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| Incendio en la Amazonia brasileña. |
Los incendios en la Amazonia están afectando a Brasil, Bolivia, Perú y
Paraguay. Países con gobiernos de ideologías opuestas pero con iguales
modelos de desarrollo extractivista y agropecuario
En los primeros días el fuego te acorrala; en los días
siguientes las cenizas te entristecen. Así pueden describirse mis
sensaciones en una de mis visitas años atrás a las zonas amazónicas de
Brasil, Perú y Bolivia. Estas coincidieron con incendios como los que
hoy causan alarma mundial.
Cuando las llamas están activas el humo inunda todo, es peligroso
transitar los caminos por la poca visibilidad, hay momentos que cuesta
respirar, la garganta se inflama y los ojos lagrimean. Cuando las llamas
se apagan, el ocre y el gris dominan las escenas. Aquí y allá siguen
erguidos los restos de algunos árboles, mientras que en el suelo, entre
las cenizas, aparecen de tanto en tanto los cadáveres calcinados de
animales que no pudieron escapar.
Esta destrucción de la fauna y flora es lo que está repitiéndose en
estos días en América del Sur. Si bien, la prensa convencional insiste
con los titulares sobre la Amazonia y sobre Brasil, la realidad es más
compleja, y también más hiriente.
En efecto, este tipo de incendios están ocurriendo en estos momentos
en por lo menos cuatro países sudamericanos; además de Brasil, afectan
a Bolivia, Perú y Paraguay. A su vez, se están quemando selvas
tropicales húmedas, la Amazonia, pero lo mismo está sucediendo con los
bosques secos y sabanas arboladas, como la Chiquitanía en Bolivia o el
Cerrado brasileño.
En los datos más recientes, el número de incendios en Brasil superó
los 82 mil focos (al 26 de agosto), la cifra más alta desde el 2010, y
casi el doble que lo registrado en estas mismas fechas en el año
anterior. En Bolivia son más de 19 mil focos (el doble que en 2018), en
Paraguay más de 10 mil (manteniéndose en valores semejantes al años
anterior), y en Perú más de 6 mil (un poco más del doble).
Todas las grandes regiones ecológicas del trópico y subtrópico
sudamericano están afectadas por los incendios. Por ejemplo, en Brasil,
aproximadamente la mitad de los focos se ubican en la Amazonia, pero
casi un tercio ocurren en el Cerrado, y un 10% en los bosques
atlánticos. Bolivia en estos momentos vive el drama de ver como enormes
áreas de bosques secos e incluso su Pantanal, están siendo devorados por
las llamas (las pérdidas al día de hoy se estiman en 1,5 millón de
hectáreas).
Por lo tanto, pensar que solamente está ardiendo la Amazonia
brasileña es una simplificación. Las pérdidas ecológicas en todos esos
ambientes son enormes. Por ejemplo, el bosque seco de la Chiquitanía es
único en su tipo en todo el continente, y se estima que más de 750 mil
hectáreas ya se quemaron.
El chaqueo de ayer y la deforestación de hoy
La quema de bosques o campos, el llamado “chaqueo” en algunos sitios,
ha sido una práctica tradicional realizada especialmente por pequeños
campesinos e indígenas. Afectaba a pequeñas superficies en tanto estaba
directamente vinculada al autoconsumo de alimentos o por limitaciones
tecnológicas. Todo eso ha cambiado en las últimas décadas a medida que
han llegado a las áreas tropicales y subtropicales todo tipo de colonos y
empresas. Los incendios de hoy nada tienen que ver con aquellos del
pasado.
En la actualidad se deforestan y queman amplias zonas, casi siempre
con el propósito de liberar espacio para la ganadería extensiva, aunque
en otros sitios es para la agricultura. Para hacerlo a esa mayor escala
se necesitan importantes recursos materiales, como motosierras y
maquinaria pesada, y mucho capital para financiar una ingeniería de
trámites legales o ilegales, formales o amparados en la corrupción.
Detrás de esto no están ni los indígenas ni los pequeños agricultores.
Esa presión ganadera puede ser brutal. Por ejemplo, en la zona de San
Félix de Xingú (estado de Pará), se concentra un rodeo vacuno de más
de dos millones de cabezas. Factores como esos empujan a la agropecuaria
convencional sobre las áreas naturales tropicales y subtropicales.
A su vez, la diseminación de los monocultivos, especialmente de la
soja, en otras zonas de Brasil, pero también en Bolivia y Paraguay, hace
que los ganaderos se desplacen hacia nuevas áreas a deforestar. Todo
esto genera un enorme arco de deforestación amazónica que atraviesa
América del Sur, desde la costa atlántica brasileña a las faldas de los
Andes en Bolivia y Perú. Es una franja de casi tres mil kilómetros de
largo; una distancia similar a la que separa Madrid de Varsovia.
Bolsonarización para militarizar la Amazonia
Esta problemática se ha agravado notablemente bajo el gobierno de
Jair Bolsonaro. Por un lado, recortó controles ambientales en cuestiones
críticas como la deforestación, redujo el presupuesto del Ministerio
del Ambiente, cesó a personal clave en las agencias del ambiente y de
conservación de la biodiversidad, maniobró para que se cancelaran multas
a los infractores ambientales, y mucho más.
Por otro lado, Bolsonaro y su equipo han hostigado repetidamente a
los ambientalistas, indígenas y pequeños campesinos, presentándolos como
trabas al progreso, potenciales criminales e incluso como responsables
de los incendios. Tan solo como ejemplo, el 27 de agosto, en la reunión
con los gobernadores de los estados amazónicos, en lugar de analizar la
crisis ecológica volvió a quejarse de que los indígenas ya tienen
demasiadas tierras y anunció que no aprobará nuevas áreas protegidas.
Bolsonaro tampoco duda en repeler las críticas diciendo que son parte
de un complot del exterior para quedarse con la Amazonia brasileña. Esa
retórica tiene antecedentes desde por lo menos la década de 1970,
cuando el gobierno militar se oponía a las primeras negociaciones
internacionales ambientales. Bolsonaro revive parte de ese vocabulario,
viene colocando a militares en puestos afectados a la gestión ambiental,
y ha dado señales de resucitar un programa de control militar en las
fronteras amazónicas. Bajo esas condiciones no puede sorprender que
recibiera cierto respaldo de otro gobierno muy conservador, el de Ivan
Duque en Colombia. Este también ha presentado un nuevo plan de
desarrollo donde la gestión ambiental pasa a ser parte de la estrategia
de seguridad del Estado.
La geopolítica amazónica
La condición internacional de la Amazonia volvió al primer plano con
la reacción internacional ante los incendios. Una circunstancia que
aprovechó Emmanuel Macron, donde hay poco de ambientalismo y mucho de
oportunismo comercial y político. Pero el problema es que por lo menos
desde la década de 1980, los gobiernos brasileños por un lado insisten
en el control soberano sobre su Amazonia pero al mismo tiempo repiten
que no tienen dinero para protegerla, y reclaman ayudas a los países
industrializados. Desde allí se construyeron diversos mecanismos,
financiados especialmente por Europa.
Por ejemplo, en 1992 se inició el PPG7 (Programa Piloto de Protección
de los Bosques Tropicales del G7), que funcionó hasta 2009, con un
presupuesto de más de 460 millones de dólares. Cuando se hacía
lobby
por esos dinero, desde Brasil se insistía en que la Amazonia era un
ecosistema único en el planeta y que los países ricos debían colaborar
en protegerlo. También se alentó una visión deformada como si solo
existiera Amazonia en Brasil, dejando en segundo plano a los otros
países que comparten la cuenca. De ese modo, las propias autoridades
brasileñas durante al menos 30 años han contribuido a ese entrevero que
oscilaba entre una Amazonia “solo mía” a otra que sería “de toda la
humanidad”.
La actual crisis ha expuesto en toda su crudeza las tensiones entre
la soberanía nacional y las responsabilidades ecológicas, no sólo hacia
adentro de un país, sino con sus vecinos y con la salud ecológica
planetaria.
Las cenizas ideológicas
El problema se vuelve más complejo cuando se entiende que las quemas y
la crisis ambiental se repite en las naciones vecinas. No sorprende que
ocurra con gobiernos conservadores como los de Colombia, Perú y
Paraguay. Más difícil se vuelve asumir que en Bolivia, desde posturas
ideológicas que se presentan como opuestas, también se han debilitado
los controles ambientales, se perdonaron las faltas a los
deforestadores, y se alienta el avance del agronegocio.
El gobierno de Evo Morales cita a la Pacha Mama pero sus acciones
concretas han sido las de promover la explotación minera, petrolera y
agropecuaria, y por ello enfrenta un desastre ecológico similar. Así
como Bolsonaro ataca a los ambientalistas, la administración Morales se
burla de ellos, los hostiga y ha amenazado con expulsarlos del país.
En los progresismos la retórica se nutre de otros argumentos. Por
ejemplo, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, cita a Marx y
Lenin, pero también sostiene que la protección de la naturaleza es un
invento del Norte y por eso no deberían ser guardabosques de nadie.
Tuvieron éxito en esa promesa: no cuidaron los bosques y ahora se están
incendiando. Y aunque los aderezos de sus discursos son opuestos a los
de Bolsonaro, las similitudes en sus esencias dejan un gusto muy
amargo.
Por todo esto, cuando se leen los titulares de la prensa en Madrid,
Londres o París, siempre queda esa sensación de que realmente no están
entendiendo lo que ocurre aquí en el sur. Es más sencillo atacar a
Bolsonaro, en tanto es machista, racista, violento y autoritario, pero
es más dificultoso asumir las serias contradicciones en otras tiendas
políticas. Nos cuesta entender que estamos ante una crisis ecológica de
escala continental, y que ella también expresa el agotamiento de las
ideologías políticas herederas de la Europa ilustrada. Las viejas
políticas, todas ellas, han caducado. La cuestión es comprenderlo para
construir alternativas antes de que se queme el último árbol.
Fuente:
https://ctxt.es/es/20190828/Politica/27967/Amazonia-Brasil-Bolivia-Peru-Paraguay-incendios-Bolsonaro-Evo-Morales.htm#.XWe2cUWL4O4.twitter