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sábado, 10 de diciembre de 2022

Corsés apretados, sillines sicalípticos: bicicletas y sexualidad femenina en el siglo XIX

Nos pasa a todos. Es ver una bicicleta y… ufff, escalofríos recorriendo la espalda. Esa sonrisa tontorrona que se te pone, ese querer rozar con las yemas de tus dedos, ese embolingarse con las palabritas, ese qué ganas de quedarnos los dos solitos.

Sí, amigos, es que la bici provoca deseos de lo más primarios. Yo he visto de todo con el tema, desde antiguos crápulas que abandonan para siempre el ejercicio del canalleo «para no estar cansado mañana, tío, que hay salida con la grupeta», hasta parejas de mediana edad que han cesado temporalmente su convivencia porque una de las dos partes pasaba olímpicamente de la otra, reservando todo el fin de semana para esa amante con ruedas. Como escuchan, lo juro.

Pero yo les voy a contar una historia más cañera. Porque lo otro… en fin, todos tenemos algún caso cerca, y da hasta penuca, ay, qué penuca me da. Pero esto… En pocas palabras, hablemos de cómo la bici fue considerada, allá en la época victoriana, un peligrosísimo corruptor de la moralidad femenina. Como lo oyen.

A ver, advertencia. Todo esto lo narra divinamente Kate Lister en su (muy recomendable) libro Una curiosa historia del sexo (Capitán Swing, 2022). Allí, entre consoladores, sinónimos de la palabra «vagina» a cual más chisposo o recorridos cuchufleteros sobre la profilaxis poco eficiente encontramos todo esto de la bici y su erotización, además de algunas fotografías victorianas que muestran a mujeres de carnes regordetas montando máquinas bastante incómodas. A mí no me van estas filias, pero si alguno tiene el hábito de pecar quede advertido.

La cosa es que bicis y similares siempre han tenido papel potente en asuntos de paridad. Es casi lugar común la frase de Susan B. Anthony sobre el velocípedo, esa de “ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”. Bueno, mira, pues igual. Sobre dos ruedas las mozucas podían dar largos paseos, establecer vínculos sociales y, en fin, alcanzar arbustos lo suficientemente altos, lo suficientemente apartados, como para gozar de un sano desenfreno premarital (o postmarital, que aquí no pedimos papeles).

Ya únicamente eso… pues escándalo, porque las mujeres deben estar en la cocina, y no enseñar más que un leve tobillo, que ya con un tobillo vas que chutas, que un tobillo es alfa y omega de la sensualidad. Solo que había más cosas. Sí, esa que todos (y todas) ustedes piensan. El tema del sillín, la zona perianal, apoyos y etcéteras. Cuando la bicicleta comienza a popularizarse a fines del siglo XIX se desata un debate médico al respecto. Sumen al asunto que quienes antes pudieron disfrutar del suave y sicalíptico roce velocipédico fueron las clases más acomodadas (por aquello del coste), lo que resultaba un más aquelárrico, pues comprensible puede ser que arrieras y buhoneras disfruten de la vil carne, pero se nos complica el asunto cuando hablamos de finas Ladys con apellido compuesto.

Inciso necesario: según estudios de la Universidad de California las mujeres que practican regularmente ciclismo tienen «mejor funcionamiento sexual» (signifique eso lo que signifique) que quienes no hozan por sillines y manillares. Así que, si me permiten consejo… corran a comprar coulottes.

La llegada de féminas al mundo-bici fue bastante tardía. Causas técnicas, éticas y estéticas. O, dicho de otra forma, entre que las primeras máquinas eran artefactos potencialmente mortales con peligros evidentes, y que no estaban visualmente preparadas para faldas, enaguas y corpiños pues. Sucede que en la década de 1880 se inventa algo llamado «bicicleta de seguridad». Vamos, artilugio muy similar al que tenemos ahora entre las piernas (cuando montamos en bici, se entiende). Dos ruedas, neumáticos, frenos, alta maniobrabilidad, alta posibilidad de no morirte de la hostia si caes al suelo (no lo prueben en uno de esos biciclos con rueda delantera enorme, por favor).

Así que se multiplican las ciclistas mujeres y, con ello, el pecado. El pecado potencial, incluso el pecado lleno de involuntareidad, si quieren, pero el pecado. Vamos, que hay doctores (a quienes debemos imaginar con gafas muy gordas, o con monóculo, siempre carraspeando, gesto de sorpresa y constricción al ver cómo es una muchacha desnuda, no, qué he hecho, iré al Hades) preocupadetes por el tema este del sillín. El roce del sillín, el efecto de los baches sobre el sillín (había un montón de baches entonces, incluso adoquines, que es aun peor), la fina estimulación que puede nacer en el sillín. No solo por el tema del placer (que ya de por sí es inicuo, porque gozar con la coyunda y similar solo es propio de bestias salvajes, y debe ser objeto de discurso censor) sino, incluso, por el interior de las damas. Que son los hombres seres bien dotados por Natura para aguantar meneos (pese a apoyarse, en el acto ciclista, sobre sendas partes muy delicadas de su anatomía), pero las mujeres pueden acabar descoyuntadas en su interior. Y, ¿qué nos preocupa de las damas en aquellos años sino su interior? Su interior reproductivo, se entiende, que sentimientos y pe(n)sares son cosas de rojos, seguramente… Ya lo dijo el periódico South Wales Echo en 1897… “la bicicleta fue inventada por los hombres y sigue siendo un vehículo masculino”, las mujeres “deberían tener cuidado con los peligros del ciclismo”.

(Años más tarde, y como para insistir en la idea de que la bici es para mozos fuertes, Luis Puig le dijo a Federico Martín Bahamontes que “si te pones los pantalones largos” tras haber abandonado un Tour de Francia “el pecho se te habrá hinchado y tendrás leche en las mamarias”. Leche en las mamarias, ojo. Cuidado con Luis Puig, buen franquista y mejor escritor de novela erótica).

Pero, decíamos, ¿qué peligros? Pues todos. Todos, porque quien pecados sueña, potencialmente pecaminoso ve el mundo. Se decía que entre la bici y el no llevar corsé (habrase visto, no llevar corsé) las muchachas podían sufrir sacudidas en sus partes reproductoras hasta, en casos extremos, soltarse. En Norteamérica se contempla con preocupación ese demonio con manillar que ataca a los «órganos matrimoniales» de las jóvenes incautas. Observen la, poco sutil, expresión de «órganos matrimoniales», y saquen conclusiones sobre importancias y prioridad. El St. Louis Medical Review señala, año 1895, que esa ocupación «extremadamente poco elegante e indecorosa» (y dicen esto sin haberme visto a mí con maillot) podía provocar «inflamación ovárica, sangrado del riñón o el útero, desplazamiento y aborto». El Iowa State Register va más allá, afirmando que la bici lograba «suprimir o volver irregular y terriblemente dolorosa la menstruación, y quizá sembrar la semilla de futuras dolencias». Ese «quizá» es tranquilizador, al menos. Y The Cincinnati Lancet-Clinic se mostraba a favor del ciclismo, pero expresa dudas sobre el sillín, al que denomina, muy feamente, «agente friccional».

La ciencia opinaba que la bicicleta era un medio pecaminoso para las mujeres

Y es que aquí está el meollo, colegas. Lo otro, lo de la salud… bueno, pues asumible. Llevamos medio siglo ciscándonos las costillas de núbiles y damas, así que no vamos a ir ahora de paladines físicos. Pero el agente friccional… ay, el agente friccional, eso sí que no. Fricciones las justas, y siempre dentro del matrimonio, no vaya usted, joven súcubo, a pasarse un rato agradable sin mi consentimiento.,

Porque, en fin, todos esos problemas, las hinchazones, los desprendimientos, las enfermedades por venir, todos, absolutamente todos eran provocados por ansiedad sublimada en materia erótica. Vamos, que otra vez los sillines. Que te dan cosquillas, los sillines, y ya pierdes el oremus. Una revista canadiense, la Dominion Medical Monthly, llega a afirmar muy ufana, allá por 1896, que «el consenso está aumentando masivamente día a día: montar en bicicleta provoca en la mujer un orgasmo diferente». Al menos hablan de orgasmo, oiga, pero es que se busca lo que se busca. Y eso acarrea problemas. Problemas gordísimos, porque, decíamos, el pecadillo de Onán tiene connotaciones maléficas, satánicas, antinatura. Ese mismo año el Canadian Medical Practioner afirmaba que «comparadas con Canadá, o al menos con Toronto, Sodoma y Gomorra serían puras como los refugios del ejército de Salvación. Parece ser que el ciclismo, que tanto aporta a la salud, la belleza y el encanto de nuestras mujeres, es en Canadá, o por lo menos en Toronto, un medio para gratificar un deseo impío y bestial».

En fin, si ustedes no están deseando salir a dar una vueltita en bici, yo ya no sé.

Ah, que les parece poco. Poco peligro, pocos perjuicios, poco «mira, tú verás, pero la bici es mala, malísima». Pues, oigan, que se les queda cara de tonto. De tonta, en este caso. Sí, sí, como lo oyen, cara de tonta. Hay algunos (y algunas) que la traen de serie, pero es que el ciclismo te va deformando faz hasta transformarte en candidato perfecto para realitys y similares. Lo llamaban «cara de bicicleta», era una enfermedad que afectaba a ambos sexos pero resultaba más enojosa en las mujeres (en fin… ¿qué otra cosa sino un bonito cutis tienen ellas para ofrecer?) y resultaba estremecedora. En 1897 el doctor Shadwell describía esas caras como «rostros rígidos, ojos fijos hacia delante, una expresión ya sea de angustia o de irascibilidad o, en el mejor de los casos, pétrea». Vamos, lo que he visto yo muchas veces arriba de los puertos, tampoco es para volverse locos. Nadie se tomaba muy en serio estos rolletes (no las caras, sino que dicha expresión quedase fija para siempre en los rasgos de quien andaba en bici), pero, por si acaso, el Harper´s Magazine recomendaba en 1897 a las mujeres que masticasen chicle mientras pedaleaban, porque eso «mantiene la cara en movimiento y previene esa expresión de ansiedad que los médicos dicen que puede evolucionar hasta ser parte esencial de las características de la dama ciclista». Ay, las damas ciclistas, todo en su contra.

No vayan a pensarse que semejantes arrebatos de sicalipsis sobre ruedas ocurrían únicamente en las Islas Británicas y sus antiguas colonias. No, no, qué va. En los años veinte del siglo anterior hasta veinticinco chiflados se presentaron a la salida en una de las primeras carreras de siempre por Colombia. Bogotá, especificamos. Uno de ellos, el italiano Carlo Pastore, mantuvo en vilo a los comisarios al extraviarse en mitad de esa carretera asesina, despiadada, que une las capitales de Cundinamarca y Boyacá. La misma que va por bosques, la que se adentra en los más profundos vericuetos de un océano verde y marrón y gris. ¿Qué le habrá pasado al transalpino? No tendremos que lamentar otra muerte, ¿verdad? Ese mismo recorrido cargaba ya con dos víctimas ciclistas en el pasado, así que pilló fama fea. Hasta que lo hallan. Está en una cuneta, escondido, posición horizontal. Pero sano y salvo. Y con cara de satisfacción, por demás, desnudo junto a una bonita campesina, también desprovista de toda ropa. Ambos sonríen, azorados. Beso de despedida, el ciclista se vuelve a vestir, retoma su bicicleta, deja atrás al amor fugaz. Acabará octavo, lo que, después de lo ocurrido, es a todas luces un gran puesto.

Apenas una anécdota, ya ven.

¿Existe solución para semejante escándalo? Porque a mí, querido escritor golferas, me encanta montar en bici, pero soy casta, pura, pía, no quiero caer en esa espiral de impulsos y provocaciones que solamente conduce a la cárcel, el reformatorio o los retozares sin anillo. Pues bien, querida ficticia, está usted de suerte, porque podemos mitigar los efectos sicalípticos que sobre su cuerpo ejerce el velocípedo. Desde sillines con agujero para aliviar el frotis-frotis, hasta bicis que llevan rejilla externa, hurtando así al obseso la visión de unos tobillos carnosos y apetecibles. O lo que coño fuesen los tobillos a fines del XIX, a mí no me miren…

Ya ven, así estaban las cosas hace un siglo. Y más historietas que podría contarles, solo que ahora no me da tiempo.

Me han entrado unas ganas loquísimas de salir a andar en bici…

Fuente: https://sport.jotdown.es/2022/12/08/corses-apretados-sillines-sicalipticos-bicicletas-y-sexualidad-femenina-en-el-siglo-xix/

miércoles, 4 de agosto de 2021

Moussambani, el hombre que en Sidney 2000 nadó peor que tu sobrino y se convirtió en símbolo olímpico

 Mucho se ha discutido esta semana sobre símbolos olímpicos. Gabriela Andersen, fondista, personificó la tenacidad hasta un grado desmedido en Los Ángeles 84. Este año, para Tokio 2020, la multicampeona Simone Biles ha sabido anteponer la salud mental a la competición en un entorno donde este tipo de dolencias no suele contemplarse. Reddit ha rescatado otro de estos relatos heroicos, uno que, además de inspirador, es tremendamente gracioso, el del hombre que a duras penas podía nadar y acabó siendo vitoreado al unísono por 17.000 espectadores.

Guinea Ecuatorial tiene poco más de un millón de habitantes. Malabo, la capital, no llega a 300.000. De allí era Eric Moussambani, quien a sus 22 años en el año 1999 recibió el visto bueno para jugar en los próximos Juegos Olímpicos. No en atletismo como él quería, ya que el cupo de nombres asignados estaba ya completo, sino para natación, una disciplina de la que apenas sabía nada: los pescadores de la zona le habían enseñado apenas a bracear. Ocho meses más tarde, Sidney.

 Corte a: uno de los vídeos más revisitados de la historia de esta competición. Un hombre solo se enfrenta a la inmensidad de la piscina olímpica y la mirada atenta de decenas de miles de espectadores. Tendría que haber hecho sus 100 metros libres junto a Karin Bare, de Nigeria, y a Farkhod Oripov, de Tayikistán, ambos de capacidades similares a la suya. Pero los dos fueron eliminados por salida en falso mientras él, que había estudiado vídeos de otras competiciones olímpicas la noche anterior a toda prisa, tenía pistas de que los jueces daban tres avisos antes de la largada. Evitó la desclasificación y con ello le tocó enfrentarse a la piscina él solito.

 Pistoletazo y salida. Algo falla: este muchacho apenas sabe nadar. Se ha tirado como un aprendiz, con las piernas verticales y ladeando la cabeza. Los brazos, sin orden ni concierto. La velocidad, inferior a cualquier juvenil de un pueblo de nuestro entorno. Es lógico: no había en todo Malabo más que una piscina de un hotel privado, a la que sólo se le permitió el acceso de forma excepcional como tres horas a la semana durante los cinco meses previos a la competición. Dicha piscina, por cierto, era de no más de 15 metros de largo, de ahí que el pobre Moussambani, cuando vio por primera vez la piscina australiana, pensó que estaba viendo el hermano horizontal del Everest.

Tuvo suerte de dar el giro, ya que a mitad de trayecto estaba agotado. “Si miran el video, no pude sentir mis piernas. Sentía que no iba a ir más lejos. Me estaba moviendo en un solo lugar. Pero sabía que el mundo entero me estaba observando: mi país, mi madre, mi hermana y mis amigos. No me preocupaba el tiempo. Todo lo que quería era terminar", explicó en una de sus múltiples entrevistas.

El público, que había empezado a carcajada limpia, llevaba un minuto largo dándole ánimos en pie apoyando al guineano a que terminase su cruzada. Los socorristas estaban acercándose ya ante un nadador que ya apenas avanzaba sino más bien sobrevivía al hundimiento, pero llegó. Con una marca de 1 minuto, 52 segundos y 72 centésimas, la que sigue siendo la peor marca de la historia e incluso más baja que la que emplearon otros nadadores al día siguiente en la prueba de los 200 metros, pero llegó. Y lo había conseguido ante todo el mundo. La Anguila, le apodaron.

Screenshot 2

 No tocaría el medallero, pero se convertiría en uno de los rostros más conocidos y queridos de aquellos Juegos, tanto que acabó firmando un contrato por un año con Speedo. Al cabo de cuatro años mejoró su marca personal hasta unos nada desdeñables 55 segundos, y se convirtió en el entrenador oficial del seleccionado de natación de su país (ahora ya sí hay un par de piscinas grandes).

Se ha hablado de él como símbolo de esfuerzo y sacrificio, pero parece más bien el de la valentía: él fue el hombre que, pese a su limitadísima habilidad y su clara inferioridad con respecto al resto de competidores, se atrevió a tirarse a la piscina. Literalmente.

Fuente; https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/moussambani-hombre-que-sidney-2000-nado-peor-que-tu-sobrino-se-convirtio-simbolo-olimpico

martes, 8 de diciembre de 2020

El Everest se eleva hasta los 8.848,86 metros

Nepal y China anuncian conjuntamente la altitud revisada del techo de mundo: 86 centímetros más

In this undated handout photo released by the Survey Department, Nepal on December 1, 2020 a team member conducts a gravity survey during Mount Everest height measurements. - The highest point on Earth got a bit higher on December 8 as China and Nepal finally agreed on a precise elevation for Mount Everest after decades of debate. The agreed height unveiled at a joint news conference in Kathmandu of 8,848.86 metres (29,031 feet) was 86 centimetres (2.8 feet) higher than the measurement previously recognised by Nepal, and more than four metres above China's official figure. (Photo by - / Survey Department, Nepal / AFP) / -----EDITORS NOTE --- RESTRICTED TO EDITORIAL USE - MANDATORY CREDIT

El Gobierno de Nepal ha difundido esta foto sobre los trabajos de medición realizados por su equipo de topógrafos el año pasado  Survey Department, Nepal / AFP

Tras años de discrepancias, China y Nepal han anunciado hoy la nueva altitud de la montaña más alta del mundo, el Everest, que según las últimas mediciones realizadas entre los meses de mayo del 2019 y del 2020 por equipos de ambos países se eleva hasta los 8.848, 86 metros; por tanto, 86 centímetros más que los considerados por la comunidad alpinística hasta el momento. Con este anuncio oficial se cierran diplomáticamente meses de impaciencia e intriga.

Los ministros de Asuntos Exteriores nepalí, Pradeep Kumar, desde Katmandú, y chino, Wang Yi, desde Pekín, han hecho pública la noticia esta mañana de manera virtual leyendo los comunicados firmados por sus respectivos presidentes, Bidya Devi Bhandari y Xi Jinping, según informa la agencia AP.

La cifra que más se ha manejado hasta el momento es la de 8.848 metros, casi cuatro más que los 8.844, 43 defendidos por China fruto de una investigación realizada en el 2005. La diferencia se debe a que mientras Nepal incluía en sus cálculos la capa de hielo que corona el punto más alto de la roca, China contabilizaba la estructura fija.

Nepalese government officers watch a live telecast of a joint announcement on the height of Mount Everest, in Kathmandu, Nepal, Tuesday, Dec. 8, 2020. China and Nepal have jointly announced on Tuesday, Dec. 8, 2020, a new height for Mount Everest, ending a discrepancy between the two nations. The new official height is 8,848.86 meters (29,032 feet), slightly more than Nepal's previous measurement and about four meters higher than China's.(AP Photo/Niranjan Shrestha)

Las autoridades de Nepal y China han anunciado esta mañana el resultado de las mediciones en una conferencia virtual dando por finiquitadas las discrepancias entre ambos países  AP Photo/ Niranjan Shrestha

 China y Nepal, en cuya frontera se alza el Chomolungma (madre del universo), tal como conocen esta montaña los tibetanos, se habían fijado determinar con la máxima precisión, con las técnicas e instrumentos más modernos, cuál había sido el impacto del terremoto del 2015, que se cobró 9.000 vidas, y si debido a la colisión entre las placas tectónicas el pico crece al ritmo de medio centímetro al año. La conclusión es que la altitud ha variado poco, 86 centímetros, tomando como referencia la versión nepalí, la mas ampliamente aceptada, o cuatro metros remitiéndonos a la china. 

Una expedición del Departamento de Topografía de Nepal realizó una medición en mayo del 2019, el año de las grandes colas en el techo del planeta, y una de china la pasada primavera. La Covid-19 llevó a cerrar en marzo el Everest por la vertiente nepalí, pero por el lado tibetano el Ministerio de Recursos Naturales de Pekín impulsó una expedición que en mayo coronó la montaña. Para llevar a cabo su misión dos topógrafos, acompañados de ocho sherpas, llevaron a la cumbre sofisticados equipos tecnológicos, como un marcador de inspección, un gravímetro y una antena GNSS, de mayor precisión que el sistema GPS pues recaba datos de todos los satélites, no sólo los americanos. Las investigaciones realizadas estos últimos meses por ambos equipos han llevado a consensuar la nueva cifra: 8.848,86 metros.


La altitud del Everest es un tema de Estado; no en vano, sobre todo en Nepal, esta cima es un poderoso reclamo, una cuestión de orgullo nacional y la mejor tarjeta de presentación de uno de los países más pobres del planeta. El Everest, y la industria de la montaña en general, es un valioso dinamizador de la economía del Himalaya. Las grandes agencias nepalíes ya han tomado el control del negocio antaño dominado por firmas extranjeras y los beneficios alcanzan a todos los estratos de la sociedad, a porteadores, cocineros, guías y a la extensa red de alojamientos que se han ido creando en la ruta hasta el campamento base desde la localidad de Lukla.

Pero este 2020 el virus ha hundido en la miseria a muchos nepalíes. Al declararse la pandemia, el Gobierno cerró la entrada a los turistas en uno de los momentos punta del año, la primavera, antes de la llegada de las lluvias. La segunda gran campaña empieza en septiembre, una vez finaliza el monzón, y aunque los visitantes han vuelto este otoño a aterrizar en Katmandú, nada es como antes. Los comercios y restaurantes de las bulliciosas calles de la capital languidecen y cruzan los dedos para que en el 2021 mejore el panorama.

A lo largo de la historia se han realizado diferentes mediciones; ya hacia 1850, cuando esta montaña era conocida como pico XV, un equipo británico acometió el primer estudio liderado por el que había sido topógrafo general de la India, George Everest, el que daría nombre a esta cumbre fijada entonces en cerca de 8.840 metros. Fue en 1955 cuando la India calculó 8.848 y en el 2005 China rebajó la altitud unos cuatro metros al considerar el punto más alto la última estructura sólida, la roca, descartando la capa de hielo que la corona. Pero en general había prevalecido el número de 8.848. 

Un día antes del esperado anuncio, ayer, falleció a los 79 años una leyenda del Everest, el británico Doug Scott, quien, en 1975, hizo historia con su compañero Dougal Haston al convertirse en los primeros en ascender la montaña por una ruta inédita por la cara suroeste. Retos de envergadura, del añorado alpinismo épico en el pico más codiciado, y lamentablemente en los últimos tiempos también banalizado, que hoy estrena nueva altitud.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/vida/20201208/6103816/everest-crece-altitud-revisada.html

miércoles, 22 de enero de 2020

Beryl Burton, o el susurro ciclista de Yorkshire

La deportista británica subió 96 veces a lo más alto del podio. En 1967 venció en una carrera mixta de resistencia, con un récord histórico de más de 446 kilómetros en 12 

<p>Lyubov Zadorozhnaya, Beryl Burton y Anna Konkina durante el campeonato WK Wielrennen, el 2 de septiembre de 1967.</p>

Lyubov Zadorozhnaya, Beryl Burton y Anna Konkina durante el campeonato WK Wielrennen, el 2 de septiembre de 1967.
Jac. de Anefo Nijs
La novela de Emily Bronte se titula Wuthering Heights por algo.

Wuthering es el sonido que hace el viento cuando, furioso, se enreda por entre carrejos y espinos. Seguro que lo tienen en la cabeza. Fiiiuuuu. Con todo, reconocerán que suena mejor Cumbres borrascosas que “cumbres silbantes por el viento”. Más o menos. Primera decepción. Cuando se enteren de que Heathcliff iba montado en pony se me van a echar a llorar.

Solo que allí no es exactamente de esa forma. Allí, en los páramos de Yorkshire. Extensiones onduladas, bosque bajo, misteriosos agujeros que minan el suelo como pisadas de un gigante. Un lugar donde el aire baila con helechos disfrazados de araña, con brezos pegajosos, riachuelos borboteando. Juveniles. Antiguos. Los habitantes de York, los de Thornton, Leeds, Goathland o Kirkbymoorside saben perfectamente que el viento modula su rasgueo para contar historias. Hijos de vikingos, nietos del drakkar. Ella también lo supo. Durante décadas, entrenando cada día. El rumorear pausado, el chillido furioso cuando asoma a lo lejos la Abadía de Whitby. Ella.

Se llamaba Beryl Burton y fue, seguramente, la mejor ciclista de siempre que haya nacido en el Reino Unido. “Perdí la cuenta de las medallas ganadas”, dejó escrito. “Creo que alrededor de mil”, respondió el historiador Peter Whitfield cuando le preguntaron sobre su número de victorias. “Pero nadie lo ha calculado correctamente”. Todo en ella es auxesis, hipérbole. Su longevidad, su preparación, sus anécdotas. Incluso el aspecto que tenía, robusta y rubicunda sobre la bicicleta, epítome de un tiempo y un lugar. El maillot casi siempre blanco con dos tiras. Una roja, otra azul. Campeona de Inglaterra. ¿De qué, Beryl? Pues no sé cuál será este. Es que tengo muchos…

Nació en 1937. En Halton, hoy casi un barrio de Leeds. De joven era quebradiza, frágil. Pasó en el hospital más de nueve meses cuando tenía once años. Fiebres reumáticas que no acababan de curarse. La posguerra. Carencias, penurias. Estuvo otra buena temporada recayendo hasta que, ya adolescente, su primer novio, Charlie, la animó a salir con él en bicicleta. Quizá el mozo quería llevarla a los páramos de Yorkshire buscando esa intimidad tan complicada cuando tienes “diecialgo”, pero en realidad hizo que descubriera la gran pasión de su vida. Las dos grandes pasiones, en realidad, porque acabó casándose con el tal Charlie. Él también fue ciclista, pero muy malo. Malísimo. Inteligente y avanzado para su época, sin embargo. No dudó en convertirse en el manager, conductor, director de equipo, masajista, soigneur y cuantas cosas hicieran falta de Beryl. Aunque en el pueblo, al principio, lo señalasen con el dedo. Calzonazos.

Beryl comienza a competir, y al principio no se le da demasiado bien. Desconoce los códigos del pelotón, no sabe rodar en grupo, se limita a pedalear con todo hasta que sufre un desfallecimiento y sus rivales la van superando lentamente. Demasiado dolor para nada, piensa. Así que decide centrarse en otra disciplina. Solitaria. La contrarreloj, muy popular en Gran Bretaña. Y allí empieza a destacar, aun por encima de cualquier consideración que ustedes estén manejando.

En 1957, con solo 19 años, logra su primera medalla nacional. Plata en la crono sobre cien millas. Esperanzador, pero apenas una anécdota viendo lo que llegó después. Fue 72 veces campeona británica de contrarreloj, dominando distancias entre las cuatro y las cien millas. Doce entorchados en ruta, otros doce sobre la pista. Un total de 96. Léanlo de nuevo. Hasta 96 veces subió a lo más alto del pódium. En el concierto internacional su dominio no fue tan llamativo, pero también dejó impronta.
Dos veces logró el maillot arcoíris, otras cinco hizo lo propio en el velódromo. Un total de quince medallas. La primera en 1959, en 1973 la última. Tres veces vio cambiar el numerito de la década mientras lograba éxitos aquí y allá. De forma casi anónima, la mayoría de las ocasiones. “No quería que me adulasen, pero un pequeño reconocimiento no hubiese estado de más”.

Tampoco ayudaba su carácter cerrado, serio, de pocas palabras. Típico de Yorkshire, pensarán algunos. Tanto que incluso trabajaba en una granja cultivando ruibarbo. Ya ven, le falta solo la casona en los páramos. No era amiga de grandes declaraciones, no dejó para la posteridad demasiadas imágenes icónicas. Casi olvidada. Pero no del todo.

“No necesito que me digan que puedo ganar a muchos hombres. Sencillamente lo sé, porque les gano habitualmente”. No era frase hueca, sino perogrullada. A Beryl la categoría femenina pronto se le quedó pequeña. Competía a menudo con hombres. Al principio se burlaban de ella, miraban compasivos, le daban consejos básicos como quien enseña a un niño. En línea nada que hacer, la escasa habilidad se juntaba con lo hostil de sus compañeros en el pelotón y acababa imposibilitando cualquier resultado de interés. Pero en crono… ay en crono.

La historia aparece en el (delicioso) libro Escapadas. Cincuenta nombres que definieron el ciclismo de carretera, escrito por Euan Ferguson y publicado recientemente por la editorial Libros de RutaUn imperdible para cualquier buen aficionado, pueden creerme. Pues bien, allí se habla sobre el más conocido de entre todos los éxitos de Burton. Sucedió en septiembre de 1967. Otley, muy cerquita de su casa, Allí se celebra una prueba de resistencia contra el reloj. Doce horas sobre la bicicleta rozando los Yorkshire Dales. Subidas, bajadas, curvas, asfalto en mal estado, un viento inmisericorde que susurra desgracias mientras agarra tu sillín para que no puedas avanzar. Carrera mixta. Primero salen los hombres, separados por un minuto, después las chicas. Entre ellas Beryl, claro.

Y empieza a ocurrir
Burton va tomando ventaja sobre todos. Inmensa sobre ellas, como todos esperaban. Pero también, ojo, mordisquea diferencias a los mozos. Poco a poco. Adelanta a uno, luego a otro. Finalmente solo tiene delante a Mike McNamara, quien pasa por ser el mejor ciclista amateur de toda Inglaterra.

Ambos llevan completadas 235 millas, unos 380 kilómetros (en estas pruebas vence quien avance más en el tiempo prefijado) y la distancia va cayendo. Lo tiene al fondo de una recta, luego un poco más cerca, más cerca esta vez, ya casi, ya casi. Beryl se llevó la mano al bolsillo de su maillot, sacó de allí un regaliz y se lo tendió a su competidor al pasar junto a él. Sublime gesto. Cuando se perdió en la lejanía, quizá sintiendo que todo lo que debía demostrar ya estaba demostrado, cedió al deseo de varias horas y paró a orinar. Los últimos 45 segundos de la prueba no avanzó nada, sentándose al borde de la carretera. “Es que todo el día tuve el estómago revuelto, y solo el brandy que me acabo de tomar ha podido calmármelo”. Finalmente completó un total de 277,25 millas, más de 446 kilómetros. Nadie hizo más. Fue, de hecho, récord histórico, tanto en categoría masculina como femenina. Dos años más tarde un hombre batió su marca. Para que una mujer mejorase el registro tuvo que pasar medio siglo.

(Ah, doce meses antes había logrado el tiempo más bajo en la contrarreloj de cien millas que marcaba el Campeonato Británico de la disciplina. El campeón masculino quedó 38 segundos por debajo).
Todo eso fue Beryl Burton. Eso y una competitividad feroz. En 1976 le negó el saludo a la competidora que la había relegado a la medalla de plata en el Campeonato inglés de fondo en carretera. “Ha estado todo el día chupando rueda y luego se impone al sprint, eso no está bien”. La particularidad es que la nueva campeona se llamaba Denise y se apellidaba Burton. Era su hija, vamos. Años después se arrepintió, “no fue una bonita imagen”, pero quedaba el símbolo. El de una depredadora sobre la bicicleta.

viernes, 16 de agosto de 2019

Aquel primer Tour femenino

Entre septiembre y octubre de 1955, 41 mujeres disputaron la carrera en cinco etapas, 373 kilómetros. Se impuso la británica Millie Robinson, que se ganaba la vida conduciendo una furgoneta de reparto de leche

<p>Millie Robinson.</p>
Millie Robinson.
  “Hablan demasiado entre ellas y luego no tienen fuerzas para hacer ataques. Y después, cuando termina la etapa, se pasan horas caminando por las tiendas, buscando trapitos, probándose ropa. Ese no es el descanso adecuado para un ciclista…”.

Del primer Tour de Francia femenino (casi) nadie se acuerda hoy. Claro que si tenemos en cuenta las palabras reproducidas más arriba…pues oigan, poca extrañeza. No se piensen que las dijo un columnista en su medio de alt-right preferido, no… Fue cosa, directamente, del organizador del invento, un pilluelo especializado en supervivencia que respondía al nombre de Jean Leulliot. Tirando de topicazos machistas. Y es que así es imposible.

Ocurrió hace más de medio siglo. Entre el 18 de septiembre y el 2 de octubre de 1955, concretamente. En el norte de Francia. Allí 41 mujeres (de las 48 inscritas al principio) hicieron frente al desafío. Nada menos que un Tour de Francia para ellas. Venían del Hexágono, de Luxemburgo, de Holanda, Suiza o Gran Bretaña. Cinco etapas, la última en dos sectores, un total de 373 kilómetros. Hoy nos puede sonar casi a salida dominical, pero en la época no fueron pocos los que pusieron el grito en el cielo. No podrán terminar, corremos el peligro de que esas débiles damiselas sufran un colapso, incluso que mueran. Y los niños…¿es que nadie va a pensar en los niños? Se hacen ustedes cargo de la parafernalia. Nada de eso, con todo, iba a parar al padre de la prueba, que había salido de apuros mucho peores…

Jean Leulliot era…bueno, era un poco de todo. Periodista. Showman. Hombre de negocios. Organizador de carreras ciclistas. Un tipo de esos cuyo objetivo vital es vivir lo más cojonudamente posible, sin importar a qué dios, amo o patrón le rinda servicios. Fruslerías morales, esas, de las que no te dejan descansar bien por las noches. Y Jean anhelaba un sueño limpio y reparador. El caso es que este antiguo reportero de L´Equipe pilló un puesto como jefe de la sección de deportes en un diario llamado La France Socialiste. Solo que todo esto ocurrió durante la ocupación nazi, y el periódico en cuestión era pelín colaboracionista, no sé si nos explicamos. Ya les digo que Leulliot siempre supo adaptarse y utilizar todo el poder que tuviera en sus manos. ¿Qué Émile Idée, el campeón francés, no quiere participar en una de sus carreras? Pues nada, hablamos con esos simpáticos tipos de acento germánico y que ellos manden un comando de la Gestapo para convencerlo. Todo por el bien de los galos, claro, para elevar su moral en estos tiempos difíciles. Liberté, égalité, etcétera. Las cosas que ha de hacer uno…

Pese a esta más que evidente connivencia Leulliot salió bien parado en la primera posguerra, absuelto en un juicio donde se le acusaba de alta traición y en el cual declaró en su contra, por ejemplo, Jacques Goddet. “Merece su destino”, dijo quien era ahora, muerto Desgrange, el alma del Tour. Pero nada. Jean no solo no dio con sus huesos en la cárcel (o algo peor), sino que su estrella empieza a crecer a finales de los cuarenta. En ese tiempo nuestro protagonista pone en marcha pruebas como París-Niza, París-Londres, Monde Six, Étoile des Spoirs o el Tour de Europa. Además de la que hoy nos interesa, claro.

La cosa se llevó a cabo en la Normandía francesa. En Rambouillet, concretamente, comenzaba la primera etapa. Era la más larga de todas, 82 kilómetros. Había también una crono, en la histórica Guisors, ese sitio donde hay un castillo, tesoros templarios, secretos ocultos que definirían el futuro de la Humanidad y todas esas cosas que tanto salen por la tele. Allí ganó Millie Robinson, una británica que terminó conquistando también la general (honor distinguido con un maillot blanco, porque Leulliot no quería problemas con el Tour de Francia masculino y optó por no pasear el amarillo en su pelotón de mujeres). Segunda fue su compatriota June Thackerey, con otras dos british (Silvye Whybrow y Beryl French) entre las diez mejores. Ya ven, todo un precedente del Sky. De hecho las competidoras de más allá del Canal llevaban todo el verano corriendo, y arrasando, por las Galias. Lo hicieron, por ejemplo en el Circuit-Lyonnais-Auvergne, una carrera de tres días celebrada en julio. En aquel entonces sus premios fueron donados “espontáneamente” a una organización internacional que buscaba potenciar el ciclismo femenino. Pobres y apaleadas, diría mi abuela. Bueno, ella usaría otras palabras, pero se entiende la idea…

Porque no podemos pensar en profesionales, ¿eh? Ni siquiera en deportistas al uso. No, esto es otra cosa. Millie Robinson, por ejemplo, se ganaba la vida conduciendo una furgoneta de reparto de leche en la Isla de Man. Más complicada aun era la situación de Elsie Jacobs, luxemburguesa que corría con licencia de Francia porque el simpático Gran Ducado tenía prohibidas las carreras femeninas. Locura de tiempos modernos, pecados sobre dos ruedas. Y así todo. ¿Quieren darle una última vuelta de tuerca? Algunas de las participantes, como Marie-Jeanne Donabedian, pedaleaban no bajo el auspicio de la Federación Francesa, sino defendiendo a la Federación Deportiva y Gimnástica del Trabajo (FSGT), una entidad de raíces comunistas, nacida durante el Frente Popular y dedicada a la promoción de la actividad física entre los trabajadores y las trabajadoras del Hexágono, así como al estrechamiento de los lazos con los atletas del Bloque Soviético.

Al final del Tour de Francia femenino la sensación era unánime: la prueba había sido un éxito de público y prensa, con bastante seguimiento en los periódicos y un desarrollo deportivo de nivel. Un evento, en definitiva, que llega para quedarse. Y, sin embargo, la siguiente edición no se celebra hasta 1984. ¿Qué ha podido pasar?

Digamos que varios factores jugaban en contra. Como nos gusta hacernos los interesantes hablaremos de exógenos y endógenos. Entre los primeros… bueno, hay que aclarar que la popularidad de la carrera fue cierta, pero igual su origen no era el estrictamente deportivo. Dicho de otra forma, cuando Donabedian, Jacobs, Robinson y sus compañeras llegaban a un pueblo había multitudes esperando…pero más que aplausos recibían silbidos, piropos y procacidades gritadas a pie de carretera. Aquellas mujeres de piernas sudorosas y vestidas con prendas ajustadas suponían un escándalo en la Normandía rural de los años cincuenta, provocando reacciones dignas de una peli de Paco Martínez Soria (igual hasta se inspiró aquí, vaya usted a saber). ¿Los periodistas? Pues poco más o menos igual. L´Equipe, cosa seria, publicaba un editorial en la que defendía que las mujeres “debían conformarse con el cicloturismo, más acorde a sus posibilidades musculares”, y que negarles la posibilidad de competir era muestra de que “el sentido común ha triunfado”.  Los fotógrafos, por su parte, estaban más interesados en buscar imágenes cuquis y modernas que en plasmar el esfuerzo de aquellas deportistas. Y si en primera página se podía sacar alguna sonrisa, algún gesto pícaro o cierta expresión que pudiera dar lugar a equívoco…pues mejor.

Así las cosas al Tour de Francia solo podía defenderlo su creador… el problema es que Leulliot resultaba más machista que ningún otro, y sus declaraciones parecían encaminadas a enterrar la prueba. Que si las mujeres no saben ir en pelotón, que no saben acoplarse en la bicicleta, que su cuerpo no está preparado para los cambios de ritmo. Que hablan entre ellas y luego van de compras. Ya ven, la galería completa de clichés. Así no hay manera. La prueba esperó en el cajón donde se guardan los recuerdos durante tres décadas.

Hoy el ciclismo femenino goza de una vitalidad envidiable, con multitud de carreras y un seguimiento cada vez mayor. Y sin necesidad de ningún Leulliot que venga a salvarlo. Larga vida…

Fuente: https://ctxt.es/es/20190814/Deportes/27186/Marcos-Pereda-primer-tour-de-Francia-femenino-etapas-Millie-Robinson.htm#.XVRCqbBAhiA.twitter

jueves, 11 de julio de 2019

Emocionante mensaje de unidad de Megan Rapinoe para los Estados Unidos

Megan Rapinoe ha convencido a todas sus compañeras de EEUU y no irán a la Casa Blanca con Trump: "Debemos amar más y odiar menos. Debemos escuchar más y hablar menos. Es responsabilidad de todos hacer del mundo un lugar mejor".

domingo, 4 de noviembre de 2018

La noche de los escaladores de Cambridge

Esta es la historia de un grupo de estudiantes de Cambridge que se reunían por la noche para realizar técnicas de escalada sin protección en los edificios de la universidad.

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 Mucho antes de que el francés Alain “Spiderman” Robert se dedicara a colgarse fuera de los rascacielos del mundo, y antes también de que la escalada en roca fuera reconocida como deporte, grupos de estudiantes de Cambridge se reunían por la noche para realizar técnicas de escalada sin protección en los edificios de la universidad.

escaladores-2La mayoría eran amigos que habían conocido por casualidad en los edificios por la noche, o por medio de genuinos clubes de escalada. Aunque todos tenían algo en común,.. pertenecían a una sociedad tan antigua como imprudente, que seguía las instrucciones de un libro escrito por uno de los alumnos, hace ahora más de 80 años….Es “La noche de los escaladores de Cambridge".

El libro, escrito bajo el seudónimo de Whipplesnaith fue publicado originalmente en octubre de 1937, y narra como los estudiantes desafían vertiginosamente, los edificios más emblemáticos de la ciudad de Cambridge. Unos actos que según ellos, “ayudaban a comprender su interacción con la arquitectura urbana en términos espirituales“.

Y que cierto fue... el libro fue durante años muy buscado, sobre todo entre los estudiantes, donde se consideró como uno de las pocas guías para escalar correctamente las azoteas de los antiguos edificios de Cambridge. Algunas como el ascenso a lo más alto del King´s College, el St John´s College o la mismísima Casa del Senado, entre otras.

Este volumen de guía práctica, pasó largos años fuera de impresión, las cadenas de librerías más importantes se negaron a vender algo escrito por un grupo de estudiantes, con un desprecio temerario por su propia seguridad, y como único objetivo, el culto y el desafío de la escalada en Cambridge.

escaladores-3 La noche de los escaladores de Cambridge fue reimpreso en 1952 y 1953.  Esta segunda edición contenía una selección de fotografías, además de un diagrama explicativo para poder realizar la fuga a través del techo, del contiguo centro comercial Marks and Spencer. Unos capítulos que comienzan por tuberías y chimeneas de rutas relativamente fáciles, para pasar a edificios más difíciles como el St Jonh´s, o el legendario King´s  College.

 La policía generalmente, siempre y cuando no hubieran desperfectos, estaba muy lejos de considerar estos actos como delito. La mayoría de los estudiantes que eran capturados, eran devueltos a las autoridades de la universidad,  donde la mayoría de las veces eran expulsados,…muy a pesar de las constantes advertencias y rogativas del rector…

 Un club de estudiantes secreto e imprudente que ha existido por más de 100 años, que cuando cae la noche en Cambridge, sus miembros se pueden ver trepando por las torres y arbotantes de la universidad.,siguiendo las instrucciones al pie de la letra de la guía Whipplesnaith… Deducido queda porque hace unos pocos años se encontró un retrete colgado de un pararrayos, o la imaginación desbordante de la gran broma de altura con el automóvil Austin Seven sobre la biblioteca Seely.

 Uno de los últimos misiones nocturnas, (que se sepa), y quizás ya un tanto sensacionalista,  fue la publicada en el Sunday Times el 10 de junio de 2007, donde un especialista llamado Dave Grimwade y Tom Whipple periodista del Times, emulan algunos de los trayectos reflejados en el libro, La noche de los escaladores de Cambridge, eso si, con la ventaja de que nunca podrán ser expulsados.

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viernes, 2 de noviembre de 2018

La vuelta al mundo (en bicicleta) de Annie Londonderry

Añadir leyenda
 El comienzo es como el de la inmortal obra de Verne, solo que en este caso Phileas Fogg (o Willy Fogg, si estudiaron ustedes en la EGB) lleva faldas, enaguas y sombrero de mujer. Hay dos miembros de un club de Boston que se burlan de una muchacha, una jovenzuela con delirios de grandeza, una de esas que leen a Mary Wollstonecraft y quieren no sé qué historias de igualdad. Su propuesta es ridícula: dar la vuelta al mundo en bicicleta, nada menos. Vale que Thomas Stevens lo había logrado ocho años antes, pero él era un hombre, un hombre, no una apocada damisela. Así que, ufanos, lanzan la apuesta. Si usted logra dar la vuelta al mundo sobre esa máquina, señorita, nosotros le pagaremos 5.000 dólares. Ha escuchado bien…5.000 dólares. Pero, eso sí, tiene que hacerlo en menos de quince meses. Y volvieron a reír.

Ella, Annie Cohen, aceptó. Es el año 1894 y su aventura está a punto de empezar.

Cohen contaba solo 24 primaveras pero toda una biografía detrás. Por de pronto no era americana, sino rusa (hoy sería letona). Había nacido en Riga en 1870, hija de padres judíos. Cuando era niña toda la familia emigró a Estados Unidos. Tiempos de felicidad. Cinco hermanos (era la mediana) que quedan huérfanos en 1887 al fallecer ambos progenitores. Annie tenía 17 años y fue consuetudinariamente escogida como señora de la casa. Inquieta, independiente, de ideas avanzadas, se casó poco más tarde con un vendedor ambulante de nombre Max Kopchovsky. Leyendo sobre su personalidad uno pensaría que intentaba huir de las cadenas familiares, pero lo cierto es que el día a día no cambió mucho. Tuvo tres hijos en cuatro años con Max, que es algo que quita bastante tiempo libre, la verdad.

Con todo, Annie era diferente. Le gustaba leer, le gustaba discutir, defendía ideas totalmente contrarias a lo que en la época se conocía como “una correcta damisela victoriana”. Afortunadamente, vaya. Tenía inteligencia, imaginación, un agudo sentido del humor y un toque irónico que más tarde iba a encandilar a miles de personas. Pero no nos adelantemos.

Lo cierto es que Annie puso sus ojos sobre la bicicleta, el velocípedo, ese objeto maléfico que dejaba que las jovencitas, oh pecaminoso mundo, se alejasen kilómetros y kilómetros de las benéficas influencias masculinas. “El uso de la bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa del mundo”, dirá Susan B. Anthony, y en el Congreso Feminista Internacional, celebrado en Paris el año 1896, Maria Pognon saludó “el liberador impacto que la bicicleta tuvo para la igualdad”. Huelga decir que quienes defendían estas posturas eran tachadas de locas, de asociales. El deporte era cosa de hombres, y las mujeres solo debían darle besitos al vencedor y celebrar sus hazañas. Más aun con la bici, que pronto fue vista por los más conservadores (que de aquella eran casi todos) como instrumento del demonio “que alejaba a las mujeres de sus deberes como buenas esposas”. Si las damas optaban, supremo descaro, por llevar ropas masculinas en sus paseos velocipédicos ya se consideraba ataque frontal contra la moralidad burguesa…

Así que Annie se aficionó a aquel hobby tan extraño. Y lo practicaba con todas las de la ley, no solamente en esos paseos snobs que tan apreciados eran por las clases pudientes. No, ella intentaba pedalear con fuerza, y lo hacía cada vez que sus obligaciones la dejaban un rato libre. “No quiero pasarme toda mi vida en casa con un bebé bajo mis faldas cada año”, dijo en una ocasión. Tanto se esforzaba que arrancaba exclamaciones de (jocosa) admiración. Y de ahí hasta la apuesta del principio de nuestra historia…solo un paso. Porque era una broma, una chanza. Vale, Nelly Bly había intentado algo parecido un lustro antes, pero hubo de abandonar su aventura. Una excentricidad propia de locas. Ella, Annie Cohen, aceptó el reto.

Tardará más de un año, pero lo logrará. En medio se cambió el nombre, la atacaron salvajes, la quisieron comprar, disfrutó de la popularidad por todo el orbe, saboreó lujos y placeres vedados a las mujeres de su clase. Todo eso…o no, porque la relación de Annie con la verdad era, digámoslo así, más bien difusa. Vamos, que de su viaje tenemos crónicas minuciosas elaboradas por su propia mano (a la vuelta de su epopeya trabajó como periodista, siendo una de las primeras columnistas realmente consideradas en los Estados Unidos) pero en ellas hay que cribar bastante lo que es cierto y lo que no. Porque Annie siempre pensó que la realidad no era lo suficientemente importante como para fastidiar una buena historia…

Veamos, hechos probados. El 25 de junio de 1894, frente al histórico Massachusetts State House, comenzó el viaje. Unos 500 curiosos se habían reunido allí para despedirla entre aplausos (pocos) y burlas (muchas). Annie llevaba un bonito vestido que la cubría hasta los pies y una bicicleta Columbia que pesaba más de 20 kilos. Sobre su rueda trasera, un cartelito que ponía “Londonderry”. Era su primer sponsor, la New Hampshire's Londonderry Lithia Spring Water. Por 100 dólares haría publicidad de agua mineral por todo el mundo. Y, como tenía olfato para los negocios, Annie se cambió también el apellido por otro más eufónico. Sí, el de esa compañía. No más Annie Cohen, den todos la bienvenida a Annie Londonderry.

La verdad es que al principio el viaje de Annie fue bastante errático. Con sus enaguas y su carraca de hierro partió para Nueva York, luego giró al oeste y fue a Chicago, solo para darse cuenta de que allí hacía rasca y volver a Nueva York otra vez. Ya ven, un lío. Entre medias se habían producido dos grandes cambios. Ya no estaba la bicicleta Columbia de veintitantos kilos, sino otra, de la marca Sterling, que pesaba unos diez. Entre otras cosas porque, oh supremo pecado, era de hombre. Una mujer en una bici de hombre, qué males nos ha de deparar el siglo XX, damas y caballeros. Por el camino también perdió Annie las faldas, cambiándolas por unos comodísimos pantalones bombacho, un estilo a los de Tintin para entendernos, que eran los mismos con los que competían los chicos en las carreras. Vamos, que de un plumazo se estaba cargando todas las convenciones habidas y por haber. A partir de entonces solo viajó con una pequeña maleta. Dentro había una muda de ropa y un revolver con perlas incrustadas en la culata, por si acaso. De esa guisa cruzó el Atlántico.

Bien, vamos a aclarar algunas cosas más. Digamos que el viaje de Annie Londonderry era solo “parcialmente” en bicicleta. Vamos, que pedaleaba, pero si podía cogerse un tren, un carruaje o cualquier otro medio de transporte…lo cogía sin problemas. No me miren así, lo mismo hacía el tal Phileas y mírenlo, una leyenda literaria. Además, no crean que Annie iba buscando batir ningún récord. Ya casi al final de su odisea tardó más de cinco semanas en recorrer los 500 kilómetros que separan Los Ángeles de San Francisco. Vamos, que se tomaba las cosas con calma, parando a hablar con la gente, mirando el paisaje…

Al pisar Francia, en Le Havre, Annie ya era una pequeña celebridad. Pedaleando (a ratos) llegó hasta Marsella, donde una multitud recibió a la “valiente viajera” que anunciaban los periódicos. En enero de 1895 cruzó hasta Egipto a bordo del barco “Sidney”…y aquí empiezan las historias maravillosas. Las que seguramente son falsas, pero…vaya, qué ricas están. Recorre Egipto, va a Jerusalén, cruza Arabia hasta Yemen, desde donde otro barco la deja en Sri Lanka, antes de pasar a la India, Singapur, China, Japón, Vietnam… Vuelta al mar y entrada triunfal en los Estados Unidos. Este último tramo lo hizo parando en casi cada ciudad, impartiendo conferencias, contando sus aventuras, los peligros, los momentos excitantes. Y aquí sonreía, maliciosa. Y empezaba a narrar. Fantasías, ficciones. Alguna verdad entre medias, claro, las más increíbles de todas.

Porque eso era lo mejor. Las historias, digo. Que estuvo encarcelada en Shangai, acusada de escándalo público. Que viajó al frente de la guerra chino-japonesa, recibió un balazo en el hombro, se arrojó a un río de aguas heladas y estuvo a punto de morir. Que la rescataron los japoneses solo para mandarla a prisión, y allí un alto jerifalte del ejército se enamoriscó de ella y amenazaba con matarse si no le correspondía. Que en la India estuvo cazando tigres de bengala con miembros de la casa real alemana (el personaje en concreto varía de unas veces a otras). O aquella vez en que, también en la India, fue confundida con un espíritu maligno, y hubo de huir a toda velocidad bajo una lluvia de piedras. Hasta sobre su vida se permitía fantasear. Fue abogada, familiar de un congresista estadounidense, aristócrata, huérfana, estudiante de Medicina en Harvard o inventora. Qué más da, su encanto y carisma era arrollador.

Annie Londonderry, nacida Annie Cohen, entró en Boston el 24 de septiembre de 1895. Fue su última provocación, el último hito en su afán por el espectáculo. Llegó a la ciudad solo 24 horas antes de que se cumpliera la fecha límite para vencer su apuesta. Para ello tuvo que demorarse por semanas en el interior de los Estados Unidos. No importa…todos la adoraban, todos querían conocerla, escribir sobre ella, escucharla hablar. El suyo había sido “el más extraordinario viaje jamás hecho por una mujer”, según dijera el periódico New York World.

Con los bolsillos llenos (al dinero apostado había que sumar otros miles de dólares en charlas y pequeños artículos) Annie y su familia se mudaron a Nueva York, y ella entró a trabajar como periodista en, precisamente, el New York World. El nombre de su columna era toda una declaración de intenciones: The New Woman.

Con el tiempo su historia fue cayendo en el olvido, y la figura de Annie Londonderry quedó desplazada por otras pioneras en…bueno, en un montón de cosas. En el deporte, en la literatura, en la misma emancipación familiar. Pero recientemente Annie ha sido recuperada. Uno de sus descendientes publicó una extensa biografía sobre ella (no especialmente amable, por cierto) e incluso a partir de ese libro se hizo un musical en Broadway. Su título es Spin (Girar).
Dicen que cada noche un montón de mujeres llegaban a verla sobre sus bicicletas. Y que algunas hasta contaban historias maravillosas sobre sus aventuras en países exóticos…


Fuente: https://ctxt.es/es/20181031/Deportes/22611/annie-londonderry-vuelta-al-mundo-en-bicicleta-1894-marcos-pereda.htm#.W9xGWlcB3-Q.twitter

martes, 16 de octubre de 2018

Reinhold Messner o el sueño del Everest

Reinhold Messner apunta a una fotografía del Everest, después de su ascenso sin oxígeno suplementario, en 1980. Getty Images
A Reinhold Messner le dijeron que iba a matarse. Que, como poco, quedaría con secuelas cerebrales muy severas, pero que lo más seguro era que fuera a matarse. No había duda, estaba científicamente demostrado que su próxima aventura no se podía hacer sin sufrir un edema. O sin morir, vaya. Porque lo más seguro era la muerte.

Y, sin embargo, él fue y escaló aquella montaña. ¿Por qué? Porque está allí, hubiera dicho Mallory, un pariente lejano de Inglaterra. ¿Por qué?

El Messner de hoy es un hombre respetable y respetado, alguien con aspecto de empresario moderno, de los que tienen largas barbas, nunca llevan corbata y lucen algún motivo étnico en un collar. Una de esas personas con las que dan ganas de ir a tomar una cerveza porque se nota que tiene mucho que contar. Un icono vivo. Pero no siempre fue así.

No, hubo un tiempo en el que Messner era un personaje incómodo, alguien rodeado de polémica, un luchador contra el imposible que parecía haber dejado atrás aspectos como el sentido común o la solidaridad. Un auténtico alucinado cuyo destino era la muerte. Una figura indeseable en un país como la Italia de los años 70. "Tengo pocos amigos, soy de los que despierta muchas emociones tanto a favor como en contra".

A principios de esa década, Reinhold Messner era considerado como uno de los mejores alpinistas de Europa. Puede que el más osado, quizá el más innovador, seguramente el que buscaba mayor pureza en sus ascensos. Era originario de Bresanona (1944), en el Tirol del Sur italiano, una región lingüística, geográfica y culturalmente ajena al resto del país. Individualismo feroz, genético. Messner era, en aquellos momentos, ajeno al riquísimo folclore italiano del alpinismo, con la conquista del K2 como icono y, a la vez, vergüenza eterna por el enfrentamiento entre Lacedelli y Bonatti. Y es que Italia siempre fue una nación que supo, como pocas, del comportamiento poco heroico que tienen los héroes.

Pero Messner fue diferente, un solitario, alguien que rehúye la compañía. Messner solo apreciaba a Messner, porque en aquellos primeros años era Günther, su hermano, quien le acompañaría en una carrera fulgurante por las paredes más complicadas de los Dolomitas. Todas ellas serán conquistadas con el particular estilo del tirolés, escaladas rápidas y limpias, sin utilizar pitones de metal en ningún momento. Blitzkrieg. Estaban reescribiendo la historia del alpinismo europeo… hasta 1970.
Aquel año ambos emprenden una escalada virgen a través de la imponente cara del Rupal Sur en el Nanga Parbat, pleno Himalaya, una pared de 4.500 metros de roca que corona a 8.125 metros en la novena cumbre más alta del mundo. La expedición está dirigida por Karl Herrligkoffer, un médico muniqués apasionado del himalayismo que busca conquistar para Alemania una vía inédita de este ochomil. Pero todo sale mal.

En una historia que mezcla ambición personal, autoconfianza y la sutil crueldad de la montaña, los hermanos Messner hacen cumbre en medio de una tormenta que se abate inmisericorde sobre la vertiente que acaban de superar. Deben cambiar sobre la marcha sus planes y descender por la cara opuesta. En una época sin GPS, con las comunicaciones entre el campo base y los alpinistas cortadas, y situados en una de las zonas más aisladas del planeta, eso equivalía a una sentencia de muerte casi segura.

Al poco de empezar a bajar un alud sepulta a Günther para siempre (décadas después se encontraron sus restos, desmintiendo las voces que acusaban a Reinhold de haberlo dejado atrás durante el ascenso cegado por sus ansias de hacer cima), y su hermano emprende una huida hacia delante que tiene mucho de onírica. Durante dos noches y un día camina sin descanso, dejando atrás la montaña, los hielos, la nieve. Unos campesinos del valle del Diamir encuentran a un moribundo Messner y lo acercan hasta un puesto militar, donde le proporcionan atención médica. Hay que imaginar la sorpresa de aquellas gentes sencillas al toparse allí, en mitad de la nada, con un occidental vestido con pintorescas ropas de alpinista. Nadie alcanza a comprender cómo aquel hombre ha podido realizar una travesía completa en el Nanga Parbat subiendo por una vertiente y bajando por la contraria en mitad de una tormenta. El recuerdo de esa expedición, del hermano que quedó en el Himalaya, acompañará siempre a Reinhold.

"Las montañas son algo tan elemental que el hombre no tiene el deber ni el derecho de someterlas con los medios que la técnica pone a su alcance". Messner pronuncia estas palabras pensando en el uso de oxígeno, algo totalmente asimilado dentro del ochomilismo, y de lo que Messner, por pura convicción personal, renegaba. No critica a quienes lo utilizan, no lo llama, como  hacen muchos hoy, un doping de montaña, pero él, sencillamente, renuncia. Y renuncia en cualquier tipo de circunstancia.

Volvamos a los 70. Tras la desaparición de Günther, una enorme polémica en Italia y en Alemania acusa a Messner de haber dejado morir a su hermano por ambición personal. Reinhold defiende su inocencia en la prensa mientras que en la montaña comienza a compartir cordada de forma habitual con Peter Habeler, un escalador austriaco que comparte su filosofía, un hombre serio, duro, discreto. Perfecto para el tirolés en ese momento. Juntos forman un equipo ágil y fuerte que consigue escaladas en tiempo récord a monstruos como el Eiger o el Matterhorn. Más tarde dan el salto al Himalaya y ascienden el Gasherbrum I, a 8.068 metros. Lo hacen siguiendo un estilo alpino por vez primera en un ochomil. Y sin oxígeno, claro.

El siguiente reto aparece claro en la mente de Messner: el Everest sin ayuda de oxígeno. Tanto Reinhold como Habeler piensan que el desafío es asequible, pero no todo el mundo opina igual. En 1960 y en 1961, sendas expediciones lideradas por sir Edmund Hillary, el primer ser humano en hollar la cima más alta del mundo, demostraron científicamente que el aire que existía en la cima del monte tan solo permitía que un ser humano sobreviviera allí en completo estado de reposo…Si se hacía un esfuerzo solo cabía esperar un edema cerebral o, casi con toda seguridad, la muerte. Allí, en el techo del planeta, a 8.848 metros, el oxígeno que una persona puede introducir en su organismo es tres veces menor del que podría consumir a nivel del mar. Insuficiente para la vida. Mortífero en pleno esfuerzo. Casi como suicidarse.

Messner y Habeler fueron tachados de lunáticos cuando continuaron con los preparativos de la expedición pese a las advertencias que llegaban desde el mundo médico. Al tirolés, un galeno llegó a espetarle en una entrevista que era totalmente imposible que llevara a cabo la escalada, y que solamente tenía dos opciones: desistir o morir. "Vas a morir, Reinhold". Incluso se llegó a cuestionar la asistencia para los dos alpinistas en caso de que volviesen a Europa con graves daños cerebrales, basándose en que dicha expedición era poco menos que un suicidio anunciado y ninguna compañía aseguradora quería correr riesgos con ellos. Pero nada de eso detuvo a Messner y a Habeler, que llegaron al campo base de la cara nepalí del Everest en marzo de 1978. El Everest, la montaña de los mil nombres. El Everest, que es para los tibetanos el Chomolunga, para los nepalíes Sagamartha, para los antiguos topógrafos occidentales Devadhunka, Chingopamari o Pico XV. El Everest, altivo, que espera.

El primer intento de cumbre, el 23 de abril de 1978, pudo acabar en tragedia, y terminó con los dos alpinistas descendiendo al campo base en mitad de una tormenta y con Messner totalmente desanimado al pensar que, quizás, esta vez su reto sí que era imposible. En un momento dado, hasta el propio Habeler sugiere la posibilidad de utilizar oxígeno, a lo que Messner se niega rotundamente. Prefiere llegar lo más arriba posible sin oxígeno a hollar la cumbre con él.

Ambos se conceden otro intento, y comienzan a ascender realizando noches cada vez a más altitud. Nada les detiene, ni el dolor de cabeza y la visión doble que aqueja a Habeler un día (y que desaparece milagrosamente tras descansar), ni el lento progreso superados los 8.500 metros, momento en el que, según sus palabras, debían detenerse a descansar en mitad de la nieve cada diez o quince pasos. "Sentía que mi mente estaba muerta, escalaba de forma automática. Había olvidado que lo estaba haciendo en el Everest", dijo después Messner. Pero continuaron, y entre la una y las dos de la tarde del 8 de mayo de 1978 ambos alcanzaron la cumbre del Everest sin ayuda suplementaria de oxígeno. "Entré en un estado de abstracción espiritual, ya no pertenezco a mí mismo, ni a lo que alcanzo a ver. Soy únicamente un pulmón jadeante y estrujado flotando sobre la niebla y las cumbres".  Tomaz Humar, escalador esloveno, dijo años después: "Durante una porción infinitesimal de segundo puedo sentir toda la eternidad…". Puede que fuera de esa eternidad de la que hablaba Messner.

Reinhold Messner y Peter Habeler habían desafiado a la comunidad médica y habían ganado. Su conquista sobre lo establecido obligó a revisar todas las conclusiones anteriormente extraídas sobre la incidencia de la altitud en el organismo humano. En cuanto al Everest… a la montaña no la desafiaron, no la conquistaron. "Espero que cuando alguien escriba nuestra historia no hable de conquistar una montaña, sino de cumplir un sueño". Estas palabras las pronunció en 2015 Tommy Caldwell después de ascender, junto a su compañero Kevin Jorgeson, la imponente pared vertical de El Capitán en escalada libre y llevar un poco más lejos el límite del ser humano. Igual que Messner, igual que Habeler.

Cumplir un sueño. Solo eso.

domingo, 30 de septiembre de 2018

John Carlos recuerda el ‘Black Power’ de México’ 68: “Hicimos una sociedad mejor”

Uno de los medallistas que levantaron el puño en el podio en contra del racismo recuerdan la histórica cita medio siglo después

Norman, Smith y Carlos durante la ceremonia de premiación en 1968.
Norman, Smith y Carlos durante la ceremonia de premiación en 1968. AP
La postal es indeleble: dos puños envueltos en un guante negro levantados en contra del racismo. Eran los brazos, derecho e izquierdo, de Tommie Smith y John Carlos, que irrumpieron durante el himno de Estados Unidos. Era la coronación de los 200 metros lisos en los Juegos Olímpicos de 1968. El gesto ha sido el estandarte de protesta de la comunidad afroamericana en 50 años.
El Black Power (poder negro) no ha dejado de estar presente en el deporte. “La gente empezó a aplaudirnos, pero los yanquis [aficionados estadounidenses] que estaban en el estadio convirtieron el júbilo en odio”, relató John Carlos durante una tertulia que sostuvo este lunes en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “Hacer lo correcto no es fácil, no fue fácil para mí. Pensamos que hicimos una mejor sociedad”, apuntó el medallista olímpico.

México conmemora este año medio siglo de los Juegos Olímpicos que organizó en su capital. La competición estuvo salpicada por distintos movimientos sociales. Diez días antes de la inauguración, una protesta pacífica de estudiantes se convirtió en una matanza en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en Ciudad de México, por parte del Gobierno mexicano. 50 años después de la masacre aún no hay una cifra oficial de víctimas. Un informe desclasificado de la Embajada de Estados Unidos señaló que entre 150 y 200 personas perdieron la vida. Oficialmente, solo se han documentado 50 muertas. Algunas organizaciones de desaparecidos han llegado a afirmar que la cifra asciende a más de 300. A ello se sumaron las demandas del Black Power.

John Carlos, con su 1,93 de estatura, camina a cámara lenta. Se da el tiempo de mostrar su gorra con la escena de esa celebración ocurrida el 16 de octubre de 1968. “La Ciudad de México no es consciente de la importancia que el 68 supuso en la lucha racial”, lanzó. El gesto del puño en alto truncó su carrera y la de Smith. “La gente me evadía, me evitaba. Cuando me pedían una foto, la gente detrás no quería salir en la foto, no querían que los relacionaran conmigo. No era que no me respetaban, tenían miedo de las represalias. Yo me aplaudo a mí mismo, cuando llegue la muerte sabré que hice lo mejor”, ahondó en el foro coorganizado por la Universidad Estatal de Arizona.

John Carlos, durante la tertulia.
John Carlos, durante la tertulia. Cultura UNAM
Wyomia Tyus, la primera mujer en conquistar dos oros olímpicos en los 100 metros lisos (Tokio 64 y México 68), recuerda bien aquel día. “Estaba en el estadio gritando por ellos. Estaba sorprendida porque [Smith y Carlos] no llevaban zapatos. Era un momento muy poderoso. Podías escuchar el himno y los murmullos de la gente que se preguntaba qué pasaba. Nosotros no sabíamos qué podía pasar en Ciudad de México, estaba preocupada del cómo la gente lo iba a tomar”. Para Tyus, el momento se convirtió en un parteaguas para los atletas afroamericanos. “Los negros no teníamos derechos y como mujer implicaba doble discriminación […] Se suponía que las mujeres no podían ser mejores que los hombres, ni sudar, ni tener músculos. ¡Yo los tuve! Hay que hablar por los que no tienen voz”, arengó.

La lucha comenzada por Smith y Carlos ha sido heredada por algunos jugadores de fútbol americano, quienes han desafiado la discriminación racial arrodillándose cada vez que suena el himno estadounidense en los partidos de la liga de EEUU. Colin Kaepernick, quien fue hasta hace dos años el quarterback de los 49ers de San Francisco, se convirtió en el símbolo de las protestas por la violencia policial en contra de los negros. A su causa se le unieron más jugadores ante el rechazo absoluto de Donald Trump, su Gobierno, y buena parte de los aficionados. La rodilla a tierra ha costado a Kaepernick su carrera medio siglo después del puño en alto.

Nike lanzó hace algunas semanas una campaña con Kaepernick como protagonista estelar. “Cree en algo. Incluso si significa sacrificarlo todo”, dice la publicidad. “Las empresas antes no tenían visión, hoy la tienen. Le dieron el comercial porque era lo correcto. Es una postura firme y le aplaudo a Kaepernick. Me quito el sombrero”, comentó John Carlos, quien hace medio siglo olvidó sus guantes negros en la Villa Olímpica y tuvo que usar el izquierdo de Smith. “No tuve quién me apoyara entonces, ¡pero nunca es tarde!”, menciona irónica Tyus. “A las empresas les interesa que te calles y ganes medallas. Nosotras éramos negras que hablábamos de la desigualdad”.

La atleta Wyomia Tyus.
La atleta Wyomia Tyus. Cultura UNAM
 “El 16 de octubre fue el llamado de mi vida”, sintetizó John Carlos, quien recorrió nuevamente el estadio Olímpico Universitario y volvió a ver el mismo césped en el que levantó el brazo izquierdo y cabizbajo escuchó el himno de su país con la medalla de bronce en el cuello. La protesta le cambió la vida y puso al racismo en la mira del mundo. “Cuando pensamos en la complejidad de los derechos civiles, el caracol se ha movido lentamente en estos 50 años. Nos preocupaban los derechos civiles del mundo, no solo de los deportistas. Ahora nos sentamos y pensamos, ¿en verdad avanzamos?”, cuestiona.


Fuente: https://elpais.com/deportes/2018/09/25/actualidad/1537879870_087135.html

miércoles, 29 de agosto de 2018

Clapton CFC, el equipo inglés de fútbol que rinde homenaje a la República española

La camiseta luce los colores de la tricolor y elementos alusivos a las Brigadas Internacionales con motivo del 80 aniversario de su disolución
 
Un jugador del Clapton CFC con la nueva camiseta que rinde homenaje a la II República española.
 Un homenaje a la tricolor que llega desde Inglaterra. El Clapton Community Football Club, un modesto equipo de Earlham Grove, jugará la próxima temporada con una equipación en honor a las Brigadas Internacionales que lucharon por la II República española. Este club ha sobrevivido a pandemias globales, una depresión económica y dos Guerras Mundiales. La unión hizo la fuerza, y de tres equipos que compartían campo en un pequeño rincón del Este de Londres, surgió el club a finales de la década de 1870.
 
Detalle de la camiseta en honor a las Brigadas Internacionales.
El Clapton es un club de izquierda, promotor de iniciativas sociales. La segunda camiseta de la temporada 2018/2019 luce los colores de la bandera republicana y ha tenido una gran repercusión en las redes sociales. Puede adquirirse por internet por un precio aproximado de 30 euros, aunque reconocen que ante el éxito y la gran demanda están desbordados. La equipación sólo estará disponible durante este año, ya que cada temporada el equipo dedica su vestimenta en conmemoración de un tema diferente.

El Clapton CFC de Inglaterra luciendo su segunda equipación.

El equipo, al igual que en su nacimiento, sigue en pie gracias a la unión. Actualmente está regido totalmente por una junta de aficionados. Hace meses se abrió una votación para elegir el diseño de la nueva camiseta visitante, elaborada al igual que la local por la marca italiana Rage Sports, saliendo elegida la que homenajea a las Brigadas Internacionales. ¿El motivo? Se cumplen 80 años desde que finalizara la guerra civil y, por ende, se disolviera este cuerpo. La camiseta cuenta además con motivos que aluden al bando republicano, como la estrella de tres puntas o el lema de “No pasarán”.

El Clapton comercializa la prenda deportiva por 25 libras a través de su página web con envíos a todo el mundo. La marca encargada del diseño, Rage Sports, es una compañía local de Caserta, en Italia y solo suministra a pequeños clubes antirracistas utilizando materiales de origen ético y trabajadores con salarios justos. Mientras que en España saltó hace unos meses a todos los medios de comunicación la polémica equipación de la selección española que, mediante un efecto óptico, recordaba a la tricolor, este equipo inglés lleva con orgullo no sólo los colores sino la ideología de base.

Fuente: https://www.lavozdelsur.es/clapton-cfc-el-equipo-londinense-que-rinde-homenaje-a-la-ii-republica-espanola/

martes, 3 de julio de 2018

El triunfo de las atletas italianas negras deja en ridículo la xenofobia del ministro Salvini

"La Italia multicultural nacida del sueño republicano no será detenida", escribe Roberto Saviano. 

Se llaman Raphaela Lukudo, Maria Benedicta Chigbolu, Libania Grenot y Ayomide Folorunso. Sus apellidos no suenan mucho a italiano y el color de su piel es más oscuro que el de los tradicionales oriundos del país de la bota, pero es esa bandera, la de Italia, la que han defendido en los Juegos Mediterráneos que se han disputado en Tarragona. Y con victoria: las cuatro atletas se han impuesto en la prueba de 4x400 de relevos, desafiando con su gesta el racismo que destila el nuevo ejecutivo de Roma y, en especial, su ministro del Interior, Matteo Salvini.

Según informa La Gazzetta dello Sport, Lukudo nació en Caserta (Campania) y es descendiente de sudaneses; Benedicta Chigbolu es romana (de madre italiana y padre nigeriano), Grenot nació en Cuba y se nacionalizó tras casarse con un italiano y Folorunso nació en Nigeria y se mudó a Italia con sus padres cuando tenía apenas siete años.

Chigbolu subió la foto a su cuenta de Instagram y ha corrido como la pólvora en redes sociales, donde muchas personas han utilizado la imagen para reivindicar la Italia multicultural. Lo han hecho utilizando de forma crítica el eslogan de campaña de la Liga, el partido xenófobo que encabeza Salvini: "Los italianos primero". En las redes, las etiquetas #PrimeroLasItalianas, o #LasItalianasPrimero se viralizó.

Sin embargo, más allá de esa oleada de apoyo a las deportistas, también se desató un cruce de acusaciones de racismo, entre exponentes de la cultura y la política. Como informa la agencia ANSA, El Partido Democrático (PD), de centroizquierda, y el escritor Roberto Saviano (autor de libros como Gomorra y a quien Salvini ha amenazado con quitarle la escolta que lo protege de la mafia) elogiaron a las atletas difundiendo la imagen de las cuatro, felices.



Ai oro italiano nella 4×400 grazie a Libania Grenot, Maria Benedicta Chigbolu, Ayomide Folorunso, Raphaela Lukudo. I loro sorrisi sono la risposta all’Italia razzista di Pontida. L’Italia multiculturale nata dal sogno repubblicano non verrà fermata.
 En su cuenta de Twitter, Saviano escribió: "En los #JuegosdelMediterráneo oro italiano en la 4x400 gracias a Libania Grenot, Maria Benedicta Chigbolu, Ayomide Folorunso, Raphaela Lukudo". "Sus sonrisas son la respuesta a la Italia racista de Pontida (la ciudad de Lombardía donde se realizó el domingo el multitudinario encuentro anual de la Liga Norte, NDR). La Italia multicultural nacida del sueño republicano no será detenida", agregó.

 El expremier del PD, Matteo Renzi, escribió, por su parte: "La noticia más hermosa de ayer, entretanto, llega de los Juegos del Mediterráneo, no de Pontida. Gana la Italia que no tiene miedo: #PrimeroLasItalianas". El propio Salvini, sin embargo, no ahorró un elogio para las atletas, a las que definió como "bravissime" (buenísimas), "me gustaría encontrarme con ellas y abrazarlas".

 "Yo soy italiana al 1000 por ciento y para mí es un honor hacer ondear la bandera tricolor. ¿Salvini? No excluyo nada, estoy disponible para reunirme con él pero después de los europeos de Berlín.
 Ahora tengo que entrenar", dijo a ANSA Libania Grenot, la más conocida de las cuatro atletas ganadoras en los juegos.



Bravissime, mi piacerebbe incontrarle e abbracciarle.
Come tutti hanno capito (tranne qualche “benpensante” e rosicone di sinistra)...
Applausi ragazze!!!
 Pero el ministro de Agricultura Gianmarco Centinaio (de la xenófoba Liga Norte) no tardó en polemizar, acusando a los defensores de las atletas negras de ser los verdaderos racistas y definiéndolos como "politiqueros de salón". "Ganadas 156 medallas en los Juegos del Mediterráneo y Saviano y el PD solo se acuerdan de las ganadas por las atletas de color. ¿Quién es el racista? Bravo a TODOS los atletas italianos. La verdadera respuesta a los politiqueros de salón".

"Los verdaderos racistas -agregó en otro tuit- son los que se olvidan de todos los demás atletas que ganaron medallas", concluyendo el mensaje con el hashtag #savianoveatrabajar.

Italia multicultural
El título multicultural de hecho no es una novedad para el deporte italiano. Ya en el año 2000 en los Juegos Olímpicos de Sydney el abanderado italiano fue el basquetbolista negro Carlton Myers. Y luego hubo otros atletas negros con la camiseta "azzurra", desde Fiona May a Mario Balotelli. Pero las cuatro muchachas de los Juegos del Mediterráneo -además de Grenot, Benedicta Chigbolu es romana de padre nigeriano; Ayomide Folorunso tiene origen nigeriano y Raphaela Lukudu padres sudaneses- despertaron una tormenta política.

Sin embargo, Grenot dijo a ANSA que "no habla de política". "Prefiero concentrarme en los entrenamientos, estoy muy feliz por el oro que ganamos, es el modo en que el deporte mantiene alto el nombre de Italia. Por mi parte lo considero un honor, estoy orgullosa de representar a nuestro país. Traer un oro a la nación de la que me siento profundamente parte siempre es una excelente noticia".
Grenot nació en Santiago de Cuba el 12 de julio de 1983. Desde 2006 se mudó a Italia por amor: la ciudadanía le llegó en 2008 y con ella una aventura con la selección, que la llevó al podio varias veces.

Más información: https://www.huffingtonpost.es/2018/07/03/el-triunfo-de-las-atletas-italianas-negras-deja-en-ridiculo-la-xenofobia-del-ministro-salvini_a_23473538/