Mostrando entradas con la etiqueta Ucrania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ucrania. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de octubre de 2022

Una chaladura suicida

https://www.democracynow.org/es/2022/9/30/titulares/sweden_discovers_fourth_leak_in_nord_stream_pipeline_as_nato_cites_sabotage
 Este mes se cumplen sesenta años de la crisis de los misiles en Cuba. Hoy nos acercamos hacia algo parecido, pero la opinión pública está en la inopia

 Entre el 14 y el 28 de octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de su total perdición. Un profundo y extremo sentido de inseguridad, derivado de la presencia de recursos militares de destrucción masiva del adversario nuclear junto a las propias fronteras, generó aquella crisis.

Todo el mundo entendió entonces los peligros de desplegar misiles y avanzar infraestructuras militares junto a las fronteras de la superpotencia nuclear rival. Entonces, los misiles nucleares de la URSS habrían podido golpear territorio de Estados Unidos desde Cuba, mientras los misiles de Estados Unidos emplazados en Turquía podían hacer lo propio. La solución fue dar un paso atrás y, de paso, inaugurar una línea telefónica directa, el famoso “teléfono rojo”, entre el Kremlin y la Casa Blanca. Hoy Ucrania desempeña el papel de Cuba, pero el mundo está en la inopia.

Las circunstancias son diversas pero el sentido de las advertencias de Moscú es idéntico al formulado entonces por Kennedy: se proclama un “peligro existencial”. A partir de aquí, comienzan las diferencias.

Las advertencias de Putin a Occidente sobre lo que entonces se llamaba “MAD” (“Mutually Assured Destruction”), la mutua destrucción garantizada, no están funcionando. Políticos y medios de comunicación hablan del “chantaje” de Putin, cuando éste no está más que formulando lo que era el consenso al que todos atendían después de 1962. Negociar una desescalada, ante la evidencia del desastre, como se hizo entonces, parece hoy descartado. Atentados como el de Moscú en agosto contra Alexander Dugin, un marginal ideólogo nacionalista, al que los think tanks atlantistas atribuyen una importancia de la que carece, y que acabó matando a su hija, o el cometido en septiembre contra los gaseoductos del Báltico, un atentado contra Alemania, confirman la velocidad con la que Estados Unidos alimenta la espiral.

Hoy se habla de la guerra nuclear como si fuera un videojuego. Parafraseando el título del último libro de Diana Johnston, estamos derivando From MAD to Madness, desde aquel consenso de la Guerra Fría acerca del común peligro a una especie de chaladura suicida.

La advertencia de Putin de que usará “todas las armas disponibles” para defender Rusia de un ataque de la OTAN es genuina, admite el encargado de la política exterior de la UE, Josep Borrell, “pero eso no cambia nuestra determinación y nuestra unidad por sostener a Ucrania”. Solo se atiende a la criminal invasión de Ucrania, iniciada en febrero, sin mencionar siquiera la serie de treinta años que contiene los motivos que la propiciaron.

En el centro de la actual crisis se encuentra la afirmación de Estados Unidos: “Soy la única gran potencia y quiero seguir siéndolo”, y “estoy perdiendo posiciones en el mundo, pero mi superioridad militar es abrumadora y aplastante, así que la utilizo a fondo para compensar esas pérdidas”.

En ese esquema, el dominio de Ucrania y la ruptura del complementario vínculo económico entre Alemania y Rusia (tecnología/energía) es fundamental para dominar Eurasia.

La importancia que para Estados Unidos tiene Ucrania para dominar Eurasia es bien conocida. Washington lleva por lo menos 25 años proclamándolo. Meter a Ucrania en la OTAN, desplegar allí misiles capaces de impactar en Moscú en cinco minutos, anular/interceptar la capacidad misilística rusa, y convertir Sebastopol, ciudad de todas las glorias rusas, en una base de la OTAN en Crimea, era la perspectiva concreta que se abrió con el cambio de régimen en Kiev, en el invierno de 2014. Desde que la gran estrategia china de la Nueva Ruta de la Seda (B&RI) se dispuso, a partir de su formulación en 2013, a integrar Eurasia mediante una tupida red energética y comercial desde Shanghai hasta Hamburgo, la partida estaba planteada con toda claridad: a un lado recursos económico-comerciales chinos y europeos, potencial energético ruso y gigantescas inversiones chinas, al otro lado, recursos militares de Estados Unidos.

Respecto a la ruptura del vínculo energético entre Alemania (Unión Europea) y Rusia, la historia también es conocida. No comienza con el Nord Stream 2, sino mucho antes, con los acuerdos entre Bonn y Moscú de 1981 para construir gaseoductos y exportar gas ruso. Aquel hito de la gran política alemana de distensión a través del comercio fue combatido sin piedad por Washington desde sus mismos inicios, con todo tipo de argumentos de “defensa” y chantajes. La respuesta del canciller Helmuth Schmidt ante aquellas presiones fue clara: “Que canten misa, el proyecto se mantiene”. La reacción de Estados Unidos, después de amenazar con retirar sus tropas estacionadas en Alemania y otros recursos fallidos, fue desenfundar la pistola.

Como algunos de los componentes de la obra se producían en Estados Unidos, la CIA introdujo en ellos un software de control de la presión de las tuberías capaz de volarlas. En el verano de 1982, las obras del gaseoducto se volaron así en territorio soviético, algo que reveló en sus memorias, en 2004, Thomas Reed, un militar de la fuerza aérea y exmiembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Los atentados de septiembre contra los gaseoductos, en una de las zonas marítimas del mundo más controladas por la OTAN, no han sido, por tanto, los primeros de la acción de Estados Unidos contra el vínculo energético entre Alemania y Rusia.

“Nuestro principal aliado, ese al que la mayoría de los alemanes y la Alemania oficial, tanto en la política como en los medios, considera un amigo, destruye los canales de transporte de nuestro suministro energético que es la base de la actividad industrial de nuestro país” ¿y no pasa nada?, se pregunta Albrecht Müller, editor del principal medio de comunicación independiente alemán (NachDenkSeiten, medio millón de lectores, más del doble que la tirada del principal diario del establishment alemán, el Frankfurter Allgemeine Zeitung).

Aún más grave, porque denota una manifiesta ausencia de anticuerpos: la posibilidad de una guerra nuclear, que en los años ochenta sacó a la calle a centenares de miles de ciudadanos, especialmente en Alemania, no parece inquietar hoy a la opinión pública. ¿Qué está pasando? Vivimos, ciertamente, en un “medio ambiente cultural” bien distinto al de los años ochenta, particularmente en Alemania. Uno de los aspectos de esa diferencia hay que buscarlo en la corrupción estructural de los medios de comunicación europeos, particularmente flagrante en Alemania.

Los medios de comunicación del establishment nos explican cada día los crímenes del ejército ruso en Ucrania, sin soltar prenda sobre el abultado cúmulo de crímenes ucranianos. Explican, con la ayuda del Organismo Internacional de la Energía Atómica (IAEA), controlado por Occidente, que la central nuclear de Zaporiyia está siendo bombardeada, sin explicar quién la está bombardeando, se hacen los tontos sobre los atentados del Báltico y banalizan el riesgo de un conflicto nuclear que puede irse de las manos con gran facilidad.

“Los diarios más influyentes del mundo están haciendo propaganda para la tercera guerra mundial, mientras que las voces que empujan hacia la verdad, la transparencia y la paz son marginalizadas, silenciadas, rechazadas y encarceladas”, dice la periodista australiana Caitlin Johnston, sin relación con la autora del libro antes mencionado.

En el aniversario de la crisis de Cuba de 1962, estamos más cerca que nunca de un peligro que crece día a día. Por la combinación del militarismo estructural de su economía, por la ausencia de derrotas militares en su territorio, por su reputada predisposición a la violencia desde su misma formación como Estado y por la completa falta de experiencias directas y en carne propia del sufrimiento humano de la guerra, Estados Unidos está en el epicentro de ese peligro mundial. Dejo para los ciegos la calificación de “antiamericanismo” por esta constatación: todos los imperios venidos a menos son peligrosos cuando son descabalgados, pero aquí y ahora no hay nada más peligroso que la actual reacción de Estados Unidos a su relativo declive como potencia hegemónica.

Fuente: https://ctxt.es/es/20221001/Firmas/40970/Rafael-Poch-Rusia-EEUU-crisis-nuclear-Nord-Stream-2-misiles-Cuba-escalada-belicismo.htm

jueves, 22 de septiembre de 2022

La guerra se extiende

 Una escalada se enrosca en la otra. ¿Hasta cuándo tanta insensatez?

Vladímir Putin, durante el discurso del presidente del 21 de septiembre.Presidencia de Rusia

Con la próxima anexión a Rusia de los distritos ucranianos de Jersón, Zaporozhie y los territorios del Donbás, y con la movilización parcial decretada, el Kremlin lanza una señal inequívoca: “Ante una amenaza existencial, no tenemos nada que perder y no vamos a ceder”.

Que Ucrania, a la que la OTAN quiere convertir en una temible potencia militar directamente enfocada contra Rusia, constituya una “amenaza existencial” para Rusia es discutible. De lo que no hay duda es de que para el régimen ruso perder la actual guerra es perderse irremisiblemente. Una cuestión de vida o muerte para Putin. Y cuando Putin dice que para evitarlo “utilizaremos, sin duda, todos los medios de que disponemos” y que “esto no es un bluf”, hay que tomárselo en serio. Porque la opción de tomarse a broma una amenaza nuclear no existe.

Durante las crisis de la Guerra Fría la discusión sobre si las amenazas de usar el armamento nuclear (“todos los medios de que disponemos”) eran farol o no, no tenía cabida: siempre se tomaba muy en serio. Así se evitó el desastre.

Independientemente del juicio que tengamos sobre esta guerra, hay algo en lo que debemos estar de acuerdo: situar infraestructuras militares, misiles incluidos, junto a las fronteras de una superpotencia nuclear es una provocación. Y eso es lo que se ha venido haciendo en Europa desde hace años. Los políticos occidentales prefieren jugar a la ruleta rusa en una situación en la que geográficamente Ucrania juega el papel de Cuba en 1962.

La anexión de esas regiones ucranianas a Rusia significa que lo que el Kremlin denomina “operación militar especial” pasa a ser una guerra. Una guerra en territorio ruso. Eso quiere decir dos cosas. Que aumentará la intensidad de la campaña, que hasta ahora ha sido muy comedida de parte rusa. No ha habido destrucción de infraestructuras fundamentales, ni misiles contra los centros de poder en Kiev, que es lo primero que se hizo en Belgrado y Bagdad. Seguramente, ahora se atacarán objetivos hasta ahora preservados. Pero sobre todo se concreta la amenaza nuclear, pues una guerra en Rusia, según la doctrina rusa, permite utilizar armas de último recurso para defender la integridad del país. Pronto, para Rusia, el sureste de Ucrania formará parte de la Federación Rusa, así que por quimérico que parezca, el mensaje es inequívoco.

La “movilización parcial” decretada por el Kremlin incrementará la carne de cañón para una guerra que tiene un frente de mil kilómetros, cuya fragilidad ha evidenciado la ofensiva ucraniana en Járkov. Emigrantes del entorno soviético atraídos por la promesa de papeles y gente pobre en general necesitada de dinero acudirán a la llamada, tal como ocurre en el ejército de Estados Unidos. Por ahí nada extraordinario. Respecto a los reservistas rusos y juventud en general, muchos de los que pueden optarían por marcharse del país. Lamentablemente, nuestros genios en Bruselas impiden esa estampida de sentido común, con su estúpida política de restricción de visados que, en algunos países, es prohibición total a rusos, lo que confirma que hay en marcha un castigo colectivo contra la población rusa, cuyo entusiasmo por combatir es mínimo.

A la despolitizada y pragmáticamente conformista sociedad rusa, que consiente la autocracia a cambio de estabilidad, se le va a pedir sacrificios, patriótica movilización y economía de guerra. Eso quiere decir que se rompe el contrato social entre poder y sociedad que ha funcionado en Rusia los últimos años. Ese contrato decía: “Tú haces lo que te dé la gana, siempre y cuando no nos devuelvas a los desastres de los años noventa”. Ahora, si el Kremlin quiere sobrevivir a esa ruptura deberá formular un nuevo contrato con la sociedad, compensando a los de abajo.

Si el Kremlin no propicia un cambio y no sale del actual esquema socioeconómico al servicio de una minoría privilegiada, si, además de más autoritario, no se hace más “social”, la represión no bastará para encauzar el descontento de la población.

Según cifras oficiales, la guerra ya ha producido 6.000 muertos, sin contar las unidades “Wagner” ni las milicias del Donbás. La cifra real puede ser, por tanto, el doble. ¿En nombre de qué esa sangría?

La movilización parcial y la anexión es respuesta a los más de 60.000 millones en ayuda occidental a Ucrania (equivalente al presupuesto militar ruso) y a la implicación militar directa de la OTAN en la guerra, con armas, cuadros, inteligencia, ataques a territorio ruso y atentados en Moscú y en las zonas ocupadas de Ucrania. Una escalada se enrosca en la otra. ¿Hasta cuándo tanta insensatez? 

Fuente: https://ctxt.es/es/20220901/Firmas/40847/#.YysvaSXd_Tg.twitter

viernes, 9 de septiembre de 2022

Estados Unidos prioriza el enfrentamiento con Rusia, no defender la vida de los ucranios

Un peatón pasa frente a una pintura en la pared de una casa cerca de la embajada de Rusia en Roma el 24 de febrero de 2022, realizada por la artista callejera Laika 1954, que muestra a los tanques rusos y ucranianos haciendo su cañón como la paz.- AFP

 Tras meses de guerra, es obvio que la invasión de Ucrania no va de acuerdo con los planes, las esperanzas y las expectativas rusas. La OTAN afirma que el ejército ruso ha sufrido tantas bajas como en la guerra afgana, y que la opción de Zelenski es conseguir una «paz con victoria». Obviamente el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático. De hecho, el camino hacia la paz no parece expedito, y el Kremlin ha anunciado que no espera acabar la guerra antes del 9 de mayo (el que para ellos es el día de la victoria contra los nazis). ¿Tienen los ucranios el derecho a luchar hasta la muerte antes de entregar a Rusia un palmo de tierra, si así lo quieren?

Que yo sepa, nadie ha dicho que los ucranios no tengan este derecho. La yihad se arroga el derecho abstracto de luchar hasta la muerte antes de ceder un palmo de terreno a Israel. Yo no lo recomendaría, pero están en su derecho. ¿Eso es lo que quieren los ucranios? Quizás ahora en medio de una guerra devastadora, pero no lo querían en un pasado inmediato.

El presidente Zelenski fue elegido en 2019 por una abrumadora mayoría que deseaba la paz. Y obró en consecuencia, con mucho valor. Tuvo que enfrentarse a violentas milicias de extrema derecha que amenazaron con matarlo si llegaba a un acuerdo pacífico en consonancia con los acuerdos de Minsk ii. Un experto en historia rusa, Stephen Cohen, afirma que, si Zelenski hubiera sido apoyado por Estados Unidos, podría haber persistido en el camino de la paz, y quizá hubiera evitado una horrible invasión. Estados Unidos se negó y prefirió seguir con su política de expansión de la OTAN, que incluye la adhesión de Ucrania. Estados Unidos siguió sin respetar las líneas rojas que trazó Moscú y los consejos de diplomáticos estadounidenses de alto rango: la OTAN no debe expandirse hacia el este. Zelenski, sensatamente, propuso dejar el asunto de Crimea para más adelante, una vez acabada la guerra.

Los acuerdos de Minsk ii proponían una solución federal y una autonomía considerable para la región de Donbás, que podría determinarse a través de un referéndum bajo supervisión internacional. La invasión rusa ha limitado el alcance de todo eso, pero solo tenemos una manera de saber si hubiera funcionado: expandir la vía diplomática en lugar de minarla, como se obstina en hacer Estados Unidos.

Es cierto que «el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático», aunque propongo que se diga de otra manera: «el apoyo de Occidente a Ucrania es clave para lo que sucede en el campo de batalla y en el diplomático, esto es, para la voluntad de socavar la vía diplomática en lugar de facilitarla, una solución diplomática que podría poner fin al horror».

El Congreso estadounidense, demócratas incluidos, actúa como si prefirieran la exhortación de Adam Schiff, del Comité de Inteligencia, cuando afirma que hemos de ayudar a Ucrania «para poder luchar contra Rusia allí y que no tengamos que hacerlo aquí».

La exhortación de Schiff no es nueva. Recuerda a Reagan cuando llamó «emergencia nacional» al hecho de que el ejército de Nicaragua estuviera a solo dos días de marcha de Harlingen, Texas, y a punto de arrollarnos. O a la queja lastimera de Lyndon B. Johnson en referencia a los vietnamitas: tenemos que detenerlos allí o «borrarán del mapa Estados Unidos y se quedarán con todo lo que tenemos».

Esta es la historia de Estados Unidos, constantemente amenazado de acabar aniquilado; lo mejor es pararles los pies en sus países.

Estados Unidos ha sido uno de los principales suministradores de armas y de ayudas para la seguridad que ha tenido Ucrania desde 2014. El presidente Biden solicitó al Congreso que aprobara una ayuda adicional de treinta y tres mil millones de dólares, más del doble de lo que Washington ha comprometido en esta guerra. ¿Podemos concluir con que es mucho lo que Washington se juega dependiendo de cómo acabe la guerra en Ucrania?

Como los hechos más relevantes no han sido explicados en nuestro país merece la pena recordarlos.

Desde el levantamiento de Maidán en 2014, la OTAN (básicamente Estados Unidos) «ha proporcionado un apoyo considerable: material, entrenamiento, decenas de miles de soldados ucranios han recibido formación militar. Luego, cuando vimos que los servicios de inteligencia decían que la invasión era más que probable, los aliados intensificaron la ayuda el otoño y el invierno pasado»; todo esto antes de la invasión, según el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

He hablado antes de que Estados Unidos se negó a respaldar al recién elegido presidente Zelenski cuando este decidió basar su mandato en buscar un acuerdo de paz y fue contrarrestado por las milicias de extrema derecha. Estados Unidos prefirió seguir el camino de integrar Ucrania en la OTAN, sin pensar en las consecuencias de sobrepasar las líneas rojas marcadas por Rusia.

Lo he mencionado antes. Las intenciones de Estados Unidos y el compromiso con Ucrania se manifestaron en septiembre de 2021 con la Declaración Conjunta sobre la Cooperación Estratégica EE.UU.-Ucrania (Joint Statement on the u.s.-Ukraine Strategic Partnership) firmada en la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021 [véase nota 2 del capítulo vii] y consistente en un «intenso programa de formación y ejercitación en maniobras tras dar a Ucrania el estatus de "socio privilegiado" de la OTAN» (nato Enhanced Opportunities Partner). Esta línea política quedó consolidada el 10 de noviembre con la firma del Tratado de Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania por parte del secretario de Defensa, Antony Blinken.

El Departamento de Estado ha reconocido que «antes de la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos no hizo ningún esfuerzo por estudiar una de las principales preocupaciones de Vladímir Putin, la que hace referencia a la seguridad y a la posibilidad de que Ucrania pase a ser miembro de la OTAN».

Y así ha seguido tras la criminal agresión de Putin. Una vez más, lo que ha sucedido lo ha analizado con inteligencia Anatol Lieven:

La estrategia estadounidense de utilizar la guerra en Ucrania para debilitar a Rusia es, por supuesto, completamente incompatible con la búsqueda de un alto el fuego, e incluso con un acuerdo de paz provisional. Conseguirlo exigiría a Washington tener que oponerse a dicho acuerdo y continuar la guerra. De hecho, cuando a finales de marzo el Gobierno ucranio presentó un muy razonable conjunto de propuestas de paz, la falta de apoyo de Estados Unidos resultó extraordinariamente sorprendente. Dejemos todo lo demás de lado: un tratado que estipule la neutralidad de Ucrania (como propuso Zelenski) es algo ineludible en cualquier acuerdo de paz, pero debilitar a Rusia implica mantener a Ucrania como aliado de facto de Estados Unidos, cuya estrategia, como ha manifestado el secretario de Defensa Lloyd Austin, podría obligar a Washington a implicarse en el apoyo a los nacionalistas ucranios, los de la línea dura firmemente contrarios a Zelenski.

Sin dejar esto de lado, vuelvo a la pregunta. La respuesta parece clara: a juzgar por cómo se ha comportado Estados Unidos y lo que ha declarado, «se puede afirmar que es mucho lo que Washington se juega dependiendo de cómo acabe la guerra en Ucrania». Para ser más exactos, podemos concluir que, para «debilitar a Rusia», Estados Unidos se dedica al grotesco experimento que hemos visto: evitar, con todos los medios a su alcance, que la vía diplomática pueda poner fin a la guerra y quedarse a mirar si Putin se sobrepone tranquilamente a la derrota o si usará la capacidad que tiene, por supuesto que la tiene, para destruir Ucrania y preparar el terreno para una guerra nuclear.

Este conflicto nos enseña mucho sobre la cultura dominante porque el «grotesco experimento» se considera altamente elogiable, y porque cualquier esfuerzo por criticarlo se silencia o se castiga duramente con un impresionante torrente de mentiras y engaños.

 Fuente: https://blogs.publico.es/dominiopublico/47586/estados-unidos-prioriza-el-enfrentamiento-con-rusia-no-defender-la-vida-de-los-ucranios/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web

miércoles, 24 de agosto de 2022

¿Nueva realidad?

 No cabe duda de que la guerra en Ucrania representa un punto de inflexión en torno al cual se juega el futuro de Europa, pero no por las razones que se suelen invocar. Existe la posibilidad concreta de que la guerra suponga el fin de Europa como proyecto político. 

Acción antimilitarista en Madrid durante la cumbre de la OTAN del pasado mes de junio. Álvaro Minguito

 Tras seis meses de conflicto, el ejército ruso, incapaz de tomar Kiev durante medio año de guerra, se nos presenta como una amenaza para el conjunto del continente europeo. Ucrania se ha convertido, afirma el presidente Zelensky, en “un trampolín para un ataque ruso contra otras naciones de Europa”. Para el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, Rusia representa, nada menos, que “un desafío para los pueblos libres de todo el mundo”. Estas palabras, pronunciadas en la base aérea estadounidense de Ramstein (Alemania), parecían el guion de una recreación histórica de la Guerra Fría.

La guerra en Ucrania se considera una guerra contra el expansionismo ruso y, por lo tanto, una guerra por Europa. Las fantasías de la Guerra Fría que deliraban con la imagen de los cosacos dando de beber a sus caballos en las fuentes de San Pedro de Roma han cobrado una segunda vida. Los cosacos están ahora motorizados y nada que no sea una coalición del llamado mundo libre impedirá que los submarinos clase Kilo, esto es, los submarinos rusos según el código empleado por la OTAN, amarren en Gdansk o que las columnas de los carros armados T-14 del Kremlin corran por las autopistas alemanas. Si no queremos abastecernos de harina y azúcar, tenemos que ampliar la OTAN incorporando a Suecia y Finlandia. Y ya puestos, ¿por qué no combatir y derrotar a Rusia en el campo de batalla con la OTAN en primera línea?

El realismo escasea en estos días, mientras nos tambaleamos ante el abismo de una guerra global. Sería realmente útil que recordáramos con mayor frecuencia que desde 1945 los arsenales nucleares han impuesto límites absolutos a los conflictos mundiales y a la posibilidad de modificar sustancialmente el orden global. Entre las potencias nucleares existe un acuerdo tácito de que este orden no puede ser alterado radicalmente. No deberíamos tratar de averiguar en estos momentos dónde se halla realmente el punto de ruptura.

A pesar de los anuncios recurrentes de que vivimos en una “nueva realidad”, ni el final de la Guerra Fría ni la globalización han alterado fundamentalmente esta situación. El mundo interconectado por los mercados globales y los sistemas productivos y de comunicación es menos flexible de lo que imaginamos. Dadas sus abundantes reservas de materias primas y dado que cuenta con sectores altamente desarrollados en el ámbito de las tecnologías militares y espaciales, ya está claro que Rusia seguirá formando parte del sistema global a pesar de las sanciones occidentales. A lo sumo, estos límites se han hecho menos visibles y más frágiles. Nada sería más peligroso que confundir una guerra por delegación entre potencias nucleares con un conflicto asimétrico contra un “Estado terrorista” librado en nombre de los elevados ideales de la “democracia” o los “derechos humanos”.

Si el realismo pugna por ser escuchado, es también porque en tiempos de guerra todo es pasto de las llamas de la propaganda. La democracia, la resistencia antifascista y la lucha contra el imperialismo son objetivos nobles, pero también son fácilmente moldeables (no hace mucho, motivaron la operación militar especial para “desnazificar” Iraq). Dado que en estos momentos estos tropos constituyen la narrativa predominante para propiciar la resistencia ucraniana ante la invasión rusa, el realismo se ha asimilado de facto a la propaganda del Kremlin o a algo peor. Ya se trate de John Mearsheimer o de Jürgen Habermas, ¡ay de aquellos que se atrevan a reequilibrar el idealismo frente a las realidades de la política internacional!

Y, sin embargo, precisamos de una evaluación sobria de los objetivos perseguidos por la coalición de países que apoya a Ucrania. ¿Se trata de expulsar a los rusos del país y de recuperar sus provincias orientales? A pesar de la impresionante actuación de los militares ucranianos, e incluso sin tener en cuenta Crimea, es poco probable que ello pueda lograrse. ¿Se trata de poner fin a los atroces crímenes de guerra que las tropas rusas parecen cometer a diario? Únicamente una lógica perversa puede buscar la justicia en la continuación de una guerra que por definición permite tales crímenes. O, ¿se trata de propinar a Rusia una derrota decisiva en el campo de batalla capaz de dejar al país “debilitado”, si no “humillado”? Ambos escenarios exceden claramente las demandas más intransigentes de Kiev y corren el riesgo de propiciar una escalada del conflicto al tiempo que incrementan las posibilidades de que se utilicen armas no convencionales. En cualquier caso, hablar de “victoria” carece de sentido.

En esta peligrosa situación, ¿qué debe hacer Europa? No cabe duda de que la guerra en Ucrania representa un punto de inflexión en torno al cual se juega el futuro de Europa, pero no por las razones que se suelen invocar. Existe la posibilidad concreta de que la guerra genere una fractura entre el este y el oeste del continente y que ello suponga el fin de Europa como proyecto político. A los europeos –y a los ucranianos, que finalmente acabarán incorporándose a la Unión Europea– les interesa absolutamente que este proyecto no se convierta en una víctima colateral del conflicto. Para evitarlo es necesario volver al realismo.

En primer lugar, Europa debe reconocer que, cada vez más, sus intereses no coinciden con los de Washington. Hay que repetir incesantemente que la unidad europea se logró al margen de las estrategias que favorecían los intereses nacionales estadounidenses: para Estados Unidos la OTAN siempre ha tenido más prioridad que la unidad europea. Sin embargo, por muy penosa, trabajosa y tentativa que haya podido ser esta unidad ha logrado recientemente importantes hitos (por ejemplo, la mutualización de la deuda para hacer frente a la pandemia). Todo ello no debería sacrificarse al objetivo de debilitar a Rusia.

Estados Unidos puede permitirse el lujo de apostar por un conflicto prolongado y elevar los envites en torno al mismo, porque las consecuencias de esas decisiones las asume en su mayor parte Europa: el reasentamiento de millones de refugiados, el coste de las sanciones, que son devastadoras para las economías europeas, y la necesidad de luchar por nuevas fuentes de energía. El incremento de los presupuestos de defensa europeos afectará aún más a los sistemas de bienestar social ya debilitados por décadas de políticas neoliberales y por la crisis de 2008. Estos sistemas de bienestar social son, sin embargo, fundamentales para la regulación de los equilibrios sociales en los que se basa la estabilidad política de la Unión Europea. Por último, si el conflicto se intensifica, Europa se convertiría en su principal escenario.

La guerra en Ucrania ofrece a Washington la oportunidad de apuntalar su hegemonía en declive, trasladando a los países europeos algunos de sus costes, al tiempo que los incorpora a su confrontación global con China. En este sentido, la continuidad entre los gobiernos de Trump y Biden es sorprendente. Todo ello tendría un gran impacto en el orden constitucional europeo, que disminuirá la capacidad de sus miembros históricos para definir la orientación política de la Unión Europea en favor de gobiernos más dóciles con el proyecto atlantista.

El debilitamiento político de Europa se ha convertido en un objetivo explícito de la ampliación de la OTAN, especialmente entre los neoconservadores, reanimados por las perspectivas de la guerra con Rusia vendida como una lucha por la democracia. A fin de contrarrestar el riesgo de que la Alianza Atlántica se haga inmanejable por el aumento inmoderado de sus miembros y la asunción de una misión hipertrofiada, que ahora incluye la contención de China, algunos expertos sugieren utilizar la ampliación de la OTAN para reajustar el equilibrio de poder en el seno de la Unión Europea. Su objetivo es promover una coalición que incluiría a “los Estados de Europa del Este y del Báltico, con Polonia a la cabeza [...] los Estados escandinavos, en particular Finlandia y Noruega”, pero también a “las potencias externas de habla inglesa, incluidos el Reino Unido y Canadá”. La misma estrategia se halla detrás de la reciente propuesta británica de crear una “Commonwealth europea”, que equivaldría al establecimiento de una Unión en la sombra más alineada con las agendas transatlánticas. Este planteamiento encuentra apoyo en el nuevo concepto estratégico de la OTAN, que promueve la “máxima participación” de los miembros no pertenecientes a la Unión Europea en los esfuerzos de defensa europeos.En este contexto, la candidatura de Suecia y Finlandia al ingreso en la OTAN destaca por sus implicaciones políticas más que por su importancia estratégica. Como ha señalado Adam Tooze, su decisión de solicitar el ingreso fue posible por la debilidad del ejército ruso, no por la amenaza que este representaba. Es demasiado pronto para decir cómo la aparición de un grupo nórdico en el seno de la OTAN alienado con las posiciones más intransigentes dará forma al conflicto, pero sin duda ello propiciará claramente nuevas líneas de fractura en Europa.

¿Podemos salvar a Ucrania y al mismo tiempo salvar también a Europa? Como escribió recientemente el físico italiano Carlo Rovelli, “el problema de las guerras no es ganarlas, sino ponerles fin”. Europa no es un club de ganadores. Se construyó sobre el rechazo a la guerra, la limitación de la soberanía estatal y la adopción del federalismo como principio fundacional. Su principal objetivo fue siempre organizar la paz en el continente y hoy debe seguir siéndolo, si Europa quiere sobrevivir.

El apoyo de los gobiernos europeos a Ucrania no puede ser el vehículo de estrategias que impidan una mayor integración política de Europa, lo cual no significa abandonar a Kiev a su suerte o negarse a enviar ayuda militar. Significa que esta ayuda debe ir acompañada de condiciones diplomáticas explícitas, las cuales deben ser cuidadosamente calibradas para no impedir futuras negociaciones o futuras relaciones con Rusia. Tarde o temprano se verificará una solución negociada, que probablemente se aproximará a los contornos de los Acuerdos de Minsk.

Europa también debe mantener una distancia de seguridad con respecto a la gran estrategia de Estados Unidos, país que aún no ha encontrado la fórmula política para acomodar el declive global de su poder y su pérdida de prestigio. Volver a la Guerra Fría no restaurará la supremacía estadounidense, pero sí perjudicará a Europa. Tampoco restaurará su prestigio: liderar la lucha global por la “democracia” es menos convincente cuando el país que lidera tal proyecto cuenta con un Senado que está celebrando una investigación en profundidad sobre el intento de golpe de Estado perpetrado en el Capitolio en enero de 2021, en el que los derechos de las mujeres son pisoteados por las administraciones que se supone que los protegen y en el que la posibilidad de una guerra civil es un tema de conversación recurrente. No es de extrañar que la mayor parte del mundo no esté de acuerdo con el diseño global de una potencia que presenta estas características.

Sería un error que Europa apostará su suerte a esta estrategia. Debería optar, por el contrario, por el creciente bloque de los “partidarios de la moderación”, que en Washington abogan por una política exterior diferente y menos belicosa, alejada de las homilías pegajosas sobre el orden internacional liberal y sus fundamentos militares. Atrapada entre la crisis de la hegemonía estadounidense y las astutas maniobras del Kremlin, que intenta fortalecer las fuerzas políticas más antieuropeas y reaccionarias, Europa debe convertirse en un sujeto político y desarrollar la correspondiente autonomía estratégica a escala mundial. La guerra de Ucrania ha convertido tal objetivo en una tarea urgente e inaplazable.

 Fuente: https://www.elsaltodiario.com/analisis/toni-negri-nicolas-guilhot-guerra-ucrania-rusia-otan-nueva-realidad

viernes, 24 de junio de 2022

Hambre y propaganda de guerra en Ucrania


 Las sanciones occidentales contra Rusia son mucho más dañinas que el bloqueo ruso de puertos ucranianos para el anunciado incremento del hambre en el mundo

“Para que el trigo valga dinero: agua, sol… Y guerra en Sebastopol”, se decía en Castilla. Imagino que el dicho se estrenó a mediados del XIX, tras la guerra de Crimea, y recuerda el gran papel de las ricas llanuras ucranianas y sus tierras negras en la producción de cereal y la dinámica de los precios.

Hoy, la guerra de Ucrania y las sanciones de respuesta que la invasión rusa ha recibido de parte de Estados Unidos y la Unión Europea han creado una situación ejemplar. Hay un peligro de hambre en zonas del sur global sobre el que advierte el Programa Alimentario de la ONU (WFP).

Digo ejemplar por la evidente y conocida relación entre los desastres de la guerra y el hambre (según el WFP, el 60% de los hambrientos viven en zonas afectadas por la guerra y la violencia) que, en el caso ucraniano, incrementará el colectivo de los que sufren hambre aguda en el mundo en 47 millones. Es decir, el número de hambrientos pasará este año de 276 millones (nivel de preguerra) a 323 millones, según esa fuente. Pero ejemplar también por cómo se utiliza este problema con fines belicistas en un contexto de propaganda de guerra.

La guerra de Ucrania complica los impactos ya generados por otros conflictos: la pandemia, la crisis climática y los costes encarecidos por un incremento del precio del grano, que ya venía de antes, y por el transporte. El África subsahariana será el área más afectada. Egipto, Túnez, Turquía, Líbano, Siria, Argelia, Marruecos, Somalia, Etiopía y Sudán recibirán menos, y además más caro.

Este informe del WFP se publicó en marzo, pero la mayoría de nuestros medios de comunicación solo se hicieron eco de él en junio. Y con frecuencia, informaron mal.

Rusia y Ucrania responden por el 30% de la exportación global de trigo. Ambas son también grandes exportadoras de cebada, maíz, semillas de girasol y aceite de girasol. Gran parte de esa exportación va al sur, en Asia, Oriente Medio, África del Norte y subsahariana, donde se localizan algunos de los países más pobres del mundo, que ya estaban al límite por los efectos de las subidas de precios, el estrés producido por la pandemia y las habituales lacras: guerra, corrupción, desigualdad, mala administración...

Desde la OTAN se dice que el bloqueo ruso de los puertos ucranianos es el motivo del aumento cuantitativo del hambre que ONU y WFP anuncian y contabilizan. Pero Rusia exporta mucho más que Ucrania: el 20% del trigo, harinas y derivados, frente al 8,5% de Ucrania. Por eso, lo que no dice la OTAN, la UE y EE.UU. –y con ellos, el grueso de nuestros medios de comunicación– es que en la génesis de ese peligro las sanciones occidentales contra Rusia son mucho más significativas que el bloqueo ruso de puertos ucranianos.

Las sanciones impuestas a Rusia impiden la exportación del grano ruso. El 50% de ese grano –que es mucho más que todo lo que Ucrania exportaba desde sus puertos– se exportaba desde el puerto ruso de Novorosisk, en la costa oriental del Mar Negro. Como consecuencia de las sanciones, los barcos no pueden acceder a ese puerto a cargar. Las compañías de seguros no cubren el tráfico de esos barcos, y los barcos con bandera rusa no pueden usar las infraestructuras portuarias. Además, Rusia no puede cobrar ese comercio de grano, porque los sistemas de pago están bloqueados y los bancos internacionales cerrados para su actividad.

Las sanciones financieras impiden que Rusia cobre esas exportaciones e introducen el riesgo de que los pagos a través de bancos y sistemas controlados por los sancionadores sean confiscados, como ha ocurrido con los 300.000 millones de dólares rusos que estaban depositados en Estados Unidos (y con los 9.000 millones afganos, cuya apropiación, en revancha por la debacle militar en Afganistán, agrava el hambre en aquel desgraciado país, y con los miles de millones iraníes robados en respuesta a la revolución de 1979, y…).

El segundo aspecto por el que las sanciones agravan la situación tiene que ver con los fertilizantes. Su precio se ha incrementado a causa del aumento del precio del gas con el que se producen. Rusia y Bielorrusia son el primer y el sexto productor mundial de ellos, respectivamente. Juntas representan el 20% de la producción global. Y ambas están sometidas a sanciones.

Así que todo eso afecta a los precios. Y la subida de precios repercute directamente en las posibilidades de los más pobres para pagar sus alimentos: muchos de los que antes iban justos ahora no llegan, advierte el WFP.

No puede decirse, por tanto, como afirma el bloque UE/OTAN y EE.UU., que el responsable es Rusia, o que es solo Rusia. Obviamente hay una clara responsabilidad rusa por haber iniciado la invasión, responsabilidad inseparable de las circunstancias que la propiciaron también desde fuera de Rusia. Lo más diplomático que se puede decir es que hay una responsabilidad compartida. Y lo más objetivo es decir que las sanciones occidentales contra su adversario geopolítico en este conflicto son un factor de incremento del hambre más importante que el bloqueo de los puertos ucranianos, que los rusos están dispuestos a levantar bajo determinadas condiciones.

Pese a eso, el mensaje que nos envían los políticos atlantistas y sus medios de comunicación es inequívoco. El 24 de mayo, en Davos, la inefable presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo que “Rusia está bombardeando silos en Ucrania, bloqueando barcos cargueros ucranianos llenos de trigo y girasol y acaparando su propia exportación de alimentos como una forma de chantaje. Eso es usar el hambre y el grano como recurso de poder”. (Wall Street Journal, 24 de mayo: “Ukraine-Russia War Is Fueling Triple Crisis in Poor Nations”).

“Debemos garantizar que esos cereales se envían al mundo, de lo contrario millones de personas pasarán hambre”, dice la ministra de exteriores canadiense, Melanie Joly.

Lo que se abre paso con estas declaraciones es una campaña para romper militarmente el bloqueo ruso de la costa ucraniana alegando “catástrofe humanitaria”. Es decir, una escalada militar aún más peligrosa.

Al día siguiente de la declaración de von der Leyen, el editorial del WSJ explicaba de lo que se trata bajo el titular, “Romper el bloqueo alimentario de Putin”: “El mundo necesita una estrategia para romper el bloqueo ruso de los puertos ucranianos para que se pueda exportar alimentos y otros productos, y eso significa un plan para usar barcos de guerra que escolten cargueros mercantes fuera del Mar Negro” (…) “el mundo civilizado deberá actuar pronto para evitar una crisis humanitaria aún mayor”. Putin está usando la “presión alimentaria global para que la OTAN y otras naciones accedan a una paz en sus términos”. Y el diario proponía “una coalición internacional de barcos de guerra” independiente de la OTAN para llevarla a cabo sin que Rusia pueda denunciar provocación.

La guerra va para largo. Los centros de poder y medios de comunicación occidentales abogan claramente por su eternización. El Kremlin tampoco está interesado en una negociación mientras no tenga un claro, o aparente, resultado de éxito militar que presentar como desenlace. Cualquier pretexto “humanitario” será, y es, explotado en ese contexto belicista. El incremento del hambre en el Sur no importa en Bruselas, ni en Washington, ni en Wall Street. Y para Moscú es un “efecto colateral” de las mal calculadas sanciones occidentales contra Rusia.


Fuente: https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/40036/#.YrRaJjRcaQQ.twitter

jueves, 19 de mayo de 2022

Imperialismos y prensa

https://pbs.twimg.com/card_img/1525945589850071043/B_lw-qwF?format=jpg&name=small

 La invasión de Irak, en 2003, fue tan inmoral como lo es la agresión de Rusia a Ucrania en pleno 2022. Un solo bando, un solo discurso, un solo patriotismo: eso es lo que pretendía Estados Unidos con las enormes restricciones que impuso a la prensa durante la contienda, principalmente al inicio de la invasión terrestre. En aquel entonces, la única vez que el imperialismo estadounidense invocó la Convención de Ginebra fue para hablar de sus prisioneros de guerra en el país, pero jamás mencionaron que la misma Convención prohíbe disparar contra civiles desarmados, lo que incluye a periodistas, y asesinaron a unos cuantos. Los llamados “incorporados” o "empotrados" eran periodistas a los que se les permitió acompañar a los soldados estadounidenses a condición de que “observaran” la guerra desde el interior de los tanques o vehículos blindados, es decir, desde el punto de vista del bando invasor. Ese grupo de periodistas no puso voz al dolor de los iraquíes ni mostró imágenes de la destrucción causada por los misiles estadounidenses. La ausencia de corresponsales de guerra sobre el terreno no nos permitió ver el drama que se vivió en las calles y plazas, en los mercados callejeros, en los colegios destruidos, en los hospitales y centros de salud arrasados por las bombas y en los edificios y residencias en los que vivían los ciudadanos iraquíes. Al contrario, se acuñó el término “daños colaterales” para blanquear los crímenes del trío Bush-Cheney-Rumsfeld. ¿Dónde se ha visto una guerra en la que no mueran inocentes? Es la historia, es la vida, nos dirán. En un alarde de soberbia y para no dar muchas explicaciones acerca de las bajas causadas entre sus marines por el experimentado ejército iraquí, los portavoces del ejército estadounidense también se inventaron aquello del “fuego amigo”, otro eufemismo que encubrió multitud de muertes.

Saddam Hussein, el sanguinario dictador, poseía alrededor de 60 palacios en Irak. Recibimos muchas noticias que informaban con emoción y detalle de la destrucción de algunos de ellos, como si su demolición significase el advenimiento de la democracia en Irak, pero un teletipo de Reuters fechado el 3 de abril de 2003 dio cuenta de que los misiles que alcanzaron el complejo presidencial Al Radwaniya, un palacio al suroeste de Bagdad, habían matado a doce niños y seis adultos que vivían en una granja cercana. El resto de la prensa apenas comentó la noticia. Doce niños y seis adultos. Daños colaterales, por supuesto. Tampoco, naturalmente, se podía decir abiertamente que la razón de invadir Irak no era encontrar las armas de destrucción masiva, que nunca aparecieron, sino implementar un superproyecto neoliberal con el fin de privatizar toda la economía iraquí (no solo el sector petrolero). Para esta misión se eligió a Paul Bremer, nombrado jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), que se esmeró en privatizar el sector público, liberalizar todos los sectores de la economía iraquí y favorecer los negocios de las empresas estadounidenses en Irak. Ya en mayo de 2003, el Wall Street Journal había revelado que se había encargado al gabinete BearingPoint Inc. la ejecución de un plan que llevaba por título "Para que la economía iraquí pase del renacimiento al crecimiento sostenido". “Renacimiento” y “crecimiento sostenido”, más eufemismos. Posteriormente, el secretario de Estado, Colin Powell, reconoció que los datos aportados durante su discurso en la Asamblea de la ONU para demostrar la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, el 5 de febrero de 2003, eran falsos.

Sin ir más lejos, los llamados "contratos para luchar contra el fuego en los pozos petrolíferos" fueron concedidos en secreto a una filial de Halliburton, la compañía que dirigió el vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, entre 1995 y 2000. Kellogg Brown & Root obtuvo esta licitación sin concurso previo y sin limitaciones en lo referente a la duración y las sumas implicadas. Por cierto, que esta empresa fue investigada en el Congreso de Estados Unidos por el "patrón de fraude, abuso y despilfarro" en contratas en Irak por valor de 8.200 millones de dólares. La “guerra global contra el terrorismo” admitía esto y mucho más. ¿Qué no tragamos entonces? Cuando las principales televisiones de Estados Unidos se mostraron partidarias de difundir el vídeo de los prisioneros de guerra estadounidenses en poder del ejército de Irak, que ya había sido emitido por la televisión nacional iraquí, el secretario de defensa, Donald Rumsfeld, declaró que eso estaba prohibido por la Convención de Ginebra, pero que, incluso así, los medios podían hacer lo que desearan. Y, al menos en primera instancia, esos medios se abstuvieron de mostrarlos porque todos sabían que ese “lo que desearan” era una amenaza en boca de Rumsfeld y sabían también cómo se las gastaban tanto él como Cheney y cuántas herramientas pueden tener a su disposición un secretario de Defensa y un vicepresidente de Estados Unidos a la hora de hacer el mal a conciencia.

El propio Rumsfeld cuestionó públicamente la relevancia de las Convenciones de Ginebra y puso sobre la mesa métodos criminales de interrogación como el uso de perros guardianes para aterrorizar a los detenidos (constan en los informes de abuso durante los interrogatorios de la prisión de Abu Ghraib) o técnicas de inmersión en agua. Las entrevistas realizadas por Human Rights Watch a veteranos del ejército estadounidense revelaron que algunos soldados u oficiales que intentaron quejarse a la cadena de mando preocupados por el trato inhumano y las torturas a los prisioneros fueron presionados por oficiales de rango superior o incluso por abogados militares de la oficina de la fiscalía militar para que guardaran silencio. Se les aseguró que los mandos aprobaban los métodos de los interrogatorios y que eran legales. Incluso, a uno de los oficiales se le recordó el "honor de la unidad" como una razón para guardar silencio. El poder prostituye las palabras para defender lo inaceptable y apela a mitos y entelequias varias con tal de justificar su barbarie. Por lo visto, preservar el “honor” (el buen nombre) de una unidad es compatible con los crímenes de guerra y las violaciones de los derechos humanos. Las torturas y malos tratos no se produjeron únicamente en la prisión de Abu Ghraib, sino en centros como el Campo Cropper, en el Aeropuerto de Bagdad, donde se hallaban recluidos los máximos dirigentes del régimen iraquí y algunos miembros de la resistencia; en los centros secretos de interrogación como el Campo Nama, cerca de Bagdad, y el Campo Diamonback, en el aeropuerto de Mosul; en los campos de prisión improvisados en varias localidades; y también en las bases operativas de avanzadilla, como la de Tigre, en Al-Qaim, y la de Mercurio, en Faluya.

Fue el presidente Bush, en realidad, quien dio la autorización a la CIA para entregar a presos y detener a otros en lugares secretos. Varios países europeos colaboraron. Nadie como nosotros para tapar nuestras miserias. El Pentágono ordenó nueve investigaciones diferentes, dos de ellas demostraron que las políticas de interrogación de Rumsfeld contribuyeron a la tortura y abuso en Irak y Afganistán. Pero los investigadores no disponían de las facultades legales necesarias para procesar a Bush, Rumsfeld y Cheney. En algunos aspectos, todos lo sabemos, vivimos una ficción de democracia, y lo ocultamos con engaños que todos aceptamos. En caso contrario y si las fuerzas no fueran tan desiguales, multitud de prohombres de la política estadounidense estarían en prisión hasta sus últimos días. En ocasiones, el respeto sagrado por la democracia, los derechos humanos, la libertad de expresión y la información parecen quedarse en nada cuando están en juego los intereses económicos de Occidente. Al Jazeera fue uno de los pocos medios que mostró la guerra de Irak tal cual fue, una espeluznante fiesta de muerte, abyección y destrucción. Mientras, la mayor parte de las televisiones estadounidenses contrataron a militares retirados que mantenían estrechos vínculos con el Gobierno, y su forma de hablar de la guerra era extremadamente belicista y muy similar a la que hoy utilizan los medios rusos. Con frecuencia, hablaban con emoción y entusiasmo de “nuestro ejército”, “nuestros tanques”, “atacaremos”, etcétera.

También existe una extraña consonancia en nuestros medios cuando nos hablan de la “guerra de Putin”, cuando antes jamás escuchamos “la guerra de Bush-Cheney-Rumsfeld”, como tampoco fueron calificados como "oligarcas" los empresarios afines al Partido Republicano que más se lucraron con la guerra por medio de la prestación de servicios en Irak, que fueron desde las operaciones militares en las que participaron mercenarios hasta la construcción de infraestructuras (minuciosamente destruidas por los estadounidenses), pasando por la formidable operación logística que dio cobertura completa a las tropas. Esos empresarios recibieron más de 138.000 millones de dólares y diez de ellos acapararon el 52% de los fondos, de acuerdo con un informe del Financial Times. Muchos de los contratos fueron otorgados directamente a personas próximas al Gobierno de Bush sin que se permitiera la competencia con otras empresas del sector. El análisis del Financial Times demostró que dos empresas se beneficiaron del conflicto bélico con contratos por valor de, al menos, 72.000 millones de dólares y ¿acaso es una sorpresa? La que más beneficios obtuvo fue Kellogg Brown & Root, la filial de Halliburton vinculada al vicepresidente Cheney. Todos ellos fueron y son tratados como empresarios respetables, no como "oligarcas", y no han visto restricción alguna en sus cuentas bancarias o tarjetas de crédito. La protección y predilección que la Administración Bush mostró por estos empresarios no difería en casi nada de la que muestra el Kremlin por los llamados “oligarcas”.

Las guerras de todas las épocas han tenido un fortísimo componente económico que incluye el robo, el saqueo y la obtención de recursos de todo tipo en poder del enemigo, y eso es muy difícil de defender en el mundo de hoy. En Irak murieron entre uno y un millón y medio de personas a causa de la guerra. Todo indica que, en el mejor de los casos, nos dirigimos a una guerra de desgaste en el conflicto entre Rusia y Ucrania, con consecuencias imprevisibles para la humanidad si tuviera lugar el peor de los escenarios de utilización de armas nucleares tácticas o estratégicas. 

Fuente: https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/imperialismos-prensa_129_1231965.html

lunes, 11 de abril de 2022

Federico Mayor Zaragoza: “En Ucrania no hacen falta más armas, sino más palabras”

El exdirector de la Unesco aboga por que la Unión Europea actúe de interlocutor con Moscú, en lugar de la OTAN, mientras reclama “deber de memoria” 

Federico Mayor Zaragoza insta a un "tratamiento a tiempo" de la Cultura
Federico Mayor Zaragoza insta a un "tratamiento a tiempo" de la Cultura EFE

  Reivindica el “deber de memoria” en cada respuesta y esos “pueblos” de los que habla la Carta de las Naciones Unidas. Federico Mayor Zaragoza (Barcelona, 1934) es un defensor de la palabra y la negociación frente a la fuerza y las armas. Fue director de la UNESCO de 1987 a 1999 y ahora preside la Fundación Cultura de Paz. Durante su conversación con elDiario.es, apuesta con vehemencia por un multilateralismo en el que todas las partes tengan voz, pero no veto, y en el que la sociedad civil pueda participar de tú a tú con los Estados. 

 Más de cuarenta días después de la invasión rusa de Ucrania, pide recapacitar sobre si el envío de armas a Kiev ha servido para algo y propone a la Unión Europea como interlocutora con Moscú, en lugar de la OTAN. Además, cita en varias ocasiones al primer ministro sueco Olof Palme, asesinado en 1986, para reclamar acercarse a Rusia “con la neutralidad y no con las armas”.

Llevamos años viendo guerras en Irak, en Siria, en Afganistán, en Yemen... pero ninguna ha impactado tanto a la sociedad como la ucraniana. ¿Nadie supo prever esta guerra en Europa?

Sí se supo prever y hace ya mucho tiempo. Desde que los acuerdos de Minsk no se cumplían ya estaba rondando la posibilidad de que existiera esta situación creada sobre todo por la OTAN, que ha ido desplazando progresivamente su actuación hacia el Este. La Unión Europea no ha sido prácticamente interlocutora, lo ha sido Estados Unidos, porque preside la OTAN. La capacidad de negociación tiene que depender siempre de la libertad, la democracia y el diálogo y esto no ha existido en este caso, porque se hace entre instituciones (la UE y las Naciones Unidas) que no pueden expresarse libremente porque tienen derecho a veto. Lo primero ahora es hacer un alto al fuego para parar esta barbarie y al mismo tiempo, y sin disminuir ni un ápice la responsabilidad de Putin, 'deber de memoria'.

Hay periodistas sobre el terreno documentando los ataques contra civiles en Ucrania. ¿Qué posibilidades tiene la Corte Penal Internacional de juzgar a Rusia por los crímenes de guerra?

Yo soy muy partidario de que de que la Corte Penal Internacional funcione y que todo el mundo la acepte, porque ha habido un descrédito de todo lo que tiene que ver con las Naciones Unidas. Yo he sido director general de la UNESCO durante 12 años y se lo puedo asegurar. Lo que tenemos que hacer es fortalecerla y, en la medida en que se pueda, penalizar a Rusia por estas actividades que ha tenido. Por otra parte, recordemos todas las guerras. No podemos hacer excepciones. Por fortuna, sabemos lo que está pasando en Ucrania y hay que castigarlo, pero ¿por qué no tenemos información de lo que está ocurriendo en Yemen? ¿qué está pasando ahora mismo en Siria? ¿por qué dejamos que se ahoguen en el Mediterráneo los migrantes de Libia?

La guerra en Ucrania dura ya más de un mes y medio y no parece que vaya a resolverse pronto. ¿Cómo se puede articular ese alto al fuego que mencionaba?

Lo primero es que la OTAN, que es una institución militar, deje de ser el interlocutor con Rusia y pase a serlo la Unión Europea. Esto es cosa de la UE, no de la OTAN. Tenemos que dejar de hablar en términos militares para hablar en términos civiles y de responsabilidad compartida. Este sería un buen momento para hacer una pausa y decir que esto va a acabar mal porque estamos enviado únicamente armas, más armas y más armas. Ahora lo que hacen falta no son más armas, sino más palabras.

¿Cree que solo con eso ya se podría gestionar un alto al fuego? Hay quien puede pensar que es una idea algo utópica.

Podría ir acompañado de un reconocimiento por parte de la OTAN de que quien tiene que tomar la palabra es la UE y que quien debe tener un papel en que se eviten los vetos son las Naciones Unidas. Somos 196 países y tenemos derecho a hablar los 196. Desde el G-6 de Reagan en los años 80, hemos estado con el G-6, el G-7, el G-20... ¿qué es eso? Ya sabemos que todos estos 'G' en realidad son un G-1. Somos 196, vamos a cambiarlo entre todos.

Lo que Ucrania está pidiendo ahora mismo son armas.

No quiere decir que a mí me parezca bien todo lo que pide Ucrania, lo que me parece muy mal es que haya habido una intervención militar cuando se tenía que haber resuelto por la palabra. Hay que reconocer que hay unos acuerdos en Minsk que no se están cumpliendo y que se firmaron precisamente para evitar lo que está sucediendo. Desde el origen de los tiempos siempre hemos visto la guerra. Ahora tenemos que decir, de una vez, si vis pace, para verbum. Prepara la palabra, prepara la capacidad de negociación. Pero esa negociación no se hace con bombas, sino sentándose y buscando las fórmulas. Ahora, por ejemplo, Ucrania ya acepta la neutralidad, que ha sido el origen de todo este jaleo.

El envío de armas a Ucrania ha supuesto un choque entre los partidos del Gobierno. Usted compartió un acto con la ministra Belarra. ¿Cree, como ella, que la guerra ha despertado un “furor belicista”?

No. Aquí está todo el mundo, todo el día, hablando de que hay un gobierno de coalición. Un gobierno de coalición es precisamente de coalición. A mí me parece muy bien que haya puntos de vista distintos y me parece muy bien que al final haya un predominio y una resolución democrática en el seno del Gobierno sobre qué es lo que se va a hacer y que el presidente tenga las facultades resolutivas que tiene que tener. Pero esto no es culpa de España. Desde el primer momento se ha dicho que hay que tener una gran capacidad de recepción para los refugiados y que hay que enviar armas. Enviar armas es muy peligroso porque fomenta la guerra en lugar de potenciar la negociación. Si desde el principio toda Europa y todas las naciones le hubieran dicho a Putin que parase porque íbamos a llegar a un acuerdo y Ucrania no podía pertenecer a una organización militar, que estaba muy claro desde el principio... pero no han ido las cosas por ahí y ha habido esa visión de que tenía que haber enfrentamientos, que es un disparate.

Se argumentaba que dar esa respuesta suponía vulnerar la soberanía de Ucrania.

Exacto, pero la soberanía de Ucrania no puede interpretarse exclusivamente en términos militares. Que Ucrania no iba a pertenecer a la OTAN era algo que se venía procurando desde hacía muchos años. Olof Palme ya advertía de que no nos acercásemos a Rusia con las armas, sino con la neutralidad, se firmaron los acuerdos de Minsk, estaban los acuerdos de Gorbachev cuando se suprimió el pacto de Varsovia. Yo lo que digo es que tenemos que tener 'deber de memoria' y saber lo que ha pasado. Aquí han sucedido muchas cosas y en los últimos años ha habido muchos accidentes en la democracia a escala mundial. Vamos a ponernos a pensar y vamos a ser responsables. 

Usted es un firme defensor de un nuevo multilateralismo

Por primera vez, es posible ese “nosotros, los pueblos” con el que empieza la Carta de las Naciones Unidas y gracias a la tecnología podemos expresarnos. Ya no tenemos que estar callados. Tenemos que decir que no queremos que siga habiendo una gobernanza plutocrática a escala mundial. Que se ha acabado que las Naciones Unidas sean únicamente una institución humanitaria sin capacidad de negociar si una de las partes establece, como ha sucedido, el veto y que la Unión Europea esté callada porque la que tiene toda la palabra es una institución militar llamada OTAN. También hemos olvidado totalmente nuestras responsabilidades en relación a la habitabilidad de la Tierra y de la aplicación de la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Tenemos que decir ya todos los ciudadanos que no queremos más una gobernanza que desprecie lo que a nosotros nos parece fundamental.

Ahora, lo primero, es el alto al fuego y el inicio de un proceso de paz pero, al mismo tiempo, 'deber de memoria'. Hay que acabar con la gobernanza que tenemos en estos momentos, plutocrática y neoliberal, y establecer un sistema multilateral, unas Naciones Unidas sin vetos, con una democracia real, genuina, a escala personal, local, regional e internacional. Eso es lo único que podría resolver la situación.

¿Eso es posible con un actor como Putin en el tablero internacional?

Claro que es posible. Si hubiera esta reacción a escala mundial, claro que sí. Como Putin y como tantos otros. Fíjese en Hitler o en Mussolini. Tenemos que pensar que hay soluciones y que estas soluciones no son las de la fuerza, sino las de la democracia, la negociación y la palabra. Ahora tenemos la capacidad de movilizarnos.

Usted aboga por una nueva composición de la Asamblea General de las Naciones Unidas. ¿Cómo sería ?

Como ahora, cada país tendría un representante, pero se multiplicaría por dos el número de asistentes y el resto serían miembros de la sociedad civil, que representen a la gente. Sería lo que dice la Carta de las Naciones Unidas, “nosotros, los pueblos”. Lo que no tienen esos pueblos es veto, ninguno. Tiene que tener un reparto equilibrado y ponderado. No puede ser que el peso del voto de la India sea el mismo peso que el voto de España. Tiene que haber un equilibrio. Lo único que se necesita es decir que queremos un sistema democrático, en lugar de tener esta gobernanza plutocrática a escala mundial.  

 Fuente: https://www.eldiario.es/politica/federico-mayor-zaragoza-ucrania-no-falta-armas-palabras_128_8902838.html

domingo, 27 de marzo de 2022

El informe que predijo hace 50 años el colapso de la sociedad actual

El trabajo publicado por científicos del MIT en el Club de Roma en marzo de 1972 situó el declive del modelo económico y social a partir del 2020

Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens
Los investigadores del MIT y autores del informe «Los límites del crecimiento» Jørgen Randers, Jay Forrester, Donella Meadows, Dennis Meadows y William Behrens Club de Roma

 En 1972 El Club de Roma, una institución privada formada por economistas, científicos y políticos de todo el planeta, encargó a un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) un informe que respondiera a la siguiente pregunta: ¿puede el crecimiento económico y material continuar indefinidamente en un planeta finito?.

El grupo de expertos liderados por la doctora y científica ambiental Donella Meadows presentó el informe titulado Los límites del crecimiento cuyos resultados estaban apoyados por un nuevo modelo matemático. El documento ofrecía varios escenarios sobre la evolución de la sociedad en función de una serie de variables como el crecimiento de la población, la contaminación y la disponibilidad de recursos. «Los llamados modelos sobre dinámica de sistemas describen de qué forma interactúan las variables agregadas o conjuntas, que son la suma de muchas. Se parte de un estado inicial, los años 70, y a partir de ahí se introducen diversas situaciones que dan como resultado diferentes futuros», explica Antonio Turiel, físico, investigador del CSIC y experto en recursos energéticos.

Uno de los escenarios que se contempló tomaba como referencia el modelo business as usual o «todo sigue igual». Se daba por hecho que la población crecería con la misma intensidad con la que consume recursos y deteriora el medio ambiente. Sobre este escenario, el texto menciona literalmente que «si la industrialización, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales se alcanzará los límites en cien años».

«La publicación del informe tuvo un gran impacto y recibió críticas muy duras por parte de la comunidad científica, pero sobre todo del ámbito económico ya que ponía en cuestión el paradigma del capitalismo, que no es otro que el crecimiento ilimitado. Hubo una campaña muy potente para desprestigiar los resultados con la clara intención de no hacer ningún cambio», apunta Turiel.

En las décadas posteriores la explotación de nuevos yacimientos de petróleo y la aparición de nuevos recursos lograron enmascarar el problema de raíz. El futuro parecía quitarle la razón a los agoreros. «Lo que la gente nunca ha entendido es que el modelo también tuvo en cuenta que se producirían progresos en cada una de las variables», sostiene el investigador.

  

  La predicción incluye una especie de momento de inflexión, un punto en el que las líneas de las diferentes variables se cruzan. El modelo matemático de los 70 pronosticó que se produciría un declive del modelo social y económico a partir del 2020. «Tal y como apuntaba el informe hace medio siglo las cosas empiezan ahora a ir muy mal. Por desgracia todas las revisiones que se han realizado del trabajo desde su publicación en 1972 reconocen que hemos llegado hasta aquí por medio del peor de los escenarios. En estos momentos nos estamos topando con las contradicciones del sistema», reconoce.

La segunda década del siglo XXI ha comenzado con una pandemia global y continúa con una guerra que está produciendo un encarecimiento de la vida y amenaza con generar un grave problema de abastecimiento de productos básicos. La realidad parece estar reproduciendo la dinámica que conduce al desastre que predijo el informe. «Un colapso no se produce de un día para otro, es un proceso que puede durar décadas, pero todo lo que está pasando nos lleva al escenario que pronosticó el Club de Roma hace justo medio siglo. Quizás la pandemia no entraba en los planes, aunque es una consecuencia más porque estamos chocando contra los límites biofísicos del planeta. La historia nos enseña que un colapso se produce por un daño autoinfligido por las sociedades, por cabezonería. En nuestro caso el culpable es la idea del crecimiento infinito», sostiene.

Además, la crisis sanitaria del covid-19 y el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia introducen nuevos elementos que provocan que las matemáticas pierdan predictibilidad. Es decir, ahora mismo resulta difícil saber qué más puede ocurrir. «Creo que esta guerra forma parte de una lucha por los recursos. Y ha llegado para quedarse. Muchos países están anunciando ya un aumento en el gasto militar. Nos estamos preparando para un futuro en el que seremos agresores de otros países para tratar de conseguir sus recursos», concluye Turiel.

El historiador israelí Yuval Harari, autor de Sapiens, advirtió hace unos días a propósito de la situación actual sobre el riesgo que conllevaría que la comunidad internacional priorice ahora el gasto en defensa. Esta nueva estrategia belicista podría ser la estocada final a la crisis climática, el único problema real con dimensiones existenciales. Ayer mismo, el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, afirmó que las medidas a corto plazo que tomen las grandes economías para satisfacer la escasez con las opciones disponibles suponen el riesgo de crear una dependencia de los combustibles fósiles a largo plazo, cerrando la posibilidad de limitar el aumento de las temperaturas globales a 1,5 grados para fin de siglo con respecto a los niveles preindustriales. «Estamos avanzando como sonámbulos hacia la catástrofe climática», aseguró.

Fuente: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/ciencia/2022/03/21/cumplen-50-anos-informe-predijo-colapso-modelo-actual/00031647872514762315155.htm

sábado, 26 de marzo de 2022

¿El suicidio del dólar?

Divisas: cambio de monedas, cotización de divisas | ElEconomista.es -  elEconomista.es

 El 26 de febrero Estados Unidos y sus aliados confiscaron las reservas de oro y divisas del Banco Central de Rusia que este tenía en Occidente, alrededor de la mitad del total de sus reservas, es decir unos 300.000 millones de dólares. Ni la reserva federal de Estados Unidos (FED) ni el Banco Central Europeo (BCE) fueron consultados al respecto. Son muchos los observadores que estiman que la medida será autodestructiva para la hegemonía global del dólar, sobre la que reposa la estabilidad de la deficitaria y monumentalmente endeudada economía de Estados Unidos.Desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro en la convertibilidad del dólar, el sistema de Bretton Woods, los bancos centrales organizaron sus reservas en dólares en lugar de oro. Al hacerlo, compraban bonos del tesoro de Estados Unidos y financiaban los déficits presupuestarios y de la balanza de pagos de ese país. El comercio del petróleo en dólares añadía poderío al dólar como indiscutida moneda global de referencia.

Estados Unidos ha venido utilizando esa posición de poder para ordenar el mundo a su gusto e interés. Puede bloquear pagos, congelar activos y practicar confiscaciones en cualquier momento. Ahora, al confiscar las reservas de Rusia se ha lanzado un mensaje inequívoco a todo el mundo. En palabras del ex diplomático británico Alastair Crooke, “si hasta un país importante del G-20 puede ver sus reservas confiscadas con solo pulsar un botón, para aquellos que aún tienen reservas en Nueva York el mensaje es meridiano: sacarlas de allí mientras sea posible”.

Rusia no es un caso aislado. Las reservas de Irán ya fueron confiscadas en el pasado. Los 9000 millones de fondos de Afganistán, que impedirían la catástrofe humana y el hambre que está teniendo lugar allá, también fueron confiscados por Biden como cruel represalia por la espantada militar occidental forzada por los talibanes el pasado agosto. El año pasado Inglaterra le robó a Venezuela el oro que ésta tenía en el Banco de Inglaterra y del que Caracas intentó disponer para comprar recursos médicos contra la pandemia.

Con todas estas medidas lo que Estados Unidos dice al mundo es que cualquier país que tenga sus reservas allí está expuesto a que, si su política no gusta a Washington, bien porque comercia con países adversarios, bien porque reparte demasiado su renta entre las clases populares en perjuicio de los beneficios de multinacionales, o porque simplemente busque una mayor independencia política o económica del entramado controlado por Estados Unidos, sus reservas pueden ser confiscadas.

“Hemos convertido los depósitos en euros y dólares en un factor de riesgo”, dice Wolfgang Münchau un conocido analista alemán de derechas y estrella del Financial Times. “Confiscando los fondos de Afganistán, Venezuela, Irán y ahora Rusia, politizando el mecanismo de pagos y transferencias del Swift, la influencia global de Estados Unidos disminuye”, dice el ex embajador americano Chas Freeman.

La confiscación de las reservas rusas, “animará a rusos, chinos, BRIC´s, etc. a buscar otras monedas y mecanismos más seguros”, augura Münchau, pero en realidad esto no es un horizonte sino un proceso ya en marcha. Desde que hace ocho años se impusieron sanciones a Rusia por la anexión de Crimea, la participación del dólar en el conjunto de los pagos internacionales ha disminuido 13,5 puntos: pasó del 60,2% en 2014 al 46,7% en 2020. “El dólar se ha convertido en una moneda tóxica”, dice el economista ruso y consejero de Putin, Sergei Glaziev. ¿Qué pasará a partir de ahora con esta tendencia?

La principal consecuencia es que se están creando las condiciones para el crecimiento de un bloque no-occidental en la economía global que tendrá un impacto negativo para los intereses del hegemonismo. Hace más de una década que el Presidente Lula ya comprendió que había que salirse mancomunadamente del dólar y su entramado. Parece que fue Lula el primero que compartió con Vladimir Putin y Hu Jintao, el entonces presidente chino, la idea de avanzar conjuntamente en una política en esa dirección, algo que los chinos tenían claro desde hacía mucho tiempo. El protagonismo de Lula en aquella iniciativa pudo haber sido incluso determinante para el irregular derrocamiento del brasileño y su posterior encarcelamiento. Hoy las cosas han cambiado y no solo porque Lula puede regresar a la presidencia de Brasil.

Ningún BRIC ha participado en las sanciones contra Rusia: ni India, ni el Brasil de Bolsonaro, ni África del Sur, ni la atlantista Turquía, ni los países del Golfo, ni por supuesto China…

El miércoles la conferencia de ministros de exteriores de la Organización de la Conferencia Islámica (57 países miembros) rechazó sumarse a las sanciones contra Rusia. Ningún país de África, ni de Asia Occidental y Central, con solo Singapur y Japón en Asia Oriental, han impuesto sanciones a Rusia, con China e India marcando la línea general.

Aún más significativo, Arabia Saudí está manteniendo conversaciones con China para comerciar en yuanes el pago de su petróleo. El 25% del petróleo saudí va a China. Que el petróleo deje de venderse en dólares, ¿no equivale a una quiebra de la economía de Estados Unidos?

Fuente: https://rafaelpoch.com/2022/03/25/el-suicidio-del-dolar-ii/

lunes, 7 de marzo de 2022

La muerte de Europa y el parto de un nuevo orden

Concentración en la Puerta del Sol contra la guerra y la OTAN.- Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Una suerte que no haya premio Nobel para la estupidez humana porque resultaría imposible adjudicarlo de tan abundantes candidatos que habría, empezando por los gobernantes europeos. La cuestión de Ucrania (rehusamos llamarla invasión o guerra, aunque técnicamente pueda ser ambas) no es nada de lo que dicen, hasta el espasmo, los medios de comunicación occidentales –más correcto sería calificarles de accidentales. Rusia no pretende anexionarse Ucrania; tampoco ha lanzado una guerra de conquista, ni, menos, es resultado de un delirio imperial por la grandeza perdida. Es un conflicto geopolítico en el más puro sentido del término. Geopolítico en términos decimonónicos, de lucha de poder y de intereses, pues no hay conflicto de ideologías, ni lucha entre sistemas, aunque los mercenarios y los bobos de siempre –que, tristemente, no son especie en peligro de extinción-, se desgañiten presentándolo de todos los olores con rebufo a retrete. No, no es nada de eso. Es la vieja lucha entre el mundo que quiere nacer y el mundo que se niega a morir (que dicen dijo el comunista Antonio Gramsci), provocada por la negativa de la OTAN a no continuar expandiéndose hacia Rusia. Porque esa, y no otra, es la causa de la acción militar. Ganar seguridad para Rusia, lo que la UE/OTAN negó, lo que indicaba que persistía en su política expansionista.

Se afirma, repite y machaca que, cuando hay conflictos de esta magnitud, lo primero que muere es la verdad. Nosotros discrepamos. Creemos que lo primero que muere es la inteligencia, pues hay que ser ignorante, memo, lelo y demás perlas para creerse que Rusia se lanzó sobre Ucrania por banalidades como delirios de grandeza o despechos de amores imperiales, tipo nova de Corín Tellado (para quienes no la conozcan, la mayor autora de folletines de amor, a tres por semana, que sus mamás o abuelas recordarán con, esa sí, nostalgia de juventud). Nada de eso. Las guerras son caras, muy caras, y su suerte depende, como recoge Tucídides, del dinero de que se disponga. No es Vladimir Putin ningún descerebrado, como patéticamente quieren presentarlo. Menos aún un aventurero tipo Craso, el multimillonario romano que, queriendo emular a César y Pompeyo, se financió una guerra contra los partos y los partos lo partieron por la mitad, junto a sus casi 30.000 soldados (de ahí viene la expresión craso error).

Lo referimos en el último artículo. Ucrania es una ficha, pero, sobre todo, Ucrania es una pieza en el tablero mundial (tomamos la expresión de Zbigniew Brzezinski), en el que se está jugando el reparto de poder para las próximas décadas, si acaso llegamos a ellas. Nos explicamos. Hay, en el presente, tres grandes jugadores –Rusia, EEUU y China- divididos en dos bandos. En una esquina, como en cuadrilátero de boxeo, la alianza entre China y Rusia, y, en la otra, EEUU. Esto no es invento nuestro. Quien lo dice y repite hasta la saturación es EEUU y su gallinero. Como en temas geoestratégicos sólo los zaparrastrosos se inventan conflictos, citaremos documentos oficiales de EEUU, de los que, además, daremos el link, para quien quiera saciar su curiosidad. De previo informamos que, en EEUU, gobierno y Congreso tienen la amabilidad, previa censura, de hacerlos públicos, de forma que no se entera quien no quiere, porque están ahí (en inglés, obviamente), a disposición del público, que suele ser escandalosamente escaso. Esos documentos permiten, hoy, poner una gota de verdad en la orgía de manipulación y desinformación que se está viviendo en este ignaro gallinero europeo.

Empecemos con el documento más importante, titulado National Defense Strategy (https://dod.defense.gov/Portals/1/Documents/pubs/2018-National-Defense-Strategy-Summary.pdf),  de 2018, que es el que ha marcado la pauta hasta el presente. Según ese documento,  "La competencia estratégica interestatal, y no el terrorismo, es ahora la principal preocupación de la seguridad nacional de Estados Unidos". "La competencia estratégica a largo plazo con China y Rusia son las principales prioridades del Departamento [de Defensa], y requieren una inversión mayor y sostenida, debido a la magnitud de las amenazas que suponen para la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos en el presente, y a la posibilidad de que esas amenazas aumenten en el futuro".

Para enfrentar esa "competencia estratégica a largo plazo", entre una lista generosa de medidas y acciones, el Departamento de Defensa establece como objetivos lo siguiente. En relación a China: "Reforzaremos nuestras alianzas y asociaciones en el Indo-Pacífico para lograr una arquitectura de seguridad en red capaz de disuadir la agresión, mantener la estabilidad y garantizar el libre acceso a los dominios comunes". Con respecto a Rusia: "Fortalecer la Alianza Transatlántica de la OTAN. Una Europa fuerte y libre, unida por los principios compartidos de la democracia, la soberanía nacional y el compromiso con el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte es vital para nuestra seguridad". En suma, EEUU, desde 2018, se encuentra afanado en crear una pinza en torno a Rusia y China cuyo pilar esencial son sus alianzas militares y políticas. De esa guisa, a la OTAN le correspondería ser el Frente Atlántico del Ejército de EEUU, en tanto EEUU se ocuparía, con sus aliados -Japón el primero- del Frente Pacífico. Toda la estrategia de EEUU, toda, descansa en la concepción de dos frentes de guerra, siguiendo la política aplicada durante la II Guerra Mundial, durante la cual EEUU rehusó abrir un frente en el occidente de Europa porque quería dedicar toda su potencia contra Japón (por esa razón el desembarco de Normandía tuvo que esperar a junio de 1944).

Esta concepción es resultado de un hecho admitido en los documentos oficiales de EEUU. Como se puede leer en el documento Providing for the Common Defense (https://www.usip.org/sites/default/files/2018-11/providing-for-the-common-defense.pdf),  también de 2018, "La superioridad militar de Estados Unidos -la columna vertebral de su influencia global y seguridad nacional- se ha erosionado hasta grado peligroso… La capacidad de Estados Unidos para defender a sus aliados, sus socios y sus propios intereses vitales está cada vez más en entredicho. Si la nación no actúa con prontitud para remediar estas circunstancias, las consecuencias serán graves y duraderas". Es decir, EEUU sabe que no tiene capacidad militar suficiente para hacer frente a la alianza entre Rusia y China. Por tal motivo, Washington tiene como columna vertebral de su estrategia reunir el máximo número de alianzas y aliados. La National Defense Strategy lo expresa así: "Las alianzas y asociaciones mutuamente beneficiosas son cruciales para nuestra estrategia, ya que proporcionan una ventaja estratégica duradera y asimétrica que ningún competidor o rival puede igualar". "Más allá de nuestras principales alianzas, también duplicaremos la construcción de asociaciones en todo en todo el mundo, porque nuestra fuerza se multiplica cuando combinamos esfuerzos comunes para compartir costes y ampliar el círculo de cooperación. Al hacerlo, reconocemos que nuestros intereses nacionales vitales obligan a una conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental".

En resumen, como en EEUU saben que solos no pueden, están afanosamente reclutando a países que quieran dedicar parte relevante de sus presupuestos para suplir la inferioridad de EEUU y, llegada la hora, servir de carne de cañón en la guerra por venir contra Rusia y China. Eso explicaría la negativa a negociar con Rusia los temas de seguridad, pues de lo que se trataba no era de la independencia y soberanía de Ucrania, sino de usar a Ucrania como trampa para que el gallinero europeo asumiera, a ciegas y en masa, su papel de Flanco Atlántico de EEUU. El objetivo, lo admitimos, ha sido conseguido, y ahora el gallinero europeo hará lo que quiere EEUU: rearmarse contra Rusia y prepararse para la guerra venidera. Sólo que era guerra no será convencional.

Será nuclear. Quien crea otra cosa no está entendiendo nada de los intereses en juego.

II

Es dentro de ese marco que deben buscarse las claves de los movimientos políticos y geopolíticos en el mundo actual. Quien no vislumbre o desconozca este marco sólo puede elucubrar una sarta de disparates cultivados en ignorancia, fanatismo y bilis, mucha bilis. El marco indicado explica, por ejemplo, que EEUU haya dejado toda la carga –política, militar y económica- de la crisis ucraniana al Frente Atlántico, por la simple razón de que EEUU no quiere restar recursos a su Frente Pacífico, el más duro, difícil y costoso.  La UE/OTAN deberá, por tanto, embarcarse en una carrera armamentista contra Rusia, que es lo que exigía Donald Trump cuando presidía EEUU.

La Europa atlantista ha aceptado sin rechistar ese papel, sin medir costos, informar a sus ciudadanos ni hacer cálculos del precio que pagará en su papel de gallinero subalterno. En este punto es preciso desmontar el mito de una OTAN "en muerte cerebral". Nunca, en ningún momento, ningún gobierno europeo ha considerado esa posibilidad. Tanto así que la OTAN  ha seguido ampliándose. En 2009 ingresaron Albania y Croacia y, en 2017, Montenegro. Únicamente el mercenariado y el boberío han podido sostener tal ficción. Justamente, el conflicto en Ucrania ha terminado de reventar por la negativa de la OTAN a aceptar una Ucrania neutral. La querían en la OTAN y en esa obsesión se quedaron plantados. Por demás, el dominio de EEUU quedó demostrado, años ha, cuando el gallinero aceptó, obedientemente, sepultar los proyectos de Euroejército y de crear una política exterior y de seguridad común, independiente de EEUU.

El otro mito del gallinero es la supuesta soledad de Rusia. Hay que ser ciego, lelo o venal para sostener tal falacia. De entrada, Rusia tiene el apoyo de China y de India, que son palabras, no mayores, sino lo siguiente, pues esos dos países pesan más que todo el gallinero junto. Fuera de la burbuja gallinera, el mundo está más informado de lo que las gallinas pretenden, y sus senderos de relaciones son de tal complejidad y finura que resultan indigestos a las oxidadas neuronas atlantistas. China necesita de Rusia por múltiples razones, de las geoestratégicas vitales a las energéticas, pasando por la Nueva Ruta de la Seda. India requiere de Rusia en sus litigios y celos con China, además de que el 75% de sus armas son de procedencia rusa. Podría alargarse la lista, pero no es menester. Quien se tome la molestia de pasar revista de las posiciones de los gobiernos del mundo se dará cuenta de que casi ninguno quiere mojarse. Saben lo que es EEUU y saben lo que es la OTAN. Saben quiénes son los causantes de la crisis en Ucrania.

El gallinero se la lanzado como ejército de troles salidos del Señor de los Anillos contra Rusia, con una rabia patológica que dejan ‘al vent’ su ethos destructor  y eso está bien. Debe uno saber quiénes son los amigos y quiénes los enemigos. En Moscú no quedará ninguna duda, si alguna había, de que no es posible pensar en ningún entendimiento con los atlantistas. El gallinero de troles y peleles, con su virulencia antirrusa, ha acelerado la fractura del mundo en bloques y también provocado la muerte política de Europa. Ya no será más Europa, aunque lo parezca y siga en los mapas. Será, esencialmente, el Frente Atlántico del Ejército de EEUU, a la espera de que EEUU ordene su inmolación.

Estamos asistiendo, en vivo, directo y a toda deformación, a la partición del mundo y al parto de uno nuevo, en el que el gallinero será irrelevante, pues será negocio a dirimir entre China, Rusia y EEUU. No habrá nada que cierre la grieta que se ha abierto, aunque se normalicen las relaciones, pero será la normalidad de los entierros. La península Europa será más península que nunca, pues su conexión con Asia es –era- Rusia. Sin Rusia sólo les queda el Atlántico. Otro beneficio para Rusia y China es que el gallinero atlantista ha evidenciado su estrategia. Es tan similar a la aplicada a Alemania, en 1918, que es hora de cotizar lo que costaría un búnker. La diferencia está en que Rusia no es Alemania. Ocurre lo contrario, Rusia tiene de todo, desde energía infinita a recursos agropecuarios inagotables. Y poder nuclear. Putin ha ordenado su puesta en alerta para recordárselo a los safios prepotentes del gallinero. Los mismos que, dentro de un puñado de años, irán, como los ucranianos hoy, a servir de carne de cañón para mayor gloria de un imperio que, en ese mismo puñado de años, dejará de serlo. Cuando deje de serlo, Rusia seguirá allí, y llegará la hora de rendir cuentas.

Indignación y pena por el pueblo ucraniano, utilizado como carne de cañón en nombre de ciegos y disparatados cálculos estratégicos de EEUU. Y traidores los gobiernos que lo arrastraron a la desgraciada situación de hoy, cuando su obligación primera era garantizar su bienestar y tranquilidad. Miles de ucranianos, sin saberlo, están luchando una guerra que no es suya, provocada por una potencia que no ha dudado en dejarlos solos. En el gallinero deberían tomar nota, pero ¡qué ilusión!: las gallinas no piensan. Y anótenlo por una vez. Rusia no abandonará Ucrania hasta que se declare país neutral. El gobierno ucraniano ha aceptado negociar con Rusia. Una idea, no inteligente, sino inevitable. Tarden más o tarden menos, si no hay acuerdo, los tanques rusos llegarán al Maidán, aunque los equipos rusos terminen jugando en las competiciones asiáticas.

Cerramos este artículo, que quedó más largo de lo propuesto, con estos comentarios:

"Estados Unidos suele hablar de humanidad, justicia y moralidad, pero lo que realmente hace es calcular intereses. El egoísmo estratégico y la hipocresía de Washington han quedado al descubierto una y otra vez en la práctica de su política internacional. Los informes indican que al menos 37 millones de personas han sido desplazadas en y desde Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Libia y Siria como resultado directo de las guerras libradas por Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001".

"Si un país sólo se preocupa de sus propios intereses, alimenta las llamas por todas partes y constantemente exporta el caos a los demás, por más poderoso que sea, es inevitable que su credibilidad se quiebre y que su hegemonía llegue a su fin.

"Para los países y regiones que todavía tienen fantasías o actúan como peones de Estados Unidos, la crisis de Ucrania es un buen recordatorio: Un "socio" que sólo anuncia "buenas noticias" cuando estás en dificultades no es de fiar."

Está tomado de un editorial del diario Global Times, del Partido Comunista de China. No descuiden este dato. Tampoco que la crisis en Ucrania deja un mensaje: no es posible pensar en arreglos pacíficos con EEUU y su gallinero. Por tanto, la única vía posible para hacer frente a las pretensiones hegemónicas estadounidenses es la guerra. China tiene su símil de Ucrania. Se llama Taiwán, el enorme portaaviones terrestre estadounidense a apenas 230 kilómetros de la China continental. Si tocarle las verendas al oso es poco inteligente, tocárselas al dragón y al oso al mismo tiempo es suicida.

Pero hay más. La virulencia atlantista ha animado al ex primer ministro japonés, Shinzo Abe, a pedir que Japón se dote de armas nucleares con Estados Unidos, tomando como referencia la crisis en Ucrania. Global Times respondió de inmediato en un editorial:

"Estados Unidos está al tanto del movimiento de la derecha en Japón, pero ve al país como la palanca más importante para contrarrestar a China en el este de Asia. Como resultado, usar a Japón para contener a China se está convirtiendo gradualmente en una prioridad para Washington. Esto ha permitido a los políticos derechistas japoneses ver una oportunidad y aprovecharla al máximo para aflojar las ataduras estratégicas que los han amarrado durante casi 80 años, con la capacidad nuclear probablemente como su objetivo final". Game over.

¿Agarran la seña o siguen de lelos inmersos en la nube tóxica informativa? EEUU quiere que Japón sea a China lo que Alemania será a partir de ahora a Rusia y, bueno, ya sabemos cómo acabaron esos países en la II Guerra Mundial. En fin, hablamos de geopolítica pura y dura y de un juego que es más grande de lo que se imagina el personal. En ese ámbito las gallinas no juegan. Se sacrifican para hacerlas sopa o esa receta gringa atiborrada de colesterol que es el fried chicken. Bienvenidos a la antesala de la primera Gran Guerra del siglo XXI. Que les aproveche el pollo.

Fuente: https://blogs.publico.es/otrasmiradas/57281/la-muerte-de-europa-y-el-parto-de-un-nuevo-orden/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web