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jueves, 14 de julio de 2016

La Italia de los comunes: del Movimiento 5 Estrellas a Luigi De Magistris

Apelando a Podemos, la comunidad zapatista y la experiencia municipalista española de lo que él denomina las “ciudades rebeldes”, Luigi De Magistris ha sido reelegido alcalde de Nápoles.
 
 
 Decía uno de los grandes intelectuales italianos del siglo XX, que “la Resistencia y el movimiento estudiantil, eran las dos únicas experiencias democrático-revolucionarias del pueblo italiano. A su alrededor hay silencio y desierto: qualunquismo, degeneración estatal, y las horrendas tradiciones borbónicas, saboyanas y papales”. No le faltaba razón a Pier Paolo Pasolini, sobre todo, a la vista de la cadena de acontecimientos políticos fruto de la segunda vuelta de las elecciones municipales italianas del 19 de junio. Tras tiempos de declive de los movimientos sociales desde aquel 15 de octubre de 2011 en el que la ola de movilizaciones se frenó en seco, estas elecciones significan, al menos en la relación de los movimientos con las instituciones, la inversión del rumbo de las políticas del PD. 
 
En ocasiones lo local permite la apertura de tendencias de cambio, tal como vivimos a este lado del Mediterráneo con las candidaturas de unidad popular el 25 de mayo de 2015, es por ello estas últimas elecciones en Italia son tan relevantes para hacer una cartografía política de coyuntura y para medir la crisis de legitimidad que condiciona a Matteo Renzi (Partido Democrático) a jugar sus bazas de manera algo distinta. La primera fractura del flamante premier llega de la desafección ciudadana a su gestión en las grandes ciudades italianas, en una línea algo diversa que la respuesta social a su proyecto de liberalización y crecimiento público, en torno a infraestructuras, ley educativa y la famosa reforma laboral de 2014 (Jobs Act). Así lo atestiguan los resultados del ballottaggio (segunda vuelta), donde las candidaturas del Movimiento 5 Estrellas se han hecho con las alcaldías de Roma y Turín desplazando a las listas apoyadas por el partido de Renzi y rompiendo la hegemonía de la que gozaba el PD (antes PDS y muy anteriormente PCI). Sin embargo, contradiciendo las tendencias del sur de Europa, la concreción del cambio electoral no viene precedida por el empuje de un fuerte movimiento de disenso hacia los dictados de la Troika, que termine sedimentando un partido-movimiento capaz de construir una alternativa a la herencia del berlusconismo. Las razones hay que encontrarlas en otras coordenadas, en la tensión entre dos modelos reflejados en experiencias distantes: la del desafecto difuso del Movimiento 5 Estrellas liderado por Raggi (Roma) y Appendino (Turín), y la del proceso antagonista de Nápoles con el exfiscal Luigi de Magistris a la cabeza.

Roma, Turín y 17 más. El Movimiento 5 Estrellas y el voto del rencor
Hablar del Movimiento 5 Estrellas es hablar de su exponente y fundador, Beppe Grillo. El cómico y actor, ha sido uno de los impulsores del clima de frustración contra la élite política italiana durante los últimos años, siempre expuesto al mecanismo de representación parlamentaria y removilización social que tan malas pasadas le jugó. Un Partido resuelto a construirse, tal como evidencia su breve desarrollo histórico, como polo de atracción de aquellos excluidos del “contrato del bienestar”: jóvenes, capas medias urbanas, liberales venidos a menos, que dibujan un neo-proletariado urbano cuyo voto masivo hacia el M5S no es por convencimiento sino por desafección (aquí una de las diferencias con Podemos) hacia el proyecto del PD de Renzi. Sin embargo, “no todo el movimiento es orégano”. La contradictoria Virginia Raggi y la activista No Tav Chiara Appendino, son precisamente producto de una coyuntura italiana cuya reflexión revela la activación de una disidencia hacia las políticas renzianas, erosionando una práctica gubernamental que no consolida la propuesta del M5S, pero que lo refuerza en ciudades como Roma, donde el ex-alcalde del PD fue parte del escándalo de corrupción “Mafia capitale” y más allá de iniciativas de los movimientos sociales como la campaña por el derecho a la ciudad, no ha encontrado una alternativa política: destacados los “flops” de Fassina del partido Izquierda Italiana y de la derecha neoconservadora y ex-fascista. Sin duda, los 770.000 votos a Virginia Raggi y el 67% de los apoyos la convierten en la vencedora parcial, puesto que para los estratos políticos más fuertes de los movimientos romanos, es una victoria que permite neutralizar la acción de la antigua corporación socioliberal del PD pero no articular un proyecto en clave constituyente para la ciudad. En otros términos, hay grava pero no hay agua.

Ligeramente distinto es Turín, donde otra mujer, Appendino, ha fracturado el poder —con bases sustancialmente obreras— de Fassino (PD), haciéndose con la cuarta ciudad de Italia en número de habitantes y desplazando al proyecto liberal conservador a una tercera posición. Turín, por su composición de clase era un núcleo en disputa clave para asentar la proyección pública norteña del M5S. De hecho, el carácter genuino del cambio radica en que una activista ecologista, apoyada en cierta medida por algunos colectivos sociales y fuerzas de la izquierda radical —más o menos públicamente, más o menos críticamente— ha podido recoger el excedente de años de lucha contra la destrucción de la Val di Susa al norte de Turín por las obras del Tren de Alta Velocidad, bajo un paradigma conflictivo: una partido paradójico que refleja el malestar ciudadano, que genera al mismo tiempo rechazo entre las áreas políticas del movimiento.

En definitiva, se invierte la ruta en 19 ciudades grandes en Italia donde el M5S tuerce el brazo al PD y a las candidaturas de la derecha, que sacan mejores resultados allá donde los líderes locales de Berlusconi, la Liga Norte de Matteo Salvini y los neofascistas presentan candidaturas unitarias.

La experiencia de una anomalía. De Magistris y Nápoles
Apelando a Podemos, la comunidad zapatista y la experiencia municipalista española de lo que él denomina las “ciudades rebeldes”, Luigi De Magistris ha sido reelegido al alcalde de la tercera ciudad más poblada de Italia. Si bien la distinción meridional que corta de raíz la península itálica en dos mitades no lo explica todo, es cierto que Nápoles es sin duda un territorio extraño. En una coalición construida barrio a barrio, centro social a centro social, Napoli in Comune a Sinistra ha doblado el brazo al burócrata conservador Lettieri, y no lo ha hecho solamente con el 66% de los votos en segunda vuelta. Los fenómenos políticos no puedes explicarse sólo aritméticamente. Tanto es así, que el modelo de candidatura, autogobierno y perspectiva política de De Magistris se explica en el proceso de subjetivación política de amplias capas de ciudadanos napolitanos que, siendo conscientes de la desazón que sumió a la ciudad durante décadas en la especulación y la gestión neoliberal, articularon una propuesta “de gobierno popular”.

En contraste con la “limpieza” política del Movimiento 5 Estrellas, el desafío político al que se enfrenta la experiencia napolitana puede resumirse en dos claves: el modelo napolitano no debe verse arrastrado por la política “gestionaria”, por la gestión de lo existente sino que debe vincular —aún más— los cambios institucionales a los deseos transformadores de la mayoría, y por otra parte, nunca olvidar que el objetivo de construir un modelo de asalto institucional hegemónico, desde abajo y la radicalidad democrática, tiene que relacionarse en el corto plazo con el Movimiento 5 Estrellas y aprovechando los espacios que estos puedan abrir, los movimientos deben consolidarse como actor interlocutor protagonista, siendo conscientes de que sólo desde el conflicto se puede transformar “el movimiento de lo real”.

En la Italia de los comunes, la expectativa es enorme, y este primer golpe a Renzi constituye sólo el inicio. La relación mediterránea (entre Italia y el Estado español), es más, europea, puede ser un bonito comienzo del razonamiento sobre el proceso constituyente europeo que tanto deseamos.



domingo, 8 de febrero de 2015

“Syriza y Podemos son la reacción al asalto neoliberal que aplasta a la periferia”



Noam Chomsky, en su despacho del MIT, en Boston. Edu Bayer

Ha caído la nevada del siglo en Boston, el termómetro marca 15 bajo cero, los autobuses no circulan y los coches patinan. A las once de la mañana, como un clavo, el profesor emérito Noam Chomsky, lingüista y filósofo, de 86 años, está ya en la brecha, dando una entrevista a un periodista francés en su despacho del departamento de Lingüística del Massachussets Institute of Technology (MIT).

Estamos en el legendario Stata Center, construido por Frank Gehry en acero y ladrillo. La facultad de Ciencias de la Información, Inteligencia e Informática está abarrotada de estudiantes, con abrumadora mayoría asiática. En la octava planta, junto a un ascensor, la guarida de Chomsky y sus secuaces huele a café recién hecho, y se respira calma y camaradería.

En un despacho contiguo al de Chomsky está el nonagenario Morris Halle, un barbudo diminuto de ojos vivos, con la chaqueta llena de migas y pinta de haber compartido vodka y revoluciones con Bakunin. The New Yorker ha comparado a la pareja de lingüistas con Dante y Virgilio, con Sherlock Holmes y Watson. Halle, un lingüista egregio, fue quien llevó a Chomsky al MIT en 1955, cuando nadie se atrevía a contratar a aquel joven judío, brillante y airado recién doctorado en Harvard. En 1968, los dos escribieron a cuatro manos el libro más importante de la historia de la Lingüística, The Sound Pattern of English, que hizo por la fonología –el estudio del sonido de las palabras- lo que Chomsky había hecho antes –a los 29 años- por la sintaxis: le dio forma y la convirtió en una ciencia.

Otro personaje clave en la vida de Chomsky es su secretaria, Bev Stohl, una mujer encantadora que en un aparte bromea sobre los venerables maestros: “Ahí los tienes, entre los dos suman más de 200 años”. El despacho de Chomsky, forrado de libros sobre anarquía, guerra, historia y lingüística, es luminoso y amplio, y está presidido por dos grandes fotos de Bertrand Russell, ídolo y referencia del pensador ateo y pacifista. Chomsky sale a recibir al segundo entrevistador del día con gesto afable y sonriente. Se nota enseguida que ha perdido energía y oído y que tiene la voz queda. Pero escucharlo sigue siendo toda una experiencia: tras abrazar todas las causas justas y perdidas, el viejo azote del imperialismo yanqui sigue siendo un Quijote incurable y un analista implacable. Guarda memoria prodigiosa de fechas, hechos, libros y discursos, no pierde el hilo en ningún momento y mantiene la cabeza clara, ágil y potente.

Además de dar sus clases, escribir sus artículos y atender a sus alumnos, Chomsky imparte conferencias allá donde le invitan –“tengo la agenda llena hasta 2016”, dice- y contesta personalmente a las docenas de mensajes y cartas que recibe cada día. Según su secretaria, “el hombre no dice nunca que no, simplemente no sabe”. La prueba llega al final de los 45 minutos de entrevista, cuando el periodista le invita a ser presidente de honor del comité editorial de CTXT. Chomsky responde: “Bueno, no participo en comités... ¡Pero si es honorario, podría!”.

-Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?
-Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La Humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes medioambientales, la otra es la guerra nuclear. El Boletín de los Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj del “Juicio Final”. Determina la distancia a la que las manecillas del reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. En este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y algunas potencias menores también.

-Pero casi nadie habla de ello.
-No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en absoluto seguro. Sólo un ejemplo: a principios de los años 80, la Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión. Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa como la guerra de las galaxias, pero los analistas de ambos bandos lo interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo, si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el primer ataque. Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi estalla la guerra.

-Así que estamos vivos de milagro.
-Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia. Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo, tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes a asegurar que suceda lo peor. O puedes agarrarte a cualquier esperanza –siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo mejor.

-Usted cambió la lingüística cuando tenía 29 años, y luego intentó cambiar el mundo. Todavía sigue en ello. Imagino que lo segundo ha sido más duro que lo primero. ¿Ha valido la pena?
-¡Cambiar la lingüística también fue bastante duro! Tiene un poco de ciencia, aspectos de filosofía contemporánea… Creo que he estado en el lado adecuado, aunque formo parte de una pequeña minoría.

-¿Y diría que el balance ha sido positivo?
-Ha habido éxitos, no sólo míos, sino de la oposición popular a la violencia, a la guerra, a la desigualdad. El movimiento por los derechos civiles –en el que yo no fui una figura de referencia pero estuve involucrado, como tantos otros–, consiguió objetivos significativos, aunque no todos los que perseguía, ni mucho menos. Si hacemos caso a la retórica oficial, la lucha de Martin Luther King acaba en 1963 con su famoso discurso Yo tengo un sueño, que condujo a la legislación de los derechos civiles y a una mejora significativa de los derechos de voto y de otros derechos en el Sur. Pero King no se detuvo en ese punto. Continuó luchando contra el racismo del Norte, y también intentó generar un movimiento por los pobres, no sólo negros, sino los pobres en general. King fue asesinado en Memphis (Tennessee) mientras apoyaba una huelga de funcionarios. Luego, su mujer, su viuda, lideró la Marcha por el Sur, por todas las zonas donde había habido disturbios, llegó a Washington y montó una acampada, Resurrection City. Aquel era el Congreso más liberal de la historia: les permitieron quedarse un tiempo, y luego mandaron a la policía de noche, destruyeron el campamento y desalojaron a todo el mundo. Ese fue el final del movimiento para atajar la pobreza. Hoy sabemos que gran parte del problema no ha sido erradicado.

-Europa vive también el periodo más sombrío de los últimos 50 años.
-Ha habido mejoras importantes, pero toparon con una barrera. Y esa barrera empeoró con el asalto neoliberal contra la población mundial, que empezó a finales de los años 70 y despegó con Reagan y Thatcher. Europa es hoy una de las mayores víctimas de esas políticas económicas de locos, que suman austeridad a la recesión. Incluso el FMI dice que ya no tienen sentido. Pero sí tienen sentido desde un punto de vista: están desmantelando el Estado del Bienestar, debilitando a los trabajadores para aumentar el poder de los ricos y los privilegiados. Visto así, es todo un éxito; el resultado es destruir las sociedades, pero eso es una especie de pie de página que no tienes en cuenta si estás sentado en las oficinas del Bundesbank.

-La sociedad ha empezado a moverse. ¿Cree que cambiarán las cosas?
-Hay una resistencia muy significativa contra el asalto neoliberal. La más importante se da en Sudamérica, es espectacular. Durante 500 años, Sudamérica sufrió la dominación de las potencias imperiales occidentales, la última de ellas, EEUU. Pero en los últimos 10 o 15 años ha empezado a romper con eso. Esto tiene mucha relevancia. Latinoamérica fue uno de los socios más leales de los consensos de Washington, de las políticas oficiales.

-El patio trasero...
-Pero ha dejado de serlo; no del todo, pero por primera vez en medio milenio, los países se están moviendo hacia la integración, que es un requisito para la independencia. Estuvieron separados en el pasado, están empezando a unirse. El símbolo de esto es que EEUU ha perdido sus bases militares en América Latina, la última se cerró en Ecuador. Y otra ilustración llamativa es lo que está pasando en las conferencias continentales. En la última, que se celebró en Colombia, no pudieron realizar una declaración conjunta. El motivo es que hubo dos países que se opusieron: EEUU y Canadá. Esto era inimaginable en el pasado.

-Guantánamo sigue ahí. ¿Cree que Cuba intentará recuperar la base en las conversaciones de La Habana? 
-Estoy seguro de que lo intentarán, pero dudo que EEUU acepte.

-He leído un artículo suyo reciente en el que decía que Obama es un liberal conservador, un republicano moderado, y que la de Nixon fue la Administración más izquierdista de la historia. 
-Nixon era un buen tipo...; hoy los estándares han cambiado. Ahora Nixon parece un izquierdista, y Eisenhower un radical incendiario. Eisenhower, al fin y al cabo, dijo que aquel que calificara de locura la legislación del New Deal no podía formar parte del sistema político americano. Ahora, todo eso ha desaparecido.

-¿Obama no es de izquierdas?
-El término izquierda en EEUU se utiliza ahora para los moderados de centro, porque el espectro se ha movido. Un viejo chiste decía que EEUU es un Estado de un solo partido (el Partido de los Negocios) con dos facciones (Demócratas y Republicanos); era bastante acertado. Ahora ya no sirve. Sigue siendo un país de un solo partido, pero sólo hay una facción: los republicanos moderados. Ése es el único partido operativo. Se llaman demócratas, pero son similares a lo que solían ser los republicanos moderados. El otro partido, el de los republicanos, se ha salido de ese marco. Ha abandonado cualquier pretensión de ser un partido parlamentario. Y lo ha reconocido. Uno de los líderes de opinión conservadores más respetados, Norman Ornstein, ha descrito a los republicanos como una insurgencia radical que ha abandonado todo deseo de participar en la política parlamentaria.

-¿Hacia dónde van los neocons?
-El partido se ha movilizado para alcanzar dos objetivos: uno, destruir el país y que parezca culpa de los demócratas, de manera que ellos puedan volver a gobernar. Su otro objetivo es simplemente servir al rico y al poderoso. Pero como no puedes hacer de esto un programa político, han hecho una cosa razonable: han movilizado a grandes sectores de la población que siempre habían estado ahí pero no se habían organizado como fuerza política. Uno de estos colectivos es el de los cristianos evangélicos, que forman una parte enorme de la población. Y ahí tienes al nuevo responsable del Comité Medioambiental del Senado, James Inhofe, que afirma: “Es arrogante decir que los humanos pueden hacer cualquier cosa contra la voluntad de Dios, como el cambio climático”. Esto es antediluviano… No puedes ni llamarlo Edad de Piedra, las tribus primitivas tenían más criterio. Pero esta es la esencia de la base republicana, extremista y cristiana evangélica. El otro sector movilizado es la gente aterrorizada. La sociedad de Estados Unidos es ahora muy mestiza, pero la población blanca se está convirtiendo en minoría. De forma que hay un gran sector de la población, y un grupo de políticos, que dice: “Nos están robando el país”. Es una forma de decir que hay demasiados rostros oscuros. Hispanos, sobre todo.

-¿Y musulmanes?
-También, pero los hispanos son ahora la principal fuente de miedo.

-El mito nacional funciona siempre contra la invasión de pueblos “inferiores”.
-Y así sigue. Puede que no tenga una base histórica o biológica, pero está en la conciencia colectiva. Y ahora estamos en el punto en el que nuestra herencia mitológica anglosajona no sólo se ve amenazada, sino desbordada por esos extranjeros que se están apoderando de nuestro país. Todo esto es parte de lo que el ex Partido Republicano -tengo que llamarlo ex- ha movilizado como base de esa política que roza el delirio…

-Europa lleva un camino parecido...
-Es delirante la forma en que la Troika está tomando decisiones en Europa. Se puede calificar de delirante si se tienen en cuenta las consecuencias humanas, pero desde el punto de vista de los que diseñan la política no es delirante, a ellos les va estupendamente. Son más ricos y poderosos que nunca, y están acabando con el enemigo, que es la población en general.

-Aki Kaurismäki, el cineasta finlandés, lo llama capitalismo sádico.
-Es que el capitalismo es intrínsecamente sádico; de hecho, Adam Smith reconoció que cuando se le da rienda suelta y queda liberado de ataduras externas, su naturaleza sádica se manifiesta porque es intrínsecamente salvaje. ¿Qué es el capitalismo? Maximizar tus beneficios a expensas del resto del mundo. Un famoso premio Nobel de Economía, James M. Buchanan, dijo una vez que el ideal de todo ser humano es ser el amo y que el resto del mundo sea su esclavo. Desde el punto de vista de la economía neoclásica, por qué no, ése es el ideal.

-¿Un mundo sin derechos ni responsabilidades?
-Un mundo sin reglas en el que los poderosos hacen lo que quieren. Y, donde, milagrosamente, todo sale a la perfección. Es interesante comprobar cómo Adam Smith planteó esto en la famosa expresión “mano invisible”, que tanto se usa ahora. (…)  Ahora vemos que, cuando el capital carece de cortapisas, particularmente los mercados financieros, todo salta por los aires. A eso es a lo que se está enfrentando hoy Europa.

-Sorprendentemente, 25 años después de la caída del Muro de Berlín, Syriza, un partido de izquierdas, ha ganado unas elecciones en Europa. Es como si las políticas de la Troika hubieran resucitado al enemigo…
-Yo no lo veo así... Por la sencilla razón de que hay muchos mitos acerca del enemigo. Rusia estaba más alejada del socialismo de lo que lo está hoy Estados Unidos; la revolución bolchevique fue un gran fracaso para el socialismo, provocó una tiranía autocrática en la que los trabajadores eran eso que Lenin llamó un ejército proletario bajo el control de un líder que no tenía nada que ver con el socialismo.

-¿Syriza no es entonces el péndulo de la Historia volviendo atrás?
-Para los patrones actuales, Syriza es un partido de izquierdas, pero no lo es por su programa. Es un partido anti-neoliberal. No exigen que los trabajadores controlen la industria…

-No, claro, no son revolucionarios.
-Ni socialistas tradicionales... Y esto no es una crítica, creo que es positivo. Y lo mismo pasa con Podemos: son partidos que se levantan contra el asalto neoliberal que está estrangulando y destrozando a los países periféricos.

-Hablemos sobre la prensa. Usted ha criticado duramente a The New York Times y The New Yorker en sendos artículos recientes. ¿La decadencia de los periódicos tradicionales tiene que ver con su cercanía al poder o, como aseguran los editores, es culpa de Internet?
-Escribo sobre The New York Times y The New Yorker porque lo que me interesa es ese tipo de límite liberal. Prefiero que otros denuncien a la Fox, que es una broma. Lo interesante son los periódicos intelectuales, porque establecen el límite externo de la crítica aceptable. Son una especie de guardianes. Dicen: “Puedes llegar hasta aquí, pero no más allá”. Y lo hacen por un interés particular. Desde un punto de vista doctrinal no creo que hayan cambiado, protegen las estructuras del Estado desde hace mucho. El derrocamiento de la democracia en Guatemala recibió un gran respaldo de los medios; el del sistema parlamentario iraní en 1953 fue enormemente respaldado; la Guerra de Vietnam, igual, gran apoyo todo el tiempo. De hecho, la única crítica que se ha hecho a la Guerra de Vietnam hasta el momento es que fue un fracaso. Cuando a Obama se le consideraba un gran héroe moral porque se opuso a la invasión de Iraq, ¿qué dijo la prensa? Dijo que esa guerra había sido un error garrafal, claro, porque no salió bien. Si hubiera salido bien, habría sido perfecta...

-¿Guardianes del poder, pero no de la democracia?
-La prensa vive un grave declive, pero creo que básicamente se debe al funcionamiento de los mercados publicitarios. Los grandes medios son grandes empresas, y viven esencialmente de la publicidad; ahora sus fuentes de capital se están dispersando, y están en declive. Si cogemos, por ejemplo, The Boston Globe, era un buen periódico, uno de los mejores del país, pero ahora no tiene noticias independientes en absoluto, funciona con agencias, apenas tiene corresponsales. Lo mismo está ocurriendo en el resto del país. No se trata de una actitud doctrinal, creo que está relacionado con el funcionamiento de la sociedad de mercado: si no ganas suficiente dinero, caes. 

-¿Y no le parece raro que esos medios sigan defendiendo el modelo que les ha llevado a la ruina?
-Desde un punto de vista doctrinal, sencillamente, de una forma abrumadora, no sólo en los Estados Unidos, los medios defienden al poder. En Estados Unidos ese poder son los negocios y el Estado. Aunque hay excepciones. The Wall Street Journal, el principal periódico económico, publica muy buenas historias de delitos empresariales. Por suerte, no estamos en un Estado fascista.


sábado, 31 de enero de 2015

La marcha de Podemos

Podemos ha reunido este sábado en Madrid a decenas de miles de personas en la denominada 'Marcha del cambio'.
Con esta marcha, la formación asegura que no quería "protestar ni pedirle nada al Gobierno" sino marcar el inicio de un cambio de ciclo, que según Podemos es "irreversible" e "imparable". "

Las imágenes aéreas tomadas en la Puerta del Sol dan una idea de la cantidad de gente que el partido de Pablo Iglesias ha conseguido aglutinar en la capital de España.