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Los bombarderos B-29 y B-52 se convirtieron en la pesadilla de la población civil norcoreana.
"Todo lo que se movía".
Con
esas palabras definió el exsecretario de Estado de Estados Unidos, Dean
Rusk, los objetivos de los bombarderos de su país sobre Corea del Norte
durante la Guerra de Corea (1950-1953).
Los estrategas del Pentágono bautizaron la misión como Operación Estrangular (Operation Strangle, en inglés).
Fueron,
según la mayoría de los historiadores, tres años de incesantes e
indiscriminados ataques aéreos que arrasaron ciudades y aldeas en la
república comunista, y causaron decenas de miles de muertos entre la
población civil.
Según le cuenta a BBC Mundo James Person,
experto en política e historia coreanas del Centro Wilson de Washington,
esta es una página de la historia de su país no muy divulgada entre los
estadounidenses:
"Como se produjo entre la Segunda Guerra
Mundial y la tragedia de Vietnam, la mayoría del público estadounidense
no conoce mucho de la Guerra de Corea".
En Corea del Norte, sin embargo, no la olvidaron nunca.
Su recuerdo sigue siendo una de las razones de la animadversión que
impera en el país hacia Estados Unidos y el mundo capitalista.
Desde entonces, Pyongyang vio siempre a EE.UU. como una amenaza, y la
rivalidad entre ambos es causa de la tensión, ahora en auge, en la
región.
Pero, ¿en qué consistió aquel capítulo del conflicto todavía no resuelto en la península asiática?
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Solo la intervención china pudo frenar el avance de las tropas de Estados Unidos y la ONU.
Era 1950 y las tropas estadounidenses, secundadas por una coalición
internacional, combatían para rechazar la invasión de Corea del Sur por
parte del Ejército del Norte.
Kim il-sung,
abuelo del actual líder en Pyongyang, había lanzado a sus tropas contra
el sur tras la feroz represión de los simpatizantes comunistas por el
régimen militar asentado en Seúl por Syngman Rhee.
Apoyado
por Stalin en Moscú, Kim Il-sung libró contra sus vecinos meridionales y
Estados Unidos el primer gran conflicto de la Guerra Fría.
En una
primera fase de las hostilidades, el enorme poder aéreo estadounidense
se había limitado a objetivos estratégicos, como bases militares y
centros industriales, pero un factor inesperado lo cambió todo.
Pocos
meses después del estallido de la guerra, China, temerosa del avance
estadounidense hacia sus fronteras, había decidido implicarse para
defender a su aliada Corea del Norte.
Los soldados
estadounidenses empezaron a sufrir cada vez más bajas a causa de los
ataques envolventes de las fuerzas armadas chinas, peor equipadas, pero
mucho más numerosas.
El profesor Person explica que "para el
mando estadounidense era vital interrumpir los suministros chinos y
soviéticos que permitían a Corea del Norte mantener su esfuerzo bélico".
Fue entonces cuando el general Douglas MacArthur, héroe de la Segunda
Guerra Mundial en el Pacífico, decidió empezar con su "política de
tierra quemada".
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El general MacArthur fue el impulsor de la política de tierra quemada aplicada por los Estados Unidos.
Ofensiva aérea totalAquello supuso el inicio de la guerra aérea total contra el Norte.
Desde
ese momento, todas sus ciudades y aldeas comenzaron a recibir la visita
diaria de los bombarderos B-29 y B-52 de EE.UU. y su mortífera carga de
napalm.
Aunque MacArthur cayó en desgracia poco después, el castigo no cesó.
Según
describió Taewoo Kim, profesor de Humanidades en la Universidad
Nacional de Seúl, todas las ciudades y aldeas del Norte fueron reducidas
a escombros.
El general Curtis LeMay, jefe del Comando Aéreo
Estratégico durante la contienda, declaró mucho después: "Aniquilamos
alrededor de un 20% de la población".
Cálculos como este son los
que llevaron al periodista y escritor Blaine Harden, que publicó varias
obras sobre Corea del Norte, a calificar como "crimen de guerra" la
acción militar estadounidense.
James Person no lo ve así: "Aquello fue una guerra total en la que todas las partes cometieron atrocidades".
Las
estimaciones de investigadores como Kim hablan de que en los tres años
de guerra, cayeron 635.000 toneladas de bombas en Corea del Norte. De
acuerdo con las cifras oficiales de Pyongyang, 5.000 escuelas, 1.000
hospitales y 600.000 hogares fueron destruidos.
Un documento
soviético emitido al poco de firmarse el armisticio en 1953 cifró en
282.000 los civiles que perecieron solo en las incursiones de los
bombarderos.
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Los bombardeos provocaron la huida de miles de civiles de sus casas.
Resulta imposible confirmar la exactitud de las cifras, pero nadie niega la magnitud de la devastación.
Una
comisión internacional que recorrió la capital norcoreana tras la
contienda certificó que no había quedado un solo edificio no afectado
por los bombardeos.
Como les había ocurrido a los habitantes de ciudades alemanas como Dresde en la ofensiva final de los aliados contra el III Reich,
los norcoreanos vieron sus calles y hogares devorados por las llamas,
hasta el punto de que la mayoría de ellos tuvo que instalarse en
diminutos refugios subterráneos improvisados para salvar la vida.
Eran poco más que agujeros. Miedo nuclearMientras
el mundo entero miraba a la península coreana temiendo que EE.UU. y la
URSS terminarán enzarzándose en una guerra nuclear abierta, el ministro
de Exteriores de Pyongyang, Pak Hen En, denunciaba ante Naciones Unidas
"el bestial exterminio de civiles pacíficos por los imperialistas estadounidenses".
El
relato del ministro contaba que, para asegurarse de que Pyongyang
viviera cercada por los incendios, "los bárbaros transatlánticos" la
bombardeaban con artefactos de acción retardada que iban alternando su
detonación, "haciendo totalmente imposible para la gente salir de sus
casas".
Infraestructuras esenciales como las presas, plantas eléctricas o ferrocarriles fueron también sistemáticamente atacadas.
Taewoo Kim señaló que "en todo el país se hizo imposible llevar una vida normal en la superficie".
Así
que las autoridades ordenaron una movilización general y se
construyeron mercados, campamentos militares y otras instalaciones bajo
tierra para que el país pudiera funcionar.
Corea del Norte se convirtió en una nación subterránea y en permanente alerta antiaérea.
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Los bombardeos sobre Pyongyang redujeron la ciudad a escombros y causaron miles de víctimas mortales.
Según Person, "toda la ciudad de Pyongyang se trasladó al subsuelo y
eso tuvo un tremendo impacto psicológico en los habitantes".
Este
experto explica que ese miedo pervive hasta nuestros días y a él se
debe que todavía muchos de los almacenes y dependencias críticas sigan
albergados en sótanos a gran profundidad.
Durante la noche, los
norcoreanos reclutados por el Estado en el marco de la movilización
nacional se lanzaban a un trabajo frenético para reparar las vías de
comunicaciones y plantas energéticas destrozadas durante el día por los
bombardeos.
Poblaciones enteras que permanecían enterradas al caer el sol para
acometer penosas tareas. El fruto de su trabajo causaba tanta sorpresa
como frustración en el mando estadounidense, que veía como objetivos que
sus aparatos habían destruido estaban en poco tiempo operativos de
nuevo por el empeño nocturno de batallones de obreros norcoreanos.
Estabilizado
el frente terrestre por la incapacidad de ninguno de los dos bandos
para imponerse, la campaña aérea se convirtió en una lucha de desgaste
en la que los civiles norcoreanos se llevaron la peor parte.
Finalmente,
en 1953, tras largas negociaciones, se firmó el armisticio que puso fin
a los combates. El presidente estadounidense, Harry S. Truman, siempre
quiso evitar una escalada del conflicto que pudiera derivar en un choque
directo con la URSS.
Su sucesor en la Casa Blanca, Dwight D.
Eisenhower, también comprendió pronto que su país no podría mantener
indefinidamente el esfuerzo bélico en la península y la muerte de José
Stalin en el mes de marzo alteró el clima político en Moscú, lo que
facilitó el ansiado cese de las hostilidades.
La historiadora
Kathryn Weathersby, de la Universidad de Corea de Seúl, explica que
"sabemos por los archivos soviéticos que Stalin insistía en que las dos
Coreas y China continuaran la lucha para que las fuerzas estadounidenses
siguieran enfangadas en Corea por al menos dos o tres años y así los
países del bloque comunista en Europa del este pudieran rearmarse sin
temor a una intervención".
Sin él, el armisticio fue más fácil.
El acuerdo de paz definitivo y la reunificación de las dos coreas
siguen pendientes, pero aquello cimentó el mito fundacional al que se
sigue aferrando la retórica oficial norcoreana.
La huella de los bombardeos de Estados Unidos sobre Corea del Norte
635.000
toneladas de explosivos
32.557 toneladas de napalm
282.000 muertos
12-15% de la población civil norcoreana murió en los bombardeos
Los medios de
comunicación del régimen norcoreano recuerdan una y otra vez a sus
nacionales el enorme dolor infligido por los aviones extranjeros. Tanto
Kim Il-Sung como sus sucesores Kim Jong-Il y Kim Jong-un
se presentaron como artífices de la heroica resistencia que finalmente
libró a la nación de sucumbir a la "agresión" extranjera.
Se trata, en palabras de Person, de "reforzar esa narrativa en la que
Corea del Norte fue la gran defensa y su capacidad de disuasión
mantiene a los americanos lejos".
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La propaganda oficial presenta al abuelo de Kim
Jong-un, Kim Il-sung, como el artífice de la resistencia norcoreana
frente al imperialismo.
De alguna manera, el legado de la guerra actúa como gasolina ideológica para el régimen de los Kim.
También
es una de las razones que explican su insistencia en desarrollar un
arsenal nuclear disuasorio pese a las reiteradas condenas
internacionales.
"Eligieron utilizar la historia para justificar la opresión de su gente y la miseria", zanja Person.
De
acuerdo con los expertos, en su afán propagandístico, las autoridades
de Pyongyang no dudan en deformar un pasado ya lo bastante brutal.
Weathersby dice que "los museos norcoreanos que recuerdan la guerra
rebajan la importancia de los bombardeos, quizá porque subrayar la
superioridad tecnológica estadounidense haría aflorar preguntas
incómodas".
Presencia militar de Estados Unidos alrededor de Corea del Norte.
En su lugar, según explica esta investigadora,
"muestran una narrativa de matanzas gratuitas supuestamente perpetradas
por tropas terrestres estadounidenses".
Para Weathersby, el hecho de que la partición de la península no se
haya resuelto nunca definitivamente y el potente operativo militar que
el Pentágono mantiene en Corea del Sur y Japón explican que Corea del
Norte siga todavía bajo una especie de estado de excepción permanente.
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El bando estadounidense también recurrió a la propaganda para justificar su papel en la contienda.
También
que, como señaló en un reciente artículo en la BBC el analista Justin
Bronk, los pertrechos y munición que el ejército norcoreano guarda junto
a su frontera sur para hacer frente a una hipotética invasión se
conserven en silos bajo tierra.
La guerra y el fuego que llovía del cielo hicieron de Corea del Norte un estado-búnker. Más de 70 años después, no ha cambiado.
Peatones caminan delante de una pantalla gigante en Tokio con la cara del líder norcoreano, Kim Jong-un. KAZUHIRO NOGIAFP
El diario The New York Times aseguró en aquella jornada, el 17 de marzo de 1955, que el entonces vicepresidente de EEUU, Richard Nixon,
había advertido de forma clara y decisiva a los "rojos" -esa era la
expresión que usó en su titular- que si volvían a atacar a sus fuerzas,
Washington respondería con armamento nuclear.
Un reportero
presente en la comida con empresarios que se desarrollaba en el Hotel
Hilton de Chicago le inquirió: "¿Está la Administración preparando al
pueblo norteamericano para la guerra?". El número dos del presidente
Dwight Eisenhower replicó: "No, simplemente estamos poniendo las cosas
sobre la mesa".
Lejos de amainar, la retórica de Washington
mantuvo la misma escalada que la de sus rivales en años ulteriores. La
nación comunista no cesaba de exagerar sus logros armamentísticos y
defendía su carrera hacia la bomba atómica para "romper
el monopolio de los superpoderes", mientras que EEUU contemplaba desde
un ataque "preventivo" contra las instalaciones nucleares de ese país, a
hundir su primer submarino armado con misiles o enviar comandos aliados
para sabotear todo el programa.
En un documento secreto del
Departamento de Estado de 1963 ahora disponible para el público, la
administración estadounidense reconocía que las proclamas de esa nación
pretendían "instalar el miedo a su poder (militar)" y "hacer énfasis en
sus intenciones pacíficas y de autoprotección, para intentar demostrar
que es el poder nuclear de EEUU el que trae el peligro a Asia".
La
dialéctica de aquellos años podría constituir un calco de las palabras
incendiarias vertidas en las últimas jornadas tanto por Corea del Norte
como por el mismo presidente de EEUU, Donald Trump, cuya última alusión al "fuego y la furia" no desentonan con la amenaza nuclear de Nixon.
Tampoco
la fraseología elegida por Corea del Norte en las pasadas jornadas
donde criticaba a los países que "quieren mantener su hegemonía nuclear"
e insistía que su armamento es una fuerza "de autodefensa disuasoria"
frente "a la política de extrema hostilidad y la amenaza nuclear" que
"representa" EEUU para Pyongyang desde "hace más de medio siglo". Todo un remedo del estilo adoptado en la década de los 60 por el país al que retó Nixon: la vecina China.
En
realidad, Pyongyang semeja estar siguiendo al detalle el comportamiento
que mantuvo Pekín durante los años de la Guerra Fría para obtener su
armamento nuclear.
"EEUU se encontró en una situación similar hace
50 años, ante la perspectiva de que la China maoísta consiguiera ser
una potencia nuclear. Tanto entonces, como ahora, las opciones militares -aunque fueran arriesgadas- se consideraron seriamente", escribió hace días Yevgen Sautin, de la Universidad de Cambridge, en la publicación The Diplomat.
Frente
al vocabulario extremo de las dos partes, la historia recuerda que fue
el mismo Richard Nixon que tanto descalificó a China quien viajó a ese
país en 1972, se entrevistó con Mao Zedong y aceptó de facto que Pekín era parte del reducido club de potencias nucleares.
La
figura del presidente Nixon -cuya teoría del "hombre loco" que parecía
irracional se ha comparado a la verborrea que usa Trump- podría
constituir una referencia ad hoc a la hora de entender el comportamiento
norcoreano, que se mantiene aferrado al guión marcado por otras
naciones que se convirtieron en potencias atómicas ignorando la condena
internacional.
Nixon no sólo rehabilitó a la china comunista sino que también fue él quien aceptó que Israel mantuviera su arsenal nuclear.
El dirigente llegó a un acuerdo con Golda Meir en 1969 según el cual
Washington no presionaría a Tel Aviv para que firmara el Tratado de No
Proliferación Nuclear y ese estado se comprometió a mantener una
posición ambivalente respecto a sus capacidades.
"Si no tienes un arma, no eres nadie"
EEUU se había opuesto en un principio a que Israel consiguiera dotarse de armamento nuclear, pero Tel Aviv desarrolló todo un sofisticado entramado para adquirir tecnología y uranio de forma soterrada, llegó a engañar a los científicos norteamericanos que fueron enviados al reactor nuclear de Dimona -escondiendo literalmente las instalaciones claves tras muros falsos- y no tuvo reparo en colaborar con el régimen paria del Apartheid de Sudáfrica, en una actitud que recuerda a la logística oculta que ha establecido Pyongyang para abastecer a su país y mantener el progreso de su carrera armamentística.
"Esto es como un encuentro de mafiosos. Cada uno pone su arma sobre la mesa. Si no tienes arma no eres nadie. Así que tenemos que disponer de un programa nuclear",
opinó el primer ministro francés Pierre Mendes en 1954 tras su primera
visita a EEUU. Francia también se dotaría de este tipo de armamento a
partir de 1960.
Antes ya lo habían hecho la Unión Soviética e
Inglaterra, y después se les sumarían India y Pakistán, que vieron como
EEUU eliminaba en 2001 la mayoría de las sanciones que les había
impuesto por el desarrollo de su arsenal atómico al necesitar su
asistencia en la invasión de Afganistán.
En el caso de la
Península coreana, las hemerotecas son también un referente inexcusable
para recordar que los últimos rifirrafes bélicos que se han registrado
en esa región casi nunca han coincidido con las recurrentes oleadas de
amenazas y gesticulación armada.
Las diatribas de Pyongyang son tan repetitivas que existe una página especializada, KCNA Watch Threat, dedicada a contabilizar las veces que esa agencia norcoreana usa palabras como "ataque", "castigo" o "mar de fuego".
Su análisis ha concluido que aunque el nivel de la retórica se ha
incrementado desde el acceso al poder de Kim Jong-un los sucesos más
graves de estos años precedentes -el hundimiento de un barco surcoreano y
el bombardeo de la isla de Yeonpyeong en 2010, y la explosión de una
mina en la línea de demarcación en 2015- no se produjeron precisamente
durante los momentos más álgidos de estas habituales escaladas.