jueves, 28 de noviembre de 2019

Lucy

Resultado de imagen de Maurice K.Tamerlin
... Un experimento orientado a difuminar la línea que separa a los chimpacés de los humanos se llevó a cabo en Estados Unidos en la década de 1960; pero esta vez se jugó con un elemento conductual en lugar de genético. Una cría de chimpancé recién nacida fue trasplantada a una familia humana para que la criara como a un ser humano y aislada de su propia especie. El responsable de aquella estrafalaria idea era Marurice K. Termerlin, un profesor de psicología de la Universidad de Oklahoma a quien le interesaba sobre todo averiguar cómo evolucionaba la chimpancé, a la que dio el nombre de Lucy, social y sexualmente.
   Había habido dos intentos anteriores de criar a chimpancés en hogares humanos, pero más allá de la pubertad era territorio inexplorado. No creo que Temerlin llegara a imaginar que terminaría siendo el padre de una chimpancé adolescente aficionada a la ginebra y dada a masturbarse con una aspiradora. Pero el caso es que sabemos cómo resultó su "experimento" gracias a la información sobre este -más detallada de lo conveniente- que facilitaría el propio Termerlin en sus memorias, tituladas Lucy: Growin Up Human, que constituyen una extraordinaria cápsula del tiempo para conocer la descaminada pseudociencia de la década de 1960.
   "Yo soy psicoterapeuta. Mi hija, Lucy, es un chimpancé" Así empezaba el autocomplaciente relato de Temerlin sobre once años como "padre" de un chimpancé hembra.
   Lucy se incorporó a la familia de forma traumática, cuando en 1965 la esposa de Temerlin, Jane, le arrebató la cría, de solo dos días, a su madre, que formaba parte del elenco de animales de un circo californiano. Temerlin consideraba aquel secuestro el "equivalente simbólico al acto de dar a luz", una afirmación de la que probablemente muchas madres lamentarán tener que discrepar. Al comienzo de su "aventura" familiar, Termerlin se preguntó cuán humana llegaría a hacerse Lucy, y si él, que se confesaba un "judío enmadrado", podría llegar a ser un buen "padre chimpancé". A medida que uno va leyendo la historia se va haciendo evidente que la respuesta a su psicoanalítica inquietud es un rotundo "NO".
   La cosa empezó de manera relativamente inocua. Lucy aprendió a vestirse, a usar los cubiertos y a comer en la mesa en compañía e Steve, el hijo humano de los Termerlin, que por entonces tenía siete años de edad (y que cabe imaginar que seguramente acabaría necesitando también él una buena dosis de psicoterapia). Lucy aprendió la lengua de signos americana, y a la larga llegó a dominar más de cien palabras, incluyendo términos tan esenciales para un chimpancé como "lápiz labial" y "espejo". Incluso adoptó a un gatito como su propia mascota. Hasta aquí todo muy bonito. Pero a continuación viene un capítulo titulado "Masturbación creativa" en el que las cosas empezaron a ponerse un poco más sombrías.
   Hacia los tres años de edad Lucy había adquirido cierta afición al alcohol después de haberle birlado una bebida a la nerviosa esposa de un académico que estaba de visita. En el libro, papá Temerlin confesaba tímidamente su culpabilidad por haberle dado alcohol a su hijo adolescente, pero, curiosamente, no por habérselo dado a Lucy. Cada noche, antes de cenar, solía "prepararle un cóctel o dos": gintonic en verano y whisky sour en invierno. Con el tiempo Lucy aprendió  a encontrar el mueble bar y a prepararse sus propios cócteles, de los que le gustaba disfrutar tendida en el sofá mientras hojeaba revistas con los pies.

   Fue durante una de esas sesiones de bebida cuando Temerlin observó  que Lucy utilizaba de forma creativa la boquilla de su aspiradora. Aquel, escribía el psicoterapeuta, constituía un inspirado ejemplo de uso de herramientas; una habilidad que antaño se creía de dominio exclusivo del hombre y una base sobre la que trazar la importantísima línea de separación entre ellos y nosotros..., hasta que Jane Goodall observó que los chimpancés utilizaban palos para pescar termitas. El descubrimiento de Goodall llevaría a declarar a su mentor, el doctor Louis Leakey: "Ahora tenemos que redefinir qué es una herramienta, redefinir qué es el hombre, o aceptar a los chimpancés como humanos" Cabe preguntarse si la redefinición de Leakey habría sido lo bastante amplia, en opinión del gran paleoantropólogo, para incluir el imaginativo uso que hacía Lucy de la aspiradora. 
   El loquero freudiano que había en Temerlin se sintió fascinado por la emergente sexualidad de su hija, y se preguntó si Lucy se sentiría atraída por lo humano o por lo chimpancé. De modo que, mientras la mayoría de los padres habrían confiscado la aspiradora y la habrían guardado bajo llave en un armario, Temerlin, en cambio, salió disparado al centro comercial para comprarle a su hija un ejemplar de Playgirl con el propósito de comprobar si prefería ver aquella popular revista femenina para adultos en lugar de hojear la que normalmente era su favorita, National Geographic. Lucy, en efecto, cogió la revista con afición, fijándose en las fotos de hombres desnudos y frotándola tan vigorosamente en puntos clave de su cuerpo que terminó rompiendo las páginas. Satisfecho con los resultados, a continuación Tamerlin dio el extraordinario paso de bajarse los pantalones y unirse a su hija en una tarde de placer onanista, "para ver qué pasaba".
Maurice Temerlin se aseguró de documentar a "su hija" en plena faena con su amada aspiradora. El pie original de la foto rezaba: "Tras alcanzar el orgasmo, Lucy disfruta de un momento de reflexión antes de volver a su revista". Por fortuna no hay fotos de papá uniéndose a la fiesta masturbatoria.

   Es un alivio leer que Lucy ignoró el emergente onanismo de Temerlin en todos y cada uno de sus turgentes intentos. Si fuera yo, me sentiría inclinada a omitir ese fiasco de dudoso gusto de mis memorias. Pero Maurice K. Termerlin: en un capítulo titulado "Edipo-Schmedipo", el psicoanalista se sumergía en solemnes conclusiones acerca de cómo su rechazada tumescencia resultaba ser una gratificante evidencia de su estatus como padre de Lucy y la manifestación por parte de esta de un inherente tabú del incesto (una de las obsesiones del investigador).
   Con el tiempo, el comportamiento de Lucy se hizo demasiado difícil para que los Temerlin pudieran afrontarlo. Aprendió a manejar todas las cerraduras de la casa, escapando a menudo a corretear por el barrio o encerrándose en la vivienda y dejando a sus padres fuera (lo que quizá no resulte demasiado sorprendente teniendo en cuenta todo lo anterior). Temerlin afirmaba que su hija incluso empezó a mentir: cuando la reñían por cagarse en la alfombra, la respuesta de Lucy en la lengua de signos consistía en señalar con el dedo a Sue, una de las estudiantes de posgrado que ayudaban al investigador.
   A los doce años de edad, siendo ya una adulta plenamente desarrollada, la chimpancé desafiaba por completo el control de sus padres. "Lucy era hiperactiva", escribía Temerlin. "Podía coger una sala de estar normal y convertirla en puro caos en menos de cinco minutos". De modo que con todo el dolor de su  corazón, los Tamerlin comprendieron que debían poner fin a su experimento doméstico y buscarle una nueva familia a su hija chimpancé.
   Y ahí fue donde Temerlin cometió su error de juicio más catastrófico: decidió repatriar a Lucy y liberarla.
   La envió a un centro de recuperación de chimpancés de Gambia acompañada de una joven científica. La selva africana estaba a años luz de la vida en las zonas residenciales de Oklahoma. Lucy prácticamente no había conocido a ningún otro chimpancé, y no mostró el menor deseo de integrarse en su nueva comunidad. Ni siquiera quería comerse las hojas y frutas silvestres que comían lo otros chimpancés, por no hablar de dormir con ellos en los árboles. Había adquirido otros gustos bastante más sofisticados, y ahora se encontraba atrapada en la jungla sin sofá ni mueble bar. [...] Al final, la hija de los Temerlin fue hallada muerta; le habían arrancado las manos, los pies y la piel. Se sospechó que había sido capturada por cazadores furtivos, a los que probablemene se había acercado con la mayor inocencia, dado que no tenía el menor temor a los humanos. Ellos se aprovecharon de aquella presa incosciente y excesivamente entusiasta. Y ese fue el final de Lucy.
   
Lucy Cooke

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