martes, 8 de enero de 2019

Multimillonario noruego utiliza fortuna para construir un yate que recogerá 5 toneladas de plástico por día de los océanos

“Forma parte de mi plan de deshacerme de gran parte de mi fortuna; quiero devolver a la sociedad y al mundo lo que me han dado. Este barco es para ellos”

  A diferencia de la mayoría de sus pares, el multimillonario noruego Kjell Inge Røkke no nació rico ni vino de una familia acomodada. Antes de convertirse en dueño de casi toda la flota marítima del conglomerado financiero Aker ASA y alcanzar una fortuna estimada en casi 3.000 millones de dólares, Kjell era un pescador. Así, todo su trabajo y sus conquistas se deben al mar y es por eso que ahora él decidió retribuir.

 Y su deseo de retribución a los océanos no es discreto, Røkke va a construir un buque de investigación de 181 metros de largo que trabajará en la retirada de plásticos de los océanos en colaboración con la organización ecologista WWF (World Wildlife Fund), y que se espera que sea botado en el verano de 2020.

El barco fue diseñado para recoger cerca de 5 toneladas de plástico de las aguas a diario. La ambición del empresario es, por lo tanto, recoger todo el plástico criminalmente arrojado al mar.

El yate todavía actuará como un gran centro de investigación navegante, con laboratorio, auditorio, vehículos subacuáticos, drones y la capacidad de recibir hasta 60 científicos para trabajo.

 El buque estará equipado con varios sistemas para que su impacto ambiental sea lo menos posible. Los estudios sobre clima, pesca, biodiversidad y la vida marina se impartirán dentro de la embarcación, que deberá funcionar en su capacidad total en 2020.

 
La basura en nuestros mares
 Fuente: http://nation.com.mx/ecologia/multimillonario-noruego-utiliza-fortuna-construir-yate-recogera-5-toneladas-plastico-dia-los-oceanos/?fbclid=IwAR2kUGrnnou4qqTYcVH2Ux98zFHzKFkrbroDBlFqtkAq4rYMm3eTEBBEASk

sábado, 5 de enero de 2019

Caetano Veloso se viste de rosa en respuesta a la ministra brasileña y se posiciona de nuevo contra Bolsonaro

https://pbs.twimg.com/media/DwFPMrlUcAIVCxa.jpg

 Las recientes declaraciones de la nueva ministra brasileña, Damares Alves, dirigiendo la cartera de nueva creación del Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, en las que aseguraba que "los niños visten de azul y las niñas de rosa"ha generado un gran movimiento en redes sociales. 

A través del hashtag  (Los niños visten rosa), se han querido contrarrestrar las reaccionarias declaraciones de la ministra. Caetano Veloso, compositor brasileño y una de las grandes voces opositoras frente a Jair Bolsonaro, no ha dudado en apoyar la inciativa a través de su cuenta de Twitter.

El artista de 76 años ha sido un firme opositor durante la campaña electoral que finalmente llevó a Bolsonaro al poder en Brasil. En un artículo de opinión del New York Times inclusó aseguró que se avecinan "tiempos duros" en Brasil.

El hashtag en cuestión se ha difundido como la pólvora en Twitter y han sido muchos los que se han sumado a criticar los estereotipos sobre niños y niñas, devueltos a la palestra por la ministra Alves.

Las recientes medidas de Bolsonaro
No hay que olvidar que Bolsonaro ha tomado la posesión de su nuevo cargo anunciando medidas reaccionarias que le auparon hasta la Presidencia. El nuevo presidente de Brasil prometió en su primer discurso tras jurar el cargo que liberará al país de las "amarras ideológicas", con un pleno respeto "a las religiones y a las tradiciones judeo-cristianas".

https://screenshotscdn.firefoxusercontent.com/images/50bdb280-a463-457f-80ae-62931ce02533.png "El error de la dictadura fue torturar y no matar", aseguró Bolsonaro en 2016 durante una entrevista en una radio brasileña.

Twitter ayuda a encontrar más hombres de rosaEn tono de apoyo en defensa de Caetano Veloso y en contra de las palabras de la ministra, algunos tuiteros han encontrado fotografías de hombres vestidos de rosa.


Más información: https://www.publico.es/tremending/2019/01/05/caetano-veloso-se-viste-de-rosa-en-respuesta-a-la-ministra-brasilena-y-se-posiciona-de-nuevo-contra-bolsonaro/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico

Muerte en el Meditrráneo

Un homme secouru par un bateau de l'ONG Sea-Watch, le 4 janvier au large des côtes maltaises. Photo Federico Scoppa. AFP
 El y se hacen eco, con datos e imágenes, de la vergüenza cotidiana en la trastienda de Europa. cc



Histeria femenina



Hasta practicamente el siglo XX existía como diagnóstico la "histeria femenina". Era el cajón desastre de muchos síntomas y malestares atribuidos (erróneamente) a las mujeres . ¿Saben qué era y qué tratamiento se aplicaba?

Las pacientes diagnosticadas con histeria femenina debían recibir un lavado vaginal (hidroterapia) o un "masaje pélvico", estimulación manual de los genitales de la mujer por el médico hasta llegar al orgasmo, el llamado "paroxismo histérico"

De este peculiar masaje ya se hablaba en el 653 y consistía en que por orden de un médico, la comadrona se impregnaba un dedo en aceite de lirios o nardos y masajeaba con vigor la zona genital de la mujer hasta que esta llegara al clímax, y aliviara de esa manera su histeria.

Desfallecimientos, insomnio, dolor abdominal, irritabilidad, dolores de cabeza, etc. conducían a la mujer a ser diagnosticada de histeria. Además, se consideraba el deseo sexual reprimido de las mujeres una enfermedad.

De la Histeria ya se hablaba en papiros egipcios (Kahoun,1900 a.C.) y fue descrita por Platón e Hipócrates. En la antigua Grecia se decía que el útero no está estático sino que deambula por el cuerpo de la mujer causando enfermedades cuando llegaba al pecho.

Esta teoría da origen al nombre de la teórica enfermedad, pues la palabra histeria proviene de la palabra griega para útero, que es "hysteraon".

 Freud basó algunas de sus teorías sobre el psicoanálisis en la histeria femenina. Algunos dicen que Sigmund Freud y Jean-Martin Charcot propiciaron que desapareciera la histeria como enfermedad al profundizar en el estudio de la mente.

 Para los médicos (muchas veces ayudados por matronas) era un "chollo" el diagnóstico de esta enfermedad porque lo asociaban a un tratamiento largo que no tenía efectos secundarios y por el que cobraban en cada sesión.

 La parte más llamativa del asunto fue la invención de "aparatos" para el tratamiento de la histeria. En 1870 los médicos ya disponían del primer vibrador mecánico y en 1873 se empleó el primer vibrador electromecánico.

Primer vibrador electromecánico.
 El médico Joseph Mortimer Granville en 1870, cansado de masturbar manualmente a sus pacientes, patentó el primer vibrador con forma fálica, y aunque de un tamaño considerable, fue todo un éxito, ya que lograba “aliviar” a las pacientes en menos de 10 minutos.

Primer vibrador con forma fálica,
   También se creó el “manipulador”, el primer vibrador a vapor, que era una mesa larga con un corte a la mitad para una esfera vibrante; su inventor, George Taylor, al mismo tiempo que recomendaba su uso, advertía que las mujeres debían ser supervisadas para prevenir el “abuso”.

 A finales del siglo XIX, la difusión de la electricidad en el hogar facilitó la llegada del vibrador al mercado de consumo. Además la intimidad lo convirtió en un aparato más popular que la plancha. Las publicidedades decían “porque tú, mujer, tienes derecho a no estar enferma”.

 La variedad de vibradores medicinales de aquella época era inmensa, muchos modelos funcionaban con corriente eléctrica, otros lo hacían con baterías o gas, incluso se diseñaron algunos que funcionaban a pedales.

Aunque los médicos de la época reconocían que el desorden provenía de la insatisfacción sexual, parecían reticentes a admitir el propósito sexual de los dispositivos empleados para tratarlo.

A finales del siglo XIX y ante las dudas sobre la enfermedad y más aun de los tratamientos, se introduce un nuevo concepto sobre estas teóricas patologías que es el de “neurosis histérica”.

 A lo largo de los primeros años del siglo XX el número de diagnósticos de histeria femenina decayó, pero al menos la mitad de las mujeres norteamericanas tenía un vibrador en sus casas para fines “medicinales”.

 Las relaciones sexuales se enmarcaban dentro de la función reproductiva y, fuera de esto, eran indecorosas. El cambio vino de mano de los movimientos sufragistas, que promovían la revolución y sembraron la semilla de la libertad y la igualdad entre hombres y mujeres.

En 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría declaró oficialmente que la histeria femenina no era una enfermedad, sino un mito anticuado, y el "orgasmo femenino" una necesidad fisiologica tal y como lo es comer o dormir.


 Hoy día la histeria es enfermedad sin connotación con la mujer y la sexualidad,aunque la RAE dice "Enfermedad nerviosa crónica,más frecuente en la mujer que en el hombre, caracterizada por gran variedad de síntomas, principalmente funcionales y a veces por ataques convulsivos”


Fuente:  Catéter Doble Jota ‏ @cateterdoblej

viernes, 4 de enero de 2019

“El 40% de lo que hacemos los médicos es incorrecto”

Vinay Prasad es un oncólogo sin complejos. No le tiemblan la voz ni el pulso a la hora de criticar toda una serie de prácticas médicas que deberían corregirse. Tratamientos y pruebas ineficaces, intereses económicos, ensayos clínicos inadecuados… En su opinión, solo una mejor ciencia podrá dar lugar a una mejor medicina.

<p>El oncólogo Vinay Prasad. / Universidad de Oregón</p>
El oncólogo Vinay Prasad. / Universidad de Oregón
Tiene apenas 35 años y ya le definen como el nuevo enfant terrible de la medicina. Vinay Prasad es un oncólogo especializado en hematología y profesor en la universidad de Oregón, en los Estados Unidos. Coautor del libro Ending Medical Reversal, se erige como uno de los azotes de la medicina.

Recientemente ha estado presentando sus ideas en Barcelona, en el hospital Clínic y en unas jornadas organizadas por la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitaria de Cataluña. El título de su presentación coincide con el de este artículo y deja pocas dudas sobre su enfoque: “El 40% de lo que hacemos es incorrecto”.

“No pretendo convencer de la cifra exacta. Puede que no sea exactamente el 40%. Lo que quiero es alertar sobre lo que sugiere”, comienza. Con incorrecto se refiere a todo tipo de práctica médica, ya sean medicamentos, cirugías, pruebas diagnósticas que o bien no son mejores que las anteriores (pero sí más caras) o no son eficaces, o incluso son peores que no hacer nada.

La cifra proviene de un estudio del año 2013 en el que él mismo participó y que dio la vuelta al mundo. En él analizaron 363 artículos publicados durante diez años en la revista médica más prestigiosa, The New England Journal of Medicine, que evaluaban si una nueva práctica médica era mejor que aquella a la que había sustituido. De ellos, 146 (el 40,2%) encontraba que no, que la nueva resultaba ser peor que la anterior.

“Pensamos que con los cambios en medicina sucede como con los coches o los teléfonos, que siempre van a mejor. Y es cierto, pero solo parcialmente. Los libros de medicina parecen escritos por los vencedores”, denuncia.

¿Cuáles son las causas?
“En ciertos casos es porque recibimos incentivos económicos, pero la mayor parte de las veces nos convencemos de que algo funciona y lo corroboramos con evidencias anecdóticas –explica a Sinc–. Tanto los médicos como los pacientes nos engañamos a nosotros mismos. Además hay otra cuestión: no se realizan los estudios correctos”.

Prasad es tremendamente crítico con la forma en que las novedades llegan a la práctica clínica. En su opinión a veces se incorporan basándose en estudios débiles que, aun plausibles científicamente, no demuestran que sean útiles.

En otras ocasiones los ensayos clínicos no se han realizado como deberían. Además de la opacidad –muchos de los que tienen resultados negativos no se publican– según Prasad suelen diseñarse para aumentar las probabilidades de éxito y eso lleva a que su eficacia sea menor en condiciones reales. Y, en su inmensa mayoría, son realizados por la propia industria. “Es como si yo fuera pintor y me presentara a un concurso en el que también soy el jurado. Seguramente ganaré ese concurso”.

El año pasado, un artículo en la revista BMJ hizo saltar la voz de alarma. Mostró que hasta el 50% de los fármacos contra el cáncer que se aprobaron en Europa entre 2009 y 2013 no mejoraban la supervivencia ni la calidad de vida. Sin embargo, todos habían mostrado eficacia en los ensayos clínicos previos a su comercialización y, en general, se vendían a precios elevados.

Prasad critica el diseño de estos ensayos, basados en variables intermedias y no en el objetivo final. Por ejemplo, como se tarda mucho tiempo en estudiar si un fármaco mejora la supervivencia, se analiza si retrasa el momento en que el cáncer progresa o vuelve a aparecer. “Pero se ha demostrado que esto no significa que el paciente vaya a vivir más tiempo. Ni siquiera que aumente su calidad de vida, aunque suene contraintuitivo”.

Más evaluaciones independientes
Dispara también contra lo que muchos consideran la esperanza contra el cáncer: la medicina personalizada de precisión. En un controvertido artículo en la revista Nature llegó a decir que se trataba de un espejismo. Sus críticos denunciaron su temeridad: de momento no es la panacea, pero ha dado resultados muy positivos en tumores como ciertas leucemias, de mama o de pulmón.

“Yo me refería más bien a la nueva corriente que busca secuenciar la genética completa del tumor y a partir de ahí buscar un fármaco dirigido. Pero también abarca casos como estos. Solo pueden aplicarse en un 9% de los pacientes y disminuyen el tamaño del tumor en el 5%”.

¿Cree entonces que ha sido un error poner tantas esperanzas y recursos en este tipo de terapias? “Nos movemos por modas sin saber lo que va a ser eficaz en el futuro. Cuando James Allison empezó sus estudios sobre la inmunoterapia le dijeron que era una locura. En lugar de concentrarnos tanto en un área deberíamos mantener abiertos varios enfoques durante el tiempo suficiente”, asegura.

Prasad reclama más evaluaciones. “Las novedades que se introducen en la práctica clínica deberían examinarse mediante ensayos clínicos sistemáticamente, empezando con lo más utilizado y lo más caro, y evitando conflictos de interés”. Una vez identificadas, las prácticas ineficaces deberían cambiarse.

Médicos y pacientes
Sobre todo, los ensayos clínicos que justifican la aprobación de una práctica clínica deberían ser mejores y realizarse “por una agencia independiente, no por la industria”. Sobre su altísimo coste, Prasad opina que se han hinchado por motivos burocráticos y pueden hacerse de forma más barata.

¿Qué pensarán los pacientes si se les cambian prácticas o tratamientos habituales porque no eran eficaces? El riesgo de perder su confianza es muy alto. Prasad admite que es un tema delicado, pero, en su opinión, “la gente es inteligente, solo que muchas veces está desinformada. Los médicos debemos ser honestos y explicar cómo funciona la ciencia. En el fondo es un tema de cultura científica. Y, ante todo, debemos ser más humildes en lo que hacemos”.

¿Y el resto de la comunidad médica? “Está claro que es algo controvertido, pero creo que la reacción es positiva porque me siguen invitando a dar conferencias en sitios importantes (sonríe). Una vez un compañero me dijo que la razón por la que no están de acuerdo pero me siguen invitando es porque secretamente sí lo están. Aunque no lo vayan a confesar”.

Fuente: https://www.agenciasinc.es/Entrevistas/El-40-de-lo-que-hacemos-los-medicos-es-incorrecto

jueves, 3 de enero de 2019

Ultima Thule, un cuerpo primigenio con forma de muñeco de nieve en las afueras del sistema solar

Imagen de Ultima Thule con una resolución de 140 m/píxel tomada a 28 000 km de distancia media hora antes del encuentro (NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute).

 Información: https://danielmarin.naukas.com/2019/01/02/ultima-thule-un-cuerpo-primigenio-con-forma-de-muneco-de-nieve-en-las-afueras-del-sistema-solar/

“Políticamente, no es lo mismo llevar los cadáveres de 20 soldados que los de 20 trabajadores de una empresa de seguridad”

Así lo aseguran Carlos Díaz, investigador del Instituto Internacional para la Acción Noviolenta (Novact) y Ainhoa Ruíz, investigadora del Centro Delàs de Estudios para la Paz

Resultado de imagen de “Políticamente, no es lo mismo llevar los cadáveres de 20 soldados que los de 20 trabajadores de una empresa de seguridad”
Carlos Díaz y Ainhoa Ruiz. Foto: Meritxel Rigol
 Frente a un escenario “menos militar y más securitario”, el negocio de la guerra ha tenido que adaptarse para no perder terreno lucrativo. Y, sin duda, lo ha logrado, entrando en actividades que conforman un nicho de mercado en expansión, prioritario en los presupuestos europeos y en el que, a menudo, “la rendición de cuentas no existe”: la seguridad nacional. Así lo denuncian Carlos Díaz, investigador del Instituto Internacional para la Acción Noviolenta (Novact), y Ainhoa Ruíz, investigadora del Centro Delàs de Estudios para la Paz. Recientemente han presentado el informe La transformación del complejo militar-industrial*, que analiza la securización de los Estados europeos. Un proceso en el que fomentar la mirada hacia ‘el otro’ como enemigo se ha convertido en una apuesta con creciente rédito, tanto electoral como empresarial. 

Detectan que dar respuesta a la seguridad nacional se ha convertido en un nicho de mercado cada vez más lucrativo. ¿Qué condiciones permiten que sea así?

Ainhoa Ruiz: El complejo militar-industrial, sin renunciar al espacio al que ha estado más vinculado, a la industria de hacer la guerra, a la industria del conflicto armado, ahora se adapta a un contexto en el que la seguridad se transforma y se convierte en un eje central de los Estados, igual que lo era la defensa. Ahora se refuerza el discurso de la seguridad interna. 

Carlos Díaz: Cuestiones que tendrían que atenderse desde asuntos sociales, como las migraciones y sus causas, sufren un proceso de securización. Se ven como una amenaza. Así se trata desde los medios de comunicación y, en buena medida, así lo percibe una mayoría de la sociedad. Esto posibilita que empresas transnacionales se legitimen para entrar en este negocio, auspiciadas por los Estados

La idea de seguridad nacional está formada por una amalgama de elementos muy diversos, desde la radicalización violenta y el terrorismo, al cambio climático, la inestabilidad económica o, como mencionabais, los flujos migratorios. ¿Qué impacto tiene en los derechos de las poblaciones que se aborden hechos tan diversos bajo la misma óptica securitaria? 

A.R: Cuando aparece esta securización, cuestiones sociales pasan a tratarse como cuestiones de seguridad y se mantiene la ideología militarista para proveerla. Cuestiones como la migración se tratan desde una perspectiva coercitiva y con el uso de la fuerza, con la vulneración de derechos humanos que esto comporta. No solo afecta a la gente externa del Estado con el despliegue de las empresas de seguridad privada, el comercio de armas y lo que hay alrededor de esta industria. También afecta internamente. Empiezan a aparecer amenazas que los Estados consideran que pueden vulnerar la cohesión interna y esto empieza a extender la seguridad de la vigilancia, como pasó en los Estados Unidos después de los atentados del 11 de setiembre. Se aprobó la Patriot Act y comportó la expansión de muchas medidas que permitieron, en un contexto de terrorismo transnacional, mucho más el control interno de la población. Esto permite una expansión de la seguridad de la vigilancia que afecta nuestros derechos. El derecho a la privacidad sería el principal. Otras leyes, como la ley mordaza, estarían dentro de este contexto de ‘tenemos que controlar la sociedad, por su propia seguridad’. Comporta que asumamos controles que no tendríamos que asumir.

C.D: Muchas de las vulneraciones de derechos humanos que hemos encontrado a partir de observar cómo trabajan las empresas militares y de seguridad privada en contextos operacionales como la gestión de las fronteras, en la mayoría de casos, son impactos a los derechos humanos más vitales, como el derecho a la vida y el derecho a la integridad física. Ha habido muchísimas muertes y muchos de los casos no han llegado a someterse a un procedimiento judicial. Muchos se desestiman o se olvidan. Cada vez hay más impactos en los derechos humanos y quedan en el aire. No se juzgan por la poca regulación del sector. Lo que existe es una autoregulación de las empresas de seguridad privada y militares. Es una forma de legitimarse, pero hay una falta absoluta de transparencia de su actividad y de los contratos que firman con las administraciones públicas. Sin una regulación vinculante, no se pueden juzgar y la rendición de cuentas no existe. 

Dentro de la industria militar -que va mucho más allá de la producción de armamento-, el control fronterizo y la ciberseguridad serían las piezas más lucrativas que detectáis en el sector. ¿Destacarías alguna otra actividad de esta industria militar cada vez más diversificada?

C.D. No hay que olvidar que actúan en el contexto de las empresas extractivas. Sobre todo, en África subsahariana, con la extracción de minerales y gases. Contratan a personal de seguridad privada para controlar todos estos espacios y para asegurar el transporte a los puertos o aeropuertos y la exportación a los Estados Unidos y Europa. También lo hemos visto, por ejemplo, en Marruecos, en el puerto de Tánger. G4S, con sede en el Reino Unido, asegura todo el perímetro del puerto de Tánger y hace que esté participando del expolio extractivo que se está haciendo en territorio saharaui. El control fronterizo es el contexto operacional de estas empresas más mediático, pero tampoco tenemos que olvidarnos de las prisiones y los CIEs. 

A.R. Dentro del contexto de externalización de la gestión de las fronteras, que ya no quiere gestionarse dentro de los Estados miembros de la Unión, sino en los países de origen, con dinero público de la AECID [Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo] se construyó un CIE en el norte de Libia, que recibió numerosas denuncias por vulneración de derechos humanos. 

¿Son los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos los que marcan un antes y un después en el contexto de securización? ¿Da pie al modelo de seguridad que hoy se ha exportado y extendido en Europa? 

A.R. El 11 de septiembre lo que hace es consolidar la práctica de la securización, que ya era una tendencia en la seguridad en los años 90. Se crea el departamento de Homeland Security y vemos como se securitizan muchos aspectos sociales: infraestructuras, el modelo económico, la migración… Y no solo se consolida, sino que se extiende. Estados Unidos pide a los otros países occidentales que ‘se protejan’, que desarrollen todas estas medidas de control social. Entienden que si sus aliados están desprotegidos, ellos también lo estarán. La Unión Europea entra en la dinámica de implementación de estas políticas. 

C.D. Con la invasión de Iraq, Estados Unidos privatiza el negocio de la fuerza. Consolida la aparición de empresas de seguridad privada que trabajaban como si fueran el departamento de defensa. En Iraq hubo una proliferación de empresas militares y de seguridad privada y fueron creciendo para hacerse un lugar en este nuevo sector que había nacido. Las empresas transnacionales vieron el mercado un poco saturado y se fueron a África y a otros lugares del Próximo Oriente, pero Iraq se quedó con la proliferación de empresas que aún vulneran derechos humanos de la población civil. Hay el caso de Blackwater. Actualmente se llama Frontier Services y su cabeza, Erik Prince, tiene contacto directo con la administración Trump. Su hermana, Betsy DeVos, es la secretaria de Educación. En Blackwater trabajaban como mercenarios y una de las masacres más graves que protagonizaron estas empresas de seguridad privada en el país fue en Nisour Square, donde mataron a 17 civiles. Fue un ataque indiscriminado contra la población civil. Este caso se acaba de juzgar. Juzgaron a tres trabajadores de esta empresa de seguridad privada, y el juez ha desestimado la demanda. 

¿La norma es que las vulneraciones de derechos humanos provocadas por la actividad de estas empresas queden impunes? 

C.D. De los 215 casos verificados, solo 102 llevaron a un proceso judicial (menos del 50%), y de los 102 que entraron, menos de un 15% acabaron con una reparación para las víctimas. Ahora empezamos a desglosar a las víctimas por género para saber contra qué derechos impacta más la actividad de estas empresas, que están totalmente protegidas por el aparato estatal. Los Estados son culpables de lo que hacen detrás de estas empresas militares. Nunca el Estado podrá ser acusado porque la actividad está externalizada. 

A.R. Esta es una razón por la que se privatiza. Si privatizas la guerra, como si privatizas cualquier otro sector, te permite hacer lo que quieras, la rendición de cuentas es más compleja. Las bajas que se producen en estas empresas de seguridad privada son bajas que no cuentan como los soldados. Políticamente, no es lo mismo llevar los cadáveres de 20 soldados que los de 20 que eran trabajadores de una empresa de seguridad. El impacto social que tiene y el rechazo que puede tener la gente ante la guerra no es el mismo.

¿Tiene el auge de la extrema derecha en Europa un papel en el auge de las políticas de securización? 

C.D. Tiene mucho que ver, porque estamos hablando del ejercicio del uso de la fuerza y la derecha siempre ha estado relacionada con este. Hay una empresa de seguridad privada con sede en Barcelona y con una franquicia en Málaga y otra en Mallorca, Desokupa, que lo que hace es de extrema derecha. Participan en mítines de Vox. También en la Falange. Esto lo tenemos registrado en Barcelona ahora mismo, no como partido político, sino como empresa que está ganando cinco millones de euros anuales. España era de los pocos Estados de la Unión Europea sin partidos de extrema derecha -que no ideas de extrema derecha-. Esto ha caído con las elecciones en Andalucía. Hay partidos que han sabido ver que pueden llegar a muchas personas con un discurso fácil, como ha pasado en Francia, Alemania, Austria, Hungría, República Checa, Austria… Ahora por desgracia ha pasado aquí.

A.R. A la extrema derecha le interesa inducir el discurso fácil de ‘el otro’ como enemigo y desviar todas las desgracias internas de un Estado hacia quien viene de fuera de él. En un contexto de securización, lo que hacen es reforzar este discurso, latente en las políticas. Está influenciando mucho a partidos que no tienen en su programa electoral esta vertiente tan racista y xenófoba y que la están absorbiendo, porque es muy electoralista. La extrema derecha va construyendo la valla mental para que te convenzas de que la valla física es necesaria, que los controles fronterizos son necesarios, y que el control social es necesario. 

¿Qué modelo de seguridad alternativo al del contexto de securización predominante en Europa esbozáis? ¿Qué lo definiría? 

A.R. La seguridad no tiene que estar enfocada a los Estados, sino a las personas. Se deben procurar las herramientas para desarrollarse: garantizar acceso a la educación, a la sanidad, a derechos básicos. Esto garantiza construir seguridad colectiva y es lo que no estamos haciendo. Al hablar de seguridad colectiva está siempre la narrativa militarista. Hablamos de la OTAN, de alianzas militares, cuando tendríamos que estar hablando de desarmamento, de reducir el gasto militar y de políticas que reviertan las privatizaciones y que puedan asegurar las necesidades básicas de las personas. Con esto ya construyes otro modelo de seguridad. Pero cambiar el paradigma de la seguridad implica erosionar los privilegios de la industria, en general, no solo la militar de seguridad, porque si tú haces la vivienda pública para proveer de seguridad a la población, estás erosionando el poder de un determinado colectivo. Por eso no acaba de encajar otro modelo de seguridad, porque va en contra de los intereses de las grandes élites económicas. Las leyes que defienden la economía neoliberal van en contra de garantizar seguridad a todas las personas, porque van en contra de garantizar derechos básicos. 

¿Entonces, cómo acercarnos a esta otra seguridad, garante de derechos?

A.R. Hay que introducir la narrativa de la seguridad humana. Los Estados nos dicen que la amenaza principal que vivimos son los procesos migratorios, el terrorismo… pero el día a día de las personas está muy desconectado de estas amenazas. Las amenazas son el paro; el acceso a la vivienda, a la educación, a la sanidad… el día a día de las personas es el que marca el grado de seguridad que tiene una sociedad. Hay una desvinculación completa entre las políticas que el Estado desarrolla en materia de seguridad y lo que realmente construye seguridad colectiva, que pide erosionar a la élite económica que se beneficia de que recursos necesarios para la seguridad de las personas y, así, de la sociedad en conjunto, sean recursos que se compran y venden en el mercado. 

C.D. Hace falta aterrizar el concepto de seguridad humana a la ciudadanía, hacer campañas para dar a conocer que hay una alternativa a las políticas de seguridad de hoy en día. Con este modelo de seguridad humana, de seguridad con las personas en el centro, sería súper importante que las administraciones públicas tengan una guía de contratación pública para no contratar empresas que saben que han vulnerado derechos humanos. Hay municipios que, por ejemplo, contratan empresas israelitas cuando están vulnerando sistemáticamente derechos humanos en territorios palestinos. 

Adviertens que en los próximos años el sector de la seguridad contará con mayores cantidades de dinero invertido por parte de los Estados europeos 

A.R. Se está erosionando el proceso democrático de toma de decisiones sobre la seguridad, porque hay un actor con intereses económicos que está colaborando en construir las políticas públicas. Se han creado lobbies publico-privados. No sabemos las decisiones que se toman en los foros en los que participan. Su influencia va dirigida a blindar fronteras, a desarrollar aún más el sistema de control y, al final, el sistema de la guerra. Nos hacen creer que frenar el terrorismo es cosa de las intervenciones militares en terceros países cuando provoca más radicalización entre la población local, que siente sus derechos vulnerados. 

C.D. Erik Prince, fundador de Blackwater, quiere privatizar la guerra en Afganistán. Dice que con menos de la mitad de los soldados norteamericanos que ahora hay controlaría el país. ¿Hasta qué punto, como empresario, no quiere legitimar el conflicto eternamente para que su empresa obtenga beneficios? Las empresas de seguridad nunca pagaran por sus acciones si no hay un marco regulatorio vinculante. Urge un marco legal internacional.

Fuente: https://www.lamarea.com/2019/01/02/politicamente-no-es-lo-mismo-llevar-los-cadaveres-de-20-soldados-que-los-de-20-trabajadores-de-una-empresa-de-seguridad/

miércoles, 2 de enero de 2019

El fin de las cucarachas

La entomología nos dice muchas cosas. Nos dice que somos una especie asesina pero también nos advierte de que estamos construyendo nuestra propia tumba

<p>Imagen del libro <em>Cockroaches : how to control them</em> (1980).</p>
Imagen del libro Cockroaches : how to control them (1980).
Internet Archive Book Images
 Como preparación a mis estudios de veterinario, de bien jovencito practiqué 6 o 7 veranos la ciencia de la entomología. Aún conservo en la casa del pueblo la caja con las mejores piezas. Clavados con sus agujas entomológicas debe de haber una decena de ejemplares de mantis religiosas de diferentes tamaños, colores pero todas en su posición de rezo; de escarabajos con cuernos de rinoceronte y con cuernos de ciervo; abejas y avispas; y varias libélulas con sus alas extendidas para contemplar su belleza. Tiempo después cuestionó esta práctica que, “por el bien de la ciencia”, supuso la muerte de 100 o 200 individuos, pero reconozco que la disfruté mucho, saliendo todas las tardes cargado de artilugios para la observación y captura de insectos, de los cuales llevaba un registro y unas fichas descriptivas bastante trabajadas. La afición me llevó a visitar con cierta asiduidad la famosa tienda El Taxidermista en la Plaza Real de Barcelona, donde se podía encontrar todo el material necesario así como algunas muestras de insectos grandes y exóticos de otros países. Les tomé cariño a los invertebrados, incluso a las cucarachas.

Les hablo de cuarenta años atrás, tiempo corto desde el punto de vista geológico, pero que nos permite, empíricamente, sacar muchas conclusiones. No es que estén desapareciendo las abejas, es que estamos acabando con todos los insectos. Yo mismo, recorriendo los mismos lugares de mi infancia, este verano solo he visto una mantis religiosa.  Hace mucho que no tropiezo con ningún escarabajo rinoceronte y mi hija y mi hijo, con más de 20 años, solo han visto luciérnagas en un par de ocasiones. Y en el piso de Barcelona, ya ni recuerdo cuántos años han pasado sin la presencia de las repelentes cucarachas.

He querido contrastar estas observaciones personales buscando información. Efectivamente, son muchos los estudios y artículos que hablan del “apocalipsis de los insectos”. A los más numerosos, que hablan de la desaparición de las abejas, podemos añadir estudios en Estados Unidos, donde han podido tasar, por ejemplo, en un 90% el descenso de la población de mariposas monarca en los últimos 20 años; o un tipo de abejorro endémico en 28 estados, el abejorro parcheado, que ha descendido en un 87% también en los últimos 20 años. En Alemania, un estudio de 2017 explica que las poblaciones de insectos voladores en reservas naturales han descendido en más del 75% en un periodo de 27 años de estudio. Cifras de 75, 80, 90 % son gravísimas, casi definitivas, que se repiten en muchos otros casos de insectos que, no olvidemos, son el 70% de todas las especies animales.

En los diferentes informes que he podido leer, las causas de la desaparición de los insectos coinciden.

 De hecho, coinciden también con mi propia experiencia. Los hábitats naturales de todo el mundo están cada vez más degradados y cada vez son más reducidos, como los lugares donde cacé las mantis religiosas, hoy es una urbanización perfectamente cuadriculada y cementada, solo con algunos árboles dispersos. Las pozas reducto de las libélulas ya están secas. Y mis admirados escarabajos, seguro, que han sido víctimas de la segunda gran causa de la extinción animal en el planeta: el uso indiscriminado de todo tipo de pesticidas en las prácticas de la agricultura industrial. Entre ellos, sus asesinos más eficaces, los insecticidas organoclorados, organosfosforados, piretroides o neonicotinoides, elaborados y vendidos por multinacionales bien conocidas como Syngenta o Bayer.
La entomología nos dice muchas cosas. Nos dice que somos una especie asesina pero también nos advierte de que estamos construyendo nuestra propia tumba. Quien nos observe en un futuro, solo dispondrá de algunos especímenes de humanos disecados y clavados en bonitas cajas de madera. Es evidente que necesitamos las abejas y otros insectos para polinizar nuestros campos de cultivo; es evidente que los insectos están en la base de la cadena trófica y que de ellos depende, por ejemplo, todas las aves insectívoras, pero es que hasta la repudiada cucaracha es vital para la vida en el Planeta...

Como he podido leer, el profesor Srini Kambhampati, titular de una cátedra de biología de la Universidad de Texas, explica que en la Tierra viven de 5.000 a 10.000 especies de cucarachas y son también una fuente importante de alimento para muchas aves y pequeños mamíferos como ratones y ratas. A su vez, estos depredadores son el alimento de otros animales como gatos, coyotes, lobos y reptiles, así como para las águilas y otras aves rapaces. Además, la mayoría de las cucarachas se alimentan de materia orgánica en descomposición, que contienen gran cantidad de nitrógeno. Vamos, que son unas basureras que limpian los bajos fondos de las casas de cualquier resto orgánico, y que posteriormente liberan por sus heces el nitrógeno que en la tierra es esencial para el crecimiento de las plantas.

Las cucarachas, ¿nos sobrevivirán?
Aunque como les decía al principio, yo he dejado de ver cucarachas, no tengo datos claros sobre la amenaza de extinción de esta especie, pero no debería extrañarnos que pronto tengamos que incluirla en el catálogo.

Es cierto que la cucaracha puede vivir un mes sin comer, que incluso vive un tiempo con la cabeza separada del cuerpo. Es cierto que una cucaracha con el nombre de Nadezhda fue enviada al espacio por científicos rusos durante la prueba de Fotón-M, y que incluso fue capaz de parir en el espacio. No es leyenda sostener que las cucarachas son (casi) inmortales. Es cierto, como narró Gabriel García Márquez, que las cucarachas pueden sobrevivir a un holocausto nuclear, y “que los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos; la creación habrá terminado; en el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”. Incluso podemos dar por buena la afirmación de Mohinder Suresh que “son las cucarachas, y no los humanos, la cima de la evolución”.

Pero lo que ya no sé si será realidad es la explicación de Richard Morris en favor de la adaptabilidad de la cucaracha frente la fragilidad del ser humano. “Aunque el género Homo sólo tiene dos millones de años de existencia, ya dispone de la capacidad para destruirse a sí mismo. (...) Ni tan siquiera lograremos probablemente emular la trayectoria de la cucaracha, que viene evolucionando desde hace aproximadamente 250 millones de años.” O la de Madonna, que dijo: “Soy una superviviente. Soy como una cucaracha, no puedes simplemente deshacerte de mí”. Mucho me temo que, al ritmo de agricultura industrial, pesticidas y desruralización de la vida, las inmortales cucarachas, y todos los insectos van a desaparecer antes que su cucarachicida, el ser humano.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190102/Firmas/23720/Gustavo-Duch-Tribuna-entomologia-ecologismo-cucarachas-ser-humano.htm

martes, 1 de enero de 2019

Este nuevo o viejo mundo de 2018

El año que acaba ha mostrado la necesidad de volver al interés general, para incluir a quienes sienten que ya no cuentan y están dispuestos a expresar su miedo con violencia

Este nuevo o viejo mundo de 2018
  La superficie siempre ilumina lo que durante un largo tiempo se vive en penumbra. Y aunque a menudo las causas se buscan en lo más profundo, estas suelen ser sencillas. Lo dijo John Steinbeck al narrarnos otra edad de la ira: “Las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”.

No es poco que hayamos repolitizado por fin la desigualdad al haber constatado una disyuntiva clara: o toda la riqueza se concentra en manos de unos pocos, o bien tenemos una sociedad democrática, pero no ambas cosas a la vez. La riqueza de “los menos” frente a la desposesión de “los muchos” nos condujo a una retórica inevitablemente populista. Se trataba del nuevo ritmo de los tiempos: un movimiento sísmico desencadenado en 2016 por el Brexit y la elección de Trump y cuya irradiación ha dejado una estela global a lo largo de este año. Su propagación en 2018, como si de ondas sísmicas se tratase, encarna todo lo que ha cambiado. Aún hoy seguimos sin entender su extraña complejidad; tan solo podemos percibir que sus elementos desencadenantes estaban ahí desde hace mucho tiempo, aunque vivamos con la sensación de que el mundo acaba de pisar el acelerador.

Habermas lo llamó “descomposición de estilo trumpiano”, un proceso de degradación institucional y política que ha llegado al Brasil de Bolsonaro, pero también al corazón de Europa. El indisimulado desdén por las reglas del juego democráticas empieza a convertir a algunos países en dictaduras electorales. Es el caso de Hungría y Polonia, nos dice Yascha Mounk, pero también de Turquía, Nicaragua o Venezuela. Este fenómeno además forma parte del corazón de la nueva Rusia. Y lo cierto es que el desprecio por la cultura liberal representa el nuevo fantasma que recorre el mundo.

Sucede en el Reino Unido pos-Brexit, donde el discurso del UKIP ha inocu­lado todo el sistema provocando no solo la realineación del centro-derecha, sino un verdadero corrimiento de tierras de todas las fuerzas políticas, incluido el laborismo oportunista y pusilánime de Corbyn. Ocurre también en la Italia de Salvini, un populista sin complejos que ha dejado en fuera de juego a la tercera economía de la zona euro. Y finalmente ha llegado a España con Vox, la versión ibérica de la verborrea “tóxica” —palabra del año según The Oxford Dictionaries—, cuya retórica ultra comienza a ser el modélico espejo en el que se miran todas las derechas españolas.

Son, sin duda, momentos peligrosos, cuando “el pueblo” toma como fetiche la soberanía y se subleva contra la democracia, pero lo cierto es que algo está fallando en el liberalismo. Su discurso, ciertamente paranoico, ha dejado de ser una vía eficaz para canalizar el conflicto, convirtiéndose en un simple muro de contención frente al populismo de los bárbaros ad portas.

Cuando el objetivo se centra en restablecer un orden que se pensaba inquebrantable, en lugar de hacer examen de conciencia, es inevitable contemplarlo, con el excéntrico John Gray, como a “esos cortesanos desaliñados que huyen de Versalles tras la Revolución Francesa, incapaces de procesar el vuelco que se ha producido”. Especialmente si el meollo del asunto se centra, al parecer, en el presunto analfabetismo, xenofobia y racismo de los votantes. Si es verdad que el pueblo es cada vez menos liberal, también lo es que existe un liberalismo ensimismado, representado por políticos aislados de las sociedades que gobiernan.

Pero democracia y liberalismo son dos caras de la misma moneda: el pueblo y los poderes intermedios forman un todo cohesionado que no pueden entenderse el uno sin el otro. Sin embargo, 2018 nos dejará una polarización más: la que enfrenta a iliberales contra quienes se empeñan en convertir al liberalismo en una ideología defensiva, en mera proclama de trinchera, sin más propuestas que la de mantener el statu quo.

“Posverdad” y “populismo” son las palabras que han orientado los análisis de los últimos años. Y en este 2018 avanzamos también en esta senda cuando aprendimos que Cambridge Analytica, la hidra de las campañas de Trump y del Brexit, se había nutrido con más de 87 millones de cuentas de la red social del angelical Zuckerberg. Es ahí donde de nuevo perdimos la inocencia: ¿Quién diablos controla a los controladores? Así que volvimos a las fake news, a la transformación de la conversación pública, la fragmentación del mundo común, la balcanización de la opinión…, a la colonización, en fin, de la lógica institucional por la cultura troll. Todo ello nos ha ayudado a entender la fragilidad de la democracia y cómo, en palabras de Margaret Atwood, “el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana”.

Nos percatamos entonces de que era necesario volver al Contrato Social, a una propuesta que articulase de nuevo algo parecido al interés general ante las fracturas por venir: baby boomers contra millennials, ciudades contra un hinterland cada vez más lejano, lo analógico contra lo digital, con las ruidosas redes sociales desautorizando a unos mediadores crepusculares que pierden su voluntad de dar cuenta del mundo. Y luego está (¡ay!) el triste ego herido de Occidente, que diluye su hegemonía frente a Asia y cuyo temor ante la deslocalización y la merma de competitividad sigue tronando en la famosa y exacta soflama de Trump: “Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París”.

La cuestión no concierne solo al declive de los valores occidentales y nuestra pérdida de influencia sobre el mundo, o que el planeta haya dejado de ser claramente eurocéntrico. Es inevitable preguntarse cómo será el orden global cuando la primera potencia mundial no se gobierne por un sistema democrático, cuando el reto esté en defender nuestros valores frente al desarrollismo autoritario de China, a sabiendas de que las democracias ya no son garantía de crecimiento, estabilidad y bienestar social. ¿Qué hacer, en definitiva, cuando se rompa del todo la virtuosa alianza entre democracia, bienestar y mercado?

La secuencia teórica la inició Thomas Piketty en 2016 con su libro El capital en el siglo XXI: las herramientas conceptuales presentes en el análisis de Marx siguen ahí, perdurando en el año de su 200º cumpleaños. Las lógicas de la dominación económica explican el conflicto político, pero el monstruo de hoy no es ya (o no solo) la fábrica textil explotadora de niños; el monstruo ahora es Goldman Sachs. La utopía marxista que nos dijo que el trabajo se emanciparía del capital ha devenido en su contrario: es el capital el que se ha emancipado del trabajo. Dejamos atrás un año en el que hemos dibujado los contornos de una era postrabajo, con su robotización y digitalización, y un gran dilema: ¿existe un modelo de bienestar para sociedades sin trabajo?
Porque si algo nos ha enseñado 2018 es que esa alternativa no pasa exclusivamente por situar la desigualdad en el centro del análisis político. La voz de los de abajo ha llegado al corazón acústico del sistema para señalar que su juego espacial ya no discrimina entre el centro y los márgenes, sino entre los que permanecen dentro y los expulsados: los que se quedan atrás.

La palabra “desigualdad” no capta la radicalidad de ese movimiento tectónico. No se trata de un sistema atrofiado que orilla a los perdedores en la marginalidad; hablamos más bien de unas lógicas de exclusión que sacan del tablero a los pequeños asalariados: nuestros nuevos excluidos.

Quizá por eso la desigualdad no explica por sí sola la nueva sensibilidad populista. Demasiados temores y fantasías nos hablan de indignidad, de la sensación de no contar nada, de estar fuera. Es el lenguaje que nos acaban de mostrar los chalecos amarillos en Francia, el de unas vidas demediadas donde todas las formas de invisibilidad saltan de pronto con una estruendosa cólera: la nueva manifestación antipolítica expresada con violencia.

Es un camino arriesgado del que también nos advirtió Simone Weil, pues hemos olvidado que “estar arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana”. Porque se trata de un desarraigo “multiplicado por un millón”: es una casa, una frontera, un muro donde (de nuevo, siempre con Steinbeck) “grabar la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro”. Una identidad contestada desde todas sus posibles aristas nos conduce a buscar chivos expiatorios: migrantes, refugiados, esa otredad que sentimos como amenaza. Y lo más preocupante es ver que esos conflictos se gestan bajo propuestas populistas que tratan de reforzar nuestra identidad desde una idea reaccionaria y esencialista de lo que somos.

El año 2018 nos ha situado en esa encrucijada, y hemos de dilucidar cómo contestar el avance continental de unas fuerzas ultras que amenazan con ocupar el bastión de la Unión Europea cuando nuestros líderes efímeros nos abandonan: una Merkel en retirada, o un Macron asustadizo y silenciado tras los quebradizos muros de la otrora inexpugnable Quinta República.

Pero Europa, lo olvidamos, no es una mera realidad geográfica, sino el estado de ser de una sociedad cuyo carácter fue siempre descubridor, abierto al mundo, preparado para la batalla y la aventura. ¿Será posible perforar una grieta en esta incipiente descomposición trumpiana de Europa? Quizá debamos mirar a las recientes elecciones de medio mandato de nuestro socio americano, las primeras desde la elección de Trump. Frente a la retórica tóxica que quiebra las líneas rojas del debate civilizado, frente al avance del supremacismo y la rabia incontenida de una América que se dice olvidada, crece en el corazón del Partido Demócrata un lento movimiento de base que articula por fin una resistencia no violenta.

El impulso llegó con el #MeToo y sus claroscuros se han consolidado en un 2018 que nos dejó un hito como el 8 de marzo, una renovada conversación global feminista y una palabra: interdependencia. No la olviden: su carga epistémica será esencial para entender este nuevo o viejo mundo que viene.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/12/28/opinion/1545993598_419281.html?id_externo_rsoc=TW_CC

El hip hop ruso le echa un pulso al Kremlin

Las autoridades locales cancelan por toda Rusia conciertos, envían a la policía y presionan a cantantes y grupos contestatarios con el Estado
Putin critica las letras de las canciones, basadas en "sexo, drogas y protesta contra todo" y se conjura para "redirigir al fenómeno de forma apropiada"
 
https://pbs.twimg.com/card_img/1079058424539897856/K2Nh3ruO?format=jpg&name=600x314

 Es un momento agridulce en la trayectoria de IC3peak, un dúo de música electrónica experimental que goza incluso de cierta popularidad más allá de las fronteras de Rusia. Mientras su último vídeo en YouTube, 'Smerti bolshe net' (No más muerte) ha acumulado más de 10 millones de visitas en un solo mes, los conciertos de la gira que el grupo está llevando a cabo 
por Rusia y Bielorrusia sufren constantes cancelaciones o problemas de organización, debido a la presión ejercida de las autoridades locales allá donde van, que envían a policías con la orden de suspender o retrasar la función esgrimiendo una pléyade de excusas.
 
 "En Saratov la policía vino con perros buscando una bomba y drogas en el club, retrasando la función durante dos horas y obligando a la gente a quedarse fuera en el frío; en Voronezh la entrada estaba bloqueada por la policía..... cuando comprendimos que no dejarían entrar a nadie, salimos fuera a cantar nuestras canciones....", puede leerse en una de las últimas entradas publicadas en la página de Facebook del grupo.
 Son las letras de las canciones de IC3peak, y en espacial la de 'Smerti ne bolshe', lo que ha acabado por indignar a un buen número de altos funcionarios rusos bienpensantes, colocando a este duo formado por Anastasia Kreslina y Nikolái Kostilev en la lista negra musical de la Rusia contemporánea, una suerte de censura artística que en muchos evoca lo sucedido con los grupos de rock ruso durante los años 80 en la URSS, considerados entonces como subversivos por las autoridades soviéticas. "He llenado mis ojos de keroseno, que se queme todo, a mi me mira toda Rusia", recita Kreslina, mientras al fondo se distingue la Casa Blanca moscovita, la antigua sede del Parlamento que acoge ahora al Gobierno ruso encabezado por Dmitri Medvédev o incluso la sede del Servicio Federal de Seguridad (FSB, exKGB) en la plaza Lubyanka.


El encontronazo más grave
Pero quizás el encontronazo más grave entre la comunidad hip hop y el poder ruso se produjo hace unas tres semanas en Krasnodar, una ciudad de tamaño medio en el sur de Rusia. Dmitri Kuznetsov, un cantante de rap de 25 años que responde al nombre artístico de 'Husky', fue arrestado por la policía y condenado a 12 días de detención por lo sucedido tras la cancelación forzada de uno de sus conciertos: se subió a un coche y empezó a cantar para su público.

La posterior reacción de la concurrencia, que bloqueó el paso del coche policial exigiendo la liberación del cantante, provocó momentos de gran tensión, y muy probablemente hizo reflexionar a las altas instancias del poder, quienes empezaron a preguntarse si la represión era la vía más adecuada para afrontar un fenómeno que mueve a millones de jóvenes en Rusia.
  
"No sé qué pensaban cuando detuvieron a Husky; lo que sí le puedo decir es que gracias a su arresto es conocido ya no solo por su público, sino por más mucha gente e incluso fuera de Rusia", explica a EL PERIÓDICO Andréi Orejov, manager de 'Husky'. "Esto no es un simple problema de unas autoridades provinciales celosas de la integridad moral de los ciudadanos; aquí hay consignas del poder en Moscú, porque las cancelaciones de los conciertos se están produciendo por toda Rusia", continúa.

Tras salir de prisión, y amparado por el impacto mediático que ha tenido su caso, Husky ha podido celebrar dos conciertos en Moscú y San Petersburgo, en los que más de 10.000 personas han podido deleitarse de nuevo con sus canciones-denuncia acerca de la miseria existente en los barrios periféricos de las ciudades rusas, de la rampante corrupción del liderazgo político y de la brutalidad policial. "Husky es un héroe de la literatura", le define Orejov.

La primera respuesta de la oficialidad ante la música contestataria ha sido la prohibición, aunque después de comprobar la ola de solidaridad que suscitó la detención de Husky, el Kremlin se plantea ahora cooptarlo y "redirigirlo". Durante una reciente reunión con el consejero de Cultura Igor Matviyenko, el presidente Vladímir Putin admitió que el fenómeno se asienta en "tres pilares: el sexo, las drogas y la protesta contra todo". Y haciendo gala de su habitual paternalismo, el líder del Kremlin reconoció que no se podía "frenarlo", y por lo tanto, había que "guiarlo y encaminarlo de una forma apropiada".

Pero, en opinión de Artemi Troitski, uno de los críticos musicales rusos más conocidos de Rusia, el Kremlin no tiene ninguna posibilidad de 'domesticar' a los cantantes de rap o música electrónica a corto o a medio plazo. "Van a intentar comprar a algunos cantantes, los menos conocidos, y a otros les ofrecerán aparecer en los shows de televisión; pero se equivocan, porque las audiencias de estos grupos no ven la televisión", explica Troitski por teléfono desde Estonia, país en el que reside.
"Estos artistas saben que dependen de lo que se denomina como 'reputación callejera'; y si su público percibe que son cooptados por el poder, perderán su popularidad", destaca.

Y es que, más que las letras de las canciones rap, muy críticas con el Gobierno y el estado de cosas en el país, lo que el Kremlin más teme de la música callejera y electrónica "es que ellos son el futuro", opina este comentarista. En Rusia hay entre "10 y 20 millones de jóvenes que son totalmente inmunes a la propaganda televisiva porque no se informan de ella", sentencia.  

 Fuente: https://www.elperiodico.com/es/internacional/20181229/el-rap-ruso-le-echa-un-pulso-al-kremlin-7210704?utm_source=twitter&utm_medium=social