lunes, 20 de marzo de 2017

Mendigos

 "Tengo una espléndida memoria
para el olvido, David"
Alan Breck en Secuestrado


En un paraje agradable, ventoso y ascendente, tuve la fortuna, cuando era joven, de conocer a cierto mendigo. Le llamo mendigo aunque él solía dejar que su abrigo y sus zapatos (que tenían una gran abertura) mendigasen por él. Era la ruina de un hombre atlético, alto, escuálido y moreno; estaba muy consumido y tenía esa sonrisa inquietante de los moribundos en el rostro, pero aún seguía activo y en pie, con el brioso porte marcial, el saludo militar preparado. Tres caminos atravesaban esa parte del campo y como yo era inconstante en mi elección, creo que me debió de esperar en vano muchas veces. Pero con mucha frecuencia me pillaba; con mucha frecuencia, desde algún escondrijo en la cuneta, salía de pronto como un resorte en actitud reglamentaria y, dando de inmediato rienda suelta a su cháchara, sumaba sus pasos a los míos. "Una mañana espléndida, señor, aunque quizá con una leve amenza de lluvia. Espero que se encuentre usted bien, señor. Pues no, señor, no me siento todo lo fuerte que desearía, estoy como siempre. Me alegra encontrarlo en el camino, señor. Le aseguro que espero con impaciencia nuestras pequeñas charlas." Le gustaba sobremanera el sonido de su propia voz y, aunque (de forma demasiado brusca para calificarla de sumisión) siempre se apresuraba a darte la razón en cualquier cosa que decías, nunca era capaz de dejarte seguir hasta el final. No recuerdo mediante qué transición cambiaba a su tema favorito, pero nunca caminamos mucho tiempo juntos sin que se pusiera a hablar, de un modo muy castrense, de los poetas ingleses. "Shelley es un buen poeta, señor, aunque de opiniones un poco ateas. Su Reina Mab, señor, es una obra bastante atea. Scott, señor, no es un escritor muy poético. Las obras de Shakespeare no las conozco muy bien, pero era un buen poeta. Keats -John Keats, señor- era muy buen poeta." Con esas referencia, esa crítica superficial, ese amoroso despliegue de sus conocimientos, amenizaba el paseo, mientras subía la colina a zancadas, el bastón ora pegado a las costillas de su pecho, ora meciándose en el aire recordando el garbo del soldado raso, mientras los dedos de los pies se le salían de las botas, y los codos se le salían de la camisa, y la muerte le salía por la sonrisa, y su cuerpo grande y loco era sacudido por accesos de tos.
   Muchas veces venía conmigo hasta mi casa, generalmente para tomar prestado un libro, y ese libro siempre era de un poeta. Luego se iba para continuar sus rondas de mendigo con el volumen metido en el bolsillo de su abrigo deshilachado; y aunque a veces se lo quedaba durante bastante tiempo, el libro siempre acababa volviendo, sin haberse estropeado demasiado tras su periplo por la mendicidad. No cabe duda de que así sus conocimientos se ampliaron y su crítica insustancial  y arbitraria se hizo más profunda. Pero mi biblioteca no fue la primera de la que se sirvió: en nuestro primer encuentro, ya estaba versado en Shelley y en la atea Reina Mab y en "Keats, John Keats, señor". Muchas veces me he preguntado cómo obtuvo esos conocimientos, del mismo modo que me he preguntado muchas veces cómo acabó de mendigo [...].
   Keats -John Keats, señor- y Shelley eran sus bardos preferidos. No recuerdo si le pregunté por Rossetti; pero conozco su gusto al dedillo y, si estoy en lo cierto, tenía que encantarle ese autor. Lo que le llamaba la atención era la riqueza de la frase; le gustaban mucho las palabras exóticas e inesperadas, el movimiento y la cadencia de una frase, una vaga sensación de emoción (sin motivo) en las letras mismas del alfabeto: la fantasía de la lengua. Su honesta cabeza estaba casi completamente vacía, su intelecto era como el de un niño y, cuando leía a sus autores predilectos, casi nunca debía de entender lo que leía. No obstante, el gusto no sólo era genuino, era exclusivo; intenté en vano ofrecerle novelas, pero no quiso ninguna: lo único que le interesaba era el lenguaje romántico que no podía entender. Su caso tal vez sea más habitual de lo que suponemos. Recuerdo a un muchacho al que acostaron en un camastro próximo al de un amigo mío en un hospital público y, no bien estuvo instalado, mandó que le trajeran (quizá con su último penique) un Shakespeare barato. Mi amigo aguzó el oído; en seguida entabló conversación con su nuevo vecino e hizo, cuando llegó el libro, un descubrimiento singular. Porque ese amante de la gran literatura apenas entendía una frase de cada doce, y su parte favorita era aquella que menos entendía: la ampulosa e inimitable parrafada del fantasma en Hamlet. En el hospital se hizo la luz cuando mi amigo descifró el sentido de esa apreciada jerga, una tarea para la que estoy dispuesto a creer que estaba muy dotado, aunque no la puedo considerar fácil [...]
   En cuanto a mi viejo soldado, como el señor Shakespeare, lleva muerto mucho tiempo, y ahora está enterrado, supongo, sin nombre y bastante olvidado, en el cementerio de pobres de alguna ciudad. ¡Pero no para mí, valiente espíritu, no estás enterrado! Para mí, sigues en pie, sintiendo el sol y el aire, y viajando hacia el sur a grandes zancadas [...] Te veo y te escucho arrastrando fielmente tu enfermedad mortal, disertando alegremente sobre poetas incomprendidos.



Memoria para el olvido
Robert Louis Stevenson

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