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lunes, 1 de abril de 2019

Una tragicomedia fotográfica regada con mucho alcohol


 Cada vez quedan menos, pero todavía hay alguno en Viena. Los Branntweiner son bares de mala muerte donde solo se permite la venta de bebidas fuertes tipo whisky o coñac. Frecuentados por obreros jubilados, alcohólicos anónimos, exprostitutas y bandidos que han colgado su pistola hace años, son el reducto de una generación de trabajadores sin familia, sin futuro y sin esperanzas, que languidece a la espera de la muerte.

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El fotógrafo austriaco Klaus Pichler decidió documentar los últimos días de estos bares, que están cerrando por falta de público a medida que sus clientes fallecen. El resultado es Golden days before they end, un retrato descarnado de vidas alcohólicas con un trasfondo de divorcios, paro y enfermedades. Es también una mezcla de drama y de locura en la que los protagonistas interpretan su propia vida delante de la cámara del documentalista. 

«Son los supervivientes de una generación que definía su identidad a través de sus habilidades profesionales. En su mayoría son jubilados con problemas de adicción al alcohol. No tienen familias. Necesitan estos bares para socializar porque aquí encuentran una especie de familia de reemplazo», explica Pichler desde Viena.

Durante cuatro años, este fotógrafo visitó más de 120 bares junto al periodista Clemens Marschall; tanto los Branntweiner como los Tschocherln, locales más pequeños en los que se permite la venta de vino, cerveza y refrescos, además de las copas. En 70 de ellos realizó los retratos recogidos en su fotolibro. «Estos bares tenían una mala reputación y todavía la tienen. Desde siempre han sido frecuentados por criminales y prostitutas; y a menudo había peleas. Mis padres vivían enfrente de uno de los más famosos de Viena y siempre me contaban historias curiosas», cuenta Pichler.
El fotógrafo y el periodista pasaron más de 200 noches en estas tabernas charlando con los clientes, los camareros y los dueños. «Nos lo tomamos muy en serio porque sabíamos que eran los últimos coletazos», señala Pichler. «Estos bares te dan una idea perfecta de cómo era la vida de la clase obrera en los años 70. Hace 50 años en Viena podías encontrar uno casi en cada esquina. De los 600 Branntweiner que hubo en el auge, hoy solo quedan dos. Sentí la necesidad de documentarlos antes de que sea demasiado tarde», agrega.

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En todos ellos fue recibido con cordialidad. «Los dueños son conscientes de que sus establecimientos desaparecerán por completo dentro de unos años. Todos entendieron la importancia de nuestro trabajo y eso facilitó enormemente nuestra labor», revela Pichler. En su opinión, la extinción de estas tascas se debe a que la clase obrera actual es muy diferente de la de antaño. «Hoy, en Austria, los obreros aspiran a algo mejor: quieren ser dueños de su propia casa o de su piso, y tener una vida estable. Además, ya no beben tanto. Antiguamente había una cierta tolerancia con el alcohol. Hoy los obreros no pueden beber durante el horario de trabajo. Por eso consiguen tener una vida mucho más sólida que las generaciones de los años 60 y 70», cuenta.

Tradicionalmente, Austria es un país de bebedores tenaces. Con 12,2 litros de alcohol puro por persona y año, los austriacos encabezan las estadísticas de consumo per cápita de la OCDE, junto a los estonios. «Mi país desde siempre ha tenido un problema serio de alcoholismo y eso no ha cambiado mucho. Simplemente se bebe en otros sitios, entre las paredes domésticas, y se bebe de otra forma. Hoy los austriacos prefieren el vino más caro. Los chupitos baratos que encontraban en estos bares ya no forman parte de sus costumbres», aclara el fotógrafo.

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 Todo el proceso creativo del libro ha sido permeado por la muerte. Muchos de los personajes ya no están entre los vivos. «Recuerdo que un día un hombre no quiso ser retratado porque quería aparecer con una camiseta diferente. Nos citó para la semana siguiente. Cuando volvimos, nos contaron que había fallecido dos días antes. Estas historias, por desgracia, se repetirían a menudo», subraya Pichler. «Otros estaban muy enfermos y, de hecho, algunos murieron a las dos o tres semanas de fotografiarlos. Nuestros protagonistas se estaban apagando delante de nuestros ojos. En la mayoría de los casos fue por la mala vida que llevaron en estos bares. Un día uno de los dueños me contó que le costaba creer que la edad media de los austriacos es de 82 años, porque todos sus clientes se morían entre los 55 y los 60 años», añade.

Las páginas de Golden days before they end están pobladas por seres al borde de la muerte, que en el pico de su adicción celebran todos los días que están vivos. «Saben que mañana tal vez no estarán, que están condenados a fallecer y precisamente por esto intentan aprovechar todo lo que pueden en sus últimos días hasta que colapsan, literalmente. Tienen una visión muy dura y fatalista de la vida, y la disfrutan intensamente», revela el autor del libro.

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 «Una vez un hombre me contó que había estado en el médico y que le había dicho que, si continuaba con el mismo ritmo, tendría a lo sumo uno o dos años de vida. Pero le importaba un comino si no se despertaba al día siguiente. Ninguno de ellos quiere cambiar su estilo de vida, porque se sienten muy identificados con él. Prefieren disfrutar de la única forma que saben en vez de dejar el alcohol y el tabaco, y a lo mejor ganar 10 años a la muerte, porque se sentirían tristes, infelices y solos. Son plenamente conscientes de los riesgos que corren y no les importa. Por supuesto, cuando sienten que están a punto de morir, comienza el drama, se vuelven como niños. Antes no, son muy fatalistas y no quieren oír de cambiar», agrega.

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Precisamente por este fatalismo y este apego a la dureza de sus vidas desoladas, adoraron el libro. Pichler mostró a sus modelos improvisados las imágenes durante el proceso documental y también la edición final. «Les encantó porque es muy fiel a la realidad. Apreciaron que no hiciera correcciones cosméticas ni concesiones a la estética. Es la pura realidad en toda su crudeza. Se sienten muy orgullosos de haber sido retratados y de que fuéramos capaces de reflejar esta crudeza en el libro», reconoce.

El libro, publicado en junio de 2016, tiene entre sus principales referentes al mítico Café Lehmitz de Anders Petersen, y un fotolibro austriaco de los años 80 llamado Weinhaus, de Leo Kandl. Pichler revela que sintió cierta curiosidad por descubrir cuál sería la reacción de los clientes delante de la cámara 50 años después, en un mundo en el que todos poseen un móvil de última generación.

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«En Café Lehmitz, más de la mitad de las personas se muestran tímidas. En nuestro trabajo esto ha cambiado mucho. No hay timidez alguna. Muchos actuaron delante de la cámara. Por momentos me sentía como si estuviese en el escenario de un teatro. No lo estaban haciendo por primera vez. Tuve la sensación de que era una obra de teatro ensayada, que ya lo habían hecho decenas de veces enfrente de sus propias cámaras. La única diferencia es que estaban mostrando sus mejores trucos delante de un profesional», cuenta el fotógrafo.

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 Quizás es aún más llamativo que, a pesar de su deriva imparable hacia la muerte, estos seres lúdicos y descarnados tienen una relación muy fuerte con la fotografía. «Tienen la costumbre de retratarse los unos a los otros e incluso cuelgan sus hazañas fotográficas en las paredes de su bar preferido», dice Pichler. Es la gran paradoja de una generación al borde de la extinción que se exhibe con alegría e ironía antes de marcharse para siempre.

Fuente: https://www.yorokobu.es/klaus-pichler-y-clemens-marschall/

martes, 11 de diciembre de 2018

«Esta es mi ética como científico. Si no le gusta, tengo otra»

Cuando las normas y la ética se diluyen en ácido

Los científicos han sido motor de cambio desde que comenzaron a descubrir y explicar cómo funciona todo lo que nos rodea. Lo interesante de esto es descubrir que algunos de los mayores cambios, de los descubrimientos más rupturistas o de las demostraciones más críticas de la historia de la humanidad fueron producto de actitudes pendencieras y comportamientos arrabaleros más propios de un carterista del metro que de ilustradas mentes privilegiadas. Los cambios que impulsaron revoluciones decisivas llegaron a veces porque alguien decidió desobedecer el protocolo de investigación.

La reputación de la comunidad científica se ha instalado en las cotas más altas de la aceptación social. Cualquiera es capaz de imaginarlos como meticulosos eruditos que se someten escrupulosamente a procesos establecidos a través de los siglos como los adecuados para probar teorías e hipótesis.

Sin embargo, la historia del siglo XX ha sometido a los científicos a un blanqueamiento de imagen muy meritorio. En el pasado, en la medida en la que la religión influía más decisivamente en el poder, los investigadores eran vistos como asesinos de la fe, como brujos sin piedad o como villanos capaces de exterminar con sus desconocidas artes a quien se pusiera en su camino. O como todas esas cosa a la vez. No eran nada de eso. Lo que sí eran es seres humanos y, como tales, capaces de arrastrarse por el lodo, mentir, falsificar o incluso darse de hostias para que sus teorías fueran aceptadas. Y así sigue ocurriendo, para desgracia de la moral humana y para solaz del humor universal.

Un buen número de los científicos más revolucionarios de la historia han sido tan macarras como un Yung Beef agitando el oro que cuelga de su cuello. Importa el resultado del experimento y poco importa saltarse un par de dictados éticos para conseguirlo. Al fin y al cabo, cada persona tiene un porcentaje de héroe y otro de villano, y lo que queda para la historia de la ciencia es lo que sale del tubo de ensayo, no lo que uno hace en las horas de relajo y asueto.

Como explica el doctor en Bioquímica y Biología Molecular José Miguel Mulet, «los científicos son personas y hay de todo. Schrödinger era adicto al sexo y cuando se cansaba de una amante, su esposa era la que le invitaba a irse». Además, mientras no meneaba el badajo bajo el edredón, metía gatos vivos imaginarios en cajas imaginarias. O gatos muertos imaginarios en cajas imaginarias.

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 El pionero de la guerra química, Fritz Haber, «nunca se arrepintió de haber sido el primero en utilizar el cloro como arma química porque era un ferviente nacionalista», prosigue Mulet. O el bioquímico «Kary Mullis, que dice que el SIDA no existe y que habla con mapaches fluorescentes; o Luc Montaigner, que cree en la homeopatía».

Estamos, por tanto, ante un capital investigador de primer orden, al menos durante el tiempo en el que cada uno aportó al progreso humano su mayor excelencia investigadora. Pero, a la vez, estamos ante un material humano que, como en el resto de ámbitos de la vida, en ocasiones da ganas de desear que un meteorito caiga en la Tierra y nos ahorre sufrimientos, vergüenzas y bochornos inútiles.

Tomemos como ejemplo al Michael Jordan de la ciencia, al elegido, al más mediático, al que más camisetas vende: a Albert Einstein. Einstein es quizás el nombre que recitaría la mayoría de personas si se les pidiera que mencionaran al primer científico que se les pase por la cabeza. Es un mito, un ídolo… y un ser humano de decisiones discutibles. Aunque ya no nos importe demasiado porque los anales han decidido guardar sus aportes intelectuales.

El alemán es el ejemplo paradigmático de la ciencia indomable del pasado, la que pasaba por alto algunas prácticas científicas aceptadas en beneficio de un bien mayor. Estaba tan seguro de algunas de sus teorías –como la de la relación giromagnética– que no dudaba en ser selectivo con los datos que mejor se ajustaban a ellas y abrazar con todas las fuerzas el sesgo de confirmación, territorio prohibido para cualquier investigador actual.

En casa, no dudó en tirarle los trastos a la hija de su amante. Cuando fue descubierto, se limitó a decir a madre e hija que solo una de las dos podría casarse con él cuando obtuviera el divorcio de su mujer de entonces, Mileva Marić.

Por cierto, como explica el doctor en Física Cuántica y asesor de la revista New Scientist Michael Brooks, Einstein prometió a Mileva Marić en su acuerdo de divorcio el dinero del premio Nobel, un noble acto si no fuera por un pequeño detalle: no había ganado todavía el Nobel. Cuando lo ganó y cobró, solo le dio la mitad de lo prometido a su exmujer.

Jess García
 También le trampeó pasta a su propia universidad, la que le ayudó a situarse en el olimpo de los investigadores. Fue evasor de impuestos y se desentendió de su hijo esquizofrénico, dejándolo morir en una penosa institución psiquiátrica. Pero ¿a quién le importa cuando tenemos, entre otras cosas, camisetas con Albert sacando la lengua?

Las fotos de Albert Einstein o las charlas del astrofísico Neil DeGrasse Tyson vacilando a sus interlocutores son algunas de las partes más pop de la ciencia. Sin embargo, según el también astrofísico e investigador en el Instituto Andaluz de Astrofísica Daniel Guirado, lo lúdico no es tan inusual como cabría imaginar. «Richard Feynman jugaba a abrir las cerraduras con combinación de sus compañeros de investigación durante el Proyecto Manhattan», el que tenía por objetivo el desarrollo de la bomba atómica. «Einstein llevó toda la vida en el bolsillo una brújula que le regaló su abuelo y nunca dejó de fascinarle cómo aquella aguja se movía sin que nadie la tocara». O el propio Guirado, que proponía problemas de física que debían resolverse de cabeza con un objetivo muy particular: la vigilia prolongada. «Tengo un grupo de amigos con los que hacía maratones de cine de 24 horas con cinco minutos de descanso entre peli y peli. El que se dormía perdía 100 euros». Y en lugar de café, se quitaban el sueño averiguando la posición de una escoba en un sistema de referencia situado en la esquina del salón donde veían las pelis.

La ciencia y el juego van de la mano. «El juego por el juego: las cerraduras, las brújulas, los maratones innecesarios de cine… En The Big Bang Theory, los chicos están hackeando un sistema domótico de unos análogos chinos y alguien les pregunta por qué lo hacen. Responden que porque pueden. Están jugando», dice el astrofísico.

Esa negativa a abandonar la curiosidad infantil es, más allá de la gloria o el sustento, uno de los motores del cambio social y tecnológico. «Como dice Rick – el de Rick y Morty, no el de Casablanca–, cuando comprendes que nada tiene sentido, el universo es tuyo», explica Guirado. «Un científico es una persona que no ha dejado de jugar, de dibujar ni de cantar porque ha comprendido a tiempo que todo da igual. Y ha conseguido un trabajo en el que puede hacer todo eso libremente y, además, pagar el alquiler. Como corolario, quizá esté curando el cáncer, desarrollando minas antipersona o mejorando la fermentación de la cerveza, pero eso solo le importa a la parte ética de esa persona: al hijo de puta de Einstein, al excéntrico Richard Feynman o al entrañable Degrasse Tyson, que para quien no lo tenga localizado, es el negro de la NASA que hace la nueva Cosmos y habla muy bien. Esa dimensión ética es un añadido social, casi una impostura para poder pasar por adulto».

Es precisamente en el desafío a la honradez donde cabe cuestionarse dónde se dibuja la línea y si uno se la salta o no. Algo tan anticientífico como hacer caso de los pálpitos ha formado parte de cualquier profesión desarrollada por el ser humano: desde la agricultura a la programación. Eso incluye también la investigación. De hecho, para Daniel Guirado, lo de saltarse alguna regla es «tajantemente imprescindible» para el desarrollo humano.

Cuenta el astrofísico que en este momento está «trabajando en una explicación al hecho de que las partículas de polvo que salen de los cometas se alineen de cierta manera. No me sale y estoy llenando el programa de trampas y mentiras para forzarlo. ¿Por qué lo hago? Porque tengo la intuición de que se alinean. Eso resolvería de golpe muchos problemas abiertos sobre el polvo en el sistema solar que ahora mismo están desconectados. Encajarían a la vez muchas piezas entre sí de forma muy elegante». La exaltación de la estética de la ciencia, por explicarlo de alguna manera.

Jess García
El planteamiento no es caprichoso. Guirado no ha elegido ese truco en el videojuego de manera aleatoria. «La naturaleza parece funcionar así: hay una dimensión estética en la ciencia. Lo simple es la solución genial a todo. El modelo estándar de partículas es una mierda porque tiene 27 parámetros libres. Seguro que está mal. La relatividad de Einstein es inamovible porque parte de un único postulado sencillísimo y genial. Cuando termine de realizar todas las artimañas posibles y me salga lo que quiero que salga, seguramente se me encienda la bombilla y comprenda que hay una justificación simple y armoniosa a todas esas trampas. Entonces dejarán de serlo y espero que se conviertan en hipótesis inspiradas. Alguien preguntará: “¿Cómo se te ocurrió?”. Y yo contestaré que borracho en un bar o alguna otra mentira para hacerme el interesante. Eso estará mal, pero el falseo inicial durante la investigación es lícito y necesario». Si el resultado es rupturista y capaz de generar un cambio a mejor en la vida de la especie humana, la importancia del camino recorrido para llegar a la meta se diluye en la memoria de los tiempos.

La opinión de José Miguel Mulet es, sin embargo, contraria a lo que explica Daniel Guirado. Mulet cree que la ciencia habría llegado a donde está sin necesidad de maquillar resultados, «y posiblemente mucho más lejos, ya que trampear datos la mayoría de las veces solo sirve para retrasarte. El propio método científico se autorregula en el sentido de que cualquier resultado debe ser reproducible. Si trampeas datos en algún momento, alguien repetirá el estudio y verá que no llega a los mismos resultados. Entonces se caerá el castillo de naipes. Hemos tenido muchos ejemplos, como el escándalo con las células madre en Corea o, en España, recientemente, con Almudena Ramòn» y su investigación para devolver la movilidad a personas parapléjicas..

Lo cierto es que, en los tiempos que corren, es cada vez más complicado trampear con los datos o llevar a cabo una investigación que no se someta a los comités éticos. José Miguel Mulet admite que saltar por encima de los condicionantes éticos permite que «se pueda ir más rápido, pero se hace a costa de mucho dolor; y si hay sufrimiento, lo mejor es avanzar poco a poco».

El científico valenciano explica que ni siquiera es buena idea forzar los límites morales en las investigaciones para obtener resultados que permitan mayores financiaciones. «No sería tolerable. Ten en cuenta que una de las muchísimas cosas que te piden para financiarte se plantean en términos de bienestar animal. Hoy en día, saltarse las normas con un paciente o incluso con un animal, es muy complicado».

En la actualidad, es casi imposible replicar proyectos como el estudio de la sífilis de Tuskegee. El Servicio de Salud Pública de Estados Unidos estuvo utilizando a seres humanos durante 40 años. Se les inoculaba la enfermedad, se les impedía acudir a tratamiento a centros que no fueran los relacionados con el estudio e incluso se les mantenía bajo el engaño de que estaban siendo convenientemente tratados. ¡Ah!, los 399 afectados eran pobres y negros, fueron padres de 19 hijos con sífilis congénita y contagiaron a 40 esposas como guinda a una vida de penuria y enfermedad. Y todo comenzó antes de que el Dr. Mengele se convirtiese en una estrella del exterminio humano.
No hay que irse tan atrás en el tiempo. Andrew Wakefield se empeñó en los años 90 en relacionar el autismo con la vacuna del sarampión, las paperas y la rubeola.

Wakefield aprovechó el cumpleaños de su hijo para tomar muestras de sangre de 12 de sus amigos; o les sometió a punciones lumbares de alto riesgo y no menos dolor que ayudaron a propagar el bulo de que las vacunas causan autismo.

El resultado de aquel atentado científico es que aún hoy, en este 2018, muchos padres se niegan a vacunar a sus hijos dificultando así la inmunidad de grupo. El sarampión, de hecho, está rebrotando en muchos lugares del mundo que habían visto cómo la enfermedad se declaraba extinguida.
Más allá de estas historias, ejemplo de la mayor mezquindad que puede enarbolarse en nombre de la ciencia, el aumento del respeto a las normas ha tenido un efecto positivo. Y otro negativo, ya que elimina casi de raíz la posibilidad de que se escriban episodios adicionales de una de las modalidades más punkis de la ciencia: la de la experimentación sobre uno mismo.

Se debe valorar positivamente el hecho de poner a prueba el propio organismo en lugar del de un animal, un moribundo o un indigente. Y, qué demonios, un poco de épica en el método nunca ha venido mal a una buena historia.

Así se llegó, por ejemplo, a la demostración de los efectos de la cateterización cardiaca, responsable de que se conozcan muchas de las afecciones –fisiológicas, que no afectivas– del corazón.
Un joven cardiólogo berlinés, Werner Forssmann, tuvo un pálpito. Pensó que se podría meter un fino tubito por una arteria y llegar al corazón para saber de problemas coronarios indetectables hasta la fecha. Utilizó artimañas discutibles (aunque legales) para conseguir que la jefa de enfermeras le facilitase las llaves del material necesario para el experimento.

Gerda Ditzen, aquella enfermera, estaba tan entusiasmada con la investigación de Forssmann que se ofreció voluntaria para la ilegal experimentación sobre humanos. Sin embargo, Forssmann era un tipo decente. Tumbó a Ditzen en la camilla, la ató… y salió por piernas para hacer ese experimento, que podría suponer la muerte del sujeto, en su propio cuerpo. Forssmann se negó a poner en peligro a Gerda Ditzen y, encima, la cosa salió bien. Gracias a eso, tu tío José Luis lleva una vida normal tras el infarto que le dio en vuestras vacaciones en Torrevieja.

Ese punkarrismo en la ciencia no es ahora tolerable. ¿Hasta dónde justifican los medios el fin? ¿Dónde está el límite de lo tolerable en el desafío a las normas éticas en la investigación? Lo cierto es que, quizás, un científico no sea la persona más adecuada para responder a una pregunta que incorpora dimensiones políticas, sociales y de la moral.

Daniel Guirado explica que «la ciencia solo se encarga de modelar el comportamiento de la naturaleza. Lo que hagamos con esos modelos es una cuestión de ética personal o de política local y global. La energía nuclear sirve para hacer bombas y para que brille el sol. Y un cuchillo afilado puede abrirle las tripas a Santiago Nasar o cortar en finas lonchas una tripa de chorizo de Huelva».

El investigador dice que su postura personal pasa porque «se deje trabajar al Dr. Frankenstein y luego se haga lo que se quiera con el monstruo». Dice que él no tiene problema en clonar personas, hacer corazones a partir de células madre o investigar en balística. «Y que entonces las administraciones competentes sepan administrar el uso de esas herramientas conforme a las necesidades de los individuos a los que representan. Y que esos individuos paguen esas investigaciones y dejen de culpar al científico de lo que las administraciones no hayan sabido gestionar».

Aunque la explicación de Daniel Guirado suene a una lavada de manos para la comunidad científica, lo que quiere decir es que es la ética y la política de las personas la que tiene que colocar a cada investigación donde corresponde, pero que lo investigado, investigado quede. «Como un día necesitemos un misil nuclear en el espacio para destrozar un asteroide que viene a matarnos, verás tú como vamos a ir a buscar a Kim Jong-Un. Pero no para ponerle sanciones esta vez, sino para decirle que por favor, por favor, por favor».

Es posible que este retrato de la investigación científica sea capaz de causar algo de desasosiego. Es cierto que se vive más tranquilo ignorando lo que causa miedo, pero no está de más saber que los relatos no son siempre inmaculados y que no pasa nada porque no lo sean.

Como dice Michael Brooks en Radicales libres (Ariel, 2012), «es que, sencillamente, es así como funciona la ciencia». Se debe mantener la mitificación del genio y la exaltación del rigor porque, entre otras cosas, a pocos jóvenes y potenciales científicos les parece atractivo un mundo de canallas, pero lo cierto es que Einstein tenía un buen puñado de aristas rugosas, por poner un ejemplo. Y poco importa eso en cuanto a su valoración como investigador. Y además, aquí seguimos a pesar del lado oscuro de los Einsteins de la vida.

En ocasiones resulta complicado desarrollar experimentos cuyo planteamiento se ajuste radicalmente a lo que se conoce como el método científico. Por eso se maquillan resultados y, por eso, muchos científicos a lo largo de la historia se han dejado llevar por un pálpito o una intuición. Cuando el resultado de ese pálpito ha sido acertado, la historia ha recordado al investigador con laureles y se le ha considerado un buen científico a pesar de esas licencias. Y, aunque esto pueda ser un juicio personal, ha convertido la investigación científica en algo más punk y menos anodino.

Fuente: https://www.yorokobu.es/ciencia-punk/

jueves, 25 de octubre de 2018

Luis Miguel Ariza: «Mucho cine de ciencia ficción se opone a que la ciencia ocupe el lugar de la religión»

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Estudio Santa Rita
 La ciencia ficción no es inocente, está cargada de significado sobre cómo debemos afrontar los retos y los cambios que trae el progreso y sus consecuencias. Eso es lo que ha analizado el escritor de anticipación científica Luis Miguel Ariza en ¡Vigilen los cielos!, un ensayo derivado de su tesis doctoral que analiza la filosofía y mensaje de los clásicos del cine de ciencia ficción.

Dices en tu libro que Matrix, si la viese el público de los años 50, a nadie le cabría duda de que es una película de doctrina anticomunista.
Matrix es un estado tiránico. Los tiranos son programas informáticos que engañan a la gente, personas que en realidad son pilas de ese imperio de las máquinas. El mejor momento de la película es cuando, al principio, el protagonista se da cuenta de que está viviendo una ilusión, una simulación. Muestra un totalitarismo de estilo soviético, donde el individuo no vale absolutamente nada, llevado al extremo. 

 En su desarrollo argumental, Matrix apuesta por el individuo. Tiene una ideología claramente liberal y presenta al estado como una pesadilla. Al mismo tiempo, es muy conservadora porque reniega de la inteligencia artificial, a la que presenta sometiendo a la humanidad. Lo que es lo mismo que rechazar a la ciencia. La película es de tinte político conservador. 

Algo como Star Wars, donde el argumento, señalas, se sostiene con magia. Es lo único que no puedes quitarle a la historia para que siga siendo igual, dices.
Esta película tiene elementos de ciencia ficción, pero no es de ciencia ficción. Tiene tecnologías, naves, la idea de la conquista de la galaxia… pero plantea una lucha entre el bien y el mal, es una lucha religiosa. Y mueven objetos por telequinesis, paran rayos con la mente, estrangulan a distancia… Esto no es propio de la ciencia ficción, sino de la fantasía. Es una mezcla de géneros.

Ilustracion
Estudio Santa Rita
Contrapuesta a Star Trek.
Que sería pura ciencia ficción. Una serie que constantemente habla de prodigios de la ciencia y la tecnología, con la que resuelven los problemas que son el leitmotiv de cada capítulo. Un ejemplo es la gravedad artificial que hay en la nave. Se molestan en incluir hasta ese detalle. Eso es ciencia ficción. En Star Wars, por ejemplo, Harrison Ford, en la versión original, salía de su nave a un asteroide respirando a pleno pulmón. 

Alien entraría dentro de la categoría de películas que lanzan el mensaje de que no hay que fiarse de las máquinas.
En Alien una cosa está muy clara, las máquinas traicionan a la tripulación. El androide Ash cumple un papel esencial, es el que permite entrar en la nave a la persona infectada. Rompe las normas. Eso es una crítica brutal a las máquinas.

De alguna manera, Alien es conservadora. Muestra cómo dejas de confiar en la máquina, que al fin y al cabo es el resultado del progreso tecnológico y científico. Si no confías en ella, en ese momento, lo que haces es rechazar la ciencia. Te niegas a que llegue a ocupar un lugar que antes ostentaban con mucho éxito la religión y las creencias.

El hecho de que el hombre no tenga poder de decisión sobre su futuro, porque este lo domina un dios, se cae con la ciencia. Con la ciencia, de repente empezamos a dominar el mundo. Admitimos la ciencia como algo que es verificable, que nos permite avanzar en el conocimiento, crear tecnología y expandirnos. Todo esto es lo que rechaza el pensamiento conservador. 

En 2001 Odisea al espacio, que es de 1968, tienes ese ejemplo. El ordenador, que se supone que era perfecto, tiene fallos. Cuando deciden apagarlo, el ordenador se entera y los mata. Esta traición de la máquina dudo mucho que se hiciera antes. 

Las máquinas podrían haber fallado en alguna película, pero no a propósito. Kubrick fue el primero que hizo una película, magistral por otra parte, en la que dice que al hombre no le basta con la tecnología. Tiene un tinte conservador. No al cien por cien, pero es más conservadora que liberal. 

Blade Runner, sin embargo, era ambigua. Recelaba de la ciencia, pero también criticaba el capitalismo.
Tiene una crítica a las grandes corporaciones. Sobre todo a la del científico genético, la del que crea a los replicantes. Este es un poco el científico que juega a ser dios, pero es asesinado. Ahí hay un rechazo implícito a la ciencia. La víctima real en la película es el replicante, que tiene humanidad y sentimientos, Rutger Hauer. El replicante le besa en la boca y luego lo mata, lo que interpreto como un mensaje un poco homófobo. 

Y también hay misoginia. A una mujer que baila striptease se la asesina por la espalda y a la que está diseñada para seducir, que es como una femme fatale de las películas de cine negro, en una escena él la toma, ella se resiste, pero al final cede, lo que hoy en día sería una violación. También otra replicante intenta romperle el cuello a Harrison Ford con las piernas, que es como someterle con su sexo. Le aprisiona básicamente con la vagina, pero él se revuelve y, por supuesto, la mata. 

Pero luego Harrison Ford duda desde el punto de vista moral de lo que está haciendo. Llega a abogar por la convivencia entre distintos. Mientras, la película muestra un Los Ángeles sucio, una ciudad que genera una sociedad hostil a pesar de que está plagada de gente diversa que habla muchos idiomas. Por esos mensajes tan ambiguos creo que fue recibida tan fríamente por el público de su tiempo. Creo que no estaban preparados para una película así. 

En Contact encuentras que hay mensajes neoliberales. La ciencia solo puede avanzar con inversiones privadas, pero luego, se sugiere, no es capaz de encontrar respuestas válidas, porque están en la religión.
La NASA tuvo un programa de búsqueda de vida inteligente que al final fue suprimido porque pensaban que era una pérdida de tiempo. Esto se trasladó al cine con Contact. El estado fracasa rotundamente por no apostar por esta visionaria, la doctora que interpreta Jodie Foster, y la rescata la inversión privada. Le saca las castañas del fuego un millonario. 

Si no es por iniciativa privada, no habría nada, se da a entender. Y cuando ella consigue captar vida inteligente, el representante del estado resulta ser un cínico y un traidor. Hay un palo a la ciencia pública. 

Al final colaboran todos, Estado, militares y ciencia privada, pero solo ella se da cuenta de que se les ha colado un terrorista. Ahí criticarían a las sectas o la extrema derecha, pero todo vuela por los aires porque el Estado falla.
Sin embargo, no pasa nada ¡porque el millonario ha construido una segunda máquina! Ahí ella se acuesta con un sacerdote, lo que sería el maridaje total de ciencia y religión, algo que desde el punto de vista tecnológico es conflictivo, porque la fe nunca ha ayudado al progreso científico.
Pero esta película propone ese matrimonio. Entonces, ella dice que ha visto algo y no la creen ni los militares ni los científicos, solo el cura. Resultado: un misticismo new age donde el que más cómodo está es el sacerdote. 

Interestellar señala a la izquierda universitaria estadounidense. Los niños no estudian el Apolo que llegó a la luna porque supuso un capítulo de la guerra económica contra la Unión Soviética que la llevó a su desaparición, lo han suprimido del libro de texto.
El asesor del guion es un físico que se llama Kip Thorne. Es experto en agujeros de gusano y agujeros negros. Los físicos de la película buscan una ecuación que describa la gravedad a nivel cuántico. La película va de apostar por la ciencia. En el futuro, la NASA ha quedado proscrita y ese vacío de la ciencia se sustituye por pseudociencias, que hoy día están muy vigentes. 

Luego, aquí el robot por fin es una máquina que les ayuda. La tecnología está al servicio de las personas, no las traiciona. Marca la diferencia este detalle. Y, si te fijas, todo se resume en encontrar una ecuación para poder dominar la gravedad. Gracias a eso podremos llevar enormes cantidades de materiales fuera de la Tierra para construir colonias. 

La humanidad, o resuelve una ecuación o no se salva. Es fe en la ciencia. Solo ella nos sacará de este atolladero en el que nos hemos metido nosotros. Por eso es progresista: el desarrollo científico es la única salida posible.

Ilustracion
Estudio Santa Rita
 Independence Day, ¿un ataque frontal al pacifismo?
Absoluto. Hay tres escenas muy reveladoras. Un grupo de personas, pese a que las naves tienen apariencia amenazadora, les dan la bienvenida. Y las naves les lanzan un rayo que las destruye a ellas y al Empire State. En otra escena, que quizá ha pasado más desapercibida, hay un chico cuyo padre es alcohólico y están viendo Ultimatum a la tierra, de Robert Wise. 

En esa película, el alienígena que llega advierte de que no hay que construir armas nucleares. Ahí los buenos son el extraterrestre y el científico; y los malos, los políticos, los periodistas, los militares y el populacho. El mensaje que lanzaban esas naves era pacifista, que por el camino de la guerra nos podemos extinguir. En Independence Day, esta parte de la película la cortan los propios alienígenas interrumpiendo la emisión. 

Y hay una tercera escena en la que el presidente de Estados Unidos les pregunta qué es lo que quieren, intenta negociar con ellos. Busca una solución diplomática, aunque le hayan atacado. Y ellos le mandan un mensaje telepático y se queda alucinado: «Son como langostas, esto es el exterminio». Al final, cualquier gesto pacifista es echado abajo. Como en La guerra de los mundos, donde también hay un predicador que intenta negociar con ellos y acaban con él. No hay negociación posible con los invasores.  

Encuentros en la tercera fase y E.T. ¿están en contra del divorcio y a favor de la familia?
Al niño de E.T. le ha abandonado su padre. Spielberg lo que intenta es decir que la familia es fundamental y que está en crisis. Es cuando Reagan, que era un gran partidario de la familia, elimina las ayudas a las familias desfavorecidas. 

En la película, ese niño sin padre encuentra a un amigo que es más que un amigo de su edad, es como un segundo padre, porque tiene conocimientos de astronomía, del espacio… Hay una escena en la que alza una serie de pelotas en la habitación de Elliot y crea un sistema solar. Eso implica conocimientos planetarios, es un niño con conocimientos de adulto. Queda claro que Elliot no es un apasionado de la ciencia, pero luego con E.T. todo es ciencia. 

En Encuentros en la tercera fase también se da. Los extraterrestres vendrían a solucionar esa crisis de la familia. Richard Dreyfuss es un niño grande, juega con los trenes mientras que a sus hijos les da igual. Es un gran niño incomprendido. Su mujer no le entiende, ni sus hijos, que le consideran, cuando sufre una crisis, un cobarde. Dreyfuss entonces sustituye a su familia por extraterrestres, que son como ángeles.

Se sube a una nave y se va como diciendo ¡que os den! Es escapismo religioso místico extraterrestre, no sé cómo llamarlo, pero deja atrás las complicaciones de la familia y se va al espacio. Ante la crisis de la clase media americana, propone escapar. 

En El planeta de los simios, el mensaje es lapidario: «ni la religión os va a salvar».
Ahí tienes a alguien que sale al espacio con una tripulación para encontrar algo mejor que el hombre. Heston hace una serie de reflexiones en las que se pregunta «¿encontraremos un planeta en el que los hermanos no se maten entre sí?».

Todo antes de llegar a un planeta que es la Tierra y lo que pasa es que no lo saben. Es un mensaje pacifista y antimilitarista, y también antipatriótico. Cuando los astronautas salen de la nave, uno coloca una bandera americana y Heston se ríe de él a carcajada limpia. Menudo subnormal, piensa. Esto ocurre en el año 68. A ti te eligieron por ser el chico perfecto de Harvard, pero lo que eres es un gilipollas. Se ríen de él de una manera tremenda. 

No obstante, luego Heston ve que hay una civilización de simios, se resiste a ellos y saca su lado más belicista. Les dice que fuimos mejores que ellos, que habíamos estado antes. Y el simio Dr. Zaius contesta: «Si fueron mejores que nosotros, ¿por qué se extinguieron ustedes y nosotros no?».
Luego, cuando Heston ve la estatua de la libertad, se da cuenta de que todo fue por culpa de la guerra. Mi interpretación es que fue la nuclear, pero eso está abierto a lo que quiera cada uno, cuando grita: «¡Maldigo todas las guerras!». Fue un exitazo de taquilla, aunque los críticos la vieron como mala. Como siempre, metieron la gamba. 

¿Ahora qué mensajes predominan?
Hay una mezcla de muchas cosas. La evolución de los efectos especiales es tan brutal que ahora te crees las películas. Te crees a Spiderman, los FX han hecho que te puedas creer a los superhéroes, por eso han triunfado. La credibilidad en el cine es esencial. 

En este aspecto, los superhéroes han venido a inyectar dosis de optimismo a un pesimismo creciente desde los 80. La ciencia ficción contemporánea no es muy optimista, siempre está con que nos podemos extinguir, que cuidado con las máquinas, que a ver adonde nos lleva el progreso. Los científicos en los 50 eran héroes románticos, los únicos con conocimientos para neutralizar una amenaza.

En los 80 y 90 se fueron  haciendo más oscuros, marginales e inútiles. Hasta que los científicos dejaron de aparecer para solucionar problemas, su figura se ha oscurecido. El futuro optimista de los 50 se ha diluido. Los superhéroes vienen a salvarnos de ese pesimismo. Ellos son la respuesta. Ahora domina la distopía y la visión de los héroes de que pueden rescatarnos, de que es posible. 

Fuente: https://www.yorokobu.es/luis-miguel-ariza/

martes, 16 de octubre de 2018

Cómo los guionistas escriben humor sobre la discapacidad

En el desarrollo de una escena cómica hay un punto a partir del cual corre el riesgo de convertirse en una escena dramática. El guionista de cine y televisión lo tiene en cuenta al escribir humor con un personaje con discapacidad o limitaciones físicas por accidente o genética. El autor tiene dos opciones:
  • El personaje distinto es la víctima.
  • El personaje utiliza la discapacidad o el trastorno en beneficio propio.
El personaje con discapacidad o limitaciones como víctimaEs sencillo para un guionista colocar al personaje con limitaciones en situaciones que –por fuerza– resolverá mal.


Joe, el policía de Padre de familia (Family Guy), jamás conseguirá la moqueta perfecta.
En cualquier caso, la audiencia que ríe no lo hace por maldad; ríe por el contraste entre las intenciones del personaje (en este caso, limpiar) y los resultados. El gag raya el drama… Y Padre de familia lo fuerza a propósito:


 Cuando Joe tira con violencia la aspiradora la comedia queda atrás.


La posible sonrisa queda ahogada en la compasión. Compartimos la frustración de Joe. Ignoramos por qué los guionistas de Padre de familia pasan al drama, pero encontramos una lección: un personaje débil o con discapacidad o una anomalía física no es gracioso cuando está frustrado.

En otro capítulo, Peter Griffin aúpa a Joe con la carretilla montacargas para que el policía juegue a caminar. Peter colabora de forma desinteresada.


 No sabemos por qué Quackmire no quiere decir a Joe que perdió los pantalones. ¿Quizá porque habló de forma cruel al niño? El tono de Quackmire está entre el rencor y la indiferencia.

El público acepta el castigo de Joe, pero el guion corta a tiempo, durante la canción del policía. El castigo no es tanto. Joe es feliz. Queda fuera de cuadro el momento que descubre que no tiene pantalones, lo que podría ser humillante.

El otro acierto de la escena es utilizar como verdugos a Peter y Quagmire, dos personajes con apenas luces. A los personajes estúpidos se les tolera actos que criticamos a otros personajes.

En Dos tontos muy tontos (Dumb and Dumber), Jim Carrey cuenta a Jeff Daniels que consiguió dinero vendiendo un pájaro muerto y sin cabeza a un niño ciego.

Dos tontos muy tontos – El niño ciego y el pájaro sin cabeza.
 El plano es chocante. La risa inevitable. Pero ¿de qué nos reímos? ¿Del engaño? No de la ceguera. Otra vez por el contraste entre las intenciones del niño (tener una mascota) y los resultados (la mascota muerta). Los hermanos Farrelly, guionistas y directores, cortan a tiempo para eludir la tragedia.

Si Carrey y Daniels no fueran imbéciles, el público hubiera considerado dramática la escena del pájaro.

2. Cuando el personaje utiliza la discapacidad o limitación física en propio beneficio
El personaje tetrapléjico de Intocable finge convulsiones para librarse de la policía:


El público aplaude el engaño, la broma, porque empatiza con el personaje. La escena de Intocable es un ejemplo clásico de cómo un personaje consigue alguna ventaja en situaciones corrientes.

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lunes, 30 de julio de 2018

El asesinato de la feminista que conmocionó a América


Uno de los sucesos que más han conmovido a Estados Unidos en toda su historia fue el asesinato de la actriz Sharon Tate y otras tres personas a manos de acólitos de Charles Manson en 1969. Sin embargo, no fue el primer crimen aparentemente absurdo, cruel y del que la pareja masculina y célebre de la víctima principal se librara por casualidad: medio siglo antes, la prensa del país de las barras y estrellas tuvo suficiente carnaza con el truculento asesinato de Mamah Borthwick, amante del célebre arquitecto Frank Lloyd Wright, junto a otras seis personas, incluidos sus dos hijos, de 12 y 9 años de edad.

En 1914, Martha Borthwick, más conocida por su apodo de «Mamah», era todo menos una desconocida para el público de los tabloides. Nacida en 1869 en una pequeña localidad de Iowa y casada con un ingeniero eléctrico, Edwin Cheney, había mostrado ya desde muy joven un espíritu inquieto y poco proclive a aceptar las convenciones y restricciones que la sociedad de la época deparaba a las mujeres.

En un momento en el que no era habitual que estas estudiaran, ella se sacó una licenciatura en Letras por la Universidad de Michigan, gracias a la cual había conseguido un trabajo como bibliotecaria.
La vida matrimonial parecía predestinarla a un destino mucho más acorde con lo que se esperaba de una esposa y madre de la desahogada alta clase media de la época. Hasta que, en una de las reuniones del club social al que pertenecía, conoció a Catherine «Kitty» Wright, casada con un joven arquitecto que comenzaba a despuntar por un estilo orgánico que buscaba conectar con la presunta alma norteamericana, encarnada por Walt Whitman o Thoreau, Frank Lloyd Wright, con quien había tenido seis hijos.

El matrimonio Cheney pronto quedó subyugado por el carisma del arquitecto, y así no es extraño que terminaran encargándole la construcción de su vivienda familiar. El resultado fue la Edwin H. Cheney House, en Oak Park (Illinois), construida en 1903. Sin embargo, la finalización de las obras no interrumpió el romance entre Borthwick y Wright, que terminaría saliendo a la luz seis años más tarde.

La casa Taliesin (Frank Lloyd Wright Foundation)
En junio de 1909, fue ella quien se separó de su marido y se fue a vivir a Colorado con una amiga. Cuatro meses después, Wright abandonó a su mujer y sus hijos y se reunió con ella en Nueva York, para desde allí tomar un barco hacia Europa. Por entonces, él ya era un nombre famoso, y localizar a los adúlteros se convirtió en uno de los objetivos principales de la prensa norteamericana.

El Chicago Tribune les descubrió en Berlín, y poco después la pareja se instaló en Florencia, donde pasarían un año durante el que les fueron llegando los ecos de la formidable polémica de su país de origen, donde la prensa llegó a informar de que podrían ser detenidos y extraditados a América. Sin embargo, las autoridades negaron que hubiera base legal para ello.

El escándalo tuvo una honda repercusión en la carrera del arquitecto, que vio cómo muchos de sus proyectos se cancelaban. Tuvo que traspasar la titularidad de su estudio en América, e incluso abandonar encargos tan jugosos como la construcción de la casa familiar del industrial Henry Ford, la finca que sería conocida como Fair Lane en Dearborn (Michigan). Otros, como el encargo del suntuoso Imperial Hotel, en Tokio, se retrasarían durante años.

Pero los dos fugados no eran personas dispuestas a doblegarse por escándalos de moral pública. Él ya había manifestado en numerosas ocasiones su convencimiento de que las normas no estaban hechas para ser obedecidas por las personas extraordinarias (no es raro que su amiga Ayn Rand, creyente acérrima en el individualismo capitalista, le tomara como inspiración para el personaje protagonista de su novela El manantial).

Ella, por su parte, era una ferviente feminista, defensora del derecho de las mujeres a tomar las riendas de sus vidas, y de hecho se convirtió en la traductora al inglés de las obras de la sueca Ellen Key, a quien conoció durante su estancia en Europa.

En 1911, a pesar de que aún permanecían los rescoldos de la polémica, ambos decidieron volver a Estados Unidos. Allí, Wright levantó la que sería una de sus obras más importantes, la casa Taliesin, situada en un lugar discreto y resguardado de la curiosidad de los reporteros entre las colinas de Wisconsin.

En ella ambos pudieron vivir con un perfil social bajo, pues aunque ella consiguió el divorcio, la esposa de Wright seguía negándoselo (no se lo concedería hasta 1922), lo que les cerraba las puertas de gran parte de la sociedad norteamericana. Que los tabloides se refirieran a Taliesin con nombres tan sutiles como «la casa del amor»” tampoco ayudaba.

Sin embargo, un escándalo bien diferente marcaría el final de Mamah Borthwick. El 15 de agosto de 1914, mientras el arquitecto se encontraba de viaje de trabajo para supervisar las obras de los Midway Gardens de Chicago, un criado oriundo de Barbados y contratado poco antes, Julian Carlton, sin una causa aparente (aunque su mujer declararía más tarde que sabían que iban a ser echados de la casa), atrancó todas las puertas menos una de la casa principal y le prendió fuego.

La prensa sensacionalista se hizo eco de los sucesos de Taliesin
La prensa sensacionalista se hizo eco de los sucesos de Taliesin
Armado con un hacha, esperó a que fueran saliendo por la puerta los despavoridos ocupantes, y los fue masacrando uno tras otro.

El balance del crimen fue horroroso: no solo Mamah Borthwick murió asesinada, sino que también lo fueron los dos hijos que había tenido con Cheney, los pequeños John y Martha; David Lindblom, un jardinero; dos empleados del estudio de Wright, Emil Brodelle y Thomas Bunker; y Ernest Weston, hijo del carpintero William Weston, quien logró sobrevivir al ataque. Carlton intentó suicidarse ingiriendo veneno, pero fue detenido, aunque pocas semanas después se dejaría morir de hambre.
 
Mamah Borthwick copó las portadas por última vez, y ni siquiera en un momento tan terrible la prensa desperdició la ocasión de volver a hablar del origen pecaminoso de la casa.

Hubo quien incluso lo consideró el castigo debido que le correspondía a una adúltera. Sin embargo, poco tiempo después todo quedó en el olvido: Wright iniciaría casi inmediatamente una relación con la que se convertiría en su segunda esposa, Maude «Miriam» Wright, a la que conoció cuando ella comenzó a escribirle para consolarle por la pérdida.

La casa Taliesin, que Wright reconstruyó y mantuvo como su residencia familiar, se empeñó en volver a arder en 1925, aunque en este caso la causa fue la deficiente instalación eléctrica. Hoy está considerada Lugar de Interés Histórico Nacional, y está gestionada por la fundación Taliesin Preservation.

viernes, 27 de abril de 2018

La fascinante lección de anatomía del egocéntrico doctor Tulp



 ¿Hasta dónde puede llevarnos una pintura? Depende de la pintura, naturalmente. Sin embargo, hay algunas de ellas que son algo así como ventanas que nos permiten explorar toda una época. Eso es lo que sucede con La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, un cuadro particularmente único en muchos aspectos.

Una ventana concebida por Rembrandt que nos permite contemplar los mejores años de Ámsterdam, los avances en medicina, lo que se sabía de anatomía, las manías del propio Rembrandt y otras tantas curiosidades que solo están a la vista de los que saben mirar o de tipos como Rain Man. Una ventana que también podría llamarse hipervínculo espacio-temporal, una palabra inventada por Doctor Who en el capítulo La chica en la chimenea porque le daba vergüenza decir puerta mágica.

Puerta mágica al tulipán
Lo primero que llama la atención de este cuadro de 1632 son sus hechuras. Si nos ponemos delante de él en la Galería Real de Pinturas Mauritshuis, en La Haya, descubriremos que esta pintura al óleo mide 169,5 centímetros de alto y 216,5 cm de ancho.

Borremos esa mueca que ponen algunos ancianos cuando manipulan un smartphone y empecemos hablando del doctor Tulp. Y de la curiosidad. Porque, ante todo, esta pintura habla de la fascinación de la curiosidad, haciendo hincapié en las reacciones individuales de cada uno de los profesionales médicos y aprendices que asisten a la lección.

Apenas se presta atención a la anatomía del cadáver desollado que está siendo diseccionado, ni siquiera a la identidad del muerto (un ladrón de abrigos llamado Aris Kindt, ahorcado en 1632), cuyo rostro incluso está parcialmente sombreado.

El otro centro de atención de la pintura la representa el propio doctor Tulp. ¿Doctor Tulp? Si el nombre nos suena casi a personaje de cuento es porque sencillamente no es su nombre real, sino un seudónimo con gancho para borrar el anodino nombre de Claes Pieterszoom.

Claes había nacido en pleno Siglo de Oro neerlandés, en el seno de una familia de clase media. Tras pasar su infancia jugando en las calles de detrás de la plaza Dam, decidió estudiar la carrera de medicina para alcanzar el destino que se merecía.

Poco después, Claes ya era un tipo regordete de barba y bigotes largos que había abierto una consulta como médico clínico cerca de los canales nuevos, a poca distancia de las familias de la alta burguesía que se estaban mudando a la zona.

Claes no tardó en convertirse en un ciudadano distinguido, pero también en el epítome de la vanidad. No solo coleccionaba objetos refinados, sino que se esforzaba por cultivar su imagen pública. Por eso se obsesionó con los tulipanes.

nicolaes_tulp

 Los tulipanes, en aquel entonces, eran un emblema distinguido, exótico y aristocrático: no en vano aquella flor procedía de Asia central y había llegado a Europa pasando primero por Turquía. Por ello, de la palabra dulband, que designaba en persa los turbantes que tanto se asemejaban a los tulipanes, había surgido el neelandés tulp.

Aquel médico con aire de estrella o de influencer de Instagram decidió rediseñar el letrero de la puerta de su consulta dibujándole un bonito tulipán y, de paso, cambió su nombre a doctor Nicolaes Tulp. Incluso el carruaje que empezó a usar entonces para realizar sus rondas de visitas estaría decorado también con estampas de un vistoso tulipán. Tiempo después se arrepentiría de haber adoptado aquella flor como emblema de su persona, porque el bulbo acabó protagonizando la que quizá sea la primera gran burbuja económica de la historia.

Renovación de imagen
El doctor Tulp se vio obligado a retirar el letrero que colgaba sobre su puerta, si bien el mal ya estaba hecho: había cometido la temeridad de hacerse llamar igual que aquella flor que estaba arruinando económicamente a tantas familias. Fue como si en plena burbuja inmobiliaria, un doctor contemporáneo no solo usara como logotipo un edificio en construcción, sino que se hiciera llamar doctor Apartamento en Benidorm o doctor Hipoteca Fija.

Afortunadamente, fue designado como profesor de anatomía y pudo dejar a un lado su faceta de influencer, encargándose entonces de dirigir la disección pública de un cadáver humano que se organizaba todos los años en un edificio de la plaza del Mercado Nuevo.

Las disecciones públicas eran un rara avis de la época en la que se mezclaba ciencia y espectáculo, como abunda en ello Rusell Shorto en su libro Ámsterdam:
Al inicio, se alzaban ruegos por el alma de la persona cuyo cadáver se estaba por rebanar, y al final se organizaba un banquete en el que todos terminaban ebrios. Más de uno, pasado de copas, debe haber intentado llevarse alguna parte del cuerpo diseccionado, pues el gobierno había visto la necesidad de emitir un decreto que multaba con seis florines a todo el que robara pedazos de los cadáveres en las disecciones públicas.
En este nuevo contexto, sin embargo, la vanidad del doctor Tulp no tardaría en aflorar cual tulipán.

En su vida de estrella mediática ya había encargado media docena de retratos de sí mismo, un busto de mármol y hasta un medallón de oro y plata con su efigie.

El siguiente paso natural era una gran pintura de una disección pública en la que él figurase en el centro de la misma, como líder de los médicos neerlandeses. Más que una pintura, quería que fuera una suerte de afiche cinematográfico o el letrero de un concierto de rock. La única persona capaz de pintar algo tan moderno y gráfico en aquella época era un artista pujante de veintiséis años que se caracterizaba por ser tan egocéntrico como el propio doctor Tulp.

RembrandtRembrandt, como el doctor Tulp, también solía mirarse demasiado su propio ombligo. Había pintado ya decenas de autorretratos con una intensa variedad de técnicas y estilos, y sabía sacarle lustre a los retratos de personas que no tenían nada de especial, exagerando la iluminación y otros efectos dramáticos, como ahora hacen los filtros de Instagram. Nadie como un instagramer como él para comprender las ínfulas del doctor Tulp.

Tulp le hizo el encargo, y aquel invierno (las disecciones se hacían lejos de la canícula para evitar los malos olores) fue plasmada La lección de anatomía del Dr. Tulp, una exhibición de egocentrismo en el que también se subrayó dramáticamente el compromiso de la ciencia y el vigor de la que por aquel entonces era la capital del mundo moderno: Ámsterdam. Una obra tan rica y sobreactuada que ha sido objeto de glosa por parte de exégetas de todo cuño en busca de significados ocultos, del mismo modo que se buscaban pistas en el asesinato de Kennedy, como remata Shorto:
Todos sus elementos han sido sujetos a alguna clase de análisis, desde la postura de los hombres retratados, los rasgos del cuerpo (con sus dedos curiosamente elegantes), el trozo de tendón que Tulp estira con los fórceps y la posición de su otra mano (con la que, según se especula, está mostrando al público el movimiento de los dedos producidos por ese mismo tendón) hasta las sombreas que rodean el perímetro de la escena, el brillo que emana de los rostros, sobre todo del cadáver, e incluso el libro que se ve abierto en un extremo.
Un fotograma de una escena de acción con mucho CGI del cine de Hollywood. Así podría definirse aquella pintura. Una puerta mágica, según el Doctor Who, que seguramente hubiera hecho muy buenas migas con el doctor Tulp.

Fuente:https://www.yorokobu.es/doctor-tulp-leccion-anatomia/

miércoles, 14 de junio de 2017

No ames, yo tampoco lo haría



No. No ames. Nunca. Ya lo avisó Neruda y su pensamiento sigue de rigurosa vigencia. Es demasiado corto el amor y demasiado largo el olvido. En serio, no ames. No vale la pena. El dolor es agudo. Las añoranzas, intensas. La derrota, profunda. El beneficio, escaso.

Se diga como que se diga, siempre se maldice todo. Se rompa como se rompa, siempre te rompen el alma. Se llore como se llore, siempre se lloran ausencias.

Por eso, repito: No ames. Ni como autónomo ni como asalariado. Ni como amante ni como empresario. Ni siquiera a una Sociedad Limitada. ¿Riesgo limitado? ¿De verdad crees en eso? Si amas, la inversión es de alto riesgo. Los socios pueden ser bipolares. Eventualmente, incluso, puede superarse la velocidad de la luz para viajar velozmente del amor a la ira. Del beneficio a la deuda. Del éxito al fracaso.

Es injustificable. No hay excusa. Por muy seductor que sea el power point que te enseñen. Por muy sincera que parezca la sonrisa de enfrente. Por muy dulces que sepan los besos en ese bar de mala muerte. Es más recomendable que los ignores. Que los esquives. Nada. Cero. Vete a casa.

Siéntate a la orilla de un río. Toma distancia. Construye un muro de piedra y dedica las tardes a aprender cosas. Mientras miras —desde bien lejos— a los desdichados que aman. A los que hacen cosas que se rompen. A los que lo intentan y tropiezan. ¡Qué insensatos! Tú deja que pase el tiempo, sintiéndote seguro.

Tú no ames, nunca.

Tú vete vaciando, sin miedo.

Tú ve desanudando lazos y dependencias.

Y no vuelvas a amar, nunca.

Salvo que llegue el día en que te aburras tanto, en que sea tan inmenso el vacío de saber que nada puede hacerte daño, en que sea tan estridente la voz que te susurra al oído que eres un cobarde infinito… que no te quede más opción que la de volver a hacerlo. Que la de volver a Amar. ‘A’ mayúscula.

Entonces, si eso ocurre —o, mejor dicho, cuando eso ocurra, porque ocurrirá, no lo dudes— ignora cuanto te he contado. Todo. De la A a la Z.

Y vuelve a firmar un contrato como si nunca te hubieran echado.

Y vuelve a montar una empresa como si nunca hubieras fracasado.

Y vuelve a besar en los labios como si nunca hubieras llorado.

PD: Eventualmente, si alguien te pregunta dónde está el secreto de tu optimismo infundado, sonríe. Y, recordando a Chavela, diles que vienes de un mundo raro. Que nunca fuiste emprendedor solitario. Que nunca viviste una suspensión de pagos. Y que nunca has amado.


Fuente: http://www.yorokobu.es/desamor-empresarial/

sábado, 10 de junio de 2017

La aspiradora urbana que limpia el aire y, de paso, fabrica joyas



"—Este momento es perfecto— dijo sonriendo. —Es redondo y brilla colgado del espacio vacío como un pequeño diamante"
Jean Paul Sartre.La edad de la razón
 
 No hay nada como levantarse por la mañana, abrir la ventana y respirar una buena bocanada de aire. En un pueblo, está bien, pero como vivas en una ciudad, te vas a llenar los pulmones de monóxido de carbono, monóxido de nitrógeno, dióxido de azufre, metano y unas cuantas partículas sólidas en suspensión que casi prefieres ni saber lo que son. Y aunque muchas de las grandes urbes occidentales están apostando decididamente por el transporte público, por los carriles-bici y hasta por el fomento del running como medio de transporte alternativo al coche, la atmósfera sobre las cabezas de los urbanitas sigue teniendo un color gris parduzco bastante desagradable. Prueba de ello es la fotografía del cielo madrileño que domina este entrañable intercambio de tuits entre dos figuras de la política de la capital.

A largo plazo no va a quedar más remedio que optar por las energías no contaminantes o por el coche eléctrico. Sin embargo, si queremos aliviar nuestros maltrechos aparatos respiratorios a corto plazo, o nos vamos a vivir al campo o inventamos algún sistema para limpiar el aire de la ciudad. Y aquí es donde viene a nuestro rescate el último proyecto del artista holandés Daan Roosegaarde: la Smog Free Tower.

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 En palabras de Roosegaarde, se trata de «la aspiradora de contaminación más grande del mundo». En efecto, la Smog Free Tower es un artefacto que se dedica a aspirar el entorno de su alrededor y, mediante un sistema de filtros, atrapar las partículas contaminantes expulsando aire limpio en su lugar. Como una aspiradora pero a lo grande. A lo muy grande. De hecho, el primer prototipo inaugurado en Róterdam el pasado mes de septiembre mide siete metros de alto por dos de ancho y, según su creador, limpia 30.000 m3 de aire cada hora, consume la misma electricidad que una cafetera y es alimentado por energía solar.

Pese a que han contado con el apoyo económico del Ayuntamiento y el Puerto de Róterdam, además de la fundación DOEN, especializada en proyectos de energías limpias, el Studio Roosegaarde necesitó más dinero para poder financiar su primera torre. Para conseguirlo, y como otros tantos proyectos en el mundo, crearon una petición inicial de 54.000 dólares en la web de financiación Kickstarter. Al cabo de dos meses, habían recaudado más de 130.000 dólares.

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Render del proyecto preliminar. Imagen: Studio Roosegaarde.
 Los que emplean este tipo de campañas en páginas de microdonaciones suelen prometer alguna ventaja o regalo a sus «inversores», pero lo que puede ofrecer la Smog Free Tower es básicamente intangible: el disfrute compartido de una porción de aire limpio en medio de la ciudad o la satisfacción de haber contribuido a un planeta mejor. Así que Roosegaarde decidió fabricar algo sólido que regalar a todos los que pusieron dinero en su proyecto. Diamantes.

Bueno, no son verdaderos diamantes, sino cubos de cristal construidos con los restos de carbonilla atrapados por su aspiradora. Al fin y al cabo, los diamantes auténticos también son átomos de carbono sometido a mucha presión. Lo llaman «Joyería Libre de Contaminación» y afirman que si compras uno de sus anillos o sus gemelos, estás donando 1.000 m3 cúbicos de aire limpio a la ciudad.

Daan Roosegaarde se considera una suerte de hombre orquesta de la creatividad. Es diseñador, artista, ingeniero y arquitecto. Y es consciente de que la Smog Free Tower no es el vehículo de salvación de las urbes polucionadas, sino un primer paso físico y una manera de poner a los ciudadanos frente a un problema real ofreciendo una posible solución. Una solución algo naif, pero desde luego, puesta en marcha con enormes dosis de rigor, ingenio y trabajo. Quizá por eso, este proyecto ha comenzado un tour por todo el mundo buscando posibles lugares donde sirva a su cometido, sea tangible o ilusionante.

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 Además, su objetivo es muy ambicioso. No quiere limitarse a levantar una instalación más o menos artística en medio de Róterdam, quiere plantar verdaderos bosques de aspiradoras en ciudades que realmente lo necesiten, como Beijing o Mumbai. Megalópolis que amanecen cada día con una boina semirígida de polución, y que verían con buenos ojos disponer de burbujas limpias para el disfrute de sus ciudadanos.

O de los visitantes que quieran acercarse, porque una plantación de estas torres podría convertirse en la primera atracción turística de la descontaminación del mundo. Y aunque el uso mercantilista de un propósito tan noble pueda resultar desagrade, si las empresas comienzan a pensar que pueden sacar rendimiento económico de un medio ambiente más limpio, el planeta estará salvado. Mira, lo mismo Roosegaarde no es tan naif.


Fuente: http://www.yorokobu.es/aspiradora-urbana-aire-joyas/

domingo, 23 de abril de 2017

Egeria: la primera gran viajera que escribió sin saberlo el primer libro de viajes

En el año 384, una mujer escribió en su cuaderno de viajes: «Como soy un tanto curiosa, quiero verlo todo». Se llamaba Egeria y entre los años 381 y 384 cruzó tres continentes, recorrió más de 5.000 kilómetros, en su mayor parte a lomos de un burro (o de una mula) y hoy es considerada la primera gran viajera y peregrina allende los mares de la que se tiene noticia y la primera en dejar un documento escrito de su aventura.

Una hazaña loable por muchos motivos, pero sobre todo porque, como mujer, el peso de la vulnerabilidad y de la crítica social ante semejante muestra de independencia superaba incluso el ostracismo que llegaría con el medievo. «Su experiencia muestra hasta qué punto podían romperse los roles de género en la sociedad de la antigüedad tardía, al presentarse como una auténtica aventurera», escribe Rosa María Cid, profesora titular de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo.

«Las exploradoras fueron señoras de gran coraje, ignoradas por sus esposos en los escritos sobre sus hallazgos. Si se aventuraban sin un hombre al lado eran vistas como marimachos excéntricos. Como dice un refrán alemán del medievo: “Peregrina salió, puta volvió”. Que una mujer quisiera salir de su casa levantaba estas ronchas», explica Cristina Morató en su libro Viajeras intrépidas y aventureras.

Egeria

 Egeria fue escritora sin buscarlo y aventurera sin proponérselo. Era culta, profundamente religiosa (aunque muchos descartan que fuese monja, concepto que todavía no existía en esa época) y pertenecía a la alta clase social, entre otras cosas porque se ha barajado la idea de que viajaba con la ayuda de un salvoconducto o pasaporte que le facilitaba el cruce de fronteras y que en aquella época estaba reservado tan sólo para personas importantes.

Para muchos analistas de la historia el conjunto de las cartas que escribió durante su periplo, al que se bautizó como Itinerarium Egeriae, desde el que aspiraba a verlo todo y del que sólo se conserva una parte, puede considerarse uno de los primeros antecedentes de la literatura de viajes. El género existía de alguna manera ya entre los griegos, en las descripciones itinerantes a las que llamaron periégesis y de las que Hecateo de Mileto fue su máximo precursor.

No fue hasta 1903 cuando un estudio publicado por Mario Ferotín en la Revista de Cuestiones Históricas finalmente le atribuye Egeria la autoría del Itinerarium, después de que durante años se pensase que era obra de otra autora más reciente. Curiosamente, la pista que sirvió para relacionar el códice con Egeria estaba en otra carta: la que San Valerio, un eremita y abad de El Bierzo de la segunda mitad del siglo VII, escribe mostrando su gran respeto por la mujer que había viajado de Gallaecia a Tierra Santa: «Hallamos más digna de admiración la constantísima práctica de la virtud en la debilidad de una mujer, cual lo refiere la notabilísima historia de la bienaventurada Egeria, más fuerte que todos los hombres del siglo». El Bierzo era también el lugar donde permanecían las hermanas a las que Egeria escribía sus cartas, argumento que refuerza la idea de que esa comarca leonesa limítrofe con Galicia era también el lugar de origen de la aventurera.

La verdad literaria en la escritura vulgar
En su colección Historia de España, Menéndez Pidal afirma que «Egeria ha de colocarse con todo derecho al frente de las escritoras españolas». Aunque en su escritura resulta evidente que Egeria no escribía con ánimo de ‘literaturizar’ su viaje, sólo buscaba transmitir a sus hermanas la sensación de los descubrimientos, su obra es pionera en la literatura de viajes.

Su lenguaje fresco y cercano, escrito en forma de cartas, quizás sea el antecedente más remoto de los libros y guías de viajes. «Para empezar, elige el vehículo epistolar como armazón para montar su relato. Por las alocuciones que de tarde en tarde animan su escritura vemos que se trata de una suerte de larga carta que dirige a las dominae et sorores que quedaron en la patria. La excusa de tener que ver por ellas, fijarse bien en todo para después contárselo a ellas, proporciona la armadura del género», escribe Carlos Pascual en su libro El viaje de Egeria.

Escritores insignes como Flaubert también entraron en el clasicismo viajero por la puerta del género epistolar. «La escritura es para Egeria un mero instrumento. Por eso ha optado por un latín vulgar, ella, sin duda una mujer cultivada; por eso no le importa despacharse con unas fórmulas o entretenerse de manera desproporcionada en un determinado pasaje. Eso es precisamente lo que vale de su estilo, lo que le confiere una categoría literaria a pesar de las palabras», añade Pascual.

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 En el texto el estilo lo marca la personalidad de la autora, profundamente curiosa y crítica. «La palabra de Egeria puede ser llana y vulgar, excesivamente coloquial, candorosa, pobre si se quiere. Puede que a veces se repita, se atropelle, pierda el hilo de lo que estaba diciendo. Pero ni el estilo mismo ni las palabras misma pueden a veces con la verdad literaria, con la fuerza interior de una determinada escritura», afirma Pascual.

«Otro aspecto de la personalidad de Egeria que llama poderosamente la atención es su juicio crítico», escribe César Morales, autor de novela histórica. «Es una devota cristiana, pero intenta comprobar por sí misma lo que cuentan los textos sagrados y, cuando no lo logra, no tiene problema en reconocerlo. Así, en una ocasión en la que uno de sus guías le habla de un lugar en el que podrá ver a la mujer de Lot transformada en estatua de sal, afirma sin rubor: «Pero creedme, (…) cuando nosotros inspeccionamos el paraje, no vimos la estatua de sal por ninguna parte, para qué vamos a engañarnos».

La autora marcó con su escritura improvisada un nuevo estilo y aborda pistas sobre el propio recorrido del lenguaje. «Para los filólogos es una verdadera joya, algo obligado en las universidades que cuentan con departamentos de Filología clásica. Escrito en el latín vulgar que se hablaba a finales del siglo IV, aquel sermo cotidianus que se enfundaba al acento peculiar de cada callejón de un Imperio Romano tan extenso, el texto de Egeria está trufado de modismos», añade Pascual.

5.000 kilómetros de viaje peregrino
Los pasos de Egeria arrancan de la zona de Gallaecia (Galicia), continúa por Tarraco (Tarragona), cruza el río Ródano por el sur de la Galia, atraviesa Italia, embarca hacia Constantinopla y desde allí sigue hasta Palestina para visitar la Tierra Santa en una peregrinación que años antes había inaugurado santa Helena, madre de Constantino.

Visitó Jericó, Belén, Nazaret, Cafarnaúm y establece en Jerusalén su centro de operaciones. En el año 382 continúa su viaje por Egipto, con el fin de conocer a los monjes y anacoretas que vivían en el desierto. Pasa de nuevo a Jerusalén y de ahí inicia su peregrinación al monte Sinaí (momento en el cual comienza la parte encontrada de su relato) visitando Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria. En la ciudad de Tarso, Egeria anota en su cuaderno el feliz reencuentro con una amiga.

«Encontré allí a una muy amiga mía, a la que todos en oriente tienen como modelo de vida, una santa diaconisa de nombre Marthana, a la que yo había conocido en Jerusalén una vez que ella subió a orar. Tenía bajo su gobierno monasterios de aputactitas, o sea, vírgenes. Cuando me vio ¡con cuánto gozo de ambas, que no podría expresarlo!».

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 Un tiempo después, a su vuelta hacia Costantinopla, escribe a sus hermanas una última carta: «Tenedme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado». Escribe también sobre su deseo de visitar la ciudad de Éfeso, pero se pierde el rastro de sus pasos. No sabemos si alguna vez regresó a Hispania, si murió o si Egeria continuó viajando. Quizás por eso, por la hazaña y por el misterio, su viaje permanece eterno.

Pero, a pesar de la hazaña, poco se habla del viaje de Egeria. En 1984 Filatelia Española emitía cuatro millones de ejemplares del sello dedicado al XVI centenario del viaje de la monja Egeria (insisten en hacer monja a Egeria aunque ha quedado demostrado que en aquella época todavía no existía el concepto de monja y, pese a su religiosidad manifiesta, nadie puede asegurar que fuera siquiera abadesa).

Hay libros, varios libros, que estudian su Itinerario, el lenguaje que emplea, las costumbres que describe. Su hazaña ha sido traducida a numerosos idiomas (español, francés, alemán, ruso, inglés); hay una calle a las afueras de Ponferrada y otra calle en León que lleva su nombre. Una pequeña empresa de cerveza artesana en El Bierzo se llama como ella y en el pequeño municipio leonés de  Villaquilambre desde 2007 funciona una Escuela de Formación de mujeres Egeria.

Pero ¿por qué no es referencia Egeria en la historia común de la cultura viajera y en el género literario de viajes?

Pascual, como muchos de los que han estudiado el texto de Egeria, insiste en la necesidad de sacar a la peregrina del anonimato. «Su relato, por sí mismo y por lo que significa, merece ser mejor conocido por el público en general. Lo merece el relato y lo merece su autora. Porque la figura de Egeria tiene todos los ingredientes para encandilar a cualquier lector sensible: es una figura tan apasionada como apasionante».

En el año 384 una mujer que aspiraba a verlo todo escribió todo lo que vieron sus ojos.


Fuente:  http://www.yorokobu.es/egeria-la-primera-viajera/