jueves, 14 de junio de 2018

Fascismo normalizado en una Europa a la deriva


Matteo Salvini se ha hecho mundialmente famoso como ministro del Interior de Italia cumpliendo una promesa electoral: ha cerrado los puertos del país a los barcos emigrados de Libia. Cinco millones y medio de italianos votaron a su lista de racistas y fascistas. Hoy que ven alejarse el Aquarius de sus costas pueden cantar Victoria como ha hecho su líder. La ultraderecha europea jalea a Salvini. Marine Le Pen ha elogiado al líder de La Liga por su «firmeza». Y Viktor Orban, el primer ministro de Hungría al que aplaudían hasta hace no mucho en las convenciones del PP europeo, ha dicho que por fin hay alguien en Europa con «fuerza de voluntad».

La voluntad es un concepto muy querido por el fascismo. Leni Riefenstahl le hizo una película, El triunfo de la voluntad, una de las grandes piezas de propaganda nazi cuando Hitler llevaba un año en el poder. El arte, siempre inocente. Como las palabras. Al neofascismo le gusta ahora llamarse «derecha alternativa», alt-right, en gringo infantil. Uno de sus ideólogos, Stephen Bannon, Rasputín de Trump ahora degradado, se paseó hace unas semanas por Europa para dar lecciones al Frente Nacional, a la civilizadísima derecha suiza, a los ultras húngaros y al fascio italiano. En Lille dijo que había que llevar con orgullo las medallas del racismo porque «la historia está de nuestro lado».

El racismo une a los distintos fascismos europeos pero, últimamente, también el sionismo. La historia y sus caprichos. El secretario general del Frente Nacional ha visitado recientemente Israel invitado por el Likud, el partido del primer ministro Netanyahu. Lo mismo ha hecho el líder de Vlaams Belang, el partido filofascista flamenco al que estos meses se puede ver fundiendo su bandera con la estelada. El holandés Wilders viaja a Israel con honores y hasta Alternativa para Alemania dice que la democracia francotiradora israelí es su modelo para Europa: la civilización amenazada por el Islam. Y bien armada contra sus practicantes.

Para dejar que un barco se hunda en el mar sin que duela mucho a la conciencia conviene deshumanizar a sus ocupantes. Migrantes. Ocurre lo mismo con los muertos al otro lado de la alambrada. Terroristas. El general Westmoreland aseguraba que los vietnamitas no sentían la muerte de un ser querido de la misma manera que un estadounidense. Por eso podía quemarlos vivos sin alterar su paz de espíritu. El fascismo y la guerra necesitan su cuota de racismo. «Los rusos no ríen», «los chinos no son como nosotros». Ezra Pound, el gran poeta fascista, sentía desconcierto cuando observaba de cerca las costumbres de los hombres. Esa gente que anda por ahí, a la deriva.



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