domingo, 16 de diciembre de 2018

COP24: humo negro en Katowice


 La Cumbre del Clima de este año (COP24) se ha desarrollado en Katowize (Polonia), capital de la región minera de Silesia. Parece que con ello el Gobierno polaco ha querido hacer un gesto con su importante sector del carbón, organizando en Katowize la reunión internacional más importante en la lucha contra el cambio climático, en un momento en que la salida del carbón se considera una necesidad ineludible para tener éxito contra el calentamiento. Quizás por ello, la necesidad de una transición justa en el cambio de modelo energético ha estado en esta reunión más presente que nunca antes en estas cumbres.

La presencia del lobby del carbón ha sido muy visible estos días en Katowize ya que han aprovechado su fuerza en la región para dejarse ver, pero, paradójicamente, el humo negro en esta ocasión ha venido de los petroleros. Estados Unidos ha liderado un grupo de cuatro países, junto a Rusia, Arabia Saudí y Qatar que han hecho lo todo lo posible por poner obstáculos en esta reunión para evitar avances en la lucha contra el cambio climático.

En esta ocasión el motivo de la trifulca ha sido el último informe del IPCC que advierte de la necesidad de evitar un aumento de las temperaturas globales por encima de 1,5º C. Los países petroleros han querido impedir la adopción del informe por la COP, porque supone aumentar el grado de ambición.

Si no aumenta la ambición y el compromiso de los países para la reducción de las emisiones con respecto a los Acuerdos de París, estamos ante un escenario de aumentos de la temperatura media más allá de 3º C. Es decir, los compromisos actuales son insuficientes para hacer frente la magnitud del problema que se nos viene encima.

El lamentable papel de Estados Unidos no puede ser pasado por alto. Dice Trump  que abandonan el Acuerdo de París, pero mientras lo hacen van a dejar tantos palos metidos en los mecanismos como les sea posible, para impedir que funcione. Se trata de un boicot brutal e inaceptable, que no está siendo denunciando con la suficiente firmeza por el resto de gobiernos, temerosos del poder norteamericano.  Si no van a colaborar, al menos que dejen trabajar a quienes si quieren comprometerse en esta difícil tarea. 

El problema de las negociaciones es que están yendo demasiado lentas. Hace falta muchas más ambición, y por ello el IPCC reclama medidas sin precedentes: la reducción de las emisiones en un 45% en 2030.  Si no se redobla el esfuerzo, de poco servirá lo que se ha hecho hasta ahora. A falta de solo una década para llegar a esa fecha limite, aquel mensaje de “dejar los combustibles fósiles en el suelo” cobra más fuerza que nunca.

Fuente: https://blogs.publico.es/ecologismo-de-emergencia/2018/12/16/cop24-humo-negro-en-katowice/

Condenan a exdirectivos de Ford por complicidad con la dictadura argentina

Dos ex altos cargos de Ford en Argentina condenados por crímenes de lesa humanidad por permitir, entre otros delitos, la instalación de un centro de detención clandestino en la misma fábrica.

Ford Falcón
La multinacional Ford se convirtió en símbolo de la dictadura. En la foto, un Ford Falcon montado en Argentina, un modelo utilizado por las fuerzas policiales y parapoliciales para la guerra sucia.
Exactamente 35 años y dos días de democracia ha tardado la Justicia Argentina en condenar la connivencia entre el poder económico y la dictadura militar que asoló el país entre 1976 y 1983. La sentencia contra dos exdirectivos de la multinacional estadounidense Ford es la primera que recae contra este sector hasta ahora impune, que sostuvo y propició, en muchos casos con una participación directa, el terrorismo de Estado que dejó 30.000 desaparecidos. “Lo imposible solo tarda un poco más”, dicen en la Agrupación Hijos de Desaparecidos (Hijos). Pero llega.

El Tribunal Oral Federal nº1 de San Martín, en Buenos Aires, condenó al entonces jefe de manufactura, Pedro Müller, y al responsable de seguridad de la planta que la automotriz tenía en la localidad de General Pacheco, Héctor Francisco Sibilla, a 10 y 12 años de cárcel respectivamente por delitos de lesa humanidad cometidos dentro de la misma fábrica. La sentencia incluye al represor Santiago Riveros, que deberá cumplir 15 años de prisión.

La condena los considera partícipes necesarios de los secuestros, detenciones ilegales y tormentos agravados que sufrieron 24 trabajadores de su plantilla, culpables de señalar a aquellos que debían ser perseguidos, y por permitir la instalación y funcionamiento de un centro clandestino de detención dentro de la propia fábrica.

Ya hay centenares de militares y policías imputados y cumpliendo penas de prisión, también representantes de la Iglesia, como el cura Christian Von Wernich. La condena a los exdirectivos de la multinacional Ford cierra el círculo y abre nuevas expectativas respecto a otras causas en las que están imputadas las personas responsables de empresas en las que la persecución política contra los trabajadores y trabajadoras se utilizó como arma de contención de la protesta social y laboral.

Como aclaró uno de los abogados de las víctimas, Tomás Ojea Quintana, este es un primer paso en que se ha condenado a personas, a individuos que ocupaban puestos de relevancia en la empresa, pero su próximo objetivo “es la sociedad Ford, que sea la empresa la que rinda cuentas.

Hasta el momento en Argentina solo había un antecedente en que la Justicia avanzara contra la responsabilidad empresarial en el genocidio de Estado. Una causa por la que en marzo de 2016 se condenó a 12 años de cárcel al dueño de la empresa de autobuses La Veloz del Norte, Marcos Levin, pero el juicio fue anulado por la Cámara de Casación Penal. Hace apenas dos meses, en septiembre de 2018, la Corte Suprema ha ordenado reabrir la causa.

Un símbolo

Pocas marcas como Ford tienen una vinculación tan fuerte con la dictadura. En casi todos los relatos de los llamados “años de plomo” e incluso en el libro Nunca Más, editado por la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep), siempre aparecen los coches de esta marca en el recuerdo nítido de las víctimas.

En Argentina decir Ford Falcon es decir Dictadura Militar. El color verde oliva de todas las unidades, chirrido de las ruedas y el olor a neumático quemado al salir disparados tras un secuestro, el ruido del motor en una esquina esperando un objetivo. Los golpes en los asientos traseros, el encierro en el baúl posterior.

Falcon fue el modelo de la multinacional estadounidense que los militares eligieron como medio de desplazamiento para sus “grupos de tareas”, las unidades policiales y militares dedicadas al secuestro en las calles de todo el país.

Solo en los primeros dos años de dictadura, entre marzo de 1976 y 1978, el Gobierno argentino —por entonces bajo las órdenes del dictador Jorge Rafael Videla— encargó la compra de 269 coches del modelo Falcon. A la par de un gran socio comercial, Ford se convertía en un cómplice de los años más negros del pasado reciente de Argentina.

El juicio por el secuestro y torturas de 24 trabajadores de la planta de General Pacheco ha demostrado que la misma empresa habría facilitado a los militares listas con los nombres del personal considerado sedicioso, pero muy especialmente de aquellos delegados sindicales que encabezaban los reclamos laborales de mejoras salariales y condiciones de trabajo.

En una época en que el tejido organizativo en las clases trabajadoras mostraba un músculo inusual, ésta metodología era la más común en las fábricas del país. Y no fueron pocas las empresas, de todos los rubros —también periodísticas— que notificaban a sus plantillas que si mantenían las demandas sindicales y laborales su situación podía complicarse. Amenazas veladas que se convertían en secuestros y torturas, en muerte o desaparición de quienes osaban seguir el camino de la lucha y las reivindicaciones.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/argentina/condenan-a-exdirectivos-de-ford-por-complicidad-con-la-dictadura-argentina

viernes, 14 de diciembre de 2018

Jake Weidmann, el joven maestro de la caligrafía

Cuando el artista Jake Weidmann(Denver, Colorado) vio cómo sus compañeros de colegio escribían sus notas en ordenadores portátiles. Weidmann decidió que todo lo escribiría a mano con lápiz y papel, así aprovechando cada oportunidad para practicar y perfeccionar su caligrafía exquisita. Recientemente ha sido designado como uno de los 14 maestros de la pluma por la IAMPETH Society.

Más abajo tenéis un vídeo donde Jake habla un poco sobre su proceso y muestra algunos de sus delicados pencraft. Un autentico espectáculo.

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jueves, 13 de diciembre de 2018

‘Per aspera ad astra’

El disco de oro de las sondas 'Voyager' contiene muchas otras cosas que pretenden describir nuestra especie y su posición en el cosmos
Ilustración cedida por la NASA que muestra las posiciones de la sondas espaciales Voyager 1 y Voyager 2 en el exterior de la helioesfera.

Ilustración cedida por la NASA que muestra las posiciones de la sondas espaciales Voyager 1 y Voyager 2 en el exterior de la helioesfera. EFE
 Por la penalidad a las estrellas, significa ese latinajo, y es uno de los mensajes grabados en el disco de la sonda Voyager 2, que acaba de abandonar nuestro sistema solar. Su colega Voyager 1 ya lo hizo en 2012, y llevando el mismo disco a bordo, pero cada sonda se dirige ahora a unos destinos estelares muy distintos. Nuestra protagonista, Voyager 2, llegará dentro de 40.000 años a las cercanías de Ross 248, una estrella situada en la constelación de Andrómeda, aunque demasiado débil para que la veamos con el ojo desnudo. Voyager 2 no va a posarse en ningún planeta para entregar su mensaje por correo certificado ni nada por el estilo. Si hubiera seres inteligentes allí dentro de 40.000 años, tendrían que salir a atrapar la sonda y poner a sus mejores matemáticos y lingüistas a descifrar el mensaje terrícola.

El disco de oro de las sondas Voyager contiene muchas otras cosas que pretenden describir nuestra especie y su posición en el cosmos. No sé hasta qué punto lo consiguen, pero desde luego plantean una interminable sucesión de preguntas de gran calado. El disco incluye imágenes de la vida cotidiana, como una mujer en un supermercado, un tipo calvo con evidente sobrepeso zampándose una chuleta junto a otro que está bebiendo con un porrón de vino, la página 6 de los Principia donde Newton explica su experimento mental de la bala de cañón que se pone en órbita y otro centenar de imágenes. Esto da por hecho, para empezar, que los marcianos de Ross 248 tienen ojos; que pueden interpretar esas imágenes, y por tanto necesitan algo similar a nuestro cerebro visual; que saben que comer y beber da placer y obesidad. ¿Es mucho suponer? Gran cuestión.

En otro ejemplo de osadía, esta vez del subgénero político, el disco contiene un mensaje de Kurt Waldheim, que era el secretario general de la ONU en 1977, cuando se lanzaron las Voyager. Diez años después, cuando las sondas andarían aún a la altura de Júpiter, los periódicos revelaron que Waldheim había trabajado para la inteligencia militar de la Wehrmacht, las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi. Si algún día un hombrecito verde descifra el disco de oro, nuestro primer embajador interestelar será un nazi. Planazo.

Otros cortes del disco presentan conceptos matemáticos, el átomo de hidrógeno, el sistema solar, la doble hélice del ADN, unas pinceladas de química elemental y un montón de música: Bach, Mozart, Beethoven, Stravinski, folclore de medio centenar de culturas y hasta el Johnny B. Goode de Chuck Berry. Cada uno de estos mensajes sugiere asuntos que tendrían ocupada a una manada de semiólogos durante la mejor parte de su vida. Por ejemplo, las diferencias entre Mozart y Stravinski pueden objetivarse con precisión matemática, pero ¿y las emociones tan distintas que nos produce cada compositor? ¿Se sentiría triste un marciano al oír un blues, eufórico con una marcha militar?
Mi mensaje favorito del disco de oro, sin embargo, es una grabación de las ondas cerebrales de Ann Druyan, escritora y productora de documentales científicos de gran calidad. Druyan se sometió al lector electroencefalográfico mientras pensaba en una serie de cosas acordadas, como los problemas de la civilización, la historia de la Tierra y el amor romántico. Un neurólogo humano no sabría muy bien qué hacer con esos registros cerebrales, pero quizá los Ross 248-ianos sean más listos y entiendan el fondo de la cuestión. ¿Seguro que a Druyan no se le escapó un pensamiento inconveniente? Per aspera ad astra.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/12/12/opinion/1544628623_522938.html?id_externo_rsoc=TW_CC

La felicitación navideña de la Agencia EFE de este año



David Harvey


David Harvey, legendario geógrafo y teórico marxista, es el primer entrevistado de la serie. De su mano, Qué Hacer se embarca en un viaje tras la estela de los flujos del capital en el planeta. Harvey encuentra en dichos flujos los orígenes de las crisis que nos afectan  — la social, la climática y la política– incluido el ascenso político de Donald Trump. Pero el profesor emérito de la City University of New York también observa puntos de tensión en el sistema que origina esas crisis. Tan implacable en sus métodos como ecléctico al elegir dónde poner la lupa, el académico británico ofrece un análisis totalizador, que nos invita a pensar qué nos trajo hasta aquí para así poder afrontar cómo salimos de esta.

Esta serie arranca con una premisa para enfocar soluciones políticas a tiempos convulsos: ‘Qué hacer?’Usted ha dicho alguna vez que si la energía que se emplea hoy en día en la ayuda humanitaria se dedicase a desarrollar modelos para superar el capitalismo nos iría mucho mejor como sociedad. Partiendo de esa base, ¿cómo respondería a la pregunta ‘Qué hacer?’
La revolución es un proceso. No es un acontecimiento, y es un proceso que tarda mucho en salir adelante y tiene que avanzar en diferentes frentes. Supone transformaciones en conceptos mentales sobre el mundo, las relaciones sociales, las tecnologías y también en estilos de vida. Ahora bien, cada uno de nosotros tiene una posición en nuestra sociedad, donde puede contribuir en alguno de estos frentes. Yo soy académico y puedo intentar influir en los conceptos mentales del mundo, pero sé que no es lo único que hay que hacer. Así, todos tenemos que emplear nuestras habilidades para lograr un proceso revolucionario que nos aleje de la locura del capitalismo contemporáneo para crear una sociedad cuerda en la que cada uno de nosotros tenga una vida decente y unas condiciones de vida decentes y conceptos razonables sobre un futuro decente.

Ha dedicado gran parte de su vida al estudio y la difusión de la obra de Marx. Muchos críticos del marxismo hoy en día –tanto en la derecha como en la izquierda– señalan que si bien esas ideas pudieron ser útiles para el siglo XIX, han dejado de ser relevantes. Usted no tiene inconveniente en abordar asuntos aparentemente dispares, según el mundo que le rodea cambia, desde el desarrollo tecnológico a la crisis climática. Para quienes no conozcan la obra de Marx o no la hayan leído, ¿por qué sigue teniendo valor, en pleno siglo XXI, dados los retos a los que nos enfrentamos, y el mundo en que vivimos?
Hay una historia del marxismo que es problemática, y tiene cosas muy buenas y cosas muy malas. Es como el capitalismo. Es como todo. Después están los escritos de Marx, que me impresionan particularmente. Lo que hacía era abstraerse de las actividades cotidianas de una economía y trataba de contribuir al entendimiento del modo en que funciona el capital. El capital tan solo es la producción de valor y plusvalías a través de una serie de configuraciones y actividades, y en la época de Marx, ese sistema de llevar el pan a la mesa y todo ese tipo de cosas, ese sistema existía sólo en un relativamente pequeño rincón del mundo. Ahora, el mundo entero está atrapado es el modo de producción capitalista. Si vas a China, lo ves. Si vas a India, lo ves. Si vas a Brasil, lo ves. Vayas adonde vayas, lo ves.

De modo que no escribía sobre el siglo XIX. Escribía sobre algo llamado capital y sobre cómo funciona el capital. El capital sigue con nosotros, y sigue haciendo cosas muy perjudiciales y sigue haciendo algunas cosas muy fascinantes, y Marx tiene un modo de analizarlo que examina sus contradicciones. Por una parte, desarrolla tecnologías nuevas. Por otra parte, observamos cómo estas nuevas tecnologías no se emplean para liberar a los seres humanos y emanciparlos, sino para generar más riqueza y poder para unos pocos. La economía contemporánea tiende a evitar las contradicciones. No le gustan las contradicciones, así que finge que no existen. Ahora bien, Marx va y dice que el capital por definición es contradictoria, y si quieres un análisis sobre el funcionamiento de las contradicciones, tienes que ponerte y tienes que estudiar a Marx.

Ha desarrollado en su trabajo la idea de que el modo en que salimos de una crisis –la manera en que nos enfrentamos a las contradicciones que nos arrojaron a ella– determina la siguiente crisis. Me pregunto, una década después de la última gran crisis financiera, ¿ha observado algo en la manera en que salimos de ella que le ayude a explicar la situación política en EE.UU. y el resto del mundo?
A toda crisis que ha tenido lugar desde la década de 1980 le ha seguido lo que llamamos una recuperación sin empleo, que es como se encuentra la clase trabajadora que no se ha recuperado de la crisis. El capital se ha recuperado, pero la gente no. En 2009, las estadísticas oficiales mostraban que nos habíamos recuperado, pero todo el mundo sabía que no había trabajo. No había trabajos decentes. Las crisis son una de las maneras que tiene el capital para renovarse, de modo que no suponen el final del capitalismo. En realidad son un modo de reconfigurar el capitalismo, y creo que cabe preguntarse si 2007, 2008 era el modo en que iba a reorganizar el capital. Bien, en múltiples aspectos no se reorganizó en absoluto. Mi interpretación del neoliberalismo fue que desde el principio fue un proyecto político acerca de la consolidación y la creciente concentración de la riqueza y el poder dentro de la clase capitalista, y que la concentración ha continuado.

Algunos leímos la elección de Trump, de la mano del Brexit y otros fenómenos, como una señal del fin de la era neoliberal. Como, entre otras cosas, historiador del neoliberalismo, ¿la leyó usted del mismo modo? Me refiero en concreto a su decisión de sacar a EEUU de acuerdos comerciales como el TPP o el NAFTA, sus promesas de crear puestos de trabajo, etc. Un año después de su elección, ¿cómo interpreta el ascenso político de Trump y su encaje con el proyecto neoliberal?
Los únicos que verdaderamente se han beneficiado de la crisis de 2007-2008 fueron el 1% más rico y el 0,1% más rico, mientras que todos los demás perdían. Una de las cosas que ha cambiado es que después de 2007-2008 ya no era posible alegar ideológicamente que los mercados lo resolverían todo. El neoliberalismo era inestable y era probable que evolucionara en algo que se haría muchísimo más autoritario. El neoliberalismo generó una gran desilusión. Las poblaciones cada vez se sentían más alienadas en sus puestos de trabajo. De modo que los trabajos dignos cada vez eran más difíciles. La vida cotidiana cada vez era más agobiante, y la política no hablaba de esa alienación.  Entonces apareció Donald Trump y habló de ello de un modo u otro, de forma que las poblaciones alienadas no necesariamente votan a la izquierda. Pueden volverse neo-fascistas. Pueden ir en cualquier dirección y creo que existía cierto anhelo, en muchos sectores de la población alienada, de que se produjera una alteración de algún tipo.

Lo que Donald Trump prometió fue alteración y lo que por supuesto ha proporcionado ha sido alteración. Creo que es significativo que haya recurrido a Goldman Sachs para sus nombramientos económicos y que Goldman Sachs haya controlado el Departamento de Tesoro de EE.UU. desde aproximadamente 1992. Trump ha eliminado normativas que detenían la concentración de mayor riqueza y poder, de modo que no ha adoptado ninguna medida en absoluto en ese sentido. Solo ha continuado el proyecto neoliberal porque él es la quintaesencia del hombre neoliberal en persona. Hay un estancamiento general, y, a la vez, la continua acumulación de riqueza y poder por parte de los que cada vez se están convirtiendo más en una especie de oligarquía global. Entonces surge la pregunta: ¿de quién es la culpa?

Ahora bien, se puede echar la culpa al capital. Yo culparía al capital, pero a los capitalistas no les gusta que les culpen de las crisis. Les gusta echar la culpa a otros, de modo que los inmigrantes son el problema o la deslocalización es el problema desde las décadas de 1970 y 1980.La pérdida de empleo en la fabricación se debe al cambio tecnológico, no a que se envíe a China, no a que se envíe ahora. Si te presentas a unas elecciones y dices que estás en contra del cambio tecnológico mira lo lejos que puedes llegar. Si te presentas y dices que esa pérdida de empleos tiene que parar, que tenemos que impedir la entrada a los inmigrantes y tenemos que culpar a alguien más, ¿a quién culpamos? A China, y así tenemos ahora mismo las políticas en contra de los inmigrantes y las políticas en contra de China. Ahora bien, esto es interesante. China, dijo Trump, el primer día que suba al poder, me encargaré de eso. ¿Ha sido capaz de encargarse de ello? En absoluto. ¿Quién posee la deuda de EE.UU.? China. Y ese fue un momento interesante en la crisis, que es cuando aparecen Fannie Mae y AIG, las dos grandes compañías aseguradoras. El 60% de las acciones de estas instituciones pertenecían solo a los chinos y a los rusos, y en 2008 los rusos fueron a los chinos y les dijeron: “Vendamos todas nuestras acciones, colapsemos el mercado de Estados Unidos”.  Si lo hubieran hecho, habría sido un desastre. Los chinos no lo hicieron porque no tenían ningún interés en arruinar la economía de EE.UU. porque esa economía es su mercado principal. A los rusos les da igual el mercado de EE.UU. porque no es importante para ellos. Pero esta es la situación: si Estados Unidos intenta presionar demasiado a China en cuestiones comerciales, China tiene mucho poder sobre la economía estadounidense. Si EE.UU. empieza a dejar de vender sus productos en el mercado, entonces los chinos dirán, está bien, no tenemos razón alguna para mantener tan precipitadamente el mercado de EE.UU. Vamos a deshacernos de toda la deuda, y entonces veremos qué le pasa con el endeudamiento de Estados Unidos.

El imperialismo es un concepto al que ha dedicado gran parte de su trabajo, incluido un libro completo. Sin embargo, últimamente ha dicho que ya no le parece un concepto útil para entender el mundo. ¿Por qué lo cree así? ¿Tiene algo que ver con su análisis de los flujos del capital y el advenimiento de una clase rentista global?
No creo que la explotación de la gente en una parte del mundo por alguien que está en otra parte del mundo haya cesado en absoluto. De hecho, se realizan enormes transferencias de valores principalmente en tiempos de crisis. Ese 1% de más ricos en realidad ha alcanzado ese puesto gracias a transferencias masivas de riqueza de la población mundial general a dicha clase, y de este modo, se trata más de una cuestión de clase que del hecho de que una parte del mundo domine a otra.
¿Puede la gente conservar su patrimonio? ¿Puedes obtener ingresos sobre las rentas, sobre alquiler de propiedades, de inmuebles? Y, cada vez más, por supuesto, en los últimos 50 años, se imponen los ingresos sobre la propiedad intelectual. Hay muchas corporaciones capitalistas que creen que unos ingresos sobre la propiedad intelectual es lo único que han de tener y que no tienen que producir nada. De modo que hay organizaciones como Google o Facebook u otras parecidas que son la base de fortunas tremendas que acumulan unos pocos basadas en el cobro de réditos. Cuando se observa la estructura de los activos del 1% o el 0,1% de los más ricos, dos tercios de los activos son en propiedad o similar. La gente muy, muy, muy rica está empezando a dedicarse a este proceso de acumulación de tierras. Un gran pedazo de la Patagonia pertenece a una sola familia.

Deteniéndonos por un momento en el medioambiente, ¿cómo relaciona la emergencia de esa oligarquía global con la crisis climática a la que nos enfrentamos? Pareciera que la decisión de Trump de sacar a EEUU del Acuerdo de París no hará más que ahondar en esa crisis. ¿Comparte el diagnóstico?
El contexto de esto es que hay algún tipo de relación con la naturaleza, una relación metabólica con la naturaleza. Marx se refiere a esto como regalos de la naturaleza, y para que el capital sobreviva tiene que haber un caudal de estos regalos de la naturaleza, lo cual supone que tiene que estar en posición de apropiarse o si se quiere emplear otro lenguaje, saquear los regalos que ofrece el entorno natural que entonces se puede incorporar en el sistema de circulación.
Por ejemplo, hemos hablado de por qué Trump no organizó un vasto proyecto de infraestructura. ¿Quién organizó un enorme proyecto de infraestructura en 2007, 2008? China. Los chinos consumieron en dos años más cemento, un 40 % más de cemento que los Estados Unidos en 100 años. Necesitaban resolver el problema del desempleo. Resolvieron ese problema descargando en el entorno, y el resultado ahora es un desastre medioambiental en muchos sentidos. Ahora bien, los chinos son conscientes de ello y ahora están diciendo que muy bien, vamos a tener coches eléctricos y a reorganizar la sociedad porque ahora tenemos que solucionar el problema medioambiental. A esto me refiero cuando digo que el capital traslada sus problemas. Tenían un problema de desempleo. Lo solucionaron, pero ahora tienen un problema medioambiental. ¿Y cómo lo van a resolver? Bueno, lo harán con otra cosa y  probablemente descubriremos que hay dificultades financieras. Esto está conectado con el hecho de que el capital como sistema tiene que crecer. No puede ser siempre el mismo.

Creo que el Acuerdo de París era sumamente deficiente. Intentó resolver el problema del cambio climático recurriendo a las fuerzas del mercado, y creo que en realidad las fuerzas del mercado son el problema y no la solución. No estoy particularmente molesto con que Trump se saliera de él.
Cómo idear una transición en la que la mayoría de nosotros no pase hambre  me parece que tiene que ser parte de lo que consista cualquier revolución o transformación. Creo que sigue habiendo una tendencia en la sociedad que establece esta distinción cartesiana entre humanidad y naturaleza o cultura y naturaleza, y economía y naturaleza como si fueran dos compartimentos separados, pero soy tristemente célebre por decir que no hay nada antinatural en la ciudad de Nueva York. Las hormigas construyen hormigueros. Los seres humanos construyen ciudades. Es decir, que … los castores construyen presas. Todos los organismos a cierto nivel transforman sus entornos de manera que se suponen positivos para ellos. En lugar de verlo como un conflicto entre cultura y naturaleza, lo veo como un conflicto entre posiciones, si se prefiere o entre poblaciones, que están discutiendo que deberíamos estar yendo en otra dirección.

La cuestión es a quién beneficia todo esto. Ahora mismo, las transformaciones medioambientales son esencialmente las que dicta el capital, que no se está organizando para el bienestar de la población. Aquí en Nueva York, por ejemplo, hay un enorme boom inmobiliario en el que todo son estructuras de inversión para ingresos altos. Tenemos una crisis de vivienda asequible. Estamos construyendo para los multimillonarios de los estados del golfo y Rusia y de allá donde se pueda invertir, de modo que puedan tener un lugar para venir come y quedarse dos semanas al año en las que van de compras o lo que sea. Es una locura. Es una economía demente, y sigo pensando para mis adentros que es tan demente que no entiendo por qué la gente lo sigue tolerando. Esto se debe al hecho de que el proyecto neoliberal de concentración de la riqueza y poder está cambiando la forma de nuestras ciudades convirtiéndolas en ciudades para invertir, no en ciudades para vivir.

Hay un concepto que usted desarrolló mucho antes del ascenso de Trump, y que tiene especial resonancia en el momento político actual: la alienación universal. ¿En qué consiste esa idea, qué manifestaciones tiene, y cómo puede ayudarnos a entender el presente e imaginar el futuro?
Es interesante, muchas de las revueltas que han tenido lugar en el mundo en los últimos 15 o 20 años han sido en torno a problemas urbanos. El parque Gezi en Turquía, las revueltas en ciudades brasileñas en 2013, etcétera. Mucho descontento en zonas urbanas, incluso sobre asuntos como la vigilancia policial y demás… Estamos viendo muchos disturbios urbanos, y tiendo a pensar que se trata de una de las zonas clave de organización y reflexión, el lugar donde realmente podemos cambiar la naturaleza del capitalismo. No solo luchando por los problemas en el lugar de trabajo, algo que sigue siendo tremendamente importante, pero también luchando por unas nuevas condiciones en el espacio vital donde todos podamos tener un hogar decente y un entorno decente e imaginemos una vida cotidiana decente.

Cuando la gente empieza a decir qué sentido tiene mi vida, qué sentido tiene mi trabajo, y las encuestas indican que aproximadamente el 70 % de la población en Estados Unidos bien odia su trabajo o bien le es absolutamente indiferente de lo que trata… Cuando piensas en las novedades que ahorran tiempo en el hogar, pero si vas por las casas y preguntas: “¿tienes mucho tiempo libre?”, la respuesta es que no tenemos tiempo libre en absoluto. Una de las genialidades de Marx fue sugerir que el tiempo libre es señal de una gran sociedad, pero el hecho es que incluso la vida diaria en la ciudad te absorbe. Que si llevo la televisión a arreglar e invito a alguien a casa… y las frustraciones de hacer frente al seguro médico… y lo que se te ocurra. El papel de la maquinaria no es la de facilitarte el trabajo. El papel de la maquinaria es establecer una situación donde el capitalista puede obtener más plusvalía. Por este motivo la maquinaria no revertirá en beneficio del trabajo. Siempre se utilizará bajo el capitalismo para beneficiar al capital.

Lo mismo se aplica a los procesos culturales de consumo. Todos hemos visto esa especie de pequeños robots que merodean por el suelo y lo limpian por ti y ese tipo de cosas, pero ¿cuál es propósito de todo eso? ¿El propósito es darle tiempo libre a la gente o en realidad es llevarla a una situación en la que cada vez es más consumista? De modo que el consumismo consiste en liberar a la gente de las labores domésticas para que puedan salir y comprar. Es decir, la gente no tiene tiempo de tumbarse ni el derecho a vaguear. Eso provoca mucho estrés y mucha alienación, porque ves que estás sumamente ocupado, pero ¿con qué propósito y para el propósito de quién? Y sabes que no es tu propósito. Es el propósito de otro. ¿El propósito de quién? Creo que es probablemente uno de los problemas más serios que subyacen en gran parte de las turbulencias políticas que estamos viendo.

 Si quieres ver la entrevista completa en  vídeo: https://agora.ctxt.es/quehacer/david-harvey

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Las construcciones del Ártico están en peligro por el deshielo del permafrost

La mayoría de las infraestructuras árticas, incluidas las industriales y de transporte, estarán en riesgo a mediados de siglo debido al deshielo. Esto ocurrirá aun si se cumplen los objetivos del Acuerdo de París.

<p>Una casa privada al norte de Fairbanks (Alaska) se está hundiendo de manera desigual en el permafrost por el deshielo / Vladimir Romanovsky</p>
Una casa privada al norte de Fairbanks (Alaska) se está hundiendo de manera desigual en el permafrost por el deshielo / Vladimir Romanovsky

En 2050, aproximadamente tres cuartas partes de la población actual en el área del permafrost en el Ártico podrán verse afectadas por daños en sus infraestructuras debido al cambio climático, según un estudio liderado por la Universidad de Oulu (Finlandia) y publicado en Nature Communications.

Este deshielo cercano a la superficie daña de forma crítica las infraestructuras, lo que representa una grave amenaza para la explotación de recursos naturales y para el desarrollo sostenible de las comunidades del Ártico. Debido a la creciente relevancia económica y ambiental de esta zona del planeta, los científicos subrayan la necesidad de información precisa sobre los riesgos en estas construcciones.

El 70% de las construcciones industriales y transporte en peligro

 El 45% de los campos de extracción de hidrocarburos en el Ártico ruso están en regiones con suelos inestables por el deshielo

Un edificio de apartamentos en Chersky, Rusia, parcialmente destruido por deshielo del hielo congelado en una de sus secciones / Vladimir Romanovsky
Un edificio de apartamentos en Chersky, Rusia, parcialmente destruido por deshielo del hielo congelado en una de sus secciones / Vladimir Romanovsky

Los investigadores evaluaron los riesgos de las estructuras de ingeniería para 2050. Según apuntan sus resultados, la mayoría de la población panártica (aproximadamente cuatro millones de personas) y el 70% de las infraestructuras de transporte e industriales están en áreas con alto riesgo de deshielo del permafrost, incluso si las emisiones de gases de efecto invernadero se estabilizaran o se redujesen.

El estudio indica que un tercio de esta infraestructura panártica y el 45% de los campos de extracción de hidrocarburos en el Ártico ruso se encuentran en regiones donde la inestabilidad del suelo relacionada con el deshielo podría causar daños graves al entorno de sus construcciones.

Además, según resaltan los autores, sus conclusiones demuestran la necesidad de evaluaciones de riesgo detalladas en las infraestructuras de un mundo que se calienta.

 Fuente: https://www.agenciasinc.es/Noticias/Las-construcciones-del-Artico-estan-en-peligro-por-el-deshielo-del-permafrost

martes, 11 de diciembre de 2018

Tal vez

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Ilustración. Señora Milton
 
Tal vez amar es aprender a caminar por este mundo

Octavio Paz

«Esta es mi ética como científico. Si no le gusta, tengo otra»

Cuando las normas y la ética se diluyen en ácido

Los científicos han sido motor de cambio desde que comenzaron a descubrir y explicar cómo funciona todo lo que nos rodea. Lo interesante de esto es descubrir que algunos de los mayores cambios, de los descubrimientos más rupturistas o de las demostraciones más críticas de la historia de la humanidad fueron producto de actitudes pendencieras y comportamientos arrabaleros más propios de un carterista del metro que de ilustradas mentes privilegiadas. Los cambios que impulsaron revoluciones decisivas llegaron a veces porque alguien decidió desobedecer el protocolo de investigación.

La reputación de la comunidad científica se ha instalado en las cotas más altas de la aceptación social. Cualquiera es capaz de imaginarlos como meticulosos eruditos que se someten escrupulosamente a procesos establecidos a través de los siglos como los adecuados para probar teorías e hipótesis.

Sin embargo, la historia del siglo XX ha sometido a los científicos a un blanqueamiento de imagen muy meritorio. En el pasado, en la medida en la que la religión influía más decisivamente en el poder, los investigadores eran vistos como asesinos de la fe, como brujos sin piedad o como villanos capaces de exterminar con sus desconocidas artes a quien se pusiera en su camino. O como todas esas cosa a la vez. No eran nada de eso. Lo que sí eran es seres humanos y, como tales, capaces de arrastrarse por el lodo, mentir, falsificar o incluso darse de hostias para que sus teorías fueran aceptadas. Y así sigue ocurriendo, para desgracia de la moral humana y para solaz del humor universal.

Un buen número de los científicos más revolucionarios de la historia han sido tan macarras como un Yung Beef agitando el oro que cuelga de su cuello. Importa el resultado del experimento y poco importa saltarse un par de dictados éticos para conseguirlo. Al fin y al cabo, cada persona tiene un porcentaje de héroe y otro de villano, y lo que queda para la historia de la ciencia es lo que sale del tubo de ensayo, no lo que uno hace en las horas de relajo y asueto.

Como explica el doctor en Bioquímica y Biología Molecular José Miguel Mulet, «los científicos son personas y hay de todo. Schrödinger era adicto al sexo y cuando se cansaba de una amante, su esposa era la que le invitaba a irse». Además, mientras no meneaba el badajo bajo el edredón, metía gatos vivos imaginarios en cajas imaginarias. O gatos muertos imaginarios en cajas imaginarias.

Jess García
 El pionero de la guerra química, Fritz Haber, «nunca se arrepintió de haber sido el primero en utilizar el cloro como arma química porque era un ferviente nacionalista», prosigue Mulet. O el bioquímico «Kary Mullis, que dice que el SIDA no existe y que habla con mapaches fluorescentes; o Luc Montaigner, que cree en la homeopatía».

Estamos, por tanto, ante un capital investigador de primer orden, al menos durante el tiempo en el que cada uno aportó al progreso humano su mayor excelencia investigadora. Pero, a la vez, estamos ante un material humano que, como en el resto de ámbitos de la vida, en ocasiones da ganas de desear que un meteorito caiga en la Tierra y nos ahorre sufrimientos, vergüenzas y bochornos inútiles.

Tomemos como ejemplo al Michael Jordan de la ciencia, al elegido, al más mediático, al que más camisetas vende: a Albert Einstein. Einstein es quizás el nombre que recitaría la mayoría de personas si se les pidiera que mencionaran al primer científico que se les pase por la cabeza. Es un mito, un ídolo… y un ser humano de decisiones discutibles. Aunque ya no nos importe demasiado porque los anales han decidido guardar sus aportes intelectuales.

El alemán es el ejemplo paradigmático de la ciencia indomable del pasado, la que pasaba por alto algunas prácticas científicas aceptadas en beneficio de un bien mayor. Estaba tan seguro de algunas de sus teorías –como la de la relación giromagnética– que no dudaba en ser selectivo con los datos que mejor se ajustaban a ellas y abrazar con todas las fuerzas el sesgo de confirmación, territorio prohibido para cualquier investigador actual.

En casa, no dudó en tirarle los trastos a la hija de su amante. Cuando fue descubierto, se limitó a decir a madre e hija que solo una de las dos podría casarse con él cuando obtuviera el divorcio de su mujer de entonces, Mileva Marić.

Por cierto, como explica el doctor en Física Cuántica y asesor de la revista New Scientist Michael Brooks, Einstein prometió a Mileva Marić en su acuerdo de divorcio el dinero del premio Nobel, un noble acto si no fuera por un pequeño detalle: no había ganado todavía el Nobel. Cuando lo ganó y cobró, solo le dio la mitad de lo prometido a su exmujer.

Jess García
 También le trampeó pasta a su propia universidad, la que le ayudó a situarse en el olimpo de los investigadores. Fue evasor de impuestos y se desentendió de su hijo esquizofrénico, dejándolo morir en una penosa institución psiquiátrica. Pero ¿a quién le importa cuando tenemos, entre otras cosas, camisetas con Albert sacando la lengua?

Las fotos de Albert Einstein o las charlas del astrofísico Neil DeGrasse Tyson vacilando a sus interlocutores son algunas de las partes más pop de la ciencia. Sin embargo, según el también astrofísico e investigador en el Instituto Andaluz de Astrofísica Daniel Guirado, lo lúdico no es tan inusual como cabría imaginar. «Richard Feynman jugaba a abrir las cerraduras con combinación de sus compañeros de investigación durante el Proyecto Manhattan», el que tenía por objetivo el desarrollo de la bomba atómica. «Einstein llevó toda la vida en el bolsillo una brújula que le regaló su abuelo y nunca dejó de fascinarle cómo aquella aguja se movía sin que nadie la tocara». O el propio Guirado, que proponía problemas de física que debían resolverse de cabeza con un objetivo muy particular: la vigilia prolongada. «Tengo un grupo de amigos con los que hacía maratones de cine de 24 horas con cinco minutos de descanso entre peli y peli. El que se dormía perdía 100 euros». Y en lugar de café, se quitaban el sueño averiguando la posición de una escoba en un sistema de referencia situado en la esquina del salón donde veían las pelis.

La ciencia y el juego van de la mano. «El juego por el juego: las cerraduras, las brújulas, los maratones innecesarios de cine… En The Big Bang Theory, los chicos están hackeando un sistema domótico de unos análogos chinos y alguien les pregunta por qué lo hacen. Responden que porque pueden. Están jugando», dice el astrofísico.

Esa negativa a abandonar la curiosidad infantil es, más allá de la gloria o el sustento, uno de los motores del cambio social y tecnológico. «Como dice Rick – el de Rick y Morty, no el de Casablanca–, cuando comprendes que nada tiene sentido, el universo es tuyo», explica Guirado. «Un científico es una persona que no ha dejado de jugar, de dibujar ni de cantar porque ha comprendido a tiempo que todo da igual. Y ha conseguido un trabajo en el que puede hacer todo eso libremente y, además, pagar el alquiler. Como corolario, quizá esté curando el cáncer, desarrollando minas antipersona o mejorando la fermentación de la cerveza, pero eso solo le importa a la parte ética de esa persona: al hijo de puta de Einstein, al excéntrico Richard Feynman o al entrañable Degrasse Tyson, que para quien no lo tenga localizado, es el negro de la NASA que hace la nueva Cosmos y habla muy bien. Esa dimensión ética es un añadido social, casi una impostura para poder pasar por adulto».

Es precisamente en el desafío a la honradez donde cabe cuestionarse dónde se dibuja la línea y si uno se la salta o no. Algo tan anticientífico como hacer caso de los pálpitos ha formado parte de cualquier profesión desarrollada por el ser humano: desde la agricultura a la programación. Eso incluye también la investigación. De hecho, para Daniel Guirado, lo de saltarse alguna regla es «tajantemente imprescindible» para el desarrollo humano.

Cuenta el astrofísico que en este momento está «trabajando en una explicación al hecho de que las partículas de polvo que salen de los cometas se alineen de cierta manera. No me sale y estoy llenando el programa de trampas y mentiras para forzarlo. ¿Por qué lo hago? Porque tengo la intuición de que se alinean. Eso resolvería de golpe muchos problemas abiertos sobre el polvo en el sistema solar que ahora mismo están desconectados. Encajarían a la vez muchas piezas entre sí de forma muy elegante». La exaltación de la estética de la ciencia, por explicarlo de alguna manera.

Jess García
El planteamiento no es caprichoso. Guirado no ha elegido ese truco en el videojuego de manera aleatoria. «La naturaleza parece funcionar así: hay una dimensión estética en la ciencia. Lo simple es la solución genial a todo. El modelo estándar de partículas es una mierda porque tiene 27 parámetros libres. Seguro que está mal. La relatividad de Einstein es inamovible porque parte de un único postulado sencillísimo y genial. Cuando termine de realizar todas las artimañas posibles y me salga lo que quiero que salga, seguramente se me encienda la bombilla y comprenda que hay una justificación simple y armoniosa a todas esas trampas. Entonces dejarán de serlo y espero que se conviertan en hipótesis inspiradas. Alguien preguntará: “¿Cómo se te ocurrió?”. Y yo contestaré que borracho en un bar o alguna otra mentira para hacerme el interesante. Eso estará mal, pero el falseo inicial durante la investigación es lícito y necesario». Si el resultado es rupturista y capaz de generar un cambio a mejor en la vida de la especie humana, la importancia del camino recorrido para llegar a la meta se diluye en la memoria de los tiempos.

La opinión de José Miguel Mulet es, sin embargo, contraria a lo que explica Daniel Guirado. Mulet cree que la ciencia habría llegado a donde está sin necesidad de maquillar resultados, «y posiblemente mucho más lejos, ya que trampear datos la mayoría de las veces solo sirve para retrasarte. El propio método científico se autorregula en el sentido de que cualquier resultado debe ser reproducible. Si trampeas datos en algún momento, alguien repetirá el estudio y verá que no llega a los mismos resultados. Entonces se caerá el castillo de naipes. Hemos tenido muchos ejemplos, como el escándalo con las células madre en Corea o, en España, recientemente, con Almudena Ramòn» y su investigación para devolver la movilidad a personas parapléjicas..

Lo cierto es que, en los tiempos que corren, es cada vez más complicado trampear con los datos o llevar a cabo una investigación que no se someta a los comités éticos. José Miguel Mulet admite que saltar por encima de los condicionantes éticos permite que «se pueda ir más rápido, pero se hace a costa de mucho dolor; y si hay sufrimiento, lo mejor es avanzar poco a poco».

El científico valenciano explica que ni siquiera es buena idea forzar los límites morales en las investigaciones para obtener resultados que permitan mayores financiaciones. «No sería tolerable. Ten en cuenta que una de las muchísimas cosas que te piden para financiarte se plantean en términos de bienestar animal. Hoy en día, saltarse las normas con un paciente o incluso con un animal, es muy complicado».

En la actualidad, es casi imposible replicar proyectos como el estudio de la sífilis de Tuskegee. El Servicio de Salud Pública de Estados Unidos estuvo utilizando a seres humanos durante 40 años. Se les inoculaba la enfermedad, se les impedía acudir a tratamiento a centros que no fueran los relacionados con el estudio e incluso se les mantenía bajo el engaño de que estaban siendo convenientemente tratados. ¡Ah!, los 399 afectados eran pobres y negros, fueron padres de 19 hijos con sífilis congénita y contagiaron a 40 esposas como guinda a una vida de penuria y enfermedad. Y todo comenzó antes de que el Dr. Mengele se convirtiese en una estrella del exterminio humano.
No hay que irse tan atrás en el tiempo. Andrew Wakefield se empeñó en los años 90 en relacionar el autismo con la vacuna del sarampión, las paperas y la rubeola.

Wakefield aprovechó el cumpleaños de su hijo para tomar muestras de sangre de 12 de sus amigos; o les sometió a punciones lumbares de alto riesgo y no menos dolor que ayudaron a propagar el bulo de que las vacunas causan autismo.

El resultado de aquel atentado científico es que aún hoy, en este 2018, muchos padres se niegan a vacunar a sus hijos dificultando así la inmunidad de grupo. El sarampión, de hecho, está rebrotando en muchos lugares del mundo que habían visto cómo la enfermedad se declaraba extinguida.
Más allá de estas historias, ejemplo de la mayor mezquindad que puede enarbolarse en nombre de la ciencia, el aumento del respeto a las normas ha tenido un efecto positivo. Y otro negativo, ya que elimina casi de raíz la posibilidad de que se escriban episodios adicionales de una de las modalidades más punkis de la ciencia: la de la experimentación sobre uno mismo.

Se debe valorar positivamente el hecho de poner a prueba el propio organismo en lugar del de un animal, un moribundo o un indigente. Y, qué demonios, un poco de épica en el método nunca ha venido mal a una buena historia.

Así se llegó, por ejemplo, a la demostración de los efectos de la cateterización cardiaca, responsable de que se conozcan muchas de las afecciones –fisiológicas, que no afectivas– del corazón.
Un joven cardiólogo berlinés, Werner Forssmann, tuvo un pálpito. Pensó que se podría meter un fino tubito por una arteria y llegar al corazón para saber de problemas coronarios indetectables hasta la fecha. Utilizó artimañas discutibles (aunque legales) para conseguir que la jefa de enfermeras le facilitase las llaves del material necesario para el experimento.

Gerda Ditzen, aquella enfermera, estaba tan entusiasmada con la investigación de Forssmann que se ofreció voluntaria para la ilegal experimentación sobre humanos. Sin embargo, Forssmann era un tipo decente. Tumbó a Ditzen en la camilla, la ató… y salió por piernas para hacer ese experimento, que podría suponer la muerte del sujeto, en su propio cuerpo. Forssmann se negó a poner en peligro a Gerda Ditzen y, encima, la cosa salió bien. Gracias a eso, tu tío José Luis lleva una vida normal tras el infarto que le dio en vuestras vacaciones en Torrevieja.

Ese punkarrismo en la ciencia no es ahora tolerable. ¿Hasta dónde justifican los medios el fin? ¿Dónde está el límite de lo tolerable en el desafío a las normas éticas en la investigación? Lo cierto es que, quizás, un científico no sea la persona más adecuada para responder a una pregunta que incorpora dimensiones políticas, sociales y de la moral.

Daniel Guirado explica que «la ciencia solo se encarga de modelar el comportamiento de la naturaleza. Lo que hagamos con esos modelos es una cuestión de ética personal o de política local y global. La energía nuclear sirve para hacer bombas y para que brille el sol. Y un cuchillo afilado puede abrirle las tripas a Santiago Nasar o cortar en finas lonchas una tripa de chorizo de Huelva».

El investigador dice que su postura personal pasa porque «se deje trabajar al Dr. Frankenstein y luego se haga lo que se quiera con el monstruo». Dice que él no tiene problema en clonar personas, hacer corazones a partir de células madre o investigar en balística. «Y que entonces las administraciones competentes sepan administrar el uso de esas herramientas conforme a las necesidades de los individuos a los que representan. Y que esos individuos paguen esas investigaciones y dejen de culpar al científico de lo que las administraciones no hayan sabido gestionar».

Aunque la explicación de Daniel Guirado suene a una lavada de manos para la comunidad científica, lo que quiere decir es que es la ética y la política de las personas la que tiene que colocar a cada investigación donde corresponde, pero que lo investigado, investigado quede. «Como un día necesitemos un misil nuclear en el espacio para destrozar un asteroide que viene a matarnos, verás tú como vamos a ir a buscar a Kim Jong-Un. Pero no para ponerle sanciones esta vez, sino para decirle que por favor, por favor, por favor».

Es posible que este retrato de la investigación científica sea capaz de causar algo de desasosiego. Es cierto que se vive más tranquilo ignorando lo que causa miedo, pero no está de más saber que los relatos no son siempre inmaculados y que no pasa nada porque no lo sean.

Como dice Michael Brooks en Radicales libres (Ariel, 2012), «es que, sencillamente, es así como funciona la ciencia». Se debe mantener la mitificación del genio y la exaltación del rigor porque, entre otras cosas, a pocos jóvenes y potenciales científicos les parece atractivo un mundo de canallas, pero lo cierto es que Einstein tenía un buen puñado de aristas rugosas, por poner un ejemplo. Y poco importa eso en cuanto a su valoración como investigador. Y además, aquí seguimos a pesar del lado oscuro de los Einsteins de la vida.

En ocasiones resulta complicado desarrollar experimentos cuyo planteamiento se ajuste radicalmente a lo que se conoce como el método científico. Por eso se maquillan resultados y, por eso, muchos científicos a lo largo de la historia se han dejado llevar por un pálpito o una intuición. Cuando el resultado de ese pálpito ha sido acertado, la historia ha recordado al investigador con laureles y se le ha considerado un buen científico a pesar de esas licencias. Y, aunque esto pueda ser un juicio personal, ha convertido la investigación científica en algo más punk y menos anodino.

Fuente: https://www.yorokobu.es/ciencia-punk/

lunes, 10 de diciembre de 2018

Arde París

 Empezó como una revuelta contra la subida del diésel, pero es obvio que eso fue sólo el detonante. A cualquiera que hoy le digas que el 15M encontró su chispa en la Ley Sinde le costaría recordarlo. En unos días, nos pasará lo mismo cuando recordemos que los Gilets Jaunes (chalecos amarillos) que están prendiendo fuego a Francia empezaron a movilizarse contra esta subida de los combustibles. Y una vez más, el origen no es baladí, pero es sólo eso, el origen. Hoy, a los primeros manifestantes se han unido estudiantes, agricultores y clases medias urbanas venidas a menos que en su momento, hartas de los partidos, confiaron en Macron y hoy vuelven a estar decepcionadas. No deja de ser irónico que el movimiento con el que el hoy presidente llegó al Eliseo se llamara En Marche!, una especie de premonición de la importancia que la movilidad iba a tener en su mandato.

La forma que ha adoptado la reivindicación de los chalecos amarillos no tiene mucho de original. Lo llevamos viendo desde hace 20 años y alcanzó su madurez en España con el 15M: un movimiento que crece en las redes sociales, que repele los liderazgos, sin portavoces, sin una lista clara de reivindicaciones –pese a algunos carteles que han ido difundiéndose por las redes– y sin nadie con quien negociar, porque en el fondo no hay nada que negociar. No se trata de una subida salarial, de una bajada de impuestos ni de un incremento de partidas presupuestarias para no sé qué servicio público. De hecho, la retirada del impuesto al diésel no sólo no ha parado la protesta. No. Se trata de un malestar difuso que encierra causas distintas y que señala que el rey, aunque sea republicano, está desnudo. Es inevitable recordar a Stiglitz y su Malestar en la globalización, de obligada lectura.

La frustración es doble, y quizá eso explique el "odio" –en expresión de Marc Bassets-  si se piensa que Macron fue el enfant terrible que venía a salvar la democracia de la debacle de los partidos tradicionales. Él fue el plan B para muchos franceses, que hoy se sienten doblemente decepcionados y que empiezan a comprobar que la democracia liberal representativa ya no da respuesta a los problemas de esta fase del capitalismo. Y qué mejor sitio para mostrarlo que en el París revolucionario que exhibe con orgullo su Asamblea Nacional y que lleva cincuenta años contestando que bajo sus adoquines, en vez de arena de playa, existía un suelo firme donde el anclaje de los cimientos de la democracia liberal burguesa había encontrado un sólido apoyo.

Debajo del alquitrán de las carreteras por las que discurren todos los días los que comenzaron a vestirse esos chalecos amarillos se han ido acumulando toneladas de indignación, de desafección hacia un sistema del que se sienten cada vez más abandonados.

Si la Revolución Francesa, símbolo por excelencia de la modernidad, consagró el ideal de movilidad social y geográfica, la crisis de 2008 y las últimas reformas anunciadas se han encargado de dar al traste con ambas. Previo a la toma de la Bastilla, los que se alzaron incendiaron las barreras de acceso a las ciudades para no pagar un peaje antes de entrar. Hoy, lo que están incendiando no son sólo los coches y el mobiliario urbano con el que se cruzan. Las que arden son las barreras que separan posiciones sociales entre aquellos que viven en grandes ciudades, son cosmopolitas, digitales y pueden asumir la globalización por la que navegan cómodamente, y aquellos otros que tiemblan sólo de pensar que llega una nueva ola de cambios.

Lo describe muy bien Pierre Rosanvallon en Le Monde: no estamos tanto ante una lucha de clases como de posiciones. Una brecha que se ha abierto ya en buena parte del mundo occidental y que seguirá extendiéndose. Se trata de entender un nuevo eje de la desigualdad que no tiene tanto que ver -aunque también– con la renta o la edad, sino con eso que llamamos el status, la posición social o el modo de vida.

Frente a los modos cosmopolitas, que circulan cada día por redes de transporte público para acceder a los servicios sanitarios, los centros culturales, los ámbitos de trabajo en oficinas y despachos, y donde no faltan estímulos sociales, puntos de encuentro y espacios exóticos dentro de la homogeneidad, existe una Francia –y una España, y una Europa, y un Occidente-, donde los servicios públicos o no llegan o son deficientes, donde no existe el teletrabajo y es preciso hacer todos los días decenas o cientos de kilómetros, donde raramente llegan obras de teatro, estrenos cinematográficos o novedades editoriales. No es exactamente la división rural–urbano, sino más bien una forma de estar que no sabría cómo definir porque me resisto a pensar que lo contrario al cosmopolitismo es… el proteccionismo.

¡Menospreciados! es, de hecho, la queja que más se está escuchando estos días cuando se analizan entrevistas y declaraciones de quienes participan en las protestas. Una parte de la sociedad a la que no se tiene en cuenta desde las capitales ni por parte de quienes, aunque no tengan en ellas su vivienda habitual, trabajan viajan y se relacionan como si el tiempo y el espacio se hubieran volatilizado. Recorren distancias de cientos de kilómetros en apenas hora y media en trenes de alta velocidad, acuden a fiestas de cumpleaños a varias horas de viaje de su lugar de residencia, están permanentemente conectados con seres queridos –y bastante parecidos a ellos– que habitan en las antípodas, y sus vidas se desenvuelven ya en un entorno global, cuya preservación les interesa cada vez más e impulsa a evitar el uso del vehículo privado y consumir frutas y verduras de precios escandalosos procedentes de la agricultura ecológica. Una brecha más, por tanto, que se une a las ya múltiples que han surgido en los últimos años.

Frente a esta realidad, sigue existiendo esa otra en la que, como digo, no es posible el teletrabajo, a la que ya machacó la crisis del 2008 de forma especial, y que tiembla viendo cómo las siguientes –e inaplazables– reformas van a recaer también sobre sus espaldas.

Por si a alguien le cabía alguna duda, la transición ecológica, irrenunciable, imprescindible y urgente, en la que nos va la vida, o es justa o no será. No si su precio recae sobre las espaldas ya corvadas de quienes han soportado con mayor virulencia el peso de la crisis.

No es de extrañar que las formaciones políticas –ni las nuevas ni las tradicionales– no encuentren respuesta a estos nuevos desafíos. Es que todos los nuevos retos, juntos, dibujan un nuevo paradigma que de momento no alcanzamos ni a ver en su profundidad. Podemos mirar a la época de entreguerras para entenderlo, o al 68 francés para encontrar analogías, pero estamos viviendo en tiempo real un cambio que habremos de interpretar y al que dar respuesta. Y lo que es más importante: no podemos equivocarnos porque la intransigencia, la xenofobia, el machismo más rancio y el autoritarismo más implacable aprovecharán cualquier error. 

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/12/10/arde_paris_89684_1023.html