martes, 31 de julio de 2018

Woman in a Corset

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Woman in a Corset . Henri de Toulouse-Lautrec

"Lautrec es el desquite del libertinaje del siglo XVIII" 

André Chastel

La historia desconocida de los servicios secretos británicos

Un libro innovador que narra por primera vez las operaciones clandestinas del los servicios secretos británicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

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Una mujer en el puerto de Portsmouth mirando el portaaviones HMS Invincible volviendo de la Guerra de las Malvinas. (Hulton Archive/Getty Images)
 Hay momentos en los que la única reacción posible a una noticia imprevista es que todo el mundo contenga la respiración. Siempre ha sido un secreto a voces que los dirigentes británicos empleaban a espías y agentes de las fuerzas especiales para interferir en los asuntos de otros países –con la mayor discreción y negándolo en la medida de lo posible–. Pero Rory Cormac ofrece a sus lectores algo más. Un libro innovador donde explica la primera historia de las operaciones clandestinas británicas publicada jamás, que abarca las siete décadas transcurridas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La obra se lee como un thriller y ayuda a comprender cómo el servicio secreto británico de inteligencia –el M16– ha difundido durante mucho tiempo informaciones falsas con el propósito de dividir y desacreditar a diversos objetivos de Oriente Medio y el Este de Europa.

Reino Unido no se limita a conspirar contra sus enemigos sino también contra sus amigos. Pero eso corresponde a la tradición. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país tuvo que ceder cada vez más ante Estados Unidos. Pero entre sus alfilerazos –como los llama el autor– estuvieron los intentos de promover una revolución en Albania e instigar golpes en el Congo, Egipto, Siria, Arabia Saudí e Irán –en este último caso, con éxito y con unas consecuencias que todavía hoy siguen repercutiendo en toda la región–. Saboteó buques para impedir la llegada de refugiados a Israel, canalizó ayuda en secreto para los rebeldes en Afganistán y emprendió una guerra cultural y económica durante la Guerra Fría contra Estados comunistas y aliados como Francia.

El Reino Unido libró una guerra secreta en Yemen, Omán e Indonesia y usó discretamente las fuerzas especiales para eliminar a sus enemigos de la Malasia colonial y de Libia durante la Primavera Árabe. Si esto es lo que se entiende por rendir por encima de sus posibilidades, desde luego a los británicos se les da muy bien. El autor revela un mundo de intrigas y manejos en los rincones más oscuros de la burocracia británica que es fascinante, tanto en los detalles como en un sentido más amplio, porque es al mismo tiempo la historia de los intentos del país de utilizar, durante décadas, pretextos y engaños para enmascarar su decadencia como potencia mundial. Las operaciones clandestinas suelen ir más asociadas a la CIA, pero Rory Cormac plantea una cuestión crucial cuando dice que “pocos se dan cuenta de que para el Reino Unido, un Estado aparentemente en constante pérdida de su condición de gran potencia, las acciones clandestinas han sido todavía más importantes. Los británicos, sencillamente, son más hábiles a la hora de ocultarlas”.

A los lectores británicos les interesará la historia de las operaciones clandestinas del M16 para acabar con el Ejército Republicano Irlandés (el IRA) a principios de los 70. Utilizando métodos de la Guerra Fría y la contrainsurgencia colonial, un veterano de viejas campañas británicas, que tenía fama de ser el último de los magnates corruptos y estaba encantado con ello, trazó una lista de posibles operaciones encubiertas. El autor escribe que “la espectacular lista —tan secreta que seguramente fue destruida hace mucho tiempo— hizo que los funcionarios británicos contuvieran colectivamente la respiración. No solo incluía la falsificación de cartas y el sabotaje de armas y municiones del IRA, sino que llegaba al asesinato. A Dick White, el coordinador de inteligencia de Gran Bretaña y el agente secreto de más rango del país, se le demudó el rostro. Aun así, transmitió las opciones, como era su deber, al primer ministro Edward Heath cada vez más frustrado”. Pero lo que parecía apropiado contra los soviéticos —o en algún remoto rincón del moribundo Imperio Británico— lo era “mucho menos en las calles del Reino Unido”.

Para los lectores interesados por los asuntos de Oriente Medio, leer sobre el uso de operaciones encubiertas en Omán, Irán, Yemen y Egipto, antes y después de la crisis de Suez en 1956, resultará fascinante. Gran Bretaña contribuyó de manera crucial a derrocar al primer ministro elegido democráticamente Mohammed Mossadeq en 1953. La estrategia la puso en marcha Herbert Morrison, el belicoso ministro de Exteriores del primer ministro laborista Clement Atlee, cuya experiencia en política exterior era mínima y aún mayor su ignorancia sobre Oriente Medio. Estados Unidos, al principio, era reacio. Pero Gran Bretaña no, y el primer ministro en 1953 —nada menos que Winston Churchill— se mostró entusiasmado. Las grandes compañías petroleras ayudaron de buen grado. Es digno de mención el hecho de que todos los líderes políticos estuvieron dispuestos a participar en tan turbia operación, tanto los de derecha como los de izquierdas. El laborismo nunca había tenido una política exterior definida, especialmente en relación con Oriente Medio. El relato de Cormac nos lleva a Egipto y Yemen —donde la injerencia fue total— y hasta el momento de la campaña para derrocar al coronel Muamar al Gadafi.

El libro aborda un tema interesante cuando llega a la época de Margaret Thatcher, una primera ministra que era muy partidaria de los métodos clandestinos para defender los intereses británicos. “El sombrío mundo de la inteligencia, las armas y la economía extendió sus brazos hasta el Banco de Inglaterra, con el que siempre había tenido vínculos. A mediados de los 80, el gobernador del banco recibió una denuncia anónima de que el Banco Internacional de Crédito y Comercio (BCCI por sus siglas en inglés) —que, en teoría, estaba bajo su supervisión— estaba llevando a cabo actividades fraudulentas y delictivas, incluida la financiación del narcotráfico y el terrorismo”. Cuando el BCCI quebró, con una deuda no declarada de 7.000 millones de dólares, hubo “fuertes sospechas de que los servicios de inteligencia occidentales lo habían utilizado para pagar a agentes extranjeros, enviar dinero a los muyahidines afganos y organizar compraventas clandestinas de armas. También hubo sólidas conexiones entre el BCCI y los que estaban vendiendo armas a Irán y financiando ilegalmente a la contra nicaragüense —los grupos contrarrevolucionarios que intentaron el derrocamiento del Frente Sandinista de Liberación Nacional—”. Los responsables del Tesoro británico hicieron “todo lo posible para impedir que se entregara a los acreedores varios documentos del servicio secreto relacionados”.

No puede haber un comentario más apropiado sobre este libro, la primera historia de las operaciones clandestinas británicas en la era moderna, que esta cita de una carta enviada por el primer ministro británico Harold Macmillan al presidente estadounidense Dwight Eisenhower el 29 de marzo de 1957: “Esta técnica moderna de actuar siempre a la vista del público hace nuestra vida casi intolerable”. Esta obra, escrita con gran elegancia, es de lectura obligada para cualquier estudioso o profesional de la política internacional.

bullshit-jobs-Portada  Disrupt and Deny, Spies, Special Forces, and the Secret Pursuit of British Foreign Policy

Rory Cormac
Oxford University Press, 2018


Fuente:  https://www.esglobal.org/la-historia-desconocida-de-los-servicios-secretos-britanicos/

Dos manos gigantes sostienen este impresionante puente en Vietnam

"Golden Bridge", así se llama esta nueva colosal creación arquitectónica que nos ha dejado sin pestañear y con pocas palabras.

"Suspendido" sobre dos manos gigantes, emerge entre las montañas de Da Nang, Vietnam, este impresionante puente. Frente a las colida de Ba Na, una pasarela de madera franqueada por paredes doradas, salpica de magia y simbolismo una zona realmente especial gracias a la belleza que le otorga la naturaleza.


La longitud de 150 metros del puente se divide en ocho tramos. A lo largo de cada perímetro hay una línea de flores de Crisantemo de Lobelia, que agrega una capa adicional de color a las balaustradas de oro. El par de manos gigantes se ha terminado con un efecto degradado, creando la ilusión de la edad y la antigüedad


El puente está situado a más de 1.400 metros sobre el nivel del mar y se extiende a lo largo de 150 metros. Al caminar sobre él, se puede admirar un paisaje natural infinito, una belleza incapaz de ponerse fin a sí misma.




Fuente: http://culturainquieta.com/es/arte/diseno/item/14218-dos-manos-gigantes-sostienen-este-impresionante-puente-en-vietnam.html

lunes, 30 de julio de 2018

Costa da Morte, historias del fin del mundo

Cabo Roncudo, Corme. Fotografía: Amaianos (CC).
 Cuenta Rafael Lema en su libro Costa da Morte, un país de sueños y naufragios que el nombre de esta costa nació en los tabloides ingleses y se incubó en la prensa de Madrid, a finales del siglo xix. Por entonces los periódicos informaban de que los habitantes de esta parte de Galicia atraían con antorchas a los buques que se perdían entre la niebla para después asaltarlos y desvalijarlos. Las historias también hablaban de que, tras los naufragios, los cadáveres de los marineros aparecían con los dedos y las manos amputadas. «Es todo una invención, una leyenda, que se sacó de la literatura de Julio Verne, muy famosa en la época, y de las leyendas populares inglesas y bretonas», dice Lema. «¿Invención?», dice Ramón Vilela Ferrío, Moncho do Pesco, percebeiro jubilado, sesenta y un años, vecino de Muxía. «Cuando yo era chaval y encallaba un barco íbamos y lo desvalijábamos entero. Mi abuela me contaba que ellos incluso les cortaban los dedos a los marineros ingleses muertos para robarles los anillos. De invención nada». 

Hoy las olas están tranquilas en la costa, aunque hay mar de fondo. Moncho mira el horizonte, entrecierra con levedad los ojos. «Aquí hay años que el mar no está tranquilo ni un solo día. Ni uno solo». La Costa da Morte es un pedazo de costa atlántica en la provincia de A Coruña que va desde Malpica de Bergantiños hasta la ría de Corcubión (por más que la Consellería de Turismo la haya extendido, en pos de engordar sus arcas, desde la propia ciudad de A Coruña hasta la ría de Muros e Noia). Casi cien kilómetros de una de las costas más peligrosas, afamadas, mitológicas y siniestras de cuantas uno pueda toparse en Europa. La ruta es popular por su impecable gastronomía marítima y sus playas vírgenes. También por su macabra relación de vida y muerte con el mar: cientos de naufragios, miles de vidas tragadas por las olas, leyendas, mitos, supersticiones, rivalidades y una personalidad única. «Aquí murió muchísima gente en el mar, oíste. Pero muchísima». Lo dice Moncho de una manera que quitan las ganas de preguntar por el número exacto. Valga muchísima. 

Que se sepa, enfrente de estas rocas han terminado sus días unos 950 barcos. Especialmente trágicos fueron los sucesos ocurridos a finales del siglo xix y que tuvieron como protagonista a la marina inglesa. Cientos de marineros británicos murieron en este mar aquellos años en terribles naufragios de los que el Gobierno de Londres acusó a los nativos: según el periodismo inglés de la época los barcos habían sido empujados a encallar y después habían sido asaltados sanguinariamente por los vecinos. Horrorizada por estas historias, la escritora Annette Meaking, amiga de la reina Victoria, bautizó a este pedazo de costa como Coast of Death, término que enseguida adoptaría la prensa española. 
Sobre los demás destacaron dos oscuros siniestros. El primero, en 1870, acabó con el hundimiento en alta mar del Captain, de la Royal Navy, debido a las fuertes corrientes que, repentinamente, hacen aparición en esta costa. Casi quinientos marinos murieron en el suceso. Veinte años más tarde, en 1890, fue el Serpent el que encalló, dejando en la costa de Camariñas ciento setenta y cinco cadáveres. También en este periodo acabaron destrozados frente a la Costa da Morte el Revandall, el Irish Hood y el Wolf of Strong, tal y como explica Rafael Lema en su libro. En todos los casos aparecieron marineros con miembros amputados. O eso cuenta la leyenda. 
 
No solo los ingleses acabaron estrellados contra las rocas gallegas. Ya en el siglo xx fue sonado el naufragio del Chamois, cuyo capitán trató de pedir ayuda a los vecinos y estos, por alguna esquizofrenia fonética con el nombre del barco, entendieron bois (bueyes en gallego). El error llevó a una horda de aldeanos armados con cuchillos y hoces a asaltar el buque ante la horrorizada mirada de la tripulación. El Priam acabó con su casco despedazado ante Malpica y su carga, repleta de relojes, esparcida por el mar. Fueron días de intensa búsqueda por parte de los vecinos que llegaron a hallar una caja con un piano de cola que, al intentar abrir a machetazos, destrozaron. Más reciente (1927) es el caso del Nil, que desparramó toda su carga de alfombras, piezas mecánicas y máquinas de coser por la costa de Laxe y se formó tal rapiña que la naviera tuvo que contratar seguridad privada para proteger los enseres. De nada sirvió, claro. Cuentan los más viejos que el Nil también traía cajas de leche condensada que, cuando llegaron a la costa, fue usada como pintura blanca por los vecinos. El enjambre de moscas que se vio atraído convirtió las paredes blancas en negras. En 1934 el petrolero soviético Boris Scheboldaeff se partió en dos frente a Camelle y la tripulación fue rescatada por los vecinos, quienes de paso desmantelaron el barco. El buque alemán Nord Atlantic trataba de huir de la aviación aliada cuando embarrancó en Camariñas en 1943 y poco después naufragó en el mismo sitio el carbonero griego Maria Laar. En 1964 tuvo lugar frente al cabo Fisterra el más grave de los naufragios de la zona en el siglo xx. El petrolero Bonifaz chocó contra el Fabiola, lo que provocó una explosión que dejó más de veinte desaparecidos y cinco muertos. Le sigue en gravedad el Casón, que encalló cerca de la ría de Corcubión en 1987 con veintitrés tripulantes a bordo, todos fallecidos. No se sabe qué transportaba exactamente, pero corrió el rumor de que productos tóxicos, por lo que los vecinos abandonaron pueblos enteros, como Fisterra, Corcubión o Cee. El más reciente y conocido naufragio fue el del Prestige, que se partió por la mitad en 2002 frente a la costa descargando una catastrófica marea negra.  La lista es interminable y conforma, en su totalidad, el cementerio marino con más naufragios catalogados en España. En el muestrario hay naves romanas, pesqueros, veleros, mercantes, balleneros, bergantines, galeones, submarinos, fragatas y petroleros. 

«Es que al mar hay que temerlo. No hay ningún poder o fuerza que valga contra él. No hay nada que se pueda hacer». Y menos contra este mar. La orografía de la Costa da Morte la convierte en una trampa para los barcos: la zona está llena de rocas a ras de la superficie, salientes y bancos de arena. Hay que conocer la zona muy a fondo para no correr riesgo de encallar. A ello se suman las tormentas, muy frecuentes, y las repentinas corrientes del Atlántico Norte. Un lugar difícil para cualquier hombre de mar. Incluidos los autóctonos, como Moncho. La primera vez que Moncho do Pesco fue al percebe tenía once años. «Lo recuerdo perfectamente», relata sentado en el paseo marítimo de Muxía. El olor del mar invade todo el pueblo, el sonido de las gaviotas no cesa. «Llevaba un traje de baño y un jersey y recuerdo muy bien cómo me dolían las manos. Era invierno, el mar estaba helado y cada vez que metía la mano para arrancar el percebe me dolía muchísimo», rememora. Moncho nació en la playa de Nemiña, una remota aldea que, cuando él vino al mundo, tenía dos casas: una era un bar y la otra la casa de su familia. «La soledad está bien cuando la buscas, cuando te la imponen no es tan buena. Yo durante los inviernos veía a quince o veinte personas en toda la estación. Nada más. Es que la Costa era muy dura cuando yo era niño, muy dura». Prueba de ello es que Moncho es el mayor de once hermanos de los que solo seis siguen con vida. «La necesidad, el frío, el mar…». Al percebe fue por obligación, porque tenía que ayudar a su padre a llevar comida a la mesa. «Había días que no teníamos pan y eso me dolía mucho. Pescado nunca faltaba, porque éramos familia de mariñeiros, pero pan a veces no podíamos conseguir. Y eso es tremendo, ¿eh?».

Malpica: benvidos á costa
La Costa da Morte es atravesada de norte a sur por una carretera que serpentea asomada al Atlántico, una ruta inolvidable para degustar manjares del mar, perderse en playas vírgenes, aventurarse en bares empapados de leyendas, recorrer puertos llenos de aparejos de pesca y gaviotas y descubrir acantilados furiosos. La salida a esta inolvidable excursión la da Malpica de Bergantiños, un pueblo pesquero que desafía al océano a través de su precioso puerto, abarrotado de barcos y de tascas para comer más que bien a precio de amigo (íntimo). En alguna de estas tascas ha aparecido en alguna ocasión Manu Chao dando algún concierto improvisado, rememorando sus raíces paternas. Junto al pueblo está la playa de Seiruga, considerada una de las diez mejores de Galicia. Es un arenal de quinientos metros, aislado, sin comodidades ni servicios, pero a cambio con un entorno natural casi virgen y sin apenas turistas. Más allá está el mirador del Monte Nariga (con forma de nariz) desde el que se contemplan panorámicas vistas sobre la comarca de Bergantiños. 

A pocos kilómetros de Malpica, siguiendo la carretera hacia el sur, aparece Corme, pequeño pueblo de apenas mil habitantes famoso por la Punta Roncudo. A este cabo se llega por una estrecha carretera que ofrece preciosas vistas del Atlántico y que desfila entre playas imprescindibles, como Area das Cunchas, Insua o Gralleiras, todas salvajes aunque resguardadas. Punta Roncudo ofrece una de las postales típicas de la Costa da Morte: las cruces de piedra sobre las rocas que tributan la memoria de los marineros y percebeiros fallecidos en esta zona. Y es que el Roncudo es famoso por sus percebes, al igual que Corme, cuya «Festa do percebe» es celebrada en toda Galicia. El percebe, ese tubito negro que contiene un gusano y que acaba en una especie de uña blanca, es una de las delicias más cotizadas de Galicia y de casi toda España. Este bicho tan feo es un manjar que se han convertido en un símbolo de la Costa da Morte.
 
«Hay gente que dice que es caro», dice Moncho. «Hombre, igual en Madrid es caro porque te lo venden a cien euros, pero aquí lo tienes a veinte euros. ¿Eso es caro?». Tal vez para quien ha sorteado la muerte en las rocas casi todos los días de su vida el percebe no tiene precio. «Mira, cuando yo empecé a ir al percebe éramos en el grupo unos treinta y cinco. Hoy quedamos veinte». El problema para los percebeiros —uno de ellos— es que cuanto más arriesguen, mejor percebe cogen. «Parece una broma, pero donde rompe la ola más grande, el punto en el que más fuerte entra el mar, es ahí donde está el mejor percebe», explica Moncho. «Bajamos el acantilado y cuando llegamos a las rocas tenemos que correr arriba y abajo. Cuando se retira la ola, bajas y arrancas el percebe y cuando vuelve a entrar, subes corriendo. Tienes que tener un ojo en la ola y otro en el percebe porque si te coge la ola y te arrastra, lo normal es que no salgas». Moncho tiene las manos ásperas, fuertes, rígidas. Manos que durante casi toda la vida han estado bajo el mar, rozando las rocas, arrancando percebes. «Cuando eres joven arriesgas más, con los años te vas dando cuenta de que no debes hacerlo. Yo a los jóvenes les digo siempre que los percebes no tienen pies; que si ven unos buenos, pero que es difícil cogerlos, lo dejen para el día siguiente. Que no se van a ir de ahí».

Al lado de Corme está Laxe, orgulloso pueblo pesquero cuyo nombre se puede traducir como «roca que aflora del mar sin sobresalir de él». Cabe suponer cuántos naufragios se dieron en esta zona, una de las más dificultosas para la navegación. No solo por eso es famoso Laxe. La Laguna de Traba es uno de sus mayores tesoros. Se trata de una amplia llanura litoral escoltada por acantilados, un rincón único para recorrer a pie. También lo es la playa de Soesto, a pocos kilómetros, famosa por sus dunas de arena naturales. Una playa virgen, abierta al mar y de arena fina, atravesada por un riachuelo a la que se accede a través de un pequeño puente. Para muchos, la mejor playa de Galicia. 

Camariñas-Muxía, la rivalidad que explica casi todo
Pepe Formoso, director de Radio Nordés y profundo conocedor de la Costa da Morte, explica que, desde siempre, esta ha sido una zona aislada. «Somos pueblos terminales en lo geográfico, aquí nadie viene de paso. Esto ha marcado y marca el carácter de la zona y de la gente. Siempre hemos sufrido aislamiento debido a muy malas comunicaciones, lo que ha hecho que tengamos casi un sello genético propio», explica. Y es que los habitantes da Costa son famosos en Galicia por su carácter, único y diferenciado, que les distingue de cualquier otro pueblo. El acento es uno de sus sellos de identidad más destacados, aquí la «g» es «j» en un fenómeno fonético llamado gheada y que lleva a decir «jato» en lugar de gato o «jaliña» en lugar de galiña (gallina). La «c» tampoco es tal, sino que se convierte en «s», el llamado seseo. De modo que cerca es «serca» o cinceiro (cenicero) es «sinseiro». «Lo curioso —explica Marco Antonio Sande, vecino de Corcubión y también periodista— es que en cada pueblo la fonética varía y la entonación de cada frase cambia en espacios de cinco kilómetros; es algo asombroso. Si eres de aquí puedes distinguir por el acento quién es de Camariñas, quién de Fisterra o quién de Corcubión. Y estamos todos a veinte kilómetros como mucho». Estas diferencias fonéticas también lo son de identidad. «Uno de los grandes males de esta zona —retoma Pepe Formoso— ha sido la rivalidad entre pueblos y aldeas. Esta es una zona que siempre ha estado compuesta por aldeas pequeñas muy aisladas las unas de las otras, por lo que nunca ha habido una unión, una fuerza común. De hecho, hoy, entre ayuntamientos, sigue sin haberla, y se antoja más necesaria que nunca». La mayoría de estas rivalidades internas vienen por las artes de la pesca, tal y como señala Marco. «Los problemas siempre nacen en el mar, por las zonas de pesca, enfrentamientos entre cofradías, etcétera. De ahí pasan a otros ámbitos y acaban enfrentando a los pueblos entre sí». La pesca y el marisqueo furtivos siguen muy arraigados en esta sociedad, que respeta poco las vedas y delimitaciones. Moncho do Pesco da fe de ello. «Nosotros, los de Muxía, nos llevamos muy mal con los de Camariñas porque nos roban el percebe. Vienen por la noche vestidos de hombre-rana y bucean para llevarse todo. Y eso no puede ser, porque cada cofradía tenemos nuestra zona asignada y no podemos entrar en las otras», explica. Pero, ni mucho menos, se quedan de brazos cruzados. «Ahora menos, porque a los chavales les da más igual, pero cuando yo era percebeiro y venían los de Camariñas, íbamos con arpones y escopetas. Se montaban unas peleas tremendas. Cuando los pillábamos buceando íbamos con los botes y les tirábamos o demo pa’baixo». Cabe traducir esta expresión como que les tiraban de todo desde los botes al mar, ya fueran anclas, petardos, piedras o nasas. «Recuerdo que un día hablamos y decidimos que no podíamos seguir haciendo esas cosas. Podíamos matar un hombre».

Playa de Combouzas, Arteixo. Fotografía: Jose Luis Cernadas Iglesias (CC).
Lo más curioso de estas rivalidades es dónde se completan: «En el fútbol, claro», explica Marco. La Liga da Costa es famosa en toda Galicia. La mayoría de equipos de la zona están encuadrados en el mismo grupo de la Segunda División Regional, lo que convierte al grupo en una competición propia. El actor Luis Tosar llegó a decir de la Liga da Costa que aquello era Vietnam. «Hay mucha rivalidad y mucha pasión, la gente sigue los partidos con mucho interés, es como una tradición los domingo y los campos se llenan», explica Marco. «Siempre se especula con qué chaval será el que llegue al Dépor o al Celta, el fútbol aquí es una pasión hasta el punto de que muchos equipos han rechazado su plaza en Primera Regional por seguir jugando la Liga da Costa». 

Estos enfrentamientos internos alcanzaban su cota más dramática con otro mal histórico de la zona: el tráfico de drogas. Derivado del contrabando de todo tipo de productos que llegaban del mar, la entrada de cargamentos de cocaína fue una constante en los años ochenta y noventa, gracias a (por culpa de) lo escarpado de las entradas a tierra. Decenas de familias se dedicaban a un negocio que dejó cientos de jóvenes muertos e incontables ajustes de cuentas entre clanes vecinos. Sin llegar a convertirse en la sicilia que fueron las Rías Baixas, la Costa da Morte también padeció esta lacra. 
«Aquí cada vez que se iba la luz decíamos que estaban haciendo una descarga», explica Pepe Formoso. «Hoy casi nunca se va la luz». Todo apunta a que el volumen de entrada de drogas por la Costa da Morte es mucho menor hoy, pero —todavía y sin lugar a dudas— habelo hailo
 
Este aislamiento, este cainismo particular, hacen de la Costa un lugar único, con una personalidad brutal. El resto de Galicia suele decir, con cariño, que la gente de la Costa da Morte no es gallega, es de la Costa. La identidad tan marcada corre a favor del visitante, que descubrirá un lugar distinto, por momentos detenido en el tiempo y, a su vez, con precios que no hacen justicia a lo que este sitio ofrece, visual y gastronómicamente. 

Camariñas es un buen ejemplo, uno de los lugares más atractivos de toda la zona. Siguiendo la ruta marcada se deja atrás Laxe para alcanzar un municipio rebosante de tesoros. Uno de ellos es el pueblo de Camelle. Aquí, en una de las zonas más agrestes de la Costa da Morte, vivía Manfred Gnädinger, más conocido como Man de Camelle. Este hombre fue un artista alemán que se instaló en los años sesenta en la aldea y dedicó el resto de su vida a vivir como un anacoreta, realizando esculturas y pinturas al aire libre en comunión con el mar. Man murió en 2002, pocos meses después del desastre del Prestige, y en la aldea se dice que lo hizo víctima de la tristeza. La desidia de los políticos locales remató el episodio: en el año 2010 un temporal destrozó toda su obra. 

Tras Camelle se llega al pueblo de Camariñas, donde los locales dicen que está el mejor pulpo del mundo y cuya fama se llevan luego pueblos del norte como Mugardos o Melide. No queda si no probarlo en cualquiera de sus pequeños bares a pie de puerto. Eso y el queso, las navajas, el lacón o los pimientos. Urgente comer en Camariñas. Camariñas es famosa también por las «palilleiras», las mujeres que hacen encaje de bolillos. Su arte es popular en toda Galicia y sus obras se muestran en ferias que recorren todo el país. Otro orgullo de Camariñas es el imprescindible cabo Vilán, para muchos el cabo más bonito de Galicia, con impresionantes vistas al océano y donde se encuentra el cementerio de los ingleses, un antiguo camposanto donde reposan los restos de los marineros del Serpent, que naufragó en estas aguas en el siglo xix.  Alrededor del cabo desfilan algunas de las playas más salvajes de Galicia, como Reira, Area Longa o Balea, cuyos accesos son complicados por carreteras abocadas al acantilado y donde el baño resulta inviable casi todos los días del año. 

A pocos kilómetros de Camariñas está Muxía, el pueblo de Moncho do Pesco. «En realidad llegué aquí con veinte años, cuando me casé. Y me costó adaptarme, porque la gente me decía “el de la aldea” y me rechazaban». Hoy Moncho es el presidente de la Asociación de Percebeiros de Muxía y uno de los vecinos más respetados de la zona. Es, sin duda, uno de los percebeiros más famosos de la región. «Hombre, déjame decirte que yo fui de nivel. Pero porque yo soy de familia mariñeira y a mí mi padre siempre me enseñó a respetar el mar». Tal vez por ello hoy sigue vivo. «Yo caí una vez y pensé que no lo contaba». Moncho tenía entonces diecisiete años. «No llevaba neopreno, porque ahora existe el neopreno y con eso la mitad está hecho: si te caes flotas y no te congelas. Pero cuando caí yo iba en traje de baño y estuve una hora peleando en el mar. Una hora. No me podían sacar, no podían hacer nada». ¿Tuviste miedo? «Mira, más que miedo, pensaba que era mi hora, estaba convencido de que iba a morir y no sentía miedo». Finalmente un compañero, jugándose la vida, sacó a Moncho. «Aquella noche, sentado en la cama, me dije que nunca más iba a volver, que no quería. Al día siguiente volví. ¿Y qué vas a hacer?».

No solo la seguridad de los percebeiros era distinta —más precaria— antes. La Costa da Morte era un lugar muy diferente no hace tanto. «No había carreteras, no venía nadie de fuera, no había mucho que hacer más que ir al mar», dice Moncho. Era un lugar remoto, aislado. Con los años y las mejoras económicas la zona se abrió poco a poco y las familias trataron de alejar a sus hijos del mar, escarmentadas por las desgracias. «Yo no podría decirte una sola familia mariñeira de la Costa que no tenga un muerto», dice Moncho. Marco, más joven, añade: «A mí y a mis amigos, desde pequeñitos, nos contaron historias terribles del mar, yo creo que con la idea de que nos dedicáramos a otras cosas. Aquí, al mar, se le teme». De estas historias, de estos miedos, nacieron los cientos de leyendas y tradiciones relacionadas con el océano que existen en la región y que van desde la barca de Caronte —que espera en Fisterra a llevarnos al más allá— a la roldiña, conocida en el resto de Galicia como la Santa Compaña, esto es, los espíritus que se llevó el mar y que por las noches recorren las aldeas de la Costa llamando a las puertas de incautos vecinos que, si osan abrir, pasarán a formar parte de la maldita procesión.

El mar lo empapa todo aquí. «Casi todos los dichos y expresiones de la Costa tienen que ver con él», explica Marco. «Si alguien dice algo y tú le pides que lo demuestre, le decimos: peixiños na lonxa, porque la lonja es el único lugar donde un marinero puede demostrar de verdad lo que ha pescado». Es solo un ejemplo. Los dichos, supersticiones, leyendas y mitos se multiplican. Por suerte para el futuro de este tipo de historias y por desgracia para las temerosas familias, los jóvenes están volviendo al mar en los últimos años, empujados por la crisis, que les aboca a un destino que sus padres y abuelos no deseaban para ellos.  
 
La piedra completa la mitología costeira. Es un elemento clave de toda la zona. En la propia Muxía está tal vez la más famosa de todas, la Pedra d’Abalar, con —dicen— propiedades curativas para quien pase por debajo de ella. ¿Y los marineros? ¿Tienen rituales? Moncho es claro: «No hombre, no. Nosotros no somos futbolistas, somos mariñeiros. Aquí el único ritual que tenemos es volver a casa». Y se ríe.  

El fin de la Tierra
Dejando atrás Muxía se atraviesa el cabo Touriñán. La cartografía moderna ha demostrado que este es el punto más occidental de toda España, pero la fama se la sigue llevando Finisterre (Fisterra, en gallego). Touriñán se eleva casi cien metros sobre el mar y es culminado por un viejo faro de finales del siglo xix. Después de este cabo solo queda la parte final de la costa, para muchos la más emblemática: el fin de la tierra. 

El cabo de Fisterra se dobla como un brazo de tierra sobre el Atlántico. En la parte más estrecha del mismo está incrustado el pueblo de Fisterra donde los cabellos rubios y los pálidos tonos de piel de muchos de sus vecinos sirven de sorna al resto de pueblos, quienes les recuerdan la cantidad de marineros del norte de Europa que al pueblo han llegado durante generaciones. Aquí también es obligatorio buscar el restaurante Os Tres Golpes, perdido entre las callejuelas que rodean el puerto y llamado así porque, cuentan, los marineros que habían bebido de más llegaban al lugar después de haberse dado tres golpes en las laberínticas esquinas. Cerca de Fisterra está Corcubión, otro majestuoso pueblo costero de casitas de piedra y donde los locales dicen que se encuentra el mejor lugar de la Costa para comer, el restaurante San Martín, a apenas diez metros del puerto. Y un poco más allá, el maravilloso mirador del Ézaro, con la única cascada de agua dulce de Europa que cae directamente al mar. Eso sí, solo se puede ver de vez en cuando, ya que el empresario Villar Mir canalizó con una gran tubería el salto para mayor gloria de su central hidroeléctrica, que solo libera el agua en caída libre una vez por semana. 

Dos playas destacan sobre todas las demás en esta zona: la playa do Rostro y la de Fóra, ambas en la cara exterior del cabo, recibiendo a porta gayola al océano Atlántico. Son arenales kilométricos donde apenas hay turistas, pero donde se debe tener especial precaución si uno decide bañarse. «Las playas, aquí, para los turistas», dice Moncho, terminando la conversación. «Si no tengo que trabajar yo no me acerco al mar ni atado». Después se despide, observando una vez más el mar. Esta noche toca pesca.  

Es aquí donde termina la ruta. En realidad, es aquí donde termina la tierra. Los romanos decidieron que este era el final del mundo conocido y lo bautizaron como Finis Terrae, el fin de la tierra. Desde entonces, y durante siglos, fue considerado el punto más occidental de Europa, hasta que la ciencia demostró que, en realidad, este honor se lo lleva el cabo da Roca, en Portugal. Poco importa. La fama y la leyenda auparon a Fisterra a los altares de un lugar único. Aquí los barcos se despeñaban al abismo de la nada, ya que la tierra —todavía plana— finalizaba. Aquí las almas iban al mar en busca de la vida eterna y aquí termina, realmente, el Camino de Santiago, peregrinación cristiana que conduce al último punto del mundo. Una señal que indica el kilómetro cero de la ruta lo atestigua, por más que la mayoría de peregrinos se queden en Compostela. La tradición manda quemar las botas en este cabo, coronado por un faro que, en los días de niebla en que la luz se hace inútil, muge como una vaca con un sonido que se escucha a kilómetros de distancia. El faro, con el horizonte en curva tras la inmensidad del mar que se abre ante nosotros, marca el fin de la excursión. Marca, también, el fin del mundo.
Fisterra. Fotografía: Amaianos (CC).

El asesinato de la feminista que conmocionó a América


Uno de los sucesos que más han conmovido a Estados Unidos en toda su historia fue el asesinato de la actriz Sharon Tate y otras tres personas a manos de acólitos de Charles Manson en 1969. Sin embargo, no fue el primer crimen aparentemente absurdo, cruel y del que la pareja masculina y célebre de la víctima principal se librara por casualidad: medio siglo antes, la prensa del país de las barras y estrellas tuvo suficiente carnaza con el truculento asesinato de Mamah Borthwick, amante del célebre arquitecto Frank Lloyd Wright, junto a otras seis personas, incluidos sus dos hijos, de 12 y 9 años de edad.

En 1914, Martha Borthwick, más conocida por su apodo de «Mamah», era todo menos una desconocida para el público de los tabloides. Nacida en 1869 en una pequeña localidad de Iowa y casada con un ingeniero eléctrico, Edwin Cheney, había mostrado ya desde muy joven un espíritu inquieto y poco proclive a aceptar las convenciones y restricciones que la sociedad de la época deparaba a las mujeres.

En un momento en el que no era habitual que estas estudiaran, ella se sacó una licenciatura en Letras por la Universidad de Michigan, gracias a la cual había conseguido un trabajo como bibliotecaria.
La vida matrimonial parecía predestinarla a un destino mucho más acorde con lo que se esperaba de una esposa y madre de la desahogada alta clase media de la época. Hasta que, en una de las reuniones del club social al que pertenecía, conoció a Catherine «Kitty» Wright, casada con un joven arquitecto que comenzaba a despuntar por un estilo orgánico que buscaba conectar con la presunta alma norteamericana, encarnada por Walt Whitman o Thoreau, Frank Lloyd Wright, con quien había tenido seis hijos.

El matrimonio Cheney pronto quedó subyugado por el carisma del arquitecto, y así no es extraño que terminaran encargándole la construcción de su vivienda familiar. El resultado fue la Edwin H. Cheney House, en Oak Park (Illinois), construida en 1903. Sin embargo, la finalización de las obras no interrumpió el romance entre Borthwick y Wright, que terminaría saliendo a la luz seis años más tarde.

La casa Taliesin (Frank Lloyd Wright Foundation)
En junio de 1909, fue ella quien se separó de su marido y se fue a vivir a Colorado con una amiga. Cuatro meses después, Wright abandonó a su mujer y sus hijos y se reunió con ella en Nueva York, para desde allí tomar un barco hacia Europa. Por entonces, él ya era un nombre famoso, y localizar a los adúlteros se convirtió en uno de los objetivos principales de la prensa norteamericana.

El Chicago Tribune les descubrió en Berlín, y poco después la pareja se instaló en Florencia, donde pasarían un año durante el que les fueron llegando los ecos de la formidable polémica de su país de origen, donde la prensa llegó a informar de que podrían ser detenidos y extraditados a América. Sin embargo, las autoridades negaron que hubiera base legal para ello.

El escándalo tuvo una honda repercusión en la carrera del arquitecto, que vio cómo muchos de sus proyectos se cancelaban. Tuvo que traspasar la titularidad de su estudio en América, e incluso abandonar encargos tan jugosos como la construcción de la casa familiar del industrial Henry Ford, la finca que sería conocida como Fair Lane en Dearborn (Michigan). Otros, como el encargo del suntuoso Imperial Hotel, en Tokio, se retrasarían durante años.

Pero los dos fugados no eran personas dispuestas a doblegarse por escándalos de moral pública. Él ya había manifestado en numerosas ocasiones su convencimiento de que las normas no estaban hechas para ser obedecidas por las personas extraordinarias (no es raro que su amiga Ayn Rand, creyente acérrima en el individualismo capitalista, le tomara como inspiración para el personaje protagonista de su novela El manantial).

Ella, por su parte, era una ferviente feminista, defensora del derecho de las mujeres a tomar las riendas de sus vidas, y de hecho se convirtió en la traductora al inglés de las obras de la sueca Ellen Key, a quien conoció durante su estancia en Europa.

En 1911, a pesar de que aún permanecían los rescoldos de la polémica, ambos decidieron volver a Estados Unidos. Allí, Wright levantó la que sería una de sus obras más importantes, la casa Taliesin, situada en un lugar discreto y resguardado de la curiosidad de los reporteros entre las colinas de Wisconsin.

En ella ambos pudieron vivir con un perfil social bajo, pues aunque ella consiguió el divorcio, la esposa de Wright seguía negándoselo (no se lo concedería hasta 1922), lo que les cerraba las puertas de gran parte de la sociedad norteamericana. Que los tabloides se refirieran a Taliesin con nombres tan sutiles como «la casa del amor»” tampoco ayudaba.

Sin embargo, un escándalo bien diferente marcaría el final de Mamah Borthwick. El 15 de agosto de 1914, mientras el arquitecto se encontraba de viaje de trabajo para supervisar las obras de los Midway Gardens de Chicago, un criado oriundo de Barbados y contratado poco antes, Julian Carlton, sin una causa aparente (aunque su mujer declararía más tarde que sabían que iban a ser echados de la casa), atrancó todas las puertas menos una de la casa principal y le prendió fuego.

La prensa sensacionalista se hizo eco de los sucesos de Taliesin
La prensa sensacionalista se hizo eco de los sucesos de Taliesin
Armado con un hacha, esperó a que fueran saliendo por la puerta los despavoridos ocupantes, y los fue masacrando uno tras otro.

El balance del crimen fue horroroso: no solo Mamah Borthwick murió asesinada, sino que también lo fueron los dos hijos que había tenido con Cheney, los pequeños John y Martha; David Lindblom, un jardinero; dos empleados del estudio de Wright, Emil Brodelle y Thomas Bunker; y Ernest Weston, hijo del carpintero William Weston, quien logró sobrevivir al ataque. Carlton intentó suicidarse ingiriendo veneno, pero fue detenido, aunque pocas semanas después se dejaría morir de hambre.
 
Mamah Borthwick copó las portadas por última vez, y ni siquiera en un momento tan terrible la prensa desperdició la ocasión de volver a hablar del origen pecaminoso de la casa.

Hubo quien incluso lo consideró el castigo debido que le correspondía a una adúltera. Sin embargo, poco tiempo después todo quedó en el olvido: Wright iniciaría casi inmediatamente una relación con la que se convertiría en su segunda esposa, Maude «Miriam» Wright, a la que conoció cuando ella comenzó a escribirle para consolarle por la pérdida.

La casa Taliesin, que Wright reconstruyó y mantuvo como su residencia familiar, se empeñó en volver a arder en 1925, aunque en este caso la causa fue la deficiente instalación eléctrica. Hoy está considerada Lugar de Interés Histórico Nacional, y está gestionada por la fundación Taliesin Preservation.

La nueva vida de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a ‘Charlie Hebdo’

La nueva vida de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a ‘Charlie Hebdo’
El 7 de enero de 2015 los hermanos Kouachi entraron en el periódico satírico ‘Charlie Hebdo’, en París, armados con rifles de asalto. Al grito de “¡Alá es grande!”, mataron a 12 personas. El escritor y periodista francés Philippe Lançon sobrevivió a terribles heridas sufridas en el rostro. Vivió nueve meses en hospitales. Sufrió 18 operaciones. Y volvió a una vida que, admite, “ya no es la misma porque yo ya no lo soy”. Luego lo contó todo en ‘Le lambeau’: un libro, un exorcismo
AQUELLA MAÑANA DE invierno de 2015 Philippe Lançon, que había publicado tres novelas y era uno de los periodistas y críticos culturales de más peso en Francia, recibió dos tiros de Kaláshnikov-357 Magnum en el rostro. Fue en la sala de redacción del periódico satírico Charlie Hebdo, en la calle Nicolas-Appert del distrito XI de París. Varios de sus mejores amigos —los dibujantes y columnistas Cabu, Wolinski, Charb y Bernard Maris, entre otros— murieron en el atentado perpetrado por los hermanos Kouachi al grito de “¡Allahu akbar!” (“¡Alá es grande!”). Él sobrevivió al ataque yihadista pero se quedó sin cara del labio superior para abajo. Estuvo ingresado nueve meses en los hospitales de la Salpêtrière y los Inválidos. Va por la cirugía facial número 18. Los médicos trasladaron su peroné al lugar que antes había ocupado su mandíbula. El calvario fue prolongado. La morfina y Bach aplacaban el espanto. Se marchó de París. Y publicó Le lambeau.

En sus 500 páginas, este hombre valiente que llama a las cosas por su nombre y que no conoce el adorno relató un compendio de azares, desgracias, sufrimientos, consecuencias, reflexiones y aprendizajes que dejan al lector en estado de shock. Al mismo tiempo, al cerrar Le lambeau (Ediciones Gallimard para la versión original en francés, ediciones Anagrama el año que viene para la versión en español) a uno le entran algo
Philippe Lançon, en una imagen de 2013.
Philippe Lançon, en una imagen de 2013.
parecido a una irremisibles ganas de conocer a su autor.

Hoy se cumple ese deseo. Es un día de calor asfixiante en las colinas de Roma. Philippe Lançon está sentado en un precioso bar de la capital de Italia. Se retiró aquí junto a su compañera sentimental, huyendo de París y de las zonas menos apetecibles de la memoria. Escribió en Roma gran parte del libro. Que fue, primero, un tímido regreso de la muerte Y después, una vuelta a la vida, una vuelta a medias. Basta con escucharle.

LA CEREMONIA DEL REGRESO

“Regreso poco a poco, con distancia, a una vida que ya no es la misma porque yo no soy el mismo”, explica en un perfecto español el escritor y periodista francés. “Hay un bolero cubano que dice ‘Contigo en la distancia’ y yo estoy un poco así. Por un lado estoy con aquel que fui, y por el otro con el que soy, hoy y aquí, en Roma. Hay varios ‘yo’: el que fui antes del atentado, el que fui en el año que siguió al atentado; el de la convalecencia, que arrancó un año después del atentado; el escritor, que es, como decía Proust, el producto de otro ‘yo’. Y por fin está el hombre que estoy volviendo a ser ahora, y que es una persona que todavía no conozco bien”.
El último capítulo del libro se titula precisamente así, Los regresos. En él se entrecruzan el inventario de lo ocurrido y el diagnóstico de lo que vendrá. Y no solo afecta a la víctima. “Es raro. A poca gente le toca renacer a los 50, que es lo que he hecho yo de verdad… y no creo que sea una construcción psicológica. La idiosincrasia del atentado es una irrupción violenta y totalmente imprevista que destruye la continuidad de la vida, a veces hasta la muerte, a veces solo hasta la herida, sea física o psicológica. Y renaces. Porque hay algo que quedó destruido, y aquí no hablo de lo físico sino de lo existencial. Un atentado produce una herida existencial. Es una herida individual pero también colectiva”, cuenta con voz tenue el escritor, que en sus páginas alude a “una violación colectiva”. “Porque está hecho precisamente para eso, y en ese sentido es una acción muy bien diseñada”.

- ¿Ha intentado entender a los terroristas que quisieron matarle y que mataron a sus amigos?
- La verdad es que no me interesan mucho, ni por el bien ni por el mal. Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente, sin mente. 
 
La redacción de Charlie Hebdo poco después del ataque.
La redacción de Charlie Hebdo poco después del ataque.
- ¿Qué puede ocurrir ahí, en una mente, para hacer algo así? ¿Lo ha pensado?
- Creo que en el vacío de sus cabezas entraron monstruos, fantasmas del estilo de los que pintaba Goya pero activados por personas concretas, esas sí, conscientes de lo que hacen, de servir al Estado Islámico y todo eso.

- Y ya nada fue igual…
- Cambiaron mi existencia, me cambiaron. Se acabó el otro Philippe Lançon. Fue muy duro. No siento odio por los hermanos Kouachi, sé que son un producto de este mundo, pero sencillamente, no acierto a explicármelos.

- Su vida dejó de ser aquella vida. Murieron algunos de sus mejores amigos. Y el dolor físico… ¿Pensó en el suicidio?
- Jamás.

- ¿Es usted un titán?
- Nada de eso. El carácter se desarrolla con las circunstancias.

LA CIRUGÍA Y LA ESCRITURA

Philippe Lançon lleva 17 operaciones. Si todo va bien, la curación total –siempre que ese concepto exista en un caso como el suyo- llegará en cosa de un año. “Todavía me tienen que poner una nueva prótesis y en mi caso eso es complicado. La mandíbula fue completamente reconstruida utilizando el hueso del peroné y los implantes no se agarran tan bien como en una mandíbula normal. Y si no tienes implantes, no tienes prótesis”.

Entre su oficio, el de escribir, y el de sus cirujanos salvadores, el de recomponer, subyace, asegura, un común denominador que habla de procesos tortuosos. “Escribir es un camino muy largo y repararse la mandíbula también. En ambos hay que ser paciente; ahora los médicos me dicen que estoy ya en la recta final, y esto es un poco como afrontar la recta final de un libro. Corriges y corriges, quitas y pones cosas… aciertas y fallas… para mí hay un paralelismo muy evidente y muy íntimo entre la cirugía y la escritura”.

Saber quitar. Desbrozar. Minimizar. Ir recto a la esencia. Eso es escribir según Philippe Lançon. También lo era para algunos de los grandes genios que ama, Kafka por encima de todos. Empezó el libro y tuvo que parar. “No me salía ser sencillo, estaba haciendo estilo, estaba haciendo literatura, y no era eso lo que quería”, explica. ¿Y hoy? “Me gustaría escribir cada vez más simple, quitar cada vez más cosas, a menudo uno no tiene tantas cosas que decir, ¿sabes? O callarme. Cuando uno se da cuenta de que realmente no tiene tanto que decir, se calla. Quitar también es escribir. Tendemos a escribir más de la cuenta. Quién sabe, a lo mejor también en este libro escribí demasiado…”.

 LOS VAMPIROS
“El paciente es un vampiro”, escribe Philippe Lançon en Le lambeau, refiriéndose a la exhaustiva e intensa gama de actitudes egoístas –en un sentido literal del término- que toda persona sufriente en una habitación de hospital observa con respecto a personal sanitario, familiares, amigos… seguramente el egoísmo más justificado y comprensible que quepa imaginar. Entonces cabe plantearle otro paralelismo:

- ¿Y el escritor? ¿No es también un vampiro, lo mismo que ese paciente hospitalario del que habla?
- Claro que lo es, pero no en tiempo real. Hay una diferencia. El paciente intenta nutrirse de todo lo que puede, y de todos, y en todo momento. Por supuesto, el escritor lo chupa todo, pero se lo guarda para más tarde. Yo no estaba en esa situación, yo vivía el momento, yo estaba luchando por sobrevivir. El escritor chupa la vida porque su misión es restituirla bajo una forma literaria. ¿Si no la chupa cómo la va a escupir? La creación es eso.

Vargas Llosa, Philippe Lançon y Rubén Gallo, en un coloquio en noviembre de 2015 en la Universidad de Princeton (EE UU). Es una de las escasas imágenes del escritor tras el atentado.
Vargas Llosa, Philippe Lançon y Rubén Gallo, en un coloquio en noviembre de 2015 en la Universidad de Princeton (EE UU). Es una de las escasas imágenes del escritor tras el atentado.
- ¿Y usted pensó en el hospital en transformar esa horrible experiencia en esa forma adecuada de creación de la que habla?
- Ni me lo planteé, para mí era imposible escribir una ficción a partir de eso. Pero a partir de cierto momento sí, surgió en mi cabeza un proyecto bajo la forma de un libro, pero para más tarde. No empecé a pensar en escribir un libro hasta un año después del atentado. Aunque en realidad empecé a escribirlo dos años después…

EL PERIODISMO Y LA LITERATURA

Le lambeau (que podría traducirse como “el jirón” o “el colgajo” y que Lançon tomó prestado de un texto de Racine -“Jirones llenos de sangre y miembros espantosos/ Que perros voraces se disputaban entre ellos”- no es una novela. Tampoco encaja en lo que podría considerarse un ensayo. Hay cierta poesía –feroz y sin rima aunque poesía- pero desde luego no es un poema. Tampoco una autobiografía ni una memoir en sentido estricto. Puede que a lo que más se acerque este artefacto literario, un auténtico fenómeno editorial en Francia, sea al género de la crónica. Datos, contexto, porqués, interpretación, declaraciones… una crónica, gigantesca, eso sí. Por cierto, así de duro es en las páginas del libro su juicio acerca del periodismo de hoy: “Hay muy pocos cronistas buenos, porque unos se someten a los temas importantes del momento y a la moral ambiente, y los otros lo hacen a un dandismo que les lleva a hacerse los listos y escribir a contracorriente. En resumen, unos se someten a la sociedad y los otros a su propio personaje”.
“Este libro es el producto de alguien que ha sido periodista durante 30 años, y que también es escritor”, zanja su autor. “Todo se mezcla en él: el periodismo y la literatura. Lo que me ha dado el periodismo para escribirlo es distancia. Desde que abrí los ojos en la sala de reanimación, hubo una parte de mí que se convirtió en el periodista de mi propia experiencia, no solo para contar lo que me ocurría a mí, sino también a los que estaban a mi alrededor. He intentado brindar a los lectores la experiencia de alguien que ha vivido desde dentro la experiencia del terrorismo, pero sin compadecerse a sí mismo, escapando del sentido de ese verso hermosísimo de Quevedo que dice “el llanto interior crece en diluvio”. Fiel a su escuela y a quienes le enseñaron, primero, y le permitieron disfrutar de su oficio, después, este cronista de arte, de libros, de música y de teatro explica: “Creo que todo esto es el resultado de 30 años de periodismo en un lugar como Libération, un diario donde puede desarrollarse lo mejor del periodismo: distancia, precisión, investigación, ningún moralismo, escritura pegada a los hechos, cierta alegría en la forma de escribir y de vivir, y sobre todo restituir la vida de aquellos de quien nadie hablaba en los años 80 en Francia: la marginalidad, los presos, los suburbios, las mujeres maltratadas, los homosexuales…”.

“De pronto escuché unos ruidos secos, ¡crac!, ¡crac!, ¡crac!, como petardos, y ahí supe que alguien estaba matando a todos mis amigos”

EL ATAQUE
Comme un enfant que croit que nul ne le verra s’il fait le mort (como un niño que cree que nadie le verá si se hace el muerto).

Philippe Lançon escribe en la página 81 de Le lambeau: “Los muertos casi se cogían de la mano. El pie de uno tocaba el vientre del otro, cuyos dedos rozaban el rostro de un tercero, que se inclinaba sobre la cadera de un cuarto, que parecía mirar el techo, y todos ellos, así, en esa postura, como nunca y para siempre, se convirtieron en mis camaradas”. Estas palabras pertenecen al capítulo Entre los muertos. Es el siguiente al titulado El ataque. Solo un capítulo de los 20 que tiene el libro, solo 11 de sus 500 páginas, se centran en el horror en estado puro del momento del atentado perpetrado por los hermanos Kouachi. Esto no es del todo exacto. El horror –aun contado sin hipérboles- inunda el libro entero por la doble vía del prolegómeno y de la consecuencia. El prolegómeno es terrible: Lançon reconstruye fría, certera, casi científicamente, esa víspera de la masacre, esa velada en el teatro viendo Noche de reyes de Shakespeare, esa indecisión acerca de si ir a Charlie Hebdo aquella mañana o no, esos momentos previos que, leídos y pensados ahora, se antojan una maldición retroactiva. Uno casi quisiera viajar en la máquina del tiempo para agarrar del hombro a este hombre y susurrarle al oído: “A Charlie no, a Charlie no, a Charlie no… no vayas”. Pero sí fue. La consecuencia, todo el mundo la conoce. Y más que nadie Philippe Lançon, a medio camino entre la carne violentada y la psique devastada.

“Hasta el último segundo”, recuerda, “no decidí acudir a la reunión de Charlie Hebdo, tenía dos artículos que escribir en Libération, no estaba de buen humor, no tenía ganas de ir… pero como era la primera reunión del año, al final fui. Y claro, eso cambió por completo mi vida. He pensado mucho en cómo sería mi vida ahora si yo me hubiera ido a Libération y no a Charlie… es inevitable”.

Manifestación de apoyo a Charlie Hebdo en París.
Manifestación de apoyo a Charlie Hebdo en París.
Y del prolegómeno, al presente de indicativo que nunca debió ser.
Este es el relato que Lançon construye de aquellos escasos dos minutos. Su voz delicada se entremezcla con los trinos de los pájaros que revolotean sobre el parque de enfrente y con el ruido de los pasos sobre la madera de los clientes que entran en el bar romano donde charlamos. “Fue todo como una película en cámara lenta. De pronto escuché unos ruidos secos, ¡crac!, ¡crac!, ¡crac!, como petardos, y ahí supe que había alguien que estaba matando a todos mis amigos. Y que muy probablemente me iban a matar a mí. Decidí echarme, pero muy lentamente, curiosamente tenía miedo de lanzarme de golpe y hacerme daño. En una situación así, uno no se da cuenta de lo que pasa, y cuando lo hace puede ser demasiado tarde. Yo me di cuenta de que de verdad pasaba algo serio cuando vi a Frank intentado desenfundar su pistola [se trataba de Frank Brinsolaro, el guardaespaldas de Stéphane Charbonnier, alias Charb, director de Charlie Hebdo: ambos murieron en el atentado]. Veía por debajo de la mesa las piernas de uno de los asesinos, que se acercaban. Yo abría un ojo y cerraba el otro, estaba esperando el tiro de gracia. Allí se mezclaba lo irreal con lo absolutamente real. ¿Me matarán? ¿Estoy ya muerto o sigo vivo? Todas esas preguntas se mezclaban en mi cabeza”.

LO QUE QUEDÓ EN EL TINTERO

Siempre habrá, ante un libro así, quien piense que se ha ido demasiado lejos. Que hay cosas que no pueden ser dichas. Que ciertos detalles rozan lo insostenible, lo impublicable. Pero ocurre que, al margen del derecho moral que le asistía al hacerlo por razones obvias, Philippe Lançon se atuvo a una regla estricta, innegociable. Eso le obligó a contar ciertas cosas terribles y a dejar otras en el tintero. “Yo no lo he contado todo, básicamente por una razón ética. En el libro relato todo lo que vi directamente cuando estaba en la sala de redacción de Charlie Hebdo, el lugar del atentado, y solo lo que vi. Por eso hablo del cerebro de Bernard [Lançon relata con detalle, en el capítulo dedicado al ataque terrorista, cómo el cerebro de su amigo el economista y columnista Bernard Maris, salía fuera de su cráneo], porque es lo primero que vi y es como la puerta que abre al infierno y luego al purgatorio. Esa imagen, que me acompañó durante días y días, yo no podía no contarla porque es la puerta de entrada al resto del libro. En aquella sala de redacción había amigos míos muertos con las caras totalmente destruidas. Lo sé porque leí el informe policial, pero yo no las vi, y por eso no lo cuento, porque me habría parecido indecente. Tampoco cuento ciertas cosas del hospital porque son cosas íntimas que me confesaron mi cirujana, o las enfermeras, etcétera, y no tengo derecho a
contarlas”.

EL SILENCIO
Entre el atentado y la publicación del libro, Philippe Lançon solo concedió una entrevista, y de solo diez minutos, a la emisora France-Inter. Quería silencio: “Era esencial estar a solas con mi experiencia, entenderla y buscar la forma literaria de restituirla. No podía gastar mi energía en palabras que hubieran sido superficiales. Y tras la salida del libro apenas di dos o tres entrevistas, y ahora esta. Nada de televisión, por una razón muy concreta que me dio la Policía en 2015: ‘No aparezcas en la tele, no te hagas fotos, vas a vivir más tranquilo’. Y estoy de acuerdo con ellos”. Todo esto último resulta bastante lógico. Él confía en los policías como un ciego en su perro-guía. No en vano cuatro de ellos, armados con subfusiles, flanquearon durante ocho meses 24 horas al día la puerta de su habitación. El superviviente Philippe Lançon seguía siendo, técnicamente, un objetivo para los terroristas.
El silencio. El refugio. “No veía la televisión, ni escuchaba la radio, permanecía como encerrado en una especie de cocoon, como si fuera un niño. Es que muchos medios de comunicación te dicen cosas como ‘eres una víctima y tienes derecho a sentirte así, y quienes te han hecho daño son tal y cual’… y no creo que eso hubiera sido beneficioso para mí. Compadecerse de uno mismo no es bueno. Una víctima del terrorismo tiene que ser fuerte, y no puede pensar que el grupo, el Estado o la familia le van a dar todo. Hay que luchar. Pero es muy difícil”. Lançon, que habla de “la soledad de estar vivo”, explica: “No es fácil ser un superviviente; eres alguien dividido entre la felicidad de seguir ahí y la culpabilidad de haberte salvado”. Sin embargo, nada más lejos de su voluntad que convertirse en una víctima profesional: “No tengo ninguna intención de convertirme en una especie de loro posado sobre
el cañón de una kalashnikov”.

Gérard Biard, Luz y Patrick Pelloux, con la portada del número que salió tras el atentado. Efe

EL HOSPITAL

En Le lambeau, el autor califica los hospitales como “lugares darwinianos”. El relato de su experiencia en La Salpetrière y en Los Inválidos estremece: “Yo estaba más armado que otros, pobres diablos sin muchas ideas en la cabeza que llegaban un día al hospital víctimas de lo que fuera, de un accidente, o de una pelea, y se encerraban en su habitación y no salían de ella, días, semanas, meses enteros viendo la tele y consumiéndose. Yo tenía cierta cultura, leía mucho, pensaba, tenía una familia que me ayudaba mucho… y utilizaba la seducción como arma. En el hospital yo seducía a la gente para obtener de ella lo que me interesaba. Trataba de caer bien. Pero para caer bien de verdad hay que querer a la gente. Si quería caerle bien a una jefa de enfermeras tenía que interesarme por ella, por su vida… y entonces la cosa funcionaba. Y de hecho, es gente que quiero, que sigo queriendo

LA VÍCTIMA LLAMADA ‘CHARLIE HEBDO’

“La ausencia de solidaridad con Charlie Hebdo no fue solo una vergüenza profesional y moral. También contribuyó a hacer de Charlie, al aislarla y al señalarla, un objetivo parta los islamistas”.

Llegados a este punto, Philippe Lançon acude al título de una obra teatral de Sartre, La puta respetuosa (La putaine respectueuse), para dirigirse a los habituales “profesionales de la moral y el respeto o mejor, las prostitutas del respeto” que, tanto en el caso de los autores daneses de las caricaturas de Mahoma y de Charlie Hebdo, solo tuvieron un objetivo: “Hacernos creer que, para vivir tranquilos y sin problemas, lo mejor es no dibujar a cierto profeta”. Y ahí no hubo, sostiene, distinción de color político: “Tuve la ocasión de comprobar, una vez más, hasta qué punto el mundo de la extrema izquierda está dotado para el desprecio, el furor, la mala fe, la ausencia de matices y la invectiva degradante. En eso, al menos, no tiene nada que envidiar a la extrema derecha”.
 

viernes, 27 de julio de 2018

Pogromos antigitanos en Ucrania ¿genealogía de la próxima barbarie?

Es urgente que las autoridades ucranianas prioricen con urgencia la creación de las condiciones necesarias para garantizar la seguridad y protección de la población romaní junto con el cumplimiento de los derechos humanos

Manifestación en contra del antigitanismo: presencia de partido políticos con la bandera gitana
Manifestación en contra del antigitanismo Carlos Trenor
La violencia antigitana organizada y los desalojos dirigidos por autoridades públicas afiliadas a la extrema derecha azotan las comunidades romaníes en Ucrania. La inacción de las autoridades justifica la impunidad de los perpetradores y niega los derechos humanos más fundamentales a las familias romaníes sólo por una razón: su pertenencia cultural.

El 15 de julio un jardín de infancia y una iglesia romaní fueron quemadas en Zakarpattia. El 2 de julio, una mujer romaní fue apuñalada en la misma región. El 23 de junio, una comunidad romaní a las afueras de Lviv fue atacada por un grupo de jóvenes enmascarados, mataron a un hombre de 24 años e hirieron a otros cuatro, incluido un niño de 10 años. El 7 de junio, otra comunidad romaní asentada en Kiev fue amenazada. La comunidad, compuesta por 60 personas, solicitó protección a la policía y se les denegó. Finalmente, tuvieron que salir huyendo. El 24 de mayo, el abogado que defendía el caso de un hombre romaní asesinado por un funcionario público en Jarkov, fue agredido en su oficina. Tres personas lo instaron a dejar de defender a los "gitanos". Uno de los atacantes era un empleado de Járkov en la Fiscalía Regional. El 22 de mayo, un grupo de 15 hombres armados incendiaron otro campamento de romaníes en la región de Ternopil. El 9 de mayo, 30 personas enmascaradas incendiaron otro asentamiento en Rudne y las familias también se vieron obligadas a huir ante la desprotección policial. El 23 de abril, otro grupo incendió el hogar de una familia romaní en Kiev. El 21 de abril, un asentamiento romaní en Kiev fue desmantelado con violencia por 30 hombres y terminaron por incendiarlo. Después de llegar a la escena, la policía no protegió a las familias y en cambio, les aconsejó que se fueran de Kiev. Estos ataques son perpetrados por grupos de extrema derecha, como 'Sobrio y Angry Youth', 'Nemezida' o el grupo paramiliar de derecha radical C-14, que buscan reparar la corrupción del presidente ucraniano a través de la externalización del odio sobre las comunidades romaníes.

La sociedad civil ucraniana reclama la necesidad de garantizar un contexto de seguridad para la población romaní ucraniana y recuerda que la investigación efectiva de todos los ataques es de gran importancia para el país. Zola Kondur (Fondo de Mujeres Romaníes “Chiriklí”) concluye que “las autoridades deben comprender el peligro que supone la impunidad de las acciones de estos grupos radicales”. Organizaciones como Minority Rights recuerdan que "el silencio de la policía nacional y el hostigamiento que involucra a funcionarios públicos, fomenta una cultura de impunidad”. El Consejo de Europa ha condenado los ataques a campamentos romaníes y el Centro Europeo de Derechos Romaníes junto con el Centro Nacional Romaní llevarán a la Policía Nacional ucraniana ante los tribunales.

Es urgente que las autoridades ucranianas prioricen con urgencia la creación de las condiciones necesarias para garantizar la seguridad y protección de la población romaní junto con el cumplimiento de los derechos humanos. Además de ello, es fundamental implementar mecanismos garantes de la prontitud y transparencia en la investigación de estos ataques, para que los perpetradores sean enjuiciados y la reparación sea inmediata.

En este contexto, la política internacional como relación sociocultural y diplomática cuyo fin es garantizar un contexto de paz que descanse sobre el cumplimiento de los derechos humanos, tiene una gran oportunidad para demostrar el liderazgo español como promotor de culturas democráticas. Sin embargo, a pesar de que Sánchez recibió en Moncloa a Poroshenko en su primer acto como presidente, no ha trascendido ni una sola palabra sobre estos ataques antigitanos, lo que confirma el carácter neoliberal del progresismo socialista. Sálvese quien pueda.

Los derechos humanos son inseparables de la seguridad en cualquier contexto, especialmente cuando son los Estados antigitanos quienes vulnerabilizan a las comunidades romaníes para luego usarlas como diana del odio neofascista. Una cultura democrática, es una cultura de paz, una cultura feminista. Sin embargo, una cultura política que niega la importancia de erradicar las vulneraciones de derechos sobre las comunidades romaníes dentro de las agendas políticas internacionales, es una cultura política payocéntrica y patriarcal. Confirma la debilidad democrática de los estados en la sociedad globalizada del siglo XXI. Es una cultura de guerra.


Eclipse total de Luna, 27 de julio de 2018

Si la Tierra fuese una pelota de , la Luna sería una de tenis y estaría a unos 7m de distancia •




 Pues ya estamos en la antesala de un más que interesante evento, posiblemente el mejor espectáculo astronómico que tendremos este año. Nada menos que un eclipse total de Luna. Y el de este año es particularmente largo, ya que llega a los 103 minutos en su fase de totalidad, nada menos. El tiempo máximo teórico de un eclipse lunar es de 107 minutos, así que estamos de suerte, no tendremos otro de tanta duración hasta... el próximo siglo.

Como vemos en el gráfico, la sombra de nuestro planeta oscurecerá a la Luna. Fuente: Wikipedia
 Cabría pensar tras ver el gráfico anterior que se debería producir un eclipse de Luna cada vez que estuviéramos en Luna Llena, sin embargo, sabemos que no son fenómenos tan frecuentes. Lo que ocurre es que la órbita de nuestro satélite tiene una ligera inclinación de unos 5º respecto al plano de la eclíptica, esto es, el plano donde se encuentra la órbita de la Tierra alrededor del Sol. Los eclipses de Luna se producen sólo cuando la Luna está llena y ésta se encuentra en una de las intersecciones de su órbita con la de la Tierra. Estos puntos de denominan nodos (lo mismo pasa con los eclipses de Sol, la Luna Nueva ha de encontrarse en uno de los nodos).

Visto con más detalle: Fuente: Wikipedia
  Centrémonos en el espectáculo de este fin de mes. Cuando la Luna aparezca por el horizonte, ya lo hará completamente eclipsada, por lo que habrá que estar atentos para no perdernos el momento. Afortunadamente tendremos tiempo suficiente para fotografiar y disfrutar del eclipse, debido a la gran duración del mismo.

Simulación del eclipse, en Tiempo Universal (al estar en horario de verano, hay que sumar 2 horas para España y 1 para Canarias). Vía EarthSky.org
 Aspecto del eclipse de luna en su fase total. Fotografía del autor del eclipse de marzo de 2007 (hacer clic para ver más grande)

Fuente: Fred Espenak
  Como vemos en el gráfico elaborado por Fred Espenak, el conocido especialista de eclipses de la NASA, el eclipse comenzará a eso de las 18:15 GMT en su fase penumbral. En esta fase apenas se aprecia un leve oscurecimiento que comienza en uno de los bordes de la Luna. A las 19:25, toda la Luna se encuentra en penumbra y comenzaría la fase parcial del eclipse, siendo más evidente la 'mordida' de la sombra de nuestro planeta sobre la Luna.

Aspecto de la fase parcial de un eclipse de Luna, la sombra de la Tierra es evidente. Fotografía del autor.
 A las 20:30 es cuando empieza lo bueno, la fase de totalidad del eclipse, con nuestro satélite metido completamente en el cono de sombra de la Tierra y adoptando el característico color rojizo de los eclipses de Luna. A las 22:15 ya la Luna comenzará a abandonar el cono de sombra, empezando una nueva fase de parcialidad, y ya el eclipse finalizará del todo después de medianoche.

Otra imagen de un eclipse total de Luna, también fotografía del autor del post
El característico color rojizo de los eclipses se debe a que la atmósfera de nuestro planeta dispersa muy bien la luz azul (dispersión de Rayleigh), por eso el cielo tiene esa tonalidad. Las longitudes de onda más largas, los naranjas y rojos, atraviesan mejor la atmósfera, dando tonos y matices rojizos a los amaneceres y atardeceres. Es precisamente la luz de los amaneceres y atardeceres de todo el mundo en ese momento la que ilumina débilmente a nuestro satélite durante la fase de totalidad del eclipse, tiñéndolo de ese espectacular color cobrizo.

Este eclipse no será visible en Centroamérica, México, Estados Unidos y Canadá. En el sur del continente americano, tan sólo Brasil y Uruguay (y Tierra del Fuego) podrán disfrutar de los últimos minutos de totalidad. El resto, en esta ocasión tendrán que conformarse con un eclipse parcial de Luna. Afortunadamente en unos pocos meses, el 21 de enero de 2019, habrá otro eclipse de Luna que podrá disfrutarse en todo el continente americano.

La Tierra desde la Luna, en el momento del máximo del eclipse. Se ven las zonas donde podrán disfrutarlo en todo su esplendor. Fuente: Wikipedia
Si estás en una zona donde se pueda ver el eclipse ¡buena caza y que disfrutes el espectáculo!