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viernes, 23 de noviembre de 2018

Cómo pasar del Black Friday al Green Friday. Superando el síndrome Spinner


 A propósito del Black Friday no he podido evitar pensar en este objeto creado por Catherine Hettinger -una mujer norteamericana con una enfermedad autoinmune- a finales de los noventa para distraer a su hija pequeña de 7 años en casa. El año pasado estaba en cualquier tienda de barrio: un artilugio de plástico que podía mantenerse girando sobre los dedos durante varios minutos, también conocido como “Spinner” o “Fidget Spinner”. Después de ser patentado por Catherine, variaciones de este juguete fueron comercializadas y vendidas como terapéuticas para niños con ansiedad y autismo -sin apoyo en la evidencia científica-.

En resumen: un objeto de plástico sin valor alguno vendido con pretensiones terapéuticas y que, a día de hoy, estará probablemente apartado en algún cajón de juguetes roto u olvidado: una metáfora de los hábitos de consumo de la población actual que se representa con más fuerza todavía el Black Friday. Este día presenta, sin embargo, una oportunidad para valorar si todo lo que consumimos y adquirimos es necesario o no. Es uno de los pocos días al año donde el consumismo sube a la palestra y mucha gente tiene ocasión de reflexionar acerca de sus hábitos.

Modelo de Fidget Spinner.
Se ha debatido largo y tendido acerca de las bondades y desventajas de nuestro modelo de consumo y hemos llegado a muchos acuerdos: consciente o inconscientemente aceptamos que consumimos demasiado, o al menos mucho más que ayer; parece aceptado, asimismo, que consumimos por encima de los límites biofísicos de nuestro entorno, con consecuencias palpables en el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, en la generación de residuos no biodegradables, etc.; sabemos, además, que se trata de un estilo de vida que no nos hace muy felices y que una buena parte de la población sufre patologías y desórdenes compulsivos consecuencia de los hábitos de consumo actuales (un círculo vicioso donde se busca en las compras el alivio a la sensación de vacío que el propio consumismo provoca); también es de sobra conocido que, a condición de que en nuestras sociedades podamos disponer de una gran variedad de productos a precios asequibles, la mayoría de productos que forman parte de este modelo se fabrican en países cuyos habitantes no pueden disfrutar de ellos y donde, en muchos casos, se trabaja en condiciones humanas y laborales paupérrimas.

En un día como hoy, sin embargo, creo que, deberíamos aprovechar para adoptar una perspectiva distinta. Desde el ecologismo político está muy manido ya el discurso de la contención, el peligro y la renuncia. Además, tal y como se señala en una de las conclusiones del Congreso Nacional de Medioambiente celebrado en Madrid en 2016 es que, si bien la sociedad actual tiene mayor conciencia medioambiental, ello no se corresponde con el grado de acción que está dispuesta a tomar. Desde la Red Equo Joven creemos, en consecuencia, que debemos convencer mediante la demostración de que cambiar los hábitos de consumo no solo nos evitará males mayores, sino que, además, a través de ello podemos aspirar a una mayor calidad de vida y una buena vida.

Pensemos, por ejemplo, en el tiempo libre que podemos ganar cuidando y preocupándonos de menos cosas materiales. Si rebajamos el consumo y lo hacemos de forma más racional, nos sentiremos menos dependientes del empleo y podremos recuperar tiempo de calidad que tan necesario es para nuestro bienestar. También estaremos menos expuestos a contraer deudas. No olvidemos tampoco el placer que supone que nuestros actos y pensamientos sean más coherentes entre sí mismos. Actuar en línea con lo que pensamos nos da una sensación de control que es muy grata. También podemos lograr la satisfacción mediante la creación de entornos que nos permiten incidir en qué queremos consumir y cómo hacerlo.

Autonomía, tiempo de calidad y salud. Cultivar la personalidad, la amistad y el ocio. La buena vida existe y podemos aspirar a vivirla. Démonos cuenta de que el sistema capitalista en que vivimos es un arma de doble filo: ha permitido mejoras en las condiciones de vida materiales de mucha gente (obviemos a los no beneficiados por el sistema), pero ha exaltado la codicia, la envidia y la insaciabilidad. Un sistema que hace abundantemente ricos a una parte del planeta a la vez que la priva de la conciencia de tener suficiente es incompatible con la buena vida.

¿Qué hacer, pues?, ¿cómo podemos cambiar nuestros hábitos de consumo?, ¿cómo pasar del Black al Green? Desde la Red Equo Joven somos partidarias de formas de producción y consumismo alternativas en coherencia con el objetivo nº 12 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas: “Garantizar modalidades de producción y consumo sostenibles”. Hay muchas formas de hacerlo, apuntamos las siguientes:
En primer lugar, mediante la reflexión personal: además de dar prioridad a un tipo de ocio menos consumista, reflexionar sobre la verdadera necesidad de adquirir productos y, una vez decidida su necesidad, reflexionar sobre su proceso de producción y los residuos que se generarán. Intentar reutilizar y reciclar antes de comprar; evitar los productos de usar y tirar, rechazar las bolsas de plástico que ofrecen en los supermercados, dar prioridad a los envases biodegradables, adquirir ropa de segunda mano, tender hacia comprar más el contenido y no el envase (compras a granel), intentar reducir la producción de residuos, etcétera.

Por otro lado, procurando consumir productos elaborados en un entorno más cercano, apoyando al pequeño comercio y las tiendas de barrio: favorecen la economía local y promueven las relaciones humanas, evitando en la medida de lo posible las multinacionales y las grandes cadenas, cuyos beneficios revierten en menor medida en el entorno local. Deberíamos dar prioridad, no solo a los comercios más cercanos, sino a aquellos que tengan estándares de sostenibilidad (al estilo de la Asociación Sueca que promueve el White Monday. Poco a poco, las nuevas tecnologías van aportando facilidades y soluciones: por ejemplo, en los próximos meses se lanzará la App “Ethical Time”, que pretende facilitar que las personas que quieran comprar productos con determinados estándares de ética y sostenibilidad encuentren el lugar más cercano para hacerlo.

¿Necesitamos, de verdad, tanto consumo?
 Lo fundamental, sin embargo, para empezar, es darnos cuenta de que nuestras acciones, por pequeñas que sean, importan. Paremos, por tanto, el círculo vicioso del consumismo, tiremos el Spinner a la basura y luchemos por ganar verdadera calidad de vida.

Fuente: http://lareplica.es/como-pasar-del-black-friday-al-green-friday-superando-el-sindrome-spinner/

lunes, 17 de septiembre de 2018

Consumismo ético: el mercado de la moral

Consumismo ético

  Cada vez hay más empresas que se suman a un tipo de comercio que se nombra con diferentes apellidos: ético, sostenible, crítico, natural, responsable... Estos conceptos, cargados de valores positivos para amplios sectores de la población, se han adherido a los bienes de consumo en un proceso influido por el marketing y su capacidad para orientar las tendencias de los consumidores. El carácter ético de los artículos de consumo reclama un nuevo protagonismo en los procesos de comercialización. La ética ahora está también en los mercados y se compra y se vende.

Los mercados lanzan su propuesta para afrontar la degradación medioambiental, la deslocalización industrial, el bienestar animal o la explotación de los trabajadores: eliges el mundo que quieres al comprar.

Lidl es la primera cadena de supermercados que ya no comercializa huevos de gallinas criadas en jaulas y Mercadona y El Corte Inglés van a adoptar esta misma medida próximamente. La publicidad de Iberdrola ofrece energía renovable del siguiente modo: «Cada vez que uses el secador un prado se llenará de flores. Cada vez que enciendas la luz, que veas la televisión, que te duches, estarás cuidando del medio ambiente». La propaganda de las tiendas de Humana dice así: «Comprando en Humana colaboras con el desarrollo de los países del Sur». La compañía de cosméticos Lush, vende una de sus cremas con el siguiente mensaje: «se trata de una crema rica y generosa que no sólo hace que tu piel luzca como nunca, sino que también es un rayo de esperanza para las pequeñas ONG locales con las que trabajamos, puesto que todas las ganancias van para ellas. Una piel suave por un mundo mejor». Adidas ha fundado una entidad para publicitar su línea de productos hechos a partir de plástico reciclado de los océanos como si fuese una revolución. La compañía francesa Bic impulsa una campaña llamada ECOlutions cuyo lema es «Podemos ser parte de la solución». Endesa financia proyectos de reforestación y creación de bosques corporativos como la iniciativa «Bosque- Endesa». Los camiones de distribución de Carrefour anuncian que «están con el medio ambiente y funcionan con gas natural ecológico».

Estos ejemplos muestran cómo las multinacionales despliegan su voluntad de adiestrar las tendencias de consumo ético. Este interés por integrar aspectos éticos en campañas publicitarias es inédito.
Naomi Klein retrataba en No Logo las tendencias publicitarias de las multinacionales en las últimas décadas del siglo XX. En el libro se analiza cómo la publicidad invadió los espacios públicos generando un mundo de ciudades publicitarias y fantasías comerciales donde el poder de las marcas se expandía para asociarse a estilos de vida prestigiosos y atractivos. Las multinacionales vendían experiencias vinculadas al éxito, a la familia, al amor, a la felicidad o al sexo, pero no había contenido ético en la publicidad. La ética estaba fuera de los mercados dominantes. Como cuenta Gilles Lipovetsky, en La felicidad paradójica, ahora hay un nuevo marketing naciendo y los modos de consumo atraviesan una transición sin precedentes.

En los tiempos del consumismo sencillo, la sensibilidad de los consumidores más críticos se revolvía al ser conscientes del despilfarro del modelo y de sus impactos ambientales y sociales. El consumismo producía culpa. Para poder vivir éticamente había que contrarrestar las consecuencias negativas del consumo. Había que resolver los problemas éticos de la participación como consumidor en un mundo injusto y medioambientalmente degradado. Ahora, la nueva estrategia publicitaria de las multinacionales nos muestra el camino para ser consumista sin mala conciencia, dado que los productos éticos incluyen supuestamente las medidas compensatorias de los efectos del propio consumismo.

El marketing ético es, en parte, una respuesta al individualismo hedonista del viejo consumismo sencillo. Las supuestas cualidades éticas en los productos pretenden satisfacer, a través del mercado, la demanda de actitudes moralmente buenas de los consumidores. Este comercio ético permite consumir con la sensación de estar resolviendo problemas medioambientales o sociales. Con ello, ahora no hace falta dejar de ser consumidor para sentir el calor de ser altruista con la sociedad. El consumo ético se presenta como herramienta para solucionar problemas que hasta ahora se abordaban mayoritariamente desde fuera de los mercados La ética ha sido mercantilizada.

La compra de un producto ya no se guía sólo por criterios racionales (que definen si el producto satisface mis necesidades), criterios económicos (que definen si el producto ofrece buena relación calidad/precio), o criterios simbólicos (que definen si el producto me hace feliz), sino también por supuestos criterios éticos (que nos hacen percibir que el producto es bueno para el mundo). Así, el referente moral del mundo occidental se desplaza hacia los mercados. El marketing ofrece profecías verdes deseoso de tener fieles consumidores que creamos salvar el mundo. La mercancía se ha convertido en un fetiche capaz de resolver los problemas de conciencia del consumidor. La exigencia del consumo ético hace que se materialice en los propios productos una cualidad moral redentora. Los profesionales del marketing tradicional siempre defendieron que a los productos se les pueden asociar valores semejantes a los de los individuos, pero difícilmente llegaron a imaginar que se les podía asignar moralidad.

Y es que el consumo ético genera incluso un sentimiento de pertenencia a un colectivo global que tiene poder para cambiar el mundo. «Cada vez que gastas tu dinero estás votando por el tipo de mundo que quieres» dice Anna Lappe. Los productos luchan por no ser denostados y por tener una apariencia ética, natural y socialmente responsable, a la vez que el consumidor percibe que cada vez es menos necesario salir de los mercados para luchar por un mundo mejor porque un mundo mejor se puede comprar.

El capitalismo tiende a mercantilizar cualquier ámbito de la vida y absolutamente todo acaba siendo susceptible de ser comprado y vendido. Los mercados han conseguido que la ética, la conciencia, la moral, la crítica, la justicia e incluso la transformación social se compre y se venda.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/consumo-que-suma/consumismo-etico-el-mercado-de-la-moral

sábado, 8 de noviembre de 2014

Análisis del consumo actual: Vivir es consumir

Hoy en día el sistema económico pone al alcance de las personas todo tipo de productos y bienes para el consumo, desde lo más básico, como alimentos o prendas de vestir, hasta lo más extraño, como gorras que pueden sujetar latas de refrescos.

El consumo  como concepto no hace referencia a nada malo ni perjudicial. Podemos definirlo como el simple hecho de consumir para satisfacer necesidades o deseos. El problema llega cuando esta actividad se vuelve patológica. Entonces ya no hablamos de ‘consumo’, sino de ‘consumismo’. La Real Academia Española (RAE) define el consumismo como “la tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios.”

El modelo de bienestar de la sociedad actual se basa en la posesión y acumulación de bienes, lo cual sirve de justificación para que prolifere el consumismo entre las personas. Si el objetivo de la vida es tener muchas cosas, la principal actividad que se ve beneficiada es, lógicamente, el consumo. La posesión y acumulación de bienes suele darse siempre de forma inmoderada, tal y como apunta la definición de la RAE.

El término inmoderado parece ser un adjetivo demasiado subjetivo. ¿Qué es ser un consumidor inmoderado? ¿cuántos iPods hay que comprar para considerarlo algo inmoderado?. Las definiciones de la Real Academia destacan por ser objetivas y rigurosas, así pues, que incluya el adjetivo inmoderado en la definición de ‘consumismo’ puede sorprender. La RAE define moderar como evitar el exceso, por lo tanto inmoderado es algo que no lo hace. 

La utilización del calificativo inmoderado encuentra su explicación con la siguiente pregunta: ¿Hasta qué punto necesitamos lo que compramos? ¿En nuestro consumo necesario para nuestras vidas? Todo aquello que se consume sin ser realmente una necesidad puede considerarse como un exceso, en tanto en cuanto excede las necesidades básicas para la vida de un individuo. Así pues, decir que el consumo actual es inmoderado ya no es algo subjetivo, sino que se ha convertido en algo objetivamente cierto: todos consumimos inmoderadamente, porque consumimos en exceso. No necesitamos todo lo que compramos. La mayor parte de nuestras compras son excesos que se nos antojan necesarios.

Necesitamos lo que compramos en la medida en que nos auto-convencemos (o nos convencen) de que el producto en cuestión nos va a ayudar a ser más felices y a vivir mejor. En ese sentido, con la sociedad de consumo el individuo tiene como principal actividad consumir.

Para muchos autores que la defienden, la sociedad de consumo es reflejo de un alto nivel de desarrollo socioeconómico, que se manifiesta en el incremento de la renta de cada individuo. Consideran también que este tipo de sociedad basada en el consumo constante ofrece a las personas la posibilidad de adquirir bienes y servicios cada vez más diversificados, y que eso contribuye a mejorar la calidad de vida y produce una mayor igualdad social, ya que son muchos los individuos que pueden hacerse con una gran cantidad de productos que, según las tesis de los defensores del sistema, contribuirán a hacer sus vidas mucho mejores y más felices.

Así pues, el principal argumento para la defensa de la sociedad de consumo se apoya en que el consumo contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas y que ayuda a las sociedades a desarrollarse. Lo autores pro-consumo olvidan que en esta sociedad ideal donde las personas pueden comprar cualquier cosa que quieran, hay muchos que no pueden consumir, ya que el principal requisito para disfrutar de la sociedad de consumo, moderna y desarrollada, es tener dinero. En la sociedad actual sigue habiendo millones de pobres, incluso en países desarrollados, que no pueden participar en la sociedad de consumo.

Aunque quizás no es tan importante que participen, ya que el consumo de hoy en día no se puede entender como la actividad que permite sobrevivir a las personas.

La principal característica que diferencia al consumo de masas tal y como lo conocemos hoy del consumo tradicional en otras épocas de la historia es el objetivo que motiva a las personas a consumir. Si antes se consumía para cubrir necesidades básicas (comprar comida, ropa…), actualmente la mayor parte de la actividad consumista tiene como objetivo satisfacer los deseos de los consumidores, que consideran necesarios los bienes que demandan.

Uno de los rasgos del sistema económico y del consumo actual es que crea necesidades artificiales. Mediante la constante publicidad y otras técnicas, convencen y atrapan a las personas en el círculo vicioso del consumo, del que es muy complicado salir una vez se ha entrado.

Una vez dentro del ‘circo del consumo’, un sinfín de productos, anuncios, ofertas y posibilidades se aparecen ante los ojos del individuo, que, abrumado por todas esas luces, sonidos e imágenes, se siente incapaz de evitar comprar alguno de los productos que tiene ante él. Muchas veces incluso, la falsa necesidad se crea segundos después de ver por primera vez un producto. Verlo en el escaparate de la tienda y darse cuenta de que es indispensable para poder seguir caminando por la calle. ¡¿Cómo he podido vivir sin esto?! Pocas semanas después, el objeto en cuestión estará olvidado en algún baúl, o quizás estropeado y tirado a la basura.

En definitiva, el fenómeno del consumismo depende cada vez más del deseo que de la necesidad.

Pero el consumo actual no sólo tiene como objetivo cubrir necesidades o satisfacer deseos, además sirve para distinguir a las personas entre sí, evidenciando aun más el sistema de clases sociales que forma nuestra sociedad hoy en día.

Como hemos comentado, para consumir sólo es preciso una cosa: tener dinero. A partir de ahí, todo depende de la cantidad de dinero de que se disponga. A más dinero, más productos. O, también, a más dinero, productos más caros.

Cuanto más caro es un producto menos gente lo puede poseer. Esta regla básica explica el sistema de clases. No es lo mismo una falda de la tienda del barrio que un vestido de Chanel, por lo tanto, no es igual la mujer que lleva esa falda a la que viste el vestido. Son dos mujeres diferentes. Diferentes socialmente.

Pero aunque es la vestimenta el rasgo que las diferencia exteriormente, en realidad el factor diferencial es el dinero. La cantidad de dinero. Aunque eso no se puede ver ni saber con certeza, se puede deducir, entre otras cosas, por la manera en que visten.

Precisamente por eso la mujer que tiene más cantidad de dinero decidió no comprar la falda de la tienda de barrio (aunque podía hacerlo). Si hubiera comprado esa sencilla falda y la hubiera llevado puesta por la calle, nadie podría haber sabido cuánto dinero tiene en realidad. Para mostrar en qué estrato social se encuentra, gracias a su dinero, la mujer con posibilidades compró el vestido de Chanel. Y así, cuando pasea por la calle, no hay dudas sobre su posición. Todos pueden ver que ella es diferente a los demás. Es más que los demás.

Con la expansión del consumo por distintos escalones sociales, esta realidad ejemplificada con la falda y el vestido se observa también a niveles de mucha menos opulencia y riqueza. En la misma clase media de la sociedad (incluso en algunos sectores de la clase baja) ya observamos los mismos comportamientos entre personas que, aunque son social y económicamente parecidos, pretenden diferenciarse a través de los productos que consumen.

Así, el joven de barrio que tiene una moto más grande es mejor que el que la tiene más pequeña, o el que puede llevar pantalones de Levi’s es más que el que lleva un pantalón de chándal. También es mejor tener el último modelo de gafas de sol, y llevar un teléfono móvil de gran tamaño.

Así pues, una de las funciones del consumo es proporcionar al individuo formas de distinguirse de otros grupos de distinto nivel social. Las empresas y las marcas lo saben, y ofertan sus productos como exclusivos, punteros e inigualables. Ante esos astutos anuncios publicitarios, es fácil rendirse a la tentación de ser la chica o el chico más exclusivo, puntero e inigualable del barrio.

Lo curioso es que, en el afán de distinguirse de los demás mediante la compra de objetos y productos aparentemente únicos, las personas, en esta sociedad actual, caen en la paradójica situación de que cada vez son más parecidas entre sí.

Con el consumo de masas desenfrenado se avanza hacia una progresiva pérdida de identidad personal, ya que los ciudadanos (que en realidad ya no son ‘personas’, sino ‘consumidores’) responden ante modelos de consumo idealizados mediante las efectivas técnicas de marketing. Es decir, hay un gran número de personas que consumen sintiéndose especiales y que realmente forman parte de un mismo grupo social, en el que todos los individuos tienen un comportamiento y una cultura similar.

El consumidor de clase media español tiene los mismos hábitos que el consumidor de clase media italiano, y ambos se parecen cada vez más a sus semejantes brasileños, coreanos o saudíes. Todos ellos consumen las mismas marcas de ropa, escuchan las canciones de los mismos ídolos juveniles, llevan en las orejas los mismos cascos de música, utilizan los mismos teléfonos móviles y ven las mismas películas en el cine.

La globalización cultural puede considerarse en realidad una occidentalización. Aun sumido en crisis económicas, políticas y sociales, Occidente sigue siendo el centro del mundo, muy especialmente en lo que a cultura y consumo se refiere. Es en Occidente donde nacen las marcas y las empresas que venden sus productos alrededor del mundo.

Regresando a la homogeneización que fomenta el hecho de consumir masivamente, hay que añadir otro apunte interesante: el consumo connota socialización. En la medida que un individuo se reconoce con determinadas marcas, se reconoce con los otros consumidores de esas marcas y se distingue de otros que no son como él.

El cliente de una marca de gafas de sol tenderá a encontrar más afinidad con las personas que lleven esas gafas, ya que el consumo forma parte de la cultura, y en esta sociedad actual todos aquellos que son iguales en sus hábitos de consumo pueden considerarse también iguales en su cultura. Así pues, se crean culturas nuevas a raíz de los productos que se consumen (principalmente por el tipo de prendas que se visten o el tipo de música que se escucha).

Por otra parte, el consumo, además de atender a necesidades básicas, atiende a lo aspiracional. Las personas quieren ser algo más. Y eso no se consigue usando siempre los mismos pantalones ni teniendo siempre el mismo televisor. Siempre existe la posibilidad de hacerse con un producto nuevo y mejor, y, como existe la posibilidad, existe también el deseo.

La sociedad se expresa a través del consumo. Como ya hemos dicho no basta con cubrir una necesidad. Actualmente con el consumo se deben conseguir otro tipo de beneficios, como el reconocimiento en un grupo social.

Si se tiene sed, se puede consumir agua, pero hay muchas más opciones que el agua para cubrir esa necesidad. El mercado te ofrece cientos de bebidas y refrescos. Aunque son mucho más caros que el agua, ésta se torna un bien demasiado simple y sencillo como para consumirlo en público. Es mejor comprar una lata de un refresco que transmita a los demás lo activo, joven y moderno que uno es. El agua no transmite ningún valor. Las bebidas comerciales sí.

Así, hemos llegado a convertirnos en una sociedad materialista, consumista y muy competitiva. La competitividad tiene su reflejo también en el consumo, ya que el hecho de comprar cada año un teléfono móvil o un bolso nuevos no responde a una necesidad real, sino a un deseo de ser mejor (o aparentarlo) en este mundo en el que vivimos. Aquel que sólo tiene un abrigo, o que vive en un piso pudiendo vivir en un chalet, es considerado como un perdedor.

Porque es mucho mejor tener un armario lleno de abrigos y chaquetas para poder llevar uno distinto cada día. Es mejor tener dos coches que uno. Es mejor cambiar el teléfono por el último modelo, que vivir siempre con el mismo móvil. Es mejor volver con bolsas del centro comercial, que volver con las manos vacías. Es mejor tener muchas cosas que tener tan sólo las suficientes.

El que no consume no está disfrutando la vida al completo porque, hoy en día, vivir es consumir.


viernes, 3 de octubre de 2014

Francia aprueba castigar penalmente la obsolescencia programada


Los diputados franceses han aprobado en la Asamblea que establecer una duración determinada de un producto por un fabricante, la denominada obsolescencia planeada, se puede castigar penalmente,  acarreando una pena de prisión de dos años y una multa de hasta 300.000 euros que se añadiría a otras ya integradas en la Ley de Consumo.

La introducción del castigo penal en una práctica de la cual se abusa en muchos procesos productivos, la fabricación de electrodomésticos y aparatos electrónicos, bombillas, etcétera, se debe a una enmienda de los Verdes en el proyecto  de ley de la transición energética, que considera la obsolescencia realizada premeditadamente un engaño y un fraude. Los Verdes son el grupo político que más ha combatido esta práctica por considerarla muy dañina para el medioambiente y la sostenibilidad.

El Comité Económico y Social de la UE exige su prohibición en toda Europa
La posición francesa trae el debate a toda la Unión Europea. El próximo 17 de octubre, el Comité Social y Económico Europeo (EESC, por sus siglas en inglés) organiza una mesa redonda sobre la obsolescencia planificada de la que se espera surja la presión necesaria sobre la Comisión Europea para que se castigue esta práctica. El EESC ya hizo una llamada a la prohibición total en un pleno en octubre del año pasado.
El pasado mes de junio, tras una reunión organizada por la Comisión Consultiva de Transformaciones Industriales , que preside el español Carlos Trias Pinto, y que se encuadra en el citado Comité, se promulgó la Declaración de Madrid, en la que se reclamaban fundamentos de sostenibilidad en todo el modelo productivo.

La nueva economía colaborativa es de bienes duraderos, no perecederos
El experto español en políticas públicas de Consumo, Alejandro Salcedo Aznal, deja claro en un estudio licitado por el Consejo Social y Económico, que la expansión de la nueva economía colaborativa de consumo compartido , la auténticamente sostenible, necesita para su viabilidad el tránsito de una sociedad industrial de bienes perecederos a otra de bienes duraderos. Quedaría así fuera del circuito la obsolescencia planificada y se trataría de enfocar la lucha contra la obsolescencia psicológica, que se marca al consumidor con la implantación de modas.

El aumento de los plazos de garantía, el fomento del alquiler en lugar de la compra, la exigencia de piezas de recambio para periodos muy largos y la reducción de los costes de reparación, además de la estandarización de algunos productos (como es el caso ya reglamentado de los cargadores de móviles) son medidas que ya se están exigiendo en los países más avanzados en sostenibilidad. La asimilación que hace ahora Francia de la obsolescencia planeada con el engaño es un gran paso.

Fuente:  http://www.lacelosia.com/francia-aprueba-castigar-penalmente-la-obsolescencia-programada/