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lunes, 22 de agosto de 2022

“O cambiamos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo”

Alicia Valero en una intervención pública en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona / youtube.es

 Alicia Valero (Zaragoza, 1978) es una referencia en el estudio del consumo de recursos. Hace 18 años que lo estudia desde el Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (Instituto CIRCE). Dirige el grupo de investigación de ecología industrial de este centro, y también da clases en varios grados y másteres de la Universidad de Zaragoza. En 2021 ha publicado Thanatia. Los límites minerales del planeta (Icaria), un libro en formato de entrevista donde divulga la crisis de los materiales junto con su padre, también experto en la cuestión. En la vertiente académica, Valero ha sido más prolífica: 126 publicaciones y numerosos reconocimientos internacionales. Su campo de estudio puede parecer técnico y concreto, pero nos permite entender mejor qué pasa con las Play Stations, en la Seat o en el conflicto afgano.

La fábrica más grande de Cataluña, la Seat, está en un ERTE. El mayor productor de coches del mundo, Toyota, ha anunciado que bajará un 40% su producción mundial de coches este mes de septiembre. ¿Qué está pasando con los microchips? ¿Es una crisis de semanas o va para largo?

Las fábricas de microchips son muy pocas en todo el mundo y están concentradas en Asia. Ha habido una demanda brutal de microchips no solo a causa de la automoción, sino en general de todos los aparatos eléctricos y electrónicos. A ello, se ha sumado el hecho de que algunas fábricas tuvieron que estar paradas por la pandemia, y todo junto ha provocado serios problemas de abastecimiento. El sector está bastante preocupado porque no parece que esto pase rápidamente. En 2022 es seguro que continuarán las paradas, y es posible que se alargue a 2023. Además, hay el problema de que los coches tienen microchips relativamente baratos y sencillos, que solo tienen funciones como subir o bajar una ventanilla. La priorización de los fabricantes es hacia los microchips de mayor valor añadido, como los de los ordenadores. Los automóviles están al final de la lista. Hay algunas circunstancias puntuales relacionadas con la Covid-19 en esta crisis que no conozco bien porque no soy experta, pero no deja de ser la punta del iceberg de lo que vendrá en el futuro.

¿Por qué es la punta del iceberg?

Porque tenemos una demanda creciente exponencialmente y unos recursos del planeta que son los que son. No se puede soportar este crecimiento con los recursos que hay. Si haces cuentas, ves que la población aumenta con una tasa del 1% anual. Y que la depredación de recursos crece más, hasta un 3%. No solo hay más gente, sino que la gente que hay quiere más. En una generación habremos consumido tanto como en toda la historia del ser humano. Está clarísimo que esto estallará de alguna forma. Ya estamos viviendo estas consecuencias; los microchips son solo una muestra. Pero realmente todas las materias primas están sufriendo subidas brutales, porque la demanda sube de manera exponencial y no hay fábricas que sean capaces de dar abastecimiento ni recursos suficientes para proveerlas. Tenemos un problema serio que hay que abordar inmediatamente.

Pero, si no hemos pensado en comprar ningún coche… ¿esto nos puede afectar igual a corto plazo?

Para empezar, la economía de lugares como Martorell se puede ver muy afectada. Yo he visto afectaciones en mi entorno. Hay amigos de mis hijos que quieren una Play Station, y en la tienda no hay. O gente que necesitaba un sofá reclinable y este no llega porque faltaban microchips. No es un problema del sector del automóvil; ahora todo funciona con electrónica.

¿Cuál es tu previsión sobre los recursos que fallarán?

Si haces un análisis de cómo estamos extrayendo los recursos desde el año 1900 y de cuánta materia prima queda disponible para explotar, te das cuenta que, si seguimos a este ritmo, hay bastantes materias primas que tendrán un gran problema de suministro. Sobre todo, si consideras la transición digital y la transición a las energías limpias. Todo esto requerirá una serie de elementos que son escasos en la naturaleza.

Y, si estos materiales van buscados, ¿no se podrán encontrar nuevas minas?

No hay minas operativas suficientes. Y abrir una mina nueva implica, de media, unos 15 años, y muchos problemas ambientales asociados. Nadie quiere una mina cerca. No es tan fácil abrir una mina, como hemos visto en Cáceres. Aunque fuéramos capaces de encontrar nuevos yacimientos, que por supuesto se encontrarán, el problema está en el hecho que sus minerales estarán cada vez más diluidos. Esto es como el petróleo: la rentabilidad será cada vez peor. Es aritmética. Otra cosa es que no quieras ver el problema.

¿Quién no quiere ver el problema?

La Comisión Europea ya está diciendo que hay que apostar por nuevos yacimientos en el territorio porque dependemos de otros países. Pero, cuando he asesorado a comités de la Comisión Europea y explicaba que había que reducir, se me echaban a la yugular. Decían que se trataba de continuar creciendo económicamente. Pero tres más uno son cuatro. Y, si tienes cinco, solo te queda un margen de uno. Y, si sigues creciendo a un ritmo de uno, solo te queda un año. Algo hay que hacer. Ahora la transición energética está planteada para no superar los 2 grados y llegar a cero emisiones en 2050. O se invierte seriamente en minas y en la recuperación de materiales, o no llegaremos a estas cifras.

¿Debemos acostumbrarnos a no encontrar lo que buscamos en las tiendas?

Creo que será más el pan de cada día, sinceramente. Obviamente, todo esto se ha visto agravado por la Covid-19, y, cuando los precios suben mucho, al final vuelve a bajar la demanda y todo se vuelve a canalizar durante algún tiempo. La economía depende de muchísimos factores. Pero lo cierto es que, si existe un factor limitante, este factor es el físico, el de los recursos que hay. Tendremos que asumir que, si no tengo una Play Station, mala suerte y me aguanto, porque sencillamente no hay microchips para ofrecerme esta consola. Personalmente, estoy pendiente de que llegue el uniforme de gimnasia de mis hijos, y me han dicho que hasta enero o febrero no llegará porque los barcos chinos no están llegando. Fíjate que estamos hablando de un textil, ni siquiera de una cosa electrónica. Esto será cada vez más cotidiano; tendremos que volver cada vez más a las raíces de lo local. La globalización actual, además del impacto ambiental de traer unos pantalones desde China, nos hace muy vulnerables. Tarde o temprano —y yo creo que más temprano que tarde— toparemos con estos límites.

¿Qué significa “temprano”?

Hemos realizado curvas de extracción de recursos minerales. La conclusión general es que el pico de la mayor parte de los recursos puede llegar antes de que acabe este siglo, y muchos de ellos antes de 2050. Esto, contando con las reservas minerales que hipotéticamente existen en el planeta y que todavía no hemos detectado, y también con una tecnología futura que podría llegar a extraerlo. Si contamos solo las reservas que conocemos actualmente, los picos se avanzan muchísimo. Aquí el problema es que la demanda está aumentando exponencialmente y no hemos entendido lo que significa el consumo exponencial. No lo tenemos interiorizado; pensamos en lineal. Pero, precisamente cuando llegó la pandemia, experimentamos en primera persona lo que implica una transmisión del virus exponencial. Sin confinamiento, en pocos días nos habríamos infectado todos. Con ritmos diferentes, pero es la misma lógica de lo que estamos haciendo con los materiales.

Volviendo a Seat: ¿esto quiere decir que la promesa de fabricar 500.000 coches eléctricos cada año es inviable?

Yo he trabajado con Seat analizando como diseñar vehículos para evitar estos cuellos de botella. Si la demanda de vehículos y la de energías renovables aumentan de la manera que se prevé en los ‘Acuerdos de París contra el cambio climático’, nos podemos encontrar con límite de suministro de plata, cadmio, cobalto, cromo, cobre, galio, indio, litio, manganeso, níquel, plomo, platino, telurio o zinc antes de 2050. Estos son los elementos necesarios para las baterías de los vehículos, pero también para las energías renovables y en general para toda la electrónica. Tu ordenador también tiene batería; todo compite con todo. Por ahora, no hay baterías suficientes. Yo creo que los fabricantes de vehículos saben que no habrá baterías para todos los coches que esperan. El cobalto, por ejemplo, es muy crítico y está concentrado en muy pocos países.

Si las empresas automovilísticas lo saben… ¿por qué no actúan de una manera diferente?

Los fabricantes están creando acuerdos con los países proveedores para asegurar el suministro de materiales. Renault y Volkswagen ya prevén que las baterías se quedarán en propiedad del fabricante. Esto te da una idea de lo preocupados que están, de lo estratégicas que son las baterías, y de lo escépticos que están los fabricantes respecto a las previsiones que ellos mismos dicen. Lo que no hará un fabricante es lanzar mensajes apocalípticos.

¿Seat os pide que analicéis si tendrán materiales para sus coches?

Sí, nuestro grupo de investigación ha hecho varios proyectos con ellos. Antes de que ocurriera el problema de los microchips, nosotros ya les hicimos un análisis de varios modelos de Seat diciéndoles cuales eran las piezas críticas que tiene el vehículo, y como habría que diseñarlas para mejorar. ¿Sabes cuáles eran las piezas críticas? Justamente la electrónica, los microchips. Esto fue en 2018. Ya les estábamos diciendo que “ojo con estas piezas”, porque dependen de unos materiales muy escasos. Y bien, ya lo ves. Los fabricantes son conscientes de que tienen que repensar la manera de fabricar, y ahora han visto las orejas al lobo con el tema de los microchips.

Y los gobiernos, ¿son conscientes del problema? ¿Cómo está preparado el Estado español en este tema?

No estamos preparados ni mucho menos. Nos hemos hecho vulnerables intentando fabricar de manera más barata en otros países. Si fabrican otros lo que es tuyo, aparentemente tú no tienes los problemas de emisiones contaminantes. Y hemos pensado: ¡que fabriquen los chinos! A corto plazo podía ser una estrategia, pero a la hora de la verdad, si los chinos dicen que no suministrarán chips o tierras raras, aquí se para la economía. No tenemos fábricas, ni materias primas, ni una industria capaz de obtener materias primas de la basura que estamos generando.

Pero hoy en día ya somos dependientes del petróleo y del gas de otros países, y no nos va tan mal.

El problema es que queremos dejar de quemar combustibles fósiles, porque es lo que hay que hacer, pero lo queremos hacer con el mismo ritmo de crecimiento. Los aerogeneradores, los vehículos eléctricos, las placas solares…, todo esto es necesario, y todo esto está basado en materiales que son muy críticos. Pasaremos de ser dependientes del petróleo a ser multidependientes de toda la tabla periódica. Puede haber escasez de litio, puede haber escasez de manganeso, de cobalto… No todos estos elementos están situados en Arabia Saudí.

¿Quién se está preparando mejor?

El litio está en Bolivia, Argentina y Chile. El cobalto, sobre todo en el Congo. Las tierras raras, en China. Pero sobre todo seremos dependientes de China. Ellos tienen o bien los recursos o bien el procesamiento y refinamiento de los recursos de otros países. Y está comprando terrenos ingentes de África y de América Latina que contienen recursos. Son la fábrica del mundo y saben que quien tenga los recursos tendrá el poder. China tiene, desde hace décadas, una política de acaparamiento, o como mínimo de asegurarse el suministro. Los otros países no lo han sabido ver. Nosotros seremos más bien unos espectadores.

Algunos países petroleros, en América Latina y en Oriente Medio, han sufrido inestabilidad política y guerras como consecuencia de la lucha por su petróleo. ¿Puede pasar lo mismo con países que tienen muchos recursos minerales?

Esto ya está ocurriendo en Marruecos. Los conflictos que hay por el Sáhara Occidental no son para apoderarse del desierto. Son porque tienen las mayores reservas de fósforo del planeta. El fósforo es el oro verde, porque es la materia prima de los fertilizantes, y quizás podemos vivir sin microchips pero no sin alimentación. Las plantas necesitan este fósforo. Hoy en día hay mucha menos hambre en el mundo porque hubo una revolución de la agricultura con los fertilizantes. La productividad de los campos aumentó mucho. Pero se han echado tantos fertilizantes en los campos que hay unos problemas de contaminación brutales. Y estamos viendo una desaparición de suelo fértil. O encontramos otra revolución verde en la que no necesitemos estos fertilizantes minerales, o lo tenemos difícil. En el caso de Afganistán, no me atrevería a decir que ha estado determinante porque desconozco el background del país. Pero en 2007 ya era uno de los países estrella en busca de nuevas reservas de elementos como el litio. Si ahora mismo los chinos la tienen a bien con los talibanes es porque hay unas reservas estratégicas que interesan. Obviamente, de trasfondo del conflicto puede haber otros muchos factores, pero por supuesto en Afganistán hay reservas de varias materias que son estratégicas.

Muchos economistas defienden que es posible seguir creciendo sin consumir tantos materiales, porque en una economía digital ya no harán tanta falta, y entonces no habrá que sufrir por la escasez. ¿Cómo lo ves tú?

Precisamente son las tecnologías digitales las que más materias primas escasas necesitan. Esto, para empezar, pero es que, además, la historia nos dice que, cada vez que hemos mejorado la eficiencia de algún equipo, ha ocurrido un efecto rebote. Los coches ahora son más eficientes que nunca, pero utilizamos la mejora para fabricar muchos más coches. Y, al final, lo que tienes es un aumento exponencial de la depredación de los recursos. Hay que buscar la eficiencia, evidentemente; pero, si eso no va acompañado de repensar el modelo de sociedad que tenemos, difícilmente lo cambiaremos. Hay que replanteárselo todo muy seriamente. En el fondo, la pandemia nos ha enseñado mucho sobre esto: lo que hay que hacer es bajar la curva.

¡Una de las apuestas podría ser que todos estos materiales se reciclen!

En el caso de los coches, hemos hecho estudios para ver como se podría hacer un reciclaje mejor. Y, actualmente, todos estos elementos que son críticos los estamos perdiendo. Cuando llevas un vehículo a desguazar, le sacan las ruedas, los fluidos, el catalizador…; esto, con suerte. Los aceros del coche, que son ultraresistentes, se juntan con las chapas de cualquier electrodoméstico, y el acero que queda es de baja calidad, con impurezas. De todo ello, se dice que actualmente se reciclan los vehículos en un 95%, que es a lo que obliga la legislación. Pero en realidad lo que se recicla es un 95% del peso, y los minerales críticos se pierden en el vertedero o quedan diluidos en la mezcla de aluminio. Hoy por hoy, no existen procesos mejores que recuperen estos elementos, los que están en los microchips y que son esenciales. No será fácil, pero hay que entender lo estratégico que es recuperar estos elementos. Ahora mismo estamos parando las fábricas de vehículos de 1.000 kilos porque nos faltan unos microchips que pueden pesar 3 gramos.

Di algún ejemplo de mineral desconocido para el gran público que utilizamos mucho y que echaremos de menos pronto.

El telurio, por ejemplo. Se emplea en los nuevos paneles fotovoltaicos, porque son más finos y eficientes. Pero no hay minas de telurio, porque son elementos que salen del refinamiento de otros elementos mayores, como el cobre. Es decir, que están supeditados a la producción de estos minerales mayores. No abrirás una mina específicamente para el telurio si lo que puedes sacar son unos gramos por tonelada. Con el indio pasa lo mismo: es un material que hace que puedas mover la pantalla del móvil con el dedo. Y es necesario para los LED. Y una sola compañía china suministra una gran parte de este indio.

¿Y las tierras raras? ¿Por qué son importantes?

Se llama tierras raras a un conjunto de 17 elementos de la tabla periódica. Algunas son muy críticas para las energías renovables, como el neodimio y el disprosio. Con estos dos materiales hacen imanes muy fuertes, unos imanes que son necesarios para cualquier motor. Todo motor eléctrico tiene tierras raras: ordenadores, cámaras, vehículos… Cualquier cosa que se mueva lo tiene: incluso un sofá reclinable. Pero no hace falta fijarse en materiales tan concretos para darse cuenta de la gravedad de la situación. El sector de la construcción está temblando por los precios de las materias primas que no son raras. La madera está subiendo muchísimo. El aluminio y el cobre, también. De momento, los promotores están asumiendo esta subida de precios, pero no sé cuánto tiempo aguantarán así. Al final nos lo repercutirán. Todo está relacionado con el consumo exponencial. Por algún lado tiene que explotar.

Si falla alguno de estos materiales, ¿es posible que encontremos alternativas para fabricar a partir de otras cosas?

Siempre se buscan alternativas. Todo es reemplazable. Pero en el sistema de producción actual no lo es, porque todo se basa en el just in time. Si necesito un pedido de microchips, es para mañana. Tenemos que ir hacia un modelo diferente, de stocks más grandes, de más flexibilidad, porque las cadenas de suministros cada vez son más débiles. China ya hizo un embargo de tierras raras en 2010 y los precios subieron de manera brutal. Puede volver a ocurrir que se frene bruscamente la circulación de cualquier de estos materiales, como estamos viendo ahora con los chips.

Si no hay bastante materiales para hacer la transición energética, ¿nos veremos forzados a incumplir los objetivos porque no habrá alternativa a quemar gas y petróleo? ¿Qué podemos hacer para dejar de contaminar sin agotar los materiales?

No creo que sigamos quemando combustibles fósiles al ritmo actual porque, como explica Antonio Turiel, ya hay desinversión por parte de las petroleras. Ya no buscan nuevas reservas. Y se están cerrando las centrales de carbón. Está en la mente de todos que tenemos que ir hacia las energías renovables. Pero hay un problema: la extracción de minerales necesarios para la transición energética es a base de energía fósil. Ahora mismo, la minería ya es el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si la demanda aumenta, también lo hará la extracción de minerales. El impacto climático de esta minería en el futuro será mayor. ¿Podremos descarbonizar la economía tal como está pensado? Yo creo que no, porque no se ha tenido en cuenta este factor, y descarbonizar el sector de la minería es muy complicado. Si no nos podemos desarrollar con las renovables, volverá el viejo debate de si alargar la vida de la energía nuclear. Pero esto último ya no es ciencia, sino mi opinión. En todo caso, creo que no nos podremos desarrollar tal como habíamos pensado. Habrá paradas económicas y bajará el PIB. O cambiamos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo.

Fuente: https://www.rebeldes.info/2022/08/entrevista-a-alicia-valero.html?spref=tw

jueves, 7 de julio de 2022

Verde nuclear, verde gas


https://es.wikipedia.org/wiki/Central_nuclear_de_Chooz

  Las clarificadoras contradicciones de la transición energética

Verde que te quiero verde, verde metano, verde nuclear. Francia con el uranio y Alemania con el gas. Ni el eterno García Lorca logró poner tan de moda el verde como la transición energética. Pero al mirar de cerca, el supuesto verde destiñe y lo que encontramos es más bien tendente al oscuro. Oscuro color crudo.

Está celebrándose una suerte de derbi entre las dos potencias europeas por excelencia. Los equipos están nerviosos por los últimos compases del “encuentro”, donde los precios del gas –y por tanto, de la luz en un mercado marginalista– han batido récords que pocos habrían augurado para tan pronto. Francia y su defensa poblada de centrales (nucleares) ataca la retaguardia alemana alegando que la nuclear es imprescindible para superar otras opciones peores como el carbón. Alemania, en su productivo terreno de juego, busca contraatacar con la defensa del gas como ineludible energía de transición. Argumentan que no genera residuos tan peligrosos, sirve para estabilizar la red y tiene la tasa de emisiones más baja de las fuentes fósiles –aproximadamente la mitad de las del carbón–.

El debate está caliente porque los miembros del lobby nuclear apoyan (oh, sorpresa) a la nuclear, y los que consideran que esa fuente de energía es una ruina económica llena de riesgos, suelen defender el gas como mal menor, o argumentan que las renovables se bastarán pronto para cubrir el suministro. ¿Quién tiene razón? ¿Qué sería más sensato hacer?

Según la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, el borrador filtrado a la prensa, que aboga por incluir en la “taxonomía de finanzas sostenibles” –término que podemos traducir como: invierta aquí sin remordimientos–, se equivoca: “No tiene sentido y manda señales erróneas para la transición energética del conjunto de la UE”. 

Pero, ¿y si le diéramos un poco la vuelta al argumento? ¿Y si en realidad lo que está mandando son señales muy claras, inequívocas? La transición va a ser muchísimo más compleja de lo que se suele contar y los altos precios y contradicciones son algunas de las últimas señales. Y de poco sirve que arteramente se diga que son “energías de transición”, solo válidas por un plazo prefijado: a todos los efectos, se las considerará verdes. Verde nuclear y verde gas.

Según la propuesta pendiente de aprobación, las nuevas plantas nucleares serán verdes como una aceituna hasta –de momento– 2045, y para ello tendrán que contar con un plan para eliminar de forma segura los desechos (ja).

Los países defensores de su categorización como verde, capitaneados por una Francia que tiene la mitad de los reactores de Europa, afirman que es una fuente imprescindible para la transición; sin ella, nos veremos abocados al sucio carbón y al carísimo y solicitado gas, dicen. No comentan que la producción de uranio del mundo ha caído un 20% desde los máximos de 2016. No comentan que la perspectiva es que caiga todavía otro 30% de aquí a 2040. No comentan que Francia mantiene 5.000 soldados en el África Sahariana para asegurar el cada vez más maltrecho suministro de uranio desde Níger. No nos dicen que el 25% de las centrales francesas están permanentemente paradas. Nos venden el sueño nuclear para que no veamos la pesadilla que es ahora mismo.

Intentan hacer creer que tenemos al alcance de la mano tecnologías para reaprovechar los residuos y así callemos. En última instancia, Francia intenta que el rescate de Areva, la compañía semipública que se encarga de la gestión del combustible nuclear y que quebró en 2016, no arrastre a la semipública EDF, que la absorbió. Francia sabe que no hay futuro en la nuclear, pero necesita una coartada para que la UE no le impida seguir dando subvenciones públicas a un tinglado que se tambalea. Y mientras, aquí en España, algunos dan palmas con las orejas y le hacen el juego al Gobierno francés mientras nos intentan encandilar diciendo que esta decadente industria salvará el mundo (no queremos que nos salven de esta manera, gracias).

En cuanto al gas, sería [teñido de] verde hasta 2030. La elección de la fecha no responde a ningún criterio climático: ya el informe del Grupo III del IPCC que filtramos hace meses revelaba que, para alrededor de 2030, todas las centrales de gas y de carbón debían ser cerradas. Cerradas, no indultadas hasta esa fecha y a partir de ahí ya veremos cómo las vamos cerrando. Lo que sí que se espera que aguante –más o menos– hasta 2030 es la producción mundial de gas. El techo de producción se alcanzaría en ese 2030, que mágicamente aparece en el texto de la Comisión Europea. El mensaje es claro: vamos a tirar del gas natural tanto como se pueda, y si luego bajamos no será por compromiso climático alguno, sino porque cada vez habrá menos. Un cálculo que peca de mucho cinismo: se cuenta con que Europa acaparará el escaso gas que debería ir a otros lugares pero que acabará en nuestros lares, que pagan con moneda fuerte.

Y llegamos al carbón: una noticia reciente ha hecho que medio mundo se avergüence. Tras 26 Cumbres del Clima, y con un consenso del 99,9% de la comunidad científica sobre la gravedad del cambio climático, el precio del gas y la recuperación económica han hecho que, según la Agencia Internacional de la Energía, la cantidad de electricidad generada con carbón haya aumentado un 9% hasta batir el registro histórico. Grandioso. Hay que ver cómo funciona de bien la transición energética sin apenas planificar. 

El aumento se ha debido a India y China, principalmente. Entre las dos se va a dirimir una buena parte de la laberíntica transición, en la que no se les puede negar la aspiración de cierta equidad con respecto al nivel de vida en Occidente. Eso conduce, aunque no se quiera admitir, a que Occidente (Estados Unidos, Europa, Australia, Japón, etc.) tendría que decrecer voluntaria y planificadamente hasta tratar de equilibrar nuestra huella.

Por si con esto no bastara, el petróleo no nos da ningún respiro. Con precios que coquetean ya con la barrera de los 90 dólares y una demanda actualmente insatisfecha –la caída en la producción ha sido del 4%–, las mismas previsiones de la Agencia Internacional de la Energía prevén una caída, si persistiese el proceso de desinversión comenzado en 2014, de entre el 20% y el 50% para 2025. 

Incluso con una cierta actuación de los Estados para parar la sangría, es probable que este año veamos una caída adicional de la producción del oro negro del 8% y que tengamos una o dos crisis de precios en este 2022. Peor aún, la producción mundial de diésel cae en barrena: casi un 15% desde el máximo de 2015, arrastrada por la falta de petróleos de buena calidad. Lo vemos en las estaciones de servicio, cómo sube imparable hasta precios no vistos desde 2008. Y diésel significa transporte, maquinaria pesada y de mina, tractores… Si falta diésel, falta –y faltará– de todo. 

Ante semejante problemón, si con las renovables fuera a bastar para cubrir nuestras necesidades energéticas, tal y como alegan sus acérrimos defensores, si son más baratas, más limpias… en definitiva, ¡más verdes! –como los billetes que irán a parar a las grandes empresas y fondos de inversión– ¿por qué un modelo explotador de todos los recursos disponibles, que sólo busca maximizar beneficios a toda costa como el capitalista, no ha instalado ya una cantidad ingente de las mismas, para que el maná energético siga fluyendo al mismo ritmo y el espectáculo pueda continuar?  

La respuesta es compleja, pero a la vez muy simple. No es posible. De momento, ni por asomo. Y todo parece indicar que los que creen que se podrá sostener la cantidad de energía actual con fuentes de captación de energía renovable, en el mejor de los casos pecan de bienintencionada ingenuidad, en el peor, se parecen más a unos vendedores de “elixires de la eterna juventud” que a visionarios.  

Se suele alegar –y es verdad– que el coste de producción de electricidad por medios renovables ha caído en picado, y que hace tiempo que es más barato que el coste de las térmicas de carbón o las nucleares, y, desde hace unos años, incluso que los ciclos combinados del gas. Mirar solamente el precio, sin embargo, oculta ciertas verdades incómodas. Como, por ejemplo, que los paneles fotovoltaicos se fabrican mayoritariamente en China, país que genera el 65% de su electricidad con carbón. O que se requieren grandes cantidades de materiales, extraídos usando diésel, para paneles y aerogeneradores. O que todo se transporta de la mina a la planta de procesamiento, de la planta a la fábrica, de la fábrica al lugar de instalación, usando diésel. 

Aunque la huella de CO2 de los sistemas renovables sea, indudablemente, mucho menor que la de otros tipos de centrales eléctricas, no es menos cierto que las renovables necesitan esos mismos combustibles fósiles para su fabricación e instalación (nadie ha cerrado nunca el ciclo de vida de las renovables usando solo energía renovable). Pero hay más. Las renovables han podido llegar a ser competitivas –económicamente– comparadas con otros sistemas mientras han sido relativamente pocas, menos del 2% de la energía primaria mundial. Pero, a medida que se fueran extendiendo, su competitividad iría empeorando: cada vez quedarían menos emplazamientos idóneos para su instalación; cada vez los costes de instalación y mantenimiento serían mayores.

Los que defienden acríticamente el modelo renovable actual quizá están cayendo en la trampa del crecentismo, cuando definen el progreso de las renovables como “crecimiento exponencial”. Nada crece exponencialmente por mucho tiempo en un planeta finito. Y mejor no hablemos de alguno de los materiales que se requieren, cada vez más escasos, para ese modelo de transición que, según reconocía la Agencia Internacional de la Energía, tendría que multiplicar por factores desorbitados su producción anual: el litio por 42, el cobalto por 21, las tierras raras por 7. 

Si no asumimos el decrecimiento inevitable y nos adaptamos, hasta 2050 estaremos esperando un milagro. Algo poco científico, la verdad. Un milagro que no tiene pinta de que se vaya a producir y que irá dejando a más personas fuera de unos niveles de vida aceptables, mientras el mercado asigna los recursos eficientemente, si eres millonario.

Hace unos pocos días, el ingeniero Marcel Coderch ilustraba en un programa en la televisión catalana con un ejemplo magnífico por qué este tipo de promesas tecno-optimistas del tipo, algo inventaremos, son un peligro: “Es como si te compras un boleto de lotería y dices, venga, voy a comprarme un coche” [eléctrico, como no] “y al ir a pagar dices, tome, e intentas pagar con el billete de lotería”. Eso es lo que estamos haciendo con la fe en la tecnología. Y no solo con la transición energética, también con el enorme reto climático: algunas de las “soluciones” más aceptadas, incluso por parte de la comunidad científica, son la captura y secuestro de carbono, de momento un pufo que no funciona salvo como agujero negro de fondos y recursos, o la geoingeniería, cuyos peligros sobrepasan ampliamente a sus supuestos efectos positivos. 

La última bala de plata verde parece ser el hidrógeno: un vector, no una fuente de energía. No hay minas de hidrógeno en el mundo, el hidrógeno se obtiene consumiendo combustibles o electricidad. En el último informe anual de la Agencia Internacional de la Energía se reconocía que uno de los grandes retos del modelo al que se quiere transitar son las pérdidas por las sucesivas transformaciones, y el hidrógeno es un buen ejemplo: a día de hoy las pérdidas de obtener hidrógeno de manera industrial para producir calor están alrededor del 50% y para vehículos son de un apabullante 90% (en laboratorio todo es mejor, pero hay que ir al mundo real). Por ese motivo, la Estrategia Europea del Hidrógeno reconoce que Europa no se podría autoabastecer con el hidrógeno que puede producir usando sus propias renovables. 

Alemania ha firmado acuerdos comerciales ventajosos para importar hidrógeno desde Ucrania (qué casualidad), Marruecos, Chile, Namibia o el Congo. Y, en parte por eso, a España se le ofrecen generosas partidas de los fondos Next Generation: para instalar infinidad de macroparques eólicos y solares, al tiempo que se le recuerda que el mercado del hidrógeno es único para toda Europa y que Alemania espera que los países del Sur “sean solidarios” con los del frío Norte. 

Ese es el juego al que estamos jugando: uno en el que podemos acabar convirtiéndonos en una colonia energética del Norte de Europa. Pero, tranquilos, que todo será verde. La nuclear, verde radioactiva y fosforescente. El gas, verde fósil. La contaminación de la extracción masiva de materiales para nuestras renovables, verde mina. Si nos descuidamos, en un periquete habrá también macrogranjas verdes. Y, cuando ya no nos quede otra, acabaremos pintando el carbón del color de la esmeralda. Porque de todas las materias no renovables, el carbón es la que decae más lentamente. O asumimos el laberinto en el que estamos, o en los próximos años el mundo seguirá usando carbón a tutiplén.

Aunque faltan flecos y el resultado del partido está por determinar, tiene pinta de que va a acabar en un empate pírrico y pactado para evitar (temporalmente) el descenso de categoría –convertir tanto al gas como a la nuclear en energías puente, de transición–, algo muy conveniente para los dos países más poderosos de una Europa que se empeña, vieja, desvencijada, y malherida por un protofascismo emergente que no quiere oír hablar de límites de ningún tipo y que la tiene atemorizada, en al menos aparentar frente al espejo que se pinta un poco de verde. Verde que te quiero verde.

 Fuente: https://ctxt.es/es/20220701/Firmas/38615/Juan-Bordera-Antonio-Turiel-energeticas-ecologismo-transicion-gas-nuclear-centrales.htm

miércoles, 6 de julio de 2022

La industria minera advierte que la transición energética no es sostenible

La industria minera advierte que la transición energética no es sostenible
La industria minera ya está advirtiendo que no hay suficientes metales para todas las baterías que requerirá la transición

Hay un tema evidente del que no se habla mucho y es que la transición energética se está construyendo sobre la base de recursos finitos, y es que la mayoría de los metales y minerales ya escasean. Y esto es sólo el comienzo de los problemas de la transición.

 La transición energética ha sido planteada por los políticos como el único camino para la civilización humana. No todos los países del planeta están de acuerdo con ella, pero los que sí lo están son los que tienen más voz.

Incluso en medio de la crisis de los combustibles fósiles que está empezando a paralizar las economías, la transición sigue siendo un objetivo. No es ningún secreto que la transición requerirá cantidades enormes de metales y minerales.

Los ejecutivos de la industria minera han advertido que no hay suficiente cobre, litio, cobalto o níquel para todas las baterías de los vehículos eléctricos que requeriría la transición. Y no han sido los únicos. Aun así, la Unión Europea se adelantó este mes y prohibió de hecho la venta de vehículos con motor de combustión interna a partir de 2035.

Debido a la escasez de oferta, los precios están subiendo, al igual que los de todos los sectores de materias primas. Según un cálculo de Barron's, el precio de una cesta de metales para baterías de vehículos eléctricos que el servicio rastrea se ha disparado un 50% en el último año como consecuencia de diversos factores, entre ellos las sanciones occidentales contra Rusia, que es uno de los principales proveedores de estos metales a Europa.

La combinación de escasez de oferta y aumento de precios está haciendo que la transición energética sea aún más costosa de lo previsto. También nos ha recordado a todos que, debido a estos metales y minerales, que son exactamente tan finitos como el petróleo crudo y el gas natural, la transición no es hacia un futuro de energía renovable.

Pareciera que realmente la transición es hacia un futuro con menos carbono. Y este futuro puede perpetuar algunos de los peores modelos del pasado que tanto se ha querido dejar atrás.

El lado oscuro de la revolución verde

Muchos de los metales para baterías que necesita la transición energética proceden de África, un continente plagado de pobreza, corrupción e incertidumbre política. También es un continente que actualmente está amenazado por un nuevo tipo de colonialismo debido a la transición energética.

En un reciente análisis para Foreign Policy, Cobus van Staden, investigador sobre China y África del Instituto Sudafricano de Asuntos Internacionales, escribió que el sucio secreto de la revolución verde es su insaciable hambre de recursos de África y otros lugares que se producen utilizando algunas de las tecnologías más sucias del mundo.

Y lo que es más importante, añadía van Staden, "lo que es más, el cambio acelerado a las baterías amenaza ahora con reproducir una de las dinámicas más destructivas de la historia económica mundial: la extracción sistemática de materias primas del sur global de una forma que hizo a los países desarrollados inimaginablemente ricos mientras dejaba un rastro de degradación medioambiental, violaciones de los derechos humanos y subdesarrollo semipermanente en todo el mundo en desarrollo".

Violaciones de los derechos humanos, corrupción y la perpetuación de las bajas normas laborales y medioambientales han sido una característica de casi todas las empresas extranjeras del sector minero africano.

Basándose en estas pruebas, parece que, además de no ser renovable, la transición energética no parece tener mucha conciencia social. En otras palabras, el movimiento de inversión ESG, que se centra en las empresas en transición, podría ser, de hecho, un movimiento que premia a las empresas que no son muy respetuosas con el medio ambiente ni con la sociedad. Al menos no en África.

Tal vez se pueda argumentar que, a diferencia de la última vez, como fue la Revolución Industrial, esta vez tenemos muchos más mecanismos para proteger los derechos humanos. Por muy cierto que sea, no se ha avanzado mucho en ese sentido en la República Democrática del Congo, por ejemplo, un país enorme que es clave para la transición por su riqueza en cobalto.

La buena noticia es que todos estos problemas de la transición eran más o menos tabú hasta hace poco. Ahora se habla cada vez más de ellos, y es de esperar que esto conduzca a un reajuste de los objetivos o al menos de los plazos para hacerlos más realistas. Tal vez la idea de la transición justa también cobre velocidad.

Fuente: https://www.worldenergytrade.com/metales/mineria/la-industria-minera-advierte-que-la-transicion-energetica-no-es-sostenible

jueves, 5 de mayo de 2022

«Sin petróleo, hoy día solo podemos caminar desnudos por la playa»

 Primero fue la salida de la pandemia, y ahora la guerra de Ucrania. Las dificultades de abastecimiento y el alto precio de los recursos energéticos están a la orden del día. Ocampo Téllez repasa los factores coyunturales, pero advierte: esto es estructural.

Edgar Ocampo Téllez, en una imagen de archivo
Edgar Ocampo Téllez, en una imagen de archivo (UNAM)

El mexicano Edgar Ocampo Téllez dio sus primeros pasos en el campo de la energía a finales de los 90, ligado a la petrolera estatal Pemex. El tema lo atrapó tanto que lleva más de dos décadas dedicado a ello, como consultor independiente. No pone paños calientes a la situación, habla de colapso sin pelos en la lengua y repasa críticamente el desarrollo de las renovables.

Vivimos en una sociedad que no podemos imaginar sin hidrocarburos. Los necesitamos hasta para comer. ¿Podemos prescindir de ellos?

Tras la Segunda Guerra Mundial, la sociedad le confió todo al petróleo. No hay nada, absolutamente nada, que no se haga, en alguno de sus procesos, con petróleo. Lo único que podemos hacer en esta sociedad sin utilizarlo es caminar desnudos por la playa o por el bosque. Hasta para comer lo usamos, y esta es la parte que me preocupa más. El sistema agroalimentario es una máquina que toma calorías del petróleo y del gas y las transforma en calorías alimenticias; es un sistema que colapsa sin hidrocarburos.

Como si no fuera suficiente con la crisis climática, nos llega la energética.

Desde mi perspectiva, el tema de la energía está por encima del tema climático. Va a detener la sociedad, es lo que va a provocar que no causemos tantas emisiones de gases invernadero, que no dañemos el planeta.

¿Qué ha pasado para llegar a esta crisis?

Quien no perdió el trabajo en los últimos dos años, tiene recursos para gastar, y como salimos de la pandemia con singular alegría, el consumo se ha disparado, la demanda de energéticos está siendo bestial. Al otro lado, el sistema global de servicios energéticos se durmió con la pandemia. Se dejó de invertir, está totalmente acalambrado. Digamos que la humanidad dice ‘ya me voy de viaje, échele gasolina, vámonos’; y el sistema responde: ‘pues espérense, porque hay una fila de 100 vehículos, y además estoy sirviendo 10 litros por carro’.

¿Por qué dice que el sistema se durmió?

El problema de los hidrocarburos es que es una industria intensiva en recursos financieros. Se venía a un ritmo de 700.000 millones de dólares anuales de inversión para poder sacar 100 millones de barriles al día, que es el consumo mundial en la actualidad. En 2014, el fracking estadounidense empieza a tener una producción fenomenal, y como ese tipo de explotación no se puede detener ni regular, ese petróleo inundó los mercados internacionales y el precio se desplomó. El barril estaba por los 100 dólares y cayó hasta los 20-30.

Arabia Saudí contraatacó manteniendo el precio del petróleo muy bajo, apostaron a quebrar financieramente el fracking. En realidad no era necesario hacerlo, porque el fracking no da dinero, es una maquina de quemar billetes y que ahora ha creado una burbuja a punto de estallar.

El caso es que el bajo precio del petróleo ocasionó una bajada de inversiones global. En los últimos años, el ritmo de inversión había bajado a 500.000 millones de dólares, y con la pandemia, la inversión ha bajado hasta los 200.000 millones, cuando el nivel de inversión requerido para poner esos 100 millones de barriles diarios encima de la mesa está entre los 700.000 y los 800.000 millones anuales.

La guerra de Ucrania no ayuda.

Desde mi perspectiva, Putin está jugando la carta geopolítica del gas natural, para ver hasta dónde puede llegar con los europeos. Es una guerra un poco ridícula, porque todo el mundo quiere ponerle una tonelada de sanciones a Rusia, pero le siguen comprando energéticos de manera desesperada. Y eso que el gas vale oro en este momento. Generar electricidad con gas es quemar millones y millones de euros a lo bestia.

Ahora que la electricidad está tan cara, la carpeta nuclear se ha puesto de nuevo encima de la mesa. ¿Es una alternativa?

El futuro iban a ser los reactores EPR de Flammanville y Finlandia. Arrancaron la construcción en 2007 y el francés no genera todavía un solo MW. Más de 15 años para acabar un reactor, y con unos sobrecostes monumentales. En el campo de la nuclear podría llegar algo en los años 2030-2032, pero ya es demasiado tarde, el problema energético ha empezado ya y lo vamos a sentir más violentamente a final de año y en los próximos años. La nuclear no va a llegar a tiempo, y además, solo ofrece electricidad.

A veces parece que el sector eléctrico es el que nos está causando todos los problemas ahora, pero no estamos entendiendo que el problema es general, que es el alto consumo de combustibles el que nos está llevando al abismo.

¿Veremos un incremento de la lucha por unos recursos cada vez más limitados?

Ya ha ocurrido, la empresa petrolera italiana ENI dejó sin gas natural a Pakistán, pese a tener contratos firmados a largo plazo. Los barcos que iban hacia allí dieron un giro de 180º y regresaron a Europa, porque pese a las penalidades, el europeo les era un mercado mucho más rentable. Estamos en los últimos estertores de una sociedad moderna necia y adicta a los combustibles fósiles.

La época de los hidrocarburos baratos y abundantes se acabó.

Para que te hagas una idea, los pozos del siglo pasado producían durante 10, 15 y hasta 30 años. En México tuvimos un pozo, el Cerro Azul 4, que fue perforado en 1916, llegó a generar 260.000 barriles diarios y no se cerró hasta hace unos siete años. Produjo de media entre 30.000 y 40.000 barriles diarios. Por contra, los pozos del fracking se mueren al año y medio o dos años. Empiezan produciendo 900 barriles al día y al año ya están produciendo 100.

El petróleo que queda requiere inversiones tres o cuatro veces mayores que las de hace unas décadas, y soluciones tecnológicas como las aguas profundas o el mismo fracking son un fiasco. Tras inversiones millonarias cubren poco más del 20% de la demanda global.

El problema es sistémico, no coyuntural. Los costes de extracción siguen y seguirán incrementándose, pero llevamos ocho años de descenso de las inversiones. Las consecuencias ya están aquí, y van a ir empeorando, lo están avisando varias agencias de energía importantes, incluida la estúpida Agencia Internacional de la Energía.

¿Por qué califica de estúpida a la AIE?

Son unos brutos. Jamás advirtieron con suficiente antelación de este problema, han estado negando el fenómeno del peak oil durante años y años, cuando venimos avisando desde los años 2000-2003. Vamos a un caos energético que va a seguir la senda de lo ocurrido con Pakistán, y es de prever que empiecen los conflictos sociales, porque a la gente no se le ha informado de que va a haber una escasez, se le ha prometido crecimiento y se le han hecho promesas que no se van a poder cumplir.

¿Algo se podrá hacer?

Nosotros teníamos un indicador: cuando los financieros y los economistas empezaran a poner el tema en los medios, es que ya estaba aquí, ya era demasiado tarde para hacer algo. Y en ese momento estamos. Vamos a colapsar.

Insisto, por muy tarde que sea, ¿algo se podrá hacer?

Cuando me lo preguntan, yo contesto: ¿Estás dispuesto a tomarte la amarga medicina que se requiere? La solución pasa por cultivar nuestros propios alimentos de forma agroecológica y practicar la permacultura. Ese sería el objetivo final, pero tenemos una sociedad demasiado elevada, demasiado tecnológica, y necesita ser desmantelada de forma cuidadosa.

Hay que empezar, por ejemplo, por desmantelar la industria automovilística, sacar a todos sus empleados, que son unos cuatro millones en todo el planeta, e introducirlos en nuevos sistemas laborales. Y eso también habría que hacerlo poco a poco, deberíamos pasar antes a automóviles más pequeños, de dos personas, y prohibir los grandes recorridos y los vehículos de gran consumo; solo con eso se reduciría la demanda en unos 15 millones de barriles diarios. También habría que empezar a reducir los recorridos de las personas a sus lugares de trabajo, y comenzar a implementar sistemas de producción agroecológica en las áreas periféricas de las ciudades.

Es muy crítico con el modelo seguido con las renovables.

Desde finales de los 90 nos han querido hacer creer que las renovables son la solución. Estamos metidos en una locura de montar turbinas eólicas y solares, y no va a funcionar.

¿Por qué?

El problema de las renovables es que requiere instalar demasiada potencia, mucha más de la que se demanda. Alemania es el ejemplo. Consume 60.000 MW en tiempo real. Tienen un parque de 220.000 MW, casi cuadruplican la demanda, y más de la mitad es renovable. Cuando toda la renovable está funcionando, puede producir el doble de lo que necesitan, es una aberración y genera varios problemas. Para financiar la introducción de renovables, el Gobierno firmó contratos de compra obligatoria, es decir, está obligada a comprar la renovable se use o no se use. Y cuando tiene sobrantes, pasa la pelota a Polonia o Austria.

Y como en esos casos, las centrales convencionales de gas, de carbón y de energía nuclear deben parar para no producir más, se les paga para no funcionar, porque de lo contrario serían inviables, y son necesarias porque las renovables no siempre producen lo necesario. Una central de gas debe funcionar 18-20 horas al día para ser rentable, en la actualidad están funcionando 8-10 horas. Sin ayudas, quebrarían.

Todo esto ha hecho que la electricidad más cara del mundo esté en Alemania, un país con más de 120.000 MW de renovables. Y cuando el gas está por las nubes, la alternativa sigue siendo el carbón. Es una aberración, diseñaron el sistema con los pies.

Fuente: https://www.naiz.eus/eu/info/noticia/20220501/sin-petroleo-hoy-dia-solo-podemos-caminar-desnudos-por-la-playa

martes, 2 de noviembre de 2021

La energía que cambia para que todo sea igual

 La transición a las emisiones cero netas no será posible si el programa de cambio se convierte en un proyecto gatopardiano gestionado por los sospechosos habituales de la era de combustibles fósiles

Andy Robinson
Tal y como se plantea en este artículo, con mucha cautela, en vez de la “disonancia  cognitiva” del plan oficial para combatir el cambio climático forjado en el “bla bla bla” de Glasgow (Greta Thunberg dixit), hay que esbozar una ruta realista hacia una economía diseñada para, de verdad, estabilizar el clima del planeta. Disonancia cognitiva quiere decir creer en dos ideas contradictorias simultáneamente. Pongamos la importancia crítica de alcanzar las emisiones netas cero, por un lado, y la ampliación del aeropuerto de Barcelona o Madrid, por el otro. A fin de cuentas, los viajes aéreos serán complicados en un mundo de emisiones netas cero, a no ser que Ryanair nos proponga viajar en globo. Por tanto, llenar esos aeropuertos dependerá de la compra, por parte de las compañías aéreas, de offsets procedentes de sistemas de emisiones negativas para compensar el impacto de su jet fuel. 

Pero el principal proyecto de emisiones negativas es el fantasioso e hiper especulativo Bio Energía con Captura y Almacenamiento de Carbono (BECCS), que propone crear gigantescas plantaciones de biomasa a lo ancho de un área tres veces más grande que la superficie de India. Estos monocultivos absorberían CO2 y luego serían talados y convertidos en combustibles para la generación de electricidad. El C02 emitido por la quema sería capturado y almacenado en depósitos subterráneos. El BECCS es esencial para evitar las subidas de temperatura de 1,5 grados, según el plan oficial que será reafirmado en Glasgow.

Si usted cree que esto es viable, únase a la campaña en favor de los mega aeropuertos del siglo XXI, los motores de crecimiento para gobiernos y empresas víctimas de la mutación más aguda de la disonancia cognitiva. Para Jason Hickel, antropólogo económico nacido  en Suazilandia y autor de Less is more, el BECCS es “un parche mágico que cuenta con cero apoyo en la comunidad científica”.  

Por “ruta realista” se refiere a una radical transformación social y económica, que no descarte poner fin al capitalismo, necesaria para  estabilizar el clima. Empezaría por reducir equitativamente la demanda de energía hasta un 40%. Por supuesto, esto pondría los pelos de punta a los directivos de las grandes multinacionales que se han hecho con las riendas de la transición energética actual. Pero tenemos que ser realistas.

 Es importante  no perder el tiempo con fantasías sin fundamento. La transición a las emisiones cero netas no será posible si el programa de cambio, llámese Green New Deal o Revolución industrial verde, se convierte en un proyecto gatopardiano gestionado por los sospechosos habituales de la era de combustibles fósiles. Las mismas multinacionales energéticas, tras un rebranding verde. Las mismas corporaciones del automóvil ya recicladas para la era del litio. Los mismos bancos internacionales que financiaron la destrucción medioambiental que ahora denuncian. Un proyecto en el que la energía cambie para que Iberdrola, Volkswagen, el Banco Santander sigan siendo iguales, no va a servir. 

Si se opta por ese plan impulsado por los lobbies de Green Inc., el crecimiento de la demanda de energía rebasará la capacidad de las renovables y será imposible evitar una subida de temperaturas superior a los 1,5 grados o incluso dos grados. 

El camino de la verdad, pues, pasa por la ciencia de la termodinámica y las mediciones cuantitativas de la intensidad energética del frenético crecimiento de la economía capitalista. Con la ciencia queda claro que, como resumió Naomi Klein, el cambio climático “lo cambia todo”. La ruta realista pasa por una “utopía científica” que va mas allá del capitalismo, según afirma Hickel en esta entrevista.

Dado el impacto sobre el coste de la energía y las facturas de la luz, si las empresas con ánimo de lucro y de poder oligopólico siguen al mando de esta transición, no solo la ciencia exigirá  un cambio de plan, sino que también lo hará la política. Los guerreros de la justicia del clima de Greta Thunberg acabarán cerrando filas con los ‘chalecos amarillos’ en las calles de Glasgow y de París.   

“Si reduces la oferta de energía fósil sin reducir la demanda, los precios van a subir y el mas perjudicado será la clase trabajadora y los pobres”, afirmó Hickel, ahora afincado en Barcelona, en una reunion convocada por el pionero Joan Martínez Alier en el Ateneu de Barcelona. ”Así ocurrió con los ‘chalecos amarillos’”. Un impuesto sobre el carbono subirá el precio del combustible y puede desatar batallas campales en las ciudades como las de las mujeres  quechua contra la subida del diésel en Quito, en septiembre del 2019. 

Hay dos medidas que hay que adoptar, sostiene Hickel. “Una es reducir la demanda energética mediante políticas que frenen el crecimiento del PIB en las economías ricas. La otra es la nacionalización de las empresas de energía y la industria de combustibles fósiles para ir cerrando su producción. Habría que subir la oferta de renovables lo antes posible. En el periodo intermedio habría que asegurar que los servicios esenciales se mantuvieran y racionar la energía de forma justa”. Y añade: “El capitalismo no es compatible con la transición energética que necesitamos”. 

El crispado debate sobre el decrecimiento tal vez se puede analizar en otro foro. Pero aquí quisiera resaltar este ultimo punto de Hickel sobre la necesidad de que los Estados y no las empresas privadas gestionen esta transición épica hacia una economía compatible con el futuro del planeta.  

Las  empresas privadas multinacionales, lideres de la era de la energía limpia, y también de la sucia, suelen insistir en que solo ellas tienen la capacidad innovadora para afrontar el reto de estabilizar el clima. Hace falta –sostienen– una economía capitalista con robusto crecimiento para desarrollar las nuevas tecnologías y  descarbonizar el mundo.   

Pero no es así. “Francamente este tipo de argumento cae por su propio peso”, me explicó Tim Jackson, cuyo nuevo libro, Post growth: life after capitalism, señala –al igual que el de Hickel– que la transición no será posible en un marco de capitalismo monopolizado, financiarizado  y globalizado.  “La innovación para las tecnologías necesarias para combatir la crisis del clima viene principalmente del Estado”.   

Para comprobar los problemas de aplicar el mismo modelo de capitalismo neoliberal y globalizado a la transición a la economía de emisiones cero, recomiendo leer este brillante articulo de James Meek, en London Review of Books.

Meek cuenta la sórdida historia de CS Wind, fabricante de la nueva generación de grandes turbinas de la multinacional en el Mar del Norte británico –el  parque eólico más grande del mundo–. El periodista viaja al deprimido noreste de Inglaterra donde observa la llegada de un barco al río Humber tras un viaje intercontinental desde el puerto de Phu My, en Vietnam. Su carga es una turbina de energía eólica fabricada por la CS Wind en su planta vietnamita en la que se trabaja una media de 84 horas semanales por salarios base de unos 400 dólares al mes. 

Acto seguido, Meek visita Campbeltown, una ciudad posindustrial en Escocia, donde la planta de la misma CS Wind –que fabrica las turbinas en una cadena de suministro global gestionada y rentabilizada por Siemens y su socio español Gamesa– acaba de cerrar debido a la competencia de la planta vietnamita.  Compara la suerte de Thomas Macguire, un trabajador de CS Wind en Campbeltown, que fue despedido porque se negó a realizar un trabajo que violaba las normas de seguridad, y de Doan Van Quang, aplastado por un anillo de metal que se descolgó de la turbina cuando realizaba la misma tarea en la planta vietnamita.   

Los accionistas de diversas empresas occidentales y coreanas que operan en el negocio transfronterizo de la energía eólica se han embolsado miles de euros de subsidios e incentivos públicos. Pero el resultado es exactamente igual que en la era de los combustibles fósiles: la deslocalización de la producción a países de mano de obra barata y la desindustrialización de los países que tienen salarios relativamente elevados.  

Siemens-Gamesa y su rival danesa Vestas en la ingeniería eólica reducen los costes de sus parques de turbinas y ensanchan sus márgenes de beneficios al fomentar una competencia salvaje entre diferentes plantas de sus cadenas globales de proveedores, lo que pone en peligro las vidas de los trabajadores. La carrera desesperada por desplegar más capacidad eólica en la lucha por salvar al planeta se suma a las presiones en las plantas de generación.   

Meek reflexiona: conforme “el sueño utópico” de la economía de cero emisiones netas “se convierte en un  gigantesco negocio corporativo, no es posible reconciliar las metas de la energía verde barata, el comercio libre y los empleos bien remunerados”. 

No hay duda de que “el sueño de la transición a la energía verde empieza a convertirse en la realidad”. Pero “se ha rediseñado para convertirse en  un proyecto del capitalismo del consumo  globalizado”. Busca  sus “metas utópicas  a la vez que alimenta la actividad bursátil, hace aún más ricos a los ricos y extiende una sensación generalizada de virtud”. Pero no salvará el planeta. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20211101/Firmas/37819/energia-renovables-eolicas-empresas-cambio-climatico-andy-robinson.htm

domingo, 12 de septiembre de 2021

Alicia Valero: "La falta de microchips es la punta del iceberg de lo que nos espera

 Ingeniera química e investigadora del Circe, reconoce que la solución no es fácil y pasa por invertir en serio en la economía circular y dejar de ser una sociedad del 'usar y tirar'.

Alicia Valero, doctora ingeniera química, es investigadora del Circe y profesora titular de la Universidad de Zaragoza
Alicia Valero, doctora ingeniera química, es investigadora del Circe y profesora titular de la Universidad de Zaragoza
Toni Galán

 Alicia Valero es ingeniera química e investigadora del Circe, un instituto que lleva dos décadas analizando la escasez de las materias primas y que venía advirtiendo desde hace tiempo sobre la crisis de suministro que está golepeando a la industria europea y que parece lejos de remitir. Una situación provocada por el aumento exponencial de la demanda y una oferta que no da abasto para satisfacerla. La solución confiesa no es fácil y pasa por invertir en serio en economía circular y dejar de ser una sociedad del ‘usar y tirar’

Valero es doctora ingeniera química por la Universidad de Zaragoza. Además, se formó en la TU Berlin, Paul Sabatier de Toulouse y el British Geological Survey. Actualmente dirige el grupo de investigación de Ecología Industrial en el Instituto CIRCE y es profesora titular en Zaragoza. Con numerosas publicaciones en su haber, el libro ‘Thanatia límites materiales de la transición energética va a salir en breve con Prensas Universitarias de Zaragoza.

Esta crisis en el suministro de microchips ¿se debe en exclusiva a la pandemia?

Este problema que parece puntual debido a la pandemia, es en realidad un problema estructural. La demanda de materias primas está aumentando exponencialmente. Somos cada vez más gente en este planeta. Además, las nuevas tecnologías digitales, pero también las energía renovables, requieren de un elevadísimo número de distintos elementos que son escasos en la naturaleza. La falta de microchips es sólo la punta del iceberg de lo que probablemente nos espera en el futuro. Quizás estemos entrando en la era de la escasez. Sencillamente el planeta no tiene recursos para todo ni para todos si seguimos así.

¿Hasta cuándo se alargará?

 Ante un problema tan importante, que está poniendo en jaque al sector automovilístico entre otros, obviamente se buscan soluciones. Las empresas han entendido que son vulnerables y deben diversificar sus proveedores y asegurar que las cadenas de suministro no se rompan. Se están creando nuevas fábricas de microchips y poco a poco se normalizará la producción, aunque probablemente se alargue el problema al próximo año. Dicho esto, si la tendencia es hacia el internet de las cosas y que todos los objetos sean inteligentes, probablemente los cuellos de botella que se están dando ahora sean el pan nuestro de cada día.

¿Tiene que ver esta escasez con la fuerte subida del precio de las materias primas?

Todas las materias primas tienen el mismo problema: un aumento exponencial de la demanda y una oferta que no da abasto para satisfacer esa demanda. El primer obstáculo es el de las fábricas que no pueden atender el pico de demanda. Pero la gran fábrica, la del planeta, tampoco es ilimitada en recursos y tarde o temprano nos toparemos con sus límites.

¿Qué impacto en el PIB europeo va a tener esta falta de microchips?

En el instituto Circe de la Universidad de Zaragoza llevamos desde hace dos décadas analizando la escasez de materias primas. No es algo nuevo y llevamos advirtiéndolo mucho tiempo. En un estudio que publicamos en 2018 determinamos que seguramente nos encontraremos con problemas de desabastecimiento en las próximas décadas para la plata, cadmio, cobalto, cromo, cobre, galio, indio, litio, manganeso, níquel, plomo, platino, teluro y cinc. Justamente los metales esenciales para la electrónica y las energías renovables.

¿Puede ser un freno para la electrificación?

Los fabricantes de automóviles están muy preocupados. Hoy en día un vehículo es un ordenador con ruedas. Al problema de los microchips se le une ahora el de los elementos para fabricar las baterías de los coches eléctricos. El cobalto, litio, níquel o manganeso son componentes esenciales de las baterías y su producción aumentará de aquí al 2050 entre 20 y 40 veces. Además de ser escasos, su producción está concentrada en pocos países, algunos muy inestables sociopolíticamente hablando, lo que los hace muy vulnerables.

Avanzar hacia la movilidad sostenible ¿puede acarrear más problemas de suministro?

Las energías renovables y las tecnologías limpias son absolutamente necesarias para frenar el cambio climático (¡y ya vamos tarde!). Pero aquí aparece un nuevo problema: vamos a pasar de una dependencia de combustibles fósiles a una multidependencia de muchos materiales que son escasos en la naturaleza y controlados por pocos países. Pero es que, además, los recursos minerales se extraen con combustibles fósiles. Si la demanda de materias primas aumenta exponencialmente, también lo harán las emisiones asociadas a la minería (que hoy en día suponen el 10% del total y seguramente aumentarán). Este asunto es gravísimo y no se ha tenido en cuenta.

¿Relocalizar en Europa fábricas de baterías eléctricas es parte de la solución?

Estamos en lo mismo. Si somos meros ensambladores de baterías y nos falta la materia prima seguimos con la encrucijada. Hay que solucionar la raíz del problema: asegurar un suministro estable y limpio de materias primas.

Hasta qué punto haber mantenido más capacidad industrial hubiera evitado esta crisis?

Asia se ha convertido en la fábrica del mundo. Sin darnos cuenta, por querer ser más ‘limpios’ y producir más barato, hemos hipotecado y hecho extremadamente vulnerable la economía europea. Nadie quiere tener una mina o una gran fábrica cerca de su casa, pero no renunciamos a la renovación constante de aparatos tecnológicos que requieren de materias primas para su producción. Vamos a tener que enfrentarnos a numerosas contradicciones de este tipo. Para evitar depender de terceros, hay que apostar por extraer y producir en el propio territorio. Europa ya se ha dado cuenta de ello y está promoviendo la apertura o reapertura de nuevas minas e industrias domésticas.

¿Qué soluciones ve en el medio plazo?

Es fundamental la economía circular. Los productos deben estar diseñados para que puedan reciclarse. En este sentido, seguimos muy atrasados, porque prácticamente la totalidad de los elementos preciados y críticos acaban perdiéndose por ser su recuperación costosísima. En Europa importamos casi todos los recursos esenciales para las nuevas tecnologías y exportamos nuestra basura. Esa basura constituye un recurso esencial que hay que explotar, porque si no, seremos doblemente vulnerables. Pero en España y prácticamente en Europa no existen plantas que recuperen metales críticos de microchips por ejemplo. Hay mucho camino que recorrer en la investigación de la recuperación. Pero sin duda, la primera medida a adoptar es la de reducir drásticamente el consumo. Somos una sociedad de usar y tirar, pero el planeta ni es un proveedor infinito de materias primas, ni un sumidero infinito de residuos. Tendremos que repensar las bases sobre las que se asienta nuestra economía.

Fuente: https://www.meneame.net/story/alicia-valero-falta-microchips-punta-iceberg-nos-espera

lunes, 9 de agosto de 2021

El mito de los coches eléctricos en la transición verde

 Aunque desde Moncloa y la Unión Europea el coche eléctrico se presenta como la gran alternativa de movilidad en la llamada ‘Transición verde y energética’, perpetúa la geopolítica colonialista, supone una gran huella ecológica y acentuará las desigualdades sociales 

Coches eléctricos carga
Álvaro Minguito

 Los automóviles de combustión tienen los días contados. El año 2035 es la fecha que ha marcado en rojo la Unión Europea (UE) para conseguir la “sostenibilidad” en el transporte. A partir de entonces, los coches nuevos deberán tener cero emisiones de dióxido de carbono. Dicho de otra manera, sólo podrán ser eléctricos o de pila de combustible de hidrógeno.

La Comisión Europea (CE) detalla que sus planes responden a la necesidad de una “transición hacia una movilidad más verde”. De hecho, la transición energética ya ocupa una posición determinante en la agenda política europea. Se estima que para el año 2030 la reducción de emisiones incrementará en un 50%. Una agenda que, lejos de querer cumplir únicamente objetivos para paliar la emergencia climática, responde a varias causas e intereses.

“El cambio climático nunca ha importado, no nos engañemos; la verdadera razón por la cual hablamos de transición energética es la escasez de petróleo”, afirma Antonio Turiel al otro lado del teléfono. Es científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), habla claro y contundente y no deja títere con cabeza a la hora de apuntar las causas y falacias de las políticas verdes. Lleva años alertando de ello en su blog The Oil Crash. Según explica, el peak oil o el ritmo máximo de producción de petróleo mundial se alcanzó en 2018, momento a partir del cual la oferta comenzará a caer por debajo de la demanda aumentando el precio. Prueba de ello, dice, es que las inversiones de las compañías petroleras en búsqueda de yacimientos se han reducido en un 60% en los últimos años, en el caso de Repsol hasta en un 90%. “Cada vez queda menos petróleo barato en el mundo, en los próximos años podemos tener una reducción de la producción drástica, que ya se está notando en la falta de abastecimiento y encarecimiento del plástico”, explica Turiel.

En este contexto, la transición energética impregna las decisiones políticas de las próximas décadas pretendiendo un proceso de sustitución de la energía fósil por alternativas renovables y “limpias”. Un momento histórico y clave en el ámbito económico, donde las oportunidades de inversión se multiplican. La llamada transición energética y ecológica es un caramelo para el capital en un momento de recesión y crisis sanitaria. “El Pacto Verde Europeo es la esperanza de Europa de tener un liderazgo global, siendo la primera en llevar a cabo unas reformas verdes que sirvan para reforzar su modelo económico”, explica Alfons Pérez, ingeniero técnico, investigador y activista del Observatori del Deute de la Globalització (ODG) en su estudio Pactos verdes en tiempos de pandemias. Es el objetivo de los fondos Next Generation; implantar tecnologías verdes y digitales mediante una gran inyección de dinero público. Fondos públicos recaudados a base de deuda y que deberán devolverse mediante reformas dictadas desde Bruselas durante los próximos años.

Dinero público para salvar la automoción

Entre otros proyectos que están por venir, el Gobierno español acaba de aprobar el llamado Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica (PERTE), con el fin de impulsar el coche eléctrico y conectado y cumplir así los requerimientos de Bruselas sobre las emisiones de carbono que también contempla la Ley de Cambio Climático. Se financiará con 4.300 millones de dinero público de los fondos europeos Next Generation durante los próximos dos años acompañado de una inversión privada de 19.700 millones de euros. 

 “El PERTE no es un plan de movilidad sostenible, es un documento en clave económica” señala Pérez, “más que una transición es una transacción”. Luis González Reyes es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción. También lo ve claro: “Moncloa está simulando una especie de transición ecológica sin tocar en absoluto las empresas responsables de la situación ambiental”. Paradójicamente, automovilísticas como BMW, Volkswagen, Audi y Porsche han sido sancionadas por Bruselas por oponerse al desarrollo de tecnología para reducir emisiones. Todas apuestan ahora por el coche eléctrico.

El eterno paradigma del crecimiento

No es de extrañar que el Gobierno de Sánchez esté ansioso por avivar el sector automovilístico: el Estado español es el segundo país productor de coches de la UE y el noveno del mundo; el 80% de los vehículos producidos se exportan y aporta entorno al 11% del PIB. Un vector importante donde están implicados más de 300.000 trabajadores directos y otros dos millones en la industria auxiliar. La automoción está en crisis y se espera que reflote protagonizando el llamado ‘Plan de Recuperación’.

El objetivo del PERTE es conseguir que en 2023 haya 250.000 vehículos eléctricos matriculados y entre 80.000 y 11.000 puntos de recarga en todo el Estado. Además, se quieren impulsar la fabricación de sistemas de recarga o de microchips para reducir la dependencia en el suministro de estas piezas esenciales para la electrónica y cuya escasez ha producido ya paradas notables en las fábricas. Según Pedro Sánchez, mediante este plan se podría disparar la aportación de la automoción al PIB hasta un 15% en 2030. En plena pandemia, el baremo de desarrollo se sigue fijando en el PIB.

Una cuestión estructural que va más allá de la economía en términos generales y que afecta individualmente a miles de personas. “Tenemos un sistema que necesita crecer de manera enloquecida para mantener unos puestos de trabajo que nos permitan satisfacer las necesidades básicas, necesitamos crear empleos a costa de lo que sea para tener una vida medianamente digna porque hemos perdido la capacidad de autonomía”, es la lectura que hace González.

“Nuevamente vemos un desvío cuantioso de fondos públicos para manos privadas”, critica y añade que el sector del automóvil no se podrá rescatar por una razón obvia pero que pocos se atreven a señalar: “la movilidad masiva se ha acabado y no va a poder volver”. La sustitución del coche de combustión por uno eléctrico, además de ser insostenible en el contexto de la crisis climática, choca con los límites biofísicos del planeta; “no va a haber coches eléctricos para todo el mundo porque es físicamente imposible producirlos”-afirma Turiel con rotundidad- “y quienes lo proponen saben perfectamente que no es un modelo generalizable”. González pone la guinda a la previsión del futuro próximo en consecuencia: “el coche eléctrico estará al alcance de muy pocas manos y redundará aún más la diferencia de clase”.

Extractivismo “verde”, el oxímoron

“Estamos hablando de transformar un sector que quiere seguir creciendo sin tener en cuenta los límites biofísicos del planeta ni el impacto que supondrá en los territorios” critica Alfons Pérez. Aquí es donde entran en juego las llamadas tierras raras, materiales como el litio, el cobalto o el níquel se constituyen como referentes indispensables para la transición energética. Unos materiales finitos y críticos; la demanda para la estrategia europea de transición verde y digital para el año 2050 multiplica por niveles imposibles las reservas existentes conocidas. ”Este es el único modelo por el que se ha apostado y es inviable, pero la naturaleza no negocia”, alerta Turiel. “En un momento dado, comenzarán a interrumpirse suministros, habrá problemas asociados a la falta de abastecimiento de materiales, etc”, añade.

No es el único problema. El interés por el litio y otros minerales para la fabricación de las baterías de los coches eléctricos y para la transición digital aumenta de la misma manera que las políticas extractivistas. Pedro Sánchez presumía en su plan para la España 2050 de que el Estado tiene “uno de los depósitos de litio más grandes del continente”, refiriéndose a mina de Cañaveral en Extremadura. Su futura explotación ya ha sido objeto de debate y polémica, ha suscitado protestas multitudinarias y se ha comprobado que no será suficiente para cubrir la demanda necesaria.

Esto se traduce en nuevas políticas neocoloniales de extracción masiva de minerales en el Sur global con unos costes irreversibles: gasto de energía para su extracción, altos niveles de emisiones de carbono, deterioro del territorio, aumento de los conflictos, desplazamientos forzados, trabajo infantil y otras violaciones de derechos humanos; en definitiva, seguirán agravando las diferencias entre el Norte y el Sur global: “¿Quién se va a responsabilizar de todos los impactos socioambientales? Tenemos que abrir el debate sobre el grado de responsabilidad que tenemos, no podemos ignorarlo“ apunta Pérez. 

Además de los límites materiales y las consecuencias del extractivismo, la huella ecológica que supondría modificar el parque automovilístico, no se ajusta al objetivo de conseguir una movilidad verde y sostenible. González lo aclara: “tendríamos que cambiar toda la red de gasolineras y convertirla en una red de electrolineras, habría que aumentar la producción de electricidad”. No sólo eso, recuperar mediante el reciclaje los cementerios de baterías que supondrá la transición digital tiene un coste energético tan elevado que directamente no llega a plantearse; “falta planificación estratégica” dice Pérez.

Nuevo tablero geopolítico

Las denominadas tierras raras han entrado en juego en el tablero geopolítico, suponiendo cambios de poder y liderazgo y nuevas relaciones internacionales, pero manteniendo la matriz colonial. Al mapa de los recursos donde Oriente Medio es el núcleo de la extracción de hidrocarburos se suman nuevas localizaciones de extracción de materias escasas: el triángulo del litio que se encuentra en América Latina entre Bolivia, Argentina y Chile; la extracción de níquel es mayoritaria en Indonesia y Filipinas; y las mayores reservas de cobalto del mundo están en la República Democrática del Congo, explica Pérez con datos de una investigación de ODG y MedicusMundi Mediterrània..

En cuanto a las tierras raras se concentran sobre todo en China, donde el 62% de la producción mundial actual se extrae de una sola mina, Bayan Obo, que es utilizada como arma geoestratégica. China lidera la vanguardia industrial; no solo posee tierras raras sino que tiene la capacidad de procesamiento. Alfons Pérez analiza así este cambio geoestratégico: “Las regiones clave son el triángulo de extracción en el Sur global, China emerge como potencia para la manufactura y el procesamiento y la economía Europea pasa a ser mera consumidora. El motor alemán deja de ser la base de la exportación y de la construcción Europea y se impone la importación de baterías de China”.

Hacia el decrecimiento inevitable

“Es increíble que lo primero que se proponga desde Moncloa al hablar de una transición en la movilidad sea el coche eléctrico”, denuncia Pérez. Según el investigador de ODG, la jerarquización de las políticas es necesaria. En lugar de destinar esfuerzos y recursos a fortalecer los medios colectivos y planificar la reducción del parque automovilístico, la propuesta de Sánchez responde a intereses privados del sector. “Hablamos de electrificación del transporte pero no impulsamos el tren, se están planteando cosas tan estúpidas como trenes de hidrógeno”, comenta. Un proyecto impulsado por Talgo y Repsol que también se beneficiarán de los fondos Next Generation.

Desde los movimientos ecologistas llevan tiempo avisando de la única salida posible a la crisis socioambiental y económica: el decrecimiento. “Nunca es tarde para evitar el colapso”, dice Turiel, “pero el primer paso es asumir que tienes un problema”. Plantea que la situación es “crítica y urgente”, y que la energía renovable debería canalizarse “para fines más urgentes que no sea producir electricidad”. Porque puntualiza: “la energía renovable no es ilimitada”.

Siguiendo el mismo hilo, González ve necesario “construir economías y vidas más locales y repensar los modelos de movilidad”. Subraya un concepto: la justicia social. “La transición ecológica es una transición del conjunto del orden político, económico y cultural”, explica, “y tiene que venir directamente ligado a procesos de redistribución de la riqueza”. Reducir la movilidad sin una redistribución de la riqueza ahondaría aún más en los patrones desiguales; “podríamos tildarla de transición ecofascista o autoritaria”, matiza.

Ante un contexto de crisis donde se destinarán fondos públicos a la colaboración público-privada aumentando el endeudamiento de la población, Pérez reivindica la necesidad de crear colaboraciones público-comunitarias para construir alternativas reales ante los problemas de las próximas décadas: “Es necesario democratizar estos procesos, hay que disputar esta cuestión en el camino de la transición energética”.

 Fuente: https://www.elsaltodiario.com/ecologia/mito-coches-electricos-transicion-verde

lunes, 10 de febrero de 2020

Menos carbón y más renovables: el sector eléctrico europeo logra una disminución récord de las emisiones del 12% en 2019

En 2019, el sector eléctrico de la Unión Europea (UE) emitió un 12% menos de CO2 que en el año anterior. Al mismo tiempo, la participación de las energías renovables en la producción de electricidad aumentó en toda la UE al 35%, lo que supuso un nuevo récord. Estos son los principales hallazgos del estudio sobre el sector eléctrico realizado por Agora Energiewende y el grupo de expertos sobre clima Sandbag.



Las emisiones de gases de efecto invernadero de las centrales eléctricas de la UE disminuyeron más en 2019 que en cualquier año desde 1990. En general, las emisiones cayeron en 120 millones de toneladas, una disminución del 12% en relación con el nivel del año anterior. La causa de la disminución fue un colapso en la generación de las centrales eléctricas de carbón y lignito, que disminuyeron un 24% en toda la UE.

En gran medida, este colapso fue provocado por un aumento en el precio de las emisiones de CO2 a alrededor de 25 euros por tonelada, lo que hace que la electricidad de carbón con alto consumo de carbono sea más costosa que la electricidad a partir de gas natural, energía nuclear y energía renovable.


La mitad de la electricidad que de otro modo se habría producido a partir del carbón provenía de centrales eléctricas de gas y energías renovables. La participación de la energía verde en la generación de electricidad aumentó en la UE al 34,6%, 1,8 puntos porcentuales más que en 2018. Por primera vez, las plantas de energía eólica y solar suministraron más electricidad que las centrales de carbón. Agora Energiewende y el grupo de expertos británico Sandbag publicaron recientemente estas cifras en su informe «El sector eléctrico europeo en 2019«.

Derrumbe del carbón…
Todos los países de la UE con centrales eléctricas de carbón registraron una caída en la participación del carbón en su mix eléctrico. El volumen total se hundió en un 24%, o alrededor de 150 teravatios hora. En relación con 2018, la electricidad generada por las centrales eléctricas de carbón duro disminuyó un 32% en toda Europa, mientras que la generación de electricidad a base de lignito disminuyó un 16%. Juntos, Alemania, España, los Países Bajos, el Reino Unido e Italia representaron el 80% de la disminución de la electricidad del carbón duro.

Para el lignito, casi dos tercios de la disminución tuvo lugar solo en Alemania y Polonia. La electricidad de las centrales nucleares disminuyó ligeramente, cayendo un 1%. Las centrales a gas fueron las únicas centrales eléctricas convencionales que produjeron más electricidad que el año anterior, con un aumento del 12% en sus niveles de generación.

«Europa está liderando el mundo para reemplazar rápidamente la generación de carbón con energía eólica y solar», dice Dave Jones, analista europeo de energía en Sandbag. «Como resultado, las emisiones de CO2 del sector eléctrico en el último año han caído más rápido que nunca».
…más renovables

La electricidad proveniente de la energía eólica y solar creció 64 teravatios hora sobre los niveles de 2018 y, con un total de 569 teravatios hora, superó la cantidad de electricidad a carbón en 100 teravatios hora por primera vez. Las turbinas eólicas suministraron un 14% más de electricidad, gracias en parte a las condiciones favorables del viento. La energía de las instalaciones solares aumentó en un 7 %.



Todos los estados miembros de la UE, excepto la República Checa, vieron una creciente participación de la energía solar y eólica en su mix eléctrico. Por el contrario, la generación de electricidad a partir de la energía hidroeléctrica se redujo en más del 6% debido a la sequía en curso. Las plantas de energía nuclear, que dependen del agua del río para enfriarse, también se vieron afectadas por la sequía, particularmente en julio. Los niveles más bajos del río también obstaculizaron las entregas de carbón a las centrales eléctricas a través de vías fluviales.

El sector eólico de la UE agregó plantas con una producción total de 16.8 gigavatios en toda Europa: 5,1 gigavatios más que en 2018. En el caso de la energía fotovoltaica, la expansión se duplicó, de 8,2 gigavatios en 2018 a 16,7 gigavatios el año pasado. «A pesar de las tendencias positivas», advierte Matthias Buck, jefe de política energética europea en Agora Energiewende, «el ritmo de expansión debe acelerarse aún más». Para 2030, casi un tercio de la energía total en la UE debe provenir de energías renovables. Esto requiere un crecimiento de 97 teravatios hora al año hasta 2030, 33 teravatios hora más de lo que se añadió en 2019.

Precios del CO2 efectivos
«La disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero de la UE en 2019 se debe en gran medida al precio de las emisiones de CO2, que continuó impulsando fuentes de energía que dañan el clima del mercado», dice Buck. «Para garantizar la continua mitigación del calentamiento global», agrega, «es importante que el precio de las emisiones de CO2 se mantenga en el nivel actual».

El Sistema de Comercio de Emisiones de la UE establece el número total de permisos anuales para las emisiones de gases de efecto invernadero en los sectores de energía, industrial y aviación intraeuropea. Sin embargo, emite alrededor de 300 millones de permisos más de los que los emisores consumen actualmente. Según Buck, la UE debe reducir el número de permisos emitidos más rápido de lo previsto si quiere que el sistema de comercio de emisiones sea efectivo y alentar la inversión en energías renovables. Concluye, por lo tanto, que «este es un tema que debe figurar centralmente en las discusiones sobre cómo aumentar los objetivos climáticos europeos para 2030».

Los países que han sido más ambiciosos en la expansión de la energía eólica y solar, con el Reino Unido, Irlanda y España a la cabeza, experimentaron la mayor caída en los precios del mercado eléctrico. «La trayectoria de los precios del mercado eléctrico muestra que los países que desarrollan energías renovables dependen menos de las importaciones, los costos de las materias primas y, por supuesto, los precios del CO2», dice Buck.

Agora Energiewende y Sandbag creen que las perspectivas para 2020 son buenas. «La tendencia a la baja en la electricidad generada a partir del carbón continuará», dice Buck, «21 estados miembros europeos y el Reino Unido han adoptado planes de eliminación gradual para el carbón o ya no usan plantas de energía a carbón en su mix eléctrico doméstico, y otros dos países mantienen conversaciones sobre la eliminación del carbón.

En 2019 proliferaron las demandas sociales para un progreso más rápido en la protección del clima. En el transcurso de este año, Europa aumentará sus objetivos climáticos para 2030. Al mismo tiempo, los precios de las energías renovables continuarán cayendo y, dado el marco adecuado, los precios de las emisiones de CO2 deberían permanecer altos. En otras palabras, se acerca la era post combustibles fósiles. Esto es algo que todos los estados miembros de la UE deben aceptar».

“Europa debe convertirse en un líder global que muestre al resto del mundo cómo puede hacer una transición rápida y completamente lejos del carbón. Polonia, la República Checa, Rumania y Bulgaria continúan dependiendo en gran medida de la energía del lignito y aún tienen que desarrollar planes de eliminación. Dichos planes son necesarios no solo para crear una UE libre de carbón sino también porque las plantas de energía de lignito han pasado de ser un activo a un pasivo, ya que los precios más bajos de la electricidad y los precios del carbono más altos en 2019 han aplastado su economía”, dice Dave Jones de Sandbag.

Fuente: https://elperiodicodelaenergia.com/menos-carbon-y-mas-renovables-el-sector-electrico-europeo-logra-una-disminucion-record-de-las-emisiones-del-12-en-2019/