viernes, 22 de noviembre de 2013

Puro teatro

Greek Apollo mask
Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “persona” proviene del latín persōna, cuyo significado es el de “máscara de actor” o “personaje teatral”. Asimismo, el término deriva del etrusco phersu y éste, a su vez, del griego πρόσωπον (léase “prósoopon”).

La etimología de este vocablo podría sugerir que las personas son, por ejemplo, personajes que interactúan en una vasta obra de teatro llamada vida, una gran representación de principio y fin desconocidos en donde cada uno desempeña un papel para el que nos dotamos de plena libertad a la hora de interpretarlo. A veces jugamos a la despreocupación, a la apacible y mesurada dicha de la rutina ordinaria, y nos colocamos una careta hecha a base de sonrisas y ojos risueños prefabricados en la perfeccionista manufactura del día a día. No es ningún tipo de hipocresía normalizada; es autodefensa, y también el estilo interpretativo más extendido de esta corriente teatral, que no se estudia en los colegios pero que todos aprehendemos tarde o temprano.
 
La máscara que camufla nuestras preocupaciones, nuestro pesar o nuestro tedio nos protege del ambiente adverso en el que se desarrolla nuestra representación. Porque ¿a qué histrión se le ocurriría acaso abandonar su actuación y mostrarse tal y como es, arrojando la máscara al suelo y dejando de lado su trabajo para con los demás? Sería una provocación que encendería el rechazo del resto de artistas, que empezarían a preguntarse qué diantres hace un aficionado como ése sobre el escenario. La existencia no está hecha para quienes no saben desenvolverse en ella. En esta obra, en la que los espectadores son también actores en una suerte de performance colaborativa, cada uno debe aprenderse bien su papel si quiere cobrar protagonismo en las próximas representaciones y no quedar relegado a un mero figurante del que no puede exprimirse ni una sola gota de convicción.

Así, por las viejas tablas no paran de circular persona[je]s: unos se muestran excelentes, otros son sencillamente execrables, y algunos hacen su trabajo sin ovaciones pero tampoco con tomatazos como respuesta. Se pasean ante nuestros ojos de actor-espectador, pero no podemos estar seguros de por cuánto tiempo declamarán con nosotros. ¿Será sólo un pequeño sketch? ¿A lo mejor un acto? En el mejor de los casos puede ser una escena completa (varias incluso) pero nunca todas en las que salgamos nosotros. Sin embargo, no podemos hacernos estas preguntas durante la interpretación porque, sino, ni la haremos tan bien como pretendemos ni la disfrutaremos tanto, si es que puede llegarse a tal cosa. Y mucho menos podemos pedirles que sigan en el escenario con nosotros cuando ya les toca marcharse. Unas veces se van despacio, casi sin darnos cuenta, esparciéndose entre los juegos de luces y sombras del decorado; otras, con una música atronadora seguida de unos destellos terribles. En algunas ocasiones, hasta se acuerdan de nosotros y nos dedican una reverencia que nos da tiempo de aplaudir y corresponder.

La máscara nos es precisa, sí, pero llegado el momento puede antojársenos insoportable, y entonces necesitamos arrancárnosla antes de que se nos quede pegada y nos consuma el rostro genuino. Cuando nos deshacemos temporalmente de ella, y no suele ser a menudo, la mayoría de las veces consideramos hacerlo mejor entre bastidores y sólo ante uno o dos intérpretes más (y nunca al mismo tiempo), pero siempre ante uno mismo con un espejo de mano por delante. Puede parecer un procedimiento infausto, pero es más significativo que formar parte de un público que se niega a participar.

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