viernes, 13 de agosto de 2021

EEUU y el 11-S, un inepto yihadismo y un fallido gaseoducto

 Dieciséis años después de los atentados del 11 de septiembre que justificaron el negocio de la guerra infinita contra el terrorismo yihadista, la amenaza terrorista se va extendiendo cada vez con más fuerza. Sólo en Afganistán, país ubicado en el corazón de Asia Central que, por tener frontera común con China, Irán, y los 'espacios soviéticos' e India, se ha convertido en el territorio más estratégico del mundo para EEUU, ya que Washington ha utilizado a esta turba polpotiana en cuatro ocasiones concretas:

Entre 1978 y 1991, cuando patrocinó la extrema derecha islámica y cristiana en las fronteras de la Unión Soviética, como una herramienta más en su lucha contra las fuerzas de izquierda a nivel mundial. En nombre del Islam, la pandilla de delincuentes yihadistas fue enviada desde Pakistán para llevar el terror: atentaron contra unos 2.000 colegios (mataron a la totalidad de las estudiantes del liceo de Kabul) y destruyen las infraestructuras del país socialista (centrales eléctricas, fábricas, clínicas, unas mil cooperativas campesinas, etc). La CIA creó a terroristas profesionales en sus centros de entrenamiento en Pakistán, gracias al dinero de Arabia Saudi. Ronald Reagan y Margaret Thatcher les apodaban "luchadores por la libertad".

Entre 1991 y 1996, una vez lograda la desintegración de la URSS, el objetivo de EEUU será el dominio económico y militar del espacio que los soviéticos dejan libre. En 1992, la CIA y los yihadistas derrocan al gobierno socialista del doctor Najibulá, y le asesinan junto a su familia. Son años en los que EEUU busca:

Impedir la reconstrucción del espacio pos-soviético bajo el paraguas de Moscú.

La creación de bases militares en la vecindad de China, Rusia, Irán e India.

Hacerse con el control de la ruta energética de Asia Central y el Océano Índico.

Apoderarse de las riquezas de las repúblicas exsoviéticas: el uranio de Kazajstán, la tercera reserva mundial; el oro de Kirguizistán; la gran industria algodonera de Uzbekistán; las inmensas reservas acuáticas de Asia Central-Caspio; y sobre todo, del gas de Turkmenistán, la cuarta reserva mundial. Ocupar Afganistán sería la única manera de acceder a este recurso. Se puso en marcha el proyecto del gasoducto transafgano 'TAPI' (Turkmenistán, Afganistán, Pakistán, India), que lo llevaría desde el Caspio hasta el mar Arábigo. Así, no sólo arrebataba a Rusia el control económico-político sobre aquellas repúblicas, sino que le permitiría a EEUU incrementar su poder sobre la India, gran consumidor de energía.

Apoderarse del gas y petróleo afgano valorado en mil millones de dólares por el Pentágono. Exxon Mobil, la mayor petrolera privada del mundo (cuyo presidente es el actual secretario de Estado Rex Tillerson), y la canadiense Terraseis, anuncian haber encontrado petróleo en la provincia de Faryab. Desde la ocupación en 2001, los países de la OTAN han perforado sólo en la cuenca del Amo Darya 322 pozos, donde se estima que hay entre 500 y 2.000 millones de barriles de crudo. En 2011, la compañía financiera JPMorgan Chase firmó con Kabul un acuerdo por el valor de 40 millones de dólares para hacerse con una de las minas de oro afgano. A Horst Köhler, el presidente de Alemania le costó el puesto en 2010 al sugerir que las tropas de su país están en Afganistán para proteger la economía alemana.

Sin embargo, los muyahidines, divididos en una docena de grupos con sus señores de guerra en continuas peleas, fueron incapaces de establecer la seguridad necesaria para que EEUU pudiese empezar a llevar a cabo sus proyectos.

1996- 2001, la CIA reconduce la situación en Afganistán, creando otro grupo yihadista llamado Talibán-Al Qaeda, con los siguientes objetivos:

.Poner fin al caos en el país e instalar un régimen al estilo de la monarquía saudí: disciplinado y aliado, capaz de establecer la paz de cementerio, mantener la unidad del país y acabar con los indomables e indisciplinados señores de guerra. Así podría construir el TAPI.

.Neutralizar la influencia tradicional irano-rusa-india. La faceta wahabita del régimen talibán contendrá a los chiitas iraníes, a la Rusia ortodoxa y a la China comunista.

Es así como el saudí Bin Laden recluta a cientos de los antiguos militantes del la 'internacional yihadista'. A ellos se suman los talibanes - los 'seminaristas' de las escuelas religiosas-, los chavales de los orfanatos de Pakistán, delincuentes, indigentes y miles de mercenarios a sueldo, con el fin de crear un régimen parecido al de Arabia Saudí en Afganistán.

Con el gran soporte logístico de sus padrinos y unos diez mil millones de dólares, los talibanes toman Kabul en 1996: desmantelan el gobierno, inician una masiva limpieza étnica contra los no pastunes, torturan, apedrean, violan y matan a miles de afganos, mientras que saquean museos, destruyen televisores, radios, salas de cines, queman bibliotecas, prohíben todo tipo de ocio, los deportes, los colores, y otras políticas que después serán aplicadas en Irak y Siria. Crímenes entonces silenciados por los medios occidentales.

El 4 de diciembre de 1997, una delegación de los Taliban viaja a Sugarland (Texas) para negociar con Unocal sobre el gaseoducto de TAPI. La empresa que rechaza su petición de aumentar los 100 millones de dólares por año como paje de la tubería les recuerda que no habían cumplido con su parte: la zona norte del país, por donde pasaría el TAPI, estaba bajo el control del comandante Ahmad Massoud Shah, 'El León de Panjshir', un veterano antisoviético, próximo a Irán y a Francia. Además, EEUU ya se había dado cuenta de su error: aquellos hombres pertenecían al sector más lumpen del proletariado, que no podían actuar como los príncipes saudíes de hoy. Éstos pasaron su periodo talibaniano hace dos siglos, y llevan guante blanco en sus acciones, guardando las formas.

Para colmo, los Taliban habían prohibido el cultivo de la adormidera (opio) con cuya renta EEUU financia la guerra. En 2006, Afganistán producía 6.100 toneladas de opio, 33 veces de lo produjo en 2000.

Así llega el fin de Taliban. A partir del 1998, EEUU lanza una tremenda campaña mediática anti-taliban-Al Qaeda, presentando a sus "viejos amigos" como los "enemigos de la civilización humana".

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Thank you for watchEn agosto de 1998, Bill Clinton ordena bombardear Sudán y Afganistán, acusando a Al Qaeda y los talibanes de atentar contra las embajadas de EEUU en África, mientras corría una cortina de humo sobre el escándalo Lewinsky.

En 2001,  Washington tiene que darse prisa: China y Rusia habían creado en el mes de agosto la Organización de Cooperación de Shangái (OCS) con una clara intención de impedir la entrada de los occidentales en su zona de influencia.

El 9 de septiembre, el comandante Masud, el único hombre que podía organizar una resistencia nacional contra los futuros ocupantes occidentales, es asesinado.

2001 hasta hoy: El 7 de octubre del 2001, casi un mes después del 11-S, EEUU y Gran Bretaña lanzan un ataque sobre Afganistán para obligar –dicen- a los talibanes a entregar a Bin Laden, el supuesto autor del atentado (entonces, Hillary Clinton no había confesado que fue EEUU quien creó el Yihadismo). En los primeros días, la coalición de 34 países liderada por EEUU y equipada con las armas más mortíferas de la humanidad, lanza 21.000 ataques aéreos sobre los desarrapados afganos como un criminal e ilegal castigo colectivo: sus 20.000 bombas sepultan a decenas de miles de civiles bajo los escombros de sus casas de adobe y provocan la huida de dos millones en aquel duro invierno. Bombardearon depósitos de agua, las pocas centrales eléctricas que había, los cultivos y el ganado. UNICEF llegó a denunciar que el frío invierno, el hambre, la desnutrición y las enfermedades causadas por la agresión militar podrían provocar la muerte de hasta 100.000 niños. Así, EEUU se dio el derecho exclusivo de secuestrar y torturar a cualquier persona en cualquier país del mundo, anulando a la ONU.

Acto seguido, y mientras Bush oculta la información sobre la implicación de su aliado, el gobierno de Arabia Saudí, en los atentados que mataron a cerca de 3.000 compatriotas, envía a Afganistán a 300.000 soldados de la OTAN, equipados con la tecnología punta, para encontrar a Bin Laden (a pesar de tantas experiencias en los "asesinatos selectivos"), al que curiosamente le "encuentran" 10 años después, mientras que a Gadafi le localizaron y le mataron sólo un día después de la visita de Hillary Clinton a Libia. A Laden no le encontraron en una cueva de Afganistán, sino en una mansión en Pakistán -país cuyo servicio de inteligencia es una sucursal de la CIA-. Más tarde, en vez de detenerle, matan a su fantasma, y como era invisible para los mortales, ocultan su cuerpo en el fondo marino. Era otra mentira, como las "armas de destrucción masiva" de Saddam Husein, que ocultaba los verdaderos motivos del ataque a Irak. Un mes después de que Benazir Bhutto revelara la farsa sobre Laden es asesinada.

Sin embargo, una cosa es desmantelar un régimen y otra es ocupar un país. Las tropas de EEUU, al ver que sus aliados regionales son incapaces de servir a sus intereses estratégicos, son instaladas en Afganistán para un largo periodo de tiempo con estos objetivos:

.Construir el gaseoducto transafgano.

.Impedir la reunificación de las repúblicas exsoviéticas bajo el paraguas de Moscú.

.Sabotear la construcción de la OCS.

.Instalar bases militares en las fronteras de China, Irán, India y el espacio soviético.

.Convertir la República Democrática de Afganistán en una República islámica, para acabar con el laicismo (lo mismo que ha hecho en Irak) y conseguir la involución política, económica y social de los países de la zona. Luego hará de bombero pirómano para 'salvar la humanidad del islamismo'.

.Acceder a los recursos energéticos de Asia Central y del Mar Caspio le daba la posibilidad a Washington de disminuir su dependencia con respecto a los hidrocarburos de la región de Medio Oriente, romper el monopolio ruso sobre los yacimientos de petróleo y gas, y frenar el desarrollo de la economía China.

.Convertir el mundo en "una granja vigilada por millones de cámaras", arrebatando las libertades conquistados por los ciudadanos.

.Rescatar la economía de su país de la recesión con una guerra: el enemigo islámico sustituye al enemigo rojo para justificar la permanencia de la OTAN tras el fin del Pacto de Varsovia, y salvar a la compleja industria armamentística. El fabricante de armas Lockheed Martin multiplica por 15 el precio de sus acciones en la Bolsa, recibe el mayor contrato militar de la historia: 200.000 millones de dólares y el presupuesto de defensa de EEUU alcanza los 450 mil millones de dólares. Las guerras, además sirven para deshacerse de las armas viejas de la Guerra Fría y probar las nuevas sobre el terreno real.

A pesar de perder a unos 3.000 soldados y gastar 6.000 millones de dólares al mes desde entonces, la OTAN, salvo sembrar 11 bases militares en este patio trasero de Rusia y China, no ha conseguido en Afganistán ninguno de los objetivos. China se lleva el gas turcomano desde el gaseoducto más largo del mundo, de 7.000 kilómetros que inauguró en 2009. También explota el petróleo afgano en Amo Darya y está construyendo la primera refinería del país.

El anuncio de Donald Trump en enviar 4.000 soldados más a Afganistán tiene como objetivo vigilar el regreso de Rusia a Afganistán, y cercar aún más a Irán.
Desde 2015, EEUU y los yihadistas están extendiendo el 'Arco de Crisis' al espacio exsoviético de Asia Central.

Fuente: https://blogs.publico.es/puntoyseguido/4174/eeuu-y-el-11-s-un-inepto-yihadismo-y-un-fallido-gaseoducto/

martes, 10 de agosto de 2021

Josep Canadell, del IPCC: «Hagamos lo que hagamos, hasta mediados de este siglo la temperatura del planeta seguirá subiendo»

 "Reducir las emisiones de CO2 a cero neto es un requisito planetario para que el clima se pueda estabilizar", sostiene el investigador catalán Josep Canadell, responsable de uno de los capítulos que conforman el nuevo informe del IPCC. 

https://agqcvcudno.cloudimg.io/v7/https://agqcvcudno.cloudimg.io/v7/https://www.climatica.lamarea.com/wp-content/uploads/2021/08/PepCanadell_2021_ForestCarbonSinks_Australia-800x600.jpeg?w=760&org_if_sml=1
Foto: Josep Canadell en un bosque australiano que se regenera tras la grave temporada de incendios de 2019-2020.

 «A corto plazo, no hay mucho que podamos hacer, pero a largo plazo los humanos todavía estamos en la cabina de control para decidir a dónde queremos que vaya el clima y el planeta». Es una de las principales conclusiones que Josep Canadell extrae del nuevo informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) presentado este lunes. El también director ejecutivo del Global Carbon Project (GCP) es autor y coordinador principal en uno de los capítulos clave del documento elaborado por el Grupo de Trabajo I como parte del Sexto Informe de Evaluación (AR6), el que será el trabajo más completo y actualizado sobre la crisis climática hasta la fecha.

Ha sido un informe especial porque se ha elaborado en medio de una pandemia. ¿Ha podido influir de alguna manera esta situación al resultado final?

La situación no ha afectado al resultado final, pero ha hecho el trabajo mucho más difícil. Todos los actores y organizadores del IPCC han tenido que trabajar mucho más duro durante muchas horas. De hecho, este informe estaba previsto para mucho antes, pero no pudimos hacerlo porque todos las reuniones se pararon. Para poder acabarlo, hemos estado trabajando con reuniones virtuales día y noche porque tenemos gente por todo el mundo y en todas las zonas horarias.

Quizás la cosa más increíble que ha pasado es que el documento final, el resumen para los gobiernos, se apruebe línea por línea. Para los 196 gobiernos. Han sido dos semanas intensas dedicadas solo a aprobarlo, día y noche.

¿Cuánto han tardado en elaborar el informe completo?

Arrancamos cinco años antes para empezar a preparar el contenido sin hacer el informe. Los últimos tres años y medio han sido intensivos de reuniones y de revisar los 14.000 artículos que hemos integrado en la publicación.

¿Cuál ha sido su contribución al Grupo de Trabajo I?

Yo soy lo que llamamos Coordinating Lead Authors. Estoy encargado del capítulo 5, llamado ‘Ciclos globales del carbono y otros ciclos biogeoquímicos y retroalimentación’. Mi trabajo ha sido hacer parte de la síntesis. No obstante, lo más importante es coordinar el grupo para tener un capítulo muy sólido y comprensivo para que su validez científica dure muchos años.

En cada capítulo se pone a dos personas encargadas. En mi caso, yo soy el encargado principal. Además, se pone un equipo de entre 12 y 15 autores con quienes hacemos todo el trabajo de la síntesis y búsqueda de artículos. Llegamos a hacer cuatro versiones diferentes del capítulo antes de llegar al borrador definitivo. Cada vez que se hace uno, se envía para que se hagan revisiones externas ajenas al IPCC. A lo largo de los últimos tres años, el Grupo de Trabajo I ha recibido casi 80 mil comentarios y revisiones que hemos tenido que contestar individualmente, y luego hacer algo en la nueva versión para contestar la revisión. El 80-85% de los comentarios son de especialistas externos al Grupo. El resto son de los gobiernos, que tienen dos oportunidades de revisiones.

Los Coordinating Lead Authors –como es mi caso– son las personas que se reúnen durante dos semanas con los delegados de los 196 países para aprobar, línea por línea, el documento. Aquí, cuando alguien dice que algo no funciona, el autor líder escucha y se explica. Tras eso, se forma un grupo separado para intentar reescribir los puntos cuestionados y, una vez hecho, se vuelve a presentar. Esto se va a haciendo en un ciclo, dos ciclos, tres ciclos… hasta que todos están contentos. El texto es fiel a la evaluación que hemos hecho de los capítulos. No cambiamos las cosas porque los gobiernos nos lo digan. Si algún país quiere cambiar algo que no le gusta, yo, como autor, le digo como autor que eso es exactamente lo que dice nuestra evaluación, es decir, la ciencia, y ahí se para.

De los muchos mensajes que deja el informe del Grupo de Trabajo I, ¿con cuál se queda?

Lo más importante es que ahora tenemos muy claro que, hagamos lo que hagamos, hemos creado un mundo tan diferente con una inercia tan grande que hasta mediados de este siglo la temperatura media global del planeta seguirá subiendo. 

Ahora también sabemos seguro que, hagamos lo que hagamos, el objetivo del 1,5 ºC del Acuerdo de París se superará en algún momento a principios de la década que viene. Esto no quiere decir que el objetivo esté perdido, porque siempre hemos dicho que para conseguir la estabilización del grado y medio uno tiene que llegar, pasar un poquito por encima, y luego tendremos que volver a bajar tras eliminar mucho dióxido de carbono de la atmósfera con nuevas tecnologías o con soluciones naturales como plantar árboles o restaurar zonas degradadas. 

Ya tenemos comprometida una gran cantidad de calentamiento que va a existir. A corto plazo, no hay mucho que podamos hacer, pero a largo plazo los humanos todavía estamos en la cabina de control para decidir a dónde queremos que vaya el clima y el planeta. 

Según los cinco escenarios de emisiones y temperatura proyectados en el informe, limitar la temperatura en 1,5 ºC solo es posible en uno con reducciones extremas. ¿Es optimista con esta opción? ¿Qué sería necesario para alcanzarlo?

El IPCC tiene tres grupos: el nuestro, dedicado a la ciencia del clima, el grupo de los impactos y el de cómo lo vamos a solucionar. Nosotros lo que decimos aquí es que solo hay un escenario que nos deja en 1,5 ºC. Para ello, se tienen que reducir las emisiones casi al 40% para 2030, y cero neto para 2050. Esto no ha cambiado, ya lo hemos dicho antes. Si lo podemos conseguir o no depende de los gobiernos y de la gente.

Lo importante es que, desde un punto de vista físico o medioambiental del planeta, no hay ningún impedimento para limitar el calentamiento en 1,5 o 2 ºC. Los impedimentos están en otro lado, como las políticas o las ganas de actuar.

El informe también actualiza el presupuesto de carbono, es decir, la cantidad de emisiones que se pueden expulsar a la atmósfera antes de comprometer los objetivos del Acuerdo de París. Para lograr el grado y medio, lo más fácil es no sobrepasar las 300 gigatoneladas de CO2 hasta finales de siglo.

Para quedarnos en 1,5 ºC hemos planteado varias posibilidades. La que mencionas tiene la probabilidad más alta, un 83%, e implica no expulsar más de 300 gigatoneladas de CO2. ¿Por qué hemos puesto muchas probabilidades? Porque los gobiernos nos lo pidieron. Nos dijeron que los científicos no somos los encargados de decidir qué riesgos están dispuestos a tomar los países y sus habitantes.

Con el riesgo me refiero a que tú podrías coger un presupuesto de carbono con el 50% de probabilidades de lograr el objetivo y tener 500 gigatoneladas de CO2 para expulsar. Nuestra ciencia, la del IPCC, no puede ser prescriptiva, por lo que tenemos que llevar todas las probabilidades posibles para que los gobiernos, las instituciones y la gente decidan.

Actualmente, se expulsan en torno a unas 40 gigatoneladas de CO2 anuales a la atmósfera, ¿no?

Casi 42. Por tanto, dividido en el caso de 500 [gigatoneladas de CO2 de presupuesto] son 12 años de plazo. En el caso de 300, menos de ocho años. Esto quiere decir que a finales de esta década o principios de la próxima, dependiendo del presupuesto que se coja, ya se habrá terminado el límite de emisiones que se pueden expulsar a la atmósfera.

El presupuesto de carbono es consistente con los escenarios proyectados en nuestro informe. Dicen casi lo mismo. No pueden decir exactamente lo mismo porque el presupuesto no tiene una limitación de años. Tú puedes gastar tu presupuesto muy rápido o hacerlo poco a poco. El mismo presupuesto podría durar más años en un sitio que en otro dependiendo de la cantidad de emisiones marcadas.

Entonces, con el ritmo actual de emisiones, los 1,5 ºC se podrían alcanzar esta misma década.

Sí. De hecho, más allá del presupuesto, hay una cosa que es la variabilidad del clima. Si nosotros tuviéramos, por ejemplo, en 2025 o 2026, un gran evento de El Niño –esas grandes condiciones climáticas que calientan toda la Tierra– podríamos, un año específico, alcanzar el 1,5. Pero a nosotros lo que nos interesa es entender que la media del clima ha llegado a 1,5 ºC, no si un año o dos años llegamos a esa temperatura.

La clave es que la temperatura está subiendo y que va a seguir subiendo como mínimo hasta mediados de este siglo. El resultado de este calentamiento global ya lo hemos visto en los últimos años en muchos de los extremos climáticos y del tiempo –y que en buena parte hemos analizado–. Hemos visto muy claramente que la influencia humana ha hecho aumentar en algunos casos la intensidad o la frecuencia de muchos de esos extremos en diferentes partes del mundo.

Las concentraciones de CO2 en la atmósfera no han parado en las últimas décadas, y la media actual es de 410 ppm. El parón provocado por la pandemia ni siquiera las redujeron.

Para estabilizar el clima tenemos que bajar las concentraciones de la atmósfera. La manera en que las vamos a bajar es simplemente reduciendo los gases de efecto invernadero y llevando el dióxido de carbono, que es el gas que se queda en la atmósfera durante más y más años, a cero neto. Es un requisito planetario para que el clima se pueda estabilizar. 

Tendemos a centrarnos en el CO2. Como dice, es el que más tiempo pertenece en la atmósfera. Pero es importante reducir otros como el metano, mucho más potente aunque esté menos tiempo arriba. El informe insiste en ello.

El 65% del calentamiento viene del CO2, y menos de un 20% del metano (CH4). También tenemos el óxido nitroso (N2O), que viene de los fertilizantes de nitrógeno. Y luego los sintéticos, todos los gases de efecto invernadero que provienen de la industria. Hay docenas de estos, y aunque por separado contribuyen muy poquito, todos juntos son de los más importantes para el calentamiento global.

Los sumideros naturales de carbono –bosques y océanos, por ejemplo– han sido un aliado inmenso a lo largo de la historia al retirar de la atmósfera grandes cantidades de CO2. Serán claves si se quiere lograr el cero neto, pero el informe dice que están diciendo basta.

Lo que decimos muy claramente en el informe es que la fracción de gases de efecto invernadero de origen humano que se eliminan mediante estos sumideros se hace cada vez más pequeña a medida que el calentamiento es mayor. Es decir, los sumideros se hacen más grandes, pero la ayuda relativa que recibimos es más pequeña. Este es el problema que de alguna manera queremos evitar para quedarnos con escenarios que no son tan calientes.

¿Cómo se puede interpretar el informe para España?

Hay dos cosas que no son nuevas y que son muy conocidas, pero que este nuevo informe las confirma gracias a que ha habido mucha más modelizacación a nivel regional. Por un lado, las tendencias de lluvias más intensas. Por otro, el aumento de las olas de calor, más intensas y largas. Esto no es nada nuevo para España, pero ahora hay mejor ciencia que confirma todo lo que llevamos años viendo en el país y en una buena parte de la región mediterránea del sur de Europa.

Existe una enorme brecha de género en el IPCC. La proporción es en torno al 70% de hombres frente a un 30% de mujeres en este informe. Es una diferencia importante para un organismo como el IPCC.

Tienes mucha razón. Esta brecha era incluso peor años atrás. Este año se hizo un esfuerzo muy grande. De entrada, el porcentaje de mujeres científicas al nivel alto de investigación que el IPCC quiere es más pequeño. Este es un problema que el IPCC tiene y que debe solucionar en los próximos años.

También está que el Grupo de Trabajo I tiene una diferencia muy grande de dónde es la gente. Lo que pasa es que como esto es la ciencia mundial del clima, muchos de los grandes institutos que hacen este tipo de investigación global con modelos muy caros y muy difíciles de desarrollar están en Estados Unidos, Europa, Japón, Australia o China… pero no están en otras partes del mundo. En otros Grupos de Trabajo, como el dedicado a impactos, la proporción es mucho más equilibrada.

Fuente; https://www.climatica.lamarea.com/entrevista-josep-canadell-ipcc-sexto/

lunes, 9 de agosto de 2021

El mito de los coches eléctricos en la transición verde

 Aunque desde Moncloa y la Unión Europea el coche eléctrico se presenta como la gran alternativa de movilidad en la llamada ‘Transición verde y energética’, perpetúa la geopolítica colonialista, supone una gran huella ecológica y acentuará las desigualdades sociales 

Coches eléctricos carga
Álvaro Minguito

 Los automóviles de combustión tienen los días contados. El año 2035 es la fecha que ha marcado en rojo la Unión Europea (UE) para conseguir la “sostenibilidad” en el transporte. A partir de entonces, los coches nuevos deberán tener cero emisiones de dióxido de carbono. Dicho de otra manera, sólo podrán ser eléctricos o de pila de combustible de hidrógeno.

La Comisión Europea (CE) detalla que sus planes responden a la necesidad de una “transición hacia una movilidad más verde”. De hecho, la transición energética ya ocupa una posición determinante en la agenda política europea. Se estima que para el año 2030 la reducción de emisiones incrementará en un 50%. Una agenda que, lejos de querer cumplir únicamente objetivos para paliar la emergencia climática, responde a varias causas e intereses.

“El cambio climático nunca ha importado, no nos engañemos; la verdadera razón por la cual hablamos de transición energética es la escasez de petróleo”, afirma Antonio Turiel al otro lado del teléfono. Es científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), habla claro y contundente y no deja títere con cabeza a la hora de apuntar las causas y falacias de las políticas verdes. Lleva años alertando de ello en su blog The Oil Crash. Según explica, el peak oil o el ritmo máximo de producción de petróleo mundial se alcanzó en 2018, momento a partir del cual la oferta comenzará a caer por debajo de la demanda aumentando el precio. Prueba de ello, dice, es que las inversiones de las compañías petroleras en búsqueda de yacimientos se han reducido en un 60% en los últimos años, en el caso de Repsol hasta en un 90%. “Cada vez queda menos petróleo barato en el mundo, en los próximos años podemos tener una reducción de la producción drástica, que ya se está notando en la falta de abastecimiento y encarecimiento del plástico”, explica Turiel.

En este contexto, la transición energética impregna las decisiones políticas de las próximas décadas pretendiendo un proceso de sustitución de la energía fósil por alternativas renovables y “limpias”. Un momento histórico y clave en el ámbito económico, donde las oportunidades de inversión se multiplican. La llamada transición energética y ecológica es un caramelo para el capital en un momento de recesión y crisis sanitaria. “El Pacto Verde Europeo es la esperanza de Europa de tener un liderazgo global, siendo la primera en llevar a cabo unas reformas verdes que sirvan para reforzar su modelo económico”, explica Alfons Pérez, ingeniero técnico, investigador y activista del Observatori del Deute de la Globalització (ODG) en su estudio Pactos verdes en tiempos de pandemias. Es el objetivo de los fondos Next Generation; implantar tecnologías verdes y digitales mediante una gran inyección de dinero público. Fondos públicos recaudados a base de deuda y que deberán devolverse mediante reformas dictadas desde Bruselas durante los próximos años.

Dinero público para salvar la automoción

Entre otros proyectos que están por venir, el Gobierno español acaba de aprobar el llamado Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica (PERTE), con el fin de impulsar el coche eléctrico y conectado y cumplir así los requerimientos de Bruselas sobre las emisiones de carbono que también contempla la Ley de Cambio Climático. Se financiará con 4.300 millones de dinero público de los fondos europeos Next Generation durante los próximos dos años acompañado de una inversión privada de 19.700 millones de euros. 

 “El PERTE no es un plan de movilidad sostenible, es un documento en clave económica” señala Pérez, “más que una transición es una transacción”. Luis González Reyes es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción. También lo ve claro: “Moncloa está simulando una especie de transición ecológica sin tocar en absoluto las empresas responsables de la situación ambiental”. Paradójicamente, automovilísticas como BMW, Volkswagen, Audi y Porsche han sido sancionadas por Bruselas por oponerse al desarrollo de tecnología para reducir emisiones. Todas apuestan ahora por el coche eléctrico.

El eterno paradigma del crecimiento

No es de extrañar que el Gobierno de Sánchez esté ansioso por avivar el sector automovilístico: el Estado español es el segundo país productor de coches de la UE y el noveno del mundo; el 80% de los vehículos producidos se exportan y aporta entorno al 11% del PIB. Un vector importante donde están implicados más de 300.000 trabajadores directos y otros dos millones en la industria auxiliar. La automoción está en crisis y se espera que reflote protagonizando el llamado ‘Plan de Recuperación’.

El objetivo del PERTE es conseguir que en 2023 haya 250.000 vehículos eléctricos matriculados y entre 80.000 y 11.000 puntos de recarga en todo el Estado. Además, se quieren impulsar la fabricación de sistemas de recarga o de microchips para reducir la dependencia en el suministro de estas piezas esenciales para la electrónica y cuya escasez ha producido ya paradas notables en las fábricas. Según Pedro Sánchez, mediante este plan se podría disparar la aportación de la automoción al PIB hasta un 15% en 2030. En plena pandemia, el baremo de desarrollo se sigue fijando en el PIB.

Una cuestión estructural que va más allá de la economía en términos generales y que afecta individualmente a miles de personas. “Tenemos un sistema que necesita crecer de manera enloquecida para mantener unos puestos de trabajo que nos permitan satisfacer las necesidades básicas, necesitamos crear empleos a costa de lo que sea para tener una vida medianamente digna porque hemos perdido la capacidad de autonomía”, es la lectura que hace González.

“Nuevamente vemos un desvío cuantioso de fondos públicos para manos privadas”, critica y añade que el sector del automóvil no se podrá rescatar por una razón obvia pero que pocos se atreven a señalar: “la movilidad masiva se ha acabado y no va a poder volver”. La sustitución del coche de combustión por uno eléctrico, además de ser insostenible en el contexto de la crisis climática, choca con los límites biofísicos del planeta; “no va a haber coches eléctricos para todo el mundo porque es físicamente imposible producirlos”-afirma Turiel con rotundidad- “y quienes lo proponen saben perfectamente que no es un modelo generalizable”. González pone la guinda a la previsión del futuro próximo en consecuencia: “el coche eléctrico estará al alcance de muy pocas manos y redundará aún más la diferencia de clase”.

Extractivismo “verde”, el oxímoron

“Estamos hablando de transformar un sector que quiere seguir creciendo sin tener en cuenta los límites biofísicos del planeta ni el impacto que supondrá en los territorios” critica Alfons Pérez. Aquí es donde entran en juego las llamadas tierras raras, materiales como el litio, el cobalto o el níquel se constituyen como referentes indispensables para la transición energética. Unos materiales finitos y críticos; la demanda para la estrategia europea de transición verde y digital para el año 2050 multiplica por niveles imposibles las reservas existentes conocidas. ”Este es el único modelo por el que se ha apostado y es inviable, pero la naturaleza no negocia”, alerta Turiel. “En un momento dado, comenzarán a interrumpirse suministros, habrá problemas asociados a la falta de abastecimiento de materiales, etc”, añade.

No es el único problema. El interés por el litio y otros minerales para la fabricación de las baterías de los coches eléctricos y para la transición digital aumenta de la misma manera que las políticas extractivistas. Pedro Sánchez presumía en su plan para la España 2050 de que el Estado tiene “uno de los depósitos de litio más grandes del continente”, refiriéndose a mina de Cañaveral en Extremadura. Su futura explotación ya ha sido objeto de debate y polémica, ha suscitado protestas multitudinarias y se ha comprobado que no será suficiente para cubrir la demanda necesaria.

Esto se traduce en nuevas políticas neocoloniales de extracción masiva de minerales en el Sur global con unos costes irreversibles: gasto de energía para su extracción, altos niveles de emisiones de carbono, deterioro del territorio, aumento de los conflictos, desplazamientos forzados, trabajo infantil y otras violaciones de derechos humanos; en definitiva, seguirán agravando las diferencias entre el Norte y el Sur global: “¿Quién se va a responsabilizar de todos los impactos socioambientales? Tenemos que abrir el debate sobre el grado de responsabilidad que tenemos, no podemos ignorarlo“ apunta Pérez. 

Además de los límites materiales y las consecuencias del extractivismo, la huella ecológica que supondría modificar el parque automovilístico, no se ajusta al objetivo de conseguir una movilidad verde y sostenible. González lo aclara: “tendríamos que cambiar toda la red de gasolineras y convertirla en una red de electrolineras, habría que aumentar la producción de electricidad”. No sólo eso, recuperar mediante el reciclaje los cementerios de baterías que supondrá la transición digital tiene un coste energético tan elevado que directamente no llega a plantearse; “falta planificación estratégica” dice Pérez.

Nuevo tablero geopolítico

Las denominadas tierras raras han entrado en juego en el tablero geopolítico, suponiendo cambios de poder y liderazgo y nuevas relaciones internacionales, pero manteniendo la matriz colonial. Al mapa de los recursos donde Oriente Medio es el núcleo de la extracción de hidrocarburos se suman nuevas localizaciones de extracción de materias escasas: el triángulo del litio que se encuentra en América Latina entre Bolivia, Argentina y Chile; la extracción de níquel es mayoritaria en Indonesia y Filipinas; y las mayores reservas de cobalto del mundo están en la República Democrática del Congo, explica Pérez con datos de una investigación de ODG y MedicusMundi Mediterrània..

En cuanto a las tierras raras se concentran sobre todo en China, donde el 62% de la producción mundial actual se extrae de una sola mina, Bayan Obo, que es utilizada como arma geoestratégica. China lidera la vanguardia industrial; no solo posee tierras raras sino que tiene la capacidad de procesamiento. Alfons Pérez analiza así este cambio geoestratégico: “Las regiones clave son el triángulo de extracción en el Sur global, China emerge como potencia para la manufactura y el procesamiento y la economía Europea pasa a ser mera consumidora. El motor alemán deja de ser la base de la exportación y de la construcción Europea y se impone la importación de baterías de China”.

Hacia el decrecimiento inevitable

“Es increíble que lo primero que se proponga desde Moncloa al hablar de una transición en la movilidad sea el coche eléctrico”, denuncia Pérez. Según el investigador de ODG, la jerarquización de las políticas es necesaria. En lugar de destinar esfuerzos y recursos a fortalecer los medios colectivos y planificar la reducción del parque automovilístico, la propuesta de Sánchez responde a intereses privados del sector. “Hablamos de electrificación del transporte pero no impulsamos el tren, se están planteando cosas tan estúpidas como trenes de hidrógeno”, comenta. Un proyecto impulsado por Talgo y Repsol que también se beneficiarán de los fondos Next Generation.

Desde los movimientos ecologistas llevan tiempo avisando de la única salida posible a la crisis socioambiental y económica: el decrecimiento. “Nunca es tarde para evitar el colapso”, dice Turiel, “pero el primer paso es asumir que tienes un problema”. Plantea que la situación es “crítica y urgente”, y que la energía renovable debería canalizarse “para fines más urgentes que no sea producir electricidad”. Porque puntualiza: “la energía renovable no es ilimitada”.

Siguiendo el mismo hilo, González ve necesario “construir economías y vidas más locales y repensar los modelos de movilidad”. Subraya un concepto: la justicia social. “La transición ecológica es una transición del conjunto del orden político, económico y cultural”, explica, “y tiene que venir directamente ligado a procesos de redistribución de la riqueza”. Reducir la movilidad sin una redistribución de la riqueza ahondaría aún más en los patrones desiguales; “podríamos tildarla de transición ecofascista o autoritaria”, matiza.

Ante un contexto de crisis donde se destinarán fondos públicos a la colaboración público-privada aumentando el endeudamiento de la población, Pérez reivindica la necesidad de crear colaboraciones público-comunitarias para construir alternativas reales ante los problemas de las próximas décadas: “Es necesario democratizar estos procesos, hay que disputar esta cuestión en el camino de la transición energética”.

 Fuente: https://www.elsaltodiario.com/ecologia/mito-coches-electricos-transicion-verde

sábado, 7 de agosto de 2021

El hombre de Tollund

 Aquel día Grethe, Amil y Viggoo salieron de su granja camino a la turbera armados con palas y cubos. Querían hacerse con algo de turba del pantano para usarla como combustible en casa… nunca hubiesen esperado encontrar lo que les devolvió el pantano.

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 Removiendo las oscuras aguas dieron con lo que parecía un cuerpo. Un rostro totalmente ennegrecido emergió entre las aguas. Era un rostro perfecto, con los ojos cerrados, como si durmiese. Un cadáver que flotaba sobre la oscuridad de la ciénaga.

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  Asombrados, los tres campesinos dejaron sus herramientas y corrieron hacia la policía más cercana en la pequeña localidad de Tollund, en la península de Jutlandia, Dinamarca. Estaban convencidos de que se trataba del cadáver de un joven estudiante desaparecido de la zona.

 La policía acudió al lugar acompañado por los campesinos. Era el 6 de mayo de 1950. Cuando la policía vio el cuerpo que flotaba en en la turbera vio que aquel no era un cuerpo reciente pese a su perfecto estado de conservación. Llamaron al arqueólogo del Museo de Copenhague.

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Se acababa de descubrir lo que hoy se conoce como “Hombre de Tollund”, una de las muchas momias de los pantanos que se han descubierto en las ciénagas del norte de Europa, la mayoría datados en la Edad de Hierro.

Cuerpos de hace miles de años preservados naturalmente por las inusuales condiciones de las ciénagas del norte: aguas muy ácidas, baja temperatura y ausencia de oxígeno. Unas condiciones que permiten conservar la piel y órganos internos perfectamente.

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   La piel se oscurece pero mantiene todos sus detalles, a diferencia de los huesos que con el tiempo son disueltos por el ácido de la turba. El Hombre de Tollund, como otros muchos, mostraba signos de haber sido asesinado.

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  Alrededor de su cuello tenía un cordel de tripa con el que presuntamente lo ahorcaron. ¿Por qué? Posiblemente nunca se sepa, aunque se especula que podría tratarse de una ofrenda a alguna deidad de los pantanos.

 Si fue así, el hombre tenía entre 30 y 40 años cuando decidieron sacrificarlo, lucía un barba corta y llevaba puesta un gorra de cuero en el momento en que fue entregado a la ciénaga.

Alguien depositó su cuerpo con sumo cuidado, reposando sobre su costado, como si estuviese descansando, en una zanja abierta en la turbera que poco después debieron cubrir, restando allí hasta que miles de años fue descubierto.

 La conservación de su cuerpo es tan buena, que ha permitido, miles de años después, y más de medio siglo después de su hallazgo, saber que comió poco antes de morir. En sus intestinos se hallaron restos de gachas y pescado.

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 Con las técnicas actuales se ha podido volver a los restos de los intestinos para analizar posibles muestras de polen, proteínas y otros rastros químicos que pudiesen dar información sobre los alimentos digeridos.

  Su última comida fue simple: una papilla de cebada, persicaria pálida y lino, que debió cocinarse en un recipiente de arcilla por los rastros de comida carbonizada que se han encontrado. También había algún pescado, aunque no se ha podido identificar la especie.

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Un detalle de la composición de las gachas ha sorprendido a los investigadores, la presencia de desechos de trilla, gran cantidad de semillas silvestres que normalmente se eliminaban de los granos cosechados durante la trilla.

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  ¿Los agregaban a las papillas para aumentar su valor nutricional? ¿O era un agregado especial para ocasiones excepcionales como los sacrificios? Quién sabe.

No han logrado encontrar ningún tipo de estupefaciente que hubiese ayudado a llevar a cabo el sacrifico, pero sí varios parásitos intestinales, tenias y gusanos que posiblemente contrajo al beber agua contaminada o comer carne infectada.
 
 …, de qué se alimentaban. Sus circunstancias son tan inusuales, si realmente se trata de sacrificios, que lo que se aprenda de ellos no podrá extrapolarse al resto. ¿O sí?
 
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viernes, 6 de agosto de 2021

La ONU pide la destrucción total de las armas nucleares

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 Guterres ha denunciado que no hay avances en el tema.

El Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, ha mostrado su preocupación por la falta de avance en el objetivo de conseguir un planeta libre de armas nucleares.

A través de su cuenta de Twitter, Guterres ha hecho un llamado a todos los países que cuentan con este tipo de armas para que “adopten medidas de reducción de riesgos, individual y conjuntamente”.

En el breve comunicado, el titular de Naciones Unidas ha confirmado que la ”única garantía es su total eliminación”.

 

Esta es la traducción de la publicación:

“Estoy tremendamente preocupado por la falta de avances hacia un mundo libre de armas nucleares. Hago un llamado a los países que cuentan con armas nucleares que tomen medidas para reducir riesgos, indivualmente y en conjunto. La única garantía contra el uso de las armas nucleares es su total eliminación”

 Fuente https://www.huffingtonpost.es/entry/la-onu-pide-la-destruccion-total-de-las-armas-nucleares_es_610d1afbe4b0cc1278bad604?f4l=

miércoles, 4 de agosto de 2021

Regreso a Tipasa

 

Tipasa.Jean-Luc Galvan
 "El secreto que busco está enterrado en un valle de olivos bajo la hierba y las violetas frías, alrededor de una vieja casa con olor a sarmiento. Durante más de veinte años recorrí ese valle y aquellos que se le parecen; interrogué a los mudos cabreros; llamé a la puerta de ruinas inhabitadas. A las veces, a la hora en que se ve la primera estrella en el cielo aún claro bajo una lluvia de luz fina, me pareció saber. Y en verdad sabía. Tal vez siempre sé. Pero nadie quiere saber este secreto y por cierto yo mismo tampoco lo quiero; no puedo separarme de los míos. Vivo en mi familia que cree reinar sobre ciudades ricas y repugnantes, construidas de piedra y de brumas. Día y noche esa familia a que pertenezco habla altivamente y aquello que no se doblega ante nada, se desdobla ante ella: es sorda a todos los secretos. Sin embargo, su poder me aburre y acontece que hasta sus gritos me cansen. Pero su desgracia es también la mía, somos de la misma sangre. Enfermo también yo, ¿no he gritado, cómplice y ruidosamente entre las piedras? También yo me esfuerzo por olvidar; camino por nuestras ciudades de hierro y de fuego, sonrío valientemente a la noche, llamo a las tempestades, seré fiel. En verdad me he olvidado:activo y sordo, en lo sucesivo. Mas tal vez un día cuando estemos próximos a morir de agotamiento y de ignorancia, yo pueda renunciar a nuestras tumbas chillonas para ir a tenderme en el valle, bajo la misma luz, y darme cuenta por última vez de lo que sé". 

(1952)

Regreso a Tipasa
Albert Camus

Moussambani, el hombre que en Sidney 2000 nadó peor que tu sobrino y se convirtió en símbolo olímpico

 Mucho se ha discutido esta semana sobre símbolos olímpicos. Gabriela Andersen, fondista, personificó la tenacidad hasta un grado desmedido en Los Ángeles 84. Este año, para Tokio 2020, la multicampeona Simone Biles ha sabido anteponer la salud mental a la competición en un entorno donde este tipo de dolencias no suele contemplarse. Reddit ha rescatado otro de estos relatos heroicos, uno que, además de inspirador, es tremendamente gracioso, el del hombre que a duras penas podía nadar y acabó siendo vitoreado al unísono por 17.000 espectadores.

Guinea Ecuatorial tiene poco más de un millón de habitantes. Malabo, la capital, no llega a 300.000. De allí era Eric Moussambani, quien a sus 22 años en el año 1999 recibió el visto bueno para jugar en los próximos Juegos Olímpicos. No en atletismo como él quería, ya que el cupo de nombres asignados estaba ya completo, sino para natación, una disciplina de la que apenas sabía nada: los pescadores de la zona le habían enseñado apenas a bracear. Ocho meses más tarde, Sidney.

 Corte a: uno de los vídeos más revisitados de la historia de esta competición. Un hombre solo se enfrenta a la inmensidad de la piscina olímpica y la mirada atenta de decenas de miles de espectadores. Tendría que haber hecho sus 100 metros libres junto a Karin Bare, de Nigeria, y a Farkhod Oripov, de Tayikistán, ambos de capacidades similares a la suya. Pero los dos fueron eliminados por salida en falso mientras él, que había estudiado vídeos de otras competiciones olímpicas la noche anterior a toda prisa, tenía pistas de que los jueces daban tres avisos antes de la largada. Evitó la desclasificación y con ello le tocó enfrentarse a la piscina él solito.

 Pistoletazo y salida. Algo falla: este muchacho apenas sabe nadar. Se ha tirado como un aprendiz, con las piernas verticales y ladeando la cabeza. Los brazos, sin orden ni concierto. La velocidad, inferior a cualquier juvenil de un pueblo de nuestro entorno. Es lógico: no había en todo Malabo más que una piscina de un hotel privado, a la que sólo se le permitió el acceso de forma excepcional como tres horas a la semana durante los cinco meses previos a la competición. Dicha piscina, por cierto, era de no más de 15 metros de largo, de ahí que el pobre Moussambani, cuando vio por primera vez la piscina australiana, pensó que estaba viendo el hermano horizontal del Everest.

Tuvo suerte de dar el giro, ya que a mitad de trayecto estaba agotado. “Si miran el video, no pude sentir mis piernas. Sentía que no iba a ir más lejos. Me estaba moviendo en un solo lugar. Pero sabía que el mundo entero me estaba observando: mi país, mi madre, mi hermana y mis amigos. No me preocupaba el tiempo. Todo lo que quería era terminar", explicó en una de sus múltiples entrevistas.

El público, que había empezado a carcajada limpia, llevaba un minuto largo dándole ánimos en pie apoyando al guineano a que terminase su cruzada. Los socorristas estaban acercándose ya ante un nadador que ya apenas avanzaba sino más bien sobrevivía al hundimiento, pero llegó. Con una marca de 1 minuto, 52 segundos y 72 centésimas, la que sigue siendo la peor marca de la historia e incluso más baja que la que emplearon otros nadadores al día siguiente en la prueba de los 200 metros, pero llegó. Y lo había conseguido ante todo el mundo. La Anguila, le apodaron.

Screenshot 2

 No tocaría el medallero, pero se convertiría en uno de los rostros más conocidos y queridos de aquellos Juegos, tanto que acabó firmando un contrato por un año con Speedo. Al cabo de cuatro años mejoró su marca personal hasta unos nada desdeñables 55 segundos, y se convirtió en el entrenador oficial del seleccionado de natación de su país (ahora ya sí hay un par de piscinas grandes).

Se ha hablado de él como símbolo de esfuerzo y sacrificio, pero parece más bien el de la valentía: él fue el hombre que, pese a su limitadísima habilidad y su clara inferioridad con respecto al resto de competidores, se atrevió a tirarse a la piscina. Literalmente.

Fuente; https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/moussambani-hombre-que-sidney-2000-nado-peor-que-tu-sobrino-se-convirtio-simbolo-olimpico

martes, 3 de agosto de 2021

Thomas Bernhard y los Wittgenstein: neurosis sobre neurosis

Ilustración de portada de 'El sobrino de Wittgenstein', a cargo de Ángel Jové a partir del cuadro 'Aprés le dîner', de Pierre Bonnard (c. 1920).

El escritor austriaco conectó con el clan desquiciado de la familia del filósofo, un enjambre de suplicios y tragedias al que da cuerpo un ensayo de Alexander Waugh

 Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la inversa, los sanos a los enfermos,  y ese conflicto es a menudo un conflicto mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto así basta para poner a menudo enfermo.
El sobrino de Wittgenstein
Thomas Bernhard

El Festival de Salzburgo es una buena ocasión para llevar en el bolsillo 'El sobrino de Wittgenstein', un relato autobiográfico de Thomas Bernhard que persevera en su concepción fatalista y sarcástica de la existencia. Y que evoca su convivencia con el sobrino del filósofo. Y del sobrino del pianista, pues el clan de los Wittgenstein, además de suicidas, de monstruos y de criaturas descarriadas, aportó un solista virtuoso que perdió la mano derecha entre los avatares de la Gran Guerra.

Bernhard escribe siempre desde la desproporción y desde la prosa opresiva. Y cuenta que Wittgenstein 'el loco' se dedicaba fundamentalmente a sabotear los conciertos y las óperas a las que asistía. Más años cumplía, más radicalizaba su aversión a los artistas, de forma que únicamente terminó tolerando al maestro Otto Klemperer. Y, por la misma razón, vociferando contra cualquier espectáculo al que asistía en la Ópera de Viena, mayormente si conocía la obra de memoria, a semejanza de un melófobo ilustrado.

No era una bravuconada. Nos cuenta Bernhard que Paul Wittgenstein podía cantar con su voz cascada en la calle 'La valquiria' y 'Sigfrido', del mismo modo que ansiaba llevar a escena él mismo una versión definitiva de 'La mujer sin sombra', de Strauss, a bordo de una plataforma flotante. 

 Esta clase de delirios únicamente se los participaba a sus allegados, pero la beligerancia de Paul el espectador comprometía las grandes veladas operísticas. Su entusiasmo podía arrastrar el criterio de la audiencia como podía hacerlo su oposición: "Soy capaz de fabricar un éxito, cuando quiero y cuando se dan los requisitos necesarios, y siempre se dan, y puedo igualmente fabricar un fracaso total, cuando se dan los requisitos, y siempre se dan".

 Durante decenios, escribe Bernhard desde posiciones hiperbólicas, los vieneses no se dieron cuenta de que el autor de los triunfos en la Ópera era a fin de cuentas Paul, lo mismo que era Paul el autor de los naufragios, los cuales, cuando él quería, arbitrariamente, no hubieran podido ser más aniquiladores ni más radicales. Muchos directores de orquesta cayeron en su trampa.

Con excepción de Karajan. Paul Wittgenstein lo odiaba. Y Thomas Bernhard no lo odiaba, incurriendo en una de sus muchas contradicciones. O diferenciando entre el símbolo del poder que representó el maestro y su dimensión artística, que Bernhard conoció (ambas) en la vecindad salzburguesa al abrigo del festival veraniego. 

Odiaba el escritor Salzburgo. Se odiaba a sí mismo. Odiaba la sociedad poshitleriana en su impunidad. Pero no se entienden Bernhard ni su literatura sin el estímulo creativo que supusieron semejantes aversiones, resumidas todas ellas en un pasaje de 'El sobrino de Wittgenstein' que bien podría haber sido su propio epitafio: "Quiero estar donde no estoy". Y no se refería a la tumba, sino a la desolación y a la frustración de la vida.

El nexo de Bernhard y los Wittgenstein no hace otra cosa que redundar en la neurosis y en la angustia, como una feroz redundancia y como un ejercicio de ensimismamiento psicótico. Por eso, tiene sentido iniciarse en el ensayo más distante y académico que escribió Alexander Waugh ('La familia Wittgenstein'), nieto del autor de 'Retorno a Brideshead' —Evelyn Waugh— y heredero de una saga donde proliferaron la endogamia y hasta el incesto.

Nos cuenta Waugh que los Wittgenstein eran una familia incomparable, matizando que el adjetivo no contiene demasiada carga positiva. No puede tenerla, en efecto, porque la dinastía se malogró en la psicosis y la autodestrucción, descoyuntándose en el umbral de la II Guerra Mundial un imperio metalúrgico que Karl Wittgenstein, padre del filósofo Ludwig y del pianista Paul, había empezado a construir vendiendo raíles al imperio ruso en la emergencia del conflicto bélico contra los turcos.

Pudo permitirse Karl amontonar siete pianos de cola en su palacio vienés y reunir nueve hijos. Todos ellos instruidos en la música, como si la música fuera el único lenguaje en que pudieran entenderse o en que pudieron entenderse. 

Liberaba así la prole la brutalidad de un padre autoritario y autócrata, feroz y castrense, hasta el extremo de que la leyenda familiar apunta a que la primera palabra de su homónimo hijo Karl fue precisamente 'Edipo'.

Se explica así que la tentación del parricidio anidara entre los vástagos, aunque tres de ellos decidieron suicidarse de manera prematura. Empezando por Rudi, un joven homosexual reprimido que disolvió cianuro en un vaso de leche para desayunar por última vez y resarcirse de los traumas aberrantes de la familia.

Parece ser que su hermana Helen no llegó a tener nunca relaciones sexuales porque le aterraba el contacto carnal. Y está demostrado que otra de las hijas de Karl, Gretl, acudió a la consulta del doctor Freud para intentar curarse de la frigidez.

Este opresivo y atormentado contexto familiar fue el mismo en que nació Ludwig Wittgenstein. Puede que el filósofo más importante del siglo XX. Y el único de los nueve hijos en intuir que cualquier expectativa de salvación consistía en alejarse del volcán paterno.

Fue providencial su exilio londinense, el hallazgo de la amistad con Bertrand Russell, la inclinación hacia una vida ascética, desprovista de la opulencia y de los lujos que habían sepultado a la familia en el fascinante y depresivo periodo de entreguerras.

Paul participó en la primera de ellas, ya lo hemos dicho. En parte por convicciones patrióticas. Y en parte como una escapatoria al yugo paterno, aunque el compromiso militar le provocó una herida irreparable que le hizo perder el brazo derecho.

Había sobrevivido Paul a la captura de los rusos y a la deportación en Siberia. Una prueba de su resistencia y de su obstinación que se prolongaron cuando quiso reemprender su carrera de pianista a pesar de las discapacidades.

Disponía de mucha voluntad para lograrlo. Tenía mucho dinero aún para conseguirlo, de forma que la chequera y las presiones pusieron a cavilar a los grandes compositores de la época para desafiar el prodigio de la mano izquierda.

No le gustaron demasiado los resultados. Introdujo correcciones y florituras al de Ravel, despreció el de Prokofiev porque le parecía demasiado frío. Rectificó la orquestación de la obra de Korngold y, peor aún, enterró en un cajón el concierto de Hindemith.

Allí permaneció hasta 2004, tres años después de la muerte de su viuda, cuya resistencia a cualquier intromisión en la fortaleza familiar de Long Island redundó en el misterio de Wittgenstein y custodió la peripecia del clan en el exilio neoyorquino. Paul hubo de escapar de Austria al hilo de las persecuciones antisemitas. La familia se había convertido al cristianismo desde tres generaciones anteriores, pero el apellido y la fortuna la transformaban en trofeo de caza ejemplar.

Unos y otros detalles forman parte del interesante documental que ha realizado Michael Beyer para el canal Arte. Emerge un retrato contradictorio y severo de Karl Wittgenstein. Nos lo presenta como un tipo tiránico y ególatra. Y como un epígono de Saturno. Porque devoró a sus hijos con la misma ferocidad del cuadro de Goya.

El pianista Paul Wittgenstein.
El pianista Paul Wittgenstein.

Fuente: https://www.elconfidencial.com/cultura/2021-07-30/thomas-bernhard-wittgestein_3205771/ 

La paz no es negocio

Hace unos días Joe Biden anunció que las tropas estacionadas en Afganistán volverán a Estados Unidos el 31 de agosto de 2021. Esta fecha marcará el vergonzoso fracaso de la «Operación Centinela de la Libertad» así como también el de la «Misión de Resuelto Apoyo» de la OTAN. En efecto, tras los atentados del 11-S, Estados Unidos y sus aliados europeos invadieron Afganistán y dieron inicio a la aventura militar más larga de la historia estadounidense.

Una comprensión adecuada de esta noticia requiere no perder de vista las muchas guerras que se desencadenaron después de los trágicos eventos del 2001. Cierto, la de Afganistán fue la más larga, pero no la única. Aunque los escenarios más importantes de estas operaciones se situaban en aquel país e Irak, las tropas de Estados Unidos y sus aliados se involucraron en significativas acciones militares en Pakistán, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Filipinas. A pesar de la negligencia con la que la prensa hegemónica cubrió estos acontecimientos, las investigaciones posteriores demostraron que al menos 801.000 personas murieron como consecuencia de esas guerras y un impresionante número de 37 millones más fueron desplazadas de sus hogares, condenadas a una vida nómada y miserable, en muchos casos para siempre.

¿Y qué decir de los astronómicos costos económicos de estos conflictos? Hasta el año 2020, el gobierno federal llevaba gastado 6,4 billones de dólares (o sea, 6,4 millones de millones de dólares). Esta cifra incluye las partidas aprobadas por el Congreso y el pago de los intereses sobre los préstamos contraídos para financiar las guerras, que para beneplácito de Wall Street se libraron apelando préstamos del sector privado, lo que elevó por las nubes el déficit del gobierno federal y la deuda nacional. Se estima que en 2029 ésta orille los 89 billones de dólares, lo que “situaría la relación deuda/PIB del país en el 277 %, superando la actual relación deuda/PIB de Japón, del 27 2%». Sucesivos gobiernos de Estados Unidos se lanzaron alegremente a guerrear sin reunir los recursos genuinos para financiarlas. Por contraposición, Harry Truman impulsó una suba transitoria de hasta un 92 % en las tasas impositivas de los sectores de mayores ingresos para financiar la guerra de Corea y Lyndon Johnson hizo lo propio para sufragar los costos de la guerra de Vietnam, subiéndolas hasta en un 77%. George W. Bush, en cambio, redujo la presión tributaria sobre los ricos en lugar de subirla y sus sucesores nada hicieron para poner fin a tamaña insensatez.

Estos guarismos demuestras las formidables ganancias que estas operaciones han producido para el complejo militar-industrial y, también, para los buitres financieros de Wall Street. Aquellas ofrecen fabulosas oportunidades de negocios con prescindencia de sus costes humanos o el hecho de que Washington sólo cosechara victorias parciales y efímeras, como en Irak; o traumáticas derrotas como en Vietnam y Afganistán. Muchos expertos aseguran que Estados Unidos ya no puede ganar guerras, y sin embargo sigue librándolas. La razón es fácil de entender: aquellas alimentan exponencialmente las ganancias de la fracción financiera del capitalismo norteamericano y, en menor medida, las del tradicional complejo militar-industrial, o sea el “estado duro” del imperialismo estadounidense.

Lo antedicho coincide con la dolida observación que hiciera Jimmy Carter cuando se preguntó por qué China nos lleva la delantera. «Normalicé las relaciones diplomáticas en 1979», dijo. «Desde 1979, ¿saben cuántas veces ha estado China en guerra con alguien? Ninguna. Y nosotros, en cambio, hemos seguido librando guerras desde entonces». Carter concluyó que Estados Unidos es «la nación más belicosa de la historia del mundo» debido al deseo de imponer los valores e intereses estadounidenses a otros países, y sugirió que China está invirtiendo sus recursos en proyectos como ferrocarriles de alta velocidad e infraestructuras básicas en lugar de malgastarlos en defensa. Claro que China no tiene un «complejo militar-industrial-financiero» que desesperadamente necesita de las guerras para obtener enormes dividendos y para pagar los extravagantes honorarios, bonos y las remuneraciones varias que embolsan los CEOs de sus gigantescas transnacionales. Esta es la razón por la que, desgraciadamente, la paz ha sido un objetivo tan elusivo y las guerras, en cambio, proliferan casi descontroladamente. Nada autoriza a pensar que esto pueda cambiar en los próximos años.

Fuente: https://nuevarevolucion.es/eeuu-guerra-negocio/

domingo, 1 de agosto de 2021

Más Margulis, menos Darwin

Victor Moriyama para The New York Times

 ¿Los descubrimientos científicos determinan nuestras visiones del mundo o pasa lo contrario?

Esa parece haber sido la principal eventualidad con la que chocó la bióloga estadounidense Lynn Margulis. En los años cincuenta, Margulis, tras releer una serie de trabajos sobre el mundo microbiano desestimados o ridiculizados años atrás, encontró las bases para su teoría sobre el origen de las células complejas. Pero esa teoría —y aquellos trabajos— contradecían el muy difundido paradigma evolutivo de la “sobrevivencia del más apto”, basado en El origen de las especies, de Charles Darwin, como mecanismo de la evolución.

Margulis tuvo dificultades entonces para difundir sus ideas: tras numerosos intentos, en 1967, logró finalmente que el Journal of Theoretical Biology aceptara su artículo “On the Origin of Mitosing Cells” (“Sobre el origen de las células mitóticas”). Y su libro, Origin of Eukaryotic Cells (Origen de las células eucariotas), no se publicó hasta 1970. Lo que demostraban sus trabajos suponía un cambio de visión sobre la evolución de los seres vivos. No es solo el más fuerte o el más apto quien logra sobrevivir, también es fundamental que los organismos puedan cooperar para que la evolución suceda. Para el neodarwinismo de la época —y el statu quo económico que de alguna manera este encauzó— aquello sonaba a herejía.

 La teoría evolucionista de Charles Darwin surgió en la Inglaterra del siglo XIX, en plena Revolución industrial y la consolidación del modelo capitalista, en los cuales encajó perfectamente la idea de que la evolución es producto de una selección natural a través de la competencia feroz entre individuos. Y el liberalismo contemporáneo también abreva de ahí. De muchas maneras hemos aprendido en Occidente que la autonomía personal es una conquista irrenunciable de las democracias modernas. Pero el auge contemporáneo de populismos y autoritarismos, y la destrucción medioambiental del planeta, nos lleva a preguntarnos si no entendimos a medias la evolución: más que la competencia, sobrevivimos por la cooperación.

Todo indica que hay que cambiar esta noción —el único mecanismo evolutivo es la competencia— y destronar uno de los paradigmas más difundidos por el pensamiento moderno: quizás ahí está la última posibilidad del futuro del planeta y de la especie humana y de miles de otras especies que están en riesgo de extinción por la actividad del ser humano. Difundir más la tesis de Margulis, una bióloga que incluso hoy es relativamente poco conocida, y seguro que nunca tan famosa como Darwin, ni como su primer marido, el cosmólogo y autor de bestsellers Carl Sagan, puede ser una buena respuesta.

El rechazo a las teorías de Margulis cambió parcialmente cuando los adelantos en biología molecular y la secuenciación del ADN probaron sus hipótesis. La bióloga, quien murió en 2011, fue tardíamente reconocida con varios premios y su trabajo es hoy una referencia central de las críticas al darwinismo.

¿Cuál fue su descubrimiento disruptivo? Que las células complejas (eucariotas) se originaron de células sencillas (procariotas) que se integraron en una relación de beneficio mutuo (simbiosis). Si una célula integrada tenía habilidades diferenciadas —por ejemplo, capacidad para respirar oxígeno o procesar energía solar—, compartía esas ventajas con la hospedante y esta, a su vez, le ofrecía un medio estable y rico en nutrientes a la primera. Ese es el origen de los órganos internos celulares (los organelos), como las mitocondrias (pulmones celulares) y los cloroplastos (los fotosintetizadores).

Margulis demostró así que la cooperación es el origen de uno de los más importantes saltos evolutivos: el de las células simples a las complejas, sin el cual no habría organismos pluricelulares y la vida se reduciría a un conglomerado de bacterias. La simbiogénesis —esto es, la asociación, integración y cooperación entre diferentes especies para originar nuevas formas de vida— tuvo que aceptarse entonces como una fuerza evolutiva esencial.

 Pero el mecanismo evolutivo que Margulis descubrió no es ni de lejos tan conocido ni popular como el más difundido del darwinismo, cuya adaptación en campos como la economía y las ciencias sociales es clave para comprender el devenir del mundo contemporáneo. La adaptación del darwinismo a la economía y las ciencias sociales, en su versión más reductiva, asume que es más natural la competencia que la cooperación y el egoísmo que el altruismo. Y puede que aún no se haya estimado la conmoción que Margulis supone para el antropocentrismo occidental, que amenaza al planeta, ni para el individualismo moderno, que es central en el liberalismo político contemporáneo.

Desde ciertas interpretaciones del darwinismo, la vida y las relaciones sociales se asumieron como una natural competencia —con nuestros congéneres y con otras especies—, en un mundo caracterizado por la escasez de recursos, donde solo logran sobrevivir los más fuertes y mejor equipados. Los humanos, desde luego, están en la cima.

Pero si la simbiogénesis, que reivindicó Margulis, es un movimiento evolutivo esencial, obviamente no somos los vencedores de la cadena evolutiva, sino una parte ínfima en una extraordinaria red de cooperaciones entre seres vivos que ha permitido la continuidad de la vida.

En un artículo sobre la crisis del liberalismo contemporáneo, Timothy Garton Ash se pregunta cómo se podía evitar que el calentamiento global se elevara sin imponer “fuertes restricciones a la libertad individual”. Garton Ash pide a los liberales aprender de sus errores para responder a los “abrumadores retos de nuestra época”, como son el cambio climático, las crisis de salud y la amenaza del autoritarismo.

¿Cuáles son esos errores? Haber olvidado la importancia de la solidaridad y del sentimiento de pertenencia a la comunidad, imposibles sin la cooperación. Haber olvidado esos viejos valores contemplados por muchos liberales clásicos, para abrazar “un liberalismo económico unidimensional”, dice Garton Ash. Integrar las ideas de Margulis podría ayudarnos en ese sentido.

El año pasado ha significado un hito indiscutible en esa crisis. La voracidad de la economía ha llevado a destruir cada vez más los hábitats donde viven animales que hospedan virus que resultan letales para los humanos (el origen de algunas epidemias y probablemente la de la COVID-19). También la pandemia reveló la falta de presupuestos para la salud pública. La posibilidad de levantar las patentes para las vacunas para beneficiar a la población global ha sido, hasta ahora, imposible. Y los países más ricos acapararon la mayor cantidad de dosis, dejando a los más pobres y vulnerables sin posibilidades sencillas o baratas de inmunizar a su población. Aunque ha habido algunos esfuerzos de cooperación internacional (especialmente con el mecanismo Covax para distribuir vacunas a los países con menos recursos), esta crisis global de salud reveló que necesitamos cooperar más.

Las disciplinas humanísticas y sociales podrían contrarestar las populares creencias de que el egoísmo y la explotación, la autoimportancia y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, son determinaciones naturales del género humano y no aprendizajes que se pueden revertir o transformar.

El mecanismo evolutivo que descubrió Margulis revela que cooperar es una capacidad biológica y es una ventaja competitiva crucial. Y quizás sea nuestra esperanza más tangible de salvarnos a nosotros mismos y al planeta.

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2021/07/18/espanol/opinion/pandemia-cooperacion.html

La moral de las moscas pegajosas

 

 Los moralistas que no aman el conocimiento y que no disfrutan más que haciendo daño, ofrecen el mismo espíritu y el mismo aburrimiento que las ciudades pequeñas. Su placer, tan cruel como lamentable, consiste en observar los dedos del vecino con objeto de acercarle de pronto una aguja para que se pinchen..