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domingo, 17 de julio de 2016

…y nos apoderamos del viento

Un dhow surca el Océano Índico en la actualidad. Por estas mismas aguas, las del Golfo Pérsico y las de Egipto comenzaron a navegar los primeros navíos a vela conocidos hace unos 8.000 años. Eran embarcaciones de papiro atado, con un mástil simple y vela cuadrada. Las velas triangulares como esta no aparecerían hasta bastante después.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público
 No sabemos quién ni cuándo se hizo al mar por primera vez con el viento soplando en su velamen. Claro, que tampoco tenemos muy claro quién ni cuándo se hizo al mar por primera vez, punto. De algún modo alguien –ignoramos si un homo sapiens como nosotros (aunque con un aspecto y un comportarse algo más bruto), u otro primo nuestro, pero alguien– tuvo que llegar a Creta hace unos 130.000 años para perder unas herramientas de tecnología achelense por la parte de Plakias, donde ahora los turistas se tuestan al sol tras viajar tranquilamente en uno de esos navíos del aire que decimos aviones.

Si quieres llegar a Creta desde la actual Grecia, por Citera y Anticitera, hay que cruzar al menos dos estrechos de unos treinta kilómetros que jamás estuvieron emergidos en tiempos homínidos. Intentándolo desde lo que hoy llamamos Turquía, por Rodas y Cárpatos, los tramos mínimos a navegar aumentan hasta los cincuenta kilómetros. Cualquier otra combinación saltando entre islas e islotes del Egeo los supera. O aquellos tipos nadaban de lujo o tuvieron que utilizar alguna clase de navío, seguramente algo más marinero que un mero cacho de tronco echado al mar.

Más todavía: si eran sapiens, no pudieron llegar ni desde Grecia, ni desde Turquía, ni desde ningún otro punto de Europa. Más que nada porque hace 130.000 años todavía éramos una especie casi exclusivamente africana que apenas andaba tanteando titubeantemente las fronteras exteriores en el Oriente Medio de los auténticos europeos, esos grandullones neandertal, antes de replegarnos al interior de África durante otros cuantos milenios. Aquí somos todos inmigrantes africanos, que sólo mucho después le arrebatamos Europa al neandertal.

Mapa del Mediterráneo Oriental con la ubicación de Plakias, Creta, por donde alguien se dejó unas herramientas achelenses hace unos 130.000 años. El camino más corto para llegar a Creta desde un continente es partiendo de la actual Grecia por las islas de Citera y Anticitera, lo que obliga a recorrer un par de brazos de mar de 30 km. El siguiente es saltando por las islas del Egeo, con tramos marítimos de hasta 50 km. Sin embargo, hace 130.000 años no había Homo sapiens por esas zonas. Lo más cerca que podíamos estar en esos momentos (y está disputado) era en la costa norteafricana, a más de 250 km en línea recta. O unos sapiens fueron capaces de recorrer más de 250 km por el Mediterráneo sin ahogarse hasta hallar una isla totalmente invisible desde su costa, o lo hizo desde Europa el neandertal.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público.

O sea que si aquellos tipos que se olvidaron la caja de herramientas por los montes del Sur de Creta eran sapiens, tuvieron que llegar desde el Norte de África. Tal cosa implicaría surcar las aguas del Mediterráneo Oriental a lo largo de más de doscientos cincuenta kilómetros, lo que vienen siendo unas ciento cuarenta millas náuticas, sin que se los tragara el mar. Esto exigiría o mucha suerte o un conocimiento primitivo pero relativamente sofisticado de las técnicas marineras. En suma: o nuestros recontraretatarabuelos sapiens arcaicos fueron capaces de recorrer una distancia asombrosa entre África y Creta, quizá con alguna especie de balsa o cayuco, o el primo neandertal también sabía navegar. Existen indicios de que neandertal cazaba mamíferos marinos por la zona de Gibraltar, ¡y sin broncas con ninguna patrullera!

Esto es curioso: ahí frente al Cabo de la Nao está Ibiza, a unas cincuenta millas, a menudo visible desde los riscos del continente. Sin embargo, no nos consta que ningún prójimo se acercara a ver si ya habían abierto Pachá hasta la Edad del Bronce o por ahí. Mientras tanto, allá bien adentro de la Edad de Piedra alguien se dio una vuelta por Creta, totalmente ignota e invisible desde los continentes circundantes. Hay que ir saltando de isla en isla para descubrirla, o verse arrastrado por alguna corriente afortunada –o desafortunada, vete a saber qué se hizo de esa gente; no parece que perduraran allí–. Quizá la cosa fuese por barrios. Por cierto, que lo del barrio británico no tiene mérito: aunque ocupado como mínimo desde el Paleolítico medio, Gran Bretaña fue una península de Europa hasta mucho después del Último Máximo Glacial y siempre se pudo cruzar a pie, sin campos de infelices frente al muy reciente Canal de la Mancha ni nada.

La embarcación más antigua recuperada hasta el momento: la "canoa" de Pesse, un cayuco de pino con 298 cm de eslora y 10.000 años de antigüedad hallado en Holanda en 1955, durante la construcción de la autopista A28 Utrecht-Groningen por lo que en aquellos tiempos debía ser un terreno costero de marismas deltaicas. Los habitantes del sector eran pobladores mesolíticos de baja tecnología incluso para su época sin ningún grado de urbanización, que estaban aún reocupando el territorio tras el Último Máximo Glacial. La primera agricultura no aparecería en el área hasta casi tres milenios después.
Origen: Drents Museum, Assen, Países Bajos.
 El navío más antiguo que han recuperado los arqueólogos anduvo por esa zona, en lo que hoy llamamos Holanda. O los Países Bajos, si nos ponemos exquisitos. Es un cayuco conocido como la canoa de Pesse, con unos tres metros de eslora y 44 centímetros de manga, labrado a partir de un solo tronco de pino silvestre hace diez mil años o poco menos. Un milenio más reciente es una embarcación de papiro atado hallada en el actual Kuwait. Apenas otro milenio después, hace unos 8.000 años, se comenzó a navegar en cantidad por los ríos y costas de Sumeria, Egipto y el Océano Índico. Y de esa misma época, unos siglos arriba o abajo, datan las primeras evidencias claras del uso de velas para impulsarse. Los más concluyentes son los restos arqueológicos de estas embarcaciones de papiro mesopotámicas provistas con mástiles para sujetar un velamen, datados del periodo Ubaid-3, oséase hace entre 6.000 y 6.500 años. Algo más tarde, en los tiempos dorados de la Civilización del Valle del Indo, la navegación comercial a vela con Mesopotamia estaba firmemente establecida y fue importante para el desarrollo de ambas culturas. 

Ignoramos si a alguien se le ocurrió la idea antes. Desde que una mente pensante secó al viento una piel, una pieza de ropa o cualquier otra cosa por el estilo, tuvo que observar que el viento le imprimía una fuerza impulsora. Y sabemos que empezamos a usar ropas hace al menos cien mil años, gracias a los piojos. Sí, de los piojos, y específicamente del piojo corporal (Pediculus humanus humanus), que según los estudios genéticos evolucionó a partir del piojo de la cabeza (Pediculus humanus capitis) y se especializó en vivir en la ropa. Por cierto, que a diferencia del piojo de la cabeza y de ese otro tan desagradable que llamamos ladillas, con los que llevamos conviviendo desde que aparecimos y no pueden hacernos mucho más daño que incordiar, ese nuevo piojo corporal al que no estábamos adaptados resultó ser un vector primario para la fiebre recurrente epidémica, la fiebre de las trincheras y el tifus exantemático. Quizá, después de todo, eso de vestirnos no fue tan buena idea.

El caso es que según estos estudios genéticos, el piojo corporal se diferenció del de la cabeza adaptándose a la ropa hace en torno a 107.000 años. Al menos durante todo ese tiempo tenemos experiencia manipulando primero pieles y después tejidos y telas. Si en cien milenios nadie con un kilo largo de cerebro inteligente dedujo que sujetar uno de esos harapos a su balsa o cayuco le aplicaría la misma fuerza que cuando lo secaba al viento, pues así será, pero tampoco es imposible que sucediera y no nos haya quedado rastro. El caso es que para cuando empezaron a asomar las primeras grandes civilizaciones, incontables veleritos llevaban ya una buena temporada surcando el Golfo Pérsico, las costas del Mar Arábigo y puede que más allá.

La máquina vela.
La diferencia conceptual entre una vela y un ala es mínima: son superficies aerodinámicas que funcionan de una manera muy parecida, con la diferencia de que el ala no se ajusta al viento y la vela sí. En esencia, ambas producen una fuerza de sustentación (L) y una resistencia aerodinámica (D) perpendicular a la dirección del viento aparente (Va) en función del ángulo de ataque (α). En el ala de un avión, fundamentalmente paralela a la superficie, la sustentación es vertical y eso hace que se eleven y vuelen; en la vela de un barco, fundamentalmente perpendicular a la superficie, la sustentación es horizontal y eso produce un empuje lateral. La resultante de sustentación y resistencia es la fuerza total (Ft). En la segunda parte veremos que en realidad la cosa es un poquito más complicada.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público.
 Ya, ya sé que no parece una máquina. Cuando pensamos en máquinas imaginamos acero, grasa y petróleo, microchips y electricidad, cosas así. Pero la vela es una máquina, y además estupenda. El diccionario de la RAE nos cuenta que una máquina, en su primera acepción, es un “artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.” Y la segunda dice que se trata de un “conjunto de aparatos combinados para recibir cierta forma de energía y transformarla en otra más adecuada, o para producir un efecto determinado.” No se me ocurren muchas maneras mejores de describir lo que es y hace un velamen con todos sus aparejos: tomar la energía cinética del viento y transferírsela al navío de manera controlada para aprovecharla como una fuerza de impulsión y maniobra.

Muy posiblemente las primeras velas fuesen cualquier trapo –o piel– grande más o menos sólido y regular que se pudiera atar a unos maderos fijados a la embarcación, formando así un precario aparejo. Pero esto, así a pelo, aunque fuese un gran invento, no es una ocurrencia muy buena. Te deja por completo a merced de los vientos, sin control alguno. Si les da por soplar un poco fuerte, un timón o unos remos no lo van a arreglar. Así que también seguramente desde el principio, o inmediatamente después de los primeros ahogados, descalabrados contra el acantilado más próximo o desaparecidos más allá del horizonte –tú ya sabes cómo solemos aprender las lecciones la gente humana…– debieron idear algunos dispositivos sencillos para dirigir y regular la fuerza del viento.

Por supuesto, el recurso más básico es desatar o cortar los nudos que sujetan la vela al mástil. El mero hecho de deshacerse de ella, o simplemente liberarla en parte de tal modo que deje de oponerse al paso del viento, anula esa transferencia de energía cinética y por tanto su eficacia propulsiva. Para la máquina. Lo que pasa es que eso, así a lo bestia, no es muy práctico. Es como si tu coche sólo tuviese dos modos de marcha: parado o a toda mecha. Y para todo lo demás, a empujar; en su equivalente náutico, a darle al remo.

Según sea la actitud del barco con respecto a la dirección del viento aparente (Va), que es la resultante de la dirección verdadera del viento (Vt) y la velocidad del navío (Vb), en la fuerza total predomina la sustentación o la resistencia. Cara al viento (A), aproximadamente en un ángulo de 60º, no se produce fuerza propulsiva. Con viento frontal lateral (B) y perpendicular (C), hasta los 180º, la fuerza predominante es la sustentación. Con viento en popa lateral (D), hasta los 270º, la fuerza total es una resultante de la sustentación y la resistencia. Y con viento en popa (E), la fuerza predominante es la resistencia.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público.

Además, dado que la vela no sólo es una máquina propulsora sino también de maniobra, te quedas sin más dirección que la que puedas lograr utilizando un remo como timón, a mano. El timón pata negra no aparece hasta que lo inventaron los chinos hace unos dos mil años. O sea, cuando ya teníamos buques de más de cien metros de eslora con capacidad oceánica. Un libro del siglo III, “Cosas extrañas del Sur”, asegura que durante la dinastía Han ya había juncos con cuatro velas capaces de transportar 700 personas y 260 toneladas de carga; otro, escrito por el viajero Kang Tai, habla de juncos de siete mástiles que llegaban hasta Siria sin Canal de Suez para atajar ni nada. En la Antigüedad existió un Canal de Suez conectando el Mar Rojo con el Delta del Nilo; lo mandó construir el faraón egipcio Necao II y lo ordenó completar el rey persa Darío I hace 2.500 años, sobre la base de una multitud de pequeños canales preexistentes con recorrido general Este-Oeste que desde muy viejo facilitaban el cruce del Mar Rojo por la ruta Norte, entre las grandes ciudades del Egipto faraónico y la Península del Sinaí:
“Dijo el rey Darío: Soy persa. Partiendo de Persia, conquisté Egipto. Mandé excavar este canal desde el río llamado Nilo que fluye en Egipto hasta el mar que comienza en Persia. Cuando el canal estuvo excavado como ordené, los barcos iban de Egipto hasta Persia por él, tal como yo pretendía.”

- De una estela junto al Antiguo Canal de Suez, ca. 500 aEC.
Después de un tiempo abandonado, fue reabierto, ampliado y mejorado bajo el reinado de Ptolomeo II Filadelfo, hace 2.200 años, y permitía el “paso de dos trirremes con los remos extendidos”; un Suezmax de lo más apañadito. No obstante, cuando empezaron a llegar esos grandes juncos oceánicos chinos –que, dicho sea de paso, ya habían inventado también la brújula pero aún no la usaban para navegar– este Antiguo Canal de Suez ya se había perdido debido al retroceso de las costas del Mar Rojo, la acumulación de limos del Nilo y la reducción del caudal en el lado oriental de su Delta. Así que si el viajero Kang Tai nos cuenta la verdad –y sin duda había abundante tránsito de personas y mercancías entre Asia y el Mediterráneo, aunque normalmente circulaban por la Ruta de la Seda–, esos juncos de los Han tenían que dar toda la vuelta por Sudáfrica y Gibraltar: al menos 16.000 millas de viaje, siguiendo más o menos la costa, milenio y medio antes de las grandes expediciones europeas.

El Canal de los Faraones, Canal de Neco, Canal de Darío o Canal de Ptolomeo II unió el Mar Rojo con el Mediterráneo al menos dos milenios antes de que Lesseps gestionara la construcción del moderno Canal de Suez. El canal antiguo aprovechaba que las costas del Mar Rojo llegaban hasta mucho más al Norte que ahora, la presencia de los Lagos Amargos y varios uadis y una antiquísima trama de canales menores con una direccion general Este-Oeste; al unirlos y ampliarlos, permitió el paso de embarcaciones importantes entre ambos mares. Sin embargo, para cuando los grandes juncos oceánicos chinos quisieron llegar, llevaba ya muchos siglos cegado.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público.
Pero no adelantemos acontecimientos. Decíamos que la vela es una máquina, y ahora te añado que además es una máquina compleja. Aunque se pueda idealizar dibujando un cuadradito y una flechita perpendicular que represente al viento, sobre un velamen actúan numerosas fuerzas que van desde el mero empuje hasta la sustentación aerodinámica. De hecho, tan pronto como el viento hincha tus velas y les sale barriga, eso que los anglos llaman draught y por aquí solemos traducir como profundidad, se convierte en un perfil aerodinámico (airfoil) que mucho después nos permitiría crear alas y palas de hélices y turbinas para hacer helicópteros y aviones. Los veleritos de papiro atado que se hacían al Golfo Pérsico hace ochenta siglos y los gigantescos Airbus A380 que lo sobrevuelan hoy con escala en Dubái se originan en la misma tecnología: la que nos enseñaron las velas. Ahora enseguidita, en la segunda parte, lo vamos a aprender por aquí también.

Los trirremes y sus sucesores fueron los grandes buques militares de las civilizaciones clásicas que les permitieron dominar el Mediterráneo. Como es sabido, utilizaban una combinación de velas y remeros, en lo que podríamos considerar la versión antigua de los veleros motorizados que aparecerían mucho después. El trirreme evolucionó a partir del pentekontor, un concepto similar que ya usaban los pueblos helenísticos del Periodo Arcaico. Cuando Roma obtuvo la supremacía total sobre el Mediterráneo y se quedó sin enemigos en el mar, fueron abandonando y hacia la Antigüedad Tardía, el conocimiento de cómo fabricarlos se había perdido. No volvieron a verse en Occidente navíos tan impresionantes y sofisticados hasta casi mil años después.
Origen: Wikimedia Commons, dominio público.


 Fuente: http://especiales.publico.es/es/gran-regata-cadiz-2016/historia/y-nos-apoderamos-del-viento

miércoles, 26 de agosto de 2015

Tina en el bosque de Charnia, la vida que no podía existir




Una Tina Negus adolescente buscando fósiles cerca de su casa allá por la primera mitad de los años ’50 del pasado siglo. Foto: Propiedad de Tina Negus vía trowelblazers.com

Cuando era niña, Tina Negus (Reino Unido, 1941) le tomó gusto a eso de los fósiles. Es que en aquella época no había videojuegos, ni móviles, y ni siquiera muchas teles. Así que los críos salían a la calle a jugar y hacían sus travesuras, como meterse en sitios que a sus padres no les gustaban. Según sus propias palabras, Tina se aficionó jugando “ilícitamente” (vamos, que si en casa se llegan a enterar, seguramente se habría llevado una buena azotaina como era corriente en aquellos tiempos) en una cantera abandonada próxima a su domicilio en Gratham, Lincolnshire, donde había un montón de fósiles de amonites, belemnites y cosas así fijados a sus calizas azules del entonces llamado Liásico Superior, que desde chiquitaja cautivaron su imaginación

Puesto que también faltaba bastante para que inventasen Internet, y Tina era muy curiosa, su afición le llevó a la biblioteca pública local. Ahí leyó un montón de cosas sobre geología, biología, paleontología y esos rollos de científicos. El caso es que conforme se adentraba en la adolescencia, acabó bastante enterada de estos temas. Y a principios del verano de sus quince años, Tina pidió a sus padres que la llevaran al cercano Bosque de Charnwood. Ya habían estado varias veces, pero esta vez Tina no deseaba simplemente hacer picnic en un lugar hermoso como ese. En la biblioteca había leído un ensayo sobre su geología y le llamó la atención que existiese una cantera con depósitos de ceniza volcánica surgida bajo el mar, cuando aquello fue un mar. Eso era algo que Tina nunca había visto y, como además conocía muchos de los lugares mencionados gracias a las excursiones anteriores, se motivó. Así que copió todos los mapas del ensayo a mano –tampoco había fotocopiadoras– y con la excusa de ir a recolectar arándanos, convenció a sus sufridos padres de que la llevasen otra vez en junio o principios de julio de 1956; no recuerda bien la fecha exacta. Pero tuvo que ser por ahí, porque los arándanos todavía no estaban maduros.

Y para el Bosque de Charnwood marcharon. En cuanto pudo, Tina se metió por el camino de cabras que conducía a la cantera en cuestión. Durante un buen rato, se quedó flipada con aquellas rocas de color gris oscuro y tono verdeazulado, como era su gusto. Entonces sus ojos cayeron sobre algo más: uno de sus amados fósiles. Parecía una especie de hoja de helecho fosilizada, sin nervio central, sino con sus foliolos dispuestos como en zigzag. Pero había un pequeño problema. Según sus mapas y notas copiados tan cuidadosamente, la piedra donde se hallaba el fósil era precámbrica. Y todos los libros gordos y los grandes sabios y sus profesores y el mundo entero afirmaban taxativamente que la vida compleja apareció en el Cámbrico, o sea después. Aquel fósil que tenía ante sus ojos no tenía el menor derecho a existir. Faltaría más. Una forma de vida compleja antes del Cámbrico, y encima con aspecto de planta terrestre, ¡menuda idiotez!

El fósil índice de Charnia en su roca precámbrica que observó Tina, con unos 580 millones de años de antigüedad, actualmente expuesto en el New Walk Museum & Art Gallery de Leicester, Inglaterra. Cuando Tina reparó en él, todo el mundo daba por sentado que la vida pluricelular compleja se originó en el Cámbrico, decenas de millones de años después, y esto simplemente no podía existir. Imagen: Wikimedia Commons.
 
Sólo que aquella especie de fronda estaba allí, casi mirando desafiantemente a Tina desde la profundidad del tiempo. Mucho, mucho tiempo: bastante más de medio millar de millones de años. Cuando aquel ser estuvo vivo, los días sólo duraban 22 horas y los años tenían 400 días divididos en 13 meses. El Sol y la Tierra estaban en otro lugar de la galaxia y las estrellas nocturnas eran completamente distintas de las actuales. El oxígeno todavía estaba acumulándose en el aire. Aquel bosque y aquella cantera estaban muy cerquita del Polo Sur, en el fondo de un superocéano al que ahora llamamos Panthalassa, que bañaba las costas extrañas de un único supercontinente hoy denominado Pannotia. Y dijeran lo que dijesen los libros gordos, los grandes sabios, sus profes y el mundo entero, el fósil imposible de Tina llevaba ahí desde entonces.

Tina hizo lo que hacen los buenos científicos. Como faltaban muchas décadas para que una chavala de 15 años pudiera tener un móvil con su cámara de nosecuántos megapíxeles, primero se limitó a no tocar nada. Al día siguiente, en el colegio, se acercó a su profesora de geografía para contarle que había encontrado un fósil en una roca precámbrica. La profe contestó al instante: “No hay fósiles en las rocas precámbricas.” Tina le dijo que ya lo sabía, pero ella lo había visto con sus propios ojos. Sin ni siquiera mirarla, la profe replicó: “¡Pues entonces no será una roca precámbrica!” Tina insistió: ese fósil estaba en una roca precámbrica. Su profe repitió: “Ya te he dicho que no hay fósiles en las rocas precámbricas.” Y completado así el círculo, se marchó dejándola con la palabra en la boca.

Pero Tina, aparte de curiosa, era cabezona. Pidió una vez más a sus padres que la llevaran de nuevo al lugar. Y esta vez, un poquito obcecada, no tuvo una idea tan buena: se llevó el martillo de minero de papá. Contaremos en su defensa que seguía teniendo quince años y necesitaba saber qué era aquella cosa. Y también que tuvo el buen juicio de no dar un solo golpe cerca del fósil. Lo que intentaba era sacar el trozo de roca entero, fósil incluido, pero intacto. Por fortuna, al poco rato descubrió que aquella piedra era demasiado dura y sus martillazos apenas tenían algún efecto. Ya a la desesperada, la buena científica volvió a su sesera adolescente. Ese día les acompañaba su abuelo, que siempre llevaba encima un bloc de notas con su correspondiente lapicero. Tina le pidió un par de hojas, el lápiz, y sacó un calco del fósil como los científicos verdaderos. Con él se fue al museo local, para intentar compararlo con las piezas que tenían allí, sin ningún éxito. Repasó todos los libros de geología y paleontología a los que pudo poner las manos encima. Nada. Finalmente se cansó y, desilusionada, guardó el calco en su carpeta.

Aún intentó un último viaje al Bosque de Charnwood hacia finales del año siguiente, 1957. Entonces descubrió, para su horror, que su fósil ya no estaba. Ni el fósil ni la roca. En su lugar había marcas de agujeros de perforación y las herramientas que habían usado para extraerla. Lo único que la consoló fue que, a juicio de sus familiares, parecía un trabajo profesional y no la barbarie de algún vándalo. Supusieron que el fósil de Tina habría pasado a formar parte de la colección de alguien. Así quedó la cosa.

Aunque Tina no se olvidó de él. En 1961 se graduó en zoología, botánica y geografía en la Universidad de Reading, especializándose en zoología. Luego estuvo dos años investigando la ecología de los mejillones de agua dulce. En ese periodo, la universidad organizó un viaje al famoso Museo de Historia Natural de Londres, con sus casi 80 millones de especímenes. Tina pensó que quizá ahí encontraría la respuesta a aquel misterio de su adolescencia. Se lo repasó entero, sala por sala y era geológica por era geológica, buscando alguna pieza que coincidiera con su fósil… sin encontrar nada. Cabezota, escribió a casa para que le mandaran aquellos calcos que tomó con el bloc y el lápiz del abuelo. En cuanto los recibió, se presentó en el Departamento de Geología de su universidad a preguntar si alguien tenía alguna idea de qué demonios podía ser aquello. Al principio la miraron raro, pero entonces alguien recordó algo y le mostró un paper recién publicado por un cierto doctor Trevor Ford, de la Universidad de Leicester.
 
Arriba: Molde del holotipo de Charnia masoni. Abajo: Impresión artística de cómo pudo ser cuando vivía fijada a los fondos del superocéano Panthalassa precámbrico. Imágenes: Wikimedia Commons / Andy Kerr (
El título era, ni más ni menos, Fósiles precámbricos del bosque de Charnwood. ¡Y allí estaba el suyo! Se trataba de un descubrimiento revolucionario: ni más ni menos que uno de los dos primeros ejemplares confirmados de la biota ediacárica, formas de vida complejas decenas de millones de años más antiguas que lo asegurado por los libros gordos, los grandes sabios, los profesores y el mundo en general hasta entonces. Tina siempre tuvo razón: su fósil era un ser complejo anterior al Cámbrico y ahora se llamaba Charnia masoni, con unos 580 millones de años de antigüedad.

Roger Mason, también de 15 años, con el primitivo equipo de escalada que usaba cuando observó a Charnia en la cantera del Bosque de Charnwood. A diferencia de la familia de Tina, su padre conocía al Dr. Trevor D. Ford del Departamento de Geología de la Universidad de Leicester y llamó su atención sobre el descubrimiento. A partir de ahí se confirmó que lo imposible era posible. Foto: © Leicester Mercury, 1957.

Lo de masoni era por otro chaval de 15 años, Roger Mason, igualmente aficionado a los fósiles. Un año después de que Tina lo observara por primera vez, Roger fue a practicar escalada con sus colegas a la cantera en cuestión y reparó en su extrañeza igual que Tina. Pero a diferencia de Tina, la familia de Roger tenía vinculación con el mundo académico y así su redescubrimiento llegó rápidamente a oídos del Dr. Trevor D. Ford.

El Dr. Ford se mostró escéptico al principio, pero accedió a ir a echar un vistazo y quedó atónito. E inmediatamente pasó a la acción. Así pues, el fósil no había sido retirado de la cantera por ningún coleccionista, sino por un equipo de la Universidad de Leicester dirigido por el Dr. Ford. De ahí que el trabajo fuese tan profesional. Y además del Charnia masoni también habían extraído otro fósil precámbrico, el Charniodiscus concentricus, con una forma circular que también había llamado la atención de Tina pero no le dio mayor importancia. Actualmente se encuentran en el New Walk Museum & Art Gallery de Leicester como los primeros especímenes confirmados de que la vida compleja fue posible antes de que fuese posible la vida compleja. Tina y Roger acababan de descubrir –o demostrar, como ahora veremos– un ámbito completo de la vida que existió durante decenas de millones de años, llamado la biota ediacárica.  Moraleja: mientras sigas el método científico –y eso vale para todo o casi todo en esta vida, no sólo para las “cosas científicas”– nunca te fíes excesivamente de los libros gordos, los grandes sabios, los profesores, el mundo en general y los adultos en particular. Ser más viejos no nos hace ni más inteligentes ni necesariamente más sabios y a veces somos unos cretinos bastante soberbios. Unos idiotas, vamos.

La biota ediacárica.
Charnia masoni y Charniodiscus concentricus sólo son dos ejemplos de una vasta vida marina compuesta por seres pluricelulares complejos que aparecieron poco después de la descongelación del periodo Criogénico (sobre todo a partir de la llamada explosión de Avalon) y comenzaron a difuminarse poco antes de principios del Cámbrico; es decir, coincidiendo a grandes rasgos con el periodo ediacárico (hace entre 635 y 542 millones de años.) Con alguna excepción que luego veremos, fueron los primeros seres complejos que aparecieron y perduraron largo tiempo sobre la faz de este planeta. Algún autor objeta al uso de la expresión biota ediacárica como si fuesen seres aparte del proceso evolutivo global de la vida terrestre y prefiere restringir el término a la mera datación estratigráfica. Sea como fuere, muchos de estos seres presentan características que los distinguen de la vida que seguimos adelante a partir de la explosión cámbrica
.


Impresión artística del fondo marino precámbrico que hoy en día son las colinas de Ediacara, Australia, que dan nombre al periodo ediacárico. Imagen: Wikimedia Commons

Hay que reseñar que Tina, Roger y el Dr. Ford no fueron los primeros en darse cuenta de que algo raro pasaba con la supuestamente imposible vida compleja precámbrica. De hecho, el Ediacárico toma su nombre de las colinas de Ediacara, al Sur de Australia. Ahí fue donde en 1946 el geólogo Reg Sprigg encontró unas ciertas “medusas” en un yacimiento que parecía muy anterior al Cámbrico. Tampoco él había sido el primero. Ya en 1868, el escocés Alexander Murray había hallado fósiles de Aspidella terranovica en eso, Terranova, por debajo el entonces denominado “estrato primordial.” En 1933, el alemán Georg Gürich se topó con fósiles de Rangea schneiderhoehoni en la Formación Nama de la actual Namibia, donde también han aparecido restos de Ausia fenestrata. Pero como la creencia en que la vida compleja surgió a partir del Cámbrico estaba tan firmemente establecida, estos hallazgos se disputaron por todas las vías: que si la datación de los estratos no estaba clara, que si había habido contaminación de las muestras, que si en realidad no eran fósiles sino formaciones minerales curiosas, etcétera. Lo habitual en estos casos.

La importancia del descubrimiento de Tina, Roger y el Dr. Ford radica en que fue un auténtico manotazo que tiró todas estas objeciones por la borda. La geología de las Midlands británicas está extremadamente bien documentada y datada, el fósil permanecía prístino en su roca precámbrica y claramente Charnia masoni fue alguna clase de ser vivo, se ponga como se ponga quien se ponga. Qué clase de ser vivo es cuestión aparte. La biota ediacárica es tan distinta de lo habitualmente conocido y tan diversa –se han encontrado muchísimos seres más, a cuál más peculiar– que se sigue discutiendo qué son exactamente. Para ser más rigurosos, cuál es su clasificación taxonómica. Distintos especialistas han intentado encuadrarla prácticamente en todas las categorías, desde los cnidarios (o sea, animales) y los metazoos basales hasta las algas, los hongos, los líquenes, los protistas gigantes (al estilo de los Xenophyophorea), los organismos coloniales e incluso en su propio filo o reino aparte. Actualmente se tiende a pensar que fueron alguna clase de metazoos, o sea animales, pero sumamente difíciles de emparentar con quienes vinimos después.

En suma, que ni puñetera idea. Para acabar de arreglarlo, en 2014 se identificaron unos bichitos marinos en forma de seta llamados Dendrogramma que parecen compartir algunas características con seres ediacáricos como Albumares brunsae, Anfesta stankovskii y Rugoconites. Aunque se les ha ubicado en el reino animal, tampoco saben muy bien dónde más colocarlos en el “árbol de la vida.” El nombre se les puso por la disposición de sus canales digestivos, que recuerdan a un dendrograma… y punto. Así que por el momento son los únicos miembros de la familia… eso, Dendrogrammatidae. Para todo lo demás, son incertae sedis, o sea que quién sabe. Van intentar secuenciarles el ADN, a ver si nos enteramos de algo más. Encuentro de lo más acertado el “apellido” que le han adjudicado a uno de ellos: Dendrogramma enigmatica, porque representan un auténtico enigma. Y eso que estamos hablando de seres perfectamente existentes hoy en día y que podemos estudiar (y están estudiando) con todo detalle. Ahora imagínate la pesadilla de catalogar a unos seres todavía más enigmáticos, quizá emparentados con estos o quizá no, que desaparecieron hace como medio millar de millones de años dejándonos sólo un puñado de fósiles.

Dendrogramma enigmatica. La muestra fue recogida en 1986 a entre 400 y 1.000 metros de profundidad en el talud continental del Estrecho de Bass que separa Australia de Tasmania. En 2014 fue identificada, o más bien “no-identificada”, como una especie animal sin relación taxonómica aparente alguna con ninguna otra conocida pero presentando similitudes con algunos medusoides ediacáricos. (Just, J.; Kristensen, R. M.; Olesen, J.: “Dendrogramma, New Genus, with Two New Non-Bilaterian Species from the Marine Bathyal of Southeastern Australia (Animalia, Metazoa incertae sedis) – with Similarities to Some Medusoids from the Precambrian Ediacara.” PLoS One, 3 de septiembre de 2014; 9(9):e102976. doi: 10.1371/journal.pone.0102976. eCollection 2014.)

Como te decía, la biota ediacárica parece presentar una serie de características distintivas comunes, o eso nos parece con el material que ha quedado para trabajar. Para empezar, fueron todos seres marinos, entre otras cosas porque –con permiso de estas personas– en la tierra y el aire no había aún ningún ser vivo complejo. Pero no, no es sólo por eso: todos los fósiles han aparecido en estratos que permanecieron sumergidos durante el Ediacárico, aunque exista alguna opinión divergente. Y además bastante sumergidos, por debajo de la zona fótica (o sea, la capa del mar que puede atravesar la luz solar), así que no pudieron usar la fotosíntesis. Pueden presentar casi cualquier clase de simetría, incluyendo simetría bilateral como nosotros, o ninguna.

Algunos como Funisia dorothea pudieron reproducirse sexualmente. Dado que en su época los depredadores macroscópicos aún no existían, la respetable agencia Reuters calificó su existencia como muy agradable, imaginando que hubiesen dispuesto de un sistema nervioso capaz de apreciarlo: ningún depredador, mucho sexo. Pero creemos que la mayor parte eran asexuados; a cambio, algunos de estos últimos se reproducían de maneras francamente sofisticadas. También se ganaban la vida con gran facilidad: en su mayor parte debían ser seres sésiles, o sea que se fijaban al fondo para alimentarse del tapete microbiano subyacente o, mediante filtración, de cualquier cosa alimenticia que les pasara a través. Un lugar tranquilo para vivir, esos mares precámbricos. No obstante, Guy Narbonne opina que diversas características propias de los animales modernos fueron apareciendo en esta biota a lo largo del Ediacárico, como la movilidad (hace más de 555 millones de años), la calcificación (550 millones de años) y finalmente el comportamiento depredador (hace menos de 549 millones de años, ya aproximándose al Cámbrico.)

La misma extinción de la biota ediacárica es objeto de debate. No estamos seguros de cuándo y como se marcharon estos seres exactamente. Parece que aunque la inmensa mayoría ya se habían esfumado antes de que comenzara el Cámbrico, algunas comunidades pudieron pervivir hasta el Cámbrico Medio. Y no tenemos claro si fue una extinción rápida por sus propias razones, una sustitución al ser desplazados por los seres cámbricos o lo que llaman un modelo del gato de Cheshire, en el que la progresiva desaparición de los tapices microbianos del fondo marino precámbrico los habría ido haciendo desaparecer hasta que finalmente no quedó ninguno. Se discute también hasta qué punto constituyeron un verdadero ecosistema en el sentido moderno del término; es decir, si interactuaban más o menos entre sí o cada uno estaba ahí fijado a su trocito de tapiz microbiano cual percebe a la roca ignorando por completo lo que hubiera a su alrededor. Si como dice Narbonne desarrollaron comportamientos como el movimiento y la depredación, algo de ecosistema tuvieron que tener.

Por cierto que estos seres no han aparecido únicamente en esos países donde hablan raro. Cerca de Villarta de los Montes (Badajoz)  científicos de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Extremadura han hallado una estupenda colección de fósiles ediacáricos terminales que incluyen Cloudinas –el primer metazoo conocido con un esqueleto externo–, Sinotubulites, Namacalathus y algo que se parece a las Protolagena. Si te interesa el tema, puedes preguntar en el Geoparque de Villuercas – Ibores – Jara. Por su parte, Rusia, Ucrania, Canadá y China están plagadas. Esa vida que no podía existir estuvo repartida por todas partes durante millones de años, ahora ya sólo esperando a que un par de quinceañeros curiosos con la mirada limpia y la cabeza despejada se fijasen bien.

Cada vez más vida, cada vez más pronto.
Y es que como creo que ya te he contado varias veces, cuanto más sabemos, vemos que antes apareció la vida en la Tierra. Y la vida pluricelular también, como apunté en este otro excelente sitio.

Pero es que incluso todo esto comienza a quedarse algo obsoleto. Ahora mismo vamos teniendo dudas de que la biota ediacárica represente la primera vez que surgieron seres complejos en este planeta. Hoy tengo el gusto de presentarte también a la biota francevillense, con… ¡2.100 millones de años de antigüedad! A ver si nos entendemos tú y yo, compi: dos mil cien millones de años es más de la séptima parte de la edad del universo. Hace 2.100 kilos de años, el Sol brillaba casi un 20% menos que ahora, los años tenían 465 días divididos en 14 meses y medio y apenas comenzaba a haber oxígeno libre. El maldito uranio todavía era lo bastante rico como para encender un reactor nuclear natural con agua corriente 400 millones de años después (los materiales radiactivos van decayendo con el paso del tiempo.) Y de hecho lo hizo muy cerca de ahí, en Oklo (Gabón), a pocos kilómetros de Franceville. Por eso a la biota francevillense también se le llama gaboniontes: tanto Oklo como Franceville están en Gabón. Francia extrae uranio para sus reactores nucleares en el sector.

Sabemos todavía muy, muy poco de estos gaboniontes. Pero, al igual que pasó con Charnia, ahí están: fósiles circulares y elipsoidales de hasta doce centímetros, muy probablemente pluricelulares. En realidad, la vida pluricelular ha evolucionado al menos 25 veces independientemente en la historia de la Tierra, desapareciendo a continuación en la mayoría de las ocasiones. Lo que ya no es tan normal es que evolucione hasta crear seres macroscópicos tridimensionales de 12 centímetros. Y sin embargo, en el delta de un olvidado río paleoproterozoico, seguramente bajo una columna de agua con algo de oxígeno disuelto, estos bichos –no hay ninguna otra condenada manera de clasificarlos hoy por hoy– medraron durante una larga temporada antes de dejarnos sus fósiles en la pirita del lugar. Así que la biota ediacárica pudo no ser la primera vez que aparecieron seres complejos macroscópicos en este planeta. La biota francevillense, aunque seguramente mucho más simple, pudo adelantárseles en un millar y medio de millones de años o así.

¿Y qué pasó al final con los protas humanos de esta historia? Bueno, pues como ya sabemos Tina se hizo zoóloga, y además poetisa, fotógrafa y pintora; ahora, ya jubilada, sigue dedicándose a esto último. Roger, el otro quinceañero que redescubrió definitivamente a Charnia, acabó siendo profesor universitario de geología y aunque jubilado también, continúa colaborando con la Universidad China de Geociencias en Wuhan.  El Dr. Trevor D. Ford, nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico y esas cosas de los isleños, está jubiladísimo pero hace poco aún seguía organizando charlas y seminarios sobre estos temas en su Leicester natal. En 2007, Roger y el Dr. Ford invitaron a Tina a participar en uno de estos seminarios como predescubridora de ese fósil que demostró la existencia de la vida que no podía existir.

Cloudina carinata del Ediacárico terminal (hace unos 540 millones de años) con exoesqueleto mineralizado, hallada en las dolomías del anticlinal del Ibor-Guadalupe, Extremadura. Foto: Geoparque Villuercas-Ibores-Jara.

El otro protagonista, la ciencia, salió ganando como hace siempre. Los científicos, como humanos que son, pueden resultar a veces más duros de mollera. :-P Pero el poder y la grandeza de la ciencia radica precisamente en que siempre es capaz de cambiarse a sí misma y corregir sus propios errores, siguiendo el método científico, para perfeccionarse cada vez más y más y así darnos todo lo que nos ha dado, y nos dará. Y en la misma raíz de la ciencia está la curiosidad, ese observar algo que quizá muchos hayan visto pero nadie había observado antes –como seguramente muchos habrían visto el fósil del Bosque de Charnwood, empezando por quienes trabajaron en la cantera durante muchos años, pero nadie lo había observado–, pensar aquello de “¡qué curioso!” y no parar hasta descubrir lo que es y cómo funciona. La misma curiosidad que nos ha llevado a lo largo de los milenios desde preguntarnos qué demonios serían aquellas lucecitas que brillan en el cielo por la noche hasta pasear nuestras naves-robot por las proximidades de Plutón. Desde preguntarnos por qué la gente se ponía enferma hasta tener la mayor esperanza de vida y las menores tasas de mortalidad infantil de toda la historia de la humanidad. Desde preguntarnos qué sería el rayo y esas chispitas de los prendas de lana hasta construir los dispositivos electrónicos que estamos usando ahora mismo tú y yo. La misma curiosidad que, si no cometemos ninguna estupidez monumental por el camino, nos llevará adonde ahora mismo ni siquiera podemos imaginar.


Tina Negus y Roger Mason en la actualidad. Ahora ya no son ningunos quinceañeros, pero siguen haciendo lo que siempre amaron: Tina fotografiando aves y Roger con un yacimiento precámbrico a la espalda. Fotos: Birdnote Team / The Thought Stash




Fuente: http://www.lapizarradeyuri.com/2015/08/26/tina-en-el-bosque-de-charnia-la-vida-que-no-podia-existir/

domingo, 31 de mayo de 2015

Viviendo en un planeta joven de un universo bebé


 
Impresión artística del aspecto que tendrá la Tierra dentro de unos cinco a siete mil millones de años, con el Sol ya convertido en una gigante roja. En esos momentos, la vida terrestre que conocemos ya no será posible. Imagen: Wikimedia Commons. 

Como te apunté al final del post anterior y en algún otro, la vida presente en la Tierra es sobrecogedoramente antigua. Tanto que no sabemos todavía cuándo surgió, pero no pudo ser mucho después del Bombardeo Intenso Tardío. Con certeza, tenemos fósiles de microorganismos complejos –posiblemente eucariontes– de hace 2.000 millones de años y microbios con 3.400 millones (como los de la foto a la derecha.) Con casi total certeza, hubo cianobacterias empezando a liberar oxígeno mediante fotosíntesis hace 3.500 millones de años. Hay grafito de origen probablemente biológico en Groenlandia Occidental, generado hace 3.700 millones de años. Por ahí, por ahí estimamos que anda LUCA, o sea el último antepasado común a todo lo que ahora mismo alienta sobre la faz de este planeta.

Estudios más inciertos sugieren que pudo haber alguna clase de vida basada en el carbono antes del Bombardeo Intenso Tardío, ocurrido hace unos 3.900 millones de años: uno habla de 4.250 millones de años y otro apunta a los 4.400, conforme la Tierra terminaba de recolocarse la osamenta y enfriarse después del impacto que dio lugar a la Luna. Si esto fuese verdad, o la vida sobrevivió a una clase de meteoritos que dejan al que mató a los dinos como una mera anécdota de mínima importancia, o apareció más de una vez. En todo caso, cuanto más sabemos, más retroceden los orígenes de la vida, tanto la simple como la compleja. Tú y yo, por ir a lo seguro, nos quedaremos con las estimaciones actuales para LUCA: llevamos aquí al menos 3.700 o 3.800 millones de años.










 Fósiles de microbios hallados en la formación Strelley Pool del cratón de Pilbara, Australia, con unos 3.400 millones de años de antigüedad. Imagen: D. Wacey, Universidad de Australia Occidental / AFP.

Durante muchísimo tiempo, este fue un mundo de seres unicelulares o pluricelulares muy básicos, cuando no de mero ARN. Hubo que esperar bastante para que los primeros animales comenzáramos a ver la luz. Aunque seguramente hubo algunos protoanimales antes, a todos los efectos nacimos y conquistamos el mar entre el Ediacárico y la explosión del Cámbrico (635 – 542 millones de años.) Por entonces, las tierras emergidas eran un erial inhóspito y deshabitado, a menos que estos señores tengan razón. Pero hubo que esperar otro centenar de millones de años para que algunos milpiés comenzaran a aventurarse fuera del mar, envueltos en peligrosas concentraciones de oxígeno, lejos del cálido líquido que nos vio nacer, bajo el duro sol. Ahora nos parece tan normal, pero eso es porque la evolución nos ha adaptado a vivir así. Desde este punto de vista, todos los seres que vivimos fuera del agua somos una especie de extremófilos. Venga, en serio: ¿a quién se le ocurre salir del placentero mar que nos vio nacer y donde teníamos de todo para seguir existiendo, mudándonos a un inhóspito pedregal donde no hay apenas agua, con una atmósfera tan oxidante que hasta permite el fuego, expuestos a niveles cancerígenos y genotóxicos de radiación solar…? Bueno, pues lo hicimos. No sólo eso: perseveramos hasta que la evolución nos adaptó y cambió tanto que ahora no podemos regresar al mar sin medios técnicos. A excepción de las ballenas, delfines y demás, claro, que dijeron ahí os quedáis y se volvieron a los océanos como haría cualquier tipo sensato. Eso sí, después de haberse convertido en mamíferos con pulmones que aún hoy les obligan a seguir asomándose al aire para respirar.

Bien, y… ¿cuánto tiempo vamos a seguir aquí?

Me supongo que ya sabrás eso de que un día el sol, en su evolución estelar, crecerá tanto que se tragará a la Tierra o al menos la dejará tan churruscada que cualquier cosa parecida a la vida presente será difícilmente posible. También sabrás que falta mucho para que esto suceda: unos 5.000 millones de años para que Sol abandone la secuencia principal y empiece a convertirse en una gigante roja y 7.600 para que alcance sus mayores dimensiones antes de contraerse hasta convertirse en una enana blanca. Luego irá enfriándose muy poquito a poco y finalmente se apagará como una enana negra dentro de mil billones de años o cosa así.  Si no ha aniquilado a la Tierra durante su fase de gigante roja, ésta continuará dando vueltas a su alrededor hasta estamparse contra tal enana negra por deterioro orbital dentro de cien mil veces más tiempo: un uno seguido de veinte ceros de años. O por ahí.

Nebulosa del Cangrejo
Nebulosas como esta del Cangrejo (NGC 1952) son los restos de una estrella que acabó estallando en forma de supernova; la luz de esta detonación en particular alcanzó la Tierra en el año 1054. Sin embargo, nuestro Sol no tiene masa suficiente para convertirse en una supernova; en vez de eso, “crecerá” hasta convertirse en una gigante roja que luego colapsará como enana blanca antes de irse enfriando muy, muy lentamente hasta terminar en forma de enana negra. Imagen: Wikimedia Commons.
No obstante, las cosas desagradables empezarán a ocurrir mucho antes. Antes en términos cósmicos, quiero decir; no esperes ningún apocalipsis en tiempos humanos. Pero el futuro de la vida compleja terrestre se mide más en cientos que en miles de millones de años. Gran parte de ella se sustenta en la fotosíntesis, y particularmente en la fotosíntesis por la vía de los tres carbonos. Este tipo de fotosíntesis requiere una cierta cantidad de dióxido de carbono (CO2) en el ambiente. Pese a lo mucho que ahora estamos haciendo el chalado con el dióxido de carbono, conforme la luminosidad del sol vaya aumentando, el ciclo geoquímico del carbonato-silicato –parte del esencial ciclo del carbono– irá debilitándose mediante la meteorización de los silicatos. Eso irá fijando cada vez más y más carbono en el suelo, arrebatándoselo a la atmósfera y al mar. Tanto, que en unos 600 millones de años a partir de ahora la fotosíntesis por la vía de los tres carbonos quedará interrumpida por falta de CO2, y con ella buena parte de la vida que conocemos.

Las cianobacterias (en la imagen, Tolypothrix sp.) obtienen su energía a partir de la fotosíntesis, absorbiendo dióxido de carbono y liberando oxígeno. Hace unos 2.300 millones de años, esto provocó la llamada “catástrofe del oxígeno”, que llenó la atmósfera terrestre con este gas, dando lugar al aire que conocemos hoy en día. La actual vida compleja terrestre depende en su inmensa mayoría de que los organismos fotosintéticos sigan existiendo. Imagen: Wikimedia Commons.

La vida compleja dispone de otro cartucho en la recámara para ambientes extremos con muy poco dióxido de carbono: la fotosíntesis de los cuatro carbonos. Conforme el CO2 siga cayendo y cayendo, probablemente una parte significativa de los seres fotosintéticos evolucionará hacia esta vía de los cuatro carbonos, como de hecho ya lo hizo. Pero incluso esta “vía extrema” sólo proporcionará otros 200 millones de años de margen. Con un sol cada vez más brillante, incluso estas cantidades residuales de CO2 acabarán fijadas al suelo. Y sin CO2 no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis es difícil imaginar la supervivencia de la vida compleja terrestre, a menos que la evolución se saque de la manga alguna otra de sus cartas asombrosas. (Ve y cuéntale a una arquea que algún día, uno de sus recontratatarasobrinos, o sobrinas, estaría aquí leyendo frente a la pantalla de un dispositivo digital…)

Pero frente a un sol que a cada era brilla más, incluso los inconcebibles cartuchos de la evolución irán agotándose. En unos mil y pico millones de años, la temperatura media del planeta alcanzará los 47ºC y entonces empezará a ocurrir algo muy chungo: mares, océanos y demás aguas comenzarán a esfumarse. Primero, mediante un efecto invernadero húmedo (moist greenhouse) debido a la acumulación de vapor de agua en la atmósfera; el vapor de agua es un poderoso gas de efecto invernadero. Así, el planeta azul se convertirá rápidamente en el planeta blanco, continuamente cubierto por una capa de niebla y nubes cada vez más densas. Pronto, toda el agua disponible en la Tierra se evaporará mediante un efecto invernadero desbocado, para no volver al estado líquido nunca jamás. A todos los efectos, estaremos comenzando a abandonar nuestra zona de habitabilidad estelar (o más bien, la zona de habitabilidad estelar nos estará abandonando…)

A la totalidad del agua le costará mucho desaparecer, entre dos y tres mil millones de años, debido a que irá saliendo poco a poco la que se encuentra atrapada bajo la superficie. Durante una larga temporada, habrá lagos y humedales en las regiones polares. Pero la vida que conocemos, basada en grandes cantidades de agua líquida fácilmente disponible, irá dejando de existir. Por fotólisis, el agua evaporada se separará en forma de oxígeno e hidrógeno; el oxígeno perdurará, sobre todo fijándose a los suelos, pero el hidrógeno escapará al espacio exterior. No más agua en la Tierra. No más planeta azul, ni blanco, sino más bien marrón. Los últimos eucariontes dejaremos paso otra vez a un mundo de procariotas, como siempre fue, que irán extinguiéndose muy poco a poco hasta que finalmente este planeta pierda por completo la capacidad de soportar vida. En unos 1.500 millones de años, la zona de habitabilidad fetén andará ya por Marte. Puede que algo parecido a los extremófilos más extremos resistan aquí hacia la frontera de los 2.800 millones de años futuros, cuando la temperatura media terrestre supere los 147ºC, antes de perecer por fin. Esta vida, aunque inconcebiblemente feraz, morirá así por fin.

Parasol estelarEn suma: que a la vida compleja terrestre le queda al menos tanto tiempo como lleva –llevamos– existiendo, eón arriba o abajo. Todavía pueden ocurrir muchísimas cosas, tantas como las sucedidas desde la explosión del Cámbrico hasta nuestros días. Y a la vida terrestre en general, mucho más. Salvo que ocurriese alguna clase de catástrofe cósmica como no ha ocurrido en los últimos 4.000 millones de años –casi una tercera parte de la edad del universo– la vida va a seguir por estos lares durante otra larguísima temporada, evolucionando y adaptándose sin parar hacia formas ahora inimaginables, como siempre hizo.

 Arriba: concepto básico de una lente para dispersar la irradiación solar que alcanza al planeta Tierra (dibujo no a escala; en realidad se encontraría mucho más cerca, en el punto L1 Tierra-Sol, a aproximadamente 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta.) Este concepto básico es un tanto burdo y difícil de ejecutar; en su lugar, más recientemente se han propuesto nubes de lentes minúsculas orbitando en torno al mismo punto (centro y abajo.) Concebido al principio para combatir el calentamiento global, una civilización tecnológica futura podría utilizar este o cualquier otro concepto ahora inimaginable para retrasar significativamente el momento en que la evolución solar haga que nuestro planeta sea inabitable. Imagen superior: Wikimedia Commons. Imágenes central e inferior: © BBC News.

Si en ese proceso la inteligencia se preserva, o incluso se desarrolla y extiende, pueden crearse las tecnologías necesarias para retrasar todavía más este fin del mundo. Nosotros mismos ya tenemos parte de la ciencia y la tecnología necesarias para hacerlo a pequeña escala, y de hecho se ha planteado como una medida de emergencia frente al calentamiento global presente: si no somos capaces de ponernos de acuerdo para contener las emisiones de gases de efecto invernadero, siempre podemos reducir un poquito la irradiación solar. Se llama la sombrilla espacial o parasol estelar, forma parte de un concepto más amplio denominado gestión de la irradiación solar y aunque suene a ciencia-ficción –y de hecho lo sea en estos momentos–, disponemos ya de gran parte del conocimiento necesario para reducirla en un 2% y mantenerla así durante unos cincuenta años a un coste de unos cinco billones (trillions anglosajones) de dólares. Eso es menos que el PIB mundial de un solo año, y existen otras aproximaciones más económicas. Civilizaciones futuras mucho más avanzadas podrían disponer de un montón de técnicas para paliar y ralentizar la destrucción de la vida compleja terrestre antes de que sea imprescindible dar el siguiente paso obvio: largarse de aquí.

¿Adónde? Puesss… a lo mejor, ni siquiera es preciso pirarse muy lejos, al menos durante una larga temporada. La evolución solar desplazará la zona de habitabilidad estelar hacia los planetas exteriores y sus lunas actualmente heladas, que dejarán de estarlo. Teniendo en cuenta los enormes plazos de tiempo implicados en este proceso de engorde solar –cientos y miles de millones de años–, no resulta inimaginable en absoluto una civilización tecnológica avanzada que vaya migrando y terraformando astros de aquí a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno con arcas de Noé cósmicas antes de que el sol se desinfle velozmente hacia su etapa de enana blanca y sea totalmente necesario encontrar otro sistema solar más amable. Todo esto suponiendo que esa futura civilización no sea ya capaz de encontrar ese otro sistema solar amable y tirar para allá directamente. Suponiendo que no existan maneras de crear astros habitables a la medida. Y suponiendo también, claro, que esa civilización exista o pueda existir para entonces. Pero si la inteligencia no se extingue en la Tierra y continúa evolucionando, no veo ningún motivo obvio por el que la destrucción de este planeta implique necesariamente la desaparición de la vida que alienta en él. Simplemente seguiríamos haciendo lo que siempre hicimos: migrar en busca de un lugar mejor, sólo que esta vez a escala cósmica. Te contaba en la entrada anterior que me resulta inimaginable lo que sabremos y seremos capaces de hacer dentro de 300, 3.300 o 33.000 años; imagínate en medio millar de millones de años. O más.

…en un universo bebé.
Pero al final de la carrera, es una huida hacia ninguna parte. Este universo tiene fecha de caducidad. O más bien fechas, porque ahora mismo todavía andamos debatiendo cómo morirá exactamente. Lo que sí se sabe es que tardará mucho, pero que muchísimo más tiempo en hacerlo. Pues, como quien dice, acaba de nacer y salvo por alguna remotísima posibilidad cuántica, no hay nada que lo vaya a matar antes de hora.

Los Pilares de la Creación, Nebulosa del Águila Los famosos “Pilares de la Creación”, en la Nebulosa del Águila, un gigantesco criadero de estrellas (y mundos…) a unos 7.000 años-luz de aquí. Nos encontramos todavía al principio de la Era Estelífera, en la que la formación de estrellas es y seguirá siendo posible durante otros 100 billones de años más o menos. Nos encontramos casi, casi al principio de todo. Foto: Telescopio Espacial Hubble / NASA.
 
Por todo lo que sabemos, ahora mismo el universo tiene unos 13.700 millones de años. Puede que te resulte curioso denominar bebé a algo con 13.700 millones de años de edad, pero es una cuestión de escala. Vamos a quedarnos sólo con la Era Estelífera, en la que nos hallamos actualmente. La Era Estelífera es el periodo de la historia del universo en el que pueden seguir formándose estrellas y galaxias, como sucede en estos momentos. Arrancó unos 150 millones de años después del Big Bang, con la reionización, a la que podríamos llamar el final del parto. Las primeras estrellas, de la llamada Población III, comenzaron a encenderse entre 420 y 560 millones de años tras el Big Bang.

Dejarán de formarse estrellas unos 100 billones de años después del Big Bang, conforme se agote todo el hidrógeno disponible en el cosmos. O sea, unas 7.300 veces más. Si este periodo fuese una vida humana de 100 años, nuestro universo tendría ahora mismo cinco días de edad. Eso, en mi pueblo, es un bebé. Y chiquitín. O chiquitina.

Sin embargo, el universo no morirá con el final de la Era Estelífera. Tan solo cesará la aparición de estrellas nuevas y las más viejas irán pereciendo muy, muy, muy lentamente. Se volverá un sitio bastante aburrido y oscuro, como solemos serlo todos a partir de cierta edad, pero continuará estando ahí. Realmente no sabemos todavía cuánto durará y ni siquiera cómo morirá –como sabrás, hay varias hipótesis–, pero como mínimo iríamos a la muerte térmica dentro de al menos un uno seguido de mil ceros de años. Como muy mínimo. Equiparando esta cifra a nuestra vida humana de un siglo, eso es apenas un chispacito. Nuestro universo ni siquiera ha llegado a tomar aire para berrear por primera vez.

Los tres posibles finales del universo
 Los tres posibles finales del universo tal y como lo entendemos ahora mismo, dependiendo del valor de la ecuación de estado de la energía oscura. Imagen original: Big Bang Central.

 Nuestro universo acaba de nacer. Estamos al principio de todo, como quien dice. Si la inteligencia prevalece y sigue evolucionando –la nuestra o cualquier otra que venga detrás, o la que pueda haber surgido o surgir en cualquier otro lugar, con billones de años de plazo– seguirá habiendo muchos sitios adonde ir, durante muchísimos eones. Realmente, sólo tendremos que plantearnos el fin de los tiempos en una época casi inconcebiblemente futura. Si para entonces todavía existe algo evolucionado a partir de tú y yo, será tan distinto que ni siquiera lo podemos imaginar. Si sigue siendo un bicho curioso que se resiste a desaparecer, tiene cajas de munición enteras disponibles en su arsenal. Se ha sugerido muchas veces, con buenas razones, que la inteligencia puede ser una fuerza autodestructiva. Pero a mí me gustaría sugerirte hoy la idea opuesta: que la inteligencia, una vez lo bastante avanzada, puede marcar una diferencia cósmica radical, dando lugar a algo que se parece no poco a la inmortalidad. Al menos, hasta que empiecen a acumularse tantos miles de ceros a la derecha en la edad del universo que nos adentremos profundamente en la eternidad.



Fuente:  http://www.lapizarradeyuri.com/2015/05/31/viviendo-en-un-planeta-joven-de-un-universo-bebe/

viernes, 20 de junio de 2014

No, Majestad, aquí no cabemos todos. Pero tiene arreglo.

Ya me sabrá disculpar, Majestad, que no estuviera muy atento a su ceremonia y su discurso de coronación. Es que me pilló preparando una charla de divulgación científica, aquí en provincias. De ciencia en España, ya ve usted qué cosas tiene uno. Y sin embargo, el caso es que hicimos llenazo. Cosas que pasan.

Sin embargo, ahora cuando he vuelto a casa, he querido ver lo que dijo usted, que no en vano es el Jefe del Estado en el que nací y vivo. Como no me fío mucho de los medios de comunicación, que ya sabemos que lo tergiversan todo, me he ido a buscar su mensaje en la web de la Casa Real y lo he leído con gran atención. En serio. Entonces, me he encontrado con las siguientes frases, al parecer muy celebradas en diversos ámbitos:
En esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos; caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben todas las formas de sentirse español.
http://www.lapizarradeyuri.com/wp-content/uploads/2014/06/12_EEEP_valencia_2014_06_19.jpgYo ya sé a qué se refería usted, Majestad. Pero es que verá, esta madrugada me pilla un poco torcido. Resulta que, aunque usted y yo peinamos las mismas canas –nacimos el mismo año–, a mí me gusta mucho juntarme con la juventud. Qué demonios, me encanta. Y anoche, después de la charla, se me ocurrió irme a tomar un par de copas con algunos de los asistentes más jóvenes. Chicos y chicas, licenciados en Física, como podrían haberlo sido en cualquier otra cosa; por fortuna, tengo un público muy amplio y diverso. Estuvimos hablando de la vida, de política, de ciencia y de futuro. Del de ellos, más que nada. Quieren doctorarse, hacer ciencia, investigar, ser buenos, quizá los mejores, quizá los mejores del mundo, o tan cerca como se pueda. Cosmología, física de partículas, computación cuántica, imagínese.

Y el futuro de todos ellos, absolutamente todos, pasaba por largarse de España.

No es que les mole el viajecito, Majestad. Es que aquí no pueden hacerlo. Mientras hablábamos de esto, recordé que ahora no conozco a ninguno de nuestros mejores jóvenes que siga o vaya a seguir en España. A lo mejor es cosa mía, pero a estas alturas uno conoce a mucha gente, y no creo. Nuestros mejores, Majestad, quienes quizá podrían sacarnos de este maldito atraso de siglos que padecemos, no caben en España. Aquí no hay nada para ellos, y ellas. No hay suficiente tejido científico, no hay suficiente tejido tecnológico, no hay suficiente tejido industrial, no hay nada. Es una auténtica fuga de cerebros, de la que se hacen eco medios internacionales tan poco sospechosos como la BBC, el Financial Times o la Royal Society of Chemistry, entre muchos otros. En palabras de la NPR, un “exilio económico” de la ciencia española.

Sigo leyendo su discurso. Dijo usted también:
Nuestra Historia nos enseña que los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo; cuando hemos renunciado al conformismo o a la resignación y hemos sido capaces de levantar la vista y mirar más allá -y por encima- de nosotros mismos; cuando hemos sido capaces de compartir una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes.
El bienestar de nuestros ciudadanos –hombres y mujeres–, Señorías, nos exige situar a España en el siglo XXI, en el nuevo mundo que emerge aceleradamente; en el siglo del conocimiento, la cultura y la educación.
Tenemos ante nosotros un gran desafío de impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación, que son hoy las verdaderas energías creadoras de riqueza; tenemos el desafío de promover y fomentar la innovación, la capacidad creativa y la iniciativa emprendedora como actitudes necesarias para el desarrollo y el crecimiento. Todo ello es, a mi juicio, imprescindible para asegurar el progreso y la modernización de España y nos ayudará, sin duda, a ganar la batalla por la creación de empleo, que constituye la principal preocupación de los españoles.
Salvo por algún matiz, no puedo estar más de acuerdo; pero ya sabrá que hemos oído palabras como estas muchas veces, con los hechos conocidos por todos. Y sin embargo, fíjese, yo quiero, deseo creerle, aunque sea ya casi por desesperación. Así que al tajo, Majestad, al tajo y a fondo. Para esto, pienso yo que puede usted contar con todos nosotros, o casi todos. Siempre y cuando, claro, nuestros cerebros mejores y más jóvenes tengan alguna oportunidad real, razonable, sensata, que les permita hacer ciencia en España mientras se ganan dignamente la vida y esas cosas de gente sencilla. Se puede solucionar, siempre que esté claro el orden de prioridades. Pero si no, Majestad, no es verdad que aquí quepamos todos. No caben los mejores y los más brillantes y esta España nuestra, o como lo sienta cada cual, seguirá condenada al mismo atraso, a la misma pobreza y a los mismos vaivenes de la historia que hace ya mucho debimos superar. El “que inventen ellos” se tiene que acabar o estamos todos acabados. Así, tal cual.

Fuente:  http://www.lapizarradeyuri.com/2014/06/20/no-majestad-aqui-no-cabemos-todos-pero-tiene-arreglo/