El resportero de EL MUNDO narra la tortura física y psicológica que sufrió durante meses junto a otros occidentales durante su cautiverio bajo el yugo del Estado Islámico en Siria
El filo del sable me rozaba la yugular. A
Los Beatles -ese
era el apodo con el que nos referíamos a los tres milicianos- siempre
les gustó la puesta en escena. Me habían sentado en el suelo. Descalzo.
Con la cabeza rapada. Una profusa barba y vestido sólo con el uniforme
naranja que hizo tristemente célebre a la cárcel estadounidense de
Guantánamo.
John intentó acentuar el dramatismo.
Me acariciaba el cuello con el acero sin dejar de hablar.
-¿Lo notas? Está frío, ¿verdad?
¿Imaginas el dolor que te produciría si te lo clavara? Un dolor inimaginable. Con el primer golpe te cortaría las venas. La sangre se mezclaría con la saliva.
El radical había hecho traer el espadón ex profeso. Un arma de época.
De esas espadas que usaban los ejércitos musulmanes en el Medievo. Una
hoja de casi un metro. Con la empuñadura plateada.
-La segunda acometida te abriría el cuello. Ya no estarías respirando
por la nariz sino directamente por el esófago. Hacéis unos divertidos
gritos guturales. Lo he visto antes. Os retorcéis como animales, como
cerdos. El tercer golpe te arrancaría la cabeza. Te la colocaría sobre
la espalda.
Estaba empeñado en que el rehén entendiera el estremecedor mensaje.
Se trataba de que apareciera aterrado en el vídeo. Tras concluir con la
cimitarra decidió recurrir a su pistola. Desenfundó la Glock y la
cargó. Me la colocó en la cabeza y apretó tres veces el gatillo. Clic.
Clic. Clic.
Se llama falsa ejecución. Disparas con el arma
bloqueada por el seguro. Aunque eso no lo sabe la víctima. Sólo lo
descubre cuando no escucha la detonación y comprende que sigue vivo.
Ni siquiera esa intimidación les pareció suficiente. La pareja de
paramilitares embozados decidió trasladar la presión hacia el fotógrafo
Ricardo García Vilanova,
mi compañero de viaje. Permanecía arrodillado y con los ojos vendados
en otra esquina de la estancia. John ordenó a su compañero que le
apuntara en la cabeza con el Kalashnikov.
-¿Prefieres que le dispare a tu amigo? ¿Quieres ser el responsable de su muerte? -gritó.
Si alguna vez tuve dudas, aquel encuentro me confirmó el carácter psicopático de nuestros interlocutores.
Una vida bajo torturaEra una retahíla de amenazas que añadir a la larga serie de
exacciones psicológicas y físicas, de privaciones y humillaciones, que
se convirtieron en la realidad cotidiana de los 23 europeos,
estadounidenses y una latinoamericana que permanecieron retenidos
durante meses por el Estado Islámico de Irak y Levante -más tarde pasó a
llamarse Estado Islámico a secas-.
Un secuestro masivo que concluyó con la ejecución de seis de los
cautivos a manos de los radicales y la muerte en un bombardeo de otra
rehén, la estadounidense
Kayla Mueller, según anunció el propio IS.
Otros 15 presos fueron liberados. Los tres cautivos españoles -
Marc Marginedas, de El Periódico de Cataluña, el fotógrafo Ricardo García Vilanova y el
autor de este relato- fueron los primeros en
abandonar las prisiones del grupo radical, hace ahora un año.
Los fundamentalistas mantienen retenido a un último integrante de este grupo, el inglés
John Cantlie, cuyo destino sigue sumido en la incertidumbre.
El Estado Islámico llegó a reunir a periodistas y miembros de organizaciones humanitarias de 11 nacionalidades diferentes
-desde EEUU a Rusia, Francia, Inglaterra o España- en un esfuerzo
sistemático que les llevó a raptarlos en provincias como Alepo, Latakia,
Hama y Raqqa, para concentrarlos en una prisión que pretendían que
fuera un remedo del polémico penal estadounidense de Guantánamo.
"Tenían diseñado el proyecto desde hace mucho tiempo. El propio jeque
iraquí nos explicó desde el primer instante que pensaban secuestrar a
occidentales para recluirlos en una prisión de alta seguridad, con
cámaras, numerosos guardianes... Nos dijo que nosotros dos íbamos a
pasar mucho tiempo porque éramos los primeros prisioneros que
capturaban", declaró
James Foley,
el reportero estadounidense que fue raptado en noviembre de 2012 junto
al británico John Cantlie y que sería asesinado el pasado mes de agosto.
El presente relato no se ha podido hacer público hasta ahora porque
la tripleta a cargo de los presos extranjeros nos amenazó expresamente
con ejecutar a uno de ellos si al recobrar la libertad hablábamos sobre
este suceso en los medios de comunicación "antes de que todo haya
acabado", según sus propias palabras.
-
Cuando todo se sepa podéis insultarnos si queréis, no nos importa -precisó uno de los embozados.
-Tenemos ya el nombre del próximo que será ejecutado. Nuestro amigo
Gadget. Si queréis que
Gadget siga vivo no habléis con la prensa -explicó otro de ellos a voz en grito.
Gadget era el apodo con el que se referían a
Alan Henning, el taxista británico al que encerraron en diciembre de 2013.
Los Beatles disfrutaban amedrentando a sus cautivos. No eran palabras
huecas. Un día antes de esa amenaza nos habían obligado a ver la foto
de Sergei Nicolaevich Gorbunov. El ingeniero ruso fue raptado en octubre
de 2013. Compartimos con él varias semanas. Hasta que le asesinaron en
marzo de 2014. Fue el primero de una larga serie.
-¿Qué ves en la foto? ¡Cuéntaselo a los demás! -clamó George.
Pretendía que describiera la instantánea que le habían sacado a Sergei tras ejecutarle. "El jeque le disparó con una bala explosiva", indicó el desquiciado personaje sin ocultar su satisfacción.
-¿Dime, qué ves? -volvió a bramar mientras me forzaba a mirar la pantalla del ordenador.
-Veo a Sergei, está muerto, tiene sangre, restos de su cerebro en la barba -repliqué.
-Sí, y eso que no ves el enorme agujero que le hizo la bala en la nuca -añadió el miliciano en el mismo tono exaltado.
-¡A lo mejor termináis con él! ¡Os obligaremos a desenterrarle, a cavar otra tumba y os meteremos a dormir con él!
Henning fue finalmente asesinado en octubre. Su triste suerte -como
la del resto de las víctimas- no tuvo nada que ver con la difusión o no
de los detalles del secuestro sino con la demencia asesina de sus
secuestradores. John -el mismo que había grabado nuestro vídeo- fue el
encargado de vincular todos esos crímenes a la participación de EEUU e
Inglaterra en la alianza internacional para combatir al IS en Siria e
Irak.
Prisioneros en el norte de AlepoEn realidad, el diálogo con
Los Beatles siempre fue una
conversación disparatada. Dominada por sus desvaríos y el odio enfermizo
que atesoraban contra Occidente, el mismo lugar donde se habían criado.
James Foley y John Cantlie siempre dijeron que eran de origen
paquistaní, pero de nacionalidad británica.
El fotógrafo español Ricardo García Vilanova, el activista
humanitario estadounidense Peter Kassig y el autor de este artículo sólo
se incorporaron a su perturbador proyecto en
diciembre de 2013, cuando fueron trasladados desde Raqqa hasta una vivienda del norte de Alepo reconvertida en prisión y que pretendían que fuera su particular Guantánamo.
Era una elegante mansión con habitaciones subterráneas que usaban
como calabozos. Una de las contadas residencias en esa región con
inodoros de estilo europeo y focos de luz halógena empotrados en el
techo.
Nada más llegar me obligaron a desnudarme. Me
preguntaron por el origen de la cicatriz que tengo en la pierna derecha,
fruto de una vieja fractura. También querían saber el significado del
tatuaje de mi hombro. A Federico Motka, un italiano de la ONG Acted que
fue secuestrado en Idlib en marzo de 2013, le golpearon por haberse
tatuado un símbolo budista.
-¿Por qué ha venido usted a Siria?
Quien se expresaba era claramente el líder de los paramilitares. Me
observaba con desconfianza y desdén. Ni siquiera se cubría, al contrario
del resto de los milicianos que me rodeaban. Todos ocultos tras
pasamontañas.
Cuando le expliqué que era periodista y que llevaba cubriendo el
conflicto sirio desde 2011, replicó con desprecio: "¿Tres años en Siria?
Pues póngase este uniforme, que es el que tienen que utilizar los
periodistas que vienen a Siria. No os queremos aquí".
La visión del atuendo naranja me hizo regresar a los lúgubres días de Irak,
cuando los rehenes de Al Qaeda eran exhibidos en grabaciones de vídeo
vestidos de la misma guisa antes de ser decapitados. La camisola
anaranjada portaba un número a la espalda escrito en árabe. Yo era el
reo número 43.
El calendario debía marcar algún día de mediados de diciembre de
2013. Hacía semanas que había perdido el sentido del tiempo. Sin
embargo, nuestra tétrica odisea había comenzado casi tres meses antes.
EL SECUESTRO Deir Ezzor. 16 de septiembre. Seis de la mañana. Tras dos semanas de
estancia en la atribulada ciudad del este de Siria me disponía a
retornar a Turquía junto a Ricardo.
El trayecto nos obligaba a atravesar la vecina provincia de Raqqa, el principal bastión del IS.
El mismo camino que habíamos hecho para entrar. Un recorrido que
hicimos ocultos bajo el anonimato y la protección de un nutrido grupo de
miembros del Ejército Libre de Siria (ELS) que nos acompañaban en dos
vehículos.
A diferencia de Irak, donde la repercusión mediática que acompañaba a
esos episodios nos hizo comprender de inmediato el ingente riesgo que
existía de ser raptado, en Siria esta opción se antojaba todavía como
algo difuso en el verano de 2013. No parecía ser el peligro real que
constituía.
El periplo de entrada estuvo salpicado de signos que delataban la
amenaza que se cernía sobre cualquier viajero que circulara por esos
parajes desérticos.
El jeep que nos transportaba tuvo que superar más de media docena de controles establecidos por los encapuchados del ISIS.
La bandera negra con el sello blanco del Profeta que les identifica
ondeaba en aldeas, factorías, gasolineras... Nuestro intérprete nos
había advertido al comenzar el recorrido que los radicales ofrecían
"100.000 dólares por periodista extranjero".
Poco después, al cabo de casi una hora de viaje, nos topamos con una escena que reflejaba el caos en el que se ha sumido Siria:
un grupo de encapuchados asaltaba a punta de metralleta un autobús sin preocuparse por nuestra presencia.
Nada más superar aquel incidente, otro conductor desconocido nos obligó a parar requiriendo ayuda.
-La gente de Daula (así se refieren al IS en Siria) acaba de
secuestrar a mi hermano -le dijo al comandante de los militantes del ELS
con los que viajábamos.
La sucesión de altercados no consiguió disipar la falsa sensación de
seguridad, producto de múltiples desplazamientos al país y de la
superioridad militar que todavía mantenía en aquellas fechas el ELS
sobre Daula en la ciudad de Deir Ezzor.
Pero habíamos agotado nuestra suerte en el camino de ida. El regreso a
Turquía quedó interrumpido de forma abrupta en el primer punto de
vigilancia instalado por el IS en los accesos a la provincia de Raqqa.
Justo en la aldea de Karama.
Los milicianos habían colocado una ametralladora pesada sobre el
tejado de una vivienda cercana. La carretera estaba acotada con
montículos de arena. -Quedaos en el coche sin hablar.
La cara de nuestro intérprete dejaba claro que aquello se trataba de algo más que un simple contratiempo pasajero. De nada sirvieron esta vez los escoltas armados que iban en el automóvil.
-¿Sois árabes? -Fue la primera vez que nos encontramos con Abu Dhar,
el radical saudí que nos secuestró. Era el jefe de ese control. Ni el
capuchón con el que se cubría pudo ocultar su sorpresa cuando le dijimos
cuál era nuestra profesión-. ¿Periodistas? -exclamó-. Tenéis que venir
con nosotros.
Allí mismo exigió al cuarteto del ELS que entregara sus armas bajo el
supuesto de que se trataba de una inspección rutinaria. La primera
mentira de un repertorio interminable. Aquella era la jornada inicial de
las 194 que permaneceríamos en cautiverio.
Abu Dhar fue honesto. -Os odio -afirmó nada más conocernos-. Odio a los cristianos -especificó.
Fue él mismo quien nos hizo entregar nuestros teléfonos y equipajes.
Quien dio orden de que se nos registrara de forma exhaustiva y el que
nos vendó los ojos cuando nos introdujo en la que sería nuestra primera
cárcel, una antigua dependencia del régimen ubicada a pocos kilómetros
del puesto de vigilancia.
Horas interminablesPese al rapto, los extremistas mantenían una singular actitud hacia sus rehenes. Éramos prisioneros pero nos trataban con cierta deferencia. A Ricardo y a mí nos recluyeron en una habitación aislada, sin mezclarnos con el resto de los cautivos que se hacinaban en el pequeño penal.
A nuestros compañeros los colocaron en otra dependencia. No los
volveríamos a ver. Después sabríamos que recuperaron la libertad tras
varias semanas de cárcel.
-No os preocupéis. Os interrogaremos y después os dejaremos seguir
hacia Turquía. ¿Habéis tenido alguna vez un problema con los muyahidin
(guerrilleros islámicos)? Nuestro enemigo es el régimen de Bashar Asad.
No somos terroristas -precisó Abu Bara, un joven sirio de 22 años que
sería nuestro carcelero durante aquellas 11 jornadas.
Fueron días que nos hicieron descubrir las precarias
condiciones de vida que regirían nuestra existencia durante los
siguientes seis meses. Dormías en el suelo, sobre mantas. El
hambre se convirtió en una sensación recurrente. Desayunábamos pan duro y
agua. A veces Abu Bara tan sólo nos traía un pepino para comer, un par
de trozos de queso o un poco de aceite.
Las horas, interminables, sólo podían ocuparse caminando de lado a
lado en una celda de poco más de ocho metros cuadrados o jugando al tres
en raya con las fichas que confeccionamos con los envoltorios de los
quesitos.
En los dominios de Daula, las jornadas se organizan siempre en torno a
su fervor religioso. Las visitas al lavabo -un hábito banal que
repentinamente se convirtió en un lujo a veces inalcanzable- suelen
coincidir con los horarios de las cinco plegarias que deben realizar los
musulmanes. Quizás por eso, al segundo día de cautiverio, decidí
pedirle a Abu Bara que me enseñara a rezar. Una decisión inspirada en el
mero instinto de supervivencia pero que a la larga sería una de las
escasas aportaciones positivas de todo el secuestro.
Con el tiempo, orar fue uno de los únicos instantes de relajación de los que disfrutaría.
Con la noche llegaban las torturas. Desde nuestro
pequeño habitáculo podíamos escuchar las terribles golpizas que sufrían
los otros reos. Gritos desgarrados acompañados del ruido que hacían las
porras y cables de plástico que usaban para lacerar a sus víctimas. Sin
embargo, durante los tres primeros meses nosotros nunca tuvimos que
padecer exacciones físicas.
El comportamiento de los secuestradores seguía rayando el
surrealismo. El propio Abu Dhar entró un día en nuestra celda empuñando
una tranca y se excusó por
"los sonidos" que tendríamos que oír en las próximas horas.
"No os preocupéis si escucháis gritos. Hemos capturado a varios
soldados del régimen. Les vamos a golpear antes de ejecutarlos", apuntó.
Como su jefe, un emir al que nunca pudimos ver el rostro, Abu Dhar se
expresaba en un inglés más que aceptable. Su posible origen saudí quedó
de manifiesto ante sus continuas alusiones a ese país. La primera
cuestión que me preguntaron al interrogarme era si había visitado esa
nación árabe.
Me habían sentado con los ojos tapados frente a un grupo de
milicianos. Intuía su presencia por la profusión de comentarios. Tampoco
fue aquella una indagatoria al uso.
Nunca se me acusó de ser un espía, algo que sí harían meses después. No sabían dónde encasillarme. No semejaba ser un "enemigo" sin ser ni mucho menos objeto de su devoción.
Estaban interesados en saber mi opinión sobre la resistencia pacífica
que habían mantenido los sirios durante los primeros meses de la
revuelta -me quedó claro que despreciaban esa actitud-; conocer la
ideología de Ahrar al Sham, otro movimiento islámico sobre el que habían
realizado un extenso reportaje hacía meses o en que países árabes había
trabajado.
Las preguntas sobre Ahrar al Sham eran un indicio del profundo recelo
que tenían ya entonces hacia la significada facción islamista
opositora, que en septiembre de 2013 era un aliado de facto y ahora es
uno de sus principales rivales armados en la guerra civil siria.
-No nos gustan los periodistas. Siempre mienten. Usted ¿qué clase de
periodista es?, ¿un corresponsal de guerra? -preguntó un joven en un
perfecto inglés.
-El problema es que nunca podemos hablar con ustedes. Nunca nos dais la oportunidad de entrevistaros -le repliqué.
No podía refrenar mi instinto. Era la primera ocasión en la que tenía
la oportunidad de dialogar con militantes de una agrupación tan
fundamentalista como el IS.
-
Tenemos que tener mucho cuidado porque estamos rodeados de enemigos. No sólo nos combaten los gobiernos occidentales. También nos atacan los gobiernos árabes y hasta muchos musulmanes.
El chaval abandonó por unos instantes el interrogatorio para aleccionar al reportero sobre Daula.
-No somos como Hamas, que espera el permiso de Occidente para
declarar su estado. ¿Qué necesitas para proclamar un estado? Territorio y
el apoyo del pueblo. Eso ya lo tenemos y por eso hemos proclamado el
Estado Islámico en Irak y Levante.
Es un estado débil, lo reconozco, pero se irá afianzando con el tiempo, -observó.
-¿Tenéis hospitales o escuelas? Porque un estado también tiene que ofrecer sanidad y educación a sus ciudadanos -aduje.
-Sí, vamos a comenzar a abrir escuelas muy pronto -respondió mi interlocutor.
La investigación no resolvió nuestro caso. La estadía en Karama concluyó con un nuevo embuste.
Bucra Turquía
(Mañana a Turquía), aseguró Abu Bara dándonos a entender que al día
siguiente seríamos liberados. Los carceleros repetirían la falsa promesa
cada vez que intentaban tranquilizar a sus rehenes.
Bucra Turquía llegaría a ser casi un motivo de chanza para los cautivos, imbuidos de un extraño sentido del humor negro.
Antes de marcharnos el mismo Abu Bara nos hizo comprobar que no
faltaba nada en nuestro equipaje. Era cierto. El dinero que portaba
-casi 5.000 dólares-, el ordenador, los teléfonos, las cámaras de
Ricardo... Todo seguía intacto.
Otro espejismo. Al cabo de tres meses los diferentes grupos del IS que nos retuvieron nos habían robado hasta los calzoncillos.
TRES PRESOS EN TRES METROSPor supuesto, Turquía nunca fue nuestro destino. Sin saber qué hacer con nosotros,
la facción dirigida por los saudíes nos envió a Raqqa, la capital del Estado Islámico que pretenden recrear.
Allí nos recluyeron en la antigua sede del gobierno provincial de esa
ciudad. Una auténtica ironía. En abril de 2013 había estado en ese mismo
edificio intentando entrevistar a los combatientes de Jabhat al Nusra
(JN), la franquicia siria de Al Qaeda.
Entonces me recibieron con el respeto propio de la región y un café.
Todavía se podían leer en los muros del edificio las pintadas alusivas a
sus antiguos moradores. Muchos de ellos simplemente habían cambiado de
equipo. Fueron Nusra y ahora eran Daula.
La cordialidad había desaparecido.
"Esto no es un hotel, esto es una cárcel", nos espetó muy pronto uno de los carceleros.
No sólo era una prisión. Aquel lugar reunía ya los estereotipos que
han popularizado los filmes norteamericanos que aluden al islamismo
extremista.
El lugar -un extenso garaje subterráneo- estaba gestionado por
militantes embozados y plagado de celdas. La nuestra no llegaba a
superar los tres metros cuadrados. Un sombrío zulo que compartíamos tres
personas: los dos reporteros españoles y Abu Omar Al Afgani, un miembro
de Daula.
Una estancia tan diminuta que nos costaba encontrar espacio para
dormir acostados sobre el suelo.
-¡Esto no es el trato que deberían recibir los seres humanos! ¡No somos animales! -se quejaba Abu Omar.
Estaba muy equivocado. A eso nos habían reducido.
A ser simples animales.
Nos sacaban de la jaula para ir al baño dos o tres veces al día y nos
servían la comida en una escudilla que hacían entrar en la celda
empujándola por el suelo con el pie. Un día nos dieron arroz. Encima
habían dejado los huesos roídos del pollo que se debió comer algún
carcelero. "Como si fuéramos sus perros", apuntó Ricardo.
Los antiguos inquilinos habían marcado con rayas sobre los muros los
días que permanecieron recluidos. Yo comencé a imitarles. Grabé con una
moneda el nombre de las tres personas que nunca quería olvidar:
Mónica,
Nur y Yeray. Cualquier atisbo de normalidad, de los comportamientos que
rigen la vida cotidiana, había desaparecido.
Éramos reos de la intolerancia más enajenada pero mi esposa y mis hijos tenían que ser el referente que me permitiría resistir.
Abu Omar era un personaje curioso. Lo habían encerrado por dar una
paliza a un dirigente de su agrupación que se negó a detenerse en el
control donde estaba destinado. Decía que había luchado en Afganistán
junto a Al Qaeda y de ahí su apodo -Al Afgani-.
Pero su lealtad hacia Daula parecía resquebrajarse. No entendía como él -"
¡un guerrillero islámico!", repetía- podía estar en la cárcel de su propia organización. Después sabríamos que no era un caso aislado. El Frankenstein islamista había comenzado a devorar a sus propios acólitos.
En ocasiones despotricaba abiertamente sobre la organización. "Todos
los emires de Daula tienen un gran coche, se han apropiado de una casa
enorme y están repletos de dinero. Tienen millones de dólares apilados
en habitaciones. Yo las he visto. Los billetes llegan hasta el techo",
aseguraba.
Otras veces dejaba aflorar un carácter bestial. Se regocijaba con los presos a los que oíamos torturar.
Reos de todas las edades, sexos y filiaciones políticas
-¡Dale, dale! -vociferaba con una enorme sonrisa.
En aquellas fechas de octubre de 2013, la prisión estaba repleta. El
movimiento extremista intentaba afianzar su poder en Raqqa y no cesaba
de detener a decenas y decenas de miembros del ELS.
La alianza tácita entre nacionalistas y fundamentalistas contra el
régimen de Bashar Assad estaba a punto de derivar en una feroz batalla.
Las sesiones de torturas nocturnas resultaban interminables. Los
chillidos no se extinguían durante horas. Lo mismo que el estremecedor
sonido de la pistola eléctrica que utilizaban para martirizar a sus
víctimas. El tormento es una práctica diaria en los dominios del IS. Abu
Omar nos traducía lo que ocurría al otro lado de la puerta.
"Estos son del régimen, les han dicho que los van a matar en una hora", indicaba. "A este otro le van a dar 100 latigazos", añadía.
Había reos de todas las edades. De todas las filiaciones políticas.
De todos los sexos. Las mujeres y los niños tampoco podían eludir la
furia demencial de Daula. Un día pudimos escuchar cómo torturaban con
descargas eléctricas a un chiquillo al que le recriminaban que fumara.
El menor no cesaba de llorar. Entremezclaba las lágrimas con los
lamentos.
-¿No sabes que es haram? (pecado) -le abroncaban.
Recordé que en Irak, azuzados por su insania, llegaron a cercenar los
dedos de los fumadores. En otra ocasión nos encontramos allí con
una madre encerrada junto a su hija. La niña no debía de tener ni siquiera dos años. Tan sólo pronunciaba monosílabos.
A veces el carcelero la dejaba salir a corretear por el pasillo. La
podíamos ver a través del resquicio de la puerta. Una figura diminuta
paseando de la mano del corpulento militante encapuchado al que llamaba
ammo -tío, en árabe-. Una imagen devastadora. Los disparos aislados eran
una constante.
Un solo tiro de pistola. Nunca pudimos confirmar de qué se trataba pero Ricardo estaba convencido de que eran ejecuciones.
Ni la misma guerra se había olvidado de nosotros. Un día el edificio
se estremeció. A primera hora de la mañana. Había sido alcanzado por un
obús o un misil. La onda expansiva llegó a mover incluso el sólido
portón de metal de nuestra mazmorra.
Raqqa seguía siendo el objetivo de los aviones del régimen y de los
morteros del último cuartel que controlaban todavía en las inmediaciones
de la ciudad, la Base de la División 17. La misma que cayó en manos de
la milicia radical en julio de 2014.
Durante 48 horas consecutivas, en torno al mediodía, pudimos escuchar
claramente el sobrevuelo de una aeronave y la subsiguiente
deflagración. Abu Omar nos había contado que sólo días antes, el 29 de
septiembre -cuando nosotros estábamos recluidos en Karama-, un avión
había destruido un colegio de la villa matando al menos a 13 chavales.
¡No me dejes aquí! ¡No quiero morir! La estadía en la sede del gobernador duró 22 días. Concluyó
de improviso cuando un carcelero nos anunció que nos iban a trasladar a
una prisión "mucho mejor que ésta, con mejor comida". Cualquier
progreso respecto a las condiciones de aquel agujero ya nos parecía
aceptable.
Nos acababan de sacar de la celda para el traslado y nos habían
vendado los ojos. Nos sentaron en el pasillo junto a otros muchos reos.
-Are you Javier Espinosa? (¿Eres Javier Espinosa?).
Mi interlocutor se expresaba en un inglés perfecto con un evidente
acento americano. Abu Omar nos había dicho días antes que había
escuchado hablar a un "periodista" paquistaní supuestamente de Al
Jazeera, pero nunca mencionó a ningún norteamericano.
-¡No me dejes aquí! ¡No quiero morir! La voz del cautivo sonaba
desesperada. Tanto que solicitaba ayuda a un rehén tan inerme como él.
Era Peter Kassig, el fundador de la ONG Sera, una organización
humanitaria encargada de suministrar asistencia médica a varias ciudades
sirias, incluida Deir Ezzor.
El destino tiene a veces guiños incomprensibles. Le habían atrapado
en Karama. En el mismo puesto de control donde nos secuestraron a
nosotros. Le encerraron en la misma celda. Lo supo al ver escrito en la
pared mi nombre y el de mi familia.
Peter nunca se benefició del trato ambivalente que nos otorgaron los islamistas en aquel recinto.
Su relato estaba plagado de recuerdos pavorosos.
-Cuando se enteraron de que era norteamericano y que había sido soldado en Irak se volvieron como locos.
Me colgaron del techo y empezaron a golpearme.
Me llevaron al balcón y me dejaron colgando en el vacío, asido de un
pie. Pensaba que me iban a ejecutar allí mismo -refirió cuando llegamos a
nuestro nuevo destino- Me dijeron que quieren que Siria se convierta en
el lugar más terrorífico del planeta. Dicen que ahora sólo ocupa el
lugar número tres, después de Afganistán y Mali. En eso no se
equivocaron. Ya han conseguido su objetivo.
De Raqqa nos enviaron a una vivienda aislada sita en las
inmediaciones de Tabka, al oeste de la capital provincial. No lejos del
aeropuerto militar que hay en dicha zona. Lo supimos porque esa base
militar también estaba en manos del régimen de Bashar Assad -cayó en
agosto de 2014- y en ocasiones bombardeaban los alrededores.
Abu Omar nos había hablado con resquemor de Mansura, el nombre de
aquella cárcel. Para él estaba asociado a largas estadías. Pronunciaba
esa palabra y decía "un gran problema, un gran problema".
EN EL HILTON DEL IS-Asalam Mualekum!
Fui el primero en entrar en lo que sería nuestro domicilio durante
casi dos meses. Abu Ahmed se encontraba sentado sobre su colchón leyendo
el Corán. Le saludé con la fórmula ritual que se usa entre los
musulmanes. Él me respondió de la misma manera.
-Mualemuk Asalam al Barakatu.
La nueva celda era una habitación amplia. El suelo estaba cubierto
por una alfombra y disponíamos de un ventilador empotrado en el muro. Me
apercibí de la presencia de cajas con humus -puré de garbanzos- y
mortadela en un lateral.
Nada más llegar los celadores nos trajeron más alimentos: huevos duros, tomates y pan.
Por primera vez en más de un mes nos sirvieron un té. Esta vez, sin que
ello supusiera un cambio definitivo de actitud, el carcelero no nos
había engañado. En comparación con el hoyo del que procedíamos aquello
parecía una prisión VIP. Fue por ello que pasamos a llamarle el
Hilton del IS, en alusión al hotel de cinco estrellas del mismo nombre.
El alivio inicial se disipó en cuestión de segundos. Nunca pensé que
nuestro secuestro se iba a solventar con premura. La conversación
inicial con Abu Ahmed me confirmó mis temores.
-Yo llevo aquí cinco meses -dijo. Al escuchar aquello, Ricardo se
mesó los cabellos. Me acordé de Abu Omar: "¿Mansura? ¡Gran problema!
¡Gran problema!". Abu Ahmed intentó atenuar nuestra preocupación. "Otros
han estado sólo 15 días, les han interrogado y se han marchado",
puntualizó. No sería nuestro caso.
La casa-prisión estaba regentada por un contingente de vigilantes
magrebíes. Había tunecinos, marroquíes, argelinos... Eso nos permitiría
comunicarnos con ellos en francés. El mismo jefe acudió a darnos la
bienvenida. Era un militante menudo. Embozado en su máscara negra y
vestido con un chaleco donde portaba granadas de mano y un
radiotransmisor.
Su comportamiento era desconcertante.
Nos saludaban como si fuéramos invitados y no rehenes. "¡Hola, chicos!
¿Qué tal estáis?", preguntó en tono jovial. "Bueno, pues secuestrados,
no te jode", comenté con Ricardo en voz baja.
Abu Ahmed era toda una alegoría del giro crucial que se estaba registrando en la insurrección siria. Una
transformación tan significativa como ignorada por los medios de
comunicación. Azuzada por la brutal represión del régimen, la revolución
contra Assad había sido subvertida por una guerra civil basada en un
ideario religioso cada vez más extremo. Las ansias de democracia y
libertad eran ya historia. Había llegado la hora de la yihad (guerra
santa). Del odio sectario. De la venganza.
Él tampoco fue nunca una adalid del sistema democrático. Decía haber
sido uno de los primeros oponentes que se lanzó a las calles de Tal
Abyad, su ciudad natal. "Cuando comenzaron a dispararnos, comprendimos
que por la vía pacífica no haríamos nada. A la siguiente ocasión les
respondimos a tiros", relató.
A sus 43 años y con el título de jeque -clérigo musulmán-, el sirio
era un veterano de las cárceles del Baaz, el partido de Assad. Había
pasado dos años en prisión en la década de los 80. "Sólo por llevar
barba y ser religioso", adujo. Su cuerpo todavía mostraba marcas de las
torturas que sufrió en aquellas fechas. Cicatrices indelebles en las
piernas y en los brazos.
Al principio se enroló en una facción siria islamista independiente
del ELS y acabó siendo el emir local del Frente al Nusra. JN impuso su
férula en Tal Abyad y Abu Ahmed se erigió en el personaje más influyente
de la localidad fronteriza con Turquía.
-
Un día llegó el IS y nos obligó a integrarnos en su Estado. No podía hacer otra cosa. Me habrían asesinado -recordó.
El traspaso concluyó en mera usurpación. A las pocas semanas, Abu
Ahmed fue relevado de su cargo por otro cabecilla de origen iraquí y
terminó encarcelado.
-Me acusaron de robar dinero. ¡Pregunten en Tel Abyad, todo el mundo
me conoce! ¡Saben que yo no podría robar ni una gallina! -se quejaba.
El sirio reconocía que se trataba de una mera "lucha de poder".
También que su ideario, incluso si él también exigía una teocracia, era
"moderado" al compararlo con la filosofía apocalíptica de Daula.
-
Siempre defendí a los cristianos de Tal Abyad. Di
órdenes de ejecutar a cualquiera que les hiciera daño. Recuerdo que una
vez vino a verme una extranjera, miembro de una ONG de derechos humanos.
Vino cubierta con el hijab (velo musulmán). Le pregunté: "¿Eres
musulmana?". No lo era y le dije: "No hace falta que te cubras si no
eres musulmana" -recordó.
Todas aquellas semanas con Abu Ahmed nos permitieron comprender el
profundo cisma que se había gestado entre los yihadistas foráneos del IS
y los islamistas sirios afines a JN.
Daula había iniciado su operativo para apropiarse de la
interpretación más rigorista del Islam. JN ya no era un posible aliado
sino un rival. Con los meses, el Estado Islámico acabaría combatiendo a
los seguidores de la misma organización radical que lidera el egipcio
Ayman Al Zawahiri. Ahora los tacha de "apóstatas" como hizo en Irak con
sus antiguos correligionarios del Ejército Islámico.
-El problema son los árabes (se refería así a los extranjeros). No
los sirios. Los árabes sólo piensan en el califato y nosotros en
derrocar a Bashar -argumentaba Abu Ahmed.
La capacidad de resistencia del sirio estaba muy mermada. Había
pasado la mayor parte del tiempo casi en solitario. Sus jornadas se
reducían prácticamente a recitar día y noche el Corán. Abu Ahmed se
desesperaba. Al igual que Abu Omar, no comprendía cómo un emir del IS
podía haber acabado en la prisión de ese grupo.
-Primero me encarceló el régimen y ahora Daula. ¿A dónde va Siria? -inquiría mientras lloraba.
Su abatimiento le llevó en varias ocasiones a declararse en huelga de
hambre. "Prefiero la muerte", decía. Se llegó a colocar la cinta blanca
en la cabeza que portan los musulmanes que se disponen a morir en
combate.
-
Si soy un ladrón, ¿por qué no me cortan una mano como dice la sharia? ¿Por qué me tienen encerrado mes tras mes? -preguntaba.
Días antes de que cumpliera seis meses encarcelado, los responsables
de Daula en Raqqa le permitieron trasladarse a esa población para
conocer a su nuevo hijo, nacido mientras él estaba ausente.
Al volver nos informó que se había encontrado con otro de sus
vástagos, Ahmed, de 14 años, que luchaba precisamente en las filas del
IS. Estaba exultante. El muchacho no sólo le había traído al bebé sino
«buenas noticias». «Le han dicho que me soltarán al cumplirse los seis
meses».
Los embustes de Daula se extendían a sus mismos acólitos. Cuando
abandonamos Mansura, Abu Ahmed seguía allí. Ya había superado los siete
meses de estancia.
Nuestras condiciones de vida mejoraron ostensiblemente en Mansura.
Allí tenías espacio para pasear. Aunque fuera de lado a lado de la
habitación. Disponías de alimentación suficiente. Pese a que al final
terminamos odiando productos como la mortadela.
Incluso nos fabricamos un ajedrez con fichas recortadas a partir de
cajas de quesitos. Con un bolígrafo dibujamos el tablero sobre un
cartón. También podía leer el Corán.
Mansura estaba casi aislada. A través del agujero del ventilador se
podía ver el paraje. Una zona desértica. Los milicianos de Daula se
entrenaban en las inmediaciones. Escuchábamos sus gritos al amanecer.
"¡Ala Uakbar!¡Ala Uakbar!" (Dios es grande). A veces hacían sonar una
alarma antiaérea y disparaban con una ametralladora pesada. Nunca supe
si aquello formaba parte de los ejercicios o respondía al sobrevuelo
real de los aviones gubernamentales.
Otra jornada escuchamos una ingente explosión. Los carceleros
mantenían una relación muy cercana con Abu Ahmed, con el que solían
charlar a diario.
-Han estado probando explosivos. Han fabricado un coche bomba y lo han hecho estallar -nos dijo el jeque.
Las sesiones de tormentos también amainaron. En ocasiones
escuchábamos cómo encerraban a algunos reos en las celdas de
aislamiento. Pero las golpizas llegaron a ser una rareza.
-El Islam nos prohíbe pegar a los prisioneros -nos dijo en una
ocasión uno de los carceleros. Otro eslogan basado en la falsedad.
Llevábamos semanas escuchando las continuas exacciones de sus
correligionarios.
Semanas más tarde,
el rostro contraído de Khamis serviría como una prueba más para rebatir esas falacias. Cuando volvió a la celda, apenas podía moverse. Tenía un brazo inmovilizado. -No puedo levantarlo. Se me ha roto algo -aducía.
Nos contó que le habían colgado del techo, agarrándole de las muñecas
con unas cadenas, y le sometieron a un suplicio interminable. «Porras,
electricidad, cables...».
Era un personaje menudo. Humilde y con escasa educación. Trabajaba como telefonista del hospital público de la ciudad de Raqqa.
Fue uno de los cuatro presos sirios -incluido el jeque Abu Ahmed- con los que compartimos reclusión en Mansura.
-No sé por qué estoy aquí. Volvía a casa desde el hospital. Me paré a
comprar pan. Iba andando por la calle. Un coche se detuvo a mi lado.
Salieron dos encapuchados y me obligaron a entrar.
Khamis no pasó mucho tiempo en Mansura. Se lo llevaron al cabo de
tres días. Uno de los vigilantes nos aseguró que le habían «liberado».
Nunca pudimos comprobar si era cierto. También nos dijeron que habían
soltado a Hamza, otro reo que pasó siete días en nuestra habitación. Un
campesino de Karama que sufría de asma.
El día que le interrogaron, un militante entró apresurado en nuestro
habitáculo preguntando por el espray que usaba el reo cuando sufría un
ataque de su dolencia. Hamza nunca regresó. "Me dicen que le han dejado
irse a casa", precisó Abu Ahmed poco convencido. En teoría se marchó tan
deprisa que no volvió ni para recuperar su chaqueta, sus gafas o el
Corán que traía.
'Aquí se mata, lo hacemos a diario'A la mañana siguiente dos de los carceleros entraron súbitamente en el cuarto.
-¿Dónde escribió Hamza su nombre? Todos los presos solíamos
garabatear nuestros nombres sobre las paredes. Hamza había elegido la
puerta.
-¡Borradlo! -nos gritaron. -¡Que no quede ni rastro!
¿Hacer desaparecer el patronímico de alguien a quien han dejado en
libertad? ¿Por qué? Nunca hicimos esa pregunta. Tampoco nos creímos que
Hamza estuviera a esas horas en su domicilio.
Meses más tarde, el mismo vigilante de Mansura reveló que el
apelativo que le habíamos otorgado a esa cárcel era una ingente
equivocación. Nunca fue la dependencia
exclusiva que imaginábamos. -Aquí se mata, lo hacemos a diario -nos espetó en un arrebato de furia.
Hamza, Khamis y otro chaval con el que sólo compartimos una jornada
en prisión fueron apariciones fugaces en Mansura. El único que
permaneció durante los dos meses que estuvimos en ese penal fue Abu
Ahmed.
La presencia del jeque de Tal Abyad supuso un cambio crucial para
Peter Kassig. El chaval terminó en nuestra celda y entendió que Abu
Ahmed podía ser su mentor espiritual. Era el único cristiano de los
cuatro reos. El estadounidense aprendió a rezar bajo la férula del
religioso.
De la noche a la mañana, el nuevo musulmán se convirtió en el
protegido de los celadores magrebíes. Le comenzaron a llamar Abdul
Rahman. Ello no evitó que durante el interrogatorio que sufrió en ese
enclave acabara suspendido de las mismas cadenas que Khamis. "Me han
dejado colgando. Después me han golpeado con un bate de béisbol", nos
refirió.
'¿Cómo puedes probar que no eres un espía?'La rutina de Mansura se quebró al cabo de varias semanas ante la
llegada imprevista de un equipo especial de interrogadores. Un terceto
de expertos en informática que
me obligó a revelarles las claves de acceso al ordenador y a todas mis cuentas de email, Facebook o Twitter.
Esta vez sí querían averiguar si era un espía.
El hipotético sistema de justicia que aplica Daula se basa en el
precepto de que siempre eres culpable hasta que pruebes que eres
inocente.
El cuestionamiento comenzó bajo esa premisa: "Es bien sabido que
todos los periodistas trabajáis con los servicios secretos. ¿Cómo puedes
probar que no eres un espía?".
Todavía en aquellas fechas, incluso tras más de dos meses en prisión,
manteníamos cierta confianza en la posibilidad de que nuestros
contactos nos permitieran salir de allí. Ricardo había estado
secuestrado en Alepo durante 11 días por el IS y al final le soltaron.
Respondí dándoles decenas de nombres de militantes y jefes de
grupos de la oposición con los que habíamos convivido en Siria.
Esfuerzo inútil. Nunca intentaron hablar con ninguno de ellos.
El interrogatorio era un simple ejercicio de apariencias. Nuestro
destino ya estaba fijado. Formábamos parte del proyecto Guantánamo.
Más información:
http://www.elmundo.es/internacional/2015/03/15/5502e97d22601d8a288b456f.html