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lunes, 27 de enero de 2020

La vergüenza

El presidente de Polonia, Bronislaw Komorowski, ha dicho en vano que la mayoría de los soldados que liberaron Auschwitz habían sido rusos y que este hecho debía ser reconocido.

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En la mayoría de los casos, la hora de la liberación no ha sido alegre ni despreocupada: estallaba sobre un fondo trágico de destrucción, matanza y sufrimiento. En aquel momento, en que sentíamos que nos convertiamos en hombres, es decir, en seres responsables, volvían los sufrimientos de los hombres: el sufrimeinto de la familia dipersa o perdida, del dolor universal que había a nuestro alrededor; de la propia extenuación, que parecía que no podía curarse, que era definitiva; de la vida que había que empezar de nuevo en medio de las matanzas, muchas veces solos. No era "el placer hijo del afán": era el afán hijo del afán. Salir de penas ha sido un deleite sólo para algunos afortunados, o bien sólo durante breves instantes, o para las almas muy simples; en la mayoría de los casos ha coincidido con una fase de angustia....

Los hundidos y los salvados.
Primo Levi

miércoles, 31 de julio de 2019

Si esto es un hombre

El escritor italiano Primo Levi Credit Mencarini Marcello/Agence France-Presse — Getty Images

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
   Considerad si es un hombre
   Quien trabaja en el fango
   Quien no conoce la paz
   Quien lucha por la mitad de un panecillo
   Quien muere por un sí o por un no.
   Considerad si es una mujer
   Quien no tiene cabellos ni nombre
   Ni fuerzas para recordarlo
   Vacía la mirada y frío el regazo
   Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
   O que vuestra casa se derrumbe,
   La enfermedad os imposibilite,
   Vuestros descendientes os vuelvan el rostros.

Primo Levi

Eso era un hombre: el centenario de Primo Levi

jueves, 24 de mayo de 2018

Philip Roth y el sionismo


Philip Roth con Primo Levi.
 Como Borges, como Greene, como tantos otros que hubieran honrado el galardón en vez de que el galardón los honrara a ellos, Philip Roth estaba harto de no ganar el Nobel. Frente a las respuestas ingeniosas del argentino, que una vez dijo que no concedérselo se estaba convirtiendo en una tradición escandinava, y el mal humor del inglés, quien aseguró que los académicos suecos no lo consideraban un escritor serio, Roth comentó que tenía cosas más importantes que hacer que recibir una llamada de Estocolmo, por ejemplo, esperar la cena. Una lástima también que en Estocolmo hayan decidido saltarse este año la concesión del Premio Nobel de Literatura por culpa de un escándalo de índole sexual, cuando uno de los primeros y de los mejores libros de Roth, El lamento de Portnoy, hizo de la masturbación el centro mismo de la novela.

Alguien, creo recordar que fue Norman Mailer, dijo que tras la muerte de Faulkner y Hemingway, la literatura estadounidense había perdido su centro natural y que los grandes escritores que quedaban vivos -Capote, Bellow, Steinbeck, McCullers, Salinger, Malamud, Barth, Pynchon, Styron, Vonnegut, Hawkes, Barnes, Gaddis, el propio Mailer, por citar sólo un puñado- eran como radios de una rueda. Sin duda alguna, Philip Roth era uno de esos radios, uno más de los brillantes novelistas de origen judío e hijo de inmigrantes centroeuropeos que se preguntaron, entre otras muchas cosas, en qué consiste ser estadounidense y en qué consiste ser judío.

La formulación más precisa a la segunda pregunta la elaboró en una de sus obras más polémicas, Operación Shylock, en la que, en una parodia delirante, el propio Philip Roth tiene que viajar a Jerusalén para conocer a su doble, un impostor que se hace pasar por el escritor de fama mundial para predicar el “diasporismo”, una doctrina que promueve el retorno de los judíos askhenazíes a su verdadera patria, es decir, Europa. Con el telón de fondo de la Primera Intifada y del juicio a un supuesto criminal nazi, apodado Iván el Terrible, a los sionistas más recalcitrantes esta sofisticada broma literaria no les sentó nada bien, quizá porque no era una broma, y recordaron que Roth ya había vapuleado de lo lindo varios tabúes intocables de la cultura judía. Como contaba Juan Losa en este mismo periódico, un importante rabino de Nueva York escribió en 1959 una carta a la Liga Antidifamación en la que preguntaba qué se estaba haciendo para silenciar a Roth e insinuaba que los judíos de la Edad Media sí habrían sabido qué hacer con él. En señal de desagravio, Roth juró que jamás volvería a escribir sobre los judíos, aunque la pista definitiva para comprender que no hablaba en serio es que lo juró sobre un bocadillo de pastrami.

Aunque él mismo afirmó en una entrevista en The New York Times que llegó a tener conexiones con el Mossad, los conspiranoicos siempre pueden agarrarse a la teoría de que fue el lobby judío el que más presionó para que el autor de La mancha humana y Pastoral americana no recibiera el Premio Nobel. Sin embargo, nunca hay que subestimar la enorme capacidad de los académicos suecos para esquivar a genios literarios de primer orden y premiar a mediocridades de la pluma como Solzhenitsyn, Churchill, Echegaray o Bob Dylan. Con su muerte, Roth ha ingresado en ese prestigioso panteón de los no galardonados, junto a Tolstoi, Joyce, Kafka, Galdós, Proust, Dinesen, Nabokov, Cavafis, Pound, Calvino, Amado, Lem, Burgess, Woolf, Bonnefoy, Bernhard, Mishima. Son unos cuantos.

Fuente: http://blogs.publico.es/davidtorres/2018/05/24/philip-roth-y-el-sionismo/

sábado, 27 de enero de 2018

El deshielo

El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo liberó Auschwitz. Se calcula que solo allí fueron asesinadas 1.300.000 personas Que nunca se nos olvide. 

 En los primeros días de enero de 1945, bajo el empuje del Ejército Rojo, ya cercano, los alemanes habían evacuado apresuradamente la cuenca minera silesiana. Mientras en otras partes, en circunstancias análogas, no habían dudado en destruir a sangre y fuego los Lager con todos sus ocupantes, en el distrito de Auschwitz actuaron de distinta manera: órdenes superiores imponían la "recuperación", costase lo que costase, de todos los hombres que pudiesen ser capaces de trabajar. Por ello, todos los prisioneros sanos fueron evacuados, en condiciones espantosas, hacia Buchenwald y Mauthausen, mientras los enfermos fueron abandonados a su destino. Varios indicios permiten deducir la primera intención alemana de no dejar ni un hombre vivo en los campos de concentración, pero un violento ataque aéreo nocturno, y la rapidez del avance ruso, indujeron a los alemanes a cambiar de opinión, y a emprender la huida dejando incompletos su deber y su obra.
   La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en avistarla. Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos.
   Nos parecía, y era así, que la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido, un núcelo de condensación: cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles.
   No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto.....

La tregua
Primo Levi

domingo, 13 de agosto de 2017

Hierro


La cordata Delmastro-Levi nel 1940 all'Uia di Mondrone
La cordata Delmastro-Levi nel 1940 all’Uia di Mondrone
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   Empezamos a estudiar Física juntos, y Sandro se quedó estupefacto cuando traté de explicarle alguna de las ideas que confusamente cultivaba yo por aquella época. Que la nobleza del Hombre, adiquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleiev que precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un poema, más elevado y  solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase; pensándolo bien hasta rima tenía. Que si buscaba el puente, el eslabón que faltaba, entre el mundo de los papeles y el mundo de las cosas, no tenía necesidad de ir muy lejos a buscarlo: estaba allí, en aquellos laboratorios nuestros llenos de humo, y en nuestro futuro oficio.
   Y por fin, y sobre todo, él, como un chico honrado y abierto que era, ¿ no sentía, apestando el cielo, el hedor de las verdades fascistas, no percibía como una ignominia el hecho de que a un ser pensante le exigieran que creyera sin pensar?¿No sentía desprecio por todos los dogmas, por todos los asertos no demostrados, por todos los imperativos? Sí, lo sentía. Y entonces ¿cómo podía dejar de sentir en nuestro estudio una dignidad y una majestad nuevas, cómo podía ignorar que la Química y la Física de las que nos nutríamos, además de alimentos vitales por sí mismo, eran el antídoto contra el fascismo que él y yo estábamos buscando, porque eran claras, distintas, verificables a cada paso?
   Sandro me escuchaba con una atención irónica, siempre dispuesto a desarmarme con un par de palabras secas y educadas cuando me propasaba en la retórica. Pero algo estaba madurando en él, algo que le perturbarba porque era al mismo tiempo nuevo y antiguo. Él, que hasta entonces no había leído más que a Salgari, London y Kipling, se convirtió de repente en un lector furibundo, todo lo digería y lo recordaba [...]
   Nació una asociación, y empezó para mí una temporada frenética. Sandro parecía hecho de hierro, y estaba vinculado al hierro por un parentesco antiguo. Me contó que los padres de sus padres había sido caldereros y herreros en los valles canaveses. Fabricaban clavos en la forja de carbón, le ponían cerco a las ruedas de los carros con un aro al rojo vivo, golpeaban la chapa de hierro hasta ensordecer; y él mismo, cuando descubría en la roca la veta roja del hierro, le parecía reencontrar a un amigo. Cuando el invierno se le echaba encima, ataba los esquís a la bicicleta oxidada, salía muy temprano y pedaleaba hasta llegar a la nieve, sin dinero, con una alcachofa en un bolsillo y el otro lleno de lechuga; volvía de noche o a veces al día siguiente, durmiendo en los pajares, y cuanta más hambre y más tormentas había padecido, más contento estaba y con mejor salud.
   En verano, cuando salía solo, muchas veces se llevaba consigo al perro para que le hiciese compañía. Era un perrucho callejero y de aire encogido. De hecho, según me contó Sandro, haciendo a su manera la imitación del episodio canino, cuando era cachorro había tenido una aventura desgraciada con una gata. Se había acercado demasiado a la camada de gatitos recién nacidos, la gata se había enfadado, había empezado a resoplar y se había erizado toda; pero el cachorro, que todavía no había aprendido el significado de estos síntomas, se había quedado allí como un tonto. La gata se había echado a él y arañado su hocico. Al perro aquello le había acarreado un trauma permanente. Se sentía deshonrado, así que Sandro le había hecho una pelota de trapo, le había dicho que era un gato, y todas las mañanas se la ponía delante para que se vengase en ella de la afrenta y reivindicase su honra canina. Por los mismos motivos terapéuticos, Sandro se lo llevaba a la montaña para que se desahogase. Lo ataba a un extremo de la cuerda, se ataba él mismo al otro, y se ponía a escalar.
   Sandro escalaba la montaña más a base de instinto que de técnica, confiando en la fuerza de sus manos, y saludando burlonamente, en los trozos de roca a que se agarraba, el silicio, el calcio y el magnesio que había aprendido a reconocer en el curso de mineralogía. Le parecía haber perdido el día si no había agotado sus reservas de energía, y entonces hasta su mirada era más viva.
   De sus impresiones hablaba con suma parquedad; no le gustaban las grandes palabras, ni siquiera las palabras. Parecía que tampoco de dialéctica, como de alpinismo, hubiera recibido lecciones de nadie; hablaba de una forma que no es corriente; decía sólo el meollo de las cosas.
   Se llevaba por si acaso treinta kilos de saco, pero en general iba sin nada; le bastaba con los bolsillos y la verdura que como he dicho, llevaba en ellos, con un trozo de pan, un cuchillito, a veces la guía alpina, muy manoseada, y siempre una madeja de alambre para reparaciones de emergencia. La guía no la llevaba de excursión porque tuviese fe en ella, todo lo contrario. La rechazaba por considerarla una atadura, es más, como una criatura bastarda, un híbrido detestable de papel, nieve y roca. La llevaba de excursión para vilipendiarla, feliz cuando podía pillarla en un error, ya fuera a sus propias expensas o a las de sus compañeros de ascenso. Podía estar andando dos días sin comer, o meterse en el cuerpo tres comidas juntas y luego salir. Para él todas las estaciones eran buenas. El invierno para esquiar, pero no en las estaciones lujosas y mundanas de las que huía con lacónico desprecio [...].
   Ver a Sandro en la montaña le reconciliaba a uno con el mundo le hacía olvidar la pesadilla que gravitaba sobre Europa. La montaña le hacía feliz, con una felicidad muda y contagiosa, como una comunión nueva con el cielo y la tierra, en la cual confluían mi necesidad de libertad, la plenitud de mis fuerzas y el hambre de entender las cosas, todo lo que me había empujado hacia la química. Salíamos con el alba, frontándonos los ojos, y allí alrededor estaban, apenas tocadas aún por el sol, las montañas cándidas y oscuras, nuevas como recién creadas por la noche apenas desvanecida, y al mismo tiempo incalculablemente antiguas. Eran una isla, un más allá [...].
  Le estoy agradecido a Sandro por haberme metido deliberadamente en apuros, en muchas ocasiones empresas insesatas en apariciencia, y sé con toda seguridad que más tarde me han servido de mucho.
  En cambio a él no le han servido, o no por mucho tiempo. Sandro era Sandro Delmastro, el primer caído del Comando Militar Piamontés del Partido de Acción. Después de unos pocos meses de extrema tensión, en abril de 1944 fue hecho prisionero por los fascistas, no se rindió e intentó fugarse de la Casa Littoria de Cuneo. Murió de una descarga de metralleta en la nuca, disparada por un monstruoso niño-carnicero, uno de aquellos desgraciados esbirros de quince años que la República de Salò había reclutado en los reformatorios. Su cuerpo permaneció mucho tiempo abandonado en medio del camino, porque los fascistas habían prohibido a la población darle sepultura.
   Hoy sé que es una empresa sin esperanza recubrir a un hombre de palabras, hacerlo revivir en una pagina escrita, y particulamente a un hombre como Sandro. No era de esas personas de las que se pueden contar cosas o a las que se pueden levantar monumentos, con lo que él se reía de los monumentos. Vivía por entero en sus acciones, y una vez terminadas éstas, de él ya no queda nada. Nada más que las palabras, precisamente

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Sandro Dalmastro


El sistema periódico
Primo Levi
 

lunes, 31 de julio de 2017

Primo Levi

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Primo Levi
   Hay que desconfiar de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiasmantes, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.
   Es evidente que esta receta es demasiado simple como para cubrir todos los casos: un nuevo fascismo, con su retahíla de intolerancias, prepotencias y servidumbre, puede nacer fuera de nuestro país y ser importado, quizás en puntas de pies y haciéndose llamar con otros nombres; o puede desencadenarse dentro de casa con una violencia capaz de desbaratar todo reparo. Entonces los consejos de sabiduría ya no sirven y se debe encontrar la forma de resistir: también en esto, la memoria de lo sucedido en el corazón de Europa, y no hace mucho, puede servir de sostén y admonición.


Primo Levi

sábado, 18 de abril de 2015

Cuando la comunicación está vedada..


Fotografía de Ali Shokri
     En el gran continente de la libertad, la de la comunicación es una provincia importante. Como sucede con la salud, sólo quien la pierde sabe cuánto vale. Pero no se sufre sólo a nivel individual: en los países y las épocas en que la comunicación está vedada, pronto todas las demás libertades languidecen: la discusión de ideas muere por inanición, la ignorancia de las opiniones ajenas causa estragos, triunfan las opiniones impuestas [...]. La intolerancia tiende a censurar, y la censura acrecienta la ignorancia de las razones ajenas y, por consiguiente, la propia intolerancia: es un círculo vicioso muy rígido y muy difícil de romper.

Primo Levi

martes, 27 de enero de 2015

Soñábamos en las noches feroces..

Soñábamos en las noches feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer:
       Wstawác;
Y el corazón se nos hacía pedazos.

Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo
La orden extranjera:
      Wstawác.


                                11 de enero de 1946


Primo Levi

domingo, 16 de octubre de 2011

Primo Levi

Entonces nace en mí un dolor desolado, como ciertos dolores que apenas se recuerdan de los primeros años de la infancia: es el dolor en su estado puro sin templar por el sentimiento de la realidad ni por la intrusión de circunstancias extrañas, semejantes, a aquellos por los que los niños lloran; y es mejor que vuelva a salir a la superficie, pero esta vez abro los ojos deliberadamente, para tener frente a mí la garantía de estar efectivamente despierto.

"Si esto es un hombre"