Esta mujer revolucionó nuestras ideas sobre los primates hace seis
décadas. Hoy, a sus 82 años, Jane Goodall vive entregada a una causa
cada vez más urgente: salvar el planeta. Sabe que no lo tiene nada
fácil.
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En 1960, Goodall se convirtió en la primera persona en ser aceptada por un grupo de chimpancés
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Es su voz, su mirada, esa paz interior, esa calma profunda; también sus manos, su cuerpo aparentemente frágil, pero aún dispuesto, a sus casi 83 años, para encadenar viajes por el mundo sin apenas descanso. Jane Goodall hipnotiza a su audiencia. Y lo sabe, aprovecha ese don -así lo llama ella- para reclutar millonarios por la defensa de la naturaleza y educar a niños y jóvenes en el cuidado urgente del planeta. Esta primatóloga británica, conservacionista y Mensajera de la Paz de Naciones Unidas, cuyas andanzas entre chimpancés, allá por 1960, la convirtieron en un icono mundial, representa como nadie la defensa de la biodiversidad. Aprovechando su breve paso por Madrid, donde recogió el Premio a la Personalidad Ambiental del Año, entregado por Ecovidrio, compartió recuerdos e inquietudes con XLSemanal.
XLSemanal. Dice usted que hemos fallado como especie…
Jane Goodall. Sí. Más que evolucionar, vamos hacia atrás. ¿Cómo es posible que la criatura más inteligente que ha pisado este planeta esté destruyendo su propio hogar?
XL. Quizá no seamos tan inteligentes…
J.G. [Se ríe]. Desde luego, en eso no lo demostramos. Sufrimos una desconexión entre el cerebro y el corazón.
XL. La Historia de la humanidad no muestra esa conexión de la que habla. Es más un relato de crueldad y luchas de poder…
J.G. Cierto, pero siempre, en todas las épocas, hay
personas excepcionales que han ido definiendo eso que llamamos
humanidad. Mandela, Ghandi…
XL. O usted…
J.G. ¿Yo? [Se ríe]. Mi trabajo, si acaso, es formar,
a través de la educación, a más gente como ellos. Al nacer, recibí dos
dones: un cuerpo resistente que con casi 83 me permite seguir luchando, y
el otro es la comunicación. Siempre he sido muy tímida…
XL. Nadie lo diría…
J.G. Pues es así. Ahora bien, cuando subo a un
estrado para hablar ante una gran audiencia, es diferente. Entonces
surge la magia y la otra Jane acude en mi ayuda [se ríe].
XL. ¿Y cuándo nació esa otra Jane? ¿Entre chimpancés quizá allá por 1960?
J.G. Algo nuevo nació entonces, eso seguro. No pasas por una experiencia como esa y sigues igual…
El mundo se está convirtiendo en un lugar que da mucho miedo. Necesitamos que la gente se movilice
XL. A usted la envió a estudiar a los chimpancés Louis
Leakey. El científico que situó en África el origen del ser humano
confió en usted, una joven sin experiencia ni títulos. ¿Así de sencillo?
J.G. Pues sí. Ni siquiera me dio consejos.
Simplemente: «Ve allí, Jane, y aprende todo lo que puedas» [sonríe]. Y
eso hice. Yo no tenía método científico. Tenía, eso sí, cuadernos de
notas, unos binoculares y mi fascinación por la vida salvaje [ríe].
XL. Años después, Leakey envió a Dian Fossey con los gorilas a Ruanda [la película Gorilas en la niebla cuenta su historia] y a Birutè Galdikas con los orangutanes a Borneo. Tres mujeres…
J.G. Él creía que las mujeres somos mejores
observadores. Para ser una buena madre hay ciertas cualidades
fundamentales: paciencia, empatía, observación y habilidad para mantener
unida a la familia. Pues bien, todas esas cualidades ayudan a observar a
un grupo de animales. Principalmente, la paciencia.
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En 1964 se casó con el barón holandés Hugo van Lawick, un fotógrafo de vida silvestre con quien tuvo su único hijo, Hugo
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XL. Usted tiene un hijo. ¿Observar a las chimpancés, su modo de ser madres, fue una influencia en ese aspecto?
J.G. ¡Oh, sí, muchísimo! Las madres chimpancés son
pacientes y protectoras, pero sin llegar a la sobreprotección. Son
tolerantes, pero saben imponer disciplina. Son cariñosas, juegan con sus
pequeños. Y lo más importante: los apoyan en todo momento. Si, por
ejemplo, se pelean con otro ejemplar, aunque sea un individuo de mayor
rango o edad, no dudan en intervenir a favor de su hijo. Cuando yo fui
madre, digamos que fui del tipo de las que cogían a su hijo en brazos
cuando lloraba [se ríe].
XL. Repasando la cronología de sus observaciones, paciencia a usted, desde luego, no le faltó…
J.G. Pues sí, porque llegué el 4 de julio a Gombe
[en Tanzania] y hasta el 30 de octubre no observé el primer gran
hallazgo, cuando los vi comer carne, desmontando la idea de que los
chimpancés eran vegetarianos. Fueron días muy excitantes. cinco días
después vi a dos de ellos fabricar herramientas para extraer termitas de
sus nidos. Aquello echaba abajo la idea de que solo los humanos somos
capaces de crear herramientas.
En 1977 creó el Instituto Jane Goodall, entidad conservacionista presente en cien países
XL. Usted es la única persona que ha sido aceptada por un grupo de chimpancés…
J.G. ¡Casi me costó más que me aceptaran los
científicos! [Se ríe]. Cuando fui a Cambridge -para sacarme un doctorado
en Etología-, me recibieron con un: «¡Lo que usted ha hecho no es
ciencia! No puede ponerles nombres a los chimpancés. Debe numerarlos.
Tampoco puede hablar sobre la personalidad de cada uno ni afirmar que
posean un pensamiento racional. Y, desde luego, no diga que sienten
emociones. Todo eso es exclusivo de los humanos. ¿Lo ha entendido?».
XL. Pero usted no lo entendió…
J.G. ¿Sabes qué? En el fondo sabían que tenía razón, pero, claro, tenían que decir: «No podemos probarlo. Por lo tanto, no existe».
“¡Me costó más que me aceptaran los científicos que los chimpancés! Me decían que yo no hacía ciencia”
XL. Hoy suena extraño que se nieguen emociones a un simio o a un perro…
J.G. Sí, ya nadie se lo cuestiona. Hay científicos
que estudian la inteligencia en aves, pulpos y en todo tipo de
criaturas, pero las cosas eran muy distintas entonces… La gente joven no
puede imaginar cuánto.
XL. ¿Cree que, en aquel entonces, carecer de conocimientos y método científico la ayudó en su investigación?
J.G. Lo hizo todo más intuitivo. Mi gran influencia,
un profesor muy especial que tuve en mi infancia, fue mi perro Rusty.
Me enseñó que los animales tienen emociones y que aquellos científicos
estaban equivocados. Esa convicción me dio el coraje para acercarme a
los chimpancés y verlos de un modo más humano.
XL. Los científicos suelen hacerse más preguntas sobre la
naturaleza que el resto de los mortales. ¿Recuerda cuál fue la primera
para usted?
J.G. ¿De dónde salen los huevos de las gallinas? Con
cuatro años. Pasé cuatro horas escondida dentro del gallinero esperando
a que una pusiera un huevo. Mi madre estuvo a punto de llamar a la
Policía, claro [se ríe]. Por suerte tuve una madre maravillosa y
comprensiva que, en vez de echarme la bronca, cuando aparecí, se sentó a
escuchar mi fascinante historia sobre lo que acababa de presenciar.
Al nacer, recibí dos dones: un cuerpo resistente y la capacidad de comunicar
XL. Habla de su madre con devoción…
J.G. ¿Tú te imaginas a una chica diciéndole a su
madre en los años cuarenta o cincuenta. «Mamá, quiero vivir en África
para observar y escribir sobre animales»? Pues mi madre, lejos de
quitármelo de la cabeza, me animó. «Jane -me dijo-, si realmente deseas
algo, trabajas duro, aprovechas las oportunidades y nunca te rindes,
encontrarás tu camino para alcanzar tus sueños».
XL. De niña le regalaron un chimpancé de peluche, otra influencia en su vida. ¿Lo conserva?
J.G. Oh, sí, pero no sale de casa. Está ya muy
viejito. Recuerdo que, cuando me lo regalaron, algunos amigos de mis
padres fueron muy críticos; decían que me iba a asustar y me provocaría
pesadillas. Imagínate [se ríe].
XL. En abril cumple 83 años. He leído que está de viaje 300 días al año y lleva así ya… Cuál es su secreto?
J.G. [Se ríe]. La voluntad de seguir adelante,
supongo. No me gusta viajar, pero no me queda más remedio. De todos
modos, me reservo tres semanas en agosto para ir a Bournemouth, mi
hogar. Y descanso siete días entre viajes.
Recibió en Madrid el Premio Personalidad Ambiental del Año, de Ecovidrio
XL. ¿Tiene nietos?
J.G. Tres. Uno en Inglaterra, así que lo veo allí. Los otros dos y mi hijo, en Tanzania, donde voy dos veces al año.
XL. Tras seis décadas de activismo medioambiental. ¿En qué cree que hemos avanzado?
J.G. Bueno, cada vez más gente entiende que hay que cuidar el planeta, pero…
XL. ¿Pero…?
J.G. El problema es que hoy las amenazas son más
graves y se requiere un cambio urgente de nuestros hábitos. La gente,
además, está perdiendo la esperanza de que eso sea posible, y sin
esperanza la gente no actúa: ¿para qué? Por eso trabajamos tan duro con
nuestro programa para jóvenes. Si las nuevas generaciones no cuidan de
la biodiversidad, no tiene sentido luchar.
XL. ¿Cómo lo arreglamos?
J.G. Mire, los grandes problemas del mundo, en mi
opinión, son: esta sociedad codiciosa y materialista, el crecimiento de
la población, la pobreza y la falta de educación. Las personas no
entienden el efecto acumulativo de las decisiones que toman cada día.
XL. Pero reconocerá que las decisiones de algunos influyen más que otras…
J.G. Ah, sí. Hay individuos, empresarios,
gobernantes… que pueden marcar una gran diferencia. Hay que llegar a
ellos. El otro día, en Holanda, conocí a un señor muy rico que adora los
coches deportivos. Estaba a punto de comprarse uno nuevo y, tras
escuchar mi conferencia, se dio cuenta de que no lo necesitaba. ¿Sabe lo
que hizo? Donó ese dinero a nuestros proyectos en África. Estas cosas
hacen una gran diferencia.
“Mi gran profesor fue el perro Rusty. Él me enseñó que los animales tienen sentimientos”
XL. ¿Cómo ve el mundo después del brexit, la victoria de
Donald Trump, la crisis migratoria y el ascenso de la extrema derecha en
Europa?
J.G. El mundo se está convirtiendo en un lugar que
da mucho miedo. El brexit y la victoria de Trump tienen la misma raíz.
Una amplia mayoría de la población está indignada. Sienten que han sido
excluidos y desean cambios. Desde mi perspectiva, esto solo significa
que son tiempos duros y debemos luchar más fuerte. Necesitamos que la
gente conozca los problemas, se movilice y llame la atención de los
medios. Hay muchas mentiras y desinformación. Mucha gente cree que
Internet es como un Dios y se creen todo lo que ven ahí. Piense en
Trump; utiliza Twitter como principal plataforma de comunicación.
XL. Trump niega el cambio climático…
J.G. Sí, y es muy peligroso. Pero, como siempre,
debemos mirar el lado positivo; es el único modo de continuar. China,
por ejemplo, acaba de anunciar que a finales de año prohibirá la venta
de marfil. Es el mayor importador del mundo, así que esa es una señal
positiva. ¿Conoce el documental
The Ivory Game, producido por
Leonardo DiCaprio? Muestra el comercio mundial de marfil y hubiese
merecido ganar un Oscar. Estados Unidos es el segundo mayor importador y
nadie lo sabe.
XL. Una crisis económica como la que vivimos no parece
terreno propicio para su mensaje, con gente necesitada de empleos y
demás…
J.G. Es cierto. Se espera que la gente consuma más
para salir de la crisis, pero eso acabará destruyendo el planeta. He
hablado sobre ello con muchos economistas. Les digo: «Urge encontrar
otro modelo económico. ¿No se dan cuenta?». Muchos, después de
escucharme, me dicen: «Jane, la próxima vez que tome una decisión o
asesore a otros me aseguraré de pensar con mi corazón tanto como con mi
cabeza». Debemos traer el corazón de vuelta.
Fuente:
http://www.xlsemanal.com/conocer/20170207/jane-goodall-los-humanos-como-especie-vamos-hacia-atras.html#ns_campaign=rrss&ns_mchannel=xlsemanal&ns_source=tw&ns_fee=0&ns_linkname=sem07-conocer-goodall