstante, su intención no es ganar las elecciones, si no denunciar
la corrupción. “He llegado para burlarme de la política de una manera
artística. Ella lleva burlándose del pueblo 30 años, y ahora el pueblo
se burla de la política”, ha asegurado en su campaña.
Beli surgió el año pasado durante las elecciones locales en
Mladenovac, un antiguo suburbio industrial a las afueras de Belgrado.
Montando en un caballo blanco rodeado de guardaespaldas, Beli y su grupo
de ciudadanos se convirtieron rápidamente en una sensación, logrando el
20% de los votos, lo que se tradujo en 12 escaños en la asamblea local.
Un año más tarde, Maksimovic dice que el desorden en la escena
política de Serbia significa que ha llegado el momento de que Beli de el
salto a la escena nacional. “Definitivamente algo no esta bien en este
país cuando un personaje irreal puede encender las multitudes de esta
manera”, señala.
Pese a que los expertos advierten que la popularidad de Beli es
inestable, lo cierto es que su popularidad es innegable. Donde quiera
que aparezca, la gente se acerca instantáneamente para hacerse fotos o
pedirle autógrafos, algunos dirigiéndose a él como “Señor Presidente”.
Los videos de Beli haciendo flexiones, sorbiendo un huevo crudo o
caminando a través del bosque como un profeta han sido un éxito en las
redes sociales, en marcado contraste con el material promocional soso y
predecible de otros candidatos presidenciales.
El pasado sábado, Maksimovic comenzó su campaña “Beli caravan” en un
histórico pueblo serbio subiendo a una inmensa estatua de mármol blanco
de un héroe serbio del siglo XIX, alzando los brazos y gritando a través
de un altavoz: “¡Estoy aquí para salvaros!”. Después se fue a inseminar
artificialmente a una vaca en una granja cercana, mientras hablaba del
milagro de la creación.
”Por primera vez, tenemos a un outsider con potencia” en las
elecciones serbias, afirma el experto en encuestas Srdjan Bogosavljevic.
“Muchas personas, en particular los jóvenes, quieren expresar su
repugnancia con la política”, explica. “Ese disgusto ha encontrado una
respuesta en un candidato que dice que se enriquecerá y robará, enviando
así el mensaje de que la política es una mentira”.
Nikola Matjasevic, de 21 años, de Orasac, cree que Beli sabría mejor
cómo dirigir la nación balcánica que sus líderes anteriores. “La mayoría
de los jóvenes adoran a Beli, y la mayoría de nosotros votaremos por
él”, dijo Matjasevic. “Ya hemos tenido suficientes pensionistas en las
primeras posiciones, ¡Mira dónde nos han llevado!”.
Maksimovic, mientras tanto, bromea sobre que su primer movimiento
como nuevo presidente serbio sería casarse con su novia, Maja Janic,
para convertirla en la primera dama del país. ¿Su mensaje a otros
candidatos? “Tómatelo con calma cuando pierdas contra Beli ¡Llega una
nueva generación!”.
Cada dos semanas, al grito de “¿De quién es esta ciudad? Es nuestra”, el
número de asistentes a las concentraciones convocadas por el movimiento
Ne da(vi)mo Beograd, supera los 20.000. Demandan bienes colectivos,
respeto a la ley y responsabilidad de los gestores públicos.
Manifestación el 11 de mayo de 2016. / NE DA(VI)MO BEOGRAD
Belgrado, ciudad de amplias terrazas y vida muchas veces lánguida, tiene su lado expeditivo, incontenible. Esa versión a la que tanto temen los propios balcánicos, acostumbrados a guardar los infortunios tras una sonrisa, un par de amigos y algunos vasos de rakija. El hecho de que un grupo numeroso se junte en la calle es un mal presagio: desórdenes urbanos, hooligans, poetas histéricos y políticos nerviosos.
Cuando Aleksandar Vučić, actual primer
ministro serbio, quiso dar un golpe de efecto en 2014 con el proyecto
“Belgrado en el agua”, la ciudad reaccionó con escepticismo, con la ceja
levantada. Un proyecto entre el Gobierno e inversores de Emiratos
Árabes Unidos con una financiación que llegaría a los 3.000 millones de euros,
y que pretende urbanizar la orilla del Sava a lo megalópolis del Golfo
pérsico: centros comerciales, pisos de lujo, parques y jardines y un
rascacielos de 168 metros. En total, casi dos millones cuadrados que
parecen querer reconstruir la capital de un país que no llega a los 400
euros de salario medio.
El movimiento Ne da(vi)mo Beograd, juego de palabras con “no damos” y “no ahogamos Belgrado”,
reaccionó al desafío, aunque en desigualdad de fuerzas. Un grupo
reducido, formado principalmente por gente joven de Belgrado, y
acompañado de una pequeña élite intelectual de sociólogos, arquitectos y
políticos periféricos, durante dos años, intentaron desmontar la
opacidad de la iniciativa, sus atajos legales, el trasfondo ideológico
clasicista y la ausencia de sociedad civil en el planteamiento del
proyecto urbanístico.
Apenas lograban salir del reducto de
pequeñas charlas, apariciones aisladas en los medios y un par de
centenares protestando en los alrededores de la sede central, recién
remodelada: la ahora ostentosa Cooperativa de Belgrado. Sin embargo, todo cambió el 25 de abril.
Un grupo de 30 hombres con pasamontañas y acompañados de una
excavadora, a media noche y durante cuatro horas, derruyó una casa, un
edificio de la empresa Iskra y el restaurante Savski Expres. La policía
no hizo acto de presencia pese a las llamadas insistentes de los
vecinos.
Un par de semanas después llegaba la
limpieza de los escombros y las vallas de la empresa Beograd
Put legitimando lo acontecido. Si la situación no era suficientemente
grave, un mes después del suceso moría de un infarto uno de los testigos, un
guardia de seguridad, al que aquella madrugada habían requisado la
documentación y el teléfono móvil mientras demolían la calle
Hercegovačka.
El 4 de mayo el alcalde de Belgrado,
Siniša Mali, declaró que “ni Belgrado, ni ninguna institución de la
ciudad ha participado en ello, y eso es de lo que soy responsable”. El
primer ministro primero acusaba a los responsables de “idiotas” y, más
tarde, el 8 de junio, contradecía al alcalde: “Es indudable que detrás de lo que ha pasado en Savamala están los estamentos superiores del Gobierno de Belgrado”.
El Defensor del Ciudadano, Saša
Janković, en su informe oficial, acusaba a la policía de incumplimiento
de sus obligaciones “de forma premeditada”. Desde entonces, Mali apenas
aparece en los medios de comunicación, y los manifestantes piden su
dimisión, la del presidente de la asamblea de la ciudad, del ministro de
Interior, del director la Policía y de la policía comunal.
Cada dos semanas, al grito de “¿De quién es esta ciudad? Es nuestra”,
el número de asistentes a las concentraciones se incrementa hasta
superar los 20.000. No son las caras cenicientas de la transición, con
barbas de tres días y cuerpos embutidos en cazadoras de cuero barato,
víctimas de privatizaciones fraudulentas y abusos de poder, sino las de
una nueva generación en su mayoría nacida durante los años 80, que
demandan bienes colectivos: respeto a la ley y responsabilidad de los
gestores públicos. Unas protestas que no están vinculadas a ningún líder
ni partido político o reivindicación nacionalista, ni aspira a
satisfacer un interés particular. Dicen que “las calles son sus
instituciones y su arma la solidaridad”.
Si bien es cierto que el individualismo
económico había socavado la solidaridad y la empatía ciudadana durante
la transición, las protestas son una apuesta por el interés general y la
conciencia social, en clara oposición a la corrupción y el clientelismo
político. Pero su polo de atracción reside en su pacifismo sin fisuras,
que ha liberado a los más encogidos, decepcionados con el periodo
post-revolución anti-Milošević, comoun optimismo inusual en
el clima habitualmente apático de la sociedad serbia, legado del
autoritarismo yugoslavo, de la claustrofobia nacionalista y de las
diferentes derrotas sufridas durante el fin de Yugoslavia.
Es difícil, a la luz de los hechos,
disentir de la justicia de esta nueva acción popular, pero no por ello
su aparición está exenta de su dimensión geopolítica. La portavoz de la
oficina de exteriores rusa acusaba a la Embajada de EE UU en Belgrado de
apoyar las manifestaciones: “Diversas ONG financiadas por extranjeros
organizan regularmente manifestaciones de protesta en Belgrado […]. La
participación de diplomáticos de Estados Unidos en las protestas podría
significar que los activistas serbios no tienen la confianza de sus
patrocinadores”. Una estrategia, por otro lado, que es conocida en la
región, en Macedonia, Bosnia o Kosovo, en donde los abusos de poder del
Estado quedan atemperados o desviados del foco mediático por las acusaciones de intervencionismo extranjero.
Los medios de comunicación, en su
mayoría favorables al primer ministro serbio, han terminado por conceder
entidad a las manifestaciones, hoy más amenazadas por la canícula
veraniega que por sus contradicciones internas o la falta de seguidores.
Incluso caras conocidas de la sociedad local, como el entrenador de
baloncesto Dušan Ivković, han mostrado su apoyo a los manifestantes.
Ne da(vi)mo Beograd se reunió este
miércoles, 13 de julio, a las 18h en frente de la Asamblea de Belgrado.
Su símbolo es un pato amarillo, han versionado la canción “¡Ay, Carmela!” al
serbio y no les falta ingenio en muchas de sus proclamas. Nuevos aires
de movilización en Belgrado. Hacía tiempo que la ciudad no se
cuestionaba tanto su languidez. De eso se habla ahora en las terrazas.
Centenares de jóvenes magrebíes víctimas de las mafias pasan semanas
durmiendo al raso a la espera de que sus familias les envíen 1.200 euros
para pagar y cruzar la frontera con Hungría
Moshine muestra unas de las cicatrices fruto de una agresión por parte de las mafias de Macedonia.
Han tenido que aprender a esperar y, por lo tanto, a distanciarse de
la instantaneidad de las redes sociales. Ya están aburridos de refrescar
el muro de Facebook y de contestar a sus amigos por WhatsApp, sobre
todo porque ha llegado un momento en el que tienen pocas novedades.
Centenares de migrantes llevan semanas varados en los alrededores de la
estación de tren de Belgrado (Serbia). Viven en la calle a la espera de
poder seguir su camino por Europa, llegaron antes de que se cerrasen las
fronteras en los Balcanes aprovechando la ruta marcada para los
refugiados.
Al llegar la noche en la capital de Serbia decenas de personas
encaran las calles cercanas a la estación de ferrocarril. Algunos van
cubiertos por mantas y se mueven en pequeños grupos de cuatro o cinco
personas. Aguardan al paso de la clínica móvil de Médicos Sin Fronteras
en los alrededores de la antigua terminal de tren.
“Los inmigrantes que tienen que cruzar la ruta de forma ilegal están
expuestos al tráfico de personas porque tienen que desplazarse de forma
clandestina”, reseña Francisca Baptista, portavoz de Médicos Sin
Fronteras. El relato de los magrebíes atrapados en Belgrado reafirma
esta argumentación. Durante días caminaron para cruzar Macedonia y
llegar a Serbia. Mientras los demandantes de asilo procedentes de Siria,
Iraq y Afganistán tuvieron las fronteras abiertas, ellos solo pudieron
llegar a los Balcanes siendo sometidos al violento chantaje de las
mafias.
Moshine tiene la marca de estas organizaciones por todo el cuerpo.
“Mientras estábamos durmiendo en Macedonia, una mafia le intentó drogar
con un líquido y cuando estaba ko le rajaron con un cuchillo en
la zona de la boca”, indica en francés Annas, su compañero de viaje. Él
frenó la agresión en cuanto se percató llamando a la Policía: “Moshine
no se enteraba de nada. Los agentes le llevaron al hospital y cuando le
dieron el alta le trasladaron a la frontera de Macedonia con Serbia”.
Uno de los migrantes atendido en la clínica móvil de Médicos Sin Fronteras que recorre las calles de Belgrado.
Estos jóvenes llevan un mes viviendo en Belgrado. El agredido
continúa desorientado y acude con inflamaciones y secuelas del ataque a
la unidad móvil que ha habilitado Médicos Sin Fronteras. Los empleados
de esta ONG les proporcionan asistencia médica y psicológica, mantas y
algunos alimentos básicos como galletas y agua. Moshine se levanta la
camiseta y enseña otras cicatrices en la zona de los riñones y el pecho a
la altura del corazón, y asegura que la mafia que le ha agredido quería
“robarle sus órganos”.
Todas las personas varadas en Belgrado son hombres, procedentes en su
mayoría de países del Magreb y pocos de ellos han cumplido más de 35
años. Los más realistas están esperando a que su familia y amigos
consigan reunir 1.200 euros, la cantidad que les demandan las mafias
para transportarles a Hungría. Los más idealistas están esperando a que
“se abran las fronteras”. “A mi familia no le he contado que estoy
durmiendo en la calle, que llevo una semana sin ducharme y que todo lo
que tengo para comer diariamente es un paquete de galletas que me da
Médicos Sin Fronteras”, cuenta Othmane, que pasa las horas sentado en el
punto de encuentro por excelencia en la ciudad: frente a los andenes de
la estación.
En los bares de la zona los migrantes se acomodan como pueden. Unos
en torno a las regletas de enchufes para sus móviles, como si fueran
hogueras alrededor de las que calentarse. Otros observando un partido de
fútbol sala en la televisión. Los que quedan fuera, a pesar del frío,
observan a través de los ventanales las nubes de humo de tabaco y
escuchan la celebración de un gol. “Prueba con el nombre del bar y añade
2015”, Othmane y todos los demás conocen las contraseñas de las redes
WiFi.
El Bar Suri es uno de los establecimientos en los que los migrantes varados en Belgrado se refugian del frío.
Una de las asociaciones que está vigilando su situación en los
Balcanes, Moving Europe, emitió un informe en el que denuncia que la
“pasividad del Gobierno serbio” deja a estas personas a expensas de las
donaciones y la caridad de las organizaciones.
No ajeno a toda la retahíla de medidas europeas, durante las semanas
en las que las fronteras estuvieron abiertas para los demandantes de
asilo, Annas intentó continuar en dos ocasiones la ruta de refugiados
por la vía oficial, cruzando la frontera con Croacia. “En el primer
intento me cazó uno de los traductores contratados por el Gobierno para
analizar si tengo acento de las zonas de las que provienen los
demandantes de asilo. Y en el segundo conseguí pasar desapercibido pero
me delató uno de los refugiados que iba detrás de mi”, cuenta.
Asegura que tiene amigos que han sido detenidos en Hungría tras
cruzar la frontera y otros que lo han conseguido: “Me da envidia ver las
fotos que publican en Facebook desde Francia o Bélgica. No quiero
volver a Marruecos, es una cárcel”. Por eso, tras llevar varias semanas
en Belgrado tiene claro que el próximo intento lo realizará a través de
las mafias. “Si me pillan cruzando por Hungría de forma ilegal me cae un
año de cárcel, pero ya me da lo mismo, me voy a arriesgar”.