martes, 27 de noviembre de 2012

Un laboratorio privado al estilo de Robinson Crusoe

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  A los pocos meses del comienzo de la guerra, en otroño de 1940, vino a visitarme Rodolfo Amprino, que acababa de regresar de Estados Unidos. Me quedé sorprendida cuando me preguntó, a su brusca manera piamontesa, por mis proyectos, pues no se me había ocurrido que mis problemas personales podrían encontrar, en aquel clima de guerra, más que desinterés en los demás. Pero aún más grande fue mi sorpresa al darme cuenta de que nuestras relaciones se habían limitado, desde nuestro primer encuentro en el Instituto de Antomía ocho años antes, a un intercambio lacónico de informaciones sobre técnicas histológicas; aunque con más precisión habría que decir que, dada su maestría en este campo, él me contaba las cosas y yo seguía torpemente sus instruccciones.


 El silencio con que contesté a su pregunta provocó una reaccioón repentina y un poco irritada: " No hay que perder el coraje ante las primeras dificultadas. Organícese un pequeño laboratorio, y continúe la investigación interrumpida. Recuerde a Ramón y Cajal: en un instituto mal equipado, en aquella ciudad soñolienta que debe de haber sido Valencia hacia la mitad del siglo pasado, él realizó el trabajo fundamental que ha sentado las bases de todo lo que sabemos del sistema nervioso de los vertebrados". La propuesta de Rodolfo no podría haber caído en suelo más abonado. En aquel momento, me parecía el Ulises a quien inmortalizara Dante, cuando anima a los compañeros de viaje a no dejarse descorazonar y a proseguir su viaje hacia lo desconocido: A mis hombres de tal suerte he movido / con mi oración, a la jornada / que no podría haberlos contenido.
  En realidad, Roberto había tocado una cuerda que vibraba en mí desde la primera infancia: el deseo de emprender un viaje de aventura hacia tierras desconocidas. Más fascinante aún que la selva viergen era la jungla que se abría ante mí en aquel momento: el sistema nervioso con sus miles de millones de células agrupadas en poblaciones diferentes cada una de la otra, y todas encerradas en las redes aparentemente confusas de los circuitos nerviosos que se intersecan en todas las direcciones a lo largo del eje cerebroespinal.
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Elogio de la imperfección
Rita Levi Montalcini

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