viernes, 2 de noviembre de 2018

La vuelta al mundo (en bicicleta) de Annie Londonderry

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 El comienzo es como el de la inmortal obra de Verne, solo que en este caso Phileas Fogg (o Willy Fogg, si estudiaron ustedes en la EGB) lleva faldas, enaguas y sombrero de mujer. Hay dos miembros de un club de Boston que se burlan de una muchacha, una jovenzuela con delirios de grandeza, una de esas que leen a Mary Wollstonecraft y quieren no sé qué historias de igualdad. Su propuesta es ridícula: dar la vuelta al mundo en bicicleta, nada menos. Vale que Thomas Stevens lo había logrado ocho años antes, pero él era un hombre, un hombre, no una apocada damisela. Así que, ufanos, lanzan la apuesta. Si usted logra dar la vuelta al mundo sobre esa máquina, señorita, nosotros le pagaremos 5.000 dólares. Ha escuchado bien…5.000 dólares. Pero, eso sí, tiene que hacerlo en menos de quince meses. Y volvieron a reír.

Ella, Annie Cohen, aceptó. Es el año 1894 y su aventura está a punto de empezar.

Cohen contaba solo 24 primaveras pero toda una biografía detrás. Por de pronto no era americana, sino rusa (hoy sería letona). Había nacido en Riga en 1870, hija de padres judíos. Cuando era niña toda la familia emigró a Estados Unidos. Tiempos de felicidad. Cinco hermanos (era la mediana) que quedan huérfanos en 1887 al fallecer ambos progenitores. Annie tenía 17 años y fue consuetudinariamente escogida como señora de la casa. Inquieta, independiente, de ideas avanzadas, se casó poco más tarde con un vendedor ambulante de nombre Max Kopchovsky. Leyendo sobre su personalidad uno pensaría que intentaba huir de las cadenas familiares, pero lo cierto es que el día a día no cambió mucho. Tuvo tres hijos en cuatro años con Max, que es algo que quita bastante tiempo libre, la verdad.

Con todo, Annie era diferente. Le gustaba leer, le gustaba discutir, defendía ideas totalmente contrarias a lo que en la época se conocía como “una correcta damisela victoriana”. Afortunadamente, vaya. Tenía inteligencia, imaginación, un agudo sentido del humor y un toque irónico que más tarde iba a encandilar a miles de personas. Pero no nos adelantemos.

Lo cierto es que Annie puso sus ojos sobre la bicicleta, el velocípedo, ese objeto maléfico que dejaba que las jovencitas, oh pecaminoso mundo, se alejasen kilómetros y kilómetros de las benéficas influencias masculinas. “El uso de la bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa del mundo”, dirá Susan B. Anthony, y en el Congreso Feminista Internacional, celebrado en Paris el año 1896, Maria Pognon saludó “el liberador impacto que la bicicleta tuvo para la igualdad”. Huelga decir que quienes defendían estas posturas eran tachadas de locas, de asociales. El deporte era cosa de hombres, y las mujeres solo debían darle besitos al vencedor y celebrar sus hazañas. Más aun con la bici, que pronto fue vista por los más conservadores (que de aquella eran casi todos) como instrumento del demonio “que alejaba a las mujeres de sus deberes como buenas esposas”. Si las damas optaban, supremo descaro, por llevar ropas masculinas en sus paseos velocipédicos ya se consideraba ataque frontal contra la moralidad burguesa…

Así que Annie se aficionó a aquel hobby tan extraño. Y lo practicaba con todas las de la ley, no solamente en esos paseos snobs que tan apreciados eran por las clases pudientes. No, ella intentaba pedalear con fuerza, y lo hacía cada vez que sus obligaciones la dejaban un rato libre. “No quiero pasarme toda mi vida en casa con un bebé bajo mis faldas cada año”, dijo en una ocasión. Tanto se esforzaba que arrancaba exclamaciones de (jocosa) admiración. Y de ahí hasta la apuesta del principio de nuestra historia…solo un paso. Porque era una broma, una chanza. Vale, Nelly Bly había intentado algo parecido un lustro antes, pero hubo de abandonar su aventura. Una excentricidad propia de locas. Ella, Annie Cohen, aceptó el reto.

Tardará más de un año, pero lo logrará. En medio se cambió el nombre, la atacaron salvajes, la quisieron comprar, disfrutó de la popularidad por todo el orbe, saboreó lujos y placeres vedados a las mujeres de su clase. Todo eso…o no, porque la relación de Annie con la verdad era, digámoslo así, más bien difusa. Vamos, que de su viaje tenemos crónicas minuciosas elaboradas por su propia mano (a la vuelta de su epopeya trabajó como periodista, siendo una de las primeras columnistas realmente consideradas en los Estados Unidos) pero en ellas hay que cribar bastante lo que es cierto y lo que no. Porque Annie siempre pensó que la realidad no era lo suficientemente importante como para fastidiar una buena historia…

Veamos, hechos probados. El 25 de junio de 1894, frente al histórico Massachusetts State House, comenzó el viaje. Unos 500 curiosos se habían reunido allí para despedirla entre aplausos (pocos) y burlas (muchas). Annie llevaba un bonito vestido que la cubría hasta los pies y una bicicleta Columbia que pesaba más de 20 kilos. Sobre su rueda trasera, un cartelito que ponía “Londonderry”. Era su primer sponsor, la New Hampshire's Londonderry Lithia Spring Water. Por 100 dólares haría publicidad de agua mineral por todo el mundo. Y, como tenía olfato para los negocios, Annie se cambió también el apellido por otro más eufónico. Sí, el de esa compañía. No más Annie Cohen, den todos la bienvenida a Annie Londonderry.

La verdad es que al principio el viaje de Annie fue bastante errático. Con sus enaguas y su carraca de hierro partió para Nueva York, luego giró al oeste y fue a Chicago, solo para darse cuenta de que allí hacía rasca y volver a Nueva York otra vez. Ya ven, un lío. Entre medias se habían producido dos grandes cambios. Ya no estaba la bicicleta Columbia de veintitantos kilos, sino otra, de la marca Sterling, que pesaba unos diez. Entre otras cosas porque, oh supremo pecado, era de hombre. Una mujer en una bici de hombre, qué males nos ha de deparar el siglo XX, damas y caballeros. Por el camino también perdió Annie las faldas, cambiándolas por unos comodísimos pantalones bombacho, un estilo a los de Tintin para entendernos, que eran los mismos con los que competían los chicos en las carreras. Vamos, que de un plumazo se estaba cargando todas las convenciones habidas y por haber. A partir de entonces solo viajó con una pequeña maleta. Dentro había una muda de ropa y un revolver con perlas incrustadas en la culata, por si acaso. De esa guisa cruzó el Atlántico.

Bien, vamos a aclarar algunas cosas más. Digamos que el viaje de Annie Londonderry era solo “parcialmente” en bicicleta. Vamos, que pedaleaba, pero si podía cogerse un tren, un carruaje o cualquier otro medio de transporte…lo cogía sin problemas. No me miren así, lo mismo hacía el tal Phileas y mírenlo, una leyenda literaria. Además, no crean que Annie iba buscando batir ningún récord. Ya casi al final de su odisea tardó más de cinco semanas en recorrer los 500 kilómetros que separan Los Ángeles de San Francisco. Vamos, que se tomaba las cosas con calma, parando a hablar con la gente, mirando el paisaje…

Al pisar Francia, en Le Havre, Annie ya era una pequeña celebridad. Pedaleando (a ratos) llegó hasta Marsella, donde una multitud recibió a la “valiente viajera” que anunciaban los periódicos. En enero de 1895 cruzó hasta Egipto a bordo del barco “Sidney”…y aquí empiezan las historias maravillosas. Las que seguramente son falsas, pero…vaya, qué ricas están. Recorre Egipto, va a Jerusalén, cruza Arabia hasta Yemen, desde donde otro barco la deja en Sri Lanka, antes de pasar a la India, Singapur, China, Japón, Vietnam… Vuelta al mar y entrada triunfal en los Estados Unidos. Este último tramo lo hizo parando en casi cada ciudad, impartiendo conferencias, contando sus aventuras, los peligros, los momentos excitantes. Y aquí sonreía, maliciosa. Y empezaba a narrar. Fantasías, ficciones. Alguna verdad entre medias, claro, las más increíbles de todas.

Porque eso era lo mejor. Las historias, digo. Que estuvo encarcelada en Shangai, acusada de escándalo público. Que viajó al frente de la guerra chino-japonesa, recibió un balazo en el hombro, se arrojó a un río de aguas heladas y estuvo a punto de morir. Que la rescataron los japoneses solo para mandarla a prisión, y allí un alto jerifalte del ejército se enamoriscó de ella y amenazaba con matarse si no le correspondía. Que en la India estuvo cazando tigres de bengala con miembros de la casa real alemana (el personaje en concreto varía de unas veces a otras). O aquella vez en que, también en la India, fue confundida con un espíritu maligno, y hubo de huir a toda velocidad bajo una lluvia de piedras. Hasta sobre su vida se permitía fantasear. Fue abogada, familiar de un congresista estadounidense, aristócrata, huérfana, estudiante de Medicina en Harvard o inventora. Qué más da, su encanto y carisma era arrollador.

Annie Londonderry, nacida Annie Cohen, entró en Boston el 24 de septiembre de 1895. Fue su última provocación, el último hito en su afán por el espectáculo. Llegó a la ciudad solo 24 horas antes de que se cumpliera la fecha límite para vencer su apuesta. Para ello tuvo que demorarse por semanas en el interior de los Estados Unidos. No importa…todos la adoraban, todos querían conocerla, escribir sobre ella, escucharla hablar. El suyo había sido “el más extraordinario viaje jamás hecho por una mujer”, según dijera el periódico New York World.

Con los bolsillos llenos (al dinero apostado había que sumar otros miles de dólares en charlas y pequeños artículos) Annie y su familia se mudaron a Nueva York, y ella entró a trabajar como periodista en, precisamente, el New York World. El nombre de su columna era toda una declaración de intenciones: The New Woman.

Con el tiempo su historia fue cayendo en el olvido, y la figura de Annie Londonderry quedó desplazada por otras pioneras en…bueno, en un montón de cosas. En el deporte, en la literatura, en la misma emancipación familiar. Pero recientemente Annie ha sido recuperada. Uno de sus descendientes publicó una extensa biografía sobre ella (no especialmente amable, por cierto) e incluso a partir de ese libro se hizo un musical en Broadway. Su título es Spin (Girar).
Dicen que cada noche un montón de mujeres llegaban a verla sobre sus bicicletas. Y que algunas hasta contaban historias maravillosas sobre sus aventuras en países exóticos…


Fuente: https://ctxt.es/es/20181031/Deportes/22611/annie-londonderry-vuelta-al-mundo-en-bicicleta-1894-marcos-pereda.htm#.W9xGWlcB3-Q.twitter

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