El aire está sufriendo un atentado pero la inercia en la forma de
entender la economía, el desarrollo y el progreso hace borrosa la
imaginación y la osadía para explorar otros caminos. Es más fácil
imaginarse viviendo sin aire que sin capitalismo
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| Termoeléctrica en la zona de Quintero-Puchuncaví (Chile).
Greenpeace |
Dice Galeano que en el aire tiende la araña sus hilos de baba.
Metiendo y sacando aire del cuerpo, nosotros, los seres
humanos y muchos otros, aéreos, acuáticos o terrestres, perduramos.
Somos cuerpos animados por el aire.
La risa, el suspiro y el llanto son aire.
El aire es la mezcla de gases que se encuentra en la atmósfera.
La atmósfera es el manto de gases que rodea un cuerpo celeste. La del
planeta Tierra se divide en cinco capas: troposfera, estratosfera,
mesosfera, termosfera y exosfera.
La troposfera es la capa más pegadita a la superficie terrestre. En
ella está el aire que respiramos. Tiene unos siete kilómetros de altura
en los polos y dieciséis en los trópicos. Acoge a las nubes. Es el
escenario de fenómenos atmosféricos que determinan el clima. Un poco más
arriba, en la estratosfera, se encuentra la capa de ozono que protege a
la Tierra de los rayos ultravioleta.
El aire está formado por átomos y moléculas de gases diferentes.
Oxígeno, que la mayor parte de los seres vivos necesitan para existir;
dióxido de carbono, que participa en procesos biológicos y
climatológicos fundamentales como la fotosíntesis, ayuda a retener el
calor que proviene del sol (efecto invernadero) y es el residuo de la
respiración y de las reacciones como la combustión del petróleo, carbón y
gas natural; ozono, que absorbe la mayor parte de los rayos
ultravioleta procedentes del Sol; vapor de agua en cantidad muy
variable, que participa en la formación de las nubes y la niebla y
también es uno de los gases de efecto invernadero; partículas sólidas y
líquidas en suspensión como, por ejemplo, polvo, polen o agua.
En la larguísima historia de la vida, no siempre la atmósfera fue
así, pero esta composición del aire ha permanecido dinámicamente estable
durante miles de años y a ella es a la que están adaptadas las especies
existentes, también la nuestra.
El viento es el movimiento del aire a gran escala. Las dos variables
que influyen en la circulación del viento tienen que ver con la
temperatura y con la fuerza centrífuga producida por la rotación del
planeta. Como todo lo que importa, los vientos tienen nombre. Cuando su
velocidad aumenta súbitamente durante un tiempo muy corto se llama
ráfaga. Si es de larga duración, según la fuerza que tenga, puede
llamarse brisa, tifón, temporal, huracán o tormenta. Los pueblos también
reconocieron los vientos locales. Ábrego, bochorno, cierzo, galerna,
levante, leveche, poniente, siroco o tramontana...
Los vientos –como el agua– cambian el paisaje. A veces, la caricia
lenta de la erosión. Otras, una irrupción violenta que deja el paisaje
irreconocible tras su paso.
Puede detener o acelerar incendios, disemina y esparce semillas e
insectos. El polvo de los desiertos recorre grandes distancias a lomos
de viento.
El cóndor, el cernícalo, el vencejo y el colibrí se sostienen, cada uno a su modo, sobre el aire.
El paisaje, el molino, el barco y el aerogenerador son hijos del viento.
Para los seres vivos el aire es vida y relación.
La música es un regalo del aire. Sin aire, en el vacío, el sonido no
se propaga. El duende de Estrella Morente, el fado de Dulce Pontes y la
morna de Cesaria Évora llegan planeando en el aire.
Y también el lenguaje oral que se produce cuando el aire pasa a
través de las cuerdas vocales desde los pulmones hasta la faringe y la
laringe. Este aire baila en la boca con la lengua, los labios y la
mandíbula que lo transforman en conversación o canto. No es la única
forma de hablar. También se forman palabras con las manos y el cuerpo a
través del hipnótico lenguaje de signos. Pero lo de la oralidad, si te
paras a pensarlo, es para flipar.
La relación más íntima entre humanos y aire se da en la respiración.
Gabriel Celaya no encontró mejor forma de explicar la necesidad de la
poesía que compararla con el aire que exigimos trece veces por minuto...
para ser. (Trece veces clavaditas, que lo comprobé ayer mientras
escribía esto).
Inspiramos aire cargado en oxígeno y, con él, los otros gases y
partículas que están presentes en el aire. En nuestros pulmones, la
sangre captura ese oxígeno y se desprende del dióxido de carbono,
residuo que producen las células al respirar. Trece veces en cada minuto
si estamos en reposo.
Defred, la criada de Margaret Atwood, se hace fuerte en la República
de Gilead en la respiración. “Estoy viva, vivo, respiro, saco la mano
abierta a la luz del sol”.
Respirar. Ese acto, sencillo cuando estás bien, penoso cuando estás
enferma, triste, cansada, asustada o el aire está sucio. Ese continuo
inflarse y desinflarse es el pedaleo del cuerpo. Nos mantiene en
equilibrio y nos separa de la muerte.
Llamamos contaminación del aire a la modificación de la composición
del aire. Más gases de efecto invernadero que incrementan las
temperaturas medias globales y cambian las reglas del juego de lo vivo,
dioxinas emitidas en las incineradoras, moléculas de ozono fuera de su
sitio a causa de las olas de calor, partículas procedentes de los tubos
de escape de los coches, polvo de metales pesados, radiaciones… A través
de ellas, una civilización que le declara la guerra a la vida coloniza
el aire y con él, plantas, agua, animales y personas.
Muchas son las dimensiones en las que unos seres humanos pueden
explotar, someter y humillar a otros. Lo sabemos bien. Creo que obligar a
respirar mierda es una de las más atroces. Uno enferma respirando y
como no puede dejar de respirar, no puede evitar enfermar. La mierda
muchas veces no huele. Pasan años hasta que la enfermedad aflora.
En la civilización industrial, el capital se abrió paso a machetazos
contra los pulmones de trabajadores y trabajadoras y los pulmones de la
tierra, convirtiendo el trabajo en una venta de órganos forzosa e
inadvertida. Silicosis por inhalación de polvos de sílice; antracosis
por inhalación de carbón mineral; siderosis por inhalación de polvos de
hierro; beriliosis por inhalación de polvos de berilio; estañosis por
inhalación y manipulación de polvo de óxido de estaño y humos;
saturnismo debido al envenenamiento producido por el plomo, asbestosis
causada por la inhalación de fibras de amianto...
Todas ellas son enfermedades propias de minas, fundiciones, plantas
de concentración mineral y diversas industrias. Afectan a trabajadores y
trabajadoras, a sus familias y a los animales y plantas que les
rodean.
Luis Pino, presidente de la agrupación de extrabajadores de
Enami-Codelco en Puchuncaví, Chile, es testimonio vivo de la enfermedad
de los hombres verdes, los
trabajadores del cobre. Los casos empezaron a conocerse en la década
de los ochenta del siglo XX. Les llamaban así porque a través de las
llagas y grietas de la piel les brotaba un líquido verde. No fue al
principio, empezaron a enfermar cuando llegaban a los cuarenta o
cuarenta y cinco años. “Estoy contaminado con plomo, arsénico, cobre y
otros metales pesados”, dice Luis, “a los cuarenta años ya no me quedaba
ningún diente en la boca”. Muchas de las que ahora denuncian son
mujeres, ya abuelas, que siguen hablando por sus maridos muertos.
Cuentan, ellas, que los trabajadores no se lo podían creer. El cobre era
el sueldo de Chile, igual para Allende, que lo quería repartir, que
para Pinochet, que despojaba al pueblo de sus beneficios y lo
torturaba.
Dicen quienes viven allí ahora que la situación sigue siendo dura.
Varias termoeléctricas, fundiciones, refinerías… todas en el mismo
territorio que llaman zona de sacrificio. Zonas de sacrificio. Un
nombre brutal que evoca sin tapujos la cantidad de vidas, las más
pobres, que se sacrifican en nombre del desarrollo.
Muchas mujeres se han organizado en el colectivo Mujeres de Zona de Sacrificio Quintero Puchuncavé en Resistencia.
Empezaron porque parían criaturas enfermas y con malformaciones. En el
verano de 2018, mil setecientas personas se desmayaron por la inhalación
de un químico que todavía no han conseguido que sea investigado. “Los
niños y las niñas se desvanecían en las escuelas”.
Su demanda principal es la de poder criar criaturas sanas y disponer
de agua y aire limpios. Buscan formas alternativas de organizar la vida y
la economía. En sus reivindicaciones, a veces, se han encontrado
enfrentadas a sus propios maridos. Si ellas organizan una manifestación,
las empresas organizan otra, y si ellos –sus maridos– no van, les
echan. Pueden encontrarse en el mismo lugar, unos defendiendo el trabajo
y el pan, y otras defendiendo la salud de hijos e hijas. La
incompatibilidad entre ambos es el fracaso de una civilización.
Un compañero de Ecologistas en Acción de Asturias me hablaba sobre su
madre. Quedó viuda jovencísima, él casi no conoció a su padre minero
que murió con los pulmones comidos por el aire de la mina. Ella también
había sido criada por otra madre viuda de un trabajador muerto. Cuando
murió el padre de mi compañero, su madre y su abuela dijeron “a este
niño no se lo lleva la mina”. Se marcharon a la ciudad y allí trabajaron
como bestias para sacar al niño adelante.
En los últimos años, se han celebrado varios juicios a raíz de las
denuncias de los afectados por el amianto. Trabajadores enfermos –sus
familiares si ellos ya habían muerto– denunciaron a Uralita. Ahora
reciben las indemnizaciones, algunas de ellas póstumas, por haber estado
años respirando aire colonizado por las fibras de asbesto.
Se han ido ganando casi todos los juicios. Hubo uno de ellos que se
perdió en primera instancia. Fue el de las mujeres de los trabajadores.
Denunciaron porque ellas también habían enfermado mientras sacudían y
lavaban la ropa de sus marido e hijos. Pero en el Tribunal Supremo se ganó el juicio contra Uralita.
La sentencia es para tenerla siempre bien cerquita. Uralita no solo
explotaba al trabajador, sino también a su mujer o a su madre, a la que
no pagaba. Se reconocía así que el trabajo no termina en la puerta de la
fábrica. Hay, como hemos aprendido a partir de la economía feminista,
una incautación de tiempos de trabajo, que mayoritariamente realizan
mujeres, que son imprescindibles para la regeneración cotidiana y
generacional de la mano de obra, y por tanto imprescindibles, explotados
y no pagados por al empresa.
Van Gogh conoció el Londres sucio, cubierto por una niebla de humo
permanente y contaminado que Dickens fotografió magistralmente en su
narrativa. También conoció el origen mismo de la energía que
contaminaba Londres a la vez que la desarrollaba. En lugares como las
minas de Le Borinage convivió con los mineros. En sus primeras pinturas,
comprometido con lo que había visto y olido, pintó cuerpos retorcidos,
mal respirados y alimentados, en casas sucias y arruinadas por la
pobreza. Al trasladarse a Provenza, en contacto con el aire limpio del
campo en Francia, se rebeló contra los excesos del industrialismo y
comprendió que el humo y la suciedad despojan, además de la salud, de
los sentidos. Descubrió un mundo de colores y transparencias negados en
las ciudades del progreso.
La visión de tanto color fue inaceptable para muchos de sus
contemporáneos. Como otros impresionistas, nos cuenta Lewis Mundford,
fue denunciado por impostor porque los colores que pintaba no estaban
amortiguados por la niebla y opacados por el humo; porque el verde de su
hierba y el brillo de las flores cegaba. Se negaba el color para
legitimar la normalidad de su ausencia.
En cierto modo, pudieron ser los primeros negacionismos. Hemos
asistido a la negación sistemática de las consecuencias del
extractivismo e industrialización sin límites. Se negaron la lluvia
ácida, el agujero de la capa de ozono y el cambio climático. Se financia
la negación y la duda, y se acusa de interesado, magufo o antisistema a
todo bicho viviente que denuncie. Si además eres mujer, eres loca,
golfa, puta ignorarte o ridícula. Si has enfermado, lo que tienes es una
depresión o trastorno psicológico. Solo cuando años después se ponen
los muertos encima de la mesa se actúa, porque la cautela, la prevención
o el cuidado requieren anticipación, freno, autolimitación colectiva, y
son misión imposible si la vida digna y la salud son solo un
subproducto de los beneficios.
La lucha del movimiento obrero ha conquistado importantes mejoras en
las condiciones laborales en muchos lugares. Sin duda, los salarios y
los horarios de trabajo o las edades de jubilación de los mineros,
principalmente de los países enriquecidos, han mejorado notablemente.
Demuestran que la organización y la unión consiguen doblar el brazo de
quienes explotan. Merecen ese triunfo, sin lugar a dudas. Por su lucha y
su sacrificio.
Sin embargo, no diría que estos triunfos hayan conseguido superar la
dimensión más brutal de la alienación y la explotación: el que haya
gente que para poder vivir tenga que dar a cambio la salud.
La legítima reivindicación del aumento salarial, es casi la única
encajable por el capital. No hace mella en la racionalidad económica. No
es fácil conseguirlo y requiere una lucha intensa. Han matado a gente
por ello. Cuando se gana, los dueños de los medios de producción,
privados o estatales, terminan ofreciendo mejoras salariales y pluses a
cambio de riesgos y salud.
Pero que el aire que exigimos trece veces por minuto sea limpio para
todo el mundo, que el clima no expulse a grandes sectores de población o
que la prosperidad de unos no esté correlacionada con el despojo - en
términos biofísicos - y la enfermedad de otros, esos triunfos, no se
conquistan sin poner patas arriba la normalidad de la racionalidad
económica vigente. No encajan. Menos en tiempos de límites desbordados.
La civilización industrial se ha erigido clavando cimientos,
engranajes y pernos en los pulmones de los mineros y otros trabajadores
en las fábricas. Tiene contraída una deuda impagable con quienes se
dejaron la vida arrancando minerales de la tierra y respirando su polvo.
Es responsabilidad del conjunto de la sociedad, de nosotros y nosotras,
garantizar su seguridad y la de sus familias hasta que mueran. Eso no
es exactamente lo mismo que seguir manteniendo los beneficios de quienes
les explotan.
Voy terminando. La cuestión de la calidad del aire no es una batalla
solo en el ámbito laboral. Está presente también en las vidas
cotidianas. El aire es un campo de batalla desde el que se agrede a todo
lo que está vivo.
Según Ecologistas en Acción, en 2019, 44,2 millones de personas respiraron aire contaminado en España.
Los datos eran mejores que los del año anterior y, aún así, el 94% de
la población y el 88% del territorio estuvieron expuestos a unos niveles
de contaminación que superan las recomendaciones de la Organización
Mundial de la Salud (OMS). Tomando como referencia los estándares de la
normativa de la Unión Europea, más laxos que las recomendaciones de la
OMS, la población que respiró aire contaminado por encima de los límites legales fue de más de doce millones de personas.
Cada año se registran alrededor de treinta mil
muertes prematuras en el Estado español a causa de la contaminación del
aire. La principal fuente de contaminación en áreas urbanas, donde se
concentra la mayor parte de la población, es el tráfico motorizado. Julio Díaz y Cristina Linares, del Grupo de Investigación en Salud y Medio Ambiente Urbano,
hacen un trabajo ingente en la pedagogía e información clara y precisa
sobre, entre otras cosas, la incidencia del uso masivo del coche y las
olas de calor en la salud. Acudir a sus informes es encontrar
información rigurosa y analizada sin medias tintas.
El aire y los pulmones han sido privatizados. Dicen algunos que
restringir el tráfico y la movilidad motorizada o en avión atenta contra
la libertad; que ajustar los consumos a lo que es posible para no
destruir la vida y matar a otros seres vivos es restringir la libertad.
Pero no se puede, no se debe, disfrutar la libertad individual en los
pulmones de otros. No se puede ganar dinero a costa de los pulmones de
otros. La libertad como la justicia es relacional. Repudiamos una idea
de libertad individual que colisiona con las posibilidades de vida
decente de muchos otros seres vivos, aéreos, terrestres y acuáticos.
“No puedo respirar”.
George Floyd, cuando los policías le aplastaban y le arrebataban el aire, dijo: “I can’t breathe”. Por ser negro, latino, gitana, por no tener papeles, por ser pobre, por estar explotada.
No pudo respirar Eleazar Blandón, abandonado en la puerta de un
hospital después de sufrir un golpe de calor. La cultura del usar y
tirar llevada a lo humano.
Es el grito de denuncia a una forma de organizar la vida estructuralmente racista, injusta y ecocida.
La crisis de la covid-19 ha iluminado dolorosamente la encrucijada en
la que estamos atrapadas: hay que aprovechar para respirar hondo cuando
la economía se desploma, pero entonces lo que está en riesgo es la
comida, la casa o la luz. Sin salir de esa trampa, no hay vida buena, no
hay vida futura decente posible.
El aire está sufriendo un atentado pero la inercia en la forma de
entender la economía, el desarrollo y el progreso hace borrosa la
imaginación y la osadía para explorar otros caminos. Es más fácil
imaginarse viviendo sin aire que sin capitalismo.
La posibilidad de pensar desde la complementariedad las dicotomías
salud y economía, aire y economía, cuidados y economía o justicia y
economía pasa por la reconstrucción de una visión de lo económico
radicalmente diferente. Una economía centrada en los límites, las
necesidades, la suficiencia y el reparto.
Tenemos un problema y no es atmosférico. Es político. Desde todas
partes hay que sumar para hacerle frente. Mucha gente lo está haciendo
ya, pero tenemos que ser más.
El grito, el esfuerzo y el eco también son aire.
Fuente: https://ctxt.es/es/20200801/Firmas/33096/Yayo-Herrero-cinco-elementos-aire-contaminacion-capitalismo.htm