miércoles, 6 de marzo de 2019

8 de marzo: el origen del Día de la Mujer

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Mujeres en la Revolución de Febrero (8 de marzo de 1917)
Desde hace varios años, el feminismo ha irrumpido en el debate público, siendo el 8 de marzo una de sus fechas más significativas y reivindicadas. Se acerca dicha fecha y, por ello, en este artículo vamos a realizar un breve recorrido por la historia del 8 de marzo que permita comprender el origen histórico de este día.

Nuevo mundo, nuevas mujeres
Para comprender no sólo la elección del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, sino la celebración de un día con este carácter, deben plantearse antes los motivos y el contexto que lo explican. Las revoluciones liberales, en su triunfo, trajeron consigo la conformación de estados y sociedades de corte liberal. Esto se traduce como fuertes cambios a nivel sistémico que atacaron todos los puntos de la configuración social (aun con ciertas pervivencias de los sistemas anteriores). Todos estos cambios, por supuesto, afectaron al papel que se otorgaba a las mujeres en la sociedad, a la configuración social en torno al género. Ha de tenerse en cuenta que el género es una construcción social e histórica. A medida que esa sociedad va cambiando, en relación con el devenir histórico, el significado de ser mujer u hombre también lo hace (Mínguez Blasco, 2016: 59).

El liberalismo había defendido el contrato ciudadano libre (en términos liberales) para construir una sociedad civil democrática, con un estado representativo. Sin embargo, esa sociedad se proyectó en términos patriarcales. Si uno de los grandes logros de las democracias liberales fue la consecución del sufragio universal (que, en el caso español, se impuso por primera vez en 1890), esta universalidad no fue tal: el sufragio universal era masculino. Las revoluciones liberales habían establecido un nuevo orden social que, si bien rompía con el anterior, discriminaba a la mitad de la población (Pérez Garzón, 2011: 97).

Precisamente en el ámbito electoral puede encontrarse un buen ejemplo de esta discriminación. El derecho al voto censitario se basó en la renta y el patrimonio. Este fue un derecho reservado al género masculino y siguió siéndolo a la llegada del sufragio universal. Se produjo una negación de derechos políticos hacia las mujeres basada en un criterio de autonomía personal.

Este criterio permitió excluir, en un primer momento, como ciudadanos con derecho al voto a, por ejemplo, los no propietarios, los menores de edad o las mujeres. No obstante, las revoluciones liberales sacuden el sistema tradicional, roles de género incluidos, los cuales se reformulan. Es una clave indispensable para la formación de la lógica de la nueva sociedad que está naciendo. Se reconceptualiza a las mujeres y se les da una nueva función que cubre las necesidades de la nueva clase burguesa incipiente (Inarejos, 2008: 31, 32).

De este modo, se articula una esfera pública y otra privada, contrarias y complementarias a la vez. Son dos realidades dicotómicas: la esfera pública es eminentemente masculina, lo cual incluye el terreno político y electoral. La esfera privada es, por contraposición, propiamente femenina. Sin embargo, por paradójico que parezca, si bien la vida pública quedó en manos de los hombres, la privada fue, por un lado, claramente diferenciada de la pública. Por otro, fue regulada a nivel social de tal manera que quedaba también bajo la autoridad masculina (Pérez Garzón, 2011: 97).

La mujer se mueve en el ámbito privado, relegada al papel de madre al servicio de la nueva familia nuclear burguesa. Se trata, por tanto, de un proceso de exclusión de lo femenino de la esfera pública, del derecho de ciudadanía y, por lo tanto, del derecho al voto. Tomando el ejemplo español, esto se mantendría, a pesar de los movimientos sufragistas de la segunda mitad del  XIX y principios del XX en Europa, de forma trasversal y atemporal hasta bien entrado el siglo XX (Inarejos, 2008: 31, 32).

Puede resultar contradictorio que un contrato social como el liberal, que hizo de la formación de una determinada ciudadanía y de la participación política elementos imprescindibles para su funcionamiento, apartase del mismo a la mitad de la población. Las reclamaciones al respecto, como puede parecer lógico, fueron inmediatas. Los argumentos de siglos anteriores, que justificaban la exclusión de las mujeres bajo argumentos en torno a diferencias biológicas no servían ya, o lo hacían con una fuerza mucho menor. Las mujeres habían sido relegadas a la esfera privada y, tanto las obreras (que en muchos casos habían de trabajar para aportar su salario a la economía familiar) como las mujeres de las clases medias no cabían dentro de esa esfera (Pérez Garzón, 2011: 97).

Esta cuestión, llamada en la época cuestión femenina (entre otras denominaciones) fue analizada, reivindicada, estudiada y teorizada desde puntos de vista muy diferentes. Se planteó, también, como un proyecto político que, con sus matices y afrontado desde perspectivas muy distintas, está siendo uno de los proyectos de más largo alcance de la historia contemporánea.

Las primeras reacciones: el feminismo sufragista
Los primeros feminismos reivindicaron el derecho al voto, a un sufragio verdaderamente universal. Es por eso que a las feministas de mediados del XIX, sobre todo en el mundo anglosajón, se las conoce como sufragistas, aunque no se limitaron a reclamar su derecho a voto. Reivindicaron la igualdad en todos los aspectos de la vida pública y privada. Del mismo modo, obligaron a redibujar el concepto de ciudadanía que se había esbozado durante las revoluciones liberales. Con sus demandas y su militancia activa promovieron el paso del régimen liberal al sistema democrático, en un movimiento político esencialmente femenino. Las herramientas de militancia de las sufragistas fueron variadas, desde las más pacíficas hasta la acción directa, e intervinieron en cuestiones como la abolición de la esclavitud, en el caso norteamericano (Pérez Garzón, 2011: 98, 99)

El sufragismo tomó fuerza especialmente en las décadas bisagra entre el XIX y el XX. A principios de siglo, no obstante, los métodos de las sufragistas se endurecieron. El sector más radical de estas, liderado por Emmeline Pankhurst fundó en 1903 la Women’s Social and Political Union). En este punto, el feminismo sufragista, que había tenido principalmente un carácter liberal, se vio respaldado por miles de obreras sindicadas del joven Partido Laborista, recientemente fundado. No obstante, el momento de mayor auge del WSPU fue a partir de la fusión de estas con una escisión política del Laborismo, el Partido Laborista Independiente, más radical y con quienes llevaron a cabo acciones más violentas que las llevaron incluso a la cárcel (Pérez Garzón, 2011: 105, 106). Tras la abolición de la esclavitud, cuestión también apoyada por gran parte del sufragismo, este feminismo va tomando contacto con mujeres obreras o negras.

La relación entre el feminismo y el obrerismo ha sido, para bien o para mal, estrecha. Los puntos de contacto entre ambos son amplios, compartiendo a veces campo de batalla y, en otros casos, difiriendo. Estas diferencias fueron provocando fricciones que, sin embargo, vinieron acompañadas de avances. No obstante, históricamente han abordado ambos la cuestión femenina, si bien desde perspectivas diferentes.

Sufragistas Inglesas en una manifestación por el sufragio femenino.
Sufragistas Inglesas en una manifestación por el sufragio femenino.
Mujeres y socialismo: el origen del Día de la Mujer Trabajadora Es necesario comprender lo anteriormente mencionado para poder entender cómo un día que actualmente es automáticamente relacionado con el feminismo tiene, en esencia, un origen socialista. El marxismo, que discurre en paralelo a este feminismo liberal, contempla la cuestión femenina como parte de su cosmovisión. Desde El origen de la Familia, la propiedad privada y el Estado (Friedrich Engels, 1884) hasta los postulados de Alexandra Kollontai, la cuestión femenina es abordada desde la perspectiva marxista. La forma en la que hacerlo había suscitado debate en el seno de los partidos de corte obrero prácticamente desde el nacimiento de estos.

En este contexto y precisamente durante la Segunda Internacional se encuentra el germen de la celebración del día de la Mujer el 8 de marzo. En el clima de constantes cambios a nivel social de las décadas que articulan el cambio entre el XIX y el XX, con todo lo que ello acarrea en cuanto a las cuestiones de género puede rastrearse el origen de la celebración del 8 de marzo. Existen, no obstante, varios precedentes que han de ser mencionados.

En torno a 1900, las mujeres del SPD (Partido socialdemócrata alemán) celebraban congresos bianuales cercanos a los congresos generales del partido. En ellos, ponían en discusión cuestiones relativas a su situación como mujeres obreras. Se debatían las intersecciones entre ambas cuestiones, que eran y son numerosas. De este modo, las socialistas alemanas se convirtieron en las vértebras del Movimiento Internacional de Mujeres Socialistas. En 1907, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas se reunió en Stuttgart. En esa primera reunión establecieron como principal demanda el derecho al sufragio femenino universal (Frencia, Gaido, 2017) un fin compartido con el sufragismo. No obstante, se trata de movimientos que discurrieron paralelos pero que entraron en contacto con respecto a varias cuestiones.

El movimiento en torno a las mujeres obreras no fue, en todo caso, un fenómeno exclusivamente europeo. En 1908, en el teatro Garrick de Chicago tuvo lugar un acto ya denominado “Día de la Mujer”. Dicho acto contó con la presencia destacada de varias mujeres que se encontraban en la primera línea del socialismo estadounidense, como Corinne Brown. Un año más tarde, el 28 de febrero de 1909 se celebró un Día Nacional de la Mujer en Nueva York. Este acto sería organizado por mujeres del Partido Socialista de EE. UU. El acto se realizó en honor a una huelga de trabajadores del sector textil (sobre todo mujeres, aunque no exclusivamente, pero cabe mencionar que se trataba de un oficio con un alto grado de feminización).

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Portada “Die gleichheit”, 19 de marzo de 1911
En el otoño de ese mismo año, además, tuvo lugar lo que generalmente se conoce como la Huelga de las Camiseras o el Levantamiento de las 20.000, una huelga de trabajadoras del textil apoyada por la National Women’s Trade Union League of America. Esta huelga supuso un referente para el movimiento obrero norteamericano de esos momentos, siendo recordado en las siguientes celebraciones del Día Nacional de la Mujer Trabajadora, que se extendió al menos hasta 1913, emplazándose el último domingo de febrero. (Montagut, 2015).

Si los precedentes se encuentran sobre todo en EE. UU., debemos regresar al contexto europeo para rastrear la oficialización del Día de la Mujer. En 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague y ligada a la Internacional Socialista de Mujeres y, por tanto, a la II Internacional, se volvió a abrir el debate en cuestiones ya reivindicadas por las mujeres socialistas, como el sufragio universal completo, determinados derechos laborales o la libertad reproductiva. A propuesta de Clara Zetkin y de Luise Zietz (y con la aprobación unánime de la conferencia, formada por un centenar de mujeres de diferentes países) se estableció la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (Francia, Gaido, 2017; Pérez Garzón, 2015: 129)

Es necesario mencionar, además de a Clara Zetkin, los nombres de otras mujeres comunistas que destacaron por su defensa de los derechos de las mujeres, como Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollontai, o Nadia Krúpskaya. No obstante, dentro del propio socialismo se estaban debatiendo y superando las tensiones en torno al papel de las mujeres en las reivindicaciones sociales, políticas y laborales y, en ese debate, sus voces fueron muy relevantes.

Esta primera celebración del Día de la Mujer Trabajadora se orientaba desde un punto de vista socialista, que no se limitaba a la reivindicación de derechos civiles para las mujeres. Reclamaba también la legislación laboral para las trabajadoras, la asistencia social para madres e hijos, los derechos de las madres solteras, la creación de guarderías, etc. Si bien compartían determinados objetivos con el sufragismo, sus aspiraciones apuntaban en direcciones diferentes. Pretendían no solo una igualdad efectiva entre hombres y mujeres dentro del sistema liberal, sino esa igualdad y la destrucción de dicho sistema a través de cuestiones como la socialización de la educación y de los trabajos de cuidados (Frencia, Gaido, 2017).

Como resultado de esta conferencia y de las decisiones tomadas en ella, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora fue celebrado por primera vez el 19 de marzo de 1911, principalmente en Alemania, Austria, Suiza y Dinamarca. En estos países se sucedieron los mítines que exigieron el sufragio universal y otros derechos civiles y laborales. En Alemania se imprimieron y distribuyeron más de dos millones de copias de un panfleto que instaba a las mujeres a participar de ese día. Die Gleichheit, por su parte, lanzó su propia soflama:

“¡Camaradas! ¡Mujeres y niñas trabajadoras! El 19 de marzo es tu día. Es tu derecho. Detrás de tu demanda está la socialdemocracia, el trabajo organizado. Las mujeres socialistas de todos los países están en solidaridad contigo. ¡El 19 de marzo debería ser tu día de gloria!”.

Más de un millón de manifestantes (en su mayoría mujeres, pero no exclusivamente) salieron a la calle organizadas por el SPD reclamando igualdad política, laboral y social. Se organizaron asambleas públicas (42 solo en Berlín) donde discutieron en torno a las cuestiones relacionadas con el género y la clase social que afectaban a sus vidas (Frencia, Gaido, 2017).

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Póster sobre el Día de la Mujer Trabajadora de 1914. “Día de la Mujer / 8 de marzo de 1914 – Adelante con el sufragio femenino”
Con la Gran Guerra amenazando, la celebración de este día se fue contagiando por gran parte del mundo occidental. En 1911, las trabajadoras de EE. UU., Dinamarca, Suiza y Austria escogieron el 8 de marzo como día de la mujer. Países como Francia, Holanda, Suecia, Bohemia y, de manera bastante crucial, Rusia, se sumaron pronto a los participantes. Las mujeres rusas conmemoraron el día de la mujer el 28 de febrero de 1913. En el marco de los movimientos en pro de la paz y en contra de una guerra imperialista, las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer («Historia del Día de la Mujer»)

En 1914 las celebraciones siguieron extendiéndose y se oficializaron el día 8 de marzo en Alemania, Suecia y en la propia Rusia. La Primera Guerra Mundial, no obstante, irrumpió en la vida social y política europea, del mismo modo que lo hizo la Revolución Rusia. El que fuese cuarto Día Internacional de la Mujer en Alemania se convirtió en una acción de masas contra la guerra imperialista, que estalló tres meses después (Frencia, Gaido, 2017).

La guerra estalló finalmente en agosto, lo que trastocó a nivel social a todo el continente, incluyendo a la II Internacional y al Movimiento Internacional de Mujeres Socialistas. En noviembre, Zetkin lanzó un llamamiento a las mujeres socialistas pronunciándose contra la guerra y reclamando acciones masivas por la paz. Como parte de esa oposición al imperialismo, convocó la tercera Conferencia de Mujeres Socialistas en 1915 (Frencia, Gaido, 2017).

No solo la Gran Guerra agitó Europa. La Revolución Rusa de 1917 hizo convulsionar de nuevo el continente. No obstante, el papel de las mujeres en la Revolución de Febrero fue esencial. Las protestas comenzaron el 8 de marzo (es decir, el 23 de febrero del calendario juliano), proclamado ya Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La protesta femenina, no obstante, se extendió entre los obreros de la capital en un abrir y cerrar de ojos. Sería precisamente en la Rusia soviética donde se oficializó el 8 de marzo como fiesta nacional, gracias a los esfuerzos de Alexandra Kollontai y de Clara Zetkin.

Desde 1918, Alemania había otorgado a las mujeres el derecho a votar, por lo que el SPD dejó de celebrar el 8 de marzo al asumir que sus reivindicaciones ya habían sido conseguidas. El Partido Comunista, por el contrario, siguió celebrándolo. En 1921, Zetkin, que había abandonado el SPD para pasar a engrosar las filas del partido comunista, ayudó a hacer del 8 de marzo una celebración oficial. La Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada en Moscú se encargó de ello, además de asentar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer trabajadora a nivel mundial (Montagut, 2015, Frencia, Gaido, 2017).

La celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora se fue extendiendo rápidamente y en escenarios muy diversos. En China, por ejemplo se comenzó a celebrar en 1922, mientras que en España la primera celebración tuvo lugar en 1936, a las puertas de la Guerra Civil (Montagut, 2015).
En 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 1975 como Año Internacional de la Mujer. Llegado 1977 invitó a todos los Estados a celebrar un día Internacional por los Derechos de la Mujer, asumiendo muchos de los países el 8 de marzo como fecha. Paradójicamente, en EE. UU. no se comenzó a celebrar de manera oficial hasta 1994, a pesar de ser el origen geográfico de esta celebración. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora perdió entonces su apellido (y con él, su carácter marxista) y pasó a ser Día Internacional de la Mujer.

España, mujeres y universidad
La celebración del 8 de marzo hunde sus raíces fuera del contexto español. Sin embargo, la historia de España cuenta con su propio 8 de marzo. Concretamente el de 1910, fecha en que las mujeres españolas accedían a los estudios universitarios en total igualdad de condiciones por primera vez en la historia del país. Si bien anteriormente otras mujeres habían cursado estudios universitarios, había sido en unas condiciones desiguales con respecto a los hombres. La primera mujer universitaria en España fue Concepción Arenal, quien, disfrazada de hombre, comenzó a acudir a las clases de Derecho. Cuando fue descubierta, y tras pasar un examen, se le fue permitido acudir. Más avanzado el siglo puede mencionarse también el caso de María Elena Maseras, en 1872, matriculada en la Facultad de Medicina de Barcelona (Plaza, 2010).

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Mujeres en la Biblioteca de la Residencia de Señoritas
Las mujeres que se matricularon durante esa fecha atravesaron los impedimentos de la institución para emitir sus títulos, lo que lógicamente les impidió ejercer. No obstante, pudieron acudir a la universidad amparadas bajo el paraguas de un vacío legal existente en una legislación que ni siquiera se había planteado que las mujeres quisieran asistir a la universidad. Sin embargo, en 1882 una real orden acabó con el vacío legal que había permitido a las mujeres ser universitarias, suspendiendo la admisión de las mujeres en la Enseñanza Superior (Plaza, 2010).

Las mujeres tuvieron prohibida la entrada a las instituciones educativas superiores poco después de que las primeras se atrevieran a pisarlas. En 1888, sin embargo, de nuevo una real ordene readmite a las mujeres en la universidad. En caso de que alguna mujer solicitase matricularse, dicha solicitud tendría que ser estudiada por la institución para considerar si se la admitía o no. De ser admitidas, las mujeres no podían moverse libremente por los espacios universitarios. Tenían que estar continuamente acompañadas por los profesores y sentarse apartadas de sus compañeros (Plaza, 2010).

 El verdadero cambio en la universidad española se produjo entrado el siglo XX. El 8 de marzo de 1910 se establece que se concedan matrículas en enseñanzas superiores a todas las mujeres que así lo solicitasen, especificando que se autoriza “por igual” el acceso a hombres y mujeres. Al mismo tiempo, se les permitía a aquellas que se licenciasen presentarse a oposiciones para ser profesoras de instituto, universidad o trabajar en bibliotecas y archivos.

El primer tercio del siglo XX fue, a nivel europeo y también a nivel español un momento de agitación a nivel social y político, pero también de modernización social, lo que va a repercutir sobre la adquisición de derechos femeninos. La fecha en la que mujeres y hombres se equipararon en derechos para la universidad es, como resulta lógico, casual. Esta decisión se tomó de espaldas al contexto internacional, aunque no debe ignorarse el importante avance que supuso para la sociedad española la apertura de las aulas a las mujeres (Plaza, 2010). No obstante, España no vivió ajena a los avances europeos, integrándose en las mismas dinámicas y corrientes que se llevaron a cabo en el resto de Europa.
Ejemplar del BOE del 8 de marzo de 1910
Ejemplar del BOE del 8 de marzo de 1910 en el que se admiten a las mujeres en la universidad en igualdad de derechos
 La celebración del 8 de marzo tiene, en definitiva, un origen socialista. Se extendió de forma rápida dentro del marco europeo, en un contexto de modernización en muchos aspectos relacionados con la igualdad de género que incluía el marco español. Mediados los años 70 del pasado siglo, sin embargo, la conmemoración del día perdió su carácter de clase y se centró más bien en una celebración en torno a las mujeres. Recientemente, la irrupción del feminismo en la vida pública y política ha hecho del 8 de marzo uno de los días destacados del calendario político y le ha devuelto el carácter reivindicativo, si bien en torno a cuestiones relacionadas mayoritariamente con el género. El debate en torno a este día está, a pesar del origen histórico de este, más presente que nunca.

Fuente: https://archivoshistoria.com/8-de-marzo-origen-dia-mujer/

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