Ramón y Cajal dijo de Odón de Buen que era un “republicano exaltado y librepensador militante”. Fue esa definición lo que tentó al periodista científico Antonio Calvo Roy a saber más sobre este eminente hombre de ciencias y políticas que creó el Instituto Español de Oceanografía
(IEO), que sigue siendo una de las principales instituciones de
investigación científica pública hoy día. El resultado: una detallada
biografía, publicada recientemente coincidiendo con los 100 años del
IEO. El libro es, además, un repaso a la convulsa historia de España
entre la Primera República y 1945, y un retrato de cómo este país se
transforma a menudo en madrastra que maltrata a algunos de sus más insignes hijos.
Nuestro personaje nació en 1863, en Zuera, un pequeño pueblo de la
estepa zaragozana que contaba entonces con 1.400 habitantes. De padre
sastre de familia artesana y madre hija de labradores acomodados. Desde
pequeño quiso estudiar una carrera en lugar de quedarse en el pueblo o
hacerse cura, como parece que pretendía su familia. Murió en 1945,
exiliado en México, coincidiendo con los últimos dramas de la I Guerra
Mundial. Su historia tiene mérito (y guasa): un aragonés de secano fue
el fundador de la Oceanografía española. Se enamoró del mar desde la
estepa zaragozana y, sobre todo, se enamoró del conocimiento del mar. Su
interés mayor fue, sin duda, el establecimiento de la ciencia del mar
en España.
Dice Luis María Beamonte, presidente de la Diputación Provincial de
Zaragoza, en el prólogo del libro: “Odón de Buen hizo honor a su
apellido, fue un bondadoso científico y patriota que llegó a la política
con una inquebrantable voluntad de servicio público y de transformación
de la sociedad de su época, especialmente de los más desfavorecidos. Su
religión no fue otra -como escribió en su testamento- que ‘una gran
rectitud de conciencia, en el culto del bien, de la familia, de la
ciencia, de la libertad, de la justicia y del trabajo. Hicimos todo el
bien que nos fue posible; no hicimos a sabiendas mal a nadie’.
Y subraya Toni Calvo en la introducción: “Esta es la historia de un
hombre apasionado, una persona a caballo entre dos siglos, y justo entre
las dos repúblicas españolas, que se dejó la piel primero en ser él
mismo y luego en ayudar a otros a ser ellos mismos, cuando cambió la
investigación científica por la gestión”.
Campaña del Hernán Cortés en 1916.
Y una cita del propio Odón de Buen da idea precisa de quién y de qué
estamos hablando, y que incluso ahora nos estremece en este ambiente en
el que los ciudadanos tanto echamos de menos referentes morales
potentes: “Se nos dirá que no tenemos hoy, que no hemos tenido, que no
tendremos nunca, ideales fijos; nada menos exacto: tenemos hoy, han
tenido nuestros antepasados, y tendrán los librepensadores venideros un
ideal fijo, un ideal santo, un ideal verdaderamente sublime, el ideal de
formar con todos los pueblos un solo pueblo, de formar con todos los
hombres una sola familia, de dar libertad amplia a las conciencias y
extirpar de lo humano el odio para unir a los corazones y a las
inteligencias con los lazos eternos del amor y de la paz. Y hacia ese
ideal caminamos, pero caminamos por pasos, porque en la naturaleza no se
dan saltos gigantescos capaces de transformar la humanidad de un golpe y
cerrar toda una época histórica para abrir paso a otra época de ideales
totalmente distintos a la anterior”.
Apunta Calvo que en esa cita de 1886 apreciamos “el ideal masónico y
republicano que siempre mantuvo, con mayor o menos implicación en logias
y partidos, con la doctrina evolucionista que defendió en la cátedra y
de la que hizo bandera hasta su muerte”. “Luchó contra viento y marea, y
se enfrentó a quien hiciera falta; sobre todo en defender la masonería,
el librepensamiento y el darvinismo, se enfrentó a la Iglesia y a los
reaccionarios de su tiempo”.
Repasamos el libro con Toni Calvo, que, por cierto, resulta también
muy entretenido e interesante al contar los mil entresijos políticos de
la España de la época. Una anécdota antes de meternos de lleno con Odón:
Estanislao Figueras y Moragas, tras varios meses -del 11 de febrero al
11 de junio- de primer ministro, con zancadillas de propios y ajenos,
guerra carlista, intentona de golpe de Estado por parte de Cristino
Martos y la Guardia Civil, levantamiento separatista de Cataluña, y
otros, como el de Jumilla, contra Murcia, exclamó en una sesión del
Consejo de Ministros: “Señores, voy a serles franco: ¡estoy hasta los
cojones de todos nosotros!”. Lo dijo, dimitió y cogió el tren a París.
De Buen, que vivió nada más llegar a Madrid en modestas casas de
huéspedes -”unas regulares, otras malas, de a tres pesetas y media
diarias todo comprendido, incluso un huevo de principio tras el cocido”,
en su propio relato-, despertó pronto a la política, lo hizo a través
del periódico
Las Dominicales del Libre Pensamiento, que se
publicó desde 1883 hasta 1900, donde empezó a colaborar durante sus años
de estudiante. Y ya pronto nos hacemos una idea del talante y actividad
incesante de Odón, que le llevaron incluso a liderar una cuestación
pública, a través de
Las Dominicales, el 27 de febrero de 1886,
para erigir en Roma un monumento a Giordano Bruno, el astrónomo nacido
en 1548 y quemado por la Inquisición en Roma en 1600.
Lo tenía claro desde el principio, y desde muy joven enfiló a una
Iglesia radical que impedía el progreso. Decidió, con todo lo que
suponía en aquella época esta decisión, no bautizar a sus hijos. Cuando
nació el segundo, en 1891, lo contó así -no tiene desperdicio-
Las Dominicales:
“La joven familia de nuestros muy queridos amigos Odón de Buen y
Rafaela Lozano acaba de acrecentarse con un nuevo vástago. El niño ha
sido inscrito en el Registro Civil con el nombre de Rafael. El acta de
inscripción ha sido firmada por José Zulueta, candidato republicano en
las últimas elecciones de diputados, Domingo Ortiz, comisario de guerra y
poeta inspirado, antiguo amigo de la familia, y Salas Antón, que, con
su simpática esposa, fue a este objeto desde Barcelona a La Garriga,
donde ha tenido lugar el natalicio. Cuenta un soldado más la obra de la
emancipación social y de la libertad de pensamiento”.
Odón de Buen y Rafaela Lozano con sus hijos. De izquierda a derecha Demófilo, Fernando, Víctor, Odón, Rafaela, Rafael y Sadi.
La afición al mar de Odón de Buen brotó a partir de la expedición de la
Blanca,
la fragata-escuela de la Marina de guerra española: recién terminada la
licenciatura y el doctorado, en 1886, surgió una posibilidad que él
cogió al vuelo y convirtió en oceanógrafo al aragonés estepario: una
navegación de cinco meses por países europeos y del sur del
Mediterráneo. “Adquirí en el viaje orientaciones definitivas para mi
vida personal futura y sobre todo para mis labores científicas; sólidos,
positivos, imborrables conocimientos de los seres y de los fenómenos de
la naturaleza”. Es fácil encontrar en estas palabras el eco de Darwin y
su histórico viaje en el
Beagle.
Seguimos repasando la biografía con Calvo: “En la década de los
noventa del siglo XIX, era un catedrático muy conocido y muy activo en
la propagación de sus ideas políticas, sociales y científicas. Y esa
actividad tenía en guardia a las fuerzas más conservadoras, sobre todo a
los católicos, que trataban por todos los medios de acallar la voz de
De Buen”. Con la campaña en contra de prensa conservadora como
La Unión Católica, El Tiempo y
El Siglo Futuro consiguieron
incluir sus obras en el Índice de Libros Prohibidos, por su darvinismo,
e incluso la suspensión temporal de su cátedra, lo que le proporcionó
una notable popularidad y aureola entre la juventud estudiantil y, a los
pocos meses, cumplir su deseo más ansiado: lograr cátedra en Madrid, en
la Universidad Central. El 11 del 11 del 11 consiguió plaza de
catedrático en Madrid, tras 22 cursos en Barcelona. Sí, ya pasaba
entonces: nada como prohibir algo para darle la mayor publicidad a ese
algo que se quiere tapar.
Unas líneas del diario
La Unión Católica arremetiendo contra
el catedrático Odón de Buen nos ilustran bien cómo se las han gastado en
España la gente de misa y reverencias a los obispos: “Si el Sr. Odón de
Buen y sus alborotadores partidarios quieren propagar sus teorías
sectarias de que no hay Dios en el cielo, ni alma en el cerebro, ni
Providencia en la historia, ni sanción moral en otra vida eterna; de que
el hombre es la bestia, producto del transformismo de la naturaleza y
compuesta de materia y fuerza, sin más luz que la de la fatalidad y la
de los instintos, sin más orden social que el hombre laico que rompe
todo lazo con el cielo, y no se bautiza y se une con el llamado amor
libre, y muere en el estercolero del fanatismo librepensador, y adopta
como nombre cualquier nombre de la barbarie pagana, vayan a la
Institución Libre de Enseñanza o a la sociedad de actos civiles de la
conciencia libre; pero no pretendan imponerlas a los alumnos a quienes
envían los padres católicos a los establecimientos oficiales, los cuales
por el ministerio de las leyes y de la Constitución, son instituciones
católicas, como católico es el Estado en todos sus actos públicos”. O
sea, el empeño de meter la pila bendita en las instituciones públicas.
Y un entero Odón de Buen respondía así: “Fui siempre partidario de la
enseñanza laica y enemigo irreconciliable de la escuela oficial
española, ayuna de buen plan pedagógico, rutinaria, arcaica en
procedimientos, en materiales, en locales, y con un personal reclutado
en una selección al revés, confesional en exceso y deficiente de
enseñanzas ciudadanas, fuera de las realidades de este mundo por pensar
demasiado en el otro mundo”. De hecho, su mujer, Rafaela Lozano, se
ocupaba directamente de la enseñanza de sus hijos. Vamos, que Rouco
Varela seguro que no compra el libro de Toni Calvo…
La política entonces era de todo menos estable. En cinco años, entre
1902 y 1907, hubo nada menos que 11 cambios de gobiernos y 8
presidentes; y el turnismo de liberales y conservadores dejaba fuera
cualquier otro partido (ay, voy a dejar ya de hacer comparaciones con el
presente; pero es que no aprendemos…, o no nos dejan aprender…). Odón
de Buen fue concejal del Ayuntamiento de Barcelona, por Fusión
Republicana, durante cuatro años. Y una de las cosas que consiguió desde
ese puesto fue el uso de los salones del Ayuntamiento para los
matrimonios civiles. Acérrimo seguidor de Nicolás Salmerón, fue elegido
senador cuando se presentó por la formación Solidaritat Catalana, que
había organizado Salmerón tratando de unir a los republicanos de todas
las tendencias.
Concejal, senador… y ecologista. Desde bien pronto le gustó llevar a
sus alumnos al Delta del Ebro, y en una de sus crónicas tocaba, por
ejemplo, el tema de la deforestación: “En nombre de la Ciencia y en
beneficio de la Humanidad, hay que emprender una nueva cruzada en
nuestro país, para salvar, si se puede, los pocos bosques que restan y
los extensos matorrales en los que aún no ha entrado la barbarie a saco;
estos pudieran ser base de una repoblación inteligente. El arbolado de
las montañas debía ser de dominio público o por lo menos debían ponerse
trabas al derecho de los propietarios para que estos no destruyan los
árboles y los arbustos de sus haciendas, trabas de hecho, en la letra de
la ley”.
Dada su capacidad de trabajo, no paraba un momento quieto, y siempre
estaba tramando algo. De los bosques y los deltas a los mares. En 1906
creó su primer laboratorio marino en Palma de Mallorca. Y después otro
de Biología Marina en Málaga; gérmenes del IEO. Una vez que se había
hecho un nombre internacional en Biología Marina junto a
Lacaze-Duthiers, y que tenía un laboratorio instalado, decidió dar el
salto de la Biología Marina a la Oceanografía. Pero también debemos
recordar sus habilidades sociales, su mano para saber con quién
contactar, de quién se hacía amigo en sus particulares Twitter y
Facebook. Y hay un personaje clave para la fundación del IEO: el regio
aliado del contumaz republicano: el príncipe Alberto I de Mónaco,
oceanógrafo vocacional e hispanista de pro.
Así, paso a paso, brazada a brazada, con el carácter pertinaz de
quien nació y se crió en la estepa aragonesa, Odón de Buen consiguió en
1914 -el mismo año que la palabra
oceanografía aparece por
primera vez en el Diccionario de la Academia-, que se publicara el
decreto con el establecimiento del Instituto Español de Oceanografía; y
lo situó en Madrid, lo que, por ejemplo, levantó la resistencia del
laboratorio de Santander. Comenzaron las campañas de investigación a
bordo del
Hernán Cortés. Pero solo unos meses después de su
creación, y como tantas veces en la historia de España, se veía la
dificultad de pasar de las palabras a los hechos. Lo contaba un suelto
de prensa, detrás del cual puede intuirse la mano de De Buen: “Cuando el
Instituto Español de Oceanografía, creado con excelente acuerdo por
Real Decreto en el pasado abril, comenzaba a dar sus frutos, aparece
suprimido por razón de economía en los nuevos presupuestos. Es decir,
que en esos presupuestos donde han pasado todas las codicias, todos los
intereses parciales y privados por valor de cientos de millones, no han
podido pasar las 40.000 pesetas que para personal y material tenía el
mencionado organismo. El estudio de nuestros mares con sus inmensas
riquezas no significa para nuestros parlamentarios lo que un triste
camino vecinal”. Ay, el maltrato a la ciencia… ¿A que nos suena
familiar?…
La década de 1920 fue probablemente la más feliz, la más plena, en la
vida de Odón de Buen. “Estaba metido en muchas batallas, tal como a él
le gustaba, y las cosas iban bien. El Instituto Español de Oceanografía
contaba cada vez con más apoyos, más presupuestos y más ayudas, y las
campañas, con ayuda de la Armada, se llevaban a cabo. Era reconocido
fuera y dentro de España, ocupaba presidencias de comisiones nacionales e
internacionales, seguía teniendo éxito en su cátedra, hacía sus viajes
con los alumnos, publicaba libros, daba conferencias…”. Y decidió
cambiar la política activa y directa por la gestión de la ciencia, en
concreto por la docencia y la organización en España de las
investigaciones sobre Oceanografía y Pesca.
Así, con cierto reconocimiento, en noviembre de 1933, al cumplir 70
años, le llegó la jubilación de la cátedra. Y él no olvidaba su
republicanismo laico. Cosas así decía en sus conferencias, algo que tres
años después le habría de costar caro: “El laicismo es hoy la más
preciada libertad. No se opone el laicismo a la religión ni la persigue.
El laicismo es tolerancia a la conciencia ajena; pero la conciencia
está fuera de la órbita del Orden Público, y no se puede aceptar que en
las relaciones sociales se quiera imponer a los demás el dictado de la
conciencia”.
“Había llegado a la cima en plena felicidad y me sonreía todo, vivía
feliz”. Con sus hijos viviendo cerca, “gracias a la Ley de Casas
Baratas”, con 15 nietos en sus proximidades, “sin apuros económicos,
debido a mis cargos y trabajos, y a la herencia del nunca olvidado tío
Rafael Lozano”…
Pero estalló la guerra. La patria convertida en madrastra por los
fascistas. La jerarquía eclesiástica no se lo iba a perdonar. El 19 de
septiembre de 1936 la prensa recogía su encarcelamiento: “El catedrático
Odón de Buen está prisionero. Se tienen noticias de que ha sido
detenido en Palma de Mallorca por los fascistas, que lo tienen sometido a
rigurosa prisión a pesar de su edad avanzada”.
A los 74 años de edad, enfermo y medio ciego, Odón de Buen permanecía
un año en la cárcel de Palma de Mallorca, incomunicado y durmiendo en
el suelo.
El 9 de agosto de 1937 alcanzó la libertad: “En el puerto de
Valencia, fue canjeado por María del Carmen Primo de Rivera y Sáenz de
Heredia, hermana de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la
Falange, y de Pilar, fundadora de la Sección Femenina. Además de la
hija, en el canje iba también una hermana del dictador, María Jesús
Primo de Rivera y Orbaneja, que habían estado encarceladas en Alicante,
igual que José Antonio, que había sido fusilado en noviembre de 1936″.
Las vueltas que da la vida, porque Miguel Primo de Rivera había sido
amigo del científico.
El canje no había resultado nada fácil, y se llevó a cabo gracias
sobre todo a las gestiones de los consulados danés y británico.
De allí al destierro en Banyuls-sur-Mer (Francia). Y de allí al
exilio en México. En octubre de 1941 murió su querida Rafaela.
Finalmente, en marzo de 1942, decidió seguir el consejo de sus hijos y
marcharse a México. Con 78 años. Mientras se preparaba para cruzar el
Atlántico, en España comenzaron las depuraciones. Es la triste historia
que persigue a este país, historia de envidias y venganzas, más que de
un juego limpio de ideologías. Escribe Toni Calvo: “En el Archivo
Histórico Provincial de Zaragoza se encuentran múltiples papeles con las
acusaciones de sus vecinos de Zuera, por ser significado republicano,
masón, ateo y hasta marxista. Todos los cargos tenían por objeto, además
de la venganza, la incautación de sus bienes en Zuera, con la notable
pirueta legal, por llamarla de alguna manera, según la cual el inculpado
debía “responder civilmente por los daños o perjuicios de todas clases
que hubiera ocasionado directamente como consecuencia de su oposición al
triunfo del Movimiento Nacional”. Embargaron su casa con todo lo que
había dentro, cuya relación de bienes se realiza con sobrecogedor
detalle. “El mobiliario del despacho, por cierto, se lo quedó mosén
Fernando, el cura de Zuera”. “Lo que no debieron encontrar son los
libros que Odón de Buen había guardado allí con idea de retirarse algún
día; fueron quemados en la plaza pública por los falangistas, en los
primeros días de la Guerra, igual que fue arrastrado por las calles del
pueblo el busto que le había hecho Mariano Benlliure y que estaba en el
Grupo Escolar”.
Recuperada la democracia, el Ayuntamiento ordenó que el busto
volviera a presidir el Grupo Escolar, y que este se llamara de nuevo
Odón de Buen.
En México le recibieron con aprecio y cariño. En sus últimos días,
nuestro personaje recibió con alegría el fin de la Guerra Mundial, la
caída de Alemania y la liberación de Francia, todo lo que para los
republicanos se asimilaba al fin del franquismo. No acertaron en las
predicciones; pero, en fin, seguramente le ayudó a no morir tan triste
el 2 de mayo de 1945 pensar que España volvería pronto a ser una
República democrática.
Cien años después, el IEO mantiene el nombre y la intención con que
fue creado. En él trabajan 700 personas; la gran mayoría, el 80%,
dedicados a la investigación. A los laboratorios primeros de Palma de
Mallorca, Málaga y Santander, hay que sumarles hoy los de A Coruña,
Cádiz, Tenerife, Gijón, Murcia y Vigo; un buque oceanográfico de
investigación llevaba su nombre hasta hace poco, aunque ha sido ya
retirado.
Así termina el libro de Toni Calvo en la página 263: “Odón de Buen podría ver que no sembró en arenales estériles”.
Más información:
http://elasombrario.com/odon-de-buen-por-la-ciencia-el-laicismo-y-la-republica/