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sábado, 9 de enero de 2021

“Tengo nueve años y he vivido tres guerras”

El documental ‘Dreams Behind The Wall’, de la española Elena Herreros, narra la vida de los niños de Gaza y Belén, acostumbrados a despertarse con el sonido de las bombas 


  'Dreams Behind the Wall' El mar era la libertad porque era amplio y sin fin. Así lo percibía la periodista Elena Herreros Rivas (Madrid, 31 años) hasta que llegó a Gaza. Lo primero que dijo fue que ella escaparía a nado. Su amigo y traductor Kayed Hammad le respondió con franqueza: si un palestino coge la barca a la deriva, recibe bombardeos de los israelíes. El mar también tiene fronteras. “Es una fuente de alimentación. Lo que conseguían lo vendían y lo mandaban a Cisjordania. Ahora no sirve ni como vía de escape ni como recurso; no sirve para nada. Ni siquiera pueden bañarse porque está contaminado”, señala en una conversación telefónica.

En esa sensación de naufragio lúgubre viven los habitantes de Gaza y Belén (Cisjordania) que Herreros decidió retratar durante casi dos meses en el documental Dreams Behind The Wall, disponible en Filmin. De todas las posibles lecturas ella se decantó por la visión de los niños, que se plantean su futuro (¿Para qué estudiar cuando hay una guerra que destroza todo?), que lanzan rocas contra el cerco que separa a israelíes y palestinos (por rebeldía y por las humillaciones que sufren sus padres) y que, cuando llega un invitado a casa, enseñan su búnker con una naturalidad escalofriante.

Es el caso de Tuka, una de las niñas que cuenta su testimonio con una verborrea y una claridad impropia de su edad. “Tengo nueve años y he vivido tres guerras”, sentencia impasible. La periodista mezcla el discurso de la menor con unas imágenes infantiles para que el espectador se percate de que, aunque las frases indican madurez, sigue siendo una niña. “No aparecía ni en el guion. Teníamos en producción a dos familias con niños de edades parecidas y Tuka fue una perla”, recuerda. Estaban de visita en una zona derruida, donde antes había un canal donde se limpiaban aguas, y se les acercaron unos niños. “Ella me tocaba la pierna y me hablaba muy rápido. No la entendía bien, pero quería contar algo, sobre todo a alguien de fuera. Llamé a Kayed para que me tradujera. Ella contó todo lo que le salía de dentro; solo le hice tres preguntas”.

En su relato, Tuka da mucha importancia a que perdió una zapatilla. “¡En un bombardeo! Cuando estás allí sales corriendo, temes por tu vida, pero a ella le quedó marcado. Ahí se trasluce su inocencia infantil”. Los padres tiemblan cuando sus hijos les piden salir a la calle a jugar. En las aceras se libra la guerra. De hecho, en una de las escenas cotidianas, uno le pide a sus hijos que se queden en casa con el ordenador. Al contrario de lo que ocurre en el resto del mundo. Esos son los detalles que la directora quiere resaltar, la costumbre al miedo con la que viven: “Lo que no se ve no existe. Se cuentan las guerras, pero estamos inmunizados y no nos paramos a mirar la posguerra, que es incluso peor. Yo fui en 2014, han pasado seis años y la situación está igual”.

Imagen de la grabación del documental 'Dreams Behind the Wall' (2014) cedida por su directora, Elena Herreros.
Imagen de la grabación del documental 'Dreams Behind the Wall' (2014) cedida por su directora, Elena Herreros.
 
Herreros solo nota una novedad: que las carreteras están más limpias. “No se han reconstruido casas. De hecho, en un informe de las Naciones Unidas de 2015 se decía que Gaza se volvería inhabitable en 2020 porque es una cárcel al aire libre”. Herreros decidió enfocarse en Belén (Cisjordania) por la ambivalencia del turismo religioso cristiano y la precariedad: “Una de las excursiones es ver la Natividad, que está a 300 o 400 metros del campo de refugiados. A las seis de la tarde, cada día, los chavales empiezan a tirar piedras al muro en señal de protesta. Tienen entre 6 y 9 años y generan esa rabia desde pequeños”. Después se abre el portón, llegan los militares, esparcen gas lacrimógeno y todos vuelven a sus casas.

La periodista reconoce que en Cisjordania no están tan encerrados como en Gaza ―”es el territorio más densamente poblado del mundo”― porque pueden salir a trabajar a Jerusalén. El problema es que tienen que pasar por un puesto de control. “Si normalmente tardarías 10 minutos, con este requisito puedes tardar hasta dos horas. Salen de casa a las cinco para llegar al trabajo a las ocho”.

La inquietud por narrar estas historias le llegó desde muy joven. “Mi madre es periodista y trabajó un tiempo en Jerusalén. Cubrió el conflicto palestino, volvió a España, empezó a trabajar en ACNUR y luego en UNRWA, la oficina para los palestinos refugiados. “En el mundo hay millones de refugiados, pero un tercio de ellos son palestinos. Todo esto siempre ha estado presente en mi vida, no es un tema ajeno a mí”, defiende. Eso se sumó a unos contratos periodísticos precarios. Harta de su situación laboral decidió hacer un documental “en un sitio ni fácil ni barato”. Tomó parte de la herencia de su padre e hizo un crowdfunding. “Sentada en una silla no estaba contenta”, asegura.

En Dreams Behind The Wall los niños muestran su realidad. Una de ellas mira a la cámara y recita: “La infancia es una flor que se mueve en el corazón de la primavera, reluciente por el aliento del rocío en el alma apacible”. Ellos evidencian un presente más turbado.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2021-01-06/tengo-nueve-anos-y-he-vivido-tres-guerras.html?utm_source=Twitter&ssm=TW_CM_CUL#Echobox=1610017998

martes, 14 de abril de 2020

L'Orchestrina



The New Pope es una serie dramática de televisión creada y dirigida por Paolo Sorrentino para Sky Atlantic, HBO y Canal+ . Es una continuación de la serie 2016 The Young Pope, originalmente anunciada como su segunda temporada.  La serie de nueve episodios está protagonizada por Jude Law , repitiendo su papel como Papa Pío XIII, y John Malkovich como Papa Juan Pablo III, el nuevo Papa titular.  Fue coproducida por las productoras europeas The Apartment, Wildside, Haut et Court TV y Mediapro .
La serie se estrenó el 10 de enero de 2020 en Sky Atlantic en Italia....Más inrformación: https://es.wikipedia.org/wiki/The_New_Pope

Paolo Conte - L'Orchestrina

viernes, 13 de diciembre de 2019

El sueño europeo: Serbia

 

 El sueño europeo: Serbia es un documental de investigación del periodista Jaime Alekos sobre las torturas de la policía húngara a los refugiados y migrantes que atrapan intentando cruzar su frontera y las durísimas condiciones en las que sobreviven en Serbia mientras esperan una oportunidad para entrar en la Unión Europea.

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Cuando los países de la ruta de los Balcanes cerraron sus fronteras a principios de 2016, miles de migrantes y refugiados quedaron atrapados en Serbia.

Alrededor de 8.000 viven en los campos oficiales del Gobierno Serbio, edificios abandonados y campamentos clandestinos, mientras esperan una oportunidad para cruzar las fronteras fuertemente custodiadas de la Unión Europea.

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El 46% son menores de edad. Uno de cada tres viaja sin la compañía de un adulto.

Aquellos que han intentado cruzar ilegalmente la frontera húngara, reportan palizas y torturas sistemáticas antes de ser devueltos en caliente por la policía húngara.

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domingo, 1 de diciembre de 2019

Ken Loach: “La extrema derecha está en marcha liderada por EE UU”

El director Ken Loach, en la Nau de la Universitat de Valencia.
El director Ken Loach, en la Nau de la Universitat de Valencia. EFE
 El director británico de cine abarrota la Universitat de València antes de volver a Mirambel, la población aragonesa donde filmó su película sobre la Guerra Civil española

Rosana Pastor, la actriz protagonista de Tierra y libertad le invitó a conocer a unos amigos de Valencia. "Lo que no sabía es que tuviera tantos amigos", comentó con humor Ken Loach ante el numeroso público que abarrotó esta tarde el paraninfo de la Universitat de València y obligó a habilitar el claustro para que centenares de personas siguieran el encuentro con el director de cine. Loach se mostró muy sorprendido por la expectación y los prolongados aplausos con que fue recibido en el alto en el camino que hizo antes de visitar mañana Mirambel, la población de Teruel donde se rodó la película sobre la Guerra Civil española hace 25 años.

"Y luego algunos dicen que las películas no tienen consecuencias", comentó el director de 83 años, que acaba de estrenar en España Sorry we missed you. Su discurso, de izquierdas sin ambages, con críticas continuas al capitalismo y a favor de la propiedad pública de los medios de producción, estuvo trufado de ironía, como sucede en la mayoría de sus películas siempre obreristas, con un punto de fuga humorístico. Tanto en el acto central como minutos antes con los periodistas.

En ambos casos advirtió del peligro de la nueva extrema derecha. "Pensamos que estamos en un tiempo de peligro, tenemos la sensación de que la extrema derecha está en marcha de nuevo. Ahora miramos por toda Europa y tenemos a Lepen en Francia, a Boris Johnson en Inglaterra, que es la versión caricaturesca, a Salvini en Italia, a la Europa del Este...", dijo ante los medios antes de que se formulara ninguna pregunta. Luego añadió en el paraninfo: "El crecimiento de la extrema derecha es el mismo que en los años antes de la [Segunda] Guerra [Mundial] o incluso más grande, porque ahora está liderado por los EE UU, y lo tenemos en Brasil con Bolsonaro. Y la respuesta de la izquierda ha sido totalmente inadecuada", señaló en compañía del escritor Alfons Cervera, que ejerció de moderador, Rosana Pastor y la productora de Tierra y LIbertad, Rebecca O’Brien, en un acto organizado también por los sindicatos CGT y CC OO.

"Una de las cosas que queríamos mostrar es Tierra y Libertad es la solidaridad de tanta gente internacional que apoyaba a los republicanos, venían de todos los países europeos, de América, y de la otra parte del mundo. Algunas veces se nos olvida ese apoyo internacionalista y que también hubo ese apoyo en la otra parte. El internacionalismo funciona tanto en la derecha como en la izquierda. Ahora bien, la izquierda habla de solidaridad internacional, pero actúa de una forma nacionalista, y la derecha habla de nacionalismo pero actúa internacionalmente. Esta es una de las razones que explican cómo estamos", sostuvo.

Y estamos muy mal, con menos paro pero con más pobreza, dijo no sin disculparse antes por hablar sobre todo de la realidad que más conoce, Inglaterra. Pero el director de Lloviendo piedras no pierde la esperanza si la izquierda se une o si está representada por Jeremy Corbyn, el líder laborista británico, con el que se mostró muy próximo: "Tenemos un liderazgo de izquierdas fuerte en Inglaterra, un partido masivo que está a favor de la propiedad pública de las industrias y de las empresas y de la intervención del Estado para proteger nuestros bienes públicos. La intervención es muy importante para parar el cambio climático. Y eso tiene apoyo en toda Europa. Vemos la prensa y la televisión pública, la BBC, que están haciendo todo lo que pueden para destruir la izquierda. Eso no significa que no tengamos esperanza".

Cuando se le preguntó por los cambios de opinión y posición de Corbyn frente al Brexit o la Unión Europea, respondió que la UE necesita un nuevo tratado porque "desde el principio ha representado los intereses de las grandes empresas y no de los trabajadores", al tiempo que postuló también un acuerdo diferente del pactado por Johnson. Para abordar la pérdida de popularidad de Corbyn, se puso futbolero y, sonriendo, recordó que muchas veces se gana un partido con un gol en el último minuto.
      
Loach enmarcó el auge de la extrema derecha española en el contexto internacional y recordó que "en general la gente tira a la derecha cuando está desesperada y han perdido la esperanza, y eso quiere decir que hay un error de la izquierda, porque la izquierda debería representar los intereses de la clase trabajadora". Tras la cuarta cuestión formulada por un hombre y con el tiempo apremiando, Loach señaló que las preguntas habían sido "interesantes" pero todas realizadas por hombres. "¿No hay mujeres?", inquirió. Acabó respondiendo a las periodistas incluido un plumilla con barba que había pedido la palabra con anterioridad y al que le preguntó si él era también una mujer.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2019/11/29/actualidad/1575055143_271678.html

martes, 5 de noviembre de 2019

El Joker, Costa-Gavras y los cambios en Latinoamérica: una cuestión de objetivos

https://pbs.twimg.com/card_img/1190045959633489921/AdUfwtek?format=jpg&name=600x314No hace falta ser muy inteligente, tan sólo estar un poco atento, para ver que esto ya no se aguanta. Esto es el capitalismo en su etapa neoliberal, esa restauración conservadora que comenzó hace cuarenta años y que ha desequilibrado hasta unos niveles insostenibles desde las desigualdades económicas hasta la democracia liberal. Como sacerdotes fanáticos, sus valedores, políticos afines, burócratas de las instituciones supranacionales y el gran entramado financiero, piden más sacrificios que alimenten su caldera sin reparar en que además de la velocidad hay que tener una dirección. Que algo se acabe no significa que lo que venga sea mucho mejor.

La sangre y el dinero tienen el mismo olor metálico. Más que acertado, esperanzador, el cartel que una manifestante portaba en las protestas chilenas: "Aquí nació el neoliberalismo, aquí morirá". El golpe de Estado del 73 no fue sólo el ataque a las políticas socialistas de Salvador Allende, fue la puesta en marcha de un experimento que se extendería al resto del mundo en diez años, ese que venía de la Escuela de Chicago y que bajo el pretexto de la liberalización económica lo único que ocultaba era el deseo de borrar el siglo XX, el de las revoluciones, para retrotraer todo a una relación de clases victoriana.

Tras unos años en los que parecía que América Latina volvía a ponerse la soga al cuello, este otoño el rumbo parece que ha vuelto a cambiar a babor. México cuenta por primera vez en décadas con un presidente progresista, López Obrador. El Gobierno bolivariano no cayó pese al nuevo intento de golpe de Estado en enero. Evo Morales ha vuelto a ser reelegido en Bolivia a pesar de las acusaciones de fraude de la oposición derechista. En Uruguay la izquierda ha ganado la primera vuelta de las presidenciales. El FMI ha sido derrotado en Ecuador tras unas intensas protestas populares. Alberto Fernández ha ganado las elecciones en Argentina tras cuatro años de Gobierno neoliberal de Macri. Piñera, en Chile, se enfrenta a unas impresionantes protestas que se iniciaron por la subida del transporte y van camino de convertirse en un movimiento constituyente.

La región vuelve a ser posibilidad y faro para todos aquellos que han quedado varados en la playa de los olvidados, esa en la que se juntan los náufragos de las políticas regresivas que se extendieron como una mancha de aceite a partir de Thatcher y Reagan. El esfuerzo mediático por oscurecer lo que está sucediendo en todo un continente es notable, el objetivo es que los sentimientos de abatimiento, abnegación y desamparo sigan mandando en las poblaciones europeas y norteamericanas. Aun a costa de que esa falta de horizontes se transforme en violencia y nihilismo. Si no puedes convencer de tus virtudes arrastra en tu caída a quien tengas al lado.

Una película causa sensación en los espectadores, Joker, consiguiendo una recaudación asombrosa en su estreno y en su primer mes de proyección. Eso nos dice algo, algo más allá del poderoso influjo de la publicidad, y es que la historia que cuenta ha conseguido enganchar con algún tipo de pulsión existente en la sociedad. Pero también nos dice que algo profundamente enfermizo se está extendiendo en este largo final, en este mundo sin asideros: huérfanos de modernidad, entendemos el descontento como una revuelta sin objetivo inspirada por un perturbado.

"Entendemos" como plural que viene a resumir que una gran cantidad de personas acaban asumiendo la visión de las élites norteamericanas sobre cualquier movimiento social de protesta. El cine no conspira, pero media, transmite las pesadillas que tienen los habitantes de los Hamptons en sus mansiones y que por su capacidad de influencia acaban siendo las de todos. Ya lo vimos en la última entrega del Batman de Nolan, con un Bane jugando a Occupy Wall Street. Ahora, de una forma más confusa, juntando recortes sociales en lo que parece el Gotham-Nueva York de 1975, vemos a una multitud con máscaras de payaso que quiere matar a los ricos, a un enfermo mental al que los que comparten barro con él, detestan, para luego idolatrar. Dos mensajes repiquetean insistentes: el descontento sólo lleva al caos y la destrucción; la oposición a lo existente sólo se puede ejercer desde la locura. Quizá la película pretende describir, quizá adoctrinar. Muchos aplauden, no se sabe bien el qué.

 Puede haber tentaciones de decir que Joker describe lo que sucede en Chile o ha sucedido en Ecuador, en esa lectura superficial, espectacular y sesgada de una realidad que sólo entiende de audiencia y clickbait. Joker describe lo que los señores que se inventaron la Escuela de las Américas piensan que sucede en Latinoamérica, lo que piensan que son sus gobernados, su pueblo: una masa atolondrada y vengativa de individuos que incapaces de gestionar el fracaso de sus vidas buscan en el fuego y la algarada la manera de resarcirse. Y es normal. Lo extraño, lo peligroso, es si los que están abajo comienzan a asumir esa escenografía reaccionaria como propia.


Otra película se estrena en las mismas fechas, Adults in the room, del director griego Costa-Gavras, adaptación de las memorias de Yanis Varoufakis en su exiguo mandato como ministro de Finanzas de Grecia. La producción ha hecho mucho menos ruido, ha contado con mucha menos publicidad y soporte mediático, pero vale como descripción y aprendizaje infinitamente más que la protagonizada por Joaquin Phoenix. De hecho, aunque su trama gire en torno a señores con traje hablando de dinero es más subversiva, incluso hasta cierto punto violenta. Los monstruos reales siempre dan mucho más miedo que los de ficción.

Adults in the room nos cuenta, bajo el punto de vista de Varoufakis, las negociaciones que tuvo que encarar con el Eurogrupo y la Troika para negarse a aceptar un nuevo programa austericida para Grecia. Es impresionante que una historia que se desarrolla en despachos, habitaciones de hotel y salas de negociación, esos lugares asépticos pero profundamente ideologizados, sea capaz de enganchar al espectador de la forma en que lo hace. Entre otras cosas porque de lo que nos está hablando, exponiendo sin tapujos, es la manera pornográfica en que funcionan las instituciones supranacionales al servicio del entramado financiero mundial.

Las medias verdades y las mentiras, las posiciones en público y en privado, el lenguaje burocrático como sentencia de muerte a un país, Grecia, cuyo delito fue asumir el sistema de endeudamiento que los bancos alemanes y franceses le propusieron y que el Gobierno de derechas aceptó sin reparos. Cuando Syriza llegó al poder en 2015 se encontró un país destrozado. El plan que ofreció a las instituciones europeas y el FMI fue pagar la deuda en relación al crecimiento económico griego, cumplir sus obligaciones —a pesar de haberlas contraído sólo por la connivencia de unos pocos— sin sacrificar los derechos sociales de sus ciudadanos. La película nos explica cómo fueron derrotados.
Pero también cómo la democracia es un bien no ya escaso si no sumamente adulterado. Cómo el procedimiento electoral sólo vale si el resultado es del agrado de los consejos de administración. Hiela la sangre ver al antagonista Schäuble, ministro de Finanzas alemán, reconocer en privado que él como patriota no aceptaría el programa austericida para su país, duele escuchar en boca de altos representantes cómo ponen en cuestión que el pueblo tenga capacidad para entender lo que a su juicio son tan altas cuestiones. Varoufakis sentencia: una banda de mediocres que asienten sin pensar en ninguna consecuencia más que en su carrera y la palmada de sus amos.

Vemos a ministros y a burócratas, vemos a presidentes y ocasionalmente a algún directivo de la City londinense, pero nunca a los verdaderos dueños del dinero. Esos que Éric Vuillard describe tan bien en su libro El orden del día, esos grandes industriales alemanes que financiaron al Partido Nazi y que luego se hicieron de oro con el trabajo esclavo de los prisioneros de los campos de concentración. Es verdad que la Europa de posguerra se fundó sobre el antifascismo, como no lo es menos que también lo hizo sobre el olvido hacia muchas de estas adineradas familias. No son monstruos antediluvianos, dice Vuillard, esos nombres siguen existiendo.

 Costa-Gavras nos muestra los deseos de esos monstruos en su última película, de la misma forma que nos enseñó en los setenta los crímenes de las dictaduras militares latinoamericanas en películas como Estado de sitio o Desaparecido. Es extraño que un director de 86 años sea profundamente más subversivo y acertado que la mayoría de jóvenes realizadores con espíritu pretendidamente independiente. En Latinoamérica muchas personas parecen haberse dado cuenta de qué significa la palabra neoliberalismo. En Europa y Estados Unidos también, pero sus poblaciones están más cerca del nihilismo que de la esperanza, del precipicio que de la reconstrucción, de comportarse como payasos antes que como adultos.

Fuente: https://actualidad.rt.com/opinion/daniel-bernabe/332211-joker-costa-gavras-cambios-latinoamerica-objetivos

domingo, 3 de noviembre de 2019

Ken Loach: “Soy un viejo socialista anclado a la realidad”

Ken Loach durante el rodaje de 'Sorry We Missed You'
Ken Loach durante el rodaje de 'Sorry We Missed You'
El director británico Ken Loach vuelve a denunciar la precarización de la sociedad en 'Sorry We Missed You', que se estrena el mismo día en que su país iba a salir de la Unión Europea. “El Brexit no es un invento de la izquierda, sino de la derecha”, señala

 Al Ken Loach (Nuneaton, 1936) de hace medio siglo, cuando dirigió Kes (1969), una película como Sorry We Missed You le hubiese parecido pura ciencia ficción. La uberización de la economía, que es el pan nuestro de cada día, no es un concepto que hubiera podido entenderse entonces. La clase trabajadora todavía existía como tal, y estaba unida, luchando por sus derechos. “En mis tiempos, te decían que, con la formación pertinente, podías conseguir un empleo para toda la vida. Pero se produjo ese cambio inexorable en el que pasamos de la seguridad a la inseguridad. Ahora puedes perder el trabajo de la noche a la mañana. Y luego están casos como el de Ricky, el protagonista de mi película, que asume todos los riesgos, mientras que la empresa no asume ninguno. Es el trabajador que se explota a sí mismo, el ideal de las grandes empresas”, resumió Loach en Cannes. Con la esperanza de dejar atrás la inestabilidad, Ricky Turner (Kris Hitchen) decide invertirlo todo en una furgoneta, para trabajar como autónomo para una empresa de transportes que se lo exige todo y no da nada a cambio.

Jornadas maratonianas
El capataz que le contrata, es un decir, recurre a un eufemismo disfrazado de fórmula de éxito, que se nota ya muy gastado: “No trabajaras para nosotros, trabajarás con nosotros”. La mujer de Ricky, Abbie (Debbie Honeywood), una entregada cuidadora de ancianos, lo hace en similares condiciones de explotación. Y mientras, sus hijos contemplan cómo sus padres solo sirven para quedarse dormidos en el sofá delante de la tele, reventados por sus jornadas maratonianas. Extremo, sí. Realista, también. La visión de Loach es implacable. Su película, en definitiva, nos muestra qué ocurre al otro lado de la pantalla cuando, con dos o tres clics, pedimos un libro a Amazon o similar. Le cuento que hace poco pedí uno porque no lo encontraba en librerías. Durante unos instantes, pensé en Ricky. Pero tras unos segundos de vacilación, le di a ‘Confirmar pedido’. Loach se ríe con mi mea culpa. Pero, contra todo pronóstico, me absuelve.

Pregunta. Entonces, ¿no tengo que sentirme culpable? 
Respuesta. No lo creo. Me tomo como un halago que se sintiera culpable gracias a mi película. Pero la solución no está en actos individuales, sino en apoyar un movimiento político que luche por el cambio.

P. El llamado precariado se extiende como una mancha de aceite por todos los ámbitos. ¿No cree que la izquierda no ha sabido reaccionar?
R. En Inglaterra sí se ha notado una reacción. Mire lo que pasó en el Partido Laborista, que viene a ser como su partido socialista, o como el de Hollande en Francia. Es decir, más socialdemócrata que realmente socialista. Pero en 2015 las bases eligieron a Jeremy Corbyn, que es un auténtico socialista, y en un año el partido pasó de casi 200.000 seguidores a más de medio millón. Y eso que el establishment no lo quiere ver ni en pintura. Ni siquiera medios supuestamente progresistas como The Guardian. La BBC llegó a lanzar un documental acusándole de antisemitismo, cosa que es totalmente falsa. Hace 30 años que le conozco, y sé perfectamente que no es así.

P. Tampoco está muy clara la posición de Corbyn con el Brexit, ¿no le parece?
R. No puede definirse demasiado, porque la mitad de su partido está en contra y la otra a favor. Pero, como le decía, le conozco desde hace tiempo, y tenemos un punto de vista similar respecto a Europa. Corbyn cree en la solidaridad entre las clases trabajadoras de todos los países. Pero la UE tiene un punto de vista puramente económico. Es lógico que la izquierda no sea muy entusiasta con Europa. Corbyn aboga por una propuesta intermedia.

P. Sorry We Missed You se estrena en España el 31 de octubre, justamente la fecha de la salida de Reino Unido de Europa. ¿Qué pasará después?
R. Es un momento histórico, pero nadie sabe muy bien cómo acabará todo. De todos modos, le recuerdo que el Brexit no es un invento de la izquierda, sino de la derecha. Surgió a causa de una discusión entre ellos, siempre en materia económica. Unos decían que las condiciones que imponía la UE eran asumibles y que es un mercado importante. Los que están más a la derecha respondían que con menos impuestos y con más trabajos precarios facilitarán las inversiones extranjeras y la exportación. Para ellos, el acuerdo con Estados Unidos es mejor que el que teníamos con la UE.
 
P. Dejemos de lado el Brexit, ¿cree que el capitalismo puede llegar a colapsar?
R. Lo que estamos viviendo ahora es la evolución lógica de la economía de mercado. Un sistema basado en una competencia feroz, donde lo único que importa es reducir costes y optimizar beneficios. No sé hasta qué punto es viable. La emergencia del fascismo que se está viviendo en toda Europa demuestra la fragilidad del sistema. 


P. ¿La revolución tecnológica tiene parte de culpa?
R. Cuando era joven, también nos decían que los avances tecnológicos nos iban a permitir tener mucho más tiempo libre, pero en realidad ha servido para reducir el número de trabajadores. Deberíamos haberlo visto venir.

P. ¿Las redes le parecen inútiles?
R. Hay mucha gente que las utiliza para protestar. Pero eso no sirve de mucho, si luego no hay una movilización real, con una organización y un programa también reales detrás. Hace falta una estructura. La extrema derecha también las utiliza. A mi familia y a mí, nos han amenazado a menudo a través de ellas.

P. Y las plataformas tipo Netflix, ¿qué opinión le merecen?
R. Hay buenos directores que trabajan para ellas. Mi hijo Jim, que también es realizador, ha dirigido muchos episodios de series. Pero, aunque las plataformas son muy hábiles para detectar todo lo que gusta y engancha a la gente, lo cierto es que no estarán nunca por la labor de producir algo que desafíe al statu quo.
 
P. Si tuviera que imaginar ahora una película de ciencia ficción que nos proyectara en el futuro, ¿cómo sería?
R. No lo sé. Yo solo soy un viejo socialista anclado a la realidad. Cuando llegas a los 83 años sabes que no tienes mucho futuro por delante. Ya tengo bastante con tratar de entender el presente.

Fuente: https://elcultural.com/ken-loach-soy-un-viejo-socialista-anclado-a-la-realidad

lunes, 12 de agosto de 2019

El reputado actor David Clennon rechaza trabajar en la nueva serie de Netflix con Israel: "Yo apoyo a Palestina"

El ganador de un Emmy y activista político recibió una oferta para presentarse a un papel principal en 'Sycamore', de los productores de la israelí 'Fauda'. "El gobierno de Israel se beneficia del prestigio que le dan estas alianzas creativas con Hollywood

El actor David Clennon, durante una entrevista
El actor David Clennon, durante una entrevista YOUTUBE
 El actor David Clennon, ganador de un premio Emmy por la serie Sigue soñando, ha declarado haber rechazado participar en un casting para Sycamore, una nueva serie de Netflix con dos productores israelíes. El intérprete ha hecho pública su decisión para mostrar su apoyo al pueblo palestino, cuya causa había sido representada de manera negativa en una serie anterior de los mismos realizadores.

Respetado actor de carácter en cuyos créditos figuran títulos de cine como Bienvenido Mr. ChanceLa cosa de John Carpenter, Syriana o más recientemente Gone Girl de David Fincher, y series como Treintaytantos, Entre fantasmas, House of Cards y Código negro, Clennon ha explicado en TruthOut.org los motivos para tomar una decisión que, asume, tendrá consecuencias negativas para su carrera, especialmente en un momento en que lleva "un año y medio sin trabajar".

Una serie de los productores de 'Fauda'
"Me invitaron a participar en un proceso de casting para una nueva serie de televisión de Netflix, Sycamore. Según la separata que me enviaron, querían que hiciera una prueba para ver si encajaba en el papel de Martin Wexler, un personaje fijo. Se trataba de un político americano que vive en Nueva York", comenta. "El papel me resultaba muy interesante, y comencé a prepararme con entusiasmo y grabé una cinta con mi texto para los directores de casting. En principio, sí convencía a los productores, me darían el trabajo", explicando, dejando claro que había sido los responsables de casting quienes se habían interesado por él.

No obstante, poco después descubrió que la ficción a la que aspiraba a participar estaba producida por Avi Issacharoff y Lior Raz, responsables a su vez de Fauda. Una serie de acción ambientada en Israel y en los territorios ocupados que había sido criticada por su retrato del pueblo palestino y por suavizar las acciones de las fuerzas militares israelíes. Fue entonces cuando comunicó que se apeaba del proceso.

"Sycamore puede no ser tan ofensiva como Fauda, pero igualmente hay un asunto clave: las productoras de tipos como Issacharoff y Raz se benefician enormemente de sus alianzas con Netflix y otras compañías estadounidenses. Además de otorgar importantes sumas de dinero a estas compañías, el gobierno de Israel se beneficia del prestigio que le dan estas alianzas creativas con Hollywood", indica Clennon, quien reafirma su compromiso con la sociedad académica y cultural de boicot a Israel.

Rechazó un papel importante en '24' por motivos ideológicos
"Llevo un año y medio sin trabajar. Aunque me resulta difícil, pero inspirado por el ejemplo de muchos otros, he decidido no participar en el lavado de imagen de Israel", proclama. "No soy un actor popular. Sé que mi rechazo a colaborar con productores israelíes no tendrá efecto en este proyecto tan ambicioso. Mi decisión solo es un acto de responsabilidad y solidaridad con el pueblo palestino, pero también con los disidentes israelíes que creen que en futuro mejor para ambos pueblos".

No es la primera vez que Clennon toma una determinación similar con respecto a sus trabajos en cine y televisión. Conocido en el gremio por su activismo político, hizo campaña en contra de la miniserie documental La guerra de Vietnam de Ken Burns, al que acusó de hacer campaña favorable al Pentágono. "No premien con Emmys al trabajo de manipulación", manifestó.

También ha rechazado papeles importantes en ficciones como 24 por motivos ideológicos.

jueves, 4 de julio de 2019

Ken Loach: "El capitalismo ha convertido en normal lo inaceptable"

A sus 83 años, el siempre combativo Ken Loach se niega a bajar la guardia. Tras presentar en Cannes 'Sorry, we missed you', ahora acude al Atlántida Film Fest.para recoger un premio de honor a toda su carrera y celebrar el 50 aniversario de 'Kes', su más temprana obra maestra

Ken Loach el martes en el Altlántida Film Festival en Palma de Mallorca. EFE
Pese a la firmeza de sus convicciones y la rotundidad de cada declaración, Ken Loach (Nuneaton, 1936) sabe renunciar a según qué cosas. Por ejemplo, pese a confesarse republicano y declaradamente antimonárquico, dice que vestirá corbata en la inauguración (ayer por la noche) del Atlántida Film Fest. Todo sea por la reina Letizia ahí presente. Y hasta ahí. Ni un paso más. Tras presentar en la pasada edición de Cannes Sorry, we missed you, película en la que diseccionaba la autoexplotación en el mundo de la mensajería, ahora acude a Mallorca para recoger el Premio Masters of Cinema y a celebrar el 50 aniversario de Kes, una película fundacional que desarma los inconvenientes de la realidad desde la mirada transparente y por fuerza revolucionaria de un niño. 

Aquélla fue su más temprana obra maestra. Y su primera pedrada. Vendrían más que harían más daño. Medio centenar de películas y dos palmas de oro contemplan una de las más coherentes e hirientes filmografías del cine contemporáneo. Siempre en lucha y, de vez en cuando, con corbata.

P. ¿Cómo fue volver a reencontrarse con Kes (el lunes hubo una proyección)?
R. Si soy sincero, sólo vi los cinco primeros minutos. Pero me gustó lo que vi.

P. ¿Sigue en contacto con el chaval (David Bradley)?
R. El chaval tiene ahora 65 años (se ríe). Fue su primera película con 14 años y Kes hizo que se convirtiera en actor. Nos mandamos una tarjeta navideña cada año.

P. Pocos directores pueden presentar una filmografía tan política, tan comprometida con la denuncia de la injustica, tan larga... Y ahí sigue.
R. Lo que sucede es que las cosas han empeorado. El capitalismo ahora es mucho peor. Es desalentador comprobar que no aprendemos.

P. ¿En qué sentido han empeorado?
R. Lo más relevante es que la solidaridad ha muerto. Ya no existe como fundamento de la sociedad. Por supuesto que a un nivel muy local, sí que se da, pero el Estado es cruel y muy agresivo. Todas las instituciones que deberían velar por la justicia social se han convertido en herramientas para castigar a los pobres. Si no puedes mantenerte a ti y a tu familia, eres responsabilizado por ello y, en consecuencia, eres castigado.
Ken Loach y al actor David Bradley en el rodaje de 'Kes'.
P. ¿Cuándo cree que cambiaron las cosas?
R. Justo después de la guerra, en los años 50, había una sensación colectiva de responsabilidad. Y eso incluía tanto a los empleadores como a los trabajadores. Hablo del derecho a un salario justo, de unas vacaciones por el trabajo, del servicio de salud... Desde la energía a los medios de transporte eran bienes comunes, de la sociedad. No digo que fuera el paraíso, pero detrás de ello había un concepto y un consenso sobre lo que debía ser una sociedad. Eso, obviamente, fue desmantelado por Thatcher.

P. Pero Thatcher fue elegida por los británicos...
R. Hitler también. Por los alemanes en este caso. A lo que iba es que si la única regla para medir las relaciones humanas es la reducción de costes para hacer más competitivo un producto eso deriva necesariamente en reducción de derechos. Se ahorra siempre por los gastos y considerar un simple gasto al salario hace que ya nadie hable de lo justo. Esa es la lógica del sistema.

P. En su última película, Sorry, we missed you, se aborda el asunto de los contratos a tiempo cero, el de los repartidores convertidos en falsos autónomos...
R. Ése quizá sea el punto límite. Es el sistema de explotación perfecto: el obrero es obligado a explotarse a sí mismo. No necesitas a un jefe enfadado que te diga cuánto tienes que trabajar, ya te encargas tú mismo.

P. En varias ocasiones ha dicho que lo que se ha roto es el propio concepto de normalidad...
R. Sí, hemos normalizado lo inaceptable. Los bancos de alimentos forman parte de la asistencia social. La injusticia se acepta como parte del sistema. Hemos llegado a un punto en el que se habla de generosidad o de caridad en lugar de simple justicia. Y es responsabilidad de todos rechazar eso. No estamos condenados a vivir así, porque no es justo. No es normal. Lo curioso es el lenguaje que emplea un sector de la misma izquierda socialdemócrata que, después de reconocer que lo que ocurre es injusto, advierte sobre el peligro de los extremistas. Reconocen la injusticia, pero hacen lo posible para evitar cambiar las cosas.

P. Y, pese a todo, no hay entrevista en la que no se declare optimista... Lo confieso, no lo entiendo.
R. (Se ríe) Sí, es cierto que todo induce al pesimismo. La ultraderecha está creciendo por todos los lados. Incluida España. Vivimos un tiempo complejo y la extrema derecha ofrece respuestas sencillas. Pero, y esto es lo importante, falsas. Los nacionalistas populistas de ahora son los nacional socialistas de antes. Responsabilizar a la inmigración no arregla nada, pero marca un objetivo sobre el que desfogarse. La izquierda tiene que pensar en cómo cambiar el sistema. Y eso da más trabajo, exige más esfuerzo y, sobre todo, cuenta con enemigos mucho más poderosos.

P. Por lo que dice, todo es peor. ¿De dónde se saca ese optimismo?
R. Bueno, tengo esperanzas en que en las próximas elecciones británicas algo cambie. Es una muy buena oportunidad para el Partido Laborista con Jeremy Corbyn al frente. Espero que no hagan mella la campaña brutal que arrecia en los medios contra él, al que acusan de racista.

P. ¿Tiene su cine alguna opción de cambiar la realidad que denuncia?
R. Sin duda. Cathy come home (1966)provocó un gran debate y en cierto modo hizo cambiar las cosas. Con Yo, Daniel Blake (2016) ha pasado algo parecido. La polémica ha llegado al Parlamento. Se han hecho hasta 600 proyecciones fuera de los cines comerciales en iglesias, locales de asociaciones, sindicatos... Muchos de los espectadores se veían identificados hasta el punto de salir llorando de la sala.

P. Lleva toda la vida en pie de guerra, ¿se ha sentido amenazado?
R. Si tuviera miedo a las consecuencias no haría lo que hago. Sin embargo, es ahora cuando veo concretarse las amenazas. Una de las excusas para atacar a la izquierda ahora es acusarla de racista y antisemita por la defensa de la causa palestina. Han llegado incluso a insultar a mis nietos diciendo que su abuelo niega el Holocausto. Es una auténtica locura.

P. ¿Le pregunto por la retirada?
R. Puede hacerlo, pero ahora mismo estoy trabajando (se ríe).

Más información: https://www.elmundo.es/cultura/cine/2019/07/03/5d1b7da9fdddff03128b4666.html

viernes, 14 de junio de 2019

Hatidze y su mundo de abejas

La directora y el cámara de ‘Honeyland’, el documental premiado en Sundance, nos acercan al proyecto y a su protagonista: una recolectora de miel en una aldea macedonia

Imagen del documental Honeyland (2019).
 En una aldea desierta rodeada de montañas en Macedonia, Hatidze Muratova, una mujer de cincuenta y tantos años, vestida con una blusa color ocre, una falda ligera llena de pequeñas flores y un pañuelo esmeralda en la cabeza, anda sin prisa hasta llegar a la ladera de un río para revisar una colonia de abejas enclavada en las rocas. Canta una canción secreta, Hatidze, mientras mueve las manos sin guantes entre las abejas que danzan alrededor de su cuerpo. Al recoger la miel y la cantidad de abejas que necesita para sus colmenas, Hatidze vuelve a su casa: no hay agua corriente, no hay electricidad, no hay carreteras, no hay vecinos. Hatidze atiende a su madre postrada en la cama, da de comer a su perro y a un gato. De vez en cuando se dirige andando a la capital para comercializar el oro amarillo que desde hace generaciones su familia recoge siguiendo una sola ley: “Coge la mitad, deja la mitad”. Con el dinero que gana, compra comida blanda para ella y para su madre y algunas otras cosas: tinte para el pelo, un abanico. Hatidze ha aprendido desde pequeña a mantener el equilibrio entre sus necesidades vitales y el entorno en el que vive. Su vida podría seguir así ad libitum si no fuera porque de repente una familia itinerante se instala en la aldea. El reino pacifico de Hatidze se llena de niños chillando, de 150 vacas, de motores rugientes, de peleas entre adultos y adolescentes. Pronto Hussein, el patriarca de la familia, toma una serie de decisiones que podrían destruir la forma de vida de Hatidze para siempre. ¿Qué pasará ahora? ¿Conseguirá proteger sus abejas?

El largometraje documental Honeyland, de Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov, retrata una forma de vida en rápida desaparición, el equilibrio delicado entre el género humano y la naturaleza y la extraordinaria resiliencia de la protagonista de esta historia. La película, ganadora de tres premios al Sundance Festival, ha obtenido en España el DocsBarcelona 2019. Honeyland es una perla de rara belleza, una narración perfecta llena de imágenes poéticas, magistralmente iluminadas.
Hablamos con la directora Tamara Kotevska y el cámara Samir Ljuma para descubrir algo más sobre el proceso de creación de este proyecto.

Empezamos por el principio. ¿Cómo descubristeis la historia de Hatidze? 
Tamara. Al principio Stefanov, el otro director, nos propuso trabajar en un proyecto que tenía que ver con las actividades que se hacían en el río de esa región. Una de las actividades estaba asociada a los cuidadores de abejas. Mientras estábamos investigando el territorio nos encontramos con unos agujeros tapados con piedras llanas, en las paredes rocosas que suben al lado del río. Nos dimos cuenta de que estas piedras tenían unas palabras escritas encima. Estaba claro que alguien estaba escondiendo algo allí detrás. Eran abejas y los hermanos de Hatidze estaban cuidando de ellas. 

Aunque ellos recojan la miel en sitios mucho más extremos y peligrosos –y quizás más interesantes a nivel estético para un documental como este– nos  dimos cuenta que llevaban una vida bastante parecida a la nuestra: tenían casa con luz y agua, tenían hijos, estaban casados. La historia de Hatidze era totalmente diferente. 

Samir. La conexión fue inmediata. Nos dijo que estaba esperando que alguien, algún día, le siguiera por las montañas para ver cómo hacía su trabajo con las abejas. Era su único sueño. 

¿Seguís estando en contacto con ella? 
Tamara (sonríe). Tenemos una relación muy estrecha con ella. Podríamos decir que somos familia. Con el dinero ganado en el Festival de Sarajevo hemos podido comprarle una casa en un pueblo, cerca de sus hermanos. Es una casa que necesita arreglos así que seguimos recogiendo dinero en nuestra página web para ella y para la familia de Hussein. Como sabes su madre murió durante el rodaje y ella se quedó sola. En este momento se está mudando en la nueva casa y vuelve a menudo a visitar sus abejas. Estamos en contacto con ella constantemente.

¿Seguirá produciendo miel a su manera? 
Tamara. Dice que sí, que seguirá, aunque ahora tiene que andar cuatro horas para encontrar las abejas.
Samir. Nos ha dicho que andar es bueno para su salud, así que ha conseguido dar vuelta también a este “obstáculo” sin ningún problema. De todas maneras tiene un plan B, por si las cosas no funcionaran: quiere convertirse en cantante y hay que decir que tiene una voz maravillosa. 

Imagen del documental Honeyland (2019).
 Las relaciones que habéis ido tejiendo durante estos años son muy estrechas. ¿Dónde se acaba vuestro trabajo de documentalistas y empieza la relación humana y cómo se manejan estas distancias emotivas? 
Tamara. Es una pregunta interesante. Creo que la respuesta sea muy personal. Las cosas pueden cambiar de director a director. En este trabajo tenía la protagonista a mi lado y era una protagonista que quería “ayudarme” a contar su historia porque quería que su historia fuera contada, así que no teníamos una línea de separación entre nosotras porque ella fue la primera en apoyarnos durante todos estos años de grabación. En general puedo decir que cuando enciendo la cámara para trabajar, no veo la realidad veo la película y trabajo para la película. Si algún personaje de un documental hiciera algo a propósito y solo para el beneficio de la película que estoy grabando, entonces sería cuando apagaría la cámara. Esta sería mi línea roja. 

En el documental Hatidze vive sola en un pueblo sin agua corriente y sin electricidad. Tiene una madre enferma y ciega que ama y respeta con locura. Cuando llega la familia de Hussein, la protagonista hace la única cosa que es capaz de hacer: conectar, comunicar, incluir, dialogar, cantar, reír, ofrecer su sabiduría, abrir la puerta de su casa a los niños. Consigue transformar los rumores en canciones, los llantos en juegos y se convierte en un ser mítico, en una diosa poderosa, sonriente y resiliente. Me pregunto si sabéis cuál es el secreto de Hatidze que delante de los retos de la vida mantiene inalterada su sonrisa.
 Tamara. Personalmente pienso que esa sonrisa y esa actitud hacía la vida le venga del haber aceptado muy pronto, cuando quizás era muy pequeña, su destino. Hatidze pertenece a una comunidad de proveniencia turca –los Qizilbash– en la que la ultima mujer de la familia tiene que quedarse con los padres para cuidarles. Se trata de una ley dura, no escrita pero presente en estas comunidades. 
Hatidze sabe que no podrá tener una familia propia, no podrá casarse, no podrá tener hijos y aprende rápidamente a encontrar la felicidad en otros momentos que la vida le ofrece, sin pedir más, sin juzgarse ni juzgar. La relación que tiene con las abejas es quizás la más profunda de todas y la que le proporciona serenidad y felicidad. Realmente es como si fueran sus hijas. Vive al lado de su madre y canta canciones a sus abejas. No pide nada más de lo que tiene, ni lo busca.

La familia de Hussein llegó por casualidad al pueblo de Hatidze, mientras estabais  garbando. De esta manera habéis podido dar al documental una estructura que normalmente se utiliza en las historias de ficción en las que hay un protagonista que vive tranquilamente hasta la llegada de un antagonista. La vida equilibrada del protagonista se rompe y, después de haber superado diferentes momentos de tensión con el antagonista, el protagonista consigue reconstruir un nuevo equilibrio. Es raro ver un documental con esta estructura. ¿Cuándo empezasteis a entender que la llegada de Hussein podía ser un ingrediente muy potente para vuestro documental?
Samir. Fue una suerte asistir a ese momento y grabarlo pero no veíamos tan claro al principio cómo utilizar ese evento. Lo único que pienso ahora es que si hubiésemos dejado de grabar antes de la llegada de Hussein, hubiéramos construido un documental totalmente diferente. 

Tamara. Cuando llegó Hussein grabamos su llegada y luego empezamos a pensar en una estructura diferente. Buscábamos en el día a día situaciones que necesitábamos para llenar esa nueva estructura narrativa. Teníamos limitaciones porque está claro que en un documental no puedes forzar la realidad. Lo que puedes hacer es sugerir sutilmente alguna cosa para ver lo que pasa. Por ejemplo: podíamos sugerir a Hatidze de tener un dialogo con su madre. Cuando digo “sugerir sutilmente” lo digo en un sentido literal ya que Hatidze habla un idioma –el turco– que nosotros ni siquiera entendemos así que la comunicación estaba realmente reducida al mínimo entre nosotras. A menudo descubríamos el contenido de los diálogos en fase de montaje y nos sorprendimos que todo pudiera encajar tan bien en la estructura narrativa que teníamos pensada. 

Aparentemente la familia de Hussein representa los “malos” aunque en realidad son víctimas de un sistema de explotación del entorno natural del que todos somos cómplices. 
Samir. Hussein hace lo que le han enseñado a hacer para ganar dinero y comprar comida para sus 7 hijos y hijas. Hatidze también hace lo mismo pero la diferencia entre una forma de vida aprendida y la otra resulta clarísima. La familia de Hussein –y en general el ser humano– si quisiera podría aprender otras maneras más respetuosas de trabajar en un territorio. Es necesario educar a los más jóvenes para que esto se convierta en realidad. 

Corristeis muchos riesgos. El primero es el más evidente: trabajar con abejas. El segundo es trabajar durante tres años sin saber exactamente si teníais una historia o no para –finalmente– encontrarla casualmente. Me pregunto si por lo menos a nivel económico teníais el apoyo de alguien antes de empezar o no.
Tamara. No teníamos dinero para un documental tan largo así que nos arriesgamos. Los productores entraron poco a poco. Fue duro pero también fue lleno de belleza porque nadie podía ni siquiera imaginarse las cosas que iban a pasar: nadie esperaba encontrar una historia como la de Hatidze, nadie esperaba que iban a llegar Hussein y su familia y nadie, a nivel productivo, esperaba el dinero para seguir rodando tanto tiempo. Empezamos de manera muy modesta y acabamos ganando tres premios al Sundance Festival. Todas las personas que ven el documental nos comentan la misma cosa: “Esta historia se quedará conmigo durante mucho tiempo”. Es el mejor premio que puedes recibir siendo documentalista. No podemos pedir más.

sábado, 9 de febrero de 2019

Mary Poppins y el viento del Este

Por qué el clásico de Disney es, seguramente, la película política más importante de todos los tiempos. 

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Podríamos dividir el mundo en dos grandes categorías: en una, la de los que consideran un gasto superfluo y una prueba de imbecilidad suprema comprar comida para las palomas a una anciana indigente; en la otra, el resto de la humanidad. La primera controla nuestra vida desde el nacimiento, aleccionándonos sobre la utilidad de las cosas, moldeando nuestros deseos, encauzando nuestra vocación hasta ponerla finalmente a su servicio. Un ejemplo: puede que te guste escribir, puede que tengas madera de periodista, pero es muy difícil que llegues a ganarte la vida con eso. En cambio, si escribes lo que hoy se llama branded content, si escribes (bien, obviamente) para las marcas, es bastante probable que puedas llenar la nevera. Y hay que comer, así que no tienes muchas más alternativas. Dicho de otra forma: hay que hacer rentable tu habilidad. Hay que hacerte rentable a ti. Rentable para otras personas que no escriben ni crean ni fabrican nada. Personas que no hacen otra cosa que acumular capital, propiedades, poder. ¿Cómo encaja el arte en un mundo así? Pues igual. Haciéndolo rentable. Piensen en Jeff Koons, por ejemplo. No en el valor artístico de su obra, que es muy cuestionable, sino en el dinero que genera.

Desde esta perspectiva, pintar escenas campestres en una acera con unas tizas de colores puede considerarse el summum del arte inútil. Eso no puede comprarse, no puede subastarse en Christie’s. ¿Qué rentabilidad podría sacarse a un dibujo efímero que queda a merced de la lluvia y los viandantes? Para el capital, ninguno. Para el autor, con suerte, unas cuantas monedillas surgidas de la empatía de sus semejantes y conseguidas gracias a su talento y su esfuerzo. Retirar a ese hombre la circulación y ponerlo a producir para el sistema es un imperativo del capitalismo. Por eso Bert, el artista callejero/músico ambulante/deshollinador de Mary Poppins, es un anarquista. Un héroe que desafía el poder establecido. Y un quintacolumnista luminoso, porque dinamita la moral económica neoliberal desde su mismo corazón ideológico: el cine de Disney.

Tras el estreno de la segunda parte, El regreso de Mary Poppins (2018), es bueno recordar que la película original de 1964, además de ser una de las más grandes obras maestras de la historia del cine, es un hito del arte revolucionario a la altura de El acorazado Potemkin. Y si Bert es un anarquista, la niñera mágica que se presenta en el domicilio de la familia Banks es una jacobina (poder centralizado y dirigido de arriba abajo) con un enorme poder de movilización (pone a marcar el paso a cualquiera que se cruce en su camino) y que actúa siempre bajo la ética de la responsabilidad. ¿Y de dónde viene esta mujer “prácticamente perfecta en todo”? El sitio exacto no lo sabemos a ciencia cierta, aunque podemos hacernos una idea: viene con el viento del Este. ¡Del Este! La cosa está clara como el agua. Pero sigamos analizando alguna de las características más sobresalientes de ese soberbio manifiesto político que es Mary Poppins.

Alegría
El director francés Robert Guédiguian hablaba en estas mismas páginas de la mala imagen que tiene la izquierda: “La izquierda está del lado de la tristeza, del castigo, del trabajo duro, de la culpa, del sacrificio. Mientras que la derecha es la euforia, la fiesta, la movida, la ficción de que todos vamos a triunfar. Hay que acabar con eso. Yo llevo muchos años diciéndolo: la revolución es festiva, es un carnaval, es divertida”. La de Mary Poppins también lo es.

La película no es solo un hermoso canto revolucionario, también es uno de los mejores musicales jamás rodados. Todas las canciones, compuestas en el mejor estilo del music hall victoriano, son extraordinarias. Tan inspirados estaban los hermanos Sherman, autores de la banda sonora, que hasta les sobró material. Cuando Mary Poppins, Bert y los niños entraban en el cuadro campestre (una escena que mezclaba acción real y dibujos animados), se descartó una secuencia subacuática en la que sonaba The Beautiful Briny, temazo alrededor del cual se construiría toda una nueva película: La bruja novata (1971). Parece un descarte inevitable si tenemos en cuenta que la cinta, sin ese número musical, sobrepasa ya con creces las dos horas de duración. Y a pesar de todo, esas dos horas y pico se pasan volando, son pura diversión. Como canta Bert en la citada escena: “¡Qué alegre ilusión es ir con Mary! ¡Qué bueno es ir con Mary a pasear!”. Porque todo el mundo tiene derecho al ocio y el recreo, claro. Y más aún: en la fantasía socialista florecida alrededor de Mary Poppins, el intercambio de bienes y servicios por dinero ha sido abolido. En el merendero, los camareros pingüinos lo proclaman con absoluta claridad: “Lo que quieras tú, podrás tomaaaar… ¡y todo sin pagaaaar!”.

A la izquierda, una imagen de ‘Los alegres muchachos’ (1934), de Aleksandrov. A la derecha, ‘Mary Poppins’ (1964)
 La escena tiene incluso un guiño ecologista: los caballos de tiovivo en los que montan los protagonistas se inmiscuyen en el deporte aristocrático por excelencia en el Reino Unido: la caza del zorro. Y, como no podía ser de otra manera, toman partido por el más débil y salvan al animal. Estamos ante una intervención de Greenpeace avant la lettre.

En el plano puramente estético también se pueden encontrar similitudes (seguramente casuales, pero ahí están) entre algunas escenas de Mary Poppins y los musicales soviéticos de Grigoriy Aleksandrov (colaborador habitual de Eisenstein), musicales a los que Stalin, por cierto, era muy aficionado. Pero esta última información, ejem, podemos obviarla…

Fotograma de ‘Volga-Volga’ (1938), de Aleksandrov, a la izquierda. Y ‘Mary Poppins’ (1964).
 Para terminar, destaquemos la coreografía (soviética a tope: los paralelismos con la escena de los marineros del ballet La amapola roja, de 1927, son más que evidentes) de los deshollinadores por los tejados de Londres. La clase obrera se monta allí una juerga frenética que provocaría un mohín de asco entre la clase distinguida, sino el más tembloroso de los espantos, si llegara a verla. Contemplar al proletariado disfrutando en libertad es un espectáculo difícilmente aceptable para la burguesía. Ese placer está reservado a los ricos. El sacrificio y el trabajo duro, como se quejaba Guédiguian, es lo que les toca a los pobres. Y ya que hay que hacerlo, mejor ejecutar el trámite con buen humor o, como indica certeramente Mary Poppins, “con un poco de azúcar”. 

Desde tiempo inmemorial, los predicadores y las damas de la alta sociedad han dedicado grandes esfuerzos a reventar verbenas, aguarle la fiesta al personal y a reconducirlo por el camino de la moralidad. Pues bien, la rebelión contra el orden establecido propugnada en el filme llega hasta ahí: “Aunque viva ahumado el deshollinador, no hay tipo en el mundo con tan buen humor”, proclama Bert. O sea, que me quieres triste, sumiso, recatado, agradecido, y yo me niego. Y no sólo voy a reír sino que voy a celebrar la vida bailando. Y el mensaje va dirigido a todo el mundo, también a los mustios y melancólicos jerarcas de la izquierda: como decía la pionera del feminismo Emma Goldman, “si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”.

Feminismo
La señora Banks (interpretada por Glynis Johns, para la que todos los elogios son pocos) coloca unas rosas en un jarrón mientras se dirige al servicio.
—Hermosa mañana, ¿verdad, Helen?
—Sí, señora, muy buena.
—¿Ha puesto los huevos podridos en mi bolso?
—Naturalmente —responde la criada.
—¡Cuando acabe el mitin iremos todas en manifestación a tirárselos al primer ministro!
Y las dos mujeres estallan en risas.

Ojo, esta aguerrida mujer sería considerada hoy en día una terrorista. Si tenemos en cuenta que la historia está ambientada en el Reino Unido en 1910, aún faltaban ocho años para que la señora Banks pudiera considerar cumplido su sueño de ver a las mujeres votar, aunque no lo harían en las mismas condiciones que los hombres. En 1918, tras la Primera Guerra Mundial, se aprobó que podrían participar en las elecciones las mayores de 30 años que contaran con un mínimo de propiedades (concluimos de este modo que el despectivo término “democracia burguesa” era bastante exacto por aquel entonces). Diez años más tarde, los derechos masculino y femenino al voto serían finalmente equiparados. Así pues, cuando Mary Poppins aparece por allí aún le quedaba un largo camino de movilizaciones a la señora Banks, que en la película enuncia de forma explícita su apuesta por la sororidad: “Y las hijas de nuestras hijas cantarán a coro: ¡Bien hecho, hermana sufragista!”, entona literalmente en la versión original en inglés.

Pero esta luchadora (privilegiada socialmente pero luchadora al fin y al cabo) que desfila enérgicamente por las calles de Londres (y por los pasillos de su casa) al grito de “¡hoy las cadenas hay que romper!” no es la única feminista de la historia. La propia Mary Poppins lo es. Es una mujer independiente que mantiene una relación de igualdad y de amistad con otros hombres, singularmente con Bert (sin sexo, que sepamos, aunque tal vez sí, y no tendría nada de sorprendente ni de reprobable), pero también con el tío Albert, el señor que no puede evitar salir volando cuando le da un ataque de risa y sobre el que volveremos más adelante.

Mary Poppins es una feminista de una pieza porque no se deja avasallar por nadie, y por un hombre mucho menos. Cuando el señor Banks le pide informes antes de contratarla, con toda la seguridad del mundo le dice que no acostumbra a darlos por considerarlo “anticuado”. Cuando nuevamente le pide explicaciones tras la invasión de su casa por los deshollinadores, Mary Poppins marca la línea roja (o morada, más bien) con contundencia: “En primer lugar, me interesa mucho aclarar una cosa… Nunca doy explicaciones”. La niñera recibe el mansplaining de su patrón como una estrella del tenis al resto: devuelve la pelota con habilidad maestra y será es el señor Banks el que acabe haciendo lo que ella diga, como llevar a los niños a conocer su lugar de trabajo. El banco. ¡Ah, el banco…! Eso merece un capítulo aparte.

Redistribución de la riqueza
Quizás la lección más valiosa que Mary Poppins da a los niños sea la de la piedad. La canción Feed the birds (Compre migas de pan, en la versión española) ejemplifica la importancia de compartir la riqueza con las clases más desfavorecidas. Esta educación en valores contrasta con la moderna invasión que los bancos han ejercido sobre las aulas, donde se quiere inculcar a los niños el valor del dinero y la importancia del ahorro. Como si de mayores no fueran capaces de hacerlo por sí mismos y a la fuerza. Lo de la solidaridad, la generosidad, el feminismo, la igualdad de oportunidades o el ecologismo que lo aprendan en alguna extraescolar ya si eso. 

Lo que el pequeño Michael Banks tiene previsto hacer con su capital líquido disponible es un acto de justicia redistributiva. Los dos peniques que ha ahorrado, y que podrá sustituir fácilmente porque su padre no anda escaso de dinero, son una ayuda para una víctima de la exclusión social: la anciana vendedora de comida para las palomas. El propio Walt Disney lo entendió rápidamente. “Eso es, ¿no? De eso va todo. Es la metáfora que resume toda la película”, les dijo a los hermanos Sherman cuando estos interpretaron la canción por primera vez en su despacho. Aunque dirigida por el artesano Robert Stevenson, Disney supervisó personalmente cada detalle de la película, y en especial la parte musical. Por supuesto, no era consciente de la rojada que le iba a salir, pero es normal, esas cosas pasan cuando uno da rienda suelta a los buenos sentimientos. Sobre la difícil génesis de esta cumbre cinematográfica conviene ver la magnífica Al encuentro de Mr. Banks (2013), en la que Tom Hanks interpreta al famoso productor y Emma Thompson a P. L. Travers, madre literaria de Mary Poppins y detractora número 1 de la película, pues siempre la consideró una chorrada. A los protagonistas, Julie Andrews y Dick Van Dyke, no los podía ni ver, y estimó el resultado final como una traición a su personaje. Disney y sus píldoras de azúcar habían transformado la personalidad de su heroína, que ella concibió como una niñera severa, casi gótica, a menudo aterradora. Por suerte para la humanidad, en Hollywood soportaron a la escritora cascarrabias mientras fue necesario y luego pasaron olímpicamente de sus opiniones.

Pero volvamos a la vendedora de migas de pan. Es sólo un cameo con apenas una frase pero, ¿quién interpreta este papel? Jane Darwell, rotunda actriz que ganó el Oscar en 1941 por su papel de madre de Henry Fonda en Las uvas de la ira, la adaptación de la novela de John Steinbeck. El autor tenía un objetivo claro al escribir aquella conmovedora radiografía de la pobreza en Estados Unidos y así lo dejó escrito en sus notas: “Quiero ponerles la etiqueta de la vergüenza a los bastardos codiciosos que son responsables de esto”. Con “esto” se refería a la Gran Depresión. En el cine, el rostro de aquellos migrantes pobres era el de Darwell. El de la menesterosa que vende migas de pan en la escalinata de la catedral, frente al banco Dawes en el que trabaja el señor Banks, también es el de Darwell. Veintitantos años después y colocada nuevamente al pie de los “bastardos codiciosos”.

Antisistema
Toda la película es una burla al orden burgués y al poder del capital que llega a su punto culminante en la escena del banco, cuando el viejo señor Dawes intenta arrebatarle sus dos peniques a Michael. Los cantos de sirena de este “gigante de la finanzas” no se diferencian en nada de la actual publicidad de los bancos: danos tu pasta y así asegurarás tu futuro y serás parte de nuestra gran familia de inversionistas. A cambio de esos dos peniques, prometen a Michael que será propietario de saltos de agua en Brasil, ferrocarriles en África, transatlánticos, plantaciones de té… En resumen, el global y eterno timo de la estampita capitalista, pero al niño no se la dan con queso (Mary Poppins lo ha aleccionado bien) y se niega en rotundo a dar sus dos peniques. Son para la comida de las palomas y punto. Un acto verdaderamente revolucionario a juicio de quienes acostumbran a “poner el dinero a trabajar” (porque trabajar, lo que se dice trabajar, nunca lo hacen ellos mismos; y el dinero, por añadidura, tampoco es suyo, aunque los beneficios sí). No lo pueden consentir y forcejean con el pequeño para quitarle los dos peniques. El poder simbólico de la escena es grandioso. Es puro Bertolt Brecht. ¿Un banquero multimillonario se tomaría tantas molestias por una cantidad tan insignificante? ¿De verdad lo haría? Todos sabemos que SÍ. 

En cuanto a caricaturizar a la clase dirigente, el que se lleva la peor parte es el señor Banks (el señor ‘Bancos’, por si no se habían dado cuenta, interpretado de forma admirable por David Tomlinson). El padre de Jane y Michael es representado como un obseso del orden, la puntualidad, la pulcritud y los valores tradicionales. Fuma en pipa y bebe jerez frente a la chimenea. Es un tory de los pies a la cabeza, vaya. Pero el huracán Poppins pone patas arriba su casa. En realidad, no es el malo de la historia y no se ensañan con él. Inspira más pena y simpatía que otra cosa. Y la niñera, además, también ha acudido en su rescate. Su aparición provocará una cadena de acontecimientos que le servirá para aclarar su escala de prioridades: pasar la tarde con los niños volando una cometa no es perder el tiempo ni el dinero. En realidad, jugar es una de las pocas cosas importantes que venimos a hacer a este mundo. En la secuela, El regreso de Mary Poppins, se hará hincapié asimismo en este hecho capital: el drama del adulto (un Michael Banks ya crecido y padre) que pierde su capacidad para jugar. En plano social, el filme tampoco se olvida de la perfidia de los bancos ya que la familia Banks deberá enfrentarse a un desahucio.

'El regreso de Mary Poppins'.
El regreso de Mary Poppins’.
 Empatía
Se dirá que la empatía no es una característica exclusiva de la izquierda, pero lo cierto es que no puede entenderse la izquierda sin ella. Llorar con los que lloran y (esto es importantísimo y atañe directamente al disfrute del arte y las fiestas populares) reír con los que ríen es fundamental en el aprendizaje del buen socialista.

Eso es precisamente lo que Jane y Michael practican cuando visitan al tío Albert. Contagiados por la comicidad del venerable enfermo, acaban flotando en el aire junto a él y merendando en el techo. El divertido y paranormal suceso es una hermosa declaración de empatía y, por eso mismo, una impugnación del individualismo neoliberal, que vendría a decir exactamente lo contrario: tus problemas (de salud, vivienda o formación) no sólo no me importan sino que son mi beneficio. Es el mercado, amigo.


 Pero no es este el único episodio destacable de empatía que encontramos en la película. Hay otro, que es prodigioso en sus diálogos, en el que Bert intenta explicarle a los niños que su padre los quiere aunque a veces los riña y que hay que comprender que su vida no es fácil: “Todo el día encerrado en ese banco frío y triste con montones de dinero tan fríos y tan tristes como el banco. Siempre me ha dado pena ver a un hombre enjaulado. Hay jaulas de todas clases, algunas en forma de banco con alfombras y todo”.

La grandeza de Mary Poppins, como la de todas las obras inmortales de la historia de la narrativa, estriba en sus diferentes niveles de lectura. El Quijote, por ejemplo, es una comedia descacharrante, el drama de un hombre enfermo y un precioso tratado de humanismo, todo a la vez. De la misma forma, Mary Poppins es un torbellino de diversión y fantasía para los niños, un musical que podrían haber firmado los mismísimos Gilbert y Sullivan, y seguramente la película política más importante de todos los tiempos.

Fuente: https://www.lamarea.com/2019/02/08/mary-poppins-y-el-viento-del-este/

lunes, 26 de noviembre de 2018

Matanza y melancolía

¿Qué es un fascista y qué es lo que cree ser el que se declara fascista? Una revisión de ‘Il conformista’ de Bertolucci sirve para tratar de responder

<p>Jean-Louise Trintignant, protagonista e <em>El conformista</em>, de Bernardo Bertolucci.</p>
Jean-Louise Trintignant, protagonista e El conformista, de Bernardo Bertolucci.
 “No se combate el fascismo porque se vaya a ganar. Se combate el fascismo porque es fascista”, dice un personaje de Sartre. Se da, efectivamente, esa urgencia dogmática en extirpar lo que parece constituir la mayor excrecencia política de los últimos cien años. El consenso es tal que a nadie le sorprende la unanimidad de los analistas a propósito de la irracionalidad del fascismo: al fascista no se lo toma uno en serio, no se exploran sus razones, puesto que está más allá (o más acá) de cualquier forma de racionalidad.

Esta displicencia en el análisis y esa unanimidad en el diagnóstico no han evitado que siga habiendo fascistas: con expulsar al fascismo del mundo de las ideas no hemos logrado eliminarlo también de nuestras sociedades. Parece que nuestros estudios no nos hayan alertado lo suficiente sobre una de las peculiaridades del fascismo, a saber, su enorme grado de dependencia respecto de la masa humana, el modo en que se fortalece exponencialmente a medida que crece el número de sus adeptos. Evitar que haya fascistas parece, pues, más urgente que prohibir la exhibición de sus símbolos o la difusión de sus ideas.

Pier Paolo Pasolini exponía la raíz del problema en 1974, a propósito de los atentados fascistas de Milán y Brescia: “En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidíavolverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido. 

Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación”. 

Cualquier educador consciente de los peligros del fascismo debería plantearse alguna vez esta cuestión: ¿qué hacer con ese alumno que es fascista? ¿Ignorarlo? ¿Ridiculizarlo ante sus compañeros? ¿Restarle importancia porque “no sabe lo que hace”? Tal vez lo más urgente sea preguntarse por qué es fascista y preguntarle a él qué es lo que cree ser al ser fascista.

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¿Se ha preguntado alguna vez por qué la gente quiere colaborar con nosotros? Unos lo hacen por miedo, la mayoría por dinero. Por fe fascista, muy pocos. Usted, no. Me parece que a usted no le mueve ninguna de esas razones.
Quien así habla es el Coronel, un innominado miembro del partido fascista en la Italia de Mussolini. Es un personaje de ficción, extraído del filme Il conformista(1970), de Bernardo Bertolucci. Su interlocutor, también ficticio (tan ficticio como pueda serlo un personaje interpretado por Jean-Louis Trintignant), es Marcello Clerici, aspirante a ingresar en el aparato represor del Estado. Están sentados, uno junto al otro, en un cubículo oscuro, frente a la pecera insonorizada de una emisora de radio; al otro lado de la pared de cristal, Italo, el amigo fascista de Marcello, lee ante el micrófono un encendido discurso sobre los destinos paralelos de Alemania e Italia; lee en Braille: Italo es ciego.

Marcello no le revela al Coronel los motivos de su decisión, pero a lo largo del filme va exponiendo, frente a otros interlocutores, su mayor ambición: la normalidad. Quiere convertirse en un individuo normal, casarse con una mujer mediocre, emparentar con una familia vulgar. Parece haberse cansado de lo extraordinario: su padre es huésped de un hospital psiquiátrico (por voluntad propia, según parece), mientras que su madre, adicta a la morfina, vive rodeada de perros en una mansión que se derrumba. El propio Marcello confiesa haber sido seducido por un hombre a la edad de trece años; el hombre le sedujo, le raptó y a continuación, por accidente, fue abatido de un disparo por Marcello.

Esa aspiración a la normalidad parece justificar el título del filme. El conformismo de Marcello, no obstante, parece más complejo (y menos conformista) de lo que tanto ese título como sus propias declaraciones sugieren. No se trata del conformismo típico de los que Gramsci llamara “los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad”: “Los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que se les hunde el terreno bajo los pies, se dan cuenta de que sus prédicas se han convertido precisamente en prédicas, es decir, en algo ajeno a la realidad, en pura forma sin contenido, en larva sin espíritu; de aquí su desesperación y sus tendencias reaccionarias y conservadoras: la forma particular de civilización, de cultura, de moralidad que ellos han representado se descompone y por esto proclaman la muerte de toda civilización, de toda cultura, de toda moralidad y piden al Estado que adopte medidas represivas, y se constituyen en un grupo de resistencia apartado del proceso histórico real, aumentando de este modo la duración de la crisis”. 

Tampoco se trata del conformismo utilitarista de las nuevas generaciones, mezclado a menudo con el afán aventurero y revolucionario: ese conformismo cuyo ideal es el héroe, el superhombre, a cuyos pies sacrifica uno su propia individualidad. (Este último tipo de conformismo es característico de los regímenes fascistas consolidados, núcleo primario de su retórica belicista, en la cual se funden el optimismo tecnológico, el irracionalismo metafísico, la ética del sacrificio y la mitología del caudillo. Es la exaltación de la guerra, el patriotismo ciego de los novios de la muerte, de los “bocazas fetichistas que a todo responden con regüeldos de mortero de 42 centímetros”, en palabras de Walter Benjamin.) El conformismo de Marcello no parece adecuarse a ninguno de estos dos tipos. La distinción de Norberto Bobbio entre “fascistas viejos” y “fascistas jóvenes”, correlativa a esas dos formas de conformismo, no nos sirve para clasificar al “camarada” Clerici.
3
Como parte de su iniciación en el partido, a Marcello se le encomienda colaborar con la policía secreta en la misión de localizar, vigilar y asesinar a Quadri, profesor de filosofía exiliado en París. Marcello fue alumno de Quadri, no le costará demasiado conseguir que el profesor le reciba, aprovechando que Marcello está de luna de miel en París. El primer encuentro entre Quadri y Marcello constituye la tesela central de esta película compleja, inagotable.

QUADRI: Es muy curioso, Clerici. ¿Usted ha hecho todo este viaje solamente para verme?
MARCELLO:Recuerde, profesor. Cuando entraba en clase, cerraba las ventanas. No soportaba toda aquella luz ni todo aquel ruido. Más tarde comprendí por qué tenía la costumbre de hacerlo. Todos estos años, ¿sabe qué es lo que ha quedado más firmemente grabado en mi memoria? Su voz: “Imaginen un gran calabozo en forma de cueva. En su interior, unos hombres, que han vivido allí desde niños, encadenados y forzados a mirar la parte del fondo de la cueva. A su espalda, lejos, centellea una luz de fuego. Entre el fuego y los prisioneros imaginen un muro bajo como el pequeño escenario por encima del cual los titiriteros muestran sus títeres”. Esto fue el veintiocho de noviembre.

QUADRI: Sí, lo recuerdo.
MARCELLO: “Traten de imaginar a otros hombres pasando por detrás de este muro trasladando estatuas de madera y piedra. Las estatuas son más altas que el muro”.

QUADRI: No podía haberme traído de Roma un regalo mejor que estos recuerdos, Clerici: los prisioneros encadenados de Platón. 
MARCELLO: ¿Y cómo se parecen a nosotros? 

QUADRI: ¿Y qué ven?
MARCELLO: ¿Qué ven?

QUADRI: Usted, que viene de Italia, debería saberlo por experiencia.
MARCELLO: Solo ven las sombras que el fuego proyecta sobre el fondo de la cueva que tienen enfrente.

QUADRI: Sombras. Reflejos de las cosas, como les pasa a ustedes en Italia.
MARCELLO: “Y si fueran libres y pudieran hablar, ¿podrían decir que las sombras son la realidad y no una visión?”.

QUADRI:Sí, sí, correcto. Confundirían con la realidad las sombras de la realidad. ¡Ah! El mito de la caverna. Esta fue la tesis de licenciatura que usted me propuso. ¿La terminó después?
MARCELLO: Usted se marchó. Abordé otro tema.

QUADRI: Lo lamento mucho, Clerici. Tenía tanta fe en usted, en todos ustedes.
MARCELLO: No, no lo creo. Si fuera cierto, no se habría marchado de Roma.

Tan importante como el diálogo es la escenografía. Cuando Marcello recuerda que el profesor cerraba las ventanas, él mismo cierra una de las ventanas del estudio, dejándolo en penumbra, solo iluminado por la luz natural que entra por la ventana del fondo. A medida que va explicando la posición de los prisioneros y del muro, Marcello se desplaza hasta situarse en primer plano, dejando que la luz proyecte su sombra sobre una pared blanca. Hay un breve instante en que levanta el brazo en una fugaz alusión al saludo romano. Entre tanto, el profesor se mueve en un segundo plano, entrando y saliendo de la oscuridad.

El diálogo no finaliza aquí. La segunda parte tiene lugar en estos términos:
QUADRI: En el punto al que habíamos llegado, no había otra opción. Lo único que podíamos hacer era emigrar. Queríamos que todos fueran capaces de sentir nuestro rechazo, nuestra rebelión de exiliados, el significado de nuestra lucha, su significado histórico.
MARCELLO: Bellas palabras, pero usted se fue y yo me hice fascista.
QUADRI:Perdóneme, Clerici. Pero un fascista convencido no habla así.
En ese preciso instante, el profesor vuelve a abrir la ventana que Marcello había cerrado y la sombra de este último, en la pared, se esfuma. La única lectura posible es tan evidente que desarma: el fascismo de Marcello es pura sombra, una copia defectuosa del Marcello real. Pero el propio Marcello ha tenido que viajar a París para comprenderlo.

El mito de la caverna es el eje de la película, más incluso que la novela de Alberto Moravia en que se inspira, en la cual ese diálogo entre Quadri y Marcello no existe (como tampoco Italo, el amigo ciego). No es solo el diálogo, sino que a lo largo de todo el filme se van mostrando guiños manifiestos al relato platónico que dibujan, más o menos, un trayecto paralelo al del prisionero de la caverna. Más o menos paralelo, pues su desenlace plantea una paradoja que en el texto de Platón ni siquiera se sugiere.

Dejando a un lado la evidente relación entre la caverna y la Italia fascista (“como les pasa a ustedes en Italia”), los interiores reproducen con frecuencia el diseño platónico original. Así, cuando Marcello visita al ministro, en las entrañas de un edificio oficial que constituye un epítome de la arquitectura fascista, vemos pasar a dos individuos portando sendas esculturas, una cabeza y un águila concretamente. La secuencia tiene su reflejo al final del filme, después de la caída del fascismo, cuando vemos pasar una moto arrastrando una cabeza esculpida de Mussolini. Hay otro momento crucial en tanto que recreación de la caverna platónica: la fiesta de ciegos a la que Marcello asiste con su amigo Italo. Se trata de una celebración modesta, que transcurre en un sótano; mientras Italo y Marcello conversan, se ven, a través de un ventanal sobre sus cabezas, las piernas y los pies de los transeúntes en el nivel superior de la calle. Tiene lugar entonces un elocuente discurso de Italo sobre la normalidad a la que Clerici aspira:

ITALO: Para mí, un hombre normal es aquel que se da la vuelta para mirar el trasero de una mujer que pasa. El caso es que no es él el único que se vuelve, lo hacen al menos otros cinco o seis. Y él se siente feliz de estar con gente como él, con sus iguales. Por eso le gustan las playas llenas de gente, los partidos de fútbol, los bares del centro. […] Le gusta la gente que es igual que él y no confía en quienes son diferentes. Por eso un hombre normal es un verdadero hermano, un verdadero ciudadano, un verdadero patriota.
MARCELLO: Un verdadero fascista.
Hay aún un par de comentarios de Italo sobre la amistad de ambos, durante los cuales Marcello se sienta, despistando a su amigo, le ayuda después a sentarse y, finalmente, se queda mirando los zapatos del ciego, que son de diferente color.

Todo en esa escena es grotesco (en sentido literal): la pianista de gafas oscuras, la bandera de Italia sobre el piano, los dos ciegos que se lían a puñetazos sin motivo aparente, los zapatos desparejados de Italo. De nuevo es evidente que Marcello se sitúa, como observador, en un plano superior al de esos ciegos, y también por encima de esa normalidad que tanto ansía, el calor de la tribu, la masa uniforme. Seguimos sin saber por qué Marcello desea con tanto fervor ser un “uomo normale”.

La secuencia final también remite a la arquitectura de la caverna platónica. La noche de la caída de Mussolini, después de acusar a Italo de fascista, y tras observar cómo este desaparece entre una multitud, Marcello se sienta en el escalón de entrada de un habitáculo improvisado en el cual un joven desnudo hace sonar un gramófono. Marcello da la espalda al habitáculo y al joven (que acaba de desnudarse, pues lo hemos visto hace unos minutos completamente vestido), pero también a una pequeña fogata. Mientras suena la música, el espectador contempla el resplandor del fuego en la nuca de Marcello mientras este, poco a poco, gira el rostro y se queda mirando fijamente al espectador pero también, suponemos, al joven del gramófono.

Importa fijarse en la ubicación de Marcello en todos esos escenarios. En la conversación con el profesor, Marcello ocupa un lugar intermedio entre la luz de la ventana y su propia sombra en la pared. También durante la conversación con el Coronel, mientras Italo lee su discurso al otro lado del cristal, es Marcello quien aparece reflejado, quien contempla su propia imagen reflejada. Ahora bien, tanto en su visita al ministerio como en la fiesta de los ciegos, no es su sombra lo que contempla: en el primer caso, ve pasar a esos hombres que “llevan objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales”, y en el segundo, él es el único presente que puede reparar en esos viandantes “que aparecen por encima del muro”. Su posición, en todo caso, no deja de ser central, intermedia entre la luz y las sombras, bien sea como objeto que produce sombra, bien como prisionero liberado que contempla esos objetos y a los individuos que los transportan. En todo momento Marcello es consciente de vivir en un plano diferente, superior, al de esos “hombres normales” que militan en el fascismo. Aun aspirando a ser uno de ellos, su posición le permite observarlos con desdén, y también contemplarse a sí mismo, a menudo con sorna, en ocasiones con desprecio. Suponemos que es durante su viaje a París cuando Marcello contempla lo que hay fuera de la caverna, y también es en París donde Quadri le propone quedarse y no regresar a Italia, pero Marcello rehúsa. Al igual que el prisionero del relato platónico, vuelve a la caverna. 

4
No sabemos gran cosa de lo que le ocurre a Marcello en el tiempo transcurrido entre el asesinato de los Quadri y la caída de Mussolini, pero no parece que haya contribuido en absoluto a cambiar el punto de vista de los italianos acerca del fascismo. Suponemos que ha llevado una vida “normal”: ha tenido una hija, ha tomado inquilinos, no se ha pasado a la resistencia. Solo cuando cae Mussolini se vuelve Marcello contra Italo y lo acusa públicamente de ser un fascista. Se diría que lo único que pretende es salvar el pellejo.

La última secuencia de la película dialoga con la primera. En esta, Marcello aparece sentado en la cama, vestido. La luz intermitente de un anuncio luminoso le da en el rostro. Cuando sale de la habitación, observa a su mujer, desnuda, boca abajo, en la cama. La cubre con la sábana antes de salir. El joven desnudo de la última secuencia también está tumbado boca abajo, pero aquí Marcello está de espaldas a la luz y se vuelve poco a poco hacia esta y hacia el joven.

Podría resumirse todo el trayecto de Marcello en la película mediante la yuxtaposición de esas dos secuencias: Marcello sustituye a una mujer desnuda por un hombre desnudo, y la luz eléctrica de la normalidad burguesa por la luz de una fogata en compañía de mendigos y prostitutas. Algo ha cambiado, después de todo, en Marcello. Cabría insistir un poco más en la temática de la homosexualidad reprimida del personaje, así como apuntar otras dos líneas interpretativas, a saber:

1.Todas las mujeres que Marcello desea realmente tienen el mismo rostro y la misma apariencia, que resultan ser el rostro y la apariencia de Anna Quadri, la esposa del profesor. Es solo la atracción que experimenta hacia Anna lo que hace que Marcello ponga en cuestión su propio papel en la operación de vigilancia y asesinato de Quadri. Anna se ofrece a ser su guía en París, y en cierto modo hace de guía en un sentido mucho más platónico (recuérdese la función de Eros en el Banquete como guía o intermediario del alma que busca la belleza).

2. Al Marcello adolescente lo seduce un chófer (Lino); después es, en Francia, el agente Manganiello (un fascista primario y entregado a la causa) quien hace las veces de chófer; entre medias, Marcello ha convencido a Manganiello para que haga desaparecer al chófer-amante de su madre. De nuevo se trata de una cuestión de guías, de intermediarios o conductores: la (aparente) muerte de Lino constituye el momento de la caída de Marcello, privado súbitamente de un guía; Manganiello, por su parte, es quien le conduce a ver cómo matan a los Quadri y también quien le obliga a enfrentarse una y otra vez consigo mismo.

Sin abandonar el mito de la caverna, no obstante, es pertinente señalar que el platonismo latente en la película de Bertolucci da lugar a una paradoja irresoluble desde coordenadas platónicas. Comparando su evolución con la del prisionero liberado y regresado al cautiverio, en seguida nos percatamos de que en Marcello la contemplación del sol y la observación del mundo exterior no producen sino nostalgia de la normalidad abandonada. A decir verdad, se trata de la idea de normalidad, no de una vivencia que propiamente Marcello solo experimenta después de morir los Quadri. Lo que ha visto fuera de Italia no le convierte en ningún sabio que pueda iluminar a la sociedad de la que proviene, sino que le transforma en alguien que asume su propia trayectoria como una equivocación: Marcello no es capaz de matar a los Quadri, pero tampoco es capaz de salvarlos, ni siquiera a Anna; su conversión al fascismo se resuelve en comprensión del fascismo como matanza; a su regreso a Italia, Marcello tenderá a asumir su verdadero carácter (el que se le ha revelado durante el viaje) con un gesto melancólico: ya no puede ignorarse a sí mismo, pues ha visto demasiado sobre sí mismo. “Matanza y melancolía”, las palabras que repite el padre de Marcello a modo de epitafio de su propia cordura, podrían ser también las que mejor resumen lo que Marcello ha aprendido.

La sociedad en la que Marcello reingresa tras su viaje a París es una sociedad en transformación. He ahí la nota diferencial que Platón no prevé, pues el suyo es un universo sin sobresaltos, sin cambio social: a Marcello, Italia lo ha pasado por la izquierda, la sociedad italiana ha visto y comprendido la verdadera cara del fascismo mucho antes que Marcello o, en todo caso, al mismo tiempo que Marcello, de modo que el saber que este ha adquirido es un saber inútil, desfasado. Se diría que el prisionero que abandona la caverna adquiere un saber verdadero, pero ese saber no le sirve de nada al volver a la caverna, pues ha olvidado el lenguaje de los prisioneros.

De hecho, tal parece ser la explicación más plausible de por qué Marcello accede a implicarse en la conjura contra Quadri: Marcello considera que Quadri ha traicionado sus propios ideales al exiliarse en París, se considera abandonado por Quadri (“usted se fue y yo me hice fascista”). Se da así la paradoja de que Quadri cree haber hecho lo correcto para combatir al fascismo y consigue que Marcello se vuelva fascista, mientras que Marcello cree estar colaborando en la eliminación de un enemigo del fascismo cuando en el fondo es su pasado prefascista quien le mueve a tomar esa decisión.

“Pero un fascista convencido no habla así”: las palabras de Quadri no resumen tanto las convicciones de Marcello (pues es posible que carezca de ellas) como su propio autoengaño: ¿quién es el fascista convencido, frente al cual el fascismo de Marcello es mera sombra, una pálida copia? Podría parecer que también los intelectuales, los educadores, han asumido la propaganda fascista sobre el “hombre nuevo”, han accedido a creer que esa figura mitológica se corresponde con el grueso de la militancia real del fascismo real. Esa es la coartada que permite la deserción de los intelectuales, la inhibición de los educadores: “no lo dice en serio”, “no sabe lo que dice”, “no sabe lo que hace”. Todo eso es cierto, está en el núcleo ideológico del fascismo, en su actitud. No por ello hay que dejar de tomárselo en serio.