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sábado, 10 de diciembre de 2022

Corsés apretados, sillines sicalípticos: bicicletas y sexualidad femenina en el siglo XIX

Nos pasa a todos. Es ver una bicicleta y… ufff, escalofríos recorriendo la espalda. Esa sonrisa tontorrona que se te pone, ese querer rozar con las yemas de tus dedos, ese embolingarse con las palabritas, ese qué ganas de quedarnos los dos solitos.

Sí, amigos, es que la bici provoca deseos de lo más primarios. Yo he visto de todo con el tema, desde antiguos crápulas que abandonan para siempre el ejercicio del canalleo «para no estar cansado mañana, tío, que hay salida con la grupeta», hasta parejas de mediana edad que han cesado temporalmente su convivencia porque una de las dos partes pasaba olímpicamente de la otra, reservando todo el fin de semana para esa amante con ruedas. Como escuchan, lo juro.

Pero yo les voy a contar una historia más cañera. Porque lo otro… en fin, todos tenemos algún caso cerca, y da hasta penuca, ay, qué penuca me da. Pero esto… En pocas palabras, hablemos de cómo la bici fue considerada, allá en la época victoriana, un peligrosísimo corruptor de la moralidad femenina. Como lo oyen.

A ver, advertencia. Todo esto lo narra divinamente Kate Lister en su (muy recomendable) libro Una curiosa historia del sexo (Capitán Swing, 2022). Allí, entre consoladores, sinónimos de la palabra «vagina» a cual más chisposo o recorridos cuchufleteros sobre la profilaxis poco eficiente encontramos todo esto de la bici y su erotización, además de algunas fotografías victorianas que muestran a mujeres de carnes regordetas montando máquinas bastante incómodas. A mí no me van estas filias, pero si alguno tiene el hábito de pecar quede advertido.

La cosa es que bicis y similares siempre han tenido papel potente en asuntos de paridad. Es casi lugar común la frase de Susan B. Anthony sobre el velocípedo, esa de “ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”. Bueno, mira, pues igual. Sobre dos ruedas las mozucas podían dar largos paseos, establecer vínculos sociales y, en fin, alcanzar arbustos lo suficientemente altos, lo suficientemente apartados, como para gozar de un sano desenfreno premarital (o postmarital, que aquí no pedimos papeles).

Ya únicamente eso… pues escándalo, porque las mujeres deben estar en la cocina, y no enseñar más que un leve tobillo, que ya con un tobillo vas que chutas, que un tobillo es alfa y omega de la sensualidad. Solo que había más cosas. Sí, esa que todos (y todas) ustedes piensan. El tema del sillín, la zona perianal, apoyos y etcéteras. Cuando la bicicleta comienza a popularizarse a fines del siglo XIX se desata un debate médico al respecto. Sumen al asunto que quienes antes pudieron disfrutar del suave y sicalíptico roce velocipédico fueron las clases más acomodadas (por aquello del coste), lo que resultaba un más aquelárrico, pues comprensible puede ser que arrieras y buhoneras disfruten de la vil carne, pero se nos complica el asunto cuando hablamos de finas Ladys con apellido compuesto.

Inciso necesario: según estudios de la Universidad de California las mujeres que practican regularmente ciclismo tienen «mejor funcionamiento sexual» (signifique eso lo que signifique) que quienes no hozan por sillines y manillares. Así que, si me permiten consejo… corran a comprar coulottes.

La llegada de féminas al mundo-bici fue bastante tardía. Causas técnicas, éticas y estéticas. O, dicho de otra forma, entre que las primeras máquinas eran artefactos potencialmente mortales con peligros evidentes, y que no estaban visualmente preparadas para faldas, enaguas y corpiños pues. Sucede que en la década de 1880 se inventa algo llamado «bicicleta de seguridad». Vamos, artilugio muy similar al que tenemos ahora entre las piernas (cuando montamos en bici, se entiende). Dos ruedas, neumáticos, frenos, alta maniobrabilidad, alta posibilidad de no morirte de la hostia si caes al suelo (no lo prueben en uno de esos biciclos con rueda delantera enorme, por favor).

Así que se multiplican las ciclistas mujeres y, con ello, el pecado. El pecado potencial, incluso el pecado lleno de involuntareidad, si quieren, pero el pecado. Vamos, que hay doctores (a quienes debemos imaginar con gafas muy gordas, o con monóculo, siempre carraspeando, gesto de sorpresa y constricción al ver cómo es una muchacha desnuda, no, qué he hecho, iré al Hades) preocupadetes por el tema este del sillín. El roce del sillín, el efecto de los baches sobre el sillín (había un montón de baches entonces, incluso adoquines, que es aun peor), la fina estimulación que puede nacer en el sillín. No solo por el tema del placer (que ya de por sí es inicuo, porque gozar con la coyunda y similar solo es propio de bestias salvajes, y debe ser objeto de discurso censor) sino, incluso, por el interior de las damas. Que son los hombres seres bien dotados por Natura para aguantar meneos (pese a apoyarse, en el acto ciclista, sobre sendas partes muy delicadas de su anatomía), pero las mujeres pueden acabar descoyuntadas en su interior. Y, ¿qué nos preocupa de las damas en aquellos años sino su interior? Su interior reproductivo, se entiende, que sentimientos y pe(n)sares son cosas de rojos, seguramente… Ya lo dijo el periódico South Wales Echo en 1897… “la bicicleta fue inventada por los hombres y sigue siendo un vehículo masculino”, las mujeres “deberían tener cuidado con los peligros del ciclismo”.

(Años más tarde, y como para insistir en la idea de que la bici es para mozos fuertes, Luis Puig le dijo a Federico Martín Bahamontes que “si te pones los pantalones largos” tras haber abandonado un Tour de Francia “el pecho se te habrá hinchado y tendrás leche en las mamarias”. Leche en las mamarias, ojo. Cuidado con Luis Puig, buen franquista y mejor escritor de novela erótica).

Pero, decíamos, ¿qué peligros? Pues todos. Todos, porque quien pecados sueña, potencialmente pecaminoso ve el mundo. Se decía que entre la bici y el no llevar corsé (habrase visto, no llevar corsé) las muchachas podían sufrir sacudidas en sus partes reproductoras hasta, en casos extremos, soltarse. En Norteamérica se contempla con preocupación ese demonio con manillar que ataca a los «órganos matrimoniales» de las jóvenes incautas. Observen la, poco sutil, expresión de «órganos matrimoniales», y saquen conclusiones sobre importancias y prioridad. El St. Louis Medical Review señala, año 1895, que esa ocupación «extremadamente poco elegante e indecorosa» (y dicen esto sin haberme visto a mí con maillot) podía provocar «inflamación ovárica, sangrado del riñón o el útero, desplazamiento y aborto». El Iowa State Register va más allá, afirmando que la bici lograba «suprimir o volver irregular y terriblemente dolorosa la menstruación, y quizá sembrar la semilla de futuras dolencias». Ese «quizá» es tranquilizador, al menos. Y The Cincinnati Lancet-Clinic se mostraba a favor del ciclismo, pero expresa dudas sobre el sillín, al que denomina, muy feamente, «agente friccional».

La ciencia opinaba que la bicicleta era un medio pecaminoso para las mujeres

Y es que aquí está el meollo, colegas. Lo otro, lo de la salud… bueno, pues asumible. Llevamos medio siglo ciscándonos las costillas de núbiles y damas, así que no vamos a ir ahora de paladines físicos. Pero el agente friccional… ay, el agente friccional, eso sí que no. Fricciones las justas, y siempre dentro del matrimonio, no vaya usted, joven súcubo, a pasarse un rato agradable sin mi consentimiento.,

Porque, en fin, todos esos problemas, las hinchazones, los desprendimientos, las enfermedades por venir, todos, absolutamente todos eran provocados por ansiedad sublimada en materia erótica. Vamos, que otra vez los sillines. Que te dan cosquillas, los sillines, y ya pierdes el oremus. Una revista canadiense, la Dominion Medical Monthly, llega a afirmar muy ufana, allá por 1896, que «el consenso está aumentando masivamente día a día: montar en bicicleta provoca en la mujer un orgasmo diferente». Al menos hablan de orgasmo, oiga, pero es que se busca lo que se busca. Y eso acarrea problemas. Problemas gordísimos, porque, decíamos, el pecadillo de Onán tiene connotaciones maléficas, satánicas, antinatura. Ese mismo año el Canadian Medical Practioner afirmaba que «comparadas con Canadá, o al menos con Toronto, Sodoma y Gomorra serían puras como los refugios del ejército de Salvación. Parece ser que el ciclismo, que tanto aporta a la salud, la belleza y el encanto de nuestras mujeres, es en Canadá, o por lo menos en Toronto, un medio para gratificar un deseo impío y bestial».

En fin, si ustedes no están deseando salir a dar una vueltita en bici, yo ya no sé.

Ah, que les parece poco. Poco peligro, pocos perjuicios, poco «mira, tú verás, pero la bici es mala, malísima». Pues, oigan, que se les queda cara de tonto. De tonta, en este caso. Sí, sí, como lo oyen, cara de tonta. Hay algunos (y algunas) que la traen de serie, pero es que el ciclismo te va deformando faz hasta transformarte en candidato perfecto para realitys y similares. Lo llamaban «cara de bicicleta», era una enfermedad que afectaba a ambos sexos pero resultaba más enojosa en las mujeres (en fin… ¿qué otra cosa sino un bonito cutis tienen ellas para ofrecer?) y resultaba estremecedora. En 1897 el doctor Shadwell describía esas caras como «rostros rígidos, ojos fijos hacia delante, una expresión ya sea de angustia o de irascibilidad o, en el mejor de los casos, pétrea». Vamos, lo que he visto yo muchas veces arriba de los puertos, tampoco es para volverse locos. Nadie se tomaba muy en serio estos rolletes (no las caras, sino que dicha expresión quedase fija para siempre en los rasgos de quien andaba en bici), pero, por si acaso, el Harper´s Magazine recomendaba en 1897 a las mujeres que masticasen chicle mientras pedaleaban, porque eso «mantiene la cara en movimiento y previene esa expresión de ansiedad que los médicos dicen que puede evolucionar hasta ser parte esencial de las características de la dama ciclista». Ay, las damas ciclistas, todo en su contra.

No vayan a pensarse que semejantes arrebatos de sicalipsis sobre ruedas ocurrían únicamente en las Islas Británicas y sus antiguas colonias. No, no, qué va. En los años veinte del siglo anterior hasta veinticinco chiflados se presentaron a la salida en una de las primeras carreras de siempre por Colombia. Bogotá, especificamos. Uno de ellos, el italiano Carlo Pastore, mantuvo en vilo a los comisarios al extraviarse en mitad de esa carretera asesina, despiadada, que une las capitales de Cundinamarca y Boyacá. La misma que va por bosques, la que se adentra en los más profundos vericuetos de un océano verde y marrón y gris. ¿Qué le habrá pasado al transalpino? No tendremos que lamentar otra muerte, ¿verdad? Ese mismo recorrido cargaba ya con dos víctimas ciclistas en el pasado, así que pilló fama fea. Hasta que lo hallan. Está en una cuneta, escondido, posición horizontal. Pero sano y salvo. Y con cara de satisfacción, por demás, desnudo junto a una bonita campesina, también desprovista de toda ropa. Ambos sonríen, azorados. Beso de despedida, el ciclista se vuelve a vestir, retoma su bicicleta, deja atrás al amor fugaz. Acabará octavo, lo que, después de lo ocurrido, es a todas luces un gran puesto.

Apenas una anécdota, ya ven.

¿Existe solución para semejante escándalo? Porque a mí, querido escritor golferas, me encanta montar en bici, pero soy casta, pura, pía, no quiero caer en esa espiral de impulsos y provocaciones que solamente conduce a la cárcel, el reformatorio o los retozares sin anillo. Pues bien, querida ficticia, está usted de suerte, porque podemos mitigar los efectos sicalípticos que sobre su cuerpo ejerce el velocípedo. Desde sillines con agujero para aliviar el frotis-frotis, hasta bicis que llevan rejilla externa, hurtando así al obseso la visión de unos tobillos carnosos y apetecibles. O lo que coño fuesen los tobillos a fines del XIX, a mí no me miren…

Ya ven, así estaban las cosas hace un siglo. Y más historietas que podría contarles, solo que ahora no me da tiempo.

Me han entrado unas ganas loquísimas de salir a andar en bici…

Fuente: https://sport.jotdown.es/2022/12/08/corses-apretados-sillines-sicalipticos-bicicletas-y-sexualidad-femenina-en-el-siglo-xix/

viernes, 11 de noviembre de 2022

La epopeya de llegar vivo a Santiago (y volver)

Lázaro esperando en la puerta del rico. Fresco románico de la iglesia de Taüll DP. camino de Santiago
Lázaro esperando en la puerta del rico. Fresco románico de la iglesia de Taüll. (DP)

 Florent Boullier hizo un par de nudos al hato en el que había metido unos mendrugos y las pocas prendas que se llevaría, se ajustó las correas de los borceguíes con sumo cuidado para no dañar la piel de los tobillos que ya apenas sentía, cerró la puerta del cobertizo que tenía como vivienda y echó a andar. No dejaba a nadie detrás: sus padres habían fallecido con dos días de diferencia y había perdido a su esposa, quemada en la hoguera, después de que fuera acusada de brujería en el juicio sumarísimo al que fue sometida junto a las monjas ursulinas del convento en el que servía. 

Desde que se casaron, ella había preñado en cinco ocasiones, pero había abortado en cuatro de ellas; no pudo amamantar a la única niña que parió viva porque de sus pechos no brotó ni una gota de leche y, a falta de alimento, la pequeña murió a las pocas semanas de nacer. Sus espasmos, trances y bailes descontrolados junto a la incapacidad de tener hijos sanos eran pruebas evidentes de posesión demoníaca, y por ello el dominico que la sentenció al fuego no se anduvo con contemplaciones.

Florent había decidido emprender el camino a la abadía de Sant Antoine-en Viennois, cerca de Grenoble, desde su Loudun natal —a unas doce jornadas hacia el sureste— donde se encontraban los restos de san Antonio Abad, el santo milagroso que curaba el fuego sagrado o fuego de san Antonio que ya afectaba a sus piernas. Corría el año 1634 y albergaba pocas esperanzas de llegar con vida al hospital de los Hermanos Antoninos, cuya fundación se atribuía a la promesa hecha por Gaston de la Valloire después de que su hijo Guérin se curase de lo que hoy se conoce como ergotismo, un mal que producía gangrena, fuertes dolores similares a los de las quemaduras y la pérdida de los miembros afectados. 

Los antoninos se especializaron en el tratamiento de estos enfermos y llegaron a fundar más de trescientos setenta hospitales, conocidos como hôpitaux des démembrés por la manera en la que se presentaban los que buscaban amparo y curación, y por los exvotos naturales que cubrían sus paredes siguiendo la costumbre de colgar de ellas las extremidades caídas, ya secas o amojamadas, que componían las estampas gore o cuadro de los horrores que el viajero encontraba al llegar. Los hermanos hospitalarios y la imagen del propio santo lucían una tau griega en sus hábitos, quizá en referencia a las muletas usadas por los tullidos aquejados de este morbo a los que atendían.

Todavía más espectaculares que las de las tierras francesas regadas por el Ródano eran las curaciones de los peregrinos a Santiago cuando consumían los cereales de la meseta castellana, y eso hizo que, a lo largo del Camino francés, se fundaran hospicios a los que venían a parar los desesperados de Centroeuropa o los que podían permitirse medios de transporte que no fueran sus propios pies; en España los más conocidos fueron los de Castrojeriz (Burgos) y Olite (Navarra) que tuvieron jurisdicción sobre tierras y hombres hasta que el rey Carlos III mandó disolverlos en 1791 e integrarlos en la Orden de Malta.

Hoy sabemos que el ergotismo es consecuencia de la infección por el hongo Claviceps purpurea o cornezuelo del centeno, que parasita los cereales y que se reproduce con mucha facilidad en ambientes muy húmedos. Los peregrinos a Sant-Antoine-en-Viennois mejoraban o curaban al ser tratados con buenos alimentos, verduras frescas y pan de trigo limpio, además de las consabidas sangrías, oraciones y ofrendas.

Los afectados que presentaban convulsiones, delirios, alucinaciones y espasmos (ergotismo convulsivo) tenían peor pronóstico, porque eran condenados a la hoguera sin el menor atisbo de clemencia o se les dejaba morir en cualquier barrizal, abandonados hasta de la mano de Dios. Si había una imagen nítida de posesión luciferina, esta era, sin duda: un enfermo de ergotismo en fase avanzada o terminal.

La infección tocaba más a los pobres que a los ricos, a cuyas mesas llegaban los panes de trigo candeal que no se veían contaminados por el cornezuelo, del que ya se tenían sospechas en el siglo XVI. En 1670, un médico francés, llamado Thullier, atribuyó este padecimiento al consumo de centeno ennegrecido por la humedad y describió las dos maneras en las que se manifestaba, tanto la gangrenosa (más extendida en tierras francesas) como la convulsiva, propia de tierras germanas y eslavas. Las epidemias remitieron en el siglo XIX, cuando se extendieron los cultivos de trigo y se afianzó el consumo de la patata como sustitutivo del pan. 

A principios del siglo XX se aislaron los alcaloides del Claviceps purpurea para usos medicinales por su potencia como vasoconstrictor y como remedio para las migrañas, aunque pronto trascendería de los laboratorios y, convertido en LSD o ácido lisergénico por obra y gracia de Albert Hoffman, llegaría al mundo de la noche y de la creación artística con un éxito arrollador en la generación beat y sucesivas de la misma cuerda psicodélica.

Entre un buen tripi y el consumo habitual de centeno contaminado mediaron siglos de diferencia y creencias religiosas, hospitales especializados, remedios anafilácticos y poco más, porque si los efectos del alcaloide natural conducían a la hoguera, los del sintético lo harían y lo siguen haciendo a la pira de la locura y el desvarío mental, otra forma de arder que tan magistralmente relatara Tito Davison en la película de 1969 The Big Cube (traducida en España como El terrón de azúcar), con Lana Turner en el papel principal. 

Otros peligros contagiosos

El ergotismo fue una más de las enfermedades infecciosas de las que tenemos noticia gracias a la profusión de textos que refieren las más comunes, sus síntomas y remedios. O, dicho de otra manera, la enfermedad era el gran peligro de una aventura que podía tener como objetivo la curación o la prevención y que en la práctica podía comportar también su adquisición, ocasionando imprevistos que harían bueno el verso de Machado de «se hace camino al andar», sin más opción para los romeros que vivir el día a día.

Contagiarse de cualquier plaga era una de las circunstancias que podían alterar el plan de viaje junto a hechos violentos, accidentes, muertes repentinas o incluso enamoramientos que detenían las caminatas allí donde el peregrino a Santiago encontraba un hogar. También las conversiones e ingresos en conventos y las vocaciones podían poner punto final a la expedición fijando al peregrino de por vida o temporalmente a un lugar o a una institución. Terminar en Santiago era una hazaña en ocasiones improbable, dados los peligros que acechaban al caminante; se llegaba o no se llegaba y se cumplía el propósito o se dejaba a medias, pues era muy difícil determinar si lo que acababa siendo una carrera de obstáculos encontraría su meta en la sonrisa divina del profeta Daniel

Los achaques de la salud fueron el común denominador de las gentes que marchaban y prueba de ello son los numerosos hospitales que jalonaron las vías, las recetas de sus boticas o algunos rituales que todavía hoy se recuerdan. En Zubiri, a mitad de camino entre Roncesvalles y Pamplona, los peregrinos daban tres vueltas alrededor del pilar central del puente sobre el río Arga —llamado puente de la Rabia— porque, según la tradición, se construyó sobre los restos de santa Quiteria, abogada de perrillos y personas contagiados de Lyssavirus

Muy frecuentes también eran la sarna (escabiosis), las ladillas (pediculosis pubis) y los piojos (pediculosis capiti), tres padecimientos generados por parásitos con una habilidad extraordinaria para multiplicarse y saltar de un cuerpo a otro, aunque el oro lo ganaban siempre las pulgas, capaces de lanzarse a un blanco situado a un metro de distancia portando en sus intestinos un buen catálogo de bacterias para repartir. 

El amontonamiento y lo que ahora describiríamos como clamorosa falta de higiene eran el estadio ideal para estos ácaros, cuya presencia era delatada por los rasquijones de los caminantes a la entrada de monasterios y hospederías; allí se llevaba a cabo una selección de los recién llegados y, una vez examinados sus cuerpos desnudos, se les separaba en función de su grado de afectación y de su sexo. Los remedios monacales prescribían frotaciones con vinagre y ungüentos con azufre, así como la sacudida o la quema de ropas y tejidos que hubieran estado en contacto con los infectados.

La proximidad de los cuerpos y la consiguiente promiscuidad de las carnes favoreció la recurrencia de contagios que se extendían entre los transeúntes a través del aliento, los humores corpóreos o las coyuntas vaginales y anales que debían de ser corrientes, a juzgar por lo que se muestra en los canecillos de algunos templos como la Colegiata de San Pedro de Cervatos en Cantabria. 

Ya en la antigüedad se daba el nombre genérico de peste a cualquier dolencia periódica que se llevara por delante a un número considerable de personas; la palabra procedía del latín pestis, que significaba ruina, destrucción o azote, unida casi siempre a la griega epidemia que, según el diccionario etimológico de Joan Corominas, aludía a la residencia en un lugar o país extranjero.

A pesar de la generalidad con la que nació, el término peste se asocia todavía con la más letal de las infecciones. Causada por la Yersinia pestis y transmitida por la pulga de la rata Rattus rattus, la peste negra o bubónica asoló el continente europeo llevándose por delante a un tercio de la población, unos sesenta millones de habitantes, en 1348, aunque san Isidoro y su contemporáneo el rey visigodo Sisebuto habían dado noticia en el siglo VII de los estragos en sus reinos de una pestilencia contra la que lucharon piadosamente convirtiendo a los arrianos al catolicismo, lo que debió resultar un remedio mágico; a lo largo de los siglos posteriores las noticias periódicas sobre las oleadas de peste confinaban a la población y aislaban a los afectados en iglesias u otros edificios que se declaraban en cuarentena y en cuyas puertas se depositaban misericordiosos odres de agua y algunos comistrajos, como refiere el doctor José Fernández Arienza en sus interesantes escritos sobre la medicina en la ciudad de León.

La más conocida de sus manifestaciones era la infección de los ganglios linfáticos, comúnmente llamados bubones, que reventaban de podredumbre y fetidez; los enfermos, desasistidos, morían de cualquier manera, aunque había otras formas de entregar el alma al Altísimo provocadas por la Yersinia y que afectaban a los pulmones (peste neumónica) o a la sangre (peste septicémica). 

El segundo lugar en el ranking de mortíferas lo ocupaban las epidemias de paludismo. Las temidas hembras del mosquito Anopheles camparon a sus anchas transportando Plasmodium malariae en todas sus variantes allí donde había lagunas o aguas estancadas, especialmente en las zonas más llanas de la meseta. El paludismo o malaria —llamada así por los romanos que atribuían el trastorno al mal aire de los pantanos— cursaba con fiebres pútridas y solía ser mortal. Los remedios a base de plantas no dieron fruto hasta que empezó a utilizarse la quinina que aplacaba los síntomas, pero no evitaba las recidivas.

El paludismo cursaba con fiebre y mucho malestar, escalofríos, dolores de cabeza, dolores musculares, cansancio, náuseas, vómitos y diarrea, síntomas igualmente atribuibles a las fiebres tifoideas o tabardillo de las tripas, causadas por la Salmonella typhi que se encontraba en aguas contaminadas y que afectaba tanto a las personas como a los animales, especialmente a la caballería; otro tipo de tifus, también muy extendido era el llamado tabardillo pintado, causado por la Rickettsia typhi, una bacteria transmitida por las pulgas y los piojos, que generaba exantemas en toda la piel del cuerpo.

La lepra, llamada gafedad o elefancia, las tuberculosis y otras enfermedades infecciosas se trataban en hospitales especializados denominados lazaretos en honor del protagonista de la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro del Evangelio de Lucas (16,19-31), a cuya advocación se encomendó la Orden de San Lázaro —creada en el siglo XI, cuando Godofredo de Bouillon tomó Jerusalén en la primera Cruzada (1099)— a partir de una orden monacal que, bajo la regla de san Agustín, cuidaba leprosos. Este Lázaro no era el hermano de Marta y María al que Jesús resucitó, aunque, con el tiempo, sus figuras han llegado a confundirse.

La lepra se considera originaria del lejano oriente y se tienen noticias de su existencia en el antiguo Egipto y en los pueblos que habitaron el Mediterráneo oriental, desde donde se expandió por Europa posiblemente a partir de las Cruzadas; hay autores que afirman que había llegado antes a la península en las naves fenicias y más tarde en las de los entonces llamados «moros». 

Era una dolencia sin cura de la que se tenía la certeza de que se contagiaba simplemente por la cercanía a un afectado; por ello, la solución primera consistía en el aislamiento de por vida de los enfermos, lo que suponía en la práctica su desaparición social. Se les obligaba a vestir de color ceniza, salir en grupo y siempre precedidos de un fraile que «tocaba una campanilla avisando de lo que llevaba detrás» para que las buenas gentes se escondieran o desaparecieran, tal como relata el Fuero de Viguera y Val de Funes, dado por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Pamplona, en el siglo XII.

En dicho fuero se establecía que los afectados debían estar completamente aislados en un «cercado de chozas» y se les obligaba a no contestar a quienes les preguntasen, no comer ni beber sino en compañía de otros leprosos y no tocar nada a no ser con un cayado. Una vez declarado un caso nuevo, se oficiaba una misa votiva pro infirmis (por los débiles) en la leprosería en la que se les encerraba. Las más conocidas fueron las de Estella (Navarra), la de Villamartín, en Palencia, la de Sahagún y la iglesia de San Lázaro en León.

Instituciones de cuidados

La amplia red asistencial se fue configurando a lo largo de los siglos y esa misma infraestructura fue instituyendo las rutas a Compostela desde el Camino primitivo al francés. En el siglo XI, gracias al patrocinio de los reyes, la nobleza y las órdenes monásticas, especialmente la de los benedictinos de Cluny, había hospitales en todas las etapas del Camino: Jaca, Pamplona, Estella, Nájera, Burgos, Frómista, Carrión, Sahagún, León, Foncebadón, Villafranca del Bierzo, Portomarín y Santiago. En los siglos posteriores aparecieron otras órdenes tanto monásticas como militares que abrieron hospitales en los núcleos urbanos en los que se asentaron, como fue el caso de la orden de San Juan de Jerusalén establecida en Navarrete o la de los Templarios en Ponferrada.

Se mantenían con las donaciones que recibían, con los impuestos que cobraban, oblaciones, limosnas y diezmos. Cuando eran fundaciones reales, recibían cuantiosas dotaciones en forma de tierras de cuya explotación obtenían los réditos fijados por su fundador.

La asistencia era tanto sanitaria como alimentaria y espiritual. Los contagiados que ingresaban en una institución debían someterse a las reglas de la misma y si esta era de carácter religioso, se les hacía cumplir con los oficios de la orden que la gobernaba. Debían confesar, comulgar y hacer testamento de sus bienes en beneficio del monasterio, de la cofradía o del hospital y si fallecía allí, se le enterraba como a uno más de sus habitantes. Rara vez se reclamaban sus restos a no ser que el difunto fuera un noble o un caballero y sus allegados tuvieran interés en darle sepultura en sus tierras.

Y el maestro Mateo lo sabía

El trayecto que hoy día se concibe como lineal, de ida y vuelta, no ha sido la tónica hasta bien entrado el siglo XX. Lo habitual era iniciar la marcha con un propósito que podía quedar tan abierto como vulnerable según los acontecimientos que iban sucediendo: el recorrido se fijaba en etapas y se iba haciendo camino sin las pautas temporales que ahora establecemos para hacer una de las cosas que todos tenemos pendiente en la vida —según las encuestas de la revista Pronto—.

Ajenos a lo que ocurre en el mundo, resistiendo los embates del demonio y entrenadas las carnes, aquellos que se proponen recorrer el Camino de Santiago, en todo o por partes, salen a caminar seguros de que sus pasos los llevarán hasta el Pórtico sin más incidencias que los escasos imprevistos, casi siempre remediables. 

¿Cómo no estarlo? La web contiene tantas páginas y consejos sobre indumentarias, recorridos, avituallamientos, épocas adecuadas y actividades alternativas que, de hacer caso a tanta información, uno puede peregrinar con la sensación de hacerlo a un lugar de sobra conocido al que llegará cansado, satisfecho y reseteado para volver a vida de la que ha estado ausente por un tiempo. El viaje es una línea recta de doble sentido, no cabe otra concepción porque estamos en el siglo XXI.

Cada uno hace su camino, obviamente, y con ello se justifica que se pueda dormir en un hotel de cinco estrellas, ir en bicicleta o echar mano de las comodísimas empresas de transporte de mochilas por la módica cantidad de cinco euros, aliviando así la espalda del peso de lo necesario. Existen otras ofertas lenitivas: los servicios de podología que ofrecen algunos albergues, y los taxis y VTC si no se puede resistir la dureza del trayecto. Las comodidades de la civilización nos han reblandecido el cuerpo, pero para eso sirve la civilización, para ponernos las cosas tan cómodas que podamos llegar a Santiago habiendo hecho un itinerario cerrado de antemano y sin los peligros que acechaban tradicionalmente a los que se aventuraban a pedir ayuda y consuelo al apóstol taumaturgo.

¿Conocía el maestro Mateo las penalidades del Camino? Aquellos que, a pesar de todo, conseguían llegar, merecían un recibimiento extraordinario: esa debió de ser una de las razones por las que Mateo (si es que existió de verdad) o el conjunto de artesanos que agrupamos bajo ese nombre, decidió dotar de tanta vida y alegría al Pórtico de la Gloria. Una vez allí, besarían el parteluz como primera muestra de agradecimiento, cumplirían con el resto de rituales, comprarían la piedra de azabache y rogarían al santo para que la vuelta fuera tan exitosa como lo había sido la llegada, suplicando por la supervivencia en el camino de regreso a casa.

Fuente: https://www.jotdown.es/2022/11/epopeya-de-llegar-vivo-a-santiago-y-volver/

jueves, 6 de octubre de 2022

Annie Ernaux: "Escribir para vivir significa perder libertad"

Annie Ernaux para Jd 0
Esta entrevista está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 28 «Formentor».

Desde la ventana de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) se adivina el lago Cergy-Pontoise. París arde canicular a treinta minutos de allí, pero Ernaux nos recibe esa mañana de junio en un oasis arbolado de brisa fresca. Luce genuinamente ilusionada por el premio Formentor de las Letras, exultante y despeinada. Lo celebra no ya como un triunfo propio, sino como un logro de las mujeres en la literatura. Los ojos le brillan cuando proclama: «¡Por fin!». 

Quizá no esté bien decirlo, pero no hay sorpresa con Ernaux: es exactamente como su literatura. Franca, directa y sin florituras. Su discreción, tan serena como resplandeciente. Sonríe sin dientes cuando se citan pasajes de su obra («cada día y en cualquier parte del mundo hay hombres en círculo alrededor de una mujer, listos para tirarle la primera piedra») y juega a ubicar a cuál pertenecen: «¡Ese es de Memoria de chica!», acierta. Es el último en ser publicado en España por Cabaret Voltaire, pero habla de una Annie que no es esta, o no del todo. Ella la llama la «chica del 58», de la que más pavor le daba escribir, la que la hizo escritora. Gracias a ella, a ese verano, ha publicado una veintena de libros que la han convertido en una de las grandes figuras de las letras francesas. También en una rareza, aunque desdeñe el término con un mohín. 

Porque Annie Ernaux escribe sobre Annie Ernaux, pero llega mucho más allá. Su obra, que en sus palabras es un «relato autosociobiográfico», utiliza sus experiencias para ensamblar un retrato social, casi etnológico. Habla de una Francia que no es plácida, ni burguesa. La Francia popular, católica y rural, la de la gente que tiene que desenvolverse en un mundo «en el que todo es caro». Ella ascendió de esa austeridad, se convirtió en burguesa, pero su escritura no. Siguió aferrada a esa memoria, hablando de todo (del amor, de la enfermedad, del aborto, de la educación, de la hermana muerta) demostrando que lo popular también es alta literatura. En No he salido de mi noche, El lugar o La mujer helada se narra una vida, pero caben cientos. «Las cosas me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura», dice. Y de eso conversa hoy: de vivir y de escribir. Ansiosa de que se sigan entrelazando.

Me gustaría empezar por Annie Duchesne, no por Annie Ernaux. Por ese verano que te llevó a escribir. Dices que Memoria de chica era el libro que siempre postergabas escribir. ¿Por qué?

Todo ese libro, contar toda esa historia, generaba y aún genera en mí un sentimiento ambiguo, era un obstáculo terrible escribir sobre ello. Un obstáculo que venía del corazón, que lo convertía en una imposibilidad de escribir, de contarlo, al menos al principio. También me generaba vergüenza el hecho de haber permitido aquel acto sexual con ese hombre y enamorarme locamente de él. Escribir y contar eso siempre fue una dificultad, un muro casi insalvable. Pero, curiosamente, la consciencia de ese peligro fue lo que me transformó, lo que me impactó y me dio la fuerza para abordarlo. 

Te rechazaron el primer manuscrito que enviaste a una editorial, ¿no? ¿Era ficción o autobiográfico?

Era una obra de ficción, completamente influida por la escuela del nouveau roman (nueva novela) en los años sesenta. El movimiento de Alain Robbe-Grillet y los demás era la auténtica vanguardia. Por entonces yo era una estudiante universitaria de letras, y eso era algo que no se estudiaba en la facultad. Pero yo creo que hay que escribir siempre en la avant-garde, en la modernidad. Aquel texto era, lo veo ahora con perspectiva, muy complicado, quizá por la falta de experiencia y la juventud. Tenía veintidós años. Era, incluso, demasiado ambicioso. Lo envié a la editorial Seuil, una editorial muy potente en Francia, ¡apunté muy alto! [risas] Lo rechazaron. 

Tenías claro que, antes de lanzarte a la escritura, tenías que tener un trabajo con el que subsistir. ¿Nunca surgió, ni como un sueño dulce, la posibilidad de ganarse la vida solo escribiendo? 

Pues la verdad es que quizás con ese primer texto, con mis veintidós años, pude pensarlo, o fantasear con ello, pero no estaba segura. Pensé que, si salía publicado, quizás habría una posibilidad de vivir de escribir. Pero a la vez siempre fui muy consciente de la situación real, de la situación de mis padres que no podrían asumir y mantener a una hija que solo escribe. Por eso supe que necesitaba un trabajo, algo que me mantuviera, así que estudié para ser profesora y aprobar todas las oposiciones hasta conseguir la plaza. Cuando en 1974 se publicó mi primer libro, Los armarios vacíos, tampoco pensé demasiado en vivir de escribir. La mía es una forma de realismo social, diría, de no esperar nada de los demás, del éxito, porque son los demás quienes te lo conceden. Quizá es una visión un poco oscura, pero es así. Crecí con ese sentimiento desde niña, porque siempre he sabido que en mi clase social no podía esperar nada de nadie, tenía que trabajármelo todo por mí misma. Y más tarde… bueno, si solo me hubiera dedicado a escribir, habría tenido que escribir para vivir, y eso significa hacer concesiones, y sobre todo perder libertad en tu escritura. Ganarse la vida escribiendo implica publicar cada dos años o incluso menos, tener una regularidad impuesta. Yo creo que para escribir se necesita, sobre todo, tiempo. Gracias a la disponibilidad de ese tiempo pude extender a lo largo de los años ese texto que se llama Los años, y esa libertad me la dio la enseñanza. 

En Memoria de chica se ahonda, a través de tu propia experiencia, en el rechazo y la burla que supone para muchas chicas el despertar sexual, en la marginación y los insultos de sus compañeras. ¿Crees que esa actitud entre las mujeres jóvenes sigue siendo igual hoy en día?

Sí, por supuesto, sigue siendo una tendencia muy fuerte. De hecho, por esto mismo, cito al principio del libro la película mexicana Después de Lucía, de 2012. «Cada vez es como si me raptara la chica de la pantalla, como si me convirtiera en ella, no en la mujer que soy hoy, sino en la chica que era en el verano del 58», digo. En esta historia se habla de una chica, también joven, a la que las otras jóvenes a su alrededor le hacen caer en una trampa. Ella se viste con un vestido provocativo, y va a una fiesta. Allí hay un chico con el que se acaba acostando, y él graba todo con un smartphone y lo termina publicando en las redes sociales. Ante eso, el grupo de chicas se empeña en humillarla. La atacan, la tratan de puta… Esta película, entre otras cosas, me alentó a seguir escribiendo. Porque estas cosas siguen pasando, lamentablemente. La historia es muy reciente, la misma que me pasó a mí. 

Annie Ernaux para Jd 1

Esta experiencia es la que te lleva a leer a Beauvoir y a convertirte en escritora. Dices que todo lo que haces por ese hombre en concreto (H.), para ser digna de él, acaba, paradójicamente, liberándote. ¿Crees que aún hay mujeres que no dan ese paso, que se quedan atrapadas en ese intento de merecer?

Es una cuestión muy difícil, la verdad. La lectura de Simone de Beauvoir en ese momento concreto produjo en mí un efecto un poco ambiguo. Ahondó profundamente en mi vergüenza, pero también fue una liberación, sin duda. Yo empecé a ser consciente de la situación de las mujeres gracias a Beauvoir. Antes vivía en una inconsciencia absoluta respecto a lo que significa ser mujer. Y respecto a lo que preguntas, veo que, en estos últimos diez años, también gracias al despertar del MeToo, es muy difícil que una mujer piense que no es capaz de liberarse, de emanciparse. Diez años después de que yo escribiera Memoria de chica llegó Mayo del 68 y todo el movimiento de liberación feminista. Empezó a despertar una consciencia, al menos en Francia, de todo ello. Pero, antes de los años setenta, Simone de Beauvoir no era para nada conocida. Muy poca gente sabía quién era. Sartre sí, pero no Simone de Beauvoir. Yo leí a Sartre con quince años, pero a ella no la descubro hasta cuatro años más tarde, y un poco de casualidad. 

Desde entonces, las cosas han cambiado mucho, quién lo duda. Para mí es difícil pensar que hay mujeres que aún no estén al corriente de esta liberación, aunque también hay que subrayar otra cosa: hay un abismo entre saber que puedes liberarte y poder hacerlo. Hay muchísimos casos de mujeres que se consideran a sí mismas liberadas, intelectualmente desarrolladas, pero que tienen todavía reflejos, destellos, de niñas sometidas. 

Sobre el sexo, decías en La ocupación: «Del placer sexual lo he esperado todo, además del placer en sí. El amor, la fusión. El infinito, el deseo de escribir». ¿Cómo es esa relación entre la escritura y el sexo?

El sexo para mí es algo muy oscuro, muy complejo… [reflexiona] Supongo que no sé lo que significa el sexo en mi vida, qué lugar ocupa en ella exactamente. Dudo muchísimo sobre esto. Tal vez hablemos de ello en pasado, en relación con La ocupación

El sexo es el enemigo de la escritura, lo que se opone a la escritura, pero que al mismo tiempo parece aunar un montón de elementos —el orgasmo, el placer— y que a mí me pareció que buscaba a veces en la escritura. Pero el sexo no aporta nada. La escritura, al contrario que el sexo, se desarrolla en el tiempo. 

El sexo es la experiencia de una avalancha de cosas sin nada, que desemboca en nada, bueno, que desemboca en el cansancio [risas] La escritura es inmensa, es la búsqueda de la verdad, es un enlace con los otros, no es un enlace como el que da el sexo, que en ocasiones es ilusorio. Es en ese sentido que los comparo, sexo y escritura. Hay un libro que para mí ha sido muy importante escribir, que al final es sexo convertido en escritura, que se llama Passion simple. Quisiera agregar además que no tengo una visión feliz del sexo, es más bien trágica. Recuerdo que cuando era estudiante leí El sentimiento trágico de la vida de Unamuno, y creo que para mí el sentimiento trágico de la vida está fuertemente ligado al sexo.

La mujer helada cumple ya más de treinta años, y aún hay generaciones de mujeres que nos seguimos sintiendo como tú relatas ahí: esa presión de la excelencia profesional, personal, cotidiana… ¿Cómo te hace sentir eso? 

Sé que es así, que en La mujer helada siguen reconociéndose las mujeres de hoy en día. Al principio, cuando lo escribí, pensé que sería un libro que quedaría desfasado muy rápidamente, pero la realidad me ha demostrado que no es así. Sí que es cierto que con el tiempo ha tomado un sentido diferente, y la verdad es que me encanta hablar de ello. En Francia, por fin tenemos una expresión para designar algo de lo que hablo en él, la «carga mental», que antes no tenía nombre. Se popularizó hace unos dos años, gracias a las viñetas de la ilustradora Emma Clit, a la que se ha llamado la «feminista de lo cotidiano». Empezó publicando en su Facebook pequeñas historias sobre cuestiones feministas, sobre la vida en pareja, y se hizo viral, dando importancia a todas las cuestiones del hogar de las que tradicionalmente se ocupan las mujeres. Recoger a los niños del colegio, organizar la comida de la semana… Todo eso demuestra que La mujer helada sigue estando de actualidad. Así que no me importa seguir hablando de ello. 

En La otra hija, le dices a tu hermana muerta: «No escribo porque estás muerta. Has muerto para que yo escriba, ahí está la gran diferencia». ¿Cuándo llegaste a esa conclusión, a esa certeza? ¿Se perfiló mientras lo escribías o era algo que ya tenías más o menos claro antes?

Para mí, escribir es descubrir. A través de muchas cosas. Nunca empiezo a escribir un libro con un plan sobre lo que tengo que decir o a dónde debo llegar. Jamás. Para mí escribir es como saltar de un trampolín, como lanzarme a la piscina. Cada libro es un viaje de descubrimiento, y La otra hija es un texto que solo podía escribirse como un salto al vacío, porque yo nunca conocí a mi hermana. Fue un salto hacia esa otra realidad y también un salto para conocerme a mí misma. Aunque, en el fondo, es muy relativo, porque toda respuesta abre siempre más preguntas. 

Tanto en La otra hija como en Memoria de chica hablas mucho de la culpa. ¿Está ligada a tu vocación de escritora?

No tengo ninguna culpabilidad ligada a mi hermana, eso está claro. O quizá queda algo de una culpabilidad por no ser tan buena, por no poder nunca llegar a ser tan buena como ella. Pero sí que es cierto que mi culpabilidad dominante, por decirlo así, es la traición de clase. Durante años, hasta la muerte de mi padre, quise olvidar mis orígenes sociales, es cierto. Pensaba que el mérito de querer estudiar y escribir era una característica personal mía y que en parte no debía nada a mis padres. Quise olvidar mi infancia, mi adolescencia, y es eso lo que llamo la traición de clase.

¿Qué queda de la Annie que gritaba, con veintitrés años: «escribo para vengar a mi raza»?

Cuando escribí eso, lo hice como una promesa. Creo que he estructurado mis libros en torno a esa promesa de escribir para vengar a mi raza, aunque no estoy segura de haberla cumplido. A mí me parece que siempre he escrito con esa perspectiva de cumplirla, y lo he interiorizado tanto que ya no pienso en ello, simplemente forma parte de mí, me sale natural. 

Tu estilo de escritura es desnudo, contundente, sin mucho artificio. Dices que esa escritura plana te viene de forma natural, que es la misma que utilizabas «para escribir a mis padres y contarles las principales novedades». ¿Has tenido alguna vez la tentación de «engalanar» tu escritura? 

No, la verdad es que no [risas]. Nunca. Porque la escritura para mí es una ética.

En El lugar es muy llamativo el cambio de registro. Es un lenguaje más duro, mucho menos lírico. 

Es el primer libro que escribí con esta lengua, que yo llamo «lengua material». El objetivo de El lugar es hablar de la visión del mundo cuando se forma parte de los dominados. Muchas frases del libro vienen del lenguaje de mi infancia… no hay nada en patois. Es el lenguaje reducido a lo esencial, del encerramiento que se puede sentir, que es clave en la clase dominada, por eso el uso de un lenguaje muy duro, muy lacónico. Digamos que da el peso de las cosas.

¿Es un acto político?

¡Por supuesto! Es mi forma más política. Apoyo ciertas posturas políticas con mis actividades, aunque no formo parte de ningún partido, pero creo que la política está en todas partes y por lo tanto en la escritura, aunque se haya creído lo contrario tiempo atrás. La escritura siempre ha sido política, de una manera u otra. En mi opinión, siempre ha sido una herramienta política, que yo nunca he renunciado a utilizar. 

Tampoco has renunciado a posicionarte políticamente, por ejemplo, esperanzada por el movimiento de los «chalecos amarillos» francés. 

Sí. Pienso que ahora hay una toma de conciencia por parte de los dominados de su dominación que antes no había. Muchos de ellos pertenecen a un mundo que no vota, se creen solos en su situación, creían que no estaban politizados. Y, de pronto, de un solo golpe, descubren que no están solos: eso es muy importante. Con ello descubren el funcionamiento de la toma de decisiones del Estado, y una vez que se es consciente no se puede volver atrás. Se dice que la visibilidad de los «chalecos amarillos» se ha reducido, pero ¿alguien cree que la gente que ha regresado a sus casas se ha calmado de golpe? No, no se da marcha atrás cuando ha habido una toma de conciencia, no es posible. Yo lo sé, en mi cuerpo, en mi cabeza. Desde el momento en el que escribí ese primer libro ya no podía dar marcha atrás, tampoco sobre la consideración de mi lugar en el mundo. Saber que era una tránsfuga es muy diferente a no saberlo… Saber algo, darse cuenta de algo, es un camino sin vuelta atrás. No se puede volver a la ignorancia, por lo tanto, yo creo que verdaderamente los «chalecos amarillos» son el principio de algo.

En muchos de tus escritos se nota ese sentimiento de traición, de ser una «tránsfuga» de clase, dado que ahora perteneces a una clase acomodada. ¿Esa incomodidad se difumina con el tiempo? ¿O nunca desaparece?

Nunca desaparece, lo que cambia es que fue doloroso, ahora no lo es tanto. Sufro una especie de esquizofrenia social. Mi recuerdo, mi pasado y mi memoria forman parte del mundo popular, de mis padres… y ahora vivo en otro mundo, de intelectuales. Por eso existe esta disociación que fue extremadamente dolorosa. Pero a partir del momento en el que fui consciente, y gracias ¡a la escritura! fue mucho más fácil soportarlo. 

Esto no desaparece, sino que reaparece en situaciones en las que me siento patosa, con un sentimiento de no conocer los códigos, de no formar parte del mismo mundo que los otros. Quizás esto explica mi gran distanciamiento del mundo literario parisino, del que no formo parte. Es una posición voluntaria porque no encuentro ningún placer en formar parte de él.

¿Te sientes una rareza dentro de ese mundo literario francés, incluso parisino? Porque tocas temas de realidad social que por lo general a ese ambiente le quedan muy lejos…

No lo sé… El caso es que siempre ha habido escritores franceses que han estado cerca del mundo, de la calle. Ese siempre ha sido mi leitmotiv, estar cerca de lo que le ocurre a la gente de verdad. Así que no sé si soy una rareza, pero es verdad que siempre me dicen que Ernaux está aparte del mundo literario francés. ¿Por qué? No lo sé. Quizás porque el hecho de ser escritora ya es, en sí mismo, una especificidad. De ahí a ser una rareza… lo dejo al criterio de los demás. 

Annie Ernaux para Jd 3

Alguna vez has dicho que te encantaría escribir como si no fueras a estar presente cuando te publicaran, «escribir como si fuera a morirme y ya no hubiera jueces». ¿Qué tal llevas esos jueces? Porque hay una parte de la crítica francesa, como Frédéric Beigbeder, que publicó una reseña muy dura en…

Yo asumo muy bien las críticas, supongo que porque en el fondo sé de dónde vienen. Como el propio Frédéric Beigbeder, vienen del mundo dominante, seguro de sí mismo, de la alta burguesía. Soy capaz de descifrar todo eso en sus críticas, las encuentro incluso normales… pero me son indiferentes. Esa es la verdad. 

Has decidido dejar de leer a Houellebecq por cómo trata el cuerpo de la mujer en sus libros. Dices que no te gusta que escriba «libros para guiñarle el ojo a la opinión pública». ¿A qué te refieres? 

No hay nada de transgresión en Houellebecq, y parece que no nos damos cuenta. Va con la corriente de la opinión en un momento dado, además con una escritura extremadamente simple, sin ninguna profundidad. Eso hace que, bueno, sean libros que están casi listos para la traducción. Houellebecq no es más que un captador de la opinión dominante. Por ejemplo, cuando habla de las mujeres en el libro donde le dejé de leer, al final de los años noventa, él anima abiertamente esas tendencias machistas, viriles. No hay ninguna transgresión en hablar de las mujeres de esa manera.

¿Cómo te sientes cuando se cataloga tu escritura como solo autobiográfica, obviando la carga etnográfica que tiene tu obra? ¿No implica, a veces, un cierto menosprecio implícito? 

Es tremendamente reduccionista cuando catalogan mis escritos así. Lo sufrí en su momento, creo que ahora tanto la crítica como el público ven más allá de la autobiografía. Cuando se publicó mi primer libro, Los armarios vacíos, no estaba desvelando solo mi historia personal. Esa es la historia personal de muchas personas: el camino desde la escuela a la universidad, el paso del mundo obrero y del trabajo manual hacia el mundo intelectual… Mis libros, desde el primero, no tratan de algo personal solamente, es algo que se vuelve más general. Es decir, cuando uso el «yo», es un yo transpersonal, no es un solo yo que se refiere a mi persona, es un yo que contiene mucho más que un «él», un «ella», un «ellos»… Siempre escribo desde ese perspectiva. Y la respuesta a que no solo es autobiográfico está en la recepción de los lectores, ellos demuestran que no es así. 

¿Te consideras dentro de la llamada «literatura del yo»? 

No soy yo quien decide eso. Quizás pueda estar dentro de ella, de una manera más amplia… pero igualmente me parece reduccionista. Creo que se ha creado una imagen de que la literatura del yo es lo opuesto a la ficción y no se tiene en cuenta la experimentación de textos como Diario del afuera y La vida exterior, diarios donde no hablo de mí. En Los años, hay fotos que son personales, pero no es un texto sobre mí. La otra hija puede parecer literatura del yo, pero… ¿Una mujer es literatura del yo? En la forma, desde el exterior, no lo creo.

¿Alguna vez te has sentido impúdica, al revelar ciertas cosas sobre ti misma? 

No, creo que no. Es decir, cuando escribo considero que narro las cosas como fueron, como son para mí, con las palabras, las descripciones… Escribiendo no soy impúdica. Ahora, que algunos me consideren impúdica al escribir está relacionado con el hecho de que soy una mujer. 

Annie Ernaux para Jd 4

En La mujer helada dices que «todas las mujeres tienen el cerebro novelesco», y paralelamente te quejas de ese odio e injuria masculina cuando dicen: «te haces una novela de todo, tienes demasiada imaginación». ¿Crees que esa mirada ha podido desalentar vocaciones literarias de mujeres?

¡No en mi caso! [risas] Yo sabía que yo no escribiría novelas como las que había leído, porque, bueno, hay tantas cosas que pueden desmotivar a las mujeres de escribir… esta entre otras. De todas formas, es muy fuerte esa idea, me gusta que la menciones.

Cuando escribí Passion simple, aún sin publicar en España, la reacción de la crítica literaria, en los periódicos, era no juzgarlo por ser un libro escrito por una mujer. Pero ¡me llamaban a mí Madame Bovary! O sea que yo no era un nombre, era un objeto, ¡y fui yo quien escribió el libro! Había algo loco en todo esto, y la gente no se daba cuenta, decía «Ja, ja, ¡quema tus novelas de amor!». No, Madame Bovary lo intenta, es sentimental, etc. Pero la autora soy yo, era una inversión increíble. Y un desprecio. Hay que reconocer que hay muchas mujeres que escriben, que publican, en Francia y en otras partes, pero la recepción de sus libros es menor que la de los hombres que escriben. Y eso también es un desprecio. Quiero decirlo claramente: las mujeres no son aún legítimas en la literatura. A menudo decimos que un hombre es «escritor» y que una mujer es «novelista», destacando la distinción. Y mira: yo no escribo novelas, no deberían ni decir siquiera que soy novelista. La legitimidad de una mujer no es tan completa en la literatura como en otros dominios. Es triste, pero bueno. Es así. 

¿Cómo has vivido la sacudida del MeToo? 

En apariencia se acogió bien… Hasta la famosa carta de Catherine Deneuve y otras mujeres, todas ellas privilegiadas, carentes de empatía con las mujeres que son acosadas. Ellas se consideran mujeres libres, se disocian y se posicionan junto a los hombres, violadores, acosadores y a esa carta se le dio una publicidad aberrante. Repetían frases terribles como «MeToo, ¿no estamos yendo demasiado lejos?», convocando a la ocupación, a la guerra, a la denuncia para contestar la legitimidad del movimiento MeToo. 

Y, además, después de eso, hay que reconocer que no hubo muchas revelaciones sobre el acoso en Francia, todavía rige un manto de silencio. Aunque eso no impedirá que se digan cosas, que sea un movimiento importante. Cuando vi el inicio del MeToo mi reacción fue inmediata: no esperaba ver algo así antes de morir. Desde hace veinte años, ya en los noventa, vivo consternada por la idea de la seducción, porque el cuerpo de las mujeres esté cada vez más instrumentalizado. La libertad sexual, para las chicas, se ha convertido a veces en algo perverso, hemos vuelto para atrás alegremente. Por eso, que algo pase, es bueno. Pero tampoco se pueden pedir milagros: se necesita tiempo.

En el último párrafo de La mujer helada, lanzabas una especie de profecía: «Pronto me pareceré a esas caras marcadas, patéticas, que me echan para atrás, de las peluquerías, cuando las veo, volcadas, en el lavacabezas. Dentro de cuántos años». ¿Ha sido una profecía autocumplida?

¡Sí! [risas] ¡Pero la verdad es que no me molesta, en absoluto! Yo asumo completamente la mujer en la que me he convertido. ¡Y no termino! En el fondo, eso es lo maravilloso, que no haya tenido miedo.

La imagen exterior, el rostro, es el reflejo de todo lo que se ha vivido, de todo lo que se ha hecho. Por mi propia experiencia veo que las mujeres que están solas, que no tienen pareja, hijos, que además no escriben, no tienen ocio… sufren envejeciendo, les cuesta envejecer. Y les cuesta asumir su aspecto, su rostro. Para mí lo mas importante es vivir. 

«Ver para escribir es ver de otra manera». Tengo apuntada esta frase tuya, pero no recuerdo a dónde pertenece. ¿Disocias la manera en la que ves las cosas? ¿Sabes qué parte de lo que vives es material, digamos, literario, y cuál no lo es? 

A mí también me gusta. Puede ser que pertenezca a Regarde les lumières mon amour, que no está traducido al español, o a La ocupación. Tengo la impresión de que yo, en mí misma, soy un ser escritor. No puedo disociarlo. Por eso menciono a Dostoievski en mi primer manuscrito, y cito lo que dice en Crimen y castigo: «Vivre pour vivre, il ne l’a jamais su» («Vivir por vivir, él nunca supo»). Yo creo que tampoco sé vivir por vivir. Necesito escribir.

Fuente: https://www.jotdown.es/2020/07/annie-ernaux-escribir-para-vivir-significa-perder-libertad/

sábado, 3 de septiembre de 2022

La guerra por la Luna

El Artemis I. Imagen NASA. Luna
El Artemis I, a la espera de partir a la Luna. Imagen: NASA.

 Según un estudio publicado este verano por el Instituto de Ciencia y Tecnología de Japón, China ya es el líder mundial en investigación científica. Los papers más citados son chinos, dos puntos más que los estadounidenses, que siempre habían estado en cabeza. Así que ya no solo publican más cantidad, sino de más calidad. Parece una consecuencia lógica de las decisiones de su gobierno, y de su programa de inversiones en ciencia y tecnología, con el que quiere alcanzar el liderazgo mundial para 2050.

Estados Unidos está preocupado, y no son pocas las voces avisando que muy pronto se verán superados por el gigante asiático. El antiguo jefe de software del Pentágono Nicolas Chaillan aseguró en una entrevista al Financial Times que el ejército de EE. UU. ya no tiene ninguna posibilidad de competir con el chino en tecnologías claves como la inteligencia artificial, aprendizaje automático y ciberseguridad. Chaillan de hecho había dimitido, totalmente frustrado por no poder cumplir con ese plan de defensa, trazado en 1992, que los presidentes estadounidenses siguen al pie de la letra, consistente en impedir a toda costa el éxito de las potencias emergentes.

Y en esta situación ha llegado el lanzamiento de Artemis I, la primera de las misiones con las que la NASA quiere, oficialmente, volver a poner un hombre —negro— y una mujer en la Luna. Pero en realidad es el proyecto para construir una base espacial lunar que permita tanto servir de puerto para misiones a Marte y al resto del Sistema Solar, como explorar las posibilidades de la minería espacial.

No están solos en esto. China quiere llegar casi a la vez, a la misma región lunar, el polo sur en la cara oculta. Bienvenidos a la nueva carrera espacial.

A quién pertenecerá la Luna

Uno de los aspectos de Artemis que más ha enfadado a los chinos, al menos oficialmente, son los lugares de aterrizaje. Esta semana, y con motivo del posible lanzamiento del primer Artemis, la agencia espacial china, CNSA, publicaba un tuit afirmando que los lugares elegidos por la NASA estaban copiados de una investigación publicada en 2019 por la Academia China de Tecnología Espacial, CAST. Y mostraban un mapa comparativo de lugares seguros para el aterrizaje.

Los estadounidenses también mantienen la política de comunicar su cabreo con China en esta carrera espacial. Bill Nelson, máximo administrador de la NASA, no se cansa de repetir que Artemis es un modo de impedir a China apropiarse de la Luna. Desde allí dicen más o menos lo mismo, que los objetivos de la misión no son científicos sino para dominar territorialmente la Luna.

Detrás de este teatrillo político para tener a la opinión pública a favor del multimillonario gasto en proyectos espaciales hay una guerra de dominio geoestratégico, y otra por las materias primas lunares.

La NASA coopera con la ESA europea, y la JAXA japonesa, y espera poner humanos en la Luna en 2025 o 2026. La CNSA, cooperando con Roscosmos, espera conseguirlo en 2030. En términos de misión espacial son fechas muy próximas, y un retraso, un fallo, o un avance por cualquiera de las dos partes podría hacer que las primeras palabras de un humano pisando la Luna de nuevo sean en chino y no en inglés. Eso no significaría necesariamente que un país fuera más fuerte que el otro en ciencia y tecnología, pero sí un mensaje muy potente, evidenciando que Estados Unidos ya no es la primera potencia mundial. Algo que los estadounidenses quieren impedir a toda costa.

En cuanto al polo sur lunar, la afirmación china no es totalmente correcta. El diseño de Artemis, a diferencia de las misiones Apolo, permitirá a cada nave aterrizar en cualquier punto de la Luna. Un satélite en órbita, con una nave de transporte a la superficie lunar, recibirá a las naves que lleguen de la Tierra y bajará al satélite equipos y personas. El polo sur es importante porque se ha comprobado que la temperatura en sus cráteres es más estable que en la superficie, y menos fría, lo que los convierte en lugares idóneos para los hábitats que la NASA quiere construir, y candidatos a tener agua. El hielo será un recurso fundamental para la estación espacial lunar, porque es una buena materia prima para producir oxígeno e hidrógeno, para la respiración humana y para combustible.

A más largo plazo el polo sur puede albergar también minerales críticos para la energía que cambiará el curso de la historia. El proyecto ITER tiene por objetivo conseguir una fusión nuclear estable, que generará una fuente de energía verde y casi ilimitada que acabaría con nuestros problemas actuales. Gas, petróleo, inflación, guerra en Ucrania, etcétera. En el ITER colaboran potencias enemigas en lo político, China, EE. UU., también Rusia, además de Japón, la Unión Europea y Reino Unido. No solo porque su objetivo es extraordinariamente difícil, sino porque una vez logrado no importará tanto tener el conocimiento de cómo se hace como las materias primas para ponerlo en funcionamiento. Las dos más importantes, el helio 3 y el tritio.

Hoy la fusión nuclear se hace uniendo átomos de deuterio y tritio. El tritio se obtiene a partir del litio, y China es quien más reservas de ese mineral tiene del mundo, lo que nos llevaría a una dependencia crítica de este país, análoga al gas y petróleo rusos, con las consecuencias que estamos viendo. Además este proceso de fusión genera residuos radiactivos. La solución es emplear helio 3, un elemento que se genera en el Sol y que el viento solar traslada hasta los planetas. Nuestra atmósfera lo frena, por lo que en la Tierra hay muy poco. Pero en la Luna puede haber en abundancia, lo mismo que tritio, y traerlo hasta aquí con el sistema de transporte de Artemis sería, aunque caro y difícil, posible y muy rentable. Dando además la supremacía energética a la potencia que tenga el dominio de la fusión y el de extracción de helio 3 lunar.

Así que detrás de la misión Artemis I y de los planes chinos para llegar allí en 2030 hay también una guerra por el dominio territorial de la Luna, o de parte de ella.

Qué pasa con el cohete

Termino este boletín sin saber si finalmente hoy sábado despegará el Artemis I. El motivo del retraso no solo es que ir a la Luna sea muy difícil, y que mejor asegurarse de que nada falla, sino que la NASA solo tiene una oportunidad. Y es que mientras las empresas privadas y el gobierno chino se han centrado en crear cohetes reutilizables —la base empresarial de SpaceX—, Artemis ha decidido ser primitiva y hacerlo como con los Apolo. Y no es exactamente porque ya funcionara en el pasado.

El presupuesto de la NASA tiene que ser aprobado por el congreso, formado por senadores, que representan a un estado, y congresistas, elegidos en distritos. Se calcula que la misión Artemis al completo acabe costando 93 000 000.000 millones de euros, y de hecho la agencia espacial ha rebasado el presupuesto original en un 43 %. De aquí al final seguramente los costes sigan aumentando. Así que cuando el Congreso tuvo que elegir entre un cohete reutilizable o uno de único uso, se decidió por aquel que más dinero y empleo llevaría a sus estados y distritos territoriales. De ese modo el dinero público beneficiaría a empresas establecidas en los territorios que ellos representan como políticos. Lo cual no significa que el cohete no sea un prodigio de la ingeniería, la tecnología y la ciencia aplicada, pero sí que hay un solo intento, y si falla, se cae, o explota, dará una ventaja temporal a los chinos. Quienes, por cierto, de momento mantienen su apuesta por los cohetes reutilizables, más económicos.

China ya ha logrado enviar dos sondas a la Luna, siendo además la primera nación que consigue aterrizarlas a la primera en su cara oculta. También tiene a su rover Zhurong circulando por Marte, que además ha llevado a la superficie con una técnica diferente a la empleada por la NASA. Los rovers son fundamentales en la misión Artemis, y lo serán para las estaciones lunares, por eso son un punto importante de la carrera espacial. China tendrá además operando su propia estación espacial, la Tiangong —Palacio Celestial—, en cuya construcción sigue avanzando, mientras que la Estación Espacial Internacional va a destruirse dejándola caer a la Tierra. Para 2031 impactará en el Pacífico, alrededor del Punto Nemo. Sus muchos años y el abandono de la cooperación por parte de Rusia a raíz de las sanciones por la guerra de Ucrania la han condenado.

Así que, en resumen, los chinos parten en buena posición en la carrera espacial, y Artemis, aunque es un proyecto espectacular que empezó a gestarse en el gobierno de George W. Bush, en 2005, tiene todavía muchos retos por delante. Posiblemente durante las siguientes décadas veamos una carrera espacial similar a la que sostuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo que deja muchas preguntas en el aire. Como qué frase pronunciará el astronauta o la astronauta que pise de nuevo el suelo lunar, en qué idioma lo hará, y si se equivocará, o no al decirla. La guerra por la Luna está servida.

Bola extra y posdata: un chiste de ingenieros

En la época de la primera misión Apolo, 1969, corría una historia entre los ingenieros y militares españoles encargados de las estaciones de seguimiento Deep Space. Según ellos, las primeras palabras de Neil Amstrong no fueron «un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad» sino «buena suerte, señor Smith». La NASA las silenció, dado que no eran las pactadas, sin saber a qué venía ese deseo de buena suerte. Al parecer el astronauta, de niño, jugando en su jardín, había oído discutir a sus vecinos. La mujer le gritaba al marido que se la chuparía el día que el hombre pisara la Luna. Esta anécdota apócrifa ocurrió alrededor de 1942, y veintisiete años después aquel niño pisaba, efectivamente, el satélite terrestre. Cabe suponer que la señora Smith abrazara el negacionismo. Nunca pisamos la Luna, querido. Todo fue un montaje.

Fuente: https://www.jotdown.es/2022/09/futuro-imperfecto-11-la-guerra-por-la-luna/

viernes, 29 de julio de 2022

Viaje (solo de ida) a la costa de los Esqueletos

El primer europeo que puso los pies en la costa de los Esqueletos, el navegante portugués Diogo Cão, no se anduvo con sutilezas a la hora de darle nombre en su idioma: Porta do Inferno. Es la franja costera de quinientos kilómetros donde el desierto del Namib, una de las regiones más áridas del mundo, linda con el océano Atlántico. También es el mayor cementerio de barcos del mundo. En los tiempos de la navegación de cabotaje las naves evitaban tocar tierra en este lugar, ya que resultaba sencillo aproximarse y atracar, pero hacerse de nuevo a la mar era prácticamente imposible. La culpa es del cassimbo, un fenómeno natural exclusivo de esta región que levanta neblinas oceánicas extraordinariamente densas. Y también del relieve poco abrupto de esta ribera, cuyas mareas más altas hacen que el agua salada se interne en el desierto. Bienvenidos a la costa de los Esqueletos. Los bosquimanos la llaman «la tierra que Dios hizo con ira».


costa de los Esqueletos

1. En la actualidad la costa de los Esqueletos forma parte del Parque Nacional costa de los Esqueletos, una reserva natural de dieciséis mil kilómetros cuadrados. Fue creada por el gobierno de Namibia en 1971. Fotografía: Getty.
costa de los Esqueletos

2. Se cree que en la costa de los Esqueletos reposan los restos de más de mil embarcaciones. En los tramos de costa menos abruptos los restos de las naves han sido arrastrados al interior del desierto por las mareas altas. Fotografía: Paul Souders / Getty.


costa de los Esqueletos

3. Entre los pecios más notables de la costa de los Esqueletos se cuentan el Benguela Eagle, el Otavi, el Eduard Bohlen, el Dunedin Star, el Zelia India y el Tong Taw. La última nave en encallar fue el pesquero japonés Fukuseki Maru, que lo hizo en 2018. Fotografía: Freepik.
costa de los Esqueletos

4. El Eduard Bohlen, un carguero alemán que naufragó debido a la niebla el 5 de septiembre de 1909. En la actualidad los restos del barco están a cuatrocientos metros de la costa. Fotografía: Martin Harvey / Getty.
costa de los Esqueletos

5. El cassimbo, la niebla oceánica tan característica de la zona. Este fenómeno, responsable de casi todos los naufragios y encallamientos de barcos, ocurre por efecto de la interacción de la corriente de Benguela, un flujo oceánico frío, y las masas de aire cálido procedentes del desierto del Namib. Fotografía: Angelo Cavalli / Getty.
costa de los Esqueletos

6. Estamos en uno de los mayores caladeros del sur de África. La corriente de Benguela hace que se eleven hasta la superficie aguas abisales muy frías y muy ricas en nutrientes que favorecen la aparición de grandes concentraciones de fitoplancton, primer eslabón de la cadena trófica oceánica. Fotografía: Getty.


costa de los Esqueletos

7. La abundancia de plancton explica la concentración de peces y cetáceos filtradores y la presencia de estos justifica la de sus depredadores, como las focas y los seres humanos. Aunque antiguamente abundaban los barcos balleneros, lo más común hoy en día son las grandes naves pesqueras. Fotografía: Alex Saurel / Getty.
costa de los Esqueletos

8. Un cráneo de ballena junto al pecio del Benguela Eagle. La costa de los Esqueletos recibió su nombre por la abundancia de huesos en sus playas, principalmente de ballena y de foca. Fotografía: Maramade / Freepik.
costa de los Esqueletos

9. Los restos del Benguela Eagle, un pesquero angoleño de setenta y ocho toneladas que naufragó en 1973. Como este, muchos barcos encallados en la playa han ido enterrándose poco a poco en la arena. Se sospecha que el número de pecios completamente soterrados en la costa de los Esqueletos podría igualar al de los naufragios todavía visibles. Fotografía: Maramade / Freepik.


costa de los Esqueletos

10. El Zelia India, un pesquero arrastrero indio que encalló en 2008. Los restos del barco se han convertido en un punto de anidación de cormoranes. Es uno de los pecios más conocidos de la costa de los Esqueletos. Fotografía: Jeremy Woodhouse / Getty.
costa de los Esqueletos

11. La Puerta Ugabmund o Puerta del río Ugab, que da acceso por tierra al Parque Nacional de la costa de los Esqueletos. La entrada está decorada con imágenes de calaveras y flanqueada por varias mandíbulas y cráneos de ballenas. Fotografía: Jens Kühnel (CC).
costa de los Esqueletos

12. El Parque Nacional de la Costa de los Esqueletos se divide en dos zonas. La zona sur solo puede visitarse usando vehículos motorizados, que además no tienen permitida la incursión en la sección más peligrosa del desierto. La zona norte del Parque Nacional solo puede visitarse en avioneta. Fotografía: Martin Harvey / Getty.
costa de los Esqueletos

13. Huellas de vehículos en torno a los restos de un barco semienterrado en la arena. La costa de los Esqueletos se ha convertido en una de las zonas con más turistas de Namibia. Fotografía: Getty.

Fuente: https://www.jotdown.es/2022/07/viaje-costa-de-los-esqueletos/