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miércoles, 19 de diciembre de 2018

El corazón del coche eléctrico

El corazón del coche eléctrico
Dos chicos trabajando en el exterior de la mina artesanal de Kimpese, en el sur de República Democrática del Congo (Álvaro Barrantes)
 A sólo diez metros bajo tierra ya cuesta respirar y envuelve la oscuridad. Mbuyu Alain se retuerce por un túnel estrecho de piedra negra y la débil luz de su frontal se disipa en cuanto se cuela por un recoveco a la izquierda. Tiene que arrastrarse por el suelo, entre unas maderas que sostienen el techo, para avanzar. Cuando llega al otro lado, su padre Idi Kamango, de 64 años, que le espera encajado entre dos rocas, le alcanza una barra de metal. En unos segundos, el repique de la vara contra la montaña inunda el laberinto de túneles bajo tierra. Mbuyu golpea con el vigor de sus 48 años y el ánimo de quien intuye la buena suerte. “¡Es cobalto, es cobalto!”, exclama. Como redobla su pasión para picar contra la piedra y nota la inquietud del único novato allí abajo, se detiene para transmitir calma. “Aquí no hay peligro, ¿lo ves? No se cae. No cae. Pero hay otras zonas que si tú pegas así, se cae”. Ninguno de los dos lleva casco ni guantes y ambos lucen sandalias en los pies. No hay ni una sola medida de seguridad.

(Álvaro Barrantes)
 Minutos después, ya en la entrada de la mina artesanal de Kimpese, en el sur de República Democrática del Congo, Mbuyu y su padre abren un saco lleno de polvo oscuro y lo restriegan entre los dedos. “Aquí decimos que el dinero está dentro de la tierra. Cavamos, encontramos los minerales, los cogemos y nos los compran”. Los dos contestan al unísono sobre quién es el comprador: los chinos.

(Álvaro Barrantes)
 Ambos hablan sin miedo pero no están solos. Desde la distancia observa la escena un vigilante vestido de civil con un kaláshnikov y, unos metros más abajo, a la entrada del poblado minero de casas de chapa y tela, los niños que probablemente ese día no han ido a la mina por la visita de este reportero, cargan pesados sacos de piedras molida con cobalto, cobre y oro. Pese a que la atmósfera artesanal y precaria no lo anuncia, nos encontramos en el corazón de la revolución tecnológica más importante del siglo XXI.

La provincia de Katanga —desde hace tres años dividida en 4 distritos— alberga el 58% de las reservas mundiales de cobalto, un mineral azulón clave para las baterías de dispositivos eléctricos como smartphones u ordenadores y también para la conquista tecnológica más deseada: el coche eléctrico.

Aunque actualmente la flota de este tipo de vehículos es escasa —apenas 3,1 millones en el mundo en el 2017–, según la Agencia Internacional de Energía, en el año 2030 se alcanzarán los 125 millones de vehículos eléctricos. Para la consultora McKinsey, la cifra es corta: serán 340 millones. Sólo esas expectativas ya han supuesto un terremoto en suelo congolés.

(Álvaro Barrantes)
 Como las baterías de los coches eléctricos necesitan una gran cantidad de cobalto —entre once y cuatro kilos por vehículo—, la demanda se ha disparado. El precio también: si del 2013 al 2016 la tonelada métrica se situaba en torno a los 25.000 dólares, actualmente ya alcanza los 86.750 dólares.

 La fiebre por el oro azul ha cambiado incluso el perfil de algunas poblaciones congolesas. En las ciudades de Kolwezi y Likasi, cientos de vecinos han agujereado literalmente sus jardines y suelos de las cocinas en busca del cobalto. Para el empresario congolés Papy Shaty, propietario de minas de cobre y cobalto, la gente actúa por desesperación. “Son vecinos pobres y prefieren destruir sus casas porque los minerales del subsuelo tienen más valor. Toda el subsuelo de la ciudad está lleno de túneles”.

Para la industria, el cobalto no es un mineral más: es esencial para evitar el sobrecalentamiento de las baterías de litio, acelerar su carga y alargar su vida útil. Aunque el sector trabaja para reducir la cantidad de cobalto en sus baterías, actualmente el cobalto es imprescindible para acabar con la adicción a los combustibles fósiles de la industria del automóvil y reducir su impacto en el cambio climático.

(Álvaro Barrantes)
 Sólo es necesario pasearse por los restaurantes más exclusivos de las ciudades de Lubumbashi, Likasi o Kolwezi para percibir que la pugna mundial por controlar el mineral más codiciado del futuro ya ha comenzado. Cuando anochece y el humo envuelve el aire, la terraza del Skala de Likasi se llena de negocios turbios. Alrededor de las mesas más discretas, se reúnen cada atardecer hombres de negocios asiáticos, europeos o americanos con intermediarios congoleses bien conectados o militares con licencias de minas para el mejor postor. A diferencia de otras zonas del país en conflicto permanente y presencia de grupos rebeldes, como los Kivus del este o Kasai, en el centro, la región de Katanga está relativamente pacificada porque allí se hacen negocios de alto nivel: la provincia, muy militarizada y donde operan multinacionales estadounidenses y chinas pero también suizas, rusas o canadienses, genera el 71% de los beneficios de todo el sector minero de Congo. Una fortuna descomunal.

En el mercado del cobalto, un actor ha tomado la delantera: China. Según el Servicio Geológico de
EEUU, el Gobierno chino, que actualmente usa el 80% del cobalto en la industria de baterías recargables para pequeños dispositivos electrónicos, ha comprado para su reserva nacional más de 5000 millones de toneladas de cobalto congolés en vistas a la explosión del mercado de vehículos eléctricos. Y bajo mano tampoco deja de comprar. La mayoría del cobalto extraído artesanalmente en Congo —el 15% del que sale de Katanga— lo compran minoristas chinos que después lo revenden a empresas de su país. En estos puntos de venta intermedios, donde los asiáticos adquieren mineral bruto que luego venden a grandes compañías para que lo refinen, nadie pregunta sobre el origen del mineral ni si en la mina trabajan niños o se respetan los derechos humanos.

En la industria automovilística, la dependencia del cobalto se observa con preocupación. Además de su alto coste —Tesla ha reducido un 60% la cantidad de cobalto en sus baterías los últimos seis años y busca alternativas para bajarla aún más— inquieta la concentración de las reservas en un país inestable

como Congo, que en diciembre afronta unas elecciones presidenciales especialmente turbulentas, y donde muchas minas no cumplen las condiciones mínimas de trabajo digno. Hay motivos. Las bondades del automóvil recargable, que reducirá los gases contaminantes y limpiará los cielos del primer mundo, tiene en la infancia de Congo la cara oscura de la moneda. Tras una investigación en la zona, Amnistía Internacional estimó que en el sector minero de cobalto trabajan hasta 40.000 niños en el proceso de extracción o transporte, con jornadas de 12 horas diarias a cambio de 2 dólares.

Aunque todas las grandes compañías del sector como Apple, Tesla, General Motors o BMW, entre otras, tienen una política de cero tolerancia con el trabajo infantil, Amnistía advierte del riesgo de que los canales de suministro de cobalto supuestamente limpios se vean contaminados. Ocurre en todo Congo. Cerca de Walikale, en la región de los Kivus del este, el dueño de una mina de casiterita, coltán y cobalto admitía abiertamente y entre cervezas cuál era su táctica para conseguir pasar los controles: enviaba a trabajar a los niños por la noche, cuando nadie miraba.

domingo, 7 de octubre de 2018

Una tarde en el hospital donde vuelven a la vida las mujeres violadas del Congo

Furaha, cuyo nombre en suahili significa 'Alegría', es operada tras una violación múltiple. ALBERTO ROJAS
 Cuando atraviesas la puerta del hospital Panzi, en la zona alta de Bukavu, la capital de Kivu Sur, te llaman la atención cuatro cuestiones: 1.- Hay cientos de mujeres violadas descansando en sus jardines, hablando en susurros en sus pasillos, recuperándose en sus habitaciones. ¿Cuál es la dimensión real de la violencia sexual en esta zona? 2.- Estamos, posiblemente, en el lugar más limpio, ordenado y decente del Congo. 3.- El sufrimiento físico y mental que estas mujeres han padecido es inimaginable, pero saber que están en las mejores manos es un consuelo. Y 4.- A penas hay seguridad privada en la puerta del centro y desde luego ninguna pública. En su interior trabaja uno de los médicos más amenazados del mundo, que ya ha sufrido cuatro atentados contra su vida y sigue acudiendo a diario a trabajar. Hablamos de Denis Mukwege, el ginecólogo que ha operado a miles de mujeres asaltadas por grupos armados como arma de guerra.

En el interior del centro se acaba la inquietud de las calles, la criminalidad, el ruido o la violencia. Dentro las reglas son estrictas y se respira ambiente de jardín japonés. Los equipos del doctor no sólo reparan los cuerpos de las mujeres, sino que vuelven a activar sus mentes. Las mujeres congoleñas son muy valientes: muchas luchan con todas sus fuerzas contra sus violadores, a veces varios militares a la vez, y después de la violación quedan paralizadas, incapaces de mover los brazos. Allí, en la primera fase, comienzan un curso impartido por antiguas pacientes ya sanadas para coser vestidos, monederos, cestas de mimbre. El objetivo es que comiencen a mover las extremidades, que vuelvan a comunicarse, que ganen toda la autoestima robada por los criminales. Con la venta de estos productos ganan un dinero necesario para seguir alimentando a su familia mientras ellas se recuperan.

En segundo término se les explican sus derechos y la posibilidad de denunciar a sus asaltantes. El hospital les proporciona ayuda legal gratuita. Por desgracia, sólo una ínfima minoría denuncia. Las posibilidades de condenar a los perpetradores de violencia en el Congo son mínimas. La impunidad es total. El miedo a la venganza, además, también funciona. No es una visita fácil: Hay mujeres enteras y mujeres quebradas para siempre. Una de ellas, cuyos ojos fueron arrancados por los violadores, intuye la presencia del periodista. "Creemos que el violador era alguien conocido por ella, la dejó ciega para que no pudiera identificarlo". Otra fase es la operación propiamente dicha. El hospital Panzi cuenta con los mejores quirófanos junto al Heal Africa de la ciudad gemela de Goma, la capital de Kivu Norte, que también sufre la epidemia de la violencia sexual como arma de guerra. 

Una mujer violada por varios militares, es atendida por personal médico en la ciudad de Goma. ALBERTO ROJAS
  Hasta allí viajan ginecólogos de todo el mundo para aprender de los doctores congoleños de los equipos de Mukwege, los mejores del mundo en reparaciones de vaginas de mujeres violadas y fístulas obstétricas, una de las lesiones más graves, casi siempre consecuencia también de una violación. Mukwege, el director de este milagro, es el más relevante en esta lucha, pero no el único: la locutora Caddy Adzuba, desde los micrófonos de Radio Okapi, denuncia a diario la plaga de violaciones; Justine Masika, abogada cuya hija fue violada y asesinada, persigue legalmente a los perpetradores desde su oficina, aunque esté en el punto de mira de todos ellos...

Fuente: http://www.elmundo.es/internacional/2018/10/06/5bb7743922601dd0108b45f6.html

viernes, 6 de octubre de 2017

Denis Mukwege: "Debe haber un consenso en contra de la violación utilizada como arma de guerra"

El doctor Denis Mukwege es ginecólogo en el Congo y ha visto con sus propios ojos la crueldad de la violencia sexual en la guerra.

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  Denis Mukwege es el hombre que arregla a las mujeres. Lleva 24 años curándolas en el Congo. Este ginecólogo congoleño de 62 años dedica su vida a denunciar la violencia contra las mujeres y niños que tiene lugar en su país (y en todo el mundo). Actualmente vive y trata a sus pacientes en el Hospital Panzi, fundado por él mismo. Allí recibe a cientos de víctimas: desde esclavas sexuales torturadas y violadas con todo tipo de objetos hasta bebés de pocos meses que son víctimas de violencia sexual. Mukwege, que recibió el premio Sájarov en 2014 por su trabajo a favor de las mujeres víctimas de violencia y lleva años entres los favoritos para recibir el Nobel de la Paz, tiene la crueldad grabada en la retina de sus ojos.

Al Hospital Panzi han llegado ya más de 50.500 víctimas de violencia sexual. Algunas de ellas llegan desnudas, cubiertas de sangre o embarazadas tras ser violadas. No sólo es importante el sufrimiento físico: muchas de estas mujeres son violadas delante de sus familias y de su comunidad y rechazadas por la misma. Otras llegan con heridas internas producidas por objetos punzantes o con sal dentro de la vagina. "Sus vidas quedan destrozadas", afirma el doctor, que se ha jugado la vida —literalmente— por curar a estas supervivientes (así es como le gusta llamarlas).

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El dr Mukwege en el Hospital Panzi, donde trabaja.
 Y sí. Se ha jugado la vida porque Denis Mukwege ha escapado a varios intentos de secuestro y asesinato. Uno de los más sonados fue en octubre de 2012, cuando varios pistoleros le dispararon a la puerta de su casa, matando al guardia que le acompañaba.

Mukwege se exilió a Bélgica para poner a salvo a su familia. Pero el Congo le necesitaba. Las mujeres congoleñas le necesitaban. Así que no se resignaron y reunieron el dinero para pagarle un billete de vuelta. Mukwege supo entonces que su sitio estaba con ellas y volvió. Hasta hoy, que trabaja en su propio hospital, donde trata a las hijas y nietas de las primeras mujeres a las que curó. Su activismo tiene por objetivo, desde hace años, evitar que acuda a sus instalaciones otra generación de mujeres destrozadas.

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 Algunas de sus pacientes le llaman "superhéroe", pero parece que no a todos les gusta su trabajo. De hecho, ha logrado escapar de la muerte y el secuestro en varias ocasiones. ¿Cómo es su vida ahora?
Los riesgos siguen siendo muy elevados para mí y para el personal médico del Hospital Panzi y de la Casa Dorcas. Algunos miembros de nuestro personal han sido secuestrados, golpeados y violados. En abril, uno de nuestros colegas —y un amigo muy querido para mí—, el doctor Gildo Byamungu, fue asesinado debido a esta situación.

Estudió medicina y luego se especializó en ginecología. ¿Qué le llevó a escoger este trabajo?
Decidí convertirme en doctor cuando todavía era niño y acompañaba a mi padre, que era pastor pentecostal. A menudo visitábamos y orábamos con los enfermos. Una vez, me llevó con él a visitar a un niño enfermo que tenía mi edad. Cuando nos fuimos, le pregunté por qué él no le había dado la medicina, como lo hacía conmigo. Él me respondió que sólo los médicos pueden recetar medicamentos. Fue entonces cuando le dije a mi padre que sería médico para curar y proporcionar medicina, además de las oraciones.

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El doctor Denis Mukwege inspecciona a una paciente.
 Estudió en Europa y pudo haberse quedado allí cuando corría peligro. Pero volvió al Congo. ¿Por qué?
Regresé al Congo pensando en practicar pediatría y me sorprendió encontrar tasas tan brutales de mortalidad materna e infantil. Nuestro primer paciente nada más abrir el Hospital Panzi en 1999 tenía heridas horribles fruto de una violación brutal. Fue entonces cuando nosotros nos dimos cuenta de que era una aberración y de que esta violencia no para de repetirse. Además, la impunidad de los perpetradores y un sistema de justicia roto contribuyen a este sufrimiento.

Por eso volví. Hay muchas víctimas. Algunas de ellas mueren por heridas, infecciones o embarazos y nunca llegan a nuestro hospital. Sufren sin poder llegar a nosotros, quizá porque no saben que hay un lugar donde pueden recibir atención.

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El doctor Mukwege en el Hospital Panzi
 En mi trabajo, he tenido pacientes que se despiertan de un coma o de una anestesia preguntando de inmediato si sus hijos han comido algo o han ido a la escuela. Para las mujeres, la prioridad son sus hijos, no ellas.

Para que nos hagamos a la idea, ¿cuántas víctimas de violencia sexual ha recibido el Hospital de Panzi en su historia? O, si es más fácil, ¿cuántas llegan al día?
Entre el Hospital Panzi, nuestras instalaciones rurales y las clínicas móviles, hemos tratado a más de 50.680 supervivientes de violencia sexual, desde 1999 hasta finales de 2016. Además, hemos tratado a muchas otras pacientes que han llegado con lesiones ginecológicas complejas a causa del embarazo o de otras cuestiones. Aunque la necesidad de mejorar el acceso a la atención de salud materna sigue siendo urgente, ya que cada día llegan nuevas víctimas.

¿Qué les dice a esas mujeres destrozadas? ¿De qué habla con ellas?
Lo que nosotros hacemos es crear un ambiente que les ayude a reclamar su dignidad, restaurar su salud física y mental y ayudarles a comprender que poseen el poder de ser agentes de cambio en sus propias vidas, familias y comunidades. El estigma y la vergüenza deberían ser transferidos a los perpetradores de estos ataques.

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El dr Mukwege recibe el premio Sájaro
 ¿Quienes son los atacantes? ¿Cuáles son las penas por estas agresiones?
Algunos de los soldados actuales tienen antecedentes de niños soldados. Fueron capturados en su niñez, entrenados y obligados a saquear y a cometer atrocidades indescriptibles contra civiles inocentes, e incluso a sus familias, amigos y miembros de sus comunidades. A menudo, la línea entre el perpetrador y la víctima es muy delgada.

Aunque ha habido algunos criminales traídos a juicio, muy pocos comandantes y altos líderes se enfrentan a la justicia por las atrocidades que se cometen bajo su vigilancia, ya sea porque lo ordenan o por su silenciosa complicidad.

Ha denunciado que la violencia sexual también recae sobre los menores. ¿Qué casos de este tipo ha llegado a encontrarse? ¿Cómo es el proceso de curación?
Cuando abrimos el hospital en 1999, tratamos a una generación de mujeres que sufrieron heridas brutales. Nos preocupamos por ellas y sus hijos. Hoy, tratamos a sus hijas y nietas, que están sufriendo el mismo destino: estar embarazadas por violación. Esto no es justicia.

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El dr Mukwege con sus pacientes en el Hospital Panzi
 El modelo que hemos desarrollado para la curación integra todas sus necesidades para sanar física y psicológicamente. Al mismo tiempo, abordamos una curación psicosocial. Las supervivientes más jóvenes, reanudan su educación. A las mujeres mayores, les proporcionamos formación profesional y apoyo socioeconómico para ayudarlas a cuidarse, a alimentar a sus hijos y a poner un techo sobre sus cabezas. Tenemos programas destinados a curar el trauma. En un contexto de respuesta humanitaria, la sanación física y emocional de las mujeres también está relacionada con su capacidad para reintegrarse y prosperar en sus familias y comunidades.

Ha tachado de "epidemia" estas violaciones sistemáticas. ¿Son una estrategia de guerra? ¿Es el cuerpo de estas víctimas otro campo de batalla?
Igual que existe un consenso internacional contra el uso de armas nucleares, contra las armas químicas y biológicas y contra la tortura, también debe haber un consenso en contra de la violación utilizada como arma de guerra.

La violación en la guerra es barata, es eficaz y paraliza y desactiva a las mujeres. También a los niños. Hemos tratado incluso a bebés que han sufrido violencia sexual. Pero también paraliza a familias y comunidades enteras, permitiendo a los perpetradores tomar recursos y territorio.
Esta es una crisis de toda la humanidad.

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 Lleva muchos años trabajando con estas víctimas ¿Llega uno a acostumbrarse? ¿A qué no se ha acostumbrado?
Es una pregunta difícil de responder cuando uno ve cómo las mujeres sufren durante toda su vida, cuando nunca he conocido a una mujer que haya sido violada y, después, haya sido normal. Sus vidas han sido destruidas y tu lo ves. Ves lo difícil que es ayudarles. Y ya si le ha pasado a niños es aún peor. Cuando las niñas son incontinentes y tienen heridas hechas con una violencia inimaginable... Y me preguntan: "Doctor, ¿cuál será mi futuro? ¿Alguna vez podré ir al baño? ¿Podré casarme alguna vez?". Eso es traumático. Tú estás haciendo tu trabajo, pero es un trauma.

Aún así el trabajo debe continuar. Esta injusticia no puede existir ni ser aguantada siempre.


Fuente: http://www.huffingtonpost.es/2017/10/06/denis-mukwege-debe-haber-un-consenso-en-contra-de-la-violacion-utilizada-como-arma-de-guerra_a_23057588/