viernes, 22 de marzo de 2019

Diarios de guerra

Resultado de imagen de diarios de guerra Jasmina Tesanovic.
Yasmina Tesanovic.


Veinte años de paz son como veinte días de guerra. Durante los bombardeos de Serbia y Kosovo estuve escribiendo desde el punto de vista de una mujer anónima que vivía su vida cotidiana en Belgrado, con sus hijos, sus amistades… que trataba de conseguir comida, agua, electricidad, cigarrillos… La necesidad aguzaba el ingenio, así que me inventé el primer diario de guerra de Internet, antes de que existieran los blogueros o los blogs. Mi diario de guerra se extendía de forma viral a través de listas de correo hace veinte años. El Diario de una Idiota Política me supuso muchos amigos y muchos enemigos, y me cambió la vida.

El diario de guerra comenzaba cuando los primeros aviones volaban sobre Belgrado, con estas palabras:
“Espero que todos sobrevivamos a esta guerra: los serbios, los albaneses, los tipos malos y los buenos, los que han tomado las armas, los que han desertado, los refugiados que vagan por los bosques de Kosovo, y los refugiados de Belgrado que vagan por las calles con sus niños en brazos, en busca de unos refugios que no existen, cuando suenan las alarmas”.

Recuerdo momentos que me cambiaron la vida esos días de guerra, cuando aprendí lo que era la solidaridad, la bondad humana, compartir, la vida y la muerte. Recuerdo a un hombre en bicicleta que pedaleó hasta mi casa desde Novi Sad, a 60 millas (96,5 kilómetros), para comprar el libro Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt. Mi editorial feminista había imprimido tan solo unas 100 copias por la escasez que sufríamos durante los bombardeos.

Le di gratis la última copia que me quedaba del libro de Arendt, y me preguntó si podía ducharse, porque en su ciudad no había agua corriente.

Recuerdo a mi hija adolescente, diciéndome en tono rebelde que prefería morir con su mejor amiga debajo de un puente que hacerlo con su madre en un sudoroso refugio antiaéreo. Recuerdo a mis compañeras activistas en pie en la Plaza de la República, manifestándose contra el régimen de Milosevic, y escribiendo un mensaje/poema colectivo: todas teníamos nuestras tarjetas de identidad encima, por si nos atacaban los soldados o la policía. Recuerdo esas largas noches de bombardeos que pasábamos en el sótano de nuestra vecina gitana, bebiendo rakija y fumándonos sus cigarrillos en vez de medicarnos con pastillas para dormir.

Fueron días de crisis, en los que las emociones y la supervivencia importaban más que ninguna otra cosa, días en los que todos aprendimos que las costumbres civiles no importan durante la guerra, que todos estamos en la misma trinchera en lo que respecta a la violencia de los señores de la guerra. También aprendí que no necesitamos muchas de las cosas que creemos necesitar, que el dinero y el consumismo son pretensiones, que la electricidad y el agua corriente son lujos, que las medicinas son contrabando, y que nuestros vecinos no son las personas que creíamos que eran. La condición humana en los extremos de la guerra era muy simple: cada día que sobrevivíamos era un hermoso regalo, y cada noche que dormíamos bien, una orgía.

Veinte años después, hoy, tengo amigos de todas las partes del mundo que me escriben con cariño sobre cómo me conocieron. Como texto electrónico, online, como cuando vivía momentos difíciles, escribiendo mis diarios como si cada día fuera el último, y vagando por la ciudad en busca de electricidad para cargar mi ordenador portátil, y líneas de teléfono para enviar mi correo electrónico… y una cocinilla de gas para poder sacar las albóndigas crudas que llevaba en el bolso y freírlas para mi familia.

Todos los días se parecían, vividos entre alarmas antiaéreas, noticias por satélite de la CNN y la BBC, y propaganda de la televisión serbia. Durante los bombardeos del edificio de la televisión de Belgrado se perdieron 16 vidas, aunque el régimen sabía que la OTAN iba a demoler ese edificio. Yo había guardado parte del metraje de mis propias grabaciones en ese robusto edificio, tratando de proteger mi mejor trabajo, y, por supuesto, las bombas lo destruyeron.

También grabé un nuevo documental durante el bombardeo, para una productora alemana de televisión. Grabamos sobre los puentes del Danubio a pesar de que los folletos de propaganda de la OTAN, escritos en un serbio roto, nos decían que los puentes eran objetivos. Milosevic traía autobuses llenos de civiles a los puentes como escudos humanos.

Cada día, mi hija adolescente, aburrida, recorría las calles con sus amigos de la escuela, sin que yo lo supiera, para contemplar boquiabiertos los nuevos cráteres de las bombas. Los hospitales mentales estaban cerrados, y cada noche personas con enfermedades mentales llamaban a mi puerta. Habían oído que yo había declarado mi miedo a las bombas, y que ofrecía cobijo, compañía y bebidas a cualquiera que admitiera que a ellos también les daba miedo. Mucha gente me llegó con sacos de dormir. Gente que nunca olvidaré, aunque nunca volveré a verles.

La peor noche fue cuando bombardearon una escuela cercana. Nuestra casa se estremeció y se balanceó de lado a lado, y todavía tengo pesadillas de esos momentos de vértigo, de la sensación física de que mi casa se venía abajo. Mi hija todavía se sobresalta cuando revienta un neumático. Pero también recuerdo a la gente generosa de las afueras de Belgrado que nos daba de comer gratis en el mercado cercano, y a los contrabandistas del mercado negro que nos vendían su maravilloso papel higiénico y jabón por unas pocas monedas. Nunca olvidaré mi culpa y mi responsabilidad hacia otras personas, que un día fueron mis co-ciudadanos yugoslavos y que hoy son extranjeros y enemigos, que estaban peor que yo, perseguidos, expulsados y asesinados. Civiles y soldados reclutados a la fuerza, a menudo como tropas de a pie y prácticamente menores de edad, que tenían que dispararse y bombardearse los unos a los otros, mientras que otros, a los que escondíamos en pueblos y ciudades, tenían que merodear por ahí como desertores de guerra.

Hoy hay muchas otras guerras en lugares lejanos, con escenas de bombardeos y desesperación, y son las sucesoras de lo que nosotros tuvimos que pasar. Las sanciones globales son peores que las explosiones, ya que la escasez es el “asesino sin cara”. Mi madre murió por la falta de antibióticos en su hospital. Pero las guerras en general se han convertido en rutina: si no sabes quién es el agresor condenado, eres tú. Y sin embargo, antes y ahora, me niego a ser categorizada como víctima de la violencia de otros. Si no sabes quién es la víctima, hazte activista por la paz.

Más información: https://www.lamarea.com/2019/03/22/diarios-de-guerra/

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