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jueves, 6 de octubre de 2022

Annie Ernaux: "Escribir para vivir significa perder libertad"

Annie Ernaux para Jd 0
Esta entrevista está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 28 «Formentor».

Desde la ventana de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) se adivina el lago Cergy-Pontoise. París arde canicular a treinta minutos de allí, pero Ernaux nos recibe esa mañana de junio en un oasis arbolado de brisa fresca. Luce genuinamente ilusionada por el premio Formentor de las Letras, exultante y despeinada. Lo celebra no ya como un triunfo propio, sino como un logro de las mujeres en la literatura. Los ojos le brillan cuando proclama: «¡Por fin!». 

Quizá no esté bien decirlo, pero no hay sorpresa con Ernaux: es exactamente como su literatura. Franca, directa y sin florituras. Su discreción, tan serena como resplandeciente. Sonríe sin dientes cuando se citan pasajes de su obra («cada día y en cualquier parte del mundo hay hombres en círculo alrededor de una mujer, listos para tirarle la primera piedra») y juega a ubicar a cuál pertenecen: «¡Ese es de Memoria de chica!», acierta. Es el último en ser publicado en España por Cabaret Voltaire, pero habla de una Annie que no es esta, o no del todo. Ella la llama la «chica del 58», de la que más pavor le daba escribir, la que la hizo escritora. Gracias a ella, a ese verano, ha publicado una veintena de libros que la han convertido en una de las grandes figuras de las letras francesas. También en una rareza, aunque desdeñe el término con un mohín. 

Porque Annie Ernaux escribe sobre Annie Ernaux, pero llega mucho más allá. Su obra, que en sus palabras es un «relato autosociobiográfico», utiliza sus experiencias para ensamblar un retrato social, casi etnológico. Habla de una Francia que no es plácida, ni burguesa. La Francia popular, católica y rural, la de la gente que tiene que desenvolverse en un mundo «en el que todo es caro». Ella ascendió de esa austeridad, se convirtió en burguesa, pero su escritura no. Siguió aferrada a esa memoria, hablando de todo (del amor, de la enfermedad, del aborto, de la educación, de la hermana muerta) demostrando que lo popular también es alta literatura. En No he salido de mi noche, El lugar o La mujer helada se narra una vida, pero caben cientos. «Las cosas me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura», dice. Y de eso conversa hoy: de vivir y de escribir. Ansiosa de que se sigan entrelazando.

Me gustaría empezar por Annie Duchesne, no por Annie Ernaux. Por ese verano que te llevó a escribir. Dices que Memoria de chica era el libro que siempre postergabas escribir. ¿Por qué?

Todo ese libro, contar toda esa historia, generaba —y aún genera— en mí un sentimiento ambiguo, era un obstáculo terrible escribir sobre ello. Un obstáculo que venía del corazón, que lo convertía en una imposibilidad de escribir, de contarlo, al menos al principio. También me generaba vergüenza el hecho de haber permitido aquel acto sexual con ese hombre y enamorarme locamente de él. Escribir y contar eso siempre fue una dificultad, un muro casi insalvable. Pero, curiosamente, la consciencia de ese peligro fue lo que me transformó, lo que me impactó y me dio la fuerza para abordarlo. 

Te rechazaron el primer manuscrito que enviaste a una editorial, ¿no? ¿Era ficción o autobiográfico?

Era una obra de ficción, completamente influida por la escuela del nouveau roman (nueva novela) en los años sesenta. El movimiento de Alain Robbe-Grillet y los demás era la auténtica vanguardia. Por entonces yo era una estudiante universitaria de letras, y eso era algo que no se estudiaba en la facultad. Pero yo creo que hay que escribir siempre en la avant-garde, en la modernidad. Aquel texto era, lo veo ahora con perspectiva, muy complicado, quizá por la falta de experiencia y la juventud. Tenía veintidós años. Era, incluso, demasiado ambicioso. Lo envié a la editorial Seuil, una editorial muy potente en Francia, ¡apunté muy alto! [risas] Lo rechazaron. 

Tenías claro que, antes de lanzarte a la escritura, tenías que tener un trabajo con el que subsistir. ¿Nunca surgió, ni como un sueño dulce, la posibilidad de ganarse la vida solo escribiendo? 

Pues la verdad es que quizás con ese primer texto, con mis veintidós años, pude pensarlo, o fantasear con ello, pero no estaba segura. Pensé que, si salía publicado, quizás habría una posibilidad de vivir de escribir. Pero a la vez siempre fui muy consciente de la situación real, de la situación de mis padres que no podrían asumir y mantener a una hija que solo escribe. Por eso supe que necesitaba un trabajo, algo que me mantuviera, así que estudié para ser profesora y aprobar todas las oposiciones hasta conseguir la plaza. Cuando en 1974 se publicó mi primer libro, Los armarios vacíos, tampoco pensé demasiado en vivir de escribir. La mía es una forma de realismo social, diría, de no esperar nada de los demás, del éxito, porque son los demás quienes te lo conceden. Quizá es una visión un poco oscura, pero es así. Crecí con ese sentimiento desde niña, porque siempre he sabido que en mi clase social no podía esperar nada de nadie, tenía que trabajármelo todo por mí misma. Y más tarde… bueno, si solo me hubiera dedicado a escribir, habría tenido que escribir para vivir, y eso significa hacer concesiones, y sobre todo perder libertad en tu escritura. Ganarse la vida escribiendo implica publicar cada dos años o incluso menos, tener una regularidad impuesta. Yo creo que para escribir se necesita, sobre todo, tiempo. Gracias a la disponibilidad de ese tiempo pude extender a lo largo de los años ese texto que se llama Los años, y esa libertad me la dio la enseñanza. 

En Memoria de chica se ahonda, a través de tu propia experiencia, en el rechazo y la burla que supone para muchas chicas el despertar sexual, en la marginación y los insultos de sus compañeras. ¿Crees que esa actitud entre las mujeres jóvenes sigue siendo igual hoy en día?

Sí, por supuesto, sigue siendo una tendencia muy fuerte. De hecho, por esto mismo, cito al principio del libro la película mexicana Después de Lucía, de 2012. «Cada vez es como si me raptara la chica de la pantalla, como si me convirtiera en ella, no en la mujer que soy hoy, sino en la chica que era en el verano del 58», digo. En esta historia se habla de una chica, también joven, a la que las otras jóvenes a su alrededor le hacen caer en una trampa. Ella se viste con un vestido provocativo, y va a una fiesta. Allí hay un chico con el que se acaba acostando, y él graba todo con un smartphone y lo termina publicando en las redes sociales. Ante eso, el grupo de chicas se empeña en humillarla. La atacan, la tratan de puta… Esta película, entre otras cosas, me alentó a seguir escribiendo. Porque estas cosas siguen pasando, lamentablemente. La historia es muy reciente, la misma que me pasó a mí. 

Annie Ernaux para Jd 1

Esta experiencia es la que te lleva a leer a Beauvoir y a convertirte en escritora. Dices que todo lo que haces por ese hombre en concreto (H.), para ser digna de él, acaba, paradójicamente, liberándote. ¿Crees que aún hay mujeres que no dan ese paso, que se quedan atrapadas en ese intento de merecer?

Es una cuestión muy difícil, la verdad. La lectura de Simone de Beauvoir en ese momento concreto produjo en mí un efecto un poco ambiguo. Ahondó profundamente en mi vergüenza, pero también fue una liberación, sin duda. Yo empecé a ser consciente de la situación de las mujeres gracias a Beauvoir. Antes vivía en una inconsciencia absoluta respecto a lo que significa ser mujer. Y respecto a lo que preguntas, veo que, en estos últimos diez años, también gracias al despertar del MeToo, es muy difícil que una mujer piense que no es capaz de liberarse, de emanciparse. Diez años después de que yo escribiera Memoria de chica llegó Mayo del 68 y todo el movimiento de liberación feminista. Empezó a despertar una consciencia, al menos en Francia, de todo ello. Pero, antes de los años setenta, Simone de Beauvoir no era para nada conocida. Muy poca gente sabía quién era. Sartre sí, pero no Simone de Beauvoir. Yo leí a Sartre con quince años, pero a ella no la descubro hasta cuatro años más tarde, y un poco de casualidad. 

Desde entonces, las cosas han cambiado mucho, quién lo duda. Para mí es difícil pensar que hay mujeres que aún no estén al corriente de esta liberación, aunque también hay que subrayar otra cosa: hay un abismo entre saber que puedes liberarte y poder hacerlo. Hay muchísimos casos de mujeres que se consideran a sí mismas liberadas, intelectualmente desarrolladas, pero que tienen todavía reflejos, destellos, de niñas sometidas. 

Sobre el sexo, decías en La ocupación: «Del placer sexual lo he esperado todo, además del placer en sí. El amor, la fusión. El infinito, el deseo de escribir». ¿Cómo es esa relación entre la escritura y el sexo?

El sexo para mí es algo muy oscuro, muy complejo… [reflexiona] Supongo que no sé lo que significa el sexo en mi vida, qué lugar ocupa en ella exactamente. Dudo muchísimo sobre esto. Tal vez hablemos de ello en pasado, en relación con La ocupación. 

El sexo es el enemigo de la escritura, lo que se opone a la escritura, pero que al mismo tiempo parece aunar un montón de elementos —el orgasmo, el placer— y que a mí me pareció que buscaba a veces en la escritura. Pero el sexo no aporta nada. La escritura, al contrario que el sexo, se desarrolla en el tiempo. 

El sexo es la experiencia de una avalancha de cosas sin nada, que desemboca en nada, bueno, que desemboca en el cansancio [risas] La escritura es inmensa, es la búsqueda de la verdad, es un enlace con los otros, no es un enlace como el que da el sexo, que en ocasiones es ilusorio. Es en ese sentido que los comparo, sexo y escritura. Hay un libro que para mí ha sido muy importante escribir, que al final es sexo convertido en escritura, que se llama Passion simple. Quisiera agregar además que no tengo una visión feliz del sexo, es más bien trágica. Recuerdo que cuando era estudiante leí El sentimiento trágico de la vida de Unamuno, y creo que para mí el sentimiento trágico de la vida está fuertemente ligado al sexo.

La mujer helada cumple ya más de treinta años, y aún hay generaciones de mujeres que nos seguimos sintiendo como tú relatas ahí: esa presión de la excelencia profesional, personal, cotidiana… ¿Cómo te hace sentir eso? 

Sé que es así, que en La mujer helada siguen reconociéndose las mujeres de hoy en día. Al principio, cuando lo escribí, pensé que sería un libro que quedaría desfasado muy rápidamente, pero la realidad me ha demostrado que no es así. Sí que es cierto que con el tiempo ha tomado un sentido diferente, y la verdad es que me encanta hablar de ello. En Francia, por fin tenemos una expresión para designar algo de lo que hablo en él, la «carga mental», que antes no tenía nombre. Se popularizó hace unos dos años, gracias a las viñetas de la ilustradora Emma Clit, a la que se ha llamado la «feminista de lo cotidiano». Empezó publicando en su Facebook pequeñas historias sobre cuestiones feministas, sobre la vida en pareja, y se hizo viral, dando importancia a todas las cuestiones del hogar de las que tradicionalmente se ocupan las mujeres. Recoger a los niños del colegio, organizar la comida de la semana… Todo eso demuestra que La mujer helada sigue estando de actualidad. Así que no me importa seguir hablando de ello. 

En La otra hija, le dices a tu hermana muerta: «No escribo porque estás muerta. Has muerto para que yo escriba, ahí está la gran diferencia». ¿Cuándo llegaste a esa conclusión, a esa certeza? ¿Se perfiló mientras lo escribías o era algo que ya tenías más o menos claro antes?

Para mí, escribir es descubrir. A través de muchas cosas. Nunca empiezo a escribir un libro con un plan sobre lo que tengo que decir o a dónde debo llegar. Jamás. Para mí escribir es como saltar de un trampolín, como lanzarme a la piscina. Cada libro es un viaje de descubrimiento, y La otra hija es un texto que solo podía escribirse como un salto al vacío, porque yo nunca conocí a mi hermana. Fue un salto hacia esa otra realidad y también un salto para conocerme a mí misma. Aunque, en el fondo, es muy relativo, porque toda respuesta abre siempre más preguntas. 

Tanto en La otra hija como en Memoria de chica hablas mucho de la culpa. ¿Está ligada a tu vocación de escritora?

No tengo ninguna culpabilidad ligada a mi hermana, eso está claro. O quizá queda algo de una culpabilidad por no ser tan buena, por no poder nunca llegar a ser tan buena como ella. Pero sí que es cierto que mi culpabilidad dominante, por decirlo así, es la traición de clase. Durante años, hasta la muerte de mi padre, quise olvidar mis orígenes sociales, es cierto. Pensaba que el mérito de querer estudiar y escribir era una característica personal mía y que en parte no debía nada a mis padres. Quise olvidar mi infancia, mi adolescencia, y es eso lo que llamo la traición de clase.

¿Qué queda de la Annie que gritaba, con veintitrés años: «escribo para vengar a mi raza»?

Cuando escribí eso, lo hice como una promesa. Creo que he estructurado mis libros en torno a esa promesa de escribir para vengar a mi raza, aunque no estoy segura de haberla cumplido. A mí me parece que siempre he escrito con esa perspectiva de cumplirla, y lo he interiorizado tanto que ya no pienso en ello, simplemente forma parte de mí, me sale natural. 

Tu estilo de escritura es desnudo, contundente, sin mucho artificio. Dices que esa escritura plana te viene de forma natural, que es la misma que utilizabas «para escribir a mis padres y contarles las principales novedades». ¿Has tenido alguna vez la tentación de «engalanar» tu escritura? 

No, la verdad es que no [risas]. Nunca. Porque la escritura para mí es una ética.

En El lugar es muy llamativo el cambio de registro. Es un lenguaje más duro, mucho menos lírico. 

Es el primer libro que escribí con esta lengua, que yo llamo «lengua material». El objetivo de El lugar es hablar de la visión del mundo cuando se forma parte de los dominados. Muchas frases del libro vienen del lenguaje de mi infancia… no hay nada en patois. Es el lenguaje reducido a lo esencial, del encerramiento que se puede sentir, que es clave en la clase dominada, por eso el uso de un lenguaje muy duro, muy lacónico. Digamos que da el peso de las cosas.

¿Es un acto político?

¡Por supuesto! Es mi forma más política. Apoyo ciertas posturas políticas con mis actividades, aunque no formo parte de ningún partido, pero creo que la política está en todas partes y por lo tanto en la escritura, aunque se haya creído lo contrario tiempo atrás. La escritura siempre ha sido política, de una manera u otra. En mi opinión, siempre ha sido una herramienta política, que yo nunca he renunciado a utilizar. 

Tampoco has renunciado a posicionarte políticamente, por ejemplo, esperanzada por el movimiento de los «chalecos amarillos» francés. 

Sí. Pienso que ahora hay una toma de conciencia por parte de los dominados de su dominación que antes no había. Muchos de ellos pertenecen a un mundo que no vota, se creen solos en su situación, creían que no estaban politizados. Y, de pronto, de un solo golpe, descubren que no están solos: eso es muy importante. Con ello descubren el funcionamiento de la toma de decisiones del Estado, y una vez que se es consciente no se puede volver atrás. Se dice que la visibilidad de los «chalecos amarillos» se ha reducido, pero ¿alguien cree que la gente que ha regresado a sus casas se ha calmado de golpe? No, no se da marcha atrás cuando ha habido una toma de conciencia, no es posible. Yo lo sé, en mi cuerpo, en mi cabeza. Desde el momento en el que escribí ese primer libro ya no podía dar marcha atrás, tampoco sobre la consideración de mi lugar en el mundo. Saber que era una tránsfuga es muy diferente a no saberlo… Saber algo, darse cuenta de algo, es un camino sin vuelta atrás. No se puede volver a la ignorancia, por lo tanto, yo creo que verdaderamente los «chalecos amarillos» son el principio de algo.

En muchos de tus escritos se nota ese sentimiento de traición, de ser una «tránsfuga» de clase, dado que ahora perteneces a una clase acomodada. ¿Esa incomodidad se difumina con el tiempo? ¿O nunca desaparece?

Nunca desaparece, lo que cambia es que fue doloroso, ahora no lo es tanto. Sufro una especie de esquizofrenia social. Mi recuerdo, mi pasado y mi memoria forman parte del mundo popular, de mis padres… y ahora vivo en otro mundo, de intelectuales. Por eso existe esta disociación que fue extremadamente dolorosa. Pero a partir del momento en el que fui consciente, y gracias ¡a la escritura! fue mucho más fácil soportarlo. 

Esto no desaparece, sino que reaparece en situaciones en las que me siento patosa, con un sentimiento de no conocer los códigos, de no formar parte del mismo mundo que los otros. Quizás esto explica mi gran distanciamiento del mundo literario parisino, del que no formo parte. Es una posición voluntaria porque no encuentro ningún placer en formar parte de él.

¿Te sientes una rareza dentro de ese mundo literario francés, incluso parisino? Porque tocas temas de realidad social que por lo general a ese ambiente le quedan muy lejos…

No lo sé… El caso es que siempre ha habido escritores franceses que han estado cerca del mundo, de la calle. Ese siempre ha sido mi leitmotiv, estar cerca de lo que le ocurre a la gente de verdad. Así que no sé si soy una rareza, pero es verdad que siempre me dicen que Ernaux está aparte del mundo literario francés. ¿Por qué? No lo sé. Quizás porque el hecho de ser escritora ya es, en sí mismo, una especificidad. De ahí a ser una rareza… lo dejo al criterio de los demás. 

Annie Ernaux para Jd 3

Alguna vez has dicho que te encantaría escribir como si no fueras a estar presente cuando te publicaran, «escribir como si fuera a morirme y ya no hubiera jueces». ¿Qué tal llevas esos jueces? Porque hay una parte de la crítica francesa, como Frédéric Beigbeder, que publicó una reseña muy dura en…

Yo asumo muy bien las críticas, supongo que porque en el fondo sé de dónde vienen. Como el propio Frédéric Beigbeder, vienen del mundo dominante, seguro de sí mismo, de la alta burguesía. Soy capaz de descifrar todo eso en sus críticas, las encuentro incluso normales… pero me son indiferentes. Esa es la verdad. 

Has decidido dejar de leer a Houellebecq por cómo trata el cuerpo de la mujer en sus libros. Dices que no te gusta que escriba «libros para guiñarle el ojo a la opinión pública». ¿A qué te refieres? 

No hay nada de transgresión en Houellebecq, y parece que no nos damos cuenta. Va con la corriente de la opinión en un momento dado, además con una escritura extremadamente simple, sin ninguna profundidad. Eso hace que, bueno, sean libros que están casi listos para la traducción. Houellebecq no es más que un captador de la opinión dominante. Por ejemplo, cuando habla de las mujeres en el libro donde le dejé de leer, al final de los años noventa, él anima abiertamente esas tendencias machistas, viriles. No hay ninguna transgresión en hablar de las mujeres de esa manera.

¿Cómo te sientes cuando se cataloga tu escritura como solo autobiográfica, obviando la carga etnográfica que tiene tu obra? ¿No implica, a veces, un cierto menosprecio implícito? 

Es tremendamente reduccionista cuando catalogan mis escritos así. Lo sufrí en su momento, creo que ahora tanto la crítica como el público ven más allá de la autobiografía. Cuando se publicó mi primer libro, Los armarios vacíos, no estaba desvelando solo mi historia personal. Esa es la historia personal de muchas personas: el camino desde la escuela a la universidad, el paso del mundo obrero y del trabajo manual hacia el mundo intelectual… Mis libros, desde el primero, no tratan de algo personal solamente, es algo que se vuelve más general. Es decir, cuando uso el «yo», es un yo transpersonal, no es un solo yo que se refiere a mi persona, es un yo que contiene mucho más que un «él», un «ella», un «ellos»… Siempre escribo desde ese perspectiva. Y la respuesta a que no solo es autobiográfico está en la recepción de los lectores, ellos demuestran que no es así. 

¿Te consideras dentro de la llamada «literatura del yo»? 

No soy yo quien decide eso. Quizás pueda estar dentro de ella, de una manera más amplia… pero igualmente me parece reduccionista. Creo que se ha creado una imagen de que la literatura del yo es lo opuesto a la ficción y no se tiene en cuenta la experimentación de textos como Diario del afuera y La vida exterior, diarios donde no hablo de mí. En Los años, hay fotos que son personales, pero no es un texto sobre mí. La otra hija puede parecer literatura del yo, pero… ¿Una mujer es literatura del yo? En la forma, desde el exterior, no lo creo.

¿Alguna vez te has sentido impúdica, al revelar ciertas cosas sobre ti misma? 

No, creo que no. Es decir, cuando escribo considero que narro las cosas como fueron, como son para mí, con las palabras, las descripciones… Escribiendo no soy impúdica. Ahora, que algunos me consideren impúdica al escribir está relacionado con el hecho de que soy una mujer. 

Annie Ernaux para Jd 4

En La mujer helada dices que «todas las mujeres tienen el cerebro novelesco», y paralelamente te quejas de ese odio e injuria masculina cuando dicen: «te haces una novela de todo, tienes demasiada imaginación». ¿Crees que esa mirada ha podido desalentar vocaciones literarias de mujeres?

¡No en mi caso! [risas] Yo sabía que yo no escribiría novelas como las que había leído, porque, bueno, hay tantas cosas que pueden desmotivar a las mujeres de escribir… esta entre otras. De todas formas, es muy fuerte esa idea, me gusta que la menciones.

Cuando escribí Passion simple, aún sin publicar en España, la reacción de la crítica literaria, en los periódicos, era no juzgarlo por ser un libro escrito por una mujer. Pero ¡me llamaban a mí Madame Bovary! O sea que yo no era un nombre, era un objeto, ¡y fui yo quien escribió el libro! Había algo loco en todo esto, y la gente no se daba cuenta, decía «Ja, ja, ¡quema tus novelas de amor!». No, Madame Bovary lo intenta, es sentimental, etc. Pero la autora soy yo, era una inversión increíble. Y un desprecio. Hay que reconocer que hay muchas mujeres que escriben, que publican, en Francia y en otras partes, pero la recepción de sus libros es menor que la de los hombres que escriben. Y eso también es un desprecio. Quiero decirlo claramente: las mujeres no son aún legítimas en la literatura. A menudo decimos que un hombre es «escritor» y que una mujer es «novelista», destacando la distinción. Y mira: yo no escribo novelas, no deberían ni decir siquiera que soy novelista. La legitimidad de una mujer no es tan completa en la literatura como en otros dominios. Es triste, pero bueno. Es así. 

¿Cómo has vivido la sacudida del MeToo? 

En apariencia se acogió bien… Hasta la famosa carta de Catherine Deneuve y otras mujeres, todas ellas privilegiadas, carentes de empatía con las mujeres que son acosadas. Ellas se consideran mujeres libres, se disocian y se posicionan junto a los hombres, violadores, acosadores y a esa carta se le dio una publicidad aberrante. Repetían frases terribles como «MeToo, ¿no estamos yendo demasiado lejos?», convocando a la ocupación, a la guerra, a la denuncia para contestar la legitimidad del movimiento MeToo. 

Y, además, después de eso, hay que reconocer que no hubo muchas revelaciones sobre el acoso en Francia, todavía rige un manto de silencio. Aunque eso no impedirá que se digan cosas, que sea un movimiento importante. Cuando vi el inicio del MeToo mi reacción fue inmediata: no esperaba ver algo así antes de morir. Desde hace veinte años, ya en los noventa, vivo consternada por la idea de la seducción, porque el cuerpo de las mujeres esté cada vez más instrumentalizado. La libertad sexual, para las chicas, se ha convertido a veces en algo perverso, hemos vuelto para atrás alegremente. Por eso, que algo pase, es bueno. Pero tampoco se pueden pedir milagros: se necesita tiempo.

En el último párrafo de La mujer helada, lanzabas una especie de profecía: «Pronto me pareceré a esas caras marcadas, patéticas, que me echan para atrás, de las peluquerías, cuando las veo, volcadas, en el lavacabezas. Dentro de cuántos años». ¿Ha sido una profecía autocumplida?

¡Sí! [risas] ¡Pero la verdad es que no me molesta, en absoluto! Yo asumo completamente la mujer en la que me he convertido. ¡Y no termino! En el fondo, eso es lo maravilloso, que no haya tenido miedo.

La imagen exterior, el rostro, es el reflejo de todo lo que se ha vivido, de todo lo que se ha hecho. Por mi propia experiencia veo que las mujeres que están solas, que no tienen pareja, hijos, que además no escriben, no tienen ocio… sufren envejeciendo, les cuesta envejecer. Y les cuesta asumir su aspecto, su rostro. Para mí lo mas importante es vivir. 

«Ver para escribir es ver de otra manera». Tengo apuntada esta frase tuya, pero no recuerdo a dónde pertenece. ¿Disocias la manera en la que ves las cosas? ¿Sabes qué parte de lo que vives es material, digamos, literario, y cuál no lo es? 

A mí también me gusta. Puede ser que pertenezca a Regarde les lumières mon amour, que no está traducido al español, o a La ocupación. Tengo la impresión de que yo, en mí misma, soy un ser escritor. No puedo disociarlo. Por eso menciono a Dostoievski en mi primer manuscrito, y cito lo que dice en Crimen y castigo: «Vivre pour vivre, il ne l’a jamais su» («Vivir por vivir, él nunca supo»). Yo creo que tampoco sé vivir por vivir. Necesito escribir.

Fuente: https://www.jotdown.es/2020/07/annie-ernaux-escribir-para-vivir-significa-perder-libertad/

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Frente a los instantes

 
El Jardín de las delicias. El Bosco
El sueño, mucho más que el tiempo, es el antídoto ideal contra las congojas. El insomnio, por el contrario, amplificando la mínima contrariedad y convirtiéndola en tragedia, vela sobre nuestras heridas, impidiendo que se marchiten. 

E.M.Cioran

sábado, 13 de agosto de 2022

Una exultación de cal y flores, Fleur Jaeggy

A los catorce años  yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, después de casi treinta años de manicomio en Herisau. Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant, antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa. En Appenzell no se puede dejar de pasear. Si se miran las pequeñas ventanas con franjas blancas y las laboriosas e incandescentes flores en los balcones, se advierte un remanso tropical, una lujuria sofrenada, se tiene la impresión de que dentro sucede algo serenamente tenebroso y un poco enfermizo. Una Arcadia de la enfermedad. Podría parecer que allí dentro hay paz e idilio de muerte, en la pureza. Una exultación de cal y flores. Fuera de las ventanas el paisaje nos reclama; no es un espejismo, es un Zwang, se decía en el colegio, una imposición.

Fuente: https://calledelorco.com/2022/08/09/una-exultacion-de-cal-y-flores-fleur-jaeggy/

domingo, 20 de marzo de 2022

Prohibir a los rusos

  Aquella Rusia de 1848 era una especie de Atenas bajo Pericles, un vergel de cultura. Nikolái Gógol, tras un periplo relativamente largo por Europa, decide volver al país eslavo. Es difícil encontrar tanto talento condensado en la historia universal de la literatura, y sólo el Madrid de principios del siglo XVII se acerca. El gran referente de Gógol, el padre de la literatura moderna rusa, Aleksandr Pushkin, había muerto pocos años antes de un balazo en el pecho en un duelo por amor. Se hallan entonces los círculos culturales de Rusia en pleno debate sobre la libertad: los ensayos de Aksákov, las tesis del recientemente fallecido Baratynski, la ciencia histórica de Granovski, el discurso narrativo de Turguéniev… Gógol, ucraniano, por cierto, se decanta, en su ultraconservadurismo, por las bondades del zarismo. Belinski le reprocha en una famosa carta a Gógol que se pliegue ante el autoritarismo Romanov. El debate es encarnizado, tanto que un joven autor decidirá leer la carta de Belinski ensalzando el liberalismo en público. Ese joven autor es Fiodor Dostoievski, y por esa lectura y su interpretación de la libertad será condenado a muerte. Estando Dostoievski amarrado al poste sobre el que habría de ser fusilado, se le conmutó la pena. Sin el debate que, a mediados de los cincuenta, se llevó a cabo entre los escritores rusos en torno a la libertad no se habrían sustentado los posteriores discursos, desde Tolstói hasta Lenin.

 Tras la invasión de Ucrania por parte de los rusos, una parte de la sociedad occidental ha decidido apartar a los autores eslavos de las estanterías, de las carteleras, de las plataformas, de los colegios. Una vez más, la sociedad moderna es incapaz de separar el arte y la cultura de la realidad. Y en esta ocasión tiene aún menos sentido, pues las letras eslavas, junto a las hispánicas las más preciadas de toda la literatura universal, están plagadas de ejemplos como los narrados en el primer párrafo, es decir, de mentes brillantes que dialogan entre sí a propósito de la susodicha libertad, de la guerra, del imperialismo y de tantos otros conceptos que, como siempre, el adanista contemporáneo cree suyos en exclusividad. Pero no. Están en ellos. A menudo nacen con ellos. ¿Tiene sentido prohibirlos? ¿Tiene sentido desconocerlos deliberadamente?

 Obviar las tragedias de la historia es el primer paso para repetirlas. Obviar a Turguéniev, a Gógol, a Pushkin, a Dostoievski, a Tólstoi, a Gorki o a Lenin es no sólo una muestra de profundo aldeanismo, sino una irresponsabilidad para todo aquel que pretenda comprender la base de un conflicto. Creer que, mirando para otro lado, creer que callando a este o a aquel autor en lengua rusa se soluciona algo es un ejemplo más de la inocencia de Occidente, que se apaga irremediablemente al calor de su propia ignorancia. Como en el famoso cuento de Gógol, El capote, donde el protagonista se resigna a su triste destino envuelto en una manta raída, Europa se resigna al declinar de su viejo reinado cultural envuelto en su wokismo absurdo. «Es mejor ser infeliz conociendo la tragedia que ser feliz en el país de los ignorantes», dejó dicho Dostoievski. Pues eso.

Fuente:  https://www.zendalibros.com/prohibir-a-los-rusos/

martes, 25 de enero de 2022

Isabel Allende: «No hay feminismo sin independencia económica»

La escritora en lengua hispana más leída del mundo publica nueva novela, ‘Violeta’, la historia de una mujer centenaria que rememora los amores de su vida y los grandes acontecimientos del siglo XX.

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La escritora chilena Isabel Allende. Foto: LORI BARRA

 Las novelas de Isabel Allende (Lima, 1942) provocan siempre división de opiniones. Por un lado está el público, que adora a la autora chilena (las cifras hablan por sí solas: 75 millones de libros vendidos en todo el mundo); y, por otro, los talibanes de la literatura, que detestan su estilo recargado, sus tramas apasionadas y, sin decirlo a las claras, su éxito. Lo cierto es que Allende tiene un don y lo explota con deleite: un castellano torrencial que, combinado con su capacidad para inventar historias extravagantes, arrastra al lector, que se ve impelido a pasar página tras página sin poder parar. ¿Y qué hay de malo en eso? Al margen de su discutida calidad, nadie sale peor persona después de leer uno de sus libros.

El último, editado por Plaza & Janés, acaba de llegar a las librerías. Se titula Violeta, y cuenta la historia de una mujer que llega a vivir 100 años, los que hay entre la pandemia de la gripe española y la de la COVID-19. Repletos, como es marca de la casa, de aventuras y romances. Muchos de los rasgos que adornan a su protagonista los tomó prestados, confiesa, de su madre, Panchita Llona. «Es un personaje parecido a ella en el sentido de que es bella, interesante, fuerte, irónica, atrevida y con una gran visión de futuro. Mi madre fue una mujer extraordinaria pero no tuvo una vida extraordinaria porque nunca pudo mantenerse sola. Vivió sometida. Primero, a su padre. Después, a sus maridos. Nunca tuvo la libertad económica que yo siempre deseé para ella. Y eso es lo que le di a Violeta, la posibilidad de ser una mujer independiente. Porque no hay feminismo sin independencia económica», explicó la autora en una rueda de prensa online que reunió a más de un centenar de periodistas de España y América Latina.

Su madre era, además, su crítica más exigente. Fue siempre la primera lectora de sus manuscritos y a menudo no tenía piedad con ellos. Muchas veces se los devolvía con páginas enteras tachadas con un grueso rotulador rojo. Esa condición de editora de hierro y amiga incondicional la mantuvo casi hasta el final de su vida. Residiendo en países diferentes, se escribieron cartas todos los días durante décadas. Allende las guarda todas. Calcula que ascienden a 24.000.

El nuevo Chile

«Lo que me convirtió en escritora fue que no pude seguir siendo periodista, que era un oficio que me encantaba», cuenta la autora chilena. No pudo seguir siéndolo en su país tras el golpe militar que derrocó y asesinó a Salvador Allende, primo de su padre. Se trasladó entonces a Venezuela y fue allí, «casi por casualidad», donde comenzó a escribir su obra maestra: La casa de los espíritus. «Esa fue la novela que le pavimentó el camino a las que vinieron después. Me dio una voz como escritora y como mujer. Y cambió completamente mi vida. No creo que todo eso me hubiera pasado en Chile».

Aunque nació en Perú, pasó la infancia en diversos países por la profesión de su padre (diplomático) y reside desde hace más de 30 años en Estados Unidos. Se considera absolutamente chilena: «No puedo sacarme eso de dentro. Ni quiero tampoco».

Antes de las elecciones del pasado diciembre, Isabel Allende firmó, junto a un grupo de 40 premios nacionales de su país, un manifiesto de apoyo a la candidatura de Gabriel Boric. Asegura que Violeta, un personaje de ficción creado a partir de la personalidad de su madre y de sus propias historias sentimentales, habría celebrado el triunfo de la izquierda en su país: «Aunque es una opción política a la que ella no pertenece por clase social», aclara. «Su clase social votó mayoritariamente por el ultra-ultra-conservador Kast, que basó su campaña en el miedo. Por un lado se habló de la inseguridad en las calles y de la inmigración, que son preocupaciones que también existen en EEUU y en Europa pero que en Chile se exageraron enormemente. Y luego se fomentó el terror al Partido Comunista, que forma parte de la coalición de izquierda. Se habló de que íbamos a terminar como Venezuela. Yo creo que eso no va a suceder. En un momento de la novela, Violeta le habla a su nieto del sistema de clases que existe en Chile, que es como el sistema de castas en la India. Ella, aunque pertenece a la clase privilegiada, trabaja con mujeres, con indígenas, con los más pobres, así que habría estado encantada con que las cosas cambiaran en Chile».

Para cerrar el círculo, se da la circunstancia de que la nieta de Salvador Allende, Maya Fernández, entrará a formar parte del nuevo gobierno progresista. «No solo será ministra. ¡Será ministra de Defensa!», recalca la escritora. «Es una mujer joven que se crió en Cuba, nieta de Allende, y ocupará una posición muy especial, porque tendrá que entenderse con las Fuerzas Armadas. Y no podemos olvidarnos del pasado de las Fuerzas Armadas en Chile. Yo estoy encantada con el Gobierno que ha nombrado Boric porque es muy diverso. Hay 14 mujeres y 10 hombres. Realmente hay una intención sólida de que haya paridad de género. Solo eso ya es extraordinario. Y hay que añadir que son muy jóvenes. Se trata de una nueva generación que asciende al poder. Ya es hora de que los viejos carcamales se vayan a su casa a jugar al bingo».

Allende y el feminismo

Isabel Allende se declara, «desgraciadamente», una mujer «apasionada y romántica». No tiene reparos en hablar públicamente de sus relaciones de pareja. Ahora, por ejemplo, está viviendo su tercer matrimonio. Se casó a los 77 años, enamorada como una adolescente. «De un señor de origen polaco con el que no tengo nada en común pero que está resultando estupendo», comenta entre risas. «Me he equivocado muchas veces por amor y he hecho muchas barbaridades. Pero la vida así tiene un sabor más lindo», añade con dulzura. Esta intensa personalidad se filtra en sus novelas continuamente y plantea dudas (infundadas, por supuesto) sobre su militancia feminista.

Allende no es la primera escritora que afronta críticas por no responder exactamente al perfil que se espera de su compromiso con las mujeres. Almudena Grandes, sin ir más lejos, también las tuvo. En su caso, los problemas cotidianos de las mujeres (los de la protagonista de Los aires difíciles, por ejemplo, la memoria de su infancia pobre, sus sueños, las infidelidades, la relación con los hijos) no encajaban con las aspiraciones de las últimas olas del feminismo. Eran temas pequeñoburgueses, decían, mirando sus novelas por encima del hombro.

Lo que se critica en Isabel Allende es una cursilería formal, una supuesta inclinación por un feminismo demodé, de novela rosa. Ella, evidentemente, no lo ve así: «Vivo muy al día la situación de la mujer porque tengo una fundación [creada en memoria de su hija Paula, trabajadora social fallecida en 1992], cuya misión es invertir en el poder de las mujeres. Trabajamos con las mujeres más vulnerables. Estoy siempre en contacto con las mujeres y con sus problemas. Siempre he sido feminista, lo sigo siendo, y he seguido siempre las etapas del feminismo. Y estoy encantada con lo que está pasando ahora, con esta ola de mujeres jóvenes que están haciendo cosas extraordinarias. En Chile se está planteando cambiar la educación para que los niños, ya desde preescolar, tengan una educación no machista que respete todos los géneros y toda la diversidad. Eso es extraordinario, aunque es muy nuevo. A lo largo de todos estos años yo he ido incorporando eso en mis libros y en mi trabajo en la fundación. Así que no creo que me haya quedado anclada en una idea de la literatura o del feminismo o de la mujer o de las relaciones de pareja de los años ochenta».

Es cierto que sus novelas son fábulas pobladas de amores arrebatados, pero su autora abomina de aquellos cuentos «en los que las princesas eran unas estúpidas que se quedaban dormidas y tenía que venir un príncipe a despertarlas. O unas tontas que tenían que ser rescatadas por unos enanos». Así que Isabel Allende, aun siendo pasional, no sufre ese misterwonderfulismo de quienes creen, ingenuamente, que el amor es el motor del mundo. «Al mundo también lo mueven la ambición, el poder, la codicia», responde. «Todas esas cosas mueven también al mundo y lo hacen en una orientación que, a veces, el amor logra corregir un poco. Pero no completamente».

En cualquier caso, a sus casi 80 años, hay luchas progresistas que no puede compartir en su totalidad. Una de ellas es el furor iconoclasta, que amenaza con tumbar algunos de sus ídolos literarios, como es el caso de Pablo Neruda. La confesión que el poeta hace en su autobiografía de haber violado a una mujer ha sometido su obra y su figura a una revisión implacable por parte del feminismo chileno. «Neruda es el poeta más grande de Chile y uno de los más grandes de la historia de la poesía. Una cosa es el hombre fallado, y todos somos fallados, y otra es la obra. En el caso de un artista o de un científico, quedémonos con sus logros y revisemos, sí, su vida privada. Pero no lo eliminemos todo porque entonces no quedaría títere con cabeza», explica.

Puede que ese sea el único tema en el que no coincide con la juventud izquierdista de hoy, a la que alaba y admira sin medida: «Hay una generación joven que está hasta la coronilla con la situación del planeta y de la sociedad, que no cree en las instituciones ni en las religiones. Quieren que todo eso cambie y es fantástico que estemos agitando esta civilización patriarcal y tratando de cambiarla. Tengo una gran esperanza en el futuro y lo único que lamento es que, por edad, no voy a alcanzar a ver todos los cambios que estamos empezando ahora».

Fuente: https://www.lamarea.com/2022/01/25/isabel-allende-no-hay-feminismo-sin-independencia-economica/

sábado, 17 de julio de 2021

Muerte de una ballena

Credit...Melida Pinon

En pocos minutos se difundió la noticia: una ballena en Leme[1] y otra en Leblon[2]. Habían aparecido en la playa, de donde habían intentado salir sin conseguirlo. Eran descomunales a pesar de ser sólo crías. Todos fueron a verlas. Yo no. Corría el rumor de que llevaban ocho horas agonizando y de que habían intentado incluso dispararles, pero continuaban agonizando  sin morir.

Sentí horror ante lo que contaban y que tal vez no eran estrictamente hechos reales, pero la leyenda ya estaba formada alrededor de lo extraordinario que -¡por fin, por fin!- sucedía, porque por pura sed de una vida mejor siempre estamos esperando lo extraordinario, que tal vez nos salve de una vida contenida. Si fuese un hombre quien estuviese agonizando en la playa durante ocho horas lo santificaríamos, de tanto como necesitamos creer en lo imposible.

No, no fui a verla, detesto la muerte. Dios, ¿qué nos prometes a cambio de morir? Porque el cielo y el infierno ya los conocemos, cada uno de nosotros en secreto, casi en sueños, ya ha vivido un poco de su propio apocalipsis. Y de su propia muerte.

Aparte de las veces en que casi he muerto para siempre, cuántas veces en un silencio humano —que es el más grave de todos los del reino animal—, cuántas veces en un silencio humano mi alma agonizante esperaba una muerte que no llegaba. Y por escarnio, porque era lo contrario del martirio en el que mi alma sangraba, era entonces cuando el cuerpo más florecía. Como si mi cuerpo necesitase dar al mundo una prueba al contrario de mi muerte interna, para que ésta fuese aún más secreta. He muerto de muchas muertes y las mantendré en secreto hasta que llegue la muerte del cuerpo, y alguien, al darse cuenta, diga: ésta, ésta ha vivido.

Porque de aquél que más siente el martirio es de quien se podrá decir: éste, sí, éste ha vivido.

Lo más extraño es que cada vez que era sólo el cuerpo el que estaba a punto de morir el alma no lo sabía. La última vez que mi cuerpo casi murió, como ignoraba lo que sucedía, sentía una especie de rara alegría, como si me hubiese liberado por fin mientras el cuerpo dolía como el Infierno. Una de las veces sólo me lo dijeron cuando ya había pasado: había estado tres días entre la vida y la muerte y los médicos sólo podían garantizar que harían todo lo posible. Y yo tan inocente de lo que estaba pasando que me parecía extraño que no me permitiesen recibir visitas. Pero yo quiero visitas, decía, me distraen del dolor terrible. Y a todos los que no obedecieron a la placa “Silencio”, a todos los recibí, gimiendo de dolor, como en una fiesta. Me había vuelto habladora y mi voz era clara, mi alma florecía como un áspero cactus. Hasta que el médico, realmente muy enfadado y en un tono cortante, me dijo: una visita más y le daré el alta tal como está. “Tal como estaba” lo desconocía, nunca durante esos días noté que estaba a las puertas de la muerte. Me parece que vagamente sentía que, mientras sufriese físicamente de una manera tan insoportable, tenía la prueba de que estaba viviendo al máximo.

Recuerdo ahora cuando al mirar una vez un crepúsculo interminable y escarlata también yo agonicé con él lentamente y morí, y la noche vino hacia mí cubriéndome de misterio, de insomnio clarividente y, finalmente, por cansancio, sucumbí a un sueño que completaba mi muerte. Y cuando desperté, me sorprendí dulcemente. En mis primeros ínfimos instantes despierta pensé: ¿entonces cuando se está muerto se conserva la conciencia? Hasta que el cuerpo, acostumbrado a moverse automáticamente, me hizo hacer un gesto muy mío: el de pasarme la mano por el pelo. Entonces comprendí con asombro que mi cuerpo y mi alma habían sobrevivido. Todo esto –la seguridad de estar muerta y el descubrimiento de que estaba viva— todo esto no duró, creo, más de dos ínfimos segundos o tal vez aún menos. Pero que de hoy en adelante todos sepan a través de mí que no estoy mintiendo: en menos de dos segundos se puede vivir una vida y una muerte y de nuevo otra vida. Esos dos ínfimos segundos como forma de contar toscamente el tiempo deben de ser la diferencia entre el ser humano y el animal, así como Dios tal vez cuente el tiempo en fracciones de siglo de los siglos. Quién sabe si Dios cuenta nuestra vida en términos de dos segundos: uno para nacer y otro para morir. Y el intervalo, Dios mío, tal vez sea la mayor creación del Hombre: la vida, una vida. Me acuerdo de un amigo que hace pocos días citó lo que uno de los apóstoles dijo de nosotros: vosotros sois dioses.

Sí, juro que somos dioses. Porque yo también he muerto ya de alegría muchas veces en mi vida. Y cuando pasaba esa especie de gloriosa y suave muerte me sorprendía de que el mundo continuase a mi alrededor, de que hubiese una disciplina para cada cosa, y de que yo misma, empezando por mí, tuviese mi nombre y hubiese ya entrado en la rutina: pensaba que el tiempo se había parado y que los hombres súbitamente se habían inmovilizado en medio del gesto que estaban haciendo, mientras que yo había vivido una muerte por alegría.

No fui a ver la ballena que estaba muriendo realmente al lado de mi casa. Muerte, te odio.

Mientras tanto las noticias mezcladas con la leyenda corrían por el barrio de Leme. Unos decían que la ballena de Leblon aún no había muerto pero que su carne cortada en vida se vendía a kilos porque la carne de ballena era muy buena para comer y era barata, eso es lo que corría por el barrio de Leme. Y yo pensé: maldito sea aquél que coma por curiosidad, sólo perdonaré a los que tienen hambre, aquella hambre antigua de los pobres.

Otros, en el umbral del horror, contaban que también la ballena de Leme, aunque todavía viva y jadeante, había sido cortada a kilos para ser vendida. ¿Cómo creer que no se espera ni a la muerte para que un ser se coma a otro ser? No quiero creer que alguien tenga tan poco respeto a la vida y a la muerte, nuestra creación humana, y que coma vorazmente, sólo por ser una exquisitez, aquello que aún agoniza, sólo porque es más barato, sólo porque el hambre humana es grande, sólo porque en realidad somos tan feroces como un animal feroz, sólo porque queremos comer de aquella montaña de inocencia que es una ballena, así como comemos la inocencia cantante de un pájaro. Iba a decir ahora con horror: antes que vivir así prefiero la muerte.

Y no es exactamente verdad. Soy una feroz entre los feroces seres humanos, nosotros, los simios de nosotros mismos, nosotros los simios que soñaron con volverse hombres, y ésta es también nuestra grandeza. Nunca alcanzaremos en nosotros al ser humano: la busca y el esfuerzo serán permanentes. Y quien logra el casi imposible aprendizaje de Ser Humano, es justo que sea santificado.

Porque desistir de nuestra animalidad es un sacrificio.

Fuente: https://www.ieturolenses.org/revista_turia/index.php/actualidad_turia/muerte-de-una-ballena?fbclid=IwAR0dW2CYE7bbIluV4nokPqWJRsE76m6QsOrK2S_MUhcaeXbBNsE4lUxGI6Q

lunes, 21 de junio de 2021

La soledad

Pintura ( Personajes en la noche ) de Joan Miro (1893-1983, Spain) | Reproducciones De Arte Joan Miro | ArtsDot.com
Personajes en la noche. Joan Miró
 
 
    La soledad está en todo para ti, y todo para ti está en la soledad. Isla feliz adonde tantas veces te acogiste, compenetrado mejor con la vida y con sus designios, trayendo allá, como quien trae del mercado unas flores cuyos pétalos luego abrirán en plenitud recatada, la turbulencia que poco a poco ha de sedimentar las imágenes, las ideas.
   Hay quienes en medio de la vida la perciben apresuradamente, y son los improvisadores; pero hay también quienes necesitan distanciarse de ella para verla más y mejor, y son los contempladores. El presente es demasiado brusco, no pocas veces lleno de incongruencia irónica, y conviene distanciarse de él para comprender su sorpresa y su reiteración.
   Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad. Mas es soledad, que de todo te separa, no te apena. ¿Por qué habría de apenarte? Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes.
   De niño, cuando a la noche veías el cielo, cuyas estrellas semejaban miradas amigas llenando la oscuridad de misteriosa simpatía, la vastedad de los especios no te arredraba, sino al contrario, te suspendía en embeleso confiado. Allá entre las constelaciones brillaba la tuya, clara como el agua, luciente como el carbón que es el diamante: la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte. 

Luis Cernuda

sábado, 19 de junio de 2021

Once años sin José Saramago: instantes y reflexiones

https://www.cineyliteratura.cl/jose-saramago-los-ojos-del-campo-portugues/

El día 18 de junio de 2010, en su hogar de la localidad de Tías (Lanzarote) y acompañado de su compañera Pilar del Río, falleció José Saramago, a la edad de 87 años. Se cumplen once años desde que cerrase sus ojos al mundo el genial autor portugués, voz entrañable y escritor universal.

 Pero nos dejó sus palabras escritas, sus libros y el ejemplo de un hombre bueno que vivió como él quería. Se fue un hombre de los que nunca sobran en el mundo, sino todo lo contrario, hacen falta muchos como él.  Saramago, como dice Galeano, "seguirá siendo un voz entrañable y extrañable"por necesario, por justo, porque su voz nos convocó a ser más y mejores. Nos conovocó a volar más alto y a sentir más hondo

José de Sousa Saramago murió dejando tras de sí un legado literario donde cuestionó tanto los sistemas políticos y religiosos como la dominación en la que vivía la sociedad del siglo XX.

Saramago fue autor de novelas que se han vuelto elementales en las librerías recomendadas: Ensayo sobre la ceguera, El evangelio según Jesucristo, Las intermitencias de la muerte, Caín, El viaje del elefante y Ensayo sobre la lucidez, en los cuales pone puntos sobre las íes sobre distintos problemas de la sociedad a través de la ficción o la recuperación e interpretación de pasajes de historia religiosa.

Conquistó el Nobel de liteartura en 1988. La Academia Sueca destacó su capacidad para «volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía»

"Alzado del suelo" es considerada la primera gran novela del escritor portugués en la que cuenta la historia de un pueblo que se ve inmiscuido en la Revolución de los Claveles, movimiento armado en el que participó el novelista y que significó la caída de la dictadura de António Oliveira de Salazar, restaurando la democracia en el país y las independencias de las últimas colonias portuguesas.

"Creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven", es una de las frases fundamentales de Ensayo sobre la ceguera, quizá la obra más conocida de Saramago, un título que une a personas con intereses y ocupaciones tan distintas que, tras sufrir una "epidemia" de ceguera, se dan cuenta de sus semejanzas pero también desnudan todos sus errores y faltas contra las demás personas, incluyendo sus familias.

"Recordando a José Saramago, 10 años que marchó físicamente, pero sigue vivo y presente en nuestras vidas" y "Un escritor que abre puertas a nuevas percepciones a través de la ficción" son algunas de los comentarios con que lectores de Saramago recuerdan al escritor que estuvo ligado a causas solidarias y que en México incluso mostró su apoyo a los zapatistas en Chiapas y con las víctimas de Acteal.

Por otro lado, "Nuestra única defensa contra la muerte es el amor", "Existen dos superpotencias en el mundo, una es Estados Unidos, otra, eres tú", "La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia" son algunas de las frases con las que se recuerda la intelectualidad, solidaridad y obra del ganador del Nobel, considerada por críticos de todo el mundo como una de las más importantes de la literatura contemporánea.

El último amor de Saramago

Los relojes en la casa de José Saramago están detenidos a las 4 de la tarde, hora en la que el escritor se citó por primera vez con su esposa Pilar: “Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó”.

El escritor portugués decía que todo lo bueno en su vida vino a ocurrirle tarde, refiriéndose a su faceta formal de escritor y, por supuesto, al amor. Saramago conoció a novelista, periodista y traductora española María del Pilar a la edad de 63 años, un 14 de junio de 1986, cuando la intrépida periodista se atrevió a citar al escritor, así, sin mayor intención que conocerlo. Meses después Pilar recibió una carta de Saramago pidiéndole volverse a ver, y a partir de ese momento el escritor y la periodista se unieron para construir su propia historia.

Desde ese entonces, Pilar se volvió su compañera de vida, su mano derecha, gracias a sus traducciones todos los que hablamos español tuvimos la oportunidad de deleitarnos con la obra del excelso escritor. Pilar tradujo todas las novelas de Saramago, a partir de Ensayo sobre la ceguera. Siempre se complementaron.

La novela El Evangelio según Jesucristo (1991) lo catapultó a la fama a causa de una polémica sin precedentes en Portugal —que se considera una república laica—, cuando el gobierno vetó su presentación al Premio Literario Europeo de ese año, alegando que «ofende a los católicos».

Como acto de protesta, Saramago abandonó Portugal y se instaló junto a su esposa en la isla canaria de Lanzarote. En 1995 publicó una de su icónica Ensayo sobre la ceguera. En 1997 publica su novela Todos los nombres, que gozó también de gran reconocimiento.

En 1998 ganó el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor —y hasta ahora el único— de lengua portuguesa en ganar este premio. Desde entonces compartió su residencia entre Lisboa y la isla canaria, participando en la vida social y cultural de ambos países cuyas estrechas relaciones justificó en una entrevista para proponer su idea utópica de creación de una Iberia unida.​

Ateo declarado, colaboró ocasionalmente en prensa, aportando su punto de vista,​ siempre agudo y comprometido.​ En definición suya, "Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio". Una de sus últimas obras fue Las intermitencias de la muerte, cuenta de un país cuyo nombre no será mencionado y se produce algo nunca visto desde el principio del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir.

De ahí en adelante, se relatarán situaciones inimaginables o no, ya que nadie muere pero siguen envejeciendo. La frase que cierra su última novela, Caín, es «La historia ha acabado, no habrá más que contar».

Tanto su casa,​ como la biblioteca privada, se encuentran abiertas al público todo el año en el pueblo de Tías. Por los pasillos, es fácil toparse con Pilar del Río, quien aún frecuenta la vivienda y preside la Fundación José Saramago. Allí, entre otras cosas, está la colección de relojes que el escritor portugués detuvo a las cuatro, como símbolo de amor hacia ella, pues se conocieron a esa hora.

Porque diez años no es nada y es todo. Porque hay voces que nacieron para la eternidad.

A diez años de la muerte de José Saramago, os dejamoss una colección de sus citas y frases más trascendentes. Que las disfrutéis.

El viaje no termina jamás. Sólo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración... El objetivo de un viaje es sólo el inicio de otro viaje.

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.

Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.

Soy un comunista hormonal.

Ahora no hay duda de que la búsqueda incondicional del triunfo personal implica la soledad profunda. Esa soledad del agua que no se mueve.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.

No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.

No he sentido jamás la necesidad de un triunfo, la necesidad de tener una carrera, la necesidad de ser reconocido, la necesidad de ser aplaudido, no lo he sentido jamás en mi vida. No he hecho en cada momento nada más que lo que tenía que hacer y las consecuencias han sido éstas, podrían haber sido otras.

 Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista; tienes que leer.

Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El mejor arrepentimiento es sencillamente cambiar.

He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro.

Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes.

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

Entraré en la nada y me disolveré en ella.

Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos.
Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo

El caos es un orden sin descifrar.

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos

El éxito a toda costa nos hace peor que alimañas.

Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres.

Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar.

Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo

Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.

Nuestra única defensa contra la muerte es el amor.

Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad.

El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.

Hay personajes de novela que están más vivos que algunos que andan por allí.

El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia.

A lo mejor estoy en un momento de la vida en que me creo tontamente saber algo de la vida.

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada.

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos.

Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.

Dios quiso lo que hizo e hizo lo que quiso.

La alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten

Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso.

La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad.

Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa.

Actualmente los laboratorios invierten más en mejorar y producir viagra y en desarrollar mejores prótesis mamarias que en medicamentos para el Alzheimer. Esto provocará -en el curso de unos años- que más gente de la tercera edad tendrá mejores erecciones y senos más prominentes, pero no recordarán para que los tienen.

 

El día en que sea posible construir sobre el amor no ha llegado todavía...

Quien va a morir está ya muerto y no lo sabe.

Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame.

De esa manera estamos hechos, mitad indiferencia mitad ruindad.

En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo.

Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.

Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él”.

En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que soy hoy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

La importancia que puede tener usar una palabra en vez de otra, aquí, más allá, un verbo más certero, un adjetivo menos visible, parece nada y finalmente lo es todo.

La idea de yo no puedo hacer nada, es la excusa, es la coartada para no hacer nada.

Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.

Cuanto más viejo, más libre, y cuanto más libre más radical

Si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho.

Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte”. (Última entrada en el blog de José Saramago, bajo el título “Pensar, pensar”).

Fuente: https://culturainquieta.com/es/arte/literatura/item/16894-diez-anos-sin-jose-saramago-instantes-y-reflexiones.html

sábado, 1 de mayo de 2021

¿Una nación?


 
 
 
 -Persecuciones -dice él-, la historia del mundo está llena de esas.
Perpetúan el odio nacional entre naciones.
-¿Pero tú sabes lo que significa nación? -dice John Wise.
-Sí -dice Bloom.
-¿Qué es? -dice John Wise.
-¿Una nación? -dice Bloom-. Una nación es la misma gente que 
vive en el mismo sitio.
-Vaya por Dios -dice Ned, riendo-, pues si es eso yo soy una
nación porque vivo en el mismo sitio desde hace cinco años.
[...]
-O también que vive en distintos sitios.
-Con eso me conformo -dice Joe.

James Joyce, Ulises (1922)

jueves, 8 de abril de 2021

Rosalía de Castro: luces y negras sombras

Rosalía de Castro, ilustración Luisa Carnés

 Soportó la invisibilidad implícita en el hecho de ser mujer en un mundo de hombres. Gritó con el alma letras que fueron menospreciadas e ignoradas. Reivindicó el valor de lo propio, la necesidad de apreciar aquello que nos define. Conjugó miles de voces silenciadas al unísono. Convirtió el gallego, idioma desprestigiado hasta el momento, en un arma de creación literaria e hizo a Galicia resurgir culturalmente. Reivindicó el papel de las mujeres, su derecho a ser libres. Abrió el camino por el que hoy transitamos.

María Rosalía Rita de Castro, nació en la capital gallega el 24 de febrero del año 1837. Hija de un sacerdote y una mujer (soltera) de la alta sociedad, fue inscrita en el registro civil como criatura de «padres incógnitos». Gracias a su madrina en el bautismo, María Francisca Martínez, la que era sirvienta de su madre, se libró de entrar en la Inclusa. Fueron, sin embargo, las hermanas de su padre, José Martínez Viojo, quienes se hicieron cargo de la pequeña hasta que su madre, María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, reclamó su tutela tiempo después, cuando los rumores y habladurías sobre ella se habían disipado casi por completo. Poco se sabe de esos primeros años de vida, salvo que vivió en una aldea llamada Castro de Ortoño, perteneciente al municipio coruñés de Ames; donde respiró en primera persona la rudeza de las condiciones de los labriegos gallegos (algo que, posteriormente, reflejaría en su obra)

Se desconoce el momento en el que Rosalía se instaló en Santiago capital junto con su progenitora, pero se estima que rondaba entonces el año 1850. Años, los vividos en la capital, en los que Rosalía se adentró en la vida cultural compostelana, participando entre otras múltiples actividades en el Liceo de la Juventud (donde se daban cita intelectuales como Eduardo Pondal o Aurelio Aguirre). Años, esos, probablemente decisivos.

Cuando los calendarios marcaban el año 1956, Rosalía trasladó su residencia a Madrid. Concretamente a la casa de un familiar cercano, ubicada en la calle Ballesta. Apenas dos años más tarde, contrajo matrimonio con el también escritor Manuel Murguía, con quien mantenía una estrecha relación desde años atrás. Fueron muchos los lugares en los que de Castro y Murguía, con motivo de la inestabilidad laboral y las actividades profesionales de este último, vivieron a lo largo de su vida. Madrid, Simancas, Santiago, A Coruña… El matrimonio tuvo siete hijos. Sin embargo, dos de ellos, Adriano Honorato y Valentina, no cumplieron el año de vida.

A pesar del vaivén vivido (en cuanto a lo que asentamiento geográfico se refiere), en la recta final de su vida, Rosalía no salió de su querida Galicia. Desde 1875 y hasta su muerte, vivió en Padrón. Sin embargo, no lo hizo en el pazo familiar, conocido como La Casa grande de Arretén, en el que vivió parte de su infancia; algo que causó en ella una evidente nostalgia. Murió muy joven. Es de sobra conocido que Rosalía nunca gozó de buena salud. De hecho, su médico, el catedrático Maximino Teijeiro, le dedicó un libro nombrándola «su eterna enferma». En el año 1883, el cáncer de útero que padecía comenzó a consumirla. Luchó contra la enfermedad dos años. Murió el 15 de julio de 1885, a los 48 años de edad. En su casa, al cuidado de su hija Alejandra. Su cuerpo fue enterrado al día siguiente en el cementerio de Adina (al que, curiosamente, la autora dedicó una composición). Sin embargo, el 15 de mayo de 1891, su cuerpo fue exhumado y sepultado en el Panteón de Galegos Ilustres del Convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela.

«…recibió con fervor los Santos Sacramentos, recitando en voz baja sus predilectas oraciones. Encargó a sus hijos quemasen los trabajos literarios que, ordenados y reunidos por ella misma, dejaba sin publicar. Dispuso se la enterrara en el cementerio de Adina, y pidiendo un ramo de pensamientos, la flor de su predilección, no bien se lo acercó a los labios sufrió un ahogo que fue comienzo de su agonía. Delirante, y nublada la vista, dijo a su hija Alejandra: «abre esa ventana que quiero ver el mar», y cerrando sus ojos para siempre, expiró…», escribió el abogado y político gallego Augusto González Besada sobre la muerte de la escritora. Lo curioso es que desde la casa de Rosalía en Padrón, no se podía ver el mar y que, en la obra de la escritora, el mar aparece como ese lugar idóneo para poner fin a la vida de manera voluntaria.

Co seu sordo e costante mormorío

atráime o oleaxen dése mar bravío,

«Neste meu leito misterioso e frío

-dime-, ven brandamente a descansar».

El namorado está de min… ¡o deño!,

i eu namorada del.

Pois saldremos co empeño,

que si el me chama sin parar, eu teño

unhas ansias mortáis de apousar nel.

(Fragmento de Follas Novas)

«El patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud»

Rosalía fue, durante su vida y a nivel literario, casi invisible. El mundo la cercó en una jaula. Oscura e invisible. Pagó, claro, el precio de ser mujer en un mundo de hombres. Sus letras, casi imperceptibles hasta su muerte, ofrecen un testimonio en primera persona de ello. «Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben», dejó escrito en el prólogo de La hija del mar, una de sus primeras novelas en prosa, en la que la autora defiende los derechos de la mujer en la vida intelectual y reivindica el empoderamiento femenino. «Posible me sería añadir que mujeres como Madame Roland, cuyo genio fomentó y dirigió la Revolución francesa en sus días de gloria; Madame Staël, tan gran política como filósofa y poeta; Rosa Bonheure, la pintora de paisajes sin rival hasta ahora; Jorge Sand, la novelista profunda, la que está llamada a compartir la gloria de Balzac y Walter Scott; Santa Teresa de Jesús, ese espíritu ardiente cuya mirada penetró en los más intrincados laberintos de la teología mística; Safo, Catalina de Rusia, Juana de Arco, María Teresa de Austria y tantas otras cuyos nombres la historia, mucho más imparcial que los hombres, registra en sus páginas, protestaron eternamente contra la vulgar idea de que la mujer sólo sirve para las labores domésticas y que aquella que, obedeciendo tal vez a una fuerza irresistible, se aparta de esa vida pacífica y se lanza a las revueltas ondas de los tumultos del mundo es una mujer digna de la execración general».

La obra de Rosalía habla, entre otras muchas cosas, de mujeres. De las pobres, de las excluidas, de las abandonadas. De esas «viudas de vivos y muertos que nadie consolará». A través de una mirada crítica, exigente y rompedora. Con pasos firmes, que hicieron camino y, sobre todo, dejaron huella.

«Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud. Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas; como los árabes en el desierto y el pirata en el mar».

(Fragmento de Lieders)

Siglo XIX. ¿Mujer, pluma bidireccional (castellano y el desprestigiado gallego) con una clara vocación por narrar, reivindicar y dar voz a realidades a las que apenas se presta atención? Estaba, inevitablemente, condenada a ser ignorada. Era, de algún modo, una intrusa. Así lo creyeron en su momento los escritores Leopoldo Alas y Armando Palacio Valdés, quienes no incluyeron a la autora en el libro La Literatura en 1881 en el que, a finales de siglo, recopilaron las voces de la literatura del momento. ¿Qué pintaba una mujer en los círculos intelectuales? Nada, claro, pensaban. Más de quince obras, encabezadas por las reconocidas Cantares Gallegos y Follas Novas que, sin embargo, carecieron de reconocimiento en vida.

Obras que nadaron sin pena ni gloria y que, hoy, se consideran cumbres. Un antes y un después en la literatura. Una consagración. El símbolo del pueblo gallego. El rostro del resurgir. El reflejo de la vida rural. De la minoría silenciada. La mano valiente, responsable de convertir el gallego en una poderosa arma. La personificación del intimismo. El modernismo. El costumbrismo. La voz, reflexiva, capaz de cantar con acierto a los miedos, a las negras sombras, a la muerte, al amor, a la soledad, a la tristeza o a la rudeza. Capaz de conjugar la vida con letras.

Al oír las canciones

que en otro tiempo oía,

del fondo en donde duermen mis pasiones

el sueño de la nada,

pienso que se alza irónica y sombría

la imagen ya enterrada

de mis blancas y hermosas ilusiones,

para decirme: -¡Necia!, lo que es ido

¡no vuelve!; lo pasado se han perdido

como en la noche va a perderse el día,

ni hay para la vejez resurrecciones…

¡Por Dios, no me cantéis esas canciones

que en otro tiempo oía!

(Fragmento de En las Orillas del Sar)

El prestigio y valor post mortem de la obra de Rosalía llegó en parte, gracias a la generación del 98. Sobre todo a reconocidas figuras como Azorín, Unamuno o Juan Ramón Jiménez; quienes la tildaron de innovadora y precursora del modernismo español y la reconocieron como una creadora «afín a su espíritu». A través de las referencias a ella en sus escritos, su obra literaria se extendió por el resto de España y cruzó el charco hasta América Latina.

Cando penso que te fuches

negra sombra que me asombras,

ó pe dos meus cabezales

tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida

no mesmo sol te me amostras

i eres a estrela que brila

i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas

si choran, es ti que choras

i es o marmurio do río

i es a noite, i es a aurora.

En todo estás e ti es todo

pra min i en min mesma moras,

nin me abandonarás nunca,

sombra que sempre me asombras.

(Fragmento de Follas Novas)

Hoy, sus obras se traducen a idiomas como el francés, el ruso, el japonés o el alemán. Hoy, se considera una de las figuras más destacadas del Rexurdimento gallego. Hoy, se sitúa, junto con Bécquer, como la precursora de la poesía moderna española. Hoy, no es aquella sombra que fue en vida. Hoy. Demasiado tarde. Para ella. Y, también, para todos nosotros. ¿Qué sería de la literatura, o incluso del mundo, si autoras como Rosalía de Castro no hubiesen sido «mujeres, intrusas en un mundo de hombres», sino simples plumas vistas con los mismos ojos que sus colegas?

Fuente: https://lasoga.org/rosalia-de-castro-luces-y-negras-sombras/