El Premio Breakthrough es el que más dinero reparte entre científicos y detrás están grandes magnates y filántropos como Mark Zuckerberg, Sergey Brin, Priscilla Chan, Yuri y Julia Milner, y Anne Wojcicki
"Si mucha de la gente que trabaja en un mismo campo se reuniese en una habitación, dejando a un lado sus nombres, sus egos, sus cargos y se limitasen a pensar, alcanzarían soluciones para muchas cuestiones."
A las grandes compañías farmacéuticas "no les importa en cuántos comités estás incluida, cuantos artículos has publicado."
Mural en Budapest en honor a la científica húngara Katalin KarikoEFE
La científica húngara Katalin Karikó ha sido galardonada este año, junto a su colega en la Universidad de Pensilvania Drew Weissman, con el Premio Breakthrough en Ciencias de la Vida por su papel en el desarrollo de la tecnología de ARN mensajero. Tras años de escepticismo y menosprecio de la comunidad científica, las innovadoras vacunas
desarrolladas por Pfizer/BioNTech y Moderna que han demostrado su
eficacia contra el virus se basan en décadas de trabajo de Karikó y
Weissman.
Dotado con 3 millones de dólares, el Premio Breakthrough es el que más dinero reparte entre científicos. Detrás están grandes magnates y filántropos como Mark Zuckerberg, Sergey Brin, Priscilla Chan, Yuri y Julia Milner, y Anne Wojcicki entre otros.
Tras recibir el premio, Karikó ha hablado con el diario The Guardian. Durante su entrevista, la científica pionera ha abordado el problema del ego y los títulos en el seno de la comunidad científica, y el freno que suponen para el avance y el progreso de muchas investigaciones.
"Si mucha de la gente que trabaja en
un mismo campo se reuniese en una habitación, dejando a un lado sus
nombres, sus egos, sus cargos y se limitasen a pensar, alcanzarían soluciones para muchas cuestiones, pero todos estos títulos y demás se convierten en un obstáculo", asegura Karikó a The
"Siempre he pensado que a quién le importa. En cien años nadie se acordará de mi nombre. Sin embargo, los títulos, los ascensos, los hombres más mayores,
el poder, todo eso se convierte en un obstáculo", insiste. Karikó
aclara que no sólo los hombres priorizan el poder al progreso, aunque
"han tenido más tiempo para practicar ejerciendo el poder".
Toda esa lucha de egos desaparece cuando se pasa del entono académico a empresarial. A las grandes compañías farmacéuticas "no les importa en cuantos comités estás incluida, cuantos artículos has publicado. Lo que importa es dar con un producto que produce un efecto".
Un efecto que tras décadas de
fracasos llegó tras comenzar a trabajar con Drew Weismann. Juntos
consiguieron evitar el gran obstáculo al que se enfrentaban las vacunas
desarrolladas con tecnología ARNm, la reacción inmune del cuerpo al recibirlas. Su trabajo fue la base en la que se sustentó el desarrollo de las vacunas contra el SARS-CoV-2 de Pfizer y Moderna.
Los tres millones de dólares de premio son el último reconocimiento a una científica con orígenes muy humildes,
que llegó a Estados Unidos con lo que había conseguido al vender su
coche usado y que tuvo que sobrevivir con los 17.000 dólares al año que
le ofrecía el postdoctorado en la Universidad de Temple. Sin embargo,
para Karikó el mayor homenaje son los cientos de miles de vidas que han salvado las vacunas contra el coronavirus y la prometedora posibilidad de que se pueda aplicar en la lucha contra el sida o el cáncer.
"Para mí, ningún galardón, ningún premio que puedan ponerme delante es comparable a eso", concluye.
El primer ministro húngaro ha sido reelegido tres veces consecutivas con un discurso centrado en la etnia y el miedo a los inmigrantes. La pensadora Agnes Heller, que lo considera un “tirano moderno”, explica qué podemos aprender de Hungría antes de que sea demasiado tarde
Protestas en Budapest contra el Gobierno de Orbán, el pasado mes de febrero.LASZLO BALOGHGETTY IMAGES
Diversos factores han contribuido a la instauración del régimen de Viktor Orbán
en Hungría, entre ellos la falta de tradición democrática, la decepción
de muchos ciudadanos tras el advenimiento de este sistema político, los
errores de los Gobiernos o el intento fallido de golpe de Estado en 2006. Luego está el miedo al caos o a la ausencia de liderazgo. Seguramente, todo ello influyó en la primera (o segunda) victoria del Fidesz-Unión Cívica Húngara en 2010. Ahora bien, ¿qué pasó entonces en las elecciones de 2014 y 2018?
La respuesta habitual señala a la nueva ley electoral aprobada por un
Parlamento dominado por el partido de Orbán, que ha convertido en
prácticamente imposible una victoria de la oposición. Esto es cierto,
pero no lo explica todo. Otro factor a tener en cuenta es que las fuerzas políticas de la oposición se han profesado un odio mutuo
mayor que el que sienten por el Fidesz, y, hasta ahora, se niegan a
unirse. Pero esta respuesta tampoco es satisfactoria del todo; habría
bastado con que tres candidatos de la oposición se hubiesen apartado y
dejado paso a un cuarto para que el Fidesz no hubiese conseguido dos
tercios de los escaños en 2018. Esto sigue sin explicar por qué los más
pobres, los perdedores —como, por ejemplo, la mayoría de los gitanos—, votaron a Orbán.
En el siglo pasado, muchas sociedades europeas continentales vivieron
procesos similares. Algunos periodistas, sociólogos y politólogos han
calificado la “democracia no liberal” de Orbán de “fascismo”,
“autocracia”, “Estado mafioso” e incluso de “nacionalsocialismo”, pero
yo creo que en Hungría nos encontramos ante un fenómeno nuevo. Por eso he utilizado el término políticamente neutro de “tiranía”.
A pesar de ser resultado de numerosas contingencias y aunque se pueda
entender en el contexto del pasado nacional, el caso húngaro no es
único. La calificación de fascista aplicada al régimen de Orbán es fácil
de rebatir. En Hungría hay partidos de la oposición y no existe la pena
capital. De hecho, el régimen no es totalitario. Cuando recibe el
calificativo de autocrático también es fácil objetar que las
autocracias, incluidas las dictaduras militares, suelen sustentarse en
una clase social que las respalda. “Populismo”, el término empleado con
más frecuencia para describir el actual régimen húngaro, es igualmente
poco preciso. Los partidos populistas no crean oligarquías, aunque bajo
su dirección la corrupción y el robo puedan alcanzar grandes
proporciones.
La nueva modalidad de tiranía aún no tiene nombre, pero es
posible caracterizarla. La Hungría de Orbán puede servir de modelo para
ello. De hecho, los sistemas de los mejores amigos del primer ministro
húngaro, como Putin y Erdogán, guardan similitudes con ella. Las
diferencias obedecen a las diferentes tradiciones históricas y al hecho
de que Hungría es miembro de la Unión Europea, mientras que Turquía y
Rusia no lo son. Aun así, la importancia de analizar el imperio de Orbán
como modelo no reside en su similitud con otras democracias no
liberales “realmente existentes”, sino en la atracción que este ejerce
sobre otros países gobernados hasta ahora por democracias liberales.
Hannah Arendt, en su obra Los orígenes del totalitarismo,
fue una de las primeras en analizar la transformación de las sociedades
de clases en sociedades de masas. En el territorio bajo dominio
soviético, esta transformación sucedió de forma repentina y violenta, y
concluyó rápidamente. En otras partes de Europa ocurrió de forma más
lenta, pero también se produjo. También en otros lugares las sociedades
de clases se convirtieron en sociedades de masas. En las democracias liberales
el voto cambió. Italia o Francia pueden servir de ejemplo. Allí, a lo
largo de muchas décadas, los mismos partidos compitieron por el apoyo
del electorado. La pertenencia a una clase social y la tradición
familiar eran los factores más decisivos para los electores, y así los
partidos desarrollaban sus campañas en consecuencia (sus programas
abordaban salarios, impuestos, empleo, etcétera). Pero de repente ningún
partido tradicional puede continuar haciendo estas propuestas; ni
siquiera la promesa de renovar el Estado de bienestar consigue atraer a
los votantes. Los viejos eslóganes ahora suenan vacíos. Los pobres no
son una clase, no tienen intereses de clase. Las formaciones políticas
convencionales, y otras organizaciones políticas, surgen de la nada. Se
ha perdido la estabilidad del sistema; todo se vuelve fluido, maleable.
Las ideologías sustituyen a los intereses del electorado.
La victoria en las elecciones gracias al apoyo de la mayoría en las
urnas legitimaba a un Gobierno, justificadamente. Pero hoy, en muchos
lugares del mundo, los mismos tiranos son elegidos y reelegidos por la
mayoría. Estos regímenes no son democracias, sino tiranías. Hoy, solo
las democracias liberales, es decir, los Estados con división de poderes
y un sistema de controles y equilibrios, en los que se respetan y se
practican las libertades civiles, pueden ser calificados de democracias.
La “democracia iliberal” no es democracia.
Si los viejos partidos se derrumban y nuevas formaciones sin
tradición surgen de la nada; si los tiranos pueden ser elegidos una y
otra vez por la mayoría; si la riqueza se redistribuye a la inversa,
¿qué es lo que mueve a la gente? La respuesta es simple: la ideología
combinada con las políticas de la identidad. Francis Fukuyama, enIdentidad,
su último libro, apunta a la abrumadora influencia de las políticas de
identidad, y no solo en las tiranías. Estas políticas (en plural)
difieren mucho unas de otras, dependiendo de la clase de “identidad” en
la que se fundamenten. Puesto que me estoy refiriendo al caso húngaro,
tengo en mente las políticas de identidad europeas más características y
tradicionales. Desde la I Guerra Mundial, la identidad dominante en
Europa es el Estado-nación, la “identidad nacional”, que puede
fundamentarse en la nacionalidad, aunque en el caso húngaro (y en la
mayoría de los países europeos) su base es la etnia.
“Primero quiso nuestro dinero, ahora la unidad de Europa está en juego”.F. LENOIRREUTERS
Las ideologías pueden ser positivas. Por “positivas” no quiero decir
buenas, progresistas, ni nada por el estilo. Las ideologías positivas
son las que contienen una promesa de futuro, ya sean cambios radicales,
una sociedad sin clases, un mundo sin contaminación, el dominio mundial,
el Estado del bienestar o la felicidad universal. Las ideologías
positivas (las beneficiosas y las peligrosas) tienen sus propios
ideólogos intelectuales y cuentan con el apoyo de científicos, poetas y
filósofos, que forman una especie de élite cultural. Pero las ideologías
de las tiranías modernas son negativas. No tienen una élite
intelectual.
Orbán se dirige a la etnia húngara y, dentro de ella, exclusivamente a
sus seguidores. No considera que los miembros de la oposición sean
húngaros. En su opinión, los liberales, los socialistas y los demás
miembros de la oposición traicionan al país, por ejemplo, al votar en
contra de Hungría (o sea, del Fidesz) en el Parlamento Europeo. La
esencia de la ideología dominante podría resumirse brevemente así: los
húngaros son los mejores, los más inteligentes, los más trabajadores,
los más demócratas, y siempre son malinterpretados por los abominables
liberales y comunistas. Pero no hay por qué preocuparse. El Fidesz, es
decir, Orbán, te protege, siempre tendrá en mente los intereses del
pueblo, defenderá el glorioso pasado, la cultura tradicional, y demás.
Si apoyas a Orbán, apoyas a Hungría.
En las elecciones de 2014, la campaña ideológica giró en torno a la
defensa de los húngaros frente al aumento del precio del gas y de la
electricidad, que reporta “beneficios adicionales” a los intereses
extranjeros. Fidesz estableció un precio fijo y los húngaros podían ver
en sus facturas cuánto les había ahorrado el Gobierno. El subtexto era
obvio: los húngaros tenemos un padre, Orbán, que nos defiende a
nosotros, sus hijos, así que obedezcámosle.
La crisis de los refugiados fue una fantástica oportunidad para el
Gobierno del Fidesz. Orbán nunca hablaba de refugiados, ni siquiera de
inmigrantes, sino de las hordas de inmigrantes. Prometió que defendería
nuestro país, la cristiandad y la cultura europea de los invasores
musulmanes ilegales, que violarían a nuestras mujeres, que eran
terroristas, nos quitarían el trabajo y destruirían nuestra tradición.
Nada de esto tenía que ver con el verdadero problema de la inmigración.
En Hungría no hay “inmigrantes” ilegales. Pero Orbán y sus “mamelucos”
consiguieron persuadir a una parte enorme de la población de que
millones de individuos de color, hambrientos y peligrosos, estaban a
punto de invadirnos. De modo que los húngaros empezaron a odiar a esos
“inmigrantes”. A personas muy pobres —quienes más perdieron con el
régimen de Orbán— se les preguntó por qué le votaban, y todas
respondieron que porque nos protege de la invasión de inmigrantes. No
habían visto ni uno solo.
Los tiranos también aprenden unos de otros. En Turquía, Erdogán eligió un rostro para utilizarlo como blanco del odio. Orbán también lo buscó y lo encontró en George Soros,
un multimillonario judío de origen húngaro. Se convirtió en la
personificación perfecta del diablo. Soros ha escrito sobre la
emigración y es un conocido activista político. Los carteles del demonio
Soros desempeñaron un papel importante en la campaña electoral de
Fidesz de 2018. Muchos han señalado que esta vivificación tenía una
motivación antisemita, pero no es así. Orbán no es antisemita, no tiene
ninguna convicción firme, ni positiva, ni negativa. Lo único que le
interesa es acrecentar al máximo su poder, y por eso utilizará cualquier
ideología (incluido el antisemitismo) que le sirva para fortalecer su
autoridad y satisfacer su ansia de acumular cada vez más.
La “ideología negativa” también es llamada nihilista por Nietzsche.
Es la ideología del “último hombre”. Tras las elecciones de 2018, el
Fidesz lanzó un Kulturkampf, una batalla cultural que nada tiene que ver con la cultura, sino con el poder.
La batalla cultural llegó a la Academia Húngara de Ciencias. Esta
vieja y hasta ahora autónoma institución no solo reúne a la comunidad de
los científicos punteros, sino que sus miembros forman los eslabones de
la cadena de organismos de investigación científica. El Gobierno
decidió que esto no puede seguir así. La investigación científica tiene
que estar controlada por el Estado, porque si no, los científicos no
sabrán cuáles deben ser las prioridades ni qué es más útil. (...) La
ideología no puede producir resultados científicos, ni escribir poemas
ni novelas. El reconocimiento no llega bajo demanda. Rákosi [primer
ministro de 1945 a 1956] no pudo, Kádár [de 1956 a 1958 y de 1961 a
1965] no pudo, y Orbán tampoco podrá.
La batalla cultural se ha librado en distintos campos, en
universidades y escuelas, es decir, contra las escuelas y las
universidades. Se espera que las escuelas produzcan individuos buenos y
obedientes, y con la excusa de que los libros de texto que reciben los
alumnos son gratuitos, su contenido está determinado por la propaganda
del Fidesz, sobre todo en las asignaturas de historia y literatura
húngara. En lo que respecta a las universidades, el Estado nombra al
denominado canciller, situado por encima del rector elegido, para que se
ocupe de lo relacionado con la enseñanza. Aunque no todos los
cancilleres obedecen órdenes, y entre ellos hay personas cultas y
bienintencionadas, la autonomía de las universidades públicas está
limitada. Los padres que se lo pueden permitir mandan a sus hijos a
universidades privadas o al extranjero. Cuando acaban el bachillerato,
muchos estudiantes se marchan a Londres, Viena, Estados Unidos o alguna
ciudad alemana. Esto entra dentro de lo normal, pero si las
circunstancias no cambian, estos estudiantes nunca volverán. Y aunque no
forme parte directamente de la batalla cultural, vale la pena señalar
que alrededor de medio millón de húngaros viven y trabajan en el
extranjero. Dado que son, sobre todo, estudiantes e intelectuales
altamente cualificados, el país sufre una grave escasez de médicos,
enfermeros y otros profesionales, incluidos trabajadores especializados.
Las tiranías siempre acaban cayendo, pero aún está por ver si los
húngaros saldrán de esta con la suficiente cordura, al menos, para poder
empezar de nuevo. La Unión Europea es la última oportunidad
que tiene la Europa continental de seguir siendo un actor política y
culturalmente decisivo en la escena mundial. Si la Unión fracasa, Europa
tendrá un pasado, pero no un presente y menos aún un futuro. Se
transformará en un museo.
La aprobación de la conocida como "ley de la esclavitud" ha provocado una ola de protestas en Hungría.
En Budapest, la multitud agolpada frente al Parlamento fue reprimida
por la Policía con gases lacrimógenos. Los enfrentamientos se repitieron
en la sede del Fidesz, el partido gobernante, donde los manifestantes
trataron de entrar.
REUTERS/Bernadett Szabo
La polémica reforma para liberalizar el mercado laboral fue aprobada
el miércoles en el Parlamento gracias a la mayoría de dos tercios del
Fidesz, el partido nacionalista de derechas del primer ministro Victor
Orbán, y pese a los intentos de la oposición de bloquear la votación.
400 horas extra al año que pueden ser pagadas 36 meses despuésLa nueva ley permite, entre otras cosas, que un trabajador haga hasta 400 horas extra al año, frente a las 250 permitidas hasta ahora, y autoriza a las empresas a pagar esas horas hasta 36 meses después
de haber sido trabajadas. En teoría, las horas extra son voluntarias,
pero en la práctica, por miedo a perder su empleo, algunos trabajadores
se podrían ver forzados a trabajar 6 días por semana.
REUTERS/Bernadett Szabo
"Hoy en
el Parlamento prácticamente pusieron el último clavo en el ataúd de la
democracia, lo que hicieron fue el último paso en la construcción de un
estado de partido único", denunciaba en medio de la protestas Miklós Hajnal, portavoz del movimiento Momentum.
REUTERS/Bernadett Szabo
Budapest
se convirtió el miércoles por la noche, tras la aprobación de la ley,
en una olla en ebullición. Los manifestantes contra la "ley de la
esclavitud", reunidos ante el Parlamento, marcharon por la ciudad hasta
la sede del Fidesz. Allí dos chicas se subieron a un balcón donde
hicieron ondear la bandera húngara junto a la de la Unión Europea. La
multitud también bloqueó el Puente de las Cadenas, uno de los símbolos
de Budapest.
REUTERS/Bernadett Szabo
Después
de la masiva protesta espontánea de este miércoles este jueves se ha
convocado una nueva protesta frente al Parlamento que se espera aún más
concurrida.
REUTERS/Bernadett Szabo
La
política de Orbán exaspera en la Unión Europea, pero hasta ahora no
había provocado en Hungría tanto rechazo de grupos sociales tan
diferentes.
La ironía de que en Hungría prohiban el musical Billy Elliot, porque
dicen que incita a la homosexualidad, es que este es el traje
tradicional húngaro para hombres.
(El de la derecha)
Pasarán las noticias sobre la victoria electoral del primer ministro húngaro, Víktor Orbán,
pero quedará el problema mayúsculo que representa para la Unión que uno
de los miembros del Consejo Europeo haya triunfado en las urnas con un
mensaje nítidamente xenófobo y con unas malas artes que la OSCE ha
puesto dramáticamente de manifiesto.
Digámoslo
sin pelos en la lengua: las de Hungría habrán sido unas elecciones
libres, pero no justas, porque los medios utilizados desde el poder por
el partido de Orbán, Fidesz, han impedido a las otras fuerzas políticas
competir en pie de igualdad. No estamos hablando de minucias, sino de
algo fundamental en la Unión Europea: una democracia demuestra serlo en
el contenido y en las formas.
El discurso de Orbán
choca frontalmente con los valores de la UE y agita los peores
fantasmas del pasado lejano y también del cercano de nuestro continente,
en un área geográfica, además, en la que, cuando se han encarnado, lo
han hecho de forma especialmente aguda y destructiva.
Así que lo
ocurrido en Hungría no puede pasar sin más a formar parte del paisaje
político europeo, como si nos conformáramos con constatar que en
Austria, Holanda, Francia y Alemania quienes comparten proclamas con
Orbán no ganaron las elecciones.
Entre
otras cosas, porque todavía estamos a la espera de saber si la Liga
Norte italiana consigue o no entrar en el Gobierno, lo que elevaría la
lista de estados miembros dirigidos por partidos populistas, xenófobos o
descreídos de las virtudes del estado de derecho (caso de Polonia),
sumando uno de los cinco grandes y encima fundador a la nómina.
Las instituciones europeas no pueden confundir respeto a las
decisiones electorales de los países comunitarios con silencio o paños
calientes. Si lo hacen, estarán invitando a pensar a los extremistas que
el "apaciguamiento" vuelve a ser norma frente a sus actuaciones,
exactamente cuando se cumple el 80 aniversario del "papelito" de
Chamberlain, salvando todas las evidentes distancias históricas,
afortunadamente.
Pero
esto no vale solo para las instituciones de la UE, sino también para
quienes las conforman: los partidos políticos europeos. Fidesz
y Orbán son miembros del Partido Popular Europeo (PPE), la primera
familia política de la Unión, que encabeza actualmente el Parlamento, la
Comisión y el Consejo Europeo. Precisamente por ello se echa en falta
un posicionamiento claro del PPE frente al primer ministro húngaro y su
programa, que podría ir desde el desmarque formal hasta la congelación
de su pertenencia o incluso su expulsión, en vez de los telegramas de
felicitación enviados por sus dirigentes.
Si
la UE no reacciona, quienes hacen frente a los extremistas en sus
países pensarán que están más solos que la una, los populistas llegarán a
envalentonarse todavía más y, sobre todo, los valores europeos sufrirán
un desgaste que no nos podemos permitir. Porque en esto tampoco hay
fronteras y el precio terminaremos pagándolo todos no nos engañemos.
Csanád Szegedi, un hombre de 34 años que fue eurodiputado por el partido
de extrema derecha húngaro Jobbik, planea emigrar a Israel con su
familia tras descubrir, en el año 2012, que es judío. Ahora busca
combatir al antisemitismo, según lo que anunció en una conferencia
organizada por la Organización Sionista Mundial en Budapest.
Szegedi fue cofundador de la Guardia Húngara, un grupo
nacionalista cuyos miembros se consideraban descendientes del partido
fascista Cruz de Flecha, el cual colaboró con los nazis durante la Shoá,
e inclusó llegó a ser vicepresidente del Jobbik, un partido de corte
antisemita.
Todo cambió cuando se enteró que sus abuelos maternos eran
judíos: ella había sobrevivido a Auschwitz y él estuvo en campos de
trabajos forzados: “En primer lugar porque me di cuenta el Holocausto
realmente sucedió”, aseguraba Szegedi. Inmediatamente, renunció
a todos sus cargos en Jobbik, comenzó a aprender judaísmo, respetar el
Shabat y la cashrut e ir a la sinagoga, además de convertirse en un
activista contra el antisemitismo en Europa.
En declaraciones al diario Jerusalem Post Szegedi dijo: “Israel es un
país increíble, y creo que cada judio que vive en la diáspora [fuera de
Israel] considera seriamente emigrar allí al menos una vez en su vida.
Hay muchos elementos más positivos que negativos en ser judío, y el mayor regalo para cualquier judío es la existencia del Estado de Israel”.
La nueva política migratoria de Hungría permite devolver en caliente a
todas aquellas personas que sean detenidas a menos de 8 kilómetros de la
frontera con Serbia. Un alto porcentaje de los casos de violencia
atendidos por MSF habrían sido provocados por las autoridades húngaras.
Los pies de una PERSONA que caminó desde Pakistán hasta Grecia/ Fotografía: Gabriel Tizón
El 9 de marzo de 2016, los líderes europeos anunciaron que la llamada
"ruta de los Balcanes" se clausuraba, después de que Croacia, Antigua
República Yugoslava de Macedonia (ARYM) y Eslovenia cerraran por
completo sus fronteras a quienes intentaban pasar a través de esos
países para buscar asilo en el norte de Europa. Para miles de personas
que huyen de la violencia, esta ruta representaba una de las pocas vías
para alcanzar la seguridad y la protección que en teoría debería
ofrecerles Europa. Los médicos y psicólogos de Médicos Sin Fronteras
(MSF) que continúan trabajando en estos países han podido constatar el
aumento de la violencia contra los refugiados desde que se "cerrara" la
ruta.
Muchos líderes europeos afirman que el problema de la ruta de los
Balcanes se ha resuelto tras el cierre de fronteras, pero la dramática
situación humanitaria en la región está aún lejos de haber terminado.
Hoy en día, cientos de personas vulnerables siguen varadas en Serbia,
ARYM y Bulgaria tratando de llegar a sus destinos finales a través de
rutas peligrosas que controlan contrabandistas, o atascados en zonas de
tránsito entre las fronteras de Serbia, Hungría y Macedonia.
Los equipos de MSF en Serbia han observado que el empeoramiento de la
situación humanitaria y médica está directamente relacionado con las
restricciones en las fronteras que sufren miles de refugiados y
solicitantes de asilo.
"Desde el cierre de fronteras, hemos notado un fuerte incremento en
el número de pacientes que presentan señales de haber sufrido abusos,
así como traumatismos físicos producto de la violencia ejercida contra
ellos. Muchos de estos casos fueron presuntamente cometidos por las
autoridades húngaras", explica Simon Burroughs, coordinador general de
la misión de MSF en Serbia. "Condenamos sin paliativos el uso de la
fuerza excesiva e instamos a las autoridades húngaras a que tomen las
acciones necesarias para terminar con estas prácticas".
En los últimos meses, la posibilidad de solicitar asilo en la UE a
través de Hungría se ha reducido drásticamente. A principios de julio,
la nueva política nacional permite llevar a cabo controles migratorios a
mayor distancia de la frontera y devolver en caliente a todas aquellas
personas que sean detenidas ya en Hungría, pero que se encuentren dentro
de un área que diste menos de 8 kilómetros de la frontera con Serbia.
Ante esta perspectiva, decenas de las familias están atrapadas ante el
dilema de tener que esperar en una condiciones deplorables o quedar
expuestos a más violencia y abusos en las peligrosas rutas dominadas por
contrabandistas.
Desde el 1 de abril hasta 30 de junio, los equipos de MSF realizaron
510 consultas de salud mental y, de ellas, 188 fueron a supervivientes
de acontecimientos traumáticos como maltratos y torturas,
encarcelamientos, secuestros y violencia sexual perpetrados por
contrabandistas, la policía o personas de la propia comunidad. La
proporción de consultas que ha atendido MSF en relación con tales
traumas ha aumentado a más del doble desde marzo, y supuso 1 de cada 10
casos vistos por los médicos de la organización entre abril y junio.
De estas personas, entre las que se incluyen mujeres y niños, el 65 %
indican que sufrieron traumatismos físicos por parte de personas
uniformadas en territorio húngaro, y el 35 % afirman que esta violencia
proviene de otros causantes (ladrones, contrabandistas y otros
refugiados).
"Nos preocupa que las nuevas medidas adoptadas por las autoridades
húngaras puedan favorecer el aumento de la violencia contra los
refugiados, ya que se les está tratando de una manera cada vez más
parecida a la que le proporcionan a los criminales", añade Burroughs.
Estas restricciones también han creado una situación especialmente
preocupante en las zonas de tránsito en la frontera entre Serbia y
Hungría, donde MSF lleva a cabo varias clínicas móviles que permiten
prestar atención médica, apoyo psicológico y servicios básicos de
saneamiento.
"Las condiciones aquí no son aptas para los seres humanos. Las
familias viven en tiendas de campaña inadecuadas, sin duchas, sin agua
potable y sin acceso a los servicios básicos", continúa Burroughs. "A
pesar de que llevamos meses pidiendo a las autoridades serbias que
mejoren estas condiciones, la situación apenas ha cambiado desde
entonces: la gente está desesperada y esto está afectando directamente a
su salud física y mental".
"MSF ha visto un aumento constante y significativo de los problemas
que reflejan el impacto psicológico de las restrictivas condiciones
fronterizas, como la depresión, el trastorno por estrés postraumático y
la ansiedad".
El número de pacientes diagnosticados de depresión por MSF aumentó a
casi uno de cada tres (31,2 %) después de marzo, en comparación con el
26,7 % que se veía en octubre de 2015. La proporción de personas con
trastorno de estrés postraumático (TEPT) también aumentó en el mismo
período (del 14 % al 15,9 %), así como la ansiedad (3,8 % a 6,6 %). El
aumento de dichas patologías se produjo de forma paralela a la entrada
en vigor de las políticas fronterizas restrictivas en marzo.
MSF también ha seguido tratando a cada vez más personas con
patologías asociadas directamente a sus condiciones de vida. Más de la
mitad de las consultas que lleva a cabo MSF son por infecciones de las
vías respiratorias superiores, enfermedades digestivas y enfermedades de
la piel".
“Las políticas de la UE han contenido el flujo de personas que buscan
protección en Europa a través de los Balcanes; sin embargo, miles de
personas han quedado abandonadas a su suerte y sin visibilidad, mucho
más expuestas a la violencia, la miseria y la desesperación. Los
gobiernos de Europa y los países occidentales de los Balcanes no han
sabido responder a las necesidades de miles de personas, y además están
promoviendo políticas con consecuencias nefastas para el bienestar de
personas que ya son vulnerables. Una vez más, instamos a los líderes
europeos a que proporcionen alternativas seguras y legales a quienes
buscan protección", concluye Burroughs. "Deben revisarse las políticas
restrictivas en la frontera entre Serbia y Hungría, así como las
condiciones de vida que están ofreciendo a las personas en tránsito".
Hungría ha empezado a construir un muro de 175 kilómetros de longitud: más que un obstáculo para la llegada de refugiados, es una declaración de intenciones
"Si me hubiera quedado en Siria, sin duda me habrían matado. Mis propios primos están en Estado Islámico", dice Rami, de 27 años
Recorremos con un grupo de personas un tramo del eterno recorrido hacia Europa, desde el norte de Serbia a la frontera con Hungría
Los niños comieron unas galletas y unas ciruelas de las mochilas de sus madres en el camino del grupo de refugiados hacia el centro de Europa. / Foto: Jure Eržen.
Junto a la carretera que lleva del pequeño pueblo de Kanjiža, en el norte de Serbia, a la frontera con Hungría, un amplio grupo de refugiados sirios se acaba de sentar a descansar. Es martes por la noche, y unas cuarenta personas forman el grupo: mujeres, niños, jóvenes, un anciano. Tomándose al fin un respiro del sol, están arrancando unas ciruelas no muy maduras de un árbol cercano y mirando sus móviles, en los que han guardado las indicaciones de la ruta más rápida y segura hacia la frontera.
Es, por supuesto, solo uno de los numerosos grupos que hacen sus últimos esfuerzos para llegar a la Unión Europea. En las llanuras junto al tranquilo río Tisa, donde nos unimos al grupo, la vida se desenvuelve a un ritmo decididamente lento. Muchos de los residentes se han acostumbrado desde hace tiempo al eterno desfile de sufrimiento humano. En los últimos meses, Serbia se ha convertido en otra parada en el camino de una tragedia humana que apenas se puede describir con palabras. No es exagerado decir que este será con seguridad uno de los principales problemas humanitarios del siglo XXI.
Decisión "Nos quedan unos ocho kilómetros hasta llegar a la frontera. Si todo sale bien, estaremos allí en dos horas y media. No podemos ir muy deprisa, tendremos que hacer algunas paradas para que nuestras mujeres y niños puedan descansar. Muchos de nosotros estamos totalmente exhaustos. Hemos estado viajando durante semanas, algunos durante meses", relata uno de los hombres mientras caminamos juntos.
Cuenta que se llama Rami. Tiene 27 años y viene del noroeste de Siria, de la ciudad de Raqqa, la capital del autoproclamado califato y del Estado Islámico. Huyó de la ciudad en cuanto fue tomada por los miembros de la milicia radical suní. Asegura que no tuvo elección. Le habían dicho que su nombre estaba en la lista de la muerte. Durante los primeros meses del conflicto sirio había trabajado como periodista y había decidido ayudar a uno de sus colegas americanos. Uno de los principales periódicos internacionales le había expedido un carné de prensa.
Eso no era algo que Estado Islámico fuera a perdonar fácilmente.
"Dio igual que viniera de una de las familias más poderosas de Raqqa. Si me hubiera quedado, sin duda me habrían matado, sin preguntas. Lo peor era que mis propios primos habían salido a buscarme también. Casi todos ellos se habían integrado en Estado Islámico. Casi todo el mundo en Raqqa se había pasado a su lado, por eso son tan fuertes... Raqqa será siempre su territorio. Por eso no había nadie que pudiera protegerme", continúa Rami mientras caminamos exhaustos por una polvorienta carretera local.
"Muchos de nosotros estamos totalmente exhaustos. Hemos estado viajando durante semanas, algunos durante meses", cuenta uno de los refugiados. / Foto: Jure Eržen.
Su primer destino fue Turquía, donde tuvo que quedarse más tiempo del que en principio había planeado porque le robaron en Estambul. Le llevó mucho tiempo ganar el suficiente dinero para seguir con su ruta. Tan pronto como pudo, salió hacia la costa turca. Mientras tanto, se enteró de que mataron a su padre y de que su hermano, que también había rechazado unirse a Estado Islámico, fue herido gravemente mientras luchaba contra las fuerzas del Gobierno sirio.
En el puerto turco de Bodrum, uno de los nodos clave de tráfico de personas en la región, Rami conoció a los otros miembros del grupo con el que viaja. Hace dos meses de eso. Desde entonces, nunca se han separado.
Mientras caminamos, Ali, de 28 años, se suma a nuestra conversación. Es ingeniero civil y viene de Azaz, un pueblo cercano a la frontera entre Siria y Turquía que ha visto arduos conflictos entre varios grupos insurgentes después de que las bombas del Gobierno lo arrasaran casi por completo. "En Turquía, los traficantes nos robaron en dos ocasiones, y también tuvimos muchos problemas con la Policía", cuenta. "Viajamos a la isla griega de Kos en un bote inflable. Era un barco muy pequeño, pero de alguna forma conseguimos que todos los que veis aquí entraran. Parece increíble que sobreviviéramos. Al menos la mitad de estas personas no saben nadar. Si el barco hubiera volcado, todos habríamos muerto. ¡Era horrible, simplemente horrible!", continúa.
Una odisea moderna Después de llegar a Kos, donde el reciente aumento de las llegadas de refugiadosha sumido a la sociedad en un estado de caos, el grupo de sirios cogió un ferry a Atenas. Cada día, cientos de refugiados e inmigrantes llegan a la capital griega. Las autoridades del país, enredadas en innumerables frentes interiores y exteriores, prácticamente han dejado de enfrentarse al problema. Su solución es simplemente dejar la puerta bien abierta. No fue una sorpresa que los refugiados pronto se dirigiesen a las fronteras con Macedonia y Bulgaria. Ha empezado a ganar protagonismo una nueva ruta hacia la Unión Europea, desde Macedonia hasta Hungría pasando por Serbia.
Hace tres semanas, Hungría comenzó a construir un muro de 175 kilómetros de longitud. Su objetivo es básicamente poner una barrera a la afluencia de refugiados e inmigrantes. Hasta el momento, los húngaros no han tenido mucho éxito. En los días que estamos pasando a ambos lados de la frontera, vemos que ocurre más bien lo contrario. El inicio del proyecto de megaconstrucción solo sirvió para acelerar el flujo migratorio. Especialmente en Macedonia y Serbia, donde las autoridades comprenden muy bien lo que puede implicar el levantamiento de un muro como ese.
Más que un obstáculo real para la llegada de refugiados, el muro es una clara declaración de intenciones del Gobierno de Orban.
"Hicimos a pie buena parte de nuestra travesía por Grecia y Macedonia. Fue horrible: hacía calor y teníamos tanta hambre y sed... La gente de allí se desentendía de nosotros", me cuenta Ali. "En algún lugar de Macedonia, donde la Policía nos solía tratar bastante mal, nos hacinaron en unos autobuses que nos llevaron a la frontera con Serbia. Toda la región estaba llena de refugiados. Después caminamos durante unos días más, hasta que nos metieron en otro bus y nos llevaron a Belgrado. Nos quedamos allí tres días. Dormimos todos en el parque. Belgrado también está lleno de refugiados. Pero en realidad eso era bueno para nosotros, porque conseguimos toda la información que necesitábamos sobre cómo cruzar la frontera húngara con seguridad", relata Ali con tranquilidad, como si estuviera describiendo un bonito paisaje marítimo.
En los últimos meses Serbia se ha convertido en otra parada en el camino de una tragedia humana, uno de los principales problemas humanitarios del siglo XXI. / Foto: Foto: Jure Eržen.
En Belgrado, el grupo de refugiados se enteró de que hay varias maneras viables de llegar a Hungría. La primera opción es lo que llaman la travesía 'sin ayuda': viajar solos. La ruta está definida con claridad y hay un montón de información útil sobre cómo maximizar las oportunidades... Pero, como la situación en la frontera es tan impredecible, se considera la opción más arriesgada.
La alternativa es confiar tu destino a los profesionales, los traficantes de personas que organizan el viaje de las ciudades del norte de Vojvodina (como Subotica, Kanjiža y Horgoš) a Hungría y, después, hasta Austria y Alemania. Se puede incluso coger un taxi desde la frontera con Hungría directamente a Viena, que, según nuestras fuentes, costaría 400 euros. El paquete completo para llegar desde Serbia hasta Austria cuesta en torno a 1.500 euros.
Para los refugiados sirios, el coste de todas las opciones disponibles es aproximadamente el triple que para el resto. Los traficantes los consideran mucho más ricos que, por ejemplo, a los afganos. Para entender realmente su situación, hay que tener en cuenta que están siempre corriendo un gran riesgo de ser arrestados y que muchos han gastado ya la mayor parte de sus ahorros para llegar a Serbia. Buena parte de ellos han sido asaltados por delincuentes locales, por otros refugiados o incluso por la Policía. Por desgracia, no parece haber mucha solidaridad entre unos refugiados y otros, entre los sirios y los afganos, por ejemplo. Más bien lo contrario.
En Serbia, y en toda la zona, el sector del tráfico de personas ha supuesto un boompara la economía local. La infraestructura básica es simple, los beneficios son enormes y el riesgo es casi inexistente. Especialmente si los traficantes han hecho antes sus deberes y han efectuado las correspondientes gestiones con la Policía y las autoridades, que apoyan abiertamente la idea de que los refugiados crucen y salgan de Serbia lo más pronto posible.
Una vez que sales al terreno y ves cómo funcionan las cosas, difícilmente podría ser más obvio hacia dónde sopla el viento.
"En Alemania seguro que nos ayudarán. Somos refugiados, venimos de Siria..."En cuanto empezó la guerra, Ali perdió su trabajo en una empresa privada, pero decidió aguantar en Azaz. En el verano de 2012, el Ejército Libre Sirio tomó el control de la ciudad durante un tiempo y después cayó en manos de los extremistas islámicos. De un momento a otro, el sueño de la revolución siria no era más que un recuerdo trágico. Lo que comenzó como una insurgencia contra el régimen en el poder degeneró en una guerra civil brutal. Cantidades innumerables de personas empezaron a huir del país devastado.
"Me alegro de no estar casado y de no tener hijos. Así es mucho más fácil para mí", explica Ali mientras seguimos hacia el pequeño pueblo de Mortanoš, el último asentamiento significativo antes de llegar a la frontera húngara. "La mayoría de mi familia huyó a Turquía y decidió quedarse allí. Sin embargo, yo soy joven y tengo buena formación. Voy a hacer todo lo que pueda para conseguir un trabajo y poder hacerme cargo de mis padres. Ahora mismo, ese es mi único objetivo. Quiero ir a Alemania. Si conseguimos llegar a Hungría sin que nos cojan, las cosas serán mucho más fáciles. En Alemania seguro que nos dejarán entrar y nos ayudarán, al fin y al cabo somos refugiados, venimos de Siria...".
En su travesía, los refugiados corren un gran riesgo de ser arrestados. Buena parte de ellos han sido asaltados por delincuentes locales, por otros refugiados o incluso por la Policía. / Foto: Jure Eržen.
Como la mayoría de los miembros de este pequeño grupo, Ali se muestra cada vez más contento a medida que se acerca a la frontera. Cuando entramos en Mortanoš, el grupo completo decide descansar. Las mujeres se sientan en la hierba, los niños están visiblemente cansados. Los hombres se ponen a debatir la mejor ruta para esta fase final del cruce de Serbia. Los ciruelos del lugar se quedan rápido sin frutas y el cielo se oscurece por momentos. Los refugiados saben muy bien que se están acercando a la parte crítica de la travesía. Poco más de cuatro kilómetros los separan de la Unión Europea. Una brisa apacible acaricia los valles de Panonia."¿Qué podemos hacer? Como cualquier persona en cualquier sitio, solo tenemos un deseo: vivir en paz. Estar seguros. ¡Mira qué encantador es este sitio! Tan pacífico y tranquilo... Hay árboles frutales por todas partes. La gente nos deja en paz y hay un montón de agua. Podría vivir aquí sin lugar a dudas. ¿Sabes? Esto parece un paraíso de mis sueños...", dice Rami. Se está dejando llevar, pero ¿quién puede culparle? Con cada kilómetro es menos un showman buscando la atención y más un niño emocionado.
Decencia humana básica Hacia la salida del pueblo, un anciano de aspecto feliz se acerca a los refugiados y les ofrece agua de la manguera de su garaje. Los sirios están visiblemente confundidos. A medida que se oyen más los ladridos de los perros en el pueblo, siguen intercambiando miradas. Los últimos años les han hecho olvidar cómo es la decencia humana. Para ellos, se ha convertido en la excepción que confirma la regla.
Después de un momento, uno de los refugiados da al anciano serbio una botella de plástico vacía. Los demás hacen poco a poco lo mismo. Sonrisas tímidas pero profundamente agradecidas van cubriendo sus rostros mientras el anciano utiliza una mano para llenar las botellas y otra para espantar a los mosquitos.
"Tenéis que seguir el río", les indica el nativo hospitalario en lugar de decirles adiós. Prosigue: "Pero no por arriba por las laderas; debéis ir tan abajo como podáis. Si no, la Policía os puede ver. Aunque no los he visto hoy por aquí. La frontera no está muy lejos de este lugar. Muchos otros grupos han pasado por aquí hoy antes de vosotros. Coged más ciruelas. Pero tenéis que tener mucho cuidado, ¿vale? ¡Suerte!"
Es muy fácil perder la fe en la humanidad. Es infinitamente más difícil recuperarla.
Pronto reemprendemos el camino. Un cierto silencio está cayendo sobre el grupo. Cuanto más nos acercamos a la frontera, más se apiñan los refugiados instintivamente. Uno de los hombres coge a su hija de tres años y se la sube a los hombros. Al anciano del grupo le está faltando visiblemente el aliento, pero, con la ayuda de un robusto palo de madera, es capaz de seguir el ritmo del resto. Uno de los refugiados saca una copia raída del Corán y empieza a rezar. El sol se está escondiendo lentamente en el horizonte. A nuestra derecha, se ve un trozo de bosque denso y cenagoso y el río Tisa. A nuestra izquierda, hay una pradera cubierta de paja, unos pocos asentamientos distantes y el camino que lleva al cruce oficial de la frontera y más allá, hacia Subotica. La luz se va desvaneciendo mientras caminamos con el sonido de fondo de los perros ladrando en la distancia. A cada momento vemos cigüeñas aterrizando en los campos cercanos. Para este grupo de migrantes, todo esto son escenas de tranquilidad, como si estuvieran en Xanadú. Una perfecta ilusión.
"Sinceramente, no tengo ni idea de dónde estamos. Espero que vayamos por el buen camino. Tenemos que darnos prisa. Debemos llegar a Hungría esta noche. Una vez que crucemos la frontera tenemos que evitar que nos pille la Policía. Si eso ocurre, ¡podríamos perder varias semanas! Nuestro grupo se rompería", me explica Rami en voz cada vez más baja. "¡También tenemos que evitar que nos tomen las huellas dactilares! Eso implicaría que, incluso cuando lleguemos a Alemania, podrían mandarnos de vuelta a Hungría en cualquier momento. Nadie quiere quedarse en Hungría. Personalmente, preferiría quedarme en Serbia porque la gente es más agradable con nosotros ahí. En cualquier otro lugar, nos tratan como a delincuentes. Y hemos oído que los húngaros son quienes peor tratan a la gente como nosotros", detalla.
"En Macedonia, nos hacinaron en unos autobuses que nos llevaron a la frontera con Serbia. Toda la región estaba llena de refugiados", cuenta uno de los viandantes. / Foto: Jure Eržen
Cuenta que está ansioso por encontrar un trabajo en Europa. Cualquier tipo de trabajo, siempre que le permita vivir en paz y seguridad. Ali, el ingeniero de ojos azules, se siente igual. Ambos se han desprendido de la ferocidad de la guerra. Todo lo que quieren es que la gente de su nuevo hogar muestre un poco de comprensión.
Los miembros del grupo no tienen muy claro dónde tienen que desviarse hacia el bosque para que la Policía no los pille. La propia frontera no está muy bien señalizada, en algunos lugares no hay ningún tipo de marca. Por eso el grupo decide limitarse a seguir las huellas que han dejado sus predecesores. Un rastro de objetos descartados, les guía. En el momento exacto en que sus dudas sobre si han elegido la ruta correcta se están volviendo críticas, dos ciclistas del lugar pasan a su lado, por un terraplén cercano. Abren sus mochilas, distribuyen varias botellas de agua entre los refugiados ("¡Son para los niños!") y les dan la información vital de que la frontera está solo a diez minutos a pie.
"Simplemente, seguid el curso del río. ¡No hemos visto ningún policía!", dice uno de los ciclistas para animarlos.
La guardia fronteriza húngara Continuamos. En la distancia vemos la rampa que señala la zona fronteriza en la que cualquier movimiento está estrictamente prohibido. Un duro anochecer está cayendo sobre nosotros; la ansiedad inunda las caras de los refugiados. Los mosquitos están en plena fuerza. Las mujeres deliberan entre ellas y deciden que los niños se pongan una capa más de ropa. Los hombres –muchos de ellos huyeron de su país hacia otro continente con solo una pequeña mochila de deporte sobre los hombros– están dando los últimos retoques a la estrategia del grupo. Muchos de sus teléfonos móviles están empezando a fallar.
Cruzamos la oscura frontera entre Serbia y Hungría en absoluto silencio. El grupo solo se detiene unos pasos después del primer mojón húngaro.
Los refugiados a los que acompañamos habían aprendido que la combinación de fronteras y uniformes puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. / Foto: Jure Eržen.
Rami pone en el suelo su mochila y emprende una misión de reconocimiento. Detecta una patrulla fronteriza a unos cien metros. Puede identificar un coche y cuatro policías interrogando a un pequeño grupo de refugiados. A su lado hay dos aseos portátiles como una especie de espejismo. ¿Actuar como de costumbre? Está claro que los cuatro agentes húngaros no serían capaces de parar a nuestro grupo de refugiados. Habíamos oído que los controles fronterizos se convierten a menudo en 'un ojo ciego'. A pesar de que el Gobierno ha emprendido el enorme proyecto antihumanitario al levantar el muro, por lo que vemos en estos días, los policías húngaros en general tratan a los refugiados con justicia e incluso respeto. Aunque, por supuesto, esto no es algo en lo que se pueda confiar demasiado.
El momento decisivo se está acercando. La ansiedad e incluso el puro miedo están volviendo a las caras de los refugiados. Durante mucho tiempo han aprendido que la combinación de fronteras y uniformes puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. El temor en sus caras es un simple reflejo, y en situaciones como esa, la razón siempre se esconde detrás. La noche ha caído, pero la luna ilumina despiadadamente las caras exhaustas.
Los refugiados se deslizan rápidamente hacia un bosque cercano, de donde se pueden oír claras señales de vida. Nuestro grupo de refugiados no es el único que se prepara para el último empujón hacia el corazón de Europa. Ahora estamos en territorio húngaro. Todo lo que los refugiados tienen que hacer para completar esta fase crucial en su larga travesía es escapar de la patrulla. Los niños comen unas galletas y unas ciruelas de las mochilas de sus madres. El resto bebe un poco de agua. Todos esperan a la señal de Rami.
@Olivia Bitó. Retrato de Alaine Polcz a los dieciséis años
...Nos pesaban el hambre, la miseria, la inmundicia, los piojos, las enfermedades, y antes que nada y por encima de todo el miedo eterno: los disparos, los cañonazos y la soldadesca, unas veces la rusa, otras la alemana.
La experiencia nos enseñó, o lo supusimos nosotros mismos, que después de una batalla decisiva o reconquista había tres días de libre saqueo. Libre saqueo y libre violación. Después estaba prohibido, y se suponía que fusilaban de un tiro en la cabeza a todos aquellos (si podía demostrarse) que forzaban a una mujer.
No sé cómo llegué a estar en la situación de hallarme delante de una fila de soldados y tener que señalar quién me había violado. Sólo me acuerdo vagamente: era una mañana fría de invierno y yo avanzaba delante de la fila, los soldados firmes, cuadrados, en posición militar. A mi izquierda me acompañaban oficiales. Al pasar por la fila, ellos quedaron un poco atrás. En la mirada de un soldado noté el pánico. Tenía los ojos azules, era un muchacho muy joven. Por su miedo supe que había sido él. Pero lo que vi brillar en sus ojos fue tan fuerte, tan terrible, que enseguida comprendí que no podía hacerlo. No tenía ningún sentido que mataran a aquel muchacho. ¿Por qué a él sí y a los otros no? ¿Y qué sentido tenía matar a uno sólo?
Otra mañana de invierno fui yo la que recibí un castigo. Ya no recuerdo exactamente por qué razón. Y tampoco tengo ganas de remover el pasado, todo es confuso. Me desnudaron hasta la cintura; un par de soldados me agarró y uno me golpeó a ritmo acompasado. El azote no era un látigo, sino una trenza flexible de cuero que tenía la forma de una serpiente; hacia el final era más delgado y terminaba en un nudo. Naturalmente tenía un mango. Si golpeaban con fuerza, abría la piel. [...]
En otra ocasión, ya no sé cómo sucedió, me causaron una lesión y me llevaron al médico ruso en brazos. Me puso un vendaje, los otros me mimaron y me llevaron a almozar al comedor militar. Parece que aquel día había comida. Me dieron una sopa de pollo, después cortaron un chusco de pan, le sacaron la miga y le pusieron todos los hígados de pollo. Ocho o diez hígados, para llevármelos. Naturalmente, fue un tesoro inimaginable. [...]
Así eran los rusos. Con una mano repartían golpes, con la otra caricias.
A veces se liaban a puñetazos, porque uno quería salvarme, el otro violarme; uno pegarme, el otro curarme; uno quitarme algo, el otro dármelo.
A menudo llegaban con la mirada reluciente de alegría porque nos traían de regalo esto o aquello. Pronto descubríamos que se lo habían robado a un vecino. A veces llevábamos nuestros enseres al vecino para salvarlos y nos los robaban allí, luego nos los regalaban con toda ingenuidad. Nosotros tampoco éramos unos santos; les hurtábamos cositas, pero no se enfadaban. En general, se puede decir que en la guerra había una especie de comunidad de bienes. Puede parecer gracioso que use esta expresión, pero es la más acertada. Sólo poco a poco caímos en la cuenta. Cuando todo el mundo pasaba mucha hambre se compartían las últimas migajas.....