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jueves, 1 de diciembre de 2022

¿Está el humo de los coches alterando nuestra forma de medir la historia?

Los mismos gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento del planeta están dejando inservible la principal herramienta de la que disponemos para ponerle edad a las cosas. 

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Foto: The New York Public Library.

 543 piezas de marfil escondidas entre las maletas, desde pequeños objetos hasta colmillos completos de elefante. En junio de 2019, en una operación en el aeropuerto de El Prat, Barcelona, la Guardia Civil interceptó esta mercancía junto a muchos otros objetos procedentes del presunto tráfico ilegal de plantas y animales en peligro de extinción, incluyendo 2.296 especímenes de 70 especies de fauna protegidas. Pero, ¿era el marfil incautado realmente ilegal?

El comercio internacional de marfil está prohibido desde 1990. Ese año, los elefantes africanos obtuvieron la máxima protección bajo la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES). En buena parte del mundo, es legal vender los objetos de marfil anteriores a esa fecha. Por eso, poder datar con precisión los colmillos de los elefantes y hacerlo rápido es clave en este tipo de operaciones contra el tráfico ilegal de fauna y flora. Pero, a partir de ahora, el humo de nuestros coches y fábricas podría ponérselo un poco más fácil a los furtivos.

Aquel junio de 2019, la Guardia Civil acudió a la datación por carbono-14 para saber la edad del marfil. Este método, utilizado habitualmente, mide la proporción de carbono-14 (un isótopo radiactivo del carbono) en el objeto para deducir su edad. Cuanto más radiocarbono, más joven. Los test nucleares de los años 50 y 60 del siglo aumentaron artificialmente la proporción de carbono-14 en la atmósfera en poco tiempo. Sin querer, ayudaron a simplificar este método de datación: si hay mucho radiocarbono, el objeto es de los últimos 60 años. Aplicado al caso del marfil, si la proporción es alta, es más probable que los elefantes hayan sido cazados después de la entrada en vigor de la prohibición.

Sin embargo, la quema intensiva de combustibles fósiles está cambiando a gran velocidad la composición de la atmósfera, compensando el efecto de los test nucleares del siglo pasado y complicando la labor de los científicos encargados de ponerle edad a las cosas. “Las aplicaciones que se basaban en el aumento de carbono-14 desde los años 50, como la detección rápida de marfil ilegal, pronto serán imposibles”, explica Heather Graven, investigadora del Imperial College London y autora de una carta publicada en Nature que señala que las emisiones de gases de efecto invernadero no solo están cambiando el clima, sino también nuestra forma de medir la historia.

La historia en la radiactividad de nuestros huesos

El carbono es uno de los elementos químicos básicos para la vida y uno de los más habituales en la Tierra. En nuestro entorno, existe de forma natural en tres isótopos distintos (los átomos de cada isótopo tienen el mismo número de protones en el núcleo, pero diferente número de neutrones alrededor). Dos de estos isótopos son estables y abundantes, pero el tercero, el carbono-14, es inestable y menos habitual. Este isótopo radiactivo tiene un periodo de semidesintegración de 5.730 años, lo que quiere decir que cada 5.730 años reduce su presencia a la mitad. Hace tiempo que habría dejado de existir en la atmósfera si no fuese porque en ella se produce de forma natural.

El carbono-14 está mezclado de forma homogénea con el resto de carbonos del planeta. Y todos los seres vivos de la Tierra lo absorben, de una forma u otra, mientras están vivos y se alimentan. Al morir, dejan de hacerlo y el carbono-14 en sus huesos y sus tejidos empieza a desintegrarse lentamente. Esto quiere decir que si sabemos cuál es la cantidad de carbono-14 que tienen los restos, podemos deducir su edad. Este método de datación es muy usado por su precisión, y puede utilizarse para medir la edad de objetos que tienen hasta unos 55.000 años (en los vestigios anteriores, el carbono-14 ha desaparecido por completo).

La datación por radiocarbono es habitual en arqueología, pero también se usa en disciplinas como la criminología (para saber con precisión la edad concreta de restos humanos recientes, por ejemplo) o en la persecución de las redes de tráfico ilegal de especies o materiales como el marfil. En estos casos, es habitual utilizar como referencia el aumento repentino del carbono-14 provocado por los test nucleares de mitad del siglo pasado. Desde entonces, la proporción de este isótopo en la atmósfera debería haber ido descendiendo poco a poco. Pero los combustibles fósiles han entrado con fuerza en escena.

La cara B de las emisiones que cambian el clima

280 partes por millón (ppm). Durante unos 10.000 años, esa fue la proporción de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera terrestre. Pero en algún momento a mediados del siglo XVIII empezamos a quemar combustibles fósiles. Sus humos, además de partículas contaminantes de todo tipo, estaban cargados de dióxido de carbono y metano. Desde entonces, no hemos parado, y los últimos datos señalan que el nivel de CO2 es ya alcanza las 418 ppm. Es decir, un 50% más que hace 250 años. Este incremento está teniendo una consecuencia clara y cada vez más palpable: el cambio climático. Pero tiene una cara B que hasta ahora estaba pasando desapercibida.

“Cualquier combustible fósil que utilicemos tiene millones de años de antigüedad. Es decir, no contiene ya ningún rastro de carbono-14”, explica Heather Graven. “Esto significa que a medida que aumentamos la cantidad de carbono en la atmósfera procedente de la quema de combustibles fósiles, la proporción de carbono-14 va a ir descendiendo. El ratio de radiocarbono en la atmósfera es ya cercano al que había antes de la revolución industrial y está compensando con rapidez el efecto de la bomba de radiocarbono generada por los test nucleares el siglo pasado. Y seguirá bajando”.

Si se cumplen los escenarios más pesimistas de emisiones, esos en los que en el futuro seguimos consumiendo combustibles fósiles como hasta ahora y no hacemos nada por mitigar el cambio climático, Graven calcula que la proporción de radioacarbono en la atmósfera a mediados de siglo podría ser similar a la de la atmósfera de hace 1.000 o 2.000 años. Claro que, señala, son solo predicciones. “De cara al futuro, existe un rango muy amplio de posibilidades. Lo que pase dependerá de nosotros, de cuántos combustibles fósiles sigamos quemando”, añade.

Las emisiones de dióxido de carbono de origen humano están cambiando el clima, causando sequías más pronunciadas y extensas, huracanes más extremos, lluvias torrenciales más abundantes o incendios forestales más difíciles de apagar. A partir de ahora, también empezarán a alterar la forma en que interpretamos la historia, resolvemos un crimen o intentamos detener la caza furtiva de elefantes.

 Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/carbono-14-combustibles-fosiles-historia/

sábado, 14 de mayo de 2022

Corine Pelluchon: «Comer carne todos los días simplemente no es viable»

 La filósofa francesa acudió a Madrid para presentar su último libro, ‘Reparemos el mundo’, y debatió con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga sobre el lugar que ocupamos los humanos en el planeta. 

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La filósofa francesa Corine Pelluchon. Foto: FLORIAN THOSS

Corine Pelluchon trabaja con propósitos a largo plazo. La filósofa francesa es vegana y autora, para más señas, del Manifiesto animalista, pero sabe que no conseguirá que los humanos dejen de comer carne de la noche a la mañana. Es partidaria de la transición energética, pero opina que este proceso sólo puede desarrollarse en un periodo dilatado, sin revoluciones ni cambios radicales de paradigma. Su meta, como anuncia el título de su último ensayo, Reparemos el mundo (publicado por Ned Ediciones y traducido por Sion Serra Lopes), también es una tarea lenta, ya que trata de reconciliar al ser humano con el mundo natural. Sobre estas ideas dialogó con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga en el Institut Français de Madrid.

Todo el pensamiento de Pelluchon está articulado en torno a la, a su juicio errónea, contraposición entre derechos humanos y derechos animales (en los que podríamos englobar a toda la naturaleza). La Ilustración colocó al ser humano en la cima de la pirámide. El resto de los seres vivos, en ese esquema, estaban por debajo. «Pero no somos ni mejores ni peores», explica Pelluchon. «Simplemente vivimos existencias heterogéneas».

Como aclara Arsuaga, «la especie humana sólo era una especie más hasta hace 11.000 años. Es verdad que pintábamos bisontes en las paredes y que uno puede sentirse superior desde el punto de vista artístico o intelectual, pero en el ecosistema nuestra especie sólo era una más, sin ningún impacto especial, sin gran capacidad de transformación. Todo esto cambia con un invento: la domesticación de los animales y de las plantas. Ese es el gran cambio. No es un cambio biológico ni evolutivo. Es la misma especie de siempre, pero que empieza a cultivar y a criar ganado».

En opinión de Pelluchon, «hay que modificar la concepción del sujeto que sirvió de base a las filosofías de los siglos XVII y XVIII que representaron al hombre como un imperio dentro de un imperio, y a la naturaleza como un mero fundamento». Entre los conceptos que la autora cree que debemos modificar está «el dualismo cultura-naturaleza». Reconfigurar esta perspectiva es vital para hacer frente al desafío climático. «Y no hay un manual para hacerlo. Esto no es como reparar un coche», avisa. «No hay recetas, hay una actitud. Lo que yo propongo para poner la ecología en el centro de la política es, digámoslo así, una revolución antropológica. Se trata de promover un medio de desarrollo menos deshumanizador, menos injusto para los humanos y los no humanos, más sostenible. Hay que hacer un cuestionamiento de nuestro pensamiento, de toda nuestra educación, que nos hace creer que los otros seres vivos son simples medios para nuestros fines».

Pelluchon ha bautizado este orden (de alguna manera, antinatural) como «esquema de la dominación». Este esquema «lo transforma todo», asegura. «La agricultura, la ganadería, nuestra relación con los otros, la política, el trabajo… Todo lo transforma en guerra. Es una dominación, no sólo de los demás, sino de la naturaleza externa, de los ecosistemas, y también de nuestra propia naturaleza interior». La clave de la reconciliación entre nosotros y la naturaleza es «el reconocimiento de nuestra finitud, de nuestra vulnerabilidad y de nuestra condición terrestre. Y el conocimiento de nuestra interacción con otros seres vivos». A su juicio, esta toma de conciencia tiene un «impacto en nuestros afectos, en nuestra vida emocional. Cambia nuestra manera de actuar y también nuestras aspiraciones y deseos». Ella sitúa este cambio no sólo a nivel individual (que también) sino a «nivel civilizatorio».

El reto de la carne

Entre los cambios que el ser humano debe acometer frente a la emergencia climática está el de la alimentación. En este asunto Pelluchon hace una distinción entre el veganismo y el vegetarianismo de orden filosófico y el que imponen los límites del planeta. «Yo suscribo el primero, porque creo que arrebatarle la vida a un animal que quiere vivir, y que a veces es un simple bebé, no es algo que se pueda hacer alegremente», explica Pelluchon. «A ese veganismo ético hay que añadir otro ligado a las condiciones actuales. Cuando yo era niña había 3.000 millones de personas en el mundo y en mi casa comíamos carne dos veces por semana. Entonces era una cantidad aceptable. Hoy tenemos otras condiciones demográficas, ecológicas y sociales. Comer carne todos los días, cuando pronto seremos 8.000 millones de personas, simplemente no es viable».

Entre las razones que enarbolan los enemigos del vegetarianismo está el hecho de que siempre hemos comido carne, incluso de que nuestro desarrollo cerebral, a lo largo de la evolución, está ligado al consumo de carne. Podría ser cierto, aunque en la Prehistoria había unos condicionamientos físicos que ahora no sufrimos.

«Los yacimientos están llenos de huesos de herbívoros consumidos por nuestros antepasados, eso es una evidencia», explica Juan Luis Arsuaga. Y el fenómeno se da en mayor medida «en latitudes con climas estacionales, como la nuestra. En esas condiciones sólo se podía ser carnívoro porque no había ningún alimento vegetal disponible para un ser humano durante tres cuartas partes del año. Sí lo había en la época de la fructificación, pero entonces los árboles frutales no eran como los de ahora, que han sido modificados a lo largo de siglos de selección artificial. Un manzano silvestre, por ejemplo, da un fruto muy pequeño. Las bellotas no eran consumibles. Castañas había muy pocas. Sí había, por ejemplo, bayas y arándanos, pero todo en cantidades pequeñas y limitadas a un periodo de tiempo».

¿Puede usarse este argumento histórico para seguir consumiendo carne? En absoluto, y menos en las cantidades en las que los humanos lo hacemos en la actualidad. «Se consume demasiada carne», afirma Arsuaga. «La mayor parte de las proteínas animales que consumimos van directamente a la orina en forma de metabolitos. No se asimila. Una persona adulta, con una actividad normal, necesita muy pocos gramos de proteínas al día, y esto incluye las proteínas vegetales, claro. El equivalente sería apenas una loncha de jamón. Consumimos un exceso de grasas animales que no sólo no son beneficiosas sino que son perjudiciales para la salud. Y para el planeta más. Porque hay una cosa que se llama pirámide trófica y en cada uno de los escalones se pierde la mayor parte de la energía. Por eso es preferible consumir vegetales que consumir animales que se alimentan de vegetales. El hecho inobjetable es que se produce muchísima carne. No un poco más sino varios órdenes de magnitud más de la que es necesaria. Por eso se debería reducir. Esto no admite discusión. Es un hecho».

Pelluchon, a pesar de su compromiso animalista, no busca culpabilizar a los consumidores de carne. Cree, más bien, en un proceso de sensibilización que conduzca al reconocimiento de que «la matanza inducida de un animal para alimentarse o vestirse es moralmente problemática». Y para ello funciona mejor la emoción que la razón.

Es precisamente este exceso racionalista heredado de la Ilustración el que combate en sus libros. Con muchos matices, claro. Tantos que corre el riesgo de no ser entendida en una sociedad polarizada que quiere explicarlo todo en 280 caracteres. La razón, como explicaba en su libro Les Lumières à l’âge du vivant, debe ser defendida con uñas y dientes pero no puede ser reducida a un mero instrumento de cálculo y explotación. De la Ilustración, como de todos los procesos desarrollados en el pasado, «deben recuperarse algunas cosas y desechar otras», explica.

Los peligros de la nostalgia

Arsuaga coincide con ella en el peligro que entraña la nostalgia, que no es algo actual, ni mucho menos: «Todas las culturas y civilizaciones han creído en el mito de un pasado mejor en armonía con la naturaleza. Es el mito del buen salvaje de Rousseau, en pocas palabras. Hay que recordar que en el siglo XIX la esperanza de vida era de 30 años y que la mitad de los niños se moría antes de cumplir cinco años. ¿Acaso hay alguien que tenga nostalgia de la mortalidad infantil? Para algunos parece ser el ideal en cuanto a sostenibilidad, pero lo cierto es que eran sociedades patriarcales en las que la libertad no existía. Cuidado con estas nostalgias agrarias o ruralistas. En general, las soluciones a los problemas del presente están en el presente, no en el pasado. No vamos a desinventar el avión. Lo que se inventa no se puede desinventar. Las tecnologías, y aquí podríamos incluir también el gran cambio que se produjo con la agricultura, no se desinventan. En todo caso se desarrollan. Habrá que ver cómo nos desplazamos con avión, o sin él, pero de una manera que sea lo menos lesiva para el medioambiente».

En cuanto al desafío climático, Arsuaga se mostró optimista. «El pesimismo es una excusa para no hacer nada, para no comprometerse. Pensar que las cosas se pueden cambiar es una obligación moral», aseguró. En realidad, «no hay ninguna razón científica para decir que es imposible que las próximas generaciones puedan vivir en este planeta vidas plenas, felices y en armonía con la naturaleza. No la hay. Las razones para negar esa posibilidad no son de orden científico, son de carácter político. En Sumatra se están sustituyendo los bosques originales por plantaciones de palma que no son para el consumo de los indonesios sino para el de los habitantes del Occidente opulento. En el fondo del problema ecológico está la injusta distribución de la riqueza, que está en manos de unos pocos».

Pelluchon comparte esta visión, pero se esfuerza, en todas sus intervenciones, en desideologizar la causa ecologista. Esta postura, sin duda repelente a primera vista, tiene su explicación. Convertir la emergencia climática en munición para la batalla cultural desatada por la derecha global podría conducirnos al desastre. La ciudadanía, sobreexcitada por un ecosistema mediático y digital conservador (cuando no ultra), vota frecuentemente en contra de sus propios intereses. Es un hecho que las condiciones materiales de vida ya no constituyen un argumento sólido en ningún proceso electoral. Y las naturales o las ecologistas mucho menos. «Desconfío de las llamadas a la revolución. La única cosa que yo quisiera eliminar es el dogmatismo», explica. «No porque yo sea una persona amable sino porque tengo un sentido muy desarrollado para la tragedia. Creo que la violencia y el mal son tentaciones constantes».

En cualquier caso, la filósofa francesa no pierde de vista las implicaciones sociales de la necesaria transición energética: «Es un proceso que hay que colocar en un contexto social, geográfico y cultural. Y es perfectamente realizable. Por ejemplo, ¿podemos cambiar el modo de producción ganadero? Por supuesto. Yo soy abolicionista, pero hasta que llegue el día del fin de la explotación animal creo que habría que dar un salario de compensación a las personas que se dediquen a esa actividad de forma extensiva, a pequeña escala y respetuosa con el medioambiente. Porque, además, tienen un papel en la composición del paisaje. Pero las decisiones no pueden tomarse desde arriba, de forma vertical y tecnocrática. Y, con más motivo aún, debemos huir de la tentación autoritaria. La mayor parte de los políticos están de rodillas ante el poder del dinero. Alimentan un sistema extractivista y productivista. Es normal que los jóvenes estén enfadados. Yo también comparto esa cólera. El problema es saber qué hacemos con ella. Porque, a veces, la cólera puede ser mala consejera».

Fuente; https://www.climatica.lamarea.com/corine-pelluchon-carne-humanos/

domingo, 17 de abril de 2022

Antonio Turiel: «No es verdad que no se pueda hacer nada para parar el colapso»

 Entrevista con el doctor en Física Teórica e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que acaba de publicar 'El otoño de la civilización' (Escritos Contextatarios, 2022). 

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Antonio Turiel. Foto: Berta Alarcó/Crític.

  Antonio Turiel (León, 1970), doctor en Física Teórica, experto en oceanografía e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), acaba de publicar un nuevo libro, El otoño de la civilización (Escritos Contextatarios, 2022), con prólogo de Yayo Herrero y epílogo de Jorge Riechmann. De acento decrecentista y colapsista, lleva años alertando sobre la crisis energética y el pico del petróleo y otras materias primas, y sus análisis son a menudo críticos, tanto con los defensores de los combustibles fósiles, como también con los de las energías renovables. Fuera de la academia, su blog The Oil Crash y su canal de Twitter se han convertido en una referencia para activistas ecologistas. Su libro Petrocalipsis, sobre el abismo postpetróleo, se convirtió en 2020 en casi un best-seller ecologista.

 Hablemos del concepto “otoño de la civilización”, que aparece en el título del nuevo libro de artículos publicados en Ctxt con Juan Bordera. Explique el concepto: ¿Por qué otoño?

El otoño es la última etapa de la vida. Hasta el verano estuvimos creciendo: todo era fácil y abundante. Ahora esto se ha acabado. La civilización, tal como la entendemos hoy, está llegando a una fase crucial. Que nuestra civilización acabe puede querer decir que se adapte al nuevo escenario y, por lo tanto, aparezca una nueva cosa, o podría ser nuestro final tal como se han colapsado antes otras civilizaciones. Como decía Yayo Herrero, el invierno también podría ser una época de recogimiento hasta que llegara una nueva primavera. Pero, antes de eso, tenemos que superar una prueba. Los próximos años y décadas serán muy duros. Podemos prepararnos para pasar este invierno crudo, o sucumbiremos en invierno. Esta es la gran encrucijada.

“Estamos en el Siglo de la Gran Prueba”, dice siempre el filósofo y ecologista Jorge Riechmann.

Los científicos llevan tiempos avisando que las cosas son peores de lo que se reporta en los informes oficiales porque algunos gobiernos maquillan las conclusiones. La gran cuestión a decidir hoy en día ya no es qué hacer, sino cómo hacer la transición ecológica. Hoy se está intentando hacer una transición continuista, en la cual se intenta sustituir la energía fósil por una energía renovable eléctrica, suponiendo que esto se pudiera hacer.

Siguiendo con vuestra metáfora, ¿cuándo creen que se nos acabó el verano?

El verano acabó en 2008. El momento álgido de máximo esplendor de recursos sería en los años sesenta. ¡Ni nos preocupábamos por el futuro! Entonces empezaron a surgir las primeras tormentas como la guerra del Vietnam… y, sobre todo, la crisis del petróleo del 73 o la guerra entre Irán e Irak. A pesar de las advertencias del Club de Roma sobre los límites del crecimiento, nosotros seguimos adelante sin pararnos. Todo parecía que iba bien. Hasta… el 2008. Entonces todo el mundo vio que el sistema no podía seguir como hasta ahora, y todo estalló. Recordamos aquella crisis por las hipotecas subprime y todo eso, pero también fue una crisis energética, y fue el momento del pico de precios del petróleo, que llegó a 147 dólares el barril de Brent. Desde entonces, ya no hemos levantado la cabeza.

La tormenta perfecta nos llega después de la COVID-19: en plena pandemia, estallan todas las crisis, escasez de materias primas, récords de precio del petróleo y del gas, los alimentos se encarecen… y, el redoble final, la invasión en Ucrania con el enfrentamiento de fondo entre dos potencias nucleares.

Ahora están estallando las contradicciones que teníamos enterradas desde hacía muchos años. Ya teníamos muchos de estos problemas, pero los ignoramos. Científicos y organizaciones de la ONU llevan tiempo diciendo que estamos haciendo cosas insostenibles… pero las continuamos haciendo, y llega un momento en que la cosa se colapsa. Estos problemas se interpretaban como fenómenos aislados, pero están conectados. Y tienen su origen en una enfermedad: el problema de sostenibilidad del sistema capitalista, que nos aboca a la autodestrucción porque ha topado contra los límites biofísicos del planeta. Y este choque se manifiesta con la pérdida de biodiversidad, la escasez del agua, la degradación del medio ambiente, incluyendo el cambio climático, y el agotamiento de recursos naturales.

Y ahora… ¡la guerra! ¿En qué grado, en materia energética, dependemos realmente de Rusia?

Ni la Unión Europea ni tampoco los Estados Unidos pueden toser mucho a Rusia porque dependemos de ellos. El caso europeo es flagrante: el 45% del gas y el 30% del petróleo que importamos viene de aquel país. Pero, incluso en los Estados Unidos, el 22% del diésel que consumieron en febrero venía de Rusia… Y nuestras fábricas dependen de minerales que tienen los rusos, como por ejemplo el hierro, el aluminio, el titanio, el paladio… Por eso, Rusia se siente fuerte para hacer lo que hace. Y, por eso, a pesar de la retórica de nuestros dirigentes, nosotros no estamos en guerra contra Rusia y seguimos comprando gas, petróleo y todo lo que necesitamos de ellos.

Hay una frase del activista y pensador Luis González Reyes que creo que es clave para entender el momento: “Demasiadas cosas que parecían imposibles están pasando al mismo tiempo. ¿Estamos viviendo las primeras etapas del colapso”. ¿Está de acuerdo con él?

El colapso es un proceso, no es un acontecimiento instantáneo. Para explicar la caída del Imperio romano, se puede hablar del saqueo de Roma, o del último emperador romano; pero, en realidad, la caída fue un proceso que duró siglos. Pero nosotros vamos hacia un proceso de colapso más rápido, que puede durar décadas. Ahora estamos en un momento de procolapso: es decir, una situación que favorece el colapso, en lugar de mitigarlo o de retrasarlo. Las sociedades se colapsan porque se emperran en una idea equivocada: nuestra idea es querer un crecimiento infinito en un planeta finito. Pero también es cierto, y yo siempre lo remarco, que casi todos los procesos de colapso son reversibles. No es verdad que no se pueda hacer nada para pararlo.

El precio del petróleo está en cifras récord. Usted ha llegado a decir que, con estos precios del petróleo, estamos “al límite de resistencia de la economía mundial”.

El petróleo representa una tercera parte de toda la energía que consumimos. En el caso del transporte, es más del 95% de la energía. Y, en concreto, el diésel es la sangre de nuestro sistema globalizado. Además, el petróleo también es clave para derivados como plásticos, químicos y reactivos básicos para la industria. Por lo tanto, el petróleo es fundamental para la economía actual. Si sube demasiado de precio y esto dura demasiadas semanas, entraremos en recesión. El Estado español ya está al límite de resistencia, y es muy probable que de aquí a poco entremos en recesión. El único que nos podría salvar es la inyección económica monstruo de la Unión Europea a través de los fondos Next Generation, y esto inyectará de golpe, como si fueran esteroides, una mayor resistencia económica para España.

¿Por qué está subiendo el precio de la gasolina? ¿Es por culpa de la guerra en Ucrania y de las sanciones en Rusia?

¡No! Hace semanas que estaba subiendo. Los países de la OPEP se están quedando sin capacidad de producción ociosa de petróleo, es decir, no se pueden guardar producción para ponerla en el mercado más tarde y así controlar los precios. La producción de petróleo caerá entre un 20% y un 50% de aquí a 2025. Desde el año 2014, las empresas petroleras están reduciendo su investigación de nuevos yacimientos.

¿Y por qué?

Porque saben que perderían dinero. El que queda no es rentable. Lo que está pasando ahora se explica porque en el periodo de 2011 a 2014 las petroleras no subieron más los precios, a pesar de que estaban perdiendo mucho dinero, porque la economía no lo habría resistido, y perdieron dinero a puñados. Un informe del Departamento de Energía de los Estados Unidos, publicado en 2014, mostraba cómo las 127 empresas de petróleo y de gas más grandes del mundo estaban perdiendo dinero al ritmo de 100.000 millones de dólares anuales. De hecho, la Agencia Internacional de la Energía había avisado hace años de que los precios del petróleo subirían en el periodo que iba de 2020 a 2025. Los economistas clásicos dicen que, si las petroleras ganan dinero ahora… volverán a hacer inversiones para prospecciones de nuevos yacimientos, y que todo volverá a la normalidad, pero las petroleras ya han dicho que no buscarán más e, incluso, dicen que lo hacen para luchar contra el cambio climático. Aun así, yo intuyo que los gobiernos occidentales intentarán intervenir para tapar el agujero.

¿Y el precio del gas seguirá subiendo también? Rusia y Argelia no abren el grifo tanto como lo abrían antes…

El gas todavía puede resistir unos cuántos años más que el petróleo o que el uranio. Según la Agencia Internacional de la Energía, la producción de gas a escala mundial podría tocar techo en torno a 2025. Pero el problema que tiene el gas es que tiene un transporte difícil y caro, y la mejor manera de importarlo es por gasoducto. Transportar gas en barcos significa llevar el gas hasta una planta de licuefacción, mantenerlo a 160 grados bajo cero en un barco metanero con un coste energético muy alto, llegar hasta un puerto en Europa que tenga una planta regasificadora… y esto, por lo tanto, tiene unos costes económicos grandes y, además, generaría cuellos de botella en situaciones de tensión. Por lo tanto, la mejor opción para Europa es el transporte por tierra, y por tierra solo hay dos opciones: Argelia y Rusia. El problema es que la producción de gas de Rusia y de Argelia está estancada desde hace ya 20 años. Y, además, cada vez necesitan más consumo para ellos mismos, puesto que son países, sobre todo Argelia, jóvenes y en crecimiento.

Y, ya por último, el precio de la luz. ¿Por qué está en cifras tan altas?

Aquí tenemos dos problemas. El primer problema, el sistema marginalista para fijar los precios, que viene impuesto por una directiva europea. Esto funciona básicamente así: pagamos el precio de kilovatio por hora al precio que cueste la energía más cara que entre a la subasta. Y el segundo problema: como el gas ahora mismo en Europa da la energía más cara por los problemas de escasez, pagamos toda la energía eléctrica al precio de la del gas. Este problema, pues, a corto plazo tendría una solución fácil: simplemente, hay que cambiar la normativa de la subasta de energía, aunque las eléctricas protesten.

La alternativa serían las energías renovables, como la hidroeléctrica o la solar, teóricamente más baratas y ecológicas. Pero, en un artículo en su blog, muestra su crítica a la apuesta por las renovables. El título es controvertido: El fin de la energía renovable barata.

El problema que tenemos es que los sistemas de generación de energías renovables eléctricas se basan en la disponibilidad de ciertos materiales que se extraen, se producen y se transportan con combustibles de origen fósil. Por lo tanto, la crisis de combustibles fósiles está provocando a la vez una crisis de materiales, y lo que pasa es que las renovables necesitan muchos materiales. ¿Y qué está pasando? Que las materias primas se están encareciendo: el precio del silicio se ha multiplicado por cuatro, pero también se están encareciendo el litio de las baterías o el silicio para las placas solares. Pero es que incluso el cemento o el acero que se usan para construir aerogeneradores también tienen precios exorbitantes. Hay grandes empresas eólicas que están perdiendo dinero ahora… y firmas como LG han abandonado el mercado de las placas solares. Hoy por hoy, nadie ha conseguido cerrar el ciclo de producción de renovables, que va desde la extracción de materiales hasta la fabricación y el mantenimiento de instalaciones, solo con energías renovables. Para hacer cemento, se está usando gas natural. Para hacer acero, se está usando carbón. Este es uno de los grandes problemas que vendrán: conseguir hacer viable el modelo de transición basado en la energía renovable eléctrica.

Pero hay defensores de las renovables que aseguran que en un futuro se encontrarán nuevos materiales para mejorar la eficiencia y para generar más energía. De hecho, en los últimos 10 años han crecido las reservas de algunos de estos minerales como el litio.

Sí, lo dicen, y es cierto que se está investigando hacer baterías de sodio o de calcio. Desconocemos el futuro. Pero el argumento que hay o habrá nuevas reservas para los materiales que se agoten es un mal argumento. Los defensores de la energía nuclear también dicen que hay una cantidad inmensa de uranio en el mar. Es cierto, sí, ¿pero cómo lo extraes? Y también hay litio en el espacio, fuera de la Tierra. Pero la cuestión es cómo lo extraes y a qué velocidad.

Repasemos algunos productos básicos que no aparecen demasiado cuando hablamos de geopolítica, pero que tienen mucho más que ver de lo que podríamos pensar. Empecemos por la alimentación. ¿Qué está pasando aquí?

Suben los precios de los alimentos. ¿Por qué? Pues, primero, por el encarecimiento de la energía, puesto que la agricultura industrial requiere mucho de combustible fósil, sobre todo diésel, para toda la maquinaria y para el transporte. Pero, además, ahora sube de forma salvaje el precio de los fertilizantes, sobre todo los nitrogenados, porque buena parte de ellos se hacen a través de gas natural y, además, las plantas productoras estaban limitando la producción. Y, además, no olvidemos que China ha reducido en un 90% sus exportaciones de fertilizantes nitrogenados, y Rusia, el 1 de febrero, antes de la guerra, impuso un embargo de las importaciones de fertilizantes. Y, ya para acabarlo de arreglar, faltan potasas. ¿Y sabéis cuáles son los principales productores de potasas del mundo? Pues Rusia y Bielorrusia. Por todo ello, los trabajos del campo se están volviendo carísimos.

Y aquí, ¿la ciudadanía lo notará a la hora de comprar alimentos básicos?

¡Por supuesto! En España notaremos un encarecimiento de alimentos ya este mismo año. Los alimentos básicos pueden multiplicar su precio por dos o por tres. Lo notarán más algunos países dependientes de la importación de cereales, como todo el norte de África y el Oriente Próximo, donde la situación puede ser terrorífica. Vamos hacia una crisis humanitaria de grandes dimensiones. Pero, además, ahora lo notaremos todavía más por culpa de la invasión de Ucrania, que era el granero de Europa, un gran productor agrícola. España importaba de Ucrania un 30% del trigo, un 23% del maíz y más del 80% del aceite de girasol. Por lo tanto, de aquí a un mes, si la situación continúa igual, nos encontraremos unos problemas enormes en España.

Otro ejemplo completamente diferente, pero que también está afectando al hecho de que lleguen muchos productos a las tiendas: ¡falta magnesio en Europa!

La mayoría del magnesio proviene de China. La producción de magnesio necesita consumir mucha energía. Y China tiene una crisis energética muy grave ahora mismo. ¿Por qué? Porque la crisis del carbón, que es importante para China o India, está provocando muchos problemas energéticos allá y, de hecho, está provocando apagones eléctricos. Entonces, los chinos están yendo a un proceso bestial y rápido de transición hacia las renovables, y para hacerlo necesitan un montón de materiales. Se están guardando el magnesio para producir aluminio y hacer el proceso hacia las renovables, y van cerrando el grifo de la importación hacia Europa.

De acuerdo, ¿pero qué es lo que no puedes fabricar si no tienes aluminio? ¿Por qué nos tendríamos que preocupar?

Las ventanas de tu casa seguramente son de aluminio. Hay partes de los coches, de las motos o de las bicicletas que son de aluminio. Los cables de las torres de alta tensión son de aluminio, porque sería muy caro hacerlos todos de cobre. El fuselaje de los aviones está hecho de aluminio. Cualquier estructura metálica que veas por la calle contiene, en parte, aluminio. El aluminio tiene una capacidad de resistencia y ligereza que son capitales para fabricar muchas cosas hoy en día.

Hablemos de otro material: el vidrio. Este invierno han aparecido varias noticias en los medios que explican la escasez de vidrio para poder embotellar el vino, el cava y otros licores. ¿Cómo se explica que falte vidrio si es un material reutilizable?

El vidrio también está relacionado directamente con el gas y, en general, con la crisis energética. Todos los procesos industriales que requieren calor industrial necesitan grandes consumos de gas. Es cierto que el vidrio se recicla, pero el problema es que producimos mucho más del que reciclamos. La demanda es muy alta y creciente. Y no llegamos solo con el reciclaje. Habrá que reciclar mucho más, pero, atención, para reciclar el vidrio, hay que fundirlo de nuevo, y, por lo tanto, necesitará consumir más gas.

Y el último ejemplo de cosas que están subiendo de precio: el papel.

El papel es un caso diferente. Aquí se juntan muchos factores que están provocando una subida de precio. La causa principal es el encarecimiento del transporte; entre otras cosas, porque tanto los bosques como las grandes plantas de celulosa están lejos y, por lo tanto, tienen unos costes importantes en transporte. Pero, a la vez, hay problemas con los productos químicos que se usan en el proceso de la elaboración del papel, como el cloro, que, de hecho, también requieren el uso del gas.

A ver, para acabar, debo decirle que los críticos con Antonio Turiel le tildan de catastrofista, de ver solo los problemas que tiene la transición a las renovables y de no aportar nunca soluciones como las que buscan constantemente los científicos y la industria. ¿No hay ninguna alternativa?

Sí, sí. Lo que yo denuncio es que no podemos mantenerlo todo igual como hasta ahora simplemente sustituyendo el petróleo por equis. Lo que están haciendo los gobiernos y la industria es intentar cambiar la fuente de energía, y mantener nuestro nivel de consumo. Yo, y mucha otra gente, proponemos un cambio más radical. Hay estudios científicos que demuestran que podríamos tener un nivel de vida similar al actual y más equitativo en todo el planeta consumiendo el equivalente a la décima parte de la energía que consumimos hoy en Occidente. ¡Tendríamos que ser conscientes de que, la mayor parte de la energía que producimos, la derrochamos! Pero esto implica cambiar el modelo de consumo.

Pero ¿cómo? ¿Cómo se puede reducir el consumo de energía y mantener el nivel de vida?

Atención: yo digo mantener el nivel de vida, no el estilo de vida. El nivel de vida bueno viene determinado por las cosas que nos dan bienestar. Por ejemplo, seguramente no tendríamos un coche para cada familia; seguramente no tendríamos una lavadora para cada piso, sino que compartiríamos lavadora con todo el bloque de pisos. Este tipo de cambios no harían bajar nuestro nivel de vida. Las maneras de consumir tienen que ser diferentes. No podemos seguir con un consumo desechable, de derroche, de consumismo sin sentido, de obsolescencia programada de la mayoría de los productos. Hay muchos sectores tecnológicos en los cuales ya tenemos los conocimientos técnicos para hacer enseres prácticamente indestructibles. Ya se podría hacer un ordenador prácticamente eterno; se pueden hacer bombillas casi eternas. Pero no se hace, evidentemente, porque el incentivo es para consumir más. Hay mucha gente que se pone de mala hostia con quienes decimos esto, porque este cambio de modelo de vida atenta contra el principio sacrosanto del crecimiento.

¿Pero nos quedaremos realmente sin energía? No ves ninguna opción realmente para un futuro energético basado en las renovables…

La clave es no obsesionarse por tener energía renovable eléctrica, a pesar de que es muy útil en algunos sectores, sino también aprovechar la energía renovable no eléctrica, es decir, la solar para producir calor, la energía mecánica del viento y de los ríos para las fábricas, usar biomasa de forma moderada para producir plásticos o papel… Y, por último, relocalizar la economía. Pero este cambio implica acompasarse con los ritmos de la naturaleza y no tener una producción infinitamente creciente. ¡El problema es que no podemos ni empezar este debate! Porque esto implicaría unos cambios tan radicales en nuestro sistema económico que hoy en día son impensables.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/entrevista-antonio-turiel-critic/

martes, 29 de marzo de 2022

Mickaël Correia: «En el fondo, la resiliencia es un concepto muy neoliberal»

 El periodista de Mediapart analiza en su ensayo ‘Criminels climatiques’ las actividades de Saudi Aramco, Gazprom y China Energy, las tres empresas más contaminantes del planeta. 

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Mickaël Correia, periodista de Mediapart y autor del ensayo 'Criminels climatiques'. Foto: CHARLOTTE KREBS

  Aramco, la compañía petrolífera de la familia real saudí, está en el primer puesto del podio de las empresas más contaminantes del mundo, muy por delante de otras más conocidas como Chevron, Exxon Mobile o BP. La red de gasoductos rusos construida por Gazprom podría dar cuatro veces la vuelta al mundo. Las empresas chinas del carbón han emitido el 14,5% de todos los gases de efecto invernadero desde 1988, y la campeona de todas ellas es China Energy. Tres empresas manejadas con mano de hierro por tres regímenes autoritarios que, en el colmo de la desfachatez, son firmantes del Acuerdo de París.

Mickaël Correia (Tourcoing, Francia, 1983), periodista de Mediapart especialista en movimientos sociales y cuestiones climáticas, dedica su ensayo Criminels climatiques (editado por La Découverte) a analizar estas tres multinacionales energéticas. Si Aramco, Gazprom y China Energy fueran un país, serían el tercer país más contaminante del planeta, sólo por detrás de Estados Unidos y China. Sus tentáculos en forma de lobbying, corrupción, greenwashing y neocolonialismo se extienden por todo el mundo. No hay centro de poder, por exclusivo que sea, al que no tengan acceso. No hay yacimiento, de petróleo, gas o carbón, que no quieran explotar. Y no tienen ninguna intención de parar, digan lo que digan y firmen lo que firmen.

En España tenemos a Repsol. En Francia su equivalente sería Total. Del extranjero conocemos Exxon, Shell, BP… ¿Pero por qué no conocemos a los tres mayores contaminadores del planeta?

No sé lo que ocurrirá en España, pero en Francia el gran público no conoce estas empresas porque ha triunfado la idea de que son los consumidores quienes están detrás de este crimen, de que el calentamiento climático es una cuestión de responsabilidad individual y que puede frenarse simplemente con disciplina personal: comer como un mendigo, no tomar aviones, etc. Llevamos casi 30 años escuchando esto. Y el mensaje no ha calado sólo entre los políticos, también lo ha hecho entre muchos militantes ecologistas. La empresa que popularizó el concepto de «huella de carbono» fue la British Petroleum, a principios de los años 2000. Fue una gran operación de desviación a través del marketing. Y campaña tras campaña, estas empresas no sólo señalan a los consumidores como culpables. Van más allá y dicen: «Hey, no os equivoquéis. Nosotros no somos el problema. Somos la solución».

La noción de «responsabilidad individual» se puede relacionar con la de «resiliencia», promovida por muchos expertos en colapsología y con la que usted también está en desacuerdo. ¿Por qué?

La resiliencia es un concepto que nace en los años ochenta en el campo de la psicología. Dice que después de un gran trauma puedes encontrar una solución dentro de ti para superarlo. Eso aísla e individualiza el problema. Y en el caso del cambio climático, lo despolitiza, impide la búsqueda de responsables al actual caos climático. De hecho, socializa este caos y nos convierte en cogestores de sus efectos. Desactiva la dinámica política contra las grandes empresas emisoras de gases de efecto invernadero. Lo que nos dice la resiliencia es: «Tienes que cambiar tú mismo para cambiar el mundo en el que vives». En el fondo es un concepto muy neoliberal. Desde esa perspectiva, el sexismo o el racismo serían problemas entre personas individuales, no grandes construcciones sociales e históricas que impregnan nuestras sociedades. Y la violencia policial sería el defecto de unos pocos agentes y no algo sistémico, estructural en nuestras fuerzas del orden. Con el cambio climático ocurre lo mismo: no es la suma de malos gestos individuales.

Usted habla en su libro de «criminales», de «sepultureros del clima», de «contaminadores climaticidas»… El vocabulario siempre está relacionado con el mundo delictivo. ¿Por qué ha usado ese lenguaje tan frontal?

Precisamente porque a menudo tenemos un vocabulario demasiado pasivo. La palabra resiliencia sería un buen ejemplo. Y otra sería extinción. Lo que la biodiversidad sufre ahora no es una extinción como las ocurridas hace millones de años, es un exterminio activo por parte del capitalismo. Otra palabra con esas características es transición, para hablar de transición energética o climática. Lo cierto es que no tenemos tiempo para una transición. La fecha límite para conseguir los 1,5 ºC de subida máxima de las temperaturas es 2030. No hay tiempo para una gran ruptura, para un cambio radical. Para mí, efectivamente son criminales, en el sentido en el que desde 2015 sabemos que debemos mantener, aproximadamente, el 80% de las energías fósiles en el subsuelo. Y reducir la producción de petróleo y gas un 40% y de carbón un 11% de aquí a 2030. Pero estas empresas no tienen entre sus planes disminuir la producción, ni siquiera estabilizarla. De hecho, es al contrario: en ese plazo planean aumentarla un 20%. Total, por poner un ejemplo francés, tiene previsto aumentar su producción de gas fósil un 30%. Es criminal hacer eso cuando la ciencia está lanzando alertas todos los días en sentido contrario.

Y no son nuevas. Vienen de antiguo.

Ahora empezamos a saber que estas empresas conocían desde hace mucho, mucho tiempo que sus actividades eran perjudiciales para el clima. Total lo sabe desde 1971. Y las empresas estadounidenses lo saben desde antes de 1965 [fecha del informe que redactaron para el presidente Lyndon Johnson]. En 2020, la Agencia Internacional de la Energía, que está muy lejos de ser una organización ecologista, dijo que había que detener todos los nuevos proyectos de producción de energías fósiles. Y a pesar de todo, estas multinacionales han sido extremadamente activas a la hora de desplegar sus estrategias para convertirnos, por usar el vocabulario de la droga, en adictos a las energías fósiles.

Con consecuencias catastróficas, como sabemos.

En Europa Occidental, desde el pasado verano, hemos tenido multitud de incendios e inundaciones. En Alemania y en Bélgica hubo varias decenas de muertos. En Norteamérica ha habido incendios gigantescos. Y estas catástrofes climáticas no son nuevas: en los países del sur vienen ocurriendo desde hace al menos 15 años. En Bangladesh, 700.000 personas se ven obligadas a abandonar sus hogares cada año por la subida de las aguas. No debemos olvidar lo que los países del sur dijeron en la COP26 de Glasgow: «Ustedes hablan de una subida de 1,5 ºC, pero es que una subida de 1,2 ºC provoca huracanes monstruosos en nuestros territorios». Significa la desaparición de varias islas del Pacífico. Hay un impacto real sobre estas poblaciones, que son las más vulnerables.

Hoy ya nadie puede negar el cambio climático. ¿Cree, por tanto, que ha dejado de ser un tema científico para convertirse en un problema puramente político?

Pues sí, y creo que el gran problema es de imaginación. Tenemos dificultades para imaginar otro mundo más ecológico y sostenible. Y es lógico, porque el reto es extremadamente complicado. El petróleo, el gas y el carbón son la base de nuestra civilización industrial desde el siglo XIX. Destruir o deconstruir ese imaginario es muy difícil. El coche, por ejemplo, tanto en América como en Europa, es un símbolo de libertad, incluso de virilidad para algunos hombres. ¿Cómo se desmonta eso de un día para otro? La historia del ecologismo, además, es muy reciente. Llega al debate público en la década de 1970. El movimiento obrero, por ejemplo, lleva 150 años forjando un ideal de igualdad, de emancipación, de utopía. El ecologismo tiene aún que forjar ese gran imaginario con el que las masas puedan identificarse. Y debe hacerlo, para colmo, enfrentándose al inmenso poder del capitalismo fósil, que a través del lobbying despliega sus estrategias de corrupción, de greenwashing, de colonialismo para perpetuar sus actividades. Lo difícil, políticamente hablando, ya no es sólo crear el imaginario sino que éste sea capaz de darle la vuelta a esta relación de fuerzas.

Los dirigentes de Aramco, China Energy y Gazprom pronuncian a menudo discursos grotescos sobre su compromiso climático. ¿Por qué hay presidentes en todo el mundo que les siguen la corriente y no dicen nada? ¿Por qué nadie dice que el emperador está desnudo?

Efectivamente, hay un cinismo increíble por parte de estas empresas. El presidente de Aramco [Amin Nasser], por ejemplo, se ha burlado públicamente del coche eléctrico. ¡Ha llegado a decir que el petróleo es la solución para el calentamiento global! ¿Por qué los dirigentes políticos no dicen nada? Pues porque están íntimamente relacionados con ellos. Aramco tiene un laboratorio a 10 kilómetros de París que trabaja con una gran institución científica francesa para perpetuar el motor de explosión. ¡Y París es la capital europea en la que muere más gente por culpa de la contaminación de los automóviles! China Energy y EDF, la gran compañía francesa de electricidad, que pertenece mayoritariamente al Estado, tienen un acuerdo para crear un gran parque eólico en el mar de China. Lo firmaron en presencia del mismísimo presidente Macron. Pero es que EDF posee centrales de carbón hipercontaminantes en China desde los años noventa. Gazprom abastece de gas a más de 15.000 empresas francesas y a varias instituciones, como la Universidad de Estrasburgo o el Ministerio de Defensa. Hay lazos muy estrechos entre los Estados europeos y estas grandes compañías energéticas. [Otro ejemplo: el ex primer ministro francés François Fillon y su homólogo italiano Matteo Renzi trabajaron como consejeros de Gazprom hasta que Putin ordenó la invasión de Ucrania; el ex canciller alemán Gerhard Schröder sigue en nómina a día de hoy].

Si prestamos atención al discurso oficial de China, sus dirigentes dicen que quieren frenar el desarrollo de proyectos fósiles… pero que China Energy no les deja. ¿Esto es posible?

Es sorprendente, sin duda, porque podemos abrazar estereotipos en torno al gobierno autoritario chino, verlo como algo extremadamente vertical, y pensar que cualquier cosa que diga se traduce automáticamente sobre el terreno. China ha firmado el Acuerdo de París de 2015. Xi Jinping habla reiteradamente en sus discursos de «civilización ecológica». En los últimos años China ha anunciado su objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono en 2060 y ha prohibido la construcción de nuevas centrales de carbón en su territorio. Lo terrible es constatar que incluso en un país como China, el poder de lobbying de una empresa como China Energy es gigantesco. Su presión es tan grande que hasta ha impedido la creación de un Ministerio de la Energía en el país. A pesar de todos sus anuncios, vemos cómo China, de forma muy discreta, está construyendo toda una red de centrales de carbón en el extranjero. En términos de capacidad eléctrica, esta red equivaldría a todas las centrales de carbón de Estados Unidos. Y si todas ellas, las que están construyéndose y las que están en proyecto, entran en funcionamiento, será nefasto para el clima porque pueden hacer fracasar por sí solas el Acuerdo de París.

Recientemente, la Comisión Europea ha aprobado una nueva taxonomía con la que quiere etiquetar el gas y la energía nuclear como «energías verdes». Y Macron ha relanzado la construcción de reactores nucleares en Francia. ¿Deberíamos estar preocupados?

Por supuesto que sí. Y por muchos motivos. La nueva taxononía es una cosa loquísima. Macron quería relanzar la energía nuclear y para conseguirlo ha negociado con los países de Europa Central, especialmente con gobiernos ultranacionalistas y de extrema derecha, como el de Viktor Orbán en Hungría o el de Polonia, y ha cambiado cromos con ellos: «Vosotros me apoyáis para que la energía nuclear sea etiquetada como ‘verde’ y yo os apoyo con el gas fósil». Polonia, además, quiere seguir desarrollando proyectos basados en el carbón. La alianza es mortífera. Y Macron ha decidido todo esto él solo, sin abrir ningún debate, lo que afecta a nuestra calidad democrática. Además, al apoyar el gas se olvida de que las emisiones de efecto invernadero no se reducen al CO2. Y al apostar por la nuclear, una solución tecnoptimista para el clima por otra parte, oculta un detalle capital: que no hay tiempo para construir todas esas centrales [seis], ponerlas a funcionar y cumplir con sus objetivos climáticos antes de 2030, que es la fecha límite. Sin olvidar que la instalación de centrales obliga a militarizar grandes extensiones de territorio y produce una cantidad monstruosa de residuos que son radiactivos durante cientos de miles de años. Para mí, es una política peligrosa desde el punto de vista de la seguridad. Eso sí, aquí hay mucho dinero en circulación: la inversión para la construcción de estas centrales se ha multiplicado por seis y llega hasta los 20.000 millones de euros.

Usted dice en su libro que todos los países europeos son dependientes del gas ruso.

El 40% del gas que se consume en la UE procede de Gazprom, una empresa que, no lo olvidemos, pertenece al clan de Putin y es manejada directamente desde el Kremlin. En un contexto de subida de los precios de la energía es un instrumento geopolítico de enorme importancia, y está en manos de Moscú. Eso provoca que la relación de fuerzas sea una locura. Tradicionalmente, el gas ruso llegaba a Alemania a través de Ucrania, que cobraba por el derecho de paso. Pero a principios de los años 2000 se empezaron a proyectar y construir gasoductos que llevaban el gas ruso de forma directa primero a Alemania y luego al resto de Europa. Y el dinero que debía percibir Ucrania descendió considerablemente. En las actuales circunstancias Putin puede decir: «De acuerdo, cierro el grifo y se acabó». Eso no sólo afectaría a millones de hogares sino a toda la industria. Este gas, que es muy contaminante, encima convierte a Europa en rehén de un régimen autoritario. La compañía francesa Total ha invertido miles de millones en la explotación de campos de gas en Siberia y las sanciones económicas que pesan sobre Rusia afectarán enormemente a sus finanzas. Macron, por el momento, no las apoya, pero esto nos sirve para ver hasta qué punto estamos maniatados por Rusia en cuestión energética.

Efectivamente, tiene toda la pinta de un secuestro.

Y el día de la liberación, por decirlo así, no está cerca. Los nuevos yacimientos de Gazprom y Total en Siberia son explotaciones que pueden durar hasta el año 2100, incluso más. En cuanto a China Energy, las centrales de carbón que está construyendo en Asia y África tienen una vida media de 40 años. Y el nuevo proyecto de Aramco para revalorizar el petróleo, en caso de que descienda la demanda de gasolina, pasa por la fabricación de plásticos.

Con los efectos letales que tienen sobre el medioambiente y la biodiversidad…

Exactamente. Cada dos segundos se vierte una tonelada de plástico al mar. Bueno, pues eso va a aumentar gracias a Aramco, que ha desarrollado una tecnología petroquímica para doblar la rentabilidad del barril de crudo. Estas empresas nos tendrán secuestrados los próximos 50 o 100 años. Así que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que hay algo criminal en todo esto.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/correia-resiliencia-concepto-neoliberal/

 

lunes, 10 de enero de 2022

‘Vuelos fantasma’: la pesadilla climática de la pandemia que no cesa

 La aerolínea Lufthansa hará volar 18.000 aviones vacíos o con poca ocupación este invierno. Lo hará, como otras, para no perder sus derechos de vuelo, conforme a la normativa de la UE. 

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La aerolínea Lufthansa operará 18.000 vuelos sin pasajeros este invierno. Foto: ANNA ZVEREVA/LICENCIA CC

 El término ‘vuelos fantasma’ comenzó a hacerse familiar durante los primeros días de la pandemia de COVID-19. Aviones sin pasajeros –o con muy pocos– que efectúan su viaje para no perder sus franjas horarias y los espacios de despegue y aterrizaje en los aeropuertos. La última variante de coronavirus vuelve a traer el problema: con las nuevas restricciones y la situación de contagios, la historia se repite –aunque no es algo exclusivo de la época pandémica–, con consecuencias negativas para el clima. Esta vez, viene con queja de las aerolíneas y también de algunos responsables políticos, como el ministro belga de Movilidad, Georges Gilkinet.

La alemana Lufthansa asegura que este invierno deberá hacer volar unos 18.000 vuelos vacíos o con muy poca ocupación para no perder sus slots –derechos de vuelo–. Para esta compañía, son «vuelos sin sentido». Sin embargo, se trata de un sistema instaurado hace tres décadas en la Unión Europea que obliga a las aerolíneas a utilizar al menos el 80% de sus franjas horarias de despegue y aterrizaje para así conservarlas al año siguiente. Desde marzo de 2020, este umbral se redujo al 50%. Esta relajación en la normativa estará vigente hasta finales del próximo mes de marzo. A partir de entonces, la Comisión Europea establece que las aerolíneas tendrán que utilizar el 64% de las franjas horarias si quieren conservar sus derechos históricos.

El caso de Lufthansa no es el único. Desde Brussels Airlines calculan que deberán realizar 3.000 vuelos ‘fantasma’, principalmente dentro de Europa, hasta marzo. Su portavoz, Maaike Andries, asegura que preferirían cancelarlos. Para las aerolíneas, estos vuelos suponen pérdidas, pero también está sobre la mesa la contribución de estos vuelos –y del sector– al calentamiento global.

Contra los objetivos climáticos de la UE

La aviación ya ha sido señalada en numerosas ocasiones por obstaculizar el camino para hacer frente al cambio climático. Los ‘vuelos fantasma’ llevan esta cuestión al límite, ya que, según la plataforma internacional Stay Grounded, la aviación causa entre el 5 y el 8% del calentamiento global.

En un contexto de crisis climática, la normativa europea por la que los aviones siguen volando aunque estén vacíos puede resultar todavía más incomprensible. Así definió la situación el ministro belga de Movilidad, Georges Gilkinet. Según informa The Brussels Times, tras conocer el aumento del umbral al 64%, Gilkinet pidió a la comisaria europea de Transportes, Adina Valean, que reconsidere mantenerlo en el 50% actual hasta la próxima temporada de verano.

Para el ministro ecologista, además de los costos innecesarios para las aerolíneas, hay que tener en cuenta el daño al clima: las emisiones de los vuelos contradicen los objetivos climáticos de la Unión Europea, afirma. 

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/vuelos-fantasma-pesadilla-climatica-no-cesa/

viernes, 3 de diciembre de 2021

Un alegato contra la autodestrucción

 "Rachel Carson logró identificar los primeros pasos de una carrera dirigida a la autodestrucción que debería abrirnos los ojos hacia el futuro que viene, o bien hacia el pasado que lo predijo en sus páginas"

Rachel Carson. Foto: DEPARTAMENTO DE AGRICULTURA DE ESTADOS UNIDOS

Una lluvia de pájaros muertos cae sobre Detroit, a la que se suma un sinfín de cadáveres de ardillas, mapaches, conejos o peces de las aguas cercanas. Las mascotas de cada casa comienzan a enfermarse y también lo hacen sus inquilinos, quienes presentan síntomas como fiebre y náuseas que los obligan a acudir a los hospitales. Muchas de las criaturas que sobreviven se quedan estériles.

Esta es una de las escenas más duras del libro Silent Spring (Primavera silenciosa), escrito por la zoóloga y bióloga marina Rachel Carson y publicado en Estados Unidos en 1962. Unos años antes, la intención de acabar con una plaga de escarabajos condujo a las autoridades a rociar con pesticidas las cercanías de la ciudad de Michigan, sustancias que se precipitaron desde aviones que sobrevolaron la zona sin avisar a sus habitantes.

“La obligación de aguantar nos da el derecho a saber”, afirmó Carson en unas páginas que, escritas para el gran público pero debidamente documentadas tras cuatro años de investigación, informan sobre los efectos deletéreos que el uso indiscriminado del DDT y otros químicos estaban generando en la fauna, flora y población de todo el país. El volumen causó tanta devoción como espanto, se convirtió en bestseller; en poco tiempo, se granjearía el calificativo de biblia de los estudios medioambientales. 

Carson fue una de esas mujeres que, por artimañas de azar y un talento que bebe de su amor a la naturaleza, alcanzaría repercusión mundial aunque no le correspondiese por nacimiento. Nacida en un pueblo de Pensilvania en el seno de una familia humilde, contempló muy pronto cómo la industrialización acabaría con su entorno. A diferencia de su hermana, quien trabajaba en una central de carbón, la autora de Silent Spring pudo cursar estudios universitarios becada y emplearse en el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, una agencia gubernamental.

Antes de publicar el libro por el que hoy se la recuerda, el último debido al cáncer que acabaría con su vida, logró convertirse en una autora conocida por tres ensayos donde, con un lirismo muy fino, describía las maravillas del mar. En su última obra, sin embargo, los trazos poéticos se hallan en equilibrio con una abundante bibliografía científica que alertaba de los peligros del uso de pesticidas, a los que inteligentemente llamó “biocidas”, pues su poder destructivo no discrimina entre especies. 

Los problemas que explica meticulosamente divididos en capítulos –las consecuencias de contaminar las aguas, tanto superficiales como subterráneas; el daño en las primeras capas de la tierra, donde conviven insectos necesarios para regenerarla y orearla; o la incidencia de cáncer en humanos– se articulan en torno a un concepto de la naturaleza en perpetua interrelación con el hombre, cuando no en plena simbiosis.

De forma pionera, la autora cuestiona así la visión antropocéntrica que considera a la humanidad como un ente aislado de su hábitat y, al mismo tiempo, autorizado a arrasarlo para extraer sus recursos. La dicotomía cultura vs. naturaleza se tambalea, somos todos seres permeables y cada gota de pesticida viaja invisible en la cadena trófica, provocando desastres inimaginables. El progreso tecnológico, arma de futuro en mitad de la Guerra Fría, muestra su cara más oscura a partir de una industria química que, desarrollada en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, se manifestaría igualmente en la emergencia nuclear de entonces y en los métodos empleados para fumigar.

Mucho le debemos a Carson, tanto por los avances medioambientales que se consiguieron a raíz de la publicación del libro, como por las advertencias que, a pesar de sus enseñanzas, siguen vigentes hoy en día. Gracias a ella, Estados Unidos prohibió el DDT en los años 70, se creó la Agencia de Protección Medioambiental (EPA, en sus siglas en inglés) y se aprobaron normativas para la purificación del agua y la reducción de la contaminación.

Sin embargo, una oleada de críticas corrosivas intentó por todos los medios mitigar el impacto del bestseller: desde insultos dirigidos a su condición de mujer soltera, hasta acusaciones de “comunista” en pleno macartismo, pasando por un desprestigio construido sobre el argumento de que no poseía un doctorado. Sus enemigos no cesaron de atacarla y Silent Spring sigue, actualmente, engendrando detractores.

Por otra parte, en un mundo regido por el crecimiento económico a toda costa, su estudio fue considerado un intento de “volver a las cavernas”, un mantra despectivo y erróneo que se sigue repitiendo para referirse a los movimientos ecologistas, a pesar de la crisis climática actual. Carson, además, no se contentaba con un análisis exhaustivo de las consecuencias de los biocidas, sino que indagaba en el corazón mismo de la modernidad desde razonamientos morales: “La pregunta es si puede una civilización librar una guerra implacable contra la vida sin destruirse a sí misma, y sin perder el derecho a llamarse civilizada”. 

La respuesta, encontrándonos ahora en mitad de lo que la comunidad científica llama “sexta extinción”, tras la desaparición de cientos de especies a un ritmo inaudito y la amenaza de otras tantas, parece ser negativa. Incluso la supervivencia de la humanidad está en cuestión dependiendo de cómo se gestionen la producción y uso de sustancias tóxicas, las emisiones de gases de efecto invernadero y, en general, el cambio climático. Carson logró identificar los primeros pasos de una carrera dirigida a la autodestrucción que debería abrirnos los ojos hacia el futuro que viene, o bien hacia el pasado que lo predijo en sus páginas. 

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/rachel-carson-alegato-contra-autodestruccion/

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Zakia Khattabi: «No perdáis tiempo en discutir con la ultraderecha»

 Entrevista a Zakia Khattabi, ministra belga del Clima, Medio Ambiente, Desarrollo Sostenible y 'Green Deal': “Necesitamos un cambio de mentalidad y que se comprenda que, si todos nos ponemos de acuerdo, podemos construir una sociedad mejor”. 

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Foto: Zakia Khattabi

 “Intento establecer alianzas con las empresas. He perdido toda la inocencia en ese sentido”. Zakia Khattabi (Saint-Josse-ten-Noode, 1976) lo tiene muy claro: no hay tiempo que perder. Antes de convertirse en la ministra belga del Clima, Medio Ambiente, Desarrollo sostenible y Green Deal, fue activista y presidenta de Los Verdes en su país. Hoy su partido es uno de los siete que integran el actual gobierno de coalición, y ella se está especializando en llegar a acuerdos.

Durante su participación en la Uni Verde, organizada por Equo en Madrid el pasado octubre, Khattabi reconoció que, como líder ecologista, podía ser más asertiva, pero ahora debe conjugar muchos intereses, a menudo opuestos. Pese a todo, cree que las empresas están empezando a cambiar: “No lo hacen por justicia social ni por equidad, por supuesto que no. Pero tenemos que luchar juntos”, afirma, y recuerda que la última encuesta del Grupo AXA concluye que el cambio climático es percibido como la principal amenaza para el planeta. 

En ese contexto, las reconversiones que se avecinan le merecen atención especial. “En Bélgica tenemos una industria puntera, la química. A esas empresas les digo que, igual que hoy están entre las primeras, quiero que lo sigan siendo en 2050, en el nuevo mundo descarbonizado. Para lograrlo, debemos analizar qué se hizo mal en el pasado. En Valonia, donde el sector de la metalurgia era muy potente, se pensó que había que salvar empleos sin hacer ningún tipo de reconversión. Hoy vemos que aquello fracasó. Si queremos salvar a las empresas que tienen que adaptarse al cambio climático, debemos acompañarlas en esa transformación”.

Las negociaciones de Khattabi también son internas. En octubre presentó un plan para implicar a los distintos ministerios en la lucha contra el calentamiento global. Con este fin, han consensuado distintas hojas de ruta que incluyen medidas prácticas, cuantificables y ejemplares. La ministra insiste en este último adjetivo, “las administraciones deben dar ejemplo”. Por ello, hay deberes para todas. A la titular de Defensa, un departamento con muchos edificios a su cargo, le ha propuesto un plan de eficiencia energética que también será evaluado a partir de datos concretos. 

“A lo largo de este primer año, he conseguido trabajar en alianzas internas hasta el punto de que hoy algunos ministros comunican iniciativas que son de mi competencia. Eso me parece muy positivo”, asegura. Otra de las muchas cosas que parece tener claras es que así será más fácil que se cumplan los objetivos comprometidos en el pacto de gobierno, que fue promocionado como el más verde posible. Si no se alcanzan, la responsable de las políticas climáticas será “quien pague los costes”. Sobre eso tampoco alberga dudas.

Límites incomprensibles

Khattabi admite haber vivido varias sorpresas desde que es ministra. Desde sus tiempos de activista, conoce bien las presiones y resistencias para evitar cambios del sistema, pero no esperaba que, al intentar trasponer la directiva europea para prohibir los plásticos de un solo uso, algunos colegas le dijeran que tuviera cuidado con hacer más de lo que exigía la UE. “Europa es mi principal aliada. Sin embargo, cuando mandé la propuesta, la misma Comisión me dijo que estaba haciendo de más. Y eso me resulta un poco raro, no entiendo que se pongan límites”. Por el contrario, pide a los movimientos sociales que presionen para que las exigencias sobre reducción de emisiones sean más ambiciosas que el 55% respecto a 1990 al que ya se ha comprometido su Ejecutivo para 2030.

Algunas resistencias frente a la transición ecológica sí son “legítimas” en opinión de Khattabi. Es normal que la gente tenga miedo a perder sus puestos de trabajo y que cuestione las medidas si estas no se promueven con criterios de justicia y a favor del interés común, argumenta. “Hay que hacer entender que los ecologistas no queremos volver a la sociedad que se alumbraba con velas. Necesitamos un cambio de mentalidad y que se comprenda que, si todos nos ponemos de acuerdo, podemos construir una sociedad mejor”. Se trata de aprovechar la “ventana” que deja abierta el sexto informe del IPCC, cuya primera parte se hizo pública este verano. 

“Yo ya no intento convencer a la gente sobre los peligros de la situación a la que nos enfrentamos. Para eso están los informes científicos. Por desgracia, ya no es necesario ni sirve de nada ponernos catastrofistas. Aquí la gente ya ha experimentado la catástrofe en sus carnes”, añade. Además de la pandemia global, la población belga sufrió el pasado julio las graves inundaciones que golpearon el centro de Europa y que en la región de Valonia provocaron más de 40 víctimas mortales.  

“Hay que cambiar la narrativa”, enfatiza Khattabi. No es cuestión de lanzar mensajes “positivos”, sino de que estos suenen más cercanos. “A mi madre no le hablo del artículo 6 [de la Convención Marco de Nacional Unidas sobre Cambio Climático], sino de su día a día. Ella ha sufrido mucho este verano. Vive en un piso pequeño, pero no podía salir a pasear porque está todo rodeado de hormigón y hacía un calor horrible. El artículo 6 somos nosotros, lo que nos afecta”. Por eso, con la gente que ha sufrido las inundaciones de Valonia hay que reflexionar sobre el modo en que un plan urbanístico puede afectarles y de cómo es necesario desarrollar políticas de adaptación y mitigación.

Para estos diálogos, Khattabi dice que no hay que ahorrar palabras. Sí hay que hacerlo, opina, ante quienes solo persiguen obstruir la acción climática. En este sentido, recuerda al presidente de un partido que participa en la coalición del Gobierno belga que afirma que la crisis climática no se va a solucionar “comiendo quinoa”. Por supuesto, nadie propone que se resuelva comiendo quinoa, sino reformando la fiscalidad, entre otras medidas. ¿Y quién se opone justo a esas reformas? Ese presidente, confirma. 

En cualquier caso, Khattabi cree que apenas nadie en su Ejecutivo se resiste a la acción climática, salvo alguna excepción. Por ello, busca puntos en común con el máximo de opciones políticas, también con los liberales, que siguen proclamando las bondades de futuras soluciones tecnológicas. “Pero no perdáis el tiempo discutiendo con la ultraderecha. Es mejor ir a hablar directamente con su público. Cuando gobernamos a nivel local, la gente deja a un lado los grandes discursos, ve la realidad y comprueba que los cambios son posibles”. Khattabi también aboga por resistir a la tentación de justificarse ante quienes les cuestionan por usar vaqueros o viajar en avión con el único objetivo de enmarañar y postergar debates esenciales. Y, a modo de consejo, reitera su estrategia: “Id vosotros a hablar con las empresas, no las dejéis en manos de la derecha”.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/entrevista-zakia-khattabi/

jueves, 4 de noviembre de 2021

Los principales patrocinadores de la COP26 producen 350 millones de toneladas de CO2

 Las 11 empresas seleccionadas como los “principales socios” de la COP26 causaron más contaminación de gases de efecto invernadero a nivel mundial que la producida en todo Reino Unido durante 2020. 

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Stand de ScottishPower en la zona de prensa del Scottish Event Campus de la COP26 de Glasgow. Foto: ANDREW MILLIGAN/ PA via REUTERS

Según el análisis publicado por la cooperativa de periodismo de investigación escocesa The Ferret, las 11 empresas seleccionadas como los “principales socios” de la cumbre climática de Glasgow, la COP26, produjeron una huella de carbono de casi 350 millones de toneladas de CO2 en 2020.

Las 11 compañías que forman la lista son: la multinacional energética escocesa SSE, ScottishPower, Sky, Sainsbury’s, Unilever, NatWest, National Grid, Microsoft, Hitachi, Reckitt y GlaxoSmithKline. 

Según las cifras provisionales oficiales, las emisiones totales producidas dentro de Reino Unido el pasado año ascendieron a 326,1 millones de toneladas. Las emisiones de estas empresas también fueron más altas que las producidas en otras naciones relevantes de Europa occidental, como Francia, España o Italia. 

Los activistas medioambientales han calificado este impacto climático producido por los principales socios de la cumbre climática como “asombroso“. “La COP26 no debería tratarse de que las grandes empresas tengan una oportunidad de marketing para aparentar credenciales ecológicas mientras, en la realidad, hacen muy poco”, argumentan. 

Por otro lado, los colaboradores de la COP26 señalan que todos ellos ya estaban suscritos a objetivos “ambiciosos“ para reducir las emisiones. Subrayan también las “reducciones considerables“ que, a su juicio, ya habían logrado.
Asimismo, explican que algunas de estas emisiones podrían contabilizarse por duplicado, ya que las emisiones directas e indirectas de las empresas podrían superponerse.

El análisis revelado por The Ferret examina los informes anuales de sostenibilidad de estos 11 colaboradores principales, que dividen sus emisiones en tres categorías.

Las emisiones de alcance uno y dos, que incluyen los gases de efecto invernadero (GEI), y son las producidas directamente por las operaciones de una empresa, como edificios, vehículos, la electricidad o la calefacción.

Las emisiones de tercer alcance son indirectas: se incluyen las de bienes y servicios adquiridos, el transporte y el uso de productos de las empresas. Esta fue, con diferencia, la mayor categoría de emisiones entre los patrocinadores de la COP26, responsables de un total de 270 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en 2020.

Los socios principales fueron seleccionados por el gobierno de Reino Unido, anfitrión de esta emblemática cumbre del clima.

Contaminación climática de los patrocinadores de la COP26
EmpresaEmisiones totales en 2020 (toneladas de CO2e)
ScottishPower/Iberdrola72.737.145
Hitachi72.370.000
Unilever61.176.269
Reckitt35.900.000
Red Nacional35.874.000
Sainsbury’s27.481.242
GSK15.900.000
Microsoft11.164.000
ESS11.030.000
Cielo2.341.414
NatWest131.865
Total345.974.070
Fuentes: informes de sostenibilidad de las empresas.
Emisiones y otras controversias

Además de su huella de carbono, los principales patrocinadores también se han visto implicados en un sinfín de controversias, incluidas las relacionadas con las relaciones laborales, el medio ambiente y los derechos humanos.

Ibedrola, empresa matriz de ScottishPower, fue el mayor contaminador durante el pasado año de estos once socios, causando más de 72,7 millones de toneladas de emisiones. En España, donde ocupa el octavo puesto como mayor contaminador a nivel nacional, la compañía ha enfrentado críticas por provocar escasez de agua en tres localidades.

ScottishPower, por su parte, defiende el hecho de que su cartera se compone únicamente de energía renovable, pero una investigación de The Ferret reveló, en febrero de 2021, que Iberdrola había abierto dos grandes plantas de gas fósil en México desde el año 2018.

Un portavoz de la empresa española señala que durante el primer semestre de 2021, el 80 por ciento de su energía se produjo a partir de fuentes renovables. La compañía planea reducir sus emisiones directas e indirectas, en línea a los objetivos establecidos en el Acuerdo de París de 2015, según este mismo portavoz.

El segundo en la liga de patrocinadores contaminantes es Hitachi. La multinacional japonesa sigue de cerca las cifras de Iberdrola, con unas emisiones que llegan a un total de casi 72,4 millones de toneladas el pasado año. En marzo de 2020, un grupo de expertos australianos nombró a Hitachi entre una larga lista de empresas que, supuestamente, tenían fábricas en su cadena de suministro que utilizaban trabajo forzoso de musulmanes uigures en China. Sin embargo, la compañía afirmó que, tras una revisión interna de las fábricas, no encontró evidencia del uso de dicho trabajo forzoso.

Tal y como aparece en su informe de sostenibilidad, NatWest produjo el menor número de emisiones de las once empresas principales de la COP26. Sin embargo, estos datos no parecen tener en cuenta las emisiones provocadas por su inversión en combustibles fósiles. Según una investigación del grupo Fossil Banks, Natwest invirtió 13.39 mil millones de dólares en proyectos de combustibles fósiles en todo el mundo entre los años 2016 y 2020. Esta suma incluía enlaces a la financiación del Proyecto de Oleoducto Trans-Mountain en Canadá, que una vez finalizado podría transportar 590.000 barriles adicionales de crudo de las arenas bituminosas de Alberta cada día.

Los fondos de NatWest también están vinculados a la mina de carbón Cerrejón en Colombia, la más grande de América Latina y una de las mayores del mundo. La constante expansión de Cerrejón desde 1976 ha ocasionado la destrucción de aldeas enteras pobladas por indígenas locales.

Natwest afirma que ha tomado medidas para reducir sus inversiones en sectores expuestos a “mayores riesgos relacionados con el clima“. Esto incluye una disminución de 700 millones de libras esterlinas en la exposición a las compañías de petróleo y gas en el primer semestre de 2021, según un interlocutor de Natwest.

Otro de estos once patrocinadores, la empresa Unilever, produjo más de 61 millones de toneladas de emisiones directas e indirectas en 2020. Además, sus productos son una importante fuente de residuos plásticos. Según una investigación publicada el pasado año, Unilever produce 70.000 toneladas de plástico al año, suficiente para cubrir 11 campos de fútbol al día. La empresa también ha sido condenada en el pasado por comprar aceite de palma a proveedores responsables de incendios forestales en Indonesia y de destruir la última extensión de la selva tropical de Sumatra.

Unilever, por su parte, afirma que las empresas responsables de estos hechos ya no forman parte de su cadena de suministro. En 2017, se comprometió a hacer que todos sus envases de plástico fueran reciclables, reutilizables o compostables para 2025. El año pasado también se comprometió a eliminar la deforestación de la cadena de suministro de sus cultivos clave para el año 2023.

A lo largo de sus operaciones y su cadena de suministro, la empresa SSE emitió 11 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en 2020. Fue el único socio principal cuyas emisiones directas superaron en número a sus emisiones indirectas. Esto tiene que ver, en gran parte, con su central eléctrica Peterhead. Según reveló The Ferret, esta ha sido la más sucia de Escocia en 2020.

Desde SSE afirman que la central Peterhead proporciona una importante estabilidad para la red eléctrica escocesa. La compañía argumenta que esto permite que más proyectos de energías renovables sigan adelante y, como resultado, afirman, la planta juega un papel en la transición energética.

Sainsbury’s fue el único de los once principales socios que no publicó un desglose de sus emisiones indirectas correspondientes a 2020. Si estas se hubieran mantenido al mismo nivel de sus cifras de referencia de 2018-19, la compañía habría producido más de 27 millones de toneladas de emisiones el pasado año. La cadena de supermercados afirmó que ha tomado medidas para reducir estas emisiones desde 2019 y comenzará a informar sobre sus emisiones indirectas actualizadas a partir del próximo año.

Reckitt no publica un desglose de sus emisiones directas e indirectas. Su total de emisiones ascendió a casi 36 millones de toneladas en 2020. Al igual que Unilever, Reckitt ha sido criticada por no eliminar gradualmente el aceite de palma de sus productos. La firma de bienes de consumo aparece en una lista de grandes empresas que no lograron eliminar la deforestación causada por la industria del aceite de palma de su cadena de suministro.

Desde el año pasado, Reckitt contaba con Wilmar International –el mayor productor de aceite de palma del mundo como uno de sus proveedores. A su vez, Wilmar ha estado implicado en actividades de deforestación y presuntos abusos de los derechos humanos, según Amnistía Internacional.

Reckitt afirma que el 75% de sus emisiones de 2020 fueron causadas por la electricidad y la energía utilizadas para hacer funcionar sus electrodomésticos en el hogar. También aseguran haber reducido la huella de carbono directa de sus fábricas en un 50% desde el año 2012.

Las emisiones anuales de National Grid quedan muy por detrás en la lista de Reckitt. La empresa de electricidad y gas que opera en Gran Bretaña y Estados Unidos, produjo casi 36 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en 2020. National Grid, por su parte, asegura que su objetivo era alcanzar cero emisiones netas para 2050 y que ha logrado una reducción del 68% desde 1990.

Microsoft produjo más de 11 millones de toneladas de emisiones directas e indirectas en 2020. Sin embargo, un estudio ha demostrado que la asociación de Microsoft con el gigante petrolero ExxonMobil para mejorar la “eficiencia operativa en la Cuenca Pérmica“ tiene la capacidad de inflar sus emisiones anuales en un 21%.

La Cuenca Pérmica es una de las regiones productoras de petróleo más grandes de América del Norte. El gigante tecnológico también es uno de los mayores compradores corporativos de vuelos, a pesar de tener su propia plataforma de videoconferencia. Microsoft explica a The Ferret que está animando a sus empleados a realizar más reuniones en su plataforma Teams. También aseguran “lanzar un enfoque de sostenibilidad en toda la empresa“.

GlaxoSmithKline (GSK) y Sky fueron los únicos dos socios principales que no respondieron a las solicitudes de The Ferret sobre sus emisiones.

La compañía GSK contribuyó a casi 16 millones de toneladas de emisiones en 2020. La farmacéutica se posicionó en contra de un plan propuesto por la Organización Mundial de la Salud para compartir voluntariamente tecnología, conocimientos técnicos y propiedad intelectual sobre vacunas y tratamientos contra la COVID-19.

Grupos activistas han señalado que la desigualdad en el acceso a las vacunas ha impedido que algunos delegados del sur global asistan a la COP26. El plan de la OMS fue diseñado para debilitar la propiedad intelectual y alentar el desarrollo de vacunas en los países pobres.

Por su parte, la empresa británica de telecomunicaciones y radiodifusión Sky produjo más de dos millones de toneladas de emisiones directas e indirectas en 2020.

COP26 y ‘greenwashing’

La responsable de las campañas de Friends of the Earth Scotland –Amigos de la Tierra de Escocia–, Mary Church, asegura que si bien la COP26 debería tratar de “llevar a cabo la acción real necesaria para abordar el colapso climático“, se ha convertido en un “escaparate para blanquear, ecológicamente, la reputación de los grandes contaminadores“. 

“Las grandes empresas utilizan el prestigio de patrocinar eventos como las citas climáticas de la ONU para distraer del lado sucio de cómo ganan su dinero y obtener, además, acceso privilegiado a quienes toman las decisiones“, afirma Mary Church. “Esta apropiación empresarial es un factor clave en el fracaso de los gobiernos para implementar las soluciones reales y transformadoras que no solo aborden la crisis climática, sino que también mejoren la vida de la gente, aquí en Escocia y en todo el mundo. Ya es hora de que los grandes contaminadores sean expulsados de las conversaciones sobre el clima y de los pasillos de poder en todas partes para siempre“, concluye la jefa de campañas de Friends of the Earth Scotland.

Scott Tully, del grupo de campaña Glasgow Calls Out Polluters, describe las emisiones de los principales socios como “asombrosas“. “En lugar de ser consideradas responsables de sus daños climáticos históricos y continuos, estas empresas han pagado para hacer un lavado ecológico por sus impactos climáticos”, apunta Tully. “La última jugada de los grandes contaminadores es promover ferozmente sus credenciales verdes, pero para que la COP26 tenga la oportunidad de apoyar soluciones reales, debemos resistir a quienes intentan convertir la crisis climática en un espectáculo paralelo corporativo“, añade. 

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Ferret. Esta historia forma parte de una serie que esta cooperativa escocesa de periodismo de investigación está publicando con motivo de la COP26. Las investigaciones han sido apoyadas por la Fundación Europea del Clima, que no se hace responsable del uso que pueda hacerse de la información contenida o expresada en ella.

 Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/patrocinadores-cop26-contaminacion/