sábado, 21 de abril de 2018

Macron y Dios: el presidente de Francia quiere recuperar el valor de «lo sagrado», o sea, de la Iglesia católica


 El presidente de Francia quiere reparar el vínculo roto con la Iglesia católica. Son palabras de Emmanuel Macron, ni de izquierdas ni de derechas pero católico de confesión. Cree que la República que nació para ser laica le debe mucho a los hombres y mujeres de fe. Así se lo ha confesado a los obispos franceses: según Macron, un presidente de la República cumple su función cuando se interesa por lo sagrado, eso que empujó recientemente a un policía a intercambiarse por un rehén de un yihadista. O lo que encendió el ardor guerrero de Juana de Arco, primero hereje y luego santa. Macron se prepara para los cincuenta años de mayo del 68 poniéndole una vela a Dios.

Emmanuel Macron cumplirá en mayo un año en el poder. Lo está celebrando con los obispos, disparando misiles a Siria y diciendo en el Parlamento Europeo cosas como que hay que escuchar «la cólera de los pueblos». No se refiere a la cólera de los ferroviarios (esos que le están haciendo una huelga semanal porque les quiere privatizar la empresa. O a la ira de los pensionistas, que tendrán que pagar más impuestos para financiar su «Revolución») como se titula, precisamente, su autobiografía política. No. La cólera que describe el presidente francés es esa que lleva a la gente a no leer Le Monde y a votar a «populistas». La que crea, según él, una guerra civil en Europa.

Europa puede ser la salvadora de este pueblo encolerizado, cree el presidente de Francia, pero para eso hay que hacer reformas. Aquí las ideas de Macron no son tan brillantes como las palabras y su neoliberalismo militarista prosigue la senda que lleva a miles de trabajadores a preguntarse si la recuperación era esto. Precariedad, bajada de sueldos y menos derechos. De ahí tal vez la llamada a la religión, a ese bálsamo sobrenatural que pone en el reino de los cielos la verdadera vida después de un valle de lágrimas. O de los caídos, como el de España. La cruz cura pero también vigila. Es salvación y memoria: de quién manda, quién muere y quién se ha ganado el derecho al panteón.

La basílica del Sagrado Corazón es uno de los monumentos más visitados de París. Corona la colina de Montmartre, ideal panorama selfie. Sacré-Coeur se construyó en 1871, después de la revolución de la Comuna de París, como expiación de los pecados revolucionarios. El año pasado, un ciudadano propuso demolirla porque era un insulto para los muertos de la represión con que fue aplastado aquel sueño no utópico. Su propuesta fue vetada porque iba contra un «patrimonio histórico». ¿Qué necio se atrevería a negar que la religión forma parte de la historia? O del presente. Opio tan útil para enjuagar la sangre que se escurre entre bellos discursos.

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