Fuente:
http://www.huffingtonpost.es/2012/09/03/grecia-un-viaje-al-futuro_n_1851232.html?utm_hp_ref=spain#slide=1463632
La última vez que estuve en Grecia fue durante 11M.
Quedaban pocos meses para las olimpiadas y el gran problema del país
parecía ser si les daría tiempo a acabar las instalaciones olímpicas, y
el mayor dilema ético, si había que exterminar a los canes que poblaban
Atenas para dar buena imagen fuera o si debían seguir libres y
alimentados por los vecinos. Hoy, ocho años -dos olimpiadas- después
conocemos el nombre propio de esos perros porque han protagonizado telediarios, y
las ranas pueblan las piscinas olímpicas abandonadas.
Llegué gracias al dinero europeo que entonces se empleaba en que los
chavales de los países miembros se entretuvieran. Tras un par de meses,
volví con la idea de un país que me pareció idéntico al mío, solo que
con hombres más guapos, gente joven mejor educada, unos años por delante
para ponerse a nuestro nivel económico, un gran orgullo de su legado
histórico y un cierta tendencia al chanchullo más descarada incluso que
en España.
Atenas era ya entonces una ciudad desastrosa, llena de socavones, con
quioscos llenos de porno, construcciones inenearrables y en la que
mejor no cruzar por la Plaza Omonia. Pero los souvlakis de un euro
sabían a gloria, porque aunque fueran la comida más barata y comieras
demasiados, se devoraban mirando a la Acrópolis, que vigilaba que todo
siguiera rumbo a mejor.
Ocho años después,
Grecia conoce el hambre y España pelea por no ser la nueva Grecia.
Este agosto he vuelto con la visión incompleta del turista,
acompañada de alguien capaz de retratar lo que está pasando. Días
después, al escribir estas líneas, queda la inquietud de que haya sido
un viaje al futuro -y a lo que hay después del futuro-.
Para el viajero casi todo parece igual, porque la Acrópolis, Olympia o
las islas siguen ahí y la belleza del verde, el azul y la piedra
distraen de la mirada de la gente, que es ahora más sombría. En Atenas,
donde más se notan los problemas, al caos anterior se han unido ahora
los sin hogar de los que hablan los periódicos, los niños rumanos
vendiendo mecheros a los turistas o tocando un acordeón en miniatura,
las tiendas desiertas, las calles y los edificios que ya parecían a
punto de caerse hace ocho años peor que nunca y llenos de carteles, las
pintadas contra Merkell.
Al salir corriendo de la axfisiante capital de la crisis rumbo a
Delfos o Meteora, se disfrutan los impresionantes paisajes griegos
mientras se esquivan cadáveres de perros y gatos atropellados en las
carreteras que nadie parece recoger. Más vale tener cuidado en ellas,
porque si alguien te da un golpe no dejará parte al seguro. Ya nadie lo
hace, explica la chica del alquiler de coches de la calle Amalia en un
español sin acento con una humanidad nunca vista en este tipo de
negocios. La clase media ya no está para cortesías.
Cada griego con el que hablo parece tener su teoría sobre la crisis,
perfeccionada por cinco años de recesión, y desarrollada con un
conocimiento de la situación social, política y económica europea que es
más difícil ver en España. Uno se pregunta cuanto pagarán a esta joven
por su trabajo, y después piensa que igual ni lo hacen desde hace meses,
en esa agonía que supone consevar un puesto moribundo que empieza a
verse con normalidad también en nuestro país.
Las cifras:
salario mínimo de 585 euros, 500 para los jóvenes, 25% de la población
amenazada por la pobreza, desempleo del 23% y del 54,5% para los menores
de 24, sueldos con una caída del 23% en el sector privado y del 37% en
el público o las pensiones.
Cada uno parece tener también su drama, como Aristóteles, que tuvo
que dejar su trabajo como artesano para alimentar turistas hambrientos
en un fast food en Delfos, pero que trabaja sobre cada uno de los
deliciosos souvlakis que prepara con un mimo y una seriedad
conmovedoras.
Dice Stavroula, una farmacéutica en Trikala que habla inglés e
italiano, que la gente lo lleva por dentro. Enseña una receta de ocho
euros por la que ahora un paciente tendrá que pagar casi 80: las
farmacias
han tenido que dejar de adelantar el dinero
de la subvención estatal porque llevan meses sin recibir un euro. Ahora
le tocará explicárselo a los abuelos que vayan a su farmacia. No es que
crea que España vaya a ser la siguiente en caer; cree que de Europa
quizá solo se salve Alemania.
A las pocas horas de viaje uno se da cuenta de que el simple gesto de
entregar el ticket tras una comida o una noche de hotel se ha
convertido en un acto de patriotismo. Con un IVA al 23%, gran parte del
sector turístico se ha pasado definitivamente al negro. Según un trabajo
de campo de la SDOE, la unidad de crimen económico y financiero griega,
uno de cada dos negocios en zona turística olvida dar los recibos, con
un récord en Rethymno (Creta) del 84%. De nueve noches en alojamientos
de todo tipo, solo conservo cuatro tickets.
Me pregunto en qué grupo estaría yo en su situación,
en ese círculo vicioso en el que si defraudas, ayudas a que todo se
hunda, incluido tu mismo. Y si no lo haces, te hundes por la vía rápida.
A veces es el caso del pequeño emporio familiar construido en los
buenos tiempos y situado en un pueblo de la Arcadia al que se llega por
casualidad y en el que ofrecen hotel, cena en el restaurante de al lado y
desayuno para dos por 50 euros siempre que no entregues ni el
pasaporte. En otras ocasiones se trata de un pequeño hotel en el que
quizá antes la recomendación en la Lonely Planet debía ser suficiente,
pero donde ahora la dueña te explica que en invierno han tenido un 80%
menos de trabajo, mientras hace como que apunta algo en un libro de
registro y te precunta sin mucha convicción si quieres comprobante.
Todos cuentan que el escaso movimiento que se ve es fruto de agosto,
que cada vez hay menos turismo griego y que los europeos flaquean. Los
precios teóricos que los hoteles griegos cuelgan detrás de sus puertas
siempre se pudieron negociar, pero ahora están por los suelos incluso en
su mes dorado.
Mientras hacemos kilómetros bajo el sol, la sensación de que solo
estamos paseando por la fina superficie de pista de hielo aumenta.
Compro el Athens News, como si los periódicos pudieran explicar lo que
les está pasando a los griegos y yo entenderlo con tan solo unos días de
viaje. Me me entero de que Chíos ha ardido y que la falta de medios lo
ha avivado, y me suena muy familiar.
Leo la historia de las revueltas en Hydra
con peleas entra los habitantes y la policía para impedir que se
llevaran detenido a un vecino dueño de un restaurante por defraudar a
Hacienda. O los problemas de racismo, con televisiones locales que lo
animan, patrullas callejeras, ataques nazis contra inmigrantes, guetos
en el centro de Atenas. Historias de suicidios, de yacimientos
expoliados.
Entonces el viaje llega a la isla de Ikaria, una de las miles de
islas griegas. No la más bonita, ni la más rica, ni la más pequeña o
desconocida pero sí con un poco de todo eso y
un carácter especial.
Cuando dijimos el nombre de nuestro destino, la farmacéutica y la chica
del alquiler suspiraron un poco y se les iluminó la cara.
A Ikaria parece que el estrés no ha llegado: el reloj está mal visto,
la siesta es sagrada, la tasa de enfermedades crónicas es baja, todo el
mundo saluda a todo el mundo,
está llena de centenarios,
se toman el trabajo de estar con los amigos muy en serio, la dieta es
mediterránea y todo ello parece estar naturalmente relacionado. Incluso
la leyenda que nos habían contado en la península resultó ser cierta: en
el pueblo de Christos Raches, los comerciantes llevan con orgullo vivir
no pendientes de los demás sino como les apetece a ellos… y nunca les
suele apetecer madrugar ni abrir sus tiendas antes de las 8 de la noche.
Lejos de Atenas, Ikaria está acostumbrada a cuidar de si misma. "No,
no os voy a alquilar una moto porque aquí conducimos como locos, las
carreteras están fatal y el hospital más cercano está a dos horas",
dicen al intentar repetir la jugada del alquiler del transporte en un
comercio local. El mismo escepticismo al boom de los años anteriores
parece protegerles ahora. Quien llega parece que ha viajado al pasado,
un pasado paralelo donde mirar el móvil en lugar de al mar se evidencia
estúpido. No soy tan inocente como para pensar que Ikaria es así, porque
pasa que la idea de un viaje dice más sobre uno mismo que sobre el
lugar visitado. Pero ojalá sea ese el futuro agazapado detrás del otro
futuro.