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domingo, 18 de diciembre de 2022

Seis voces

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Más de 281 millones personas en todo el mundo han decidido dejar su país para #migrar a otro, en busca de nuevas oportunidades o para escapar de conflictos y abusos de los #ddhh. Y cada año hay más personas que migran por las consecuencias del cambio climático. #IMD2020
 
 
No vino el mar a recogernos,
nosotros recibimos el mar con los brazos abiertos.
 
Caídos del altiplano, quemados por las guerras y no por el sol,
atravesamos los desiertos del trópico de Cáncer.
 
Cuando desde las alturas vimos el mar
era una línea de llegada, un abrazo de olas en los pies.
 
Se había terminado la suela de hormigas de África
de la que las caravanas aprenden a pisotear.
 
En una columna, bajo un látigo de polvo,
sólo el primero tiene la obligación de levantar los ojos.
 
Los demás siguen el talón que precede,
el viaje a pie es un pista de espaldas. 

Erri De Luca

domingo, 21 de noviembre de 2021

La víctima anónima de la frontera polaca que saca los colores a la UE

Todo apunta a que murió de hipotermia tras soportar las condiciones extremas de hambre, invierno gélido e incertidumbre que sobrevuelan el bosque de Bialowieza.

Tumba de NN, Bohoniki (Polonia).
Tumba de NN, Bohoniki (Polonia).María G.Zornoza

Los restos de NN (del latín nomen nescio: nombre desconocido) yacen para siempre en la localidad de Bohoniki. Es una víctima más de la crisis política que sacude las conciencias a ambos lados de la frontera polaco-bielorrusa. Pero no es la primera ni será la última. Su tumba se encuentra junto a la del joven sirio de 19 años Ahmad al Hasan, que corrió el mismo destino pocos días antes. NN no tiene nombre. Ni identidad. Ni nacionalidad. Su autopsia estima que murió el 22 de octubre –un mes antes de su entierro- a los 30 años. Solo se sabe que es de "piel oscura". Su cuerpo sin vida fue encontrado por un hombre que recogía setas cerca de este calmado pueblo tártaro próximo a Kuznika, el paso fronterizo que separa a Polonia de Bielorrusia.

La sosegada villa de Bohoniki se está acostumbrando a la fuerza a estos entierros bajo el ritual musulmán. Son tres en los que va de semana. "Que estas muertes no sean en vano. Espero que todos reflexionen", señala el Imam Aleksander Ali, encargado de oficializar la ceremonia. A la cita acuden medios de comunicación de todo el mundo. El cerco del Gobierno polaco a la prensa propicia que cualquier acontecimiento relativo a los refugiados y migrantes se convierta en un evento multitudinario. En su último adiós, a NN le han acompañado los flashes de las cámaras, pero nadie de su familia, que probablemente nunca descubra qué fue de él.

Todo apunta a que murió de hipotermia tras soportar las condiciones extremas de hambre, invierno gélido e incertidumbre que sobrevuelan el bosque de Bialowieza. En esta arbolada de dimensiones estratosféricas para la mente humana se encuentran varadas entre 3.000 y 4.000 personas. Su anhelo es alcanzar la UE. Aunque Josep Borrell, Alto Representante de Asuntos Exteriores, lo ha dejado claro en los últimos días: "El destino a Europa no pasa por Bielorrusia". Entretanto, el destino de miles de personas se encuentra a merced de un conflicto geopolítico que azuzó el régimen bielorruso liderado por Alexander Lukashenko para presionar a Bruselas –que le ha impuesto cinco rondas de sanciones- y para ganar reconocimiento internacional.

La última víctima de la crisis fronteriza solo tenía un año de vida. Un bebé sirio murió tras pasar más de un mes y medio en el bosque junto a su familia, que también está herida. "Se rompe el corazón al ver a un niño muriendo de frío a las puertas de la UE. La explotación de migrantes y solicitantes de asilo debe parar. La inhumanidad debe parar", ha reaccionado David Sassoli, presidente del Parlamento Europeo.

En 2015, la foto del pequeño Aylan Kurdi, ahogado en una playa turca, dio la vuelta al mundo. Y provocó una reacción europea que se tradujo en las cuotas de acogida y reparto de refugiados en la UE. Seis años después, este sistema de reasentamiento ha acabado en fracaso. La UE continúa sin una política de asilo común y las muertes de gente anónima, de niños y de centenares de personas se agolpan en las fronteras terrestres y marítimas del Viejo Continente.

"Lamentamos que los jóvenes hayan ido a otro país en busca de algo nuevo y se hayan encontrado con la muerte", afirma Maciej Szczesnowicz, líder de la comunidad tártara. Esta minoría musulmana se ha volcado con la ayuda a los escasos refugiados y migrantes que conseguían sortear las linternas de la policía polaca. Tras la escalada de la crisis y la declaración del estado de emergencia en Polonia, cruzar la frontera es ya misión casi imposible.

Los habitantes procedentes de esta minoría musulmana que se estableció en la zona en el siglo XVII asisten a los refugiados con víveres, cobijo y mantas. Y también brindan su apoyo a las fuerzas de seguridad polaca, a los que ven como garantes de la seguridad de esta zona que se encuentra a escasos kilómetros de Bielorrusia, la conocida como última dictadura de Europa.

La comunidad ha reservado un lugar en el cementerio del pueblo para los tumbas de los refugiados. Las mantienen en una zona apartada para que las familias puedan exhumarlos si así lo desean. La de NN difícilmente podrá hacerlo. El joven deja otra lápida anónima en suelo europeo. Nada se sabe de su vida, de sus sueños o de su pasado. Y la única certeza es que consiguió llegar a una Europa que se ha tragado su futuro. 

El cuerpo se encuentra en un lugar reservado del cementerio para migrantes.
El cuerpo se encuentra en un lugar reservado del cementerio para migrantes..María G.Zornoza

Fuente: https://www.publico.es/internacional/victima-anonima-frontera-polaca-saca-colores-ue.html

viernes, 1 de octubre de 2021

Condenado a 13 años de cárcel el exalcalde de Riace, símbolo de acogida, por promover la inmigración irregular

Domenico (Mimmo) Lucano en la plaza de Riace.
Domenico (Mimmo) Lucano en la plaza de Riace. Carlo Troiano/ Wikimedia Commons

  El exalcalde de Riace (Calabria, sur de Italia) Domenico Lucano, cuya ciudad se había convertido en un símbolo de la acogida de migrantes, ha sido condenado este jueves a 13 años y dos meses de cárcel por su gestión de las ayudas para este propósito. 

 Según informa el medio italiano Corriere della Sera, los jueces lo declararon culpable de asociación delictiva destinada a promover la inmigración irregular , fraude, malversación de fondos y abuso de poder.

La pena dictada en primera instancia ha sido de casi el doble de los siete años pedidos por la Fiscalía de Locri, que planteó la hipótesis de la existencia de un sistema delictivo en lo que había sido bautizado como un ejemplo en la acogida de los migrantes.

"Esta es una historia sin precedentes. Me mancharé para siempre por pecados que no he cometido. Esperaba una absolución", ha dicho Lucano, que fue alcalde de Riace desde 2004 hasta su detención en 2018, tras conocer la sentencia, según medios locales. "Me pasé la vida persiguiendo ideales, luché contra las mafias, también para mejorar la imagen negativa de mi tierra".

Estaba acusado de abuso de poder, fraude, falsificación, manipulación de licitaciones, malversación de fondos contra el Estado en su gestión de la llegada de migrantes, que según la Fiscalía tenía solo como objetivo "intereses de carácter político", ya que no se ha probado que hubiese ganancias económicas por parte del regidor.

Según la Fiscalía, a Lucano "no le importaba la calidad de la acogida, sino hacer que sus vecinos trabajaran para obtener, a cambio, el apoyo político electoral".

Los abogados de Lucano argumentaron que el alcalde "dio respuestas y disponibilidad en un periodo de urgencia en Italia sobre el tema de la inmigración" y que "en Riace hizo lo que tenía que hacer el Estado. Y lo hizo, entre otras cosas, no sólo tapando la ausencia del Estado, sino de perfecta buena fe y sin ánimo de lucro o cualquier otro beneficio personal".

Durante años, el modelo aplicado en Riace, una localidad de menos de 2.000 habitantes, para la acogida a los inmigrantes había dado la vuelta al mundo. El alcalde de esta ciudad, con un importante problema de despoblación, se había volcado en la acogida de inmigrantes para repoblar las casas abandonadas de Riace, donde ahora viven cientos de extranjeros.

Las casas abandonadas habían sido restauradas con los fondos europeos para dar una vivienda a los inmigrantes, que se habían instalado en el país y creado trabajo con talleres artesanales y se abrieron nuevos restaurantes.

El renacer de Riace había sido incluso el tema de un documental de 2010 del cineasta alemán Wim Wenders titulado "Il Volo", en el que contaba la historia de cómo Lucano había logrado que su pueblo sobreviviera gracias al eficaz proyecto de acogida de refugiados, dándoles cobijo en las casas abandonadas del municipio.

En 2016, la revista Forbes le incluyó entre los 40 líderes mundiales más influyentes y también la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, visitó el pueblo italiano y destacó su "ejemplo de buena política en la acogida" de refugiados y también de "integración y lucha contra la xenofobia". 

Fuente; https://www.eldiario.es/desalambre/condenado-13-anos-carcel-exalcalde-riace-simbolo-acogida-gestion-inmigracion_1_8354381.html

jueves, 29 de abril de 2021

Menos tolerancia y más follar

Hacen falta leyes que prohíban la imposición de normas incompatibles con la dignidad humana. Y aunque las campañas de educación sí hacen falta, y mucha, el diálogo no.

Foto: Una protesta en Francia (EFE)
Una protesta en Francia (EFE)

Tolerancia, nos han dicho. Respeto. Comprensión. Diálogo. Aceptación. No son como tú, pero no pasa nada, no son mejores ni peores: solo distintos.

Tolerancia se llama en medicina la capacidad del cuerpo de asimilar una determinada cantidad de un tóxico sin sufrir daños. Y esta ha sido la postura con la que Europa ha afrontado durante las últimas décadas la inmigración: considerando a los inmigrantes una especie de sustancia que en grandes cantidades es nociva para la sociedad, pero tolerable en cantidades menores.

Por eso ha dosificado su llegada, invocando cifras: tantos al año, no más. Como si de niveles de radiación o miligramos de plomo en sangre se tratase. Por si acaso, los ha encapsulado en guetos como el cuerpo hace con objetos extraños para que causen el menor daño posible. A la distancia impuesta para minimizar el contacto se la ha llamado respeto, al proceso de crear esa cubierta que los separa del resto del organismo social, diálogo. Y mientras la cuestión se ha centrado en las cifras, nadie ha tenido por necesario preguntarse de qué sustancia hablamos. Ni por qué la creemos nociva, en lugar de considerarla esencial, absolutamente necesaria para mantenernos con vida. Ni si tal vez sea fácil de asimilar. Son distintos, se ha insistido, no pasa nada mientras no sean muchos.

La palabra tolerancia expresa esta idea desde hace siglos: desde se acuñó con una visión religiosa cristiana, poniendo fin a la idea de que la fe verdadera se ha de imponer a la fuerza. Tolerancia se llamaba aceptar la existencia de confesiones o escuelas no conformes a la Iglesia oficial, sin poner en duda, evidentemente, que hay una única fe verdadera y todas las demás son erróneas y sus seguidores irán al infierno. Pero eso ya es cosa de Dios. Aquí en la Tierra se les puede tolerar. Mientras no molesten, obviamente. Lo que no hay que hacer son disputas teológicas: que cada uno vaya al paraíso según considere.

Fueron las sociedades musulmanas quienes llevaron a la perfección este concepto: quedó codificado en el Imperio otomano hasta el siglo XX y es hasta hoy la ley en Líbano, Siria, Egipto, Jordania y, quien no lo habría dicho, en Israel. El código penal es común, pero se otorga jurisprudencia civil propia a cada comunidad: cristianos ortodoxos, católicos, judíos, yezidíes, drusos. Sus dirigentes —popes, curas, rabinos— aplican las normas canónicas a su grey; matrimonios (siempre dentro del grupo, jamás mixtos), divorcios (o no), herencia, asuntos de familia. Sí, siempre la familia, la sagrada familia. Más exactamente, todo lo que tenga que ver con las mujeres. Dicho con claridad: cada grupo se puede follar a las suyas. Nunca a las de los demás.

Y es este modelo el que los partidos de izquierda —especialmente ellos— llevan dos décadas reivindicando para la inmigración en Europa. Que cumplan las leyes estatales, sí, pero que con sus mujeres hagan lo que quieran, que para eso son suyas. ¿Velo, poligamia, matrimonio de menores, quizás hasta ablación? Respétalo, acéptalo, son distintos. (Sí: hay académicas alemanas que se reclaman de izquierdas y proponen dejar de condenar la ablación: total, las mujeres africanas no necesariamente quieren tener orgasmos para sentirse sexualmente satisfechas, escriben, lo que les importa es sentirse apreciadas por el marido, y eso hay que respetarlo).

La ventaja de la tolerancia, en esa acepción, era que no hacía falta debatir sobre un proyecto común para la nación, ni un conjunto de ideas comunes a todos los ciudadanos. Pero entonces vino la modernidad y, con ella, la idea de que las naciones se componen de ciudadanos iguales ante la ley. Una ley única, aplicable a todos sin distinción, también a todas las mujeres. Una ley que, si nos ponemos democráticos, debe ser debatida y aceptada por todos. A consensuar, se ha dicho. A dialogar.

Pero el diálogo está sobrevalorado. Hay visiones del mundo que no se pueden conciliar. Si yo estoy en contra de la pena de muerte y usted está a favor, no nos podemos encontrar a medio camino, consensuando que solo se ejecutará a la mitad de los criminales que lo merecen, o solo se les cortará media cabeza. Si yo estoy a favor de permitir el divorcio, y usted —por ejemplo por ser católico— cree que debe estar prohibido por ley porque así lo ha ordenado Dios, dialogar es perder el tiempo: ni yo voy a convencerle a usted que Dios no existe, ni usted a mí que yo le deba hacer caso. Ni nunca voy a respetar ni mostrar comprensión a una ley que, bajo pretexto de escrituras sagradas e inamovibles, ordena mantener a las mujeres en una cárcel llamada matrimonio de por vida. No.

Dentro de nuestra sociedad europea, este debate ideológico se ha aceptado como normal, porque sabemos que dejar que cada uno haga lo que quiera no es libertad: es la ideología de favorecer a los fuertes. No establecer un salario mínimo ni una jornada laboral máxima no es dar libertad a los trabajadores: es quitársela. Respetar la voluntad de los empresarios a establecer los horarios y sueldos que quieran tiene un nombre: explotación. Una sociedad que no se dota de leyes para proteger a los débiles no es libre: favorece la opresión. Pero eso es de teoría social de primera y lo sabemos todos.

Salvo cuando se trata de inmigrantes. Mejor dicho: salvo cuando se trata de los inmigrantes y sus mujeres. Entonces no necesitamos leyes. Entonces todo es respeto y comprensión. O bien exhibiendo una especie de fascinación por sus 'oh tan exóticas costumbres' como taparles la cara a las mujeres o al menos el pelo, o bien mostrando cierta repulsa, pero siempre dentro de la aceptación. Son sus tradiciones, nacen así, una tradición no se puede criticar. Si no nos gusta, habrá que esperar a que se les vaya olvidando. Todas las tradiciones se olvidan. Dales tiempo.

Bajo esta postura, el rechazo respetuoso en la esperanza de que las tradiciones no tan agradables se les vayan olvidando, se ha impuesto una corriente social que intenta potenciar la integración incluyendo esas mismas tradiciones rechazables. Sí, ya entendemos que lo de imponer la virginidad a las chicas hasta el matrimonio es un hábito patriarcal y sexista, pero no vayamos a criticarlo: sería estigmatizar a las pobres chicas obligadas a ser vírgenes, y sobre todo sería estigmatizar a sus padres y madres, a todos los inmigrantes musulmanes y al islam en conjunto —sí, al islam, porque cuando alguien dice virginidad automáticamente pensamos en el islam, no nos acordamos de la Virgen María— y eso no es bueno para nadie, solo crea más racismo, división, distancia. Mejor nos callamos, no debatamos el tema, si una familia necesita un certificado de virginidad, pues se firma. Sobre todo no hay que prohibirlo.

Sí, ya entendemos que el velo es sexista, pero qué se le va a hacer, vienen así. Ya se darán cuenta algún día. De momento lo que hay que hacer es aceptarlo, permitir que las chicas vayan al colegio con el velo puesto, no vayan a sentirse incómodas o quieran dejar de ir a clase: sería peor. Hay que contratar a mujeres veladas, no vaya a ser que no encuentren trabajo y acaben quedándose en casa, sin dinero, sin recursos, sin aprender el idioma, sin integrarse: sería mucho peor. Hay que permitir que se bañen con burkini en la playa o la piscina: no vayan a quedarse encima sin agua. Hay que permitir que vivan acorde a todas esas tradiciones que nos parecen —en la intimidad sea dicho— rechazables y sexistas, porque solo así se pueden integrar, estudiar, trabajar, acceder a nuestro nivel intelectual y entender que hay que abandonar esas tradiciones.

Esta postura solo tiene un fallo: parte de una idea racista.

Parte de la idea de que los inmigrantes no tienen ideología: tienen tradiciones. No tienen leyes: tienen costumbres. Las conservan porque son ignorantes: no conocen otra cosa. Hay que tener paciencia porque no están muy evolucionados, no son quizás del todo humanos, o al menos no lo suficiente como para ser ciudadanos.

Y esta idea es falsa. No es por ignorancia ni por falta de formación académica si Jomo Kenyatta, estudiante de la London School of Economics y más tarde presidente de Kenia, defendía la ablación como rito esencial para las mujeres de su país. No es por falta de lecturas que los imames saudíes o egipcios proclaman el velo como obligación para toda mujer nacida musulmana (de hecho, las campesinas, al no saber leer sus eruditas fetuas, no se han enterado y no lo llevan). No era exactamente una analfabeta quien inventó el burkini sino una avispada empresaria australiana.

A una ideología no se le confronta aceptándola. El significado sexista del velo —ocultar el atractivo físico de la mujer para no excitar al hombre, evitando así el riesgo de violación— no se combate llevando el velo a todas partes como algo normal, proclamando que es respetable. Si declaramos normal el velo en clase para niñas adolescentes aceptamos como normal que se les agredería sexualmente en el caso de que no lo llevasen. Declaramos normal que unos padres pueden imponerle a sus hijas —o unos telepredicadores a su grey— una segregación de sexos justificada en el derecho del hombre a violar a la mujer si ella no toma la precaución de mostrarse decentemente tapada. Y no, esto no es normal. Ni es tradición. Ni se olvida poco a poco: se expande. Y no se expande por ignorancia ni por falta de lecturas, sino por exceso de escritos, exceso de programas de televisión salafistas, exceso de influencers muy buenas conocedoras del márketing en las redes sociales, muy buenos profesionales de la redacción de solicitudes de subvención muncipales y de patrocinio de los bancos.

Ya lo decíamos una vez: el fascismo no se cura leyendo. Ni tampoco se cura proclamando que hay libertad para todos: eso es libertad para que los fascistas opriman a los demás a su antojo.

Sí: hacen falta leyes. Hacen falta normas que prohíban la imposición de normas incompatibles con la dignidad humana. Y aunque las campañas de educación sí hacen falta, y mucha, el diálogo no. No hace falta dialogar sobre si es justificado o no cortarle el clítoris a una niña, ni hace falta encontrar un compromiso de cortar solo la mitad. Hace falta prohibirlo. Tampoco hace falta dialogar sobre si una familia puede obligar a su hija, bajo amenaza de muerte, ser virgen hasta el matrimonio, con exhibición de sangre incluida. Tampoco hace falta encontrar un compromiso de vender sangre falsa. Hace falta prohibir los certificados de virginidad y las sábanas manchadas y toda, absolutamente toda medida que intente verificar el estado de decencia de una mujer. Hace falta prohibir en los colegios el hiyab y toda norma, tenga pretexto religioso o no, que atribuya a los hombres el derecho de agredir a las mujeres y que atribuya a las mujeres la obligación de ocultarse, segregarse, apartarse.

No, no hace falta el diálogo, no hace falta encontrar compromiso por el que pueda haber profesoras con hiyab dando clase, siempre que se comprometan a no explicar a sus alumnos el significado sexista de lo que llevan en la cabeza. Hace falta una ley que prohíba exponer a los niños en clase a símbolos sexistas. Hace falta una ley que prohíba segregar desde su infancia a niños y niñas, a creyentes y no creyentes, a puras e impuras, a colectivos separados que no pueden tener contacto entre ellos. Frente a las ideologías segregacionistas, sexistas y patriarcales, ni respeto, ni diálogo, ni comprensión, ni aceptación. Menos tolerancia y más follar. 

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/mundo/de-algeciras-a-estambul/2021-04-17/menos-tolerancia-y-mas-follar_3037444/

jueves, 25 de marzo de 2021

La llamaron Nadie

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Un niño tras ser rescatado de una patera en Gran Canaria. EDUARDO ROBAINA

 En una ciudad europea, no importa cuál, una niña se monta en un coche; un monovolumen familiar de siete plazas. Se dirige con sus padres a un hotel cerca del mar, donde pasará unos días de vacaciones. Durante su estancia jugará con otros niños, participará en actividades comunales, disfrutará de unos días de ocio con su familia, que la cuidará y se preocupará de su salud y su seguridad todo el tiempo.

Sus padres se asustarán muchísimo si la niña se hace un raspón en la rodilla o se golpea la cabeza al caerse de la cama. Unos padres que trabajarán para dejarle a su hija una herencia; un piso, un local o una buena educación bilingüe. Una vida burguesa.

En una ciudad africana del Sáhara Occidental, no importa cuál, una niña se monta en una patera; una embarcación de veinticinco plazas donde se apiñan cuarenta. Se dirige junto a su madre y un grupo de gente desconocida a un mundo mejor, una vida mejor, un sitio donde obtener un trabajo y ganar algo de dinero.

Durante la travesía no jugará con nadie; estará aterida de frío, acongojada y muerta de miedo, se sentirá desprotegida y extraña. Su madre se preocupará por su vida, por conservarla mientras dure el itinerario, por no navegar a la deriva, por resistir la humedad, las bajas temperaturas y la oscuridad de la noche en medio de la nada. Una madre que se jugará su integridad y su existencia por que su hija tenga un futuro. Mejor o peor, pero un futuro. Solo eso.

Según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre los años 2014 y 2018 murieron o desaparecieron en rutas migratorias de todo el mundo más de 32.000 migrantes y refugiados, de los cuales 1.600 eran niños. La OIM estima que en el Mediterráneo podría haber más de 12.000 cadáveres. Un cementerio acuoso, una gran fosa común donde se ocultan las víctimas de la guerra de la desigualdad, los despojos del capitalismo depredador de Occidente. 

No obstante, la OIM reconoce la dificultad para realizar una evaluación precisa (sobre todo a la hora de confirmar algunos fallecimientos) y admite que la cifra real podría ser mayor. Tras cada uno de esos migrantes hay una historia, un drama, una realidad que los occidentales no podemos comprender porque no la vemos, no la sentimos. 

Los grandes medios de comunicación apenas dedican espacio a este fracaso de la civilización, al drama humano que representa la crisis migratoria y la incapacidad de la Unión Europea para gestionarla. 1.600 menores fallecidos en rutas migratorias es un dato que apenas se conoce, que apenas se publica, y, lo peor de todo, que apenas importa. Aunque, de vez en cuando, un caso aislado supera la barrera del ostracismo y los medios nos lo sirven crudo. Pero ha de ser un caso grabado, fotografiado, filmado; algo espectacular, una historia que podamos vender como una ficción realista o una pieza documental. Un producto de consumo listo para los devoradores de morbo:

Dos sanitarios de la Cruz Roja corren con un maletín. El azul de las sirenas quiebra la rutina de la noche. Hay una niña pequeña en el suelo del puerto. Llegan a ella y se afanan por reanimarla. Desesperados. Es casi un bebé. Una vida por hacer y por vivir. La estabilizan y la llevan al hospital en una ambulancia. Todos los medios se hacen eco del rescate. Todos afirman que su nombre es Nabody. Pero ni siquiera se llama así. 

Dos días después, el 21 de marzo, la bebé fallece. La noticia de su muerte aparece en todos los diarios, radios y televisiones. ¡Oh, el drama de la inmigración! Un momento más tarde cambiamos de canal o reproducimos otro vídeo en internet y la noticia se diluye en la inmediatez de la actualidad. No nos duele mucho. La insensibilidad está ya enraizada en nuestros corazones burgueses.

No sucede igual, sin embargo, cuando vemos morir a un niño occidental. Por ellos sentimos empatía, porque pertenecen a nuestro lado del mundo y podrían haber jugado con nuestros hijos en el parque infantil o ser compañeros de colegio o vecinos de la urbanización. Ellos sí podrían, en definitiva, ser también nuestros hijos. La niña a la que llamaron Nabody, en cambio, es una suerte de proyección ficticia, una representación, un tropo o una fantasía que evidencia la desigualdad del sistema.  

De hecho, si cambiáramos la “a” de su supuesto nombre por una “o”, leeríamos Nobody, que en inglés significa nadie. Un juego de palabras que, por desgracia, encaja perfectamente en esta historia, puesto que, en el mundo occidental, es decir; en el mundo, estos niños no son nadie.

Fuente: https://www.lamarea.com/2021/03/24/la-llamaron-nadie/

martes, 5 de noviembre de 2019

Aún más feo

El Estado de Florida no da tregua a los inmigrantes. Una nueva ley convierte a las autoridades locales en una extensión de facto de la policía migratoria

<p>Agentes de la policía migratoria escoltan a un grupo de detenidos en el sur de Florida.</p>
Agentes de la policía migratoria escoltan a un grupo de detenidos en el sur de Florida.
ICE
Dentro de su Hyundai, Melvin espera inquieto la llegada de su amigo mecánico. Ha amainado la lluvia, y empiezan a volverse a ver coches circulando por la carretera. “Debe estar de camino”, susurra, ajustando el cargador de su teléfono en el enchufe sobre del mechero. Vuelve a consultar la hora y niega con la cabeza. No va a llegar a la reunión del incipiente sindicato.

“Ahora tenemos un nuevo tipo de trabajador”, arenga a los asistentes el cabecilla sindical Saket Soni. El menudo indio hace una pausa efectista e interpela a su audiencia con la mirada. En la trastienda del café reina la curiosidad, que se abre paso entre los bostezos de un colectivo agotado tras otro día en el tajo. “El trabajador que reconstruye ciudades después de los desastres naturales. Esa nueva fuerza de trabajo necesita una voz. Y estamos aquí para ayudarles a encontrar esa voz, para que se haga oír alta y clara”.

El líder sindical cede la palabra a sus lugartenientes Cynthia Hernández y Daniel Castellanos. Este, siempre fulgurante, abunda en el alegato de su jefe antes de abordar el asunto que le tocaba, la logística de la entrega de las credenciales con los que la organización pretende proteger a sus miembros de las andanadas policiales. “Estamos aquí precisamente para informarles de que sí tienen derechos, tengan o no documentos tienen derechos acá. Que sepan que al final de la reunión vamos a repartir los carnets. A los que ya les tomamos fotos los tendrán hoy. El resto, quédense para que se las saquemos y podamos entregárselos pronto”.

“¿Para qué nos van a servir esos carnets si nosotros somos ilegales?”, interrumpe un joven salvadoreño impaciente, entre los gestos de aprobación del resto de asistentes. “Eso les vamos a explicar”, tercia Cynthia Hernández, que había tomado el micrófono de su compañero. Hernández, que apenas supera el metro sesenta de altura, tiene una mirada diáfana y penetrante y se comporta con una seguridad que le ha hecho ganarse el respeto del hipermasculinizado colectivo de trabajadores migrantes. Antes de apearse, presenta a Omán Matutes, el chopo hondureño que cayó en una trampa policial hace medio año, y que ahora, libre pero herido en el alma, con una espada de Damocles colgada en forma orden de deportación, exorciza sus demonios repitiendo una y otra vez el relato de lo que le pasó ante decenas de camaradas en potencia. “Su historia les va ayudar a entender por qué es bueno que tengan los carnets”.

“No hice daño a nadie”. Nadie Osmán cuenta cómo, en el otoño de 2018, recién llegado a Panamá City en busca de trabajo en la reconstrucción posterior al huracán, recibió una llamada que le cambiaría la vida. “No sé quién les dio mi teléfono. Pero yo atendí y me dijeron que buscaban alguien para hacer roofing. Yo le dije que sí sé de roofing y accedí a ir al lugar”. Osmán anotó la dirección y se puso en camino hacia una casa a escasos veinte minutos del aparcamiento de encuentro de los temporeros. Claro que sabía reponer tejados. Para eso había viajado a Florida desde Nueva Orleans. “Cuando yo llegué se pararon unos hombres ahí detrás y me dijeron: ‘¿Tienes licencia?’ Pero, ¿de qué están hablando? Yo no tengo licencia. Soy un trabajador. Y entonces me dijeron: ‘Quedas arrestado’. Yo les dije: ‘Bueno, si ustedes piensan que están haciendo lo correcto’. Ya de ahí llamaron a la migra”.

En Panamá City la policía le hace el trabajo sucio a las autoridades migratorias. Para que una agencia que, como Immigration and Customs Enforcement (ICE en sus siglas en inglés), cuenta con apenas veinte mil empleados pueda acercarse remotamente a su mandato de deportar a once millones de personas, necesita colaborar con otras fuerzas armadas. En Estados Unidos, con excepciones contadas como el FBI y la CIA, no hay cuerpos de seguridad federales. De modo que el eslabón que une a las policías local y los estados federados con las autoridades que se deben a Washington resulta fundamental. Para deportar a un indocumentado es preciso arrestarlo primero. ICE no cuenta con los recursos suficientes para determinar dónde vive todos y cada uno de los indocumentados. Es ahí donde entra en juego la policía: si cada día, en cada uno de los cincuenta y un estados de la unión, cada vez que se detiene a alguien con la piel oscura por girar con su coche sin usar el intermitente o por beber en la calle se le piden los papeles y se alerta a ICE en caso de que no los tenga, de pronto 20.000 contra once millones no parece una quimera.

Pero ese engarce no resulta fácil. Dentro de la tradición estadounidense, la descentralización (para bien y para mal) del poder tiende a redundar en la reticencia de los cuerpos policiales regionales o municipales a colaborar con sus homólogos federales. Y en un clima de resistencia civil masiva a la acción de ICE, los cuerpos de policía de todo el país han ido deshaciendo sus lazos con la migra, que el gobierno de Obama había fortalecido mediante un sinfín de programas de colaboración. (Las grandes empresas tecnológicas, como Dell, Microsoft, HP, Thompson Reuters, Amazon o Motorola cubren de una manera cada más sustantiva ese hueco al nutrir a ICE de datos obtenidos mediante la vigilancia de sus usuarios, y venderle software para que localice a sus objetivos. No en vano las campañas de presión –desde afuera– y la organización sindical –desde adentro– para frenar dichas colaboraciones han cobrado fuerza en los últimos meses como punta de lanza de la defensa de los derechos de los inmigrantes). 

No así en Panamá City, donde el sheriff Tommy Ford, quizá para abundar en la larga historia de homólogos suyos que, desde los tiempos del apogeo del Ku Klux Klan se empeña en demostrar que tienen la bandera supremacista más blanca y más gorda, se apresuró en alistarse, en enero de 2018, en un programa piloto que fortalecía aún más el nexo entre ICE y la policía de su condado. Desde entonces, ICE toma custodia de cualquier detenido del que se sospeche –sin necesidad de pruebas– que no tiene papeles durante hasta cuarenta y ocho horas, para facilitar así su detención y ulterior deportación.

La veda se abrió pues en enero, pero la temporada de caza despegó, cómo si no, con el Huracán Michael. Muy lejos de estar solo, Osmán fue uno de los cientos de trabajadores inmigrantes que cayeron en las sucesivas trampas que les tendía la policía para servírselos en bandeja a las autoridades migratorias. El mismo día que Osmán, respondiendo al mismo señuelo policial, acudieron a la misma casa dispuestos a trabajar una veintena de trabajadores. Todos fueron arrestados. Todos puestos a disposición de las autoridades migratorias, para regocijos de policías y agentes de ICE, que celebraban el trasvase en emails cruzados. Desde que el huracán azotó la ciudad, el número de inmigrantes detenidos y automáticamente entregados a ICE se ha disparado en Panama City un 700%. Son datos –emails incriminatorios incluidos– que han llegado al sindicato en ciernes Resilience Force mediante el concienzudo uso de las leyes de transparencia del Estado de Florida. Un rato antes de la reunión, Saket Soni y sus compañeros mostraban a Osmán la montaña de papeles que habían sonsacado a la policía del condado. “Esto sucede en un momento en el que el condado y esta parte del país necesita a los inmigrantes más que nunca”, le explicaba Soni a él y a media docena de trabajadores atónitos. Meticulosamente, repasaban junto a él las estadísticas de detenciones, los emails que celebraban su captura y la de cientos de trabajadores. Emergía pues un patrón. “Así que no fui yo sólo”, mascullaba Osmán.

En esos documentos se va a basar la defensa legal que Resilience Force prepara para Osmán. El joven hondureño se enfrenta a una orden de deportación inminente después de que, para poder salir del centro de detención en el que pasó cuatro meses tras estar en la cárcel otros dos, firmara una declaración de no impugnación a los cargos de operar sin licencia. (Osmán y el sindicato disputan dicho cargo, que da por hecho que el trabajador se hacía pasar por un contratista o pequeño empresario, en cuyo caso sí hubiera requerido licencia para trabajar. Osmán es un obrero raso). La defensa alegará, pues, discriminación racial e inducción dolosa por parte de la policía y de coacción por parte de los agentes migratorios que le hicieron firmar la declaración en la que se declaraba culpable e, implícitamente, deportable. Por mucho que les asista la razón moral, y salvo milagro judicial, las horas de Osmán en el país en el que ha pasado toda su vida adulta están contadas.

De las asambleas de la Fuerza Resiliente surge algo más que soluciones audaces a problemas concretos: la puesta en común de las experiencias de trabajo y explotación tiene un efecto de catarsis en los asistentes, que se sienten valorados por primera vez en su trabajo. Sus vivencias, su orgullo y problemas se colectivizan y, por tanto, se politizan: haberse lesionado al caer de un andamio deja de ser motivo de vergüenza al conocer que hay un problema extendido de inseguridad laboral. Uno deja de verse como un apestado por dormir en su coche cuando comprende que se puede interpelar al ayuntamiento para que ataje el problema de la falta de vivienda de los trabajadores de la reconstrucción. No haber cobrado por el trabajo hecho pasa de ser una fuente de frustración por haber pecado de pardillo o, como mucho, una cuita del David proletario contra el Goliat patrón para convertirse en un asunto de enjundia política.

Esos tres –la falta de vivienda, la ausencia de condiciones mínimas de seguridad en la obra y el robo de salarios– son junto con la presión policial y las deportaciones los problemas endémicos que devastan a los trabajadores migrantes de Panama City. Estremece lo extendida que es la práctica del robo de salarios, un problema tan ubicuo como difícil de medir, y sin duda acuciado por la desprotección legal y el creciente miedo a denunciar de los trabajadores migrantes. En 2017, un estudio del Economic Policy Insititue cifraba el volumen de salarios no pagados en Estados Unidos en quince mil millones de dólares anuales. En Panama City es difícil encontrar un solo trabajador que no haya sufrido este abuso varias veces. Muchos muestran mensajes de texto con chantajes de los contratistas, que les amenazan con acudir a la policía migratoria a delatarles si se les ocurre abrir la boca.

Terminado el relato de Osmán, un silencio pesado y sombrío se ha apoderado de la trastienda del café. “¿Qué podría haber ayudado a Osmán en una situación así?”, tercia el delegado sindical Daniel Castellanos. Ante la falta de respuestas, prosigue: “Le perjudicó mucho no haber llevado encima ningún documento. Como saben, en Estados Unidos no hay un documento nacional, o DNI, como en muchos de sus países. En los carnets que les vamos a entregar aparecer su foto, un sello distintivo de nuestra organización y el teléfono de nuestros abogados”.

Antes de que terminar su intervención, Castellanos observa contrariado cómo arrecian los murmullos en la sala. Alza la voz para abrirse paso entre ellos. Proliferan los gestos de desaprobación. “Además”, continúa, “en la parte de atrás, tendrán una breve declaración explicándole al guardia que no tienen nada que decir y relatando sus derechos”.

“Qué derechos ni qué derechos”, espeta un mulato fornido. “Aquí lo que pasa es que son unos racistas y vienen a por nosotros”.

“¡Calla! Que esta gente nos quiere ayudar”, reclama otro trabajador.

 “Así que, si les paran”, termina apresurado Castellanos, “entréguenles eso. Puede que aún así les detengan, pero tienen la obligación de llamar al número de nuestros abogados”.

En la orilla de un aparcamiento a escasos seis kilómetros de distancia, Melvin se llena la boca oxígeno, límpido tras la tormenta. De reojo, observa cómo su compatriota se pelea con la bujía de su desvencijado Hyundai. De pronto, el mecánico se yergue y niega con la cabeza. “Esto no da más, Melvin. Te voy a tener que cambiar la biela”.

“Pero, ¿dónde la tienes?”, pregunta inquieto Melvin. “Si tú aquí no tienes un taller como en Honduras”.

“Voy a ver si encuentro algo al Home Depot”, responde el mecánico. “Pero tienes que cambiar de carro. Este trasto te va a dejar tirado cualquier día de estos”.

Melvin asiente, con su media sonrisa enigmática de sufridor empedernido.

En el café, Osmán y Mario, el obrero mexicano con la pierna rota, lideran la siguiente sección de la reunión fundacional del sindicato. En ella, simulan una conversación entre un policía y un trabajador inmigrante, convenientemente provisto del carnet del sindicato. “¿Qué hace usted aquí?”, prorrumpe . “Nada. Yo no tengo nada que decirle, agente. Aquí tiene mi documentación”.  Los líderes del sindicato corrigen los tics de la interacción. “No te tienes que adelantar y ofrecerle el documento”, indica uno de ellos. “Dáselo sólo si te lo pide”. El juego de roles se sucede, invitándose a participar a todos los asistentes.

“Esto no es así”, se le oye terciar a uno. “A nosotros nos discriminan. No podemos andar dándole un papelito a la policía. Si nos paran, ya nos van a llevar presos”.

“Lo importante es que entiendan de qué trata esta nueva ley”, interrumpe la cabecilla Cynthia Hernández. “Ahora que la aprobaron, todo se va a poner aún más feo”.

El Estado de Florida no da tregua a los inmigrantes. Por si tener un sheriff más papista que el Papa Trump fuera poco, los legisladores estatales han dado en los últimos meses otra vuelta de tuerca a su codificación legal de la guerra contra el migrante. Bien pudiera ser la definitiva. Al fin y al cabo, programas como el que engrasan la colaboración entre la policía de Panama City y ICE funcionan por invitación. No dejan de estar sujetos a la connivencia de las autoridades locales y, en último término, a la voluntad popular. Basta con elegir a un sheriff que no esté por la labor de servir en bandeja deportaciones masivas, como viene ocurriendo por todo el país, y se acabó el problema.

Quizá por eso en Tallahassee, la capital de Florida, quieren curarse en salud, dejarlo todo atado y bien atado, a prueba de bombas democráticas. La nueva ley, de inocuo nombre SB 168, obliga a todos los municipios y condados a colaborar con ICE. Pero no se detiene ahí. La norma convierte a las autoridades locales en una extensión de facto de la policía migratoria. La ley, el sueño húmedo de los nativistas más rábidos, destila los postulados que teorizó en los años noventa Kris Kobach, figura pretrumpiana donde las haya. Kobach es un fascista con mansión y corbata. Educado en Harvard y Yale, navega en política a trompicones, de fracaso electoral a nombramiento a dedo y tiro porque me toca. Cuando todavía podía engañar a alguien con credenciales de élite académica, puso negro sobre blanco una teoría legal según la cual los gobiernos locales y regionales podían ser mucho más efectivos a la hora de reducir la inmigración de manera duradera que la Administración Central. ¿La fórmula? Apretarles las clavijas a los inmigrantes en todas las esferas de la vida, desde las más mundanas a las más esenciales. Los inmigrantes, teorizó Kobach, terminarían “autodeportándose” ante el clima de hostilidad para su existencia.

La SB 168 obliga a cualquier funcionario que se encuentre en el desempeño de sus funciones públicas a delatar a las autoridades a los inmigrantes simpapeles. No se trata ya de la policía, que tendrá que ocuparse de detener a trabajadoras del hogar mexicanas o cocineros somalíes en lugar (no hay tiempo ni recursos para todo) de hacer frente a asesinos o violadores. La norma obliga también a los servicios de emergencia, los profesores de los colegios, los trabajadores sociales, el personal de los hospitales o los psicólogos de las universidades a entregar a ICE a cualquier inmigrante del que sospechen que no tiene papeles. Si la maestra de una escuela tiene indicios de que los padres de uno de sus alumnos no tienen papeles, cometerá un delito si no llama a la migra. Cuando una funcionaria se entreviste con una mujer maltratada y esta le cuente que no denuncia a su marido por miedo a que la deporten, estará obligada a ser ella quien la delate a ICE. Si el conductor de una ambulancia sospecha del estado irregular de la víctima de un accidente, deberá descolgar el teléfono de la American Gestapo. Primero vinieron a por los inmigrantes…

En la trastienda del café devenida en zulo de conspiración sindical para indocumentados, va apagándose la performance tragicómica, en la que los desencuentros han dejado paso a la risa terapéutica. Disipada la algarabía, vuelve a reinar el silencio. Lo interrumpe, solemne, una madre guatemalteca, con su bebé recién nacido en brazos: “Todo esto de los abogados y la policía está muy bien. Pero aquí el problema es que no nos pagan”.

Fuente: https://ctxt.es/es/20191023/Politica/29128/Hasta-el-cuello-Alvaro-Guzman-Bastida-Florida-policia-migratoria.htm

lunes, 1 de julio de 2019

Dibujante canadiense despedido 24 horas después de que una de sus viñetas se hiciera viral

Michael de Adder Trump Rio Bravo

¿Qué es más loco? ¿Un viñetista despedido de un periódico por una viñeta que no dibujó (recordando una frase de Chappatte por este asunto) o un viñetista despedido de un periódico por una viñeta que no publicaron?

Esa es la pregunta retórica que se hace Michael de Adder, el dibujante canadiense autor de la imagen que encabeza este texto.

La escena, muestra a un Donald Trump impasible junto su carrito de golf ante los cuerpos sin vida de Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija Valeria, inmigrantes ahogados cuando cruzaban el río Bravo y a los que pregunta si puede jugar por allí.

Michael de Adder fue despedido de su trabajo como viñetista editorial para los principales periódicos de Brunswick News Inc. 24 horas después de que esta viñeta se volviera viral en las redes sociales, de Adder llevaba 17 años trabajando para la empresa.

La empresa editora es propiedad de James K. Irving, una de las personas más ricas de Canadá.
El 28 de junio, el  dibujante anunció así que prescindían de sus viñetas:
 «Los altibajos de las viñetas. Hoy dejo de publicar en todos los periódicos de New Brunswick».
Más tarde, matizaría la importancia de su salida de los diarios. 

         «Por cierto: no soy una víctima. Acabo de terminar un libro que saldrá en septiembre y sigo como freelance para algunos periódicos increíbles. Es un revés, no un golpe mortal».

Michael de Adder fue presidente de la ACC y también formó parte de la junta de CRNI,  Cartoonists Rights Network International.

Trump, tema tabúWes Tyrell, actual presidente de la ACC, Asociación de Viñetitas Canadienses, ha publicado su opinión en la que se moja sobre el que cree es el motivo del despido de Adder:  intereses comerciales de la empresa editora canadiense en Estados Unidos.
Aunque (Michael de Adder) ha declarado que no le habían dado ninguna razón  para su despido, el momento no ha sido una coincidencia.
Michael me dijo una vez que no sólo era difícil trabajar para  J.D. Irving, también que había una serie de temas tabú que no se podían tocar. Uno de estos temas tabú era Donald Trump. Michael ha dibujado muchas viñetas bien documentadas sobre Trump, sin embargo, sistemáticamente, nunca se han publicado en los diarios de Brunswick.
Tyrell lo tiene claro:

  Realmente es simple, J.D. Irving, Limited no sólo es un conglomerado de propiedad privada (también dedicado al petróleo) con sede en New Brunswick, sino que también es un gigante internacional con alcance global. El comercio ha sido un problema desde que Trump asumió la presidencia, el comercio que afecta directamente a los Irvings, por no mencionar otros muchos problemas. El propio presidente es una amenaza, ya que castiga a todos aquellos que cree que son sus oponentes.
 
Actualización. 17:45
Brunswick News Inc (BNI) ha publicado esta tarde un comunicado negando que la viñeta sobre Trump tenga relación con el fin de la relación con el dibujante. Algo que más de uno no se cree.
«Es una narración falsa que surgió a la ligera y de manera imprudente en las redes sociales», añaden.
También afirman que  «El Sr. de Adder ni siquiera ofreció esta viñeta a BNI» ( de Adder nunca ha afirmado esto) y que la decisión estaba tomada desde hace tiempo: «La decisión de recuperar a Greg Perry se tomó mucho antes de esta viñeta, y las negociaciones han estado activas desde hace semanas».

Más información: https://www.jrmora.com/blog/2019/06/30/dibujante-canadiense-despedido-24-horas-despues-de-que-una-de-sus-vinetas-se-hiciera-viral/

jueves, 18 de abril de 2019

Pedro Calado: "Sería una incongruencia tener un partido xenófobo en un país como Portugal"

Portugal cuenta desde 1996 con la figura del Alto Comisionado para las Migraciones, una institución que, gobierne la izquierda o la derecha, aboga por mantener políticas que tratan la migración como una oportunidad y no un problema.

Pedro Calado, presidente del Alto Comisionado para las Migraciones (ACM).
Pedro Calado, presidente del Alto Comisionado para las Migraciones (ACM).
 En Portugal se anticiparon a la crisis migratoria. En 1996 el país vecino sabía que dentro de dos años Lisboa acogería su Expo mundial y ante este y otros retos, como la introducción del euro en el año 1999 por parte de la UE, los portugueses hicieron caso a las estadísticas. En este contexto, crearon hace 23 años una institución interministerial que garantizaría la adecuada gestión de los flujos migratorios en el país: el Alto Comisionado para las Migraciones (ACM).

Actualmente, el ACM es presidido por Pedro Calado y reporta directamente a Presidencia. “El área de integración está junto a la de la presidencia del Consejo de Ministros. Se entiende que es un área que compete a toda la Administración Pública: salud, educación, trabajo… todos los ministerios, incluso Agricultura trabaja con nosotros porque si alguna de esa carteras o servicios no está conectada, la política migratoria no será tan efectiva”, cuenta a Público el Alto Comisario.

Portugal es uno de los pocos países que se mantiene ajeno al auge de los discursos xenófobos en Europa: “No existe ni un sólo partido en la Asamblea Nacional, y ni un solo alcalde que estén en contra de las migraciones”, comenta Calado. El político afirma que este hecho se debe a que su país es un territorio de inmigrantes, “hasta el líder de la ultraderecha portuguesa tiene antepasados en el extranjero”, comenta. Eso es lo que le hace afirmar con rotundidad que “es incongruente el auge de un discurso así en la sociedad portuguesa”.

¿Cuáles son las tres medidas clave de su política de integración?
La primera creo que es la eficacia. Si nuestras políticas no lo fueran, seguramente habría críticas y la gente pediría que se buscaran medidas alternativas. Hay una evidencia clara de la eficacia de la integración en Portugal: según datos recientes del eurobarómetro de Eurostat, cerca del 70% de los portugueses reconocen el buen funcionamiento de las políticas de integración. Esa es la percepción general de la población, que mira a su alrededor y ve a los extranjeros trabajando e integrándose en la sociedad portuguesa.

La siguiente medida creo que tiene que ver con nuestra condición de emigrantes, en la que somos muy similares a los españoles. En la sociedad portuguesa hay una idea permanente de reciprocidad. Es muy difícil que alguien en Portugal tenga un discurso contra los inmigrantes. Porque, si lo hace, seguramente le recordarán que en su familia o en su hogar tiene migrantes. Cuando hasta el mismo líder de la extrema derecha portuguesa tiene raíces de fuera, es muy difícil que se tenga un discurso contra la inmigración.

La tercera razón es que para llevar nuestras políticas a cabo, nos basamos en los hechos y no en los mitos. Por eso trabajamos con el Observatorio de las Inmigraciones, integrado en el Alto Comisionado, que produce reportes e informes estadísticos muy claros sobre los impactos de la migración. Tanto los positivos como los que no lo son tanto. Creo que eso es muy importante para que podamos actuar sobre los hechos.

Es muy difícil que los datos calen en la opinión pública, y creo que ese es un trabajo que hacemos todos los años con mucho cuidado: garantizamos que llega la información a las personas de una forma cercana. Hacemos una versión 'de bolsillo' de la información que mandamos para los decisores, intermedios, medios, escuelas, alcaldes… No queremos que se pierda la perspectiva de que la inmigración es una gran oportunidad para el país, y no es un problema. Solo si lo concebimos como problema, acabará siéndolo.

¿Cómo se vencen esas dinámicas mundiales que incitan al racismo y la xenofobia? ¿Cómo se evita ese contagio?
Esa es la pregunta del millón (ríe). Creo que no hay soluciones iguales para todos. Primero hay que pensar local, regional y nacionalmente cómo responder a ese desafío global. Si empezamos, intentado responder globalmente, no vamos a conseguir crear comunidades de acogida; de gente que se conoce, de gente que ve al otro como un igual, y no como un extraño. En Portugal invitamos a los ayuntamientos a juntar a la gente y crear un plan común. Creo en la idea de que muchas cosas pequeñas que tienen lugar al mismo tiempo, tienen un impacto sistémico y tal vez, puedan cambiar la narrativa global. Es esta idea: abajo hacia arriba.

Entonces, ¿qué podemos aprender de su modelo?
Creo que no hay mucho que aprender porque dependemos también del contexto. No somos puerto de llegada, la geografía nos deja un poco lejos de esta realidad, y estamos muy enfocados en garantizar una integración eficaz. La integración no es algo que sucede por arte de magia, requiere método, disciplina, inversión y competencia. Eso es lo que hemos conseguido para el 4% de extranjeros que viven en Portugal.

Aún así, quiero decir que no estoy aquí para dar lecciones a España o a otros países que tienen realidades muy diferentes, pero sabemos que hoy hay una paradoja en todo esto: son los países que menos inmigrantes tienen en Europa los que están más en contra los extranjeros. La intolerancia se alimenta del desconocimiento y el desconocimiento alimenta el odio, es un círculo vicioso que se tiene que combatir con conocimiento: historias, narrativas, memoria, hechos.

¿Cómo se explica en un país que ha sufrido una crisis económica tan fuerte como Portugal, que se va a invertir en el otro, en el extranjero
?
Nosotros intentamos responder con la razón, Portugal tiene un reto demográfico. Las previsiones que tenemos dicen que si se mantuviera el ritmo de crecimiento demográfico y el saldo migratorio negativo, podríamos perder un millón de personas de aquí al 2030. Necesitamos unas 75.000 personas al año para garantizar la mano de obra necesaria para que la economía crezca. Seamos pragmáticos porque las personas también entienden esto.

Nosotros intentamos juntar a la dimensión de la razón con la emoción del corazón, mostrando a las personas que quienes llegaron no son diferentes de los portugueses. Tenemos que ponernos en los zapatos de los demás, creo que es algo que estamos haciendo constantemente: en la televisión, en conferencias, escuelas… Creo que necesitamos más empatía para responder a este reto, porque cuando `el otro´ es algo abstracto, cuando hablamos de los portugueses o los españoles o los polacos… es muy fácil decir cualquier cosa y generalizar.

Las encuestas apuntan a que un 25% del Parlamento europeo podría ser contrario a las migraciones después de las elecciones de mayo. ¿Le preocupa que tras los comicios europeos surja en Portugal un partido abiertamente xenófobo y racista?
No somos inmunes a estas mentalidades y lo sabemos muy bien. Por eso estamos muy atentos a nuestro alrededor. Hay que estar muy activo en este momento. Por primera vez en Portugal hay una tentativa de crear un partido con un discurso contra la inmigración y eso es algo que nos preocupa. Sería una enorme incongruencia en un país como Portugal.

Por último, uno de los factores que más ayudan a que el discurso del odio se esparza son las fake-news o los bulos. En Portugal, ¿cómo combaten este tipo de noticias?

Tenemos mucho que combatir y que gestionar en las redes sociales. Somos nosotros quienes aplicamos la ley y recibimos decenas de casos de odio en las redes al día. Hoy, el odio online en Portugal es el segundo motivo de queja. Aún así, estamos trabajando, y eso es una buena noticia, con Facebook Iberia, que nos ha invitado a integrar un grupo internacional para combatir el discurso del odio. También estamos intentando ser muy claros en Portugal con el tema de la libertad de expresión. Muchas veces algunos intentan justificar su odio con ese argumento, pero en Portugal lo tenemos muy claro y somos muy firmes con nuestra postura: en la libertad de expresión no hay espacio para el discurso de odio.

Fuente: https://www.publico.es/sociedad/alto-comisionado-migraciones-portugal-pedro-calado-seria-enorme-incongruencia-partido-abiertamente-xenofobo-racista-pais-portugal.html?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico

sábado, 22 de diciembre de 2018

Las mentiras de la inmigración ordenada

Los datos confirman que no se persigue tanto la inmigración ilegal y que se mantiene de manera irregular intencionadamente. Son personas que trabajan mucho por poco, gracias al chantaje continuo de la expulsión

<p>Varias jornaleras marroquíes, tras presentar una denuncia por abuso en los campos de Huelva, en junio de 2018. </p>
Varias jornaleras marroquíes, tras presentar una denuncia por abuso en los campos de Huelva, en junio de 2018.
 El eslogan de ¡fuera inmigrantes! se hace cada vez más fuerte en los discursos de la derecha reaccionaria. Las voces progresistas se afanan en contrarrestar estos discursos ultras y los titulares de medios alternativos se llenan de datos sobre la aportación de los inmigrantes a la Seguridad Social o al producto interior bruto. En esta misma línea, CTXT publicó recientemente una entrevista a Lant Pritchett, economista y profesor en Harvard, que proponía una salida a la catástrofe demográfica de Occidente basada en permitir una inmigración en masa, regulada y sin derechos políticos. Las polémicas opiniones han sido escuchadas y valoradas por esas voces progresistas, pues que un execonomista del Banco Mundial diga que Europa necesitará más de 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años, puede ser útil frente al discurso de ¡fuera inmigrantes! Sin embargo, estas propuestas se basan en una falacia de base: el sistema capitalista no tiende al pleno empleo, por lo que supeditar los flujos de  inmigración a las necesidades de mano de obra del mercado nunca ha sido su objetivo. Así pues, toda propuesta de ordenar la inmigración en base a la oferta de trabajo está condenada al fracaso porque no responde al interés real del mercado, y por ende al de la política migratoria, que es disponer de una mano de obra barata y servicial.

Esto de ordenar la inmigración en pos de las ofertas de trabajo del mercado no es ningún invento; es lo que la política de extranjería en todos los tiempos, también la del Estado español, ha escrito sobre el papel aunque en la práctica se evidencie que es mentira. No se quiere que los inmigrantes cubran los puestos de trabajo desocupados, se quiere tener una bolsa de pobreza desempleada y con miedo a la expulsión que esté dispuesta a trabajar mucho por poco y abarate los salarios.

El preámbulo de la ley de extranjería dice: “[la inmigración] debe adaptarse a nuestra capacidad de acogida y las necesidades reales de nuestro mercado de trabajo”. La columna vertebral de la política de extranjería de este país supedita los derechos de ciudadanía, es decir, la regularización de los inmigrantes, a tener un contrato de trabajo. Para la obtención de los permisos de residencia, para la renovación o para la reagrupación familiar es necesario un contrato. Además los inmigrantes solo pueden optar para el primer permiso a los trabajos que son catalogados como de difícil cobertura en una provincia determinada. La inmigración rotativa y ordenada también está contemplada en nuestro ordenamiento a través de la figura del contrato en origen por temporada, como el de las trabajadoras marroquíes de la fresa de Huelva, que se realiza según las necesidades de la campaña agrícola.
En el papel queda claro que la ordenación del flujo de inmigrantes depende de las necesidades de mano de obra del mercado. Pero el papel lo aguanta todo. Veamos ahora cómo lo desmiente la práctica.

En el Estado existían a principio de 2018 en torno a 825.000 inmigrantes en situación irregular. Estos datos no son exactos, es el resultado de restar a los extranjeros censados aquellos que sí conocemos que tienen permiso de residencia. Pues bien, a pesar de la retórica de la persecución de la inmigración ilegal solo se expulsaron a 785 inmigrantes en 2017 según Eurostat, un tercio de los procedimientos que se iniciaron. Los no expulsados se quedan en un limbo jurídico “sin papeles” con el beneplácito de la Administración. Estos datos confirman que la inmigración ilegal no es tan perseguida y que se mantiene de manera irregular intencionadamente. Estos inmigrantes irregulares son las cuidadoras domésticas y las jornaleras, entre otros, que trabajan mucho por poco, gracias al chantaje continuo de la expulsión. El miedo es productivo para crear una mano de obra más barata y servicial. La patronal fresera de Huelva lo sabe y por eso existen los asentamientos chabolistas en torno a las plantaciones. Los propietarios de los invernaderos de El Ejido que votaron a Vox en las andaluzas, a pesar de que su mano de obra es inmigrante irregular en gran parte, también lo saben.

 La ordenación de la mano de obra inmigrante en base a las necesidades del mercado es una falacia, es solo una estrategia para mantener bolsas clandestinas de mano de obra barata a fin de reducir costes labores para la patronal, como también lo son el incremento de los contratos temporales, el abaratamiento del  despido, y descuelgues de convenios que afectan a la población autóctona. La inmigración, más que productiva para el mercado, es productiva para la alianza necesaria de las personas trabajadoras en pos de la conquista de mayores cuotas de derechos y justicia social

Fuente: https://ctxt.es/es/20181219/Firmas/23531/Pastora-Filigrana-mentiras-inmigracion-respuesta-a-Lant-Pritchett.htm#.XBzdPwUPXYs.twitter

lunes, 20 de agosto de 2018

¿Por qué hacemos de la inmigración un problema?


Quienes se empeñan en hacernos ver la inmigración como problema han encontrado este año un argumento que parece sostener sus tesis: la inmigración es considerada por los españoles, según el CIS, el quinto problema que tiene el país. A este dato hay que ponerle dos cautelas. En primer lugar, que cuando se pregunta por el problema que más afecta a la vida personal de cada cual, esta preocupación desciende al noveno puesto. Y en segundo lugar, que si comprobamos lo que pasó el año pasado –no así los anteriores–, la preocupación por la migración sube en verano y desciende en invierno, lo que abre no pocas preguntas. En 2017 la inmigración era, en el barómetro de julio, el séptimo problema, pero en diciembre, había descendido al duodécimo puesto. Haría falta un estudio en profundidad para poder sacar conclusiones; pero, al menos en un primer vistazo, conviene ser cauto con las afirmaciones contundentes.

No debemos cansarnos de recordar que los flujos migratorios forman parte de la historia de la humanidad y obedecen a múltiples causas. ¡Parece mentira que tengamos que recordarlo en este país! Si profundizamos en el análisis, como hace José Luis Villacañas en este artículo sobre el informe del Banco Mundial, veremos cómo los guardianes del liberalismo están viendo en la inmigración una oportunidad. Es más, como dice el autor, “Podemos preguntarnos si lo que vemos todos los días en el estrecho no será la utopía de regulación al modo neoliberal”. Hasta qué punto el sistema tiene esto asumido que, cuando apartas el ruido del escándalo y te quedas a solas con los datos, descubres, como publicaba este domingo infoLibre, que en España hemos tenido, entre 1985 y 2005, seis regularizaciones de inmigrantes: González legalizó 143.967, Aznar 453.891 y Zapatero 565.121. De la misma manera que Portugal acaba de aprobar un nuevo decreto de regularización que permitirá obtener un visado de residencia temporal a aproximadamente 30.000 inmigrantes que hayan contribuido a la Seguridad Social durante al menos un año. Entre los motivos, frenar una posible pérdida de la población activa portuguesa de un 40% en 2060.

Para entender bien el fenómeno hay que acudir a buscar las causas. Hoy, la desigualdad global, agravada más si cabe por el cambio climático, es el denominador común de muchos de estos movimientos migratorios, unido a la promesa de encontrar la tierra prometida que supone una imagen utópica de Europa, como narra el sociólogo Joseph Tanda.

Se han escrito y difundido numerosos informes, datos y gráficos que desnudan muchas de las mentiras que estamos escuchando sobre las migraciones, sobre los que entran a España por vía marítima, sobre los asaltos en las vallas, sobre los manteros, y sobre todo lo que tenga que ver con la inmigración. Una de las elaboraciones más completas es la que hace el profesor Javier de Lucas en este artículo. El paroxismo ha llegado a tal punto en este asunto que la representante de ACNUR en España, Francesca Friz-Prguda, en declaraciones a la cadena SER, informó haber solicitado una reunión a Pablo Casado y Albert Rivera para explicarles, con datos concretos, que ni hay "millones" de migrantes intentando llegar a España ni existe una "avalancha" de pateras hacia las costas europeas. Datos, información y argumentos, por tanto, sobran para echar por tierra la alarma social creada.

Y sin embargo, aparentemente –insisto, aparentemente–, existe. ¿Por qué? Supongo que lo más sencillo sería una vez más acudir al chivo expiatorio en que convertimos a diario a los medios de comunicación y buscar en un desenfoque del asunto la culpa de todos los males. No negaré yo que algo de esto hay, aunque un mínimo de rigor exige distinguir entre unos medios y otros, y un mínimo de coherencia implica ir más allá.

Creo que la clave la da el sociológico Antonio Izquierdo en esta entrevista publicada por infoLibre: "El sentimiento de amenaza ante la inmigración indica desintegración social". Efectivamente, uno de los efectos de la crisis que quizá aún no haya sido suficientemente estudiado es que nos ha convertido en una sociedad miedosa. Nos sabemos vulnerables, intuimos que la próxima puede llegar en cualquier momento –ojo a los indicadores globales–, y vivimos temerosos de que los próximos en caer seamos nosotros. Porque cada cual es consciente de que, aunque de la última nos hayamos salvado con más o menos solvencia, igual que personas próximas a nosotros se han visto en situación de desempleo, sin ingresos o próximas al desahucio, en la siguiente podemos ser nosotros mismos los que quedemos descolgados. Ahí puede estar una de las causas para explicar por qué tienen eco los mensajes que apelan al miedo al diferente y los que consiguen que la inmigración sea vista como un problema.

Otra explicación, ligada con lo anterior, la podemos buscar en la aporofobia, esa expresión acuñada por Adela Cortina para explicar el rechazo al pobre. No nos violenta el jeque árabe, la ingeniera alemana o el futbolista argentino que cobran sueldos millonarios, lo que genera rechazo es el inmigrante pobre. Y tras eso, hay toda una ideología neoliberal que hace creer que la pobreza no es fruto de desigualdades estructurales, sino el resultado de una culpa personal. Por eso los pobres son una amenaza, cuyos efectos se multiplican en un momento de aumento de las desigualdades.

Haríamos bien, como sociedad, en preguntarnos por qué estos discursos incendiarios, irresponsables y mentirosos encuentran eco en una parte de la población. Si no lo hacemos, quizá sea porque tememos encontrarnos una imagen no muy agradable de nosotros mismos.

Las sociedades democráticas deben abordar los flujos migratorios como fenómenos sociales complejos, con visión global, políticas integrales, de forma coherente y responsable. Deben asumir, además, que esto va de Derechos Humanos, no de mano de obra en función de las necesidades coyunturales. Y por si alguien –generalmente haciendo gala del mayor de los cinismos–, nos acusa de “buenismo”, podemos tirar de datos oficiales como los que se están publicando estos días en medios para este para recordar que la inmigración está jugando ya un papel crucial en nuestros desequilibrios demográficos, además de ser fuente de innovación y diversidad. De esta forma, conseguiremos ver la inmigración como lo que es, una oportunidad, y nos desharemos de esa idea de la inmigración como problema, que en el fondo, no es sino un síntoma de nuestra debilidad e incapacidad para gestionarla.


Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/08/20/por_que_hacemos_inmigracion_problema_85946_1023.html?utm_source=twitter.com&utm_medium=smmshare&utm_campaign=noticias&rnot=1087798

miércoles, 16 de agosto de 2017

"Atención: estamos siendo secuestrados por guardacostas libios, a punto de dispararnos"

El fundador de la ONG española Proactiva Open Arms denuncia en directo cómo los guardacostas libios obligan a su barco de rescate a abandonar aguas internacionales bajo amenazas de abrir fuego contra ellos

Un voluntario de Proactiva Open Arms rescata a un menor que iba junto a cientos de eprsonas en una bote hinchable en el Mediterráneo.- Una embarcación cargada de personas flota a la deriva en el Mediterráneo.- REUTERS/Yannis Behrakis
Un voluntario de Proactiva Open Arms rescata a un menor que iba junto a cientos de eprsonas en una bote hinchable en el Mediterráneo.- Una embarcación cargada de personas flota a la deriva en el Mediterráneo.- REUTERS/Yannis Behrakis
 "ATENCIÓN !! [el barco] Golfo Azzurro de [la ONG] @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos".

Así está narrando en directo Oscar Camps en su cuenta de Twitter los últimos acontecimientos en el Mediterráneo central, donde su ONG, Proactiva Open Arms, lleva más de un año rescatando a personas a la deriva que tratan de llegar a Europa huyendo del hambre y la guerra a través de la vía más mortífera que existe.

Una patrullera libia se acercó al "Golfo Azzurro" cuando la embarcación se hallaba en misión de búsqueda de inmigrantes en aguas internacionales del Mediterráneo y amenazó a sus tripulantes con abrir fuego si no se alejaba de la zona, dijo a Efe uno de los miembros de la organización.
Camps asegura que los guardacostas libios les obligaron a abandonar aguas internacionales, sobre las que no tienen ninguna jurisdicción. Y amenazaron con abrir fuego contra uno de los barcos de la ONG.

La diputada socialista, María Dolores Galovart, que iba a bordo del "Golfo Azzurro" como voluntaria de la misión internacional también ha denunciado "un intento de secuestro por parte de la Guardia Costera libia". "Nos han tenido vigilados y amenazados con armas y nos han obligado por la fuerza a suspender nuestra misión", ha dicho.

ATENCIÓN !! Golfo Azzurro de @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos
 Amenazados con abrir fuego si no ponemos rumbo a sus aguas territoriales, es un secuestro en toda regla. pic.twitter.com/QqVUqwlzrX

Ver imagen en Twitter

 @campsoscar
ATENCIÓN !! Golfo Azzurro de @openarms_fund está siendo secuestrado en aguas internacionales por Guarda Costas Libios, apunto dispararnos pic.twitter.com/sIBkIgFUdF
 @openarms_fund
Secuestro Aguas Internacionales por Guarda Costas libios.Amenazan con disparar si no seguimos órdenes

Nos es la primera vez que Proactiva Open Arms denuncia hoistigamiento por parte de los guardacostas libios, funcionarios de un país sin Gobierno estable, un Estado fallido al que la Unión Europea está destinando fondos millonarios para que cierre la puerta de la inmigración, al igual que ya hizo con Turquía hace más de un añó para frenar la llegada de refugiados a las costas de Grecia.
"Esta mañana los guardacostas libios financiados por Italia y la UE nos han amenazado de una forma muy agresiva, llegando a dispararnos por encima de nuestras cabezas, al aire. Ese barco estaba a 13 millas, fuera de las aguas libias (...) Ha sido un acto deplorable", narró el propio Camps la pasada semana, cuando uno de los barcos de la ONG se encontraba realizando labores de rescate en aguas internacionales.

Libia se adueña del Mediterráneo
Pero hace pocos días, las amenazas de Libia daban un paso más allá al exigir a las ONG que patruyan las aguas internacionales próximas al país norteafricano un permiso especial para llevar a cabo operaciones de rescate. Poco después, Libia Seguidamente Trípoli estableció su propia área de búsqueda y rescate (SAR, en inglés) frente a sus aguas territoriales, empujando más adentro a las ONG que rescataban en aguas internacionales.

Esta maniobra implica que Libia amplía sus competencias más allá de las 12 millas de aguas territoriales hasta 70 millas, dentro de aguas internacionales. Es decir, se apropió de varios kilómetros de aguas internacionales saltándose el derecho internacional ante la pasividad de la UE. Sólo Alemania se ha pronunciado al respecto aunque de una forma bastante descafeinada.

Esta decisión se suma a la puesta en marcha de un código de conducta para las ONG que patrullan el Mediterráneo que Italia está obligado a firmar. Esta postura ya ha supuesto que tres grandes ONG abandonen sus labores de recate. En concreto, Médicos Sin Fronteras (MSF), Save The Children y la alemana Sea Eye, informaron la semana pasada de que suspenden sus operaciones de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo como consecuencia de la inseguridad y la incertidumbre ante el reciente anuncio de Libia y al código de conducta italiano.

La ONU alerta de que aumentarán las muertes
Este martes, una experta independiente de la ONU ha advertido de que habrá más muertes de inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo Central debido a las razones que han obligado a desistir a esta tres ONG.

Resultado de imagen de Golfo Azzurro
Golfo Azzurro
 Agnes Callamard, ralatora especial de las Naciones Unidas, apunta en un comunicado que el nuevo plan de acción diseñado para apoyar a Italia a reducir la presión de las llegadas de inmigrantes y "aumentar la solidaridad" los países de la Unión Europea (UE) deben respetar sus obligaciones internacionales y proteger la vida de todo individuo.

Eso incluye a los refugiados e inmigrantes, "sin discriminación", recalcó Callamard en referencia al nuevo código de conducta italiano que prohíbe a las ONG que hacen búsqueda y rescate de migrantes el traspaso de estos a otras naves y las obliga a acoger a bordo a un oficial judicial armado para investigar a las mafias del tráfico de personas.

"Italia y la UE imponen procedimientos que podrían reducir la capacidad de las ONG para efectuar actividades que salvan vidas. Ello podría conducir a más muertes en el mar y la pérdida de vidas, siendo previsible y prevenible, constituiría una violación de las obligaciones de Italia en materia de derechos humanos", recalcó la relatora.

Para  Callamard está claro que "Italia, la Comisión Europea y los países de la UE consideran el riesgo y la realidad de las muertes en el mar un precio menor a cambio de disuadir a los inmigrantes y refugiados" de cruzar de Libia a Italia.

La experta también advirtió de que la financiación de 46 millones de euros de la CE a Libia para apoyar a su guardia costera y sus operaciones de búsqueda y rescate puede exponer a "más violencia abominable" a los inmigrantes y refugiados devueltos a ese país.