Cuando las normas y la ética se diluyen en ácido
Los
científicos han sido motor de cambio desde que comenzaron a descubrir y
explicar cómo funciona todo lo que nos rodea. Lo interesante de esto es
descubrir que algunos de los mayores cambios, de los descubrimientos más
rupturistas o de las demostraciones más críticas de la historia de la
humanidad fueron producto de actitudes pendencieras y comportamientos
arrabaleros más propios de un carterista del metro que de ilustradas
mentes privilegiadas. Los cambios que impulsaron revoluciones decisivas
llegaron a veces porque alguien decidió desobedecer el protocolo de
investigación.
La reputación de la comunidad científica se ha instalado en las cotas
más altas de la aceptación social. Cualquiera es capaz de imaginarlos
como meticulosos eruditos que se someten escrupulosamente a procesos
establecidos a través de los siglos como los adecuados para probar
teorías e hipótesis.
Sin embargo, la historia del siglo XX ha sometido a los científicos a
un blanqueamiento de imagen muy meritorio. En el pasado, en la medida
en la que la religión influía más decisivamente en el poder, los
investigadores eran vistos como asesinos de la fe, como brujos sin
piedad o como villanos capaces de exterminar con sus desconocidas artes a
quien se pusiera en su camino. O como todas esas cosa a la vez. No eran
nada de eso. Lo que sí eran es seres humanos y, como tales, capaces de
arrastrarse por el lodo, mentir, falsificar o incluso darse de hostias
para que sus teorías fueran aceptadas. Y así sigue ocurriendo, para
desgracia de la moral humana y para solaz del humor universal.
Un buen número de los científicos más revolucionarios de la historia
han sido tan macarras como un Yung Beef agitando el oro que cuelga de su
cuello. Importa el resultado del experimento y poco importa saltarse un
par de dictados éticos para conseguirlo. Al fin y al cabo, cada persona
tiene un porcentaje de héroe y otro de villano, y lo que queda para la
historia de la ciencia es lo que sale del tubo de ensayo, no lo que uno
hace en las horas de relajo y asueto.
Como explica el doctor en Bioquímica y Biología Molecular José Miguel
Mulet, «los científicos son personas y hay de todo. Schrödinger era
adicto al sexo y cuando se cansaba de una amante, su esposa era la que
le invitaba a irse». Además, mientras no meneaba el badajo bajo el
edredón, metía gatos vivos imaginarios en cajas imaginarias. O gatos
muertos imaginarios en cajas imaginarias.
El pionero de la guerra química, Fritz Haber, «nunca se arrepintió de
haber sido el primero en utilizar el cloro como arma química porque era
un ferviente nacionalista», prosigue Mulet. O el bioquímico «Kary
Mullis, que dice que el SIDA no existe y que habla con mapaches
fluorescentes; o Luc Montaigner, que cree en la homeopatía».
Estamos, por tanto, ante un capital investigador de primer orden, al
menos durante el tiempo en el que cada uno aportó al progreso humano su
mayor excelencia investigadora. Pero, a la vez, estamos ante un material
humano que, como en el resto de ámbitos de la vida, en ocasiones da
ganas de desear que un meteorito caiga en la Tierra y nos ahorre
sufrimientos, vergüenzas y bochornos inútiles.
Tomemos como ejemplo al Michael Jordan de la ciencia, al elegido, al
más mediático, al que más camisetas vende: a Albert Einstein. Einstein
es quizás el nombre que recitaría la mayoría de personas si se les
pidiera que mencionaran al primer científico que se les pase por la
cabeza. Es un mito, un ídolo… y un ser humano de decisiones discutibles.
Aunque ya no nos importe demasiado porque los anales han decidido
guardar sus aportes intelectuales.
El alemán es el ejemplo paradigmático de la ciencia indomable del
pasado, la que pasaba por alto algunas prácticas científicas aceptadas
en beneficio de un bien mayor. Estaba tan seguro de algunas de sus
teorías –como la de la relación giromagnética– que no dudaba en ser
selectivo con los datos que mejor se ajustaban a ellas y abrazar con
todas las fuerzas el sesgo de confirmación, territorio prohibido para
cualquier investigador actual.
En casa, no dudó en tirarle los trastos a la hija de su amante.
Cuando fue descubierto, se limitó a decir a madre e hija que solo una de
las dos podría casarse con él cuando obtuviera el divorcio de su mujer
de entonces, Mileva Marić.
Por cierto, como explica el doctor en Física Cuántica y asesor de la
revista New Scientist Michael Brooks, Einstein prometió a Mileva Marić
en su acuerdo de divorcio el dinero del premio Nobel, un noble acto si
no fuera por un pequeño detalle: no había ganado todavía el Nobel.
Cuando lo ganó y cobró, solo le dio la mitad de lo prometido a su
exmujer.
También le trampeó pasta a su propia universidad, la que le ayudó a
situarse en el olimpo de los investigadores. Fue evasor de impuestos y
se desentendió de su hijo esquizofrénico, dejándolo morir en una penosa
institución psiquiátrica. Pero ¿a quién le importa cuando tenemos, entre
otras cosas, camisetas con Albert sacando la lengua?
Las fotos de Albert Einstein o las charlas del astrofísico Neil
DeGrasse Tyson vacilando a sus interlocutores son algunas de las partes
más pop de la ciencia. Sin embargo, según el también astrofísico e
investigador en el Instituto Andaluz de Astrofísica Daniel Guirado, lo
lúdico no es tan inusual como cabría imaginar. «Richard Feynman jugaba a
abrir las cerraduras con combinación de sus compañeros de investigación
durante el Proyecto Manhattan», el que tenía por objetivo el desarrollo
de la bomba atómica. «Einstein llevó toda la vida en el bolsillo una
brújula que le regaló su abuelo y nunca dejó de fascinarle cómo aquella
aguja se movía sin que nadie la tocara». O el propio Guirado, que
proponía problemas de física que debían resolverse de cabeza con un
objetivo muy particular: la vigilia prolongada. «Tengo un grupo de
amigos con los que hacía maratones de cine de 24 horas con cinco minutos
de descanso entre peli y peli. El que se dormía perdía 100 euros». Y en
lugar de café, se quitaban el sueño averiguando la posición de una
escoba en un sistema de referencia situado en la esquina del salón donde
veían las pelis.
La ciencia y el juego van de la mano. «El juego por el juego: las
cerraduras, las brújulas, los maratones innecesarios de cine… En The Big
Bang Theory, los chicos están hackeando un sistema domótico de unos
análogos chinos y alguien les pregunta por qué lo hacen. Responden que
porque pueden. Están jugando», dice el astrofísico.
Esa negativa a abandonar la curiosidad infantil es, más allá de la
gloria o el sustento, uno de los motores del cambio social y
tecnológico. «Como dice Rick – el de Rick y Morty, no el de Casablanca–,
cuando comprendes que nada tiene sentido, el universo es tuyo», explica
Guirado. «Un científico es una persona que no ha dejado de jugar, de
dibujar ni de cantar porque ha comprendido a tiempo que todo da igual. Y
ha conseguido un trabajo en el que puede hacer todo eso libremente y,
además, pagar el alquiler. Como corolario, quizá esté curando el cáncer,
desarrollando minas antipersona o mejorando la fermentación de la
cerveza, pero eso solo le importa a la parte ética de esa persona: al
hijo de puta de Einstein, al excéntrico Richard Feynman o al entrañable
Degrasse Tyson, que para quien no lo tenga localizado, es el negro de la
NASA que hace la nueva Cosmos y habla muy bien. Esa dimensión ética es
un añadido social, casi una impostura para poder pasar por adulto».
Es precisamente en el desafío a la honradez donde cabe cuestionarse
dónde se dibuja la línea y si uno se la salta o no. Algo tan
anticientífico como hacer caso de los pálpitos ha formado parte de
cualquier profesión desarrollada por el ser humano: desde la agricultura
a la programación. Eso incluye también la investigación. De hecho, para
Daniel Guirado, lo de saltarse alguna regla es «tajantemente
imprescindible» para el desarrollo humano.
Cuenta el astrofísico que en este momento está «trabajando en una
explicación al hecho de que las partículas de polvo que salen de los
cometas se alineen de cierta manera. No me sale y estoy llenando el
programa de trampas y mentiras para forzarlo. ¿Por qué lo hago? Porque
tengo la intuición de que se alinean. Eso resolvería de golpe muchos
problemas abiertos sobre el polvo en el sistema solar que ahora mismo
están desconectados. Encajarían a la vez muchas piezas entre sí de forma
muy elegante». La exaltación de la estética de la ciencia, por
explicarlo de alguna manera.
El planteamiento no es caprichoso. Guirado no ha elegido ese truco en
el videojuego de manera aleatoria. «La naturaleza parece funcionar así:
hay una dimensión estética en la ciencia. Lo simple es la solución
genial a todo. El modelo estándar de partículas es una mierda porque
tiene 27 parámetros libres. Seguro que está mal. La relatividad de
Einstein es inamovible porque parte de un único postulado sencillísimo y
genial. Cuando termine de realizar todas las artimañas posibles y me
salga lo que quiero que salga, seguramente se me encienda la bombilla y
comprenda que hay una justificación simple y armoniosa a todas esas
trampas. Entonces dejarán de serlo y espero que se conviertan en
hipótesis inspiradas. Alguien preguntará: “¿Cómo se te ocurrió?”. Y yo
contestaré que borracho en un bar o alguna otra mentira para hacerme el
interesante. Eso estará mal, pero el falseo inicial durante la
investigación es lícito y necesario». Si el resultado es rupturista y
capaz de generar un cambio a mejor en la vida de la especie humana, la
importancia del camino recorrido para llegar a la meta se diluye en la
memoria de los tiempos.
La opinión de José Miguel Mulet es, sin embargo, contraria a lo que
explica Daniel Guirado. Mulet cree que la ciencia habría llegado a donde
está sin necesidad de maquillar resultados, «y posiblemente mucho más
lejos, ya que trampear datos la mayoría de las veces solo sirve para
retrasarte. El propio método científico se autorregula en el sentido de
que cualquier resultado debe ser reproducible. Si trampeas datos en
algún momento, alguien repetirá el estudio y verá que no llega a los
mismos resultados. Entonces se caerá el castillo de naipes. Hemos tenido
muchos ejemplos, como el escándalo con las células madre en Corea o, en
España, recientemente, con Almudena Ramòn» y su investigación para
devolver la movilidad a personas parapléjicas..
Lo cierto es que, en los tiempos que corren, es cada vez más
complicado trampear con los datos o llevar a cabo una investigación que
no se someta a los comités éticos. José Miguel Mulet admite que saltar
por encima de los condicionantes éticos permite que «se pueda ir más
rápido, pero se hace a costa de mucho dolor; y si hay sufrimiento, lo
mejor es avanzar poco a poco».
El científico valenciano explica que ni siquiera es buena idea forzar
los límites morales en las investigaciones para obtener resultados que
permitan mayores financiaciones. «No sería tolerable. Ten en cuenta que
una de las muchísimas cosas que te piden para financiarte se plantean en
términos de bienestar animal. Hoy en día, saltarse las normas con un
paciente o incluso con un animal, es muy complicado».
En la actualidad, es casi imposible replicar proyectos como el
estudio de la sífilis de Tuskegee. El Servicio de Salud Pública de
Estados Unidos estuvo utilizando a seres humanos durante 40 años. Se les
inoculaba la enfermedad, se les impedía acudir a tratamiento a centros
que no fueran los relacionados con el estudio e incluso se les mantenía
bajo el engaño de que estaban siendo convenientemente tratados. ¡Ah!,
los 399 afectados eran pobres y negros, fueron padres de 19 hijos con
sífilis congénita y contagiaron a 40 esposas como guinda a una vida de
penuria y enfermedad. Y todo comenzó antes de que el Dr. Mengele se
convirtiese en una estrella del exterminio humano.
No hay que irse tan atrás en el tiempo. Andrew Wakefield se empeñó en
los años 90 en relacionar el autismo con la vacuna del sarampión, las
paperas y la rubeola.
Wakefield aprovechó el cumpleaños de su hijo para tomar muestras de
sangre de 12 de sus amigos; o les sometió a punciones lumbares de alto
riesgo y no menos dolor que ayudaron a propagar el bulo de que las
vacunas causan autismo.
El resultado de aquel atentado científico es que aún hoy, en este
2018, muchos padres se niegan a vacunar a sus hijos dificultando así la
inmunidad de grupo. El sarampión, de hecho, está rebrotando en muchos
lugares del mundo que habían visto cómo la enfermedad se declaraba
extinguida.
Más allá de estas historias, ejemplo de la mayor mezquindad que puede
enarbolarse en nombre de la ciencia, el aumento del respeto a las
normas ha tenido un efecto positivo. Y otro negativo, ya que elimina
casi de raíz la posibilidad de que se escriban episodios adicionales de
una de las modalidades más punkis de la ciencia: la de la
experimentación sobre uno mismo.
Se debe valorar positivamente el hecho de poner a prueba el propio
organismo en lugar del de un animal, un moribundo o un indigente. Y, qué
demonios, un poco de épica en el método nunca ha venido mal a una buena
historia.
Así se llegó, por ejemplo, a la demostración de los efectos de la
cateterización cardiaca, responsable de que se conozcan muchas de las
afecciones –fisiológicas, que no afectivas– del corazón.
Un joven cardiólogo berlinés, Werner Forssmann, tuvo un pálpito.
Pensó que se podría meter un fino tubito por una arteria y llegar al
corazón para saber de problemas coronarios indetectables hasta la fecha.
Utilizó artimañas discutibles (aunque legales) para conseguir que la
jefa de enfermeras le facilitase las llaves del material necesario para
el experimento.
Gerda Ditzen, aquella enfermera, estaba tan entusiasmada con la
investigación de Forssmann que se ofreció voluntaria para la ilegal
experimentación sobre humanos. Sin embargo, Forssmann era un tipo
decente. Tumbó a Ditzen en la camilla, la ató… y salió por piernas para
hacer ese experimento, que podría suponer la muerte del sujeto, en su
propio cuerpo. Forssmann se negó a poner en peligro a Gerda Ditzen y,
encima, la cosa salió bien. Gracias a eso, tu tío José Luis lleva una
vida normal tras el infarto que le dio en vuestras vacaciones en
Torrevieja.
Ese punkarrismo en la ciencia no es ahora tolerable. ¿Hasta dónde
justifican los medios el fin? ¿Dónde está el límite de lo tolerable en
el desafío a las normas éticas en la investigación? Lo cierto es que,
quizás, un científico no sea la persona más adecuada para responder a
una pregunta que incorpora dimensiones políticas, sociales y de la
moral.
Daniel Guirado explica que «la ciencia solo se encarga de modelar el
comportamiento de la naturaleza. Lo que hagamos con esos modelos es una
cuestión de ética personal o de política local y global. La energía
nuclear sirve para hacer bombas y para que brille el sol. Y un cuchillo
afilado puede abrirle las tripas a Santiago Nasar o cortar en finas
lonchas una tripa de chorizo de Huelva».
El investigador dice que su postura personal pasa porque «se deje
trabajar al Dr. Frankenstein y luego se haga lo que se quiera con el
monstruo». Dice que él no tiene problema en clonar personas, hacer
corazones a partir de células madre o investigar en balística. «Y que
entonces las administraciones competentes sepan administrar el uso de
esas herramientas conforme a las necesidades de los individuos a los que
representan. Y que esos individuos paguen esas investigaciones y dejen
de culpar al científico de lo que las administraciones no hayan sabido
gestionar».
Aunque la explicación de Daniel Guirado suene a una lavada de manos
para la comunidad científica, lo que quiere decir es que es la ética y
la política de las personas la que tiene que colocar a cada
investigación donde corresponde, pero que lo investigado, investigado
quede. «Como un día necesitemos un misil nuclear en el espacio para
destrozar un asteroide que viene a matarnos, verás tú como vamos a ir a
buscar a Kim Jong-Un. Pero no para ponerle sanciones esta vez, sino para
decirle que por favor, por favor, por favor».
Es posible que este retrato de la investigación científica sea capaz
de causar algo de desasosiego. Es cierto que se vive más tranquilo
ignorando lo que causa miedo, pero no está de más saber que los relatos
no son siempre inmaculados y que no pasa nada porque no lo sean.
Como dice Michael Brooks en Radicales libres (Ariel, 2012), «es que,
sencillamente, es así como funciona la ciencia». Se debe mantener la
mitificación del genio y la exaltación del rigor porque, entre otras
cosas, a pocos jóvenes y potenciales científicos les parece atractivo un
mundo de canallas, pero lo cierto es que Einstein tenía un buen puñado
de aristas rugosas, por poner un ejemplo. Y poco importa eso en cuanto a
su valoración como investigador. Y además, aquí seguimos a pesar del
lado oscuro de los Einsteins de la vida.
En ocasiones resulta complicado desarrollar experimentos cuyo
planteamiento se ajuste radicalmente a lo que se conoce como el método
científico. Por eso se maquillan resultados y, por eso, muchos
científicos a lo largo de la historia se han dejado llevar por un
pálpito o una intuición. Cuando el resultado de ese pálpito ha sido
acertado, la historia ha recordado al investigador con laureles y se le
ha considerado un buen científico a pesar de esas licencias. Y, aunque
esto pueda ser un juicio personal, ha convertido la investigación
científica en algo más punk y menos anodino.
Fuente:
https://www.yorokobu.es/ciencia-punk/