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| Mujeres en la Revolución de Febrero (8 de marzo de 1917) |
Desde hace varios años, el feminismo ha irrumpido en el debate público, siendo el
8 de marzo
una de sus fechas más significativas y reivindicadas. Se acerca dicha
fecha y, por ello, en este artículo vamos a realizar un breve recorrido
por la historia del 8 de marzo que permita comprender el origen
histórico de este día.
Nuevo mundo, nuevas mujeres Para comprender no sólo la elección del 8 de marzo como Día
Internacional de la Mujer, sino la celebración de un día con este
carácter, deben plantearse antes los motivos y el contexto que lo
explican. Las
revoluciones liberales, en su triunfo,
trajeron consigo la conformación de estados y sociedades de corte
liberal. Esto se traduce como fuertes cambios a nivel sistémico que
atacaron todos los puntos de la configuración social (aun con ciertas
pervivencias de los sistemas anteriores). Todos estos cambios, por
supuesto, afectaron al papel que se otorgaba a las mujeres en la
sociedad, a la configuración social en torno al género. Ha de tenerse en
cuenta que el género es una construcción social e histórica. A medida
que esa sociedad va cambiando, en relación con el devenir histórico, el
significado de ser mujer u hombre también lo hace (Mínguez Blasco, 2016:
59).
El liberalismo había defendido el contrato ciudadano libre (en
términos liberales) para construir una sociedad civil democrática, con
un estado representativo. Sin embargo, esa sociedad se proyectó en
términos patriarcales. Si uno de los grandes logros de las democracias
liberales fue la consecución del sufragio universal (que, en el caso
español, se impuso por primera vez en 1890), esta universalidad no fue
tal:
el sufragio universal era masculino. Las
revoluciones liberales habían establecido un nuevo orden social que, si
bien rompía con el anterior, discriminaba a la mitad de la población
(Pérez Garzón, 2011: 97).
Precisamente en el ámbito electoral puede encontrarse un buen ejemplo
de esta discriminación. El derecho al voto censitario se basó en la
renta y el patrimonio. Este fue un derecho reservado al género masculino
y siguió siéndolo a la llegada del sufragio universal. Se produjo una
negación de derechos políticos hacia las mujeres basada en un criterio
de autonomía personal.
Este criterio permitió excluir, en un primer momento, como ciudadanos
con derecho al voto a, por ejemplo, los no propietarios, los menores de
edad o las mujeres. No obstante, las revoluciones liberales sacuden el
sistema tradicional, roles de género incluidos, los cuales se
reformulan. Es una clave indispensable para la formación de la lógica de
la nueva sociedad que está naciendo. Se reconceptualiza a las mujeres y
se les da una nueva función que cubre las necesidades de la nueva clase
burguesa incipiente (Inarejos, 2008: 31, 32).
De este modo, se articula una esfera pública y otra privada,
contrarias y complementarias a la vez. Son dos realidades dicotómicas:
la esfera pública es eminentemente masculina, lo cual incluye el terreno
político y electoral. La esfera privada es, por contraposición,
propiamente femenina. Sin embargo, por paradójico que parezca, si bien
la vida pública quedó en manos de los hombres, la privada fue, por un
lado, claramente diferenciada de la pública. Por otro, fue regulada a
nivel social de tal manera que quedaba también bajo la autoridad
masculina (Pérez Garzón, 2011: 97).
La mujer se mueve en el ámbito privado, relegada al papel de madre al
servicio de la nueva familia nuclear burguesa. Se trata, por tanto, de
un proceso de exclusión de lo femenino de la esfera pública, del derecho
de ciudadanía y, por lo tanto, del derecho al voto. Tomando el ejemplo
español, esto se mantendría, a pesar de los movimientos sufragistas de
la segunda mitad del XIX y principios del XX en Europa, de forma
trasversal y atemporal hasta bien entrado el siglo XX (Inarejos, 2008:
31, 32).
Puede resultar contradictorio que un contrato social como el liberal,
que hizo de la formación de una determinada ciudadanía y de la
participación política elementos imprescindibles para su funcionamiento,
apartase del mismo a la mitad de la población. Las reclamaciones al
respecto, como puede parecer lógico, fueron inmediatas. Los argumentos
de siglos anteriores, que justificaban la exclusión de las mujeres bajo
argumentos en torno a diferencias biológicas no servían ya, o lo hacían
con una fuerza mucho menor. Las mujeres habían sido relegadas a la
esfera privada y, tanto las obreras (que en muchos casos habían de
trabajar para aportar su salario a la economía familiar) como las
mujeres de las clases medias no cabían dentro de esa esfera (Pérez
Garzón, 2011: 97).
Esta cuestión, llamada en la época
cuestión femenina (entre
otras denominaciones) fue analizada, reivindicada, estudiada y
teorizada desde puntos de vista muy diferentes. Se planteó, también,
como un proyecto político que, con sus matices y afrontado desde
perspectivas muy distintas, está siendo uno de los proyectos de más
largo alcance de la historia contemporánea.
Las primeras reacciones: el feminismo sufragista Los primeros feminismos reivindicaron el derecho al voto, a un
sufragio verdaderamente universal. Es por eso que a las feministas de
mediados del XIX, sobre todo en el mundo anglosajón, se las conoce como
sufragistas, aunque no se limitaron a reclamar su derecho a voto.
Reivindicaron la igualdad en todos los aspectos de la vida pública y
privada. Del mismo modo, obligaron a redibujar el concepto de ciudadanía
que se había esbozado durante las revoluciones liberales. Con sus
demandas y su militancia activa promovieron el paso del régimen liberal
al sistema democrático, en un movimiento político esencialmente
femenino. Las herramientas de militancia de las sufragistas fueron
variadas, desde las más pacíficas hasta la acción directa, e
intervinieron en cuestiones como la abolición de la esclavitud, en el
caso norteamericano (Pérez Garzón, 2011: 98, 99)
El
sufragismo tomó fuerza especialmente en las
décadas bisagra entre el XIX y el XX. A principios de siglo, no
obstante, los métodos de las sufragistas se endurecieron. El sector más
radical de estas, liderado por Emmeline Pankhurst fundó en 1903 la
Women’s Social and Political Union).
En este punto, el feminismo sufragista, que había tenido principalmente
un carácter liberal, se vio respaldado por miles de obreras sindicadas
del joven Partido Laborista, recientemente fundado. No obstante, el
momento de mayor auge del WSPU fue a partir de la fusión de estas con
una escisión política del Laborismo, el Partido Laborista Independiente,
más radical y con quienes llevaron a cabo acciones más violentas que
las llevaron incluso a la cárcel (Pérez Garzón, 2011: 105, 106). Tras la
abolición de la esclavitud, cuestión también apoyada por gran parte del
sufragismo, este feminismo va tomando contacto con mujeres obreras o
negras.
La relación entre el feminismo y el obrerismo ha sido, para bien o
para mal, estrecha. Los puntos de contacto entre ambos son amplios,
compartiendo a veces campo de batalla y, en otros casos, difiriendo.
Estas diferencias fueron provocando fricciones que, sin embargo,
vinieron acompañadas de avances. No obstante, históricamente han
abordado ambos la cuestión femenina, si bien desde perspectivas
diferentes.
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| Sufragistas Inglesas en una manifestación por el sufragio femenino. |
Mujeres y socialismo: el origen del Día de la Mujer Trabajadora Es necesario comprender lo anteriormente mencionado para poder
entender cómo un día que actualmente es automáticamente relacionado con
el feminismo tiene, en esencia, un origen socialista. El marxismo, que
discurre en paralelo a este feminismo liberal, contempla la cuestión
femenina como parte de su cosmovisión. Desde
El origen de la Familia, la propiedad privada y el Estado (Friedrich Engels, 1884) hasta los postulados de
Alexandra Kollontai,
la cuestión femenina es abordada desde la perspectiva marxista. La
forma en la que hacerlo había suscitado debate en el seno de los
partidos de corte obrero prácticamente desde el nacimiento de estos.
En este contexto y precisamente durante la
Segunda Internacional
se encuentra el germen de la celebración del día de la Mujer el 8 de
marzo. En el clima de constantes cambios a nivel social de las décadas
que articulan el cambio entre el XIX y el XX, con todo lo que ello
acarrea en cuanto a las cuestiones de género puede rastrearse el origen
de la celebración del 8 de marzo. Existen, no obstante, varios
precedentes que han de ser mencionados.
En torno a 1900, las mujeres del SPD (Partido socialdemócrata alemán)
celebraban congresos bianuales cercanos a los congresos generales del
partido. En ellos, ponían en discusión cuestiones relativas a su
situación como mujeres obreras. Se debatían las intersecciones entre
ambas cuestiones, que eran y son numerosas. De este modo, las
socialistas alemanas se convirtieron en las vértebras del Movimiento
Internacional de Mujeres Socialistas. En 1907, la Conferencia
Internacional de Mujeres Socialistas se reunió en Stuttgart. En esa
primera reunión establecieron como principal demanda el derecho al
sufragio femenino universal (Frencia, Gaido, 2017) un fin compartido con
el sufragismo. No obstante, se trata de movimientos que discurrieron
paralelos pero que entraron en contacto con respecto a varias
cuestiones.
El movimiento en torno a las mujeres obreras no fue, en todo caso, un
fenómeno exclusivamente europeo. En 1908, en el teatro Garrick de
Chicago tuvo lugar un acto ya denominado “Día de la Mujer”. Dicho acto
contó con la presencia destacada de varias mujeres que se encontraban en
la primera línea del socialismo estadounidense, como Corinne Brown. Un
año más tarde, el 28 de febrero de 1909 se celebró un
Día Nacional de la Mujer
en Nueva York. Este acto sería organizado por mujeres del Partido
Socialista de EE. UU. El acto se realizó en honor a una huelga de
trabajadores del sector textil (sobre todo mujeres, aunque no
exclusivamente, pero cabe mencionar que se trataba de un oficio con un
alto grado de feminización).
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| Portada “Die gleichheit”, 19 de marzo de 1911 |
En el otoño de ese mismo año, además, tuvo lugar lo que generalmente
se conoce como la Huelga de las Camiseras o el Levantamiento de las
20.000, una huelga de trabajadoras del textil apoyada por la
National Women’s Trade Union League of America.
Esta huelga supuso un referente para el movimiento obrero
norteamericano de esos momentos, siendo recordado en las siguientes
celebraciones del Día Nacional de la Mujer Trabajadora, que se extendió
al menos hasta 1913, emplazándose el último domingo de febrero.
(Montagut, 2015).
Si los precedentes se encuentran sobre todo en EE. UU., debemos
regresar al contexto europeo para rastrear la oficialización del Día de
la Mujer. En 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres
Socialistas, reunida en Copenhague y ligada a la Internacional
Socialista de Mujeres y, por tanto, a la II Internacional, se volvió a
abrir el debate en cuestiones ya reivindicadas por las mujeres
socialistas, como el sufragio universal completo, determinados derechos
laborales o la libertad reproductiva. A propuesta de Clara Zetkin y de
Luise Zietz (y con la aprobación unánime de la conferencia, formada por
un centenar de mujeres de diferentes países) se estableció la
celebración del
Día Internacional de la Mujer Trabajadora (Francia, Gaido, 2017; Pérez Garzón, 2015: 129)
.
Es necesario mencionar, además de a
Clara Zetkin, los nombres de otras mujeres comunistas que destacaron por su defensa de los derechos de las mujeres, como
Rosa Luxemburgo,
Alexandra Kollontai, o
Nadia Krúpskaya.
No obstante, dentro del propio socialismo se estaban debatiendo y
superando las tensiones en torno al papel de las mujeres en las
reivindicaciones sociales, políticas y laborales y, en ese debate, sus
voces fueron muy relevantes.
Esta primera celebración del Día de la Mujer Trabajadora se orientaba
desde un punto de vista socialista, que no se limitaba a la
reivindicación de derechos civiles para las mujeres. Reclamaba también
la legislación laboral para las trabajadoras, la asistencia social para
madres e hijos, los derechos de las madres solteras, la creación de
guarderías, etc. Si bien compartían determinados objetivos con el
sufragismo, sus aspiraciones apuntaban en direcciones diferentes.
Pretendían no solo una igualdad efectiva entre hombres y mujeres dentro
del sistema liberal, sino esa igualdad y la destrucción de dicho sistema
a través de cuestiones como la socialización de la educación y de los
trabajos de cuidados (Frencia, Gaido, 2017).
Como resultado de esta conferencia y de las decisiones tomadas en
ella, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora fue celebrado por
primera vez
el 19 de marzo de 1911, principalmente en
Alemania, Austria, Suiza y Dinamarca. En estos países se sucedieron los
mítines que exigieron el sufragio universal y otros derechos civiles y
laborales. En Alemania se imprimieron y distribuyeron más de dos
millones de copias de un panfleto que instaba a las mujeres a participar
de ese día.
Die Gleichheit, por su parte, lanzó su propia soflama:
“¡Camaradas! ¡Mujeres y niñas trabajadoras! El 19 de marzo es tu
día. Es tu derecho. Detrás de tu demanda está la socialdemocracia, el
trabajo organizado. Las mujeres socialistas de todos los países están en
solidaridad contigo. ¡El 19 de marzo debería ser tu día de gloria!”.
Más de un millón de manifestantes (en su mayoría mujeres, pero no
exclusivamente) salieron a la calle organizadas por el SPD reclamando
igualdad política, laboral y social. Se organizaron asambleas públicas
(42 solo en Berlín) donde discutieron en torno a las cuestiones
relacionadas con el género y la clase social que afectaban a sus vidas
(Frencia, Gaido, 2017).
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| Póster sobre el Día de la Mujer Trabajadora de 1914. “Día de la Mujer / 8 de marzo de 1914 – Adelante con el sufragio femenino” |
Con la Gran Guerra amenazando, la celebración de este día se fue
contagiando por gran parte del mundo occidental. En 1911, las
trabajadoras de EE. UU., Dinamarca, Suiza y Austria escogieron el 8 de
marzo como día de la mujer. Países como Francia, Holanda, Suecia,
Bohemia y, de manera bastante crucial, Rusia, se sumaron pronto a los
participantes. Las mujeres rusas conmemoraron el día de la mujer el 28
de febrero de 1913. En el marco de los movimientos en pro de la paz y en
contra de una guerra imperialista, las mujeres rusas celebraron su
primer Día Internacional de la Mujer («
Historia del Día de la Mujer»)
En 1914 las celebraciones siguieron extendiéndose y se oficializaron
el día 8 de marzo en Alemania, Suecia y en la propia Rusia. La Primera
Guerra Mundial, no obstante, irrumpió en la vida social y política
europea, del mismo modo que lo hizo la Revolución Rusia. El que fuese
cuarto Día Internacional de la Mujer en Alemania se convirtió en una
acción de masas contra la guerra imperialista, que estalló tres meses
después (Frencia, Gaido, 2017).
La guerra estalló finalmente en agosto, lo que trastocó a nivel
social a todo el continente, incluyendo a la II Internacional y al
Movimiento Internacional de Mujeres Socialistas. En noviembre, Zetkin
lanzó un llamamiento a las mujeres socialistas pronunciándose contra la
guerra y reclamando acciones masivas por la paz. Como parte de esa
oposición al imperialismo, convocó la tercera Conferencia de Mujeres
Socialistas en 1915 (Frencia, Gaido, 2017).
No solo la Gran Guerra agitó Europa. La Revolución Rusa de 1917 hizo
convulsionar de nuevo el continente. No obstante, el papel de las
mujeres en la Revolución de Febrero fue esencial. Las protestas
comenzaron el 8 de marzo (es decir, el 23 de febrero del calendario
juliano), proclamado ya Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La
protesta femenina, no obstante, se extendió entre los obreros de la
capital en un abrir y cerrar de ojos. Sería precisamente en la Rusia
soviética donde se oficializó el 8 de marzo como fiesta nacional,
gracias a los esfuerzos de Alexandra Kollontai y de Clara Zetkin.
Desde 1918, Alemania había otorgado a las mujeres el derecho a votar,
por lo que el SPD dejó de celebrar el 8 de marzo al asumir que sus
reivindicaciones ya habían sido conseguidas. El Partido Comunista, por
el contrario, siguió celebrándolo. En 1921, Zetkin, que había abandonado
el SPD para pasar a engrosar las filas del partido comunista, ayudó a
hacer del 8 de marzo una celebración oficial. La Segunda Conferencia
Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada en Moscú se encargó de
ello, además de asentar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer
trabajadora a nivel mundial (Montagut, 2015, Frencia, Gaido, 2017).
La celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora se fue
extendiendo rápidamente y en escenarios muy diversos. En China, por
ejemplo se comenzó a celebrar en 1922, mientras que en España la primera
celebración tuvo lugar en 1936, a las puertas de la Guerra Civil
(Montagut, 2015).
En 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 1975
como Año Internacional de la Mujer. Llegado 1977 invitó a todos los
Estados a celebrar un día Internacional por los Derechos de la Mujer,
asumiendo muchos de los países el 8 de marzo como fecha.
Paradójicamente, en EE. UU. no se comenzó a celebrar de manera oficial
hasta 1994, a pesar de ser el origen geográfico de esta celebración. El
Día Internacional de la Mujer Trabajadora perdió entonces su apellido (y
con él, su carácter marxista) y pasó a ser Día Internacional de la
Mujer.
España, mujeres y universidad La celebración del 8 de marzo hunde sus raíces fuera del contexto
español. Sin embargo, la historia de España cuenta con su propio 8 de
marzo. Concretamente el de 1910, fecha en que las mujeres españolas
accedían a los
estudios universitarios en total
igualdad de condiciones por primera vez en la historia del país. Si bien
anteriormente otras mujeres habían cursado estudios universitarios,
había sido en unas condiciones desiguales con respecto a los hombres. La
primera mujer universitaria en España fue Concepción Arenal, quien,
disfrazada de hombre, comenzó a acudir a las clases de Derecho. Cuando
fue descubierta, y tras pasar un examen, se le fue permitido acudir. Más
avanzado el siglo puede mencionarse también el caso de María Elena
Maseras, en 1872, matriculada en la Facultad de Medicina de Barcelona
(Plaza, 2010).
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| Mujeres en la Biblioteca de la Residencia de Señoritas |
Las mujeres que se matricularon durante esa fecha atravesaron los
impedimentos de la institución para emitir sus títulos, lo que
lógicamente les impidió ejercer. No obstante, pudieron acudir a la
universidad amparadas bajo el paraguas de un vacío legal existente en
una legislación que ni siquiera se había planteado que las mujeres
quisieran asistir a la universidad. Sin embargo, en 1882 una real orden
acabó con el vacío legal que había permitido a las mujeres ser
universitarias, suspendiendo la admisión de las mujeres en la Enseñanza
Superior (Plaza, 2010).
Las mujeres tuvieron prohibida la entrada a las instituciones
educativas superiores poco después de que las primeras se atrevieran a
pisarlas. En 1888, sin embargo, de nuevo una real ordene readmite a las
mujeres en la universidad. En caso de que alguna mujer solicitase
matricularse, dicha solicitud tendría que ser estudiada por la
institución para considerar si se la admitía o no. De ser admitidas, las
mujeres no podían moverse libremente por los espacios universitarios.
Tenían que estar continuamente acompañadas por los profesores y sentarse
apartadas de sus compañeros (Plaza, 2010).
El verdadero cambio en la universidad española se produjo entrado el siglo XX. El
8 de marzo de 1910
se establece que se concedan matrículas en enseñanzas superiores a
todas las mujeres que así lo solicitasen, especificando que se autoriza
“por igual” el acceso a hombres y mujeres. Al mismo tiempo, se les
permitía a aquellas que se licenciasen presentarse a oposiciones para
ser profesoras de instituto, universidad o trabajar en bibliotecas y
archivos.
El primer tercio del siglo XX fue, a nivel europeo y también a nivel
español un momento de agitación a nivel social y político, pero también
de modernización social, lo que va a repercutir sobre la adquisición de
derechos femeninos. La fecha en la que mujeres y hombres se equipararon
en derechos para la universidad es, como resulta lógico, casual. Esta
decisión se tomó de espaldas al contexto internacional, aunque no debe
ignorarse el importante avance que supuso para la sociedad española la
apertura de las aulas a las mujeres (Plaza, 2010). No obstante, España
no vivió ajena a los avances europeos, integrándose en las mismas
dinámicas y corrientes que se llevaron a cabo en el resto de Europa.
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| Ejemplar del BOE del 8 de marzo de 1910 en el que se admiten a las mujeres en la universidad en igualdad de derechos |
La celebración del 8 de marzo tiene, en definitiva, un origen
socialista. Se extendió de forma rápida dentro del marco europeo, en un
contexto de modernización en muchos aspectos relacionados con la
igualdad de género que incluía el marco español. Mediados los años 70
del pasado siglo, sin embargo, la conmemoración del día perdió su
carácter de clase y se centró más bien en una celebración en torno a las
mujeres. Recientemente, la irrupción del feminismo en la vida pública y
política ha hecho del 8 de marzo uno de los días destacados del
calendario político y le ha devuelto el carácter reivindicativo, si bien
en torno a cuestiones relacionadas mayoritariamente con el género. El
debate en torno a este día está, a pesar del origen histórico de este,
más presente que nunca.
Fuente:
https://archivoshistoria.com/8-de-marzo-origen-dia-mujer/